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La Pasión Inútil

Timeo Hominem Unius Libri

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Mijaíl Bulgákov trabajó como médico voluntario durante la Primera Guerra Mundial y desempeñó, además, esta misma profesión en el Hospital Militar de Kiev y en una provincia de Smolensko. Esa experiencia le permitió dar forma, más tarde, a Diario de un joven médico (1925), libro que sondea situaciones que amilanan el ánimo de los médicos como la incredulidad, la presión de los procedimientos, la reacción de los pacientes y la extrema responsabilidad de hacerse cargo de la vida.

Se trata de una obra en la que el autor se mueve a caballo entre la novela y el cuento. En efecto, los nueve relatos que la componen pueden leerse independientemente ya que no existe una plena continuidad narrativa entre ellos; no obstante, el conjunto funciona también tutti unisono, pues conforma un cuerpo asociado por el tema, el tono, el tipo de narrador, los personajes, etcétera.

Extrañamente, aunque tanto la época en la que Bulgákov fungió de médico como aquella otra en la que redactó su libro colindan con la Revolución Rusa, las alusiones a esta coyuntura están apenas esbozadas. Así, si bien pueden encontrarse líneas acerca del derrocamiento del zar Nicolás II, el estado de los prisioneros soviéticos, el golpe de estado en Moscú o el arribo de los bolcheviques a Ucrania, salvo por el hecho de que el protagonista hace parte de los médicos reservistas que fueron trasladados por aquel entonces a zonas rurales, la Revolución es un tema incidental.

El centro de la obra radica, más bien, en la manera en que el inexperto médico Bomgard enfrenta el destino de “luchar solo, sin apoyos ni orientaciones” en la lejana provincia de Múrievo, uno de esos lugares “dejados de la mano de dios”. De hecho, ya en el relato inicial se advierte que solo comprenderá lo escrito allí quien haya transitado por las estepas rusas, de una isba a otra, desastrado por ese clima inhumano y conminatorio que parece deshacer cualquier buena expectativa.

Son abundantes las reflexiones que el libro establece sobre dicho destino. La primera tiene que ver con el hecho mismo de ser un joven que ejerce la medicina, esto es, de hallarse en una posición en la que es común, no el recato, sino el franco escepticismo frente a las capacidades personales, máxime porque, como sucede al protagonista, la lejanía de cualquier colega lo obliga a encargarse por entero de todas las urgencias e intervenciones sin tener experticia en ninguna de ellas.

Muchos de los cuentos se aproximan expresamente a esta circunstancia y revelan la forma en la que el personaje encara la desconfianza de los otros y cómo oculta su propia intranquilidad. Diríase que Bulgákov expone, filtradas por el cedazo de su experiencia, la culpabilidad que prima durante los primeros años en ciertos médicos por aceptar un compromiso que exige más de lo que creen poseer y, así mismo, el temor, a veces verdaderamente apabullante, de provocar la muerte y ser expulsados del cuerpo médico y la humanidad entera.

En todo caso, paralelamente, el libro plantea que esa experiencia de abocamiento, de saberse lanzado a un terreno de inseguridades, es la que permite superar el simple conocimiento de los exámenes o vademécums y adquirir la lenta destreza de la profesión. Desde esta perspectiva, un descubrimiento decisivo se vive en todos los relatos, pues cada caso particular –un parto, una amputación, el tratamiento para esta u otra enfermedad- son una prueba a la entereza y el marco en el que va labrándose la reputación de Bomgard.

Sin duda, Bulgákov se muestra bastante inteligente al tejer esa relación entre médico y hombre. Son magistrales sus apreciaciones sobre la imposibilidad del médico para experimentar el dolor ajeno, condición que desemboca en su progresiva insensibilidad frente al sufrimiento mismo –nil admirari-; y también resultan notables, primero, su retrato de la repulsión que genera lo humanamente desagradable de las enfermedades y, segundo, su acercamiento al mundo del anfiteatro: esa zona limítrofe entre el fallecimiento y el asesinato en la que los médicos se debaten.

Por tratarse de un texto mayoritariamente anclado en el modo en que se vive en el campo, al autor le preocupa probar la veracidad de los que afirman que “el ser humano, en realidad, necesita muy poco”. Es así que varios relatos, en especial La erupción estrellada, aterrizan sobre asuntos vinculados a la rudeza que caracteriza al hombre de la estepa y cómo, para este, nada relacionado con su salud resulta terrible, pues se encuentra endurecido por las supersticiones, la ignorancia, el descuido o el trabajo.

Es verdad que una faceta harto diferente se refleja en el cuento Morfina. Allí, Bulgákov, opone la responsabilidad total del médico rural a la bien definida división de funciones que predomina en las ciudades y, además, estudia las vías de una posible degeneración moral de los médicos. El texto, parcialmente autobiográfico, corresponde al diario de un profesional –a quien conoce Bomgard- que se hace adicto a la morfina y rastrea, tanto las justificaciones iniciales de su consumo como las impresionantes imágenes de sus efectos, una vez se ha perdido el control del medicamento y su necesidad se sufre de forma más acuciante.

Existe un fragmento en Un ojo desaparecido en el que el protagonista adelanta un inventario de su labor médica a partir del libro de visitas. De acuerdo con esos datos, solo en un año ha llegado a atender 15613 enfermos, ha internado a 200 de ellos y ha visto morir a 6. Aunque estas cifras puedan o no coincidir con las que el propio Bulgákov vivió como médico, con ellas puede tenerse una idea de las magnitudes en que se mueve esta profesión, las tensiones que se dan en su cotidianidad y lo inviable que sería, dentro de ella, pensar en que alguien pueda, finalmente, declarar: “Ya lo he visto todo”.

Por esta especie de recuento anecdótico que Bulgákov elabora y, principalmente, por su capacidad para transmitir al lector todo lo que en sus historias hay de estremecedor, reflexivo y hasta repugnante, le fue conveniente a él –como a su personaje de El asesino- dejar la medicina y dedicarse a la literatura. No de otra forma, podría alcanzarse esa imagen característica del médico, para quien nada en el exterior parece cambiar nunca, mientras que, en su interior, cada cosa radicalmente está bullendo y transformándose todo el tiempo.

BULGÁKOV, M. (2015) Diario de un joven médico. Madrid: Alianza.
FILDES, L. (1891) The Doctor.
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Tras una ardua labor de rastreo y recuperación, hace algunas décadas se logró organizar el corpus titulado La habitación del poeta, conjunto de textos desconocidos que Robert Walser habría escrito entre 1896 y 1910 para ser publicados en distintos periódicos de Austria, Alemania, Suiza y Hungría.

