Teresa Colomer, Emilia Ferreiro & Felipe Garrido – Lecturas sobre Lecturas




AUTOR: T. Colomer, E. Ferreiro & F. Garrido
TÍTULO: Lecturas sobre Lecturas (Vol. 1)
EDITORIAL: Conaculta / Asolectura (Tercera edición)
AÑO: 2004
PÁGINAS: 61
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez
   Al plantearnos la pregunta “¿qué significa leer hoy?”, asumimos dos cuestiones: que la lectura es una práctica que puede teorizarse y que las condiciones actuales influyen en la manera como llegamos a concebirla. En efecto, a lo largo de las últimas décadas el número de publicaciones relacionadas con la lectura se ha multiplicado hasta consolidar teorías bien fundamentadas sobre las implicaciones de esta experiencia a nivel psicológico, social o educativo. Asimismo, el contexto contemporáneo ha dotado dichas reflexiones con elementos particulares como lo son, por ejemplo, el papel de la tecnología, la saturación informativa, el alfabetismo funcional, etcétera.

   En nuestra lengua, las investigaciones de especialistas como Margarita Gómez-Palacio, Emilia Ferreiro, Teresa Colomer, Anna Camps, Ana Teberoski o Carlos Lomas, han alcanzado una proyección de gran envergadura y han abierto caminos para analizar la cuestión en América Latina, un espacio caracterizado históricamente por la ausencia de lectores competentes, el analfabetismo, la persistencia de discursos y acciones de adoctrinamiento, la baja inversión en programas de lectura, la manipulación mediática y la consolidación de imaginarios que conciben los libros como instrumentos de segundo orden frente a las fórmulas más sensacionalistas e inmediatas del entretenimiento.

   Dada esta situación, resulta significativo encontrar publicaciones como Lecturas sobre Lecturas (2001), esto es, documentos de referencia especialmente concebidos para servir a todas aquellas personas que, de una u otra manera, se relación con las prácticas de animación a la lectura y que carecen de información realmente rigurosa sobre el tema, por lo cual, continúan remitiéndose a textos viciados, manuales de aplicación o derivaciones apresuradas de teorías. 

   El libro, editado de manera conjunta por asociaciones promotoras de México y Colombia, recupera tres ponencias realizadas en el marco del seminario internacional ¿Qué y Por Qué Están Leyendo los Niños y Jóvenes de Hoy?, desarrollado en Ciudad de México a finales de 2001. El primer documento corresponde a Teresa Colomer y se centra en el papel que vienen desempeñando los mediadores en la definición de las bases y prácticas de acercamiento de los jóvenes a los libros; el segundo, pertenece a Emilia Ferreiro y, en él, la autora alerta sobre la necesidad de no prescindir de la escritura cuando se trazan planes de animación a la lectura; finalmente, aparece un texto de Felipe Garrido sobre las distinciones que existen entre formar lectores autónomos y buscar que lean funcionalmente como se plantea desde el gobierno y la escuela.

  A continuación quisiéramos sintetizar las líneas de desarrollo de estas tres ponencias y enriquecerlas con algunos aportes propios, tomados de otros libros y, por supuesto, de la experiencia como docentes involucrados en la formación de lectores.

El papel de la mediación en la formación de lectores

   No se tendrá una plena comprensión de lo que significa formar lectores, mientras las implicaciones de esta tarea permanezcan sin definirse claramente. Por esta razón, antes de asumir la discusión sobre la mediación, Teresa Colomer precisa algunas exigencias que, en la mayoría de países latinoamericanos, siguen sin responderse: 1. No se invierte lo necesario en recursos y educación; 2. La sociedad no sabe a ciencia cierta el tipo de alfabetización al que debe apuntar; 3. Los niños rara vez se incorporan a una comunidad verdaderamente letrada; 4. Hay una disputa permanente sobre los instrumentos y medios que deben utilizarse y; 5. Perviven junto a la lectura valores y formas de vida que van en su propia “contra”.

  Definir un camino frente a cada una de estas problemáticas constituye el primer paso para consolidar un proyecto radical de formación lectora, y lo es, ya desde hace muchos años, puesto que –en opinión de Colomer- el desbalance en las competencias lectoras surgió en el momento en el que las masas tradicionalmente aisladas de la lectura empezaron a incursionar en ella:

  “Al principio todo era sencillo. Los niños de las minorías ilustradas crecían con los libros. Madres, institutrices, familia, visitas, el entero círculo social en que vivían no se habría entendido sin las referencias de los libros. En la escuela aprendían el código, ganaban velocidad, leían a los autores canónicos y atendían la explicación de los profesores sobre el sentido de los textos. Cuando surgió la preocupación por los demás niños y niñas, la escuela pretendió continuar haciendo lo mismo mientras se extendía la idea de que, si la institución escolar ya se encargaba de enseñar el instrumento, bastaba con llevar los libros a los lectores. Lo que se necesitaba era abrir bibliotecas y ocuparse de llenarlas con criterios de selección moral o de calidad. Durante décadas, nadie pensó demasiado en cómo hacer las presentaciones entre todos esos ‘nuevos’ niños y los libros” (Pág. 11)

   Es importante subrayar que esta interpretación de la lectura entrando en crisis justamente cuando la masa incursiona en ella posee argumentos bastante fuertes. Las escuelas, por dar un caso, en realidad no estaban preparadas para la transición entre una élite letrada y la numerosa población que, desde entonces, empezaría a frecuentarla; el triunfo de la libertad que permitió a un espectro más amplio de la sociedad alfabetizarse, no tuvo una respuesta congruente, más bien, chocó contra instituciones y gobiernos que no lograron responder a la exigencia. Al respecto, se ha avanzado notoriamente, pero, aun así, en la actualidad el desbalance sigue siendo notorio, y en este sentido se expresa Kenneth Goodman:

  “Continuamente, las afirmaciones revelan que las capacidades lectoras y escritoras están disminuyendo, y que nuestros estudiantes no son letrados como otros en el pasado y en otros países. ¿Y quiénes son los que no alcanzan los logros? Los puntajes son claros: los pobres, los inmigrantes, las minorías étnicas y raciales (…) En el mundo actual, aunque el porcentaje de analfabetismo está disminuyendo, el número real de analfabetos va en aumento, principalmente a causa de la tasa alta de nacimientos en los países más pobres y en las áreas más pobres dentro de dichos países. En general, la tasa total de alfabetismo está aumentando en proporción a la cantidad de inversión en educación y los cambios de las condiciones económicas” [1]

   El interés de Teresa Colomer no es discutir acerca de las estructuras económicas y sociales que han mantenido y agudizan el problema de la lectura en los países en desarrollo; sin embargo, bien puede verse que una reflexión seria sobre el tema inevitablemente habrá de llevarnos a ello. Debe precisarse, además, que al hablar de alfabetismo no se hace referencia esencialmente al tipo de lectura al que apuntan los especialistas, esto es, libre, autónoma y crítica. El texto de Garrido propone una distinción entre alfabetismo funcional y lectura autónoma, pero, por ahora, baste con reconocer que:

  “Aspiramos a superar cualquier grado de analfabetismo: hay quienes no saber distinguir ni delinear las letras (analfabetismo absoluto); los que, sabiéndolas distinguir y delinear, no obtienen comprensión (analfabetismo funcional); hay quienes habiendo superado los dos primeros grados del analfabetismo, a pesar de esto, no leen ni escriben (analfabetismo empírico); finalmente, existe el analfabetismo informático, propio de quienes no acceden a los beneficios de los medios de la tecnología, como la red de internet” [2]

   Uno de los núcleos del problema se halla precisamente en esa diferencia radical que existe entre ser alfabeto y ser lector. Los autores coinciden en que la mayoría de acciones en la escuela, así como la estandarización de las pruebas evaluativas y, en general, los planes de gobierno, se centran en erradicar el analfabetismo, dejando de lado la formación de lectores autónomos. Esto significa que se proyecta la imagen de un ciudadano que sabe responder evaluaciones, que puede comprender documentos de distinta índole, repetir hábilmente información, etcétera, pero que jamás leerá por su propia cuenta y deseo, convirtiéndose la lectura en una herramienta a utilizar sólo en contextos determinados. 

  Bajo esta mirada se pierde prácticamente toda la riqueza de la verdadera lectura, se reduce a un medio utilitario, y se desvirtúan todos sus alcances y aportaciones. Por ello, la función principal de un mediador es recuperar, en primera instancia, la esencia del acto de leer, alejándolo de su equiparación con lo puramente funcional, y acercando a las personas –en concreto, a los jóvenes- al sentido de su atracción humana y radical. Se trata, en otras palabras, de apuntar a aquello que despierta en nosotros el deseo de leer, al convencimiento –casi esotérico- de que la lectura “le abrirá al hombre todo un mundo de experiencias maravillosas, disipará su ignorancia, lo ayudará a comprender el mundo y a dominar su destino” [3].

   Según Colomer, debe repasarse con cuidado qué es aquello que han estado haciendo los mediadores de lectura y, además, qué se ha escrito al respecto, para saber si la labor hecha al respecto se halla encausada de forma correcta. De tal suerte, en primer lugar, recupera el debate sobre la literatura, es decir, sobre la insistencia en su incorporación en la escuela, el hogar y los proyectos nacionales. La autora –al igual que muchos otros especialistas- reconoce la importancia de lo literario en las etapas primarias de la formación: la lectura de cuentos, por ejemplo, mejora el desarrollo de conceptos, la aprehensión de vocabulario, el reconocimiento de las estructuras del lenguaje y, por supuesto, la imaginación de los mundos posibles. En este sentido, incrementar la oferta de libros en las bibliotecas o colegios no basta para recuperar el gozo de lo literario; se requiere la intervención de animadores cuya presencia redunde cualitativamente en los jóvenes, transmitiendo su propio amor por la literatura y revelando los secretos y grandeza de la misma.

   La segunda reflexión de Colomer se basa en la visión de la lectura como un aprendizaje social y afectivo. De lejos se entiende que este punto implica situaciones bien complejas como la carencia de enlaces enriquecedores entre los libros y los jóvenes y, por supuesto, la monopolización en la escuela de las interpretaciones por parte de los profesores. Lo principal aquí es persuadirse de que no existe un inicio temprano en lo referente a la lectura y que, antes bien, en la medida en que éste sea apresurado podrán obtenerse mejores resultados. 

