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La Pasión Inútil

Timeo Hominem Unius Libri

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Opiniones de un payaso (1963) es una de las obras más conocidas de Heinrich Böll e, indudablemente, en ella resuena la apreciación que del conjunto de su obra hicieron los jueces que le concedieron al autor el Premio Nobel: “Una escritura que, mediante la combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una sensible habilidad en la caracterización, contribuye a la renovación de la literatura alemana”.

La novela, en efecto, aunque concentra parte de su narración en seguir los pormenores del regreso a Bonn de Hans Schnier, un payaso condenado a la decadencia artística, se alimenta también de numerosos raccontos que facilitan distinguir, tanto los motivos que condujeron a la crisis personal de Schnier como toda una serie de asuntos relacionados con la Alemania de su tiempo.

Böll alcanza así, por un lado, una “sensible caracterización” del hundimiento, especialmente en el modo como perfila la soledad de Schnier con todos sus tormentos y figuraciones; pero, además, captura la imagen más general de su época a través del abordaje de problemas que le son medulares como la guerra, el nazismo y la religión.

La familia constituye, dentro de la obra, uno de los espacios de convergencia que se dan entre estas dos líneas, toda vez que el relato de Schnier permite ver retrospectivamente los engaños, las diferencias y las imposiciones que se tejen en la intimidad del hogar y, al mismo tiempo, descubrir que a ellas subyacen las afinidades o desencuentros que se generan a raíz de los discursos sociopolíticos de entonces. La hermana de Schnier –Henriette–, por ejemplo, ha desaparecido en Leverkusen tras unirse a las juventudes hitlerianas; Leo, su hermano, se ha entregado bien pronto a la vida monacal; la madre del protagonista es una simpatizante del nazismo; y, finalmente, su padre, parece embebido enteramente por el discurso del progreso y la falsedad moral.

Otro de los centros sobre los que descansa la novela es la guerra. Si bien es cierto que esta prescinde de las descripciones directas, sí se detiene a explorar la transigencia que muchos alemanes mostraron durante el conflicto, cómo sus inclinaciones permitieron el cultivo de las ideologías y, por supuesto, la manera en que se preservan los sesgos radicales muchos años después.

Ahora bien, más que la familia y la guerra, aquello que con mayor frecuencia utiliza Böll para dibujar su época y las sensibilidades que esta desprende es la figura de Marie Züpfner, aquella mujer católica con la que Schnier sostiene una compleja relación amorosa que inicia cuando ambos aún son adolescentes y termina en el momento en el que la presión del círculo al que ella pertenece consigue que lo abandone.

El libro reconstruye la historia de Marie y Hans contrastando sus impases –el ateísmo del protagonista, los continuos abortos, los apuros económicos– con los más nobles sentimientos de amor que existen entre ellos. Esto permite que en el lector vaya ganando fuerza el presentimiento de que, a pesar de las dificultades con las que tropieza, esa relación podría mantenerse si se encauzara por los terrenos de la naturaleza y no se dejara imponer los dogmas con que los amigos católicos de Marie la amurallan.

Opiniones de un payaso elabora una crítica feroz a este respecto, pues señala cómo la monogamia de Schnier y Marie, su sinceridad y ternura en el amor, no son suficientes para aquellos instigadores –Fredebeul, Kinkel, Sommerwild– que solapan en su aparente bondad toda clase de defectos: hipocresía, hermetismo, manipulación, perjurio, inflexibilidad.

Si, dentro de las copiosas impresiones que comparte Schnier, las más dolorosas son las que tienen que ver con Marie, se debe justamente a que la ausencia de ella se traduce para él en la pérdida del más importante punto de apoyo, el advenimiento del horror vacui, la rabia de saberse robado y la certeza de vivir sobrevolando los fantasmas que ahora se ciernen sobre las cosas.

En buena medida este desmoronamiento es el que precipita, posteriormente, el desplome artístico con el que abre la novela. La vida después de Marie convierte a Schnier en un payaso mecánico, empobrecido, que extravía cada vez más los límites entre la actuación y la realidad. La impresión suya ante el espejo o sobre las tablas del escenario se torna monstruosa y los argumentos de los números que representa constituyen ya indicios de ello: un hombre que confunde la llegada con la partida, otro más que abre puertas con una llave que está derritiéndose.

Acaso pueda hablarse de algún tipo de condición de dependencia o quizá simplemente resulta arduo concebir la vida por fuera del amor. De lo que no cabe duda es de que ninguno de esos movimientos que emprende Schnier para disciplinarse y mitigar su dolor parecen exitosos. Su caso es el de una caída en picada, con todo lo triste y ridículo que esto tiene: el rechazo de quienes podrían socorrerlo, el decaimiento corporal, la imposibilidad del reposo, la agresividad, la lucha contra la renuncia y ese acto aun más irrisorio de la autocompasión.

