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La Pasión Inútil

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Se reúnen en Problemas fundamentales de la fenomenología las lecciones impartidas por Edmund Husserl en la Universidad de Gotinga durante el invierno de 1910-1911 y, como puede colegirse por el título, la obra remite a conceptos centrales de su filosofía –por ejemplo, cuerpo, actitud natural, reducción y empatía–, todos ellos enriquecidos con comentarios extraídos del Nachlass husserliano.

Lo que unifica estos conceptos es el proyecto que el propio autor definió en un apunte de la época: “Mi tema es la subjetividad, un tema cerrado puramente en sí e independiente. Mostrar que eso es posible, y cómo, es la tarea de la descripción del método de la reducción fenomenológica”.

Dicha formulación haría suponer la persistencia de dos cuestiones esencialmente modernas: por un lado, la concepción del yo como centro de referencia y, por otro, la imposibilidad de conocer la cosa en sí. Sin embargo, es claro que existe una distinctio phaenomenologica que le permite a Husserl apartarse tanto del solipsismo cartesiano como del fantasma del noúmeno para enfocarse, más bien, en las vivencias del sujeto y el modo en que estas se presentan corporal y conscientemente.

El planteamiento de este programa hace que Husserl se distancie de las doctrinas científicas y filosóficas que asumen la subjetividad en términos absolutos. De hecho, las lecciones intentan recuperar el mundo que está donado en y para el sujeto antes de cualquier teoría: “¿Cómo se me da el mundo, qué puedo decir de él inmediatamente, describiéndolo de modo general según se da como él mismo en la percepción y experiencia inmediatas?”.

De esta forma, la fenomenología no se interesa por conocer la naturaleza objetiva ni la esencia de la subjetividad, sino que querría explicar la existencia que ha sido puesta en la experiencia. Precisamente, lo que entiende Husserl por mundo es el plexo de existencia que se ofrece al individuo espaciotemporalmente y que, por tanto, incluye las vivencias actuales, pero, además, toda la urdimbre de la vida humana con sus recuerdos, intereses, frustraciones y sueños.

Como esta experiencia varía en cada sujeto, Husserl sostiene la infinitud de sus posibilidades y elude la metafísica limitándose al examen de aquella en tanto vivida. En otras palabras, propone un método que explora la relación psico-física que se da entre cuerpo y mente; así como la manera en que se producen las percepciones, sensaciones y voliciones; e, incluso, el lugar que ocupan aquellos segmentos inconscientes que no alcanzan a ser recogidos por la fenomenología –pero que, ciertamente, son asumidos por los estudios del psicoanálisis–.

La descripción del método ocupa la mayor parte de las lecciones. Para iniciar, Husserl advierte que la actitud natural en la que cotidianamente el hombre se desenvuelve es, por definición, el ámbito de la experiencia. No obstante, en dicho estado la conciencia se halla mecanizada y, por tanto, la experiencia no revela al sujeto aquellos elementos perceptivos sobre los cuales se está afincando, es decir, lo dado en tanto dado, el phainomenon qua phainomenon.

Debido a esto, la mirada fenomenológica invitaría a suspender ese yo que, a pesar de constituir el punto cero del sistema de coordenadas, parece ciego ante su propia experiencia. Esa suspensión comprometería dos movimientos: la epojé, que corresponde propiamente al paréntesis hecho sobre la actitud natural y, complementariamente, la reconducción de la experiencia hacia el plano de una conciencia fenoménica.

La suspensión de la actitud natural es, como se ve, el requerimiento para alcanzar esa otra actitud que revela la conciencia de lo vivido y la corporización de la experiencia. Justamente, esta es una idea que contradice la presunción de quienes juzgan que Husserl propone apenas una extensión del subjetivismo cartesiano. Para el filósofo alemán, el cuerpo es más que decisivo porque es el que determina el espacio-tiempo del yo –situándolo en una determinada orientación– y es por él que el sujeto tiene sensaciones localizadas.

Vale la pena señalar que, para Husserl, la reducción se efectúa no solo sobre lo percibido en el aparecer, sino también sobre lo retenido y rememorado. Por otra parte, su movimiento puede replicarse sin expiración, ya que la experiencia es inmanente al vínculo que existe entre el sujeto y el mundo. En otras palabras, mientras se mantenga esa relación la posibilidad de dirigirse hacia lo vivido para concienzarlo se encuentra abierta.

Hay un valor especial en las lecciones que estriba en el deseo de discutir las posibles objeciones a su perspectiva. Husserl no se muestra ajeno, por ejemplo, a la inquietud frente al grado de validez que adquiere la experiencia después de la reducción fenomenológica. Al respecto, se descubre el valor que alcanza lo pensado, lo percibido e intuido frente al espectro del conocimiento objetivo. En otros lugares, así mismo, dedica su atención al problema que surge al preguntarse por aquello que da unidad al conjunto de las reducciones realizadas; frente a esto, si bien Husserl no acepta la posibilidad de una corriente unitaria, sí defiende la idea de “individualidades enlazadas” que se movilizan en el horizonte del mundo.

El otro sector de interés que despliegan las lecciones corresponde al concepto de empatía, esto es, la manera en que un yo ajeno se presenta con sus vivencias propias a mi conciencia o, si se prefiere, cómo se dan al sujeto los apareceres y desviaciones de los otros. La exposición de este punto es ardua y, como se sabe, es uno de los puntos que más suele criticarse a Husserl, puesto que él establece aquí un límite infranqueable: el yo empatizante no podría vivir jamás la experiencia del otro, tal y como este la percibe en su propia conciencia; a lo sumo, tendría de ella una representación que a modo de analogon brindaría cierta imagen de lo que los otros viven.

Esta suerte de vínculo entre sujetos que, en cualquier caso, no dejarán de ser independientes, se traduce para muchos en un indicador de solipsismo, aunque lo cierto es que parece la consecuencia más natural dentro de una visión del mundo –como la husserliana– que trata de subrayar la experiencia corporizada en cada quien y, por supuesto, no invalida la fenomenología en su propósito de abrir las puertas hacia la descripción de ese mundo de vivencias que permanece casi siempre silenciado para nosotros mismos.

HUSSERL, E. (2020) Problemas fundamentales de la fenomenología. Madrid: Alianza Editorial.
POLLOCK, J. (1952) Convergence.
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Aunque Cicerón no hizo parte de la conjura que llevó a la muerte de Julio César, sí defendió a los implicados en varias instancias políticas, gesto que le valió la enemistad de Marco Antonio y el exilio en el que escribiría su última obra filosófica: De Officiis –Sobre los deberes- (44 a.e.c.).

