Archives

Honoré de Balzac – Papá Goriot


AUTOR: Honoré de Balzac
TÍTULO: Papá Goriot
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Quinta edición)
AÑO: 1983
PÁGINAS: 313
TRADUCCIÓN: M. López
PRÓLOGO: Carlos Pitol
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez

Obra decimonónica por antonomasia, Papá Goriot tiene mucho para decirnos todavía, tanto al novelista contemporáneo que –por regla general- parece apología de toda fatuidad, como a aquello que, sin pretensiones de naturaleza, hemos podido bautizar el espíritu humano. Sólo la agudeza y profundidad de un genio de la literatura podrían trazar las líneas de una pieza fundamental para esa Francia que, negándose a tirar su guante de terciopelo, se precipita sobre el fondo lodoso y contaminado de la época. Hay una mano de hierro debajo de ese guante, una madera cubierta por el barniz y, en fin, mucho egoísmo y desconfianza tras la muselina y la seda.

Tal vez ni siquiera el mismo Flaubert pudo alcanzar la contundencia de ese objetivo que Honoré de Balzac (1799-1850) tomara como propio en La Comedia Humana: erigir un arte en el que cupieran “Paris, Francia, su siglo, la humanidad entera, el orbe miniaturizado”. A ello, a ese propósito –al que por igual apuntó dentro de los dos grandes movimientos de que fue precursor y figura: el realismo y la novela psicológica- dedicó su casi centenar de novelas publicadas, y la Francia y el siglo de las que habló en ellas no son más que la vasta cadena de máscaras y contradicciones de la sociedad burguesa.

Papá Goriot (1834) hace parte de ese complejo universo de La Comedia Humana, iniciado por Balzac por allá en 1829 y que, aun cuando quedara inconcluso, no sólo se mantiene firme sobre sus bases, sino que sirve como autoridad para tanta “iniciativa” parecida. Eugenia Grandet, La Piel de Lapa, Las Ilusiones Perdidas, todas ellas novelas ejemplares en cualquier sentido, han quedado también para la posteridad y fungen a la manera de esas referencias necesarias sobre las que se hace imperioso volver una y otra vez; y no podría ser distinto, porque en Balzac rebosan las dos cualidades más apremiantes del escritor: un estilo original, limpio, contundente, y la amplitud natural del buen observador y conocedor del mundo.

Pero es que además Honoré de Balzac vivió en ese mundo, no ya en la línea de esa burguesía aristocratizada –de la que, sin embargo, siempre dependió-, sino más bien en la compuesta por los desposeídos en vía de reconocimiento. De a momentos intuimos a ese Balzac en dificultades que nos habla por boca de Eugène de Rastignac, prototipo del joven que, lanzado al círculo del dandismo parisiense, se debate entre la impresión de la fortuna y una virtud de la que no está dispuesto a separarse. Así que lo dicho en Papá Goriot, aunque ficcional, tiene mucho que ver con el Balzac de carne y hueso, mucho más, incluso, cuando seguimos la idea de una posible referencia biográfica que ubica su romance con Marie Daminois y una hija presumiblemente suya como inspiración para la figura de Goriot.

Sea como sea, lo cierto es que estamos frente a una novela de lectura obligada. No es solamente, como se hace ver con insistencia, una obra que se circunscribe al tema de la paternidad, por el contrario, es todo un examen de la sociedad francesa del XIX, y a lo mejor porque esto es así, el mismo Balzac quiso jugar un poco con su título, Le Père Goriot, que vendría a significar algo como “el bonachón Goriot” –el que lo da todo sin importar, en Colombia el Goriot que es todo una “madre”-, es decir, un Goriot a la vez sublime (por su condición) y burlado (por sus acciones). Por otro lado, limitar la obra a la visión de la paternidad es desconocer que la figura de Goriot parece endeble –especialmente en el inicio e intermedio de la novela- frente a la fuerza de personajes como Rastignac o Vautrin. Pero eso es precisamente lo que intentaremos observar a continuación:

La historia de Papá Goriot

París, 1819. La pensión de la señora Vauquer, ubicada en la Calle Nueva de Santa Genoveva –muy cerca de la residencia de Balzac-, sirve de hogar a un grupo singular: Sylvie y Christophe, criados de la viuda, la señora Couture y su hija adoptiva Victorine, el anciano Poiret, la señorita Michonneau, el señor Vautrin, Eugène de Rastignac y Papá Goriot. Se trata de un sitio en el que se come a un precio razonable y que, aunque ubicado en una zona triste y miserable, conserva ciertos rasgos de la burguesía. La joven Victorine vive allí porque su padre, señor Taillefer, reniega de ella y la ha desheredado en favor de su hermano. Vautrin, el acomodado, viviría allí como en cualquier otro sitio, sonríe, bromea y planea largarse para América. Rastignac es un joven estudiante de derecho venido desde el campo, merced a los esfuerzos de sus padres. Y Goriot, bueno, ese vive allí porque sus dos hijas, a quienes ha podido procurarles algo de fortuna –aquella que él mismo pudo granjearse con una fábrica de fideos durante la guerra-, lo desprecian y no lo quieren a su lado.

El recelo y la desconfianza son la cotidianeidad en la casa Vauquer, y de no ser porque Eugène de Rastignac empieza a tomar parte en el mundo, todo permanecería de esa forma. En efecto, el joven estudiante, deslumbrado por la pomposidad del París de coches, fiestas y apellidos, ha descubierto un pariente lejano, una tal prima vizcondesa de Beauséant, que puede ser algo así como su llave para el reino. Como cualquier otro dandy, lo que pretende Eugène es encontrar alguna mujer adinerada, cansada de la rutina con su marido, que esté dispuesta a pagar lo suficientemente bien por sus afectos como para sobrellevar una vida de lujos y ostentaciones. Pero esto es más difícil de lo que se piensa, y no porque la sociedad esté curada de estos devaneos que son, por el contrario, además de comunes, de público conocimiento, sino porque todas las mujeres parecen ya tener su propio amante, y porque para quien no tiene los recursos suficientes, como Rastignac, es muy difícil mantenerse a flote mientras se consigue algo.

Hace falta dinero para todo: para camisas más suaves que las que trajo desde el campo, para pagar la limpieza de las botas, para llegar en coche a las casas que visita, etcétera. Cierto día, en su trance de conquista y mientras conversa con Anastasie de Restaud y su marido, se le escapa una imprudencia: confiesa vivir en la misma pensión que Goriot, padre de la mujer, quien toma esto como una especie de acusación o insulto, así que se le cierra una puerta a Eugène, quien, sin embargo, después de comentarle el incidente a su prima, recibe un dato esperanzador: Delphine de Nucingen –la otra hija de Goriot- parece inconforme con su marido. De modo que, por una y otra situación, Eugène se ve abocado a observar de una manera diferente al viejo Goriot. Aquel, despreciado por todos los vecinos de la casa, encuentra en el estudiante, al principio, un amigo y, luego –una vez confesado el amor de Eugène a su hija Delphine de Nucingen-, a todo un hijo.

Pero hay otra cosa. Este tipo Vautrin ha estado muy pendiente de las andanzas y deseos de Rastignac; es más, él, que se precia de estar por encima de los valores de su tiempo, ha querido servir de mentor para el muchacho y conjurar en su compañía un rápido ascenso en la sociedad. Ha hecho ver en la joven Victorine y la muerte de su hermano una posibilidad para hacerse con una buena bolsa de dinero; pero, esta idea no termina de convencer a Eugène, primero, porque Vautrin le produce desconfianza y estupor y, segundo, porque aunque Victorine evidentemente le ama, él ha terminado haciendo lo propio con Delphine: aquello que empezó como una oportunidad para ingresar en la alta sociedad, se ha convertido para Eugène en su primera experiencia del amor: teatro, cenas, promesas y confidencias, Delphine y el joven estudiante han podido trascender la categoría de amantes.

Confesado el amor mutuo, Goriot trabaja afanosamente para restituir la fortuna de su hija, mermada de forma considerable por el esposo de Delphine, el abogado Nucingen –que reaparecerá en otras treinta novelas de Balzac-, y sacrificando su renta vitalicia acondiciona para ellos un lujoso apartamento que servirá para sus encuentros. Es un acto harto complicado porque los continuos regalos a sus hijas, los préstamos y demás –todo ello a pesar de sus ingratitudes- han dejado muy por debajo las posibilidades para el viejo; pero Goriot lo hace con amor y se complace él mismo de sobremanera, así que no le da importancia. Es más, tampoco verá problema luego, cuando su otra hija Anastasie venga pidiéndole su ayuda: una cantidad para sacar a su amante de la cárcel, otra para pagar una cadena de diamantes. Y Papá Goriot, que empezó vendiendo cucharillas, cuadros y otras nimiedades, que luego tuvo que vender platerías enteras y firmar una tras otra tantas letras, ha llegado a no tener nada y se siente culpable por no poder responder a las exigencias de sus hijas, porque el dinero es la fortuna, y ya no tiene fuerzas –aunque lo haría con todo gusto- para robar o para venderse.

La situación, tensa de por sí, ha hecho recapacitar a Rastignac: no sólo debe tomar una decisión frente a la propuesta de Vautrin –quien tal vez está ocultando algo oscuro sobre su pasado-, sino también sobre ese espíritu por el que hablan las hijas de Goriot. Él, junto al médico Bianchon, serán los únicos en acompañar al anciano en una agonía irremediable; más tarde sabremos si sus hijas estarán allí y también sus yernos y esos nietos –de los que no se sabía nada hasta entonces-; sabremos, pues, quiénes serán bonachones con Goriot.

Sobre la paternidad en Papá Goriot

“La patria perecerá si los padres son pisoteados” –grita Goriot en su lecho de muerte; y es que tiene en su mente la calle de la Jussienne, en donde sus hijas corrían y lo abrazaban, todavía ajenas a la “razón” que luego los separaría; es que tiene en la mente su historia de hace diez años cuando, recién heredadas, Anastasie y Delphine atendían a su padre, le recibían por la puerta delantera de sus casas y lo invitaban a la mesa; pero también tiene en mente ese trastrocamiento que sucedió las imprudencias suyas en las reuniones, sus malos modales y su paulatino empobrecimiento. Sólo estos hechos pudieron darle claridad sobre lo que había significado él para sus hijas, cómo habían cambiado las cosas hasta el punto de amarlas y ayudarlas por una obstinación, no porque en verdad lo merecieran.

