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La Pasión Inútil

Timeo Hominem Unius Libri

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Suele interpretarse a Fausto como la gran obra sobre la soberbia, la insatisfacción y la angustia existencial. Un juicio acertado, sin duda, porque Goethe logró trazar en ella uno de los más logrados exámenes acerca del modo en que el hombre transita el mundo sin hallar aquello que podría saciarlo.

Los intríngulis de la obra conducen a explicar esta suerte de ὕβρις arguyendo tanto un impulso inherente a Fausto como su dependencia de fuerzas externas. La primera vía plantea un personaje que pierde la tranquilidad debido a su propia voluntad de saber, mientras que la segunda perfilaría a un Fausto que se debate entre la corrección divina y las instigaciones de Mefistófeles.

Sea como fuere, a ambas perspectivas subyace el mismo drama: Fausto no solo sabe justamente las cosas que no precisa, sino que, además, ignora las que le hacen falta. Por consiguiente, el personaje padece el anhelo de asir lo alto y lo bajo, de hundirse en todo conocimiento, persuadido de que, en algún momento, hallará lo que le satisfaga y, con ello, demostrará la dignidad de los hombres ante los dioses.

Resulta sorprendente cómo Goethe, privilegiando la figura de la apuesta sobre la de pacto, logra movilizar, por un lado, la perenne pregunta por el destino, es decir, si este responde a una voluntad exclusivamente individual o en él intervienen fuerzas extrahumanas y, por otro, si desestimando la razón o excediéndose en ella no se aboca el hombre a una idéntica condición de inconformidad y pesadumbre.

Por encima de esto, sin embargo, una mirada todavía más oscura anima la obra: la sabiduría de Sileno. Ciertamente, Mefistófeles revela a Fausto que aquel deseo vago e incomprensible que lo fuerza a recorrer el espacio y el tiempo jamás podrá esclarecerse, pues es imposible traducirlo racionalmente –“las palabras son apenas humo y ruido”–, de manera que no habrá después, como tampoco lo hubo antes, el medio para sobrepasar esta limitación.

Lo que colige Fausto de ese mistagogo que es Mefistófeles coincide con la revelación de Sileno al rey Midas, con la sentencia que eternizó la elegía de Teognis: lo mejor para el hombre sería no haber nacido. Solo que, a diferencia de lo que dicho saber produjo entre los griegos, esto es, su aceptación y canto, Fausto infiere que el sinsentido de la vida, la banalidad de cualquier afán, debe conducir a la aniquilación. De este modo, casi desde el inicio de la obra medra un impulso destructivo contra lo humano –representado en la muerte de Gretchen o Euforión– y contra el engaño que nos hace avivar lo que debería perecer.

En este sentido, Fausto es el fugitivo, el sin hogar, el “monstruo sin meta ni reposo” que vaga por el mundo destruyendo, atacando la nada; y lo propiamente trágico de su situación estriba en que todo ese movimiento no lo lleva a alcanzar un nuevo estado, sino que lo hunde más en el absurdo. De allí que Goethe se permita insinuar que las criaturas que se aferran a la idea de equipararse a los dioses –incluso, en este espíritu vindicativo– se condenan a ser cada vez más iguales a sí mismos.

Como ocurre con Edipo, la búsqueda emprendida por Fausto es la que lo extravía, pues constituye un movimiento que no puede resistirse hacia un destino también irrevocable. Lo irónico es que la anagnorisis de Fausto no se produce tan pronto: no reconoce, como Edipo, su error, ni decide castigar su atrevimiento; al contrario, se mantiene ciego frente al hecho de que obcecarse con la destrucción, en últimas, constituye otro absurdo, y, en su cinismo, es capaz de encarar a Mefistófeles con la pregunta: “¿Qué sabes tú de lo que los hombres desean?”.

