Álvaro Salom Becerra - Un Tal Bernabé Bernal




AUTOR: Álvaro Salom Becerra
TÍTULO: Un Tal Bernabé Bernal
EDITORIAL: Tercer Mundo Editores (Vigésima tercera edición)
AÑO: 1994
PÁGINAS: 182
RANK: 8 /10




Por Alexander Peña Sáenz
No cabe duda de que una de las mejores novelas bogotanas es Un Tal Bernabé Bernal, y lo es porque fue escrita por uno de nuestros autores más fértiles en materia de reflexión social, cultural e histórica, por un amplio conocedor de las costumbres capitalinas. Hablamos, por supuesto, de don Álvaro Salom Becerra, un escritor jocoso y, a la vez, muy incisivo frente a las situaciones de desigualdad, pobreza, corrupción, politiquería, delfinazgo, burocracia y bipartidismo que ha vivido nuestro país: esa dura condición humana que como ciudadanos colombianos experimentamos cada día a modo de una combinación de dramatismo y comedia.

Como toda la novelística de Salom Becerra, esta obra tiene un sabor local; en ella, el autor, con un tono irónico, magistral, memorístico y de altura, relata la vida de un pintoresco personaje llamado Bernabé Bernal, quien desde joven fue atrapado por las garras de la burocracia al no poder trascender más allá de su vicioso círculo laboral; y es que el mediocre y movido mundo en el que le tuvo que vivir no le ofreció jamás algo distinto que esclavitud y ataduras a los ambientes más sórdidos.


Bernabé podría caracterizarse con el adjetivo pendejo, sinónimo de pusilánime, ya que toda su vida transcurrió tras las sombras de otros más afortunados. Él nació para sufrir, pero no como en los dramas existencialistas, sino de la manera en que sufren todos los pendejos y pusilánimes del mundo. ¿Cómo? Pues desde su infancia dominado por la tiranía de su padre y hermanos mayores; luego, en su juventud, siendo el 'berraco' para las cuestiones académicas, por los más malos estudiantes que lo matoneaban y le obligaban a hacerles sus tareas y evaluaciones; y en su adultez, por la total esclavitud de la burocracia colombiana. 

Bernabé fue un hombre honesto, pero su falta de visión lo obligó a ser sumiso antes sus padres, jefes, esposa e hijos; algo curioso si se tienen en cuenta que él se consideraba próximo al ideal marxista, y anhelaba la transformación social; su cobardía, con todo, le hizo temer siempre los cambios violentos.

Por otra parte, esta novela es una excelente oportunidad para analizar con ojo crítico la política colombiana. Salom Becerra aborda la farsa parlamentaria, la comedia de la democracia representativa en donde elegantes sujetos de corbata asisten con exclusividad a cobrar sus sueldos y firmar las respectivas nóminas, pero cuando deben reunirse a discutir, la inasistencia es asombrosa, y las temáticas de las que hablan giran en torno a propuestas pocas productivas. Examinemos pues un poco la vida de Bernabé Bernal, su entorno burocrático y algunos aspectos históricos de Colombia en el siglo XX.

La vida de Bernabé Bernal

La novela inicia con el protagonista contando su autobiografía desde la senectud. En esta época de su vida, los días cinco de cada mes, Bernabé tiene que sufrir el calvario de recorrer largas filas entre la gerontocracia ávida del pago de sus pensiones mensuales que han logrado después de una extensa carrera laboral. Al cobrar su paga, junto a unos de amigos, Bernabé se dirige a compartir unas cuantas copas, celebrando el reencuentro. Al final de la amena jornada, Bernabé se siente fatal, al saber que en casa lo espera su esposa, una mujer irascible que controla su pensión, y que va a regañarle por gastar dinero bebiendo con sus amigos. Todo esto es el marco contextual en el que Bernabé inicia su relato.

Ahora bien, la niñez y juventud de Bernabé transcurrieron en el seno de una familia conservadora, ya entonces era tímido, miedoso y apasionado por la literatura. En el colegio fue explotado por sus compañeros, quienes lo obligaban a hacer sus trabajos. Fermín Salgar, su amigo y protector en la escuela, es el único recuerdo positivo de esta época; incluso, fue él quien quitó los ojos de inocencia a Bernabé, pues con él aprendió algunos vicios mundanos. Por otra parte, en su vida afectiva juvenil intentó a través de la poesía conquistar a una linda chica por la que fue vilmente rechazado. 

Cuando Bernabé cumplió 22 años murió su padre, alguien con quien no mantenía vínculos afectivos. A esa misma edad asistió a la Facultad de Derecho junto a Fermín, sin embargo, su falta de recursos lo llevó a retirarse. Ya era adulto y tenía que responder en su casa por los gastos, pero como sólo sabía de literatura, se sentía un inútil más en el país. Bernabé se encontraba desolado, hacía sacrificios supremos para poder sobrevivir, como vender su mayor tesoro: los libros. En este apartado, el amor por la literatura refleja, tanto en el protagonista como en el autor, una evidente relación de amor, placer y refugio espiritual del hombre con las letras:

“Yo tenía un tesoro de valor inapreciable. Eran mis libros. Mis únicos hermanos y amigos. Los únicos que no me habían golpeado ni escarnecido. Los únicos que me habían sonreído y acariciado. Los únicos juguetes que habían alegrado mi infancia y los únicos aromas que habían perfumado mi juventud. Los que me habían llevado de la mano para enseñarme un mundo insospechablemente hermoso. Los que me habían servido de aguijón psicológico y de freno moral. De antídoto para el tedio y de bálsamo para las heridas que me había infligido la vida…” (Págs. 53 - 54)

El dilema en que se enfrascó este amante de los libros es definitivo para su vida: anteponer el alimento físico al espiritual es una dolorosa decisión. Quien lo ayudaría luego a encontrar otra forma de llevar su vida es Dámaso Bernal, el tío paterno del protagonista, el cual lo introduce al mundo de la burocracia. La sentencia de enquistamiento en este mundo es proferida por Dámaso, sin piedad alguna, al decir: “En este país una persona como usted, que no sepa hacer absolutamente nada, tiene que ser empleado público”.

En 1930, año en el que Enrique Olaya Herrera asumió el poder, nuestro hombre ingresó al mundo laboral de la burocracia, instado, ante todo, por la responsabilidad de cuidar a su madre, toda vez que sus hermanos mayores ya habían organizado sus vidas en matrimonios. Su primer jefe inmediato fue Jeremías Mondragón, un prominente político del liberalismo, quien con promesas politiqueras andaba por el mundo haciéndose a riquezas y propiedades. 

A Bernabé lo tuvo en la lista de espera para acceder a su trabajo por un largo tiempo, exactamente hasta el día en que el joven redactó un discurso sobre Atanasio Girardot para Mondragón, quien preparaba una campaña especial por la región. Fue una genialidad oratoria, aunque no tuvo reconocimiento por ella; sin embargo, la contundencia e impecabilidad de su escrito hizo que fuese designado en un cargo fijo como ayudante de investigaciones en la Prefectura: tenía que lidiar con el mundo oscuro del hampa. Se le entregó un revólver “Colt” calibre 38, y lleno de miedo, fue asignado a misiones de arresto de las que no salió bien librado, tanto así que pronto sus fracasos lo llevaron a batir el récord mundial de la estupidez.

Luego del fracaso como agente de seguridad, Mondragón le permitió a Bernabé hacer parte de los funcionarios del parlamento. Su trabajo pasó a ser el de lugarteniente político y agente electoral. Su función era básicamente promocionar las campañas políticas de su jefe, viajando como delegado a diversas poblaciones. En estos trasegares fue testigo de la desvergüenza y el impudor de los funcionarios públicos, artífices de clientelismo, despilfarro y corrupción. Él mismo no pudo dejar de calificarse como “testaferro de un politicastro”. En esta época se consolidó la “sociedad Mondragón-Bernal” que consistía en que Bernabé diseñara y concretara todos los logros de su jefe a costa de sudor y lágrimas, mientras que el otro los disfrutaba. La vida del personaje se encontraba a esta altura en medio de una pusilanimidad endémica.

Pasado un tiempo, ocurrió la muerte de su madre y, junto a ello, llegaría otra desgracia: el conocer a la enfermera Bonifacia Recamán. Ella asistía a su madre antes de morir y, también, de algún modo, enamoraba al joven. Cuando finalmente la mujer murió, el vacío corazón de Bernabé halló alivio en Bonifacia, una situación que lo llevaría a cometer el más grande error de su vida porque, después de un tiempo el amor que ella le profesó en su noviazgo se sustituyó por ira e imponencia. Con esta mujer él tuvo tres hijos: León, Genoveva y Juan Jacobo, nombres puestos en honor a grades figuras intelectuales.

Entretanto, el jefe Mondragón, por compromisos políticos, abandonó el país, dejando al joven Bernabé desempleado, mas, por recomendación de Mondragón, el señor Lázaro María Velandia lo reclutó. La vida burocrática continuaba con empleos como revisor de autos interlocutorios y sentencias dictadas por Jueces Superiores, de las cuales debía analizar su legalidad. Este trabajo le tomaba hasta catorce horas diarias y evidenciaba lo peor de la miseria humana como, por ejemplo, hijos que mataban a sus padres, asesinatos de hermanos, estafas, cobro de seguros, etcétera. El repugnante trabajo enquistó a Bernabé en una sórdida oficina, donde revisaba tan infames casos. 

