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La Pasión Inútil

Timeo Hominem Unius Libri

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Opiniones de un payaso (1963) es una de las obras más conocidas de Heinrich Böll e, indudablemente, en ella resuena la apreciación que del conjunto de su obra hicieron los jueces que le concedieron al autor el Premio Nobel: “Una escritura que, mediante la combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una sensible habilidad en la caracterización, contribuye a la renovación de la literatura alemana”.

La novela, en efecto, aunque concentra parte de su narración en seguir los pormenores del regreso a Bonn de Hans Schnier, un payaso condenado a la decadencia artística, se alimenta también de numerosos raccontos que facilitan distinguir, tanto los motivos que condujeron a la crisis personal de Schnier como toda una serie de asuntos relacionados con la Alemania de su tiempo.

Böll alcanza así, por un lado, una “sensible caracterización” del hundimiento, especialmente en el modo como perfila la soledad de Schnier con todos sus tormentos y figuraciones; pero, además, captura la imagen más general de su época a través del abordaje de problemas que le son medulares como la guerra, el nazismo y la religión.

La familia constituye, dentro de la obra, uno de los espacios de convergencia que se dan entre estas dos líneas, toda vez que el relato de Schnier permite ver retrospectivamente los engaños, las diferencias y las imposiciones que se tejen en la intimidad del hogar y, al mismo tiempo, descubrir que a ellas subyacen las afinidades o desencuentros que se generan a raíz de los discursos sociopolíticos de entonces. La hermana de Schnier –Henriette–, por ejemplo, ha desaparecido en Leverkusen tras unirse a las juventudes hitlerianas; Leo, su hermano, se ha entregado bien pronto a la vida monacal; la madre del protagonista es una simpatizante del nazismo; y, finalmente, su padre, parece embebido enteramente por el discurso del progreso y la falsedad moral.

Otro de los centros sobre los que descansa la novela es la guerra. Si bien es cierto que esta prescinde de las descripciones directas, sí se detiene a explorar la transigencia que muchos alemanes mostraron durante el conflicto, cómo sus inclinaciones permitieron el cultivo de las ideologías y, por supuesto, la manera en que se preservan los sesgos radicales muchos años después.

Ahora bien, más que la familia y la guerra, aquello que con mayor frecuencia utiliza Böll para dibujar su época y las sensibilidades que esta desprende es la figura de Marie Züpfner, aquella mujer católica con la que Schnier sostiene una compleja relación amorosa que inicia cuando ambos aún son adolescentes y termina en el momento en el que la presión del círculo al que ella pertenece consigue que lo abandone.

El libro reconstruye la historia de Marie y Hans contrastando sus impases –el ateísmo del protagonista, los continuos abortos, los apuros económicos– con los más nobles sentimientos de amor que existen entre ellos. Esto permite que en el lector vaya ganando fuerza el presentimiento de que, a pesar de las dificultades con las que tropieza, esa relación podría mantenerse si se encauzara por los terrenos de la naturaleza y no se dejara imponer los dogmas con que los amigos católicos de Marie la amurallan.

Opiniones de un payaso elabora una crítica feroz a este respecto, pues señala cómo la monogamia de Schnier y Marie, su sinceridad y ternura en el amor, no son suficientes para aquellos instigadores –Fredebeul, Kinkel, Sommerwild– que solapan en su aparente bondad toda clase de defectos: hipocresía, hermetismo, manipulación, perjurio, inflexibilidad.

Si, dentro de las copiosas impresiones que comparte Schnier, las más dolorosas son las que tienen que ver con Marie, se debe justamente a que la ausencia de ella se traduce para él en la pérdida del más importante punto de apoyo, el advenimiento del horror vacui, la rabia de saberse robado y la certeza de vivir sobrevolando los fantasmas que ahora se ciernen sobre las cosas.

En buena medida este desmoronamiento es el que precipita, posteriormente, el desplome artístico con el que abre la novela. La vida después de Marie convierte a Schnier en un payaso mecánico, empobrecido, que extravía cada vez más los límites entre la actuación y la realidad. La impresión suya ante el espejo o sobre las tablas del escenario se torna monstruosa y los argumentos de los números que representa constituyen ya indicios de ello: un hombre que confunde la llegada con la partida, otro más que abre puertas con una llave que está derritiéndose.

Acaso pueda hablarse de algún tipo de condición de dependencia o quizá simplemente resulta arduo concebir la vida por fuera del amor. De lo que no cabe duda es de que ninguno de esos movimientos que emprende Schnier para disciplinarse y mitigar su dolor parecen exitosos. Su caso es el de una caída en picada, con todo lo triste y ridículo que esto tiene: el rechazo de quienes podrían socorrerlo, el decaimiento corporal, la imposibilidad del reposo, la agresividad, la lucha contra la renuncia y ese acto aun más irrisorio de la autocompasión.

Por supuesto, Böll consigue que su personaje sea algo así como una metáfora del hombre cotidiano: ese mismo que transita por las calles replicado, acosado por las deudas, sin acabar de entender nunca las razones de esta cosa o la otra, pero incapaz de limitarse; lleno de resentimientos y siempre jugando el papel de las circunstancias hasta encontrar entre tantas máscaras alguna redención.

Hans Schnier es la imagen del hombre que "colecciona momentos" y, más tarde, ya no puede desprenderse de ellos, puesto que se han arraigado en el interior; quedan allí rehaciéndose infinitamente en esa fórmula ritual que es el recuerdo. Parece ser que esta es la zona en la que payaso y hombre desvisten sus diferencias para lucir un solo traje y, por ello, tiene tanto valor la sentencia que Schnier se atreve a confesarse cierto día: “Nunca conseguí representar lo humano sin caer en una espantosa ramplonería”.

BÖLL, H. (1968) Opiniones de un payaso. Barcelona: Círculo de Lectores.
HOPPER, E. (1914) Soir Bleu.
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Diez años le tomó a Odiseas Elitis la redacción de este libro que ratificó su nombre dentro del conjunto de poetas griegos más relevantes del siglo XX –Gatsos, Karyotakis, Ritsos, Sikelianós, Seferis, Kaváfis– y abrió las puertas hacia una literatura en la que palpita con renovada fuerza toda la grandeza del mundo heleno.

Ciertamente, Dignum est (1958) puede recorrerse como un poemario cuyos textos consienten la lectura independiente; sin embargo, el libro fue concebido para leerse en orden, a modo de relato épico, pues sus partes –Génesis, Pasión y Gloria– exaltan la nobleza del pueblo griego, encarnado en la figura del propio Elitis –a la vez poeta y personaje–, en lo que respecta a su origen, heroicidad y destino.

Los poemas que conforman la primera parte del libro poseen el tono de los mitos antropogónicos y, en efecto, recuperan el nacimiento y la niñez de Elitis con su completo panorama de revelaciones. La voz poética expresa allí la aparición en el mundo como aquel irrumpir que trae la promesa de lo nuevo. En consecuencia, es evocado un espacio primordial, puro, dentro del cual se materializa la conexión del poeta con lo existente, mientras se genera la apertura hacia el conocimiento.

