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La Pasión Inútil

Timeo Hominem Unius Libri

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Cierta anécdota refiere que, hallándose en compañía de unos consumidores de hachís, Baudelaire escuchó decir al músico Auguste Barbereau: “No comprendo por qué el hombre se sirve de medios artificiales para llegar a la beatitud poética (…). Los grandes poetas, los filósofos, los profetas son seres que por el puro y libre ejercicio de la voluntad alcanzan un estado donde son a la vez causa y efecto, sujeto y objeto, magnetizador y sonámbulo”.

Baudelaire compartía dicha observación y, por ello, en los dos ensayos que componen Los paraísos artificiales (1860), muy a pesar de lo que cabría suponer de un poète maudit, analiza los “efectos misteriosos” del hachís y el opio, pero, asimismo, expone los “inevitables castigos” que se desprenden de su uso y la inmoralidad implicada en la “persecución de ese falso ideal”.

Por supuesto, en su estudio no hay lugar para los casos de quienes buscan en las drogas una voluptuosidad rápida y grosera. Esa relación completamente material con el placer −que él califica de “locura ruidosa”- se halla en las antípodas de su interés. En cambio, le inquieta la experiencia de los individuos que consumen por impulso artístico, cifrando en este acto la asunción de una determinada gracia.

Baudelaire llama l'Idéal artificiel justamente al impulso que ha llevado a muchos artistas a buscar en el licor, los alucinógenos o los fármacos, los medios para librarse de su “habitáculo de fango”. Un anhelo acuciante si se piensa en toda la turbulencia del progreso material, en lo insoportable que suele presentarse la vida y, por supuesto, en esa proclividad casi congénita que, en palabras de Gautier, “arrastra a todo Occidente” hacia el vicio.

Los planteamientos de Baudelaire siguen siempre este contraste entre lo artificial y lo dado. Así, refiriéndose al hachís, señala que la individualidad permanece activa bajo sus efectos, pero esta se eleva a raíz de la rapidez e intensidad de las visiones; se multiplica como si se la pusiera frente a un espejo que progresivamente transforma la imagen real en una divinidad.

Con una prosa marcadamente poética, Baudelaire traza las fases de esa transfiguración: la hilaridad, ese estado ridículo y distorsionado; la vivacidad, con su amplia lucidez de sentidos y; finalmente, la aparición de aquel estado que los orientales denominan kief, esto es, la calma, el sosiego, aquella disolución de los vínculos entre materia y espíritu −de la que hablara también Gautier-.

En su ensayo sobre el opio, Baudelaire reproduce este tratamiento. En él, mientras traduce y comenta las Confesiones de Thomas de Quincey, señala que el encanto del opio radica en su poder para aplacar lo agitado, para espiritualizar las experiencias por medio de una contemplación que se ve favorecida por la soledad y el silencio.

El opio produce una revelación total de lo vivido: la niñez, la enfermedad, el sueño. “Todo el inmenso y complicado palimpsesto de la memoria se despliega de una sola vez, con todas sus capas superpuestas de sentimientos difuntos, misteriosamente embalsamados en lo que llamamos olvido”. Una idealización todavía más increíble debido a la forma en la que esta planta perturba la noción del tiempo.

Sobre todos estos dones se cierne lo condenable y, por eso, aunque Baudelaire se embelesa con su descripción, concluye alertando acerca de los “temibles encantamientos”. Se trata de algo semejante a lo que hizo en La habitación doble, poema en el que, apropiándose también de la idea de contracara, afirma que la piedad del láudano es “fecunda en caricias y traiciones”.

Por este motivo, al final de cada ensayo, Baudelaire enumera sus invectivas. En el caso del hachís, muestra cómo enturbia el equilibrio entre el cuerpo y el goce, cómo estimula la refracción de la moral y, sobre todo, cómo engaña al artista convenciéndolo de que le desvela secretos que no llegaría a conocer de otra manera. La increpación allí es particularmente aguda, porque Baudelaire no olvida que toda voluntad creadora se extingue cuando el artista ya “no es capaz de pensar sin el veneno”.

El libro enarbola, así mismo, acusaciones contra el opio, incluso, en los casos en que este pretende usarse con fines curativos. Por ello, tras enlistar los daños fisiológicos que trae el consumo, advierte sobre aquella lobreguez que entorpece la acción y hace notar que tras las yuxtaposiciones que desencadena el opio se esconde una terrible fantasmagoría: los designios de la Mater Lachrymarum, la Mater Suspiriorum y la Mater Tenebrarum.

