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La Pasión Inútil

Timeo Hominem Unius Libri

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Suele interpretarse a Fausto como la gran obra sobre la soberbia, la insatisfacción y la angustia existencial. Un juicio acertado, sin duda, porque Goethe logró trazar en ella uno de los más logrados exámenes acerca del modo en que el hombre transita el mundo sin hallar aquello que podría saciarlo.

Los intríngulis de la obra conducen a explicar esta suerte de ὕβρις arguyendo tanto un impulso inherente a Fausto como su dependencia de fuerzas externas. La primera vía plantea un personaje que pierde la tranquilidad debido a su propia voluntad de saber, mientras que la segunda perfilaría a un Fausto que se debate entre la corrección divina y las instigaciones de Mefistófeles.

Sea como fuere, a ambas perspectivas subyace el mismo drama: Fausto no solo sabe justamente las cosas que no precisa, sino que, además, ignora las que le hacen falta. Por consiguiente, el personaje padece el anhelo de asir lo alto y lo bajo, de hundirse en todo conocimiento, persuadido de que, en algún momento, hallará lo que le satisfaga y, con ello, demostrará la dignidad de los hombres ante los dioses.

Resulta sorprendente cómo Goethe, privilegiando la figura de la apuesta sobre la de pacto, logra movilizar, por un lado, la perenne pregunta por el destino, es decir, si este responde a una voluntad exclusivamente individual o en él intervienen fuerzas extrahumanas y, por otro, si desestimando la razón o excediéndose en ella no se aboca el hombre a una idéntica condición de inconformidad y pesadumbre.

Por encima de esto, sin embargo, una mirada todavía más oscura anima la obra: la sabiduría de Sileno. Ciertamente, Mefistófeles revela a Fausto que aquel deseo vago e incomprensible que lo fuerza a recorrer el espacio y el tiempo jamás podrá esclarecerse, pues es imposible traducirlo racionalmente –“las palabras son apenas humo y ruido”–, de manera que no habrá después, como tampoco lo hubo antes, el medio para sobrepasar esta limitación.

Lo que colige Fausto de ese mistagogo que es Mefistófeles coincide con la revelación de Sileno al rey Midas, con la sentencia que eternizó la elegía de Teognis: lo mejor para el hombre sería no haber nacido. Solo que, a diferencia de lo que dicho saber produjo entre los griegos, esto es, su aceptación y canto, Fausto infiere que el sinsentido de la vida, la banalidad de cualquier afán, debe conducir a la aniquilación. De este modo, casi desde el inicio de la obra medra un impulso destructivo contra lo humano –representado en la muerte de Gretchen o Euforión– y contra el engaño que nos hace avivar lo que debería perecer.

En este sentido, Fausto es el fugitivo, el sin hogar, el “monstruo sin meta ni reposo” que vaga por el mundo destruyendo, atacando la nada; y lo propiamente trágico de su situación estriba en que todo ese movimiento no lo lleva a alcanzar un nuevo estado, sino que lo hunde más en el absurdo. De allí que Goethe se permita insinuar que las criaturas que se aferran a la idea de equipararse a los dioses –incluso, en este espíritu vindicativo– se condenan a ser cada vez más iguales a sí mismos.

Como ocurre con Edipo, la búsqueda emprendida por Fausto es la que lo extravía, pues constituye un movimiento que no puede resistirse hacia un destino también irrevocable. Lo irónico es que la anagnorisis de Fausto no se produce tan pronto: no reconoce, como Edipo, su error, ni decide castigar su atrevimiento; al contrario, se mantiene ciego frente al hecho de que obcecarse con la destrucción, en últimas, constituye otro absurdo, y, en su cinismo, es capaz de encarar a Mefistófeles con la pregunta: “¿Qué sabes tú de lo que los hombres desean?”.