Por supuesto, Böll consigue que su personaje sea algo así como una metáfora del hombre cotidiano: ese mismo que transita por las calles replicado, acosado por las deudas, sin acabar de entender nunca las razones de esta cosa o la otra, pero incapaz de limitarse; lleno de resentimientos y siempre jugando el papel de las circunstancias hasta encontrar entre tantas máscaras alguna redención.

Hans Schnier es la imagen del hombre que "colecciona momentos" y, más tarde, ya no puede desprenderse de ellos, puesto que se han arraigado en el interior; quedan allí rehaciéndose infinitamente en esa fórmula ritual que es el recuerdo. Parece ser que esta es la zona en la que payaso y hombre desvisten sus diferencias para lucir un solo traje y, por ello, tiene tanto valor la sentencia que Schnier se atreve a confesarse cierto día: “Nunca conseguí representar lo humano sin caer en una espantosa ramplonería”.

BÖLL, H. (1968) Opiniones de un payaso. Barcelona: Círculo de Lectores.
HOPPER, E. (1914) Soir Bleu.
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La censura que prohibió por más de treinta años en Inglaterra la publicación de El amante de Lady Chatterley (1928) resulta, por lo menos, sorprendente si se considera que no hay en esta novela un lenguaje que pudiera parecer particularmente escandoloso a una sociedad que tenía desde dos siglos atrás un antecedente como Fanny Hill, obra que constituye el verdadero epítome de la obscenidad en el marco de las letras inglesas.

Pareciera, por tanto, que la clave para entender la prohibición descansara, más que en la exacerbación de lo sexual, en el modo en que Lawrence, valiéndose de ella, ataca dos discursos que Inglaterra viene defendiendo a ultranza desde hace tiempo, a saber: la industrialización y el racionalismo. La crítica sería rigurosamente puntual: fiat veritas, pereat vita, todo impulso vital, todo llamado a la vida –como el sexual– sucumbe ante el rampante empuje del utilitarismo.

En otras palabras, lo que condenaron los autores de la censura no fue, en realidad, el revuelo moral que pudiese traer la novela, sino la reprobación ideológica y política que esta moviliza. Leída desde esta perspectiva, ciertamente la novela establece tres blancos de juicio: la guerra que incapacita al hombre para hacer aquello que por naturaleza haría, el progreso que quiebra el ritmo y color del paisaje y, por último, el dinero que cultiva el valor de la superficialidad. A todas estas críticas subyace la misma reivindicación de la naturaleza que Lawrence sitúa en el terreno de lo sexual y cuya dificultad lo lleva a decir ya en la primera línea de la novela: “Nuestra época es fundamentalmente trágica”.

Podrían hallarse dos referentes de la ideología enjuiciada por Lawrence en sir Clifford Chatterley y en el proceso de industrialización de las Midlands inglesas. El primero es un personaje meditabundo, mezcla de aristócrata y burgués que, desde la presunción de su rol, no cree en la igualdad humana; además, debido a la paraplejia que le produjo una herida de guerra, ha mudado toda su anterior jovialidad por la simple proyección intelectual de la escritura y de sus investigaciones sobre minería, radio o maquinarias.

Dicha racionalidad es la base de su comprensión del mundo. Para Clifford, el matrimonio evita la vulgarización de las emociones, pues la costumbre que le es inherente pesa más que las excitaciones que caracterizan la vida de los solteros. Por supuesto, sería inexacto afirmar que Clifford es intransigente al respecto; es solo que, estando imposibilitado para una sexualidad normal, apela recurrentemente a la tesis, según la cual, la base del matrimonio es un plan superior e integral que no requiere para sostenerse del drama de lo sexual que, para él, no es otra cosa que un intercambio transitorio de sensaciones.

El otro sentido desde el que Lawrence explora la disolución de lo natural radica en la mecanización del paisaje. Clifford vive con su esposa en una región –las Midlands– cuya soledad ha sido rota por el ruido de las máquinas, que ha abandonado su ritmo para entregarse al afán operativo y que ya no sabe de mudanzas, sino de la falsa persistencia del metal y el plástico.

Esa nueva raza de hombres que crece en las Midlands está completamente muerta para la espontaneidad y reproduce el discurso impersonal de la industrialización que se asentó sobre la Inglaterra rural. Esta imagen es justamente la que se le revela a Constance Chatterley en sus paseos por el campo: la inevitable pérdida de lo orgánico, la humanidad arrebatada a quienes ahora tienen cuerpos de hojalata, domesticados y sin impulsos distintos al trabajo.

