Roberto Juarroz – Poesía Vertical (Antología)



AUTOR: Roberto Juarroz
TÍTULO: Poesía Vertical (Antología)
EDITORIAL: Común Presencia (Primera edición)
AÑO: 2001
PÁGINAS: 82
ILUSTRACIONES: Roberto Matta
RANK: 10/10




Por Alejandro Jiménez

En 1985 el diario francés Liberation publicó una encuesta realizada entre cuatrocientos escritores de todo el mundo, basada en una única pregunta: “pourquoi écrivez-vous?” (¿por qué escribe usted?). Entre los autores llamados a responder esta inquietud se encontraba el poeta argentino Roberto Juarroz, quien cerró su comentario de la siguiente manera: “(…) yo escribo porque la poesía es para mí la conjunción más profunda del azar y el destino, el extremo del hombre y su lenguaje, mucho más que un género literario, la posibilidad de tolerarme y el ejercicio más completo de esta rara pasión de ser. Y por fin, yo escribo porque la escritura no necesita ninguna justificación, en un mundo donde toda justificación es falsa” [1].

En aquel entonces, Roberto Juarroz tenía sesenta años y había publicado ya la mayor parte de los volúmenes que conforman su Poesía Vertical, obra que fue ampliando a lo largo de su vida, tal y como lo hizo Walt Whitman con sus Hojas de Hierba. Lo interesante de aquella respuesta, más allá de la madurez intelectual que refleja, o del tono irreverente que transluce, es que ella permite concretar los aspectos más sobresalientes de su propia poesía: la contingencia, por una parte, el lenguaje, por el otro, y esa pasión por la vida que, en su caso, equivale tanto a una fe como a un conocimiento.

Quizá pueda decirse que estos elementos han sido trabajados desde siempre en la literatura y, más concretamente, en la poesía: Alceo mostró la fatalidad del hombre griego, fluctuando inevitablemente en un mundo azaroso; los simbolistas franceses se atrincheraron en la palabra, llevando al límite su potencia creadora y; finalmente, aquí y allá, la poesía no ha hecho otra cosa que exaltar la vida, a veces, incluso, tan apasionadamente que ya no ha sido posible distinguir la una de la otra. Sin embargo, hay algo que hace única la obra de Juarroz, algo que nunca antes de él había tenido tanta fuerza, tanta profundidad, y ese algo es la experiencia de una poesía conceptual.

Hasta 1958, fecha en la que irrumpe Roberto Juarroz con su primera Poesía Vertical, la poesía había apuntado hacía dos horizontes principales: “el cantar y el contar”, pero he aquí que el poeta argentino suma a estos fundamentos uno nuevo: “el pensar” [2]. Estamos frente a una obra que rompe con las tradicionales formas de concebir la lírica, que exige del lector la apertura de nuevas estructuras de pensamiento, que inaugura un espacio de encuentro entre la filosofía y la literatura. Así, lo que hace particulares la contingencia, el lenguaje y la vida como elementos poéticos en Juarroz es que sólo con él alcanzan una profundidad conceptual:


“Los poemas de Juarroz niegan, precisamente, un espacio, un punto de vista, una referencia. No es que sean abstractos: en Juarroz, como en todo gran poeta, hay intensidad material, pero esa materia no puede ubicarse o, más exactamente, definirse en el espacio. Ni norte, ni sur, ni alto, ni bajo, ni derecho ni izquierdo. Tan sólo profundidad (y la profundidad, dice Juarroz, es la dimensión perdida de nuestra época), un abismo, un hueco profundo, mallarmeano. ¿No es significativo que la obra lleve como título ‘Poesía Vertical’, cuando el ver, la (ver)ticalidad apuntan a lo profundo? ¿No es muy diciente que la profundidad produzca (vér)tigo? [3]

En otras palabras, Roberto Juarroz consigue que la poesía, sin renunciar a la transparencia del canto o la fuerza de lo narrativo, sea capaz también de pensar a un mismo tiempo. Por ello, su obra está dotada de esquemas poco comunes. “La antítesis, la oposición, la paradoja, nos presentan, a modo del Budismo Zen, el absurdo y el vacío como otra forma de sentido, tal vez la única válida. Quizá no haya otra manera de acercarse al movimiento hera-clitiano de sus versos, movimiento continuo en todos los sentidos, profundidad hacia todos los lados” [4].

Y es que la obra de Juarroz no es conceptual sólo en el sentido de permitir que el poema reflexione sobre temas concretos –la soledad, la muerte, el lenguaje-, es decir, por convertir el mundo en un asunto que puede pensarse, sino también debido al mecanismo bajo el que funciona. En su poesía son comunes los juegos de contrarios, las deducciones lógicas, el trabajo hipotético, etcétera, todos ellos elementos que le otorgan una fisonomía característica. La forma y el contenido son conceptuales, lo cual significa que intentan alcanzar un plano profundo, una especie de trascendencia que ya no puede esperarse de una sola dirección, sino de la cristalización de ambas en el pensamiento.

El libro que hoy presentamos ejemplifica todas estas consideraciones que se tejen en torno a lo que podría denominarse una poesía conceptual. Se trata de una antología de sesenta y seis poemas, “de lo más alto y lo más hondo” –como dijo Cortázar- que escribió Juarroz en sus primeros catorce libros; una selección que no defrauda, ni a quien está iniciándose en las aguas del poeta, ni a quien es conocedor de sus corrientes. Antonio Porchia afirma en su liminar que “en estos poemas cualquier palabra podría ser la última, hasta la primera”, y eso lo comprueba todo el que se embarca en el viaje prodigioso que nos ofrece Juarroz.

Siguiendo con la idea que se situó más arriba sobre los temas centrales en la poesía del argentino, proponemos a continuación un examen más detallado de la forma como Roberto Juarroz aborda desde su obra la contingencia, el lenguaje y la vida.

De lo contingente a lo profundo

La poesía de Roberto Juarroz representa un continuo vértigo. Se trata de lanzarse al mundo para pensarlo a través de una comprensión que tiene tanto su punto de partida como de llegada en el presente; un proceso que es siempre personal y busca equilibrar las fuerzas que intervienen en nuestra experiencia. La opinión que citábamos antes de Jursich Durán, en la que él afirma que los poemas de Juarroz niegan toda referencia, tiene sentido justamente porque negar los puntos de referencia es asumir el vértigo de la existencia. Sin embargo, los poemas no permanecen en un estado de expectativa frente al vacío; su modo de hacer frente a la contingencia es yendo en pos de lo profundo, lo cual se logra a través de un equilibrio entre todos los elementos que intervienen en nuestra vida: lo visto y lo oculto, lo complejo y lo simple, etcétera.

Desde las primeras páginas de la antología es evidente esta búsqueda de lo profundo, el equilibrio como forma de superar lo contingente. “Empezará la gran unión”, dice Juarroz, el día en que las diferencias le abran paso a la certidumbre “para que nadie pueda ya confundirse”. Mientras las cosas se muestran suficientes y reflejan su naturaleza, el hombre no reconoce usualmente cuál es su centro. Por tal razón, lo que propone Juarroz no es, simplemente, sumar la mayor cantidad de cosas a nuestra experiencia, sino conjugarlas de un modo tal que se vinculen y expongan sus implicaciones. En otras palabras, el equilibrio presente en su poesía se traduce en la aceptación de elementos que tradicionalmente no deseamos aceptar, pero que son necesarios en la medida en que son los contrastes de muchos otros:


“¿Cómo amar lo imperfecto,
Si escuchamos a través de las cosas
Cómo nos llama lo perfecto?

¿Cómo alcanzar a seguir
En la caída o el fracaso de las cosas
La huella de lo que no cae ni fracasa?

Quizá debamos aprender que lo imperfecto
Es otra forma de la perfección:
La forma que la perfección asume
Para poder ser amada” (Pág. 19)

Roberto Juarroz comprende que alcanzar la profundidad requiere esforzarse: no es fácil aprender a leer, no ya sólo las palabras, sino también los espacios entre ellas; tampoco es fácil cambiar el perfil que más nos gusta de las cosas y, mucho menos, reconocer que ese descubrimiento de lo diferente es lo necesario para equilibrar lo que existe con lo que hemos olvidado. Pero, además de que la profundidad no es un trabajo sencillo, no hay forma de ponerlo en marcha por fuera de nosotros. La soledad, así, se convierte para Juarroz en un espacio de conocimiento, de reflexión constante: únicamente en cada uno de nosotros está la potestad para hacer esa lectura compleja del mundo.

“Quizás algún día pueda yo llamar a la soledad con mi nombre… Y, entonces, seguramente, habrá de responderme”. Al descartar la posibilidad de que alguien asuma mi voz y pensamiento, me obligo a reconocer mi propia individualidad; cuando, al final de todo, sepa que nada partirá desde un lugar distinto a mí, la soledad –piensa Juarroz- empezará a ofrecer sus respuestas. Incluso, habrá luego aquello de que “un lugar sólo se entrega a quien se haya sentido solo en él”; es decir, hay un hecho fundamental para alcanzar lo profundo: quien no rehúye de su soledad, sino, al contrario, la asume como principio, sabrá encontrar en ella la forma más honesta y profunda de entenderse a sí mismo y el mundo en el que vive. La soledad previa, hará notar el poeta argentino, es la única premisa válida para amar con pureza todo lo que se descubre.

Casi al final del libro, Juarroz utilizará una bella metáfora para explicar su posición frente a la soledad: “todo hombre necesita una canción intraducible”. Por su cabeza no pasa, ni siquiera una vez, la idea de un mundo que se unifique en torno a una sola idea; la “gran unión” de la que nos habla al principio, es una experiencia individual, intraducible. Lo curioso es que tampoco hay en Juarroz miedo a la incomunicación que puede desprenderse de este sinnúmero de experiencias tejidas personalmente; antes, en ello se percibe un placer, el placer de ver cómo todos exploramos el mundo libremente, coincidiendo sólo en lo que debe coincidirse: la libertad para hacerlo. Cada quien ha de tener su propia canción intraducible, porque así ya nada se reducirá y lo complejo, lo profundo, será la cualidad irrenunciable de nuestro mundo.

La poesía de Juarroz insiste mucho en esta idea de complejidad devenida de experiencias diferentes y encontradas. Pero lo complejo no es exclusivo de aquello que podríamos denominar la síntesis de las versiones, sino que también es un hecho fáctico de la experiencia individual. Hay un poema en especial en el que se hace evidente que Juarroz no acepta las ideas organizadoras tampoco en lo personal. Si yo tengo un fundamento, una zona de seguridad que ya no puede cuestionarse, mi experiencia de las cosas se reduce excesivamente: ni dios, ni el hombre mismo, deben erigirse como coordenadas de este gran vuelo, cuya premisa es la libertad.


“No tengo a dios entre mis manos.
Tampoco tengo al hombre.
Pero tengo una ausencia
Que puede convertirse
En cualquiera de ambos.

Y el problema no es
No saber elegir,
Sino sencillamente no querer
Que mi ausencia se convierta en ninguno.

Son muchas las presencias
Que deben disolverse
Para hacer una ausencia
Que quepa entre las manos” (Pág. 23)

Así pues, se logra advertir el proceso: el vértigo que produce la contingencia es la condición originaria del mundo, y aquel se supera equilibrando todo lo que hace parte de nuestra experiencia, un equilibrio que no es otra cosa que la búsqueda de profundidad. Pero hallar lo profundo tiene una serie de exigencias: el rescate de todo lo que siempre hemos olvidado, la dificultad, la soledad, la renuncia a las ideas inequívocas. Mucho puede caber en nuestras manos, pero otro tanto se quedará por fuera al inclinarnos por ciertas cosas, esto es lo que nos exige ejercer una libertad responsable; una libertad que reconozca nuestras posibilidades sin excederlas o subestimarlas.