  Bien es cierto que en las familias favorecidas económicamente la iniciación lectora se desarrolla proporcionalmente más rápido que en las pobres y que, en consecuencia, es común que las primeras tengan prácticas mejor enfocadas que las segundas –lo cual se conoce como efecto Mateo-; sin embargo, Colomer considera que los baches sociales pueden sortearse en la medida en que los mediadores dirijan intervenciones más significativas y apelen a modos de lectura variados como lo son la exploración, la experiencia, la proyección, la conceptualización previa y hasta la recuperación de las referencias compartidas.

   La tercera afirmación bajo la cual trabaja la autora tiene que ver con el esfuerzo que implica la lectura. Colomer hace notar que en las últimas décadas el enfoque de la promoción lectora se ha centrado en el efecto placentero de los libros; Daniel Pennac, por citar un caso, resalta que el principal indicador de reconciliación con la lectura, el que quiebra su estatuto paralizador, es el placer, pues “una vez vencido el temor de no comprender, las nociones de esfuerzo y de placer actúan con vigor, la una en favor de la otra, de modo que mi esfuerzo, aquí, garantiza el incremento de mi placer, y el placer de comprender me sume hasta la embriaguez en la ardiente soledad del esfuerzo” [4]. 

   Lo fundamental en este punto es señalar que, al contrario de lo que las propuestas hedonistas sostienen, leer sí cuesta esfuerzo y la lectura en general requiere ejercicio y disciplina para perfeccionarse. Mas, esta certidumbre sólo incomoda a los amantes de la futilidad, de manera que, en la medida en que los mediadores puedan hacer comprender que el placer de una lectura se multiplica en consonancia con el esfuerzo realizado en ella, se habrá abonado mucho terreno, y se evitará la indisposición ante los grandes proyectos de trabajo. Por otra parte, la intención no es presentar siempre lecturas simples a los jóvenes, ni que estos autónomamente las prefieran frente a las de mayor complejidad, pero tampoco es prudente imponer estas últimas bajo el pretexto de una exigencia para la cual ellos mismos no están preparados.

  Teresa Colomer aborda al respecto el debate sobre el elitismo cultural; desde su percepción, la lectura ha sido históricamente una forma de separación social y de autoafirmación por parte de las clases hegemónicas. Así, mientras para los pobres los planes de formación se reducen al alfabetismo funcional, la élite dirigente ha ido ampliando sus márgenes de aprendizaje: para los primeros se ha elaborado degradaciones literarias, las subculturas, la ficción televisada, etcétera, mientras que para los segundos se sigue manteniendo el orden del teatro, el arte, la literatura clásica y los textos teóricos.

  Por esta misma razón es impostergable –y con este llamado cierra su documento Colomer- la revisión y readecuación de los corpus que sirven en las escuelas para la enseñanza de la lectura. Los currículos –dice- deben apelar a la diversificación y al trabajo crítico por parte de los estudiantes; debe contarse en ellos con libros fáciles, pero también con textos y planes de trabajo de mayor exigencia y, finalmente, proponer un acercamiento que cumpla con funciones cognitivas, afectivas y sociales, de modo que llegue a hablarse con propiedad de formación integral y positiva.

La escritura en el proceso de formación lectora

   El segundo texto que se presenta en Lecturas sobre Lecturas corresponde, como dijimos, a Emilia Ferreiro. En él no hay una un desarrollo especialmente profundo, pero algunas de sus ideas son significativas para comprender otra arista del problema de la lectura: el relacionado con la escritura. Desde el inicio, Ferreiro explica que, en casi todas las experiencias de formación lectora, las actividades consisten en interfases entre leer y escribir, motivo por el cual no puede hablarse de una práctica prescindiendo por completo de la otra:

   “Leer y comentar, leer y resumir, recomendar, contar para otro que no tuvo acceso a ese texto, explicar, revisar y corregir lo escrito, comparar y evaluar, dictar para que otro u otros escriban, dar formato gráfico a lo escrito (…) Cada una de las actividades que he mencionado requeriría un análisis detallado para que se comprenda que en todas ellas hay interfase entre el leer y escribir (…) Si no tenemos en cuenta que, en realidad, lo que importa es lo que hacemos con lo escrito, tampoco entenderemos bien por qué hay, necesariamente, múltiples maneras de leer” (Págs. 32-33)

   Esta afirmación de Ferreiro, en últimas, pretende sostener la idea de que todo proceso de formación de lectores, complementariamente, forma –o debería formar- para la escritura y, de modo inverso, cuando se plantean estrategias en el aula para el desarrollo del lenguaje escrito, estas no pueden sustraerse de la consideración de la lectura. Desde la concepción didáctica de aquello en lo que consiste una actividad, esta propuesta se encuentra más que argumentada:

   “La apropiación de la lectura y la escritura implican, desde el principio, la realización permanente de acciones de comprensión y producción, con una intencionalidad precisa y que ponen en juego todas las operaciones cognitivas y lingüísticas necesarias para interpretar o construir un texto. Esto lleva, obviamente, al dominio de este sistema, es decir, a la conciencia sobre la naturaleza y sentido de la actividad que incorpora, así como también de la estructura, funciones y procesos inmersos en las actividades de leer y escribir” [5] 

   La tesis de Ferreiro permite descubrir los lazos que unen la formación lectora con la escritora y, por extensión –como se infiere de la cita anterior-, ese reconocimiento converge, a su vez, en una conciencia metalingüística, es decir, en el hecho de que quienes participan en un proceso de esta índole se vean a sí mismos como usuarios del lenguaje y como los principales responsables de su formación.

   Esto resulta, por lo menos, claro; sin embargo, al interior de las aulas de clase persiste la confusión acerca del sentido de las actividades que se realizan y, más aún, del papel del estudiante y su proyección como agente en formación. En este sentido, la ponencia de Ferreiro enuncia una serie de elementos sobre los cuales es perentorio reflexionar: ¿Qué significa cultura escrita? ¿Qué nivel de conciencia tienen los estudiantes frente a labores como comparar textos, evaluarlos, parafrasearlos o resumirlos? ¿Escriben los jóvenes por requisitos burocráticos o porque conciben la escritura como una práctica importante para manifestarse? ¿Hay un gozo en la propia palabra o la del otro cuando se reconoce su fuerza elocutiva o literaria?

  Al interior de las aulas pueden desarrollarse muchísimas dinámicas de trabajo, pero todas ellas comportarán poca importancia si no se las reconoce como tales por quienes son sus protagonistas. Ferreiro habla de las actividades con los textos, alrededor de ellos, teniéndolos en cuenta, o a su propósito; y, con base en todas ellas, recuerda la necesidad de vincular de manera natural la lectura y la escritura; pero, todo ello será en vano mientras los directamente involucrados en estas prácticas se hallen en el terreno de la confusión o el sometimiento.

  Una buena parte del texto lo utiliza la autora justamente para compartir la experiencia de una escuela italiana en la que niños que todavía no han aprendido a leer ni a escribir por su propia cuenta ya poseen una amplia conciencia metalingüística. La maestra suele narrarles historias y, en otras ocasiones, las reconstruye en el tablero a partir del dictado que los propios niños le hacen. Ante la pregunta lanzada un día por la docente de cuál es la diferencia entre contar una historia y dictarla, se descubren asociaciones bastante puntuales y profundas por parte de los niños: “al dictar debe hablarse despacio” –dice uno-, “cuando se dicta las palabras no son las mismas” –afirma otro-, “contar es más fácil” –corrobora el último-.

  La edad de los niños oscila entre los cuatro y cinco años, pero, como puede observarse ya identifican las particularidades de la oralidad y la escritura; saben que se trata de realidades sustancialmente distintas: que cuando se habla hay cuestiones importantes de entonación y velocidad, variaciones sobre lo que se dice, mientras que cuando se lee siempre se mantienen las palabras, un descubrimiento que, en opinión de Ferreiro, constituye una de las primeras fascinaciones de los niños ante la lectura.

   La conclusión, pues, a la que llega la autora es que mientras las actividades de formación lecto-escritora no reconozcan la imbricación de ambas prácticas y, asimismo, permanezca nula la conciencia de los estudiantes sobre el trabajo que realizan, será más difícil e impositiva la educación y adolecerá de lo que con más ahínco debe buscarse, esto es, la consolidación de lectores y escritores autónomos.

Estudio versus lectura

   Josette Jolibert escribe en Formar Niños Productores de Textos que la enseñanza de la escritura debe enfocarse en la producción de textos en situaciones de comunicación reales y, del mismo modo, apelando a una estrategia de elaboración que contemple tanto los aspectos gramaticales y de contenido, como la reflexión metalingüística [6]. Lo propio podríamos afirmar de la lectura, es decir, que todo proceso que busque enseñarla, debe apelar tanto a un uso real como a la concientización por parte de los estudiantes de lo que hacen cuando leen.

   Si la enseñanza de la escritura se desvincula de un contexto significativo lo más posible es que se restrinja a un uso funcional, esto es, a aplicaciones puntuales y accesorias; asimismo, mientras la propia reflexión no permita a los jóvenes reconocer y ordenar sus estrategias de lectura, poco sentido encontrarán en lo que leen. El resultado final inevitablemente será la renuncia a la escritura o su reducción a ciertas esferas de la vida, pero nunca se comprenderán todas las posibilidades de enriquecimiento que esta ofrece para el ser humano.

   El documento de Felipe Garrido parte, de algún modo, de esta situación, haciendo notar que, si bien, para la educación el dominio del lenguaje oral y escrito constituye uno de sus objetivos primordiales, pocas veces lo alcanza, reduciéndose a logros que atañen a un alfabetismo funcional. La tradición nos descubre sistemas educativos que han concebido la lectura exclusivamente como “un instrumento para el estudio”, postergando y persiguiendo los lectores autónomos, pues en ellos se evidencia gente peligrosa”. De este modo, inicialmente se distinguen dos modelos distintos de lectura, la mecánica y la autónoma, cada una con particularidades bastante claras.

  La lectura mecánica –y también la escritura de este estilo- se realiza únicamente por obligación, para cumplir funciones escolares o laborales, restringiéndose por ello al tiempo y espacio en el que sea necesario desarrollarla; generalmente, se trata de un proceso de baja comprensión que reduce a las personas a un nivel pasivo de intervención, de suerte que los beneficios que se obtienen de su práctica son reducidos y nunca llegan a constituir una fuente de desarrollo personal.