El libro, por tanto, remite a la época en la que Walser vendía sus escritos a las agencias encargadas de abastecer las secciones culturales o de entretenimiento de los diarios europeos y reúne textos que se salvaron de desaparecer en las manos del propio Walser (como fue el caso de tres de sus novelas) o dispersos en la corriente de las pequeñas publicaciones.

Hay tres tipos de textos recogidos aquí: prosas, poemas y fragmentos. Los primeros conforman la mayoría y, sin duda, superan el cuento en tanto género, debido a la ambigüedad desde la que fueron concebidos. Los poemas, por su parte, son apenas cinco, todos caracterizados por su sencillez estructural y el modo en que compaginan humor y sabiduría estoica. Los fragmentos, finalmente, siguen la orientación de la estampa para desarrollar temas de índole social.

Como bien afirma Bernhard Echte, a pesar de su aparente disparidad, los textos de Walser están unificados por una banalidad provocadora, esto es, por el gusto que encuentra el autor en lo insólito. De tal suerte, sin importar que Walser se incline por la narración, la semblanza o, incluso, a veces, la crítica literaria, siempre se hallará en él la exploración de lo ordinario como algo que sucede inusitadamente.

En este sentido, cabe señalar que, en La habitación del poeta, así como ocurre en sus obras más importantes, apropiándose de una escritura enfática, Walser recoge todo tipo de excentricidades: ancianos que se quitan máscaras, poetas que viven en bañeras, hombres que sostienen romances con estatuas, niños que antes fueron olas o funcionarios que confiesan sus problemas a las flores.

Por supuesto, Walser no se limita a elaborar un inventario excéntrico. Detrás del modo en el que se acerca a tanta irreverencia se halla un sustrato filosófico: la idea de que la igualdad de los hombres revela una facilidad que no concuerda con el afán de hacernos diferentes. En otras palabras, hay una “rareza inmensa, irrefutable” que no coincide con nuestra supuesta uniformidad y, en consecuencia, debemos cortar ese ritmo monótono que menoscaba la capacidad de ser y vivir lo otro.

Lo que pretende indicar Walser es que cientos de matices escapan habitualmente de la mirada. En Algo sobre el ferrocarril, por ejemplo, los pasajeros del tren observan las ciudades desde la ventana como si se tratara de “imágenes sin vida” y, sin embargo, allí está hirviendo todo: el golpe del herrero, el relincho del caballo, el llanto de un niño, el ruido de las máquinas, la alegría de un secreto. Y lo mismo ocurre en De la lectura de la prensa, relato que desvela el sinnúmero de hechos inadvertidos que pululan en la plétora de las noticias.

Siguiendo esta convicción, Walser explora la ciudad como un “mar agitado” que resulta confuso para sus habitantes: en ella hay siempre algo a la vez familiar e inconcebible. El asunto es que en la mayor parte de las personas triunfa el abotargamiento y, así, pocos están dispuestos a la menor ruptura o estropicio, olvidando aquel precepto que nos abriría más los ojos y que Walser recuerda en el cuento Niños y casitas: “Muchas cosas raras son posibles”.

Teniendo en cuenta lo expuesto, puede sostenerse que esta obra de Walser pone en marcha un juego de vaivén: la extrañeza conduce a la familiaridad, mientras que la intimidad devuelve a la distancia. Dinámica, por cierto, a la que el propio Walser parece referirse como cultivo de la atención, es decir, una clase especial de sensibilidad y movimiento que ha de servir para salvar los sucesos de la vida.

Por esta razón, como antes lo fuese para von Kleist, el atributo que descuella en Walser como escritor es el de la hipersensibilidad, solo que, en su caso, esa apertura no se da hacia el plano de lo onírico, sino de lo real –diríase, inclusive, de lo fáctico-. Él mismo expone esta condición al sostener que “el escritor acecha los acontecimientos, persigue las rarezas del mundo, busca lo extraordinario y verdadero (…), está siempre a punto, siempre dispuesto a atacar por sorpresa (…) con su afilada pluma, impregnada del terrible veneno que es el don de la observación”.

Semejante concepción implica una desintegración inevitable de la subjetividad. Para Walser solo existe una religión a la cual el escritor apela: refugiarse en la vida de los demás, pues aunque él, como autor, escriba la primera frase del texto, a lo largo de este ya no querrá saber nada más sobre sí. Acaso se trate de una suerte de sacrificio, de disgregación que, muy a tono con lo que sería después la filosofía de Levinas, invita a dar vida a los otros dejando la propia existencia lo menos posiblemente vivida.

Esta idea está todavía más fortalecida con la crítica que Walser hace, si bien no declaradamente, al progreso y la técnica, ya que estos rasgos de la civilización que, en lo cotidiano, el hombre experimenta a través del tráfico, el ruido, la rapidez de los cambios, etcétera, son barreras que impiden alzar la vista hacia lo heterogéneo y llenarse de todo lo que provee una atención mejor dispuesta.

La habitación del poeta es, en síntesis, una invitación a ver el mundo desde una fórmula que facilita una percepción más clarificadora del tiempo, del movimiento que se oculta en la experiencia y, así mismo, es una fuerza que impulsa a vivir la sorpresa de lo común y regular, evitando sucumbir ante la sentencia de la vulgata latina nihil sub sole novi –nada nuevo bajo el sol-.

WALSER, R. (2005) La habitación del poeta. Madrid: Siruela.
DALÍ, S. (1929) Les plaisirs illuminés.
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Desde 1884 hasta la fecha de su muerte, acaecida en 1936, Luigi Pirandello trabajó en la redacción de los quince volúmenes de relatos que conforman su proyecto Novelle per un anno. El primero de esos libros se titula Mantón negro (1922) y reúne más de una docena de cuentos de diferente confección, tanto en lo que concierne a su forma (estilo, extensión, diálogos) como a su enfoque narrativo (satírico, social o filosófico).

Dicha heterogeneidad no implica, en todo caso, una divergencia sustancial entre los relatos; de hecho, estos pueden unificarse apelando a una dinámica a la que todos se suscriben: cada uno expresa, a su modo, el constreñimiento del hombre, su conflicto con los condicionamientos exteriores –diríase materiales-, detrás de los cuales palpita la violencia del destino.