“Mi sombra me ha puesto en mi justo lugar” –afirma Juarroz en uno de sus poemas-, “la iniciativa de mi sombra me ha enseñado a ser humilde”. La labor del hombre se parece a veces a la de un observador que sabe medir sus impulsos y carencias, que es capaz de verse a sí mismo también en los anversos, que ha comprendido a fuerza de vivir que también es útil aprender de lo invisible, que ha entendido que “buscar una cosa es siempre encontrar otra”, y que nuestro destino acaso sea una batalla, ambientada por el silencio y la palabra, entre el gran juego de todos los sentidos. Un cruce que no está en el pasado, como tampoco en el futuro, sino en este minuto que está pasando, en los recuerdos que cambian mientras los miro ahora, en el futuro que no existe y, sin embargo, cambia al pensarlo desde aquí:


“No existen paraísos perdidos.
El paraíso es algo que se pierde todos los días,
Como se pierden todos los días la vida,
La eternidad y el amor.

Así también se nos pierde la edad,
Que parecía crecer
Y sin embargo disminuye cada día,
Porque la cuenta es al revés.
O así se pierde el color de cuanto existe,
Descendiendo como un animal amaestrado
Escalón por escalón,
Hasta que nos quedamos sin color.

Y ya que sabemos además
Que tampoco existen paraísos futuros,
No hay más remedio, entonces,
Que ser el paraíso” (Pág. 60)

Acerca del lenguaje

Uno de los ejes sobre los que gira la Poesía Vertical es el lenguaje. Ya vimos cómo para Juarroz la palabra no es un simple vehículo, sino, por el contrario, una conjunción de destino y azar, una forma de tolerancia y de ejercer la pasión de ser. La cuestión del lenguaje es compleja porque el poeta la examina desde ópticas muy variadas: su papel creativo, su relación con el silencio, su forma de configurar el mundo, etcétera. Incluso, aunque no se haya hecho notar en el apartado anterior, también podría hablarse de un vértigo de la palabra, la sensación de estar en una posición en la que todo puede nacer o destruirse para siempre.

Así, lo que subrayaremos inicialmente es el interés de Juarroz por ver en la palabra un vértigo. En uno de sus poemas iniciales explica: “la palabra es el único pájaro que puede ser igual a su ausencia”; justamente, existirá a lo largo del libro una tensión bien pronunciada entre la palabra y el silencio: esa situación, de algún modo trágica, en la que el lenguaje puede o no serlo. ¿Qué pasaría si suspendemos las palabras cuando apenas están brotando en nuestros labios? ¿Qué sucedería, también, si intercambiamos los sentidos de las palabras, o si les otorgamos nuevas connotaciones? Hay un tránsito por estas ideas de las que llega a concluirse que, aunque parezca contradictorio con aquella tesis de Juarroz con la que iniciamos, la escritura sí necesita una justificación, al menos con relación a su posible ausencia.

En todo caso, ¿por qué no preferimos el silencio? Y la respuesta de Juarroz nos ofrece una nueva perspectiva de su pensamiento: la palabra debe ponerse en el lugar de aquello que no habla. Si ya se había observado que la profundidad se alcanza yendo hacia los lugares nunca visitados, eludiendo las zonas de seguridad, pues también se necesita un lenguaje que narre estas nuevas experiencias. Estamos embarcados en un viaje en el que se descubre lo ignorado hasta entonces: “los tiempos agotados, las esperas sin nombre, las armonías que nunca se consuman, las vigencias desdeñadas, las corrientes en suspenso”, y todo ese “expectante mutismo” requiere de su propio lenguaje:


“El fruto es el resumen del árbol,
El pájaro es el resumen del aire,
La sangre es el resumen del hombre,
El ser es el resumen de la nada.

La metafísica del viento
Se notifica de todos los resúmenes
Y del túnel que excavan las palabras
Por debajo de todos los resúmenes.

Porque la palabra no es grito,
Sino recibimiento o despedida.
La palabra es el resumen del silencio,
Del silencio, que es resumen de todo” (Pág. 20)

La palabra no debe ser el simple reflejo de las cosas (“el reflejo es el comienzo de la pérdida”), debe cruzarlas para ser con ellas una sola realidad, lo que existe y se nombra a un mismo tiempo. De allí que Juarroz escriba varios poemas para llamar la atención sobre la caída de las palabras en el olvido. Si es verdad que palabra y mundo son una sola cosa, la desaparición de la palabra equivale a la extinción del mundo, y en una experiencia que pretende ser profunda, es decir, completa, esto es algo que el hombre no puede permitirse. Sin embargo, como un viento de otoño que pasa raudo sobre las ramas de los árboles, haciendo caer unas sobre otras las hojas en el suelo, así el tiempo cae sobre nosotros, dejando a su paso un largo inventario de palabras en desuso.

No se trata aquí de agazaparse, de resistir a la fuerza la pérdida del lenguaje, sino de reinventarlo constantemente para que, al lado de lo desgatado, podamos hallar siempre lo nuevo y lo que había permanecido silencioso. “También las palabras caen al suelo” –dice Juarroz-, pero esta caída no implica su olvido, sino la posible construcción “de un lenguaje hecho solamente con palabras caídas”. Las mismas palabras construyen su escala para no salir del seno de lo nombrado, vienen con la realidad, y ésta cambia a cada instante. Pero únicamente el hombre puede ser testigo de ese movimiento, incluso, después de que el mismo hombre haya desaparecido:


“Nos derrumbamos
Sin perder siquiera la costumbre de nuestros gestos,
Por ejemplo mantener los ojos abiertos,
La mano en la posición que toma cuando amamos,
El hueso en su silencio,
La boca en la inminencia
De decir o callar algo.

Tal vez nos derrumbamos
Sin que caiga lo que cada uno es
Y eso siga flotando como una serie de espasmos
Algo más furtivos por el aire.

Puede ser que los gestos que se aprenden
No se pierdan,
Aunque sí su aprendiz.
Si es así,
Quizá alguna palabra entre muchas
Puede haber sido dicha para siempre” (Pág. 71)

La tensión entre la vida y la muerte

El otro gran núcleo de la Poesía Vertical tiene que ver con esa tensión de dos realidades que se implican mutuamente: la vida y la muerte. A lo largo de toda su obra, Roberto Juarroz reflexionó sobre el tema y, de lejos, puede constatarse que constituye una de sus principales preocupaciones. El caso es que, como sucede con sus otros puntos de reflexión, sobre éste puede hallarse en el libro un amplio género de consideraciones. Por un lado, hay unos poemas escritos con un lenguaje suave, más directo, pero también, hay otros concebidos simbólicamente.

El tercer poema de la antología, por ejemplo, parte de una afirmación inicial (“cada uno se va como puede”), y enumera después algunas posibilidades (“unos con el pecho entreabierto, otros con una sola mano, unos con alguien trasnochado en las cejas, otros sin haberse cruzado con nadie), y cierra con una afirmación sintética (“pero todos se van con los pies atados, unos por el camino que hicieron, otros por el que no hicieron y todos por el que nunca harán). Este es un poema que funciona de manera lógica y que posee un lenguaje de fácil entendimiento; su mensaje está claro: todos morimos atados a lo que nunca hicimos, a aquello que siempre estuvo posponiéndose, a lo que no nos dejaron hacer, a los deseos que quedaron insatisfechos.

Este primer problema que se observa en torno a la vida-muerte atañe, precisamente, al hecho de que la vida, como la palabra, requiere una justificación. “Hay pocas muertes enteras” –declara más adelante Juarroz- “…los cementerios están llenos de fraudes”. ¿Quién puede decir con propiedad que ha agotado su vida, que ha podido llevarla hasta el límite? Hay tanto perdiéndose en cada momento, tanto que se deja a un lado para centrarse en una sola cosa, que inevitablemente se llega a probar que “la vida calla más que la muerte”. La muerte es un silencio absoluto, una realidad infranqueable pero, la vida, aunque se nos revela abierta, la transitamos como dando saltos y también a tumbos, dejando espacios, muchos matices postergados.

Todavía dirá Juarroz aquello de que “la realidad ya no ofrece garantías y no basta vivir para morir”; “hay que concluir todos los relatos, hasta en los sueños” para poder dar fe de que hemos palpado al menos una parte de lo que significa esta palabra: existir. “La muerte es una pasión entera, aunque tenga los ojos vacíos… La vida es una pasión a medias, que sólo a veces se completa con algo que no es la vida ni la muerte”. Tal vez sea el espíritu mismo de ser hombres con algo de esperanza bajo los brazos y muchas preguntas en la cabeza, lo que llegue a conducirnos, alguna vez, a ese entendimiento básico de que la vida es también nuestro punto de llegada –como alguna vez lo dijo Benedetti-.


“Un día ya no podremos partir.
Repentinamente, se habrá hecho tarde.
No importará desde dónde
O hacia dónde era el viaje.
Tal vez hacia el otro extremo del mundo
O sólo desde uno hacia su sombra.

Dibujaremos entonces la figura de un pájaro
Y la clavaremos encima de la puerta
Como blasón y memento,
Para recordar que tampoco existe
La última partida.

Y la lanza,
Que ya estaba clavada en el suelo,
Sólo se hundirá un poco más” (Pág. 81)

Un pájaro clavado en una puerta, el ímpetu de la vida sometido contra la muerte, ¿pero si la lanza había permanecido entretanto en el piso, cómo fue posible no aprovechar ese momento para escaparse, para vivir? Es esta una condena metafórica que Juarroz hace a los hombres: el tiempo –el presente dijimos antes- nos abre las puertas a un mundo que espera allí ser descubierto, es el vértigo de lo que vive, de lo que nos llama para nombrarlo. ¿Por qué quedarse atrapado en un cuarto oscuro por temor a salir? Quizá sea esta experiencia del vértigo, de la lanza que en cualquier momento se levantará contra nosotros, lo que constituye la única eternidad que le quepa vivir al hombre.

Su locura, su pasión –hará notar Juarroz- “no tienen más supuestos que el estar hoy más vivo y mañana más muerto”. Si imagino ahora mismo mi eternidad como lo que se desprende de esta vida, estaré un paso adelante de cualquiera, porque si la eternidad no tiene límites, mucho menos la imaginación de la eternidad, y esta última es completamente mía. Es más, Juarroz nos llevará a adelantar el tiempo de nuestra muerte para hacer así más profundo el sentido de la vida: si gastamos “por anticipado el tiempo de la muerte… tal vez la muerte dure menos, la vida use otras puertas y no se cansen tanto los ojos que nos miran”.

Hacer profunda la vida implica multiplicar los focos con los que la iluminamos, haciendo notar todo lo que permanece oculto, pero también, asumir la muerte como su naturaleza consustancial. Vivir la muerte anticipadamente no es dejar germinar un pensamiento pesimista, convertirnos en suicidas, significa, simple y llanamente, reconocer la muerte en las cosas de nuestro alrededor, esos espacios a los que debemos ir para sobrevivirlos, trasplantando sus recuerdos y nombrando sus ausencias. Cierto poema de Juarroz que no aparece en esta antología inicia magistralmente: “Mientras haces cualquier cosa, alguien está muriendo”, y sólo basta abrir un poco más los ojos para darnos cuenta de la verdad que encierran estas palabras:


“Cualquier movimiento mata algo.

Mata el lugar que se abandona,
El gesto, la posición irrepetible,
Algún anónimo organismo,
Una señal, una mirada,
Un amor que volvía,
Una presencia o su contrario,
La vida siempre de algún otro,
La propia vida sin los otros.

