Rubén Darío – El Hombre de Oro (y Otros Relatos)



AUTOR: Rubén Darío
TÍTULO: El Hombre de Oro (y Otros Relatos)
EDITORIAL: Aguilar, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1995
PÁGINAS: 79
RANK: 6/10




Por Alejandro Jiménez

La vida de Rubén Darío (1867-1916) fue una mezcla peculiar de errancia y cosmopolitismo. Viajero infatigable, recorrió gran parte de América y Europa, frecuentando alternativamente los más renombrados círculos artísticos y el soterrado mundo prostibulario. Forzado a sentir cada cosa a profundidad, existencia y escritura estuvieron en él, desde el principio, cruzadas por la exuberancia, el erotismo y la angustia de la muerte.

Su poemario Azul (1888) apareció por allá cuando el autor apenas sobrepasaba los veinte años, convirtiéndose casi de inmediato en el fundamento más importante para la renovación que experimentó la poesía merced al modernismo. Ese libro que, en opinión de Valera, “no enseña nada ni trata de nada”, por el contrario, constituye para Latinoamérica una declaración universalista, tal vez de momento un poco afrancesada, pero con el tiempo muy propia y celebrada.

En ese contexto de búsqueda y definiciones puede ubicarse este libro El Hombre de Oro (y Otros Relatos) (1995), antología que recoge tres cuentos escritos por Rubén Darío, dos de ellos publicados en Azul, y que son una buena muestra no sólo de un estilo sutil y vehemente, sino de la imposibilidad que afrontó el escritor nicaragüense para abordar la prosa literaria con otras herramientas que no fuesen las de la poesía misma.

En efecto, sus relatos vendrán, la mayoría de veces, a beber en las fuentes de la prosa poética francesa; el espíritu de El Spleen de París o Una Temporada en el Infierno se percibe aquí de forma indiscutible, sumándose, además, a la admiración deificante que, para la época, tenía Rubén Darío por Víctor Hugo. Sin embargo, también hay una fuerza propia, eso que algunos críticos han llamado exotismo, y que tiene que ver con un idioma que se enriquece a cada trazo: juegos, figuras, imágenes, palabras, todo esto robustece el español de Rubén Darío, poniéndolo en una línea de intertextualidad con grandes zonas de referencia como el latín, el francés o el griego.

Hacen parte de esta colectánea El Hombre de Oro, un extenso relato que nos pone en el umbral de la llegada del cristianismo a Roma; La Muerte de la Emperatriz de la China, la historia de un escultor amante de la belleza y; El Fardo, texto que muestra la faceta del Rubén Darío que trabajó durante años como periodista. Por lo que corresponde a nuestro interés, intentaremos acercarnos a estos tres cuentos desde algunos aspectos que consideramos pertinentes para su lectura.

El Hombre de Oro

En los tiempos de Tiberio César (42 AEC-37 EC) empieza a expandirse la doctrina cristiana en toda Roma. Todavía clandestinamente, los adoradores del “dios único” se reúnen para compartir el mensaje del apóstol Pablo. Así lo hacen, por ejemplo, los hermanos Lucila y Nereo, quienes asisten a las lecturas que hace el sacerdote Malco. Y es que el cristianismo ha tenido un grato recibimiento, especialmente entre los pobres, puesto que declara la igualdad de los humanos, y la liberación de las ataduras.

En contraste, los romanos ricos continúan tomando del mundo helénico las principales fuerzas de su cultura (dioses, letras, costumbres) y viendo en los judíos, enemigos implacables de su pueblo. La vida transcurre, así, en una suerte de oposición entre quienes empiezan a creer en Jesucristo y los que no. A este último grupo pertenecen los aristócratas Polión, Lucio Varo, Acrino y Axio, quienes pasan sus días devorando sendas comidas, degustando vinos exclusivos y discutiendo sobre poesía, riquezas y filosofía.

Pero he aquí que existen dos elementos en este relato que vienen a trastrocar la aparente incomunicación entre creyentes e incrédulos. El primero, es la presencia de un personaje misterioso que viene de Judea recomendado por Poncio Pilatos, y que se ha granjeado su fortuna haciendo construcciones para el César. Aquel tipo, a quien se lo conoce como “El Hombre de Oro” por su excesiva pasión hacia todo lo dorado –las monedas, los esplendores, el sol, las joyas, etcétera-, es vecino de Polión y, por lo mismo, de cuando en cuando, participa de sus banquetes.

El segundo elemento es la transformación que experimenta Lucio Varo para sus adentros. Él, todo un aristócrata, ha empezado a considerarse culpable de la desigualdad entre los hombres, es decir, a preguntarse por la clase de moral que en una sociedad puede legitimar la pobreza, el hambre o la esclavitud. Educado desde siempre en el orgullo grecorromano, siente ahora la necesidad de apartarse de la sordera que lo ha hecho aceptar sin resquemores la ley y virtud de los césares por encima de la dignidad de sus demás congéneres.

Estas dos situaciones son los focos dramáticos del relato. “El Hombre de Oro” se enamorará de la cabellera de una muchacha, Lucila, y, persiguiéndola para apropiársela, llegará hasta la casa en que Malco lee los pergaminos sagrados; entonces se sabrá que ese hombre no es otro que Judas de Kariot. Por su parte, Lucio Varo, atraído por las historias de un humilde marinero, espiará un culto cristiano y, después, conocerá en persona al apóstol Pablo que, a la sazón, viene de Grecia sumando adeptos.

Literalmente la historia no tiene más, pero El Hombre de Oro presenta una reflexión particular que viene tanto de su temática como de su lenguaje. Sabemos que el misticismo y el regreso a lo mítico fueron constantes en la obra de Rubén Darío, pues bien, en este relato uno y otro se encuentran relacionados perfectamente. Y del lenguaje, riquísimo, cosmopolita, vigoroso, basta con citar un ejemplo. Lucio Varo vive aquel ritual cristiano de la siguiente forma:

“No era aquel ningún sacrificio a divinidades marinas o rústicas, ni los cantos jubilosos de la vendimia, o las alabanzas a Dionisio; ni era tampoco el canto de Adonis, ni el alegre y vibrante de las fiestas de Flora. Las voces se elevaban delicadamente cristalinas, y decían la llegada y el triunfo de un espíritu nuevo. Las almas eran como lirios de esperanza; los corazones, alados y fragantes, se elevaban, libres de los garfios del mundo, en un anhelo de azul; el dolor habíase santificado, las lágrimas se habían tornado siderales gemas; el sacrificio había logrado la más excelsa virtud. Del polvo humilde brotaba el tallo sagrado cuya flor pura e imperial tenía por exhalación el aliento del paraíso. Y todo irradiaba a la mirada del Dios nuevo; del grande y único Dios.
Su espíritu se conmovía como agitado por desconocidas ráfagas. ¿Qué culto extraño tenía por sacerdotisas aquellas mujeres de voces melifluas? Él había oído hablar de las ceremonias orientales que se celebraba a la gran diosa…; mas, en medio de los cantos, el nombre de Cristo llegó a sus oídos; eran, pues, aquellas gentes sectarios del ídolo de la cabeza de asno…” (Págs. 50-51)
Este relato también permite a Rubén Darío centrar algunas cuestiones que, en tanto poeta, siempre revistieron para él importancia. Toda la segunda parte de la historia –unas 30 páginas- las destina para poner a dialogar a sus personajes sobre la felicidad (¿Es feliz el hombre rico? ¿Es superior al otro quien goza de felicidad?), el viaje (¿Es el viaje una rutina siempre fatigosa? ¿De qué manera el ir y venir aporta a la inteligencia?) y la poesía (¿Debe apartarse el poeta de las muchedumbres? ¿Ha sido la poesía concebida para entretener?).

La Muerte de la Emperatriz de la China

La Muerte de la Emperatriz de la China apareció, por primera vez, en el diario La República, en Chile, del 15 de marzo al 1 de mayo de 1890; un poco después fue publicado por El Perú Ilustrado, con una nota de Ricardo Palma y; finalmente, se incluyó en la segunda edición de Azul, en octubre de 1890. Su historia puede argumentar bastante bien la opinión de Valera que citábamos al principio, pero no por la base moral de la que parte el español para su juicio, esto es, que Azul es un libro que contribuye a la descreencia en una época de crisis, sino más bien, porque posiciona al poeta y, con ello, a la creación, en un lugar de potencialidades ilimitadas.

Una de esas potencialidades puede ser, efectivamente, la de crear una pieza que sólo esté justificada por su belleza expresiva. El argumento de La Muerte de la Emperatriz de la China es muy sencillo: un artista, escultor, vive con su esposa un romance imperturbable; pasan los días procurándose complacencias mutuas, sonriéndose, amándose, en fin, todo un cuadro romántico; pero un día, Recaredo –que así se llama el artista- recibe un regalo de su amigo Robert, se trata de una hermosa estatuilla de una emperatriz imperial. Él, que es un fervoroso amante del arte oriental, construirá de inmediato un gabinete para tenerla siempre a la vista y perseguir sus detalles. Tal es la devoción que despierta en Recaredo aquella figura, que su mujer, presa de los celos y no dispuesta a compartir el deseo de su esposo, lo insta a decidirse, terminando por romper la estatuilla en mil pedazos.

Como se ve, no es un relato que sorprenda por su trama, ni siquiera por el final que, dada la actitud indolente de Recaredo frente a la destrucción de la emperatriz, suena un poco a mentira. Lo que sucede es que la historia gana por la pomposidad de su lenguaje, que ubica a la belleza como medio y como fin. Fijémonos en la descripción hecha por el narrador de aquella figura:

“La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos, de números y letras negras que decían y daban a entender que el contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió apareció el misterio. Era un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente, pálido y encantador. En la base tenía tres inscripciones, una en caracteres chinescos, otra en inglés y otra en francés: La emperatriz de la China. ¡La emperatriz de la China! ¿Qué manos de artista asiático habían modelado aquellas formas atrayentes de misterio? Era una cabellera recogida y apretada, una faz enigmática, ojos bajos y extraños, de princesa celeste, sonrisa de esfinge, cuello erguido sobre los hombros colombinos, cubiertos por una onda de seda bordada de dragones, todo dando magia a la porcelana blanca, con tonos de cera inmaculada y cándida. ¡La emperatriz de la China! Suzette pasaba sus dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa soberana, un tanto inclinados, con sus curvos epicantus bajo los puros y nobles arcos de las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de poseer su porcelana” (Págs. 66-67)
Sobre el interés narrativo predomina el poético. Antes nos referíamos a esto teniendo presenta la sensación que produce en el lector las páginas que componen éste y el primer cuento de Rubén Darío. No importa crear un relato lento, ni siquiera de poco impacto narrativo, lo importante es crear algo bello, algo que ponga música en nuestros oídos, que dibuje imágenes definitivas e irreducibles. El arte crea lo bello, pero además es el marco para adularlo, puesto que el autor no concibe la belleza sólo en el acto creativo, sino que es una constante de sus personajes, en este caso de Recaredo, quien es artista y, por extensión, alguien comprometido con la belleza.