Decíamos arriba que el amor de Goriot era al mismo tiempo sublime y burlado: sublime porque siempre está dispuesto a todo, a trascender las posibilidades, a servir desinteresadamente, a sacrificar cualquier cosa, a servir a todo precio y; burlado, porque constituye un absurdo en su misma ceguera, no logra advertir la mentira ni el engaño, tampoco el interés, la hipocresía o el arrivismo. Un sentimiento que –como advierte Carlos Pitol- se traduce en relaciones de dominio en las que siempre hay un subyugado y un subyugador, pero que tal vez esté mejor expresado con las mismas palabras de Goriot:

“Todo está aquí –dijo golpeándose el pecho, sobre el corazón-. Mi vida son mis hijas. Si ellas se divierten, si son felices, si van elegantemente vestidas, si caminan sobre alfombras, ¿qué importa de qué tela vaya yo vestido y cómo sea el sitio en que me acuesto? Yo no tengo frío si ellas tienen calor, nunca me aburro si ellas ríen. No tengo más penas que las suyas. Cuando sea usted padre, cuando diga usted al oír los primeros balbuceos de sus hijas: ‘Son carne de mi carne’, cuando sienta que esas criaturas están ligadas a cada gota de su sangre, de la que proceden, ¡porque es así!, se creerá usted pegado a su piel, creerá moverse con sus pasos. Oigo su voz en todas partes. Una mirada suya, cuando es triste, me hiela la sangre. Algún día sabrá usted que es uno mucho más feliz con su felicidad que con la propia. No puedo explicárselo; son impulsos interiores que le hacen a uno sentirse dichoso. En fin, yo vivo tres vidas. ¿Quiere usted que le diga una cosa curiosa? Pues bien, cuando fui padre, comprendí a Dios. Está en todas partes con todo su ser, porque la creación ha salido de él. Eso es lo que me pasa a mí con mis hijas. La única diferencia es que yo siento más amor por mis hijas que Dios por el mundo, porque el mundo no es tan hermoso como Dios y mis hijas son más hermosas que yo” (Págs. 154-155)
Curiosamente, el momento de mayor lucidez de Goriot respecto de la paternidad adviene durante su agonía; sólo allí le es posible romper esa barrera que él mismo ha construido con su amor. Allí, poseído del furor de la locura, puede gritar sin remordimientos: “he sido engañado” e, incluso, “sus hijos me vengarán”. Son casi veinte páginas las que dan cuenta de esta suprema lucha en la que Goriot, convulso y delirante, confronta todas sus dimensiones: el padre abnegado, el obsesivo, el amoroso, pero también el engañado, el mentido y hasta el pordebajeado. En realidad se trata de un examen tan visceral que puede dejar al lector perfectamente apoltronado en su silla, con una cosa fea ahí en la garganta y una sensación horrible sobre el pecho.

Sin embargo, no es Goriot la única figura paterna en la novela. También está el señor Taillefer, padre de Victorine, que está en las antípodas del pobre Goriot, y que se nos parece más al padre Grandet de Eugenia Grandet. Él, un usurero adinerado, ha negado todo vínculo con la muchacha, mientras prodiga con excesos a su hermano, y sólo reconsiderará aquella distancia luego de la muerte de su hijo –producto de los planes de Vautrin-, decisión que restituirá, no sólo la fortuna, sino también el amor a la joven Victorine, quien por demás está bien lejos de la imagen de Anastasie y Delphine, puesto que no existe otra cosa que la muchacha estime y añore más que el amor de su padre.

Y, finalmente, hay otra figura que es un poco más sutil pero responde igual que las otras situaciones a la relación de dominio propia de la paternidad. Nos referimos al caso de Vautrin que, aun sin ser padre natural de Eugène, establece sobre él un conjunto de sentimientos que pueden inscribirse, ora en la complicidad de lo filial, ora en el apoyo incondicional que caracteriza a los amigos. Empero, intuimos –como también lo expresa Pitol- otros datos más significativos que los anteriores y que pondrían a Vautrin no como pederasta, pero si como un homosexual enamorado de la juventud, aspecto que tendría consecuencias en el plano tipológico del amor que profesa por Eugène. Creo que existen razones suficientes para hablar de esto y que un lector atento podría reconstruirlas fácilmente.

Sobre el París de Papá Goriot

Quisiéramos sugerir a propósito de ese París de la novela una problemática de relación que se traduce en un personaje que conecta el refinamiento, el lujo y la pomposidad con la pobreza, la necesidad y el deseo: Eugène de Rastignac. Ciertamente hay dos mundos en Papá Goriot, uno que corresponde a la burguesía en vía de aristocratizarse y otro que es propio de la clase pobre-residual. Ahora bien, aunque esto puede asegurarse sin temor a engaño, resulta más complejo arriesgar el tipo de relaciones y correspondencias entre ambos mundos, en especial porque no se trata de compartimentos, de contenedores que permanezcan separados totalmente, sino de realidades que se resignifican a cada instante.

Hay cosas que separan, eso está claro: Eugène se sienta en el comedor de la vizcondesa Beauséant y se sorprende de tanta luminosidad, un corrillo en el teatro comunica la clase de una dama y lo impropio de la otra. Y, por supuesto, la pobreza establece sus propios límites: ese pan hecho con harina del más bajo costo, la señorita Michonneau dispuesta a delatar a cualquier persona por un mes de comodidad. Pero sobre ello, como una suerte de dios todopoderoso, que sirve de reducto y tiquete, una pequeña cosa: el dinero.

Goriot ha conseguido para sus hijas el ingreso a la alta sociedad pagando, y el apasionado Eugène, pide todo el dinero que puedan enviarle desde casa y apuesta todo lo que tiene porque es menester pagar su propia entrada. "La fortuna a todo precio –dice Vautrin, riéndose todavía-, esa es la condición de nuestra época”; y es que sólo a quien tiene el dinero, esa cuota que se exige en la puerta de aquel mundo, se le permitirá gozar de los privilegios: un coche esperando en las afueras, un baile el lunes con todos los ministros, un palco de honor en el teatro, una bonita vajilla plateada, algunas delicadas alfombras y, por qué no, estar en la boca de la vizcondesa, la marquesa o la duquesa. Trata de explicar esto mismo Vautrin al joven Rastignac, y le sale todo un discurso que es una pieza magistral de sarcasmo y verdad:

“Cómo hacer rápidamente una fortuna, es el problema que se plantean en este momento cincuenta mil jóvenes que se encuentran en la misma situación que usted. Usted es uno de ellos. Calcule los esfuerzos que tiene que hacer y lo encarnizado del combate. Tienen que devorarse unos a otros como fieras, dado que no hay cincuenta mil buenos puestos. ¿Sabe usted cómo se triunfa aquí? Con el brillo del genio o con la habilidad de la corrupción. Hay que entrar en esta masa de hombres como una bala de cañón o deslizarse en ella como la peste. La honradez no sirve para nada. La gente se inclina bajo el poder del genio; se le odia, se intenta calumniarle, porque toma sin compartir; pero se inclinan si persiste; en una palabra, se le adora de rodillas, cuando no se ha podido enterrarle en el lodo. La corrupción es lo que prima, el talento es raro. Por eso, la corrupción es el arma de la mediocridad que abunda, y sentirá usted sus alfilerazos por todas partes. Verá usted mujeres cuyos maridos únicamente tienen seis mil francos de sueldo, y que gastan más de diez mil francos en vestirse. Verá usted mujeres que se prostituyen por ir en el coche del hijo de un par de Francia, que puede correr en Longchamps por la calzada del medio. Ha visto usted al pobre memo de Goriot, que ha tenido que pagar la letra de cambio endosada por su hija, cuyo marido tiene cincuenta mil francos de renta. Le desafío a que de dos pasos por París sin encontrar chanchullos infernales. Apostaría a que cae usted en un avispero con la primera mujer que le guste, aunque sea rica, bella y joven. Todas están atadas por las leyes, en perpetua guerra con sus maridos. No acabaría nunca si quisiera explicarle los manejos que se traen por sus amantes, por los trapos, por los hijos, por el matrimonio o por la vanidad, rara vez por la virtud, puede usted estar seguro. De modo que el hombre honrado es el enemigo común. Pero ¿qué cree usted que es un hombre honrado? En París un hombre honrado es el que se calla y no quiere tomar parte en la corrupción general. No hablo de esos pobres esclavos que hacen todos los trabajos sin ser nunca recompensados, y a los que yo llamo la cofradía de las zapatillas de Dios. Ciertamente en ellos está la virtud en todo el esplendor de su necesidad, pero también está la miseria. Estoy viendo la cara que pondrían esas buenas gentes si Dios nos gastara la broma pesada de no asistir al Juicio Final. Si quiere usted rápidamente la fortuna, tiene que ser ya rico o parecerlo. Para enriquecerse hay que dar golpes importantes, no conformarse con pequeños trapicheos. Si en las cien profesiones que puede usted abrazar hay diez hombres que triunfan rápidamente, la gente los llama ladrones. Saque usted sus conclusiones. He ahí la vida tal como es. No es más agradable que la cocina; huele igual de mal y hay que mancharse las manos si se quiere sacar tajada; sólo es preciso sabérselas limpiar bien después; en eso consiste toda la moral de nuestra época” (Págs. 130-131)
Sin embargo, el caso Eugène tiene un cariz un tanto diferente: a pesar de su afán por tomar parte en el festín de los convidados, en él prima el reconocimiento antes que la fortuna o, dicho de otro modo, quiere un nombre, no el dinero; y por ello en Eugène si tienen lugar todos esos dilemas de tipo moral que para aquellos que toman una decisión apresurada no revisten ningún sentido. Existen al menos dos caminos para mí –parece decirse Rastignac-: o bien, asumo el papel de la virtud, ese “sublime martirio”, la más lenta de las fortunas, o bien, me aboco a un destino de corrupción y truculencias del que quizá pueda salir beneficiado bastante pronto, sólo que mientras tanto voy arrojando a cada paso, como cosa inútil, más y más trozos de mi honradez.

Tomar una posición es más difícil todavía debido a la insistencia de Vautrin, la posición moral inconmovible de su amigo Bianchon y la misma fuerza de los acontecimientos. Pero, a fin de cuentas, ese es apenas un caso, el de Eugène de Rastignac, porque en el París de esta comedia humana hay muchos otros alineados esperando su turno de elegir, y está claro que no todos pondrán los pesos sobre la balanza, y aún peor, llegado el instante en que puedan ser juzgados por sus actos, no asomará en ellos el más mínimo destello de sorpresa; porque ellos son al modo de Vautrin, poemas infernales en los que se reflejan todos los sentimientos humanos, menos uno: el arrepentimiento.
____________________

Estamos
de frente a un nombre imprescindible de la literatura. Papá Goriot rebosa perfección por donde se la mire, tanto es así, que a casi dos siglos de distancia, puede decirse sin forzar nuestras razones, que debemos a Balzac una de las obras más bellas y profundas de la historia.

Continuar leyendo...
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.

Jack C. Harris & Paris Karounos – Anexo: Crisol de Fuerza No. 2 (Circuitos de Venganza)


AUTOR: Jack C. Harris (guión), Paris Karounos (dibujo)
TÍTULO: Anexo: Crisol de Fuerza No. 2 (Circuitos de Venganza)
EDITORIAL: Planeta de Agostini S.A./Cómics Forum (Primera edición)
AÑO: 1995
PÁGINAS: 24
RANK: 7/10


Por Alejandro Jiménez

Repasar estas páginas de Anexo es en tal modo sugestivo, que me atrevo a pensar que la Marvel ha encontrado aquí para los anales de su historia, además de un personaje memorable, un espacio en el que dos de las dimensiones más definitorias de la heroicidad –su sesgo ético y el desarrollo tecnológico- son puestas, no ya sobre la tradicional balanza del tebeo, sino sobre una mesa, diríamos, de disección, de la que sólo puede resultar un examen riguroso. En otras palabras, que debemos a Harris una historieta cuyo subtítulo debe ser acción o emoción, pero también y ante todo, una síntesis completa de la condición del superhéroe.

Y es que, como bien lo hace notar Trajano Bermúdez en su nota introductoria, cada vez se hace más difícil encontrar series a las que no quepa para sus personajes una acusación de plagio. Una y otra vez trabajando con lo mismo: un reincidente conjunto de características y una lista de dilemas que no varían en lo mínimo. Los caminos del historietista parecen azarosos: por un lado, construir una fábula que pueda al menos parecernos verosímil y, por otro, corresponderla con gráficas que logren apartarse de esos moldes manidos en los que ya han venido a beber los Spiderman, los Superman y toda la legión de sus camaradas.