   Por su parte, la lectura autónoma se realiza por voluntad propia, trascendiendo los usos particulares dentro de la escuela o el trabajo, y alcanzando el gusto mismo de leer o escribir. Conforme a esto, sus tiempos de práctica no son reducidos, se multiplican cada día y no encuentran problemas a pesar del esfuerzo que a veces exige leer cierta clase de textos. Quienes son lectores autónomos, además, poseen habilidades más notorias a la hora de expresarse, y participan con pleno poder y decisión en la cultura universal, obteniendo de ella conocimiento intelectual y emocional.

   Felipe Garrido pertenece a una corriente de especialistas muy centrados en la lectura como acto de felicidad y, bajo esta perspectiva, se muestra poco proclive a aceptar que esta experiencia pueda llevarnos también a estados de serio cuestionamiento o tristeza. Lo cierto es que, más allá de su optimismo –que bien podría rebatirse apelando a las experiencias de muchos escritores (Pavese, Woolf, Plath, etcétera)-, se muestra perspicaz a la hora de mostrar cómo la sociedad en su conjunto ha reducido desde finales del siglo XVIII la lectura al espacio de las utilidades. Incluso, las revistas y libros enfocados en la promoción de la lectura, prescinden desde entonces del placer de leer en favor de la adquisición de una conciencia de lo útil:

  “Todas estas revistas buscaban la utilidad y lamentaban la afición de los niños y las niñas ‘a lo maravilloso por más falso e inverosímil que sea’. Según decían, esto los llevaba a posponer ‘lo verdadero, lo provechoso y lo necesario’ –la cita es de Iriarte-. El culto positivista a lo que aparentemente es lo ‘verdadero, lo provechoso y lo necesario’ no ha desaparecido. Muchos padres, maestros, bibliotecarios y autoridades educativas repiten, a menudo sin saberlo, las palabras de Iriarte. O las apoyan con los hechos, aunque digan cualquier cosa” (Pág. 47)

   La persistencia del discurso utilitarista en la didáctica de la lectura y la escritura ha tenido como corolario la sustitución de verdaderos lectores por alfabetos funcionales. La escuela, principalmente, he reducido su trabajo a la replicación de contenidos, la vuelta irreflexiva a los mismos textos, la imposición dogmática, la evaluación estandarizada, y el aniquilamiento progresivo del posible gozo de leer. Lo propio han hecho hasta hace algún tiempo los gobiernos con sus planes de animación a la lectura y hasta el gran sistema editorial orientado en el público infantil y juvenil.

  Sólo recientemente –dice Garrido- las bibliotecas empezaron a tener un espacio dedicado a la lectura en sí misma. A lo largo de la historia se concibieron estos espacios como escenarios dedicados exclusivamente al trabajo intelectual, o sea, a la producción de teorías e ideas y, por tanto, a un tipo de lectura funcional, más no placentera. Quizá esta idea pueda parecer exagerada, a fin de cuentas es poco probable que antes de la época reciente las bibliotecas no hayan recibido a lectores hedonistas –tipo Racine o Bukowski-, pero lo dicho por Garrido no deja de tener validez en el sentido de que sí existe una diferencia esencial entre leer para estudiar y leer para disfrutar. Tal vez haya momentos en los que ambas realidades se hacen indistinguibles, pero la naturaleza de leer para una evaluación en comparación con la de leer por gratuidad es poco equiparable.

 La experiencia del autor al frente de programas de orden nacional le brinda proyecciones interesantes, pero, lastimosamente, se muestra prejuicioso frente a la educación. Llega a afirmar, por dar un ejemplo, que “se aprende más y mejor leyendo que estudiando”, y esta es una enunciación que no contempla las ganancias que pueden conseguirse en el estudio institucionalizado en términos del desarrollo moral, convivencial, emotivo, etcétera; en otras palabras, hay conclusiones apresuradas, y una contraposición que puede ser enfermiza a la hora de concebir un vínculo más fértil entre escuela y lectura.
__________________________

 Lecturas sobre Lecturas es un texto de referencia, útil para situar algunos elementos de debate en torno a la formación de lectores y escritores.


NOTAS:

[1] GOODMAN, Kenneth (2003) El Aprendizaje y la Enseñanza de la Lectura y la Escritura; en Revista Enunciación No. 8. Bogotá: Universidad Distrital Francisco José de Caldas. p. 84-85.
[2] NIÑO ROJAS, Víctor (2012) Competencias en la Comunicación: Hacia las Prácticas del Discurso. Bogotá: Ecoe Ediciones. p. 114-115.
[3] PETIT, Michèle (1999) Nuevos Acercamientos a los Jóvenes y la Lectura. México: Fondo de Cultura Económica. p. 161.
[4] PENNAC, Daniel (1993) Como una Novela. Bogotá: Editorial Norma. p. 131-132.
[5] LOZANO RODRÍGUEZ, Ivoneth (2002) La Lectura y la Escritura: una Aproximación desde la Teoría de la Actividad; en Revista Enunciación No. 7. Bogotá: Universidad Distrital Francisco José de Caldas. p. 49.
[6] JOLIBERT, Josette (1997) Formar Niños Productores de Textos. Chile: Dolmen Ediciones. p. 15.

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Alberto Moravia – El Engaño (y otros Relatos)




AUTOR: Alberto Moravia
TÍTULO: El Engaño (y otros Relatos)
EDITORIAL: Círculo de Lectores, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1969
PÁGINAS: 287
TRADUCCIÓN: R. Coll Robert
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez
   Las formas en las que se desenvuelve el destino pueden rastrearse. Los griegos pensaron ya que siempre es posible remontarse a los inicios, por turbios que estos sean, y que ese hilo a través del cual se manifiesta el vínculo, no sólo permite orientarse por la vida –como lo hacía Ariadna en su laberinto-, sino, además, otorgarle su justo valor a la experiencia, ese tejido que captura las cosas de adentro y de afuera hasta confundirlas con la propia inmanencia del tiempo.

  Alberto Moravia comprueba este pensamiento porque los fundamentos de su literatura surgen en aquel momento de su vida en el que enfrena la enfermedad –una tuberculosis contraída a los ocho años- y, con ella, el confinamiento y la reclusión en el sanatorio. Es decir, es justamente el aislamiento y la ruptura con el modelo tradicional de crecimiento, lo que le permite a Moravia desde temprana edad ponerse en contacto con autores clásicos –Kafka, Shakespeare, Boccaccio- y, sobre todo, beber “prematuramente” de las fuentes del psicoanálisis.

  Nada más inevitable que el destino de este autor se viese permeado por las ideas de aquella época, a la vez dolorosa y formadora, y que la lectura juiciosa de Freud dotara sus observaciones sobre el mundo con marcos de referencia centrados en la psiqué y su influjo sobre el comportamiento humano. Así pueden comprenderse mejor estas palabras:


  “Most of Moravia’s works deal with emotional aridity, isolation and existential frustration and express the futility of either sexual promiscuity or conjugal love as and scape. Critics have praised the author’s stark, unadorned style, his psychological penetration, his narrative skill, and his ability to create authentic characters and realistic dialogues” [1]

  Los elementos que se destacan corresponden a la psicología: aridez emocional, frustración, aislamiento, promiscuidad, y de todos ellos Moravia tenía ya, desde su adolescencia, una importante comprensión. De tal suerte, una vez decide inclinarse por las letras –su primer libro, Los Indiferentes (1929), aparece cuando tenía 22 años-, todos estos referentes se convierten en sus principales herramientas, trayendo como resultado obras con un marcado interés por el comportamiento y el flujo conciente e inconciente de la mente.

   Prácticamente, toda la producción de Alberto Moravia puede examinarse en esta línea, incluso, aquellas obra que, durante y después del fascismo, apuntaron hacia determinadas cuestiones de la resistencia. Esto significa que, al abordar cualquier obra del autor, inductivamente es factible aproximarse a la esencia del conjunto. Eso significa que sus relatos no componen un nivel por debajo del de las novelas –La Romana (1947), El Conformista (1947), El Desprecio (1954)-, sino que se ubican paralelamente a ellas, capturando un mismo interés, sólo que a través de una extensión distinta.

  El Engaño (y Otros Relatos) incluye 5 historias que comparten un tratamiento similar de los personajes –lejanos del estereotipo, complejos en su constitución y acciones- y, asimismo, un desarrollo dentro de circunstancias cotidianas que, sin embargo, se tornan extrañas por el modo en que son asumidas por los protagonistas o se sienten afectados por ellas. Para examinar puntualmente estas historias se sugieren a continuación 3 puntos de referencia: la constitución psicológica y su movilización en la vida conciente, el papel de la sexualidad en las determinaciones, y, la latencia de la vida inconciente.

La constitución psicológica de los personajes

   Algunos críticos señalan que a lo largo de la obra de Moravia se observa una repetición de esquemas psicológicos. Siempre –dicen- se encuentra el joven víctima de las indecisiones, la mujer frustrada en su matrimonio, o el hombre maduro y egoísta; sin embargo, podría ocurrir que, en realidad, no se tratara de una emulación constante de las personalidades, sino de sus condiciones objetivas. Esto significaría que lo que se repite es el contexto del personaje, no su carácter; así, podrían tenerse muchos hombres maduros, egoístas a razón del dinero, o mujeres frustradas por su sexualidad, pero ninguno de ellos sería equivalente al otro, pues su conducta frente a la situación que enfrenta es radicalmente distinta.