La desvergüenza mayor venía cuando, de su sueldo, debía destinar una parte para homenajear a su jefe con viandas y licores. Corrupción e inmoralidad por doquier. Bernabé debía desistir a ofrecimientos corruptos y sobornos para ocultar verdades y favorecer a victimarios. La honestidad del hombre ante el juego de poderes y dinero que estaban por encima de la nobleza y la justicia, sólo le sirvió para ganarse su destitución por allá en la época en que fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, iniciándose una época violenta en Colombia.

Para poder seguir trabajando, debía estar afiliado a un partido político. Como antes era simpatizante del liberalismo y comenzaba una época de violencia política, debió ocultar tal postura. Leovigildo Meneses, un conservador, hizo renunciar a Bernabé de sus ideas liberales para contratarlo en un puesto de la Contraloría. De su sueldo, una tercera parte debía destinarse al partido. En el empleo, servía de copartidario del Conservatismo, para el cual debía infundir –de forma violenta- la doctrina a todo paisano liberal que conociera. Al ver este escenario, Bernabé desertó, quedando desempleado y de nuevo en una situación desesperada.

En la década de los cincuentas llegó el gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla, por lo tanto, Bernabé debió simpatizar con los militares para sobrevivir. El Coronel Cerbeleón Villate “Billete” le dio un trabajo en el que seguirían desfilando la corrupción y la falta de justicia. También en este empleo lo intentaron sobornar, aunque evitó caer en trampas de ese tipo. Lastimosamente, cuando acabó el gobierno militar, para dar paso al frente Nacional, Bernabé fue apresado por corrupción, pese a que en su vida se había mantenido intachable. Fue llevado a la cárcel y, si bien en un principio le pareció un infierno, luego se decía a sí mismo que aquel lugar era “un espectáculo ética y estéticamente superior” al que había conocido en su vida burocrática anterior. 

En prisión sirvió de apóstol, ayudó a presos necesitados e infundió ánimo entre los reclusos y guardias. Es curioso, pero su época de encarcelamiento le pareció la parte en que se sintió más libre, sobre todo, de la desfachatez política y burocrática del exterior y, también, de su esposa y familia, quienes no querían saber de él; sólo su hijo Juan Jacobo lo visitaba ocasionalmente para llevarle libros y cigarros.

En la época que inició el Frente Nacional, Bernabé volvería a la libertad y con ello a la necesidad de sostener a su familia a través de un empleo público. A los 44 años, Bernabé tuvo que sobornar a un funcionario público para limpiar su pasado judicial y unirse de nuevo al liberalismo para conseguir trabajo. Sería Plutarco Bolaños, otro político de la región, quien le ayudaría en este asunto bajo la condición de destinarle por ello el 20% de su sueldo mensual. 

Don Juan Carlos de Cordovez, un aristócrata bogotano, le daría su siguiente plaza burocrática: supervigilar a las alcaldías e inspecciones de policía y tramitar otras gestiones. Cumpliendo este empleo evidenció cómo la embriaguez de la politiquería encaramelaba a la gente, mientras las promesas después no se cumplían. En esta época un nuevo soborno le fue ofrecido al honesto Bernabé, quien al rechazarla, debió afrontar las calumnias y la persecución. De otra parte, intentó ganar algo de dinero en un concurso literario, escribiendo una novela bajo el seudónimo de “Fidel Narrador”, pero fue menospreciado y excluido por parecer comunista.

Después de esperar algún tiempo, su último trabajo sería en el mundo de la estadística, adaptando los datos a las necesidades y conveniencias de los usuarios y el gobierno. Bajo el mando del doctor Gerardino Estupiñan [1], el protagonista vio cómo de forma acomodaticia se presentaba a la gente una versión desfigurada de la realidad respecto a temas como la salud, la educación, la criminalidad o el trabajo. Por ejemplo, Bernabé descubrió que el índice de criminalidad y la inacción de los jueces había aumentado en un 80% de un año a otro; pero como ese tipo de cosas no debían ser publicadas, la investigación fue archivada y Bernabé destituido por traicionar a sus jefes. En 28 años de servicio tuvo que reconocer que las dos grandes claves del éxito burocrático son callar y omitir.

En 1966 cuando Carlos Lleras Restrepo subió al poder, por fin nuestro “héroe” llegaría a pensionarse; un hombre que no conoció gloria, ni dinero ni amor, todo por ser pusilánime. En síntesis Bernabé podría resumir su vida con lo siguiente:

“Yo como buen idiota, era un buen trabajador. Pertenecía a esa legión infinita de imbéciles que creen sinceramente que el trabajo dignifica. Y me enfrasqué en el mío con pasión y el ardor que habrían motivado a un hombre codicioso a enriquecerse” (Pág. 114)

Burocracia, clientelismo, vagabundería parlamentaria: una mirada a nuestra sociedad

Al igual que en sus otras novelas, Salom Becerra no quiere separarse en Un Tal Bernabé Bernal de la historia de su país y asume un compromiso crítico frente a sus dirigentes que, como hemos señalado, han estado involucrados en los círculos viciosos de la burocracia, el clientelismo, la corrupción y la politiquería. Repasemos un poco la visión y el juicio crítico que Salom Becerra se formó de aquellos que asumieron el mando de nuestra patria desde el gobierno de Enrique Olaya Herrera, pasando por el militarismo de Gustavo Rojas Pinilla, hasta el Frente Nacional.

La inclemencia de la burocracia y su, a veces, preocupante ineficiencia es un punto álgido en la obra. La burocracia enfrasca esos conjuntos de normas, papeles y trámites administrativos y su relación con los funcionarios que los manejan; en Colombia tiende en muchas partes a degenerar en tramito-manía: un montón de papeles y documentos que deben legitimar una gestión, pero que, en el fondo, sólo llenan de rodeos y largas la ejecución de acciones. Por ejemplo, en las empresas promotoras de salud frente a las personas: el autor ejemplifica el caso de un anciano de ochenta años que para reclamar sus medicamentos debía hacer largas filas, e ir de un lugar a otro para que, al final, le dieran lo más barato e inefectivo para su salud.

Otra gran crítica social presente en la obra es el clientelismo que en ocasiones raya en lo absurdo. En las épocas de hegemonías políticas y violencia, si los liberales, por una parte, y los conservadores, por otra, ganaban el gobierno, para aspirar a cargos públicos era necesario estar afiliado y comulgar en ese partido. Bernabé supo esto cuando tuvo que servirle al doctor Mondragón, un liberal radical. En su vida dentro del parlamento como funcionario público y asistente de aquel “doctor”, el protagonista descubre el otro fondo de esta situación:

“Ciento treinta individuos componían la Cámara y cobraban las dietas con anglosajona puntualidad. Pero apenas cuarenta o cincuenta concurrían a las sesiones y sólo diez o quince intervenían en los debates. La asistencia era total únicamente cuando en el orden del día figuraba un proyecto de aumento de sus asignaciones o la elección del Contralor General de la República, en la que todos tenían interés personal, ya que el funcionario elegido debía pagar cada uno de los votos depositados en su favor con veinte empleos para otros tantos parientes y amigos de los electores. Todos los Representantes, sin embargo, se calificaban recíprocamente de ‘honorables’” (Pág. 89)

Muchas veces en la política colombiana de hoy se escuchan noticias de sillas vacías y, sin embargo, el presupuesto del Estado debe destinarse a discusiones bizantinas y otras nimiedades que poco aportan al progreso social. Salom Becerra en la voz de algún personaje, expresa lo siguiente: “La vagabundería de los parlamentarios da para comprar aviones ‘mirage’ y automóviles ‘Mercedez Benz’… y a nosotros que nos trague la tierra”. Nosotros mismos vemos esto cuando los políticos tachan de “perfumar bollos” a algunos departamentos marginados que necesitan dinero, o cuando se quejan de que sus sueldos no les alcanzan para la gasolina de sus autos.

Como se dijo, para poder ingresar a un empleo, se debía ser partidario por conveniencia, y en algunos casos sobornar para eliminar pasados judiciales, dar parte de los salarios por los favores recibidos, ser ubicado de acuerdo al grado de amistad con el político en poder, cambiar datos estadísticos y acomodar la información en beneficio de las élites gobernantes.

Y, ¿qué ha dejado todo esto en nuestro imaginario social de colombianos? Citando certeros, y parece que inamovibles titulares de periódico de 1975 –año no muy lejano-, Salom Becerra es crítico y repudia cómo se repiten las mismas perogrulladas politiqueras, de delincuencia y corrupción, eterno sino de los colombianos:

"Los principales titulares eran los siguientes: 'Alzas en todos los artículos de primera necesidad', 'El costo de vida ha sido frenado, declara el Ministro de fomento', 'Treinta millones de peculados en diferentes entidades oficiales', ‘Le hemos puesto una valla infranqueable a la inmoralidad administrativa, dice el Procurador General’, ‘Descubierta cocaína por valor de diez millones en poder de distinguida dama’, ‘Padre desesperado por la pobreza da muerte a su mujer y cuatro hijos y se suicida’, ‘Ocho militares muertos en emboscada’, ‘La subversión ha sido aplastada definitivamente, afirma el Ministro de Defensa’, ‘Rico industrial secuestrado en Medellín’, ‘Este será el año de la seguridad, sostiene el jefe de Das’ (…)" (Pág. 27)

Es como si el odio y la malicia imperaran en Colombia: titulares de hace más de treinta años se mantienen tan vigentes que preocupa que la situación del país no cambie nunca. Estamos llenos de corrupción, burocracia inefectiva, pobreza, politiquería, falsas promesas e información poco veraz que resulta frustrante ver lo mismo todos los días. Son pocas las noticias en materia de investigación científica, desarrollo educativo, cultural, como para tomar un rumbo diferente.