Lawrence dibuja, de esta forma, cómo se pone en marcha la ideología del progreso racional y material, tanto al interior de la familia como en un ámbito social más amplio. Desde luego, esta tensión es también la que provoca la progresiva ansiedad de Lady Chatterley, mezcla de compasión hacia su esposo y del deseo inaplazable, para ella, de dar rienda suelta a su cuerpo. Poco a poco, se desvela a sus ojos que, en una realidad como la suya, la única denostada es la vida y, en consecuencia, se rebelará frente al encierro del hogar, frente a las palabras que se interponen entre ella y el sexo, y frente a las sujeciones que por todas partes quieren mantenerla alejada de su instinto.

Si El amante de Lady Chatterley suele describirse como una novela de profundísima penetración psicológica es, precisamente, porque ahonda en los motivos y frustraciones que explican ese paso del retraimiento a la soltura, de la cautela a la osadía del romance. Lawrence no desestima, en este sentido, la importancia de ofrecer al lector la formación temprana de la protagonista –primordialmente estética–, la libertad moral de su padre y hermana y, así mismo, el temperamento fuerte e indómito de Oliver Mellors, el guardabosques que, a la postre, se convertirá en su amante.

Toda la segunda parte de la obra brinda la contracara a la domesticación que conlleva el progreso. Lawrence expone allí, a través de los encuentros entre Constance y Oliver, la vida en el interior de la vida, los lances de esa “impertinencia” que es el cuerpo, el arrobamiento del contacto físico, la reactivación del vínculo que se pone en paréntesis cuando se prefiere la máquina, la razón e, incluso, la palabra. Lo natural no es la desconexión, sino el cuerpo que expresa su ser en la sexualidad: la sensación del útero, el temblor de los labios, los muslos cruzándose, el roce en la espalda o el vientre.

Debe subrayarse que esta especie de fisiología que reactiva la naturaleza no se restringe a la experiencia personal de los protagonistas. Lady Chatterley reduce la brecha entre lo individual y lo colectivo, de suerte que su reivindicación se convierte en algo así como una proclama: las masas, en su opinión, deben ser paganas de nuevo, entregarse a las orgías de Pan con las que los griegos celebraban la fertilidad. Solo una exaltación semejante puede reanimar esa humanidad que ha quedado encallada en la figura del uróboros, la serpiente que se traga a sí misma.

Atendiendo a esto, el mayor simbolismo de la novela indudablemente descansa en esa defensa, ya sin palabras, que hace Constance Chatterley cuando, lejos de la casa en la que su marido la espera, lejos también del barullo de la industria, se lanza desnuda al bosque bajo una lluvia torrencial, y abriendo los brazos, danzando como lo hacían las Ménades, golpeando sus caderas brillantes, levantándose e inclinándose, convoca al hombre que la mira a distancia hasta que, finalmente, él admite ser parte de esta especie de homenaje y salvaje sumisión.

LAWRENCE, D. H. (2016) El amante de Lady Chatterley. Madrid: Sexto Piso.
RAMSAY, H. (1901) Nude Reclining.
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Una conocida frase de Hamsun indica que los hombres llaman providencia a aquello que consideran bueno, mientras califican de destino a lo que se les presenta como malo. Se trata, con todo, de una escisión apenas aparente si nos fijamos en cómo el autor nos remite en su novela Bendición de la tierra (1917) a la relación que el hombre establece con la naturaleza.

La obra inicia con un hombre llamado Isak, quien, después de un largo peregrinaje, encuentra un lugar donde establecerse. La escena reproduce, así, el paso de la errancia al asentamiento y, con esto, al surgimiento del vínculo con el suelo. Isak es un personaje meditabundo y supersticioso que ha abierto un camino hasta allí, el sendero que atraviesa ciénagas y bosques; pero, desde ahora, es también el que ha dejado atrás las moradas para poseer un hogar.

A partir de dicho punto la novela no es más que la historia del modo en que ese establecimiento se convierte en providencia y destino. En efecto, Isak no es un asceta que aspire a la comunión con la naturaleza, a vivir in puris naturabilis; tampoco es alguien que se arredre ante la dureza del campo. Él es, más bien, un hombre pletórico que lleva en sí la voluntad de cambio, de adaptación e, incluso, de imposición a lo que existe.

Ahora bien, si en Bendición de la tierra esos principios –providencia y destino– no resultan excluyentes obedece a que Hamsun prescinde por completo de la romantización bucólica. Aunque la obra rechaza en muchos sentidos la técnica, al mismo tiempo defiende cierta idea de progreso evidente en la ampliación y preparación de los terrenos, el uso de los animales o la apropiación de las máquinas. Complementariamente, tampoco hay una idealización en detrimento de la ciudad, pues el campesino alcanza la gracia del campo, solo después de arrostrar todos los males que este tiene: la mudanza, la sequía, la hostilidad.

