Rafael Ortiz Arango – Estampas de Medellín Antiguo



AUTOR: Rafael Ortiz Arango
TÍTULO: Estampas de Medellín Antiguo
EDITORIAL: Licores de Antioquia (Primera edición)
AÑO: 1983
PÁGINAS: 186
ILUSTRACIONES: Rafael Sáenz
RANK: 6/10




Por Alejandro Jiménez
He vuelto a pasar algunos días en Medellín y lo primero que hice al llegar esta vez fue dirigirme hacia el Parque Berrío y caminar luego las dos o tres cuadras que separan a este lugar de las tiendas de libros. En la última ocasión, una colección de cuentos me sirvió de guía, y estaba decidido nuevamente a basar mi visita en páginas escritas. Al final, un par de vueltas por los pasillos de La Bastilla fueron suficientes para encontrar obras bien interesantes, entre ellas, este libro de Ortiz Arango que hallé extrañamente atado al techo de una librería.

Como la publicación ya tiene sus años y, sobre todo, a raíz de su enfoque costumbrista, mis recorridos terminaron siendo retrospectivos y no pude evitar admirar el número increíble de transformaciones que han convertido ese tranquilo villorrio de La Candelaria en una urbe ágil y cosmopolita. Curiosamente, los problemas que vienen siempre junto a lo moderno no han medrado el ánimo tradicional de los antioqueños, y estos han logrado llevar a Medellín a ser hasta tal punto un ejemplo que, hoy por hoy, constituye la ciudad más novedosa de Colombia.

El libro –leído cabalmente durante las noches- me dio la medida justa de la estadía y extraje de él, a pesar de su afincado conservatismo, las claves necesarias para acercarme a Medellín entendiéndola como un escenario de búsqueda permanente: una ciudad que no renuncia a sus valores, aunque surjan en ella nuevas identidades, que cultiva aún la fascinación por lo sencillo, que se regenera al interior de su memoria y que cabalga sobre el tiempo domeñando las crisis que intentan someterla.

Quizá sea verdad que la gran diferencia entre Medellín y las otras ciudades del país radica en la actitud con que su propia gente la concibe y trabaja por ella: en sus habitantes es fácil descubrir un empuje peculiar y la afincada creencia en que todo puede ser mejor. Ya a mediados del siglo XX Luis López de Mesa advertía este descubrimiento:

“Para nosotros los provincianos todo aquello era casi deslumbrador. ¡Cómo lo sería para los propios capitalinos enamorados de su pequeña urbe! Y en esto existe curiosa diferencia de sentimientos: Bogotá, Santa fe de Antioquia, Popayán, Cartagena o Tunja, por ejemplo, son ciudades maternas que inspiran adhesión francamente filial; Medellín, en cambio, fue siempre algo así como la ciudad novia de los antioqueños hasta el punto de que muchos de sus hombres le consagran la vida a honrarla y mejorarla… y a quererla, naturalmente” [1]

Sea como fuere, lo cierto es que Medellín descolla por una fuerza especial, devenida, a veces, de su paisaje y, otras, de la entereza con que sus habitantes enfrentan los retos. En este sentido, repasar la historia de la ciudad, permite adentrarse en su carácter, enriqueciéndolo con la reconstrucción de aquellas figuras que tomaron parte durante su evolución. Estampas de Medellín Antiguo (1983), vista así, es una obra significativa, pues recupera el color de una época en la que el Valle de Aburrá iniciaba la marcha hacia la modernización y muchas de las costumbres, lugares y ocupaciones que antes resultaban imprescindibles desaparecían o se vinculaban de manera distinta a la nueva vida social.

Rafael Ortiz Arango escribe –en un lenguaje costumbrista y bajo un estilo que mezcla la objetividad con la nostalgia personal- una colección de más de setenta semblanzas que retratan la cultura propia de Medellín hacia finales del siglo XIX y principios del XX, es decir, cuando los procesos de urbanización, el afincamiento de las zonas públicas y la industrialización trastocaban el antiguo panorama rural. En esta época se advierte una pujanza especial al respecto y, por ello, escribe Botero Herrera:

“Durante el periodo entre 1890 y 1950 se hizo, a nuestro modo de ver, el mayor esfuerzo realizado para hacer de Medellín una ciudad moderna y transformar su aspecto pueblerino. También coincide dicho periodo con el proceso de industrialización, que comenzó a afectar la conformación del casco urbano y a plantear la necesidad de adecuar, y en la generalidad de los casos crear y municipalizar, las principales empresas de servicios públicos, la mayoría de los cuales estaban en manos privadas (…) Este periodo fue de un gran dinamismo industrial, y en él se inició la emergencia exitosa de empresas tanto textiles, que constituyeron el núcleo principal, como de alimentos, tabaco, cerveza, loza y cerámica, vidrio, cemento y algunas otras. Coincide también con la expansión del cultivo del café, la trilla urbana y la exportación del grano, así como la reactivación de la minería de oro, gracias a la introducción de tecnologías más adecuadas para la explotación de la minería de veta” [2]

Como se ve, las condiciones de este momento histórico –similar a cualquier otro en el que se adelante un proceso de transformación social- establece un contexto alternativo de pérdida y surgimiento: se van dejando atrás prácticas y tradiciones ligadas a la ruralidad o a los primeros asentamientos y, asimismo, se van asumiendo unas nuevas que corresponden a los ambientes emergentes: las plazas, las calles, las estaciones de tren, etcétera. En Estampas de Medellín Antiguo, Ortiz Arango captura ese preciso momento y lo examina para extraer de él un balance del cambio que, por supuesto, en la actualidad es todavía más pronunciado. 

Las semblanzas –que rara vez llegan a tener el tono de una crónica-, se basan en elementos puntuales (los limosneros, las retretas o los globos) y no superan, en general, las tres páginas. Con todo, describen muy bien las figuras que hicieron especial la cultura del Medellín de aquel entonces y, por eso, deseando evitar que se pierda alguna parte de su contenido, he dividido la reseña presentada aquí en tres partes –los oficios, las costumbres y los lugares-, cada una de las cuales engloba varias estampas.

Los oficios

Cada ciudad genera hombres de distinta naturaleza y su ocupación en funciones concretas. En el caso de Medellín, esos oficios resultan entrañables a consecuencia del significado vital e, incluso, sagrado que tenían para la comunidad. Ortiz Arango retrata, por ejemplo, al arriero –todavía hoy emblema del campo antioqueño-, hombre dedicado a las faenas del transporte por allá cuando los fardos aún se cargaban a lomo de mula; destaca de él su alegría y rectitud, esta última cualidad tal vez sólo equiparable a la del patriarca, antigua cabeza del hogar bajo cuyo dictamen se definían todos los asuntos importantes (matrimonios, vocaciones, ideologías) y que desapareció a medida que las familias empezaron a ser más pequeñas e independientes.

Lavapisos: "...personaje discreto, humilde y anodino..."

Estos dos perfiles nos remiten a una sociedad rural o, como prefiere llamarla el autor, aldeana; los otros oficios, en cambio, responden a necesidades ligadas ya a una urbe en crecimiento. Están aquí los vendedores, encargados de abastecer aquellos elementos no producidos aún dentro de la ciudad o no transportados masivamente desde otros lugares. Es el caso del leñatero y el carbonero, proveedores de los insumos necesarios para el funcionamiento de las antiguas cocinas, y que fueron los primeros en aprovechar la cercanía del campo, los árboles colosales y la abundancia del carbón de piedra y vegetal antes de que se fundara la explotación industrializada de estos recursos, todavía hoy activa en espacios como Guarne, Santa Elena o San Pedro.

También vinculado con el campo, pero ya exento de la dinámica del “ir y venir”, encontramos al pajarero, mediador entre el exotismo de la fauna y el gusto por él de los medellinenses que, ya fuese en Maturín, La América o Envigado, hallaban comercios de este tipo, entre ellos el perteneciente al afamado Coriolano Amador. Asimismo, puede hablarse del vivandero, surtidor de las más variadas clases de quesos, legumbres o gallinas en los primeros barrios de la ciudad; y del yerbatero, curiosa síntesis de saberes indígenas, al que acudían tanto los que buscaban remedio para sus males, como los que, sin escrúpulos, deseaban utilizar a estos bajeros y sacerdotes para sus venganzas personales.

La arepera, por su parte, desempeñó un papel vital para la ciudad en el sentido de que –según Ortiz Arango- el 50% de sus alimentos sólidos se basaban en la arepa y, así, esta mujer enfrentó el reto de convertir su hogar, primero, en una productora artesanal y, luego, en una pequeña industria –como las de Belén o Guayabal-, capaz de responder a las necesidades de los emplazamientos urbanos. Finalmente, se reconstruye la imagen de la verdulera, estampa en la que el autor no sólo describe su oficio, sino también el brío de su carácter:

“Eso sí, que nadie fuera a intentar robarla, o siquiera ofenderla, en ese caso se armaba la ‘Sierra Morena’, y salía a relucir ese bien llamado lenguaje de verdulera. Toda clase de vocablos y epítetos, de esos que solamente se oyen en las competencias de los patanes, cuando tratan de competir a ‘quién sabe más’ del diccionario no escrito pero real del lenguaje peyorativo y vituperante del vulgo. Palabras coronadas por el más agresivo de los ademanes, o adornadas con gestos y muecas, que el pueblo bien sabe interpretar y apreciar. Ver y oír a una verdulera en el colmo de su furia es un espectáculo de los más impactantes, así no sea uno la persona beneficiada con sus improperios. Pero si el contrincante es de los de armas tomar, la verdulera tampoco se corre. De entre un costal, que no falta en alguno de los cajones, y al parecer vacío, sale un cuchillo ‘tres rayas’ o un pedazo de peinilla que ‘corta cabellos por la mitad’ y, entonces, generalmente se termina la contienda, porque todo el mundo sabe del valor y arrojo de esas mujeres, pues ha habido casos de quedar malamente mutilados los agresores, si no muertos, y las verduleras también” (Pág. 37)

Oficios propiamente urbanos también son abordados en Estampas de Medellín Antiguo: está, por ejemplo, el del tapiero, la mano derecha de los arquitectos en las labores de construcción; el de la lavandera, llegada con los españoles, y luego organizada de modo independiente para trabajar al servicio de las familias adineradas, aprovechando el agua de las quebradas y ríos; el del fotógrafo de pajarito que recuerda el autor siempre presente en las ferias de Guayaquil; el del lavapisos y deshierbador, noble y necesario como cualquier otro para mantener las casonas en perfecto estado; y, por supuesto, el de la costurera, mujer ligada tan estrechamente a los hogares para los que trabajaba que llegaba a constituir una especie de alter ego de las amas de casa.