Según acostumbraba, Cicerón recurrió a fuentes estoicas para confeccionar este tratado, particularmente a las de Panecio –quien es glosado en numerosos pasajes- y Posidonio; pero, así mismo, a tesis provenientes del aristotelismo. La obra, por otra parte, fue dedicada a su hijo Marco, de quien se sabe por el testimonio de Séneca, que desatendió el llamado de su padre a la rectitud, llegando a deshonrar su nombre.

En términos generales, el tratado versa sobre la honestidad –honestas, κᾶλον- como virtud cardinal y los modos en que esta se expresa en los deberes particulares de la sabiduría (en el plano teórico) y de la justicia, fortaleza y templanza (en el práctico). Para dar cuenta de ello, Cicerón dedica toda la primera parte de su trabajo a la descripción de estos deberes; después, se ocupa de su utilidad en la vida cotidiana; y, finalmente, desmiente las aparentes contradicciones entre lo honesto y lo útil.

Las consideraciones sobre la sabiduría son las menos prolijas en el libro, debido a que el interés de Cicerón es, ante todo, la consecución de un hábito –ἦθος, mos-. De hecho, plantea que toda teoría concerniente a la sabiduría habría de reducirse a resolver la pregunta: ¿cómo tomar determinaciones sobre las cosas honestas? Y, en buena medida, la respuesta la provee él mismo al exhortar, por un lado, a no dar por conocido lo que se ignora y, por otro, a evitar el celo desmedido por cuestiones innecesarias.

En cuanto a la justicia, el abordaje de Cicerón es predominantemente político, pues la define como la especie de lo honesto que mantiene unida la sociedad. Así, la injusticia se advertiría tanto en quien injuria, como en el que, descuidando su obligación de amparar, no defiende al injuriado. Detrás de esta formulación se rastrea a Terencio –“Nada que sea propio de los hombres nos es ajeno”- e, incluso, a Horacio –Tua res agitur paries cum proximus ardet-, con quienes Cicerón coincide al fundamentar la justicia en la fidelidad a las promesas, la conducción sabia de la benignidad, la distinción público-privado y la elusión de la venganza.

El estudio de la fortaleza, posteriormente, lo desarrolla Cicerón a partir de una línea negativa (el desprecio de las cosas externas si estas no son honrosas, v. gr., el dinero o la fama) y otra positiva (la observancia de lo grande y útil, aunque esto revista dificultad). En este aspecto, la obra sigue el estoicismo tradicional, si bien dicho engarce se rompe cuando Cicerón se inclina, no hacia la vida tranquila del retiro y el cuidado de bienes pequeños, sino hacia lo más provechoso para el género humano. Tan convencido está de ello que asegura que quienes desprecian cargos públicos o militares para favorecer su ascetismo, deberían ser vituperados, ya que virtudes como la dirección de la razón, la disciplina del cuerpo o el sosiego ante la inestabilidad de la fortuna solo revelan su verdadera magnitud en el rol de ciudadano –cīvitātis-.

Cerrando su revisión de los deberes, Cicerón medita acerca de la templanza. Al respecto, distingue cuatro formas en que se manifiesta la condición del hombre –lo que es por Naturaleza (un ser racional), lo que tiene de persona (su carácter), lo que hacen de él las circunstancias y lo que llega a ser por voluntad-. Su esquema es fértil para estudiar cómo evadir la sedición de las pasiones, pero, sobre todo, para subrayar que, a diferencia del estoicismo arquetípico, Cicerón promueve una filosofía que no pretende experimentar lo que pertenece a temperamentos ajenos, sino privilegiar la actuación conforme a la propia personalidad.

Ya que, según Cicerón, la Naturaleza nos ha puesto en el mundo para la austeridad y las graves ocupaciones, aquí aparece de nuevo la inveterada búsqueda de adecuar las acciones a la moral, seguir la ley natural y pensar reiteradamente el género de vida que tenemos y el modo en que este es congruente o no con una visión armónica del mundo. En este sentido, su disertación encara las doctrinas del orco rerum y el oportunitas temporum, entendiendo que la virtud descansa en la conformidad con el orden y el tiempo en el que las cosas deben darse.

Como antes se indicó, la segunda parte del libro la emplea Cicerón para investigar el tema de la utilidad. En su opinión, de las cosas dispuestas para la conservación humana (sean estas animadas o no) jamás podrá aseverarse algo eo ipso. En consecuencia, que estas sean útiles dependerá de la sabiduría desde la que nos relacionemos con ellas para no turbar la paz del alma, perder los límites de la moderación o romper la conciliación social a la que estamos abocados.

Cicerón hace hincapié en el nexo entre política y utilidad, alertando con numerosos ejemplos sobre el peligro de confundir la justicia con la crueldad, regocijarse con los aduladores y arruinarse malinterpretando la benevolencia. En él, hay un tono continuamente  reprobatorio de los vicios que encarnaron los gobernantes de su época, a saber: anteponer los espectáculos a las obras, expropiar los bienes privados o justificar la rapiña tras las victorias bélicas.

Sobre los deberes concluye con la discusión en torno al dilema entre lo honesto y lo útil. Para Cicerón es vergonzosa la simple insinuación de que haya acciones honestas que no sean útiles o acciones útiles que no sean honestas; en todo caso, analiza varias de ellas con el objetivo de refutarlas. Sin duda, la de mayor interés, dada su vigencia, corresponde a la del asesinato del tirano. Cicerón califica este acto de útil y no deshonroso en la medida en que las acciones terribles del tirano declaran de facto su salida del derecho social y, por tanto, nadie habría de sentirse compelido por alguna clase de deber frente a él.

En suma, el tratado de Cicerón constituye una de las mayores obras del estoicismo político y esto justifica su positiva recepción histórica. Voltaire mismo afirmaba del libro: “Jamás podrá escribirse algo más sabio, ni más verdadero, ni más útil”. Su puesta en marcha, empero, es siempre un asunto más complicado y da ocasión a preguntarse, recuperando la vieja metáfora de Giges, si actuaríamos con corrección y honor si tuviésemos la absoluta certeza de que un poder superior ocultará para siempre a los demás la verdad de nuestros actos.

CICERÓN (2008) Sobre los deberes. Madrid: Alianza.
WATERHOUSE, J. W. (1883) The Favourites of the Emperor Honorius.
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Mientras trabajaba en el tercer volumen de la Encyclopédie, Diderot emprendió la redacción del opúsculo Sobre la interpretación de la Naturaleza (1753), un texto inscrito en el ámbito de la filosofía natural que compagina tres de sus facetas como ilustrado: la de erudito, la de científico y la de transmisor.

El libro conserva aquel escepticismo propio de los Pensamientos filosóficos (1746) y mantiene, así mismo, una escritura afincada en pequeños bloques, lo que permite incorporar a Diderot en la nutrida tradición de la aforística francesa: La Bruyère, Chamfort, La Rochefoucauld, Joubert, etcétera.