Y estar aquí es moverse,
Estar aquí es matar algo.
Hasta los muertos se mueven,
Hasta los muertos matan.
Aquí el aire huele a crimen.

Pero el olor viene de más lejos.
Y hasta el olor se mueve” (Pág. 49)
___________________

Hemos querido contribuir en la medida de nuestras posibilidades a un examen de la poesía de Juarroz, aun sabiendo que ningún examen jamás podrá superar la profundidad ni el color de sus palabras. La mayoría de escritores enseñan a pensar en algunas cosas, pero Roberto Juarroz nos enseña a pensar mejor, no en esto o aquello, sino, simplemente, a pensar mejor. Su poesía es la más bella conjunción de pensamiento y color. Van a pasar muchísimos años –si llega a suceder- antes de que otro poeta pueda escribir algunas líneas como estas:


“Las respuestas se han acabado.
Quizá nunca existieron
Y sólo eran espejos
Enfrentados al vacío.

Pero ahora también las preguntas se han acabado.
Los espejos se han roto,
Hasta los que no reflejaban nada.
Y no hay modo de rehacerlos.

Sin embargo,
Tal vez quede en alguna parte una pregunta.
El silencio es también una pregunta.

Resta un espejo que no puede romperse
Porque no se enfrenta a nada,
Porque está adentro de todo.

Hemos encontrado una pregunta.
¿Será el silencio también una respuesta?

Quizá a determinada altura
Las preguntas y las respuestas
Son exactamente iguales” (Pág. 82)
________________

NOTAS:

[1] JUARROZ, Roberto (1986)
Pourquoi Écrivez-Vous? En Revista Neutro: Razón y Poesía No. 2. Bogotá, p. 27.
[2] VALENZUELA, Patricia (2001)
La Poesía Vertical de Roberto Juarroz. En Revista DesHora No. 7. Medellín, p. 63.
[3] JURSICH DURÁN, Mario (1986)
La Experiencia del (Vér)tigo. En Revista Neutro: Razón y Poesía No. 2. Bogotá, p. 24.
[4] VALENZUELA, op. cit., p. 66.

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Honoré de Balzac – La Obra de Arte Desconocida



AUTOR: Honoré de Balzac
TÍTULO: La Obra de Arte Desconocida
EDITORIAL: Norma, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1999
PÁGINAS: 53
TRADUCCIÓN: Pedro José Lama
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

El debate sobre la obra artística se inicia bien temprano en la historia de Occidente y perdura a lo largo de los años. De alguna manera, podríamos asegurar que ha acompañado muy de cerca el propio proceso de creación, motivo por el cual ha mudado su aspecto en cada época. Se trata, por ello, de uno de aquellos asuntos sobre los cuales es difícil proponer una tesis irrefutable, sobretodo en nuestros días cuando es más palpable que nunca la naturaleza problemática del arte, sus cualidades azarosas y cambiantes y, por supuesto, la difícil situación que experimenta el artista a la hora de tomar el lápiz o el pincel para iniciar su trabajo.

Una de las cuestiones centrales que se plantea en torno a la obra de arte tiene que ver con la ficción: ¿el arte debe imitar la realidad o, por el contrario, crear una nueva? Si aceptamos la primera alternativa, una nueva serie de inquietudes saltan a la vista (¿qué puntos concretos debe imitar? ¿cómo y por qué hacerlo?). Asimismo, si nos inclinamos a pensar que el arte ha de buscar, antes que nada, inventar nuevas realidades, no podremos dejar de resolver otros interrogantes (¿qué significa, en últimas, crear? ¿qué representa la ficción en términos de conocimiento?, etcétera).

Ya Aristóteles en su Poética trazaba las líneas centrales de esta discusión. En su opinión, todas las artes coinciden en el hecho de ser imitaciones; la mímesis, esto es, “la aprehensión y expresión por parte del artista de las armonías de las cosas”, constituye la esencia ineludible de cualquier obra. Ahora bien, es verdad que las imitaciones que proporciona el arte varían en muchos sentidos; el filósofo griego considera que la mímesis depende de tres factores principales: el objeto a imitar, los medios utilizados al hacerlo, y los modos en que pongo en marcha la imitación.

Obviamente, no resulta lo mismo imitar con una obra algo bueno que algo malo; las comedias de la época las consideró Aristóteles imitaciones de lo peor, mientras que encontraba en las tragedias representaciones de lo mejor. En otras palabras, el objeto de aquellas obras apelaba a los vicios o las virtudes de los griegos. Pero además y, según su decisión, los artistas abordan los más diversos medios para llevar a cabo su imitación (la palabra, el sonido, el color), herramientas que determinan en buena medida los alcances de su mensaje y el público al que se dirige. Finalmente, hay modos particulares de imitar, por ejemplo –piensa Aristóteles- el del artista que se incluye dentro de la representación, o el del que lo evita, y este aspecto también es decisivo, tanto al momento de crear como al de interpretar.

“Parece que la poesía tiene su origen en dos causas, y ambas naturales. En efecto, el imitar es connatural para los hombres desde la infancia (y en esto difieren de los otros seres vivientes, pues el hombre es el más capaz de imitar y obtiene los primeros conocimientos por imitación) y la otra causa es que todos gozan con la imitación. Testimonio de esto es lo que sucede en la práctica, pues las cosas que vemos en el original con desagrado, nos causan gozo cuando las miramos en las imágenes más fieles posibles, como sucede (…) con las figuras de los animales más repugnantes y de animales muertos” [1]

De la apreciación de Aristóteles se desprenden dos puntos: primero, que la imitación artística brinda al hombre la oportunidad de conocer y, segundo, que esta tiene una connotación estética puesto que comporta la posibilidad de ser gozada. Estas dos certezas las examinó Aristóteles a la luz de la epopeya y tragedia clásicas, y sobre ellas compuso el concepto transversal de catarsis, aquella doctrina de la “expurgación de las pasiones como consecuencia de la contemplación del arte”. En las historias de Esquilo o Sófocles el hombre griego vio reflejados su ímpetu y derrota; la imitación de la realidad que se ponía frente a sus ojos a través del arte fue su propia purificación.

Sin embargo, esta concepción, en cierto modo ideal del arte, encuentra un espacio espinoso cuando se explora desde la óptica del creador. El deseo de crear una obra tan real como la existencia convierte al artista en dios, sólo que esa misma condición inevitablemente transforma su vida en un drama: ¿cómo encontrar la forma de darle vida a lo inerte? ¿cómo otorgar una voz artística a aquellas cosas de la realidad que parecen intraducibles?

Honoré de Balzac, un hombre que sintió en sí mismo los embates de este drama, el escritor que, además de crear, siempre reflexionó sobre las implicaciones de la creación, nos presenta en La Obra de Arte Desconocida (1831) la historia de Frenhofer, un viejo pintor que ha dedicado sus últimos diez años a la obra más grande jamás pintada “La Belle Noiseuse”. Aunque el objetivo del anciano se revela bastante claro –presentar una pintura capaz de rivalizar con la naturaleza-, las dudas sobre los alcances del arte y los modos como éste se relaciona con lo existente hacen parte de su vida cotidiana, y lo lanzan, ora a los estados más sublimes de experiencia estética, ora a largas ensoñaciones y crisis creativas.

La historia podría definirse como una suerte de ensayo narrativo, ya que en ella se mezcla la prolijidad argumentativa y la fábula literaria. Son apenas dos capítulos los que componen este pequeño cuento: el primero –Guillette- reproduce el diálogo entre el maestro Porbus, Frenhofer y el aprendiz de pintor Nicolás Poussin, una conversación que gira en torno a la “María Egipcia” de Porbus, obra que, según la opinión de Frenhofer no satisface las exigencias de la pintura. El segundo capítulo –Catherine Lescault- muestra un nuevo encuentro entre los tres pintores, al que se suma Guillette, novia de Poussin, una hermosa muchacha que ha accedido a desnudarse frente al viejo Frenhofer, quien, en contraparte, ha prometido dejar ver “La Belle Noiseuse”, hasta aquel momento guardada celosamente.

A continuación intentaremos reconstruir la trama narrativa del cuento, e iremos discutiendo a su ritmo los aspectos más sobresalientes con relación al arte ya que, como La Obra de Arte Desconocida es una historia tan corta, puede manejarse más eficazmente de esta manera.

Guillette

Corre el año 1612 cuando el joven Nicolás Poussin llega a París con el deseo de convertirse en un pintor reconocido. Balzac nos lo presenta acechando la casa de François Porbus, quien fuese el pintor favorito de Enrique IV hasta la llegada de Rubens. Poussin espera frente a la puerta sin decidirse a golpear; su atrevimiento se le antoja reprochable: cómo es posible que un pintor novato se acerque a pedir consejo a otro de buenas a primeras. No ha terminado de decidirse aún cuando a la misma puerta se acerca un anciano; se trata de Frenhofer, pintor famoso, discípulo de Mabuse. El viejo toca apresurado y, una vez abierto el apartamento, entra junto a Porbus, el cual, imaginando que el joven que espera afuera es camarada de Frenhofer, lo deja ingresar sin preguntarle nada.

Después de cruzar algunas palabras sobre temas insustanciales, la conversación recae en la “María Egipcia”, retrato que Porbus pintó para María de Médicis, y que ella misma vendió en sus días de miseria. Ante la insistencia de Porbus, Frenhofer acepta dar su opinión sobre la pintura, declarando de entrada que le gusta, aunque carece de un elemento esencial: “tu mujer no está mal hecha –le dice-, pero no tiene vida”. En este primer aspecto se centrará la discusión de los pintores, es decir, en cómo lograr que en el arte y, más concretamente, en la pintura, no sean palpables únicamente las formas de lo real, sino también toda la vida que fluye entre ellas.

Frenhofer encuentra que la obra “sólo es real en los centros”, que sus “contornos son falsos, no se circundan y no prometen nada por detrás”. Si alguien pudiese darle la vuelta a la pintura no hallaría nada más allí, porque es un retrato pensando apenas desde una posición. Porbus, contrariado por las apreciaciones de su maestro intenta explicarse, asegurando que para desgracia de los pintores, “hay efectos verdaderos en la naturaleza que no son posibles en el lienzo”. En otras palabras, que existen rasgos, expresiones, fisonomías, tal vez, incluso, colores que jamás podrán llegar a imitarse en el arte; luego, por más que un pintor estudie detenidamente, por ejemplo, el cuello de la mujer que desea retratar, habrá siempre en su obra espacios ciegos.

Si hiciéramos un paréntesis para analizar el contenido de esta primera cuestión se comprendería la altura de lo que se discute. Durante muchísimos siglos predominó en la pintura y la escultura un espíritu realista: los artistas buscaron por todos los medios captar en la realidad paisajes, situaciones o personajes para luego verterlos lo más fielmente posible en sus obras. Sus preocupaciones venían en diferentes sentidos: el tipo de formas, las coloraturas, las expresiones y movimientos, etcétera. Sin embargo, la verdadera cuestión permaneció casi siempre soterrada; las obras fueron imitaciones perfectas que asombraron por su belleza y nitidez, pero no se vio en ellas la vida, la fuerza que las exaltaba en la realidad.