Una novela muy bogotana

Pese a que la vida de Bernabé nunca fue fácil, sí se siente orgulloso de su tierra natal y con una completa elaboración del lenguaje la describe:

“Nací en Bogotá. Y este fue un acierto, no mío naturalmente, sino de la Divina Providencia y de mis padres, pues considero que en ningún otro lugar del planeta hubiera podido vivir más a gusto, dentro de mis circunstancias, que en la ciudad calificada por don Marco Fidel Suárez como la nodriza amorosa de todos los colombianos. La urbe generosa y gallarda que a nadie niega techo ni un pan. La que sonríe de las propias penas, convierte los dramas en sainetes y disuelve todos los problemas con el ácido corrosivo de su humor. La que antepone la cortesía a la verdad en su afán de ser amable. La del cerebro poderoso, el corazón magnánimo y la mano siempre tendida” (Pág. 29)

Si quisiéramos conocer esa Bogotá de antaño, aquella que era una aldea con ínfulas de ciudad, Salom Becerra logra las mejores descripciones:

"Bogotá era una aldea conventual y pacata, cuyo silencio era apenas turbado por el clamor de treinta campanarios. Una villa anclada en la Edad Media. Dominada por la superstición y el miedo al demonio. Las gentes, circunspectas y solmenes, invariablemente vestidas de negro…" (Pág. 41)

También podemos ver el modo en el que Bogotá, pasada la mitad del siglo XX, ya había cambiado sus maneras en el idioma:

“El idioma de la Madre Patria ha sido reemplazado por el del padrastro gringo. Manifiestan su conformidad con un “okey” y se despiden con un “good bye” o un “chao”. El léxico bogotano se ha enriquecido con innumerables neologismos: “mafioso”, “esmeraldero”, “raponero”, “chévere”, “churro”, “sardina”, “zanahoria”. Las discotecas y los grilles han sustituido a las tertulias literarias” (Pág. 177)

Con nostalgia, Bernabé Bernal se despide sus lectores advirtiendo que el progreso y con él, la polución, la criminalidad, el individualismo, sustituyen la cortesía y el buen gusto de en antaño, la Atenas de Suramérica de principios de siglo. Un Tal Bernabé Bernal es la novela bogotana por excelencia, la que nos permite conocer un pedazo de historia local de forma amena.

Las influencias literarias en la obra de Salom Becerra

En la novela, Don Simeón Torrente Ha Dejado de… Deber, Salom Becerra no oculta sus influencias al decir que el protagonista es del tipo “lombrosiano, freudiano, dovstoievskiano o kafkiano”. Estas influencias están plasmadas en la obra general del autor.

La influencia de Freud es evidente, en el sentido de que en las obras de Salom Becerra los personajes tienen profundidad psicológica y reflexionan sobre sí mismos, a veces de forma monológica. Son seres reprimidos, frustrados, que ven como vías de escape el humor, la literatura, la naturaleza. Por otra parte, son seres que mantienen tensiones con su primitiva naturaleza y la moralidad circundante.

Kafka es otra influencia constante en la obra de Salom Becerra. Pareciera que la vida de Bernabé Bernal emula en algunos apartes a la de Josef K., protagonista de El Proceso. Es un hombre modesto, honesto, que no ha cometido crimen alguno, pero que las instituciones de la burocracia y de las altas esferas estatales absorben y juzgan como les place. Hay poderes superiores a ellos que los manejan como títeres y deciden por ellos sin que puedan escapar. Bernabé Bernal y Josef K. son víctimas de un mundo hostil, de una sociedad hipócrita que los considera seres mediocres, personas execrables.

Dostoievski juega su papel influyente porque los personajes suelen ser de poca importancia social. Sin embargo, son personas que sienten, que viven un anonimato obligado, forzado por las condiciones socio-económicas y culturales de un mundo cada vez menos humano. La condición de Bernabé Bernal y de los otros personajes de Salom Becerra se ha visto supeditada a estas condiciones, a la política y la burocracia. La contradicción de los planos internos y sociales es una constante que Bernabé Bernal, Simeón Torrente y otros personajes sienten como un elemento que va en contravía de sus intereses. La falta de experiencias vitales, de aventuras, de emoción es otra cuestión dovstoieskiana. Bernabé Bernal, enquistado en el mundo burocrático y sus obligaciones familiares al llegar a la senectud, se lamenta de haber dejado su vocación literaria para relegarse como funcionario al servicio del Estado.

Por último, en la parte Lombrosiana es fundamental examinar el grado y evolución de la ciudadanía bogotana, la densidad de población, y costumbres como la alimentación, la religión, el tiempo libre, el alcoholismo, la educación, la posición económica, el delito y la corrupción, elementos siempre presentes en la novelística del autor. 

Es quizá por esta razón que la obra de Salom Becerra no puede ser menospreciada a nivel de literatura colombiana, pues su originalidad es el resultado de combinar paisajes costumbristas, tragicomedias bogotanas y las innegables influencias literarias de Kafka, Dostoievski, Freud y Lombroso.
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Frente a un mundo de exacerbado capitalismo, donde los ricos pueden manipular al mundo y su gente; donde prevalece la corrupción, la inmoralidad y la falta de determinación de los pueblos para el progreso, uno no puede hacer más que sentirse identificado con estas palabras de Bernabé Bernal:

“Eso era yo y eso sigo siendo: ¡un tal Bernabé Bernal! Uno de los millones y millones de hombres en el mundo que, aherrojados por la timidez, alquilan su cabeza y su conciencia por unas míseras monedas y ponen lo mejor que hay en ellos al servicio de los demás. Peldaños usados por los audaces para ascender al éxito. Trampolines utilizados por los logreros para saltar a la gloria y al poder (…)” (Pág. 119)


NOTAS:

[1] El apelativo doctor –tan popular en nuestro país, en el sentido que cualquiera pude tenerlo- es de uso prioritario para nuestros representantes políticos.

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Umberto Eco – El Nombre de la Rosa





AUTOR: Umberto Eco
TÍTULO: El Nombre de la Rosa
EDITORIAL: Lumen, S.A. (Décima-tercera edición)
AÑO: 1988
PÁGINAS: 607
TRADUCCIÓN: Ricardo Pochtar
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez
Definir qué es novela tomando como ejemplo esta obra de Umberto Eco resultaría, por lo menos, difícil. Una labor como esta implicaría reflexionar en torno a la manera como el discurso narrativo se enriquece y complejiza cuando se relaciona con otros lenguajes provenientes no ya de la literatura, sino de la historia o la filosofía. Hay épocas en las que este encuentro de visiones es especialmente fértil y, del mismo modo, hay autores que lo buscan de forma conciente, persuadidos de que, sólo a través de un tratamiento semejante, la realidad que intentan dibujar alcanza todos los matices que son propios de su naturaleza.

El Nombre de la Rosa (1980) es así una obra polifónica, concebida desde la certeza de que la palabra puede fabular, describir y disertar a un mismo tiempo; la maestría de Eco radica justamente en mostrarse ecléctico, tanto en el plano conceptual como formal de su novela. Pavel ha hecho notar que el autor italiano continúa la tradición ejemplificada por Thomas Mann, imaginando “universos alternativos donde las certezas mejor fundadas del sentido común se desvanecen para dejar paso a los infinitos laberintos de la imaginación” [1]. No diríamos nosotros que se desvanece una en favor de la otra, sino que ambas expresiones –la de la razón y la de la imaginación- entran en contacto, diluyéndose sus límites.

Si Jorge Luis Borges hubiese conocido esta obra de Eco, lo más posible es que la celebrara entusiasmado puesto que conjuga algunos de los elementos que él siempre admiró: la erudición, el misterio de los laberintos, los espejos y la mente que se indaga sobre la verdad. Celoso como fue de las lecturas que nos hacen inteligentes mientras pulen con artificios mágicos nuestra imaginación, la ceguera de sus últimos años se hubiese de pronto iluminado, porque no hacen falta los ojos para ver, como tampoco tener la rosa enfrente para conocer su nombre: stat pristina rosa nomine, nomina nuda tenemus.

El vínculo entre erudición (filosófica, histórica) e imaginería (literaria) se explica en el caso de Umberto Eco por su amplia carrera como profesor e investigador del lenguaje. Antes de 1980 el autor ya había publicado sus obras teóricas más importantes –Obra Abierta (1962), Apocalípticos e Integrados (1964) y Tratado de Semiótica General (1975)-, y no pudiendo desprenderse de todo ese bagaje a la hora de iniciar su obra narrativa, esta ha tenido desde entonces, y sobre todo aquí en El Nombre de la Rosa, un carácter asociativo. Tal es así que entre los calificativos que usualmente se atribuyen a la novela se cuentan la crónica medieval, la alegoría, el relato policíaco, la narración gótica, el ensayo, etcétera.

Sin duda, la novela es todo eso y mucho más; posee la lucidez y consistencia de las grandes obras, porque como ellas es imponente, abrasiva y atrapa desde la primera hoja. Su historia nos remonta al siglo XIV, a una región del norte de Italia en donde se halla asentada una vieja abadía, epicentro de un conjunto de sucesos extraños (asesinatos, sucesiones, enfrentamientos, secretos); hasta allí llegará Guillermo de Baskerville y su amanuense Adso de Melk –el narrador de la historia- para presidir el encuentro de dos órdenes religiosas divididas por su posición frente al papado, pero, además, para esclarecer esa situación oscura que amenaza la estabilidad de la abadía.