En un escrito anterior, titulado Del vino y el hachís, Baudelaire contrapuso el vino a esos reductos a través de los cuales el hombre pretende crear sus propios paraísos. El licor se le antoja a Baudelaire más humano, más cercano al individuo en sus virtudes y crímenes; tan poético como las drogas, pero menos excesivo; siempre consolador, fructífero y social: un acicate para el pueblo que trabaja y merece beberlo.

Los paraísos artificiales exhibe, pues, un claroscuro. Como ocurre en su poesía, hay aquí un Baudelaire que disfruta acercándose al abismo, tentándose a sí mismo, reconociendo el extravío, dibujando una a una las imágenes que suelen verse en los teatros de Seraphin, tan próximas a las alucinaciones del opio; pero, después, como si despertase de un rapto, de un sueño incongruente, da un salto enérgico hacia atrás y se horroriza ante el espíritu pérfido que habita en todo aquello.

BAUDELAIRE, C. (2013) Los paraísos artificiales. Madrid: Valdemar.
TENIERS, D. (1640) Smokers in a Tavern.
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La obra ensayística de Günter Grass empalma de tal modo con esa “conjura del pasado” que da forma a su literatura que es posible sostener que a la narración hecha de los avatares propios del siglo XX (la guerra, las revoluciones, los totalitarismos) el autor sumó siempre, con sus ensayos y artículos, un corolario crítico-argumentativo.

Debido a que Grass fue enrolado en las juventudes hitlerianas con apenas 15 años, el choque con su siglo fue temprano y personal. Para él, la guerra y sus derivaciones no fueron nunca asuntos zanjados, de suerte que su escritura esté atravesada por un fantasma: el anhelo de reivindicar el derecho al pasado y de esclarecer frente a este las culpas y expiaciones.

Esta condición es comprensible porque Grass vivió la experiencia de la guerra y, después, como alemán, la larga maduración que hizo su país sobre lo ocurrido: la negación inicial basada en la inocencia, en el creerse víctima de un engaño; el periodo de justificación que atribuyó el genocidio al sector dirigente y; por último, el progresivo arribo del olvido mediante “la desfiguración de aquello que pudiera resucitar el pasado”.

Esos discursos de absolución no calaron en Grass, quien, contrariamente, sostuvo que Alemania “planeó, ejecutó, toleró, negó y ocultó” todo lo que se encuentra encerrado en la palabra Auschwitz. Por tal razón, sus ensayos son, a la vez, una memoria de esa vergüenza y la denuncia del falso filosemitismo con el que muchos alemanes intentaron disfrazar lo sucedido. De hecho, Grass asevera que la excesiva atención que llegó a prestarse a las víctimas constituía una apelación in dubio pro reo que ocultó a los agresores, permitiéndoles escabullirse de su seria obligación de confrontamiento.

En este sentido, Günter Grass no advirtió ninguna liberación alemana tras los juicios de Núremberg. En sus artículos explora cómo sobre Alemania, durante la posguerra, se pronunció aún más la condena a la fragmentación, a vivir apresada por el temor ante sus propias posibilidades y a perder, incluso, la identidad geográfica por la división territorial que vivió el país entre 1949 y 1990.

Los ensayos de Grass revelan un tono igualmente crítico en sus consideraciones acerca de estas partes escindidas; sin embargo, en su opinión, la RDA cargó con el mayor peso histórico tras la guerra, pues, a diferencia de la bonanza que fue consolidándose en la RFA, las mismas arbitrariedades que tuvo la izquierda en otras partes de Europa, socavaron también las aspiraciones comunistas de la RDA, convirtiéndola en zona de pobreza y persecución.

Grass es un fuerte crítico de la izquierda radical: desvela el modo en el que esta reemplaza una dependencia por otra, la acusa de silenciar la multiplicidad y de falsear ideologías –en el caso soviético, por ejemplo, equiparando marxismo con leninismo-, reprueba su extremismo y el acoso a los escritores y, en fin, demuestra que sus mecanismos de censura son semejantes a los de la extrema derecha, a pesar de que en apariencia se trate de sistemas contrarios.