Pirandello desenmascara esa subordinación en varios ámbitos de la vida. Cuentos como La primera noche, Formalidades o Mantón negro revelan la coacción en el seno de la institución familiar, ya sea por efecto de la presión ejercida por los padres o de las obligaciones contraídas en el matrimonio, pues ambas obligan a plegarse dentro de las circunstancias sin oponer resistencia.

En otros relatos, el condicionamiento se advierte en el plano religioso. Al respecto, los textos que integran la serie Sotanas de Montelusa resultan ilustrativos porque en ellos, apropiándose del recio catolicismo de los italianos y criticando en paralelo la insidia monacal y la usura de la iglesia, Pirandello precisa cómo la religión se cierne sobre los individuos determinando sus deseos y necesidades.

Por supuesto, Pirandello no deja de atender la tenacidad del destino en una de sus manifestaciones más directas: la pobreza. Varios relatos, entre ellos La capilla y El abaniquito, giran precisamente en torno a la imposibilidad que viven los desfavorecidos de defenderse ante los abusos de la ley o de concebirse, en el ejercicio de su libertad, como algo distinto a simples trabajadores.

Pirandello se muestra perspicaz en cualquiera de estas direcciones. En cada caso apunta la forma en la que los otros hombres, los hechos, los discursos y hasta los propios anhelos se levantan sobre los individuos para indicarles que algo se espera de ellos. En consecuencia, el responder o no a esa instancia que no transige se convierte en otra dimensión desde la que experimentan su conflicto.

La consideración de la manera en que se desarrollan las coerciones tiene en Pirandello un sesgo abiertamente pesimista. Casi sin excepción sus relatos se perfilan hacia el convencimiento de la inmutabilidad del destino y la necesidad de abandonar los sueños para entregarse al sacrificio. En este sentido, abundan las alusiones de personajes que se conciben dentro de un mundo impropio, como autómatas obligados a trocar su vida por una impostura que los ciñe a una línea preestablecida.

Cuando, dentro de los textos, se verifica alguna respuesta a esta situación por parte de los personajes se ve aumentado el patetismo. Algunos –en Mantón negro o ¡Y dos!, por ejemplo-, imposibilitados para hallar la redención en el lucro o el amor, recurren a la muerte, cifrando la necesidad de sustraerse en el paso hacia lo desconocido.

La otra alternativa frente a esta “nada de la tierra” la esgrimen los personajes por medio del consuelo metafísico que, según el caso, se ve figurado en dios, el arte o una naturaleza espiritualizada. No obstante, Pirandello resalta también la insuficiencia de esta vía, no solo por los vacíos de los que adolece, sino, además, por la virtud casi impracticable que exigiría una verdadera resignación ante lo dado.

Así, pues, en la mayor parte de las ocasiones, los personajes de Pirandello, agotados por el conflicto, se ven, sin más, entregados al padecimiento. A veces –como en Remedio: la geografía o El murciélago- se propende por la transfiguración de ese πάθος merced a los subterfugios del arte u otros engaños. Sin embargo, casi siempre, el destino se soporta simplemente con los trazos de valentía que puede proveer la conciencia de un mundo que no es factible vivir de forma diferente a como se presenta.

Muchos relatos –entre ellos, de forma especial, Sí…- abren un espacio para discutir filosóficamente estas cuestiones, de las cuales, siempre a tono con su pesimismo, Pirandello extrae dos tesis radicales: la de la insignificancia humana –“el hombre solo es grande cuando se siente pequeñísimo y nunca es tan pequeño como cuando se siente grande”-, y la de la existencia impenetrable de las causas, sobre las cuales el hombre jamás tendrá control ni claridad.

De este examen se desprende, además, una comprensión enriquecida de la multiplicidad humana, en primer lugar, destacando cómo esta aparece debido a la mudanza propia del devenir y, así mismo, declarando la incapacidad del hombre para estar enteramente “cada vez, en cada uno de (sus) actos”. A esa condición compleja que Pirandello mismo definió en el título de una de sus novelas más célebres, esto es, al hecho de ser Uno, nessuno e centomila subyace una escisión del yo en el número de realidades que este vive y, complementariamente, el dolor de no poder escapar a la condena que impone esta sujeción.

Mantón negro es, por tanto, una aproximación intrincada al destino y, desde las particularidades propias de cada texto, Pirandello se encarga de puntualizar sus conclusiones: el hombre está expuesto siempre a la “discrecionalidad de la suerte” en cualquiera de las facetas que esta ofrezca y cualquier respuesta con que se pretenda encarar la fatalidad rápidamente se declarará inadmisible.

PIRANDELLO, L. (2005) Mantón negro. Madrid: Pre-textos.
MACKE, A. (1914) Abschied.
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Hermann Hesse trabajó como librero en Tubinga y Basilea entre 1895 y 1904. Dicha labor le permitió obtener cierta independencia económica y, por supuesto, mantener la estrecha relación con los libros que había iniciado a raíz de su prematura vocación de poeta y la cercanía con la casa editorial que dirigía su abuelo.

Durante aquella experiencia, Hesse trabó contacto con numerosos autores románticos −Schiller, Goethe, Novalis, Eichendorff, etcétera-, a quienes leyó con entusiasmo y bajo cuya influencia redactó sus primeros poemarios: Canciones románticas (1898) y Una hora después de medianoche (1899).

Ese influjo permeó, además, su incipiente obra narrativa, razón por la cual los relatos reunidos bajo el título La conversión de Casanova, todos ellos compuestos entre 1900 y 1908, exponen un conjunto de tópicos y preocupaciones que resultan románticos par excellence.

La raigambre romántica se declara ya en el nombre de algunos cuentos como El Novalis (de los papeles de un bibliófilo) o Wenkenhof: relato romántico de juventud; pero, también, se hace patente en la referencia directa a escritores −Jean Paul, Tieck, Hoffmann, Mörike o Brentano-; y, por supuesto, reverbera en el centro mismo de sus argumentos, los cuales, desde formulaciones estilísticas diversas, recuperan la perspectiva propia de aquel movimiento.

Hesse se halla hasta tal punto embebido por el Romanticismo que algunos de sus relatos obedecen a una inclinación abiertamente fantástica. En Noche de junio, Garibaldi o el mencionado Wenkenhof, por ejemplo, se advierte una emoción especial al exaltar lo onírico, lo espiritual e, incluso, lo fantasmagórico, respondiendo siempre a aquella máxima que uno de sus personajes confiesa: “Acaso la invención sea tan veraz como la vida”.