Anexo brilla con luz propia porque, aun cuando vuelve sobre lugares comunes y tiene en vista situaciones recurrentes, logra poner en pie una base reinterpretativa. Está tan lejos de los “justicieros sin poderes”, como de los robots acorazados; se ubica, más bien, en un nuevo territorio, el compuesto por la tecnología informativa. Hace suya, además, la preocupación por lo moral, sin limitarla de forma exclusiva a la figura del superhéroe, sino ampliándola a lo que puede decirnos sobre ella, el científico, el hombre del corriente y hasta el propio antihéroe. Y, finalmente, personifica esa relación de discrepancia entre poder y humanidad con una metáfora por completo asombrosa.

Ya habíamos mencionado a propósito de Enemigo Desconocido, número con el que se inicia esta miniserie Anexo: Crisol de Fuerza, que son muchos los elementos que vienen a configurar la identidad de Alex Ellis como superhéroe. Uno de ellos lo constituye el hecho de serlo a su pesar; asumirse como héroe sin haber buscado serlo evidentemente traerá sus consecuencias. Tenemos también la Unidad Anexo como un elemento importante en los planos concreto y metafórico de la historia; en el primero, actuando como el dispositivo para pasar del Alex Ellis de carne y hueso a ese complejo software que es Anexo y, en el segundo, operando a modo de alegoría a nuestra época, pues si bien nuestro héroe puede utilizar todos los poderes y armamento que necesite, debe pagarlos con su propia humanidad: una regla por la cual +poder significa –condición humana.

Pero, echemos un vistazo a la historia de este segundo número Circuitos de Venganza para percatarnos de la manera en la que ocurre todo esto. A modo de resumen, conocimos antes el origen de Anexo en las páginas de Spiderman y algunos detalles de su pasado: después de perder una pierna en la Operación Tormenta del Desierto, Ellis terminó tras las paredes de la Corporación Adarco como conejillo de indias para una investigación dirigida por Barto sobre Unidades Anexo, esto es, sistemas informativo-tecnológicos que permiten a quienes han perdido alguna parte de su cuerpo, recuperarlo; la investigación, sin embargo, tenía otra faceta dirigida por David Dunson, quien buscaba desarrollar un sofisticado armamento a partir de esas mismas Unidades. Una vez venida al piso la Corporación gracias a Anexo y Spiderman, el Doctor Barto ha continuado sus investigaciones, sólo que parece que han quedado muchas cuentas sin saldar con el pasado.

Circuitos de Venganza

¿Quién está detrás de los violentos hechos que suceden en Manhattan? Y ¿Por qué tanto interés de Brazos –el poderoso cyborg- en adueñarse de la Unidad Anexo? Todo es tan confuso; creíamos incluso que Anexo había muerto al final del primer número, cuando Brazos había absorbido toda la energía de nuestro superhéroe, pero no, aquello no fue. Ciertamente, la Unidad ha terminado en poder del cyborg y, tanto él, como ese alguien que lo dirige desde algún lugar a través de monitores, ya están pensando en celebrarlo. Mientras tanto, Ellis ha podido arrastrarse a través de las calles antes de ser liquidado definitivamente, y tiene la suerte de ser visto por el Doctor Barto y su hija que huyen del laboratorio –todavía acechado por los extraños que antes lo secuestraran- después de destruirlo.

Para Hillman Barto ha llegado el momento de confesar bastantes cosas. De camino a casa cuenta a su hija y Ellis detalles insospechados sobre sus trabajos en Adarco: 1. Brazos era un técnico de laboratorio que, en busca de reconocimiento, cometió un error que le hizo perder sus extremidades superiores; la Corporación, luego de una “cirugía experimental” con la que intentaron recuperar sus brazos, fue paulatinamente añadiendo más y más unidades sintéticas hasta sólo conservar un 20% de su condición humana y; 2. La Unidad Anexo conocida por Adarco y el propio Ellis, no constituye el trabajo original de Barto, la verdadera Unidad es un dispositivo que debe implantarse orgánicamente y que puede crear prótesis con sólo el pensamiento.

El impacto de estas confesiones es muy fuerte para Melody –la hija del científico- y Ellis, pero no hay tiempo que perder, pues Brazos está buscando a Barto para completar el segundo punto de su misión –llevar a su jefe la Unidad Anexo y el Doctor-, así que en una intervención casera le será implantada a Ellis la nueva Unidad. Sin duda que el dolor es mucho, pero ahora, como Anexo, va al encuentro del cyborg que ya ha logrado ubicarlos. En su camino han quedado cientos de destrozos y un malherido Kenny Brown, sí, el novato del Daily Bugle que ha estado al tanto de todos los encuentros y peleas entre Anexo y Brazos. Lo que no sabe el cyborg y mucho menos Anexo es que aquel remedo de periodista ha encontrado el sitio en donde Brazos ha guardado la Unidad que antes robara a Ellis, y su cara se ha transformado muchísimo, luego veremos que sucede al respecto.

Por lo pronto, tenemos la lucha con la que cierra el número, tal cual la del final de Enemigo Desconocido: golpes, succiones de poder, explosiones, patadas, escombros por los aires. Pero, Brazos quiere jugar esta vez un poco con la carga moral del superhéroe, de suerte que empieza a lanzar manotadas de fuego a un lado y al otro, sobre la gente indefensa que está observando la pelea. Él, Anexo, sabe que lo primero que debe hacer es poner a salvo a aquellas personas que no tienen nada que ver con lo que está sucediendo, así que descuida la defensa del Doctor Barto, oportunidad que no desaprovecha el cyborg para agarrar por el pecho al científico y llevárselo por los aires, ante la mirada impotente de su hija. Una vez puestos a salvo todos de las llamas, estamos como al principio, sólo que peor: Barto ha sido raptado y no existe la menor pista sobre su paradero.

Anexo y Brazos: dos caras de una misma moneda

Como podemos ver en este número, las historias de Anexo y Brazos son más parecidas de lo que se cree: ambos han sido víctimas de los intereses inescrupulosos de la Corporación Adarco, han sido utilizados para investigaciones peligrosas, y han terminado alejados de una existencia “común y corriente”. Pero sucede que, por una u otra razón, cada cual ha terminado en bandos diferentes y con pensamientos contrarios. Anexo, de la mano del Doctor Barto –quien, sin embargo, le mintió- ha empezado a jugar del lado de la justicia, lo único que le interesa es sobrellevar su deficiencia física y trabajar por las personas que lo necesitan, prueba de ello son las últimas escenas de este número en las que se lanza abiertamente a defender a quienes no pueden hacerlo por sí mismos.

Brazos, por su parte, juega de un lado más misterioso. Todavía no sabemos si es de una Adarco resurgida, que está interesada en recuperar la Unidad Anexo para continuar con sus investigaciones armamentísticas, u otro personaje particular. Lo que si está claro es que desea utilizar la Unidad él mismo y que Barto es una ficha “clave en su destino”. Lo más posible es que no sepa que, debido a las múltiples investigaciones que se cruzaron sobre la Unidad cuando fue creada, tiene propiedades encontradas: un lado poderoso y otro deshumanizado –un poder nuevo = una descarga del material informativo humano de quien la posea-, razón por la que podría resultar un arma de doble filo.

Una carrera contra lo inmoral

Tal vez Circuitos de Venganza sea un número con menos golpes que otros de la serie; sucede que la intensidad va más bien por el lado de las cavilaciones que cada personaje va tejiendo. Aquí, ellos se dibujan en una faceta que permite dar cuenta de sus móviles, deseos y temores. La figura del Doctor Hillman Barto, en este sentido, es muy importante: aun más que el mismo Anexo, es él quien conecta el presente de la obra con las regresiones, que es tanto como decir el pasado con sus consecuencias. Pero, además, sobre su condición pesan, con mayor fuerza, las cargas de tipo moral. Para Anexo, por ejemplo, hay una cosa clara: luchar por unos principios claves como son la justicia o la verdad; estos son la base de sus acciones: trata de convencer a Brazos de una posible ayuda del Doctor para su actual estado o salva a un niño de morir atrapado por las llamas.

En cambio, la intensidad del aspecto moral es mucho más profunda para Barto: ha engañado a todas las personas aun cuando trabaja bajo un principio irrevocable de verdad. Engañó a los científicos de Adarco, precaviéndose de sus propios intereses; a su familia, a la que ocultó siempre el trabajo que desempeñaba; y hasta al mismo Ellis. Guardó para sí el secreto de todo lo que hacía, y ahora se siente culpable de las consecuencias. ¿Pero qué otra cosa podría hacer? Era una Corporación corrompida y sin escrúpulos para la que trabajaba, todo lo que hacía era rápidamente degenerado hacia otros fines, de modo que no tenía alternativa; pero sea como fuere, esas cosas han tenido mucho peso para él, y ahora no sabe cómo afrontarlas. Por esto decíamos antes que la fuerza de la disquisición ética, no está recargada en el personaje principal, sino que tiene importantes aspectos en otros nombres de la historia.
__________________

Con dibujos de los que no es necesario hablar –asumidos aquí no por McDaniel, sino por Karounos- y una historia compleja y original, Crisol de Fuerza es un capítulo privilegiado en la genealogía de la Marvel. La cita es con el tercer número: Anexo Vs. Pelotón.

Continuar leyendo...
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.

Ulrich Beck – Libertad o Capitalismo (Conversaciones con Johannes Willms)


AUTOR: Ulrich Beck
TÍTULO: Libertad o Capitalismo (Conversaciones con Johannes Willms)
EDITORIAL: Paidós, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2002
PÁGINAS: 220
TRADUCCIÓN: Bernardo Moreno Carrillo
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

“Libertad o socialismo”, gritaron los conservadores durante la Guerra Fría; un pregón que, por su tenor y espíritu, parecía salido de las huestes del liberalismo y que, por otro lado, puso a la gente no en una situación de auténtica dicotomía, sino en un terreno en el que la experiencia de la libertad sólo era posible bajo un marco político no socialista. Dicho de otro modo, que para una sociedad como la estadounidense, educada bajo los principios más fervientes de la libertad y propiedad privadas, ese pregón significaba menos una verdadera relación de posibilidad que su declaración de dueña y señora de la libertad en el mundo.

Hoy, varias décadas después de aquellos acontecimientos, asistimos a una inversión histórica de dos términos que, a la postre, ya no parecen jugar del mismo lado: la libertad y el capitalismo. Diríamos que la situación para el socialismo afrontó sus principales crisis con el debilitamiento de la Europa del Este, pero que también el capitalismo ha empezado a atravesar su propio camino espinoso, merced a la atomización social y las contradicciones que han pervivido desde siempre en su discurso, aspectos uno y otro que, en la actualidad, sugieren al hombre una nueva relación, esta vez si dicotómica entre libertad o capitalismo.

No otra cosa es este libro de Ulrich Beck (1944-), Freiheit oder Kapitalismus, publicado en el año 2000, y que se suma al conjunto de obras provenientes de distintas disciplinas, que han asumido la responsabilidad de desenmascarar los vacíos y falacias que sirven de base a las prácticas capitalistas existentes. Ulrich Beck, director del Instituto de Sociología de la Universidad de Munich, catedrático de la London School of Economics y miembro de distintas comisiones del gobierno alemán, es una de las figuras indiscutibles del pensamiento contemporáneo, cuyo trabajo –especialmente desarrollado en el campo de la sociología- lo posiciona junto a renombrados intelectuales como Jürgen Habermas o Helmut Schelsky.

Porque sucede con Ulrich Beck que las gastadas categorías con las que todavía se siguen midiendo las problemáticas sociales son reinventadas, contemporaneizadas o, finalmente, desechadas, pero de ningún modo utilizadas para redundar en aspectos que requieren de nuevos ojos e interpretaciones frescas. En su pensamiento, nociones como Estado-nación, globalización, individualismo o posmodernidad son tan rigurosamente evaluadas, que varias de sus teorizaciones (categorías zombis, individualismo social o cosmopolitismo) están a la vanguardia de los estudios políticos y sociológicos. No cabe duda de que mientras los managers del neoliberalismo anuncian a voz alzada el fin de la política, intelectuales como Beck continúan persiguiendo un objetivo claro: pensar la sociedad.