Dicha ceguera es especialmente rastreable en las secciones de la obra en las que Fausto extiende su “mirada a reinos sin medida”, ya sea remontándose a la Grecia Antigua o por medio de la κατάβασις que le permite acceder a lo que no han visto los ojos humanos. Es entonces cuando parece que aquello que quiere vencer Fausto es la fuerza sin objeto de lo indómito y, por lo tanto, asistimos a un juego en el que el personaje se anima y crece ciegamente para luego recular y perecer en la nada.

Con todo, el contrapunto que permite a Goethe dirigir la obra hacia su resolución es Wagner. Al contrario del nihilismo de Fausto, este personaje no se entrega a la sabiduría de Sileno y realiza lo admirable: crea la vida y saca su misterio a la luz. Homúnculus, el hombre creado por Wagner, es lo opuesto a todo ánimo faústico, pues representa el anhelo de nacer al mundo, y demuestra que cualquier voluntad de ir más allá de lo permitido no es más que una manifestación de la locura.

Por eso, más allá de ese arduo peregrinaje que hay en Fausto y que algunos críticos, como Bloom, han calificado de “grotesco e inadmisible”, sí adviene una resolución a la tragedia. Las dos partes de la obra poseen entre ellas una oposición formal –la prosa del joven Goethe (1808) y el verso clásico de un autor maduro (1832)– y, así mismo, una discrepancia en cómo asumen al personaje: la primera, sumergiéndolo en los tormentos causados por hurgar la oscuridad de la existencia; la segunda, –como bien opinaba Nietzsche, radicalmente antitrágica–, permitiendo un Fausto en el que aflora poco a poco una naturaleza no-destructiva junto a la convicción de que se está en el mundo para celebrar lo que existe.

Para muchos, el final de Fausto podrá dejar cierto resabio: la plenitud de vivir en lo comunitario, la libertad vista como conquista diaria, el llamado a crear sin importar que todo se arrastre después hacia la noche. Y, quizá, aquellos preferirán terminar la obra al cierre de su primera parte, sustrayéndose para siempre de la salvación que Goethe augura a los que se esfuerzan, y sumergiéndose en esa intuición más pesimista y trágica del velo de Maya: “Todo lo perecedero no es más que una imagen”.

GOETHE, J. W. von (2020) Fausto. Madrid: Abada.
FORTUNY, M. (1866) Fantasía sobre Fausto.
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Una conocida frase de Hamsun indica que los hombres llaman providencia a aquello que consideran bueno, mientras califican de destino a lo que se les presenta como malo. Se trata, con todo, de una escisión apenas aparente si nos fijamos en cómo el autor nos remite en su novela Bendición de la tierra (1917) a la relación que el hombre establece con la naturaleza.

La obra inicia con un hombre llamado Isak, quien, después de un largo peregrinaje, encuentra un lugar donde establecerse. La escena reproduce, así, el paso de la errancia al asentamiento y, con esto, al surgimiento del vínculo con el suelo. Isak es un personaje meditabundo y supersticioso que ha abierto un camino hasta allí, el sendero que atraviesa ciénagas y bosques; pero, desde ahora, es también el que ha dejado atrás las moradas para poseer un hogar.

A partir de dicho punto la novela no es más que la historia del modo en que ese establecimiento se convierte en providencia y destino. En efecto, Isak no es un asceta que aspire a la comunión con la naturaleza, a vivir in puris naturabilis; tampoco es alguien que se arredre ante la dureza del campo. Él es, más bien, un hombre pletórico que lleva en sí la voluntad de cambio, de adaptación e, incluso, de imposición a lo que existe.

Ahora bien, si en Bendición de la tierra esos principios –providencia y destino– no resultan excluyentes obedece a que Hamsun prescinde por completo de la romantización bucólica. Aunque la obra rechaza en muchos sentidos la técnica, al mismo tiempo defiende cierta idea de progreso evidente en la ampliación y preparación de los terrenos, el uso de los animales o la apropiación de las máquinas. Complementariamente, tampoco hay una idealización en detrimento de la ciudad, pues el campesino alcanza la gracia del campo, solo después de arrostrar todos los males que este tiene: la mudanza, la sequía, la hostilidad.