En general, Diderot propone aquí que la ciencia es un terreno oscuro, salpicado apenas por algunas iluminaciones y, en consecuencia, quien se dedica a ella ha de interesarse tanto en multiplicar los focos de luz como en acrecentar su espectro. Para indicar cómo se pondría en marcha un programa de este tipo, Diderot, inicialmente, explica su concepción de investigación científica; después, la ilustra con ejemplos de su época; y, por último, provee consejos específicos sobre su desarrollo.

La postura de Diderot revela a un progresista interesado en la consecución de una ciencia capaz de luchar en dos frentes: contra la especulación teórica y contra la presunción teleológica. Estos factores, en su opinión, resultan perniciosos, de suerte que deban superarse afianzando los procedimientos que garantizan una adecuada interpretación de la naturaleza, a saber: la observación, la reflexión y la experiencia.

Muchas de las ideas que aborda Diderot, ciertamente, pretenden probar la tesis de que el avance del conocimiento y la confianza que el hombre deposita en este han sido afectados por el predominio de la abstracción. Insiste, por ello, en la importancia de reconciliar la acción con la teoría, de situar siempre los pensamientos en “la tierra” y de propender por una imagen totalizada del mundo que evite el estudio independiente de los fenómenos.

Este planteamiento responde a una distinción trazada por el mismo Diderot entre dos clases de filosofía, la racional y la experimental. Según él, mientras estas operan aisladamente no logran establecer una imagen entera del mundo: la primera, porque lo reduce a metafísica; la segunda, porque lo asume como puro devenir. Así, el conocimiento de lo que existe solo advendrá cuando se favorezca una dinámica de complementariedad –pari passu- que asegure el equilibrio entre ἐπιστήμη y πραξις.

Diderot no olvida destacar la lentitud que entraña un proceso como este. Su labor de enciclopedista, sin duda, reforzó esa conciencia sobre la inconmensurabilidad de los fenómenos y, complementariamente, sobre los límites a los que se aboca el entendimiento a raíz, tanto de la imperfección de los instrumentos con los que trabaja, como de los obstáculos que surgen de nosotros mismos: los prejuicios, el olvido o las supersticiones.

Es por esto que Diderot concibe la observación, la reflexión y la experiencia como elementos que tendrían que desplegarse indefinidamente. En efecto, se trata de procedimientos asociados a una obra –la del conocimiento- que, si bien no se consumará por completo, debe emprenderse de forma lenta y permanente. El ritmo de esa ciencia sigue, de algún modo, la famosa doctrina de Augusto del festina lente –“apresúrate lento”- y, además, apela al criterio de utilidad para evaluar la medida de su desarrollo, pues su meta no se reduce al descubrimiento de lo que existe y sus cualidades, sino que explora igualmente los posibles empleos de las investigaciones.

Como se mencionó, Diderot aprovecha toda una parte de su disertación (parágrafos 32 al 38) para proponer, precisamente, ejemplos de estudios que, dentro de la física, la astronomía o la medicina, prueban la validez de sus ideas. De hecho, recuperando algunas de sus indagaciones sobre el arte, emplea también dicho campo para ilustrar, por un lado, el mundo inabarcable al que se aboca el artista y, por otro, su constante empeño en hallar las formas de expresión que puedan dar cuenta de este.

Debido a que su texto está dirigido a “los jóvenes que se disponen al estudio de la filosofía natural”, complementando sus elucubraciones, Diderot expone una serie de sugerencias que él estima provechosas. Las hay de todo tipo: por ejemplo, escuchar a quienes refutan o contradicen, pues esto ofrece la oportunidad de fortalecer las concepciones propias; no pretender que los seres cambien de acuerdo a las nociones que tenemos de ellos; o cerciorarse de que las generalizaciones partan de un número ingente de experiencias.

Diderot también exhorta a ser precavido en el uso de las analogías; llama la atención sobre el tiempo que es propio de cada fenómeno y cómo el investigador debe adecuar sus métodos e instrumentos para no vulnerar esa marcha; alerta sobre la precipitación que amenaza siempre que se investiga; y, como quedó dicho, se opone radicalmente a aceptar que el mundo y la ciencia sean teleológicas. En ello parece Diderot haber heredado sin objeciones el juicio de Spinoza: “La naturaleza no tiene fin alguno prefijado y todas las causas finales son, sencillamente, ficciones humanas”.

Por supuesto, este optimismo ilustrado no reduce a Diderot al fanatismo. Ya en la dedicatoria de su libro establece lo que parece ser una petición de principios: entender que la naturaleza no es dios, que el hombre no es una máquina y que una hipótesis no es un hecho. Además, reiteradamente nos remite al tema de la limitación humana, señalando –como al inicio de sus Pensées- que aquello que consideramos la gran historia de la naturaleza, no es más que la imagen incompleta de un instante.

Desde esta perspectiva, Sobre la interpretación de la naturaleza es un libro inteligente. Como producto de su época, trasluce el afán que impulsa al hombre hacia el conocimiento y la superación de la heteronomía; pero, por otra parte y casi intempestivamente, se levanta para vindicar los velos detrás de los cuales se esconde el mundo y, ante todo, para advertir sobre la imposibilidad de responder totalmente las preguntas que evitarían que fuésemos, en tanto humanos, otra de las formas de la imperfección.

DIDEROT, D. (1992) Sobre la interpretación de la naturaleza. Barcelona: Anthropos.
TAILBY, R. (1765) A Philosopher Giving a Lecture at the Orrery.
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Julius Frauendstädt, albacea de Schopenhauer y editor de sus escritos póstumos, publicó por primera vez en 1864 el libro Eristik, texto que el filósofo había preparado durante su época de profesor en Berlín (1820-1831) como respuesta a la creciente degeneración de las discusiones académicas y la excesiva especulación de muchas de ellas.

El texto participa, por ello, del giro con que Schopenhauer enfrentó, tanto el idealismo alemán como el auge del hegelianismo, instancias que, a su parecer, estaban plagadas de galimatías. Así, en medio de los reveses que sufría por entonces –a raíz del affaire Marquet, el desinterés que causaba su obra y el fracaso de sus traducciones-, Schopenhauer se lanzó a la redacción de este opúsculo con el que radicalizaba su pesimismo y viraba hacia una filosofía de tono más práctico.

Lastimosamente, el libro no llegó a publicarse mientras Schopenhauer vivía, sino que fue archivado como esbozo bajo el título Eristische hasta cuando apareció acerca de él un comentario retrospectivo en Sobre la controversia, ensayo de Parerga y Paralipómena (1851) en el que el autor da cuenta del propósito que tenía aquel texto y el camino por el que trató de llevarlo a término.