Aunque con cierta recurrencia Grass opone a todo esto la idea del individuo, es claro que su alternativa está lejos de corresponder a la del capitalismo privado. Sus señalamientos a la RFA se dirigen justamente en esa dirección: debe evitarse una democracia de base económica que hunda cada vez más a los pueblos pobres y, asimismo, las innumerables engañifas que se esconden en el mito del progreso y la técnica. Así como no hay una liberación en los sistemas de izquierda, tampoco puede hallarse esta en la sublimación del éxito, en la ilustración dogmática o en el desarrollo tecnológico que, según Grass, acaso solo conduzcan al autoexterminio, al advenimiento de un nuevo Auschwitz.

Precisamente por ello, en los ensayos que datan de la época de la reunificación, se hace evidente la inconformidad del autor con un proceso que se le antojaba dirigido esencialmente por criterios económicos: la subordinación ideológica que vivió durante décadas la RDA se convertía por aquel entonces en una sujeción de mercado, en pura explotación comercial. Toda la pomposidad con que se celebró la vuelta a una sola Alemania fue vista por Grass como simple “megalomanía”, un espectáculo que desatendió el problema esencial que seguía esperando sobre la mesa desde hacía varios años: el que los alemanes se vieran unos a otros como extraños.

Por supuesto, todas las reflexiones que hace Günter Grass sobre el aparataje social y político se mantienen ancladas a su labor de escritor; en primer lugar, porque fue a través de la literatura como Grass se acercó inicialmente a ese pasado que pugna por salir al encuentro del presente y el futuro, lo que él denominó Vergegenkunft y; en segundo término, porque, desde su perspectiva y, a pesar de todos los conflictos creativos, en todo escritor bulle la aspiración de “moldear la sociedad a partir de sus ficciones”.

Frente a la multiplicidad de rutas que asumieron los escritores alemanes en el siglo XX –el exilio, el enmudecimiento, la muerte-, Grass propone en sus ensayos la noción del escritor contemporáneo, el cual se encuentra en igual medida separado del criado de la revolución (dedicado a elaborar fachadas de ocultamiento) como del frívolo representante del arte por el arte.

Grass no ceja en su afán de defender una literatura libre, “no ajena a toda ley, sino obediente de las variables leyes de la poética o la narrativa”. Dicha literatura se apropiaría de los mitos fundacionales y lejos de la tentación de las barricadas o el esoterismo, se tornaría contemporánea al erigirse “contra el paso del tiempo” y dar voz a quienes están subsumidos en la historia como seres anónimos sin más propiedades que sus cobardías, angustias y noblezas.

En el Grass escritor aflora, por ello, la misma dificultad con que se tropieza al asumir la nación alemana: ambos son realidades condenadas a hurgar el pasado, a ponderarlo fatalmente. Como aquel Oskar Matzerath en El tambor de hojalata que no puede alejarse de las instantáneas de una época que le precede y que con su contundencia está a punto de estallar nuevamente ante sus ojos, Grass y Alemania son presencias que desean bautizar un tiempo cuya espiral los conduce siempre a ellos mismos.

GRASS, G. (1999) Artículos y opiniones. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
DIX, O. (1920) Kriegskrüppel.
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La inminencia de la Primera Guerra Mundial forzó a Thomas Mann a suspender su trabajo literario para encarar la tarea de reflexionar acerca del conflicto que se cernía sobre Europa. Así, entre 1914 y 1918, organizó los apuntes que luego se publicarían bajo el título Consideraciones de un apolítico y que llegarían a gozar de una recepción controvertida debido a la supuesta ambigüedad de sus ideas.

Aunque Mann consideró su libro como “una autoaclaración” solo polemizable en el terreno de su pensamiento, la noción de apolítico –unpolitischen- que se desarrolla en sus disquisiciones sugirió no pocas interpretaciones equívocas. Incluso hoy sigue sin esclarecerse con suficiencia que esa formulación surge de un constreñimiento según el cual se es político únicamente dentro de los límites de la democracia. En este sentido, la condición de apolítico implicaría para Mann, ante todo, la negativa de asumir un lenguaje ajeno al del espíritu alemán, por antonomasia conservador, antidemocrático e imperialista.

Entender esta postura obliga a fijar una distinción radical entre Alemania y el resto de Europa. Como pueblo, los alemanes han seguido un derrotero que no coincide, políticamente hablando, con el de la civilización occidental: su historia está fundada en una voluntad aristocrática y en un nacionalismo de sesgo imperial, elementos que discrepan con la postura europea que ve en la democracia y el estado-nación los fines últimos de lo político.

