AUTOR: Stendhal
TÍTULO: Del Amor
EDITORIAL: Edaf, S.A. (Cuarta edición)
AÑO: 2005
PÁGINAS: 291
TRADUCCIÓN: Gregorio Lafuente
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez
Dos siglos nos separan de la fecha en la que Stendhal publicó Del Amor (1822) y es inevitable que, por esta razón, muchas de las apreciaciones presentadas en su libro resulten hoy improcedentes. Por supuesto, no se trata de un asunto que obedezca únicamente a la evidente mutación de costumbres que ha ocurrido en este lapso de tiempo, sino también, al hecho de que nosotros no correspondemos al público puntual que tuvo en mente Stendhal al escribir el libro, es decir, sus contemporáneos europeos. En este sentido, para no sucumbir en los anacronismos, la obra exige ahora una lectura situada, que descubra en las particularidades del pasado los elementos que generen la reflexión. 

A mi modo de ver, este acercamiento puede realizarse a través de una lectura en clave romántica, pues así se atendería, por un lado, a la época en la que se escribió la obra, anterior para el mismo Stendhal a sus novelas de sesgo realista –Rojo y Negro (1830) y La Cartuja de Parma (1839)- y, por otro, al carácter de sus ideas, que sugiere un vínculo innegable con los principios del Romanticismo. Se comprende que tener claro este horizonte no evita que muchas consideraciones de Stendhal se pierdan, pero sí, por lo menos, permite organizar una parte de ellas en direcciones de trabajo que pueden ampliarse según el interés.

A la lectura romántica se inclina el propio Stendhal al afirmar: 

“la más bella mitad de la vida está oculta para el hombre que no ha amado con pasión”

De entrada, exaltar el amor como pasión refuta tesis racionalistas que están en pugna con el Romanticismo; pero, además, en la medida en que dicha pasión revela la parte más estimable de lo que existe, la apreciación de Stendhal también trasluce una defensa vital de esta. ¿Cómo llegan a configurarse estas ideas en Del Amor, esto es, cómo se evidencia la pasionalidad del amor y por qué la defiende Stendhal? Trataré de acercarme a esta inquietud rastreando tres pistas que hay en la obra: 1. la teoría de la cristalización, 2. la involuntariedad del amor y 3. la influencia propiciatoria de la cultura.

La teoría de la cristalización. Stendhal explica el amor como un proceso que implica siete pasos: la admiración, el gusto, la esperanza, el nacimiento, la cristalización, la duda y la tensión (o segunda cristalización). Hablando con propiedad, lo que antecede a la cristalización no es todavía el amor, sino, su preámbulo, el enamoramiento. Así, la pasionalidad del amor habría de encontrarse especialmente en ese quinto momento en el que un sentimiento que fue formándose se cristaliza y, por supuesto, también de ahí en adelante, cuando deba enfrentar el acecho de la duda que le exige continuar cristalizándose permanentemente.

Vale aclarar que esos momentos propiciatorios que conforman el enamoramiento poseen –como el propio amor- un sesgo romántico: la admiración, por ejemplo, es asumida como un impacto de la belleza sobre el hombre, porque para Stendhal el amor por lo bello y el amor en sí son experiencias imbricadas. Asimismo, el gusto y la esperanza revelan una inclinación por el placer que proporciona el imaginarse cumpliendo un deseo por fuera de la situación real que todavía no lo corresponde; una idealización que de hecho brinda innumerables satisfacciones, puesto que se basa en una ley que las asegura: “una cosa imaginada es siempre algo que existe”.

Con todo, como mencioné, la pasionalidad del amor, se reconoce, ante todo, en la idea más interesante de Stendhal, a saber: la de la cristalización. En Del Amor se encuentran dos definiciones generales de esta: 

“la operación del espíritu, mediante la cual deduce de cuanto se le presenta que el objeto amado tiene nuevas perfecciones” (p. 52) 

“el conjunto de todas las satisfacciones y de todos los deseos que (un hombre) ha podido formarse sucesivamente respecto de lo que ama” (p. 73)

Ambas descripciones coinciden en asumir la cristalización como un proceso subjetivo y, en consecuencia, puede deducirse que esta posee los rasgos concretos del hombre que la vive y, además, que la individualidad puesta en juego allí es intransferible. La exaltación del yo que hace Stendhal es de tenor romántico, pues la cristalización reproduce una dinámica no racional, en la que, por efecto de una hiperactividad del alma, el mundo real y sus soportes lógicos son reemplazados por perfecciones deslumbrantes.