Pero es más, en La Muerte de la Emperatriz de la China, la belleza deja de ser otra de las posibilidades en el mundo para expandirse a todos los terrenos: Recaredo se olvida de su esposa, porque la estatuilla es la belleza misma, pasa horas enteras contemplándola, dejándose perder en sus líneas y colores; y ella, Suzette, viendo que la belleza escapa de sus manos –porque en el amor el otro siempre es lo bello- no tiene por menos que sentirse celosa, bien porque su esposo es lo bello para ella y él se escapa, bien porque no está dispuesta a dejar de ser la belleza para el mismo Recaredo.

El Fardo

El caso de El Fardo es totalmente distinto al de los otros dos cuentos que hacen parte de la antología. Publicado en la Revista de Artes y Letras, en Chile, el 15 de abril de 1887, reproducido por La Época el 30 de abril del mismo año, e incluido también en Azul, este es un relato con tintes más sociales que de exploración en el lenguaje. Según hace notar la introducción de esta edición, la historia fue contada a Rubén Darío por un lanchero de Valparaíso, impactándolo de tal manera que terminó por escribirla.

El Fardo narra la historia del tío Lucas, un pesquero chileno que pasa las horas del día enseñando a su hijo el oficio. Sin embargo, la difícil situación hace que ambos, además de pescar, tengan que dedicarse a labores de lanchero, es decir, a cargar y descargar fardos de las grandes embarcaciones. Lastimosamente, la salud de tío Lucas recae –sufre de reumatismo-, razón por la cual su hijo debe trabajar solo para mantener a la familia. Un sábado cualquiera el joven parte hacia su trabajo con la ilusión de cobrar pronto, desayunarse y regresar a casa, con tan mala suerte que un gran fardo que ha sido mal amarrado se desprende y cae sobre él, quintándole la vida, y dejando así, desamparados a todos.

De esta forma, se percibe un cambio en la temática de los relatos que componen la colectánea. Mientras los dos primeros apuestan por el erotismo, la belleza y la universalidad, El Fardo recorre otro camino, quizá muy cercano a la labor como periodista con la que Rubén Darío se procuró su sobrevivencia y que, en cierto sentido, manifiesta la precaria situación de muchas personas en América Latina. Y es que con El Fardo no sólo asistimos a una historia con temática distinta, sino también de lenguaje diferente. Esto puede notarse en el ritmo con que escribe el autor las ocho páginas que componen el cuento:

“Él era un muchacho muy honrado y muy trabajador. Se quiso ponerlo en la escuela desde grandecito; pero ¡los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho!
El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan; mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y, para eso, quedar sin alientos y trabajar como un buey” (Pág. 75)
Ritmo, forma y lenguaje narrativos cambian aquí, como puede observarse. Pareciera –aun cuando el texto es muy logrado- que la tensión de La Muerte de la Emperatriz de la China se revierte en El Fardo: aquí ya no importa tanto crear lo bello como subrayar el peso narrativo: este joven vivió así –nos dice Rubén Darío-, hizo esto, conoció aquello y murió de esta forma. Prácticamente que para decirlo se necesita estar acelerando cada tanto la escritura y prescindir de las descripciones que engalanan los otros cuentos.

Empero, es un cambio que no resulta necesario. En Los Ojos de los Pobres de Baudelaire o Después del Diluvio de Rimbaud hay un señalamiento tan directo, como el que hace El Fardo, de problemáticas sociales, con la diferencia de que aquellos textos no desatienden la carga poética. Por supuesto, y como manifestamos antes, Rubén Darío tampoco termina por hacerlo completamente, pero el ritmo y la gala a la que el lector es invitado en los dos primeros relatos, en nuestra opinión, se encuentra un poco ausente en este último.
_________________

El Hombre de Oro (y Otros Relatos) es un libro corto, aunque importante a la hora de reconocer ciertas prioridades y características de la compleja obra de Rubén Darío.

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John Fante – La Hermandad de la Uva



AUTOR: John Fante
TÍTULO: La Hermandad de la Uva
EDITORIAL: Anagrama, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2009
PÁGINAS: 207
TRADUCCIÓN: Antonio-Prometeo Moya
RANK: 10/10
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Por Alejandro Jiménez

Cierto día, cansado de la “logocultura ingeniosa y prudente” de la literatura moderna, Charles Bukowski hace un descubrimiento. De las estanterías de la Biblioteca Municipal, el entonces joven que sueña con ser un escritor, ha tomado en sus manos Pregúntale al Polvo, sintiéndose –como nos ha dicho después- semejante a quien descubre oro entre la basura. Desde ese momento, Fante, ese hombre que “no se asustaba con los sentimientos”, ese hombre que “mezcló con soberbia sencillez el humor y el sufrimiento”, ese hombre que “había encontrado una forma distinta de escribir”, se convertirá para el querido Hank en, nada más y nada menos, que su dios.

Pero no sólo el suyo, también el de todos los que hemos sentido el efecto poderoso de Fante, los que encontramos en sus entrañas la forma propia de sentirnos, y que tenemos una complicidad casi criminal con sus personajes. Porque Fante es siempre Fante, y esto significa que es sincero, y porque su lenguaje renuncia a cualquier juego de prestidigitación, su nombre, a un siglo de distancia, sigue poniéndose en nuestros labios para decir, por ejemplo: ¡Yo también soy Arturo Bandini!

Por eso, sentarse a escribir sobre una de sus novelas siempre constituye un serio compromiso: el que adquiere el lector frente al hombre que admira, y que le ha hecho pasar, tal vez en soledad, momentos de intimidad alucinada. Las palabras con que tradicionalmente designamos las cosas de este mundo de repente se vacían de sus significados, puesto que escribir sobre John Fante (1909-1983) es tanto como retrotraer la sencillez de las cosas simples, cuya sola presencia significa, para el que sabe entenderlas, la más profunda declaración de la existencia.

Pues bien, hoy nos referimos a La Hermandad de la Uva (1977), una novela que, a pesar de no pertenecer a la tetralogía protagonizada por Bandini, comparte con aquellas obras no sólo un estilo limpio, directo y visceral, sino también los temas que obsesionaron desde siempre al autor: el inmigrante, la pobreza, el alcoholismo, la religión católica y la dura vida de la calle. Por demás, el narrador que utiliza Fante para esta historia, Henry Molise, es, prácticamente, otro de sus alter ego: un escritor de novelas y guiones, de origen italiano, que ha tenido que conocer la férrea realidad de la exclusión y, además, ha escrito la historia de su hermano, un beisbolista frustrado, argumento que aparecerá en la obra inconclusa de Fante Un Año Pésimo (1985).

No nos detendremos aquí en la discusión sobre el inaudito olvido en que ha vivido nuestro autor; lo que opinamos sobre esto ha quedado más o menos declarado al hablar sobre Pregúntale al Polvo; insistiremos, simplemente, en que su producción narrativa ocupa un lugar tan importante que influyó a otro grande de la literatura, como lo es Charles Bukowski, y que leer a Kerouac, Fitzgerald o Ford, saltándose las obras de Fante, es un absoluto desacierto.

La Historia de La Hermandad de la Uva

Nick y María Molise han vuelto a discutir. La pareja de ancianos ha vivido bajo el mismo techo durante cincuenta años, y nunca ha cesado su rutina de violencia. Mario, uno de sus cuatro hijos, ha telefoneado a su hermano Henry, quien vive en Los Ángeles, y lo ha persuadido para que vaya a San Elmo pues, al parecer, está vez la situación sí terminará en el divorcio. Sin embargo, una vez allí, Henry comprueba que, como siempre, los golpes, insultos y engaños, no han podido frente a la fuerza de la costumbre.

Pero ahora, a pesar de querer volver a Los Ángeles, Henry se verá inmerso en un plan que prepara su padre y que, a todos ojos, es tan inútil como absurdo. El viejo Nick –un albañil retirado que pasa sus días en el Elks Club o el Café Roma, bebiendo y jugando a las cartas- ha decidido aceptar una propuesta de trabajo: construir una cámara de piedra para secar pieles de ciervo. La idea resulta extravagante por varias razones; en primer lugar, Nick, aunque sabe como nadie de construcción, es ya un anciano endeble y marchito y, segundo, no existe alguien que quiera ayudarlo en la tarea, al menos no alguien de la hermandad de la uva, es decir, de los amigos –Cavallaro, Zarlingo y Angelo- con que diariamente se emborracha.

Como sea, tal vez por la nostalgia que produce en Henry la vida de su padre, muy cercana a su fin, tal vez por la insistencia de su madre o la indiferencia de sus hermanos, termina enlistándose en el plan y, por lo mismo, aceptando trabajar como ayudante. En su fuero interno, Nick celebra esta decisión, sobretodo porque, si bien nunca quiso tener hijos, le hubiese gustado enseñar a alguno de los suyos los gajes y retribuciones del oficio. Y es que nunca pudo hacerlo: Virgil se decidió por el mundo de las oficinas, es un cajero de banco; Stella fue mujer y no serviría para nada; Mario estuvo algún tiempo entusiasmado, pero nunca le perdonó que frustrara su sueño de beisbolista y; Henry, bueno, él partió antes de cumplir los veinte, hizo una vida vagabunda, sufrió, trabajó, pasó hambre, y ahora es escritor.

En el ínterin de la decisión y el viaje a la montaña en donde será construida aquella cámara, conoceremos el pasado de la familia Molise: una niñez castrante, ambientada por el alcoholismo y la tacañería características de Nick, el fanatismo religioso de María, la tensa relación de los hermanos, cada cual testigo prendado al deseo de alejarse de los viejos y formar vidas separadas. A través de los recuerdos de Henry se reconstruye la vida de su padre, el irrefrenable apetito sexual que lo llevó a engañar a su mujer tantas veces, su obstinación en el trabajo, y su relación con los borrachines que conforman su comunidad, todos ellos, como él, jubilados, jugadores compulsivos y amantes del vino de Angelo Musso, un inmigrante italiano que tiene un viñedo cerca de San Elmo.