Otros perfiles resultan un poco más oscuros y reflejan el advenimiento de los vicios modernos. El autor nos habla del manzanillo, aquel hombre inescrupuloso, cercano generalmente a la política, que aprovechaba los negocios públicos para su propio beneficio; el adivino –mezcla peculiar de misticismo español, saber gitano, magia indígena y cultura negra-, emplazado con los suyos en la Calle del Sapo, residencia de los brujos de Medellín durante años y acceso directo al muladar de la ciudad; el maestro, afincado en el despotismo de su férula o palmatoria, según el autor, de una dureza necesaria para el mantenimiento de la ética y; el famoso culebrero, descendiente del buhonero español, trashumante, y asiduo visitante de las plazas en las que la muchedumbre se congregaba para escuchar el extraño lenguaje con el que vendía sus remedios para todo:

“Su entrada en escena fue precisamente lo que le dio su nombre. Abría una cesta donde dormitaba una inofensiva serpiente desdentada, sin peligro de muerte alguno y, arrimándose a una mulata, mientras más joven y hermosa mejor, le sobaba el ofidio por la espalda a los brazos para que diera el primer pregón: un alarido penetrante y temeroso que a todo el mundo ponía en alerta; entonces él comenzaba sus frases de cajón, sobre su arte, para hacer encantamientos con los cuales desde las serpientes hasta los maridos más malos se volvían mansas ovejas. Salían a relucir las oraciones del libro secreto de Satán y la oración para lograr la buena suerte, entremezclándose con anuncios de remedios para el dolor de cabeza o la tendencia a los abortos, tanto en las mujeres como en los animales y, a continuación, ofrecía el remedio infalible para disfrutar la vida sin temor a los embarazos o embarazosos” (Pág. 168)

Para finalizar, debe resaltarse un acercamiento importante que hace Rafael Ortiz Arango a dos figuras que, más tarde, se convertirían en señales de la desigualdad social. En primer lugar, se encuentra el vendedor ambulante, nacido de forma connatural a Medellín, inicialmente para abastecer las calles y plazas de café, después, de helados y dulces y, desde hace algunas décadas, de cualquier cosa que pueda imaginarse. Y, en segundo término, el limosnero –como lo llama el autor-, llegado a la ciudad por los caminos de carga, y socorrido mientras su número fue controlable, pero luego convertido en “problema” por su masificación que admite, incluso, ya en los estudios recientes clasificaciones: el pregamín (que es quien inicia sus escapes de casa para adentrarse en la ciudad), el gamín de camada (instalado ya en la calle con la dura prueba de la subsistencia), el bacán (declarado ladrón que, además, requiere mantener su rango), el chatarrero (dedicado al reciclaje) y el desecho del vicio (caído en la desgracia después de tener una buena familia y empleo) [3].

Las costumbres

De los oficios antes descritos pueden colegirse una serie de costumbres características del Medellín de antaño; sin embargo, Ortiz Arango se refiere en algunas semblanzas a ciertas prácticas que complementan el panorama cultural de la ciudad. Una buena parte de ellas se enfoca en la navidad y la importancia de ésta para la vida social: es la época, por ejemplo, de los globos, aquella diversión que, todavía hoy, vincula a jóvenes y adultos, deseosos de mantener la tradición artesanal y hundirse en la magia que la luz y los virajes de estas construcciones produce en quien las mira una vez se encuentran en el aire.

Antiguamente, la navidad de la ciudad se enriquecía también con muchos juegos que han desaparecido o cambiado: entonces estaban los faroles hechos con cáscaras de naranja, los pesebres naturales bajo el amparo de los cuales se iniciaron tantos noviazgos, la novena del Niño con su respectiva “matada de marrano”, los aguinaldos y albricias de los más variados géneros, la quema de pólvora, la misa de gallo, los “traídos del Niño”, las iluminaciones de la avenida La Playa (actualmente concentradas en el Río Medellín), entre otras cosas más.

Como buenos amantes de la cocina –y aunque esto pudiese hacerse en otras épocas del año-, la temporada de descanso que coincide con la navidad, era usada por los medellinenses para los famosos paseos de olla: principalmente para aquellas personas crecidas en el campo, el encierro del trabajo y el hogar producía un comprensible deseo de vuelta a la naturaleza y, así, la estación de Bello o Cisneros era el punto de salida de quienes se desplazaban hacia las quebradas o más bellas riberas del Magdalena o el Río Medellín. Y es que, con o sin una hacienda a la cual llegar, todos se lanzaban –hasta los pillos, recuerda el autor- en esta travesía que, dada la amplitud de las antiguas familias antioqueñas, constituía una verdadera procesión con olla en mano.

Paseo de olla: "...la ciudad se quedaba prácticamente sola..."

La vida religiosa en Medellín gozaba también en el pasado de numerosas prácticas y costumbres interesantes: las misas que precedían las pescas o cazas, por citar un caso, tenían todo el colorido de una concurrencia ya dispuesta con los trajes de la faena a la que se dirigían, y la premura de quienes no desea quedarse atrás. Como antes del fútbol aquellas prácticas constituían los deportes de la ciudad, eran muchos sus partidarios y sólo hasta que la fauna empezó a mermar en los alrededores, los cazadores fueron retrayéndose y concentrándose en otros “pasatiempos”. 

Las procesiones, asimismo, convocaban incontables feligreses; en especial, la procesión de la Virgen de la Candelaria –patrona de la villa- generaba el encuentro de todos los sectores sociales, si bien obedientes a una jerarquía preestablecida. En ella siempre iniciaba el desfile la patrona, después de la cual se ubicaban los párrocos y monaguillos, las monjas de las congregaciones, los dirigentes, las autoridades públicas, los artesanos, la banda municipal y, al final, el pueblo, al que se refiere Ortiz Arango de este modo:

“Tras el cuadro los seres más débiles de la sociedad: la policía, el ejército y el pueblo. Los que obedecen y no tienen más derecho. Los que muchas veces no tienen ni segunda muda y son la base del capital, de la defensa de la propiedad privada, de la patria y sus intereses, de la Constitución y de lo que ella representa y, en general, los que son la Patria en su más íntimo sentido, y no son nada por la debilidad de su insularidad personal, de su ignorancia, de su falta de penetración hacia la cúspide de la pirámide. Los que hacen por cinco centavos el trabajo que da las pingües utilidades, las prostitutas que hacen el contrapunto social para que haya mujeres honradas, es decir, la hez para que exista la alta sociedad. Y, luego, el desorden, el caos de los muchachos y los truhanes que juegan y atruenan, que insultan y hacen de la procesión una fiesta, que si lo pudieran lo harían con las instituciones sociales y nacionales, y de hecho lo hacen cuando logran llegar a ellas” (Pág. 150)

Por fuera del ámbito religioso, Medellín personificaba tradiciones más libres como las serenatas, oficiadas a veces por verdaderos músicos y otras por grupos de amigos borrachos; los juegos, de los que podía encontrarse una variedad casi infinita: las canicas, los trompos, la pirinola, el boliche, el diábolo, la catapila, las cometas, el tejo, la guerra, la chucha, el botellón, el dominó, los encostalados, la vara de premio y, en fin, hasta los que son producto del azar; y las corralejas que, aunque se asumen generalmente como afición de las ciudades costeras, también en Medellín se practicaron por allá en el cruce de la Oriental con Palacé, antes de que ganaran fuerza las apuestas de hipódromo, realizadas en el terreno que actualmente corresponde al Jardín Botánico.

Prácticas de corte más cultural se vinculaban con la música: es el caso de las retretas, presentadas por la Banda de Medellín desde 1892 en distintos lugares de la ciudad –El Parque Berrío, la Plazuela de La Veracruz, la Plaza Principal, etcétera- y, hoy por hoy, mantenidas en el Parque Bolívar –el primero en el que se cultivaron eucaliptos en el país- tres domingos del mes con el mismo propósito con el que surgieron: elevar la vida espiritual de los medellinenses a través de la música de orquesta. 