Pues bien, Libertad o Capitalismo, contiene una serie de conversaciones que Ulrich Beck sostuvo con Johannes Willms, y que han sido editadas en este libro, básicamente porque no constituyen una aproximación basada en la opinión, sino –y esto a pesar de su estructura- una revisión sistemática de distintas dimensiones de nuestra sociedad –la globalización, el régimen de riesgo, la subpolitización, etcétera-. Conversaciones divididas en seis partes de las que destacaremos aquí los elementos que nos han parecido relevantes, sabiendo de antemano lo limitado de nuestro estudio.

La segunda modernidad

Al contrario de varios teóricos –especialmente de Lyotard-, para quienes la situación contemporánea puede entenderse bajo la mirada de una posmodernidad, Ulrich Beck propone, desde la sociología, la noción de segunda modernidad. Por ella no sugiere una nueva periodización, sino la existencia de “modernidades” que se relacionan en términos de continuidad-ruptura. Su análisis es tanto como establecer un esquema comparativo de los rasgos característicos de primera y segunda modernidades: la primera, basada en sociedades del modo Estado-nación que funcionan a través de grandes discursos colectivos y una clara distinción entre ellas y la naturaleza, pero que además impulsan el empleo asalariado en plataformas de tipo industrial y; por el contrario, una segunda modernidad, que debe vérselas con la globalización, el individualismo institucionalizado y los regímenes de riesgo mundial.

Esta transformación de las condiciones insta a la sociología a revisar el conjunto de marcos por medio del cual considera a la sociedad. Es obvio que continuar trabajando con categorías que responden a realidades superadas no sólo es inútil, sino también bastante peligroso. A este respecto, la idea de categorías zombis propuesta por Beck resulta atrayente. Una categoría zombi, en su opinión, es un marco conceptual vivo-muerto que procede del horizonte de siglos precedentes y que nos hace pensar de manera analítica-apriorística la dinámica propia de la segunda modernidad. Nuestro autor considera algunos ejemplos: la delimitación territorial de la sociología, la suposición de colectividades sociales concretas o el bios evolutivo.

Así, la sociología no puede continuar pensando que su objeto de estudio está concretado en espacios o grupos particulares; su metodología debe transformarse radicalmente, entender que no existen ya Estados-nación independientes, ni colectivos inmutables, sino que todo esto está viviendo una vertiginosa remantización, por la que los límites tradicionalmente reconocidos se hacen difusos y complejos. ¿Qué es ser un nacionalista –se pregunta Beck- para un Londres que compra sus taxis en Singapur? O ¿Por qué obstinarse en la idea de la familia como núcleo de la sociedad, cuando cada día encontramos en ella mayores escisiones e independencias? Negarse a la evidencia de una sociedad globalizada, interconectada, esto es, replegarse en los nacionalismos, etnicismos o toda suerte de categorías zombis, es intentar hacerse el de la vista gorda con aquello que ya ha alcanzado un espacio contundente.

En la primera modernidad decíamos “o esto… o eso” –o estamos en Bruselas o estamos en Kiev, o trabajo para esta empresa o para la otra-, actualmente nuestro discurso se posiciona como un “no sólo… sino también” –no sólo estoy en Bruselas… sino también en Kiev, no sólo trabajo aquí... sino también allá-. Los medios de comunicación y transporte, las tecnologías de avanzada, la restructuración económica y cultural, permiten afirmar este tipo de cosas, y en tanto esto es así, los sociólogos deben actualizar sus herramientas de comprensión. La economía, por ejemplo, no entiende ya de límites geográficos, está –por decirlo de alguna manera- por encima de ellos, del Estado, de las ciudades, mientras que los gobiernos y buena parte de las instituciones, entre ellas las académicas, siguen entendiendo que la globalización es una realidad que debe enfrentarse como Estado y no a través de miradas de mayor envergadura.

Libertad o capitalismo

Pensemos en que ese recorrido por la primera y segunda modernidades viene a representarnos también la trayectoria del capitalismo: un capitalismo de producción –propio de los siglos XVIII y XIX-, uno de consumo –que, aunque intersticial, todavía está vigente en nuestros días- y, por último, un capitalismo de sesgo neoliberal, que vendrá a corresponderse ampliamente con las condiciones sociales de la segunda modernidad. Lo que haría particular el capitalismo neoliberal respecto del basado en el consumo, no es el abandono de esta cualidad consumista, sino más bien la desaparición de los espacios concretos a los que antes se atribuía la enajenación: ahora la Coca-Cola o la McDonalds no son compañías estadounidenses solamente, también son empresas alemanas o mexicanas, a razón de su carácter subsidiario y de incursión cultural.

Pero, además de esto, nunca antes en la historia, ni siquiera durante el desarrollo del new deal, las conductas de individualización habían estado tan propagadas: un individualismo que se hace ver como libertad –libertad para elegir entre seis yogures diferentes, entre cuatro empresas petroleras-, pero que es, al contrario, una réplica de la despolitización inherente al discurso neoliberal. Vamos a distinguir con Beck dos clases de individualismo, al primero lo llamaremos individualismo institucionalizado o de empresario de sí y, al segundo, individualismo social o experimental; aquel es al que estamos “abocados”, y éste es el que nos permite una cierta posibilidad.

La formación, el mercado laboral, la movilidad son entendidas en el plano del individualismo institucionalizado; creemos que a través de aquellos espacios logramos formular una biografía personal, pero lo cierto es que aquello que podemos estudiar factiblemente y que constituye la base para nuestro posterior trabajo y movilidad, responde únicamente a necesidades de tipo económico, es decir, la economía determina qué se estudia y qué no, porque –para citar un caso- sus estadísticas de vacantes laborales condicionan nuestras elecciones. Sobre esto verá Beck uno de los rasgos más perversos de la época: el paso de las empresas como núcleos de enajenación a la descarga “sobre el propio individuo de la autoexplotación y la autoopresión”. El hombre de hoy reconoce ciertos elementos por los que debe inclinarse para asegurar un fajo de billetes en su bolsillo y, por él, se autodetermina sumisamente, dejando en un segundo plano su libertad.

Existe, sin embargo, otra mirada por la cual los alcances actuales del capitalismo nos han puesto por fin en el umbral de la verdadera libertad: lo global significa disolución de la tradición, del estado, de la familia, de la religión, o sea liberación frente a todos los marcos históricamente reguladores. La humanidad tiene así ante sus ojos una nueva etapa de su desarrollo; está, diríamos, ante una decisión apremiante: libertad o capitalismo –libertad para utilizar la globalización a modo de comodín, no de guillotina, o capitalismo, para continuar la cultura del consumo y la ostentación-. Parece que tenemos la oportunidad definitiva para liberarnos tanto de las conocidas fórmulas de enajenación, como de las nuevas trabas a la libertad: el nacionalismo posmoderno que insiste en su idea de Estado-nación, el globalismo enemigo de cualquier acción política, o el autoritarismo democrático que pone a su disposición todo avance tecnológico-informativo como mecanismo de control.

Creer en la posibilidad que abre la globalización para el ejercicio de las libertades implica reconocer que distintos escenarios no considerados hasta hoy políticos –puesto que hacen parte de lo privado-, se revelan como espacios que exigen del individuo una condición política. En esto Beck supera, incluso, teorías de algunos contemporáneos como Alessandro Baricco, para quienes el estatuto de lo público o, al menos, de lo político, no podría abarcar fenómenos como la redefinición genérica, la distribución de las funciones domésticas, entre otras. Para nuestro autor, en cambio, es posible y también necesario este empoderamiento como sujetos que deciden y actúan, ya no desde plataformas partidistas, sino desde la defensa misma de las libertades individuales o las asociaciones que en su nombre puedan organizarse.

El Chernóbil económico

Dentro de las preocupaciones políticas que comportan especial importancia en la actualidad, existe una a la que Ulrich Beck ha destinado numerosas páginas: la sociedad de riesgo. Sobre ella hizo originales consideraciones en textos como La Sociedad del Riesgo o Políticas Ecológicas en la Edad del Riesgo. Aquí, regresa sobre el tema, principalmente para explicar tres de sus dimensiones: 1. su distinción frente al concepto de peligro; 2. su relación con la causalidad y; 3. sus distintas posibilidades de interpretación.

La teoría de Beck no se permite debilidades, pero tampoco exageraciones; los riesgos –dice- están asociados a decisiones humanas, es decir, al proceso de civilización y modernización. Es distinta, en este sentido, al simple peligro o a las catástrofes, porque aquellas son provocadas por la naturaleza e interpretadas desde la tradición o el mito. Una sociedad de riesgo es, al mismo tiempo, conciencia e interés por hacer previsibles unas acciones incontroladas –la manipulación genética, el manejo de desechos, los materiales nucleares, etcétera-. Sus orígenes se remontan a las travesías intercontinentales, pero de aquello a la actualidad dista un abismo, puesto que el alcance de los riesgos supera ya la totalidad de la población, no colectividades aisladas. Es más, el riesgo de un colapso nuclear, por ejemplo, ha trascendido además de lo espacial, lo temporal, tanto como decir que una comunidad cualquiera evidencia las reales consecuencias de un contacto con desechos tóxicos sólo un par de generaciones después, cuando hayan mutado determinados elementos de su estructura genética.

A lo largo de la historia este tipo de contingencias han intentado preverse y asegurarse a través de los regímenes de riesgo y su materialización en los seguros de vida, trabajo y demás. Pero todo ha sido insuficiente porque su base de análisis, la causalidad, es un concepto muy ambiguo. Si en un sitio hay una denuncia por enfermedades producidas a causa de un gas tóxico, la empresa imputada puede exigir a su vez que se pruebe que ella es verdaderamente la culpable de la enfermedad, y no cualquiera de las otras tres o cuatro empresas del sector; frente a ello, quién podría establecer juicios definitorios, si parece que entre más industrias contaminantes existan es más difícil dar con los culpables. Ello, por hablar de lo que continúa ocurriendo en sitios delimitados, y no en marcos menos estipulables porque, cómo hablar de causalidad en términos de alimentos transgénicos, o desastres nucleares, allí donde nadie asegura y nadie se siente culpable.

Ante esta situación, Beck observa dos posibles líneas de interpretación. La primera tiene que ver con la obstinación del Estado-nación como único escenario de decisión frente a los riesgos: cada país elige su forma de asumir las problemáticas, pero olvidan que las consecuencias de la tecnología actualmente trascienden las regulaciones de la empresa o el espacio en donde se producen, para hacer parte de la totalidad de lo social. La segunda forma de interpretar la sociedad de riesgo –y ello teniendo en cuenta los avances de Greenpeace y las ONGs- es como lugar para la conciencia, en donde el individuo, desde su particularidad, asume que el progreso no puede equivaler a irresponsabilidad; en otros términos, Beck quiere ver aquí un determinante para una sociedad autocrítica, no pesimista, sino reflexiva, y que no hace de los riesgos –como parece suceder hoy día- otra oportunidad para la capitalización, vendiendo, por ejemplo, tecnologías anti-riesgos.

Finalmente, nuestro autor considera, recuperando la imagen de Chernóbil, otro gran riesgo que generalmente no se asume como tal: el económico. El discurso neoliberal ha posicionado a la economía como centro de la sociedad, como núcleo de las directrices sociales y políticas, razón por la cual, un posible colapso de su lógica –como ocurrió en Estados Unidos el año pasado- puede significar un desastre de grandes magnitudes.