Este vínculo hombre-mundo lo enuncia Elitis de dos formas diferentes: por un lado, como certeza de vivir en una realidad orgánica que obliga a recibir y entregar el mundo a través del cuerpo; y, por otro, como confianza en la transtemporalidad que enlaza la vida actual con la precedente. Lo primero remite a una misión que se sabe escrita en las entrañas; lo segundo, a la creencia de haber nacido hace mucho tiempo y de llegar a ser, en todo momento, el que ya se era.

Con todo, en este mismo tramo del poemario, esa palabra que “desbroza el silencio y planta las semillas” arranca también desvelamientos más oscuros, por ejemplo, el de la moral como punto apenas transitorio de equilibrio, el de las tinieblas cernidas sobre la vida, el de la zozobra de quien rehúsa las raíces, o el del dolor ante los vacíos del mundo –la muerte, el crimen, la injusticia–.

El ánimo lóbrego se multiplica rigurosamente a lo largo de la segunda sección del libro. Sin duda, dicha parte es la más fértil, no solo debido a su amplitud, sino a la variedad de recursos que presenta: textos en prosa de orientación histórica, composiciones basadas en métrica libre y una serie de poemas cuyos hemistiquios están separados por una cesura que les provee estructura especular.

El centro del apartado se halla en la experiencia de Elitis como soldado de las brigadas que defendieron a Grecia de la invasión italiana en 1940. Por ello, los poemas muestran un acusado contraste entre la intensidad de la guerra y los elementos que le hacen resistencia. Abundan las escenas bélicas, las imágenes de campesinos reclutados, los cuerpos agonizantes, el fragor de los enfrentamientos, el luto de las viudas, el clamor de las madres, el hambre opresiva, entre otros. Y sobre todos estos particulares, se alza el lamento mucho más sonoro por una tierra despojada históricamente por el Norte y Oriente.

Por supuesto, a semejante paisaje de hostilidad opone Elitis un heroísmo que se asienta, a veces, en la valentía del combatiente que asume la fatalidad de la guerra, y otras, en la labor del poeta, heredero de esa mítica lengua de Homero que le permite forjar la zona en que se preserva la memoria de su pueblo –“zarza que no se consume”–.

Es verdad que a este heroísmo lo visitan cada tanto las dudas y hasta los reclamos de hombres que exigen del poeta una rutina más sosegada, conforme con “tiestos y novias”; pero Elitis persiste en su deseo de alcanzar la virilidad que surge de cultivar la palabra, de convertirse en “poeta de nubes y olas”, de ser el “último hombre que dirá la primera palabra”. Así, muchos de sus versos invocan la soledad artística, ajena a amigos o partidarios y, apropiándose de connotaciones divinas, se produce el autoreconocimiento de Elitis como portavoz de valores que, por ahora, parecen solo ilusiones, islas.

El largo canto lanzado en Pasión desemboca, al final, en otra área de descubrimientos. En primer lugar, se transparenta la implicación de los contrarios –el estruendo y la calma, el polvo y el sol–; así mismo, se admite el padecimiento, aquel “crujido que recuerda que somos y existimos”–; y, por último, se asiente a esa especie de oxímoron que afirma la posibilidad de ruinas edificantes. Tal es así que, ya en esta parte, se levanta la visión de un futuro que, sin llegar a ocultarse lo terrible, reivindica la vida terrenal, en honor de la cual ha de declararse un undécimo mandamiento: “Será este mundo o no lo será ninguno”.

El apartado que cierra el poemario solo intensifica la exaltación de esta fuerza vindicativa. En él hay un claro horizonte escatológico, solo que, ahíto del coraje que Nietzsche llamó pesimismo de la fortaleza, el poeta anuncia un mundo que no debe temerse. De hecho, aquí es donde cobra mayor sentido el título del libro –Digno es–, pues, por turno, Elitis celebra y dignifica la portentosa naturaleza de Grecia –sus montañas, mares y árboles–, la virtud de la vida frugal y el mérito del hombre que se sacia en la simplicidad de las cosechas, los labios o la luz.

Por supuesto, en relación con lo mencionado antes, también el único poema que da forma a Gloria honra aquel sufrimiento que reconcilia, el valor de la pregunta no resuelta e, incluso, la contradicción insoslayable de nacer para morir. Y nunca ese homenaje se repliega o sublima en alguna instancia metafísica, sino que insiste a cada paso en la riqueza del mundo “pequeño y grande” de los hombres.

Como poemario articulado en función de una épica superior, Dignum est comunica una voz que repercute en la totalidad de lo que existe. Hay quien lo calificó de cantata, comparándolo con la música de Haydn o Bach. Acaso tenga razón en lo que concierne a sus motivos, tempos, melodías e intervalos; pero, no es menos cierto que se trata también y principalmente de una profunda expresión de gratitud –vere dignum et iustum est, aequum et salutare, nos Tibi semper et ubique gratias agere–, que acaso necesite desprenderse aún del gravoso lenguaje bizantino para ser enunciada mejor en la simpleza radical del griego: Το άξιον εστί, vale la pena (vivir).

ELITIS, O. (1983) Dignum est. Bogotá: Orbis.
MYTARAS, D. (S/F) Paysage avec sculpture.
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Se reúnen en Problemas fundamentales de la fenomenología las lecciones impartidas por Edmund Husserl en la Universidad de Gotinga durante el invierno de 1910-1911 y, como puede colegirse por el título, la obra remite a conceptos centrales de su filosofía –por ejemplo, cuerpo, actitud natural, reducción y empatía–, todos ellos enriquecidos con comentarios extraídos del Nachlass husserliano.

Lo que unifica estos conceptos es el proyecto que el propio autor definió en un apunte de la época: “Mi tema es la subjetividad, un tema cerrado puramente en sí e independiente. Mostrar que eso es posible, y cómo, es la tarea de la descripción del método de la reducción fenomenológica”.

Dicha formulación haría suponer la persistencia de dos cuestiones esencialmente modernas: por un lado, la concepción del yo como centro de referencia y, por otro, la imposibilidad de conocer la cosa en sí. Sin embargo, es claro que existe una distinctio phaenomenologica que le permite a Husserl apartarse tanto del solipsismo cartesiano como del fantasma del noúmeno para enfocarse, más bien, en las vivencias del sujeto y el modo en que estas se presentan corporal y conscientemente.

El planteamiento de este programa hace que Husserl se distancie de las doctrinas científicas y filosóficas que asumen la subjetividad en términos absolutos. De hecho, las lecciones intentan recuperar el mundo que está donado en y para el sujeto antes de cualquier teoría: “¿Cómo se me da el mundo, qué puedo decir de él inmediatamente, describiéndolo de modo general según se da como él mismo en la percepción y experiencia inmediatas?”.

De esta forma, la fenomenología no se interesa por conocer la naturaleza objetiva ni la esencia de la subjetividad, sino que querría explicar la existencia que ha sido puesta en la experiencia. Precisamente, lo que entiende Husserl por mundo es el plexo de existencia que se ofrece al individuo espaciotemporalmente y que, por tanto, incluye las vivencias actuales, pero, además, toda la urdimbre de la vida humana con sus recuerdos, intereses, frustraciones y sueños.