Schopenhauer aclara que las astucias a las que se recurre para tener razón son tan variadas y se repiten tan regularmente que no puede eludirse la reflexión sobre ellas. De este modo, él quiso “separar lo que tales estratagemas tuvieran de puro formal de lo material y, como si de un limpio anatómico se tratase, observarlas detalladamente”. El origen de estos “ardides” los atribuye Schopenhauer a la maldad e improbidad connaturales del hombre, de suerte que, en su opinión, su estudio y uso estén justificados.

El libro presenta 38 estratagemas –Kunstgriffe- inscritas en lo que el filósofo denomina dialéctica erística. Estas pueden utilizarse para atacar y defenderse en las discusiones o, visto desde el lenguaje aristotélico, para formular –κατασκευάζειν- y refutar –ὰυασκευάζειν- enunciados.

En este sentido, para Schopenhauer la dialéctica es, ante todo, el “arte de discutir de tal manera que se tenga razón lícita o ilícitamente”. Se trata de una τέχνη a la que no le interesa la consecución de la verdad objetiva, sino la imposición sobre un contrincante en el marco de una discusión; por consiguiente, su éxito se mide siempre a posteriori, es decir, una vez se concluye la disputa y se conoce quién prevaleció en ella.

La dialéctica erística, expuesta así, no es lógica –pues desatiende el problema de la verdad- ni mera sofística –porque no pretende hacer pasar por verdadero lo falso-. Más bien, es una esgrima intelectual que se vale de todos los movimientos propios de la deshonestidad, usualmente concebidos como subterfugios o engaños para imponer de forma práctica un punto de vista.

El libro de Schopenhauer ofrece inicialmente un prefacio, luego una sección titulada Base de toda dialéctica –en la que se explican los modos y vías a través de los cuales se adelanta convencionalmente la formulación y refutación de las tesis- y, finalmente, el desarrollo de cada una de las estratagemas por medio de una aproximación conceptual y ejemplificaciones en buena parte de los casos.

Esas estratagemas podrían clasificarse apelando a dos criterios. El primero se atendría a su procedimiento, esto es, si este se hace enmascarándose en el discurso o si, por el contrario, se muestra en él abiertamente. El otro criterio radicaría en dividirlas señalando las que movilizan primordialmente un ataque y aquellas otras que se centran en un desplazamiento defensivo.

Entre las estratagemas que tienen énfasis en el ataque se cuentan, por ejemplo, usar premisas falsas (E5), provocar la irritación del oponente (E8), introducir conclusiones apresuradas (E11), elegir símiles de acuerdo a nuestra conveniencia (E12), conseguir que el público se ría del adversario (E28), utilizar el vulgo como argumento ad verecundiam (E30), aturdir con una locuacidad excesiva (E36) o ultrajar groseramente al contrincante (E38).

Por su parte, entre las estratagemas predominantemente defensivas se hallan ampliar exageradamente la tesis rival (E1), cambiar el sentido de lo dicho o llevarlo al absurdo (E3 y E23), apresurar cambios de conversación –mutatio controversiae- (E18), no aceptar peticiones de principio (E22), aducir contraejemplos –instantia- que nieguen las afirmaciones (E25), devolver el argumento contra quien lo expuso –retorsio argumenti- (E26), declararse incompetente para entender lo que se dice (E31) o ligar la tesis esgrimida con cosas aborrecibles (25).

Como se ve, todas estas argucias constituyen un inventario amplísimo, del cual cada hombre se sirve de acuerdo a su grado de maldad, pues, como se indicó, para Schopenhauer, el hombre posee estos recursos de forma innata y vive en un terreno de discordia permanente con los otros. Algo que explica, por cierto, la decisión tomada por Schopenhauer de usar palabras cuya etimología, de entrada, establece esa convicción belicista: στρατήγημα –vinculada a las maniobras militares- y ἐριστικὴ –que remite a la diosa griega de la discordia-.

En Parerga y Paralipómena Schopenhauer ponderaba menos radicalmente esta postura e indicaba que todos esos subterfugios, aunados a la vanidad e improbidad que los auspician en los hombres le resultaban a esas alturas “repugnantes”. Sin embargo, en una época como la nuestra, en la que por todas partes se propaga el relativismo, acaso sigan vigentes, tanto la visión pesimista que tenía Schopenhauer frente al mundo, como el uso de todas estas artimañas que solemos mirar con desprecio, aunque nuestro propio discurso esté atravesado por ellas.

SCHOPENHAUER, A. (2007) Dialéctica erística. Madrid: Trotta.
BROECK, C. v. d. (1500) An Allegory of Truth and Deception.
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Hay hombres a quienes la vida se les presenta en exceso prolongada y, como esta percepción es fruto de su debilidad para soportarla, Séneca les aconseja –en De la tranquilidad del alma- habituarse al dolor de las cosas necesarias e, incluso, anticiparlo para reducir así la fuerza con la que este los embate.

En De la brevedad de la vida, un diálogo compuesto tras los siete años de destierro en Córcega, Séneca se enfrenta al problema contrario, es decir, al de aquellos que protestan contra la Naturaleza arguyendo que esta ha dispuesto una vida tan extremadamente corta que a todos les es arrebatada antes de alcanzar, si quiera, la preparación para encararla.

Séneca enfrenta la cuestión articulando doctrinas provenientes de la Stoa, los peripatéticos y el epicureísmo y, a partir de esta convergencia, traza en su diálogo una respuesta de doble proyección: por una parte, no se trata de que los hombres dispongan de poco tiempo, sino de que lo pierden en demasía, esto es, de que ellos mismos se encargan de acortarlo y; en segundo término, la vida es suficiente para quien sabiamente la dispone, por ello lo que se requiere es, ante todo, un adecuado modus vivendi.

En lo que respecta a la pérdida del tiempo, Séneca considera inicialmente que esta se produce en el ámbito social. En su opinión, nadie se pertenece a sí mismo si plantea su vida con una atención desmedida en los demás; es despreciable el hombre que descuida sus propias ocupaciones para dedicarse a las ajenas, pues desperdicia su tiempo y vive sordo al atinado consejo que aparece en De la vida feliz: “No seguir, a modo de ovejas, las huellas de los que van adelante”.

La otra forma en la que se malgasta la vida tiene que ver con la obsesión por los bienes. Cualquiera que sea la clase de estos –riqueza, elocuencia, propiedad- se convertirá para el hombre en una forma de ahogo y en una de las vías por las que se esfumará su tiempo, pues la administración debe operar sobre lo que es seguro, no sobre lo fluctuante o azaroso, y de los bienes, claramente, no es posible determinar su grado de permanencia.

También los vicios entrañan un modo de pérdida del tiempo. Séneca está persuadido de que quien se entrega a estos no vería suficiente para sí ni siquiera una vida de siglos. El placer, por ejemplo, engendra siempre ocupaciones: a cada paso exige algo nuevo para satisfacerse, algo distinto que colme la molicie. De allí que Séneca concluya que “algunos son infelices, no por falta de placeres, sino a causa de estos mismos”.