Dicha ceguera es especialmente rastreable en las secciones de la obra en las que Fausto extiende su “mirada a reinos sin medida”, ya sea remontándose a la Grecia Antigua o por medio de la κατάβασις que le permite acceder a lo que no han visto los ojos humanos. Es entonces cuando parece que aquello que quiere vencer Fausto es la fuerza sin objeto de lo indómito y, por lo tanto, asistimos a un juego en el que el personaje se anima y crece ciegamente para luego recular y perecer en la nada.

Con todo, el contrapunto que permite a Goethe dirigir la obra hacia su resolución es Wagner. Al contrario del nihilismo de Fausto, este personaje no se entrega a la sabiduría de Sileno y realiza lo admirable: crea la vida y saca su misterio a la luz. Homúnculus, el hombre creado por Wagner, es lo opuesto a todo ánimo faústico, pues representa el anhelo de nacer al mundo, y demuestra que cualquier voluntad de ir más allá de lo permitido no es más que una manifestación de la locura.

Por eso, más allá de ese arduo peregrinaje que hay en Fausto y que algunos críticos, como Bloom, han calificado de “grotesco e inadmisible”, sí adviene una resolución a la tragedia. Las dos partes de la obra poseen entre ellas una oposición formal –la prosa del joven Goethe (1808) y el verso clásico de un autor maduro (1832)– y, así mismo, una discrepancia en cómo asumen al personaje: la primera, sumergiéndolo en los tormentos causados por hurgar la oscuridad de la existencia; la segunda, –como bien opinaba Nietzsche, radicalmente antitrágica–, permitiendo un Fausto en el que aflora poco a poco una naturaleza no-destructiva junto a la convicción de que se está en el mundo para celebrar lo que existe.

Para muchos, el final de Fausto podrá dejar cierto resabio: la plenitud de vivir en lo comunitario, la libertad vista como conquista diaria, el llamado a crear sin importar que todo se arrastre después hacia la noche. Y, quizá, aquellos preferirán terminar la obra al cierre de su primera parte, sustrayéndose para siempre de la salvación que Goethe augura a los que se esfuerzan, y sumergiéndose en esa intuición más pesimista y trágica del velo de Maya: “Todo lo perecedero no es más que una imagen”.

GOETHE, J. W. von (2020) Fausto. Madrid: Abada.
FORTUNY, M. (1866) Fantasía sobre Fausto.
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A pesar de que buena parte de la literatura en boga durante su época poseía una inclinación social que denunciaba los efectos de la guerra, las crisis económicas o el capitalismo, Eugene O’Neill proyectó su obra siempre en un sentido personal y tuvo ocasión para escribir, incluso, que “cuando un artista empieza a salvar el mundo, empieza a perderse a sí mismo”.

Por supuesto, habrá quien interprete una pieza como Aquí está el vendedor de hielo (1940) como un indicio de la desconfianza de O’Neill frente a la filosofía del éxito que entraña el american dream, pero lo cierto es que la obra se halla compuesta de tal manera que, más bien, parece defender la idea de que cada individuo es libre de escoger el género de vida que le parezca, aun si este se revela como autodestructivo e inútil.

Los cuatro actos de la obra se disponen, en este sentido, para colocarnos ante un conjunto de personajes marginados y misérrimos –entre ellos, antiguos sindicalistas, abogados, excombatientes, prostitutas, etcétera-, cuyas vidas transcurren alcoholizadas en el interior de un sórdido hotel. Son personajes agorafóbicos que temen, no solo alejarse de aquel escondrijo, sino, además, perder la tranquilidad que les provee sus fantasías, en defensa de las cuales estarían dispuestos a levantar lanzas.

El problema de la obra radica justamente en que un personaje, Theodore Hickman, arribando desde el exterior, intentará que aquellos individuos, capaces de advertir y burlarse de los embustes de los demás, reconozcan también las patrañas que ellos mismos cultivan –como volver a trabajar, recuperar su prosperidad, reconciliarse con amigos o ser tratados con respecto-, solo que dicha pretensión, por más que sea bienintencionada, representará para aquellos su muerte emocional.