El régimen de riesgo del trabajo

La sociedad se ha transformado hasta tal punto que modalidades de régimen de riesgo tan bien establecidas como la del trabajo, están hoy por hoy tambaleándose. En efecto, cada vez resulta más difícil entender la vida laboral como se había hecho desde Marx, incluso, desde antes: empleos aparentemente autónomos, ocupaciones temporales, independientes, sin términos fijos, todo ello hace que el régimen de riesgo no pueda controlar aquello que está por fuera de la lógica asalariada.

Pero la situación escapa a la sola interpretación hecha por los medios aseguradores. Con la pérdida de este trabajo pleno para el que nos educábamos y que desempeñábamos a lo largo de nuestras vidas hasta pensionarnos, se está perdiendo también una de las bases de la democracia: la igualdad en las oportunidades laborales. Ahora bien, nada más lejos de la posición de Beck que insistir en este tipo de trabajo; por el contrario –así como sucedía con el individualismo y la sociedad de riesgo-, la transformación del trabajo es vista por el autor como la oportunidad para que los regímenes de seguridad laboral nos permitan desempeñarnos en lo que realmente encontramos un sentido –al modo de los “parados” alemanes y europeos-, porque si estamos abocados a la individualización, no tiene sentido ir en contravía pensando, por ejemplo, en unificar de nuevo a los individuos con base en sus actividades laborales.

La iglesia, pero sobretodo los partidos políticos continúan, sin embargo, insistiendo en la idea del trabajo pleno y controlado, aumentando con ello la estructura de dominio interiorizada que nos impulsa a creer que por fuera de los trabajos asalariados todo lo nuestro va por mal camino. Y esto, a pesar de que la misma empresa ha cambiado, ya no es un espacio para la conciencia de clase, como fuera hasta el siglo XX –en ella, ahora la explotación se encuentra camuflada- y, también, de que la economía cuando habla de producción nacional o dividendos estatales, sólo juega a engañarse, porque:

“Cada vez hay más bienes y servicios que atraviesan las fronteras entre países, pero que no se compran ni se venden en ningún sentido, sino que la dirección de una misma y única multinacional los lleva de uno a otro lado entre varias unidades y filiales. En los años ochenta, se contaba ya con el hecho de que alrededor del 80% de las denominadas importaciones USA eran en realidad comercio interempresarial, y el Banco Mundial estimó que, a principios de los años ochenta, el 40% del comercio global se estaba desarrollando ya en el interior de consorcios internacionales” (Pág. 174)
La sociedad cosmopolita y sus enemigos

Habíamos dejado un poco en paréntesis la idea de la globalización en Beck para ampliarla aquí con motivo de su teoría de la cosmopolitización. Lo primero será entender que, distinto de lo que pueda pensarse, la globalización no significa globalización, sino transnacionalización, esto es, lo local adquiere un nuevo sentido e identidad, sin desaparecer; de allí que Beck utilice el término glocalización. Al mismo tiempo, la globalización es distinta al globalismo, en el sentido de que aquella describe el fenómeno, mientras que este último da cuenta de su ideología (el neoliberalismo). Globalización que, además, es abordada como fenómeno aditivo o sustitutivo, según que se considere que se suma a las lógicas de la modernidad, en especial a la del Estado-nación, o bien las supera sustituyéndolas.

De esta forma, lo que entiende Ulrich Beck por cosmopolitismo es una interpretación de la globalización, caracterizada por sesgos críticos e internalizados que permiten enfrentarla, ya no desde líneas fenoménicas nacionales, sino desde una proyección también global y política; significa, pues, el reconocimiento de la verdadera multiplicidad y ubica su tradición en el futuro, un futuro en peligro sobre el que debe actuarse para evitar su desintegración. Así lo dice el mismo Beck cuando asegura que:

“Con el concepto de clase, y de sociedad de clases, Marx se propuso dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, suministrar una descripción teórica y, por el otro, aplicarla de tal manera que dejara al descubierto la conflictiva dinámica política de la sociedad. Pues bien, la cosmopolitización significa también ambas cosas. El concepto de sociedad cosmopolita exige un nuevo marco descriptivo y diagnostica una nueva dinámica clave del conflicto político” (Págs. 183-184)
Perspectivas: una segunda ilustración

Si la primera modernidad tuvo una ilustración, la segunda comportará la suya propia. Aquí, dice Beck, ya no se descubrirán grandes narraciones como sucedió en los siglos XVIII y XIX, sino que se tendrán en cuenta las distinciones entre las que ya existen y de las que se desprende la multiplicidad propia de nuestra época. La idea de la democracia ha cambiado, la política ya no puede basarse –como en Grecia o en la modernidad- en la idea de polis o Estado, tiene que escapar de estos contenedores y alcanzar la envergadura de la globalidad, debe ser cosmopolita en el sentido de que cada cosa que sucede en el mundo nos involucra.

La segunda ilustración exige nivelar la ética y el progreso científico-técnico para actuar decididamente sobre el problema de los riesgos. A fin de cuentas, son más de los que se creen los que estamos buscando estas mismas cosas: pensemos en los movimientos sindicales de avanzada, las ONGs, los intelectuales que no admiten darse por vencidos, muchos expertos y profesionales, entre otros. Si el Estado es para la economía sólo un actor entre muchos, esa figura política debe ser asumida por nosotros, todo más cuanto el neoliberalismo ya no tiene solamente a aquel esperando contra la pared, sino también a nuestras existencia y condición como individuos libres y políticos.
____________________

Libertad o Capitalismo es un libro que debe leer toda persona interesada en su época, pero sobretodo aquel que, consternado por el influjo de los medios y toda la maquinaria económica, empieza a sentirse extraño en la Tierra.

Continuar leyendo...
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.

Jean Perrot – La Lingüística


AUTOR: Jean Perrot
TÍTULO: La Lingüística
EDITORIAL: Oikos-Tau, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1970
PÁGINAS: 127
TRADUCCIÓN: Nuria Clará
RANK: 7/10
.



Por Alejandro Jiménez

La culpa la tiene una excesiva naturalidad. Para los lingüistas es bastante diferente: empiezan a tener perfectamente definidas cada relación, cada forma y cada parte del sistema del lenguaje. Para el hombre del común, en cambio –ese que ahora mismo discute con su compañero, lee su apartado favorito del periódico o se dedica a canturrear una canción-, el lenguaje es tan sólo una herramienta eficiente, una condición de la que parten inconcientes toda acción y pensamiento que pretenda; ese hombre utiliza el lenguaje porque lo ha aprendido y desarrollado, pero ello con tal excesiva naturalidad que las preguntas por sus bases y condiciones, silenciosamente, las ha delegado a un especialista.

La historia del hombre, por otra parte, es la historia del lenguaje, y lo que hay detrás o antes es pura animalidad irreflexiva. Pero he aquí que aún siendo el lenguaje, es poco lo que sabemos sobre él, tanto nosotros –los ciudadanos del común- a quienes nos basta con su buen funcionamiento, como ellos –los lingüistas- porque su ciencia es reciente en comparación con otros campos del conocimiento y porque, además, el estudio de los hechos situados de la lengua estuvo socavado por la filosofía y la gramática durante casi tres milenios.

Nos llega así, en este panorama ciertamente encontrado –en el que, por un lado, se obvian totalmente el sentido y la historia de la lengua y, por el otro, se avanza en sus estudios y teorías- este libro de Jean Perrot, profesor de La Sorbona para la época de su publicación (1969), y que tiene la doble virtud de servir a los intereses de los unos y los otros. La Lingüística (Le Linguistique) es un manual de estilo y escritura equilibrados, lejos de cualquier tecnicismo innecesario y cercano siempre a la complejidad de los temas abordados que, gracias a una organización ejemplar, esbozan una mirada amplia y referenciada sobre distintos problemas propios de la fonología, la sintaxis, la semántica y la morfología.

Y es que La Lingüística, a pesar de su breve extensión, no es un manual simplemente informativo, sino un verdadero esfuerzo antológico para dar cuenta de definiciones, orígenes, metodologías, disciplinas, problemáticas, etcétera, todos ellos referentes al lenguaje y que, en conjunto, ubican al profano e instan a la discusión al estudiante. El libro se encuentra dividido en cuatro partes que intentaremos seguir a continuación, sólo que antes vamos a considerar una imagen general que pueda ubicar a su vez a todos nuestros lectores.

Marco general de la lingüística

El estudio que hace la lingüística sobre el lenguaje se aparta radicalmente del enfoque filosófico, sociológico, antropológico y literario. Es cierto que los aportes de estos saberes han sido decisivos en la consolidación de la lingüística como ciencia, pero ella los asume ante todo como los aspectos múltiples de la realidad que es su objeto, es decir, en el momento en el que la lingüística piensa el lenguaje como realidad que comporta matices filosóficos, sociológicos y demás, está logrando para ella un objeto de estudio nuevo que le resulta propio, de allí la afirmación que hace Perrot y por la cual:

“Su meta es el estudio de la estructura y de la evolución del lenguaje humano en toda la complejidad de su funcionamiento y de sus realizaciones en lenguajes diversos” (Pág. 14)

Ahora, si aceptamos por un momento una definición básica de lenguaje, algo como “institución social, fundada en la utilización de la palabra para la comunicación del pensamiento”, tendremos una serie de dimensiones sobre las que es posible estudiarlo: sus condiciones sociales (de funcionamiento y evolución), su significado e interpretación, sus presupuestos psíquicos y psicológicos y, por último, su relación con la anatomía y fisiología humanas. Cada uno de estos aspectos hace referencia a una línea de especialización: lingüística histórica, psico-lingüística, etcétera.

Podríamos decir que muchas de estas líneas investigativas tienen una historia un poco más larga de lo que se prevé, pero su devenir ha sido muy intrincado y difuso, tanto, que tradicionalmente se piensa en el año de 1833 como la fecha en la que la lingüística gana por fin un campo propio de estudio distinto al de la filología o la gramática –aunque todavía se sigan usando indiscriminadamente los tres términos-. Desde entonces y con trabajos que empezaron basándose específicamente en la búsqueda de la lengua original a través de métodos comparativos, la lingüística viene reputándose como actividad científica de suma importancia para teorías tales como las de la información o los estudios culturales.

I. Campo y método de la lingüística

Documentación. La recolección de materiales para los estudios lingüísticos varía según el tipo de lengua que se considere. Hablamos de lenguas muertas y lenguas vivas; para las primeras, generalmente los datos se obtienen de lenguas que hayan continuado su tradición, por ejemplo, se conocen ciertas características del latín –muerto en su plano de habla- merced a observaciones sobre su desarrollo en las lenguas romances que la sucedieron como el español o francés. Durante los siglos XV y XIX, los textos predilectos para hacer este tipo de estudios fueron los religiosos, pero aun cuando ahora se utilicen diversas fuentes, el volver sobre las lenguas muertas siempre tiene una gran limitación: el hacerlo sólo desde el plano de la escritura. Al contrario, los registros para el estudio de las lenguas vivas privilegian el plano de la oralidad; a partir del habla puede seguirse la investigación de lenguas en extinción (indígenas en especial), las variedades particulares de regiones o grupos sociales e, incluso, las variaciones técnicas y literarias.

Procedimientos. Un lingüista, entre otros, tiene a su disposición procedimientos de investigación tales como encuestas, medios técnicos (sobretodo utilizados en fonética instrumental: quimógrafos, fonógrafos, espectrogramas) y estadísticas (que, en los últimos tiempos, han estado al orden del día debido a las teorías de la comunicación de masas y el desarrollo de las grandes plataformas informativas).