En la vuelta a la niñez encuentra Hesse otro reducto romántico. De aquel recurso se sirve en textos como Una chiquillada, Recuerdo de la niñez o Garibaldi, dentro de los cuales evoca, alternativamente, la naturaleza idílica del pasado y el peso de las vivencias que, en el marco de la familia, la amistad o el amor, son determinantes para la configuración de rasgos que singularizan a los personajes.

En todo caso, es en el tratamiento de las pasiones en donde Hesse se revela radicalmente romántico. Tal y como antes lo hicieran sus mentores, Hesse concibe personajes denodados, a veces hasta irreflexivos, que dentro de sus particulares aspiraciones son arrastrados por fuerzas que creen controlar. Así pasa al Casanova del relato que titula la colección, quien se ve arrasado por el amor, aun a instancias de su conversión; asimismo, al Hans Amstein del cuento homónimo, que desiste de casarse poseído por la belleza de otra mujer; o al Cesco de Cesco y la montaña, cuyo orgullo ante la Naturaleza no le permite reconocer sus propias limitaciones.

A través de sus relatos, Hesse recalca la idea de que “no hay en el mundo nada que, tarde o temprano, no sea objeto de la ambición humana”. El problema surge, empero, de que las pasiones en que se cuece todo, por más nobles o renovadoras que parezcan, desembocan invariablemente en la desventura. Para Hesse, en este sentido, no hay ninguna pasión inocente, sino una misteriosa correlación entre el atractivo de los afectos y su destino infausto.

Debido a esta tendencia, puede sostenerse que Hesse se alinea con el pesimismo característico de los románticos. Sus cuentos están atravesados por esa especie de fatalidad que aquellos consideraron el nervus rerum, el gesto trágico del mundo: con la pasión el hombre adquiere su vitalidad, pero, al mismo tiempo, sentencia su autodestrucción: “No hay camino que ascienda siempre −se lee en El ayuntamiento-, la flor se hace fruto y el fruto tiene que hacerse polvo”.

El pesimismo de Hesse se torna más evidente en los pasajes en los que se subraya la finitud de la vida. En La conversión de Casanova, por citar un caso, el narrador asegura sobre el protagonista: “Él sabía muy bien que la fortuna solo ama a los jóvenes y que la juventud es efímera e irrecuperable”; juicio con el que la condición transitoria del hombre entra en juego con la paradoja que se cierne sobre él: aquello capaz de avivar la fugacidad humana comporta también la fórmula de su abatimiento.

En consonancia con esta comprensión, muchos de los relatos de Hesse se apropian de la insignificancia humana. Los personajes, ponderados una y otra vez ante valores eternos, alcanzan apenas provisionalmente un estatuto honorable, de suerte que sobre ellos advenga un paisaje de resignación, aquella niebla en la que Novalis veía el hundimiento del mundo.

Esta misma postración hace que no sorprenda la recurrencia con la que Hesse retrotrae el tema de la muerte. Se trata, otra vez, de un tópico romántico que Hesse traza desde diferentes miradas: la del suicidio −en El cerrajero, Hans Amstein o Garibaldi-, la del fallecimiento −en Recuerdo de la niñez o Cesco y la montaña- e, incluso, la del culto supersticioso −en Wenkenhof-. Más allá del enfoque, sin embargo, la conclusión es siempre la misma: “Todo vive su vida sin poder sustraerse a un ferviente anhelo, buscando su final, y la muerte de una persona no es más ni significa más que la caída de una piedra desprendida de la montaña por las aguas”.

Aunque el estilo y la calidad de estos relatos dista mucho todavía de la hondura que alcanza la obra de Hesse tras sus viajes por Oriente (1911), es posible hallar aquí in nuce las preocupaciones sobre las que reposa el enclave del Romanticismo y el Existencialismo. Hay en estos textos de juventud también un tono desgarrador y la certeza de esa comunión fatal entre el hombre y el cosmos que solo se alcanza en las postrimerías de la muerte.

HESSE, H. (1986) La conversión de Casanova. Barcelona: Seix Barral.
FRIEDRICH, G. D. (1837) Spaziergang in der Abenddämmerung.
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El vino de la juventud compendia los trece relatos de John Fante que se publicaron en 1940 bajo el título Dago Red y otros siete que aparecieron más tarde en diferentes revistas. Por tal razón, se trata de un volumen que ofrece toda la narrativa breve del autor, exceptuando los cuentos editados de forma póstuma en el libro Al oeste de Roma (1986).

La narrativa breve de Fante no se aparta de su obra novelística, ya que sus relatos exhiben una compenetración cercana a la de un corpus novelado y, además, en ambos géneros Fante atestigua preocupaciones semejantes: la familia, la escritura, la inmigración y lo religioso.

Dichos tópicos poseen hasta tal punto una comunicación interna que, aunque sea posible clasificar los cuentos según la preeminencia de uno de ellos, en realidad constituyen pilares sobre los que se asienta todo el libro: son los referentes que canalizan esa búsqueda obsesiva que lleva a Fante a desenredar una y otra vez los mismos elementos con el propósito de concretar sus imágenes.

La familia es uno de esos temas angulares: Fante lo concibe desde una mirada autobiográfica, afincada en la percepción de la niñez y en relación indefectible con la inmigración y la pobreza. Acaso ciertos lectores consideren radical esa exploración porque el autor no cesa de polarizar los caracteres (el padre borracho e intolerante; la madre sumisa y taciturna; los hijos en medio de la tensión), pero, en todo caso, dicho empecinamiento es justamente lo que singulariza su literatura.

La figura del padre, sin duda, resalta sobre las demás. Fante la estudió prolijamente en La hermandad de la uva y los atributos que destacó en esa novela coinciden con los de sus relatos: el padre intimidante y violento, subyugado por el alcohol, el trabajo y la vida pendenciera. En las páginas de Fante hay una lucha indisoluble que desemboca, sin excepciones, en el rencor del hijo: “Apreté los puños y anhelé que llegara el día en que me convirtiera en hombre para machacarle los sesos a mi padre”, se lee en uno de los cuentos. Así, ni los asomos de bondad ni la vejez que merma esa tiranía constituyen soluciones del conflicto: este permanece activo en la rutina familiar o en el recuerdo.

En contraposición, la madre es dibujada por Fante con marcada nostalgia: algunos de sus textos retrotraen la juventud anterior al matrimonio –época de libertades en que se vivió la belleza y el pudor-, mientras otros –la mayoría- exploran la sumisión a la que se aboca la mujer en el hogar. La mamma de Fante es un símbolo pasmado, un ser que ha sido condenado por puro amor a sucumbir en la tristeza y la resignación, a vivir herida permanentemente y a escindirse entre la materialidad del hogar y un misticismo plagado de culpas.

