AUTOR: Max Stirner
TÍTULO: Escritos Menores
EDITORIAL: Pepitas de Calabaza (Primera edición)
AÑO: 2013
PÁGINAS: 197
TRADUCCIÓN: Andrés Bredlow
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez
Las rutas que han seguido los comentaristas para explicar por contraste el pensamiento de Stirner han sido pocas: unas, se han centrado en su relación con Hegel y los libres –Die Freien-; otras, se han inclinado por la polémica que en su momento sostuvo con figuras como Marx o Feuerbach; y acaso, las más usuales, han rastreando la influencia de ese pensamiento en Nietzsche –a quien su compatriota von Hartmann acusara de plagiarlo abiertamente-. En todas estas direcciones se han hecho avances importantes y, aunque sus miradas estén condenadas a escindir a Stirner para concebirlo solo desde un determinado perfil, cada vez se va ganando más claridad sobre el conjunto.

El asunto no debe desestimarse porque Stirner ha recibido los epítetos más diversos de sus intérpretes –anarquista, burgués, fascista, egoísta, individualista- y esto prueba que ha sido comprendido desde ópticas incluso contradictorias, y, además, que su obra es compleja y fértil en matices. Desde mi perspectiva, sin embargo, más allá de estos calificativos con los que ha tratado de entendérsele, hay uno que resulta más útil por lo que ofrece de unicidad: el de nihilista

Stirner es un filósofo nihilista porque en su pensamiento se expresa una negación de la realidad metafísica, o, más estrictamente, de los discursos religiosos, humanistas y políticos que sostienen su validez en el hecho de ser anteriores a la existencia de un individuo, o en el afirmar valores e ideas que se consideran superiores a las de aquel. En El Único y su Propiedad (1844), justamente, Stirner buscó asentar la figura del Único –Einzige-, ese individuo auto-liberado que, desprendiéndose de los yugos cernidos sobre él, se convierte en el egoísta para el que no prevalece nada distinto a su propio interés. Stirner es ese “espíritu que siempre niega” y que va reconociéndose como Único en la medida en que caen al suelo los velos que cubren su propia imagen. 

Ahora bien, el nihilismo de Stirner también es evidente en sus Escritos Menores (1898), colección de textos que, aun sin escribirse con una pretensión sistemática, contiene ideas claves respecto del modo como concibe Stirner la negación de los discursos de autoridad. Su nihilismo, ciertamente, no se funda en un solo elemento, pero hay uno que desearía explorar en estas páginas, a saber: el movimiento del mundo –incluido el individuo en él-, convierte en imposible cualquier predicación absoluta; en otras palabras, nada exterior ni interior debe establecerse sobre el individuo como definitivo, pues el cambio característico del devenir irremediablemente lo hará inválido.

Se trata de una consideración de sesgo heracliteano. En efecto, fue Heráclito el primer filósofo occidental en plantear la cuestión del movimiento:

“πάντα ρεῖ καὶ οὐδὲν μένει –todo fluye, nada permanece-”

La visión de un mundo que se encuentra en permanente cambio llevó a Heráclito a sostener la imposibilidad de afirmaciones sustanciales: somos algo que de facto cambiará, convirtiéndonos en otro. Por otra parte, Heráclito también advirtió que en el movimiento hay una tensión de opuestos entre lo que se es y lo que no; así lo deja ver en su otro famoso fragmento:

“ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶ οὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶ οὐκ εἶμεν τε –en los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos”

Lo que destaca Heráclito es que en un punto determinado el mundo y el individuo son algo y no son todo lo demás, y dentro de un momento serán otra cosa y no serán nada de lo demás (incluido aquello que fueron alguna vez). Sin duda, se trata de una dinámica abisal; pero, el asunto que importa aquí es que ese flujo convierte en improcedentes los predicados absolutos, pues estos se sustentan en la permanencia de los objetos; mientras que el cambio, por el contrario, los niega, invalida y contradice. 

