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La Pasión Inútil

Timeo Hominem Unius Libri

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Antonio Gramsci conoció a Julia Schucht en Serebriani Bor, lugar al que se había dirigido para someterse a una cura de reposo en 1922. Un año después se separó de ella para regresar a Italia y solo volvieron a verse entre 1925 y 1926, temporada al final de la cual Schucht retornó a Rusia con sus dos hijos –Delio y Giuliano-, mientras Gramsci era condenado a prisión por el régimen fascista.

Cartas a Yulca recoge la correspondencia enviada por Gramsci a su esposa en medio de estas dos coyunturas, es decir, la época precarcelaria (1922-1926) y el periodo de confinamiento (1927-1937). Se trata de un corpus que supera las cien cartas, pero que adolece, tanto de lo que Gramsci califica de “falta de asiduidad”, como de ese enturbiamiento en el que caen las emociones cuando deben restringirse a la escritura.

La primera parte de la correspondencia presenta una conjunción entre biografía y teoría revolucionaria. Gramsci reconoce allí que su fatalidad radica en no poder ser amado y confiesa que incubó esta idea desde niño, al descubrir que su enfermedad constituía una carga para su familia. De este modo, hay para él una “cicatriz que sigue doliendo”, un veneno que, en las cartas, parece únicamente desterrado gracias a la bondad de Julia.

La conexión de esta intimidad con los asuntos revolucionarios la explica Gramsci al decir: “Cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia; si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas individuales”. En este sentido, Schucht sería, para Gramsci, esa individualidad que redime el amor personal y, así mismo, quien ratifica el camino hacia los vínculos colectivos.

Por supuesto, fue la natal Cerdeña, en el marco de la pobreza y las luchas de independencia, el lugar del germen revolucionario; pero es a través de su relación con Julia Schucht que Gramsci suple aquel requisito de afecto individualizado que él exige para unirse a las masas. De hecho, una de sus cartas lo destaca: “Nuestro amor es y debe ser una colaboración de quehaceres, una unión de energías para la lucha, además de la búsqueda de nuestra propia felicidad”.

Hay, así, un sinnúmero de cuestiones políticas –elecciones, traducciones, teorías, críticas- que Gramsci va comentando en su correspondencia, sin dejar de reafirmar en ello una lucha personal, puesto que la derrota del fascismo significa el advenimiento del mundo libre que él desea para su familia; una concreción que acaso haya influido en el modelaje de la revolución sentipensante por la que él propende y en el énfasis no-objetivo de su filosofía de la praxis.

A partir de noviembre de 1926, fecha en la que Gramsci es encarcelado, se observa un giro en su correspondencia, ya que aquel horizonte revolucionario irá difuminándose para dar paso a una escritura más introspectiva. Gramsci mismo lo atestigua indicando que la cárcel suscita una presión psicológica que, en su caso, se ve amplificada por la poca continuidad con la que recibía cartas de su esposa.

Debe recordarse que para esta época la correspondencia de Gramsci es pública en la medida en que se atiene a las revisiones y restricciones penitenciarias: un hecho, sin duda, inhibitorio. Además, el temple festivo que Gramsci solía mostrar cae en un progresivo apocamiento: solo tres horas al día se halla en compañía de otros reclusos y esto, por un lado, merma su sociabilidad y, por otro, justifica, tanto sus alusiones a una vida vegetativa, como el tono monogal que ofrecen ciertas cartas.

Teniendo en cuenta que desde 1929 Gramsci inició la redacción de los 33 volúmenes que constituyen sus Cuadernos de la cárcel –base de sus teorías sobre la hegemonía, los intelectuales, el Partido, etcétera-, resulta por lo menos diciente que los intereses políticos sean desplazados en sus cartas, bien por la reivindicación de un pasado que lo reconforta, bien por el apuro de recuperar las impresiones inmediatas de una familia de la que hace parte, pero se sabe sustraído.

El conjunto de cartas escritas desde la cárcel, por ello, rezuman lo que Gramsci denomina una metafísica de la impaciencia, esto es, la condición que surge de no poder imaginar la cotidianidad de la familia, de ir perdiendo los lazos de confidencia con su esposa, de sentir que no ejerce una paternidad viva y, en general, de estar desconectado de un exterior que solo puede figurarse a través de referencias.