Balance. Las estimaciones para la época del libro alcanzaban los 2500 a 3500 idiomas conocidos en el mundo, la mayoría de ellos con registros de los tipos citados antes, pero es lógico que entonces y todavía hoy –cuarenta años después- continúen muchas lenguas sin interpretar. Así mismo, se reconoce como la lengua escrita más antigua el sumerio, aparecido en el 3500 AEC al sur de Babilonia, seguido del acadio, egipcio, hitita y, sólo hasta el milenio I AEC, el griego de los poemas homéricos, el sánscrito y el hebreo de los primeros textos bíblicos.

II. La lingüística descriptiva

Jean Perrot tiene en cuenta en su manual tres líneas especiales de la lingüística: la descriptiva, la histórica y la general. Es lógico que todas ellas estén imbricadas, que no se pueda construir una genealogía sin describir, o establecer tipologías prescindiendo de la historia; por ello, cuando se habla de una o de otra se hace referencia más bien a una prioridad o foco de atención. Así, puede decirse de la lingüística descriptiva que es aquella cuya finalidad principal es la descripción de las características generales de una lengua (cuántas vocales tiene, cuántas consonantes, cuáles son sus modos para género y número, etcétera). Se trata, pues, de un estudio sincrónico que el autor nos presenta en una doble dimensión interna y externa.

Caracteres externos. Aquello de lo que la lingüística descriptiva puede dar cuenta como aspectos externos de una lengua constituye una lista muy variada: puede hablar tanto de condiciones geográficas, mezclas idiomáticas o bilingüismo, como de argots, dialectos y hasta de las relaciones que se establecen entre ciertos marcos lingüísticos y aspectos morales de la sociedad.

Caracteres internos. Los aspectos internos, por el contrario, son algo así como la materialidad de la lengua, presentada a su vez a través de la combinación de los sonidos. Esto equivale a decir que la lingüística descriptiva se encarga de recuperar y analizar los componentes internos de la lengua, y esto lo hace desde la fonética, el léxico, la sintaxis, la gramática y demás. De este modo, por ejemplo –de acuerdo a la lengua-, precisa la distinción entre vocales y consonantes, la articulación de los sonidos (labial, dental, alveolar, palatal), estudio realizado por la fonología; pero también organiza el conjunto de palabras con las que cuenta una lengua en un determinado momento de su historia, esto es, las palabras tomadas en préstamo, los vocablos propios de ella y sus grupos sociales, los utilizados para asociar (prefijos, conjunciones), las raíces y las uniones, todo ello estudiado por la lexicografía.

Al mismo tiempo, y como otro carácter interno de la lengua, describe la manera en la que es posible la formación de palabras a partir de raíces y morfemas, cuestión que compete a la morfología y, además, rastrea la formación de cadenas de palabras, el uso de categorías gramaticales (número, voz, tiempo), las alternancias o declinaciones de acuerdo a las reglas generalmente aceptadas, trabajo realizado alternativamente por la gramática y la sintaxis, esta última también encargada de describir los tipos de enunciados existentes en la lengua (interrogativo, declarativo).

Método. El método de la lingüista descriptiva trabaja con base en categorías que ha venido construyendo de acuerdo a sus campos de análisis (fonemas en fonología, morfemas en morfología, sintagmas en sintaxis). Como sucede en la lingüística general, estas categorías funcionan de acuerdo a relaciones de diferencia –Saussure dijo: “en la lengua sólo hay diferencias”- y oposición, pero como nos lo hace notar Perrot, quizá el problema más difícil de sobrellevar para este método es el de desnaturalizar los hechos, apartarlos de su matriz comunicativa que es el habla espontánea, para ubicarlos en un paréntesis sin tiempo en el que todo funciona basado en abstracciones.

III. La lingüística histórica

Toda lengua posee una historia y en ella influyen las condiciones sociales y culturales a las que se ve abocada su sociedad. De ello resultan dos puntos: 1. Es posible hablar de aspectos propios de una lengua (el francés del siglo XVII o el español del XVI) y; 2. Como de aquellos estados anteriores de lengua no pueden hacerse registros actuales de su habla, el método comparativo por el cual de un estado concreto del desarrollo es posible volver hacia estados anteriores, se nos presenta como el más pertinente. Así pues, el método comparativo es el método de la lingüista histórica.

Precisamente por esta condición, la lingüista histórica tiene mayor tradición que la descriptiva. Ya desde el siglo XIV se intentaba llegar a través de métodos comparativos a la lengua original de la humanidad, que se presumía era el hebreo. Camino largo y prolífico del que resultó también la reconstrucción de familias enteras de lenguas que hoy día están más definidas que nunca: el indoeuropeo (francés, portugués, español), el germánico, el esclavo, el celta, indio, armenio y demás, las lenguas finougrias (húngaro, fines y lapón), por citar parte del caso europeo.

Método comparativo. El método comparativo en la perspectiva de la lingüística histórica da cuenta de dos tipos de relaciones básicas: la concordancia por parentesco (filial) y la concordancia por préstamo (no filial). Aquí, el término concordancia es tanto como correspondencia, entendido en los estudios del lenguaje como el fenómeno por el cual dos fonemas de dos lenguas “diferentes” continúan un mismo fonema antiguo. Pensemos en un ejemplo: del latín nócte, el francés ha construido nuit, el español noche y, el italiano notte; las tres lenguas tienen un origen común –son románicas- y es posible encontrar en sus tres respectivos vocablos para designar la realidad "noche", una correspondencia tanto en el plano fónico como en el semántico, lo cual es importante destacar porque podría presentarse el caso de dos palabras fonéticamente parecidas, pero con significados diferentes, en cuyo caso no existiría correspondencia.

El anterior caso, pues, es una concordancia por parentesco, pero existen además concordancias por préstamos, dadas especialmente en el campo del léxico que es el más inestable del lenguaje. Un préstamo, se nos dice, es cualquier vocablo tomado de otra lengua y que puede hacer suponer después de un tiempo que se trata de correspondencias establecidas con base en un origen común, lo cual es inexacto. Perrot tiene en cuenta unas categorías que podrían explicarse mejor a la luz de un ejemplo con lenguas de distintas familias como el inglés y el español. Consideremos la situación política de ambos países y pensemos que A es el inglés de Estados Unidos y B el español de Puerto Rico:

“Si una lengua A se extiende en el dominio donde se habla la lengua B, resulta un estado de bilingüismo que acaba por desaparecer y subsiste sólo una de las dos lenguas. Si es A la que subsiste, pero marcada por B, se trata de un hecho de sustrato. Si es B la que subsiste, la acción de A sobre B es un fenómeno de superestrato. Si el vecindaje es sólo geográfico o contacto de dos lenguas A y B, las interacciones que pueden resultar son fenómenos de adstrato” (Pág. 84)

IV. La lingüística general

“La lingüística general parte de los hechos de la lengua para intentar reconocer rasgos comunes en lenguas históricamente diversas y sacar leyes, leyes de funcionamiento y evolución que tengan una proyección general”. Quizá podamos decir que es la trascendencia de la lingüística descriptiva, en tanto que aquí estamos buscando consolidar leyes universales, que parten de una base empírica pero que alcanzan la categoría de generalidades. La historia está en un segundo plano, lo mismo que la biología, la psicología o la fisiología, pues adviene como aspecto central del análisis la noción de signo lingüístico.

Perrot sigue la clásica distinción de Ferdinand de Saussure en su Curso de Lingüística General, para dar cuenta de los planos de estudio de un estado distintivo de la lengua: sincronía y diacronía. Desde allí adelanta su exposición que, lógicamente, se centra en los aspectos teóricos de la lingüística sincrónica cuya base, dijimos, es el signo lingüístico, entendido como “el resultado total de la asociación de un significante y un significado”, en donde el significante corresponde a la imagen acústica del signo, a su sonido, y el significado a su concepto o idea. Pero, además, el signo lingüístico tiene otras dos importantes condiciones: ser al mismo tiempo arbitrario y necesario:

“El signo lingüístico es, en efecto, a la vez arbitrario y necesario: el lazo que une significante y significado es necesario; en la conciencia del castellano-parlante el significante buey (es decir, la imagen acústica del grupo de sonidos b w é i*) evoca necesariamente la imagen acústica bwéi. ‘El significante es la traducción fónica del concepto; el significado la contrapartida mental del significante’ (E. Benveniste). Pero no existe ningún vínculo necesario entre el 'buey', elemento de realidad, y el signo que lo evoca en castellano, en francés, en inglés, etcétera. La misma diversidad de estos signos según las lenguas lo prueba con toda evidencia: por ello hablamos del carácter contingente (punto de vista filosófico), convencional (punto de vista social) o arbitrario del signo” (Págs. 104-105)

Sin embargo, el aporte más destacable de la lingüista general acaso sea el haber consolidado la noción de estructura o sistema de la lengua. Sistema constituido de sistemas (lexical, fónico, gramático) que funcionando coincidente aunque no equilibradamente, favorece no sólo la comunicación de los humanos, sino su propia transformación como estructura. Es necesario anotar, por ello, que si bien los estudios de carácter sincrónico han contribuido notoriamente al desentrañamiento de muchos aspectos del lenguaje y la lengua –estudios que verían su otro gran capítulo con Chomsky, del que no se trata en absoluto a lo largo el libro-, la dimensión evolutiva de una lengua, sigue siendo relevante bajo cualquier mirada, es decir, resulta inútil y peligroso privilegiar un estado determinado de la lengua, puesto que apenas se expande el examen, se encuentra que este es apenas un producto en pleno proceso de transformación.
_____________________

La Lingüística de Jean Perrot es un texto que gana por su organización y apoyo bibliográfico; es lástima que –si bien la traductora se esforzó por ampliar las consideraciones al caso español- la mayoría de ejemplos propuestos por el autor hayan sido extraídos del francés y escritos bajo las normas del Alfabeto Fonético Internacional y que, por lo mismo, quedan, para quienes no dominamos este idioma, ni el alfabeto, como una suerte de información trazada a medias.

Continuar leyendo...
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.

Anónimo – Muertes Trágicas No. 2: Caprichos de la Muerte


AUTOR: Anónimo
TÍTULO: Muertes Trágicas No. 2: Caprichos de la Muerte
EDITORIAL: Grupo Editorial Vid S.A. (Primera edición)
AÑO: 2002
PÁGINAS: 96
RANK: 6/10
.

.


Por Alejandro Jiménez

Segundo número de la serie Muertes Trágicas, editada por Vid hace poco menos de una década, y de la que ya habíamos tenido la oportunidad de reseñar El Sufrimiento de una Estrella, título con el que se abrió esta colección que –en lo personal- me ha parecido muy original, especialmente, en el plano de su concepto. Y es que, aunque para un lector familiarizado con los dibujos y colores de la Marvel o la DC Comics, estos pulps puedan resultar muy poco atractivos, puesto que se trata de imágenes bastante lineales y de baja proyección estilística, revisten, sin embargo, en su plano conceptual, una distinción ventajosa frente a otras mini-series, no sólo por lo atrayente de su tema, sino por la manera particular en la que éste es abordado.

Ahora bien, sería llamarse a engaño no reconocer que este Caprichos de la Muerte camina varios pasos adelante respecto del número anterior de la serie, del que habíamos destacado su excesivo esquematismo tanto en el dibujo como en el argumento. Aquí, por ejemplo, podemos encontrarnos con trazos distintos del cómic tradicional, técnicas de sombreado y manejo de dimensiones que hacen del formato bicolor una oportunidad para trabajar con elementos distintos a los de otros pulps y a los de los tebeos de tinta multicolor y papel de lujo. Acaso existan algunos excesos en varios recuadros pero, al menos, es posible encontrarse con esas imágenes memorables de las que el número anterior carece casi por completo.