Henry también recupera la vida de su madre, una fiel católica, algo pusilánime, que atrapa a todos los miembros de la familia por el apetito: la ternera, las judías, la mozzarella; nos retrata una María Molise subordinada a su esposo, llena de complejos, aunque nunca santurrona o inocente. Y también nos habla de sus hermanos: del Mario enfrascado en una relación aburrida, de sus niños gritones, y su obsesión por el béisbol; del Virgil de vida miserable, preocupado porque los líos de su padre alcanzan el oído de su jefe, y éste amenaza con despedirlo; de la Stella atrapada en la cotidianeidad de sus cuatro paredes.

Y, por supuesto, también tiene tiempo para volver sobre él mismo, para explicarnos cómo escapó un día de tanta turbiedad e intentó ser escritor: dormí en la calle –nos dice, debajo de los puentes, alcé fardos en los puertos, olí a pescado, se burlaron de mí tantas veces, me emborraché hasta el hartazgo, pasé unos días en la cárcel, me rechazaron muchos folios, conocí a Harriet, follo con ella desde entonces y, en fin, tengo cinco décadas encima.

Pero el día del trabajo por fin llega, de modo que Henry parte con su padre, Zarlingo y Cavallaro hacía la montaña; cruza por el viñedo de Angelo, en donde él mismo se embelesa con la dulzura de su vino y; a la noche, llega a la casa de Ramponi. Allí, antes de que el resto de la hermandad regrese a San Elmo, verá jugar a las cartas y conocerá a la esposa de Ramponi, la mujer que caza ciervos y secretamente se acuesta con su padre. A partir del día siguiente vendrá el trabajo: piedras, hormigón, sudor, cansancio, vino; jornadas en que la fatiga crece hasta el cielo y sólo se posterga durante la noche; los esfuerzos del gastado Nick, los callos del inexperto Henry, misteriosas muertes que se suceden hasta construir una cámara tan fuerte, tan hermosa, tan sofisticada, tan verdaderamente asombrosa, que a la primera lluvia se viene al piso.

Hay una mentira de por medio, Henry la descubre pero la guarda silencioso. Marcharán de allí, sin probar nada, o quizá probando todo, e irán directamente al hospital porque, se sabía, Nick no soportaría todo esto: un colapso diabético; es el vino de Angelo y todas las rutinas de su vida. Vendrán entonces encuentros momentáneos, más complicidades, golpes de conciencia, señalamientos, juicios y una espera triste hasta que lo que tiene que ocurrir, finalmente, ocurra.

Del Elks Club al Café Roma

Del Elks Club al Café Roma y de allí a su casa: así pasan los días de Nick Molise, uno de los tantos inmigrantes italianos, pobres y jubilados de San Elmo. Estos “macarronis” que empezaron a llegar a principios de siglo para construir el ferrocarril de Southern Pacific, se han multiplicado rápidamente ante el estupor de los Schmidt, Eicheldorn o Dietrich, quienes, recelosos, intuyen que cada italiano guarda una navaja en la chaqueta y, de alguna forma, hace parte de la mafia. Desde el 26 o desde el 31, los norteamericanos empezaron a ver por las calles de San Elmo los letreros de bares italianos, de iglesias católicas, y también los que llevan en la frente esos tipos sospechosos de piel morena y costumbres inextricables.

Pero, aquellos abanderados de la ola migratoria han caído en la vejez y, ahora, tienen la sana costumbre de apostar en las cartas, liar con prostitutas, y disfrutar del vino que les recuerda a Italia. Henry Molise observa a su padre en un rincón del Café Roma, y piensa lo siguiente:

“Había ocho o nueve alrededor de una mesa cubierta de fieltro verde que había en el fondo. La baja bombilla iluminaba a cinco jugadores sentados, mientras el resto, de pie, miraba y hacía sugerencias. Mi padre estaba entre los mirones. Eran un grupo de jubilados que vivían del subsidio, gruñones, irascibles, amargados, viejos cabrones endurecidos, renegones y más bien mezquinos, que disfrutaban con su ingenio cruel, su iconoclastia y su camaradería. Allí no había filósofos, ningún venerable oráculo que hablara desde las profundidades de la experiencia vital. No eran más que ancianos matando el tiempo, esperando que se le acabase la cuerda al reloj. Mi padre era uno de ellos” (Pág. 54)

Estos “viejos gruñones” conforman una hermandad, la hermandad de la uva, la de los enamorados del vino, ese vino que produce el anciano Musso a las afueras, y que está en todos lados, en las casas, en los bares, en los carros, en cualquier parte a donde vayan. Pero, además, son una hermandad porque comparten la nostalgia de Italia, porque su inglés tiene sello propio, porque todos son tipos pobres, llenos de fantasmas y caprichos, y hasta porque todos conocen la misma reducida nómina de prostitutas con que el Roma abastece la demanda: “mujeres tristes, deshechas e idiotizadas”, guarras que no sirven para trabajar en otra parte.

A esa comunidad pertenece el viejo Nick; él también espera cada mes “la leche de su segunda infancia”, la garrafa de cuatro litros que vendrá por debajo de la puerta, y que lo embriagará junto al brandy, la cerveza, o lo primero que se encuentre. Él también fuma puro o cigarro, él también folla con las esposas de sus amigos, él también ha echado demasiado dulce a su organismo y, también, como ellos, es un hombre ensimismado, melancólico, pero lo suficientemente orgulloso como para erigirse con imponencia sin importar su condición. Junto a Zarlingo y Cavallaro, todas las tardes se ponen en una esquina –ropa sucia, muy desvencijados- para defenderse mutuamente de todo lo que pueda suceder.

La familia Molise

Sucede algo curioso en La Hermandad de la Uva. La familia Molise se sostiene a duras penas, primero, por la costumbre y, luego, por María, que piensa que un matrimonio católico jamás se puede deshacer. Que no llegue a deshacerse, sin embargo, no significa que padres e hijos se sientan cómodos en la unidad que forman. Nick ha declarado abiertamente que preferiría no tener hijos; María está cansada de la infidelidad de su esposo, de encontrar tanta cosa rara en los calzoncillos de ese pervertido; y los hermanos no quieren saber nada de las discusiones entre esposos, ni antes, durante la niñez, ni ahora, cuando ya viejos, continúan viéndolos inmersos en peleas que no tienen pies ni cabeza.

En alguna parte de su narración, Henry vendrá a confidenciarnos que, de no ser por la existencia de él y sus hermanos, su padre se hubiese divorciado muy pronto. En efecto, la fuerza de la historia siempre recae, de uno u otro modo, sobre la figura de Nicholas Molise: es él quien toma la rienda de los acontecimientos, quien decide que sus hijos desean visitar durante la noche las obras que ha venido construyendo –la biblioteca, el hospital, la casa-, es él quien puede decir con verdad qué es lo mejor para el futuro de sus hijos –ser albañil, dejar el béisbol, apartarse de la ilusión de la escritura-, etcétera. Pero he aquí que, aun siendo el principal punto problemático de la familia, el viejo Nick es un tipo aceptado socialmente; Henry nos describe este hecho así:

“Con el paso de los años Nick Molise se había enzarzado en tantas peleas, en esquinas, en bares, en locales electorales, que la reputación de la familia estaba seriamente en entredicho en San Elmo. Sin embargo, todos los vecinos daban muestras de tolerancia y buena voluntad, les caía bien el viejo y simpatizaban con su carácter vehemente. Cascarrabias, alborotador, tirano de la paciencia ajena, borracho casi siempre, hacía en San Elmo lo que le daba la gana, y por la noche lo oían dando bandazos por las calles, entonando versiones desafinadas de ‘O sole mio’, sin que se sulfurasen los vecinos, acostados ya; todos decían: ‘Ahí va el viejo Nick’, y sonreían, porque era parte de la vida colectiva” (Pág. 15)

Y es que, sin importar lo desesperante que puede ser Nick, para aquellos que están por fuera de la familia y, principalmente, para el lector, antes que un personaje vergonzoso o insoportable, Nicholas Molise se nos revela como alguien entrañable, esos tipos que son muy ellos y terminan por causarnos simpatía. Nos dice Henry que a su padre le fastidiaba todo, sus hijos y mujer, “sus vecinos, su iglesia, su párroco, su pueblo, su estado, su país de adopción y su país de origen”, nos dice esto, digo, y mientras tanto nosotros tenemos la sonrisa pintada en nuestro rostro, porque sabemos que un hombre así, necesariamente es noble.

Pero eso, nosotros. Sus hijos están del otro lado, sintiendo fastidio y vergüenza, recordando cada tanto el día en que les gritó, el día en que se burló de sus palabras, cuando golpeó a su madre, cuando lo vieron inserto en ajetreos con la vecina, o cuando los engañó punzante y demagogo. Todos piensan en el viejo con recelo: Virgil, Mario y Henry, aquellos dos aferrándose a una cruda indiferencia y, el último, sacando en limpio lo que siente. Henry entra en el bungalow de los Ramponi, a donde ha ido a trabajar con su padre, y entonces lo advierte:

“La cama no me gustó. Era de matrimonio y eso significaba que tendría que dormir con el viejo. Asustado, me senté en el colchón y afronté el dilema. Nunca había dormido con mi padre. La verdad es que no lo había tocado en toda mi vida, exceptuando los ocasionales apretones de manos que nos habíamos dado con el paso del tiempo, y no me apetecía dormir en la misma cama que él. Pensé en la vejez de sus huesos, en la vejez de su piel, en su vejez solitaria y malhumorada, en la vejez aliñada con vino, la suya y la de aquellos amigos suyos, borrachos y pecadores; y pensé en lo hijo de puta que había sido: un macarroni cerril, despótico, soez y disoluto que me había engañado para enrolarme en aquel chapucero safari a las montañas, lejos de mi mujer, mi casa y mi trabajo, y todo por su zafia vanidad, para demostrarse a sí mismo que aún era un constructor de primera” (Págs. 130-131)

Ahora bien, resultaría injusto no reconocer que el viaje a las montañas es también un viaje de redescubrimiento, el acontecimiento que en La Hermandad de la Uva pone de manifiesto todo lo que une a Henry –a lo largo de la novela tan distinto a su padre- y Nick. Tener claridad en este punto, permite dar una pista de interpretación a esa metáfora que utiliza Fante por allá cuando, en una mañana de trabajo, Henry descubre que su padre ha muerto:

“Entonces sucedió algo curioso. Mi padre se murió. Estábamos al aire libre, metidos en el hormigón y entre las piedras, y de súbito tuve la impresión de que se había ido de este mundo. Busqué su cara y lo vi escrito en ella. Tenía los dos ojos abiertos, sus manos se movieron, echaron una paletada de hormigón, pero estaba muerto y en la muerte no tenía nada que decir. A veces se alejaba como un fantasma, se metía entre los árboles y meaba. ¿Cómo podía estar muerto, me preguntaba, si andaba y meaba? Era un fantasma, un cadáver, un fiambre. Quise preguntarle si se encontraba bien, si por casualidad seguía estando vivo, pero me sentía demasiado cansado, estaba demasiado ocupado muriéndome yo, demasiado cansado para construir una frase. Veía la pregunta en el papel, escrita a máquina, entre comillas, pero resultaba muy pesado verbalizarla. Además, no tenía tanta importancia. Todos teníamos que morir algún día” (Pág. 145)

El caso Henry Molise

Como sus hermanos, Henry afrontó un padre enemigo de los sueños de sus hijos. Él, sin embargo, decidió ponerse fuera de su alcance y marchó lejos de San Elmo. Los otros quedaron allí, sintiendo cómo el viejo Nick les esculpía encima un triste pesimismo. Lejos, mientras tanto, Henry pasaba hambre y frío, pero estaba libre. Una parte considerable de la novela vendrá, precisamente, a recuperar esa historia, que no por estar apartada de Nick deja de comportar cierta amargura. El escape es motivado por una revelación: Fitzgerald, Henmigway, Silone, Hamsun y, más concretamente, Dostoievsky.