Una vez puesto este punto sobre la mesa, los artistas tuvieron conciencia de que la realidad rebasa cualquier límite, y de que el arte necesita dotarse también de su vitalidad. Así, pues, como toda obra de arte es el resultado de un acto creativo que acontece desde lo real, el artista es quien tiene la facultad de movilizar la vida en su obra, la cual no debe continuar siendo una representación muerta. Esta idea parece comprenderla perfectamente Frenhofer, puesto que al escuchar lo que dice Porbus respecto de que hay aspectos de la naturaleza que no pueden llevarse al lienzo, pone su opinión en un terreno distinto al de la simple imitación:

“¡La misión del arte no es copiar la naturaleza, sino expresarla! ¡No eres un vil copista, sino un poeta! (…) De otro modo, un escultor estaría exento de todos sus trabajos al moldear una mujer. Pues bien, trata de moldear la mano de tu amante y ponla delante de ti, encontrarás un horrible cadáver sin ninguna semejanza, y te verás obligado a buscar el cincel del hombre que, sin copiártela exactamente, te represente su movimiento y su vida. Tenemos que captar el espíritu, el alma, la fisonomía de las cosas y de los seres. ¡Los efectos! ¡Los efectos! Pero si estos no son más que los accidentes de la vida y no la vida misma. Una mano, puesto que he tomado este ejemplo, no depende solamente del cuerpo, ella expresa y prolonga un pensamiento que es preciso captar y reflejar. Ni el pintor, ni el poeta, ni el escultor deben separar el efecto de la causa, que se encuentran inquebrantablemente unidos el uno con el otro. ¡La verdadera lucha radica allí! (Pág. 17)

Si pusiésemos las cosas en términos de contraste, la obra más verdadera sería, no aquella que imita más fielmente las formas de la realidad, sino aquella que logra captarla en el sentido profundo de su vida. La apreciación de Frenhofer se revela radical en este punto, ya que él considera las formas como simples intermediarios para comunicar “ideas, sensaciones, una vasta poesía”. Un cuadro puede ser perfecto en los más pequeños detalles, imitar lo real hasta en sus dimensiones físicas, pero será una pintura muerta si se rehúsa a expresar también, temiendo perder exactitud en sus formas, el impulso vital que es su esencia.

Frenhofer entra en una larga disertación en la que muestra cómo hasta ese momento, a excepción de Ticiano, Rafael y su maestro Mabuse, ningún pintor ha logrado imprimir en su obra el espíritu de la vida, todos han llegado apenas a obtener su apariencia. Y, respecto a la obra de Porbus, aunque esta posee las tres partes esenciales del arte (color, sentimiento y dibujo), hace parte de las obras destinadas al olvido. Ofendido un poco por los comentarios de Frenhofer, Nicolás Poussin tomará la voz para plantear su propio criterio. Hasta ese momento se había mantenido callado por el respeto que debe dispensarse a dos ancianos pintores; pero su opinión sobre la “María Egipcia” es totalmente distinta a la de Frenhofer.

Para el joven pintor, la obra refleja una “delicadeza de intención” nunca vista antes en la pintura. Frenhofer decide entonces probar directamente lo que dice, y dibuja en un pequeño lienzo la propia “María Egipcia” de Porbus, sobre la cual aplica luego distintos colores. El resultado deja boquiabiertos a Porbus y a Poussin: con unos cuantos trazos y pinceladas, el viejo ha logrado realzar la potencia de la obra. Alegre con el resultado, Frenhofer invita a los otros dos a su apartamento, y no cesa de hablar sobre “La Belle Noiseuse”, afirmando que le ha dedicado muchísimos años, pero que ha tenido que rehacerla muchas veces porque nunca se siente lo suficientemente conforme.

Al hablar sobre su obra, Frenhofer entra en un estado de exaltación. Se pierde en difíciles consideraciones sobre la confección de los relieves en la pintura, sobre las líneas que encierran las formas y la necesidad de envolverlas más suavemente como en la escultura, o sobre la consistencia que se logra cuando las figuras se atacan desde el centro para luego expandirse hacia los alrededores. Intrigados, pero al mismo tiempo sabiendo que Frenhofer se halla alelado, Poussin y Porbus deciden retirarse. El viejo pintor guarda bajo llave “La Belle Noiseuse”, tal vez la obra más increíble jamás pintada.

Catherine Lescault

El segundo capítulo de La Obra de Arte Desconocida tiene lugar tres meses después del primero. Balzac lo inicia mostrándonos la visita de Porbus a Frenhofer, quien se halla en su apartamento en un estado de delirio. El anciano ha pasado las últimas semanas entregado completamente a su obra: la ha corregido, cambiado, rehecho, ha rivalizado con ella muchas veces, y otras tantas ha vuelto a su seno como un hijo pródigo. Es tal el poder de “La Belle Noiseuse” que Frenhofer se ha enamorado de la mujer, producto de su propia mano, considerándola superior e incomparable a cualquier otra que pueda existir en la realidad.

El hecho es que la relación de Frenhofer con su obra muestra un cariz peligroso. El viejo se ha vuelto ensimismado y celoso. Mostrar su obra a otro pintor, dejar que el cuerpo y el rostro de “La Belle Noiseuse” sean vistos por otro hombre, es un acto que evitará a toda costa. “¡Te mataría al instante!”, le dice a Porbus para disuadirlo de esta idea. Pero, incluso, la creación misma se ha vuelto para Frenhofer una cosa diferente: “¡Mi pintura no es una pintura –afirma-, es un sentimiento, una pasión! Nacida en mi estudio, debe permanecer virgen allí dentro, y sólo puede salir vestida”.

Tiempo antes de esta escena en el apartamento de Frenhofer, el joven pintor Nicolás Poussin había tenido una conversación con su amante, Catherine Lescault. Él le confesó todo lo decidido que estaba a convertirse en pintor; algo en las palabras de Frenhofer calaron en lo profundo de su alma, dándole la fuerza que necesitaba para terminar de convencerse de la potencia del arte y su propio futuro. La chica lo apoya enérgicamente, se aman. Pero, por alguna razón, a Poussin se le mete en la cabeza la idea de llevar a Catherine a la casa de Frenhofer para que este la retrate. Ella es la personificación de la belleza, jamás se ha visto una mujer de un talle tan esbelto, o con un cuerpo más delicado. Catherine Lescault sería un reto para el anciano, porque cómo podría aquel desdeñar su realidad en favor de una pintura.

Persuadida por Poussin la mujer decide aceptar su petición, y he aquí que justamente llegan a casa de Frenhofer cuando Porbus se encuentra allí. El trato es claro: Frenhofer comparará a Catherine –a la más bella mujer que puede encontrarse en París- con su propia creación, a cambio de lo cual les dejará ver “La Belle Noiseuse”. Frenhofer había asegurado muchas veces que su pintura rivalizaba con la realidad, que su mujer superaba por mucho cualquier porte o silueta sofisticada pero, ante Catherine Lescault, queda anonadado. Porbus no para de decir: “Mire usted, ¿no vale ella todas las obras maestras del mundo?”, y todos se estremecen contemplándola.

El viejo se lleva a la mujer a su estudio y permanece encerrado con ella unos minutos, luego de los cuales sale presa de una alegría desbordada. Los invita a entrar para ver su obra. Poussin y Porbus quedan “pasmados de admiración” al entrar al cuarto; aunque el viejo los insta a ir más hacia el rincón, todas las obras y bocetos que están dispersos por allí son extraordinarios, irradian una fuerza nunca vista, son como trozos de vida puestos a manera de testimonios. Por fin, los hombres llegan ante “La Bella Noiseuse”, y el viejo empieza un discurso del siguiente tenor:

“¡No esperaban tanta perfección! Buscan un cuadro y se encuentran ante una mujer. Hay tanta profundidad en este lienzo, la atmósfera en él es tan auténtica, que no pueden distinguirla del aire que nos rodea. ¿Dónde está el arte? ¡Perdido, desaparecido! Estas son las formas de una joven. ¿No he captado bien el color, lo fundamental de la línea que parece terminar el cuerpo? ¿No es el mismo fenómeno que nos presentan los objetos que están en la atmósfera como los peces en el agua? ¡Observen cómo los contornos se destacan en el fondo! ¿No da la impresión de que se pudiera pasar la mano por esa espalda? Por esto he estudiado durante siete años los efectos del acoplamiento de la luz con los objetos. Y los cabellos… ¿No los inunda la luz?... ¡Pero creo que ha respirado…! ¡Vean ese seno! ¡Ah! ¿Quién no quiere adorarla de rodillas? Sus carnes palpitan. Esperen, va a levantarse. (Págs. 47-48)

Frenhofer describiendo la más grandiosa obra de arte, mientras que Porbus y Poussin permanecen aturdidos, esforzándose por encontrar alguna línea, un poco de color en ese lienzo oscuro. Piensan que el viejo los está engañando, lo único que hay en esa tela son capas superpuestas de pintura. El viejo se sigue entregando al éxtasis, y ellos buscan desde este lado o el otro algún rastro de “La Belle Noiseuse”. Pero sólo al final, cuando están a punto de convencerse de la locura de Frenhofer, descubren en una esquina un pie desnudo, eso es todo lo que hay en el cuadro, un pie en medio del marullo de niebla y colores encontrados, pero “un pie encantador, un pie vivo”, que produce la sensación que detrás de todo aquello se esconde una mujer, como entre los escombros de una gran destrucción.

En alguna medida se explican el éxtasis del viejo: es el pie más real que jamás hayan visto. Pero no hay nada más allí, ni los ojos que dice Frenhofer haberle costado tanto, ni la naturaleza detrás de todo, ni la luz en el seno de la mujer, ni los realces o contornos de los que habla. “Frenhofer es más poeta que pintor”, dice Poussin a Porbus, observando el trance del viejo; “pero tarde o temprano se dará cuenta de que no hay nada en su lienzo”. Y como no es posible discutir ya en este terreno, los dos hombres y Catherine Lescault marchan sobresaltados, dejando a Frenhofer en un estado de locura.

Quizá sea cierto como afirmó Frenhofer que el arte necesita vida, pero también necesita fe. “Hay que tener fe en el arte”, piensa, porque el arte cuesta para su creador un drama complejo. Al cerrar esta historia quedan muchas inquietudes abiertas: ¿veía realmente Frenhofer “La Belle Noiseuse” en el lienzo a fuerza de sentirla tanto tiempo en su imaginación? ¿El arte vale todo el esfuerzo creativo y existencial así su logro sea apenas un pie retratado sobre el lienzo? ¿Frenhofer engaña a los otros pintores, reservándose para sí el placer de sublimarse con su pintura? Hay todavía un detalle al final de libro, que hoy no comentaremos, pero que demuestra todo lo profundo de la cuestión. El arte no es entretenimiento, aunque lo sea, y tampoco puede reducirse a la expresión o la hermenéutica, es, ante todo, una forma particular de relacionarse con la realidad e intentar trascenderla para sublimarla.
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La Obra de Arte Desconocida es un cuento que, a pesar de su mínima extensión, eleva por sus planteamientos la mente humana. Tras este tipo de literatura sólo puede hallarse una figura maestra como la de Honoré de Balzac.

NOTAS:
[1] ARISTÓTELES
(1947) Poética. Buenos Aires, Ed. Emecé. Pág. 44.

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José Ferrater Mora – Las Crisis Humanas



AUTOR: José Ferrater Mora
TÍTULO: Las Crisis Humanas
EDITORIAL: Salvat, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1972
PÁGINAS: 166
RANK: 7/10



Por Alejandro Jiménez
Iniciamos con la reseña de este libro la conmemoración de los cien años del nacimiento de José Ferrater Mora. A lo largo de 2012, estaremos acercándonos a varias de las obras del filósofo español para contribuir a la extensión de su pensamiento, así como a su análisis, convencidos de que él representa, dentro de la filosofía escrita en nuestra lengua, una figura privilegiada. Y es que no se trata únicamente del autor de uno de los diccionarios filosóficos más reputados, sino también, y en especial, de un pensador que disertó sobre temas de muy distinta índole como el futuro de nuestra especie, la historia de la filosofía, o el lenguaje, siempre haciendo gala de precisión y rigurosidad.