Es verdad que Hamsun adjudica a su personaje una visión religiosa de lo rural. Declara, explícitamente, que es posible que dios se le hubiese revelado a Isak una noche y, además, ese dios continúa mostrándosele en la nieve, las montañas o el día de descanso. De este modo, hay siempre milagros oficiándose, un fuego divino que consagra el silencio y permite la asunción de una certeza: divina natura dedit agros.

No obstante, la misma novela añade que Isak labra “las tierras dejadas de la mano de dios” y sentencia la imposibilidad de otear lo que se esconde debajo de la tierra. Por lo tanto, paralela a esa suerte de religiosidad, Hamsun elabora su noción de hombre-trabajador: un ser solitario, tosco y robusto, capaz de captar el inalterable sonido del cielo y comunicar lo bueno, a través de sus manos, al otro, a los animales y a la tierra misma.

De acuerdo con esto, puede asegurarse que el autor traza el nexo entre hombre y naturaleza, no valiéndose de una dirección idealista, sino acogiendo la idea de tradición. La siembra, por ejemplo, se concibe como una herencia que se remonta al pasado, un acto de devoción a la tierra porque esta entrega al hombre su pábulo, el bienestar de lo simple, la satisfacción que sucede a los esfuerzos más descomunales.

Y justamente esta comprensión es la que entra en pugna con aquella que no ve en la tierra más que propiedad. La novela critica esta perspectiva expresada en los discursos de la agrimensura, la escrituración y los litigios, vías por las que la conexión inmediata con la naturaleza, es decir, la implicación del hombre con el suelo que trabaja y que es su hogar y fundamento, se pierde. Esta caracterización, muy cercana a la polivalencia del vocablo Grund, formula un tipo especial de pertenencia a la tierra en la que se vive y, así mismo, de la que se vive; ese espacio que le es propio a Isak y que declarativamente él llama Sellanrå –lugar natural–.

La tensión entre pertenencia y propiedad se amplifica en Bendición de la tierra hasta elaborar la oposición campo-ciudad. Personajes como la esposa de Isak –Inger–, su hijo –Eleseus– o Barbro, se convierten en portavoces de un lenguaje antinatural que se superpone, a veces, sobre la vida del campo y que se manifiesta en el refinamiento, la ligereza, el individualismo y la exacerbación del dinero.

Hamsun mantiene al respecto una postura radical: sucumbir ante lo citadino es trastornarse, romper las raíces míticas. La ciudad es el espacio del esnob, del gasto a espuertas, del ocultamiento, de la caída en las trampas tendidas por “judíos y yanquis”. De manera que la obra sugiere un estar más allá de esto y cultivar una sabiduría que no reposa en los libros, sino en la apertura vital al fuego, la bestia, la siega o el pedernal.

Por supuesto, la técnica no es restrictiva de la ciudad. Hamsun rastrea también su irrupción en el campo mismo, ocupándose de asuntos como el telégrafo, las minas, la migración o el comercio. De cualquier forma, la novela cuestiona aquí otra vez ese desarrollo como nocivo: una intransigencia que consiste en la negación de adecuarse al ritmo de la vida, obstinándose en ir más rápido que esta o en introducírsele a destiempo como una cuña.

Pese a todo, como se indicó, Hamsun evita concienzudamente la romantización. La existencia en el campo es dura, reacia a la manifestación de los afectos y violenta. Acaso, por esto, el autor describa con marcado tremendismo las faenas, los conflictos, los abortos, las relaciones familiares y las persecuciones de las que son blanco las mujeres, en nombre de las cuales Hamsun escribe varias páginas que siguen la ruta abierta décadas atrás por un compatriota suyo en Casa de muñecas.

Bendición de la tierra es, en definitiva, el relato de cómo un suelo yermo rompe su letargo y vive; una contemplación sin artificios de las antiguas montañas noruegas y del hombre que se enraiza con ellas; el canto a una naturaleza que nos pertenece fuera de toda mezquindad; la odisea de un campesino de novecientos años que mantiene con sus manos la vida y que, por este prodigio, es “un resucitado del pasado que señala el futuro”.

HAMSUN, K. (2007) Bendición de la tierra. Barcelona: Bruguera.
GOGH, V. van (1883) Bauer, Unkraut verbrennend.
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En una entrevista fechada un año después de publicar su primera novela, Coronación (1957), José Donoso confesaba que, a pesar de haberse trasladado para escribirla al ambiente propiciador de Isla Negra y de recibir buenos comentarios sobre sus versiones preliminares, no dejó de rehacer la obra por lo menos quince veces antes de sentirse conforme con ella.