Es verdad que Hamsun adjudica a su personaje una visión religiosa de lo rural. Declara, explícitamente, que es posible que dios se le hubiese revelado a Isak una noche y, además, ese dios continúa mostrándosele en la nieve, las montañas o el día de descanso. De este modo, hay siempre milagros oficiándose, un fuego divino que consagra el silencio y permite la asunción de una certeza: divina natura dedit agros.

No obstante, la misma novela añade que Isak labra “las tierras dejadas de la mano de dios” y sentencia la imposibilidad de otear lo que se esconde debajo de la tierra. Por lo tanto, paralela a esa suerte de religiosidad, Hamsun elabora su noción de hombre-trabajador: un ser solitario, tosco y robusto, capaz de captar el inalterable sonido del cielo y comunicar lo bueno, a través de sus manos, al otro, a los animales y a la tierra misma.

De acuerdo con esto, puede asegurarse que el autor traza el nexo entre hombre y naturaleza, no valiéndose de una dirección idealista, sino acogiendo la idea de tradición. La siembra, por ejemplo, se concibe como una herencia que se remonta al pasado, un acto de devoción a la tierra porque esta entrega al hombre su pábulo, el bienestar de lo simple, la satisfacción que sucede a los esfuerzos más descomunales.

Y justamente esta comprensión es la que entra en pugna con aquella que no ve en la tierra más que propiedad. La novela critica esta perspectiva expresada en los discursos de la agrimensura, la escrituración y los litigios, vías por las que la conexión inmediata con la naturaleza, es decir, la implicación del hombre con el suelo que trabaja y que es su hogar y fundamento, se pierde. Esta caracterización, muy cercana a la polivalencia del vocablo Grund, formula un tipo especial de pertenencia a la tierra en la que se vive y, así mismo, de la que se vive; ese espacio que le es propio a Isak y que declarativamente él llama Sellanrå –lugar natural–.

La tensión entre pertenencia y propiedad se amplifica en Bendición de la tierra hasta elaborar la oposición campo-ciudad. Personajes como la esposa de Isak –Inger–, su hijo –Eleseus– o Barbro, se convierten en portavoces de un lenguaje antinatural que se superpone, a veces, sobre la vida del campo y que se manifiesta en el refinamiento, la ligereza, el individualismo y la exacerbación del dinero.

Hamsun mantiene al respecto una postura radical: sucumbir ante lo citadino es trastornarse, romper las raíces míticas. La ciudad es el espacio del esnob, del gasto a espuertas, del ocultamiento, de la caída en las trampas tendidas por “judíos y yanquis”. De manera que la obra sugiere un estar más allá de esto y cultivar una sabiduría que no reposa en los libros, sino en la apertura vital al fuego, la bestia, la siega o el pedernal.

Por supuesto, la técnica no es restrictiva de la ciudad. Hamsun rastrea también su irrupción en el campo mismo, ocupándose de asuntos como el telégrafo, las minas, la migración o el comercio. De cualquier forma, la novela cuestiona aquí otra vez ese desarrollo como nocivo: una intransigencia que consiste en la negación de adecuarse al ritmo de la vida, obstinándose en ir más rápido que esta o en introducírsele a destiempo como una cuña.

Pese a todo, como se indicó, Hamsun evita concienzudamente la romantización. La existencia en el campo es dura, reacia a la manifestación de los afectos y violenta. Acaso, por esto, el autor describa con marcado tremendismo las faenas, los conflictos, los abortos, las relaciones familiares y las persecuciones de las que son blanco las mujeres, en nombre de las cuales Hamsun escribe varias páginas que siguen la ruta abierta décadas atrás por un compatriota suyo en Casa de muñecas.