Fruto de esta situación que se torna cada vez más extrema son las numerosas notas que Gramsci redacta, por ejemplo, para indicar a Julia cómo educar a sus hijos. Una y otra vez la exhorta a no acelerar sus inclinaciones, a potenciar el robinsonismo que declina por efecto de la tecnología, a hacerles visibles sus coerciones, o a no dejarse tentar por los sentimentalismos o por el discurso psicoanalítico de la frustración.

En los momentos de mayor impotencia emergen, incluso, reproches directos a su esposa, a veces por la inconstancia de sus cartas y, otras, por escatimar información en ellas, por seguir un orden “sórdidamente judaico” o por su poca capacidad para observar las tendencias de los niños. Es una pedantería que no escapa al propio Gramsci y por la que se excusa siempre después arguyendo que es producto de su angustia.

La correspondencia con Julia encontrará su último destello en las distintas clínicas a las que fue trasladado Gramsci antes de morir. Leer esas cartas y contrastarlas con las primeras no es mirar lo escrito por dos personas divergentes, sino rastrear el camino de un mismo hombre cuya primaria ilusión del amor y el marxismo deviene sombra, y que, desde el forzado replegamiento interior, intenta desesperadamente recuperar los lazos que lo unen al mundo.

GRAMSCI, A. (1989) Cartas a Yulca. Barcelona: Crítica.
NORMAN, I. (1960) Prisoners.
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Suetonio destaca dentro de la amplia lista de historiadores romanos por su atención a los personajes individuales. Prueba de esto se halla en su obra De Viris Illustribus, dedicada al estudio de hombres de letras y, sobre todo, en De vita Caesarum, que reúne las biografías de los doce emperadores que pertenecieron a las dinastías julio-claudia y favia.

Esta obra aúna la formación retórica que recibió Suetonio con la documentación a la que tuvo acceso mientras trabajó como secretario en los archivos imperiales y sigue una disposición per species –no per tempora, como es usual en libros de su estilo-, pues las semblanzas están focalizadas en los asuntos que él consideró relevantes: las gestas de los emperadores, sus vicios, comportamientos y supersticiones.

Las primeras biografías, es decir, las de Julio César, Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón ocupan la parte más gruesa del libro y en ellas es notorio el cuidado con el que Suetonio rastrea las genealogías que se solían aducir para probar el origen divino de los emperadores y, complementariamente, la influencia helénica en su formación filosófica, política y religiosa.

Así mismo, a razón de su mayor permanencia en el gobierno –hasta 40 años en el caso de Augusto-, en las semblanzas de estos emperadores es evidente una descripción más prolija de sus carreras políticas –el cursus honorum y la res gestae-, lo cual implica que, a las alusiones familiares y al retrato de sus costumbres, se suma aquí la revisión de su influencia en el debilitamiento o fortalecimiento del Imperio.

Con todo, lo que parece importar más a Suetonio en la elaboración de los perfiles tiene que ver con el comportamiento de los emperadores, aspecto que analiza ponderando sus actuaciones positivas –especialmente destacables en César y Augusto- y las negativas. Ese balance posee una orientación estoica, influenciada por Séneca y Cicerón, que invita a examinar las acciones corroborando el impulso que las produjo y la reflexión que las moderó para hacerlas virtuosas y libres.

De esta forma, Suetonio dibuja las inclinaciones personales de los emperadores y logra demostrar que en ellos existe una tensión que los obliga continuamente a asumir posiciones éticas, por ejemplo, aquellas que subyacen a la adopción de un tipo de vida –el humilde o el ostentoso-, al rechazo o no de los honores, al modo de impartir justicia –siendo crueles o benignos-, al control de las pasiones, o a la administración del poder en un sistema prácticamente dispuesto para el despotismo.

Estas consideraciones son esenciales puesto que ser emperador exigía la comunicación con un basto número de instancias: el pueblo, la nobleza, el senado, los esclavos, los libertos, el ejército, etcétera. Suetonio reconstruye esta condición también en términos dialécticos, explicando la relación particular de los emperadores con los otros y, al respecto, son cautivantes las páginas acerca de cómo estos fueron abriéndose camino hacia el poder, cómo enfrentaron el dilema entre imponerse o condescender y cómo respondieron a la presencia de sectores como el judío y el cristiano.