Quizá por esto, la novela fue celebrada por la crítica y, vista hoy, prefigura dos de los rasgos que tendría la narrativa posterior de Donoso: por un lado, el contraste espacial entre el interior –la casa como escenario de acciones- y el exterior –la calle, la ciudad que rumorea-; por otro, el permanente viraje hacia el pasado: esa casi manía de recuperar o reconstruir una época perdida en el tiempo.

De este modo, Coronación, como –más tarde- Este domingo o El obsceno pájaro de la noche, es una novela que se despliega en varios niveles. Puede leerse como relato que refiere la decadencia de una familia connotada, los Ábalos, de la que apenas sobreviven la anciana Elisa y su nieto Andrés, ambos abocados al delirio retrospectivo; o como un retrato que compara, en términos vitales, la suntuosidad de la casa de los Ábalos con la situación de pobreza que pulula afuera.

La primera línea de lectura se indica en la casa misma. Es claro que se trata de una residencia enorme, pero de aspecto “cadavérico” y plagada de objetos caducos, de un lujo más que expirado. Por esta razón, quienes la habitan –misiá Elisa y sus tres empleadas: Lourdes, Rosario y Estela- viven rodeadas de recuerdos y se remontan una y otra vez al mundo que existió antes allí y que solo se reactiva ilusoriamente cuando reciben visitas por el santo o el cumpleaños de la anciana.

En todo caso, el declive de la familia Ábalos no es estrictamente material. La novela atestigua, sobre todo, el derrumbe de sus ideales. Andrés, por ejemplo, es un soltero cincuentón que se dedica a leer libros y coleccionar bastones; un hombre que, hasta entonces, gracias a su holgura económica, ha dejado que todo fluya sin preocuparse, manteniéndose en el umbral de la acción y limitándose a soslayar la vida, a ver por el resquicio lo que les sucede a los demás.

Sin embargo, la cercana muerte de su abuela medra en su interior como ansiedad. Ella constituye el único lazo que lo une a la existencia, de suerte que la pregunta por lo que habrá después se torna acuciante. Este es uno de los sustratos existenciales de la novela, porque Donoso revela cómo donde se levantaba la seguridad –o, al menos, la aceptación muda que liberaba de todo compromiso- ahora habita la flaqueza y, en consecuencia, se requiere una fe para ir más allá del momento presente.

La crisis de Andrés Ábalos pertenece a la de “los seres que necesitan saber y no comprenden el porqué de las cosas”. De allí que la dificultad para hallar la fe que necesita radique en su arraigado escepticismo: en todo lo que existe intuye mecanismos de engaño que se le antojan inadmisibles. La mayor parte de la novela el personaje luce extraviado, inquieto y, únicamente en las postrimerías, aunque esto parezca más una patología, identifica en su amor hacia Estela –la joven que contrata para cuidar a su abuela- una posibilidad de redención.

Ahora bien, como se dijo, Coronación establece un puente entre las formas en que dos mundos experimentan sus particulares desesperaciones. Por tal razón, paralela a la exploración metafísica de Andrés, Donoso traza la realidad material de Mario, René y Dora, personajes pobres y ajenos a la casa de los Ábalos, pero que entran en contacto con esta a través de Estela, quien sostiene un amorío con el primero de ellos.

Más que un contrapunto, Donoso establece aquí una acusada fricción entre los personajes e, indudablemente, el mérito del juego de disparidades que propone consiste en no romantizar a Mario y compañía, sino presentarlos con la justeza que corresponde a seres atrabiliarios, malhadados casi siempre a causa de su propia vileza y ofuscados, acaso más de lo necesario, por la fortuna de los otros.

La necesidad, el robo, los hijos, el lenguaje de la calle, los divertimentos de la gente pobre y todos los otros elementos que integran ese mundo sórdido y desconocido comparecen ante Andrés y, de alguna manera, constituyen una de las vías por las cuales tambalea su racionalidad. En efecto, el personaje sufre una doble humillación porque, primero, su gusto por Estela lo obliga a entrar en contacto con un sector que, pese a su miseria, se agita intensamente, esto es, posee la vitalidad que él añora; y, segundo, porque se persuade de que estar con ella implica, en su caso, hundirse en un fondo oscuro.

Además de esta confrontación, la novela esgrime otro núcleo: la locura. Desde el inicio, la casa de los Ábalos se dibuja como un ambiente que amenaza la cordura, pues, cuando la abuela Elisa escapa de su habitual marasmo, deja ver todo el rigor de su demencia: una mezcla de autocompasión, santidad, juicio moralista y presunción de nobleza.