Bendición de la tierra es, en definitiva, el relato de cómo un suelo yermo rompe su letargo y vive; una contemplación sin artificios de las antiguas montañas noruegas y del hombre que se enraiza con ellas; el canto a una naturaleza que nos pertenece fuera de toda mezquindad; la odisea de un campesino de novecientos años que mantiene con sus manos la vida y que, por este prodigio, es “un resucitado del pasado que señala el futuro”.

HAMSUN, K. (2007) Bendición de la tierra. Barcelona: Bruguera.
GOGH, V. van (1883) Bauer, Unkraut verbrennend.
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En una entrevista fechada un año después de publicar su primera novela, Coronación (1957), José Donoso confesaba que, a pesar de haberse trasladado para escribirla al ambiente propiciador de Isla Negra y de recibir buenos comentarios sobre sus versiones preliminares, no dejó de rehacer la obra por lo menos quince veces antes de sentirse conforme con ella.

Quizá por esto, la novela fue celebrada por la crítica y, vista hoy, prefigura dos de los rasgos que tendría la narrativa posterior de Donoso: por un lado, el contraste espacial entre el interior –la casa como escenario de acciones- y el exterior –la calle, la ciudad que rumorea-; por otro, el permanente viraje hacia el pasado: esa casi manía de recuperar o reconstruir una época perdida en el tiempo.

De este modo, Coronación, como –más tarde- Este domingo o El obsceno pájaro de la noche, es una novela que se despliega en varios niveles. Puede leerse como relato que refiere la decadencia de una familia connotada, los Ábalos, de la que apenas sobreviven la anciana Elisa y su nieto Andrés, ambos abocados al delirio retrospectivo; o como un retrato que compara, en términos vitales, la suntuosidad de la casa de los Ábalos con la situación de pobreza que pulula afuera.

La primera línea de lectura se indica en la casa misma. Es claro que se trata de una residencia enorme, pero de aspecto “cadavérico” y plagada de objetos caducos, de un lujo más que expirado. Por esta razón, quienes la habitan –misiá Elisa y sus tres empleadas: Lourdes, Rosario y Estela- viven rodeadas de recuerdos y se remontan una y otra vez al mundo que existió antes allí y que solo se reactiva ilusoriamente cuando reciben visitas por el santo o el cumpleaños de la anciana.

En todo caso, el declive de la familia Ábalos no es estrictamente material. La novela atestigua, sobre todo, el derrumbe de sus ideales. Andrés, por ejemplo, es un soltero cincuentón que se dedica a leer libros y coleccionar bastones; un hombre que, hasta entonces, gracias a su holgura económica, ha dejado que todo fluya sin preocuparse, manteniéndose en el umbral de la acción y limitándose a soslayar la vida, a ver por el resquicio lo que les sucede a los demás.

Sin embargo, la cercana muerte de su abuela medra en su interior como ansiedad. Ella constituye el único lazo que lo une a la existencia, de suerte que la pregunta por lo que habrá después se torna acuciante. Este es uno de los sustratos existenciales de la novela, porque Donoso revela cómo donde se levantaba la seguridad –o, al menos, la aceptación muda que liberaba de todo compromiso- ahora habita la flaqueza y, en consecuencia, se requiere una fe para ir más allá del momento presente.

La crisis de Andrés Ábalos pertenece a la de “los seres que necesitan saber y no comprenden el porqué de las cosas”. De allí que la dificultad para hallar la fe que necesita radique en su arraigado escepticismo: en todo lo que existe intuye mecanismos de engaño que se le antojan inadmisibles. La mayor parte de la novela el personaje luce extraviado, inquieto y, únicamente en las postrimerías, aunque esto parezca más una patología, identifica en su amor hacia Estela –la joven que contrata para cuidar a su abuela- una posibilidad de redención.

Ahora bien, como se dijo, Coronación establece un puente entre las formas en que dos mundos experimentan sus particulares desesperaciones. Por tal razón, paralela a la exploración metafísica de Andrés, Donoso traza la realidad material de Mario, René y Dora, personajes pobres y ajenos a la casa de los Ábalos, pero que entran en contacto con esta a través de Estela, quien sostiene un amorío con el primero de ellos.