Este pequeño libro Las Crisis Humanas puede considerarse una introducción al trabajo de Ferrater Mora, ya que contiene una selección de fragmentos que corresponden a una obra de mayor envergadura: El Hombre en la Encrucijada. Algunos de dichos fragmentos fueron reescritos por el autor, eliminando de ellos “todas las notas eruditas y todos los pasajes que no cuadrarían en un libro destinado al gran público” (hay que recordar que la obra se publicó dentro de la Biblioteca General Salvat). Esto no significa que estemos frente a una unión arbitraria de textos, simplemente que Las Crisis Humanas es una versión simplificada, pero compacta de otro libro, con unos objetivos claros y la coherencia propia de un volumen teórico.

Lo que desea hacer notar Ferrater Mora aquí es que el hombre ha venido enfrentándose históricamente a todo tipo de crisis. Aunque es verdad que vivimos en una época en la que, de modo particular, experimentamos sensaciones de conflicto, no sería adecuado afirmar que las crisis son exclusivas de la modernidad. Por el contrario, estas se han reflejado en la realidad casi desde el momento mismo en el que el hombre alcanza su estado evolutivo actual. Lo que sucede es que las crisis y, más precisamente, las espirituales (filosóficas, existenciales), han mudado su aspecto de acuerdo a las épocas, siendo así una la crisis de los griegos, otra la de los romanos, y una aún más distinta la de los cristianos.

A partir de este convencimiento, el filósofo español elabora un recorrido histórico para rastrear esas crisis y las formas en que respondieron a ellas quienes las vivieron. En tanto una crisis implica todavía posibilidad de elección, de situarse; una historia de las crisis equivaldría también a una historia de los modos como se las enfrenta, y es allí donde el asunto se vuelve realmente complejo, puesto que las respuestas del ser humano pueden ser muchísimas: la resistencia, el aislamiento, la lucha directa, la pasividad, etcétera. Ahora bien, la intención de Ferrater Mora no es tampoco realizar una descripción de las maneras como el hombre ha respondido a sus crisis, sino examinarlas a la luz actual para observar qué elementos del pasado pueden contribuir a la comprensión de nuestra situación.

En este sentido, en Las Crisis Humanas se recupera el caso griego (los cínicos, estoicos y platónicos), el judío y el cristiano, para dar cuenta un poco del mundo antiguo y medieval, y luego se avanza en el estudio de la crisis moderna, desde el siglo XIV hasta el XX, para alcanzar finalmente la sociedad contemporánea y analizar sus propias características. Como se ve, es un libro ambicioso, el cual adolece en un único punto y es que la reflexión de la parte final se queda corta con relación a los estudios precedentes. Sin embargo, esa disertación es responsabilidad de nosotros, y una tarea que debe realizarse cada día con más urgencia.

Las crisis antiguas

Hay un primer aspecto que debe subrayarse con relación a las crisis antiguas, el cual tiene que ver con que, aunque hablemos aquí de modo general, las reacciones frente a los conflictos de la época, especialmente para el caso griego, son exclusivas de un cierto grupo de hombres: los filósofos. En una sociedad tan desequilibrada socialmente como la griega, es imposible pensar en que, por ejemplo, un esclavo, tuviese que situarse también frente a las crisis: por su condición no entraba en la categoría de ciudadano, y por su trabajo diario no tenía la posibilidad de incorporarse en el oficio del pensamiento. Algo similar se percibe en el mundo romano, y aún en el judeo-cristiano, en donde el trabajo de pensar alternativas siempre fue prerrogativa de un pequeño grupo dentro del gran conjunto.

Quizá si se mirara con más detalle esta cuestión encontraríamos que, descontando los logros que se han venido alcanzando en la modernidad, todavía hoy –aunque ya no por sometimiento, sino por desinterés o ignorancia- muy pocos se atribuyen el trabajo de analizar y tomar posición conciente frente a las crisis. La mayoría de personas sigue transitando sin rumbo claro, sin comprender su lugar histórico y las condiciones de su época. Por tal razón, hablar de hombre, como hablar de crisis humanas –y este punto no lo resalta lo suficiente Ferrater Mora-, equivale a designar una universalidad que, por naturaleza, nos abarca a todos, pero que, por condiciones objetivas, muy pocos llegan a comprender cabalmente.

Hecha esta aclaración podemos comenzar a observar el trabajo de Ferrater Mora. Un primer gran ámbito de crisis lo encuentra el autor en la sociedad griega que, si bien fue modelo en muchos aspectos, no dejó de experimentar su propio vértigo. La crisis griega es compleja: no encontrar el punto de equilibrio entre la vida mundana y los principios de sus dioses, la inestabilidad de lo real frente al mundo de las ideas, la falta de una cosmogonía capaz de abarcar toda la naturaleza, y la necesidad de organizar el estado adecuadamente, son algunas de sus direcciones. Frente a esta situación, el libro señala tres respuestas principales: la de los cínicos, la de los estoicos y la de los platónicos.

La escuela cínica encontró que la mejor alternativa frente a su situación era replegarse lo máximo posible en sí mismo; fuera del individuo –pensaba- sólo se hallaba el vacío. En contraste con los contemporáneos que buscaban a toda costa dar algo de orden al mundo circundante, los cínicos mantuvieron siempre como principio la no actuación. Hasta tal punto estaban convencidos de lo inútil que resultaba cualquier esfuerzo de entendimiento, que si se movilizaron en algún sentido, lo fue apenas para atacar los convencionalismos de su sociedad y hacer escuchar sus diatribas, aquel discurso del desprecio que les fue tan característico.

En los cínicos se revela un “feroz individualismo”, una burla hacia el impulso que lleva al hombre a movilizarse en la búsqueda de respuestas, sin darse por enterado de que siempre carecerá de éstas. Sin embargo, ellos no fueron los únicos que dentro del mundo griego afrontaron las crisis apartándose: la escuela estoica hizo otro tanto en esta línea. Para este grupo, el retroceso hacía sí mismo también era una necesidad, sólo que no debía realizarse bajo el convencimiento de la inferioridad humana, sino a modo de un acto de resistencia, el cual consistía en usar el propio juicio para evitar el sometimiento, y el entender la naturaleza como un refugio y un punto de referencia para el equilibrio.

Ferrater Mora insiste en que el pensamiento de los estoicos trasciende el de los cínicos en la medida en que se soporta en una base ética: primero, por su idea de resistencia que intentaba conjurar el “peso abrumador del poder” y la “actividad disolvente de la anarquía” y, segundo, porque en ellos la soledad no es un lugar estático, sino un espacio de práctica, de estudio de la naturaleza, de juicio sobre uno mismo y el mundo. A diferencia de muchas formas de pensamiento de la época, los estoicos quisieron actuar inicialmente, y luego intentar extraer de allí los principios de su vida, y esto los implicaba política y éticamente como hombres. Y actuar, para el estoico, es romper con los lazos de la imposición, replegarse en el seno de la naturaleza y resistir desde allí todos los embates:

“El estoico no huye; si se quiere ‘huye hacia sí mismo’. La evitación de la muchedumbre, el contentarse consigo mismo, el retirarse en todos los frentes: he aquí diversas maneras de practicar esa ‘interiorización’ que no excluye seguir viviendo en medio de la sociedad –y hasta regentarla-, pero que subraya que la vida social debe practicarse –de nuevo- como si no fuera necesaria” (Pág. 29)

Este fue el modo como respondieron los griegos a sus crisis: unas veces despreciando su situación y hasta el propio anhelo de superarla, otras veces buscando la soledad y, con ella, la vuelta a la naturaleza que, tal vez, podría limpiarlos de sus problemas sociales. Pero aún hubo una alternativa más en la antigüedad, la de los platónicos. Para éstos, la verdadera solución a las crisis no estaba en el desprecio ni en una resistencia regresiva, sino, al contrario, en la marcha activa hacia el frente, hacia el conocimiento de la realidad. En otras palabras, los platónicos hicieron del conocimiento su forma de “salvación”, pues estaban persuadidos de que conociendo el mundo podrían superar sus crisis.

Ahora bien, el inconveniente de la escuela platónica consistió en que su conocimiento se tornó rápidamente ideal; sólo en la idea encontró la estabilidad que, pensaba, debería alcanzar el mundo real. Si ese universo perfecto que había hallado Platón en sus ideas y, sobretodo, esa estabilidad que le era intrínseca, pudiesen expandirse a lo real, las crisis de la vida terminarían para siempre. Pero como la realidad iba cambiando irremediablemente, muy pronto la salida de los platónicos se volvió utópica y, por ende, tan evasiva como la de los cínicos o los estoicos. De allí que Ferrater Mora considere para ellos cuatro puntos ineludibles: “1) azorarse ante la magnitud de los problemas terrenales, 2) buscar la salvación en el mundo de las ideas, 3) liberar el alma de las ligaduras terrestres y, 4) consagrarse a la contemplación de lo inteligible, con entero menosprecio y radical negación de lo sensible”.

Pero si es verdad que los griegos no llegaron nunca a centrar su vida en una sola de estas salidas, no es menos cierto que para el pueblo judío y cristiano las cosas fueron también difíciles. El primero, anduvo desde su origen en medio de la inestabilidad, lejos de la certeza, por lo menos, de poseer un territorio. Los judíos, como se sabe, han sido una comunidad marcada por varias crisis históricas: la exclusión, la diáspora, la esperanza que debe probarse frente a toda clase de adversidades, sus encuentros y rupturas con el mundo cristiano, etcétera. Ferrater Mora observa que la consecución de alternativas para sus distintas crisis cuesta también para el pueblo semita su división, no la unión en una sola vía.

Y es que, si bien los judíos coinciden, por ejemplo, en su visión de la naturaleza como espacio de peregrinación, o en el considerar la oración el medio que los une a su pasado y su futuro, en su interior pueden percibirse diferentes maneras de comprender sus problemas y, en consecuencia, distintos modos de solucionarlos. Ferrater Mora, presenta en su libro una selección de estas vertientes del pensamiento semita en el apartado Los Futuristas, centrándose, obviamente, en escuelas que existieron en la antigüedad, anteriores y contemporáneas al nacimiento del cristianismo.

En primer lugar están los saduceos, quizá el grupo más abierto de los judíos, quienes estaban convencidos de que su pueblo debía diseñar estrategias que posibilitaran ampliar los márgenes de libertad. Los saduceos no querían encerrarse como comunidad, sino estar siempre dispuestos al diálogo cultural que pudiera facilitarles superar sus crisis, razón por la cual no eran tan fanáticos como otras facciones judías. Casi en las antípodas de ellos, se encontraban los fariseos, más rígidos y dogmáticos, tal vez inmersos en el diálogo, pero víctimas de su propio recelo y prevención. El fariseo –dice Ferrater Mora- es principalmente un formulista, y resuelve todo con máximas que pueden no estar acordes con las demandas de su realidad.

Más allá de los saduceos y los fariseos, pueden hallarse grupos más radicales: los extremistas, una facción judía de corte apocalíptico, encerrados en una vida “anacoreta”, y nada dispuestos a entender los problemas de su pueblo por fuera de los parámetros de la propia religión; también los esenios, comunidades cerradas que defendían al límite de la milicia los principios y dogmas más estrictos del judaísmo y; finalmente, los zelotes, más rígidos y violentos que cualquiera de los grupos precedentes. Así pues, como se ve, los semitas tuvieron por suerte enfrentar su crisis en la antigüedad apelando apenas a su impulso propio, sin permitir ponerse en comunicación con otros pueblos y, por ende, sin llegar a comprender que muchos de sus problemas fueron producto de su negación hacia lo exterior.