El irreprimible anhelo de hacer parte de esta lista privilegiada, de estar tapa a tapa con ellos en los anaqueles de las librerías, puso en marcha el motor vital de Henry. Partió un día cualquiera, y su suerte fue pésima. Estuvo caminando por las calles, sin empleo, lleno de proyectos que tenían el cariz de la ironía, durmió en sillas de parque y autos abandonados, fue atacado por cangrejos, fue arrestado por exhibicionismo, tuvo empleos mediocres y repetitivos, conoció la locura y la aflicción, y fue rechazado demasiadas veces. Entonces se preguntaba:

“¿Por qué me habían rechazado? ¿Por mi ropa? ¿Por mi cara? Me miraba en los escaparates, veía la negra película de mi barba, el aspecto demacrado, el aire de derrota. ¿Repugnaba a la gente? ¿Despertaba algún misterioso antagonismo, la ira del mundo? Llegó un momento en que me daba miedo hablar con jefes y capataces. Sólo Coletti y el señor Atwater me aceptaban, me daban esperanzas y comida. Recorría las calles. Iba a la biblioteca pública, leía unas horas y volvía a cenar a la Misión del Espíritu Santo. Me pasó por la cabeza la idea de mendigar, había visto pedigüeños recibiendo monedas y parecía fácil. Pero me faltaba valor. Me daba demasiada vergüenza. En aquellos momentos me parecía insufrible incluso el periodo febril que me había ganado la vida fregando platos en Los Ángeles” (Pág. 87)

Una mañana el señor Coletti lo acepta como peón de embarcadero, y el Henry que lee Los Hermanos Karamazov empieza a descargar fardos de pescado, perdiéndose en esas palabras de su padre: “un hombre trabaja, suda, cava, martillea, construye”, un hombre se gana sus dólares. Y sufre un tiempo, una temporada larga, allí en el puerto, y después en cualquier lado donde pudiese procurarse algo de comida. Así mucho tiempo. Pero, otro día conoce a Harriet, la hermosa rubia que hace pensar a nuestro personaje en el color del vello púbico y, para ella, autografía dos ejemplares de su primer libro: Henry es escritor.
_________________

Directa y desgarrada, La Hermandad de la Uva es una novela con fuerza propia, cuyo sentido se declara en la autonomía de su lenguaje, vital, sin embelecos, que obliga al lector a verse en el espejo de la visceralidad.

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Juan Carlos Onetti – El Astillero



AUTOR: Juan Carlos Onetti
TÍTULO: El Astillero
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1980
PÁGINAS: 239
RANK: 9/10




Por Jorge Vanegas Aparicio

La desazón que experimenta el lector cuando se acerca a esta obra, es un primer síntoma que advierte el tremendo impacto anímico implícito en su historia, porque no se puede hacer una pieza de arte sin que ésta deje de afectar en grado sumo los sentidos del espectador, caso contrario, perdería todo su propósito. Así, me satisface creer que la factura lóbrega y descorazonadora de El Astillero (1961) no obedece a razones ciegas, sino que posibilita al lector inmiscuirse en la lenta descomposición de los personajes.

Hay que advertir que no es válido recaer en facilismos a la hora de examinar esta novela. Lejos de todo ese ridículo histrionismo que suele acompañar a no pocos artistas, el escritor uruguayo creó un trabajo que no se encausó por los habituales modelos estilísticos y temáticos, característicos del boom latinoamericano, motivo por el cual vino a consagrarse tardíamente, cuando ya se encontraba en el exilio; un derrotero con raíces existencialistas, muy original, a pesar de que algunos lo han comparado con la obra de Kafka.

En Juan Carlos Onetti (1909-1994) se vislumbra ese compromiso existencialista: destaca el absurdo de una subsistencia desesperada ante la ilusión del porvenir, ora por el sentimiento de insignificancia que reposa sobre el individuo cuando no se han alcanzado todas esas quimeras, ora cuando aparece un obstáculo comunicativo frente a nuestros semejantes y surge la imposibilidad del entendimiento.

La trampa de Larsen

El envejecido Larsen o “juntacadáveres” desembarca en la miserable localidad de Santa María, trayendo consigo muchos deseos de revancha contra la ciudad que lo expulsó; aquellos que todavía dudan de su existencia, ven con perplejidad cómo se pasea desafiante con el revólver en su sobaquera y el pesado caminar que lo caracteriza. Sin embargo, no ha aparecido solamente para vengarse, también ha llegado para casarse –por beneficio- con Angélica Inés, la hija idiota de Jeremías Petrus, último dueño del astillero de una ciudad justamente llamada Puerto Astillero.

Aunque la verdad es que tal astillero se está pudriendo: el, en otros tiempos, flamante edifico, no es más que una inactiva mole gris que se está cayendo de a pedazos, sin cristales en las ventanas, repleta de goteras y con la maquinaria oxidándose amontonada en galpones. Larsen, orgulloso, trabajará dentro de lo que queda de la sombría estructura; una molestia que el viejo Petrus le ha legado para que se las apañe como pueda.

Sólo dos empleados, los únicos que permanecen en la empresa –porque no quedaron ni siquiera los obreros y las secretarias- son Gálvez y Kunz, el administrador y el director técnico, respectivamente. Ellos, tras sus engañosos títulos no son más que unos empobrecidos empleados que justifican sus extensas jornadas sin paga saqueando a manos llenas la poca maquinaria que queda para revenderla por chatarra a mercaderes rusos.

¿Acaso Larsen es la esperanza de Puerto Astillero? ¿Es el hombre que levantará del piso la otrora poderosa Petrus S.A.? Eso es poco probable; para empezar, sus dos subalternos, Gálvez y Kunz, no soportan los ostentosos aires que se da su nuevo jefe como gerente de un astillero quebrado, apenas si les provoca sorna cuando éste les comenta el sueldo que exige para trabajar en el astillero:

“- Debería decirle cuánto cobraron los anteriores.
- No me importa, gracias –dijo Larsen-. Lo estuve pensando. Por menos de cinco mil no me quedo. Cinco mil cada mes y una comisión sobre lo que pase más adelante –mientras alzaba el pocillo del café para chupar el azúcar, se sintió descolocado y en ridículo; pero no pudo contenerse, no pudo dar un paso atrás para salir de la trampa-. Estoy viejo para hacer méritos. Con eso me arreglo, puedo ganar eso en otro lado. Lo que me importa es hacer marchar la empresa. Ya sé que hay millones” (Págs. 35-36)
Por otro lado, el optimismo que demuestra Larsen cuando se hace cargo de la empresa es, sistemáticamente, silenciado por las atroces condiciones del astillero; a su entusiasmo se le opone la fatalidad de una realidad que se muestra ineludiblemente monstruosa, pero a la que terminará haciéndole el quite a base de falsas expectativas.

Larsen, con su autoengaño en marcha, verificará que lo mejor es aceptar como puede su papel en esta farsa, visitar ocasionalmente a su novia bobalicona en la destartalada mansión de Petrus, almorzar en lo de Belgrano y asistir a un trabajo sin paga. Había llegado para demostrar que no fue derrotado y, en vez de ello, terminó por caer –como al resto de los habitantes de Santa María- en las tramposas promesas que le ofreció su suegro, acerca de la resucitación de la empresa y de los millones de pesos que ganarían cuando de nuevo funcionara el astillero. El doctor Díaz Grey –de quien me referiré más tarde- le reprochará este hecho:

“Todos sabiendo que nuestra manera de vivir es un farsa, capaces de admitirlo, pero no haciéndolo porque cada uno necesita, además, proteger una farsa personal. También yo, claro. Petrus es un farsante cuando le ofrece la Gerencia General y usted otro cuando acepta. Es un juego, y usted y él saben que el otro está jugando. Pero se callan y disimulan. Petrus necesita un gerente para poder chicanear probando que no se interrumpió el funcionamiento del astillero. Usted quiere ir acumulando sueldos por si algún día viene el milagro y el asunto se arregla y se puede exigir el pago” (Pág. 114)
La jugada de Gálvez

Cuando Larsen logra la confidencia de sus empleados, Gálvez lo invita a la miserable casucha en la cual vive con su desaliñada esposa y sus dos perros. Constatará, por cuenta propia, las penosas condiciones de la vivienda: una muestra de la pobreza de todos los pobladores de la región –¿Si así vive un contador del astillero cómo vivirán el resto de personas?-. Tal pareja es el paradigma de quienes habitan la zona costera, han pasado a ser despojos enajenados que se resisten a aceptar la disparatada realidad de la región –como también sucede con el viejo Petrus y con Larsen-.

En estas visitas, Larsen advierte la fatídica jugada de Gálvez para desquitarse del viejo Petrus enviándolo a la cárcel: cuenta en su poder un preciado documento donde consta que aquel se quería apoderar de la totalidad de las acciones de la compañía para capitalizarla. Larsen se horroriza ante esta revelación, sus propios planes de hacerse con la supuesta riqueza del anciano se ven entorpecidos. Su pensamiento gira en torno a este altercado, se reúne con su suegro para comunicarle la situación, contempla la idea del asesinato, pero ¿acaso Larsen va a matar por una fortuna inexistente?

“Casi perpendicular a las mantas, la máscara blanca y amarilla, calva, cejinegra, parecía dormir; la boca fina y vencida, estaba apretada sin esfuerzo. “Quedan pocos como éste. Quiere que lo liquide a Gálvez, a la mujer preñada, a los perros mellizos. Y él sabe que para nada. Voy a despedirme; si despierta y mira lo escupo” (Pág. 126)
Sus energías se enfocan en la mujer de Gálvez; la insta para que le arrebate el papel a su marido, la seduce –cuando sabe que no siente mucho amor por ella-, pero, una vez logra convencerla, se da cuenta de que Gálvez ya ha ido con la policía para denunciar a Jeremías Petrus. El viejo es confinado en la prisión, pero es tan pobre que no tiene para pagar un abogado. Como una cruel ironía, Larsen no ve otra opción que robar la poca maquinaria que resta en el astillero para revenderla y así obtener el dinero necesitado.