Más que un contrapunto, Donoso establece aquí una acusada fricción entre los personajes e, indudablemente, el mérito del juego de disparidades que propone consiste en no romantizar a Mario y compañía, sino presentarlos con la justeza que corresponde a seres atrabiliarios, malhadados casi siempre a causa de su propia vileza y ofuscados, acaso más de lo necesario, por la fortuna de los otros.

La necesidad, el robo, los hijos, el lenguaje de la calle, los divertimentos de la gente pobre y todos los otros elementos que integran ese mundo sórdido y desconocido comparecen ante Andrés y, de alguna manera, constituyen una de las vías por las cuales tambalea su racionalidad. En efecto, el personaje sufre una doble humillación porque, primero, su gusto por Estela lo obliga a entrar en contacto con un sector que, pese a su miseria, se agita intensamente, esto es, posee la vitalidad que él añora; y, segundo, porque se persuade de que estar con ella implica, en su caso, hundirse en un fondo oscuro.

Además de esta confrontación, la novela esgrime otro núcleo: la locura. Desde el inicio, la casa de los Ábalos se dibuja como un ambiente que amenaza la cordura, pues, cuando la abuela Elisa escapa de su habitual marasmo, deja ver todo el rigor de su demencia: una mezcla de autocompasión, santidad, juicio moralista y presunción de nobleza.

Al respecto, la obra muestra una extraña tensión entre la impotencia de Andrés para aplacar la locura de la anciana y el creciente atractivo que esta genera en su interior. El personaje colige que “todo lo que se ha mantenido guardado –en su abuela-, al debilitarse la esclusa de la conciencia, llena su vida”; y ya que esta es una experiencia semejante a la suya, Andrés atraviesa un itinerario que va del desconcierto a la sumisión frente a la locura. La declaración de esto se encuentra en la pregunta: “¿Podría ser la locura la única manera de llegar a ver hondo en la verdad de las cosas?” Sin duda, un apunte que permite sostener que, en la obra, la locura se concibe como una herencia para defenderse de los espantos de la vida.

En esto, Donoso coincide con Lawrence, para quien "la vida siempre es un sueño o un frenesí en un lugar cerrado”. Con Coronación, la tesis se probaría por el hecho de estar ante un mundo de orden aparente, bajo el cual palpita el caos –la fuerza dionisíaca- y la broma de un dios, también loco, que ha creado a unos hombres capaces de advertir ese desorden, pero sin la menor posibilidad de corregirlo.

DONOSO, J. (1988) Coronación. Barcelona: Seix Barral.
CIENFUEGOS, G. (1991) El desayuno.
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Aunque Cicerón no hizo parte de la conjura que llevó a la muerte de Julio César, sí defendió a los implicados en varias instancias políticas, gesto que le valió la enemistad de Marco Antonio y el exilio en el que escribiría su última obra filosófica: De Officiis –Sobre los deberes- (44 a.e.c.).

Según acostumbraba, Cicerón recurrió a fuentes estoicas para confeccionar este tratado, particularmente a las de Panecio –quien es glosado en numerosos pasajes- y Posidonio; pero, así mismo, a tesis provenientes del aristotelismo. La obra, por otra parte, fue dedicada a su hijo Marco, de quien se sabe por el testimonio de Séneca, que desatendió el llamado de su padre a la rectitud, llegando a deshonrar su nombre.

En términos generales, el tratado versa sobre la honestidad –honestas, κᾶλον- como virtud cardinal y los modos en que esta se expresa en los deberes particulares de la sabiduría (en el plano teórico) y de la justicia, fortaleza y templanza (en el práctico). Para dar cuenta de ello, Cicerón dedica toda la primera parte de su trabajo a la descripción de estos deberes; después, se ocupa de su utilidad en la vida cotidiana; y, finalmente, desmiente las aparentes contradicciones entre lo honesto y lo útil.