En medio de esta confrontación se ubican los hijos. Ningún relato desatiende la idea de la familia numerosa y conflictiva. La niñez la asume Fante como una época de maduración en la que los sentimientos se descubren por antagonismo: el amor y el odio, el miedo y la confianza, el dolor y el placer. No hay infancia idealizada: ni siquiera en el juego –el béisbol, por ejemplo- ve Fante algo distinto a la añoranza de escapar de casa, de alcanzar el estatus de adulto al que se asocia la libertad.

Fante es un experto en la exploración de lo que él denomina el abismo del parentesco, esto es, el rechazo decidido a pertenecer a una familia, de la cual se odian los rasgos que precisa e inevitablemente se reproducen en uno mismo. “Miraré a mi padre por encima del vaso de vino –dice el protagonista de Hogar, dulce hogar- y me veré a mí mismo”. No hay duda de que esta condición comporta paralelamente un pathos y un fatum, puesto que se trata de un padecimiento cuya continuidad es ajena a la propia determinación: “Mi padre seguirá llenándome el vaso de vino y beberemos juntos, y siempre sentiremos ese parentesco que es un abismo que ninguno de los dos puede salvar”.

Toda esta tensión familiar se produce en un contexto caracterizado por la pobreza y la religión. Lo primero deviene de la desventaja social que trae la inmigración. Como sucede en las novelas de Fante, quienes protagonizan sus relatos son italianos que arribaron a Estados Unidos a principios del siglo XX y enfrentaron allí la discriminación, la explotación y el menoscabo cultural. Hay, por ello, en el libro, la expresión de un arrojamiento que conduce a la debilidad o, por el contrario, al endurecimiento violento frente al medio.

La religión es el otro foco contextual. Varios textos están enfocados en su descubrimiento durante la niñez: cómo surge el pecado, el papel de la confesión, los efectos de la educación católica o el choque con los valores norteamericanos. Sin embargo, donde Fante se muestra especialmente lúcido es en la indagación de lo religioso como prolongación vital del pasado, y en este aspecto la figura de la madre es fundamental porque en ella convergen la fidelidad, el pietismo y una alta carga de dolor autoinfligido.

Pobreza y religión constituyen aristas de esa vida inmigrante a la que, como se indicó, Fante dedica una prolongada atención. Relatos como Óscar el táctico, El soñador o Hellen, tu belleza es para mí están enfocados enteramente en ello e, incluso, amplían la mirada de lo italiano a los problemas de la inmigración que recaen sobre mexicanos o filipinos y el modo en el que opera la americanización de su cultura.

Fante es un escritor pesimista, su obra está cargada de obsesiones personales que obligan a permanecer con los ojos virados. El presente no es nunca un espacio con vida propia, solo una rampla desde la cual se vuelve a la experiencia vivida. Tal es así que, inclusive, en un relato como Hogar, dulce hogar, redactado en futuro, lo que se imagina es solo una prolongación del pasado: la repetición, punto por punto, de lo que alguna vez se sintió.

Tal vez porque la vida de todos coincide con esta particular dinámica –la del azar que determina la familia y la del pasado que obliga a cargar lo aprendido en la dura pugna de la niñez- puede resaltarse la importancia de Fante. Todos, como aquel padre severo y, al mismo tiempo, infantil de sus relatos, hemos visto cómo se derriten nuestros dioses de cera bajo el calor del sol.

FANTE, J. (2013) El vino de la juventud. Barcelona: Anagrama.
LOWRY, L. S. (1960) Children Walking Up Stairs.
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Dos planteamientos convergen en la obra de Bruno Schulz: el seguimiento de aquel juicio sobre la creación que emitiera Blanchot –“uno escribe para recordarse a sí mismo”- y el participar en la crisis de los géneros advertida, en su momento, por teóricos como Broch y Adorno.

Lo primero se manifiesta en la obsesiva búsqueda del pasado que caracteriza a Schulz, su intimidad e introspección; lo segundo, es evidente en la forma en que el expresionismo radical del autor lo aparta decisivamente, no solo de los límites entre realidad y ficción, sino, además, de los referentes tradicionales de la escritura.

En este sentido, Las tiendas de color canela (1934) presenta una serie de textos que no encajan dentro de las categorías de cuento o novela, ya que, por efecto de un extraño artilugio, su naturaleza es simultáneamente subordinada e independiente. Del mismo modo, la fascinación de Schulz por fabular, desemboca en una visión trastocada del pasado que confunde lo fáctico con lo onírico y lo imaginado.

Es verdad que el libro podría interpretarse exclusivamente desde esa condición delirante; textos como La calle de los cocodrilos, Borrasca o El jubilado así lo facilitarían, pues su fundamento radica en la extrañeza, la ruptura de la lógica y el advenimiento de lo inaudito. Este abordaje, por demás, vincularía la narrativa de Schulz con la obra de Kafka y la del Gogol más grotesco –esto es, el de obras como La nariz o El capote-.

No obstante, inclinarse por dicha lectura condenaría a olvidar que aquello que hace emerger la mistificación en Schulz, es decir, el sustrato mismo de sus relatos, es la niñez, concretamente, la reconstrucción de las vivencias y figuras que fueron decisivas en ella. De allí que, en la mayor parte de su obra, aparezcan con obstinación los familiares de Jozef –alter ego de Schulz-: sus tíos, primos, hermana, madre y padre.

Dentro de ese conjunto, la imagen del padre –Jacob- es la que reviste mayor relevancia, esencialmente porque se trata de un personaje que se despliega con todas las cualidades de un ser deslumbrante, imponente. “Su rostro no era más que el soplo de un rostro” –escribe Schulz-, perdido entre las edades, “en los limbos de las genealogías”, inmerso en difíciles y prolongadas cavilaciones, tenso entre la energía y la soledad: un hombre, en definitiva, ante el cual fracasaría la tentativa de discernir la parte real de la imaginada.

El narrador dispuesto por Schulz atiende especialmente la época en la que la vida de su padre empieza a declinar y, en consecuencia, sus excentricidades se multiplican. Es el tiempo en el que, distanciado a regañadientes de su negocio, dedica las horas a hablar en voz baja, a esconderse en los armarios y recovecos de la casa, a desarrollar su oído y olfato, a domesticar aves exóticas, a pelear por minucias o a escribir complicados tratados científicos.