Por tal razón, lo que descubrió Mann en la guerra, más allá de sus motivaciones aparentes, fue el anhelo europeo de que Alemania dimitiera de su espíritu y se acoplara al discurso político común. En sus palabras, se trataba de “una guerra de la Civilización contra Alemania”: un ultimátum hecho a su pueblo para hacerlo desistir de aquel destino superior al que se siente abocado; una embestida para domeñar su orgullo y obligarlo a asumir la verdad de la igualdad, los derechos y el civismo.

Como acérrimo alemán, Mann defendió en sus Consideraciones el espíritu germano: ese eterno protestar que ha enriquecido su cultura, ese conservadurismo que sospecha de la política, ese nacionalismo que preserva los valores tradicionales. Y, así, en un doble movimiento de embate y defensa, abrió el panorama de la guerra, descubriendo los conflictos que como escritor, pensador y alemán lo convocaban.

Dos desenmascaramientos hizo inicialmente: el primero corresponde a lo que él denomina el literato de la civilización, esto es, el escritor –alemán o extranjero- que, comprometiéndose hasta la ceguera, convierte su obra en una trinchera desde la que aboga por la democracia, mientras recrimina y excluye todo arte que no responda a rótulos sociales. En segundo término, Mann denunció la vacuidad del humanismo, detrás del cual solo advertía la castración del individuo y la erradicación de lo necesario en favor de una puerilidad llamada progreso.

Por supuesto, el principal blanco de sus señalamientos fue la idea misma de democracia, que una y otra vez calificó de superficial e incompatible. La democracia es para Mann una forma de la decadencia: la maquinación que reduce la nobleza del gobierno a la fútil conformidad del voto; la indistinción que equipara enfermizamente lo sublime y lo mediocre. Esa invención la atribuía Mann directamente a Inglaterra y a Francia, subrayando que haría parte de sus mecanismos colonizadores: sucumbir a ella resultaría entonces equivalente a replicar una ideología enajenante.

Por otra parte, Mann, rescatando el germanismo de quienes él consideraba sus maestros –Nietzsche, Schopenhauer y Wagner-, destacó que la guerra no ponía en disputa exclusivamente asuntos territoriales o políticos, sino que, además, abría un escenario en el que se enfrentaba la cultura alemana contra los valores foráneos. Mann consideraba el espíritu de su pueblo profundamente masculino y, por ende, incompatible con la igualdad democrática que enseña la humillación del espíritu, la cesación de la fuerza y el silenciamiento de la alta expresión individual.

Muchas páginas de las Consideraciones están dedicadas a justificar la necesidad de aquella aristocracia –artística, científica, gubernamental- que, en opinión de Mann, buscan obstinadamente los alemanes. Si su pueblo es libre, lo es en el sentido de esa desigualdad que lo exhorta a medir permanentemente el propio poder y, de allí, según sea el caso, a dirigir con nobleza a los otros o a obedecerlos con la fidelidad de quien actúa persiguiendo la grandeza que emana de sus acciones.

Alemania no responde a los discursos sociales; aquel pueblo conoce demasiado bien la artificialidad de ese imperativo. En cambio, se identifica con una cultura que descansa, no solo en su oposición a las otras, sino en su propia tensión interna. “La nación alemana no puede tener un carácter a la manera de las otras naciones”, afirmaba Mann, porque este pueblo no está conformado por seres enajenados, igualados por decreto político, sino unidos en el seno de un espíritu que lleva sus contradicciones a la asunción de un espíritu superior que las trasciende.

Hay, como se ve, una actitud apologética a lo largo de las Consideraciones; y esa inclinación paralelamente arriba a determinadas conclusiones: la falaz equiparación de artista e intelectual, el valor del arte como preservador de posibilidades espirituales, la esterilidad de los principios políticos occidentales frente a la grandeza del pueblo alemán, entre otros.

En su época debió sorprender a muchos el no encontrar en Thomas Mann un pronunciamiento pacifista. De hecho, sus reflexiones vienen a justificar la guerra como fórmula para que Alemania no pierda su cultura frente a las embestidas extranjeras. A través de ella, se alcanza “un mejoramiento, un ennoblecimiento de lo humano”; de suerte que Mann llegase a escribir: “Quien venere, ame y afirme lo humano debe desear, ante todo, que permanezca completo; no querrá echar de menos entre sus variedades, la del guerrero, no querrá que los seres humanos se dividan en comerciantes y literatos, lo cual sería, por cierto, la democracia”.