   Sucede que al aceptar la reiteración de esquemas psicológicos admitiríamos también una reducción de lo que existe, es decir, la variedad casi infinita de caracteres y comportamientos; y no hay nada más lejano de Moravia, quien elude los estereotipos, precisando los rasgos que, por ejemplo, dentro de los indecisos, las frustradas o los egoístas, hacen particular a sus personajes. Para probar esta afirmación, puede apelarse al relato El Engaño, el cual nos presenta a un joven tímido que hace la carrera de diplomacia en Roma y empieza a sentirse atraído por una de las muchachas de su pensión. La timidez del personaje jamás entra en el prototipo, y tan pronto quiere hacerlo notar Moravia, que las primeras líneas de la historia se encargan de precisarlo:

  “La timidez de Gianmaria, debida a su juventud y a la quimérica exuberancia de su imaginación, era tan profunda e iba, al mismo tiempo, unida a una voluntad tan rabiosa y tan decidida de vencerla, que muy a menudo el resultado era un singular descaro, imprudente e inútil. Generalmente obsesionado por la idea de parecer tímido, precipitaba actos que pedían un largo y cauteloso proceso de aproximación; o bien se lanzaba a ciegas, casi asustado de su propio valor, a empresas ridículas, estériles, o peligrosas, que cualquier hombre seguro de sí mismo hubiese rehuido. Esta obstinada aspiración a parecer distinto de lo que era y a forzar su propia inclinación le conducía, también, a actuar sin necesidad, obedeciendo a unas abstractas y rígidas normas suyas, con las cuales se imaginaba poseer un amplio repertorio de reglas de conducta que, en realidad, le faltaban completamente. Y lo más curioso era que, al igual que ciertos actores muy buenos, una vez emprendidos estos insinceros papeles, se identificaba con ellos hasta el punto de acabar creyéndolos reales, y sintiendo verdaderamente los sentimientos que al principio había fingido” (Pág. 5)

  Como se observa, la personalidad de Gianmaria, si bien se corresponde en algunos rasgos objetivos con la de cualquier tímido, en el fondo, es singular: es obstinado, se precipita en actos temerarios y es crédula frente a sus propias creaciones. La misma dinámica se halla en El Avaro, relato en el que Moravia nos presenta la historia de Tullio, un hombre que experimenta en su interior la lucha entre su atracción por una mujer y el deseo de mantenerse al margen de ella para evitar ver involucrada su fortuna:

   “Al contrario de muchos avaros, que no pueden dejar de exteriorizar su pasión en todos sus actos y acaban por encarnarla y personalizar su imagen viviente, la avaricia de Tullio se ocultaba tras la máscara de intereses completamente distintos, por no decir opuestos; y no se manifestaba más que en aquellas raras ocasiones en que, por una inevitable fatalidad, se veía obligado a aflojar los cordones de la bolsa (…) En su conducta era, precisamente, la negación de la tradicional figura del avaro: cordial, campechano, fácil en sus maneras y fluido en la conversación, rebosaba esa exuberancia que nos obliga a pensar en la generosidad, aunque, como en el caso de Tullio, tal exuberancia sea sólo de sentimientos y actos genéricos que no cuestan nada (…) No sólo la palabra dinero no se posaba jamás en sus labios, sino que otras más nobles y desinteresadas sonaban constantemente en ellos. Leía con interés y aplicación todas las nuevas producciones de los escritores más en boga, seguía asiduamente los periódicos y revistas, y no se perdía un solo espectáculo de cine o teatro” (Pág. 137)

   Nuevamente aquí el estereotipo entra en crisis, pues las cualidades comunes de un avaro –el mal humor, su poca sociabilidad, el marcado interés por la ganancia, etcétera- están lejos de determinar a Tullio. Y otro tanto ocurre en La Provinciana, escrito en el que Gemma, una mujer pobre y vanidosa, elude las maquinaciones sin escrúpulos que generalmente siguen las personas de su tipo para alcanzar una posición social más favorable, perdiéndose en un idilio que echa al traste sus propios anhelos.

  Lo que se prueba con estos ejemplos es, primero, el énfasis de Moravia en las condiciones psicológicas y, segundo, su distancia frente a los estereotipos del carácter. De este modo, las cualidades antes mencionadas –aislamiento, ansiedad, deseo- se manifiestan constantemente, pero de formas individualizadas, y este es un hecho que resulta primordial para comprobar que su obra es, a todas luces, profunda: abre nuevos caminos para el entendimiento de la conducta humana, en vez de seguir transitando por los hollados.

   A este respecto es productivo regresar un momento a La Provinciana, el relato más largo del libro y, asimismo, el que, en proporción, permite a Moravia un mayor número de consideraciones. Las agitaciones de la historia son constantes: Gemma pasa de ser una muchacha insatisfecha con su pobreza a tener la posibilidad de casarse con un aristócrata; pero, como aquello no llega a materializarse, habrá de resignarse a ser la esposa de un profesor y de soportarlo apelando a un romance con otro joven que la corteja; cansada, sin embargo, de su situación y de ser chantajeada por la amiga que en un primer momento fomentó su aventura, renunciará a sus pretensiones y aceptará la vida tranquila que le ofrece su marido, aunque esta se aparte del lujo y la nobleza que alguna vez deseó.

   El largo desarrollo de estos acontecimientos, da la oportunidad a Alberto Moravia de examinar las transformaciones que vive la protagonista en su psiqué: la certidumbre extraña que persuade a Gemma de pertenecer, a pesar de su pobreza, a una clase noble, las patrañas que alimentan su inconciencia, y las falsedades y sueños que la hacen construir una realidad superpuesta; la crueldad y el desprecio de las que se alimenta en sus relaciones conyugales; las angustias y contradicciones que advierte aun en las situaciones favorables; o la impaciencia de un temperamento que no admite la virtud sin ninguna clase de recompensa inmediata.

   En el fondo, lo que propone Moravia como contexto es simplemente la excusa para adentrarse en el universo del pensamiento, las emociones y las conductas. Lo sustancial, así, de La Provinciana, es el reconocimiento de sus fluctuaciones psicológicas, la visión compleja desde la que juzga el mundo, no reducible nunca a una única palabra. 

   En El Arquitecto ocurre algo semejante. La historia es simple: una pareja a punto de casarse contrata a Silvio para que este diseñe y construya la casa en la que vivirán; pero aquello que es inicialmente una relación laboral se convierte, después, en un trance amoroso que involucra a Silvio con Amelia, la prometida. La cuestión allí, más que en la infidelidad, se centra en el examen de sus motivos: el carácter martirizado de la joven que hace a Silvio desearla, el impulso de sus sentidos; el descubrimiento de que Amelia es una pusilánime que jamás tomará una decisión radical; su confusión, la desilusión y el verse “disminuido ante sus propios ojos, como el que descubre que es mucho menos potente y libre de lo que cree ser”.

   Moravia, de esta manera, elabora un retrato psicológico del mundo y, en este sentido, se halla en consonancia con el propósito del psicoanálisis, puesto que “la compasión de Freud por el ego es compasión por la especie humana, sobre la cual pesan las exigencias casi intolerables de una civilización edificada sobre la represión del deseo y la postergación del placer” [2]. Los personajes que aparecen en su narrativa son examinados con la lupa puesta sobre el yo, y el modo como este se determina en relación con el medio.

   Al leer El Engaño hallamos un yo reprimido por la timidez y, en El Avaro, por la mezquindad del protagonista, quien prefiere coloca su dinero por encima de la mujer a la que desea. Por otra parte, es posible advertir un yo aislado en ese mismo relato cuando se advierte que entre el personaje y su madre “reinaba esa perfecta incomprensión, tan frecuente en los círculos familiares, donde, padres e hijos, a pesar de verse diariamente, viven en una recíproca ignorancia de sus caracteres y vidas”. Asimismo, en La Tormenta, se pone de manifiesto el aislamiento cuando se dibuja la personalidad de Lucas Sebastiani, un hombre que ha caído en la apatía después de una experiencia de amor frustrado:

   “–Querido Sebastiani, no se lo tome a mal, pero usted no está sano… Precisamente hay en usted todas las características (y le ruego que me perdone) del psicopático… Por otra parte, esto suele sucederle a los artistas y, en general, a los hombres muy inteligentes, demasiado inteligentes (…) Mire, querido Sebastiani: yo, repito, podría ser su padre, y he aprendido a conocer a los hombres… De modo que, cuando usted se presentó en mi casa para proponerme aquel proyecto, aun antes de examinar sus planos, comprendí que no llegaríamos a nada, y esto porque a primera vista, por así decirlo, le retraté: éste, me dije, a pesar de ser un artista de gran valía, es un pesimista, y cada vez que emprende algo, lo hace presintiendo el próximo fracaso… A este hombre le falta empuje, fe, entusiasmo… Con éste no conseguiré nada…” (Pág. 279)

   Cada relato de Alberto Moravia presenta este tipo de reflexiones, tendientes a precisar el tipo de dinamismo que caracteriza la psiqué de los personajes, y son muchas las páginas invertidas por el autor para cumplir este objetivo. Hay que subrayar, además, que sus historias presentan una fértil consideración de lo contingente y que, en todas ellas, es, precisamente, un evento fortuito el que desencadena las acciones: en El Engaño, por ejemplo, lo que decide a Gianmaria a vencer su timidez es una broma que le juega la joven que le gusta y; en La Tormenta, es el choque de Lucas con su exnovia, lo que, de repente, lo embarca en una ansiedad sin límites.

El papel de la sexualidad en las determinaciones

  Hasta tal punto está influenciada la literatura de Moravia por las teorías de Sigmund Freud que, desde ella, también es posible aseverar que el deseo sexual desempeña un papel fundamental en la definición de los procesos mentales y el comportamiento. Puede, incluso, observarse, como lo han hecho algunos, que en este aspecto, Moravia entra en juego con una tradición que incluye autores como Sade, Cleland, Lawrence o Miller, autores que situaron la sexualidad como núcleo narrativo:

   “Otro novelista que ha conseguido notable reputación en estos años con sus fábulas en torno al sexo es el italiano Alberto Moravia (…) Las numerosas novelas de este autor tienen como base las infinitas manifestaciones y modulaciones del sexo, sobre todo cuando éste se despeña por senderos anormales: desde el incesto a la corrupción de menores, desde la impotencia a la homosexualidad, toda la gama de miserias sexuales desfila por las obras de Moravia, sin prescindir de los grandes temas, nunca agotados, de la prostitución y el adulterio. Moravia, judío de tradición latina, maneja muy hábilmente su cortejo de inmundicias, evitando crudezas demasiado claras o groserías que puedan levantar en vilo a un público mundano. Su arte perverso, delicado hasta cierto punto, es descendiente directo de aquella literatura amorosa, cargante, frívola y artificialmente perfumada que ilustraron a principios del siglo Marcel Prévost o Henri Bataille” [3]

   Este comentario es ilustrativo en términos de su apertura hacia las distintas dimensiones en las que trabajó Moravia la sexualidad –el adulterio, la homosexualidad, etcétera-, si bien se muestra desacertado y prejuicioso en lo que concierne a su crítica sobre el estilo del autor, supuestamente frívolo y artificial. En efecto, el tratamiento de Alberto Moravia no llega a ser tan explícito e intenso como el de Miller o Lawrence, pero no decae por ello en la futilidad; al contrario, se muestra rico en su simbolismo y en el estudio sobre las maneras como la sexualidad influye en el terreno de la conciencia y la inconciencia.