Esa fantasía diariamente estimulada que no están dispuestos a abandonar los personajes de Aquí está el vendedor de hielo es la que corresponde a los pipe dreams. Se trata, por tanto, del antídoto que los fracasados tienen para protegerse de la realidad; el artificio que les permite vivir en el presente sin estar enteramente en él, pues cada instante, para ellos, es el punto desde el que formulan una vuelta imaginaria de lo ya vivido. “El pasado es la mejor vida del mundo” –dicen- y, en consecuencia, todo porvenir se convierte únicamente en un trasunto de aquel.

Es una fantasía que reta la verdad y se convierte para los personajes en una de las manifestaciones de su codicia, porque hasta los más grandes desatinos que su imaginación produzca son vistos por ellos con naturalidad, como algo con lo cual se debe estar perfectamente conforme; y, así, paradójicamente, a través del alcohol y el ensueño, estos hombres parecen ya vivir la vida que desean.

Es importante resaltar que, aunque O’Neill observa con detenimiento las fantasías propias de cada personaje, estas ganan su mayor envergadura haciéndose públicas. De alguna forma, son sueños que van tejiéndose en común y, por lo tanto, todos temen la soledad de sus cuartos y la realidad del hotel en que se reúnen está permanentemente trastocada: “Aquí lo peor es lo mejor, el Este es el Oeste y el ayer es el mañana”.

Dadas estas condiciones, se comprende que la llegada de Hickey constituya una verdadera disrupción. El personaje guarda un secreto que ha transformado su vida y, aunque quiera reservarse los pormenores, sí desea compartir con quienes considera sus amigos lo que él estima como “la mejor manera de salvarlos y llevarles la paz”.

El propósito de Hickey, desde luego, comporta un prejuicio, a saber: la suposición de que las fantasías de esos desheredados son un escollo para ellos, de que estas son la causa de alguna clase de dolor que los embarga y que, por ende, un poco de valentía para mirar la situación de frente es la manera adecuada de abandonar progresivamente la ilusión y acoger la vida tal y como es.

Hickey califica su consejo de estoicismo y, ciertamente, lo es, porque, primero, pretende que los otros se conformen con lo que este mundo ofrece de facto; segundo, porque sabe que esta voluntad implica limpiarse de los engaños y la inquietud que suele perturbarnos; tercero, porque exhorta a aferrarse al presente cuando este se fuga por el canal de los sueños y; cuarto, porque, en síntesis, esa tranquilidad que solo nace del mirar sin mentiras coincide con la euthymia estoica.

En todo caso, aunque esto cale momentáneamente en ciertos personajes, quienes emprenden acciones encaminadas a la superación de sus fantasías, el fracaso al que todos se abocan causa que, al final de la obra, se afinque en ellos la burla hacia esa “sabiduría de la honestidad” propugnada por Hickey. La mofa se declara coloquialmente al decir que “un borracho es un borracho y no hay quien lo cambie”, pero, indudablemente, también reviste un carácter filosófico, pues si la vida de estos personajes se cifra en la complacencia de fantasear, este es un sentido, por lo menos, justificado para ellos, esencial para su existencia; de allí que no sean palabras vacuas las alusiones que hace un hombre como Larry cuando sostiene que lo que Hickey les lleva es la paz de la muerte.

En consonancia con esto, Aquí está el vendedor de hielo puede concebirse como una variación sobre el mito de la caverna. En este caso, hay alguien que arriba desde el exterior y no logra explicar a quienes viven adentro la existencia de una realidad distinta a la que ellos atribuyen a las sombras que están habituados a ver. Por tal razón, otro de los problemas que fundamentan la obra es el de la incomunicación, quizá no tan agudizado como en otras piezas tipo Hughie, pero igual de implacable a la hora de demostrar que los males de los hombres no se solucionan simplemente con un poco de verdad hablada.