Las consideraciones sobre la sabiduría son las menos prolijas en el libro, debido a que el interés de Cicerón es, ante todo, la consecución de un hábito –ἦθος, mos-. De hecho, plantea que toda teoría concerniente a la sabiduría habría de reducirse a resolver la pregunta: ¿cómo tomar determinaciones sobre las cosas honestas? Y, en buena medida, la respuesta la provee él mismo al exhortar, por un lado, a no dar por conocido lo que se ignora y, por otro, a evitar el celo desmedido por cuestiones innecesarias.

En cuanto a la justicia, el abordaje de Cicerón es predominantemente político, pues la define como la especie de lo honesto que mantiene unida la sociedad. Así, la injusticia se advertiría tanto en quien injuria, como en el que, descuidando su obligación de amparar, no defiende al injuriado. Detrás de esta formulación se rastrea a Terencio –“Nada que sea propio de los hombres nos es ajeno”- e, incluso, a Horacio –Tua res agitur paries cum proximus ardet-, con quienes Cicerón coincide al fundamentar la justicia en la fidelidad a las promesas, la conducción sabia de la benignidad, la distinción público-privado y la elusión de la venganza.

El estudio de la fortaleza, posteriormente, lo desarrolla Cicerón a partir de una línea negativa (el desprecio de las cosas externas si estas no son honrosas, v. gr., el dinero o la fama) y otra positiva (la observancia de lo grande y útil, aunque esto revista dificultad). En este aspecto, la obra sigue el estoicismo tradicional, si bien dicho engarce se rompe cuando Cicerón se inclina, no hacia la vida tranquila del retiro y el cuidado de bienes pequeños, sino hacia lo más provechoso para el género humano. Tan convencido está de ello que asegura que quienes desprecian cargos públicos o militares para favorecer su ascetismo, deberían ser vituperados, ya que virtudes como la dirección de la razón, la disciplina del cuerpo o el sosiego ante la inestabilidad de la fortuna solo revelan su verdadera magnitud en el rol de ciudadano –cīvitātis-.

Cerrando su revisión de los deberes, Cicerón medita acerca de la templanza. Al respecto, distingue cuatro formas en que se manifiesta la condición del hombre –lo que es por Naturaleza (un ser racional), lo que tiene de persona (su carácter), lo que hacen de él las circunstancias y lo que llega a ser por voluntad-. Su esquema es fértil para estudiar cómo evadir la sedición de las pasiones, pero, sobre todo, para subrayar que, a diferencia del estoicismo arquetípico, Cicerón promueve una filosofía que no pretende experimentar lo que pertenece a temperamentos ajenos, sino privilegiar la actuación conforme a la propia personalidad.

Ya que, según Cicerón, la Naturaleza nos ha puesto en el mundo para la austeridad y las graves ocupaciones, aquí aparece de nuevo la inveterada búsqueda de adecuar las acciones a la moral, seguir la ley natural y pensar reiteradamente el género de vida que tenemos y el modo en que este es congruente o no con una visión armónica del mundo. En este sentido, su disertación encara las doctrinas del orco rerum y el oportunitas temporum, entendiendo que la virtud descansa en la conformidad con el orden y el tiempo en el que las cosas deben darse.

Como antes se indicó, la segunda parte del libro la emplea Cicerón para investigar el tema de la utilidad. En su opinión, de las cosas dispuestas para la conservación humana (sean estas animadas o no) jamás podrá aseverarse algo eo ipso. En consecuencia, que estas sean útiles dependerá de la sabiduría desde la que nos relacionemos con ellas para no turbar la paz del alma, perder los límites de la moderación o romper la conciliación social a la que estamos abocados.

Cicerón hace hincapié en el nexo entre política y utilidad, alertando con numerosos ejemplos sobre el peligro de confundir la justicia con la crueldad, regocijarse con los aduladores y arruinarse malinterpretando la benevolencia. En él, hay un tono continuamente  reprobatorio de los vicios que encarnaron los gobernantes de su época, a saber: anteponer los espectáculos a las obras, expropiar los bienes privados o justificar la rapiña tras las victorias bélicas.