Pero, además, anda muy por encima, porque ese concepto sobre el que giran todas las historias de la serie, es decir, la muerte, tiene aquí una proyección muy matizada, muy llena de espacios y puntos convergentes, y que es tanto como preguntarse por todos esos juegos que el hombre ha establecido con la muerte a lo largo de los tiempos y que reproduce –dijéramos-, personalmente, en sus propias experiencias. Se nos dice en las primeras páginas del pulp algo que puede ser una obviedad y que, empero, nos revela una condición frente a la que también existe la posibilidad para sentirse extraño:

“El hombre ha utilizado la muerte de muy diversas maneras. Para robar… para liquidar una vieja rencilla… para sojuzgar y esclavizar a sus semejantes… como instrumento de justicia. También se ha utilizado para escapar de la vida… pero la muerte a veces se complace en jugar con el destino del hombre… atrapando al que huye de ella o burlando al que la busca” (Págs. 1-4)

Como se ve, es un tema realmente matizado. Es cierto que quizá reconvenga en algunos elementos míticos, como creer que la muerte es una fuerza supranatural con la potestad de establecer designios sobre nuestra vida, o creer que, además de decidir, la muerte también se “complace” o “burla” de las suertes que va determinando; pero, por otro lado, también ofrece esa mirada que está centrada en el hombre y que tiene que ver con las maneras en que éste se relaciona con la muerte, tanto en su intimidad como en los espacios sociales, y aquí es donde creo que podríamos encontrar la particularidad de este número: por sobre una imagen idealizada y simbólica de la muerte, el hombre establece espacios de relación con ella que, mirados desde cierta perspectiva, son equivalentes a una relación consigo mismo y los demás.

Vamos a echarle un vistazo a la historia para observar si esta idea puede sostenerse y, sobretodo, para dar cuenta de un número que, también al contrario de El Sufrimiento de una Estrella, traza desde sus primeras páginas el espacio de reflexión sobre el que pretende centrarse:

La trágica historia de Aristeo Rivas

Aristeo Rivas, un estudiante de Filosofía y Letras –presumiblemente en algún lugar de El Salvador- ha conocido a Brenda, “La Muñequita de Cristal”, en un cabaret de nombre Las Palmas. Aquella mujer se le ha convertido, no sólo en un motivo para frecuentar el sitio, sino además en una idealización del amor y la pasión. De modo que el joven Aristeo frecuenta –junto a sus amigos de Universidad- el cabaret y se deleita con el baile y canto de la muchacha. Sus amigos lo instan para que declare el amor a Brenda, pero Aristeo es bastante tímido y hasta el momento no ocurre nada.

Cierta noche, después de su presentación, “La Muñequita de Cristal” se encuentra sentada a la mesa con un tipo gordo, de apariencia pervertida, al que llaman Finger. Aristeo, que come en una mesa cercana, se percata de que la pareja ha entrado en discusión: primero palabras, luego, golpes. El gordo abofetea a la chica y, de no haber intervenido nuestro sagaz personaje, hubiese terminado con una botella sobre la cabeza. Pero, claro, ahora Finger se enrosca en otra discusión con Aristeo, saca su revólver y dispara sobre el “salvaguarda” de Brenda y, mientras huye con su amigo, la chica pide a gritos una ambulancia.

Ya en el quirófano cada quien se dedica a su trabajo: los médicos a evitar al herido un colapso eminente y, Aristeo, a discutir, en algún plano intersticial entre la vida y la muerte, en su ínterin, con esa malhumorada personificación del más allá que cubre siempre su decrépita osamenta con una manta negra. Es el primer encuentro de Aristeo con la muerte, y ella lo único que desea es convencerlo de que marchen juntos a su reino, en donde el joven podrá ser “eternamente feliz”. Pero Aristeo no quiero esto, porque desea fervorosamente amar a Brenda, así que la muerte le permite rehusarse, no sin antes condenarlo y vaticinarle una existencia plagada de amargura.

Lo demás se cuenta rápido. Después de salvarse de la muerte, Aristeo y Brenda empiezan a salir, él se enamora bastante pronto y, ella, responde a ese sentimiento, aunque su corazón sea “insensible al amor espiritual”. Pero he aquí que, Finger, el libertino, ha vuelto a merodear a la chica y se ha dado cuenta de su nuevo amante. Él, un bribón que se gana la vida contrabandeando, manda a uno de sus secuaces a propinarle una paliza tan fuerte a Aristeo, que nuevamente lo tenemos en una sala de hospital; sólo que, ahora, no está Brenda ayudándolo a recuperarse; al contrario, apartada, se muestra hostil y distante, puesto que no quiere que por su causa termine sucediéndole algo malo al joven estudiante.

Aristeo, que no logra entender la posición de Brenda, la amenaza con suicidarse, pero la chica lo considera sin fuerzas para ello. Luego, tenemos a nuestro personaje sobre la plataforma de un puente, debajo de las aguas turbias y frías y, finalmente, en su segundo diálogo con la muerte, quien no lo desea en este instante; cuando fue el momento Aristeo se negó, ahora ella es quien se niega a aceptarlo en sus lindes. Puesto en una orilla es descubierto por un grupo de personas. Y ella, Brenda, conciente del ímpetu del joven, decide regresar con él, sólo que empiezan a hacerlo secretamente. Bueno, quizá no tan secretamente, porque Finger de nuevo los descubre, los golpea y los pone a bordo en una de sus embarcaciones de “trabajo”.

Y pasa que, cuando están a punto de ser liquidados, el barco es interceptado por la policía –que venía siguiendo los pasos del traficante-, de modo que son puestos a salvo, tras las rejas, eso sí, porque Finger los inculpa y los llama cómplices. Separados y con una condena de años pesando sobre ambos, Aristeo y Brenda descubren algo: las autoridades han diseñado un nuevo centro reclusorio en una isla en donde conviven por igual presos y presas; planean su futuro allí, un futuro promisorio para ambos, pero el único que llega a la isla es Aristeo. Brenda ha muerto en un naufragio: otro capricho de la muerte.

La situación es ahora repulsiva; Aristeo no tiene motivos para vivir, no tiene esperanzas, quiere morirse: toma un veneno para ratas, la muerte se niega a recibirlo; se cruza las muñecas a cuchillazos, tampoco resulta; intenta ahorcarse, nada, la obstinación de la muerte la hace inconmovible, tanto, que nuestro personaje empieza a asumir su cadena de dolor y sufrimientos hasta que parece curarse de sus delirios de suicidio. Renovado, tiempo después, sale de la cárcel y regresa a la ciudad, pero ¡oh, sorpresa!, ahora que desea con todo su ánimo vivir nuevamente, hay un camión que se apresura muy rápido sobre él sin darle tiempo para nada.

Diálogos con y caprichos de la muerte

Se dijo más arriba que en Caprichos de la Muerte hay, por un lado, una recurrencia de tipo simbólico y, por otro, un espacio de relación hombre-muerte. Sobre lo primero, pienso que cualquier cosa que pueda decirse es redundar en algo que expresan mejor las imágenes del pulp: hay una muerte como esa que nos han enseñado desde niños, como la que se ha explotado en el cine de terror hasta el hartazgo y que constituye ese símbolo que, seguramente, tantos de nosotros asociamos de modo inconciente con el fenómeno que intenta describirse.

Que esto sea así permite uno cierta movilidad al pulp, especialmente en el aspecto gráfico, ya que resulta muy difícil encontrar otra figura tan universal para expresar las características y condiciones que tradicionalmente le otorgamos a la muerte. Mas, que Aristeo pueda dialogar, explicar razones, etcétera, con una entidad absoluta, eso si resulta inaudito, viene a ser tanto como la comunicación en cualquier plano de la metafísica: sólo a un religioso o a un fundamentalista se le cruza por la cabeza la posibilidad de que esa finitud mortal que somos por antonomasia pueda trascenderse hasta el punto de concebir lo inconcebible, esto es, aquello que escapa a nuestra propia naturaleza, al menos a lo que podemos ser y hacer verdaderamente. Esas cosas no tienen importancia aquí, eso está claro, puesto que los planos de comunicación hombre-muerte no están limitados en el pulp por nada: ni por el lenguaje, ni por la naturaleza, ni por la razón; en este sentido, hay una recurrencia simbólica, atravesada totalmente por un tipo de pensamiento mítico.

Es distinto pensar, por el contrario, en las relaciones de Aristeo con la muerte en tanto mismidad. Lo más posible es que todos nos hayamos encontrado alguna vez en situaciones como las suyas: un conflicto que nos pone al borde de la muerte, un deseo de morir inducido o inopinado, o esa clase de cosas. Podemos pensar, también, que esas mismas situaciones ponen de relieve una cierta esfera de nuestro ser, de nuestra conciencia y posibilidades, o lo que equivale a decir, nos pone de frente a nuestra mismidad. Esta sí es una cuestión bastante seria y sobre la que han pensado algunos filósofos muy juiciosamente: reconozco mi carácter libre y contingente, de él desprendo una cierta relación con lo que soy y, por último, lo que soy me permite posicionarme frente al hecho de la muerte.

Soy alguien que no piensa en absoluto el tema de la muerte (pensemos que ese es el primer Aristeo); soy alguien que no quiere morir por ningún motivo (ese es el Aristeo del quirófano); soy alguien que desea morir a toda costa (el Aristeo del puente o la cárcel) o; soy, finalmente, el que resume su gratuidad a estar en este preciso instante frente a un camión de tres metros que me aplastará en un par de segundos.
__________________

Caprichos de la Muerte representa una faceta que podríamos llamar "filosófica" de la muerte. Al contrario del número precedente de la serie, en donde la muerte era trágica por constituir un martillazo fulminante, un cierre sorpresivo, aquí nos encontramos con una tragedia que va constituyéndose en una relación intensa y difícil, que a lo largo de las páginas nos recuerda su otro gran carácter: la muerte es irrevocable.

Continuar leyendo...
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.

Hermann Hesse - Siddharta


AUTOR: Hermann Hesse
TÍTULO: Siddharta
EDITORIAL: C.E. El Tiempo (Primera edición)
AÑO: 2004
PÁGINAS: 158
TRADUCCIÓN: Montserrat Marti B.
RANK: 8/10
.



Por Alexander Peña Sáenz

Hermann Hesse, inspirado en la mitología oriental e hindú, comienza a escribir Siddharta en 1919, para plantear alternativas que logren renovar la visión de la condición humana, totalmente desvirtuada gracias a los desastres acaecidos en Occidente después de la Primera Guerra Mundial. Siddharta (1922) es la obra que, a través de la experiencia humana de sus protagonistas, recupera la espiritualidad de Oriente, para otorgar una mirada introspectiva hacia la búsqueda del yo, que cada ser humano posee dentro de sí.

Siddharta es una palabra que traduce algo así como "deseo satisfecho", y reproduce el llamado hecho por Hesse para que el ser humano busque dentro de sí mismo la unidad con el mundo, en la forma de sansara y nirvana o, lo que es lo mismo, como mundanidad y santidad, dos aspectos presentes en la vida humana –y que en la novela Demian, también fueron trabajados por Hesse en su división entre mundo luminoso y mundo oscuro-.

Es quizá esta notoria complementariedad entre el mundo y lo humano, lo que contribuyó a comprender la decadencia de la Modernidad, que pretendía ser una totalidad homogénea y perfecta, pero que dejó a un lado muchos aspectos de la diversidad de la vida de pueblos e individuos que, luego, desencadenaron la crisis de la racionalidad y trajeron consigo las funestas y conocidas consecuencias de las guerras mundiales. Por esta exploración de la condición humana y, por su vigencia literaria, es bien merecido el Premio Nobel de 1946 que fue entregado a Hermann Hesse y que, sin duda alguna, lo posiciona como uno de los escritores más influyentes en el siglo XX.