Es un declive nostálgico y oscuro que, gracias al genio del padre o a la fantasía propia de los relatos, termina erigiéndose de modo profético. Proscrito del trabajo, “hombre quebrado” que desciende de su dominio, Jacob, empero, descubre en el delirio su espacio de grandeza y desde allí se levanta para anunciarlo. Ese es el heroísmo que su hijo reconoce después: “incomprendido por todos nosotros, este hombre extraordinario defendía la causa de la poesía”.

La parte más interesante de las figuraciones que elabora ese padre-profeta de Jozef –diríase mejor, de Schulz- y la prueba de que él es la superación de todo límite corresponde al Tratado de los maniquíes, que el libro dispone en tres textos diferentes. En uno de ellos, el padre declara lo siguiente: “Hemos vivido mucho tiempo atemorizados por el Demiurgo, durante un tiempo extraordinariamente largo la perfección de su obra ha paralizado nuestra propia iniciativa (…) Queremos ser creadores en nuestra propia baja esfera, aspiramos a los placeres de la creación, –en una palabra, a la demiurgia-”.

Todas las ideas que van generándose en esta dirección buscan desmitificar la creación y, por ende, tienen un sesgo marcadamente nietzscheano. El padre anuncia la necesidad de la forma, el privilegio que reside en cada espíritu de moldear la materia y acrecentar la vida; asimismo, deslegitima lo eterno, da valor a la obra transitoria y perecedera, a la paradoja del dolor creativo, a las posibilidades de armonizar los contrarios, entre otros.

Este discurso, dirigido a los dependientes de una tienda, no dejaría de ser una muestra más del comportamiento estrafalario de un anciano; sin embargo, está cargado de tal inteligencia y se ilustra en tantas circunstancias del libro –incluso, cuando el padre de Jozef sea confinado en un manicomio-, que no queda otra alternativa que estimar a Jacob como un hombre que alcanza la lucidez a través de sus fantasmagorías: es un perfecto conjurador que con su fabulación nutre el instante.

La dificultad que se aborda en el relato El sanitorio del enterrador de restablecer al padre a su época de “cordura” se debe justamente a que ese tiempo ya “ha servido”, no posee el color de lo reciente que trae cada minuto nuevo: es en él donde está en juego la expresión creativa, la definición que impide habitar en un tiempo falseado.

Quizá porque esto es así, cuando, en una de las escenas postreras del libro, Jozef deja a aquel anciano en una habitación, solo, esperando, se descubre que, en el fondo, no podría actuar de otra manera: por una parte, él debe marchar hacia el “enorme plato del horizonte”, atravesarlo totalmente y; por otra, su padre ya ha vivido con plena solemnidad cada instante y ahora se adentra en la etapa en la que, en absoluta soledad y con no menos ceremonia, debe aceptar que su cuerpo deja de estar “verdaderamente vivo”.

SCHULZ, B. (1991) Las tiendas de color canela. Madrid: Debate.
ANKER, A. (1893) Die Andacht des Grossvaters.
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Juan Rulfo no necesitó escribir mucho para granjearse un lugar de respeto y admiración: dos libros le bastaron para zanjar el camino hacia una nueva versión de nuestra literatura. Lo especial de su obra radica en que prescinde de las antiguas descripciones del realismo para dar paso a imágenes que ahora surgen de la propia mirada de los personajes, de sus recuerdos y temores, de las modulaciones que encarnan a partir de su experiencia.

En el caso de El llano en llamas, esa perspectiva se pone en marcha a través de varios mecanismos: por una parte, la alternancia narrativa y la recurrencia a un “nosotros” que totaliza las voces; asimismo, el uso de un lenguaje rural que suele repetir fórmulas en los monólogos o diálogos y; finalmente, la apelación infaltable a la memoria –“me acuerdo”, “ya no me acuerdo”, “él se acordaba”, “acuérdate”-.

En el plano proyectivo, quizá como ningún otro autor latinoamericano, Rulfo intensifica la yuxtaposición de tierra e infierno; cualidad que será esencial después, en Pedro Páramo, pero que aquí se expone ya prolijamente en la caracterización de los espacios: su olvido, los fantasmas que los recorren, la eternidad emplazada en ellos, la sequedad o el fuego que los acecha, etcétera.

Los diecisiete relatos que componen el libro vienen estudiándose con rigor, de modo que ya se han advertido muchas vías hermenéuticas: la revolución mexicana, la rudeza del campo, las supersticiones religiosas, el olvido del gobierno, entre otras. Sin embargo, además de estos elementos, la lectura de El llano en llamas pronto hace descollar otros temas transversales como la errancia y la sexualidad.

El primer eje es importante porque, en la mayoría de los relatos, los personajes recuerdan o realizan un desplazamiento: a veces, este obedece a motivos revolucionarios como en El día que lo dejaron solo o El llano en llamas; en otras ocasiones, a la huida de amenazas, tipo El hombre o No oyes ladrar los perros; y, algunas más, a la búsqueda de la esperanza, como en Nos han dado la tierra.

Lo interesante de esos desplazamientos, es decir, la razón por la que cabe entenderlos como errancia, reside en que, aunque sus motivaciones hasta cierto punto se explicitan, su sentido no deja de ser oscuro. De hecho, esto es una consecuencia de la forma en que Rulfo aborda la escritura, pues al permitirnos observar los que ocurre desde los personajes, la realidad forzosamente se limita, se hace subjetiva e intrincada.

Cuando el personaje de El hombre, por citar un caso, confiesa: “Tengo que estar al otro lado, donde no me conocen, donde nunca he estado y nadie sabe de mí”, su declaración resulta impenetrable: sabemos que huye porque ha matado, pero ni el horror de su pensamiento, ni el deseo de hallar la salvación en otra parte podemos aprehenderlos enteramente, se nos exige completarlos.

Por supuesto, no se trata de una falencia, sino de un mérito de Rulfo: sus textos nos hacen entrar en una situación que nos requiere. No de otra manera podría descifrarse lo que significa esa confesión del personaje de Talpa: “Comienzo a sentir como si no hubiésemos llegado a ninguna parte"; o aquella predisposición de Paso del norte: “De los ranchos bajaba la gente a los pueblos; la gente de los pueblos se iba a las ciudades. En las ciudades la gente se perdía; se disolvía entre la gente”.

En los relatos de Rulfo se expone una errancia porque los límites de los desplazamientos no son claros; a veces, incluso, se trata de búsquedas en espacios simbólicos, no físicos, como la niñez, la muerte o el miedo. Además, en el trayecto suele transformarse el carácter del viaje: así pasa en el mencionado Talpa  y también en Nos han dado la tierra y No oyes ladrar los perros, relatos en los que lo que se imagina inicialmente pronto queda desmentido.