El libro está dividido en 6 partes principales, una dedicada a cada día de estadía de los hombres en el sitio; hay también un capítulo que narra ciertos acontecimientos que ocurren durante la madrugada del séptimo día, y un “Último Folio” en el que Adso de Melk realiza ciertas disertaciones sobre esos sucesos que vivió en su juventud, y cómo transcurrió su vida después –hasta llegar a la vejez-. Es una novela larga a pesar de que el tiempo de la historia se reduce a una semana, pero es así porque esta se acompaña con amplios razonamientos sobre la vida monasterial y los conflictos de la época, amén de las descripciones detalladas de espacios y personajes, trabajo efectuado con un tono muy realista.

A continuación nos proponemos hacer un pequeño análisis de El Nombre de la Rosa a la luz de dos criterios: primero, el contexto histórico del siglo XIV y, segundo, los problemas que enfrentaba por entonces la religión y la iglesia

El manuscrito de Adso

Adso de Melk es un monje benedictino que, al final de su vida, decide escribir el relato de una experiencia que vivió durante su época de amanuense, por allá cuando corría el año 1327 y, en compañía de su maestro Guillermo de Baskerville, visitaba cierta abadía en la región de Pomposa y Conques. Resulta que, después de haber permanecido algunos años en su natal Alemania, el joven había sido instado por su padre a acompañar a Guillermo en un recorrido por numerosos monasterios italianos en búsqueda de crecimiento intelectual y de conciliar a los religiosos con las disposiciones que promulgaba el emperador Ludovico.

Al llegar a aquella abadía –ubicada en la cumbre de una montaña- fueron informados por su regente sobre la muerte de Adelmo, un joven monje cuyo cadáver se descubrió entre las rocas que daban a la muralla oriental. Guillermo, quien había prestado servicio a la inquisición y era un hombre perspicaz, prometió ayudar al abad a esclarecer el hecho y, así, junto a Adso, empezó a indagar a los monjes, a observar su comportamiento, y a enterarse de muchos de los secretos que había en el lugar.

Con todo, mientras las investigaciones de Baskerville iban desarrollándose, los crímenes se sucedían uno tras otro: en el segundo día de su estancia, se halló el cuerpo de Venancio entre un recipiente con sangre y, al siguiente, el de Berengario, en los baños de la abadía. Las pesquisas indicaban la existencia de algún tipo de relación entre los muertos, mas, las conjeturas todavía no resultaban lo suficientemente claras: se empezó a saber algo sobre un libro guardado celosamente en la biblioteca, de algunas conductas sodomitas que involucraban a los monjes fallecidos, del pasado inescrupuloso del cillerero, de comercios ocultos que se transaban en la noche, pero más allá de todo esto no podía saberse nada a ciencia cierta.

El acceso a la biblioteca, por ejemplo, era dificultoso: como todo laberinto, fácilmente podía extraviarse el visitante en sus habitaciones; además, las corrientes de aire, los aromas de hierbas y los espejos, producían visiones fantasmales. Muchos monjes, por otra parte, se mostraban reacios a hablar con Guillermo, lo que acrecentaba el misterio de la situación. Sin embargo, ambos, Guillermo y Adso, a veces juntos y otras por separado, iban descubriendo los hilos que conectaban todos los hechos ocurridos.

Ese ánimo audaz de Guillermo lo llevó a hacerse amigo de Severino, el herbolario de la abadía, a irrumpir clandestinamente en la biblioteca (después de deducir matemáticamente su disposición) y a pasar largas jornadas espiando el trabajo de los monjes en el scriptorium. Al llegar el cuarto día, las hipótesis sobre las muertes se vieron enriquecidas por el descubrimiento de un rasgo común: la presencia de una mancha negra en los dedos y lengua de los dos últimos monjes asesinados. Ahora bien, todas estas averiguaciones se interrumpieron con la llegada de las delegaciones de franciscanos y representantes del papa, citados allí para la conciliación de sus diferencias.

Los primeros, defensores de la doctrina de la pobreza y, los otros, aferrados al poder de la iglesia, se enfrascaban en discusiones prolijas sobre las Escrituras, los crímenes cometidos por ambos bandos, y las relaciones que debían mantenerse con el papa y el emperador Ludovico. Esta ardua discusión sólo vino a parar cuando, durante la noche, un monje fue descubierto por los arqueros que patrullaban la abadía tratando de involucrar a una muchacha en un acto de brujería. El descubrimiento, hecho por Bernardo Gui (un inquisidor venido con el grupo del papa) probaba la doble moral del monasterio y alertaba sobre el pecado que lo arrastraba.

Sin embargo, y a pesar del duro juicio que siguió a estos acontecimientos, el día quinto fue asesinado Severino, y con ello se probó que las cosas iban más allá de lo sospechado. Acusado el cillerero –por error- de todo lo que sucedía, fue llevado junto al monje y la muchacha de la noche anterior para ser juzgados frente al papa en Aviñón. Pero, Guillermo y Adso sabían que alguien más estaba detrás de todo aquello, y así se probó al día siguiente cuando el cuerpo sin vida de Malaquías –el bibliotecario- también fuera encontrado. Entonces, y a pesar de que el abad pidió en persona a Guillermo que renunciara a su investigación, él continuó de modo aún más obsesivo sus indagaciones.

Al final pudo reconstruirse una cadena de crímenes que se remontaban hasta varias décadas atrás y que involucraban, incluso, al mismo Abad. Facciones de monjes italianos habían asesinado a religiosos procedentes de otras regiones para mantener el poder de la abadía; varios libros –en especial uno de Aristóteles- eran defendidos con violencia criminal de los curiosos, evitando que estos entrasen en contacto con un conocimiento herético; y, finalmente, un mundo inconcebible de maldad era contenido entre los muros de la iglesia, el claustro y el edificio de la abadía, evitándose a toda costa que saliera de él. ¿Pero puede contenerse algo así realmente? O si no, ¿cuál podría ser el desenlace?

El contexto histórico del siglo XIV

Vista como la acabamos de resumir, El Nombre de la Rosa pierde todo su anclaje histórico. Sucede que todos aquellos asesinatos acaecidos en la abadía están conectados con un contexto mucho más profundo; ellos son, por decirlo de alguna manera, la representación de una serie de fenómenos propios del siglo XIV, es decir, de ese periodo en el que la Edad Media empieza a transformarse en lo que más tarde será el Renacimiento.

Groso modo, la Edad Media es una época histórica que se caracteriza por el predominio del poder religioso, concretamente, el de la iglesia católica, y el desarrollo de una economía feudal, también dirigida, en buena medida, por la curia. En su libro Los Bienes Terrenales del Hombre, Leo Huberman explica que la sociedad medieval se dividió en tres clases sociales principales (clérigos, guerreros y trabajadores), mas, entre ellos, los primeros eran quienes ostentaban mayor poder, al punto de llegar a poseer la mitad de la tierra de toda Europa Occidental, esto es, mucho más que cualquier corona de la época [2].

Esto no significa –y es algo que queda bastante claro después de leer la obra de Umberto Eco- que la iglesia y la religión católica constituyeran una verdadera unidad. Ya desde la antigua etapa de la iglesia apostólica eran evidentes las divisiones en su seno, y a medida que fueron transcurriendo los siglos, estas se hicieron cada vez más grandes, razón por la cual cuando llegó el siglo XIV ni la iglesia ni la religión eran realidades unívocas. A medida que fueron apareciendo figuras importantes (San Agustín, San Francisco, San Benito) se multiplicaron las ramificaciones del cristianismo, llegándose a establecer entre ellas, no sólo discusiones de tipo doctrinal, sino verdaderas persecuciones criminales.

Las diferencias que compete analizar con el ánimo de comprender mejor la historia de El Nombre de la Rosa son las que enfrentaron al sector más ortodoxo de la iglesia con las congregaciones de los franciscanos. Pero además de esto, conviene no perder de vista las otras luchas que pugnaba la iglesia contra el poder de los emperadores (Clemente V, Ludovico de Baviera), enemigos de la influencia católica en las decisiones políticas de su gobierno. En las primeras páginas del libro, Eco lo expone de la siguiente forma:

“Ya en los primeros años de aquel siglo, el papa Clemente V había trasladado la sede apostólica a Aviñón, dejando a Roma a merced de las ambiciones de los señores locales, y poco a poco la ciudad santísima de la critiandad se había ido transformando en un circo, o en un lupanar. Desgarrada por la lucha de los poderosos, presa de las bandas armadas, y expuesta a la violencia y al saqueo, de república sólo tenía el nombre. Clérigos inmunes al brazo secular mandaban grupos de facinerosos que, espada en mano, cometían todo tipo de rapiñas, y, además, prevaricaban y organizaban tráficos deshonestos” (Pág. 18)

Por fuerza impositiva del emperador, pero también por el refinado gusto de los papas que ya no encontraban en Roma la belleza y riqueza de otros tiempos, la sede del papado fue trasladada a Aviñón en 1309, iniciándose así el llamado cautiverio babilónico de la iglesia (1305-1376), algo que –nos ha dicho Ernst Görlich- contribuyó al rápido hundimiento de su prestigio [3]. Para comprender más los matices de la situación es necesario arriesgar una enumeración de factores decisivos:

Las divisiones del clero. Las ideas de San Francisco de Asís, quien a pesar de pertenecer a una familia rica, predicaba la pobreza de Jesús y la necesidad de apartarse de lo material para alcanzar la santidad, fueron fundamentales para que desde el siglo XIII muchos religiosos, cansados de los excesos y ostentosidad de la iglesia, se unieran a manera de grupos, predicaran también la pobreza y se dedicaran a una vida mendicante y de oración. Sin embargo, pronto hubo entre los franciscanos muchísimas subdivisiones: algunos se organizaron como comunidad y vivieron en monasterios recibiendo limosnas y trabajando la tierra; otros se dedicaron a errar por los caminos de Italia, entregados al ascetismo; y, unos más, atacaron con violencia las órdenes no apartadas de sus bienes, matando a sus monjes en un acto que consideraban necesario.