Sobre los deberes concluye con la discusión en torno al dilema entre lo honesto y lo útil. Para Cicerón es vergonzosa la simple insinuación de que haya acciones honestas que no sean útiles o acciones útiles que no sean honestas; en todo caso, analiza varias de ellas con el objetivo de refutarlas. Sin duda, la de mayor interés, dada su vigencia, corresponde a la del asesinato del tirano. Cicerón califica este acto de útil y no deshonroso en la medida en que las acciones terribles del tirano declaran de facto su salida del derecho social y, por tanto, nadie habría de sentirse compelido por alguna clase de deber frente a él.

En suma, el tratado de Cicerón constituye una de las mayores obras del estoicismo político y esto justifica su positiva recepción histórica. Voltaire mismo afirmaba del libro: “Jamás podrá escribirse algo más sabio, ni más verdadero, ni más útil”. Su puesta en marcha, empero, es siempre un asunto más complicado y da ocasión a preguntarse, recuperando la vieja metáfora de Giges, si actuaríamos con corrección y honor si tuviésemos la absoluta certeza de que un poder superior ocultará para siempre a los demás la verdad de nuestros actos.

CICERÓN (2008) Sobre los deberes. Madrid: Alianza.
WATERHOUSE, J. W. (1883) The Favourites of the Emperor Honorius.
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Heinrich Heine encarna un caso de fortuna y desgracia, pues, aunque su nombre se enarboló en Alemania a lo largo del siglo XIX como el último gran representante del Romanticismo, más tarde este fue duramente repudiado por los nazis, quienes, sin olvidar su origen foráneo, se negaron a considerarlo como una verdadera figura del Volkgeist ario.

El resultado de dicha vicisitud ha sido que su obra se lea todavía con recelo. El Libro de las canciones (1827), por ejemplo, aun cuando llegó a reeditarse al menos 45 veces solo durante los primeros 50 años que siguieron a su publicación original, se ve aún empañado por la crítica que reprueba su facilismo –esto es, la dilección que muestra por los temas amorosos- y su exageración de los recursos románticos.

De cualquier modo, dicho texto continúa ofreciendo para muchos un modelo de poesía que, en consonancia con las pretensiones del autor, florece como pensamiento mientras deja medrar en su interior las pasiones. En este sentido, constituye una obra que fractura el dualismo entre sentir y pensar, y que traduce, además, esa confluencia espiritual de judaísmo, cristianismo y helenismo desde la que se alza la poética de Heine.

El Libro de las canciones está dividido en cinco grandes partes. La primera se titula Sufrimientos jóvenes y se asienta por completo en la exploración onírica del amor. Como en ella predomina el tono pesimista, el sueño suele concebirse como lo único que perdura de la ventura amorosa –“solo quedaste tú, huérfano canto”- y la muerte constituye una presencia siempre al acecho. En los momentos más patéticos, la voz poética, transida de dolor, se entrega, incluso, a lo fáustico, a una superstición que busca valerse de cualquier ensalmo para superar la pérdida de lo querido.

Ya en estos poemas, los más tempranos de Heine, se apela a las fuentes del cristianismo y de la Antigua Grecia. Esto, sumado a que los sentimientos actúan sobre numerosos personajes (Hedwig, Ulrich, Lise) y en escenarios diferentes (Toledo, Babilonia, Paderborn), hace que el amor se exprese como un hechizo, una trampa tendida sobre todos los hombres –amor omnibus idem- y con efectos semejantes en ellos: la desesperación, la pena o el exilio.