Una ciudad post-apocalíptica

Santa María –en otro tiempo perla del progreso que construyeron los colonos europeos- es un puerto en decadencia, víctima de la debacle económica acaecida en la región. Sus pocos habitantes son figuras apáticas que recorren las calles sin advertir que esa fausta quimera de la metrópoli terminó por consumirlos a punta de promesas que nunca se cumplieron. No es que el astillero signifique una pesadilla post-industrial, sino que se mantiene como un símbolo en el que la gente ha depositado la mayoría de sus esperanzas en aras de un bienestar general. Cuando las máquinas colapsan, el individuo no puede estar más desamparado. Sólo pervive el esqueleto de un emporio, una ciudad desecha que se sobrevive a sí misma junto al abandono de sus embotados habitantes.

El único consuelo de estas masas desarraigadas es asistir a El Chamamé, un bar-antro que sirve para eludir la realidad del puerto, y olvidarse de la falta de oportunidades. Este bar es el refugio de los vestigios de la ilusionada población de Santa María, apoltronada sobre una barra de bebidas baratas, de mujeres fáciles y de borrachos harapientos:

“No hubo que agregar nada más, porque el resto –es decir, El Chamamé mismo- lo traían cada noche los clientes. Iban llegando para armar El Chamamé, cargando, siendo cada uno, varón o hembra, una pieza del rompecabezas; hasta sus accidentales ausencias contribuían a formarlo; y hasta pagaban por el derecho de hacerlo.
Nunca pudo saberse de dónde sacaban el dinero; la Petrus S.A. había interrumpido el trabajo años antes y las chacras de la zona eran demasiado pobres para tener peones permanentes” (Págs. 172-173)
Los habitantes de la ciudad son existencias volcadas a la desgana de un no futuro, ya que inconcientemente se perciben abandonados a su suerte, persistiendo en un milagro que no va a llegar nunca. El Chamamé es una excusa que hace soportable sus días, quizá una razón para seguir esperando el sórdido destino que les depara. Se sirven de esta alcoholización colectiva para mitigar un estado anímico equiparable a las deplorables condiciones del astillero.

El doctor Díaz Grey

Calvo, solterón, con cincuenta años encima y con la dudosa habilidad de conocer el pasado de la ciudad y sus habitantes, incluida el del propio Larsen; el doctor Díaz Grey es el humanista que se encomienda reflexionar sobre el hombre como inquilino de un mundo cada vez más absurdo:

“Pero no deseaba burlarse de nadie, nadie en particular le parecía risible; estaba de pronto alegre estremecido por un sentimiento desacostumbrado y cálido, humilde, feliz y reconocido, porque la vida de los hombres continuaba siendo absurda e inútil y de alguna manera u otra continuaba también enviándole emisarios, gratuitamente, para confirmar, su absurdo y su inutilidad” (Págs. 107-108)
Personaje clave y recurrente en otras obras de Onetti -La Muerte y la Niña / La Novia Robada-, impasible testigo del auge y la caída de Puerto Astillero, Díaz Grey hace gala de un carácter escéptico que no admite ilusiones; se demarca como el centro lúcido de toda la sordidez calamitosa que se cierne sobre la región. El propio Larsen lo buscará para que lo ayude a entender su angustia existencial, develando a Grey los pormenores para reliquidar el astillero y, así, conseguir la anhelada fortuna, hecho que provocará en su interlocutor una mueca sardónica, cuando le confirme que multitud de gerentes, con ese mismo pensamiento, han abandonado la empresa sin un peso en los bolsillos y con la desesperación en sus ojos por huir del puerto:

“- Sí, ya lo sé, lo oí también esta tarde. Petrus está loco, o trata de seguir creyendo para no volverse loco. Si liquidan cobrará cien mil pesos, y yo sé que debe, él, personalmente, más de un millón. Pero mientras, puede seguir presentando escritos y visitando ministerios. Está muy viejo, además. ¿Usted cobra sueldo?” (Pág. 110)
Pero el verdadero interés de la visita al doctor Grey es comprobar si en realidad todo lo que ha estado haciendo en este tiempo vale la pena o, simplemente, es un continuo dejar hacer de la vida según lo que suceda:

“- Así que usted está allí –dijo Díaz Grey, con repentina alegría-. Todo está bien, todo está en orden. Déjeme hablar; casi nunca bebo, aparte de la cuota de las siete de la tarde en el bar del hotel. Y siempre, casi siempre, la misma gente, las mismas cosas. Usted y Petrus. Tendría que haberlo profetizado; me doy cuenta y me avergüenzo. No hay sorpresas en la vida, usted sabe. Todo lo que nos sorprende es justamente aquello que confirma el sentido de la vida” (Pág. 113)
Toda la charla gira en torno a las dudas de Larsen, que van desde las ventajas de seguir en la empresa esperando un milagro financiero, hasta la preocupación por concebir hijos con una retrasada mental. El mismo Grey se extraña ante estas revelaciones, encontrándolo ya trastornado por el nebuloso ambiente de Puerto Astillero.

El absurdo

Larsen mantendrá en la cárcel –donde se encuentra recluido su suegro- uno de los diálogos más delirantes de El Astillero; demostrando el grado de absurdo al que ha llegado Petrus, y el mundo fantasioso que ha edificado el anciano a su alrededor para desentenderse de la cruda realidad.

Cuando Larsen le comenta acerca de la necesidad de cobrar sus honorarios, el viejo le replica que primero ha de entenderse con el administrador del astillero, realizando los efectivos trámites burocráticos para recibir su paga; no obstante, el único administrador de la empresa es Gálvez: ¡el hombre que huyó y le denunció ante las autoridades! Entonces, ¿con quién debe entenderse Larsen para recibir su paga? ¿Acaso con la nada? El viejo Petrus se limita a firmarle un inservible trozo de papel con la cifra de pago acordada:

“- Comprendo, señor –susurró-. Usted desea capitalizar sus sacrificios. Me parece muy bien. En cuanto a los sueldos actuales, designe un administrador y entiéndase con él. Respecto al futuro, ¿qué es lo que quiere?
- Alguna seguridad, un contrato, un documento –rió suavemente, dócil y consolado.
- No veo inconveniente –exclamó Petrus con excitación. Abrió el portafolio de cuero con un movimiento pausado y hábil que hizo sonar gravemente la escala de la cremallera-. Creo, en principio, que podemos entendernos –extrajo papeles y desenganchó la lapicera del bolsillo del chaleco-. Diga qué clase de documento desea ¿Un contrato por cinco años? Espere un momento” (Pág. 213)
________________

Hay que reconocer que en El Astillero, Onetti no sólo describe un pesimismo latente ante la vida, que hace ver todo como irremediablemente perdido, sino que también denuncia esa misma precariedad que rodea la existencia humana cuando se abandona a su desdicha, sin tener una consciencia clara de la situación en la que se ha caído. Esto es, en últimas, lo que le ocurre a los fantasmagóricos habitantes de Santa María y Puerto Astillero.

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Germán Castro Caycedo - Colombia Amarga


AUTOR: Germán Castro Caycedo
TÍTULO: Colombia Amarga
EDITORIAL: Planeta, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1986
PÁGINAS: 312
RANK: 9/10
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Por Alexander Peña Sáenz

Colombia Amarga (1976) es la recopilación de las crónicas escritas en la primera etapa de trabajo de Germán Castro Caycedo (1940-), periodista oriundo de Zipaquirá, Cundinamarca. Su labor, ampliamente reconocida en Colombia, es, en su opinión: “el testimonio de este sabor amargo que me deja el haber recorrido a Colombia casi semanalmente durante siete años”. Ese arduo itinerario que lo lleva a visitar diversas regiones del país y develar en ellas verdades olvidadas, hacen de Castro Caycedo un hombre valiente, que no teme hablar sobre la realidad, tal cual es, en nuestro país.

Crónicas que muestran la crudeza con que la violencia se esparce indiscriminadamente entre los colombianos; crónicas que describen el poder de la naturaleza manifestándose contra el hijo que la destruye en nombre del progreso; crónicas que denuncian la realidad del hampa y de la niñez que sobrevive en las calles; crónicas que muestran un sorprendente desprecio por la vida y dignidad humanas; crónicas que se revelan contra la corrupción y el olvido en que el Estado ha sumido a cientos de compatriotas a lo largo y ancho de nuestro territorio.

Endemia colombiana: la violencia

Inicialmente, diez reportajes abren el panorama de Colombia Amarga; en ellos, Castro Caycedo deja abierta una noción de la endemia colombiana: la violencia que históricamente ha transitado por estas tierras desde los tiempos de la invasión de los europeos; la violencia que ha prevalecido de manera patética hasta nuestros días, tiempo en el que Colombia se presume una república independiente.

Tal violencia se manifiesta a través de disputas políticas, del dominio descarado de las tierras campesinas, de un odio indiscriminado hacía los indígenas, del afán de las multinacionales por expandir su campo de acción y explotar todo recurso vital, del narcotráfico, del hampa en las calles, de la corrupción administrativa, del abandono estatal y el olvido de regiones recónditas.

Todo esto encrudece el drama de miles de compatriotas colombianos, que al verse y sentirse desprotegidos por el Estado, abandonan sus tierras en busca de una mejor vida en otros sitios, principalmente en las ciudades, optando por vías nada fáciles y muchas veces ilegales, haciendo ver el problema del desplazamiento como un círculo vicioso que no tiene aparente solución. La violencia en Colombia ha sido acentuada con mayor fuerza desde aquella época en que fue asesinado uno de los caudillos más grandes del país, Jorge Eliécer Gaitán y, desde entonces, no ha dejado de ser parte de nuestra cotidianeidad. Veamos como Castro Caycedo experimentó esos rasgos de violencia en su constante transitar por el país.

Un par de pueblos en Risaralda –La Celia y Balboa-, en los años setentas, aún se mataban entre ellos por la disputa ideológica de liberales y conservadores. Ninguno de los dos bandos reparó por la vida del otro, y ninguno vaciló a la hora de ver eliminado a su rival. La lucha “política” resultó muy absurda, concretamente por el hecho de pelear por los intereses de unos pocos, aquellos que ostentaban el poder, y que podían sacrificar las vidas de sus adeptos en pro de la hegemonía. Es triste ver cómo la violencia se dispersó sin una razón coherente, pues los partidarios de estos grupos políticos defendieron tan sólo un par de colores, desconociendo el sustento ideológico de los mismos.