Guillermo de Baskerville es un monje franciscano, no radical como estos últimos, más bien objetivo y conciliador; pero a lo largo de la novela conocemos a personajes como Dulcino o Ubertino que sí movilizan un pensamiento revolucionario, alejado totalmente de la iglesia: el primero morirá víctima de la inquisición y el segundo –que vive escondido en aquella abadía benedictina- tendrá que huir ante la persecución de los clérigos cercanos al papa. 

Las diferencias entre los franciscanos y la iglesia ortodoxa se clarifican en las discusiones del día quinto de la historia. En ellas, los franciscanos sostienen que ni Jesús ni sus discípulos tuvieron alguna vez bienes en posesión, que siempre predicaron el desprecio del mundo terrenal y que, por ende, la pobreza debe ser una de las vías hacia la santidad. Por el contrario, la iglesia plantea que no existe manera de rendir tributo a dios ni a su perfecta creación si no es a través de los ornamentos más bellos, las construcciones más elegantes y las joyas más vistosas, pues sólo así somos dignos de él.

El abad Abbone, regente del monasterio que visita Guillermo, es un caso singular en medio de esta discusión, pues si bien no comparte la idea del papa de que la iglesia debe actuar en la vida política, sí coincide con él en que la ostentación no es pecado ni herejía; hay que ver con qué deleite muestra a sus dos visitantes todos los objetos que guarda en una de las bodega de la abadía (cruces de oro con incrustaciones, relicarios de los más finos metales, pinturas y esculturas delicadísimas), y también el orgullo que lo invade al recorrer con ellos los rincones del lugar, al hablar sobre su rica biblioteca (la más grande y completa del mundo), al referirse a su infinita servidumbre, etcétera.

A la larga, el debilitamiento de una iglesia unificada, y el señalamiento por parte de algunos de sus propios integrantes del derroche y los excesos que protagonizaba, vendrán a ser tierra de cultivo para la posterior reforma del siglo XVI. Asimismo, y como lo ha resaltado Jacob Burckhardt, esa misma escisión de la iglesia profundizó la lucha por el poder que el papa mantenía con el emperador, quien todavía no podía arrancarle toda su influencia a la iglesia, y esto aun cuando ella era incapaz de darse unidad a sí misma para hacerle frente [4].

La inquisición. Otro fenómeno histórico que es recurrente en El Nombre de la Rosa tiene que ver con la inquisición, y no sólo debido a que Guillermo de Baskerville haya sido un inquisidor, o a que Bernardo Gui funja como tal en la aprehensión de monjes culpables de algunos delitos, sino también porque son muchas las alusiones a la manera como esa división de la iglesia a la que nos venimos refiriendo encontró en la inquisición una vía de imposición doctrinal. Las acusaciones entre las distintas órdenes religiosas fueron desde principios del siglo XII un argumento persistente para el sometimiento de herejes; muchos franciscanos (especialmente de grupos como los espirituales o los fraticelli) se vieron acusados de promover la pobreza y, con ello, de predicar ideas falsas. Así se narra la muerte de Dulcino y su compañera Margherita (dos espirituales) a manos de inquisidores:

“El papa no tuvo piedad con los prisioneros, y ordenó al obispo que los condenara a muerte. De modo que en julio de aquel mismo año, el día uno del mes, los herejes fueron entregados al brazo secular. Mientras las campanas de la ciudad tocaban a rebato, los pusieron en un carro rodeados por sus verdugos; detrás iban los soldados, y así recorrieron toda la ciudad, deteniéndose a cada esquina para lacerar la carne de los reos con tenazas candentes. Primero quemaron a Margherita, ante la vista de Dulcino, a quien no se le movió un músculo de la cara, como tampoco había emitido lamento alguno cuando las tenazas se hincaron en su carne. Después el carro siguió su marcha, mientras los verdugos metían sus instrumentos en unos recipientes donde ardía abundante fuego. Otras torturas padeció Dulcino, pero siguió mudo, salvo cuando le cortaron la nariz, porque entonces encogió levemente los hombros, y cuando le arrancaron el miembro viril, pues en ese momento lanzó un quejido resignado. Sus últimas palabras sonaron a impotencia, y avisó que al tercer día resucitaría. Después lo quemaron y sus cenizas se dispersaron al viento (Págs. 284-285)

Como ésta, se narran algunas otras historias de monjes que fueron asesinados por inquisidores a causa de tener una posición diferente sobre dios a la proclamada por la iglesia. A muchos les cortaron las yemas de los dedos, a otros los mantuvieron con cepos durante años, y tal era el miedo a las torturas de la inquisición que el mismo Guillermo de Baskerville dice que muchos preferían confesar lo que no habían hecho con tal de no sufrir aquellos tormentos. La doctrina de la iglesia durante sus primeros siglos de vida había sido la de perdonar la herejía si su arrepentimiento era sincero, pero durante mucho tiempo los mismos papas obligaron incluso a los emperadores a arremeter contra los herejes [5].

El espíritu renacentista. Aunque suele hablarse de él a partir del siglo XV, como toda transición histórica, el Renacimiento debe rastrearse muchos años atrás a modo de un proceso que fue germinando a paso lento hasta consolidarse de modo definitivo. En El Nombre de la Rosa es posible situar al menos tres aspectos que dan cuenta de las transformaciones sociales que por aquel entonces se vivían en Europa.

En primer lugar, ya es evidente el carácter científico que prevalecerá en la nueva época. Guillermo de Baskerville es un entusiasta de los inventos, habla con fervor de los lentes que le permiten ver lo que de otra forma no podría (y no atribuye ello a una ilusión demoníaca como los otros); le plantea a Adso la idea de penetrar en la biblioteca ayudándose de un aparato que los oriente sobre los puntos cardinales; habla también a su amanuense sobre un artificio prodigioso que usa explosiones para desviar el curso de los ríos y deshacer las rocas; y pasa horas indagando con Severino la ciencia de las plantas y sus posibles usos. Por demás, el maestro que más venera Baskerville es Roger Bacon con quien está de acuerdo en que una de las metas de la ciencia es prolongar la vida humana.

El segundo punto en el que se refleja una condición renacentista es la aparición de las universidades, o más bien, la aparición en ellas de estudios no religiosos. Si los monasterios, aislados todavía, permanecen consagrados al estudio de las obras sagradas, siendo su única producción intelectual las exégesis destinadas a ellos mismos, las universidades –y esta es la pesadilla del abad Abbone- generan, por su cuenta, conocimientos nuevos, cercanos a la ciudad y capaces de llegar a muchísimas más personas.

Asimismo, y como se mencionara antes, estamos en una época que antecede a la Reforma, una de las manifestaciones políticas del Renacimiento; si hasta entonces –como ha escrito Richard Stauffer- las reformas medievales se ejercían “en el orden de la vida de la iglesia, pero no en el de su estructura: dogmas, sacramentos, constitución jerárquica, ello solía limitar la reforma a algunos casos abusivos… Se reformaban las costumbres, pero no la doctrina” [6]. En lo sucesivo, en cambio, las transformaciones empezarían a ser más radicales, llegando prácticamente a extinguirse el poder de la iglesia en algunas regiones europeas.

Problemas puntuales de la religión en el siglo XIV

No podría afirmarse que El Nombre de la Rosa tiene una crítica directa a la religión; más bien, Umberto Eco propone una mirada en la que se ubican tanto los aspectos que son loables en ella como aquellos que le son negativos. Lastimosamente, los primeros (la laboriosidad intelectual, el rigor de su fe) son más escasos y, de este modo, en la novela predominan los aspectos cuestionables de la religión. Muchos de ellos se mantienen hoy, otros, por el contrario, han venido perdiendo fuerza o han desaparecido por completo. Vamos a citar a continuación los más importantes.

La doble moral. Si se quiere aspirar a la vida santa o, por lo menos, a una existencia virtuosa, el religioso debe actuar siempre movido por una moral recta, ligada a los principios de su creencia que, por ser tomada de dios, tiene una condición divina. Empero, al interior de la abadía en que ocurren los hechos de la novela, hay muchísimas situaciones que van en contravía de esto. Al inicio de la novela, por ejemplo, el abad Abbone le pide a Guillermo mantener en secreto las investigaciones que haga, arguyendo que, de estar involucrado algún monje, nadie debería saberlo. “¡Ay si las ovejas empezaran a desconfiar de los pastores! –se lamenta-.

Pero además de la hipocresía y el ocultamiento, la doble moral religiosa se observa en las conductas de Adelmo, Venancio y Berengario, las tres primeras víctimas de la abadía, quienes mantienen entre sí, por una u otra razón, relaciones homosexuales. Las Escrituras castigan severamente la sodomía, pero ellos se las arreglan para practicarla en el amparo de la noche. Y, otro tanto, podría decirse de Remigio –el cillerero- quien a escondidas se hace entrar muchachas de la aldea al monasterio para cambiar sus favores por algo de comida.