El segundo grupo de poemas se presenta como Intermezzo lírico y ya había aparecido en la obra Tragedias, publicada en 1823. Se trata de un apartado que escruta primordialmente el vaivén de las pasiones, cuestionando “el sentido de que el amor mezcle con la muerte y los pesares la fruición que ofrece a los hombres”. Hay, por lo tanto, una tensión intensa aquí entre, por un lado, la ilusión, la fe o la belleza y, por otro, la perfidia, la altivez y el derrumbe de los ideales.

Más adelante aparece la sección El regreso, la más amplia del libro. Su nombre indica el retorno al lugar idílico en donde se vivió la juventud, el cual se recoge por vía de contraste con lo conocido después. De este enfoque mana una especie de doble pálido –“la visión se ha extinguido y otra vez me envuelven las sombras”- que pone sobre el bastidor “la eterna marcha”, “la eterna despedida”, el rumor de los viajes y las experiencias cosechadas en otras latitudes, especialmente, en España.

Sin duda, las más logradas instantáneas del paisaje escritas por Heine se encuentran en este punto. A pesar del ánimo predominantemente apesadumbrado, medroso, desde el que estos poemas se escriben, ese hombre “doliente y extraño” es capaz de capturar con sus metáforas imágenes impresionantes de la lluvia, los bosques, la borrasca o los cielos y colocar justo en medio de ellas algún recuerdo que vuelve a la vida.

Los seres mitológicos comparecen de nuevo en forma de ondinas, sirenas o héroes y ratifican la idea de que siempre “hay un hombre mirando a las alturas”. La heterodoxia de Heine lo faculta para abordar, en paralelo, la religiosidad cristiana y el fervor helénico; y, aunque sea verdad que el mayor griego entre los alemanes fue Hölderlin, Heine elabora también varios poemas loables en esta dirección –v. gr., Ocaso de los dioses o Los dioses de Grecia- que, por añadidura, aportan una cuota no desdeñable de metapoesía.

Del viaje al Harz es la cuarta parte del libro y se centra en exaltar la simpleza de la vida del campo. Desde luego, el único poema que la compone es el que mejor recoge la sentencia de Heine: “Entre los errores más desafortunados de los hombres figura el pueril menosprecio de los dones que la Naturaleza nos regala”. Así, el texto se apropia de la forma dialogada para sostener la tesis de que la Naturaleza es un medio para restañar el dolor y un reino superior que puede despertarse a través del contacto o el conjuro de la imaginación.

Por último, se incluye el capítulo Mar del norte que, en correspondencia con su título, rastrea las peripecias de una nueva voz que viaja por Escocia, Holanda y Noruega, recogiendo en cada sitio “leyendas olvidadas, deliciosas consejas de inmemoriales tiempos”. Obviamente, como antes, la poesía vuelve a ancorar aquí en asuntos amorosos, esta vez observados desde la óptica del viajero: una insistencia que apoyaría a Marcuse en su opinión de que la fallida relación de Heine con su prima Amelie –post corda lapides- constituyó, para el autor, su predestinación y, para los lectores, una clave de entendimiento.

En todo caso, el ciclo segundo de esta sección se aleja de la susodicha estrechez y abriga con calidez el mundo mitológico. Allí surge casi una obsesión por los orígenes y, si bien los nombres de Poseidón, Caronte, Tetis, Thalassa, etcétera, son pronunciados en estos poemas luctuosamente –“ni siquiera el reino de los dioses perdura”-, de lejos deben constituir la parte más oscura e interesante del libro.

Ese aire penumbroso que hay al final de la obra es la atmósfera perfecta para cerrar el ritual romántico oficiado en ella. “Cada vez más en las ondas penetra mi mirada –dice Heine- hasta que al fin consigue vislumbrar los abismos”; y su poema Purificación abre con la línea aún más negra: “Quédate en el abismo”. Esa tentación de acercarse a las simas, aun en los momentos en que la luminosidad del amor parece protegernos, ha de ser el sello más particular de la poesía de Heine.

HEINE, H. (2015) Libro de las canciones. Madrid: Akal.
FRIEDRICH, C. D. (1822) Mondaufgang am Meer.
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