Finalmente, se malgasta el tiempo debido a la ignorancia. No se terminan de comprender los sentidos del oráculo: “Pequeña parte de la vida es la que vivimos”. En efecto, el hombre pasa por alto su caducidad y juega permanentemente con el tiempo considerándolo incorpóreo y, en consecuencia, desdeñable; no le inquieta entender la ley que rige su marcha y, mucho menos, se siente en la necesidad de avenírsele con sabiduría.

Es posible, por ello, estimar la duración de la vida como una prueba más del temple sabio. Cuando Séneca apunta que la vida no es corta pretende subrayar precisamente que el hombre sabio no se quejaría de la Naturaleza, sino que se acomodaría a sus leyes. Su εὐθυμία, en tanto buena disposición de ánimo, no se vería alterada por la fugacidad o dureza del tiempo, pues estos son asuntos que sabría sobrellevar poniendo en práctica la virtud.

La primera exhortación que hace Séneca es, por consiguiente, a examinar el modo propio en que conducimos la vida. No por las canas se infiere que un anciano ha vivido, de suerte que cada quien ha de mirar atrás para reconocer en su pasado cuánto tiempo ha sido realmente suyo y, en caso tal, ante la imagen del desperdicio, arrepentirse y propender por el cambio.

El fundamento de la sabiduría estoica radica justamente en ajustarse a la particularidad de cada instancia: el pasado es seguro; el presente, breve; el futuro, incierto. El hombre sabio, por ende, abraza su pasado, usa el presente y prevé su futuro. Lo primero, como se indicó, consiste en volver a lo vivido para aprender de ello; lo segundo, implica sentir el presente como sagrado, aceptarlo en su flujo permanente  y, sobre todo, desearlo: no es sabio el hombre que se sacrifica por el futuro o el que vive su ahora con miedo del mañana.

Por otra parte, aunque el futuro no se tenga jamás en las manos, es posible prever sobre él ciertas cosas y en esa dirección el estoico refleja también su sabiduría. Al respecto, es sabio anticiparse al dolor: en ello se cifra el sentido de la premeditatio malorum; pero, además, se requiere cultivar el recuerdo constante de la muerte, pues de ese memento mori se desprende el obrar como hombres vivos, como sabios que se ajustan a un pacto indisoluble.

Un aspecto interesante de las reflexiones de Séneca estriba en la fórmula que aduce para argumentar su idea de prolongar la vida. Aquellos que emplean parte de su tiempo estudiando a los sabios añaden a la suya todas las edades de estos, todos los años que los precedieron. Séneca va, incluso, más allá porque, según él, es posible acercarse a los sabios –entiéndase, Demócrito, Pitágoras, Zenón, Teofastro, etcétera- para apropiarse de lo que estos dijeron y levantarse hasta la inmortalidad: la altura de la que ya nadie será derribado.

De la brevedad de la vida posee el tono práctico de la filosofía estoica y plantea cómo, aunque existe una ley inexorable que impulsa el tiempo, depende del hombre –de su voluntad y virtud- decidir la manera en la que se entrega a su vivencia. La prueba más radical de esta tensión entre lo inevitable y lo libre es que el hombre podría cortar el lazo que lo ata a la vida en el momento que quisiera, pero, si es sabio y vive, “su muerte será una consagración incluso ante los ojos de aquellos que la temen”.

SÉNECA (1984) De la brevedad de la vida. Madrid. Sarpe.
DOMÍNGUEZ SÁNCHEZ, M. (1871) La muerte de Séneca.
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Se presentan bajo el título Ontología: hermenéutica de la facticidad las lecciones que Heidegger impartió durante el verano de 1923 en la Universidad de Friburgo. Se trata de un volumen compuesto a partir de las cuartillas redactadas para el curso, comentarios que Heidegger adjuntó después y algunos apuntes tomados por asistentes.

El texto resulta valioso porque estas lecciones conforman el primer esfuerzo de Heidegger en la tarea que luego desarrollaría en Ser y tiempo −obra, por demás, truncada-, esto es: revivir la pregunta por el sentido de ser lejos de los presupuestos de la tradición. Así, Heidegger sienta aquí las bases de lo que se ha denominado el giro ontológico de la hermenéutica, presentando la interpretación como fundamento del existir fáctico y sugiriendo una ruta fenomenológica para efectuar el encuentro con esa facticidad.

Toda la primera parte del libro se ocupa de la definición de facticidad como “el carácter de ser de nuestro existir propio”. A Heidegger le interesa distinguir esa noción de existir de la de hombre, en cualquiera de sus acepciones −la de ser vivo (proveniente de las ciencias naturales) o la de persona (elaborada con base en el discurso religioso)-; y, asimismo, deslindarla de los simples objetos o de la identificación con un sujeto.

Su búsqueda, más bien, reposa sobre el fenómeno de la ocasionalidad en el que el existir se presenta: estar-aquí, estar-en-el-mundo. Para Heidegger, el existir se da en el aquí ocasional de una actualidad concreta; y ese demorarse-siempre en el presente constituye, no solo su temporalidad, sino también el lugar donde ocurre la publicidad de su condición hermenéutica.

Interpretar es el rasgo fundamental del existir porque su cómo consiste en “entenderse y ser ese entender”. Ciertamente, el existir opera en cada circunstancia desde un haber previo −prejuicios, historia, filosofía-, pero, además, puede abrirse hacia una interpretación de lo ya-interpretado, de allí que Heidegger incorpore la hermenéutica con “la labor de hacer el existir propio de cada momento accesible en su carácter de ser al existir mismo, de comunicárselo, de tratar de aclarar esa alienación de sí mismo de que está afectado el existir”.

Como se ve, el carácter hermenéutico se verifica, por una parte, en lo que Heidegger denomina hablilla −das Garede-, lo ya-hablado-antes, el haber previo que hace que el existir esté dispuesto de antemano a ver el mundo cotidiano de una forma u otra; pero, igualmente, eso ya-interpretado es algo a lo que el existir puede plantear cuestiones y exigencias, de suerte que la interpretación sea también un movimiento de apertura hacia el estar despierto, hacia el encontrarse consigo mismo.

Esta doble dimensión que sintetiza Heidegger diciendo que “la hermenéutica habla desde lo ya-interpretado y para lo ya-interpretado” indica la posibilidad de manejar hermenéuticamente la facticidad y llevarla a conceptos a través de una tarea que, debido al hic et nunc del existir, no se agota nunca, sino que invita a mantenerse en ella a cada instante.

Para Heidegger, entre las vías desde las cuales puede rastrearse lo ya-interpretado para convertirlo en concepto, es decir, para interpretarlo, se hallan la conciencia histórica y la filosofía. Estas son maneras en las que “el existir habla de sí mismo y a sí mismo: como se hace presente ante sí y se mantiene en esa presencia”. La conciencia histórica está asociada a lo que ha ido transformándose, mientras que la filosofía indica la inalterabilidad de lo que siempre es así.