Al respecto, la obra muestra una extraña tensión entre la impotencia de Andrés para aplacar la locura de la anciana y el creciente atractivo que esta genera en su interior. El personaje colige que “todo lo que se ha mantenido guardado –en su abuela-, al debilitarse la esclusa de la conciencia, llena su vida”; y ya que esta es una experiencia semejante a la suya, Andrés atraviesa un itinerario que va del desconcierto a la sumisión frente a la locura. La declaración de esto se encuentra en la pregunta: “¿Podría ser la locura la única manera de llegar a ver hondo en la verdad de las cosas?” Sin duda, un apunte que permite sostener que, en la obra, la locura se concibe como una herencia para defenderse de los espantos de la vida.

En esto, Donoso coincide con Lawrence, para quien "la vida siempre es un sueño o un frenesí en un lugar cerrado”. Con Coronación, la tesis se probaría por el hecho de estar ante un mundo de orden aparente, bajo el cual palpita el caos –la fuerza dionisíaca- y la broma de un dios, también loco, que ha creado a unos hombres capaces de advertir ese desorden, pero sin la menor posibilidad de corregirlo.

DONOSO, J. (1988) Coronación. Barcelona: Seix Barral.
CIENFUEGOS, G. (1991) El desayuno.
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Mil grullas (1952) se ubica en un punto central de la trayectoria de Kawabata como escritor y, al igual que ocurre con otras obras suyas, a esta novela la anima el afán de sondear ese Japón ancestral que va desapareciendo por efecto de la occidentalización, pero que todavía es posible rastrear acentuando elementos históricos que favorezcan la regresión.

De este modo, tal como lo hace con el juego en El maestro de go o con la figura de la geisha en País de nieve, Kawabata recupera aquí otra forma de la tradición: la ceremonia del té. Es así que la novela presenta a Kikuji –el hijo de un experto en esta ceremonia-, quien, tras la muerte de su padre, conoce a dos de las amantes de este a través de encuentros en los que, no solo se oficia este ritual, sino que también se desata una misteriosa transferencia de deseos y culpas que, a la postre, vinculará fantasmagóricamente a todos los personajes.

Las páginas que dedica el autor para aproximarse a la ceremonia del té describen en tono delicado la silueta de los recipientes, su procedencia y los motivos representados en ellos. Con todo, la mayor fineza de Kawabata reposa en la manera en que atiende las cuestiones del movimiento, la atmósfera, la concentración y la solemnidad que son características del ritual y que, por expresarse a modo de flujo de conciencia, tienen una nitidez especial en lo que concierne a colores, sonidos, aromas o sensaciones.

Desde luego, aunque todas esas imágenes gozan de un altísimo valor per se, Kawabata las elabora empeñándose en exaltarlas como incongruentes frente a los objetos y valores europeos. En este sentido, la ceremonia del té funciona como un vértice de observación que, por un lado, indaga la historia de los recipientes que se utilizan en ella –algunos de los cuales superan los 400 años- y, por otro, añora el paisaje silencioso y lento que se vivió in illo tempore, cuando Japón se mantenía ajena al fragor y abarrotamiento de las ciudades.

La grandeza de la crítica a esa suerte de extranjerismo –que, por demás, puede rastrearse en otros autores como Tanizaki-, estriba en revelar el modo en que los recipientes rituales han labrado también un destino: estos han conocido sucesivas generaciones y llevan las marcas de un uso que indica sus travesías, su devenir. Dicho de otra manera, los tazones evocan a quienes antes se sirvieron de ellos, porque para Kawabata el objeto, no solo es memoria de sí mismo y de otros objetos, sino, además, de los hombres y mujeres que ya murieron, pero cuyas almas se reúnen aún en el ritual como recuerdos o fantasmas.

Esta idea de que la vida de un hombre es menos prolongada que la de las cosas permite a Kawabata sostener que el objeto constituye, en rigor, un puente de conexión entre los hombres. La novela, de hecho, se basa en una metáfora de transferencia, pues los tazones ceremoniales que Kikuji hereda de su padre y que llegan a él, a veces de las manos de sus amantes, van forjando una dinámica de homogeneización que consiste, básicamente, en que las identidades de padre e hijo se superponen hasta tal punto que terminan constituyendo una sola.

Son varias las vías por las que esa transferencia ocurre: en ocasiones es la pasión, otras, la nostalgia o el afecto. Lo cierto es que el escenario de la ceremonia conduce a los personajes a un mundo en el que los objetos hablan de lo que fue y de los que fueron, reactivándolo todo e instándolo a renacer en quienes ahora viven. Un desplazamiento que, como se dijo, diluye los límites y lleva a la indistinción entre padres e hijos.

Esta forma particular en la que Kawabata plantea el parentesco, inicialmente, parece algo aterrador, una especie de hechizo que amenaza el equilibrio de la propia identidad. Pero, poco a poco, los personajes van descubriendo en esto cierta embriaguez, quizá la fantasía de eternidad que palpita en ellos mismos, pues la ceremonia del té hace que los hijos vivan lo que vivieron sus padres y, de alguna manera, que estos puedan volver también a vivirlo a través de sus hijos. Hay, por decirlo así, una inversión de generaciones o, al menos, un trastrocamiento del orden: el adulto que rejuvenece en el hijo y el joven que envejece en el padre.