De otra parte, El llano en llamas aborda la cuestión de la sexualidad, asociándola con la ruptura familiar. La orfandad que experimentó Rulfo en su niñez caló en sus relatos hasta perfilar en ellos toda una dirección de lectura: así, en Es que somos muy pobres, se siguen los conflictos que vive un padre en la relación con sus hijas; o en Paso del norte y No oyes ladrar a los perros, los rencores que alimentan dos padres hacia sus hijos varones.

Esa condición de ruptura abona el terreno para la crudeza con la que trata Rulfo el tema de la sexualidad incestuosa. No extraña encontrarse con relatos como En la madrugada, en el que un hombre mantiene relaciones con su sobrina; Talpa, en el que otro sujeto se acuesta con la esposa de su hermano; Acuérdate, que aborda la sexualidad entre primos; o Anacleto Morones, el cual descorre el incesto entre un padre y su hija, con el agravante de un embarazo.

Rulfo no aborda lo sexual como tabú o pecado; lo deja fluir desde los personajes, de allí que su connotación varíe: hay temor e inocencia en la manera en que el hermano de Tacha observa sus senos en Es que somos muy pobres; o una nostalgia idílica en la fijación que tiene el protagonista de Macario en la leche de Felipa. Pero, más allá de estos casos, lo sexual se mantiene desbordado en Rulfo, bien sea por la edad, el vínculo de las personas, el engaño que subyace al acto o la violencia de la relación: no hay afecto o redención en ninguna de las historias.

Los relatos de El llano en llamas pueden leerse desde muchas perspectivas y, esto, sumado a su oscuridad, permite que no se agoten con una sola aproximación. En esta obra se dibuja el perfil latinoamericano, siempre próximo al instinto y lo irracional; pero, además, se reconocen dos rasgos fundamentales de nuestro destino, a saber: el haber sido arrojados y el crecer sabiendo que aquello de lo que podríamos agarrarnos para hacerlo está muerto.

RULFO, J. (2009) El llano en llamas. Madrid: Cátedra.
GUAYASAMÍN, O. (1976) El grito.
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La Trümmerliteratur, de la cual fue autor programático Heinrich Böll, consideró la Segunda Guerra Mundial como el resultado de un acondicionamiento progresivo que se operó en los alemanes a través, no solo de la persuasión ideológica, sino, además, de una experiencia cotidiana de automatización.

El descubrimiento de Böll al respecto es el siguiente: la permanente enajenación que padecían los alemanes en las diferentes dimensiones de su vida –el trabajo, la familia, la religión, etcétera- destruyó su capacidad de responder libremente a la voluntad de guerra que entonces se les impuso.

Lo anterior explica que, en los relatos de Böll, se desatienda la espectacularización del conflicto –tan propia de otros autores-, para clarificar, más bien, la enajenación que le es propicia. En este sentido, los personajes del autor aparecen siempre subordinados a elementos que escapan a su comprensión o entran en pugna con algún atisbo de libertad.

Un ejemplo de esto se encuentra en el tratamiento que hace Böll del tema religioso. Sus personajes no suelen ser incrédulos; por el contrario, se comportan, incluso, de manera piadosa. Sin embargo, los dogmas se reproducen en ellos sin ninguna claridad esencial: en La aventura o En el valle de los cascos atronadores, los protagonistas atienden el rito de la confesión sin determinar su importancia, persuadidos únicamente de su imposibilidad de sustraerse.

“En su cerebro seguían actuando los dogmas de la fe perdida”, se afirma en uno de los relatos citados; y esto significa que la observancia de lo religioso está vaciada: la conduce una suerte de inercia, nunca la convicción sincera. Esto sucede porque, para Böll, los individuos, si bien alcanzan el significado de los principios y establecen entre ellos conexiones –pecado es muerte, mentir es pecado-, no llegan a penetrar en el fundamento religioso, restringiéndose a una vivencia puramente supersticiosa.

Otra arista de la enajenación la sitúa Böll en el campo del trabajo. En sus relatos aparecen constantemente personajes desempeñando los más insólitos oficios –encuestadores, reidores, agentes de perros, estudiosos de lo lejano, guías innecesarios, etcétera- y comentando los intríngulis de su profesión, sin manifestar, por otra parte, la menor extrañeza, pues están cegados por la aparente validez de sus argumentos.

Incluso, en los relatos de tono más sensato, la subordinación está presente: se hace efectiva en las acciones –injusticia, engaño, provecho- que atentan contra la libertad del hombre en su trabajo. En La balanza de los Balek, por dar un caso, a nadie parece interesar que se prohíba a los campesinos pesar antes lo que venden; en La estación de Zimpren, la decadencia convierte una terminal de tren en espacio de escarmiento para malos trabajadores; y Como en una mala novela, la automatización de los negocios convierte a quienes los hacen en simples reproductores de sus convenciones.

Böll muestra que, ni en el terreno espiritual, ni en el laboral, la sociedad alemana anterior a la guerra requiere hombres especialmente críticos: las estructuras los convierten en replicantes y, paralelamente, su propia experiencia los despersonaliza, ya que en esta se anula progresivamente la voluntad.

Quizá, sin embargo, el ámbito desde el que Böll proyecta con mayor crudeza la enajenación sea el de la relación del hombre con los objetos. Relatos completos giran en torno a esa tensión y cómo termina el individuo subordinado a lo material: en La postal, a una tira de correo que llama al reclutamiento; en El enano y la muñeca, a una porcelana abandonada; en Una caja para Kop, al contenido de un paquete; o en Destino de una taza sin asa, a los mismísimos vaivenes del azar.

El objeto hace cifrar sobre él toda expectativa, condiciona lo humano a su materialidad. Es verdad que, en los relatos de Böll, el objeto simboliza siempre otra cosa –un miedo, un recuerdo, una fecha-, pero eso no implica que deje de supeditar al individuo y, sobre todo, que lo extravíe en su búsqueda de posibles interlocutores, con lo cual se hace más prominente su soledad.

En un terreno como el que se ha descrito fácilmente podía aterrizar el lenguaje de la guerra. Los alemanes enfrentaban a principios del siglo XX “un tedio que no parecía ofrecer otra escapatoria que el pecado”: enajenados por la religión y el trabajo, y con una fijación subyugante en el objeto, cualquier ideología hubiese encontrado un ambiente favorable para desplegarse.