De lo anteriormente expuesto se desprende la controversia que tuvo la postura de Mann. Con todo, derivar de sus planteamientos un aval a lo que vendría para su pueblo durante la época del nazismo constituiría un ex abrupto. De entrada, las Consideraciones de un apolítico no son, en rigor, una arenga bélica, sino, como se indicó, una suerte de autoesclarecimiento que este genio de la réplica esgrimió para ratificar lo que irónicamente dijera Voltaire (un francés) sobre su pueblo: “En el fondo de todo problema, siempre está un alemán”.

MANN, T. (2011) Consideraciones de un apolítico. Salamanca: Capitán Swing.
GROSZ, G. (1918) Gefährliche Straße.
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La famosa sentencia con la que Nietzsche describe a Heráclito –“entre hombres era imposible como hombre”- es pertinente también para aludir a Gottfried Benn, esa figura controvertida que fue rechazada con igual severidad por todos los sectores relevantes de su época: los nazis, los judíos, la izquierda, la iglesia, los demócratas, etcétera.

La raíz de esta incomodidad parece radicar en la exaltación obsesiva que hace Benn del individuo y de su compromiso exclusivo con el arte, pues se entiende que una posición semejante tienda a vaciar de sentido las pretensiones colectivas.

Para Benn, por ejemplo, el Nacionalsocialismo le permitió a Alemania acceder al derecho legítimo de darse una nueva vida, y esa “embriaguez de destino” lo alcanzó a él mismo en tanto ario; sin embargo, a la hora de calificar su participación en la Wehrmacht, Benn la considera incidental, sin filiaciones militantes o belicistas; reducida, en suma, a las funciones de previsión que pueden asignarse a un médico.

Toda crítica la despacha Benn así: la de Klaus Mann y Döblin en atención a su ambigüedad; la de los intelectuales sobre su rechazo a la civilización; la de los detractores acerca de su oportunismo; y todas las otras que se levantaron a propósito de su repudio hacia las religiones, los profetas y los colectivos. Su defensa siempre apela a la instauración de una individualidad acomodaticia, a un camuflaje entre  coyunturas que prescinde de cualquier convicción.

Lo que cabe entender por Doppelleben es justamente eso: “Un desdoblamiento consciente, sistemático y tendencioso de la personalidad” que rechaza las síntesis o referentes para declarar la independencia de lo que vive –el arte del artista o la obra de la vida-. Se trata de cultivar la certeza de que “lo que se vive es distinto de lo que se piensa” y, en consecuencia, lo que se piensa, al igual que todo lo demás, siempre se mueve dentro de espacios propios.

Esta posición se enuncia en los ensayos que componen Doble Vida apelando a diferentes fórmulas: una renovación que permite salir del racionalismo y el estancamiento civilizatorio; una convicción que recupera el valor del discurso personal, negándose al alivio de contar con los otros; o una disyuntiva entre lo particular y los discursos enajenantes.

En todo caso, en los momentos más brillantes del libro, el tono que usa Benn para presentar su perspectiva es solemne: “La historia del hombre acaba de iniciar ahora” –dice-, una historia, acaso con un pasado borroso y un futuro aún incierto, pero al fin humana e individual, porque adviene tras los estragos dejados por Nietzsche: el hundimiento de la religión, la moral y la política. Y porque se trata de una demanda individual, lo que está en juego es la expresión de ese carácter, esto es, un fenómeno estético; no en vano el mismo Nietzsche sentenció que el arte sería “la última actividad metafísica dentro del nihilismo europeo”.

La postura de Benn se vislumbra desde muy temprano en su obra: ya en el poemario Morgue (1912) y, más aún en las novelas del ciclo Rönne y Pameelen (1915-1917), se advierte una indagación profunda sobre la individualidad: ¿cómo descubrir el yo?, ¿cómo dar forma al interior?, ¿cómo soportar el vacío?, ¿cómo superar la psicología continua que burla lo real sintetizándolo?, ¿cómo romper la razón que une el yo y el hecho?

Como esto es así, es decir, dado que el germen del que brota lo individual y su canal de efusión son el arte, se comprende que en Doble Vida la declaración del individuo coincida con la de un manifiesto expresionista. En efecto, ese hombre anunciado por Benn arriba con su propio mundo de expresión: todo el desprecio que se exhibe en el libro hacia la razón –“basta ya de verdades”-, el deseo de taladrarla hasta que brote de ella la poesía, en el fondo, constituye una exhortación a que el hombre modele las formas, plasme las imágenes de aquella obra cuya expresión anule todo lo demás.