Como esta experiencia varía en cada sujeto, Husserl sostiene la infinitud de sus posibilidades y elude la metafísica limitándose al examen de aquella en tanto vivida. En otras palabras, propone un método que explora la relación psico-física que se da entre cuerpo y mente; así como la manera en que se producen las percepciones, sensaciones y voliciones; e, incluso, el lugar que ocupan aquellos segmentos inconscientes que no alcanzan a ser recogidos por la fenomenología –pero que, ciertamente, son asumidos por los estudios del psicoanálisis–.

La descripción del método ocupa la mayor parte de las lecciones. Para iniciar, Husserl advierte que la actitud natural en la que cotidianamente el hombre se desenvuelve es, por definición, el ámbito de la experiencia. No obstante, en dicho estado la conciencia se halla mecanizada y, por tanto, la experiencia no revela al sujeto aquellos elementos perceptivos sobre los cuales se está afincando, es decir, lo dado en tanto dado, el phainomenon qua phainomenon.

Debido a esto, la mirada fenomenológica invitaría a suspender ese yo que, a pesar de constituir el punto cero del sistema de coordenadas, parece ciego ante su propia experiencia. Esa suspensión comprometería dos movimientos: la epojé, que corresponde propiamente al paréntesis hecho sobre la actitud natural y, complementariamente, la reconducción de la experiencia hacia el plano de una conciencia fenoménica.

La suspensión de la actitud natural es, como se ve, el requerimiento para alcanzar esa otra actitud que revela la conciencia de lo vivido y la corporización de la experiencia. Justamente, esta es una idea que contradice la presunción de quienes juzgan que Husserl propone apenas una extensión del subjetivismo cartesiano. Para el filósofo alemán, el cuerpo es más que decisivo porque es el que determina el espacio-tiempo del yo –situándolo en una determinada orientación– y es por él que el sujeto tiene sensaciones localizadas.

Vale la pena señalar que, para Husserl, la reducción se efectúa no solo sobre lo percibido en el aparecer, sino también sobre lo retenido y rememorado. Por otra parte, su movimiento puede replicarse sin expiración, ya que la experiencia es inmanente al vínculo que existe entre el sujeto y el mundo. En otras palabras, mientras se mantenga esa relación la posibilidad de dirigirse hacia lo vivido para concienzarlo se encuentra abierta.

Hay un valor especial en las lecciones que estriba en el deseo de discutir las posibles objeciones a su perspectiva. Husserl no se muestra ajeno, por ejemplo, a la inquietud frente al grado de validez que adquiere la experiencia después de la reducción fenomenológica. Al respecto, se descubre el valor que alcanza lo pensado, lo percibido e intuido frente al espectro del conocimiento objetivo. En otros lugares, así mismo, dedica su atención al problema que surge al preguntarse por aquello que da unidad al conjunto de las reducciones realizadas; frente a esto, si bien Husserl no acepta la posibilidad de una corriente unitaria, sí defiende la idea de “individualidades enlazadas” que se movilizan en el horizonte del mundo.

El otro sector de interés que despliegan las lecciones corresponde al concepto de empatía, esto es, la manera en que un yo ajeno se presenta con sus vivencias propias a mi conciencia o, si se prefiere, cómo se dan al sujeto los apareceres y desviaciones de los otros. La exposición de este punto es ardua y, como se sabe, es uno de los puntos que más suele criticarse a Husserl, puesto que él establece aquí un límite infranqueable: el yo empatizante no podría vivir jamás la experiencia del otro, tal y como este la percibe en su propia conciencia; a lo sumo, tendría de ella una representación que a modo de analogon brindaría cierta imagen de lo que los otros viven.

Esta suerte de vínculo entre sujetos que, en cualquier caso, no dejarán de ser independientes, se traduce para muchos en un indicador de solipsismo, aunque lo cierto es que parece la consecuencia más natural dentro de una visión del mundo –como la husserliana– que trata de subrayar la experiencia corporizada en cada quien y, por supuesto, no invalida la fenomenología en su propósito de abrir las puertas hacia la descripción de ese mundo de vivencias que permanece casi siempre silenciado para nosotros mismos.

HUSSERL, E. (2020) Problemas fundamentales de la fenomenología. Madrid: Alianza Editorial.
POLLOCK, J. (1952) Convergence.
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Las Elegías de Teognis comprenden 1389 versos, agrupados tradicionalmente en dos secciones. La primera de ellas –hasta el verso 1230– posee un carácter gnómico, de manera que constituye la parte que se declamó con mayor frecuencia en el marco del banquete. La segunda, en cambio, ofrece un contenido homoerótico de interés menos formativo y más elogioso.

Como afirmara Nietzsche, Teognis es un “Jano bifronte al que el pasado le parece bello y el futuro abominable”. En efecto, su poesía opone la convicción de una superioridad aristocrática –que él defiende– a las corrientes democratizadoras que ganaron terreno en Grecia a partir del siglo VI a.e.c. Teognis es la voz de un mundo en desaparición, la añoranza de un protoorden que solo volverá a estar vigente si jóvenes como Cirno –a quien el poeta dedica sus versos–, se elevan moralmente y se apropian del código aristocrático que él mismo aprendió de los sabios de antaño.

Aquello que, según Teognis, empieza a triunfar sobre la Grecia arcaica no es, en sentido estricto, una ideología política, sino la multiplicidad de expresiones que asume la ὕβρις humana, esto es, la desmesura, la desobediencia, la impudicia, la inversión de jerarquías, el saqueo de bienes, la imposición de nuevas leyes, la desaparición del ἦθος primordial, la codicia plebeya, el desenfreno, la injusticia, etcétera.

Es un panorama de confusiones en el que toda identidad se trastoca. Por ello, Teognis estima imprescindible restablecer los límites dividiendo radicalmente la sociedad entre nobles –ἀγαϑοι– y plebeyos –κακοι–. Para él, solo los primeros son cultos y virtuosos, de suerte que entrañen la posibilidad de enseñar el bien. Los otros, son ignorantes y deshonestos, por lo que hay que desdeñarlos e, incluso, atacarlos amparándose en una justicia restituyente.

A lo largo de las Elegías se refuerza este juicio esencialmente negativo contra lo no aristocrático. Para Teognis hay una asociación directa entre ser plebeyo y deshonesto; la pobreza, en su opinión, “revela el hombre vil”, y hasta tal punto no puede hallarse en ella ningún valor, que el poeta sentencia: “Nunca está erguida la cabeza de un esclavo, sino siempre inclinada y tiene su cuello torcido”.

Teognis no considera que la maldad sea connatural a los plebeyos: esta es el resultado de trabar amistad con hombres insolentes que se entregan al engaño. En todo caso, sí despliega una fatalidad sobre el plebeyo, pues asegura que es más fácil que un hombre bueno se torne malo que uno malo devenga bueno. Es un movimiento que Teognis justifica con la dificultad de inculcar sentimientos nobles o de enseñar la ἀρετή, pero que, en el fondo, esconde el deseo de tapiar las ventanas por las que un advenedizo asomaría a las prerrogativas de la aristocracia.