Heinrich Böll afirma, de este modo, que la ausencia de sentido no fue un efecto de la guerra, sino, contrariamente, su causa: esa era la experiencia cotidiana y totalizante en la que se desenvolvía el alemán de la época. Hasta el niño, foco de varios de los relatos, personifica formas particulares de enajenación, provenientes de la ignorancia frente a lo que acontece –como sucede en La muerte de Elsa Baskoleit y El tío Ted- o de su imitación de conductas –tipo Daniel, el justo-.

Las ruinas que buscaba visualizar la Trümmerliteratu estuvieron, antes de verse afuera, en el interior del alemán, quien, vaciado de sentido, las ocultó en una falsa estabilidad. Y, después, durante la guerra, las ruinas permanecieron en él, porque lo que condujo al conflicto fue otra forma de enajenación, una prueba más de la gratuidad del hombre y de su mínima experiencia para conducir la vida.

BÖLL, H. (1972) La aventura y otros relatos. Barcelona: Seix Barral.
BECKMAN, M. (1922) Vor dem Maskenball.
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Alfred Döblin acota en su relato La ayudante lo siguiente: “Asombra que lo inimaginable salga al encuentro del ser humano, que este pase con aire risueño a su lado y que las cosas sigan su camino indiferentes”. Se trata de una observación sugestiva porque indica, tanto la proximidad que existe entre el hombre y lo inimaginable, como la indiferencia a la que parece destinada esa relación.

Interesa, además, que aquella apreciación constituye una clave para interpretar la narrativa breve de Döblin, la cual ratifica la presencia de lo asombroso –incluso, de lo irracional- dentro de la experiencia humana. Es claro que esto es una proyección típica del expresionismo, pero Döblin hace surgir lo asombroso con toda la potencia de la novedad, de suerte que sea imposible el mantenerse indiferente.

Tal vez esa fuerza de lo insólito se deba a que la forma del expresionismo –una realidad desfigurada que enfatiza ciertos rasgos- se une, en Döblin, a su inclinación por los contenidos psiquiátricos. De allí que estemos ante una narrativa cargada de imágenes alucinantes, desbordadas por la locura y, en ocasiones, hasta por la oscuridad (cualidad que, sin duda, el autor adeuda a E. T. A. Hoffmann).

La deformación impulsada por Döblin se opera en varios niveles. El primero de ellos se relaciona con los objetos que pierden su condición inanimada. En La canonesa y la muerte, por ejemplo, el miedo a fallecer que siente la protagonista la hace alucinar con relojes que se “tragan el tiempo” para atormentarla. Lo mismo ocurre en La ayudante, historia en la que nuevamente el temor conduce a una mujer al convencimiento de ver un esqueleto caminando “lenta y sigilosamente”.

En otras situaciones lo asombroso se produce cuando se materializan fuerzas o ideas, es decir, a causa de la confusión entre lo físico y lo mental. Para la religiosa del cuento antes señalado la muerte es una presencia fáctica: da saltos sobre su cama, se dispone a su lado y la golpea. En La inmaculada concepción se muestra “la sombría mano de Dios” bajando hacia la virginidad de una mujer; y, en El caballero Barba Azul, asimismo, es evidente la irrupción de lo monstruoso que cruje, que se arrastra y se asemeja a una medusa.

Estos son casos concretos que dejan ver cómo la realidad se transforma, deviene asombrosa, ya sea por una atribución del personaje o por la imposición sobre él de algo exterior. Sin embargo, sería errado calificar el tratamiento que hace Döblin de lo insólito como simplemente episódico. En la mayoría de sus relatos, el sustrato del conflicto es ya lo irracional, lo inexplicable: en Astralia, por citar un caso, el personaje confunde su marginación con una redención de índole espiritual; en La puerta equivocada, una premonición conduce a un hombre a la casa en la que será asesinado; y, en Las memorias del engreído, la búsqueda del amor desencadena una exaltación misógina y violenta.

Hay relatos, además, como El tercero, en los que la situación es todavía más absurda: el ginecólogo Converdon recibe una carta del amante de su esposa en la que le indica la fecha en la que debe suicidarse. El desarrollo es descabellado, pues el médico, no solo se convence de la validez del requerimiento, sino de la necesidad de cumplirlo en la fecha establecida.  Lo propio acontece en El asesinato de un botón de oro, texto que presenta a un misántropo en quien se manifiesta una manía persecutoria tras destruir un botón de oro: asesinar a la flor, no encontrar su cuerpo, recordar su imagen y sentirse juzgado, lo empujan a una purgación de la que brotan las más  insólitas ideas.

Para el lector que va acercándose al tono de Döblin la relación con lo extraño se torna cada vez más intensa. Esto es una manera indirecta de señalar que sus relatos refutan nuestra visión cotidiana esgrimiendo una perspectiva inquietante –pero no por ello imposible- de la realidad. Esa perspectiva no es exclusivamente formal, porque aproximarse a Döblin implica descubrir también contenidos que están atravesados por lo asombroso como la incomunicación, la corporalidad o la muerte.

Efectivamente, en los relatos de Döblin es improcedente el diálogo debido a que la exaltación de sus personajes les impide hallar un interlocutor adecuado. No es factible encontrarlo en ninguna instancia; en los casos más extremos, incluso, como el de El asesinato de un botón de oro, el otro no es más que una prolongación de uno mismo, una especie de yo escindido: “Herr Michael Fischer vio una figura regordeta, él mismo, se salía al sendero”.  

El cuerpo es también un tema recurrente en Döblin. Su formación como médico le permite aquí formular numerosas reflexiones: en cuentos como La bailarina y el cuerpo o Las memorias del engreído la obsesión fisiológica es el epicentro narrativo y su flujo desemboca en conductas destructivas. Finalmente, la muerte es, de lejos, la preocupación central de Döblin: todos sus relatos se cruzan con ella de un modo u otro, abordando sus tensiones con el azar, el suicidio, la superstición o el sacrificio.

Acaso la virtud de Alfred Döblin sea la de hacernos reconocer que lo asombroso es más común de lo que creemos, no solo porque esa sea la mirada natural de los alucinados –cuyo número supera el que solemos aceptar-, sino porque lo insólito, lo extraño, habita en cualquiera de nosotros como posibilidad: la ocasión de deformar lo real para evocar su múltiple apariencia.

DÖBLIN, A. (1989) El Asesinato de un botón de oro. Barcelona: Destino.
MUNCH, E. (1892) Aften på Karl Johan.
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