Como se ve, el amor constituye una pasión, primero, porque se afinca en la subjetividad, no en lo racional-objetivo y, segundo, porque superpone sobre lo real las atribuciones que produce la imaginación, el deseo o el placer. Por otra parte, el objeto amado, en opinión de Stendhal, siempre estará adornado con perfecciones que son evidentes solo para quien ama, y esto supone otra característica de la pasionalidad del amor, que tiene que ver con la imposibilidad de comunicarse, de ser comprendida por otro que no se halle en el mismo deslumbramiento. 

En todo caso, para alguien que ha cristalizado su amor, i. e., para quien lo vive como pasión, ni esa incomunicabilidad, ni la alteración de lo real, ni el exceso subjetivo, constituyen una dificultad, y es así porque a un enamorado no le es posible verse desde otro lugar, se encuentra abocado inevitablemente a permanecer in situ

Lo interesante es que Stendhal defiende esta cristalización, en la medida en que, al contrario de lo que muchos piensan, para él no constituye un estrechamiento mental o una detención anómala en un solo objeto, sino una hiperactividad en la que bullen sueños, deseos, proyecciones y placeres que no podrían generarse bajo ninguna otra pasión y, mucho menos, en alguna experiencia predominantemente racional. De esto deduce Stendhal, en la dirección más romántica, que no amar es prescindir de lo más bello que ofrece la vida y, por supuesto, también negar la subjetividad –el yo mismo-, la imaginación, la trascendencia de lo dado, etcétera.

La involuntariedad del amor. La tesis de que las pasiones se oponen a la razón hace parte de una larga tradición que se inició en la Antigüedad y continuaba vigente en la época de Stendhal bajo la influencia de filósofos modernos como Descartes. Sin embargo, de la aceptación de esta idea no se sigue que el amor sea necesariamente una experiencia involuntaria, pues la voluntad parece un elemento modulable en la pugna pasión-razón.

Ahora bien, en lo que respecta a Stendhal, este asume sin dilaciones que el amor es una pasión que se torna involuntaria una vez se ha cristalizado:

“El hombre no es libre para dejar de hacer lo que le causa mayor placer que todas las demás acciones posibles. El amor es como la fiebre: nace y muere sin que la voluntad tenga en ello la menor parte” (p. 59)

Entender la concepción de Stendhal exige aquí dos cosas: por un lado, reconocer que la voluntad está ligada de algún modo a la razón y, en consecuencia, debe descartarse en el tratamiento que se hace del amor como pasión y; por otra parte, asumir que el impulso que moviliza las pasiones –entre ellas, el amor- no es la voluntad, sino otro que se encuentra vinculado a fuerzas como la imaginación o el ensueño.

En algunos pasajes de su disertación, Stendhal hace notar que el enamoramiento puede interrumpirse, por ejemplo, cuando el objeto amado no le permite a la persona concebir la esperanza de ser correspondido. En ese instante, por voluntad –que equivale a decir, por entendimiento racional-, puede desistirse de la pretensión amorosa y dar un paso atrás. Pero, cuando el amor, por efecto de su cristalización, ha aparecido ya, no le permite a quien ama decidir no hacerlo, toda vez que las fuerzas que se encuentran operando entonces ya no responden al llamado consciente, sino que actúan libremente proyectando hacia lo amado todo género de imaginaciones. 

El amor es hasta tal punto involuntario que Stendhal lo califica como la más fuerte de las pasiones, arguyendo que, mientras en las otras los deseos deben acomodarse a la realidad, en el amor es la realidad la que se modela según los deseos. En este sentido, la involuntariedad resulta una suerte de extravagancia que se opera en la cabeza del hombre impidiéndole el ejercicio de su voluntad y razón:

“El hombre más sabio, desde el momento que ama, no ve ningún objeto tal como es. Él exagera como menores sus propias ventajas y como mayores los más pequeños favores del objeto amado. Los temores y las esperanzas toman al instante algo de novelesco. No atribuye nada al azar y pierde el sentimiento de la probabilidad” (p. 75)

¿Por qué nuevamente, entonces, aceptar y defender esta especie de alucinación? Como dije más arriba: porque con el amor se descorre la imagen de la realidad, y el mundo adquiere ese tono romántico –novelado, como lo llama Stendhal- que pule la sensibilidad a través del libre ejercicio de la imaginación. Pero hay algo más, esta condición involuntaria y alucinada responde a la naturaleza propia del amor; es, por decirlo de forma griega, su fatum, y no podría vivirse el amor de una forma distinta. El mismo Stendhal dedica muchas páginas para distinguir la galantería, con todos sus cálculos y previsiones, del amor, con su torpeza y falta de elocuencia, pero amparado por la proyección pura de la fantasía.