La censura del conocimiento. Los días en la abadía transcurren para muchos monjes en el scriptorium, dedicados a la traducción de libros santos, a copiar manuscritos, o a hacer estudios bíblicos. Esta es una tarea sin duda admirable, de una paciencia a prueba de todo; mas, el objetivo de los monjes, en concreto del abad, no es poner este conocimiento al servicio de las personas: los simples –como son llamados los hombres pobres de la época- no deben tener acceso a semejantes verdades, pues han nacido para ser rebaño y, en consecuencia, para ser dirigidos por quienes poseen la lengua culta y los arcanos de la revelación.

Con todo, la censura también aplica para los propios religiosos a quienes se les tiene prohibido acceder a ciertas lecturas: la segunda parte de la Poética de Aristóteles, o el Coena Cypriani son obras que degeneran e invierten la verdad divina, y eso hace que su contenido sea detestable. Esta posición explica el por qué la biblioteca permanece cerrada a los monjes, o por qué, aun cuando viven en una comunidad de estudio, no se les permite compartir ideas entre ellos. Los monjes están para custodiar la verdad que ha sido escrita desde el principio, no para descubrirla o entenderla por sus propios medios. Así habla Jorge de Burgos –misterioso cuidador de la biblioteca-, cuando Guillermo le pregunta las razones por las que se impide leer a Aristóteles:

“–Cada libro escrito por ese hombre ha destruido una parte del saber que la cristiandad había acumulado a lo largo de los siglos. Los padres habían dicho lo que había que saber sobre el poder del Verbo y bastó con que Boecio comentase al Filósofo para que el misterio divino del Verbo se transformara en la parodia humana de las categorías y del silogismo. El libro del Génesis dice lo que hay que saber sobre la composición del cosmos, y bastó con que se descubrieran los libros físicos del Filósofo para que el universo se reinterpretara en términos de materia sorda y viscosa, y para que el árabe Averroes estuviese a punto de convencer a todos de la eternidad del mundo (…) Antes mirábamos el cielo, otorgando sólo una mirada de disgusto al barro de la materia; ahora miramos la tierra y sólo creemos en el cielo por el testimonio de la tierra. Cada palabra del Filósofo, por la que ya juran hasta los santos y los pontífices, ha trastocado la imagen del mundo. Pero aún no había llegado a trastocar la imagen de Dios. Si este libro llegara… si hubiese llegado a ser objeto de pública interpretación, habríamos dado ese último paso” (Págs. 572-573)

Los excesos materiales. Cuando el lector de El Nombre de la Rosa ingresa a la iglesia de la abadía la luz del oro y las piedras llega a trastocarlo: topacio, rubí, carbunclo, crisólito, ónix, todo esplende al interior con un fulgor inaudito, con un color que desconcierta y confunde más que ilumina. Otro tanto de esta teofanía material atestigua Adso y Guillermo cuando visitan la bodega de la abadía donde se guardan sus riquezas, todas ellas consagradas a la adoración y la gracia de dios.

Hasta qué punto tanto brillo mundano es propio de la divinidad ha sido materia de discusión por muchos siglos; lo que resulta sospechoso es que todo ese exceso bajo el cual se ha concebido la construcción de las iglesias y de los templos, la costura de los mantos sagrados, las estatuas representativas, etcétera, no es suficiente para demostrar la riqueza de la iglesia; ella, como una bestia cuyas mandíbulas desean engullirlo todo, se lanza a la caza de todo aquello de lo que pueda extraer algún beneficio. Si se visita al papa en Aviñón, dicen los franciscanos, nos encontraremos con banqueros y cambistas, veremos las mesas cediendo antes el peso del oro depositado encima, y no podremos creer los lujos en los que vive, pues ni siquiera los llegó a tener nunca el emperador de Bizancio:

“–Sabed también que el infame ha establecido una constitución sobre las taxae sacrae paenitentiariae, donde especula con los pecados de los religiosos para extraer aún más dinero. Si un eclesiástico comete pecado carnal, con una monja, con una pariente, o incluso con una mujer cualquiera (¡porque también esto sucede!), podrá obtener la absolución con sólo pagar sesenta y siete liras de oro y doce sueldos. Y si comete actos bestiales, serán más de doscientas liras, pero si sólo los comete con niños o animales, y no con hembras, la multa se reducirá a cien liras. Y una monja que se haya entregado a muchos hombres, ya sea al mismo tiempo o en distintas ocasiones, fuera o dentro del convento, y que después quiera convertirse en abadesa, deberá pagar ciento treinta y una liras de oro y quince sueldos…” (Pág. 361)

La criminalidad. La iglesia no solamente es ostentosa, hipócrita y censuradora, también es perversa hasta el grado de la criminalidad. ¿Qué es lo que se encuentra Guillermo de Baskerville al llegar a la abadía? Un asesinato, un crimen cometido al interior de un lugar que se repetirá 5 veces más durante sus días de estancia allí. La gran pregunta salta a la vista: ¿cómo puede alguien que ha comprendido el valor de la vida, y que se llama a sí mismo heredero de la verdad y el amor divinos, cometer actos de este tipo? Pues bien, la respuesta también es obvia, los religiosos como todos los hombres son proclives a las pasiones, incluso, más proclives que cualquiera por su celo y por su fe.

Los cátaros matan a los religiosos de otras órdenes de manera inmisericorde; facciones radicales arrancan brazos de niños y beben su sangre para designar un nuevo líder; otros monjes se lanzan sobre mujeres para sumergirse en extensas orgías sin importar los lazos de su sangre; se hacen tantas conjuras y maquinaciones que el propio papa no puede pasar bocado sin pensar antes en que puede ser envenenado; y fuera de la iglesia también se ataca a los hombres escudándose en luchas contra fuerzas demoníacas  esas mismas que luego les sirven a los religiosos para no ser juzgados frente a la ley estatal.

Lo que se descubre al final de la novela es que debe temerse a los profetas que están dispuestos a morir por la verdad, porque estos suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes de la suya, esto es, llevan en su naturaleza el germen del crimen, y así como se sientan a orar con piedad en laudes o durante la vigilia, atacan con lujuria a los hombres a quienes confunden con las bestias y anticristos que pueblan sus Escrituras. Las únicas verdades que sirven, dice Eco al final del libro, son instrumentos que luego hay que tirar.
___________________

Prolija, erudita, configurada desde la madurez intelectual y creativa, El Nombre de la Rosa es una novela que deber ser leída desde muchos ángulos para no desperdiciar nada de lo mucho que nos ofrece.


NOTAS:

[1] PAVEL, Thomas (2005) Representar la Existencia: El Pensamiento de la Novela. Barcelona: Editorial Crítica. p. 372. 
[2] HUBERMAN, Leo (2001) Los Bienes Terrenales del Hombre. Bogotá: Editorial Panamericana. p. 22 y ss.
[3] GÖRLICH, Ernst J. (1970) Historia Universal (Vol. I). Barcelona: Editorial Círculo de Lectores. p. 344.
[4] BURCKHARDT, Jacob (1959) La Cultura del Renacimiento en Italia. Barcelona: Editorial Iberia. p. 4.
[5] CALABRIA, Andrés (2002) La Inquisición. Barcelona: Fapa Ediciones. p. 5.
[6] STAUFFER, Richard (1974). La Reforma. Barcelona: Editorial Oikos-Tau. p. 6.

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Guillermo Riveros Tejada – Antología Poética




AUTOR: Guillermo Riveros Tejada
TÍTULO: Antología Poética
EDITORIAL: Arte Editorial (Primera edición)
AÑO: 1989
PÁGINAS: 198
PRÓLOGO: Bogdan Piotrowski, et al
RANK: 5/10




Por Alejandro Jiménez
En una de las últimas visitas que hice a la Librería Homero hace unos diez años, encontré esta antología del maestro Riveros Tejada, de quien apenas conocía, en aquel momento, su procedencia. Antes, y allí mismo, pude comprar varios libros de poetas venezolanos (José Arreaza Calatrava, Juan Ramón Medina), colombianos (Elkin Restrepo, Luis Iván Bedoya) y argentinos (Lautaro Ortiz) que, si bien no llegaron a convertirse en mis lecturas favoritas, al menos me procuraron algo de ese color y revelación que siempre acompaña la experiencia de la poesía. Ya lo decía en su época el propio Aristóteles: a los poetas les compete ofrecernos una verdad superior a las otras.

Pues bien, hoy, cuando la librería ya no existe y, por fin, he terminado de leer la obra de Riveros Tejada me doy cuenta de que todos los libros comprados allí comparten para mí una suerte semejante: ubicarse en un punto indefinible entre la sorpresa y el desencanto. A veces, el poemario del boliviano atrapa con su universalidad, con la nostalgia translúcida de otras épocas, distantes en el tiempo, pero invocadas a través de la palabra; otras, en cambio, desatina, se desmorona, bien sea por el sacrificio de la imagen a las formas rimadas, o por la insistencia en un único modelo a la hora de acercarse al paisaje del mundo, tan diverso, tan lleno de complejidades.

Otra enseñanza de Aristóteles, en este caso concerniente a la virtud, señala la necesidad de dar a cada quien lo que corresponde y, por tal razón, lejos del entusiasmo –exagerado en ocasiones- que muestran los prologuistas de esta Antología Poética (1989), me inclino a pensar que, aunque es notoria una unidad de estilo y pensamiento en ellos, los poemas de Riveros Tejada, al final, obtienen calidades diferentes: más alta, por ejemplo, cuando se trata de temas históricos (“Celadores del Mar”, “Canto Vesperal a Tihuanaco”) y, más baja, cuando se enfocan en el amor (“Para Ella”) o en algunos personajes famosos (“La Muerte del Ruiseñor”).