Como modo de interpretación que se da en el aquí ocasional, incluso la conciencia histórica es entendida como presente: la forma en que se guarda o se renuncia al pasado en la relación actual del existir consigo mismo. En esta dirección, conciencia histórica y filosofía no son meros valores culturales para Heidegger, sino “vías perfectamente acondicionadas y practicables del propio existir en las que él mismo se halla y a su manera se entrega a sí mismo, es decir, toma posesión de sí”.

En la segunda parte del texto, Heidegger recupera la figura de Husserl para sostener que es factible el acceso al existir fáctico por medio de la fenomenología, pues esta representa un modo de investigar que “habla de algo como ese algo se muestra y solo en la medida en que se muestra”. En otras palabras, la fenomenología permitiría, siguiendo las líneas de la conciencia histórica y la filosofía, quitar los encubrimientos del existir y desvelar aquello con lo que este se encuentra familiarizado.

La concepción fenomenológica de Heidegger retrotrae la acepción original de la palabra fenómeno −φαινόμενον-, esto es, lo que se muestra en el existir. Desde él puede operarse la labor de desmonte de la tradición que implica la interpretación del haber previo –aquel “apartarse de lo que se encuentra más próximo para ir hacia lo que reside en el fondo”-, indagación que Heidegger califica consecuentemente como desconstrucción.

Con todo esto Heidegger plantea que la fenomenología posibilita la modificación de la mirada que se requiere para acceder al existir fáctico, primero, porque prescinde de dualidades tales como la de sujeto y objeto y; segundo, porque se opone a la pretensión “de un observar exento de perspectivas”, ratificando, contrariamente, que la perspectiva es una cualidad propia del existir.

Estas lecciones de Heidegger se alejan de las concepciones predominantes de ontología y hermenéutica, y lejos de sus reglas abren todo un campo de trabajo que supieron ver rápidamente autores como Gadamer o Ricoeur. El mérito del texto es amplio, puesto que ilumina la doble proyección herméneutica del existir: la que es característica de su ocultamiento y la que lo abre, en movimiento fenomenológico, hacia la ruptura, hacia el caer de las máscaras con las que el existir oculta cotidianamente su propia angustia.

HEIDEGGER, M. (2019) Ontología: hermenéutica de la facticidad. Barcelona: Alianza.
BASELITZ, G. (1983) Der Brückechor.
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La gaya ciencia constituye un punto de empalme entre las obras de juventud de Nietzsche –El nacimiento de la tragedia o Humano, demasiado humano- y las de madurez –especialmente, Así habló Zaratustra-, siendo posible encontrar en ella el esbozo de doctrinas tan importantes como el eterno retorno de lo mismo, la voluntad de poder o la muerte de dios.

Se trata, además, de uno de los libros más personales de Nietzsche, pues es el resultado de la enfermedad que por aquel entonces (1882) lo acosaba cada vez más fuerte y, principalmente, del espíritu que, bajo las condiciones propiciatorias del Mediterráneo, advino para declarar in media vita su recuperación y renacimiento.

Esta idea la expuso el propio Nietzsche en el prólogo que redactó para la segunda edición de la obra, publicada en 1886. Allí, tras referirse a los tormentos de la enfermedad, celebra el libro como la “gratitud de un convaleciente”, aclarando que su título hace referencia a “las saturnales de un espíritu que ha soportado pacientemente una larga y terrible presión (…), pero al que invade de golpe la esperanza, la embriaguez de la curación”. Postura que él asocia a una filosofía fisiológica y a la valentía artística con la que los griegos soportaron su vida.

Para aquella época Nietzsche tenía dos cosas completamente claras: por un lado, la necesidad de apartarse de los valores con los que la religión contraviene lo que habría de ser la voluntad de vida y; por otro, el perjuicio que producen los saberes científicos cuando se formulan como fines últimos, es decir, como reglas para un mundo que, en realidad, solo obedece al cambio permanente.

Apartarse de estos fundamentos –a cuya destrucción dedica aún parte de esta obra- instaba a Nietzsche a encontrar, si no una justificación para vivir, al menos sí un modo de hacerlo sin recaer en la culpa, la resignación o el engaño. Y eso es precisamente lo que descubre en su experiencia, expresándolo con la alegría de ese nombre italiano que él prefería para su obra, La gaya scienza: “Una fiesta tras larga privación e impotencia, la exultación de la fe que renace, de la fe resurgida en un mañana y un pasado mañana”.

Es claro que, desde muchas perspectivas, la vida es sufrimiento, pero para Nietzsche existe una distinción radical entre quienes “sufren de la plenitud exuberante de la vida” y los que sufren de su empobrecimiento. Estos últimos apenas logran redimirse a través de la negación o replegándose en un dios de enfermos; los otros, en cambio, acrecientan su voluntad, permitiéndose la contemplación, incluso, de lo pavoroso y horrible merced a una fuerza creadora que los impulsa a embellecer y vivir sin temor: una idea que Nietzsche encerró en la noción de amor fati.

La enunciación de este pensamiento liberador que enseña que, a pesar del dolor, el hombre puede vivir valiente y alegremente, la hizo Nietzsche en el §276: “Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello, así seré de los que vuelven bellas las cosas. ¡Amor fati: que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los acusadores. ¡Apartar la mirada, que esa sea mi única negación! Y, en definitiva, y, en grande: ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí”.

Como se observa, la primera parte del enunciado se centra en la transfiguración de lo necesario –das Nothwendige, noción que coincide en cierto grado con la ἀνάγκη griega-. Según esto, todo lo que es inevitable –el dolor, la privación, la enfermedad- no generaría reproches o resignación si por medio de una postura creadora el hombre lo convirtiese en un estímulo para el crecimiento y la vida: un todo pletórico para el que la generatriz del dolor, lo sería también de la alegría, pues únicamente quien sufre de manera constante puede vivir una felicidad profunda y pronunciada.

Por supuesto, no se trata de una posición que se satisface con la simple aceptación del sufrimiento o que asume este de forma estoica: en el fondo, eso continuaría siendo resignación, otro reproche a la existencia. Más bien, implica una actitud capaz de transformar lo malo y doloroso –normalmente asociados a lo feo- en cosas bellas, estéticas y, en consecuencia, susceptibles de surgir ante quien posee una mirada artística.

Esa mirada es la misma que Nietzsche anuncia en el prólogo del libro como propia de los griegos y que él venía estudiando desde los tiempos de El nacimiento de la tragedia. Aquí, en todo caso, personaliza el tema, vinculándolo a la idea de dar estilo al carácter, esto es, convertirse en el artista ante cuya mirada comparecen por igual las debilidades y fuerzas para integrarse en un todo que las torna deseables. No importan los artificios a los que deba recurrirse para ello, a fin de cuentas, todo es siempre superficie, epidermis, apariencia; lo fundamental es “ser los poetas de nuestra vida y, en primer lugar, en lo más pequeño y cotidiano”.