Los bailes, por su parte, también han sido definitivos en la formación cultural de la ciudad, y los descritos por Ortiz Arango tienen un tono picaresco sumamente interesante, pues se trata de los primeros organizados por particulares en las comunas –entonces llamadas fracciones- de Medellín, de manera más o menos improvisada, en carpas o locales. Muchos sectores llegaron a ser conocidos en el ámbito local con los nombres de sus fiestas: es lo que sucedió con el barrio El Cuchillón del Contento, cuyo nombre derivó de la costumbre que tenían sus pobladores de sacar del baile a “filo de peinilla” a todo aquel que no fuese nativo del lugar. Algo similar sucedió con el baile del Garrote, original del Camellón de Guanteros, lugar en el que a cierta hora de la noche se apagaban las luces, iniciándose con ello una lluvia de azotes de la que no se salvaba ninguno. Y también aquel otro realizado en Belén y frecuentado sobre todo por carniceros de oficio:

“Estos bailes se fueron complicando cada día más por la presencia de personas que no solamente iban a divertirse, sino que prevenidos por la fama de sus cuchilleros llevaban armas de fuero, y así fue como los bailes acababan en velorios donde los deudos de las víctimas se encargaban de liquidar las cuentas con los victimarios que iban a pavonearse como lo que eran, matones, cosa que hacían a bala, a mansalva y sobre seguro, pues a un matarife de los de Tenche no se le podía sacar un cuchillo porque eran habilísimos. Todo esto repercutió en la mente del resto de la ciudad para crearle la atmósfera que merecía el mencionado barrio, y sólo los matones de otros barrios comenzaban a frecuentarlo para probar su hombría, su habilidad con las armas y, naturalmente, caer o hacer caer a sus rivales” (Pág. 166) 

Reste, para finalizar este punto, resaltar que la otra gran costumbre de Medellín tiene que ver con su comida, y a este respecto el autor dedica varias páginas, describiendo sus sudados, sancochos, empanadas, melcochas, tapetusas y licores, ajíes, bocadillos y demás. 

Los lugares

Medellín ha consolidado ciertos lugares dentro de su ambiente, mientras ha acelerado la desaparición de otros. Esta situación se entiende pensando en lo que ha sucedido, por ejemplo, con los ríos y quebradas, fundamentales, no sólo en lo que tiene que ver con el transporte de mercancías, sino también como forma cultural bajo la cual se fundaron oficios –como el de las lavanderas-, costumbres –como el de los paseos de olla-, y negocios –como el de los baños-.

El Río Medellín se encuentra hoy en vía de recuperación justamente a raíz del proceso de contaminación que durante la modernización acometió contra él; muchas quebradas ya están secas o, al igual que los ríos, movilizan agua contaminada; la misma quebrada madre de Medellín, la Iguaná, puente de comunicación entre Robledo y el resto de la ciudad, ha dejado de tener interés tras la extinción de sus recursos, en especial, la arena. Así, sólo recientemente se ha empezado a pensar de un modo más sostenible evitando a toda costa que se agudice el proceso de contaminación fluvial.

Esas vacaciones o salidas que se mencionan en el libro a los baños naturales son, desde hace mucho, un asunto del pasado medellinense; en la actualidad, quienes desean reproducir esta práctica únicamente pueden apelar a los balnearios de agua artificial o dirigirse un poco más lejos de la ciudad, a Guarne o Guatapé, para encontrar zonas naturales saludables.

En los focos urbanos, la situación ha sido menos radical: algunas de las antiguas calles empedradas continúan existiendo, o han sido sustituidas por otras de concreto, pero buscando siempre un notorio equilibrio entre lo natural y lo citadino. Sobre ellas, sin embargo, ya no se ubican los mismos lugares de antaño; los primeros cafés han dejado de existir hace mucho: ni el Madrid, ni el Chantecler ni el Cádiz perviven; el Vesubio ha sido convertido en un casino denigrante; y el Bastilla se ha concentrado en su marca comercial. 

Con todo, esos cafés –y en esto la historia de Medellín es semejante a la de Bogotá-, fundados a principios de siglo, constituyeron importantes plataformas de tertulia e incentivos para el arte. Allí se reunieron personajes de la talla de Tomás Carrasquilla, Porfirio Barba-Jacob, Gilberto Alzate Avendaño o el citado Luis López de Mesa. Como todo negocio, obviamente, los hubo de todas las clases, desde los más exclusivos y lujosos, hasta los más humildes, frecuentados por los obreros y, en ocasiones, emparentados con prácticas cuestionables.

La parte comercial del Medellín antiguo se complementaba con la existencia de las típicas tiendas de abarrotes –los primeros grandes almacenes-, con espacio suficiente en sus vitrinas o bodegas para poder hallar desde un confite hasta el más grande perol o lámpara. De modo similar, los talleres artesanales, ubicados en las calles de mayor concurrencia, permitían el acceso a los habitantes a servicios como la zapatería, la carpintería, la talabartería o la sastrería; todos estos negocios, por regla, eran atendidos por sus propietarios, quienes contaban para su auxilio con ayudantes jóvenes que aprendían el oficio y que estuvieron con sus patrones hasta la época en la que la industrialización les arrebató buena parte de su trabajo y tuvieron que dedicarse a oficios diferentes.

Limosneros: "...explotadores inmisericordes de la bondad..."

Las plazas también significaron para Medellín un espacio frecuentemente visitado. Ortiz Arango recrea una en especial, la Plaza Mayor –hoy Parque Berrío- y nos recuerda que esta fue un escenario que se acondicionó para toda clase de acciones: en ella se fusiló durante algún tiempo a los criminales, se realizaron fiestas patronales, se hacía el capeo de toros –hasta el horroroso nivel de quemarlos vivos- y se adelantaron las tribunas libres, que el autor describe con estas palabras:

“En un principio la Plaza Mayor ni lo notó. El público tampoco, pero de año en año se fueron volviendo diferentes las fiestas debido a las guerras civiles, la pobreza que éstas dejaban, y entonces surgió una idea genial para el desfogue del pueblo, de manera gratuita: la tribuna libre. Durante todo el día de la fiesta nacional se colocaba en el atrio de la Candelaria una tribuna libre donde se le permitía hablar a quien quisiera hacerlo; naturalmente que de allí muchos bajaban coronados de basura por no saber hablar o hacerlo en medio de monumentales borracheras. Era el espectáculo gracioso por excelencia y una catarsis perfecta para el pueblo. Lamentablemente todo esto desapareció junto con las fiestas veintejulieras y hoy nadie recuerda siquiera la fecha de su desaparición” (Pág. 76)

Otro lugar fundamental en la historia de Medellín es el barrio Guayaquil, más concretamente su plaza de mercado, mandada a construir por el millonario Coriolano Amador para relacionarla con la estación del Tren y asemejarse a las dispuestas en las ciudades europeas. Guayaquil, sin embargo, pronto entró en una dinámica totalmente distinta y, apunta Ortiz Arango, se convirtió, más bien, en el epicentro de los maleantes que jugaban su vida entre el triunfo, la cárcel o el cementerio:

“Barrio de hombres muy hombres, y de mujeres que sentían en sus cuerpos la fuerza telúrica de las energías allí congregadas, fue acrecentando sus terrenos reos, quitándoselos a la dignidad ciudadana de la única manera que se estila entre las gentes de Guayaquil: por seducción o por compra; lo demás, es decir, lo que se hace con violencia no da frutos pues todo se entierra (…) La malicia de los seres guayaquileros apenas tiene cabida en el planeta tierra. No hay antioqueño que haya dejado el terruño sin antes haber hecho el curso de malicia en la Universidad de Guayaco, y hay que ver dónde se los encuentra; no hay lugar en la tierra a donde no hayan ido” (Pág. 176)

Hay, por último, algunas reminiscencias de las antiguas casonas de los medellinenses, recalcando en ellas sus grandes patios, las materitas, sus estructuras de madera y tapia, y todo el menaje de las mismas: taburetes, esteras, petates, sillas, etcétera. Hoy, obviamente, es difícil encontrar rastros de esta arquitectura al interior de la ciudad, si bien, una pequeña escapada a las afueras nos dará la imagen exacta de su color.
______________________

En Estampas de Medellín Antiguo se condensan las fortalezas de esta ciudad pujante, con su clima encantador y el bagaje de una historia sobre la cual se vuelve para encontrar las claves de su condición actual.


NOTAS:

[1] LÓPEZ DE MESA, Luis (1975) Elogio a Medellín; en Medellín: Ciudad Tricentenaria (1675-1975). Medellín: Sociedad de Mejoras Públicas. p. 162.
[2] BOTERO HERRERA, Fernando (1996) Medellín, 1890-1950: Historia Urbana y Juego de Intereses. Medellín: Universidad de Antioquia. p. 169.
[3] ARICAPA, Ricardo (1998) Medellín Es Así: Crónicas y Reportajes. Medellín: Universidad de Antioquia. p. 206 y ss.

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Daniel Pennac – Como una Novela



AUTOR: Daniel Pennac
TÍTULO: Como una Novela
EDITORIAL: Norma, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1993
PÁGINAS: 169
TRADUCCIÓN: Moisés Melo
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez
En la reseña que publicamos sobre el libro El Hombre que Se Volvió Loco Leyendo ‘El Quijote’, incluimos una pequeña acotación de Daniel Pennac –extraída, justamente, de su obra Como una Novela (1992)- que señala que la labor de muchos docentes de Lenguaje y Literatura se reduce a que sus estudiantes resuman o comenten los textos que de forma arbitraria les imponen. En ese mismo documento, intentamos rastrear los elementos que hacen parte del problema que representa la lectura, el trabajo que con base en ella se hace en las escuelas y la necesidad de encontrar nuevas estrategias que permitan consolidar el espíritu libre en la relación hombre-libro.