Esta doctrina heracliteana del movimiento es una de las bases del nihilismo que presenta Stirner en sus Escritos Menores. En el ensayo titulado El Falso Principio de Nuestra Educación, por ejemplo, Stirner sostiene que, ni la educación centrada en la cultura –la humanista-, ni la de tono más práctico –la realista-, son verdaderamente saludables para el individuo, porque ninguna de ellas escapa de la sumisión frente a un discurso, olvidando el asunto más relevante: la creación de sí mismo.

“Crearse a sí” no consiste en aprender de otro o en convertirse en su colaborador, sino, más bien, en alcanzar la suficiente conciencia como para “no cesar de liberarse una y otra vez”, tanto de aquellos que intentan enseñarnos algo como de los que exigen de nosotros el cumplimiento de un deber. La noción de movimiento aquí se traduce en un impulso a ganar la propia libertad reiterativamente, pues esta –como parte del flujo del mundo- se encuentra en disputa a cada momento.  

Esto equivale a decir que el sistema que permanece imperturbable bajo unos principios es el resultado de la sumisión del individuo, quien legitima su servidumbre en la educación, cuando no logra resistir el triunfo de los valores que aquella le impone sobre los que podría tener en tanto Único. Es por ello, que una de las vías en las que se proyecta el nihilismo de Stirner es la educación: negarla y oponérsele siempre que pretenda hacer pasar sus preceptos como atemporales e indiscutibles, pues de ello deviene un anquilosamiento que destruye el flujo característico del mundo. El individuo debe buscar, por el contrario, una educación personal que le permita la plenitud propia, es decir:

“…llegar a ser un carácter que a la vez padece, que palpita y tiembla en la bienaventurada pasión de un rejuvenecimiento y un renacimiento incesantes” (p. 50)

Ciertamente, se habla de padecer, porque todo nihilismo implica un pathos. En el caso de la educación propuesta por Stirner, el individuo que aspira a ser libre, sufre la revelación de sí mismo que surge paralelamente a su emancipación de las autoridades y discursos. Lo que descubre detrás de todo lo que se le impuso es su propia y primera imagen, y esa será la señal de su aislamiento definitivo, porque la pretensión del Único no es encontrar lo que tiene en común con los otros, sino precisamente aquello que solo está en él y, que, además, por efecto del movimiento, debe de forma permanente perder y descubrir, dejar morir y renacer.

Otro ensayo que hace parte de los Escritos Menores, ilustra también cómo se opera la negación nihilista desde la visión del flujo heracliteano. Me refiero al texto Los Recensores de Stirner, en el que el autor defiende su libro El Único y su Propiedad de lo que él considera algunas malinterpretaciones. Defendiendo su noción de egoísmo de la crítica hecha por el filósofo Szeliga, Stirner afirma lo siguiente:

“Si algo valiese para ti, en este instante (pues solo en el instante tú eres tú, solo como instantáneo eres real; tomado como un ‘tú universal’, por el contrario, serías ‘otro’ a cada instante), si algo valiese, pues, para ti en este instante como algo ‘más elevado’ que otra cosa, entonces no lo sacrificarías por lo más bajo; bien al contrario, sacrificas en cada instante solamente aquello que, en ese mismo instante, vale para ti como ‘más bajo’ o ‘menos importante’” (p. 129)

En este pasaje hay varios elementos importantes. En primer lugar, existe entre paréntesis un doble reconocimiento de la doctrina de Heráclito: se es, en el sentido de la realidad, apenas por un instante, y se es otro a cada instante, cuando nos asumimos en un marco general. A partir de esto puede sostenerse que el valor dado a algo –que es lo discutido en el fragmento- se atribuye atendiendo a las condiciones del instante, no a los principios o discursos que están más allá de él. En otras palabras, como Único juzgo el valor del mundo según yo sea en este instante, y ese valor cambiará indefectiblemente porque, al próximo instante, juzgaré siendo otro individuo que se enfrentará a un mundo también diferente, y más adelante aún se seguirá esta fórmula, siempre.