O’NEILL, E. (2001) Aquí está el vendedor de hielo. Madrid: Cátedra.
ENSOR, J. (1883) The Drunkards.
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En 1785 apareció en Liepzig una reseña que acusaba a Los bandidos (1781) de incitar al crimen y advertía que “una nación civilizada no podía tener una tragedia así”. Tal recelo se debía, primero, a los supuestos ataques que la obra esgrime a la religión y a las buenas costumbres y, segundo, a que su autor acotara que la escribió como “un ciudadano que no sirve a ningún príncipe”.

Lo extraño de esto es que esa desconfianza también la expresa uno de los personajes de la obra –“dos personas como yo arruinarían todo el edificio del mundo moral”-, y que el propio Schiller aclaró que no se proponía hacer apología de la violencia, por lo cual, quien juzgara lo contrario, tergiversaba su objetivo y actuaba injustamente.

Al estudiar Los bandidos dentro de la línea programática del Sturm und Drang, así como desde las circunstancias en que Schiller concibió el drama –es decir, su permanencia en la Karlsschule-, y sin olvidar su deseo de que la obra no llegara a representarse, se comprende que, en realidad, su pretensión fue estimular, aprovechando la expresividad del texto teatral, la reflexión sobre los conflictos que vive el hombre cuando en él se debaten la razón y las pasiones.

Al respecto, el epígrafe de Hipócrates con que abre el drama resulta decisivo –quae medicamenta non sanat, ferrum sanat. Quae ferrum non sanat, ignis sanat-, pues con él se sugiere que ciertas enfermedades son susceptibles de curarse, mientras que otras –quae vero ignis non sanat, insanabilia reputari oportet-, las más arraigadas y perniciosas, condenan al hombre irremediablemente, y ningún artificio sería capaz de restituirlo a su estado natural.

Schiller propone una historia puntual para probarlo: un conde de Franconia es padre de dos hijos, Franz y Karl. Este último marcha de la ciudad y cae presa de los vicios; su hermano, aprovechando la situación, urde un plan para desheredarlo y, fingiendo que ha muerto, logra que su padre lo maldiga. De este modo, Franz vence y corteja a la prometida de su hermano –Amalia-, mientras este, enterado del rechazo de su padre, se convierte en un forajido, el líder de unos bandidos, con quienes volverá en algún momento a vengar las mentiras de su hermano.

En la pieza, Franz Moor es un personaje astuto y frío, un “malvado razonador” que dispone sin escrúpulos cada cosa en su provecho. Se trata de una figura versátil, dotada de máscaras que le permiten calcular y engañar a los demás. A diferencia de su hermano, escondido en los bosques de Bohemia, su lugar es la ciudad, pero participa en lo social usando un discurso fraudulento, que no acepta más leyes que las que redundan en alguna ventaja para él.

Con Franz, Schiller dirige una censura a la razón ilustrada, arguyendo que esta es capaz de convertirse en déspota cuando se hace sorda al clamor de los sentimientos o los manipula como formulaciones de su tiranía. Al inicio del segundo acto, por ejemplo, asistimos a esa escena terrible en la que Franz sopesa con toda frialdad el tipo y grado de las pasiones con que castigará a su padre por haber preferido siempre a Karl: furia, aflicción, melancolía y miedo.

En contraparte, Karl Moor posee un espíritu febril, sensible a los estímulos, entregado a la acción más que al pensamiento. Se presenta como un inconforme frente a su época, a la que considera agónica, sin ímpetu, llena de sistemas que merman el impulso de las hazañas: “Todavía la ley no ha hecho ningún gran hombre –dice-, sin embargo la libertad incuba colosos y seres extraordinarios”.

Karl es un ser impulsivo, la prueba de ello está en su rápida adscripción al crimen tras el “desahucio” de su padre; pero también es un hombre noble, de manera que, con él, Schiller indaga el mal que produce, no el vicio, sino la degeneración de las buenas pasiones. Por ello, la emoción que lo pone en el camino de los rufianes no impide que siga un código de honor, a diferencia de los otros salteadores, que solo le permite ser criminal si con su acción resarce una injusticia o no castiga a un inocente.