Guillermo Riveros Tejada nació en La Paz en el año 1934; no obstante, su genealogía se remonta a distintos puntos del planeta: a Suecia, a España, a Brasil y a cada uno de los otros lugares en donde sus abuelos y demás ancestros tuvieron en algún momento su residencia. Hombre de letras desde joven, viajó por todo el mundo, tanto en función de sus cargos políticos, como por el placer de conocer paisajes, costumbres e ideas nuevas. Si en su poesía se respira cosmopolitismo es justamente debido a este tránsito del autor por tantos espacios y periodos lejanos que tienen numerosas equivalencias con su patria Bolivia.

Su vocación poética fue madurándose pacientemente; tal es así que en esta antología se reúnen poemas de sus dos primeros libros Ánfora de Signos y Astrolabios del Tiempo, ambos publicados a finales de los ochentas. Después de aparecer, la crítica (especialmente la colombiana) los celebró, afirmando, entre otras cosas, que Riveros Tejada hacía una renovación de la poesía volviendo a los modelos tradicionales, que su obra debía contarse como una de las más creativas de Latinoamérica y que, en fin, esta poseía todas las características de una verdadera invención.

La crítica es una labor subjetiva y, en poesía, muchísimo más, por eso no tengo la intención de discutir esas apreciaciones aquí; prefiero mejor aventurar un acercamiento a los dos aspectos que me parecen más significativos en la Antología Poética de Riveros Tejada: los referentes temáticos de su poesía, y el uso particular que hace del lenguaje.

Referentes temáticos de Riveros Tejada

Bien podría afirmarse que en literatura, máxime en poesía, no existen temas. ¿Acaso ella no es la expresión del universo? Sin embargo, no puede negarse que los poetas se apropian siempre de un conjunto de inquietudes en particular, ya sea por el tipo de vida que llevan, sus posiciones políticas o ideológicas, la influencia del contexto, etcétera. En este sentido, Riveros Tejada no es la excepción: al recorrer los más de setenta poemas que conforman su antología saltan a la vista dos grandes referentes: uno filosófico y otro histórico.

El referente filosófico. Hay un conjunto de temas que pueden englobarse bajo una mirada filosófica: la muerte, la religión y la libertad, a los cuales Riveros Tejada dedica varios poemas, especialmente al comienzo del libro. Estilísticamente, pronto se descubre que esta clase de poemas son los mejor logrados, y hacen gala de un estilo modernista, reflexivo. Así puede verse en un poema como “Divagancia”:

“Qué triste no saber que no sabemos.
Que escuchamos el ruido, no el silencio.
Que perdemos día tras día la inconsciencia
Que de niños tuvimos del recuerdo.
Llenando con palabras el vacío
En que nos sume el conocimiento
Y obsedidos de espejismos, nuestros ojos
Ya no sirven para ver adentro.
Y la vida, en su viaje hacia la muerte,
Traducida en un instante pasajero,
Al final no nos revela nunca
Por qué un niño sabe más que un viejo.
¿Será que únicamente los sentidos sirven
Para obstruir los sentimientos?
¿O venimos a la vida de la muerte
Y a la muerte retornamos sin remedio?” (Pág. 43)

La poesía de Riveros Tejada refleja en el marco de su filosofía una tensión, una lucha íntima en la que se enfrenta la fatalidad contra el impulso de la creencia. En poemas como el anterior o “Elegía Vertical de la Angustia”, esa fatalidad toma cuerpo como duda; hay un hombre escéptico detrás de esas líneas, apesadumbrado, viéndose a sí mismo inmerso en un juego de condenaciones, de pérdidas irrevocables. “¡Crece la angustia!” –dice el poeta-, en los montes, en los manantiales, en las florestas verdes, y esa conciencia de lo fatal es una parte constitutiva de la vida.

En segundo lugar, la fatalidad se expresa como correlato de la muerte: los versos de “Más Allá de la Muerte”, “Egonía”, “Donde Todo Es eterno”, “Odisea del Olvido” o “Canción del Arcano” reflejan la pugna del hombre frente a esta realidad también indefectible. Lo que expresa al respeto Riveros Tejada es una especie de dolorosa resignación que toma como base la comprensión de ella, la muerte, como límite infranqueable. De esta manera, elementos convergentes como la agonía, el recuerdo o el olvido se convierten en experiencias que deben asumirse, sin importar el carácter trágico que tengan. Sucede así en el mencionado “Egonía”:

“¡Fervorosa alma mía!
Cómo extiendes tu anhelo, incesante, dolido.
Buscando, inútilmente,
Prolongar tu delirio.
Que tu voz la repitan
Solamente los niños
Que comprenden las cosas
Que no tienen sentido.
¡Jubilosa alma mía!
Pétalo azul de lirio.
Piedra que cortó el viento,
Cuerpo de vino antiguo.
En la noche callada
Hincha tu vena ardiente,
Tus postreros latidos y
Desciende, hasta siempre,
Al fondo del olvido” (Pág. 59)

Finalmente, la fatalidad es concebida por Riveros Tejada en la rutina del dolor vivido. De tal suerte, al escepticismo y la muerte, se suma un tercer elemento que es la tristeza. En “Tríptico”, el poeta se llama a sí mismo “juguete del dolor y del delirio”, allí es un borracho, un noctámbulo que vive prisionero del fastidio; en “Linde Profana”, grita casi enfurecido: “nada tiene sentido”; y en algunos de sus poemas de amor (“Íntimo”, “Regálame el Silencio”) lo que se halla es el desconsuelo de la soledad, el desengaño, la ruptura. 

Pero, como dijimos antes, la dimensión filosófica que hay en la poesía de Riveros Tejada no es enteramente fatalista, sino que enfrenta las fuerzas concretas de la duda, la muerte o el dolor con la necesidad de creer, con cierta vislumbre de esperanza. Y esa creencia, al menos, su posibilidad, la encuentra el poeta boliviano en puntos diversos de la vida: en la libertad, por ejemplo, la que personifica el águila de “Oda al Abismo” mientras abre sus alas y se desplaza majestuosa por la ancha geografía; o, también, en la contemplación de la naturaleza, como sucede en “Salomé” (Shalom: paz, en hebreo); o en la magia que puede invocar el hombre solitario, ese hombre que aparece en “El Imperturbable”.

Por demás, también existe un espacio para la creencia religiosa en los poemas de la antología. “Cristo del Humilladero” o “Plegaria Nocturna”, por citar dos casos, dejan ver un Riveros Tejada que apela a la guía, a la bondad de dios para poder soportar el embate de las contrariedades. “Te veo en cada instante –dice el autor-, asísteme” y, de esta manera, en la descarga del sufrimiento sobre una espalda más fuerte, o en la armonía con una potencia que redime, que consuela, la existencia, la fatalidad de ella, se hace un poco más soportable.

El referente histórico. Diríamos que esa parte filosófica que desarrolla Riveros Tejada involucra su perfil más íntimo y que, como corresponde a la naturaleza de sus temas, ante todo busca con esos poemas una reflexión humana, existencial. Ahora bien, hay otro gran componente semántico en su poesía que tiene que ver con lo que se encierra aquí bajo la noción histórico que, en aras de ser más precisa, debería acompañarse del término político o social

En efecto, el referente histórico no se reduce al conjunto de poemas que escribe el autor para recuperar parte de la cultura de las comunidades indígenas precolombinas, a lo que dedica, en verdad, muchas páginas, sino que adicionalmente existe una línea temática de corte más político que es portavoz de ciertas críticas establecidas a hechos puntuales de la realidad, especialmente, boliviana. Lo interesante del trabajo que hace Riveros Tejada en este punto es la universalidad que lo soporta, esa búsqueda de que lo dicho sobre un cántaro chibcha o la nostalgia de los bolivianos por la pérdida del mar alcance el nivel de una exaltación o una demanda universales, compartidas enteramente, sin distingo de culturas o idiomas.

A esa lista de poemas que desean contribuir a la recuperación de la historia y el reconocimiento identitario pertenecen la “Cantáfora X” (dedicada al Chinchen Itzá), “El Cántaro Chibcha”, “Canto Vesperal a Machu-Picchu”, “Yaurichamby” y, aunque no se enfocan en la tradición latinoamericana, “Walkirie” y “Fatamorgana”. Lo que tienen en común todos estos poemas es, en primer lugar, un deseo de enaltecer por medio de la descripción la belleza de un lugar, un dios o un evento determinado y, segundo, el hacer un llamado para su renacimiento. De este modo escribe Riveros Tejada sobre Machu-Picchu:

“¡Oh, ilusión dolorida! Arrecife espigado.
En tu paz de ceniza se ha secado el remanso
Y el bejuco trenzado aprisiona tus brazos;
Déjame ver el solio que retuvo el milagro.
El relámpago artero que cegó a tus vasallos.
El filón de la magia y la piedra en que oraron
Los antiguos Amautas para darte presagios.
Déjame que yo ascienda hasta el trono sagrado;
Que la escuadra de bronce no detenga mi paso.
Que descifre los sueños que aquí tienes guardados;
Que interrogue a los muertos, y a quienes te ofrendaron
Su sangre coagulada en tus diez mil peldaños.
Vengo a intuir tu destino indagando el pasado;
Vengo a husmear en la senda que dejaron tus pasos;
A escuchar en la kena tu dolor hecho canto (…)” (Pág. 105)

Muchos de los poemas de la antología son concebidos desde este horizonte de celebración, de canto. Empero, también hay otros en los que prevalece el tono elegíaco y, en consecuencia, sobre esa misma belleza que antes se conmemoraba irrumpe una ola oscura que arrastra los colores quedando en el fondo apenas un rastro, un recuerdo de grandeza. Con todo, como este tipo de poemas son menos en cantidad, después de leer completamente la antología el lector descubre más relieve en el paisaje cantado que en cualquier otro. Más de una docena de poemas y, prácticamente, todas las cantáforas están dedicadas a descubrir el milagro, el brillo natural, el animal simbólico, el fragmento de tierra, la montaña, en fin, todo lo que pueda enorgullecer al hombre latinoamericano.