En la presentación que hace Nietzsche del amor fati en el §276, así como en las otras formulaciones de esta doctrina que hay en su obra –hechas siempre apelando a un lenguaje íntimo: “mi afirmación”, “mi fórmula para la grandeza”, “mi deseo”, “mi naturaleza más íntima”, “mi moral”- es notorio, además, un ánimo de desprendimiento, un querer apartarse de los oscurecedores, los calumniadores o los predicadores para concentrarse en una actitud afirmativa, en el sí radical a la vida.

Por otra parte, un pensamiento semejante reaparece en distintos lugares de La gaya ciencia rotulado de otras maneras; así, por ejemplo, en el Libro V, cuando Nietzsche está explorando lo que es el Romanticismo, surge bajo la denominación de pesimismo dionisíaco y, aun en otros lugares, como pesimismo de la fortaleza. En todo caso, una y otra vez se orienta hacia el característico deseo de responder al embate de la vida transfigurándola.

Justamente por esto el amor fati está asociado a otra idea central de Nietzsche: el eterno retorno de lo mismo. Esta parece ser, empero, una condición previa, un requerimiento moral, pues tal como se postula en el §341 –el famoso aforismo El peso más pesado- solo es capaz de amar enteramente la vida quien ha superado la pesadilla de un mundo destinado a la sucesión eterna y ahora ve, por el contrario, el estímulo y la alegría de poder vivir infinitas veces: “¿Cómo necesitarías amarte a ti mismo y a la vida –dice Nietzsche- para no desear nada más que esta última y eterna confirmación?”.

NIETZSCHE, F. (2014) La gaya ciencia. Akal: Madrid.
OLDE, H. (1899) Nietzsche auf dem Krankenbett.
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El malestar que manifestó Kierkegaard frente a su época dotó su obra de una fuerza especialmente contestataria. Así, mientras la mayoría de sus contemporáneos abanderaban el discurso del progreso, él se replegó en la defensa de una fe que, a pesar de sus antecedentes –Schleiermacher, Schlegel, Lessing-, se proyectó con tanta originalidad que en ella se halla el germen del existencialismo.

Kierkegaard se opuso a quienes anunciaban el triunfo de la razón y abogó por la reivindicación de la fe, comprendiendo que, a diferencia de los saberes científicos, esta pasión se presenta a cada nueva generación en su punto inicial y, en consecuencia, no constituye una experiencia realizada, ni para la sociedad, ni para el hombre concreto que la asume.

Temor y temblor (1843) surge de esta demanda y, valiéndose de la figura de Abraham, demuestra que la fe no se remonta a un mundo venidero, sino que se ejerce sobre el terreno de esta vida, pues la paradoja que le da origen así lo expresa: entregarse a lo absoluto salva la particularidad del individuo.

Como se sabe, a Abraham le fue prometido que “en su semilla serían benditos todos los linajes de la tierra”; sin embargo, tuvo que esperar cien años para que del vientre infértil de Sara naciera Isaac. Ese hijo unigénito es el que dios pidió a Abraham sacrificar en la montaña de Moriah, a la cual se dirigió cuando hubo llegado el momento.

Desde el inicio de su disertación, Kierkegaard concibe a Abraham como el hombre que abandona la razón para abrazar la fe: es el modelo de quien realiza esta pasión proprio motu et propriis auspiciis: “Abraham hace el movimiento de la resignación infinita renunciando a Isaac (lo que nadie comprende porque es una empresa privada) y, a su vez (y en todo momento), lleva el movimiento de la fe, ese es su consuelo”.

Kierkegaard juzga la resignación como un paso previo a la fe, puesto que aquella consiste estrictamente en la entrega ciega a lo absoluto: su movimiento se reproduce cada vez que el mundo amenaza con desbordar al individuo y este deja lo temporal para abandonarse a la eternidad divina. La fe, por el contrario, no implica una renuncia, sino la recuperación de lo temporal por efecto del valor que se demuestra al permanecer en el absurdo.

Por supuesto, la renuncia no constituye un acto sencillo: su realización reviste siempre una Anfaegtelse –es decir, un estado de horror religiosus, de inquietud y ansiedad espiritual-. Por ello, Kierkegaard considera la angustia como el elemento central en la historia de Abraham; su circunstancia es terrible, no solo por el dolor que implica ofrecer a su hijo en holocausto, sino primordialmente porque ese sacrificio se hace en nombre de un absoluto cuyo lenguaje resulta incomprensible para el hombre.

En todo caso, esa misma resignación y la fe que paradójicamente reconcilia a Abraham con lo que existe garantizan que su sacrificio se distinga de un asesinato. “Si la fe no puede transformar en un acto sagrado la intención de dar muerte a su hijo –dice Kierkegaard-, Abraham deberá ser juzgado de idéntico modo que cualquier otra persona”. De tal suerte, cabe afirmar de Abraham que con la resignación se entrega a dios, pero con la fe recupera a Isaac.

La paradoja es la forma recurrente desde la cual Kierkegaard interpreta el relato: Abraham no quiere ver morir a su hijo y no comprende la razón del sacrificio, máxime cuando espera ser padre de generaciones; no obstante, renunciando a sus deseos, se da a lo absoluto y persiste allí firme, a pesar del dolor de perder lo que más ama. Ese es el valor de la fe por el cual dios le concede tener de nuevo en lo temporal a Isaac.

Teniendo en cuenta estas cualidades, Kierkegaard considera que Abraham es una figura superior a los héroes griegos. Del contraste reiterativo que establece en la Problemata extrae los argumentos para demostrarlo: Abraham, por ejemplo, no se restringe a un τέλος ético, antes bien, lo suspende en su formulación de “amar al hijo” cuando se abandona a lo absoluto. Del mismo modo, la virtud de Abraham es superlativa porque, mientras la de los griegos obedece a una utilidad, en su caso responde a una especie de egoísmo amoroso.

En su comparación, Kierkegaard destaca, además, que el héroe griego siempre hace lo manifiesto, esto es, actúa bajo el amparo social, pues los demás conocen la necesidad de sus actos y prevén –diríase, incluso, anhelan- sus consecuencias. El caso de Abraham es harto diferente porque su camino lo emprende en solitario y sufre su Anfaegtelse en silencio. Otra extraña paradoja se le cierne: “Calla, pero no puede hablar”, lo cual significa que aquello que diría no es posible formularlo en lengua humana.