Tal vez el ámbito en el que Suetonio se muestra menos objetivo, más enjuiciador, corresponde al de la vida personal de los emperadores. Ya de Nerón, tras hablar de su papel político, afirma: “Hasta aquí hemos hablado de un príncipe, nos queda hablar de un monstruo” y, ciertamente, a la exposición de esas monstruosidades dedica, en cada caso, una buena parte de la semblanza. Así se tiene noticia de los vicios sexuales que tuvieron los emperadores, de su gusto por el adulterio y la abyección, del despilfarro de algunos y la tacañería de otros, de la depravación que fraguaron en el anonimato y de la satisfacción que encontraron en el vino, el asesinato o la crueldad.

Suetonio asocia ese inventario de excesos con una conducta ególatra que se expresa en la famosa sentencia de Calígula: “Orderint dum metuam” –“que me odien mientras me teman”-. Cierto que esta situación no se dio con la misma fuerza en todos los emperadores –en Galba y Otón, por citar un par, el tiempo no permitió que se hundieran en tales abismos-, pero, en todo caso, contó con figuras como la de Nerón que hoy por hoy sigue siendo referente de megalomanía, perversión y desenfreno.

Hay que decir, por otra parte, que, en contraste con esto, Suetonio se permite indagar también los temores de los emperadores. Hablando de Tiberio afirma que “lo que causaba sus vacilaciones era el miedo a los peligros que lo amenazaban por todas partes”, y esa misma tirantez entre insolencia y espanto la detecta fácilmente en los demás casos. Al respecto es singular la función que atribuye el autor a las familias, pues estas son alternativamente cercanas y temidas por los emperadores –hasta Nerón confesaba ser perseguido por el fantasma de su madre-, de suerte que abunden las alusiones a conspiraciones y crímenes de sangre.

La superstición, finalmente, es el otro horizonte que moviliza la Vida de los doce césares. Tal era la creencia que el propio Suetonio mostraba por esta clase de saberes que en su juventud abandonó la abogacía por un presagio y, aquí, en su obra, recoge innumerables prodigios vinculados al nacimiento o la muerte de los emperadores, la suerte en gestas militares o las decisiones concernientes al gobierno.

Como cabe esperarse de un saber heredado de los griegos y, a pesar de que en Roma pululara ya la increencia, los prodigios a los que se refiere Suetonio alcanzan tanto la simplicidad cotidiana como el destino vital de los hombres, y sus bases son siempre de orden natural, o sea, están asociadas a animales o fenómenos como sequías, derrumbes o apariciones.

Vida de los doce césares es un testimonio cercano del modus vivendi de los emperadores, ya que se escribió todavía en los albores del Imperio –durante el régimen de Adriano-; sin embargo, más ampliamente, es también un implacable informe sobre los límites de lo humano, transgredidos o ampliados, según como se mire, por personajes sobre quienes recayó un poder inconmensurable y, al mismo tiempo, ese sino trágico del que Domiciano se lamentaba: “¿Qué suerte hay más desgraciada que la de los príncipes?”.

SUETONIO (1974) Vida de los doce Césares. Barcelona: Bruguera.
WATERHOUSE, J. W. (1878) The Remorse of Nero After the Murder of His Mother.
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El Romanticismo arribó a Rusia cuando su estela empezaba a difuminarse en otros países. De hecho, antes de 1830, solo en los episodios de la Revuelta Decembrista o en los primeros escritos de Pushkin puede rastrearse algo de aquel espíritu romántico que varias décadas atrás ya había enmarcado la Revolución Francesa y la figura de pensadores como Rousseau.

Por otra parte, la dureza del zarismo no permitió una apropiación completa del movimiento; antes bien, muchos de sus entusiastas pagaron esa simpatía con la vida, la cárcel o el exilio, de suerte que lo romántico advino en Rusia bajo un signo trágico: fue una fórmula para liberarse de la represión del sistema zarista e, incluso, para superar la desesperanza a la que condenaba esa coerción, pero, sin duda, se trató de una alternativa peligrosa.

En Los exiliados románticos, E. H. Carr reconstruye el itinerario que siguieron en el destierro algunos de esos héroes rusos (Herzen, Ogarev, Bakunin) y, apoyándose en documentos y cartas –“escribir cartas fue una convención esencial de la pasión romántica”-, revela cómo sus vidas se entrecruzaron con las de otros migrantes (Herwegh, Nechaev o Dolgorukov) en medio de un destino siempre fatídico.