En concordancia con esto, Benn sostiene que la época de los héroes ha muerto y, en su lugar, se abre un nuevo tiempo para el cual ya no es fundamental lo pintado, sino la expresión de quien está pintando. Ese individuo que se define en el arte, que libra el combate con la palabra para darle su devenir, que ha borrado en sus imágenes los rastros del ello y del tú para ser fiel únicamente a su impulso; ese individuo se apropia de la voluntad creativa y él mismo se hace expresión.

Este manifiesto lleva a rechazar, no solo a los novelistas burgueses –esos “filisteos”, “segundones”-, sino, además, al componente racial del arte, a los vínculos sociales o religiosos del mismo –“dios es un mal principio estilístico- y a todos los llamados representantes de la cultura, empecinados en atribuir al arte un sentido distinto al que tiene per se. Frente a esto, Benn levanta su estética: solo el arte puede “arrebatarle la forma a la decadencia europea”, nada más que él puede vivir al margen de la agitación, alcanzando la expresión de lo que, de otra suerte, sería indefectiblemente estéril.

En un mundo como el que concibe Benn, ajeno a las filiaciones, sin lazos colectivos o raciales, el individuo juega al camuflaje mientras define en su fuero interno la voluntad creativa: nadie más que él moldea su vida y da forma a la experiencia, funda y acuña todo lo que existe a través de la expresión, sin dejarse arrastrar por la descomposición de las cosas, ni caer en las fisuras cada vez más grandes de la nada.

BENN, G. (2003) Doble vida. Valencia: Pre-Textos.
MAGGRITE, R. (1927) Le double secret.
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Un lector moderado no dudaría en calificar el Elogio de las sombras como ensayo. Sin embargo, este texto obedece más al carácter de un manifiesto y, en consecuencia, su lenguaje es especialmente declarativo: Tanizaki moviliza en él, tanto una crítica al exceso de claridad que predomina en Occidente, como una apología de la tradición oriental que concibe estéticamente las sombras.

El motivo del libro se encuentra en la fuerte occidentalización que atravesó Japón a inicios del siglo XX y, por supuesto, en la certeza personal de Tanizaki sobre la existencia de una sensibilidad asiática que no puede articularse con los valores derivados de otras culturas.

Lo que reprueba el autor al referirse a Occidente es la obstinación con la que se presenta la luz en todos los ámbitos de su cultura. La evolución que condujo del fuego a las sofisticadas lámparas eléctricas pone de manifiesto que esta civilización no ha “escatimado esfuerzos para ahuyentar el más mínimo atisbo de sombra”; un empeño que dejó de responder a necesidades prácticas para derivar en la indiscreción propia de los espacios, objetos y paisajes occidentales.

Sobra decir que lo que incomoda a Tanizaki, más que el gusto por la luz, es su incorporación en la cultura japonesa: Occidente arribó a esa estética por un camino natural, pero Oriente lo hizo a través de la emulación –cuando no, de la franca imposición-. Esto significa que la sensibilidad ancestral ha entrado en crisis y, para muchos japoneses, la comprensión del misterio de las sombras va convirtiéndose en un asunto lejano.

En las primeras páginas del texto, Tanizaki se pregunta si es posible estimar un poco más las costumbres y gustos japoneses, esto es, si bajo el evidente influjo occidental aún perviven rasgos que expongan la particularidad de la estética oriental, y lo que descubre es que esa distinción sigue activa en la dignidad y belleza que observa la tradición japonesa en las sombras.

Desde la antigüedad, Oriente se ha visto inclinado a poetizar –incluso, lo más sórdido-; para ello, se ha valido de una estética que armoniza los ambientes y objetos con el buen gusto y la naturaleza. Saber qué significa ese gusto y de dónde procede implica rastrear las manifestaciones en las que se cristaliza y, sobre todo, reconocer que su esencia se moviliza históricamente.

Lo que resulta indiscutible para Tanizaki es que el gusto oriental reposa en su relación con lo oscuro; para él, las tinieblas son una fuente de evocaciones indescriptibles: “no se puede decir que detestemos todas las cosas que relucen, pero, más que las que tienen un brillo superficial, preferimos las que poseen una sombra profunda: una luz opaca que, ya se trate de una piedra natural o de un objeto artificial, nos evoque irremisiblemente el lustre de los años”.