Con todo, concluimos señalando que García Jiménez –el escritor del libro reseñado- permanecía demasiado en el terreno de lo anecdótico y que, en consecuencia, para abordar la cuestión más profundamente deberíamos acercarnos a otros autores. Esa es, en parte, la motivación que hemos tenido para abordar este texto de Pennac que antes usáramos sólo a guisa de referencia, y lo que viene a continuación es un ejercicio de síntesis comentada, es decir, una propuesta de organización de las ideas del libro en apenas dos componentes –el problema de la lectura y las alternativas de solución- enriquecidos con algunos aportes críticos.

Originalmente, el contenido de Como una Novela fue organizado en cuatro partes que desarrollan temáticas particulares. Así, en “Nacimiento del Alquimista”, el autor reflexiona sobre la manera como la lectura de padres a hijos dota a los hombres de una condición fértil para la imaginación y el conocimiento; en “Hay que Leer”, expone los medios que destruyen en la escuela y la familia esa primaria cercanía a la lectura; en “Dar de Leer”, presenta los caminos que pueden acercar de nuevo a jóvenes y libros, sin importar los “enemigos” que al respecto haya en la sociedad y; por último, en “El qué Se Leerá”, Pennac establece sus famosos derechos imprescriptibles del lector, en ausencia de los cuales se torna inútil cualquier animación a la lectura.

Es importante destacar que cualquier reflexión sobre la lectura resulta siempre fragmentaria, pues son demasiados los aspectos que esta práctica involucra a nivel social, cognitivo, pedagógico, lingüístico, político, etcétera. En el caso de Pennac, su enfoque es ante todo cultural, pues rastrea el funcionamiento de la lectura en el sentido de su enseñanza, ya sea en el seno de la familia o la educación formalizada. No debe olvidarse, además, que sus consideraciones parten de la experiencia francesa, esto es, no deben extrapolarse sin más a nuestra realidad, aunque sean muchos los aportes que parezcan tener validez también para Latinoamérica.

Añádase, por último, que Pennac centra su análisis en los jóvenes y niños, concretamente en su poco gusto por la lectura y que, en consecuencia, los objetivos que persigue el libro son, primero, entender el tedio que generan los libros en ellos y, segundo, encontrar las vías que permitan estimular una actitud contraria.

El problema de la lectura

Puede verse con más claridad el problema de la lectura si se establece un marco que organice las causas del mismo según su naturaleza. Partimos, como Pennac, de la certeza de que no existe un único responsable frente a la actitud de alejamiento con que la mayoría de jóvenes responden al llamado de los libros; todo lo contrario, pensamos que para comprender esa postura cabalmente el primer paso es aceptar su complejidad. De las páginas del libro es posible extraer tres causas fundamentales del problema: la familia, la escuela y la tecnología.

La familia. Daniel Pennac proviene de una tradición dentro de la cual la lectura de padres a hijos era, hasta hace algunas décadas, común. Por ello, buena parte de su obra es una apología melancólica de esta práctica con la cual, a medida que desaparece, también se pierden los lazos más fuertes que unen al hombre con los libros, irónicamente gestados en una época en la que no se “lee”, sino se escucha.

Pennac advierte que un padre que lee a sus hijos se convierte para ellos –a veces sin pensarlo- en su primer novelista, y les enseña todo lo que deben saber sobre los libros, en especial lo que él llama la “soledad fabulosamente poblada del lector”. Para ellos, la lectura se transforma en el ritual de cada noche, en una intimidad paradisíaca, en el espacio que los libera de los días, sin pedir a cambio ningún reembolso. Esos niños que han escuchado leer a sus padres, seguirán leyendo luego por su cuenta, llevados por una disposición casi natural y, en cada nuevo libro, aunque ya estén lejos de su niñez, se reproducirá algo del encanto propio de esa época.

Lastimosamente –dice Pennac-, este vínculo se viene perdiendo y cada vez son menos los padres dispuestos a invertir un poco de su tiempo en dicha actividad. Ahora preferimos que se encierren en el cuarto donde “no se lee” para eludir también nosotros la incomodidad de una lectura compartida, los lanzamos a esa habitación con un desobligante “debes leer” o, peor aún, se los exigimos como castigo por su mal comportamiento, o como un chantaje para que accedan luego al televisor y la computadora.

Como la lectura no es una práctica que se restringa a la escuela, el hogar juega un papel importante en su consolidación y, en este sentido, cada familia que no tenga hábitos de lectura definidos, tendrá una desventaja en la formación que pretenda hacer al respecto con los jóvenes. En otras palabras, si los padres no leen, jamás tendrán una idea clara sobre la mejor forma de enseñar a hacerlo que consiste, como se ha dicho, en enamorar a los hijos de los libros apelando a la lectura a viva voz, compartiendo los sentimientos generados y explotando al máximo la intimidad surgida.

La escuela. El agente al que históricamente se le atribuye la mayor responsabilidad en el hastío con que los jóvenes se enfrentan a la lectura ha sido la escuela. En parte esta opinión es verdadera porque muchos profesores continúan anclados en discursos y acciones que ya han probado con suficiencia ser contraproducentes. Pennac inicia su libro con una afirmación categórica: “el verbo leer no tolera el imperativo”; sin embargo, lo contrario a este principio es lo que se vive en las escuelas cuando frente a la manera de abordar las lecturas de clase no se admiten discusiones.

El libro que se presenta a los estudiantes como un objeto a seguir bajo los parámetros estrictos dados por el docente ha sido arrancado, antes de iniciarse, de su posibilidad de ser leído. Los profesores atrincherados en la repetición son un ejemplo de esto, pues sus tareas, usualmente resúmenes, se basan siempre en los mismos títulos, según ellos legitimados por su carácter clásico o las prescripciones del gobierno y la institución, aunque la verdadera razón de su elección sea siempre que aquellos libros son los únicos que han leído.

Se trata de algo que podría entenderse como una mecánica institucional en la que el docente, desconocedor de las diferencias de sus estudiantes, plantea un sistema de lectura sin distinciones, esperando obtener de él respuestas similares. Es verdad que cuesta mucho –sobre todo en las aulas de Latinoamérica, repletas a más no poder- mantener a salvo algo de la individualidad de los alumnos, pero esta exigencia, en el caso de la lectura, es inexcusable, porque de ella depende que no se formen seres humanos para la repetición, sino para la crítica y la gestación del pensamiento libre:

“Lo que tú esperas es que te entreguen buenos informes de lectura sobre las novelas que tú les impones, que ‘interpreten’ correctamente los poemas de tu elección, que el día del examen analicen finamente los textos de tu lista, que ‘comenten’ con juicio o ‘resuman’ con inteligencia lo que el examinador les meta bajo la nariz esa mañana. Pero ni el examinador, ni tú, ni los padres, desean particularmente que estos muchachos lean. Tampoco desean lo contrario, toma nota. Desean que tengan éxitos en sus estudios y ¡sanseacabó!” (Pág. 72)

El origen de esta visión es un prejuicio latente en muchos docentes que los lleva a pensar que sus estudiantes son seres “incultos” que deben o, en el mejor de los casos, merecen saber algunas cosas descritas en sus libros. Es decir, no admiten la posibilidad de que sus alumnos estén capacitados para la elección y, en consecuencia, sienten la obligación de salvar ese vacío. En alguna medida, es cierto que la labor de quienes enseñan Lenguaje y Literatura tiene que ver con la construcción de un panorama cultural que supere la ceguera e inmediatez que abunda en nuestra sociedad, pero no es menos verdad que esa lucidez no se alcanza repitiendo las ideas que defienden los docentes.

El sentido más profundo de la lectura no se halla en la emulación de comentarios, ni en la correcta pronunciación de un escrito o la redacción de resúmenes y ensayos (que a veces ni siquiera llegan a leerse), tampoco lo está en servir para diferenciar las capacidades de los estudiantes o para generar miedo por medio del recurso de la nota y la evaluación; todo plan de lectura, más bien, así como cada lectura hecha, encuentra su razón de ser en la consecución de una mentalidad más libre y un mejor entendimiento del mundo. Por eso resultan indiscutibles las palabras de Michéle Petit:

“Tal vez quien permanece alejado de los libros es porque cree que va a perder algo, mientras que quien se acerca a ellos entiende que tiene algo que ganar. El primero tiene miedo a que se le dé un nombre a la carencia, que él intenta negar con todas sus fuerzas. El segundo sabe que a través de los libros y a través de la literatura, podrá, por el contrario, apaciguar sus miedos. Además, el que tiene miedo a los libros no ve en ellos más que algo repelente, austero, alejado de la vida. Mientras que el lector sabe que pueden ser una fuente infinita de placer” [1]

Bajo esta óptica, si el docente y la escuela no encuentran una manera de implicar como seres humanos a los estudiantes en la lectura, jamás podrán asegurar que están formando verdaderos lectores y, mucho menos, que ellos lo están disfrutando mientras lo hacen. La postura de Pennac resulta aquí bastante hedonista, pues pretende principalmente recuperar el gozo de la lectura, la magia que puede tener para alguien que la vive de manera libre y personal.

La sociedad tecnológica. Desde la década de los ochentas es usual encontrar en los textos relacionados con la lectura consideraciones de todo tipo sobre la televisión y su forma de monopolizar el tiempo y los gustos de los adolescentes. Pennac no escapa a esta discusión y la recupera para apoyar a quienes advierten en el fenómeno televisivo y, en general, el de toda la actual tecnología de la información, un enemigo importante de la lectura.