El retrato central del libro es, por supuesto, el de Aleksandr Herzen. La biografía presentada aborda los casi sesenta años de su vida, indagando, por turno, su origen y juventud, su estadía en la cárcel, el destierro, las acciones políticas y su labor como editor. Además, establece el ideario romántico desde el cual abogó por la liberación de los siervos, la abolición de los castigos y el fin de la censura, sosteniendo la postura audaz que le granjeó, en su momento, la fama internacional.

Carr plasma también los desencantos revolucionarios de Herzen: su establecimiento en una Francia materialista y trivial, completamente opuesta a la de sus sueños de juventud; los fracasos permanentes en Londres mientras dirigía La campana; y las diferencias entre él y los revolucionarios radicales, quienes no veían en su defensa del liberalismo y la democracia algo más que una doctrina pusilánime, el sueño de un novelista sin “madera de caudillo”.

En este sentido son dicientes los rasgos de Bakunin y Nechaev que se dibujan en la obra: su pasión destructora y su férreo temperamento. A los dos los conoció Herzen y de ambos se sintió divergente; no era factible para él comulgar con el excesivo desarraigo de Bakunin, con la confianza ciega en la naturaleza por la que se levantó contra todo gobierno; y tampoco con la inmoralidad que irradiaba Nechaev, aquella defensa mordaz del crimen que inspiraría Los demonios de Dostoievski.

Es importante destacar, por otra parte, que la reconstrucción de estos perfiles se trabaja paralelamente a la atención de la vida cotidiana, en la que Carr descubre otra manifestación del fervor romántico. Así, la serie de romances que relata entre la esposa de Herzen (Natalia) y el poeta alemán Herwegh, o, más tarde, entre el mismo Herzen y la esposa de su amigo Ogarev, van desvelando un nuevo encuadre romántico.

La comprensión de ese Romanticismo encuentra sus bases en las ideas de Rousseau y Sand, ya que las intrigas de los amantes exponen una defensa acérrima de los sentimientos, de su bondad connatural y de la necesidad de alimentarlos permanentemente, aun si ello implica contradecir discursos como el de la fidelidad, entendiendo que solo en su proyección hacia lo universal, hacia lo no individualizado, alcanzan esos impulsos la resonancia divina de la que provienen.

Es claro que una concepción como esta produce todo género de conflictos, pero las voces femeninas que se recogen en Los exiliados románticos (a saber: Natalia Herzen, Natalia Tuchkova o Liza Ogarev) porfían exaltando los “derechos de la pasión”, la poca nobleza del “gozo egoísta”, el reflejo de lo celestial que hay en el amor terreno –“mis sentimientos no son amor, decía Novalis, sino religión”- y, en fin, la relatividad en la que recae lo ilícito cuando se apela a una amplitud superior de miras.

El libro de Carr es interesante, precisamente, porque penetra en la percepción romántica femenina, ajustada al famoso verso de Byron: “El amor en el hombre es algo aparte en su vida, pero es la existencia entera de la mujer”. En numerosos pasajes se enuncian las particularidades de esta representación: la mujer romántica como la que “consuela al desventurado” (es el caso de Natalia Herzen), la que “busca un héroe a quien reverenciar” (como Malwida von Meysenbug y Liza Ogarev) o la que, en cualquier caso, transita menos el ancho camino del mundo que el del corazón.

A estas dos dimensiones de lo romántico –la revolucionaria y la amorosa- van sumándose a lo largo de la exposición otros planos importantes: el del valor ennoblecedor del sufrimiento, el del nacimiento de los tribunales de honor, el de la exacerbación artística, el de la condición de apátrida (con la consabida errancia por los países de Europa) y hasta el de aquel pesimismo pueril que hace desembocar los romances en suicidios.

Asimismo aparecen en la obra, tal vez con más espacio del necesario, otros personajes de menor impronta romántica. Carr dedica, por ejemplo, todo un capítulo al drama de Engelson que no pasa de ser una víctima paradójica del spleen; otro a Piotr Dolgorukov, famoso por enviar a Pushkin la carta que provocó su duelo con d’Anthès; y uno más al espía Postnikov, cuyo Romanticismo fue apenas una máscara para acceder a los círculos radicales sin levantar sospechas.