   En los distintos relatos el deseo sexual es imprescindible y, por esta razón, varias de las escenas en que se manifiesta son decisivas para el desarrollo de la trama. Ya en El Engaño uno de esos lances intrépidos que a veces le acometen al protagonista lo lleva a permanecer en el cuarto de Santina –la muchacha que lo atrae-, a donde ha entrado por equivocación; allí, tiene en frente suyo el cuerpo que despierta su deseo:

  “Era un cuerpo casi adolescente, largo y desgarbado, de huesudas espaldas, vientre liso y caderas agudas; las piernas, desmadejadas y delgadas, cubiertas por unas medias de seda negra, surgían de entre los encajes de la combinación verde, a la altura de la mitad del muslo. Aturdido y a la vez agudamente impresionado por el singular contraste que había entre la gracia infantil de aquel cuerpo y las dos manchas redondas del pecho, que se transparentaban bajo el velo verdoso de la combinación, anormalmente anchas, casi monstruosas, grandes y oscuras como dos monedas de cobre. El contraste se reafirmaba ante aquellos brazos en alto, que dejaban al descubierto dos axilas sombreadas por largos y suaves pelos negros como el azabache. Fue sólo un momento, que bastó para que el cuerpo, con la cabeza escondida y con la espalda desnuda, el biombo, con sus trajes y toallas colgantes, la vasta y triste habitación, todos los detalles, en suma, de aquel singularísimo cuadro, se grabasen para siempre en la atónita memoria de Gianmaria” (Pág. 10)

   La imagen, en efecto, regresará constantemente a la mente del protagonista y, justamente, constituye el deseo que lo lleva a hacer por la chica cosas que a él mismo le sorprenden. Descartes definió el deseo como “la agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a querer para el porvenir las cosas que se representa como convenientes” [4]; en este caso, lo que estima conveniente Gianmaria es la satisfacción de su placer, el acercarse a ese cuerpo revelado que, de repente, activa el impulso que se mantenía domeñado por su timidez. 

    En La Provinciana ocurre algo semejante: Pablo es el hijo de los ricos propietarios de la hacienda a la que Gemma va todos los veranos y, dada la pobreza de la muchacha, jamás ha prestado especial interés por ella. Sin embargo, cierto día en el que busca un lugar del bosque para reposar, la re-descubre desde el lente de la sensualidad; la halla acostada y dormida:

   “Dormía sobre un costado, con las manos enlazadas detrás de la cabeza de modo que uno de los brazos le tapaba la cara. El ligerísimo vestido de seda rosa dejaba transparentar las alargadas formas de su esbelto cuerpo. El joven observó con especial interés la elegancia y esbeltez del muslo que, desde la cadera, se dibujaba enteramente hasta la rodilla; tan largo, que casi parecía desproporcionado. Observó, también, que los desnudos brazos lucían una piel pálida y macilenta que contrastaba singularmente con el pelo espeso, húmedo y ardiente que le oscurecía el sobaco. Estos destalles le producían una extraña impresión; le parecía que Gemma no era aquella muchacha que conocía, sino otra, una mujer ignorada y deseable. Presa de su nueva y desconcertante emoción, sintió deseos de verle el rostro, dudando, casi, de encontrar las facciones a las que estaba acostumbrado…” (Pág. 73)

   Aquí, como se ve, también el deseo sexual, más explícito que en la primera escena, no sólo es un aspecto de la narración, sino que se consolida como el motor de los sucesos venideros: Pablo querrá desde entonces acercarse a ese cuerpo, y su cabeza empezará a dilucidar acerca de cuál es la mejor manera de alcanzarlo: un matrimonio o una aventura. 

   Con más fuerza, sin embargo, dada su personalidad, será la revelación de Elena para Tullio en El Avaro. Aquel hombre no ha tenido hasta entonces inconvenientes a la hora de prescindir de sus deseos con tal de favorecer sus intereses económicos. Pero, aquella mujer casada que diariamente frecuenta mientras su marido se pierde en el juego, poco a poco se transforma ante sus ojos hasta convertirse en una incitación prácticamente incontrolable. Así lo palpa el protagonista:

  “Una noche en que ya no sabía qué decir, mientras contemplaba silenciosamente a la mujer, le pareció que estaba más bonita y triste de lo acostumbrado. Nunca, aquellos redondeados y blancos brazos, de lánguidos ademanes, aquellos desmayados senos que a cada movimiento se marcaban bajo la seda del vestido, aquellas fuertes piernas cruzadas, habían despertado tanto deseo en él; nunca, la desesperada expresión del altanero y hermoso rostro le había parecido tan digna de piedad. Deseo y compasión, estos dos sentimientos que, desde un buen principio, ella le había inspirado, confundiéndose en un solo impulso, fueron aquella noche más fuertes que su inveterada prudencia. Y repentinamente, con un embriagado arrojo, se convirtió en el que tantas veces había imaginado ser: un hombre enamorado y sólo deseoso del bien de la mujer amada” (Pág. 156)

   Aquí, una vez más, Moravia declara abiertamente, que su personaje está siendo arrastrado por el deseo, y que se trata de un impulso difícil de controlar, incluso, para alguien como Tullio, acostumbrado a mantener a raya sus emociones. La lucha, en este caso, se torna compleja, pues el personaje estará fluctuando entre dos fuerzas que buscan su prevalencia: el deseo sexual y la avaricia. La primera, se entiende, tiene raíces instintivas, mientras que la segunda es de carácter racional, de suerte que la situación posea todo el cariz de una tragedia en la acepción más genuina de este término.

    Un último ejemplo del poder de la sexualidad puede hallarse en El Arquitecto: Silvio ha ido a casa de Amelia para hablar con ella, su prometido y madre, sobre los diseños que le han pedido. Mas, entrando, ha escuchado una conversación que le advierte que todos se encuentran ya al tanto de sus relaciones con la chica, de modo que se dirige al cuarto de ella para tomar una decisión sobre lo que deben hacer, pero el resultado, debido a lo que él encuentra allí es muy distinto:

   “La muchacha estaba sentada, desnuda, delante del tocador, de espaldas a la puerta. La inesperada vista de aquel dorso delgado, que en su base, semejante a un gran bulbo de delicada flor, se ensanchaba y se hundía sobre el blando taburete, en dos amplias y pálidas redondeces gemelas, le turbó de tal manera que, por un momento, permaneció inmóvil en el umbral. Pero Amelia, que por el inclinado espejo del tocador le había visto llegar, sin moverse ni dejar de limarse las uñas, volvió la cabeza mirándole por encima del hombro, y le invitó, riendo, a que entrara y cerrase la puerta (…) Parecía sentir un sutílisimo placer en actuar como si estuviese completamente vestida. Y llevó su ficción hasta el extremo de cruzar las piernas en un gesto mundano, y preguntarle cómo era que se había atrevido a entrar sin llamar, sorprendiéndola en su intimidad” (Pág. 234)

    Con relación a los otros fragmentos este presenta una particularidad, y es que sobre el deseo sexual se estructura un juego de seducción: Amelia está segura de cómo el deseo controla la mente de Silvio y lo utiliza como fórmula de dominación. Y este es un aspecto que no sólo es evidente en esta escena, sino que a lo largo del relato se mantiene en muchas otras acciones de la muchacha, cuyos abrazos, movimientos y otras búsquedas son dirigidos diestramente hacia el cortejo y, de allí, a la disposición mental de Silvio.

   Concluyendo, puede sostenerse a partir de los fragmentos señalados la tesis central de Freud sobre los instintos sexuales, esto es, “que son muy numerosos, proceden de múltiples y diversas fuentes orgánicas, actúan al principio independientemente unos de otros y sólo ulteriormente quedan reunidos en una síntesis más o menos perfecta” [5]. Cada uno de los deseos expresados arriba, por otra parte, están, en primera instancia, lejos de la procreación –algo que también comenta Freud-, centrándose, más bien, en la satisfacción de los placeres sensibles, y en la afirmación de un yo que sale de las áreas de la represión y el aislamiento.

La latencia de la vida inconciente

  Para cerrar, valdría la pena escribir algunas palabras a propósito del papel que cumple el flujo inconciente en los relatos de Alberto Moravia, específicamente, en lo referente al sueño. Según explica el psicoanálisis, el contenido latente del sueño puede examinarse desde tres categorías principales: 1. Las impresiones sensoriales nocturnas –es decir, aquellas que actúan sobre quien está durmiendo desde el exterior-; 2. Los pensamientos e ideas conectados con las preocupaciones de la vida habitual durante la vigilia y; 3. Los impulsos de todo aquello que se encuentra reprimido por la experiencia conciente [6].

    La atención de Moravia se enfoca, obviamente, en las categorías 2 y 3, o sea, en aquello que fluye durante el sueño relacionado con lo vivido y reprimido. El autor es prolijo y, así, en El Engaño, por ejemplo, invierte 3 páginas de las 60 del relato para narrar un sueño de Gianmaria. Un extracto de aquel sueño elabora la siguiente escena:

   “Apoyada sobre un montón de almohadones (Santina), sobresale fuera de la cama, con el busto cubierto por una fina camisa, adornada de encajes y ramos de flores; tiene los brazos extendidos a lo largo de su cuerpo y, cosa extraña, a pesar de la infame venta que, evidentemente, los dos rufianes (Cocarini y Negrini) se disponen a llevar a cabo, ella no parece de ningún modo triste; al contrario, sonríe beatíficamente. Indignadísimo, Gianmaria quiera alejar a la miserable pareja y salvar a Santina, pero no se siente lo suficientemente fuerte para afrontar sólo a los dos canallas. Entonces, se vuelve hacia la directora, con la intención de pedirle ayuda. Sorprendido, descubre que no está a su lado, sino cerca de la puerta, sentada de espaldas a la habitación, ante su escribanía de nogal, precisamente en medio de las nocturnas flores de colores intensos y reales. Está inclinada, alineando sobre su carpeta de reluciente tela negra montones y montones de monedas de plata” (Págs. 36-37)

    La escena, así extraída, puede parecer confusa para quien no conoce la historia, pero para quien la lee, las relaciones son muchas y simbólicas. El temor que siente Gianmaria por la suerte de Santina, a quien parece que Cocarini y Negrini venderán, tiene una connotación real: la chica le ha contado esa noche que aquella pareja se aprovecha de ella para explotar a los jóvenes que la enamoran. Pero, curiosamente, aquella certeza de la desprotección de Santina se mezcla con su propio deseo reprimido, no en vano la imagen representada de la muchacha da prevalencia a la sensualidad de su cuerpo. Por otra parte, el sueño expresa la inseguridad y timidez de Gianmaria que, observando la situación, no se siente con la valentía para encarar solo la situación; debe acudir a la directora de la pensión que sentada a su escritorio apila el dinero, el mismo que entregó esa noche el protagonista a aquella en pago de su hospedaje.