El análisis de Ferrater Mora sobre las crisis antiguas concluye con el caso del cristianismo, el cual trajo para la humanidad su propio inventario de conflictos; cómo enfrentar la vida individual para seguir el legado de Jesús, cómo diseñar un centro de regulación religioso (la iglesia), o cómo vincular a los otros individuos en mi búsqueda de salvación, fueron algunas de las inquietudes en aquel entonces. Quizá pueda deducirse que, en el caso del cristianismo, las respuestas a las crisis partían de un único punto: Jesucristo, y esto es cierto, pero debe aclararse que esta figura generó inmediatamente una amplia variedad de interpretaciones y que, por tanto, cristianismo no es una palabra que se pueda asumir sin precisiones.

Las Crisis Humanas plantea la cuestión cristiana de la siguiente forma: la vida de Jesús constituyó, por primera vez en la historia, la experiencia de un dios hecho hombre y, para el mundo que vino después, la certidumbre de que era posible vivir en concordancia con lo divino aun siendo humano. La idea sobre la que se fundó la iglesia fue, justamente, que los desequilibrios que enfrentaba el hombre eran situaciones en las que se debía probar con mayor energía la fe en el legado de Jesús. Así, lo que quiso el cristiano –y aún quiere (si no interpreto mal su doctrina)- es enfrentar a base de esperanza y convicción sus tres principales crisis: el desequilibrio entre este mundo y el otro, entre el hombre y la sociedad y entre la acción y el pensamiento.

Las crisis de la época moderna

Con la crisis del cristianismo logra darse cuenta, al menos ilustrativamente, del mundo medieval, el cual vendrá a arrojarnos en una nueva época que, aunque prescindirá en muchos aspectos de lo religioso, no por ello superará del todo las tensiones y conflictos. La definición de qué hace particular la crisis moderna con respecto de las antiguas y medievales es un asunto harto complejo. Ferrater Mora señala que, incluso, la sola precisión de los períodos históricos ya representa un inconveniente. Sin embargo, el autor afirma que hay algunas características que son particulares de las crisis modernas: primero, que son críticas, luego, sumamente inestables y, por último, tienen una amplitud global.

Lo que intenta hacer notar Ferrater Mora es que con la modernidad se inicia un proceso histórico en el que las crisis humanas empiezan a ser entendidas como movimientos totales que implican un caos absoluto, o una liberación definitiva. Progresivamente, se irá encontrando que las crisis abarcan a mayor número de personas, hasta el punto de que hoy por hoy hablemos de crisis mundial, de un fenómeno que nos abarca a todos, tomemos o no parte conciente en el asunto. Para la comprensión de esto, el libro presenta una división diseñada a partir del número de individuos que se vinculan en los conflictos, así, se habla de la crisis de los pocos, la de los muchos y la de los todos.

La crisis de los pocos abarca aproximadamente del siglo XIV al XVII. Se desarrolla mientras el mundo experimenta un amplio crecimiento comercial (en buena medida potenciado por la conquista de América), transformaciones en el pensamiento de los hombres (merced a las reformas religiosas) y el nacimiento de la burguesía. Empero, es la consolidación de la razón como herramienta para la organización de la naturaleza lo que será más distintivo en esta época; no habría sido posible la paulatina separación de la fe, si en su lugar no se hubiese puesto en marcha el discurso de la razón: “hallar las raíces de acuerdo a las cuales se creía que se podía vivir”. En palabras de Ferrater Mora:

“En vez de mantenerse sin variar un punto, en la vieja tradición; o en vez de buscar la viva fuente de la fe en el alma interior; o en lugar de contentarse con un modus vivendi cualquiera, basado en la burla sarcástica o en la escéptica benignidad, se trató de encontrar verdades firmes e indubitables, que no dependiesen del albedrío individual, que pudiesen ser aceptadas, ‘creídas’ por todos. Para ello bastaba en principio el ‘sentido común’” (Pág. 107)

Se trata de una crisis de pocos porque, si bien el discurso de la razón prevalece en la época, es una voz que alzan apenas unos cuantos filósofos y científicos. La educación, la libertad, las condiciones materiales permiten que algunas pocas personas puedan dedicarse a la tarea de plantearse problemas de este tenor: ¿quién debe mandar últimamente la sociedad?, ¿qué cosas pueden y deben ser creídas?, ¿qué razones sólidas pueden argüirse para creer en ellas?, etcétera. Y las respuestas de estas personas fueron siempre en la vía de las ideas y la razón; un tiempo en el que nuevamente se pensó –como había pasado en Grecia- en que la misma naturaleza se encargaba de ofrecer las soluciones para las crisis.

Del siglo XVII al XVIII la humanidad asiste a un nuevo clima social que exige el compromiso de un número mayor de personas. Los cambios en la organización política, las transformaciones técnicas, y los avances del conocimiento científico, contribuyeron a que las cuestiones de urgente debate fueran aumentando su margen hasta abarcar una capa más amplia de la sociedad. Era necesario adaptarse a esos cambios, pero resultaba imposible hacerlo aceptando la idea de que la conciencia de pensar el mundo era un asunto de pocos. En este sentido parece entender Ferrater Mora el trabajo de los ilustrados y de los abanderados de la Revolución Francesa.

Lo interesante de esta época es descubrir que, aunque ese espíritu de sentirse parte del mundo, involucrado en él, precisaba para el hombre todavía más crisis que las experimentadas hasta entonces, no se desconfió en el poder de la razón, del entendimiento. Podría ser palpable la permanencia en la realidad de la desigualdad, la miseria, las privaciones, pero el hombre moderno quiso con todas sus fuerzas acercarse a examinarla y buscar el mejor medio de solución. De esta manera, si se busca señalar cuál fue la respuesta que dio el hombre de estos siglos a sus crisis habría de aventurarse esta tesis: el conocimiento desde la razón. Y en este camino trabajaron todos, porque la razón no debía considerarse un privilegio de los pocos, sino una herramienta de lucha para muchos.

Es así que durante los siglos XIX y XX las crisis del hombre van a desembocar en una última etapa, caracterizada por su alcance global. Son muchos los aspectos socio-históricos que pueden señalarse como contextuales: la expansión geográfica del mundo moderno hacia continentes y regiones distintas a Europa, todo ello de la mano del colonialismo cultural; la fortificación de las ideas de la evolución de nuestra especie; las tesis sobre el progreso económico; la exigencia, cada vez más fuerte, de que la ciencia no debía limitarse a describir los fenómenos de la naturaleza, sino contribuir a la resolución del problema social, entre otros.

No es muy amplio el análisis que desarrolla Ferrater Mora al respecto de cómo sortea el hombre la crisis que supone sintetizar todos estos elementos. De cualquier forma, la idea de que todas estas cuestiones ya no involucran a unos pocos o, ni siquiera, a muchos individuos dentro de la sociedad, sino a todos los seres humanos, permite formular las soluciones de un modo general: primero, el hombre moderno intentó en esta época proponer discursos políticos basados en nociones amplias (clase, libertad), de manera que ninguno pudiese escapar a sus principios; la ciencia elaboró sendas teorías para llenar los vacíos que la religión históricamente había mantenido; y la economía se nutrió con vigor de las teorías del progreso para demostrar que era posible la riqueza de los pueblos.

Unas líneas sobre la crisis contemporánea

Mas, todos estas direcciones en que respondió el hombre moderno a las crisis pronto dejaron ver sus falencias: los discursos políticos degeneraron en nacionalismos y dictaduras; las teorías científicas terminaron erigiéndose a modo de fundamentalismos, o a ser utilizadas para la autodestrucción; y la idea de un progreso ininterrumpido mostró que necesitaba para sostenerse aceptar la cosificación del hombre o su sometimiento ante la técnica.

De algún modo, frente a las crisis de la antigüedad el hombre contemporáneo sólo parece haber ganado en un aspecto: involucrarse en ellas –así sea nominativamente-. Estamos en una época en la que es posible pensar la crisis, sin importar nuestra condición social o ideológica; quizá Ferrater Mora no marque con la suficiente insistencia este punto, pero estamos persuadidos de que también lo advirtió de manera profunda. Después de un viaje de más de dos mil años el hombre se mira ante el espejo y descubre que lo que lo separa de su antepasado griego es apenas un bagaje histórico, y el hecho de haber levantado una estructura social capaz de englobar completamente a los seres humanos.

Son tres los elementos que se enumeran en Las Crisis Humanas como constitutivos del problema de nuestra época: la técnica, la organización y la fe. Sobre cada uno de estos aspectos Ferrater Mora escribe sus consideraciones. En su opinión, el principal inconveniente con relación a la técnica es que ésta ha eliminado muchas de las posibilidades de relación directa entre los hombres (y eso que el filósofo español no conoció la ampliación que viene alcanzando en los últimos años la internet y los medios de comunicación). Formulada la pregunta con el ánimo de encontrar una alternativa, sería: ¿cómo evitar no ya tanto el mal uso de la técnica (de las máquinas), sino sobre todo la manipulación técnica de los hombres?

La segunda crisis que enfrenta la sociedad contemporánea tiene que ver con su propia organización. Nunca, como hoy, fue palpable la reinvención de los límites entre países y culturas; el comercio, la tecnología, la colonización cultural, etcétera, constantemente ponen sobre la cuerda floja las seguridades que hasta hace unos siglos parecían tenerse en torno a nuestra identidad. El hombre parece estar frente a un dilema peligroso: aceptar la novedad continua, lo que significa aceptar una identidad no determinada, o establecerse en un fundamentalismo intolerante ante al contacto. El problema que debe solucionarse respecto de la organización es, por ello: ¿cómo equilibrar la progresiva unificación del mundo, con la defensa y respeto de las diferencias sociales y culturales?

Finalmente, el otro aspecto que resalta Ferrater Mora sobre nuestra situación actual tiene que ver con la fe. En especial a partir de las guerras mundiales que marcaron la historia del siglo anterior, y las terribles consecuencias que estas develaron, al hombre le cuesta encontrar algo para sosegarse, se siente arrojado y vulnerable, al modo de los personajes existencialistas. En este sentido, son pertinentes, y tal vez más que nunca, preguntas como: ¿necesita el hombre la fe?, y si es afirmativa la respuesta, ¿en qué debe tenerla? La fe nos ha mostrado sus caras amables en la historia, pero también toda la muerte a la que puede conducirnos. Es tiempo de que tomemos posición al respecto:

“Tan pronto como escarbamos al hombre medio contemporáneo descubrimos que así como lo que llama ‘desesperación’ es en buena parte la busca de una creencia firme, lo que califica de ‘fe’ es con frecuencia una mera reacción frente a la incertidumbre en que se siente sumergido. El solo fanatismo con que a veces defiende su fe nos muestra que alguna falla debe de haber en ésta” (Pág. 166)
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Las Crisis
Humanas es un libro que no ofrece respuestas, sino amplía la gran pregunta por el hombre. Sugestivo y bien fundamentado, es una obra que debe leerse con cuidado y pasión.

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Mark Twain – Príncipe y Mendigo



AUTOR: Mark Twain
TÍTUTLO: Príncipe y Mendigo
EDITORIAL: Diana, S.A. (Tercera edición)
AÑO: 1958
PÁGINAS: 302
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

Como sucede con buena parte de sus obras, esta historia de Mark Twain ha trascendido la escritura, al punto de conocerse sobre ella muchas versiones animadas, orales y cinematográficas. De alguna manera, es una novela que lo facilita puesto que posee los rasgos que generalmente dan fuerza a estos medios: aventura, humor, tensión entre el bien y el mal, etcétera. Lo interesante, sin embargo, es encontrar que Príncipe y Mendigo no es únicamente la historia de dos muchachos que se ven inmersos en una confusión, sino también una crítica a ciertos valores de la sociedad inglesa, los cuales, aunque parecen propios del pasado, perviven en las acciones y el pensamiento de muchas personas (también en Norteamérica).