Las Elegías, así mismo, vinculan a los dioses dentro de esta discusión. Para Teognis, ningún hombre es completamente culpable de su ruina o prosperidad, son los dioses los dispensadores de ambas. En este sentido, a nadie le resulta bien cuanto desea, así como tampoco le es dado controlar por entero las consecuencias de sus actos. La balanza de Zeus se inclina unas veces hacia un lado y otras en dirección opuesta, de manera que “nadie es rico ni pobre, ni bueno ni malo, sin la ayuda de la divinidad”, de cuyo dominio es imposible sustraerse.

Pues bien, esta certidumbre, aunada al derrumbe de un mundo hasta entonces claro, lleva a que, en muchos de sus versos, Teognis increpe a Zeus con distintas preguntas: ¿cómo el soberano de todo tolera el mismo destino para nobles y plebeyos?, ¿cuál es el camino para agradar a los dioses si no lo es el respeto de los viejos valores?, ¿cómo, después de testimoniar una injusticia, podría verse aún con respeto a los dioses que la permitieron?

Muchas líneas de las Elegías llevan esta recriminación a niveles intensos, pero, ese ánimo se atempera cuando Teognis reconoce que ni siquiera los dioses agradan a los hombres por igual y que saber lo que alberga en su interior cada uno es ya, para ellos, una gran calamidad. Por ende, en un giro brillantísimo, Teognis descubre que ha de rogarse a los dioses no por riqueza o virtud, sino por la buena suerte –Τύχη– que haría converger positivamente todo. Hay aquí un reconocimiento del azar y, por ende, una entrega trágica a él, un precipitarse hacia lo incontrolable, deseando solo “ser afortunado y amado por los dioses”.

Claramente, tratándose de un texto gnómico, esta línea religiosa no resultaría suficiente si no se le sumase una filosofía práctica. Así, Teognis enseña a Cirno, por ejemplo, que, más allá de que la aristocracia esté privada de su riqueza y, en consecuencia, de su liberalidad, la posesión de bienes es ocasionalmente motivo de locura o ruina; Zeus también envía abundancia para atormentar a los hombres, y quienes son conocidos únicamente por su hacienda tienen un valor apenas relativo.

Como en su época la riqueza empezaba a estar en manos de las clases ascendentes, Teognis se repliega en la defensa de la virtud como rasgo por excelencia de la aristocracia. “No cambiaremos dinero por virtud”, aclara Teognis, y existen muchos versos dedicados a exaltar cómo se gobierna con valentía la desgracia producida por otros hombres o dioses. Esa virtud es, primero, la prueba de que se es el mejor, pues la gloria surge de las empresas difíciles; y, segundo, un valor heroíco: “Lo que está destinado sufrir, en modo alguno temo sufrirlo”.

La virtud aristocrática es propuesta por Teognis como moderación, equidistancia frente a los excesos: in medio stat virtus. Constituye, por esta razón, un antecedente del término medio aristotélico que, sin duda, tomó el poeta de Quilón: Μηδέν άγαν –“nada en demasía”–. Lo interesante es que, como parte de una filosofía del porvenir, o sea, como lance que quiere recuperar valores del pasado, la virtud de Teognis quiere medirse frente a lo que vendrá: será baluarte si se restablece el dominio aristocrático o, al menos, consolación frente al dolor, en el caso contrario.

Aunque las Elegías apelen un par de ocasiones a la esperanza, en general delinean una perspectiva sombría. No debe olvidarse que también en ellas comunicó Teognis la sabiduría de Sileno –v. 425– y que los hombres nobles, según decía, ya entonces cabían en una sola nave. Pese a todo, por esa defensa de la vida anterior a la democracia, de los mitos de los que extrajeron sus jerarquías los griegos, de las diferencias que hay entre un hombre y el otro, pareciera haber aquí algo de eso que Nietzsche llamó pesimismo de la fortaleza: la honradez que no se rinde ante el vacío, sino que es capaz aún de gritar con valentía: “Insensatos y necios los hombres que lloran a los muertos y no a la flor de la juventud que se marchita”.

TEOGNIS (2010) Elegías. Madrid: Cátedra.
GODWARD, J. W. (1898) Eighty and Eighteen.
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La censura que prohibió por más de treinta años en Inglaterra la publicación de El amante de Lady Chatterley (1928) resulta, por lo menos, sorprendente si se considera que no hay en esta novela un lenguaje que pudiera parecer particularmente escandoloso a una sociedad que tenía desde dos siglos atrás un antecedente como Fanny Hill, obra que constituye el verdadero epítome de la obscenidad en el marco de las letras inglesas.

Pareciera, por tanto, que la clave para entender la prohibición descansara, más que en la exacerbación de lo sexual, en el modo en que Lawrence, valiéndose de ella, ataca dos discursos que Inglaterra viene defendiendo a ultranza desde hace tiempo, a saber: la industrialización y el racionalismo. La crítica sería rigurosamente puntual: fiat veritas, pereat vita, todo impulso vital, todo llamado a la vida –como el sexual– sucumbe ante el rampante empuje del utilitarismo.

En otras palabras, lo que condenaron los autores de la censura no fue, en realidad, el revuelo moral que pudiese traer la novela, sino la reprobación ideológica y política que esta moviliza. Leída desde esta perspectiva, ciertamente la novela establece tres blancos de juicio: la guerra que incapacita al hombre para hacer aquello que por naturaleza haría, el progreso que quiebra el ritmo y color del paisaje y, por último, el dinero que cultiva el valor de la superficialidad. A todas estas críticas subyace la misma reivindicación de la naturaleza que Lawrence sitúa en el terreno de lo sexual y cuya dificultad lo lleva a decir ya en la primera línea de la novela: “Nuestra época es fundamentalmente trágica”.

Podrían hallarse dos referentes de la ideología enjuiciada por Lawrence en sir Clifford Chatterley y en el proceso de industrialización de las Midlands inglesas. El primero es un personaje meditabundo, mezcla de aristócrata y burgués que, desde la presunción de su rol, no cree en la igualdad humana; además, debido a la paraplejia que le produjo una herida de guerra, ha mudado toda su anterior jovialidad por la simple proyección intelectual de la escritura y de sus investigaciones sobre minería, radio o maquinarias.

Dicha racionalidad es la base de su comprensión del mundo. Para Clifford, el matrimonio evita la vulgarización de las emociones, pues la costumbre que le es inherente pesa más que las excitaciones que caracterizan la vida de los solteros. Por supuesto, sería inexacto afirmar que Clifford es intransigente al respecto; es solo que, estando imposibilitado para una sexualidad normal, apela recurrentemente a la tesis, según la cual, la base del matrimonio es un plan superior e integral que no requiere para sostenerse del drama de lo sexual que, para él, no es otra cosa que un intercambio transitorio de sensaciones.

El otro sentido desde el que Lawrence explora la disolución de lo natural radica en la mecanización del paisaje. Clifford vive con su esposa en una región –las Midlands– cuya soledad ha sido rota por el ruido de las máquinas, que ha abandonado su ritmo para entregarse al afán operativo y que ya no sabe de mudanzas, sino de la falsa persistencia del metal y el plástico.