   Los sueños presentes en los relatos, como se ve, soportan un examen desde el psicoanálisis siguiendo el método que aplicó Freud en La Interpretación de los Sueños; todos responden a esa doble latencia de lo vivido y lo reprimido. De esta manera, si analizáramos el sueño de Tullio en El Avaro, podrían obtenerse similares resultados; en ese relato el protagonista sueña que, intempestivamente, debe huir de su casa por la amenaza de un peligro mortal y se dirige hacia una llanura campestre en donde hace este descubrimiento:

   “A su lado estaba Elena. También ella había huido de casa con grandes precipitaciones. En aquella oscuridad se le veía mal vestida, andrajosa, casi medio desnuda: por entre sus harapos asomaba un brazo, casi toda la espalda, parte de su seno. Sus ojos brillaban asustados, hundidos en las pálidas órbitas (…) Desde el principio del sueño hay en la mente de Tullio dos ideas bien claras: la primera es que, en aquel momento, Elena es un peligroso estorbo del que es preciso deshacerse; la segunda, que, a pesar de todo, es lamentable tener que renunciar a ella, precisamente ahora que está en sus manos. Estas ideas le dividen, prolongan su incertidumbre, mientras en la lejanía del horizonte relucen los fuegos, todavía más altos y vivos… (Págs. 172-173)

  En este caso los elementos que componen el sueño son igualmente una prolongación de las experiencias concientes y el deseo reprimido: esa noche, en un acto de impaciencia, Tullio le ha pedido a Elena –a pesar de estar casada- marcharse con él, de manera que se entiende que el sueño manifieste una situación precipitada; además, no es fortuito que el protagonista se detenga un tiempo en el escrutinio de la ropa con la que llega Elena, pues constantemente en sus visitas se persuade de la pobreza con que se viste, de lo anticuado de sus prendas; aun así, la consideración de la ropa, remite a la del cuerpo, y Tullio aquí no puede dejar de advertir la prominencia de los senos que tiene la mujer, es decir, fluye en ese instante su deseo sexual. Ahora bien, apenas aparecido, el mismo sueño refleja la lucha intensa del personaje: puede poseer a la mujer, pero esto constituye la renuncia a su acumulación avara, pues todo matrimonio cuesta y la mujer es pobre. No de otra forma podría entenderse que el fuego con el que termina el fragmento simboliza la propia destrucción de su bienestar individual.

   Un caso final ofrece la confirmación del sueño como fuente, no sólo de posibilidades narrativas, sino de verdadera comprensión de la psiqué. En El Arquitecto, Moravia conduce a sus personajes –Silvio y Amelia- hasta el lugar en donde se emplazará la casa del matrimonio. Han aparcado el automóvil cerca y permanecen dentro, inmóviles y mudos, hasta que el propio calor y el cansancio los adormece. Un último remanente de conciencia en la mente de Silvio lo hace imaginar la casa, la línea de sus paredes, el color, pero, cuando por fin se ha quedado dormido, ese pensamiento de la casa permanece manando libremente: 

   “Ahora la fachada, antes impoluta, está cubierta de una red de negras rendijas; algunas miran hacia el cielo, otras hacia los lados. Donde poco antes se extendía una superficie lisa y unida, hay ahora un fúnebre mosaico de piedrecillas blancas orladas de negro; vista singular, llena de deformidad y misteriosa angustia, que inspira a Silvio un sentimiento de inquietud y de repugnancia. Pero aún no ha llegado al final de sus sorpresas: mientras observa la quebrada fachada y se maravilla de que todavía se sostenga, ve hormiguear a través de las grietas más grandes, y luego hasta de las más pequeñas, una negra y numerosa legión de insectos. Salen por millares; emergen de las más capilares ramificaciones de las grietas, y se propagan a las partes todavía blancas e intactas (…) Este hormigueo no se desarrolla sin ruido; Silvio percibe un seco rumor de élitros, una frotación de abdómenes, un chasquido de quilíceros y colas. Se siente dominado por el asco y el miedo, desea que la casa se desmorone, se hunda bajo tierra con toda su hormigueante pululación. La fachada está ya completamente negra; el zumbido crece: ‘¡Al fuego! –piensa él-. ¡Al fuego!... Quemarlo, reducirlo todo a cenizas…” (Pág. 217)

    El sueño, incluso aquí, en donde parece tener una recreación fantástica o, por lo menos, inusual, no deja de responder a la estructura que se viene manifestando, sólo que aquí resulta mucho más simbólica. La invasión de la casa que se imagina ya construida Silvio está vinculada, en primer lugar, con su temor constante de fracasar, es un arquitecto de sesgo dubitativo; pero, además, y dado su romance con la futura esposa del hombre que vivirá allí, representa también el propio derrumbe de sus esperanzas: al fuego no está yéndose únicamente sus pretensiones profesionales, sino la misma conciencia de su triunfo como hombre.
_____________________________

   El Engaño (y Otros Relatos) es una oportunidad privilegiada de ingresar al universo de la conciencia y entender la compleja relación que existe entre ella y nuestro comportamiento.


NOTAS:

[1] ANÓNIMO (1995) Moravia, Alberto; en The New Encyclopædia Britannica (Vol. 8). U.S.A.: Encyclopædia Britannica, Inc. p. 310.
[2] EAGLETON, Terry (1994) Una Introducción a la Teoría Literaria. Bogotá: Fondo de Cultura Económica. p. 193.
[3] RODRÍGUEZ ALCALDE, Leopoldo (1959) Hora Actual de la Novela en el Mundo. Madrid: Editorial Taurus. p. 114-115.
[4] DESCARTES, René (1997) Las Pasiones del Alma. Madrid: Editorial Tecnos. p. 159.
[5] FREUD, Sigmund (1988) El Malestar en la Cultura. Bogotá: Alianza Editorial. p. 140.
[6] BRENNER, Charles (1958) Elementos Fundamentales de Psicoanálisis. Buenos Aires: Editorial Libros Básicos. p. 179-181.

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Mariano Azuela – Los de Abajo




AUTOR: Mariano Azuela
TÍTULO: Los de Abajo
EDITORIAL: F.C.E. (Decimocuarta edición)
AÑO: 1977
PÁGINAS: 140
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez
     Mariano Azuela (1873-1952) se desempeñó como médico durante la Revolución y esta experiencia junto a los guerrilleros villistas constituyó una fuente importante para su futura producción literaria. De ella se desprendieron varias de sus obras, en especial, Los de Abajo (1916) que, a pesar de su mínima extensión y la sencillez narrativa, es una de las novelas más importantes que se ha escrito en México con relación a ese capítulo de su historia en el que los campesinos se levantaron en armas buscando su reivindicación frente a la opresión de la que eran blanco por parte de los cacicazgos y terratenientes.

     Es verdad que desde la misma época de la Revolución vienen multiplicándose las publicaciones basadas en este conflicto, y que se las encuentra en todas las líneas –revisionista, ficcional, documental, etcétera-, pero lo cierto es que la obra de Azuela, a razón de su cercanía con los hechos narrados y, asimismo, al carácter crítico frente a los propios revolucionarios, resulta invaluable. Es un retrato ecuánime de la Revolución tendiente a precisar la nobleza del espíritu guerrillero, al tiempo que se sacan a la luz sus vicios y vacíos, en cada uno de los cuales es posible rastrear la huella de quien los vivió en carne propia:


     “Don Mariano Azuela nos describe en estos cuadros y escenas de la Revolución Mexicana cosas que ha palpado en la realidad, episodios que han pasado a su vera, dejándole un estremecimiento duradero de emoción que su pluma sabe transmitir con la intensidad del momento vivido. Ha sabido captar y fijar luego en páginas de una energía y belleza extraordinarias el paisaje y el hombre de su tierra” [1]

     La constancia más clara de las referencias autobiográficas en Los de Abajo se halla en las correspondencias que existen entre el personaje Luis Cervantes y Mariano Azuela, pues ambos nacen en el seno de familias acomodadas, son médicos, participan en el conflicto a modo de intelectuales y se retiran de la contienda después de algún tiempo para emigrar hacia Estados Unidos: uno, con la intención de disfrutar e invertir los “avances” y el dinero extraído de los saqueos a los terratenientes y; el otro, para escribir las páginas del libro que le traería, después de su regreso a México, el éxito en las letras y, con él, la renuncia a la medicina.
     
     Pero, la escritura de Los de Abajo no obedece exclusivamente a un interés autobiográfico, sino que, además, se apropia de un objetivo más general orientado hacia la recuperación de la memoria frente a hechos socialmente significativos. Algunos expertos como Adalbert Dessau han resaltado, incluso, que obras como ésta –y otras más de Vasconcelos, Romero o Guzmán- “más bien son memorias que verdadera novelística” [2]. Lo cierto es que la novela justamente por su ánimo retratista, así este vaya en desmedro de la calidad de su estilo –por lo demás, rápido y de amplia captura lexical-, es, antes que un desventaja, un logro, dada la importancia que tuvo la Revolución en la conciencia latinoamericana:

     “La Revolución Mexicana es el primer acontecimiento histórico del continente en el que el pueblo se identifica con un ideario y lo conduce a su realización mediante una praxis, y comprueba ya la captación de una realidad, su valoración y la impostergable exigencia de renovación social desde sus bases mismas. Y son, no obstante, las ya configuradas clases medias las que, desplazadas por los reductos oligárquicos y teniendo como meta el liberalismo y el progreso, atrayendo y uniendo una vez más a las masas, ponen en marcha la suerte de la Revolución. Las clases medias encaminadas a buscar una situación más favorable y reutilizando técnicas que pongan las propias riquezas al servicio de su desarrollo, encuentran en su camino un doble obstáculo constituido, de una parte, por las fuerzas feudales, latifundistas, y, de otra, por las fuerzas externas, crecientemente imperialistas. Para vencer este doble obstáculo las clases medias movilizan toda la dormida potencia de las masas mexicanas, apoyándose en la proclamación de un más profundo sentimiento nacionalista que revierte en una política práctica que va a enfrentar a México en el conflicto social más grande de su historia” [3]

     Moreno-Durán ha enumerado tres momentos en la historia de la narrativa que busca acercarse a la Revolución como tema literario: el documental y testimonial, el de retrospección recreativa y el de mitificación y reconstrucción fantástica. Los de Abajo, por la doble razón de ser escrita por alguien que vivió la Revolución y que publicó su historia cuando todavía el espíritu de los hechos reales se mantenía vigente, pertenece a la primera fase de esa narrativa, esto es, la de énfasis testimonial.   