La compenetración filial es tan intensa en Mil grullas que los personajes no pueden restringir sus sentimientos; es decir, llegan, incluso, a sentir o, como mínimo, a intuir profundamente las cosas –por ejemplo, la belleza o la sensualidad- de forma semejante a como ya se habían vivido. Basta para probarlo ver que Fumiko –la hija de una de las amantes del padre de Kikuji- experimenta la misma tristeza de su madre cuando asiste a las ceremonias, o que el propio Kikuji desea con idéntica intensidad que la de su padre el cuerpo de la señora Ota.

En medio de esta equiparación, Kawabata despliega un contrapunto trágico: la transferencia del objeto, sumada a la herencia de lo sentido, desemboca en una responsabilidad demoledora. En el interior de los jóvenes –Kikuji y Fumiko- también germinan las culpas y remordimientos por aquello que hicieron sus padres y que, ahora, ellos viven como suyo. Casi se diría que ellos se enfrentan al problema sugerido por el poeta Accio: “El mismo padre sirve de sepulcro a los hijos”, solo que, a diferencia del pesimismo romano, la muerte y el nombre de los padres comporta para los personajes de Kawabata motivos de hondísimo respeto.

Desde esta perspectiva, los muertos están siempre activos en la novela, pero no se ven allí mancillados por el rencor, sino, antes bien, redimidos por la vida de sus descendientes. En otras palabras, más allá de las culpas heredadas, está la certidumbre creciente de que “los muertos no importunan a los vivos con consideraciones morales” y de que, aunque el recuerdo tienda a cosificar la presencia de quienes murieron, en realidad, a ellos nos ata, tanto un vínculo metafísico como una persistencia corporal, la cual tiene lugar en su encarnación en los otros: sus hijos. Y solo en ese sentido cabría comprender la formulación primordial del parentesco hecha por Kawabata: “El padre se hace conocer a través del hijo”.

Mil grullas es una novela lenta y poética que tiene la virtud de revelar que nos conocemos los unos a los otros de muchas e intrincadas maneras. Una de ellas consiste en el vínculo que abren los objetos que nos preceden y sucederán. Kawabata parece afirmar, por ello, que la vida se hace un poco más intensa mientras nosotros vivimos, pero esa misma existencia ya ha estado antes y estará después. Posiblemente sea esa la sabiduría que se esconde detrás del poema de Muneyuki que él mismo cita: “Por siempre verdes, los pinos, sin embargo, son más verdes en la primavera”.

KAWABATA, Y. (2003) Mil grullas. Buenos Aires: Emecé.
TOSHIKATA, M. (1896) 日本語: 「茶の湯日々草」より『道具しらへの圖』、木版画.
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Un muchacho de buen temple (1860) puede presentarse como una Bildungsroman que armoniza la intensa exaltación de la naturaleza propia de Bjørnstjerne Bjørnson con el didactismo que cabe aguardar de una novela anclada en los aprendizajes de un personaje, a todas luces, arquetípico del escandinavo como lo es Oeyvind Thoresen.

La novela no tiene mayores pretensiones estilísticas, pues, a pesar de acopiar distintas formas textuales (como relatos, poemas, cartas o canciones), su principal apuesta se juega a nivel temático: reflexionar en torno a la niñez como una experiencia que concita el anhelo de volver a ella o, en su defecto, el afán de alcanzar algo que reconcilie con su imagen.

Para lograr esto, Bjørnson traza la historia de Oeyvind, un niño que crece en una árida región de Noruega, en donde trabaja junto a sus padres y vive todas aquellas cosas que cimientan su formación inicial, es decir, el amor, la desigualdad o el deber. A pesar de su pobreza, el chico logra viajar a Cristianía con el ánimo de hacerse profesional y, tras descubrir allí una visión inédita del mundo, regresa a su tierra impelido por la doble voluntad de participar en su progreso y luchar por el amor, antes prohibido, de Marit.

Como se observa, la obra se divide en tres partes esenciales: la niñez, el viaje y el retorno. La primera elabora la idea de una radicalidad de la experiencia infantil, esto es, del modo en que los niños viven definitivamente cada acción. En este sentido, el autor recorre las decepciones que hacen suponer la continuidad indefinida del dolor, las motivaciones de una felicidad inconmensurable, la revelación fundamental de la palabra y, particularmente, la compenetración del hombre y la naturaleza.