El análisis de Schiller desvela así el temperamento de cada hermano, pero también una amplia zona de coincidencias. De entrada, ambos personajes encarnan el desprendimiento del padre: Franz justificando su derecho a triunfar sobre él; Karl, silenciando las razones que le evitarían entregarse a la corriente del odio. Ambos, además, son portavoces del discurso fratricida: “Quiero erradicar todo lo que hay a mi alrededor que me limita en ser señor”, sentencia Franz; y Karl, a su vez, se pregunta: “¿Quién piensa cuando yo ordeno algo?”.

Otro punto en común radica en el padecimiento que se moviliza en sus interiores y que, al final, los somete. En el caso de Franz ese tormento se manifiesta en sus sueños, alucinaciones y sospechas, en el temor creciente a la muerte: “¡Morir!, ¿por qué me afecta tanto la palabra?”. En lo que concierne a Karl, surge del verse desterrado, de haber dado el paso que lo separó indefectiblemente de los puros; de allí que advierta: “Aquí sales también del círculo de la humanidad”.

Para ninguno de los hermanos es factible volver al calor paterno o encontrar la redención: el declive más radical de Franz adviene precisamente cuando le sea vedado incluso el recurso de ese dios plebeyo del que tanto descreyera: “Todo tan desierto… Tan marchito. No sé rezar”. Por su parte, la perfección malograda de Karl, la palabra que prendó al crimen, pesan tanto en su conciencia que no es posible ya un nuevo comienzo junto a su padre o Amalia.

Con Los bandidos se descubre el cariz de los hombres malvados, la fortaleza que hay en la pronunciación del vicio, y el modo en que resaltan los crímenes cuando son puestos a la luz de las virtudes. Más allá de estas sutilezas, Schiller propone aún dos cosas: que toda ascensión o caída las socava la muerte, y que sin importar en quiénes nos convirtamos, cada uno siempre será su propio cielo y su mayor infierno.

SCHILLER, F. von (2006) Los bandidos. Madrid: Cátedra.
GE, N. (1871) Петр I допрашивает царевича Алексея Петровича в Петергофе.
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Existe una característica del expresionismo alemán que responde al desarrollo de una tesis nietzscheana: dirigir la obra literaria de tal manera que no se concentre en la descripción de impresiones externas, sino en el modo en que el propio interior establece una determinada visión de lo externo.

Este punto de partida es decisivo para comprender una pieza como Las bragas (1911), ya que, en ella, Sternheim propone un juego en el que varios personajes, concibiendo de forma diferente la situación en la que se encuentran, deben medir sus fuerzas y alcanzar la voluntad de poder que les permita imponerse sobre los demás.

La obra de Sternheim no escapa al fondo sesudo de los dramaturgos nórdicos –Ibsen y Strindberg, especialmente-, pero no está exenta de comicidad. La situación que origina el conflicto tiene ya esa connotación: a Luise Maske se le caen accidentalmente sus bragas en la calle y esto despierta, de modo paralelo, la incomodidad de su esposo Theobald, el deseo de dos hombres –Mandelstam y Scarron- que acudirán a su casa para alquilar un cuarto y cortejarla y, finalmente, la posibilidad de que ella caiga en la infidelidad al saberse pretendida por otros.

Como se observa, la obra propone un conflicto entre personajes que, dada la admiración del autor por Nietzsche, se despliega haciendo que solo haya un victorioso. En otras palabras, Sternheim da pie a la expresión libre de sus personajes, pero, al mismo tiempo, dispone la obra para que únicamente exista en ella uno que encarne la figura del superhombre, esto es, que pueda mostrar la superioridad de su perspectiva.

Ese personaje, claramente, no es Luise Maske, porque, aun siendo cierto que ella interpreta su circunstancia como una oportunidad para ser infiel e, incluso, lo declara abiertamente –“deseo salir de esta servidumbre, de estas riendas y ataduras, lejos de este dedo alzado, en pos de la libertad”-, en ella todavía se manifiesta una dependencia, en primer lugar, moral, frente a su consejera Gertrud Deuter, la vecina que fomenta sus impulsos y, en segundo término, corporal, frente a Scarron, el hombre a quien ha escogido como amante, pero cuya aquiescencia extrañamente nunca llega. La certidumbre que alcanza Luise sobre esto es, quizá, lo que le permite, una vez ha comprobado la imposibilidad de su deseo, entender que este no fue, en el fondo, nada más que una “enorme confusión”, declarando con ello su retorno a la moral del matrimonio.