En este sentido, Abraham, posicionándose más allá de la ética y atendiendo exclusivamente su deber absoluto con dios, realiza un acto que lo hace ser más particular. Nadie sería capaz de comprenderle o de acompañarlo. La renuncia y la fe son experiencias fundamentalmente individuales, de suerte que condenen a la soledad. Con su acción, ni siquiera busca Abraham enseñar el camino a otros, “solo las naturalezas inferiores encuentran las premisas de sus actos fuera de sí mismas”.

Porque Temor y temblor anuncia este aislamiento radical del individuo, cabe entender la obra como una crítica profunda a la mediación religiosa y como una apología de la vía más severa para vivir la fe: “Todo eso que nos resulta incómodo, todo eso que haría difícil nuestra vida y nos impediría disfrutarla: el hecho de tener que morir a uno mismo, la renuncia voluntaria, el odio a sí mismo, el deber sufrir por esa doctrina”.

KIERKEGAARD, S. (2020) Temor y temblor. Madrid: Alianza.
REPIN, I. (1885) Иван Грозный и сын его Иван.
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Tras la ruptura de Stirner con el grupo de Los Libres –Die Freien-, la crítica empezó a asociar su nombre con las más variadas ideologías: la anarquía, el liberalismo, la burguesía y hasta el fascismo. Sin embargo, dentro de tantas supuestas filiaciones, quizá solo la del nihilismo resulta útil para explicar la esencia de su filosofía.

Stirner es un filósofo nihilista porque encarna una negación de la metafísica, más estrictamente, de los discursos que sostienen su validez en el hecho de preceder al individuo o en afirmar valores superiores a este. Justamente por ello, en El único y su propiedad (1844) Stirner presentó la figura del Einzige –el Único-, es decir, el individuo que, desprendiéndose de todo yugo, se convierte en el egoísta para el cual prevalece únicamente su propio interés.

El nihilismo de Stirner, con todo, se evidencia también en sus Escritos Menores, colección de textos publicados entre 1842 y 1848 que, aun sin redactarse con una pretensión sistemática, desarrollan una de las tesis fundamentales de su postura, a saber: el movimiento permanente del mundo hace imposible cualquier predicación absoluta.

Se trata de una reformulación, pues se sabe que Heráclito fue el primer pensador occidental en plantear la cuestión del movimiento: πάντα ρεῖ καὶ οὐδὲν μένει –“todo fluye, nada permanece”- y, así mismo, la tensión entre el ser y el no ser: ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶοὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶοὐκ εἶμεν τε –“en los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos”.

Stirner trabaja a partir de esta doctrina que demuestra que, en un determinado momento, el mundo y el individuo son algo y no son todo lo demás, así como después serán otra cosa y no serán. En su ensayo El falso principio de nuestra educación, por ejemplo, el autor sostiene que, ni la educación centrada en la cultura, ni la de sesgo más práctico, son saludables para el individuo, toda vez que ninguna de ellas escapa a la sumisión frente a un discurso prefijado que desvirtúa el cambio connatural del hombre y su creación de sí mismo.

“Crearse a sí” no consiste en aprender de otro o convertirse en su colaborador; por el contrario, implica ser capaz de “no cesar de liberarse una y otra vez”, tanto de quienes enseñan como de quienes exigen el cumplimiento de deberes indiscutibles. Así, la noción de movimiento se traduce aquí en un impulso a ganar reiterativamente la libertad, pues esta se encuentra en disputa a cada momento: “Llegar a ser un carácter que a la vez padece, palpita y tiembla en la bienaventurada pasión de un rejuvenecimiento y un renacimiento incesantes”.

Stirner habla de padecer porque todo nihilismo implica un pathos. En el caso de la educación, quien aspira a ser libre sufre esa revelación de sí mismo que surge de su emancipación frente a las autoridades. Lo que descubre el individuo detrás de todo lo impuesto es su propia y primera imagen, y esta es la señal de su aislamiento definitivo, porque la pretensión del Único no es hallar lo común con otros, sino lo que solo está en él y que, por efecto del movimiento, permanentemente pierde y descubre, muere y nace.

En otro ensayo, Los recensores de Stirner, el autor vuelve sobre esta idea. En él, afirma lo siguiente: “Si algo valiese para ti, en este instante (pues solo en el instante tú eres tú, solo como instantáneo eres real; tomado como un ‘tú universal’, por el contrario, serías ‘otro’ a cada instante), si algo valiese, pues, para ti en este instante como algo ‘más elevado’ que otra cosa, entonces no lo sacrificarías por lo más bajo; bien al contrario, sacrificas en cada instante solamente aquello que, en ese mismo instante, vale para ti como ‘más bajo’ o ‘menos importante’”.

Como se ve, tras un nuevo guiño a Heráclito, Stirner da un paso adelante al sostener que el valor atribuido a algo depende de las condiciones del instante, no de principios que están más allá de él. En otras palabras, en tanto Único, el individuo juzga el valor del mundo según el instante en el que vive y ese valor cambia indefectiblemente porque, después, juzgará siendo otro individuo enfrentado a un mundo diferente.

Para Stirner los discursos –políticos, religiosos, ideológicos- que condicionan las apreciaciones sobre el mundo son fantasmas que niegan lo que para un individuo constituye su propiedad, esto es, sus intereses, su deseo, su unicidad. En este sentido, los valores defendidos por otros siempre serán elementos superpuestos, enajenantes y en pugna con lo instantáneo e intraducible de la propiedad individual.

Si, en Sobre la obligación de los ciudadanos de pertenecer a alguna confesión religiosa, Stirner rechaza toda fe, tradición y autoridad, es precisamente porque las considera inhumanas: en ellas se abandona el instante en el que el individuo pone en juego sus intereses para dar paso a una metafísica que mide atemporalmente las cosas.

Por otra parte, a Stirner no se le escapa otro serio problema: la dificultad nominal del individuo. ¿Cómo llamar a algo que, por una parte, obedece a una individualidad única y, por otra, responde al movimiento de cambio permanente? Para él, lo que se engloba bajo el Único es algo que rebosa todo lenguaje: “El Único es una palabra sin pensamiento, una palabra que no tiene ningún contenido de pensamiento. Es un contenido que no puede estar ahí por segunda vez, y que, por tanto, tampoco se puede expresar, pues si se pudiera expresar real y completamente, entonces estaría ahí por segunda vez, estaría ahí en la ‘expresión’”.

De este modo, también es una clave heracliteana la que sigue Stirner para abordar el problema del nominalismo; se trata de una prolongación epistemológica del Πάντα ῥεῖ. El Único es ese hombre de Heráclito que “no puede estar ahí –en el río- por segunda vez” y que no puede reducirse a una sola expresión, puesto que es, como el resto del mundo, puro movimiento, aquello que simple y llanamente a cada momento deviene.

STIRNER, M. (2013) Escritos menores. Rioja: Pepitas de Calabaza.
SPITZWEG, C. (1839) Der arme Poet.
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