Detrás de los verdaderos exiliados, es decir, de Herzen, Ogarev y compañía pesa la condena de haber sido desterrados, pero también la de haber nacido en una época ajena y no haber encontrado un lenguaje menos anacrónico para explicarse. Los exiliados rusos fueron, así, una prueba más de la incomprensión humana y, al contrario de lo que concluye Carr, no la expresión postrera del Romanticismo, sino víctimas notables de su idealismo.

CARR, E. H. (2010) Los exiliados románticos. Barcelona: Anagrama.
REPIN, I. (1988) Не ждали.
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Desde 1989 Imre Kertész fue apuntando las ideas para la obra que, en su opinión, constituiría el epítome de su vida. Solo hasta 2001, sin embargo, el autor inició los bocetos de esa novela –a caballo entre Turner y Beethoven-, acompañando su redacción con un diario y otros cuadernos, en medio de un proceso que se extendió hasta mediados de 2009.

Debido al deterioro de su salud y, sobre todo, al fracaso de hallar un estilo adecuado, en 2014, el ya octogenario Kertész, desistió de continuar con la novela, si bien esta terminó publicándose, junto a una selección de las notas escritas en esa época, bajo el título La última posada. Así, el libro presenta las dos versiones del texto compuestas por el autor y las secciones de apuntes Secreto a voces y El jardín de las trivialidades.

Mirada en conjunto, esta obra propone un acercamiento a la senectud, tanto en lo que concierne a las minucias cotidianas (la enfermedad, el matrimonio, la música, las conferencias o los viajes) como a todas las consideraciones sesudas que surgen del pasado y que en el libro se ponderan reflexivamente mientras se convierten en material literario.

Dadas las condiciones que atravesaba Kertész al escribir el libro, la vejez se aborda subrayando su vínculo con la muerte y la necesidad de “gobernar esa barca hacia el final”, algo que el autor estima “nuestra mayor propiedad” y “última tarea”. La vejez, desprovista de cualquier sensiblería, devela un carácter torturante y vegetativo que sirve al hombre únicamente para reconocer su inercia.

En dicha comprensión asoma una filosofía de lo estéril: “Duerme en vano y se despierta inútilmente”, dice el personaje Sonderberg. Es como si Kertész descubriese en la senilidad una tramoya de falsaciones: si el pasado luce fértil se debe a la fatalidad que implica dejarlo; si la muerte augura descanso es solo por revelarnos el decurso de la vida, la desesperación del viviente.

La vejez, por otra parte, está ligada a la escritura, pues Kertész la concibe como último refugio. Lastimosamente, se trata de un asidero ambivalente porque “refugiarse envilece” y la vejez no facilita la creación. De este modo, Kertész indaga lo que él llama su metabolismo –esto es, la absorción de experiencias que serán expulsadas después en forma de ficciones- y la persistencia en ese empeño que implica, al mismo tiempo, un castigo y una expiación; pero, además, inversamente, explora la siempre latente tentación de dimitir y la naturaleza de aquel ocaso vital desde el cual todo parece ajeno y lejano.

La angustia que palpita en La última posada surge de ese llamado a una vocación que se revela agotada y que induce no pocas veces al rencor, a la pasión de liquidarlo todo por una causa innombrable. En tal sentido, el Kertész escritor y el Sonderberg personaje están unificados: ambos viven “una tensión que no viene dada por la acción”, puesto que esta no existe, sino por su incertidumbre existencial.

Por supuesto, todo se agrava por el hecho de que Kertész nunca fue un escritor acomodaticio. Como se sabe, vivió la realidad de los campos de concentración y, después del nazismo, un prolongado peregrinaje físico e intelectual. De hecho, esa condición queda enunciada cuando se define a sí mismo como remanente: “Soy el escritor de una forma de vida judía anacrónica, del galut, de la forma de vida de los judíos asimilados, portador y representante de esa forma de vida, cronista de su liquidación, mensajero de su necesaria desaparición”.

Como la condición de escritor está ligada a su pasado, el estado de Kertész resulta aún más tirante: no experimenta solo el desarraigo de la comunidad judía, de su religión y carácter; sino, también, la incompatibilidad con el pueblo húngaro, del que tomó su lengua, pero al que nunca regresó definitivamente e; incluso, la contradicción que implica el haber alcanzado su renombre literario en la misma nación (la alemana) que alguna vez fue su victimaria.