La influencia cultural. Lo dicho hasta este punto podría traslucir que la mirada de Stendhal en Del Amor se centra únicamente en cómo esta pasión se vive al interior del individuo. Sin embargo, un número importante de capítulos los destina el autor para explorar el modo en el que un determinado contexto social, cultural o político incide en la configuración de ciertas experiencias amorosas. Stendhal, está persuadido de que dicha influencia existe y se opera por medio de las formas de gobierno, las costumbres, las leyes, o los castigos, entre otros. 

Un primer elemento a destacar es la exclusión que se permite hacer Stendhal del amor entre los salvajes, pues, según afirma, el apremio con el que se vive “en los bosques” no permite una concepción del otro distinta a la de una “bestia de carga”. La cristalización requiere un carácter civilizado, por lo menos uno que brinde la sensibilidad capaz de proyectar la imaginación hacia lo amado, y esto no es algo evidente en sociedades cuya vida práctica retrotrae lo deseado a lo necesario y útil. Ni siquiera entre los romanos llegó a alcanzarse este logro, pues su noción de amor se restringe a la exaltación de lo físico y bello.

Me parece que Stendhal pretendió con esta clase de comentarios distinguir el amor de su época, es decir, el amor romántico, de cualquier otra concepción: aceptando la idea de una transformación histórica –de la cual ciertamente da cuenta en sus referencias a la Edad Media y el Renacimiento-, concluye que la cristalización y la involuntariedad, por ejemplo, son rasgos connaturales del amor que hay en su época, solo que, además de ese sustrato evolutivo, el amor se configura atendiendo a variaciones culturales, y así, se ve obligado a dar cuenta también de cómo el amor cambia según el lugar, tarea en buena medida facilitada por sus innumerables viajes.

Curiosamente, su natal Francia, no representa para Stendhal el mejor contexto para el amor que describe: la vanidad y las conveniencias aniquilan allí las pasiones fuertes, convirtiéndolas en trámite de intereses. Sin cejar un instante, Stendhal denuncia los matrimonios concertados en salones como prostitución, y asegura que para encontrar en todo París un verdadero amor, es necesario descender a las clases bajas, en las que el formalismo y las costumbres cortesanas no han desdibujado todavía el impulso libre de lo amoroso.

Tampoco son buenos escenarios para el amor ni Inglaterra, país en el que el pudor excesivo de las personas raya en la mojigatería y la vulgaridad es el blanco predilecto de las críticas; ni Alemania, que a pesar de ser la cuna del Romanticismo –o tal vez por eso mismo-, se consagró a la teorización del amor o a su transfiguración en lo divino; ni tampoco Estados Unidos, cuya holgura económica jamás coincidió con la exploración de las pasiones.

Es Italia hasta donde la mirada de Stendhal se alarga en su búsqueda, encontrando las mejores condiciones para el amor: no existe allí la censura del ridículo al que a veces se aboca el amor, ni refinamientos excesivos, ni la falsa afectación. Pueda ser que Stendhal se incline por este territorio en la medida en que fue en él donde conoció a dos de sus grandes amores, Angela Pietragrua y Matilde Viscontini, pero, más allá de eso, su descripción sí indica que en Italia hay una atención particular por las pasiones, ya que son impulso para el arte y sello también de caracteres nobles.

Para cerrar, también halla Stendhal en España y Arabia –la primera por efecto de la segunda- patrias del amor, bien sea por la igualdad que socialmente se palpa en términos de sensibilidad, o por la manera en la que las costumbres han facilitado y aplaudido las pasiones. Lo que defiende en este punto Stendhal es que estos países han hecho del amor un valor que se estima por lo que otorga a los hombres, a quienes dota de valentía, fe e imaginación.

***

Stendhal presenta una interpretación romántica del amor que tergiversaríamos irremediablemente si la trasladáramos a nuestra época para juzgar su validez. Esto no obedece a que sus planteamientos no tengan vigencia, sino especialmente a que Stendhal quiso, ante todo, explicar el amor de su época a sus contemporáneos, y nosotros estamos ya muy lejos de ellos. He pretendido, por esta razón, inclinarme por una clave romántica que permitiese probar dos cosas: primero, que Stendhal concibe el amor como una pasión involuntaria y, segundo, que defiende esta idea como positiva, al contrario de lo que algunos sostienen, creyendo que las ideas de Stendhal tienen un tono punitivo.

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