No se trata de algo exclusivo de esta novela. Por el contrario, al revisar la narrativa de Mark Twain salta a la vista que la crítica fue siempre una de sus prioridades: unas veces para denunciar la pobreza de sus compatriotas, otras para mostrar la contracara del progreso industrializado, y unas más para satirizar la esclavitud y sus defensores. Así, al deseo de romper con los moldes académicos, invariablemente suma el autor una literatura que permite a sus lectores reconocerse socialmente. Una síntesis que supo elaborar tan bien como para llevar a otro grande de su país, el escritor Ernest Hemingway, a afirmar: “toda la moderna literatura americana arranca (con) Mark Twain” [1].

Príncipe y Mendigo no es una obra que se destaque por su estructura narrativa, antes bien, tiene todas las cualidades del esquematismo: linealidad, pocos quiebres de tiempo, un único narrador y la división clásica por capítulos. Mas, si en lo que corresponde a la organización de las ideas, la novela se muestra sobria, en su lenguaje se revela toda la claridad y sencillez de los buenos escritores. Twain –como Stevenson, como Dickens- traza sus líneas con un ritmo tan firme y envolvente que no hay forma de evitar irse sumergiendo en ellas; esta es una de esas novelas que se van leyendo solas, que parecen dejar el papel de lado y alzarse a nuestros oídos para contarse más directamente.

Hay una pequeña nota al inicio de Príncipe y Mendigo que da cuenta de esta dimensión que podríamos llamar oral de la novela: “Voy a contaros un cuento –afirma el narrador-, tal como me lo refirió cierta persona, que lo sabía por su padre; el cual lo conocía por el padre suyo; quien igualmente lo había aprendido de su padre…”. Es una estrategia que busca generar intimidad entre el autor y el lector, sugiriendo escuchar más que leer. Y esta idea no la pierde de vista en ningún momento Twain; al contrario, vuelve reiterativamente a subrayarla: esta es una historia que puede o no creerse, como todo lo que se cuenta a viva voz, pero vale mucho la pena escucharla así sea a modo de leyenda.

A continuación se hará un pequeño resumen de la obra, luego de lo cual habrán dos apartados para: 1. mostrar cómo el esquematismo estructural de Príncipe y Mendigo también se refleja en sus personajes y, 2. señalar los puntos sobre los que se hace más notoria su crítica social.

Eduardo Tudor y Tom Canty

A mediados del siglo XVI nacieron en Londres Eduardo Tudor y Tom Canty. El primero, futuro rey de Inglaterra, lo hizo en medio de la alegría de su pueblo, quien venía deseándolo por mucho tiempo; el segundo, lo hizo lejos de las multitudes, viniendo a traer más desazón que felicidad a su familia, pobre por naturaleza. Como corresponde a las circunstancias, la infancia de ambos transcurrió en medios diferentes; mientras Eduardo recibía una educación integral y era atendido por numerosos sirvientes, Tom pasaba los días por las calles mendigando con sus padres y hermanas; el uno dormía en cama de seda y comía manjares, el otro reposaba sobre el suelo y se alimentaba con las migajas provistas por su madre.

Mas, he aquí que Tom tuvo la suerte de conocer al padre Andrés, un hombre bondadoso que lo instruyó, enseñándole a leer y escribir. Gustoso de lo que encontraba en los libros, especialmente en aquellos sobre príncipes y caballeros, el muchacho comenzó a olvidarse de su vida de mendigo (que francamente lo avergonzaba); dedicaba las horas a imaginarse como príncipe, e inventaba para el caso cortes y palacios con sus amigos. Tanto leyó e imaginó sobre el asunto que pronto supo muchísimo, y esto aun cuando su precio era el disgusto y castigos de su padre que lo miraba como alguien que se había desquiciado.

Cierto día en el que Tom se alejó más allá de los muros de Londres se encontró de frente con el Palacio Real. Su inquietud, acrecentada durante años por los libros, lo hizo acercarse a sus puertas, de las que fue despedido brutalmente con un golpe del guardia. Eduardo, quien, a la sazón jugaba en el prado, se percató de lo sucedido, y no sólo reprendió el comportamiento de su sirviente, sino que además invitó al joven a conocer el Palacio. Puede pensarse cuál fue la sorpresa de Tom al verse caminando por semejante sitio y, sobretodo, en compañía de un príncipe de verdad. Eduardo lo convidó a su habitación y después de conversar sobre sus vidas –que no alcanzaban a comprenderse cabalmente- decidieron intercambiar sus vestidos.

Minutos después, todavía ofendido por la violencia con que el guardia había tratado a alguien tan amable como su amigo, Eduardo bajó con la intención de regañarlo más severamente. No obstante, olvidó que todavía tenía puestos los andrajos de Tom –con el cual tenían un extraño parecido-, y ni sus palabras ni su fuerza fueron suficientes para evitar que el guardia lo atrapara, golpeara y expulsara del palacio. Hecho con el que se inició la gran confusión del siglo: tener al príncipe Eduardo fuera del palacio, como si se tratara de un mendigo, mientras en su lugar se hallaba un joven humilde que por azar había terminado sustituyéndolo.

Las cosas fueron mostrando su verdadero alcance paulatinamente. Tom, educado con los libros sobre muchas cosas de la realeza, no podía convencer a nadie de que era mendigo de Offal Court; todos pensaron que era víctima de una locura pasajera, y que debía procurársele atención y ayuda para recuperarse. Por su parte, Eduardo no encontraba a una sola persona que diera fe a sus palabras; a la vista de todos también estaba loco, era un joven que desvariaba peligrosamente. Así pues, ambos muchachos tuvieron que empezar a enfrentar su situación con valentía: Tom, aprender lo mejor y más rápido posible lo que no sabía sobre etiqueta, comportamiento, órdenes y demás; y Eduardo cómo desenvolverse evitando los azotes del viejo Canty –padre de Tom- y la burla del pueblo en general.

Dos aspectos dificultaron más la situación: el primero tiene que ver con la muerte del rey, que significaba para Tom su inminente coronación, aun cuando no fuese el heredero real. Pronto tuvo Tom que dirigir reuniones y decidir sobre temas particulares, apelando a la ayuda de Hertford y St. John (que aprovechaban la “locura” del ahora rey para granjearse posiciones). El segundo aspecto involucra a Eduardo; se trata de la muerte del padre Andrés a manos del viejo Canty, y su huida fuera de Londres, obligando al muchacho a seguirle. Precisamente, todo lo que vino para Eduardo después de su salida del Palacio tuvo que ver con estar huyendo de aquel salvaje y su horda de amigos, que buscaban ubicarlo en los “trabajos” más deshonrosos: robando, mendigando o sirviendo de coartada.

Sin embargo, para auxilio de Eduardo, llegó a su vida Miles Hendon, un soldado valeroso que volvía hacia Hendon Hall, la tierra de su padre, amplia y productiva. Aquel hombre se topó con el muchacho cuando éste era obligado a escapar hacia Southwark; molesto por la forma en la que el viejo trataba al niño decidió ayudarlo. Pero, pronto descubrió Miles que el chico andaba mal de la cabeza, insistía en ser el sucesor del rey, y en que una vez restituido su lugar tomaría decisiones respecto de todas las personas que había conocido. El soldado pensó que lo mejor era no contradecirlo, y por eso congeniaron tan bien: en ningún instante y sin importar las adversidades, Eduardo dejó de sentirse príncipe, y ni sus palabras ni sus acciones lo desmentían.

Los meses pasaron para Eduardo enfrascado en semejante lío, unas veces a salvo al lado de Miles, y otras tantas raptado de nuevo por la horda de mendigos-ladrones, quienes lo llamaban rey Fu-Fu I, e iban de pueblo en pueblo, por el campo, haciendo de las suyas. Conforme a este ir y venir, pudo el príncipe conocer familias campesinas, salvarse de la muerte a manos de un ermitaño, atestiguar la dureza de las leyes instauradas por su padre y, por último, visitar la tierra de Miles Hendon, en donde cayó preso, junto a él, por orden de su propio hermano, un tirano a quien no le vino nada bien la llegada del soldado. Pero, después de aquellas semanas en la cárcel, supo perfectamente Eduardo que debía regresar a Londres, y a esta tarea dedicó sus energías.

Entretanto, aunque la vida para Tom no había sido fácil, las oportunidades la habían hecho más llevadera y, en consecuencia, cada día iba encontrándose más cómodo. Los recuerdos de su familia volvían y eran perturbadores, pero irreconciliables con su realidad. Tanto fue el gusto que encontró Tom en todo aquello que pronto los rumores de su locura desaparecieron, y todos los londinenses –ricos y pobres- dedicaban sus palabras más cuidadas para referirse a él. De este modo, se explica que el día de su coronación las calles estuvieran atestadas, llenas de alegría y veneración. Ese día coincide con la vuelta de Eduardo a la ciudad; pero si ya muchas veces se rieron en su cara al tratar de explicar su verdadera condición, ¿qué podría suceder ahora diferente para evitar que se corone al rey equivocado?

El esquematismo de la novela

Como se hizo notar antes, Príncipe y Mendigo es una novela con una estructura narrativa fuertemente lineal. Esta es una de las características más notorias de la literatura clásica de aventuras, la encontramos en los libros de Stevenson, en los de Verne e, incluso, en los de Dickens. Sin embargo, para el caso particular de esta novela, se encuentra que la linealidad no se reduce estrictamente a lo estructural, sino que también tiene un correlato en el nivel de los valores y comportamientos de los personajes, los cuales podrían catalogarse, arguyendo muchos ejemplos, como esquemáticos.

Cuando se dice aquí que la novela de Twain es lineal en su estructura se está pensando en varios elementos: 1) En que, como sucede con los cuentos tradicionales, su organización se basa en inicio-nudo-descenlace; 2) en que estas partes están narradas justamente en ese orden y que, al hacerlo, no hay rupturas temporales –analepsis o prolepsis-; 3) en que la voz narrativa es una sola, omnipresente, lo que equivale a tener un solo punto de referencia sobre lo narrado; 4) en que todos los capítulos poseen una extensión similar y; 5) en que su forma equilibra en un juego de importancia semejante los diálogos y la narración como tal.

Estos elementos, como es obvio, hacen que la novela no tenga mayores alcances en lo que se refiere a la organización, que sea simple. De allí la importancia de que su lenguaje sea dinámico y envolvente, y de que su historia sea entretenida: si Mark Twain no puede convencer a nivel estructural, al menos lo hace con su lenguaje –como se dijo al principio-, y con parte de su historia que, aunque de momentos es predecible, tiene muchos matices irónicos y humorísticos que resultan memorables. Ahora bien, hay otro aspecto que se destaca en Príncipe y Mendigo que acentúa la sensación de esquematismo, y es que los personajes de la novela se mantienen demasiado encerrados en un único perfil, y ese perfil es eminentemente dicotómico, o se es bueno o se es malo.

La explicación de este aspecto podría hacerse fácilmente sugiriendo un cuadro comparativo entre los personajes buenos y malos de la historia, entendiendo por bueno lo incorruptible, valeroso o virtuoso y, por malo, lo violento, lo soez o lo injusto. En la novela, no es posible que un mismo personaje tenga valores en uno y otro sentido, deben decidirse enteramente en una sola vía, factor que de alguna manera revela su rigidez. Por ejemplo, no hay nada bueno en el viejo Canty, es un hombre despreciable por donde se lo mire: agresivo, grosero e inculto, de la primera a la última página de la novela, no logrará escapar de este rótulo. Y algo semejante se diría de un personaje como el padre Andrés, a quien ni siquiera hurgando en lo profundo se le hallaría rasgo malo: es sabio, paciente y noble.