En Caicedonia, en el Valle del Cauca, también alrededor de 1970, se luchaba en una guerra entre liberales y conservadores. Las tierras de este pueblo son ricas e ideales para el cultivo del café –cuyo grano es apetecido por su dulce sabor, y ha hecho de Colombia un país popular ante el mundo-. Sin embargo, la violencia no permitió que la región prosperara en paz, pues los líderes de los partidos que ya mencionamos, se disputaban estas tierras fértiles, buscando saciar sus comodidades. Los campesinos permanecieron allí explotados, ignorantes e impotentes para ejercer alguna resistencia. Los gamonales de cada grupo político poseían control absoluto sobre la región, y su poder era tal, que se podían dar el maléfico lujo de elaborar listas negras, en donde se escribían contendientes a eliminar.

El Genocidio Sigue, es el título de otra de estas crónicas sobre la violencia. En San José del Guaviare, en donde miles de hectáreas de selva han desaparecido para que el colono pueda civilizar el lugar, la población tiene el espejismo de ser una zona próspera por la producción de arroz. La gente que vive en la región, proviene de diversas partes de Colombia, y llegaron allí en busca de trabajo. En efecto, consiguieron trabajo como cultivadores de arroz, pero al tratar de vender sus cosechas, los intermediarios y especuladores acechaban sus mercancías para ofrecerles y pagarles sumas miserables, mientras éstos las revendían a cifras muy superiores a las agencias oficiales.

Charlatanes provenientes de los Estados Unidos vienen a agravar la situación con el cuento del diezmo y de la biblia, esclavizando al campesinado. Misioneros adventistas, iglesias de Cristo, la Pentecostal Unida, entre otras, buscaron, en medio de la ya dramática situación, sumar adeptos a sus filas, prometiendo la solución total a sus problemas. Al ilusionarse con el mágico incremento de cosechas, curas a enfermedades, y la solución de otros problemas que los afligían, los campesinos accedían a entregar su diezmo, creyendo asegurar la salvación de sus almas, mientras sus vidas corrían precarias en medio de las malas inversiones estatales.

“La matanza de la Rubiera” es otra muestra de la crudeza con que la violencia ha impregnado en la conciencia colombiana. Seis campesinos de Arauca, cerca de la frontera venezolana, alimentados por un odio ancestral, históricamente irracional, proveniente de los primeros días de la conquista española, fueron capaces de matar a 18 indígenas en el verano de 1967. En el imaginario del mestizo se encuentra arraigada la idea de que el indígena es un ser malvado por naturaleza y posee intenciones perversas para quienes no son como ellos.

Por un odio injustificado como este, los seis personajes planearon una matanza brutal para deshacerse de los indios, que venían en son de amistad. Con cuchillos, balas y golpes fueron ultimados, y luego incinerados. El crimen no quedó impune y los culpables purgaron su condena en la cárcel. Los campesinos agresores aprendieron allí que los indígenas son humanos, que merecen un trato igual de justo al de cualquier otro hombre. Sin duda, otro caso triste en el que tienen que ocurrir hechos crueles para aprender a enfrentar una realidad cegada por el odio.

La violencia contra la naturaleza

Más crónicas de Colombia Amarga, esta vez acerca de la violencia ejercida contra la naturaleza, cuestión que resulta ser una prolongación de aquella que los hombres experimentan entre sí. Cada día que pasa, Colombia se convierte en un desierto, como si fuera un cáncer en expansión. Los plaguicidas destruyen la vida de bosques y selvas, con la excusa de eliminar malezas y hacerlos productivos.

Es el caso del agente naranja utilizado en tierras del sur del Tolima, en donde la flora y fauna han sido exterminadas, mientras la salud de los habitantes se ve sumamente perjudicada: malformaciones, daños congénitos, abortos y múltiples enfermedades se manifiestan merced a los efectos secundarios que genera el plaguicida. Estados Unidos fabricó el agente naranja para utilizarlo en los campos de Vietnam, en la época de la Guerra Fría. Estudios científicos revelaron que el plaguicida resultaba perjudicial para la salud del ser humano, por lo que su uso fue suspendido. Lo que sobró, Estados Unidos lo regaló a varios países, pues su destrucción resultaba costosa. Entre esos países, Colombia aceptó el regalo, con las nefastas consecuencias que acarreó para la gente de Tolima.

La Bahía Moñitos en el Atlántico, antaño tierra rica, con aguas de igual esplendor, en donde abundaban diversos peces como el sábalo y la anchoa, se convirtió en una zona destruida, debido a la ambición de las multinacionales pesqueras que robaron las riquezas existentes con métodos de pesca dinamiteros, brutales con la vida marina. De paso, estas industrias extranjeras explotaron sin clemencia a los pescadores nativos, vendiéndoles el pescado sobrante y pequeño a sumas muy elevadas. Por otra parte, compañías madereras de Alemania exterminaron la selva abundante de la región. Los extranjeros se han llevado los recursos y el Estado colombiano sólo ha dejado promesas jamás materializadas.

Por supuesto, la naturaleza no se conforma con lo que los hombres han hecho de ella y suele desquitarse de maneras muy fuertes. Un caso bastante difícil se evidencia en épocas de invierno, cuando el río grande del Magdalena se desborda y azota con graves inundaciones pueblos enteros del Atlántico, en especial en los 230 kilómetros que van desde Magangue hasta Barranquilla. La gente impotente nada puede hacer ante un evento de esta magnitud, que suele dejar cientos de casas inmersas en el agua, la pérdida total de cosechas, la proliferación de enfermedades transmitidas por insectos y complejas crisis sanitarias. Poco hace el Estado para contribuir a una solución seria a este gigantesco drama.

Abandono y profundo desprecio por la vida

La vida en un país como Colombia –se ha visto- parece no tener mucho valor. Las personas tienen poco respeto e interés por sus semejantes. Por ejemplo, en los Llanos Orientales, patrones de haciendas y dueños de enormes cantidades de cabezas de ganado, explotan a pobres vaqueros, quienes cuidan y lidian con vacas y toros, expuestos a las inclemencias de la región, sin garantías para sobrevivir con éxito.

Allí, en esos mismos Llanos, otras personas intentan intercambiar y vender sus productos en lugares apartados de sus residencias. Para ello, toman aviones incómodos e inseguros; los pilotos se limitan a arrumar cuanta cosa quepa en sus naves y llevar la carga, sin reparar en que hay hombres dentro. La zona es conocida por la gran cantidad de accidentes aéreos y, la gente, con algún halo de humor, responde cuando se le pregunta para dónde va: ¡Pues para donde caiga! Sí, es un riesgo que toman los lugareños, con tal de conseguir algo de dinero y poder alimentar a sus familias.

Otro caso de abandono es evidente en Pisba, Boyacá, “(…) un Departamento que se traga el 85 por ciento de su presupuesto en burocracia, malos manejos fiscales estimulados por los políticos de todos los bandos, e inauguración de monumentos al pasado.” El Estado no se acuerda de esta región, convirtiéndose en una carroña de lo que se vivió hace ya más de 190 años. Quizá Bolivar y sus tropas pasaron por el lugar dando libertad a la Nación, pero de nada sirvió, pues continúa en la esclavitud del olvido.

Más abandono: el “pueblo de hombres ranas”, en el corazón de la ciénaga del Magdalena, donde una comunidad vive en casas que se levantan dentro del agua del lago más grande de Colombia. Los pescadores del lugar se encuentran aislados del resto del país, sin agua potable, sin escuelas, incomunicados, dedicados de por vida a la pesca, sin otro proyecto de vida.

El hampa en las ciudades colombianas

Bogotá es una ciudad peligrosa, con graves problemas como el desempleo y el hampa; una lugar donde las grandes cantidades de raponeros, el hurto de bienes privados y públicos es un hecho frecuente. En el corazón de Bogotá transitan muchas personas de todos los rincones de Colombia, de suerte que se amplíen las implicaciones de delincuencia, mendicidad, calles atascadas por automotores, personas apresuradas, prostitutas callejeras, bares y hoteluchos de mala muerte, gamines, vagos diurnos, etcétera. Como siempre las autoridades prometen liberar el lugar del hampa, pero al capturar en fragancia a los infractores de la ley ¿qué hacen con ellos? Casi nada, pues después de algunos días de encierro volverán a las calles a seguir delinquiendo.

Las administraciones distritales se han despreocupado y desentendido de la situación. Y si para esa época de 1970, existía un fracaso contundente frente a la problemática de la delincuencia y las drogas, estamos hoy día, 2009, igual o peor. Castro Caycedo tiene datos acerca del tema. Desde 1957, la limpieza de la delincuencia en el centro de Bogotá ha sido promesa de campañas políticas. Todo lo que se dice es a futuro: “se hará, se proyectará, se solucionará”, pero en ningún momento se dice algo en presente. No se hizo ni se hace nada para enfrentar el hampa.

La Zona de los Mártires, desde antes de la década de los setentas, ha sido azotada por cantinas, hoteluchos piratas que concentran nubes de prostitutas, gamines, rateros, hampones peligrosos, vendedores ambulantes que encubren el delito, el expendio de marihuana y otras drogas más nocivas, y la reventa de objetos robados. Hoy, podemos decir que el problema de fondo permanece absolutamente intacto. Los vagos se asocian con las prostitutas, los raponeros están alertas frente a los extranjeros, y la colaboración ciudadana es nula.

Los niños y jóvenes, tristemente se han visto envueltos en la terrible situación. Quienes ingresan al bajo mundo delinquen bajo presión. La mayoría son hijos de personas provenientes de provincias y sitios cercanos a la capital, personas con dificultades para conseguir un empleo. La policía aprehende a los menores cuando cometen algún delito y los lleva a correccionales que, paradójicamente, son verdaderas escuelas del crimen. Por raro que parezca, allí hay violaciones, tráfico de armas y estupefacientes.

Pero no todo es malo, Castro Caycedo rescata a través de dos crónicas: El Gamín es un Ser Superior y El Extraviado, un ejemplo de verdadera superación de un joven de la calle, Roberto Ramírez Triana, quien de primera mano vivió el drama de salir un día de su casa hacía la calle y encontrarse con un mundo totalmente diferente. Por giros de la vida, la calle lo hizo suyo, experimentando ese modo de vida tan difícil. Gracias a la intervención del padre Niccolo, Roberto y muchos otros niños de la calle, pudieron insertarse con éxito a la sociedad. El relato de este joven es bien interesante y, sin duda, un momento importante en Colombia Amarga, relato que el lector está invitado a ver por su cuenta.