Tampoco parece estar en el pretendiente Mandelstam el ejemplo de quien vence a los otros a través de su voluntad. De entrada, este personaje carece de vitalidad y fortaleza fisiológica, elementos claves en los trabajos de Nietzsche al respecto. “La salud es la fuerza de todo”, le recuerda Theobald, pero él, contrariamente, transluce cansancio y enfermedad. Así mismo, si bien al personaje lo anima su interés por Luise, no deja de comportarse como un pusilánime, incapaz de descubrir una pasión que, por otra parte, parece vinculada más a la necesidad afectiva que engendró su orfandad que a un instinto de supervivencia: “Se está tan estúpidamente solo… Sin raíces en la tierra, nada sobre lo que apoyar lo que se tiene”.

Muchos lectores identificarían al seductor Frank Scarron con el superhombre, y esto, no solo por afirmar que Nietzsche “enseña el evangelio de nuestra época”, sino por el tenor característico de sus ideas: la supremacía del individuo sobre la masa, la necesidad de superar la compasión del pasado, el llamado a separarse de los designios divinos, la tenacidad con que insiste en lo masculino, la denuncia de la moral de esclavos, etcétera.

Sin embargo, la contradicción de Scarron radica en que su voluntad se halla todavía en un terreno esencialmente espiritual. Esto se demuestra en el estilo ampuloso de su lenguaje y, sobre todo, en el idealismo que subyace a la belleza que le atribuye a Luise. La presencia de la mujer lo atrae y, no obstante, le es imposible soportarla: se ve abocado a contemplarla como si fuese un objeto religioso o a huir de su inminencia para traducirla en palabras o imágenes. Es por ello que ese cambio radical que personifica Scarron al final de la obra es solo en apariencia intempestivo, pues, en realidad, obedece a una voluntad que todavía no está preparada para la acción vital, sino para la pura atracción metafísica de las ideas.

Theobald Maske, en cambio, es el ejemplo más ilustrativo del hombre de acción. En la obra, el Maske al que se califica de “máquina”, que evita los escándalos y respeta obsesivamente el orden, se transforma completamente tras persuadirse de que, en realidad, no hay ninguna condena pública tras la incorrección de su esposa, sino, al contrario, un cambio positivo en su situación económica –por la renta de los cuartos a los pretendientes de Luise- y matrimonial –pues el dinero extra le permite acceder al deseo de su esposa de ser madre-.

Así, siguiendo la idea nietzscheana, Maske descubre que ningún discurso es inexorable, ni siquiera el de la moral burguesa que él temía; antes bien, la naturaleza permite al individuo acondicionarse a ella para sacar  provecho de las circunstancias. En este sentido, más que Scarron, Maske moviliza la doctrina del Πάντα ῥεῖ heracliteano, reconociendo la condición mutable de las cosas y comprendiendo –como lo indica su propio nombre- que cada nueva instancia requiere de él una máscara distinta, un acondicionamiento que le permita sobreponerse a todo.

Las bragas es una obra construida sobre una medición de fuerzas, una lucha de urdimbre nietzscheana en la que triunfa la voluntad del más fuerte: Theobald Maske. La grandeza de este personaje, por todo lo demás corriente, se halla en captar el principio de movimiento del mundo –omnia mutantur, nihil interit- y, a partir de él, encontrar en sí mismo la expresión que mejor se ajusta a esa transformación; en esto, quizá sin saberlo él mismo, se opone al miedo metafísico y a la moral del rebaño.

STERNHEIM, C. (2009) Las bragas. Madrid: Cátedra.
KIRCHNER, L. (1913) Berliner Straßenszene.
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