En algunos fragmentos, Kertész se muestra indiferente ante esta situación: “El gran estilo vale más que cualquier patria”, escribe; sin embargo, ese mismo pathos de la no pertenencia que le permitió en la juventud encarar obras de la talla de Sin destino se convierte en un lastre para la cansada espalda de la vejez. Por ello hay tanto desencanto en el libro: la inminencia de la muerte hace penosas la errancia, la indefinición y la falta de un lugar para echar raíces.

Tras el rastro de lo que pueda servir para dibujarse, Kertész torna a mirarse una y otra vez y, como enseñara Virgilio –Sunt lacrimae rerum, et mentem mortalia tangunt-, las cosas que brotan ante sí suscitan el quiebre de su espíritu. El Kertész que vive es demasiado débil para enfrentar un mundo desprovisto de misterios, metafísicamente abandonado y, en últimas, conducido, paso a paso, a su propia destrucción.

La vida de Kertész es casi una prolongación de Auschwitz: dicha realidad se alargó para aleccionarlo apenas en la supervivencia y la señal recibida allí no se borró nunca de su frente. Por eso, al plantearse un colofón para su vida, no hay palabras edulcoradas o luminosas, solo un lenguaje de tiniebla: “Esto es ya la última posada, la última silla, el último grog, una mano temblorosa alza la copa, se hace de noche, y de los rincones, como un reptil maligno, emerge la oscuridad”.

En alguna parte de su obra, Kertész rebatía a ciertos críticos, diciendo: “A mí me interesa lo que significa ser”, y en esta excesiva entrega a lo abstracto puede hallarse el origen de su equívoco, pues nada fluye en el mundo con semejante transparencia: se es judío y se es húngaro y se es escritor, siempre in situ y con sus determinadas consecuencias. Sobre todo lo demás, en cambio, Kertész conmueve por su fría precisión: “La vida es un error –dice- que la muerte no arregla”.

KERTÉSZ, I. (2016) La última posada. Barcelona: Acantilado.
ISTVÁN, F. (1937) Kertben.
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La famosa sentencia con la que Nietzsche describe a Heráclito –“entre hombres era imposible como hombre”- es pertinente también para aludir a Gottfried Benn, esa figura controvertida que fue rechazada con igual severidad por todos los sectores relevantes de su época: los nazis, los judíos, la izquierda, la iglesia, los demócratas, etcétera.

La raíz de esta incomodidad parece radicar en la exaltación obsesiva que hace Benn del individuo y de su compromiso exclusivo con el arte, pues se entiende que una posición semejante tienda a vaciar de sentido las pretensiones colectivas.

Para Benn, por ejemplo, el Nacionalsocialismo le permitió a Alemania acceder al derecho legítimo de darse una nueva vida, y esa “embriaguez de destino” lo alcanzó a él mismo en tanto ario; sin embargo, a la hora de calificar su participación en la Wehrmacht, Benn la considera incidental, sin filiaciones militantes o belicistas; reducida, en suma, a las funciones de previsión que pueden asignarse a un médico.

Toda crítica la despacha Benn así: la de Klaus Mann y Döblin en atención a su ambigüedad; la de los intelectuales sobre su rechazo a la civilización; la de los detractores acerca de su oportunismo; y todas las otras que se levantaron a propósito de su repudio hacia las religiones, los profetas y los colectivos. Su defensa siempre apela a la instauración de una individualidad acomodaticia, a un camuflaje entre  coyunturas que prescinde de cualquier convicción.

Lo que cabe entender por Doppelleben es justamente eso: “Un desdoblamiento consciente, sistemático y tendencioso de la personalidad” que rechaza las síntesis o referentes para declarar la independencia de lo que vive –el arte del artista o la obra de la vida-. Se trata de cultivar la certeza de que “lo que se vive es distinto de lo que se piensa” y, en consecuencia, lo que se piensa, al igual que todo lo demás, siempre se mueve dentro de espacios propios.

Esta posición se enuncia en los ensayos que componen Doble Vida apelando a diferentes fórmulas: una renovación que permite salir del racionalismo y el estancamiento civilizatorio; una convicción que recupera el valor del discurso personal, negándose al alivio de contar con los otros; o una disyuntiva entre lo particular y los discursos enajenantes.