Y tal vez es precisamente ese hallazgo, la revelación de todo lo que habita en nuestros pueblos, el hecho que lleva a Riveros Tejada a tomar su lápiz para escribir también algunos poemas en los que de la historia pasa, no digamos a la acción política, pero sí al llamado de atención, a la crítica del orden y los paradigmas. Verbigracia, “Juan Pérez No Ha Muerto” es la expresión de un poeta, sí, pero además de un boliviano que anuncia que un campesino, “el Gran Piache, el culebrero” permanece vivo en el pensamiento del colega que lo recuerda. Asimismo, en poemas como “Patria Mía”, “Bolivia, Amor Desesperado” o “La Mestiza”, el autor insta a sus compatriotas para aunar fuerzas y “remontar la cordillera” que sacará al pueblo del rezago.

De estos poemas, y de lejos, el que con mayor afectación está escrito, y el que mejor encarna la situación de Bolivia, el único país latinoamericano que no tiene acceso al mar (y esto, a pesar de lo distinto que fue en los tiempos de la estirpe Tihuanaco, de la gran ciudad de los Tupacs Yupanquis), el más emotivo y representativo, digo, es “Celadores del Mar” que, como bien señaló Héctor Ocampo Marín, posee más fuerza convictiva y más razón que los reclamos internacionalistas y diplomáticos elaborados sobre el tema, sobre la añoranza del mar:

“(…) ¡Marinero perdido! ¡Viejo lobo extraviado!
Cuánto más debo andar para ver el milagro,
Cuánto más debo andar para apretar tu mano,
Cuánto más debo andar para ver el albatros
Recorriendo la costa, saludando a los barcos. 
Cuanto más debo andar para ver a mis niños
Nuevamente jugando
En las playas agrestes de ese mar impregnado 
Por mi sangre y mi llanto.
¡Decidme celadores del mar!
¿Qué precio es el correcto que debemos pagar 
Por volver a lo nuestro, 
Por salvar del naufragio nuestros sueños. 
¿Qué precio es el correcto? 
Cuánto cuesta el velero que nos lleve a otras costas. 
Que nos libre del tedio que produce en el alma 
Todo este enclaustramiento.
¡Decidme celadores del mar! ¡Cartógrafos del viento!
Si Neruda o Huidobro estarían contentos 
Escuchando los gritos que produce el silencio 
De una sangre que lleva su silencio por dentro.
¡Decidme celadores!
Qué precio es el correcto 
Que debemos pagar por volver a lo nuestro” (Págs. 64-65)

El lenguaje de Riveros Tejada

Antes hice una alusión sobre el estilo modernista que se evidencia en la poesía de Guillermo Riveros Tejada; esto es algo que puede afirmarse debido, por un lado, a la recurrencia de ciertos temas filosóficos y, por otro, al uso particular que hace el poeta del lenguaje, pues, aunque en esta Antología Poética hay muchos recursos de la poesía tradicional (especialmente aquellos relacionados con la métrica y la rima) la intención casi siempre está dirigida al descubrimiento de la palabra, a los enlaces inusuales o, incluso, a su invención, características todas ellas del modernismo. 

A propósito del lenguaje que pone en marcha el poeta resaltan cuatro aspectos: primero, la insistencia en la rima; segundo, la preferencia del vocabulario culto; tercero, la invención de formas poéticas (en concreto la cantáfora) y; cuarto, la invención de nuevas palabras.

La rima. La naturaleza de la poesía nos remite necesariamente a su interpretación como canto y, en consecuencia, a asumirla dentro de un tipo de creación que se apropia de factores como el ritmo, la armonía y la rima. Pues bien, Riveros Tejada es lector de los grandes poetas españoles (Luis de Góngora, Tirso de Molina, Lope de Vega), de quienes hereda el gusto por la confección de poemas que busquen el perfeccionamiento de sentido armónico, y aunque a nivel métrico la mayoría de sus poemas son “imperfectos”, en cambio, son ricos en la armonía que les otorga el uso de rimas asonantes y consonantes. 

Podría parecer confuso el hecho de calificar la poesía de Riveros Tejada como cercana a la estética modernista y luego señalar una serie de autores del Siglo de Oro; sin embargo, tal es la mixtura a la que somete su creación el poeta boliviano, y la suerte que tiene en ello, como se dijo al principio, varia de un texto al otro. Hay poemas, por ejemplo, en los que la exigencia de la rima redunda en una desvirtuación de la idea o, al menos, en un exceso formal; y, por el contrario, hay otras ocasiones, en que funciona bastante bien, como al inicio de “Canto Vesperal a Tihuanaco”:

“Caracola marina entristecida,
Lágrima por la roca conservada,
Babel por el tiempo consumida,
Estela por el sueño descrifrada.
Rapsodia en la piedra concebida,
Ánfora para siempre derramada (…)” (Pág. 85)

El vocabulario culto. Como entusiasta de Rubén Darío, Riveros Tejada también desea proyectar en su poesía la elección de un lenguaje culto, enriquecido. Es así que recurre a dos estrategias que le permiten ampliar su léxico: la recuperación de palabras utilizadas con baja frecuencia, y la vuelta a personajes, lugares o hechos históricos que sólo se conocen después de cierto bagaje cultural. Ejemplos de la primera estrategia son escorado, estulta, grupear o zardas; y, de la segunda, Laponia, Belial, Euterpe o fatamorgana.

La invención de formas poéticas. Más allá del trabajo de rima que hace Riveros Tejada y del lenguaje culto que propone en muchos de sus poemas, su logro principal radica en la invención de formas poéticas personales. El autor boliviano es el creador de la cantáfora, esto es, un canto-metafórico de corta extensión que resalta generalmente cualidades del paisaje y que no recibe un nombre en particular, sino que se identifica por una referencia númerica. En su Antología Poética hayamos bastantes ejemplos, uno de ellos es la “Cantáfora X”:

“Chinchen Itzá
Luz potente.
Teotihuacán
Tula azteca
Infinita,
Misteriosa
Pirámide extravagante.
Fuego Inicial
Ciudad Verde” (Pág. 47)

Como se observa, además de su reducida extensión, las cantáforas de Riveros Tejada tienen una construcción basada casi enteramente en sustantivos y adjetivos, o sea, se prescinde en ella al máximo de la verbalización, pues su objetivo no es narrar, sino construir imágenes, relacionar símbolos. Es un arte de nominación en el que la palabra tiene la capacidad de descubrir, de revelar lo que existe, de volverlo –como dicen los entusiastas del poeta- plástico. Así se observa también en la “Cantáfora XI”:

“En montañas
Que se pierden,
Huertos llanos,
Luz celeste.
Aromados
Cafetales.
Verde rojo,
Rojo verde” (Pág. 49)

La invención léxica. De manera alternativa a la creación de estos pequeños poemas con todas las pequeñas características que poseen, el poeta boliviano asume además la libertad de la invención léxica, y en este hecho se parece de nuevo mucho a los modernistas, a aquellos autores a quienes el lenguaje estándar no resultaba suficiente o preciso para expresar ciertas particularidades de su experiencia, para designar las emociones, las coloraturas que iban descubriendo en su vida. Son casi una decena de palabras nuevas las que hacen parte de este poemario y que representan la contribución del poeta al enriquecimiento de nuestro idioma.

Cabe precisar que no se trata de una invención arbitraria de Riveros Tejada, sino de la creación de nuevos términos a través de la asociación de otros dos ya existentes. La misma palabra cantáfora ya refleja esta forma de trabajo, pues no es más que la unión de canto (de canción) y metáfora (el símbolo), o sea, la unión de lo físico y lo abstracto, con todas las implicaciones que esto tiene. Otras palabras inventadas son las siguientes:

1. Egonía: de ego (yo) + gonía (agonía) Palabra con la que se designa el carácter especial que tiene el estado agónico y doloroso de uno mismo en el lecho de muerte.

2. Rediviva: de redi (redimir) + viva (vivir) Un vocablo con el que se intenta señalar la cualidad de una redención hecha cuando todavía es posible disfrutarla vitalmente.

3. Magmasalén: de magma (fuego) + salén (Jerusalén) Término que sirve para referirse al episodio concreto dentro de la tradición religiosa en el que se narra la destrucción de Jerusalén por obra del fuego.

4. Fantalia: de fanta (fantasía) + lia (dalia) Esta es una conjunción que permite señalar el encuentro de la naturaleza, representada en la dalia, con la imaginación: la remisión que lo material nos hace hacia planos diferentes de la realidad.

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Guillermo Riveros Tejada ha dejado a la posteridad una poesía dentro de la cual puede descubrirse una belleza particular. Espero que este comentario de su obra sirva de homenaje a su memoria, tras la muerte del poeta acaecida en octubre del año pasado.

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