     Esta idea la ratifica el crítico José Miguel Oviedo quien sitúa en las dos primeras décadas del siglo XX el nacimiento de movimientos como el indigenismo, el criollismo y el regionalismo, todos ellos enmarcados por una tendencia común: la documental, “que trata de ofrecer un inventario de la realidad de cada país, sea orográfica o social, agrícola o política, con una actitud siempre demostrativa y retratista”. A dichas características se añade su intención de denuncia, más o menos abierta, de la violencia y la injusticia que rigen la vida de los pueblos latinoamericanos y que la política oficial intenta ocultar a toda costa [4].

     Es claro, pues, que esta novela de Azuela –y su obra en general- se inscribe dentro de una búsqueda documental; mas, no sería justo deducir de esto que carece de un interés de orden literario. Antes se ha mencionado la profusión de vocabulario campesino y revolucionario que se pone en marcha dentro de sus páginas y, además, la construcción de los personajes, si bien prescinde de las indagaciones psicológicas, ciñéndose, ante todo, a la presencia de diálogos y acciones, son elementos bastante logrados que brindan agilidad a la prosa y permiten una sucesión rápida de los acontecimientos.

     La novela se acerca a la Revolución tomando como referencia la vida de un personaje principal, que es Demetrio Macías, devenido caudillo y líder de un cada vez más ingente grupo de revolucionarios, entre los que se destacan sus camaradas –Luis Cervantes, el güero Margarito, Anastasio, Venancio, entre otros-, la mayoría de ellos campesinos involucrados en el levantamiento por la opresión social:

     “Al comenzar la novela, Demetrio no es más que un modesto ranchero que se declara en rebeldía a causa de los abusos de que es objeto por parte del cacique del lugar. Reúne en torno a sí a un conjunto de descontentos, evadidos en la sierra, con los que forma una guerrilla para luchar contra los federales, que incendiaron su casa (él hará lo mismo con la del cacique, pero se negará a saquearla). Se suman luego a las fuerzas del general Natera, de modo que, desde su condición de proscritos que luchan aisladamente, pasan a formar la oficialidad del ejército revolucionario. El desarrollo de la trama nos lleva desde el triunfo de esa improvisada tropa, a la derrota, tras ser vencido Pancho Villa en Celaya. Los personajes tipo que se mueven en torno al protagonista constituyen una significativa muestra de los móviles y aspiraciones que guían a buena parte de los que intervienen en la Revolución. Son, al mismo tiempo, víctimas de la opresión y generadores de nuevos crímenes. Envanecidos por la victoria, se entregan a toda clase de excesos, siempre dispuestos al saqueo y la violencia. El ideal queda muy lejos y llega un momento en que ya no saben por qué luchan, y lo único que les atrae es esa vida montaraz, libres del yugo del trabajo y del orden. En las tropas revolucionarias reina el caos, la gente ya no los recibe con afecto, todo anuncia la inevitable derrota. Macías regresa a su casa, de la que tuvo que huir dos años antes (así empieza la novela), y cae en una emboscada muy parecida a la que él tendió en aquel entonces a los federales. El círculo se ha cerrado” [5]

     La ecuanimidad del relato de Azuela se basa precisamente en el hecho de que el autor se acerca paralelamente al sentido más puro y natural de la Revolución, a su justificación como respuesta a los sometimientos y explotaciones, y a la violencia y desproporciones que, después de sus triunfos, protagonizan los revolucionarios, poco a poco destinados a extraviar el sentido original de su levantamiento. Desde esta perspectiva es pertinente rastrear cuáles son los elementos que dan fundamento a cada uno de estos momentos, y ese es el trabajo que se desarrollará a continuación.

El sentido inicial de la revolución

     En rigor, el origen de todo proceso revolucionario se encuentra en una situación de desventaja o explotación que se busca transformar; las herramientas para materializar el cambio varían de acuerdo a las circunstancias, medios e individuos que pongan en marcha el proceso, si bien, casi siempre involucran tanto una dimensión discursiva como una práctica que puede fácilmente estar relacionada con las armas.

      En Los de Abajo el estado que pretende transformarse corresponde a un sistema de explotación dispuesto sobre el campesinado para apropiarse de su fuerza de trabajo –en el pleno sentido marxista-. Quienes abanderan este usufructo son los latifundistas, caciques, terratenientes y demás propietarios de los campos mexicanos, anclados en acciones medievales, e indolentes ante cualquier tipo de reclamo o petición hecha por los campesinos. Demetrio Macías es, como un buen número de sus compañeros, víctima de este régimen, “legitimado” por el silencio del Estado y amparado por la fuerza pública, dispuesta a defender con sangre la propiedad privada. Así refiere su historia el protagonista:

     “–Yo soy de Limón, allí, muy cerca de Moyahua, del puro cañón de Juchipila. Tenía mi casa, mis vacas y un pedazo de tierra para sembrar; es decir, que nada me faltaba. Pues, señor, nosotros los rancheros tenemos la costumbre de bajar al lugar cada ocho días. Oye uno su misa, oye el sermón, luego va a la plaza, compra sus cebollas, sus jitomates y todas las encomiendas. Después entra uno con los amigos a la tienda de Primitivo López a hacer las once. Se toma la copita; a veces es uno condescendiente y se deja cargar la mano, y se le sube el trago, y le da mucho gusto, y ríe uno, grita y canta si le da mucha gana. Todo es bueno, porque no se ofende a nadie. Pero que comienzan a meterse con usté; que el policía pasa y pasa, arrima la oreja a la puerta; que al comisario o a los auxiliares se les ocurre quitarle a usté el gusto… ¡Claro, hombre, usté no tiene la sangre de horchata, usté lleva el alma en el cuerpo, a usté le da coraje, y se levanta y les dice su justo precio! Si entendieron, santo y bueno; a uno lo dejan en paz, y en eso paró todo. Pero hay veces que quieren hablar ronco y golpeado… y uno es lebroncito de por sí… y no le cuadra que nadie le pele los ojos… Y, sí, señor; sale la daga, sale la pistola… ¡Y luego vamos a correr la sierra hasta que se les olvida el difuntito! Bueno. ¿Qué pasó con don Mónico? ¡Faceto! Muchísimo menos que con los otros. ¡Ni siquiera vio correr el gallo!... Una escupida en las barbas por entrometido, y pare usté de contar… Pues con eso ha habido para que me eche encima a la Federación. Usté ha de saber del chisme ese de México, donde mataron al señor Madero y a otro, a un tal Félix o Felipe Díaz, ¡qué sé yo!... Bueno: pues el dicho don Mónico fue en persona a Zacatecas a traer escolta para que me agarraran. Que dizque yo era maderista y que me iba a levantar. Pero como no faltan amigos, hubo quien me lo avisara a tiempo, y cuando los federales vinieron a Limón, yo ya me había pelado. Después vino mi compadre Anastasio, que hizo una muerte, y luego Pancracio, la Codorniz y muchos amigos y conocidos. Después se nos han ido juntando más, y ya ve: hacemos la lucha como podemos” (Pág. 42-43)

       La situación que lleva a Macías a levantarse es prototípica, si bien frente a la de otros puede cambiar en sus rasgos superficiales. Así, si en su caso el origen se encuentra en una disputa con un cacique al que ofende y por quien es acusado de revolucionario, en otros será cualquier forma de cansancio y revelación frente al dominio. En Luis Cervantes son los gendarmes que en medio de una leva lo sacaron de su propia casa, le dieron un fusil y la orden de matar al propio pueblo; en Codorniz, la pobreza que lo llevó a robar las joyas de una casa; en Venancio, la falta de oportunidades; y, en fin, en todos los demás cualquier forma de expropiación, injustica o violencia por parte de los patrones o de la fuerza pública. La pelea, como se dice en algún momento, es “en defensa de los sagrados derechos del pueblo, pisoteados por el vil cacique”.

     Los excesos acometidos por quienes ostentan el poder son reconstruidos a lo largo de la novela: desde el primerísimo abuso que constituye la quema de la casa de Demetrio después de que este ha huido junto a su esposa e hijo; pasando por el robo de enceres y alimentos; el rapto de muchachas para satisfacer el placer de los federales; hasta llegar a esos cadáveres expuestos en las plazas para amedrentar el ánimo revolucionario de los campesinos. Azuela hace un inventario tan pormenorizado de la inmisericordia de los propietarios y federales que cada pueblo o villa que visita Demetrio es un remanente de su paso descarnado y vicioso.

     Es dentro de este horizonte en el que se ubica el nacimiento de la Revolución: el estado de injusticia hace inevitable la manifestación de un pensamiento que se exprese en contra de las arbitrariedades y busque su superación a toda costa. Bien podría discutirse si la respuesta armada de los revolucionarios no reproduce la forma hostil en la que se dirige la represión oficial, pero, en todo caso, dibujada la situación como lo hace Azuela, pronto se reconoce a la inversa que, con un conjunto social tan violento como el de los federales y caciques, sería prácticamente imposible conciliar un solo punto a través del diálogo.

     La Revolución Mexicana proyectó así una doble mirada: una de negación concerniente a los atropellos, injusticias y desafueros protagonizados por la clase dirigente rural y sus defensores ciegos, los federales; y, de forma complementaria, otra de afirmación, relacionada con el campesinado como grupo social, demandante de derechos y prerrogativas de los que se los había mantenido excluidos históricamente, y concientes de su rol como forjadores de un sistema económico y político renovado.

     La cuestión es sumamente interesante en este punto porque es aquí en donde el sentido de la Revolución parece difuminarse: están claras las razones del levantamiento, se sabe qué se niega, quiénes son los enemigos del campesinado y cuáles son las estrategias de sometimiento; sin embargo, cuando se trata de afirmar, esto es, de mostrar el camino a seguir, de construir un nuevo marco oficial, las diferencias se tornan abismales y la unión manifiesta en un primer momento se diluye hasta perderse en los intereses personales, la carencia de un lenguaje en común, las fisuras ideológicas, etcétera.