Y no son esquemáticos solamente los personajes secundarios, sino también los principales, los cuales no son buenos o malos según las circunstancias, sino que van midiendo su carácter –que es siempre el mismo- en situaciones adversas o positivas. Eduardo Tudor no deja de ser nunca un muchacho templado y valeroso; sabe que si se ha visto en un incidente como el suyo, no por ello debe actuar de forma distinta a la virtud; lleva al límite su condición que ni por un minuto piensa en vengarse de Tom al percatarse de que éste no elabora planes para buscarlo, y aun cuando para su fuero interno piense que, al volver al poder, hará esto o aquello con quienes en su travesía conoce, no es conducido por un ánimo de revancha, sino por el afán de restituir la justicia en un lugar en que se ha perdido.

Así podría enumerarse la lista. Entre los buenos: Miles Hendon, hombre sensato y valiente, que además posee un ánimo sobrecogedor; la madre de Tom, honrada y entregada a su familia a pesar de la pobreza; y otros personajes de menor relevancia. Y entre los malos: el tío Hertford, de apariencia honesta, pero en el fondo hipócrita; sir Hugo Hendon, el hermano déspota de Miles, culpable de la muerte y desdicha de su familia; y gran parte de la comunidad de mendigos-ladrones que conoció Eduardo.

Que la novela funcione de este modo hace muy difícil las transiciones de personalidad. Hay obras que han trabajado mucho en esta perspectiva, en examinar que nadie es totalmente bueno ni enteramente malo, y que cada ser humano –así se trate de su expresión literaria- rehúye las limitaciones maniqueistas. Sobretodo en la novela contemporánea, pero ya desde hace varios siglos, es posible encontrarse con esos villanos que dejan ver algo que atrae y hasta causa admiración o, por el contrario, héroes de tono aburrido y falsificado. Esas acciones malas que también tienen un perfil virtuoso, o la bondad que esconde podredumbre son inquietudes que están más bien lejanas de esta novela.

Tal vez sólo haya una transición en la historia y es la que corresponde a Tom Canty. Se trata también de un hombre justo, tanto, que su primer deseo y la constante de su vida en Palacio es reconocer que él no es el príncipe, sino un simple mendigo; son las circunstancias, el hecho fatal de no poder escapar y olvidarse de todo, lo que lo va encerrando en el tejido de la rutina principesca. El ir encontrando el gusto del mandato, el olvidar su familia y orígenes es algo que empieza a suceder, pero nunca se realiza completamente; es decir, cuando la transición empieza a completarse, cuando Tom está por asumir una vida que no le pertenece, viene el arrepentimiento y la vergüenza; lo cual comprueba con más fuerza su esquematismo.

La crítica social

Las interpretaciones de Príncipe y Mendigo han estado orientadas tradicionalmente a reconocer en la novela un llamado de atención a muchas leyes de la monarquía. Esta forma de ver la obra es acertada y sobre ese aspecto podrían citarse muchos referentes. Sin embargo, asistir sin más a ella limitaría la crítica a un solo núcleo de la sociedad, cuando en la novela es posible hallar más componentes que no quedan exentos de denuncia como la burocracia, los excesos de los ricos, la criminalidad, etcétera. Por tal razón, resulta más acertado seguir la distinción que hace el título de la novela, y tratar de rastrear a partir de ella cuáles son aquellos aspectos sobre los que Mark Twain dirigió su mirada.

En primer lugar, hay una crítica a ciertas prácticas de la realeza y, en general, de las clases adineradas. Con relación a la burocracia porque vamos conociendo mientras vemos la vida de Tom en el Palacio el complicado esqueleto gubernativo de la sociedad inglesa; el mismo muchacho escucha con no poca consternación, la larga lista de estamentos que dan orden al gobierno, pero también todos los cargos, prerrogativas y deberes que poseen las personas que hacen parte de ellos. No por otra cosa será tarea tan demorada y difícil para el muchacho aprender la jerarquía y mutua implicación de todo aquello; siendo así que se aburrirá tenazmente cuando no encuentre el lugar de lo humano en lo institucional.

Los excesos de la realeza son otra crítica de la novela. La palabra intimidad parece ser algo que no existe en la vida de Palacio: un príncipe asistido por decenas de sirvientes que lo visten, lo peinan y están pendientes de sus necesidades, sin poder servirse por sí mismo –a costa de ser mal visto- para cosas tan simples como abrir la puerta. Comidas descomunales que contrastan con la pobreza de la mayoría, vestimentas que cuestan una fortuna utilizadas una sola ocasión, y preparativos para galas con las más enmarañadas rutinas y tiempos; todo hace parte de esa vida ostentosa, pero incomoda, que con frecuencia tantos desean. Los excesos alcanzan, incluso, puntos insospechados: el oficio de un niño de los azotes (alguien a quien pagan por recibir los golpes que merece el amo por no aprenderse la lección), o el de un catador real (para que corra primero él el riesgo de los envenenamientos).

Está también la crítica de lo que podríamos llamar las figuras nominativas. Se trata de algo que descubrirá el propio Tom cuando sea llamado a presidir los concejos, pero a obedecer casi sin la oportunidad de contrariar las decisiones de los otros. “El no era más que un rey de nombre –dice la historia- pues aquellos graves ancianos y encumbrados nobles eran sus amos”. Aunque su potestad se lo permita, las normas establecidas y el buen orden, no dejarán que, por ejemplo, aquel muchacho llame a casa a su verdadera madre y le dé todo con lo cual vivir dignamente y sin preocupaciones.

Finalmente, está la crítica a las leyes injustas. Escribe Mark Twain, en la última página del libro, que para la época de su historia existían en Inglaterra 223 delitos que eran castigados con la muerte. Es cierto que para algunos de ellos podría parecer una alternativa, por lo menos, equilibrada, pero para otros, no cabe duda que eran exagerados. Un envenenador corría el riesgo de morir hervido; ladrones simples, de ser quemados lentamente; un mendigo descubierto sufriría cortes en sus dedos y, de reiterar, moriría en la horca. Curiosamente, en la novela quien más tiene contacto con estas situaciones es Eduardo, ya que en su trasegar fuera de Londres va acercándose a realidades difíciles, que no caben en su cabeza como leyes instauradas por su padre y, en todo caso, aplicadas severamente. El caso de dos mujeres quemadas resulta a sus ojos especialmente triste:

“Las mujeres tenían la cabeza inclinada y con las manos se cubrían el rostro. Las amarillas llamas comenzaron a trepar por entre la crepitante leña, y unas guirnaldas de humo azul subieron a disiparse en el viento. En el momento en que el clérigo alzaba las manos y empezaba una oración, dos niñas llegaron corriendo por la verja, y lanzando penetrantes gritos se abalanzaron sobre las mujeres de los postes. Al instante las arrancaron de allí los carceleros, y a una de ellas la sujetaron con fuerza; pero la otra logró desasirse diciendo que quería morir con su madre, y antes que pudieran detenerla volvió a echar los brazos al cuello de una de las mujeres. Al instante la arrancaron otra vez de allí con los vestidos en llamas. Dos o tres hombres la sostuvieron, y la parte de sus ropas que ardía fue rasgada y arrojada a un lado, mientras la niña pugnaba por libertarse, sin cesar de exclamar que quedaría sola en el mundo y de rogar que le permitieran morir con su madre. Ambas niñas gritaban sin cesar y luchaban por libertarse, pero de pronto este tumulto fue ahogado por una serie de desgarradores gritos de mortal agonía. El rey miró a las frenéticas niñas y a los postes, y luego apartó la vista y ocultó el rostro lívido contra la pared, para no volver a mirar más” (Pág. 245-246)

El impacto de escenas como ésta será decisivo en la formación de Eduardo quien, se dijo, nunca deja de sentirse príncipe y, por ende, responsable, en alguna medida, de todo aquello. Una tarde de su cautiverio en Hendon Hall se confesará cabizbajo: “El mundo está mal constituido… los reyes tienen que ir a la escuela de sus propias leyes para aprender un poco de caridad”. Es verdad que también conocerá jueces más humanos y comprensibles, pero, casi por regla, su encuentro con la realidad tendrá este matiz: mujeres azotadas por baptistas, oficiales que sacan provecho de las situaciones, numerosas muertes y exilios inmerecidos.

Pero si hasta este punto hay una crítica a la vida de los reyes y sus dictámenes, no es menos cierto que también en Príncipe y Mendigo se esboza un llamado de atención sobre crímenes y vicios que se esconden en las capas más pobres de la sociedad. Esta denuncia es personalmente palpable por los muchachos; en primer lugar, por Tom, obligado por su padre desde niño a mendigar –aunque tal actividad se considerase un delito-, y castigado brutalmente por lo mal que solía irle. En otras palabras, Twain quiere hacer notar que no, por naturaleza, el hombre pobre es un ser humilde, todo lo contrario, puede degenerar también en la crueldad espiritual y humana, al punto de ser explotador y enemigo de alguien tan miserable como él.

Se sabe que la pobreza es producto de los desequilibrios sociales, pero ella no implica un impedimento para la virtud y la honradez. En este sentido, la novela refleja una crítica a los factores sociales que permiten el surgimiento de la mendicidad, del robo, del crimen, mostrándolos como vías de sobrevivencia para muchos, pero de ninguna forma, las justifica, sino que busca mostrar cómo casi siempre camuflan un pensamiento tan egoísta y malformado como el de los dirigentes que las permiten. Así parece comprenderse cuando Eduardo, en medio de un tumulto de mendigos escucha las sabias palabras de Yokel, que es distinto porque no roba y porque suena de sobremanera inteligente:

“…Fui en otro tiempo un labrador bastante próspero, con una esposa amante y chiquillos; y ahora soy algo muy distinto por mi estado y profesión. Mi mujer y mis hijos murieron. Tal vez estén en el cielo, o tal vez… en otro sitio… Pero, ¡Dios sea loado!, ya no están en Inglaterra. Mi buena madre, que era de conducta irreprochable, trató de ganarse el pan asistiendo a enfermos, pero uno de ellos murió sin que el médico supiera de qué, y quemaron a mi madre por bruja, mientras mis niños contemplaban gimiendo el suplicio (…) Yo mendigué de casa en casa con mi mujer, llevando a los hambrientos niños; pero como es un delito tener hambre en Inglaterra, nos desnudaron y nos llevaron por tres pueblos dándonos azotes. ¡Bebamos otra vez por las piadosas leyes inglesas, porque su látigo se bebió la sangre de mi María, y así vino muy pronto su bendita libertad! Ahora duerme en la bendita tierra, a salvo de todo daño; y los niños… Los niños, mientras la ley me iba azotando de pueblo en pueblo, se murieron de hambre” (Págs. 158-159)

En conclusión, la novela hace una crítica social en dos vías: a los más ricos, concretamente a la realeza por sus excesos y el establecimiento de leyes duras que solamente los menos favorecidos conocen; y a los más pobres o, más bien, a aquellos que dentro de los más pobres son tan frívolos como para no verse mutuamente como pares en su condición de miseria y necesidad.
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Príncipe y Mendigo es una obra de escritura y formas sencillas, con un mensaje concreto e importante. Es verdad que su época va quedando cada vez más en el pasado, pero para miles de nosotros todavía sus palabras deben escucharse.

NOTAS:

[1]
La cita corresponde a una declaración pública hecha por el Nobel de Literatura, quien se refería más concretamente al libro de Mark Twain Huckleberry Finn.

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