Esa nueva raza de hombres que crece en las Midlands está completamente muerta para la espontaneidad y reproduce el discurso impersonal de la industrialización que se asentó sobre la Inglaterra rural. Esta imagen es justamente la que se le revela a Constance Chatterley en sus paseos por el campo: la inevitable pérdida de lo orgánico, la humanidad arrebatada a quienes ahora tienen cuerpos de hojalata, domesticados y sin impulsos distintos al trabajo.

Lawrence dibuja, de esta forma, cómo se pone en marcha la ideología del progreso racional y material, tanto al interior de la familia como en un ámbito social más amplio. Desde luego, esta tensión es también la que provoca la progresiva ansiedad de Lady Chatterley, mezcla de compasión hacia su esposo y del deseo inaplazable, para ella, de dar rienda suelta a su cuerpo. Poco a poco, se desvela a sus ojos que, en una realidad como la suya, la única denostada es la vida y, en consecuencia, se rebelará frente al encierro del hogar, frente a las palabras que se interponen entre ella y el sexo, y frente a las sujeciones que por todas partes quieren mantenerla alejada de su instinto.

Si El amante de Lady Chatterley suele describirse como una novela de profundísima penetración psicológica es, precisamente, porque ahonda en los motivos y frustraciones que explican ese paso del retraimiento a la soltura, de la cautela a la osadía del romance. Lawrence no desestima, en este sentido, la importancia de ofrecer al lector la formación temprana de la protagonista –primordialmente estética–, la libertad moral de su padre y hermana y, así mismo, el temperamento fuerte e indómito de Oliver Mellors, el guardabosques que, a la postre, se convertirá en su amante.

Toda la segunda parte de la obra brinda la contracara a la domesticación que conlleva el progreso. Lawrence expone allí, a través de los encuentros entre Constance y Oliver, la vida en el interior de la vida, los lances de esa “impertinencia” que es el cuerpo, el arrobamiento del contacto físico, la reactivación del vínculo que se pone en paréntesis cuando se prefiere la máquina, la razón e, incluso, la palabra. Lo natural no es la desconexión, sino el cuerpo que expresa su ser en la sexualidad: la sensación del útero, el temblor de los labios, los muslos cruzándose, el roce en la espalda o el vientre.

Debe subrayarse que esta especie de fisiología que reactiva la naturaleza no se restringe a la experiencia personal de los protagonistas. Lady Chatterley reduce la brecha entre lo individual y lo colectivo, de suerte que su reivindicación se convierte en algo así como una proclama: las masas, en su opinión, deben ser paganas de nuevo, entregarse a las orgías de Pan con las que los griegos celebraban la fertilidad. Solo una exaltación semejante puede reanimar esa humanidad que ha quedado encallada en la figura del uróboros, la serpiente que se traga a sí misma.

Atendiendo a esto, el mayor simbolismo de la novela indudablemente descansa en esa defensa, ya sin palabras, que hace Constance Chatterley cuando, lejos de la casa en la que su marido la espera, lejos también del barullo de la industria, se lanza desnuda al bosque bajo una lluvia torrencial, y abriendo los brazos, danzando como lo hacían las Ménades, golpeando sus caderas brillantes, levantándose e inclinándose, convoca al hombre que la mira a distancia hasta que, finalmente, él admite ser parte de esta especie de homenaje y salvaje sumisión.

LAWRENCE, D. H. (2016) El amante de Lady Chatterley. Madrid: Sexto Piso.
RAMSAY, H. (1901) Nude Reclining.
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Suele interpretarse a Fausto como la gran obra sobre la soberbia, la insatisfacción y la angustia existencial. Un juicio acertado, sin duda, porque Goethe logró trazar en ella uno de los más logrados exámenes acerca del modo en que el hombre transita el mundo sin hallar aquello que podría saciarlo.

Los intríngulis de la obra conducen a explicar esta suerte de ὕβρις arguyendo tanto un impulso inherente a Fausto como su dependencia de fuerzas externas. La primera vía plantea un personaje que pierde la tranquilidad debido a su propia voluntad de saber, mientras que la segunda perfilaría a un Fausto que se debate entre la corrección divina y las instigaciones de Mefistófeles.

Sea como fuere, a ambas perspectivas subyace el mismo drama: Fausto no solo sabe justamente las cosas que no precisa, sino que, además, ignora las que le hacen falta. Por consiguiente, el personaje padece el anhelo de asir lo alto y lo bajo, de hundirse en todo conocimiento, persuadido de que, en algún momento, hallará lo que le satisfaga y, con ello, demostrará la dignidad de los hombres ante los dioses.

Resulta sorprendente cómo Goethe, privilegiando la figura de la apuesta sobre la de pacto, logra movilizar, por un lado, la perenne pregunta por el destino, es decir, si este responde a una voluntad exclusivamente individual o en él intervienen fuerzas extrahumanas y, por otro, si desestimando la razón o excediéndose en ella no se aboca el hombre a una idéntica condición de inconformidad y pesadumbre.

Por encima de esto, sin embargo, una mirada todavía más oscura anima la obra: la sabiduría de Sileno. Ciertamente, Mefistófeles revela a Fausto que aquel deseo vago e incomprensible que lo fuerza a recorrer el espacio y el tiempo jamás podrá esclarecerse, pues es imposible traducirlo racionalmente –“las palabras son apenas humo y ruido”–, de manera que no habrá después, como tampoco lo hubo antes, el medio para sobrepasar esta limitación.

Lo que colige Fausto de ese mistagogo que es Mefistófeles coincide con la revelación de Sileno al rey Midas, con la sentencia que eternizó la elegía de Teognis: lo mejor para el hombre sería no haber nacido. Solo que, a diferencia de lo que dicho saber produjo entre los griegos, esto es, su aceptación y canto, Fausto infiere que el sinsentido de la vida, la banalidad de cualquier afán, debe conducir a la aniquilación. De este modo, casi desde el inicio de la obra medra un impulso destructivo contra lo humano –representado en la muerte de Gretchen o Euforión– y contra el engaño que nos hace avivar lo que debería perecer.

En este sentido, Fausto es el fugitivo, el sin hogar, el “monstruo sin meta ni reposo” que vaga por el mundo destruyendo, atacando la nada; y lo propiamente trágico de su situación estriba en que todo ese movimiento no lo lleva a alcanzar un nuevo estado, sino que lo hunde más en el absurdo. De allí que Goethe se permita insinuar que las criaturas que se aferran a la idea de equipararse a los dioses –incluso, en este espíritu vindicativo– se condenan a ser cada vez más iguales a sí mismos.

Como ocurre con Edipo, la búsqueda emprendida por Fausto es la que lo extravía, pues constituye un movimiento que no puede resistirse hacia un destino también irrevocable. Lo irónico es que la anagnorisis de Fausto no se produce tan pronto: no reconoce, como Edipo, su error, ni decide castigar su atrevimiento; al contrario, se mantiene ciego frente al hecho de que obcecarse con la destrucción, en últimas, constituye otro absurdo, y, en su cinismo, es capaz de encarar a Mefistófeles con la pregunta: “¿Qué sabes tú de lo que los hombres desean?”.