La corrupción y abandono estatal

“Hay un botín que se llama Estado y de cuyo manejo existen ejemplos hasta en el silencio de las selvas, en los desiertos del norte, bajo los muelles de los puertos o en lo más profundo de las minas. Los millones que unos pocos aportan a sus arcas han enriquecido a un grupo definido de personas que pugnan en una lucha voraz y descarada por llegar hasta ellas. Este parece ser actualmente el motor que anima a una sociedad taladrada por la deshonestidad”

Dentro de las selvas del departamento del Vaupés, más concretamente en Yavaraté, dan ganas de llorar. La ineficiencia estatal en el lugar resulta descarada. Sus pobladores viven en pobres chozas, y caminan por trochas en estado lamentable. El Estado invierte millonadas en el lugar, pero los administradores, para ahorrar gastos, compran los materiales más económicos para infraestructura, y el dinero restante –que es mucho más de la mitad de la inversión estatal- se lo embolsillan unos cuantos políticos, dejando en condiciones bastante precarias a la región. Todo se evidencia en acueductos y alcantarillados con tubos podridos, pisos de cemento que se desmoronan, y carencia de luz eléctrica.

En otro lugar, en las minas de Muzo en Boyacá, donde un hombre puede hacerse rico en un día encontrando una preciosa gema y “enguacándose”, todo pareciera tener valor, menos la vida. Hasta una gallina puede llegar a ser más importante que un hombre. La ambición de los guaqueros por las preciadas esmeraldas puede llevarlos a matar a vecinos y amigos, con tal de hacerse a un gran motín con las piedras que se extraen de las minas. Es el municipio más rico del país pero, por paradojas de la vida, carece de acueducto, de escuelas, y de otros muchos otros servicios, pues a nadie le interesa tributar a las autoridades para inversión social.

Y así muchos otros lugares de Colombia, de cabo a rabo, viven el desdén estatal, que sólo los recuerda cuando hay elecciones; donde la política no se gana con buenas propuestas, sino comprando votos a personas que no les interesa más que el dinero que puedan obtener por los sufragios; donde nadie paga tributos; donde la burocracia despilfarra recursos que podrían destinarse a mejores planes en salud, educación, servicios públicos y vías; donde la corrupción política y el crimen organizado suelen confabularse; donde el contrabando se disfraza de legalidad, mientras miles de colombianos transitan su existencia miserablemente, hacen de Colombia un país con sabor amargo.
______________________

Pese a que las crónicas de Colombia Amarga fueron publicadas en 1976, después de 33 años, Colombia sigue siendo amarga por la corrupción en altas esferas de la política, que reparten el dinero a privilegiados, desdeñando las necesidades de gente pobre; sigue siendo amarga por la hostilidad de los países vecinos que amenazan con animar guerras y arruinar el comercio de las fronteras; sigue siendo amarga por violencia para-estatal y la narco-guerrillera; sigue siendo amarga por el desaforado narcotráfico; sigue siendo amarga por el hampa que pulula en las ciudades con un increíble desprecio por la vida de las personas; sigue siendo amarga con tanta promesa de la politiquería. En fin... cada colombiano está en el deber de pensar con seriedad sobre qué está haciendo para cambiar todo esto. Es hora de que nos sentemos a dialogar para liberar a Colombia de tanta amargura.

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Pierre Chariot – Sartre y el Existencialismo



AUTOR: Pierre Chariot
TÍTULO: Sartre y el Existencialismo
EDITORIAL: Plaza y Janés, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1976
PÁGINAS: 76
RANK: 5/10




Por Alejandro Jiménez

Varios años antes de la muerte de Jean-Paul Sartre (1905-1980), su compatriota Pierre Chariot publicó este pequeño manual de divulgación titulado Sartre y el Existencialismo. Su trabajo, aunque breve y general, se sumó a la lista de publicaciones que hasta entonces habían buscado resituar la doctrina filosófica de Sartre, especialmente con relación a ese equívoco que, desde el principio, pareció cernirse sobre ella, y que nos la presentaba como escéptica, nihilista y desesperanzadora. Hay que recordar que fue precisamente esa errada interpretación del existencialismo, la que llevó al mismo autor a escribir, por allá en 1946, la obra apologética L’ Existentialisme est un Humanisme.

Lo que sucede con Sartre es aquello que corresponde a todos los grandes pensadores, pues ha conocido de forma alternativa adulaciones y rechazos; son muy pocos los que, tocados a profundidad por sus ideas, permanecen en el terreno de lo neutro. Pero, la prueba sustancial de que Sartre constituye una figura controversial se encuentra en el hecho de haber sido juzgado desde tantos marcos diferentes: el comunismo, el fascismo, la religión y hasta la propia filosofía; juicios que, a nuestro parecer, sólo reafirman su importancia como ideólogo de una de las más significativas corrientes artísticas e intelectuales del siglo XX.

Chariot parece hacer suyas esas palabras con que abre Sartre aquella obra a la que antes nos referíamos: “Quisiera defender aquí el existencialismo de una serie de reproches que se le han formulado”. En efecto, su librillo vendrá a mantener un tono de defensa, incluso, diríamos, de entusiasmo, frente al existencialismo y lo que representa para él, el pensamiento sartriano. Tal vez, ese mismo fervor, sumado a la mínima extensión del documento, sean las razones que impiden a Chariot asumir alguna de las críticas hechas a Sartre, con el deseo real de examinarla en sus matices e implicaciones.

Esto no quiere decir que sea un texto de propaganda, más bien, que se trata de una obra introductoria y de bajo nivel propositivo. Acaso el elemento que resulte más original en ella –teniendo en cuenta esa bibliografía copiosa que existe sobre Sartre- sea el retrato que nos plantea Chariot sobre los primeros “existencialistas” de París, es decir, aquellos jóvenes “desgreñados” y “sombríos” que se daban cita en el Saint Germain-des-Prés, que escuchaban la lúgubre voz de Juliette Gréco y que, a la sazón, fueron los principales responsables de crear esa equivocada visión del existencialismo que, aunque menos fuerte, persiste todavía en nuestros días.

Sartre y el Existencialismo es un libro que se lee muy rápido y que se atiene a una lógica que intentaremos respetar en nuestra reseña. Por tal motivo, reconstruiremos el recorrido hecho por Chariot, quien: 1. Dibuja el panorama de la posguerra y la emergencia del existencialismo; 2. Recrea los aspectos más sobresalientes de la vida de Sartre; 3. Da cuenta de los antecedentes del pensamiento existencialista y; 4. Considera el lugar y aportes que hace el filósofo francés a dicho conjunto.

Un falso concepto de existencialismo

Jean-Paul Sartre tuvo que vérselas con un inventario bien extenso de reproches: se lo acusó de promover el quietismo y la relatividad moral, de ser un antipatriota, de crear obras agrias y desagradables, y hasta de contribuir a la vulgarización de la filosofía. Muchas de estas críticas comparten un origen común, puesto que son el resultado de una manera de entender su pensamiento; quienes las hacen, concuerdan en que, dado el paisaje pesimista e indefinido de sus obras, aquello propuesto por Sartre es, necesariamente, una filosofía de la derrota.

Sin embargo –y esto vendrá a convertirse en una recurrencia a lo largo del libro-, Chariot piensa que era inevitable hablar sobre aquello que habló Sartre y, sobretodo, hacerlo con el tono en que lo hizo, porque esa era la condición de su época. De qué otra cosa podría haber hablado, se pregunta Chariot -siendo él un escritor que pretendía ser representativo de su tiempo- si no era de aquellas “cuestiones palpitantes” que lo tocaban, a él y sus contemporáneos, durante y después de la guerra: angustia, miedo, insatisfacción. Pensemos que:

“En los últimos años de esa guerra, con la ocupación de París por el ejército alemán, y la dispersión de muchas familias, no fueron pocos los jóvenes que se encontraron solos, desorientados, desesperanzados, en medio de la calle, a merced de las contingencias; algunos sin hogar siquiera. En estas condiciones, carecían de lo más elemental para subsistir, y la verdad es que subsistían con muy poco. Ni tan sólo vivían de esperanzas. Paralelamente a esa desazón, a esa angustia, experimentaban un desmedido afán de libertad. Y optaron –obligados por las circunstancias- por una vida nómada” (Pág. 10)

Ahora bien, lo que sí tiene lugar en este punto es algo así como una división entre aquello que, desde entonces, se convertirá en el imaginario social del “existencialismo”, y lo que constituye propiamente el existencialismo en términos de una metafísica de la existencia. En otras palabras, asistimos, por un lado, a una proyección material de este movimiento, no siempre correlativa a las orientaciones filosóficas que se preocupaban por establecer Sartre, Camus o Heidegger y, por otro, a la proyección de estas mismas orientaciones en el plano teórico y que, la mayoría de las veces, tenían muy poco que ver con las actitudes y costumbres de los que empezaron a catalogarse socialmente como “existencialistas”.

De cualquier forma, la causa de este embrollo debe situarse en la activa comunicación que mantuvo Sartre con las numerosas caves del Saint Germain-des-Prés, que se convirtieron en los sitios de encuentro predilectos de muchos grupos literarios y, específicamente, de los de corte existencialista, caracterizados por su aspecto sombrío e imperturbable. Es así como, nos cuenta Chariot, también Sartre se daba cita allí con sus camaradas intelectuales, para escuchar a Juliette Gréco –quien cantó algunas canciones escritas por él-, para fumar y beber vino mientras se discutía acaloradamente, o para perderse entre los oscuros y estridentes sonidos de algún jazz.

Pero cuidado porque, lo otro, esto es, lo del “far-west”, lo de los “boussons noirs”, y toda esa parafernalia, es cosa que no puede atribuirse a Sartre. Mientras que estos muchachos continuaban ensimismándose dentro de las caves, y los dueños de los bares los convertían en atracción turística, Sartre se metía de lleno en las cuestiones filosóficas que implicaba el llamarse existencialista; escribía El Ser y la Nada (1943) y estrenaba una tras otra sus obras teatrales. Esto significa, pues, que a pesar del contacto que tuvo el autor con aquel mundo soterrado y pesimista –que la gente del común designaba como existencialista-, Sartre nunca promovió esa condición, sino que muy por el contrario –y como veremos más adelante- tenía en sus manos un pensamiento renovador, cautivante y lleno de vitalidad.

La vida de Jean-Paul Sartre

Lo que hace Pierre Chariot en esta parte de su libro es una semblanza muy general de la vida de nuestro autor. Sobre ella retoma principalmente la muerte prematura de su padre, y la tensa relación que tuvo con el hombre que algunos años después se casaría con su madre. Del mismo modo, recupera las dos experiencias militares de Sartre, la primera, en los servicios auxiliares, a la que fue destinado a causa de su estrabismo y, la segunda, como camillero durante la Segunda Guerra Mundial, en donde fue prisionero de los alemanes por nueve meses.