La sombra, para Oriente, es una eternidad contenida; en ella se expresa la dignidad del tiempo y, por su efecto, todo deviene solemne. La sombra es una fuerza que reintegra al asentimiento primordial que dio el hombre a la oscuridad cuando la luz aún no predominaba: quien se acostumbra a la luz olvida justamente que esas tinieblas alguna vez existieron.

El vínculo que distingue Tanizaki se materializa en los distintos ámbitos de la cultura japonesa: su música lo demuestra en el modo apagado en que se torna atmósfera; su oratoria en las pausas cerradas y misteriosas que la enriquecen; y hasta su desplazamiento corporal, en esa lentitud particular que se asemeja al paso de quienes caminan entre la bruma.

La arquitectura tradicional encarna el placer de las sombras: sus amplios tejados desprenden bajo los aleros zonas de penumbra que, si bien en su origen respondieron a la necesidad de protegerse, paulatinamente adquirieron un sustrato estético. Así mismo sucede al interior de las casas, en especial en la sala de tatami y el tokonoma, cuya belleza solo se descubre bajo filtros de irradiaciones externas o luces tenues que aseguren una sensación evocadora y encubierta.

Otra parte del Elogio lo destina Tanizaki a resaltar cómo este principio estético también tiene lugar en la cocina: desde el férreo rechazo a la cerámica y su blancura enceguecedora, hasta el misterio visual que suscita el alimento servido en una vieja taza de madera, Tanizaki apoya a quienes afirman que la comida japonesa no se agota en el apetito, ya que su pleno significado solo se alcanza cuando se conjuga con la apariencia material de los objetos que la acompañan: el lustre, la opacidad del metal o la madera que se ha usado una y otra vez.

Por supuesto, si el encanto de las sombras se revela en la vivencia cotidiana, se da más aún en la expresión artística. De allí que Tanizaki contraste el teatro kabuki y nō para destacar que la oscuridad es consustancial a este último debido a la sobria iluminación que tiene su escenario y, además, al contraste único que se genera entre la piel de los actores, el color de sus trajes y la intensidad del ohaguro cuando tiene lugar en escena.

A esta reflexión sobre la piel dedica Tanizaki el cierre del libro, destacando que su color ha enseñado a los japoneses “la lógica de las sombras”: la nostalgia de la claridad occidental condujo a sus antepasados a emblanquecer la piel con el polvo y, después, a replegarse en las sombras para que, por contraste, emergiera su belleza propia.

El Elogio de las sombras es, en tanto manifiesto, una defensa de la tradición japonesa; pero, indirectamente, además, una diatriba contra Occidente: contra la blancura excesiva de sus baños y esa manía ridícula de iluminarlo todo, hasta hacerlo artificial. Los japoneses, aunque frágil, todavía sienten el pulso de la sombra, su poder evocador y poético; a nosotros, en cambio, solo nos resta la frivolidad del neón y el miedo a que se apague.

TANIZAKI, J. (2019) Elogio de las sombras. Barcelona: Navona.
KAWASE, H. (1924) Kinosaki, Tajima.
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En abril de 1919 Iván Bunin calificó la revolución rusa de “locura colectiva”. Semanas después, ratificó esta idea, señalando que el comunismo solo promovía en los hombres su enfurecimiento y, asimismo, que 1917 no constituiría jamás para los rusos algo diferente a la fecha en la que inició su “penosa enfermedad”.

Estas alusiones permiten inferir la dirección que sigue Días malditos (Un diario de la revolución), obra que reúne los textos escritos por Bunin en Moscú y Odessa entre enero de 1918 y junio de 1919, antes de que el autor partiera definitivamente al exilio.

Como se ve, el diario fue redactado en medio de la guerra civil desatada en Rusia desde finales de 1917 –cuando los bolcheviques alcanzaron el poder- hasta mediados de 1923 –fecha en que se estableció definitivamente el régimen soviético-. Precisamente por su época y la fuerza de sus ideas, el libro establece un referente para la crítica de este régimen que luego alimentarían otros autores como Ajmátova, Solzhenitsyn, Grossman y Brodsky.

En Días Malditos se movilizan varias fuentes: las transcripciones de noticias, las conversaciones, los rumores de ayuda internacional, las reflexiones históricas, los chismes callejeros, las descripciones del paisaje –remanente último de la belleza rusa-, y, por supuesto, las diatribas de Bunin frente a la revolución que, con seguridad, le hubiesen costado la vida de haber salido de la clandestinidad.