Es claro que para la mayoría de los hombres los discursos religiosos, políticos o ideológicos intervienen en las atribuciones de valor que hacen a las cosas del mundo, fundamentalmente porque han sido llevados a creer que por encima de sus propios intereses existe un conjunto de principios incuestionables como dios, la justicia, la humanidad, los derechos, etcétera. Pero, para Stirner todos estos no son más que fantasmas que niegan todo aquello que un individuo podría llamar con rigor su propiedad, es decir, sus intereses, su deseo, su egoísmo, su unicidad; aquellos valores que defienden los otros no dejarán de ser nunca elementos superpuestos, sacralizados, enajenantes; estos, en cambio, los que defiende el individuo que es Único, son propios, instantáneos e intraducibles.

Si en el ensayo Sobre la Obligación de los Ciudadanos de Pertenecer a Alguna Confesión Religiosa, Stirner deja ver que su rechazo a toda fe, tradición o autoridad radica esencialmente en que estas son inhumanas es porque lo que tiene en mente es que el individuo pierde su condición de Único cuando abandona el instante concreto en el que sus intereses están en juego, para perderse en los terrenos de una metafísica que permite juzgar cualquier cosa a todo momento. En términos heracliteanos, se es Único cuando en el instante emerge mi egoísmo, y se es esclavo cuando lo que surge es el discurso de otro bajo el cual ahora leo cada instante de “mi vida”.

En síntesis, se trata de reconocer dos particularidades: el Único solo existe en el instante en que afloran sus intereses, y el Único sigue la dinámica de movimiento del mundo, por lo cual es uno distinto a cada instante. Esto último preocupa notoriamente a Stirner, quien señala la dificultad, incluso, nominal de dar cuenta del individuo. ¿Cómo llamar a algo que, por una parte, obedece a una individualidad única y, por otra, se encuentra en un movimiento de cambio permanente? Ciertamente, lo que se engloba bajo este nombre, Único, es algo que de por sí rebosa el lenguaje, y en esto también puede percibirse nihilismo, pues Stirner, esboza, de alguna forma, una negación del mismo lenguaje:

“El Único es una palabra, y se supone que, al pronunciar una palabra, se debe pensar algo, que una palabra debe tener un contenido de pensamiento. Pero el Único es una palabra sin pensamiento, una palabra que no tiene ningún contenido de pensamiento. Pero entonces, ¿cuál es su contenido, si no es el pensamiento? Es un contenido que no puede estar ahí por segunda vez, y que, por tanto, tampoco se puede expresar, pues si se pudiera expresar real y completamente, entonces estaría ahí por segunda vez, estaría ahí en la ‘expresión’” (p. 97)

La clave heracliteana desde la que Stirner asume el problema nominal del Único es evidente, porque no es más que una prolongación epistemológica de la doctrina del Πάντα ῥεῖ. El Único es el hombre de Heráclito que “no puede estar ahí –en el río- por segunda vez” y que no puede reducirse a una sola expresión, porque es uno a cada instante, siempre diferente como el mundo, puro movimiento que deviene.

***

Stirner no ha ganado su lugar debido a la prolijidad de su obra, sino al carácter radical de esta. Su nombre, aun ignorado por muchos, ha sido, sin embargo, enlazado por quienes lo conocen a figuras de la altura de Marx o Nietzsche. En este texto he querido mostrar que es posible establecer un vínculo entre Stirner y el filósofo griego Heráclito, en la medida en que el nihilismo del primero parece tener como soporte la doctrina del movimiento. Siguiendo las ideas de algunos ensayos que aparecen en sus Escritos Menores he buscado resaltar que la negación de los discursos de autoridad hecha por Stirner apela a problemas heracliteanos como la imposibilidad de las predicaciones, el engaño de la permanencia y la dificultad de nominación.

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