En su opinión, por cada padre que deja de lado la lectura compartida, “el argumento de la televisión corruptora” gana un adepto. Ya sea por la inmediatez, la futilidad de su contenido o la espectacularidad de sus imágenes, la mayoría de los jóvenes prefieren el televisor que los libros, o lo que es equivalente, la simple recepción que la creación permanente. Un enrevesado conjunto de factores ha hecho posible esta situación que se agrava todavía más hoy cuando recursos como los celulares o el computador son elevados “a la dignidad de recompensa” frente a los muchachos, mientras la lectura se rebaja al grado de “incordio” o castigo. 

Es absurdo plantear en la actualidad una sociedad de espaldas a los medios de comunicación, pues el futuro mismo de nuestra especie adquiere cada vez más un semblante tecnológico. Sin embargo, es perentorio educar para la correcta y enriquecedora utilización de aquellos recursos que, fácilmente, pueden convertirnos en sus esclavos. Leer, en amplia acepción, significa también identificar los contenidos presentes en el lenguaje de los medios distintos al libro y posicionarse analíticamente frente a ellos:

“Las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (especialmente la televisión e internet) están creando en la actualidad actitudes de sumisión y contextos de manipulación que exigen un tipo específico de competencias lectoras en la selección e interpretación de la información y quizá otras maneras de entender la educación. Como escribe Umberto Eco, ‘en nuestra sociedad los ciudadanos estarán muy pronto divididos, si no lo están ya, en dos categorías: aquellos que son capaces sólo de ver la televisión, que reciben imágenes y definiciones preconstruidas del mundo, sin capacidad crítica de elegir entre las informaciones recibidas, y aquellos que saben entender la televisión y usar el ordenador y, por tanto, tienen la capacidad de seleccionar y elaborar la información” [2]

Ciertos autores han señalado al respecto que, contrario a lo que se piensa, los jóvenes leen hoy más que en cualquier otra época, sólo que no lo hacen siguiendo la dinámica tradicional de la lectura. Hay muchas razones para pensar que ciertamente es así y que, tal vez, educados para leer bien, por ejemplo, la internet, los adolescentes podrían prescindir en buena medida de los libros, sin perder por ello la fascinación de la lectura, que en el fondo es lo que a toda costa desea alcanzarse. Todo depende del modo como se asuma la lectura, esto es, como la repetición de análisis manidos de textos literarios o como una práctica vital que alimenta nuestra comprensión de lo que existe.

Como vivimos en una época especialmente proclive a la pereza y la imitación, no es nada fácil esa tarea de enseñar a leer, ya no sólo los libros, sino también la realidad social. Con todo, como la opresión ideológica se manifiesta, incluso, más fuerte que antes, se requiere con urgencia del empoderamiento que ofrece la lectura, aquel que Pennac recuerda que dotaba a los jóvenes de una condición casi subversiva, y que los sectores ortodoxos temían, pues los ponía en crisis con el más pequeño de sus señalamientos.

Las alternativas de solución

Puede inferirse después de leer Como una Novela que no advendrán soluciones para el problema de la lectura mientras en las instancias señaladas –la familia, la escuela y la educación social- perduren nociones tradicionales sobre ella y, además, mientras no se recupere el fundamento básico de leer que es el placer. Utilizando a Rousseau, Pennac recuerda que hay tres principios no negociables de la lectura: el placer, el deseo y el interés. El placer lo otorga el hacer esas cosas que nos llenan y buscamos libremente; el deseo, nos evita las imposiciones y asegura la fertilidad de una mente abierta; y el interés nos mueve, da ritmo y seguridad en lo que queremos obtener. Por eso, si se educa a un niño de esta forma:

“Desde el comienzo él es el buen lector que seguirá siendo si los adultos que lo rodean nutren su entusiasmo en lugar de poner a prueba su propia idoneidad, si estimulan su deseo de aprender antes de imponerle el deber de recitar, si lo acompañan en su esfuerzo sin contentarse con esperar el resultado, si consienten en perder veladas en lugar de tratar de ganar tiempo, si hacen vibrar el presente sin esgrimir la amenaza del porvenir, si se rehúsan a transformar en carga lo que era un placer, y sostienen ese placer hasta que se convierta en un deber, fundan ese deber sobre la gratuidad de todo aprendizaje cultural, y reencuentran ellos mismos el placer de esa gratuidad” (Pág. 62)

De este comentario pueden inferirse la responsabilidad que cada agente social –llámese padre o educador- tiene frente a la lectura, y colegirse que no es una tarea fácil ya que se trata de hacer casi lo opuesto a aquello que realizamos todo el tiempo. Empero, el hecho de que esta iniciativa se enmarque dentro de un gran fin humanizador, nos convoca a la exigencia y anima con la confianza de una radical legitimidad. 

A la educación dedica un interés especial Daniel Pennac, pues considera que “la vitalidad nunca ha estado inscrita en el pensum de las escuelas” y, por tanto, todas sus enseñanzas respecto de la lectura se han impuesto sobre terreno muerto. El primer paso será, así, descontando las inaptitudes que puedan tener estudiantes concretos –tema que no aborda el autor-, que los docentes entiendan que la lectura representa un problema, ante todo, no por la actitud con que los jóvenes la reciben, sino por la forma como se les presenta y se les vincula a ella.

Un maestro que llega al aula con una posición distinta a la memorística e impositiva, de entrada ya tiene algo de terreno ganado frente a sus estudiantes. El que se “arriesga”, por ejemplo, a compartir su propia dicha de leer, está generando inquietud en quien lo escucha; aquel otro que abre el espacio para la discusión en torno a lo leído, sin imponerse sus opiniones, gana el interés; y ese último que ofrece todo lo que sabe, sin vanidad o burla manifiesta, crea un escenario de tranquilidad, de confianza que paulatinamente será fértil para el cultivo de las identidades propias.

Pennac rescata en sus páginas una semblanza del poeta George Perros, hecha por una de sus estudiantes, manifiestamente encantada por la manera tan natural como él lograba enrolarlos en la lectura. Llegaba–cuenta ella- y botaba sobre la mesa una maleta cargada de libros, revistas y pipas, de allí sacaba al instante algún texto, los miraba, sonreía y les empezaba a leer mientras caminaba por el salón; apenas se detenía cuando la atención de alguno flaqueaba, para silbar quedamente a modo de llamamiento. No paraba nunca de mirarlos y su voz era tan fluida y clara que todo parecía escrito para ellos, sin ningún tipo de petición o exigencia a cambio. Una hora de clase por semana que, tras un año entero arrojaba su inventario: Shakespeare, Proust, Kafka, Kierkegaard, Molière, Rilke, Cioran, Chejov y un largo etcétera.

La actitud de Perros recupera un tanto la intimidad que antes construían padres e hijos a la luz de los libros, y lo hace porque constituye un ofrecimiento: el profesor les otorga el regalo de sus propios descubrimientos. Rompe con el miedo que genera los libros en aquel que usualmente permanece lejos de ellos, pues aquí hasta el no comprender se transforma en embeleso; y no por ello renuncia a su cátedra, que se va dibujando en las acotaciones que a propósito de personajes, espacios o trama se van precisando durante la lectura.

Con prácticas de este tipo se enamora de la lectura y, lo más posible, es que poco o poco, por efecto de la sana imitación buena parte de los estudiantes se entreguen a ella libremente. Pero evitar la ruta del enamoramiento significa entregarles una herramienta, exigirles su uso y juzgarlos por resultados que muchas veces no dependen de ellos, sino de los prejuicios del docente, empeñado en ver en los libros sólo aquello que ha visto siempre. En este punto el prejuicio se confunde con la perversidad, pues fácilmente los maestros arrastran a sus alumnos a las patologías, sin advertir que detrás de toda lectura no puede haber un único marco de evaluación. Como dice William Ospina:

“Yo sé que existen buenos lectores porque los he visto, y sé que existen malos lectores porque yo soy uno de ellos. Pero creo que toda lectura cuando es intensa y curiosa, cuando es verdadera, es una buena lectura, así sea dispersa, así sea caótica, porque no todos los seres humanos tenemos la misma disciplina, no todos los seres humanos tenemos la misma capacidad de concentración. Hay quienes pueden leer de una manera ordenada, juiciosa, disciplinada; hay quienes leen en raptos de entusiasmo, de vehemencia, de pasión, y eso configura maneras diferentes de relacionarse con los libros; pero afortunadamente los libros son tan pacientes y tan indulgentes, que toleran muchas maneras distintas de aproximarse a ellos” [3]   

En pocas palabras, un docente interesado en enseñar a leer debe, en primer lugar, evitar reincidir en el discurso de la imposición, tanto de libros como de modos de evaluación y, segundo, apasionar a sus alumnos para despertar en ellos el placer, cuya ausencia es el problema fundamental de la lectura. La alternativa primordial es vincularlos a lo que leen –y aquí hablamos no sólo de libros sino de todo aquello que pueda circular en los medios complementarios-, algo que únicamente se logra al apelar a lo que podríamos denominar una lectura emocional.

Ya en los años ochentas Bruno Battelheim había señalado que la enseñanza de la lectura parte de la presunción por parte de los docentes de que a los estudiantes les gusta quedarse quietos y leer, pero pocos se preguntan qué sienten en realidad cuando leen y qué importancia tiene eso para ellos. A fin de cuentas, con el tiempo, mal que bien, todos aprenden a hacerlo y ese pequeño porcentaje de los que leen con placer es más que suficiente [4]. Y esta es una visión que subsiste todavía: en un sistema que exige calificaciones, estar a cargo de 30 o más estudiantes, preparar clases, redactar informes, atender a padres, etcétera, sacar tiempo para preguntarse ahora qué ocurre al interior de los jóvenes cuando leen y qué importancia tiene para ellos parece imposible.