En todo caso, en los momentos más brillantes del libro, el tono que usa Benn para presentar su perspectiva es solemne: “La historia del hombre acaba de iniciar ahora” –dice-, una historia, acaso con un pasado borroso y un futuro aún incierto, pero al fin humana e individual, porque adviene tras los estragos dejados por Nietzsche: el hundimiento de la religión, la moral y la política. Y porque se trata de una demanda individual, lo que está en juego es la expresión de ese carácter, esto es, un fenómeno estético; no en vano el mismo Nietzsche sentenció que el arte sería “la última actividad metafísica dentro del nihilismo europeo”.

La postura de Benn se vislumbra desde muy temprano en su obra: ya en el poemario Morgue (1912) y, más aún en las novelas del ciclo Rönne y Pameelen (1915-1917), se advierte una indagación profunda sobre la individualidad: ¿cómo descubrir el yo?, ¿cómo dar forma al interior?, ¿cómo soportar el vacío?, ¿cómo superar la psicología continua que burla lo real sintetizándolo?, ¿cómo romper la razón que une el yo y el hecho?

Como esto es así, es decir, dado que el germen del que brota lo individual y su canal de efusión son el arte, se comprende que en Doble Vida la declaración del individuo coincida con la de un manifiesto expresionista. En efecto, ese hombre anunciado por Benn arriba con su propio mundo de expresión: todo el desprecio que se exhibe en el libro hacia la razón –“basta ya de verdades”-, el deseo de taladrarla hasta que brote de ella la poesía, en el fondo, constituye una exhortación a que el hombre modele las formas, plasme las imágenes de aquella obra cuya expresión anule todo lo demás.

En concordancia con esto, Benn sostiene que la época de los héroes ha muerto y, en su lugar, se abre un nuevo tiempo para el cual ya no es fundamental lo pintado, sino la expresión de quien está pintando. Ese individuo que se define en el arte, que libra el combate con la palabra para darle su devenir, que ha borrado en sus imágenes los rastros del ello y del tú para ser fiel únicamente a su impulso; ese individuo se apropia de la voluntad creativa y él mismo se hace expresión.

Este manifiesto lleva a rechazar, no solo a los novelistas burgueses –esos “filisteos”, “segundones”-, sino, además, al componente racial del arte, a los vínculos sociales o religiosos del mismo –“dios es un mal principio estilístico- y a todos los llamados representantes de la cultura, empecinados en atribuir al arte un sentido distinto al que tiene per se. Frente a esto, Benn levanta su estética: solo el arte puede “arrebatarle la forma a la decadencia europea”, nada más que él puede vivir al margen de la agitación, alcanzando la expresión de lo que, de otra suerte, sería indefectiblemente estéril.

En un mundo como el que concibe Benn, ajeno a las filiaciones, sin lazos colectivos o raciales, el individuo juega al camuflaje mientras define en su fuero interno la voluntad creativa: nadie más que él moldea su vida y da forma a la experiencia, funda y acuña todo lo que existe a través de la expresión, sin dejarse arrastrar por la descomposición de las cosas, ni caer en las fisuras cada vez más grandes de la nada.

BENN, G. (2003) Doble vida. Valencia: Pre-Textos.
MAGGRITE, R. (1927) Le double secret.
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En abril de 1919 Iván Bunin calificó la revolución rusa de “locura colectiva”. Semanas después, ratificó esta idea, señalando que el comunismo solo promovía en los hombres su enfurecimiento y, asimismo, que 1917 no constituiría jamás para los rusos algo diferente a la fecha en la que inició su “penosa enfermedad”.

Estas alusiones permiten inferir la dirección que sigue Días malditos (Un diario de la revolución), obra que reúne los textos escritos por Bunin en Moscú y Odessa entre enero de 1918 y junio de 1919, antes de que el autor partiera definitivamente al exilio.

Como se ve, el diario fue redactado en medio de la guerra civil desatada en Rusia desde finales de 1917 –cuando los bolcheviques alcanzaron el poder- hasta mediados de 1923 –fecha en que se estableció definitivamente el régimen soviético-. Precisamente por su época y la fuerza de sus ideas, el libro establece un referente para la crítica de este régimen que luego alimentarían otros autores como Ajmátova, Solzhenitsyn, Grossman y Brodsky.

En Días Malditos se movilizan varias fuentes: las transcripciones de noticias, las conversaciones, los rumores de ayuda internacional, las reflexiones históricas, los chismes callejeros, las descripciones del paisaje –remanente último de la belleza rusa-, y, por supuesto, las diatribas de Bunin frente a la revolución que, con seguridad, le hubiesen costado la vida de haber salido de la clandestinidad.