Es verdad que, en algunos pasajes del diario, Bunin aprueba puntos del discurso revolucionario; además, él mismo asegura haber previsto lo que acontecería en poemas escritos antes de 1917 –“murió el amo, la casa está en ruinas”-. Sin embargo, su posición es radicalmente antirrevolucionaria y, en consecuencia, con igual vigor ataca las causas de la revolución y las consecuencias inmediatas que se desprendieron de ella.

En relación con los fundamentos, Bunin denuncia la falsa noción de pueblo que esgrimían los revolucionarios. Los campesinos y obreros no hicieron la revolución; fueron, la “carne de cañón” que usaron los ideólogos para movilizar sus intereses. El pueblo fue calumniado, se instigó su ánimo con la idea de un cambio de posición, sin saber que, en todo caso, quienes ocuparían los puestos de señores eran los dirigentes. Por ello señala Bunin: “De no haber sido por la desgracia que padecía el pueblo, miles de intelectuales hubiesen sido los hombres más desdichados de la tierra”.

Frecuentemente Bunin condena el afán de apropiación de los revolucionarios; ellos actuaron como salteadores de la “colosal herencia rusa” y, contrariando su ideario, excluyeron desde el principio a una gran parte del pueblo ruso: no solo a aquellos en quienes no brotó la insurrección o no pudieron comportarse con la misma perfidia, sino a todos los hombres que estuvieron en el blanco de la revolución por su origen, credo o condición.

Si la revolución tomó fuerza, según Bunin, es porque apeló a un atavismo que liga a los rusos a conductas forajidas. Distintas palabras se usan para describir esa condición: angustia, imbecilidad, displicencia, tedio, languidez, etcétera; y la conclusión extraída en cada caso es que fue precisamente sobre esa naturaleza en donde se afincó la confusión a la que se abocaron los rusos y la violencia que los condujo contra toda tradición para arrasarla.

Con todo, donde se muestra especialmente mordaz Bunin es en el reproche de los efectos generados por la revolución. Por una parte, la exacerbación de los discursos: esa incitación constante al fanatismo, la muerte o las conjuras; pero, además, las falsas acusaciones a nobles y ciudadanos; y la justificación sistemática en la prensa de los excesos que mantenían el orden y progreso de la revolución.

Por supuesto, buena parte de Días Malditos ofrece un inventario desolador de acciones perpetradas por los revolucionarios: golpizas, expropiaciones, desalojos, venganzas, fusilamientos, profanaciones, atentados contra religiosos, pogromos, botines, violaciones, robos, desapariciones, restricciones de recursos básicos, entre otros.

Todo ello, en opinión de Bunin, hizo parte de un programa cuyo propósito radicó en la pérdida completa de la sensibilidad. Los revolucionarios estaban persuadidos de que el contacto permanente con esas acciones, sumado a la impunidad en que estas permanecían, el miedo generalizado, la indefensión y el hambre, terminarían rebasando los límites de la imaginación, esto es, naturalizando todos los excesos y, por lo tanto, haciendo dóciles a los rusos, al tiempo que susceptibles de protagonizar ellos mismos la liberación total de dioses y conciencia.

Una atención especial recibe de Bunin el tema del arte. Con dureza ataca el servilismo en que se sumieron los artistas por efecto de la presión política o el llano oportunismo. Bunin no tolera ningún tratamiento ideologizado del arte –el teatro y las letras, especialmente-; de allí que se burle de forma persistente de la falta de creatividad, las falencias lingüísticas, la enajenación y la hipocresía de escritores como Blok, Gorki, Andréiev o Esenin.

En una página temprana de su diario, Bunin se pregunta: ¿quién conoce a los rusos? Y ese interrogante va madurando en sus reflexiones hacia el pesimismo: en realidad nadie los conoce. Son a la vez un pueblo bárbaro y noble, capaz del mayor refinamiento y la crueldad más vil. El episodio de la revolución está hecho de algo que conjuga perfectamente esa doble dirección, la ambición: aquello que conduce hacia la trascendencia, pero, también, el pretexto ideal para mancillar el propio nombre.

BUNIN, I. (2007) Días malditos. Barcelona: Acantilado.
VLADIMIROV, I. (1918) On a Petrograd Street.
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