Chariot se desprende, en su examen, de los alcances concretos que pudieron tener todas estas situaciones en el sentido de definir aspectos del pensamiento sartriano. Su estadía en Alemania, por ejemplo, no pasa aquí de ser otro de los apuntes, cuando constituyó el primer encuentro directo de Sartre con las teorías fenomenológicas que nutrirán la etapa que va desde La Trascendencia del Ego (1936) hasta Lo Imaginario (1940).

Por el contrario, Chariot prefiere recuperar algunas anécdotas: la carta que escribió Sartre antes de cumplir los siete años al escritor Georges Courteline, en la que lo felicitaba por una condecoración; la del comerciante estadounidense que le ofreció dinero a cambio de poder utilizar una de sus frases con fines publicitarios; o la de su acusación de colaboracionismo por el trato que llegó a establecer con Heidegger, quien –como sabemos-, mantuvo una relación muy compleja con el Nacional Socialismo.

Los antecedentes del existencialismo

Hemos dicho que hay una interpretación del existencialismo que se limita a ver en él un conjunto de ideas pesimistas e inmorales; también hemos afirmado, ateniéndonos a Chariot, que esa interpretación se hizo más fuerte, en tiempos de Sartre, debido a un grupo de jóvenes sombríos y circunspectos, que se hacían llamar existencialistas, pero que distaban considerablemente de los planteamientos de este movimiento porque no superaban la realidad objetiva que se describía en las obras, ignorando así que esa descripción, ese mundo, constituía su base de acción en tanto hombres.

El recorrido histórico que nos permite constatar que el existencialismo no representa una filosofía pesimista, sino que al contrario emerge como espacio para el empoderamiento y la libertad, evidentemente, debe iniciar en algunas páginas del pensamiento religioso, atravesar todo el mundo griego, y llegar a ese territorio privilegiadísimo que desarrolló Søren Kierkegaard. Él es la piedra angular del existencialismo, y la primera referencia moderna de una doctrina filosófica que toma como punto de partida para la definición del hombre, las nociones de angustia y contingencia.

En una de sus reflexiones memorables nos confesará: “la angustia es la revelación metafísica de la condición humana”, esto es, sólo la angustia puede definir con precisión y verdad qué podemos llamar hombre. Por esta razón, pensar que la angustia –el sentirnos arrojados, en medio de un mundo sin asideros ni destino- constituye una excusa para el derrotismo y la indolencia (características comúnmente atribuidas a los existencialistas), termina siendo una falacia, pues al contrario de esto, es lo que nos permite conocer lo que tiene, a un tiempo, de libre y absurdo el hombre.

A esa profunda mirada ontológica de Kierkegaard, se sumarán las inquietudes de Jaspers, concretamente en lo que se refiere al papel de la historia y el diálogo con el otro; las de Marcel y; sobretodo, las de Heidegger, quien traducirá esa noción de angustia como preocupación, estableciendo una distinción entre las preocupaciones triviales y “las derivadas de la limitación indiscutible de nuestra vida”, pero dejando en claro que son todas ellas, en su unidad, las que permiten acercarse a un posible entendimiento del hombre.

En resumidas cuentas que, esos conceptos que han sido desde siempre el material fundante de la teoría existencialista (la angustia, la muerte, la libertad, la contingencia, el absurdo) son, justamente, los que no permiten entenderla como pesimista: cuanto más nos entregamos a la idea de la muerte, dice Chariot, más alcanzamos una auténtica existencia. André Malraux afirmó hace un tiempo: “La muerte transforma la vida en destino”, y de qué forma sus palabras cuadran aquí para acercarnos a ese inextricable malentendido que acompaña a la opinión pública sobre el existencialismo, en especial el de la línea Sartre-Heidegger.

El existencialismo de Sartre

No cabe duda de que el argumento más fuerte que Sartre elaboró para defender el existencialismo de sus detractores fue su propia vida. Si nos tomamos el trabajo de repasar todo lo que hizo, todo lo que dijo, todo por lo que luchó, entonces ya no quedarán motivos para pensar que su paso por el mundo fue –al modo de sus personajes- inútil e indefinido, sino que, al contrario, tuvo todas las características de una verdadera existencia. En palabras de Chariot:

“Muchos de sus contraopinantes alegan que Sartre carece de fe y de esperanza; que es escéptico. Serán o no compartidas algunas de las afirmaciones de Sartre, pero existe un hecho incontrovertible: un hombre que lucha, que trata de dar a conocer lo que piensa, que lo hace valiéndose de todos los medios –la novela, el teatro, la conferencia e, incluso, el cine- no puede ser un escéptico, un desesperanzado, sino un luchador tenaz. Y nadie podrá negar que Sartre lo sea” (Pág. 30)

Y es que hasta el hecho de “valerse de todos los medios” para comunicar sus ideas fue, a la postre, algo que se le criticó. Con Camus y Sartre, los límites tradicionales entre filosofía y literatura se derrumban: ¿No son El Extranjero y La Náusea, dos de las obras más profundas del siglo XX? Y lo son porque pusieron en marcha toda la maquinaria de la filosofía a través del lenguaje literario; sus personajes reflexionan en torno a cuestiones ontológicas (¿Qué soy? ¿Qué puedo ser? ¿Qué me condiciona?), asumen su existencia como una gran incógnita, y establecen sobre ella juicios certeros, los unos más explícitos que los otros.

Pues bien, se le criticó a Sartre rebajar la filosofía a la categoría de las masas –Heidegger mismo no llegó a aceptar el potencial del pensador francés-, y todo porque en esa pasión de explorarse, reconoció que todas las herramientas eran perfectamente válidas, y que el teatro o la novela, bien podrían hacer las veces de un libro filosófico, con la ventaja de que aquellos serían comprendidos por un número más grande de personas.

El reconocimiento de esta situación lleva a Pierre Chariot a expandir su análisis del pensamiento sartriano más allá de El Ser y la Nada, por lo cual dedica algunas de sus páginas a los problemas que se desprenden de dos piezas teatrales –Las Moscas (1943) y A Puerta Cerrada (1944); analizando en ellas el modo como nociones filosóficas funcionan en personajes y contextos determinados.

Sin embargo, el grueso de la disertación sobre los fundamentos del existencialismo estará contenido en un último capítulo llamado, ostentosamente, El Pensamiento de Jean-Paul Sartre. En primer lugar, Chariot distingue las dos clases de ser propuestas por Sartre: ser en sí y ser para sí; asume que estas categorías establecen cierta correspondencia con el pensamiento y la extensión de Descartes, pero también con otras más usuales como lo estático y lo dinámico: el hombre “está condenado a salir de lo estático –ser en sí- para penetrar en lo dinámico –ser para sí”, y esto lo lleva a cabo por medio de una lucha arriesgada, difícil, peligrosa –dirá Nietzsche-, pues en ello se está jugando la defensa o reconquista de su libertad.

En congruencia con las bases filosóficas de sus inspiradores –Kierkegaard y Heidegger-, Sartre también apuesta por un estado inicial de arrojamiento a la vida que exige: 1. La conciencia de nuestra finitud, es decir, la certeza de ser para la muerte y; 2. La conciencia de estar condenados a elegir todo lo que hacemos. Con base en estas convicciones, el hombre se lanza, en uso de su libertad, a tomar decisiones sobre sí y sobre el mundo, en una lucha que, como bien advierte Chariot, tiene una doble dimensión, puesto que no sólo consiste en hacerse a uno mismo –cuando elijo, me hago, puesto que no soy más que el conjunto de mis acciones, de mis elecciones-, sino también en hacerse con el otro, dadas las implicaciones que tiene para el mundo lo que yo decido –“cuando elijo, elijo por toda la humanidad”-.

Esto quiere decir que, en principio, no existe ningún hombre previamente determinado y que, distinto a buena parte de las teorías religiosas que postulan una esencia a priori a la existencia, es decir, que nuestra “naturaleza” ha sido definida en todas sus posibilidades antes de llegar a ser, para Sartre se trata, exactamente, de lo contrario:

“(…) el hombre se va definiendo sucesivamente, a posteriori, por sí mismo. En principio, el hombre es muy poco. Ira siendo algo a medida que se vaya haciendo. De él depende el rumbo que adquiera su vida, con la utilización que haga de su libertad” (Pág. 64)

He ahí el descubrimiento de la angustia y de lo absurdo: hemos aparecido en un mundo que no nos define como hombres, aunque nos condicione, que nos exige decidir cada cosa, y proveernos de un sentido que se nos ha negado a priori. En los personajes de sus obras literarias –pensamos en el caso de Roquentin, Garcin o Estelle-, Sartre ha matizado tan bien esta condición, que el lector puede terminar creyendo que ésta es su propuesta, que la sola exigencia de reconocer el vacío, y el miedo a no tener más seguridades que las que podamos surtirnos por nuestra cuenta, es ya tarea suficiente para el hombre. Allí parecen haberse quedado muchas disquisiciones acerca del existencialismo.

Pero lo cierto es que la teoría de Sartre va mucho más allá; busca mostrar cómo esa condición angustiosa tiene las proyecciones opuestas al derrotismo, toda vez que es el espacio para ser lo que queramos, para elegir lo que nos gusta con firmeza, e irnos dibujando sin ninguna clase de bosquejo. Como plantea Chariot, esta función electiva, esta acción que día a día emprendemos –o podemos emprender- en el mundo, provoca una angustia comprensible en el hombre, ya que encarna una responsabilidad que sólo compete a nosotros; pero, por otra parte, es también la ocupación más gloriosa, en tanto que su puesta en marcha es la manera más legítima de ser hombres.
_________________

Sartre y el Existencialismo es un libro introductorio al complejo universo del pensamiento sartriano; no es un texto del que se puedan esperar grandes desarrollos, pero sí incitaciones muy sutiles y efectivas. Dejó como conclusión la síntesis de Chariot:

“Algunos han considerado el existencialismo de Sartre como una doctrina fundamentalmente pesimista. ¿Lo es, en efecto? No, responde Sartre, categóricamente. El existencialismo no es un nihilismo, una doctrina de desesperación, de abulia; es una filosofía de la acción, opuesta al quietismo y, por tanto, una filosofía optimista. Después de haber mostrado, bajo las formas más hóstiles, lo absurdo, la contingencia y lo precario de la existencia, nos propone vivir plenamente la aventura humana, sin esperanza tal vez, pero sin temor” (Pág. 74)

Los invitamos, finalmente, a echarle un vistazo a las obras de Sartre reseñadas en el blog.

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