Siddharta, el joven brahmán

Hesse retrata la vida de Siddharta –el joven halcón-, hombre entregado a la meditación, la vida asceta y la búsqueda constante de la perfección y la verdad. Siddharta es conocido como el agraciado hijo del brahmán y creció al lado de su amigo Govinda. Podía pronunciar el Om, la palabra por excelencia. Pero, pese a su plenitud, Siddharta se sentía descontento en su interior, y su bienaventuranza no era completa. Era necesario que el joven hijo del brahmán encontrara su propio yo. Uno de esos días, por su ciudad aparecieron tres samanas, quienes vagaban como peregrinos ascetas, practicantes de la meditación y del desapego corporal. Estos forasteros, rodeados de soledad en su doctrina, son enemigos de lo mundano y buscan despersonalizarse de sí mismos, con el fin de alcanzar la verdad.

Con la determinación de acompañar a los peregrinos y buscar la plenitud y la verdad, el joven Siddharta desafía a su padre, el viejo brahmán; tiene la intención de entregarse a una nueva experiencia que permita ampliar su mirada al mundo real. Sin poder hacer nada, el viejo brahmán se resigna a no poder tomar parte del destino de su hijo, pues cada quien debe buscar su camino, de modo que permite que Siddharta marche al lado de Govinda y los tres samanas.

El ascetismo de los samanas

Los samanas aceptan a Siddharta y Govinda como acompañantes, siendo estos dos sometidos a las exigencias de obediencia. Ambos hombres regalaron sus túnicas a los pobres y se entregaron a la meditación y humildad de los ascetas samanas, desprendiéndose de todo vínculo con lo material y mundanamente innecesario. Siddharta, en esta etapa de su vida, comenzó a ver el mundo con unos ojos más amplios que aquellos con los que había visto hasta el momento:

“(…) se percató de que los amantes se querían, de que las madres daban el pecho a sus hijos. Y todo ello no era digno de la mirada de sus ojos, todo mentía, todo apestaba; olía todo a hipocresía, todo aparentaba tener sentido y felicidad y belleza, mas, sin embargo, todo era ignorancia y putrefacción” (Págs. 19-20)

Ese es el ascetismo, un desapego total por lo terrenal. La meta de Siddharta era quedarse vacío, morir para alejarse de sí mismo, para no ser yo, es decir, deseaba encontrar después de toda esta doctrina, el gran secreto. El ensimismamiento en Siddharta significa escapar del dolor de ser yo, una breve narcosis contra el dolor y lo absurdo de la vida. Hesse lo explica como un estado del no-yo.

Buda y la unidad del mundo

A los tres años de permanencia con los samanas, llegó a los jóvenes discípulos la noticia de la existencia de un singular personaje. Se trataba de nada más y nada menos que de Gotama (Gautama), conocido como el majestuoso Buda, quien con mucho sacrificio se había librado de toda pena y dolor. Su leyenda resultaba dulce para aquel mundo enfermo y aquella vida de difícil aguante. Con la aparición del majestuoso Gotama, Siddharta toma la determinación de abandonar la vida que había llevado junto a los ascetas durante aquellos años, así que parte junto a Govinda hacia la ciudad de Savathi. Al abandonar a los ascetas, Siddharta veía en Buda a un hombre que:

“(...) enseñó la doctrina del sufrimiento; habló sobre el origen del dolor y sobre el camino para reducir ese dolor. Su oración era sencilla y serena. La vida era dolor, el mundo estaba lleno de sufrimiento, pero se había hallado la liberación del dolor” (Págs. 34-35)

La unidad del mundo brilla en la doctrina maravillosa de Buda. Todo lo que sucede en el mundo mantiene una relación armónica, como por ejemplo la ley de las causas del nacer y el morir. Con esta doctrina, Buda enseña que la vida debe entregarse a la redención del mundo y de los sufrimientos. Esta superación del mundo se conoce como nirvana o estado de santidad y perfección.

Siddharta objeta esta doctrina y la discute con Gotama. El camino a la redención no puede ser enseñado, pues cada quien debe vivirlo por sí mismo. Ese es el elemento que ha permitido que el Buda haya llegado a alcanzarlo: él mismo pudo encontrar el secreto. Siddharta baja su mirada ante la magnificencia de Buda, pero está dispuesto a encontrar la redención también por sí mismo, por ello rechaza la doctrina del glorioso personaje. Govinda decide quedarse con el majestuoso para adquirir la doctrina; mientras, el joven antes brahmán y también asceta, opta por caminar por su propia vía, solo. Así es como Siddharta logra despertar su conciencia y ve cómo el mundo en sus variopintas expresiones es una multiplicidad que puede aprender por sí mismo, es decir, integrando su yo con todos los elementos que componen el mundo.

Hacía una vida mundana: el sansara

Alejado de su anterior vida como brahmán, asceta y meditador, Siddharta –ya hombre- opta por conocer el mundo tal cual se le percibe desde una óptica del común, sin contemplar la búsqueda de sentido en un más allá. Cada persona debe vivir y aprender de la vida por sí mismo.

“(...) lo más seguro es que el cuerpo no fuera el yo, ni en el juego del sentido tampoco lo era el pensar, ni la inteligencia ni la sabiduría aprendida, ni la enseñanza en el arte de sacar conclusiones y de construir nuevos pensamientos por entre teorías ya enunciadas (es decir, la vida de brahmán, el ascetismo y la unidad del mundo en buda). No, también el mundo de los pensamientos se encontraba aún de este lado, y no conducía a ningún fin; se mataba al fugaz yo de los sentidos y, sin embargo, se alimentaba al fugaz yo de las reflexiones y la sabiduría” (Pág. 53)

La voz del corazón es la que realmente vale, y tiene mucho más valor que cualquier doctrina que pueda enseñarse. Es la voz del interior la que determina lo necesario, lo conveniente, el camino que cada quien debe seguir. Siddharta pensaba para sí que los hombres son como niños, pues todos son sumisos, a todos les gusta hacer amigos, obedecer y pensar poco. A ellos les hace falta escuchar la voz de su interior, encontrar su propio yo.

Al llegar a una gran ciudad, Siddharta conoció a Kamala, una afamada cortesana, que lo adentraría a una vida mundana de amor y lujuria. Por otra parte, conocerá a Kamaswani, un astuto negociante, que le acogerá como trabajador. Así se adentra en la vida del común: el antiguo samana lo que deseaba de verdad era vivir en las actividades pueriles del día, quería disfrutar al lado de los otros humanos, no ser un simple espectador solitario de lo que otros vivían y se complacían en experimentar.

Su meditación y ascetismo menguaron al hacer parte de esta vida. El mundo y la pereza entraban al alma de Siddharta, dando una pesadez a su cuerpo pero, al mismo tiempo, sus sentidos estaban más despiertos que nunca y había adquirido así una gran experiencia. Tras la separación de Govinda, la vida de Siddharta había dado un cambio drástico hacia la vejez, perdiendo el brillo que en antaño le caracterizaba.

Lo mundano le producía algo similar a la felicidad, a un entusiasmo elevado en medio de la mediocridad. A esta vida de placeres se le conoce como sansara, vida a la que Siddharta se entregó desaforadamente, logrando así cuestionar su vida pasada y el sentido que la vida tomaba para él. Poco a poco el mundo se complementa para este hombre, que ve en la diversidad tanta armonía como desasosiego. Con una fuerte determinación logrará abandonar esta vida voluptuosa, pero sin saber qué camino tomar.

Siddharta se encuentra a sí mismo

Tras haber conocido el mundo en sus amplios colores, el hombre Siddharta entra en crisis. Al parecer todo ha perdido sentido en la voluptuosidad y nada de lo que hizo en su pasado de asceta tiene valor para él. Esto lo lleva a pensar que su existencia está de más, por tal razón decide quitarse la vida. Pero el mundo aún tiene mucho que ofrecerle. Muchas sorpresas vienen: el encuentro con Vasudeva, el barquero, quien le ayuda a hallar la unidad de su ser con la naturaleza; Govinda, el amado amigo, heredero de la doctrina de buda; Kamala y su pequeño hijo Siddharta.

“(...) el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo sansara o del todo nirvana, nunca un ser es completamente santo o pecador” (Pág. 149)

Ninguna doctrina tiene la fuerza que puede tener la búsqueda del interior, de la conciencia. Las doctrinas sólo son palabras, sólo palpitan vocablos. La verdad no se encuentra toda en los libros, sino en la interacción del yo con la naturaleza, con la experiencia de lo humano. Gotama era grande no por lo que dijo o llegó a pensar, sino por las obras que hizo por la humanidad y por su existencia misma.

Pensar, esperar, ayunar

En su vida asceta, Siddharta nunca fue miserable. Los samanas no poseían nada y no es porque no lo quisieran, sino porque no era necesario para ellos. Durante su vida mundana, Siddharta aplicó lo que para él eran los tres pilares fundamentales para enfrentar la existencia y, al mismo tiempo, para fortalecer el espíritu: pensar, esperar, ayunar. Pensar para meditar, reflexionar y filosofar; esperar para cultivar la paciencia y librarse de las preocupaciones mundanas y; ayunar, como desapego a lo material.

Lo que separaba a Siddharta de los demás humanos era el ascetismo que conservaba de su vida de samana y con el que enfrentaba el mundo pacientemente:

“Observaba que los humanos vivían de una manera infantil, casi animal, que él a la vez amaba y despreciaba; los veía esforzarse, sufrir y encanecer por asuntos que no merecían ese precio; por dinero, pequeños placeres y discretos honores; contemplaba cómo se insultaban mutuamente, se quejaban de sus penas, de las que un samana se ríe, y sufrían por algo que a un samana tiene sin cuidado” (Pág. 76)

El ayuno en Siddharta lo libraba de dificultades:

“Es muy útil. Cuando una persona no tiene nada que comer, lo más inteligente será que ayune. Si, por ejemplo, Siddharta no hubiera aprendido a ayunar, hoy mismo tendría que aceptar cualquier empleo, sea en tu casa o en cualquier otro lugar, pues el hambre le obligaría. Sin embargo, Siddharta puede esperar tranquilamente, desconoce la impaciencia, la miseria; puede contener el asedio del hambre durante mucho tiempo y, además, puede echarse a reír. Para eso sirve el ayuno” (Págs. 70-71)

Finalmente, el esperar. Siddharta debía trazarse un camino y sabía muy bien que las vicisitudes del mundo pueden entorpecer la ruta. Por eso debía esperar, mientras, se iba fortaleciendo a cada paso su espíritu para no caer:

“La mayoría de los seres humanos son como las hojas que caen de los árboles, que vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se precipitan al suelo. Otros, por el contrario, casi como estrellas: siguen un camino fijo, ningún viento les alcanza, pues llevan en su interior su ley y su meta” (Pág. 78)

___________________

Hermann Hesse, de forma sencilla, relata la historia de Siddharta, un hombre que nos enseña a buscar dentro de nosotros mismos un sentido y una unidad con el mundo. Es esto lo lúcido del autor: que sus obras tienen un fuerte sentido filosófico que nos permite pensar nuestra naturaleza humana profundamente. Y, con esta idea que se quedó por fuera, culmino mi lectura de Siddharta: la muerte no es el fin de todo, es a lo sumo un cambio, una transformación. Y eso es el mundo: constante flujo entre vida, la muerte y la transformación.

Continuar leyendo...
These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.