Dicha ceguera es especialmente rastreable en las secciones de la obra en las que Fausto extiende su “mirada a reinos sin medida”, ya sea remontándose a la Grecia Antigua o por medio de la κατάβασις que le permite acceder a lo que no han visto los ojos humanos. Es entonces cuando parece que aquello que quiere vencer Fausto es la fuerza sin objeto de lo indómito y, por lo tanto, asistimos a un juego en el que el personaje se anima y crece ciegamente para luego recular y perecer en la nada.

Con todo, el contrapunto que permite a Goethe dirigir la obra hacia su resolución es Wagner. Al contrario del nihilismo de Fausto, este personaje no se entrega a la sabiduría de Sileno y realiza lo admirable: crea la vida y saca su misterio a la luz. Homúnculus, el hombre creado por Wagner, es lo opuesto a todo ánimo faústico, pues representa el anhelo de nacer al mundo, y demuestra que cualquier voluntad de ir más allá de lo permitido no es más que una manifestación de la locura.

Por eso, más allá de ese arduo peregrinaje que hay en Fausto y que algunos críticos, como Bloom, han calificado de “grotesco e inadmisible”, sí adviene una resolución a la tragedia. Las dos partes de la obra poseen entre ellas una oposición formal –la prosa del joven Goethe (1808) y el verso clásico de un autor maduro (1832)– y, así mismo, una discrepancia en cómo asumen al personaje: la primera, sumergiéndolo en los tormentos causados por hurgar la oscuridad de la existencia; la segunda, –como bien opinaba Nietzsche, radicalmente antitrágica–, permitiendo un Fausto en el que aflora poco a poco una naturaleza no-destructiva junto a la convicción de que se está en el mundo para celebrar lo que existe.

Para muchos, el final de Fausto podrá dejar cierto resabio: la plenitud de vivir en lo comunitario, la libertad vista como conquista diaria, el llamado a crear sin importar que todo se arrastre después hacia la noche. Y, quizá, aquellos preferirán terminar la obra al cierre de su primera parte, sustrayéndose para siempre de la salvación que Goethe augura a los que se esfuerzan, y sumergiéndose en esa intuición más pesimista y trágica del velo de Maya: “Todo lo perecedero no es más que una imagen”.

GOETHE, J. W. von (2020) Fausto. Madrid: Abada.
FORTUNY, M. (1866) Fantasía sobre Fausto.
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Una conocida frase de Hamsun indica que los hombres llaman providencia a aquello que consideran bueno, mientras califican de destino a lo que se les presenta como malo. Se trata, con todo, de una escisión apenas aparente si nos fijamos en cómo el autor nos remite en su novela Bendición de la tierra (1917) a la relación que el hombre establece con la naturaleza.

La obra inicia con un hombre llamado Isak, quien, después de un largo peregrinaje, encuentra un lugar donde establecerse. La escena reproduce, así, el paso de la errancia al asentamiento y, con esto, al surgimiento del vínculo con el suelo. Isak es un personaje meditabundo y supersticioso que ha abierto un camino hasta allí, el sendero que atraviesa ciénagas y bosques; pero, desde ahora, es también el que ha dejado atrás las moradas para poseer un hogar.

A partir de dicho punto la novela no es más que la historia del modo en que ese establecimiento se convierte en providencia y destino. En efecto, Isak no es un asceta que aspire a la comunión con la naturaleza, a vivir in puris naturabilis; tampoco es alguien que se arredre ante la dureza del campo. Él es, más bien, un hombre pletórico que lleva en sí la voluntad de cambio, de adaptación e, incluso, de imposición a lo que existe.

Ahora bien, si en Bendición de la tierra esos principios –providencia y destino– no resultan excluyentes obedece a que Hamsun prescinde por completo de la romantización bucólica. Aunque la obra rechaza en muchos sentidos la técnica, al mismo tiempo defiende cierta idea de progreso evidente en la ampliación y preparación de los terrenos, el uso de los animales o la apropiación de las máquinas. Complementariamente, tampoco hay una idealización en detrimento de la ciudad, pues el campesino alcanza la gracia del campo, solo después de arrostrar todos los males que este tiene: la mudanza, la sequía, la hostilidad.

Es verdad que Hamsun adjudica a su personaje una visión religiosa de lo rural. Declara, explícitamente, que es posible que dios se le hubiese revelado a Isak una noche y, además, ese dios continúa mostrándosele en la nieve, las montañas o el día de descanso. De este modo, hay siempre milagros oficiándose, un fuego divino que consagra el silencio y permite la asunción de una certeza: divina natura dedit agros.

No obstante, la misma novela añade que Isak labra “las tierras dejadas de la mano de dios” y sentencia la imposibilidad de otear lo que se esconde debajo de la tierra. Por lo tanto, paralela a esa suerte de religiosidad, Hamsun elabora su noción de hombre-trabajador: un ser solitario, tosco y robusto, capaz de captar el inalterable sonido del cielo y comunicar lo bueno, a través de sus manos, al otro, a los animales y a la tierra misma.

De acuerdo con esto, puede asegurarse que el autor traza el nexo entre hombre y naturaleza, no valiéndose de una dirección idealista, sino acogiendo la idea de tradición. La siembra, por ejemplo, se concibe como una herencia que se remonta al pasado, un acto de devoción a la tierra porque esta entrega al hombre su pábulo, el bienestar de lo simple, la satisfacción que sucede a los esfuerzos más descomunales.

Y justamente esta comprensión es la que entra en pugna con aquella que no ve en la tierra más que propiedad. La novela critica esta perspectiva expresada en los discursos de la agrimensura, la escrituración y los litigios, vías por las que la conexión inmediata con la naturaleza, es decir, la implicación del hombre con el suelo que trabaja y que es su hogar y fundamento, se pierde. Esta caracterización, muy cercana a la polivalencia del vocablo Grund, formula un tipo especial de pertenencia a la tierra en la que se vive y, así mismo, de la que se vive; ese espacio que le es propio a Isak y que declarativamente él llama Sellanrå –lugar natural–.

La tensión entre pertenencia y propiedad se amplifica en Bendición de la tierra hasta elaborar la oposición campo-ciudad. Personajes como la esposa de Isak –Inger–, su hijo –Eleseus– o Barbro, se convierten en portavoces de un lenguaje antinatural que se superpone, a veces, sobre la vida del campo y que se manifiesta en el refinamiento, la ligereza, el individualismo y la exacerbación del dinero.

Hamsun mantiene al respecto una postura radical: sucumbir ante lo citadino es trastornarse, romper las raíces míticas. La ciudad es el espacio del esnob, del gasto a espuertas, del ocultamiento, de la caída en las trampas tendidas por “judíos y yanquis”. De manera que la obra sugiere un estar más allá de esto y cultivar una sabiduría que no reposa en los libros, sino en la apertura vital al fuego, la bestia, la siega o el pedernal.