El problema de la concertación de un sentido revolucionario

     ¿Qué hacer? Era la pregunta que se formulaba Lenin a principios del siglo XX, observando frente a sí el problema de la organización y la estrategia que habría de seguir el movimiento revolucionario e, irónicamente, aunque su propósito al responder este interrogante –que también es el título del texto en el que lo hace- era precisamente el de unificar el trabajo del Partido, terminó, a la postre, generando profundas escisiones en su seno que llegaron a materializarse en la ruptura entre bolcheviques y mencheviques. Pues bien, lo propio sucede en el marco de la Revolución Mexicana y Los de Abajo captura con prolijidad este hecho al punto de poder establecer desde él por lo menos una proyección general. 

     Para comprender mejor el asunto es necesario resaltar que, si bien los motivos que instaron a los revolucionarios a movilizarse compartían ciertos rasgos, sus expectativas frente al mismo proceso estuvieron lejos de unificarse. Al respecto, podría arriesgarse una clasificación de perfiles apelando al comportamiento y búsquedas de estos individuos: primero, estaría el revolucionario ajustado a un modelo de moral –ejemplo del cual es Demetrio Macías-; en segundo término, tendríamos un revolucionario intelectual, involucrado en acciones de lucha, pero, ante todo, gestor de la conciencia ideológica de la que carecen quienes se movilizan “espontáneamente” o no se ubican dentro de un contexto amplio –allí estaría Luis Cervantes-; luego, podría hablarse de un revolucionario práctico, ajeno a dilemas éticos y orientado por una búsqueda de restitución material y efectiva –como es el caso de los camaradas de Macías, es decir, Pancracio, el Codorniz, el güero Margarito, etcétera-; finalmente, cabría situar el revolucionario que deviene caudillo y, en consecuencia, modelo de acción por su valor e intrepidez –aquí se ubicarían los grandes nombres como Villa, Natera y Carranza-.

     Estas diferencias no funcionan únicamente como formas de caracterización exteriores, sino que apelan a una condición de plano existencial. Conciliarlas constituirá la gran dificultad de la Revolución porque la fidelidad a las líneas que fundamentan cada uno de los perfiles parece ser irrevocable. El citado Moreno-Durán ya ha advertido este hecho:

     “La novela, muy sencilla en su tratamiento narrativo, recrea la historia de Demetrio Macías, un campesino que, levantándose con la Revolución, se forma en ella, asumiendo su carácter más hondo, su fuerza, su violencia desaforada hasta convertirse en caudillo, en dirigente de los muchos bandos de las huestes combatientes. La antítesis del indio Macías es, sin embargo, el joven Cervantes, un astuto e inteligente estudiante de Medicina que, dada su situación de privilegio en los diferentes planos y situaciones novelados y merced a argucias de todo tipo, utiliza la Revolución para sus fines mezquinos, mostrándose más implacable y cruel que la ‘barbarie’ que Azuela acentúa en forma proclive sobre las masas desatadas” [6]
     
     Subráyese que Moreno-Durán se refiere a Luis Cervantes como antítesis de Macías, lo cual resulta, por lo menos irónico, tratándose ambos de figuras revolucionarias; sin embargo, no puede ser de otra forma, pues la Revolución reúne figuras en realidad dispares: Macías se forma en el levantamiento, esto es, no ha pensado en lo que constituye la Revolución antes de verse inmerso en ella; mientras que Cervantes ha tenido el tiempo de cavilar desde afuera y a priori en los intereses de los revolucionarios, el juego de estos en el contexto de las luchas universales, etcétera. En alguna medida esta forma de ingreso al movimiento determina el propio carácter de los personajes: Macías representa la fidelidad connatural al campesino, de allí que su rigor ético –más allá de la violencia a la que se ve impelido- sea tan fuerte, mientras que la fidelidad de Cervantes es ideal, abstracta y, por ello, fácilmente declinable, como sucede al final de la novela, cuando este hombre, llegado de la ciudad, marche de nuevo a ella para invertir el dinero del que se ha apoderado luchando junto a Macías.

     La dificultad para concertar un sentido unívoco de la Revolución no se resuelve inclinándose por uno de los perfiles representados o haciendo de ellos una mixtura apresurada. Está claro que se implican mutuamente y, así, no se puede prescindir de los largos discursos de Cervantes en los que se percibe al intelectual que trata de explicar al campesino la esencia que subyace en todas sus luchas; tampoco de la moral de Macías que señala los excesos de los revolucionarios –ladrones y abusadores en muchas partes de la novela-; e incluso, parecen necesarias, también, las manifestaciones radicales de un Pancracio o un güero Margarito que son las que realmente desestabilizan el sistema y ponen en crisis la oficialidad.

     El objetivo es la conciliación de estas visiones, pero para esto es menester indagar cuidadosamente que hay detrás de cada una. Quienes saquean y roban en las antiguas casas de los caciques y hasta en las de los campesinos, argumentan sus actos afirmando no estar seguros del éxito de la Revolución, motivo que los lleva a intentar asegurar algo de recursos para que el futuro no se les ofrezca sombrío. Pueden en sus discursos manifestar admiración por Villa o el mismo Macías, pero no se persuaden de la ayuda efectiva de estos, pronunciándose así:

     “–En primer lugar, mi general, esto lo sabemos sólo usted y yo… Y, por otra parte, ya sabe que al buen sol hay que abrirle la ventana… Hoy nos está dando la cara; pero, ¿mañana?... Hay que ver siempre adelante. Una bala, el reparo de un caballo, hasta un ridículo resfrío… ¡Y una viuda y unos huérfanos en la miseria!... ¿El gobierno? ¡Ja, ja, ja!... Vaya usted con Carranza, con Villa o con cualquier otro de los jefes principales y hábleles de su familia… Si le responden con un puntapié… Donde usted ya sabe, diga que le fue de perlas… Y hacen bien, mi general; nosotros no nos hemos levantado en armas para que un tal Carranza o un tal Villa lleguen a presidentes de la República; nosotros peleamos en defensa de los sagrados derechos del pueblo, pisoteados por un vil cacique… Y así como ni Villa ni Carranza, ni ningún otro han de venir a pedir nuestro consentimiento para pagarse por los servicios que le están prestando a la patria, tampoco nosotros tenemos necesidad de pedirle licencia a nadie” (Pág. 95)

     ¿Qué expresión intelectual puede contrarrestar un impulso tan natural como el planteado por esta clase de revolucionarios? Frente a ellos el discurso de la moral y la ideología carecen de peso, y todos los excesos que protagonizan –asesinatos, raptos, robos, cuentas sin saldar, quema de propiedades, torturas, implementación del terror, etcétera- son asumidas por ellos como productos intrínsecos de la Revolución: de ellos deben obtener aquello que nadie en ningún otro momento podrá proveerles; es una manifestación, por decirlo así, de su instinto vital.

     El anterior discurso contrasta con uno proferido por Luis Cervantes, cargado de alusiones abstractas y valores aprendidos cuando, en el interior de sus propias cavilaciones, comprendió el dolor y las miserias de los desheredados y se sintió implicado en las luchas que estos establecían buscando su reivindicación:

     “–Como decía, se acaba la revolución, y se acabó todo. ¡Lástima de tanta vida segada, de tantas viudas y huérfanos, de tanta sangre vertida! Todo, ¿para qué? Para que unos cuantos bribones se enriquezcan y todo quede igual o peor que antes. Usted es desprendido, y dice: ‘Yo no ambiciono más que volver a mi tierra’. Pero, ¿es de justicia privar a su mujer y a sus hijos de la fortuna que la Divina Providencia le pone ahora en sus manos? ¿Será justo abandonar a la patria en estos momentos solemnes en que va a necesitar de toda la abnegación de sus hijos, los humildes, para que la salven, para que no la dejen caer de nuevo en manos de sus eternos detentadores y verdugos, los caciques?... ¡No hay que olvidarse de lo más sagrado que existe en el mundo para el hombre: la familia y la patria!” (Pág. 44)

     Esta falta de definición del objetivo revolucionario, a veces, afincado en lo material, otras, en la consecución de valores esenciales, es lo que mantiene la división de sus protagonistas: se escucha en ellos desde la pregunta “¿yo qué gano con la revolución?” hasta la idea de derrocar a los “asesinos implacables”, o escaparse fuera para hacer “brillar el dinero”.

     Las consecuencias naturales de esta desunión son evidentes en la desilusión con que los revolucionarios paulatinamente empiezan a verse: se hallan a sí mismos iguales que los bandidos que eliminan, destinados a otra tiranía, esta vez erigida por su falta de ideales; y el paso de los años, el cansancio y hasta la nostalgia de su tierra pesa en ellos de forma inconmensurable hasta echar al traste sus ánimos. Asimismo, frente a los otros, es decir, el resto de la sociedad, su papel se confunde entre lo misional y lo perverso: de las fiestas con que los reciben en las primeras páginas, llegarán al silencio del miedo, al final, y ninguno de aquellos campesinos, mujeres o niños que los ven, sabrán tampoco a ciencia cierta a qué se dedican esos hombres, alzados en armas y, tal vez, todavía con la Revolución más importante y radical por realizarse: la de sus propios interiores.
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     Los de Abajo es, sin duda, la novela de la Revolución Mexicana y la fuente perfecta para retomar el debate –ya extraviado- de las causas, fundamentos y objetivos de la resistencia.


NOTAS:

[1] ESTRELLA GUTIÉRREZ, Fermín & SUÁREZ CALIMANO, Emilio (1940) Literatura Americana y Argentina. Buenos Aires: Editorial Kapelusz. p. 529.
[2] FERNÁNDEZ RETAMAR, Roberto (1995) Para una Teoría de la Literatura Hispanoamericana. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo. p. 110.
[3] MORENO-DURÁN, R. H. (1996) De la Barbarie a la Imaginación. Bogotá: Editorial Ariel. p. 238-239.
[4] FERNÁNDEZ MORENO, César (1972) América Latina en su Literatura. México: Siglo XXI Editores. p. 424.
[5] PEDRAZA, Felipe B. & RODRÍGUEZ, Milagros (2000) Historia Esencial de la Literatura Española e Hispanoamericana. Madrid: Editorial Edaf. p. 533.
[6] MORENO DURÁN, R.H. Op. Cit., p. 241.

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