Pero si es verdad, como asegura Pennac, que la lectura es una práctica que todos necesitan, pero además, que puede disfrutarse, es inaceptable no indagar qué sucede en ese mundo interior. Por demás, se trata de algo que camina paralelamente con las otras funciones de un docente de Lenguaje. Wolf ha dicho que leer implica factores cognitivos, lingüísticos, emocionales, sociales y educativos [5] y, en consecuencia, cada uno de estos requiere, por parte del docente, su consideración, pues quien haga hincapié en uno siempre, traerá a desmedro los demás y su labor como formador sufrirá un desfase más o menos pronunciado.

La frase que debería estar en la boca de los docentes es “el único contexto que cuenta es el de esta clase”, dar en el aula ese obsequio de leer al que antes nos hemos referido, sin prejuicios ni señalamientos, repeticiones o pruebas estandarizadas; la pasión es la que orienta, el placer de compartir o de embriagarse en soledad. Así se pronuncia Pennac:

“Nuestro saber, nuestra escolaridad, nuestra carrera, nuestra vida social, son una cosa. Nuestra intimidad de lector, nuestra cultura, son otra. Está muy bien fabricar bachilleres, licenciados, catedráticos y ejecutivos: la sociedad los demanda con insistencia, eso no se discute, pero cuánto más esencial es abrir a todos las páginas de todos los libros. A todo lo largo de su aprendizaje, se les exige a los estudiantes la glosa y el comentario, y las modalidades de esa exigencia los asustan hasta el punto de privar a la mayoría de ellos de la compañía de los libros. Nuestro fin de siglo tampoco arregla las cosas; en él reina indiscutido el comentario, hasta tal punto que con frecuencia nos impide la visión del objeto comentado. Este revoloteo enceguecedor tiene un nombre equivocado: comunicación. Hablar a los adolescentes de una obra y exigirles que hablen de ella puede resultar muy útil, pero no es un fin en sí mismo. El fin es la obra. La obra entre sus manos. Y el primero de sus derechos, en materia de lectura, es el derecho a callarse” (Pág. 134)

Mientras que los intentos frustrados o victoriosos por hacer de la lectura una práctica más cercana a la juventud siguen sucediéndose, continúan también los viejos discursos anclados en sus prejuicios, de suerte que tal vez sólo la sucesión generacional pueda traer cambios a gran escala. Ahora bien, la certeza de que la lectura no se reduce a una reproducción del lenguaje, sino que constituye una puesta en juego de nuestra humanidad puede acelerar ese proceso en las escuelas, en las familias y en el conjunto de escenarios sociales. 

Los derechos imprescriptibles del lector

Este decálogo de Daniel Pennac se reproduce en muchísimos sitios de la red, pero lo dejamos aquí también como apunte final para quien no lo conozca:

1. El derecho a no leer.
2. El derecho a saltarse páginas.
3. El derecho a no terminar un libro.
4. El derecho a releer.
5. El derecho a leer cualquier cosa.
6. El derecho al bovarismo.
7. El derecho a leer en cualquier parte.
8. El derecho a picotear.
9. El derecho a leer en voz alta.
10. El derecho a callarnos.
________________________

Como una Novela es una texto escrito con sencillez y atizado con ideas que, aunque no resultan originales, tienen a su favor, una probada necesidad.


NOTAS:

[1] PETIT, Michèle (1999) Nuevos Acercamientos a los Jóvenes y la Lectura. México: Fondo de Cultura Económica. p. 142.
[2] LOMAS, Carlos (2003) Leer para Entender y Transformar el Mundo; en Revista Enunciación No. 8. Bogotá: Universidad Distrital Francisco José de Caldas. p. 59-60.
[3] CALDERÓN ÁLVAREZ, Luis (1997) La Lectura Literaria a Dos Voces: Conversaciones con los Poetas Piedad Bonnet y William Ospina; en Revista Lingüística y Literatura No. 32. Medellín: Universidad de Antioquia. p. 26.
[4] BETTELHEIM, Bruno & ZELAN, Karen (2001) Aprender a Leer. Barcelona: Editorial Crítica. p. 43.
[5] WOLF, Maryanne (2008) Cómo Aprendemos a Leer. Barcelona: Ediciones B. p. 166.

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Miguel Delibes – Cinco Horas con Mario




AUTOR: Miguel Delibes
TÍTULO: Cinco Horas con Mario
EDITORIAL: Destino, S.A. (Tercera edición)
AÑO: 1983
PÁGINAS: 296
RANK: 9/10




Por Alejandro Jiménez
Tras el fallecimiento de Miguel Delibes en el año 2010, Emilio Lledó redactó un artículo para el diario El País en el que afirmaba que la personalidad de este autor era tan sugestiva y luminosa como su obra; y, seguramente, fue así, porque dentro del panorama de las letras españolas, Delibes encarna una figura lúcida, tranquila, entregada al oficio literario y defensora de un credo humanista que permitió a muchos hacer frente a los embates del franquismo y, después, impulsar la reconstrucción de España a pesar de la confusión, la desesperanza y las escisiones que perduraban en el seno de la población.

Es claro que Delibes tuvo siempre un perfil más bien pesimista y, además, estaba lejos de considerarse un escritor politizado, pues a su juicio la militancia limitaba la actividad crítica [1]. Sin embargo, toda su obra está cargada de un afán de denuncia y de una cercanía a la sencillez de los humildes que resulta inevitable no asociarla con una fuerza generosa, capaz de llegar a los hombres sin importar su estado para enterarlos del cariz franco y amable que puede tener la vida cuando dejamos de competir entre nosotros y buscamos una comprensión de tono universal.

Ramón Buckley ha resaltado esta particularidad, señalando, también, que se trata de la clave interpretativa para entender toda la narrativa del autor:

“La obra de Delibes no es realista sino idealista. Bajo la falsa apariencia de un lenguaje basado en el argot popular, de unos tipos y unas situaciones, de unos usos y costumbres que parecen calcados de la realidad misma, se esconde la secreta intención del autor, la visión paradisíaca de una Castilla idealizada (…) Las obras de Delibes son, en realidad, grandes parábolas sobre la salvación del individuo, sobre la salvación de toda la raza humana” [2]

Como se ve, puede hablarse perfectamente de humanista al referirse a la literatura de Miguel Delibes, idea que encaja perfectamente con la apreciación de Lledó sobre la sugestión y luminosidad que, en su opinión, caracterizan al autor. Sus obras, desde La Sombra del Ciprés es Alargada (1948) hasta las más recientes como El Hereje (1998), a pesar de sus diferencias en el plano temático y narrativo, representan una invitación a la reflexión sobre el ser español y también sobre el ser hombres, teniendo en cuenta la manera como entendemos el mundo y nos dirigimos en él cuando problemas como la guerra, la pobreza y la incomprensión parecen erigirse a modo de principios irrevocables.

Cinco Horas con Mario (1966) constituye, en particular, una de las obras más importantes de Miguel Delibes, en primer lugar, porque presenta una técnica narrativa que exige el dominio pleno de la escritura y, además, porque ejemplifica cabalmente lo señalado sobre su preocupación por las cuestiones sociales.

Es verdad que todas las novelas de Delibes se encuentran hábilmente narradas, pero Cinco Horas con Mario, por ser una de las obras pertenecientes a lo que la crítica ha denominado su etapa experimental, resalta más vigorosamente en su escritura. Se trata de un largo monólogo interior –el de Carmen, la protagonista de la novela-, enfocado en una segunda persona –Mario, su esposo muerto- y caracterizado por el flujo de una conciencia que va y viene sobre asuntos sociales, familiares y personales de manera casi arbitraria.

El estilo recuerda un poco al usado por Cela en Mrs. Caldwell Habla con Su Hijo (1947-1952), pues en ella también se establece un monólogo –en su caso, el de una madre- frente a la figura de un fallecido –su hijo-. Con todo, Delibes acentúa en su novela mucho más la situación, limitando el tiempo en el que discurre la conciencia –cinco horas- y precisando el espacio en el que esto ocurre, es decir, la biblioteca de Mario que, a la sazón, se utiliza como lugar de velación. 

El argumento de la obra, al tratarse de un monólogo, es difícil de establecer, pero reúne buena parte del pasado de los protagonistas. Carmen, desea pasar una última noche con Mario para cuidar su cuerpo, y, mientras lo hace, repasa algunos versículos de la Biblia que fueron subrayados por su esposo y que, precisamente, son los que desencadenan el largo discurrir de sus palabras:

Cinco Horas con Mario recoge el ‘diálogo’ de Carmen Sotillo con el cadáver de su marido. Al rememorar los recuerdos de su vida en común, pasa revista a sus desavenencias conyugales y a los reproches que siempre hizo a Mario por su distinta concepción del mundo. No es difícil ver un alter ego del autor en este catedrático de instituto, prototipo del intelectual idealista, con una honda preocupación social. En cambio, Carmen, aunque es la única que tiene la oportunidad de argumentar en favor de sus posturas, se va perfilando como prototipo de la burguesa puritana y reaccionaria, que no ve más allá de sus propios intereses” [3]

Hay, como puede observarse, una ironía en el fondo de la novela, y es que, aunque Carmen es la única que posee una voz narrativa dentro de la historia, su visión conservadora del mundo, amén de su arribismo y orgullo de clase, contrastan negativamente frente al perfil de Mario, que se muestra siempre altruista, sensible y cercano al sufrimiento de los otros. Justamente, la interpretación de la novela que mayormente ha sostenido la crítica (Sobejano, Morán, etcétera) se basa en esta disparidad de caracteres de los protagonistas que pueden llegar a simbolizar, expandiendo su espectro, dos tipos de España: Carmen, la anclada en las costumbres, principios y prejuicios ortodoxos, incapaz de comprender cualquier evolución y; Mario, la más liberal y solidaria, portavoz del ánimo de cambio que apela a la dignidad y valores de los más humildes.