Por supuesto, la técnica no es restrictiva de la ciudad. Hamsun rastrea también su irrupción en el campo mismo, ocupándose de asuntos como el telégrafo, las minas, la migración o el comercio. De cualquier forma, la novela cuestiona aquí otra vez ese desarrollo como nocivo: una intransigencia que consiste en la negación de adecuarse al ritmo de la vida, obstinándose en ir más rápido que esta o en introducírsele a destiempo como una cuña.

Pese a todo, como se indicó, Hamsun evita concienzudamente la romantización. La existencia en el campo es dura, reacia a la manifestación de los afectos y violenta. Acaso, por esto, el autor describa con marcado tremendismo las faenas, los conflictos, los abortos, las relaciones familiares y las persecuciones de las que son blanco las mujeres, en nombre de las cuales Hamsun escribe varias páginas que siguen la ruta abierta décadas atrás por un compatriota suyo en Casa de muñecas.

Bendición de la tierra es, en definitiva, el relato de cómo un suelo yermo rompe su letargo y vive; una contemplación sin artificios de las antiguas montañas noruegas y del hombre que se enraiza con ellas; el canto a una naturaleza que nos pertenece fuera de toda mezquindad; la odisea de un campesino de novecientos años que mantiene con sus manos la vida y que, por este prodigio, es “un resucitado del pasado que señala el futuro”.

HAMSUN, K. (2007) Bendición de la tierra. Barcelona: Bruguera.
GOGH, V. van (1883) Bauer, Unkraut verbrennend.
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En una entrevista fechada un año después de publicar su primera novela, Coronación (1957), José Donoso confesaba que, a pesar de haberse trasladado para escribirla al ambiente propiciador de Isla Negra y de recibir buenos comentarios sobre sus versiones preliminares, no dejó de rehacer la obra por lo menos quince veces antes de sentirse conforme con ella.

Quizá por esto, la novela fue celebrada por la crítica y, vista hoy, prefigura dos de los rasgos que tendría la narrativa posterior de Donoso: por un lado, el contraste espacial entre el interior –la casa como escenario de acciones- y el exterior –la calle, la ciudad que rumorea-; por otro, el permanente viraje hacia el pasado: esa casi manía de recuperar o reconstruir una época perdida en el tiempo.

De este modo, Coronación, como –más tarde- Este domingo o El obsceno pájaro de la noche, es una novela que se despliega en varios niveles. Puede leerse como relato que refiere la decadencia de una familia connotada, los Ábalos, de la que apenas sobreviven la anciana Elisa y su nieto Andrés, ambos abocados al delirio retrospectivo; o como un retrato que compara, en términos vitales, la suntuosidad de la casa de los Ábalos con la situación de pobreza que pulula afuera.

La primera línea de lectura se indica en la casa misma. Es claro que se trata de una residencia enorme, pero de aspecto “cadavérico” y plagada de objetos caducos, de un lujo más que expirado. Por esta razón, quienes la habitan –misiá Elisa y sus tres empleadas: Lourdes, Rosario y Estela- viven rodeadas de recuerdos y se remontan una y otra vez al mundo que existió antes allí y que solo se reactiva ilusoriamente cuando reciben visitas por el santo o el cumpleaños de la anciana.

En todo caso, el declive de la familia Ábalos no es estrictamente material. La novela atestigua, sobre todo, el derrumbe de sus ideales. Andrés, por ejemplo, es un soltero cincuentón que se dedica a leer libros y coleccionar bastones; un hombre que, hasta entonces, gracias a su holgura económica, ha dejado que todo fluya sin preocuparse, manteniéndose en el umbral de la acción y limitándose a soslayar la vida, a ver por el resquicio lo que les sucede a los demás.

Sin embargo, la cercana muerte de su abuela medra en su interior como ansiedad. Ella constituye el único lazo que lo une a la existencia, de suerte que la pregunta por lo que habrá después se torna acuciante. Este es uno de los sustratos existenciales de la novela, porque Donoso revela cómo donde se levantaba la seguridad –o, al menos, la aceptación muda que liberaba de todo compromiso- ahora habita la flaqueza y, en consecuencia, se requiere una fe para ir más allá del momento presente.

La crisis de Andrés Ábalos pertenece a la de “los seres que necesitan saber y no comprenden el porqué de las cosas”. De allí que la dificultad para hallar la fe que necesita radique en su arraigado escepticismo: en todo lo que existe intuye mecanismos de engaño que se le antojan inadmisibles. La mayor parte de la novela el personaje luce extraviado, inquieto y, únicamente en las postrimerías, aunque esto parezca más una patología, identifica en su amor hacia Estela –la joven que contrata para cuidar a su abuela- una posibilidad de redención.

Ahora bien, como se dijo, Coronación establece un puente entre las formas en que dos mundos experimentan sus particulares desesperaciones. Por tal razón, paralela a la exploración metafísica de Andrés, Donoso traza la realidad material de Mario, René y Dora, personajes pobres y ajenos a la casa de los Ábalos, pero que entran en contacto con esta a través de Estela, quien sostiene un amorío con el primero de ellos.

Más que un contrapunto, Donoso establece aquí una acusada fricción entre los personajes e, indudablemente, el mérito del juego de disparidades que propone consiste en no romantizar a Mario y compañía, sino presentarlos con la justeza que corresponde a seres atrabiliarios, malhadados casi siempre a causa de su propia vileza y ofuscados, acaso más de lo necesario, por la fortuna de los otros.

La necesidad, el robo, los hijos, el lenguaje de la calle, los divertimentos de la gente pobre y todos los otros elementos que integran ese mundo sórdido y desconocido comparecen ante Andrés y, de alguna manera, constituyen una de las vías por las cuales tambalea su racionalidad. En efecto, el personaje sufre una doble humillación porque, primero, su gusto por Estela lo obliga a entrar en contacto con un sector que, pese a su miseria, se agita intensamente, esto es, posee la vitalidad que él añora; y, segundo, porque se persuade de que estar con ella implica, en su caso, hundirse en un fondo oscuro.

Además de esta confrontación, la novela esgrime otro núcleo: la locura. Desde el inicio, la casa de los Ábalos se dibuja como un ambiente que amenaza la cordura, pues, cuando la abuela Elisa escapa de su habitual marasmo, deja ver todo el rigor de su demencia: una mezcla de autocompasión, santidad, juicio moralista y presunción de nobleza.

Al respecto, la obra muestra una extraña tensión entre la impotencia de Andrés para aplacar la locura de la anciana y el creciente atractivo que esta genera en su interior. El personaje colige que “todo lo que se ha mantenido guardado –en su abuela-, al debilitarse la esclusa de la conciencia, llena su vida”; y ya que esta es una experiencia semejante a la suya, Andrés atraviesa un itinerario que va del desconcierto a la sumisión frente a la locura. La declaración de esto se encuentra en la pregunta: “¿Podría ser la locura la única manera de llegar a ver hondo en la verdad de las cosas?” Sin duda, un apunte que permite sostener que, en la obra, la locura se concibe como una herencia para defenderse de los espantos de la vida.