Es verdad que, en algunos pasajes del diario, Bunin aprueba puntos del discurso revolucionario; además, él mismo asegura haber previsto lo que acontecería en poemas escritos antes de 1917 –“murió el amo, la casa está en ruinas”-. Sin embargo, su posición es radicalmente antirrevolucionaria y, en consecuencia, con igual vigor ataca las causas de la revolución y las consecuencias inmediatas que se desprendieron de ella.

En relación con los fundamentos, Bunin denuncia la falsa noción de pueblo que esgrimían los revolucionarios. Los campesinos y obreros no hicieron la revolución; fueron, la “carne de cañón” que usaron los ideólogos para movilizar sus intereses. El pueblo fue calumniado, se instigó su ánimo con la idea de un cambio de posición, sin saber que, en todo caso, quienes ocuparían los puestos de señores eran los dirigentes. Por ello señala Bunin: “De no haber sido por la desgracia que padecía el pueblo, miles de intelectuales hubiesen sido los hombres más desdichados de la tierra”.

Frecuentemente Bunin condena el afán de apropiación de los revolucionarios; ellos actuaron como salteadores de la “colosal herencia rusa” y, contrariando su ideario, excluyeron desde el principio a una gran parte del pueblo ruso: no solo a aquellos en quienes no brotó la insurrección o no pudieron comportarse con la misma perfidia, sino a todos los hombres que estuvieron en el blanco de la revolución por su origen, credo o condición.

Si la revolución tomó fuerza, según Bunin, es porque apeló a un atavismo que liga a los rusos a conductas forajidas. Distintas palabras se usan para describir esa condición: angustia, imbecilidad, displicencia, tedio, languidez, etcétera; y la conclusión extraída en cada caso es que fue precisamente sobre esa naturaleza en donde se afincó la confusión a la que se abocaron los rusos y la violencia que los condujo contra toda tradición para arrasarla.

Con todo, donde se muestra especialmente mordaz Bunin es en el reproche de los efectos generados por la revolución. Por una parte, la exacerbación de los discursos: esa incitación constante al fanatismo, la muerte o las conjuras; pero, además, las falsas acusaciones a nobles y ciudadanos; y la justificación sistemática en la prensa de los excesos que mantenían el orden y progreso de la revolución.

Por supuesto, buena parte de Días Malditos ofrece un inventario desolador de acciones perpetradas por los revolucionarios: golpizas, expropiaciones, desalojos, venganzas, fusilamientos, profanaciones, atentados contra religiosos, pogromos, botines, violaciones, robos, desapariciones, restricciones de recursos básicos, entre otros.

Todo ello, en opinión de Bunin, hizo parte de un programa cuyo propósito radicó en la pérdida completa de la sensibilidad. Los revolucionarios estaban persuadidos de que el contacto permanente con esas acciones, sumado a la impunidad en que estas permanecían, el miedo generalizado, la indefensión y el hambre, terminarían rebasando los límites de la imaginación, esto es, naturalizando todos los excesos y, por lo tanto, haciendo dóciles a los rusos, al tiempo que susceptibles de protagonizar ellos mismos la liberación total de dioses y conciencia.

Una atención especial recibe de Bunin el tema del arte. Con dureza ataca el servilismo en que se sumieron los artistas por efecto de la presión política o el llano oportunismo. Bunin no tolera ningún tratamiento ideologizado del arte –el teatro y las letras, especialmente-; de allí que se burle de forma persistente de la falta de creatividad, las falencias lingüísticas, la enajenación y la hipocresía de escritores como Blok, Gorki, Andréiev o Esenin.

En una página temprana de su diario, Bunin se pregunta: ¿quién conoce a los rusos? Y ese interrogante va madurando en sus reflexiones hacia el pesimismo: en realidad nadie los conoce. Son a la vez un pueblo bárbaro y noble, capaz del mayor refinamiento y la crueldad más vil. El episodio de la revolución está hecho de algo que conjuga perfectamente esa doble dirección, la ambición: aquello que conduce hacia la trascendencia, pero, también, el pretexto ideal para mancillar el propio nombre.

BUNIN, I. (2007) Días malditos. Barcelona: Acantilado.
VLADIMIROV, I. (1918) On a Petrograd Street.
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