Se entiende que este contraste puesto en el escenario de la posguerra y todavía en medio del franquismo pretende, no sólo señalar las divisiones ideológicas de los españoles, sino, también situar la forma en la que esas diferencias no permiten hallar un norte más provechoso para todos. Aquí se advierte nuevamente el humanismo que se ha destacado en Delibes y su inquietud por los problemas de la época, sin duda, vigentes todavía de algún modo.

Carmen o la voz oficialista de España

Es curioso pensar que la circunstancia que presenta la novela, es decir, la muerte del profesor Mario Díez Collado, no genera tanto un sentimiento de tristeza en su esposa como uno de reproche y señalamiento. Carmen se lamenta de que su esposo siempre hubiese sido un “simplón”, de que hubiese tenido pocos modales y nada de cortesía para ella, procedente de una buena familia; de esta forma, volviendo a su pasado, cada vez parece más arrepentida de su suerte y más atrincherada en sus creencias y opiniones sobre la sociedad:

“Carmen ha sido educada bajo los principios tradicionalistas del catolicismo que imperaron durante el gobierno franquista, enmarcado en el seno de una familia burguesa de provincia. Por ello, el lenguaje oficial y convencional es imitado por la esposa como una herencia irrenunciable. Sin embargo, es sintomático el hecho de presentársele al lector de forma obsesiva y caótica, contradiciendo su aparente orden preestablecido. Ella acepta y repite las creencias del pasado que asume ciegamente y enuncia sin cuestionamiento alguno. Su lenguaje ha sido prestado por las instituciones oficiales como la iglesia, la familia y la sociedad, dejándola sin ideas propias que caracterizan sobre todo una pereza mental; el pensamiento es anulado porque con lo que desde afuera le es dado es más que suficiente” [4]

El pensamiento oficialista de Carmen es evidente en todos los asuntos en los que incursiona a través de su monólogo. Cuando habla de la familia, por ejemplo, lo hace remitiéndose a una concepción conservadora y tradicional: a los hijos se los educa con mano fuerte, “con ellos hay que ser inflexibles”, y si se trata de las niñas, evitar a toda costa que vayan a la escuela, pues “¿qué se saca en limpio con ello?”, únicamente que se vuelvan unas “marimachas” o, en el peor de los casos, se conviertan en intelectuales, y “a una muchacha bien, le sobra con saber pisar, saber mirar y saber sonreír, y estas cosas no las enseña el mejor catedrático”.

Asimismo, constantemente Carmen establece reproches a Mario por su condición de esposo: ella espera recibir toda la atención que debe dispensársele a una mujer, le recrimina no contar con alguien que colabore en las labores de la casa, y tampoco tener un automóvil para transportarse. Cuán deseada fue en su juventud, y cómo parece darse golpes de pecho ahora, ante el cadáver de Mario, por lo que fue su destino al lado de un intelectual preocupado más por los libros, las leyes y la suerte de los pobres que por su propio hogar:

“…y por eso mismo me será muy difícil perdonarte, cariño, por mil años que viva, el que me quitaste el capricho de un coche. Comprendo que a poco de casarnos eso era un lujo, pero hoy un Seiscientos lo tiene todo el mundo, Mario, hasta las porteras si me apuras, que a la vista está. Nunca lo entenderás, pero a una mujer, no sé cómo decirte, le humilla que todas sus amigas vayan en coche y ella a patita, que, te digo la verdad, pero cada vez que Esther o Valentina o el mismo Crescente, el ultramarinero, me hablaban de su excursión del domingo me enfermaba, palabra. Aunque me esté mal el decirlo, tú has tenido la suerte de dar con una mujer de su casa, una mujer que de dos saca cuatro y te has dejado querer, Mario, que así qué cómodo, que te crees que con un broche de dos reales o un detallito por mi santo ya estás cumplido…” (Pág. 47)

El oficialismo se hace más radical cuando el monólogo de Carmen se acerca a cuestiones de orden social. La mujer reprocha a su marido la idea de educar a los pobres pues, según ella, “sacados de su centro estos no sirven ni para finos ni para bastos”, queriendo rápidamente convertirse en señores. Lo mejor es que cada quien se las arregle como pueda dentro de su clase; así, Carmen salva su conciencia con la simple caridad, y poco le importa que Mario opine que este acto no llena el abismo de la injusticia.

La posibilidad de que los pobres tengan un lugar más importante en el mundo se le antoja a la mujer una alteración peligrosa: extraviados de las vocaciones que ofrece la sociedad para cada uno, ricos y pobres estarían mezclados perjudicialmente, sin distingo de rangos ni familias y, en consecuencia, sin una voz que imponga orden sobre el resto. Lo justo es no calentar la cabeza de los necesitados e, incluso, como lo comunica a su marido, hacer acopio de todas las armas que se tengan a mano para detener su marcha y exigencias:

“¿Puedes decirme si cogeríamos un solo grano de trigo si previamente no eliminásemos la cizaña? Anda, contesta, que es muy fácil hablar, querido, pero vamos a lo práctico, que a la cizaña, convéncete, hay que cortarla de raíz, hasta el exterminio, pues aviados estaríamos si no. Amor, amor, dale con el amor, qué sabrá de amor un hombre que la noche de bodas se da media vuelta y si te he visto no me acuerdo, que una humillación así no la olvidaré por mil años que viva, cariño, y perdona mi franqueza, que ahora lo que vais a pretender es que por amor a la cizaña dejemos perder el trigo, cuando lo que hay que amar es al trigo, botarate, y por amor a él arrancar la cizaña y quemarla luego, aunque nos duela. Una poquita de Inquisición nos está haciendo buena falta, créeme, yo lo pienso muchísimas veces, que si la bomba atómica esa la perfeccionasen de tal modo que pudiera distinguir, que ya sé que es una bobada, pero bueno, y matase sólo a los que no tienen principios, el mundo quedaría como una balsa de aceite, ni más ni menos, ni menos ni más…” (Págs. 152-153)

Es importante volver a señalar que las opiniones que Carmen sostiene sobre estos asuntos no son producto de su propio pensamiento. Es reiterativa en su monólogo, primero, la presencia de sus padres, de todo aquello que a su bien le enseñaron; además, habla por su boca la burguesía de derecha que durante el franquismo gozó de no pocos privilegios y; por último, también se escucha en ella la doctrina más radical del catolicismo. En síntesis, Carmen Sotillo reproduce los discursos de la familia, el gobierno y la religión, sin ningún tipo de atisbo crítico, y convencida fervientemente de sus fundamentos.

Tal es el nivel de persuasión que tiene Carmen sobre estas instituciones que sin miramientos confiesa –al inicio del capítulo VII- que ella la pasó “divinamente” durante la guerra y que, sin duda, esa fue una de las mejores épocas de su vida. Asimismo, ante las marcas de libre pensamiento que observa en Mario, destaca que la Monarquía es la mejor forma de gobierno y que la prueba de esto se encuentra en que cuando advino la República lo único que se observó en las calles fue borrachos, desarrapados y ladrones.

Una y otra vez arremete Carmen contra su esposo empujada por el deseo de hacerle ver la necesidad de autoridad en el mundo. No porque alguien haya pasado por la escuela, dice, puede permitírsele pensar que tiene derecho a todo; en la vida hay que callar y obedecer, “siempre, toda la vida, a ojos cerrados” y la disciplina ante la familia y el gobierno son valores fundamentales. Apelando a la religión, incluso, afirma que “Cristo no hubiese tenido nunca un hermano rojo, ni un padre prestamista”, pues de haberlos tenido ni él mismo habría escapado a sus juegos demagógicos.

Por demás, el carácter oficialista de Carmen se confunde constantemente con el fascismo en muchas de sus apreciaciones: no acepta que los judíos y los protestantes sean buenas personas, ataca severamente la conducta de quienes –como las prostitutas- permanecen fuera del sacramento del matrimonio y, ante la presencia de un negro que cierto día lleva Mario a casa, excusa su animadversión diciendo que nada la separa de él distinto a la “repugnancia natural” y que, aunque todos sean iguales a los ojos de dios, siempre resultará mejor “los negros con los negros” y los “blancos con los blancos”.