En esto, Donoso coincide con Lawrence, para quien "la vida siempre es un sueño o un frenesí en un lugar cerrado”. Con Coronación, la tesis se probaría por el hecho de estar ante un mundo de orden aparente, bajo el cual palpita el caos –la fuerza dionisíaca- y la broma de un dios, también loco, que ha creado a unos hombres capaces de advertir ese desorden, pero sin la menor posibilidad de corregirlo.

DONOSO, J. (1988) Coronación. Barcelona: Seix Barral.
CIENFUEGOS, G. (1991) El desayuno.
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Aunque Cicerón no hizo parte de la conjura que llevó a la muerte de Julio César, sí defendió a los implicados en varias instancias políticas, gesto que le valió la enemistad de Marco Antonio y el exilio en el que escribiría su última obra filosófica: De Officiis –Sobre los deberes- (44 a.e.c.).

Según acostumbraba, Cicerón recurrió a fuentes estoicas para confeccionar este tratado, particularmente a las de Panecio –quien es glosado en numerosos pasajes- y Posidonio; pero, así mismo, a tesis provenientes del aristotelismo. La obra, por otra parte, fue dedicada a su hijo Marco, de quien se sabe por el testimonio de Séneca, que desatendió el llamado de su padre a la rectitud, llegando a deshonrar su nombre.

En términos generales, el tratado versa sobre la honestidad –honestas, κᾶλον- como virtud cardinal y los modos en que esta se expresa en los deberes particulares de la sabiduría (en el plano teórico) y de la justicia, fortaleza y templanza (en el práctico). Para dar cuenta de ello, Cicerón dedica toda la primera parte de su trabajo a la descripción de estos deberes; después, se ocupa de su utilidad en la vida cotidiana; y, finalmente, desmiente las aparentes contradicciones entre lo honesto y lo útil.

Las consideraciones sobre la sabiduría son las menos prolijas en el libro, debido a que el interés de Cicerón es, ante todo, la consecución de un hábito –ἦθος, mos-. De hecho, plantea que toda teoría concerniente a la sabiduría habría de reducirse a resolver la pregunta: ¿cómo tomar determinaciones sobre las cosas honestas? Y, en buena medida, la respuesta la provee él mismo al exhortar, por un lado, a no dar por conocido lo que se ignora y, por otro, a evitar el celo desmedido por cuestiones innecesarias.

En cuanto a la justicia, el abordaje de Cicerón es predominantemente político, pues la define como la especie de lo honesto que mantiene unida la sociedad. Así, la injusticia se advertiría tanto en quien injuria, como en el que, descuidando su obligación de amparar, no defiende al injuriado. Detrás de esta formulación se rastrea a Terencio –“Nada que sea propio de los hombres nos es ajeno”- e, incluso, a Horacio –Tua res agitur paries cum proximus ardet-, con quienes Cicerón coincide al fundamentar la justicia en la fidelidad a las promesas, la conducción sabia de la benignidad, la distinción público-privado y la elusión de la venganza.

El estudio de la fortaleza, posteriormente, lo desarrolla Cicerón a partir de una línea negativa (el desprecio de las cosas externas si estas no son honrosas, v. gr., el dinero o la fama) y otra positiva (la observancia de lo grande y útil, aunque esto revista dificultad). En este aspecto, la obra sigue el estoicismo tradicional, si bien dicho engarce se rompe cuando Cicerón se inclina, no hacia la vida tranquila del retiro y el cuidado de bienes pequeños, sino hacia lo más provechoso para el género humano. Tan convencido está de ello que asegura que quienes desprecian cargos públicos o militares para favorecer su ascetismo, deberían ser vituperados, ya que virtudes como la dirección de la razón, la disciplina del cuerpo o el sosiego ante la inestabilidad de la fortuna solo revelan su verdadera magnitud en el rol de ciudadano –cīvitātis-.

Cerrando su revisión de los deberes, Cicerón medita acerca de la templanza. Al respecto, distingue cuatro formas en que se manifiesta la condición del hombre –lo que es por Naturaleza (un ser racional), lo que tiene de persona (su carácter), lo que hacen de él las circunstancias y lo que llega a ser por voluntad-. Su esquema es fértil para estudiar cómo evadir la sedición de las pasiones, pero, sobre todo, para subrayar que, a diferencia del estoicismo arquetípico, Cicerón promueve una filosofía que no pretende experimentar lo que pertenece a temperamentos ajenos, sino privilegiar la actuación conforme a la propia personalidad.

Ya que, según Cicerón, la Naturaleza nos ha puesto en el mundo para la austeridad y las graves ocupaciones, aquí aparece de nuevo la inveterada búsqueda de adecuar las acciones a la moral, seguir la ley natural y pensar reiteradamente el género de vida que tenemos y el modo en que este es congruente o no con una visión armónica del mundo. En este sentido, su disertación encara las doctrinas del orco rerum y el oportunitas temporum, entendiendo que la virtud descansa en la conformidad con el orden y el tiempo en el que las cosas deben darse.

Como antes se indicó, la segunda parte del libro la emplea Cicerón para investigar el tema de la utilidad. En su opinión, de las cosas dispuestas para la conservación humana (sean estas animadas o no) jamás podrá aseverarse algo eo ipso. En consecuencia, que estas sean útiles dependerá de la sabiduría desde la que nos relacionemos con ellas para no turbar la paz del alma, perder los límites de la moderación o romper la conciliación social a la que estamos abocados.

Cicerón hace hincapié en el nexo entre política y utilidad, alertando con numerosos ejemplos sobre el peligro de confundir la justicia con la crueldad, regocijarse con los aduladores y arruinarse malinterpretando la benevolencia. En él, hay un tono continuamente  reprobatorio de los vicios que encarnaron los gobernantes de su época, a saber: anteponer los espectáculos a las obras, expropiar los bienes privados o justificar la rapiña tras las victorias bélicas.

Sobre los deberes concluye con la discusión en torno al dilema entre lo honesto y lo útil. Para Cicerón es vergonzosa la simple insinuación de que haya acciones honestas que no sean útiles o acciones útiles que no sean honestas; en todo caso, analiza varias de ellas con el objetivo de refutarlas. Sin duda, la de mayor interés, dada su vigencia, corresponde a la del asesinato del tirano. Cicerón califica este acto de útil y no deshonroso en la medida en que las acciones terribles del tirano declaran de facto su salida del derecho social y, por tanto, nadie habría de sentirse compelido por alguna clase de deber frente a él.

En suma, el tratado de Cicerón constituye una de las mayores obras del estoicismo político y esto justifica su positiva recepción histórica. Voltaire mismo afirmaba del libro: “Jamás podrá escribirse algo más sabio, ni más verdadero, ni más útil”. Su puesta en marcha, empero, es siempre un asunto más complicado y da ocasión a preguntarse, recuperando la vieja metáfora de Giges, si actuaríamos con corrección y honor si tuviésemos la absoluta certeza de que un poder superior ocultará para siempre a los demás la verdad de nuestros actos.

CICERÓN (2008) Sobre los deberes. Madrid: Alianza.
WATERHOUSE, J. W. (1883) The Favourites of the Emperor Honorius.
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