Dichos aprendizajes los extrae Oeyvind de su propia vida o de la de otros, ya que la voz de los demás tiene para él la condición de “religión y esencia”. Esto valida las narraciones enmarcadas que Bjørnson incorpora –por ejemplo, la del maestro Baard- y que, por mantener el tono general de la obra, acentúan las vivencias personales, especialmente, la del desamor –“desde el momento en que amamos hemos perdido la alegría”- y la del menoscabo social –aquella inferioridad que la niñez dota inocentemente de valor-.

Desamor y desigualdad son precisamente los ejes problemáticos de la novela: Oeyvind Thoresen ha de superarlos, valiéndose, en primer lugar, de la educación ennoblecedora que recibe de su maestro de escuela y, más adelante, de su particular concepción del estudio, visto, no ya como un motivo de vanidad o despecho frente a las circunstancias, sino como el medio más idóneo para el progreso que lo hará digno a los ojos de todos. 

El viaje a Cristianía que da forma a toda la segunda parte de la novela le permite al personaje, efectivamente, resignificar la frustración del amor y la inferioridad social a través de un nuevo sentido de su acción. Encontrará en el conocimiento las fuerzas requeridas para no sucumbir ante el estatismo del campo y el auxilio de esa otra mirada que, invocando la solidez del progreso, Oeyvind pregonará, desde entonces, motu proprio.

No obstante, la transición de niño a adulto que se halla en la raíz de aquel viaje no agota su valor en la consecución de un título académico, el de agrónomo. Por el contrario, esta se amplía con una creciente apertura hacia la continencia religiosa, una suerte de fe que Oeyvind erige como fórmula para su vida: no apegarse o alejarse demasiado de las cosas, comprender que toda sabiduría proviene del dolor, distinguir convenientemente lo serio de lo cómico, etcétera.

Sin duda, estos dos elementos que la novela trabaja alternativamente no constituyen para el autor ninguna trivialidad. Bjørnson los enuncia prácticamente como núcleos del Volksgeist nórdico, sosteniendo que la ecuación del progreso equivale, en rigor, a sumar dios y labor; y, en las postrimerías de la historia, ratificará esta tesis subrayando que, en definitiva, lo que ha unido los grandes episodios de la vida de Oeyvind no ha sido más que “un caudal de fe y trabajo”.

De esta manera, cuando regresa al campo y, con ello, se da apertura al cierre de la obra, el personaje posee ya una mirada renovada que rompe la adustez del padre y su inclinación a no ambicionar e imaginar como único destino del pobre la reproducción de su estado. Oeyvind se enfrenta, así mismo, a la supuesta inmutabilidad de las clases, pues el progreso que ahora encarna lo dignifica como persona y le permite moverse socialmente de abajo a arriba.

Bjørnson ofrece aquí una particular comprensión de lo romántico, puesto que, no solo se opone a la tradicional concepción de los amores desgraciados –“el rubor debe dar paso al libre vivir”-, sino que el camino que progresivamente abre para consentir el vínculo entre Marit y Oeyvind, más que a recursos pasionales, obedece a la introducción de un discurso regularmente contrario a las valoraciones románticas, a saber: la razón del progreso. Dicho de otro modo, a diferencia de la Marit que se obceca con el deseo de volver a la niñez, época feliz en la que la inocencia mantuvo a raya los argumentos que luego se levantaron contra sus sentimientos, Oeyvind anuncia la necesidad de sobreponerse a esa añoranza y reconfortarse con la certeza de que la fe y el trabajo abren un nuevo espacio para el encuentro.

Con base en esto es posible afirmar que ambos personajes coinciden en la declaración firmemente romántica de Marit: “A mis ojos, el primer lugar lo ocupa el amor” (acaso reminiscencia de la famosa sentencia de Werther: “Y tienen derecho los sentimientos”), pero solo la férrea posición de Oeyvind evita que, en conjunto, se entreguen a lo trágico, a la nostalgia del pasado o al pesimismo de lo irrealizable y se sientan, en cambio, estimulados a luchar, en su caso puntual, contra las instancias sociales que los amenazan.

Por algún extraño motivo, el nombre original de la novela, En glad Gut, que se traduciría literalmente como Un joven feliz, se ha vertido al español como Un joven de buen temple. Aprovechando, en todo caso, ese capricho de traductor y el tenor heideggeriano que ese título evoca, podría aducirse, para cerrar, que Bjørnson procura ofrecer con su obra pistas sobre cómo es posible pulir el ánimo, el temple específico del amor por medio de una síntesis entre religión y progreso. Quizá esa sea la única manera de hacer realidad la difícil máxima latina verus amor, nullum novit haber modum –el verdadero amor no tiene límites-.

BJØRNSON, B. (1983) Un muchacho de buen temple. Barcelona: Orbis.
MILLET, J. F. (1859) L'Angélus.
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