Mario o la voz de la resistencia humanista

A pesar de que Mario no posee una voz activa en la narración de la novela, su retrato se va dibujando bastante bien por medio del relato de su esposa, al tiempo que se hacen inconciliables las diferencias entre ambos: si Carmen es la representación de la oficialidad, Mario lo es del humanismo, de la búsqueda, más allá de las diferencias, de los rasgos que puedan unificar a España. Profesor, intelectual y escritor de libros –duramente apaleados por Carmen-, Mario es un hombre comprometido con las causas sociales de su tiempo:

“Mario es dueño de los principios que respalda con responsabilidad, persigue la verdad de unos ideales que los llevarán a un futuro humanizado. Dentro del estrecho camino en el que se mueve, lucha por la libertad de expresión y religiosa, para que todos vivan con igualdad de oportunidades, empleando la ciencia y el arte para el beneficio colectivo; por ello, Mario no se queda en el pensamiento puro y abstracto, sino que abre los caminos que permiten que los demás sean auténticos, él no sólo piensa, sino que ayuda a pensar (…) Es, pues, un ser que desde sus limitaciones humanas construye su propia verdad, aplicando unos principios verdaderamente cristianos, defendiendo la igualdad y la libertad, siempre al lado de los vencidos, los humildes, las prostitutas, los obreros, queriendo que la vida interior y colectiva logre desde la humanidad y la justicia organizar su verdadero sentido de existencia” [5]

Los dos hermanos de Mario fueron asesinados por mantener ideas similares a las suyas, equivocadamente interpretadas por Carmen como “rojas”, comunistas. Pueda ser que, tras la forma de ver el mundo de Mario, existan principios semejantes a los que rigen el pensamiento de izquierda, pero sería riesgoso politizarlo sin más; él mismo ha dicho a su esposa que “República y Monarquía no son más que palabras, que tanto da la una como la otra y que lo importante es lo que se halla debajo”, es decir, un sentido humanista.

Los distintos comportamientos de Mario traslucen su preocupación por los hombres en todas sus facetas: desde el interior de su familia hasta el sector más amplio de la sociedad. No son pocos las recriminaciones que recibe de Carmen por insistir en la educación completa de sus hijos, por apoyar su libre determinación, por prescindir de los modales que incomodan la transparencia comunicativa, por preferir la bicicleta que el coche que ella tanto desea, por pasar el tiempo en su estudio leyendo, escribiendo, o debatiendo cada tema con sus viejos amigos, en fin, por no limitarse al perfil acomodado de la burguesía, sino preferir voluntariamente la preocupación y hasta el miedo por la suerte de los otros:

“Y no es que yo vaya a decir que no haya injusticias, ni corrupción, ni cosas de esas que tú dices, pero siempre las ha habido, ¿no?, como siempre hubo pobres y ricos, Mario, que es la ley de la vida, desengáñate. Yo no troncho contigo, cariño, ‘nuestra obligación es denunciarlas’, así, lo dijo Blas, punto redondo, pero, ¿quién te ha encomendado a ti esa obligación, si puede saberse? Tu obligación es enseñar, Mario, que para eso te hiciste catedrático, que para denunciar injusticias ya están los jueces y para remediar las penas, la beneficencia, que os ponéis insoportables con tantas ínfulas, dichoso don Nicolás, que yo no sé cómo la gente lee ‘El Correo’, si se cae de las manos, hijo, no trae más que miserias y calamidades, que si miles de niños sin escuelas, que si hace frío en las cárceles, que si los peones se mueren de hambre, que si los paletos viven en condiciones infrahumanas, pero, ¿puede saberse qué es lo que pretendéis? ¡Si hablarais claro de una vez! Porque si a los paletos les ponen ascensor y calefacción, dejarían de ser paletos, ¿no?, vamos me parece a mí, que yo de eso no entiendo, pero es como lo de los pobres, pues siempre tendrá que haberlos, digo yo, porque así es la vida, y si la vida es así no hay porque poner cara de palo…” (Págs. 176-177)

La incomprensión de la conducta humanista de Mario se comprende en el caso de su esposa a raíz de su interiorización acrítica del discurso de lo establecido. Por el contrario, como él es un libre pensador, está persuadido de la posibilidad del cambio, y no le satisfacen las respuestas tradicionales con las que se justifica el origen y permanencia de problemas como la pobreza, la desigualdad, el abandono o la injusticia. Puede entenderse así el hecho de que los libros escritos por Mario resulten tan confusos para Carmen, quien los describe como “rollos” incomprensibles o historias de “muertos de hambre que no saben ni la A”.

Todas las iniciativas de Mario son duramente señaladas y en cada apunte del monólogo se permean de diatribas personales: las ideas de su marido las asocia Carmen con su origen humilde, con las “graciosas” costumbres de su madre, con el apego a los hábitos comunes y simples de los pobres. No destaca de él ni siquiera su rigor para el estudio: leer para ella es una ocupación viciosa; y la misma personalidad de Mario –retraída, pensativa, observadora- disiente de la que ella quisiera que tuviera, esto es, una más activa, vehemente en los asuntos económicos y refinada en sus modales. Así se evidencia en este pasaje:

"Después de todo, razón le sobra a Valen, que a los intelectuales deberían prohibirles ir a la playa, que así, tan flacos y tan cruditos, resultan antiestéticos, más inmorales que los mismos bikinis. Pero lo que más me encrespa, te lo confieso, es que en la playa si no mirabas a las niñas, por supuesto, fueras tan intelectual y, luego, en casa, agarraras el escobón y te pusieras a barrer, porque una de dos, lo eres o no lo eres, pero si lo eres, con todas las consecuencias, hijo, que a mí las medias tintas me horrorizan. Sí, ya lo sé, que tú no eres un intelectual, me lo sé de requetesobra, de carretilla, fíjate, que los intelectuales piensan y ayudan a pensar, pero si tú no puedes pensar porque tu cabeza es un caos, mal puedes hacer pensar a los demás. Excusas, frases como yo digo, porque si no lo eres, ¿por qué andas entre libros y papeles todo el día de Dios? ¿Por qué regla de tres estabas tan blanco en la playa, di, que no te agarraba el sol ni por cuanto hay? Y luego, para mayor inri, haciéndote el deportista, que también es humor, que no puedes con los zapatos y corriendo cincuenta kilómetros en bicicleta cada domingo, no me digas, todo por aparentar más joven, que no sé a santo de qué, que todavía en una mujer... Tú desconciertas a cualquiera, Mario, convéncete, que muchísimas veces pienso que tus gustos proletarios vienen de la estrechez en que te criaste, que a mí, ya ves tú, a poco de hacernos novios, cuando me dijiste que con un duro a la semana tendríamos que arreglarnos, me dejaste fría, palabra" (Págs. 223-224)

En conclusión, como ocurre en el terreno propio de la política en el que usualmente se rotulan las exigencias del humanismo como ideas de pobres, Carmen, adoctrinada por el oficialismo desprecia cada palabra o acción que su marido personifica en favor de los humildes. Simbólicamente, se trata de representar la manera como la España conservadora es incapaz de comprender el lenguaje que expresa las exigencias de la clase sometida, burlándose de ellas apegada a una superioridad que, en el fondo, se reduce a la reproducción de valores históricamente nacidos como imposición, no como prueba de un mejor orden social. 

Otra ruta interpretativa de la novela

Para finalizar, es importante resaltar que algunos críticos, entre ellos, Alfonso Rey han propuesto una ruta distinta de lectura para Cinco Horas con Mario. Dicho camino consistiría en hacer énfasis en las frustraciones conyugales de Carmen Cotillo, de la siguiente forma:

“Carmen intenta hacer valer su yo maltratado sin defender ninguna ideología, sino simplemente su individualidad; el autor (Delibes), mostrando una asombrosa fidelidad artística hacia un personaje con el que no simpatiza, permite que esta mujer afirme su personalidad a pesar de la banalidad de su pensamiento; aunque Mario sea merecedor de todas las simpatías, no lo puede ser su constante actitud de arrogancia ante sus esposa, por la que este honesto intelectual nunca hizo nada ni en el plano intelectual ni en el amoroso. Por eso Carmen puede ser considerada como una mujer –con toda la estrechez de ideas que se quiera- que nunca tuvo la posibilidad de realizarse en una sociedad hecha a la medida del hombre” [6]

Habría mucho por examinar en la novela si se atendiera su contenido bajo esta otra forma. En efecto, son numerosos los reproches que podrían justificarse por parte de Carmen sobre las conductas de Mario como esposo. Baste citar, por ejemplo, que la mujer tuvo que encargarse sola de todas tareas que implica mantener un hogar de siete personas; que durante más de veinte años de matrimonio, Mario no ha tenido con ella, según sus palabras, “un acto de comprensión”; que se ha sentido humillada cuando, por alguna razón, es negada por su marido; que el hombre no toma en serio ninguno de sus comentarios y; en fin, que, incluso, Mario se encargó de estropear su luna de miel, relegándola a una presencia secundaria.  

El trabajo de interpretar la obra así tendría que distinguir las exigencias que son justificables dentro de un matrimonio, de aquellas otras –que también abundan- más cercanas al orgullo burgués de Carmen; en todo caso, esta manera de concebir la novela refleja, por un lado, nuevos atributos para las personalidades de los protagonistas y, por otro, lugares tal vez insospechados para Delibes sobre su propia escritura.
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Cinco Horas con Mario es una novela de excelente escritura, rica en matices, de ritmo único y dotada con la penetración psicológica y social de las grandes obras.


NOTAS:

[1] BENEYTO, Antonio (1977) Censura y Política en los Escritores Españoles. Barcelona: Editorial Plaza & Janés. p. 262.
[2] BUCKLEY, Ramón (1982) Raíces Tradicionales de la Novela Contemporánea en España. Barcelona: Ediciones Península. p. 188-189.
[3] PEDRAZA, Felipe B. & RODRÍGUEZ, Milagros (2000) Historia Esencial de la Literatura Española e Hispanoamericana. Madrid: Editorial Edaf. p. 731.
[4] PONGUTÁ PUERTO, César (2001) Las Dos Españas en Cinco Horas con Mario de Miguel Delibes; en Cuadernos de Literatura Vol. 7. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana. p. 219.
[5] Ibíd., p. 220-221.
[6] BASANTA, Ángel (1979) Cuarenta Años de Novela Española (Vol. II). Madrid: Editorial Cincel. p. 27.

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