AUTOR: Gabriel D’Annunzio
TÍTULO: El Triunfo de la Muerte
EDITORIAL: Edaf, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1963
PÁGINAS: 261 (1297)
TRADUCCIÓN: José Luis Piqueras
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez
En la carta que Gabriele D’Annunzio dirigió a su amigo Francesco Paolo Michetti y que se utilizó como prólogo de El Triunfo de la MuerteIl Trionfo della Morte- (1894) aparecen varias acotaciones que precisan el horizonte desde el cual se planteó esta obra. Se habla allí, por ejemplo, de que D’Annunzio buscó en su novela vincular las distintas formas del conocimiento, jugar con la dinámica entre sensibilidad y acción, capturar lo orgánico que subyace a lo contingente, prescindir de las tradicionales formas narrativas e, incluso, cooperar en la formación de la moderna prosa italiana.

Pero, dentro de esas acotaciones hay una que se destaca por lo que tiene de sugestiva y problemática. Se trata de una alusión que propone un vínculo entre la novela y la figura del superhombre. Esa simple referencia reviste ya una importancia histórica, porque constituye una de las primeras prolongaciones hechas a la literatura del contenido de Así Habló Zaratustra (1883), texto en el que con mayor atención Nietzsche desarrolla el asunto del superhombre; sin embargo, lo que no parece claro es el sentido que posee dicha asociación para D’Annunzio. Su comentario es el siguiente:


“Noi tendiamo l'orecchio alla voce del magnanimo Zarathustra, o Cenobiarca; e prepariamo nell'arte con sicura fede l'avvento del Uebermensch, del Superuomo” [1]

Cierto epígrafe [2], que lastimosamente no se conserva en todas las ediciones, reafirma la relación entre la novela de D'Annunzio y las ideas de Nietzsche, solo que, como lo mencioné antes, el sentido de esa conexión es difuso en lo poco que acota D’Annunzio y llega a oscurecerse más cuando se hace notar que, de entrada, el personaje de su obra, Giorgio Aurispa, parece afirmarlo todo, menos la vida, con lo cual contravendría un rasgo fundamental del superhombre nietzscheano, es decir, el vitalismo

¿Cómo es posible, entonces, que un personaje que transita por un continuo pesimismo, y que dando poco a poco más lugar a la muerte en su vida, se aboca, finalmente, al suicidio, pueda, con todo, encarnar la figura del superhombre? Creo que para dar respuesta a esta pregunta es necesario leer en paralelo El Triunfo de la Muerte y Así Habló Zaratustra, puesto que de esto modo podría demostrarse que Giorgio Aurispa encarna al superhombre, a pesar de lo dicho, en primer lugar, porque no es un predicador de la muerte -prediger des todes-, esto es, no tiene una relación nociva con la muerte, y, en segundo término, porque adopta con rigor la doctrina del morir a tiempostirb zur rechten Zeit- que enseña Zaratustra.

Aurispa no es un predicador de la muerte. Nietzsche considera predicadores de la muerte a todos aquellos que, no pudiendo ver más que sufrimiento en la vida, tratan de escapar de esta por medio de doctrinas de autoflagelación, renuncia o trascendencia metafísica. 

Ahora bien, ninguna de las condiciones que respecto de estos predicadores se enlistan en el Zaratustra coincide con el carácter o las acciones de Giorgio Aurispa. Por ejemplo, la idea de la “vida eterna” no ejerce atracción alguna sobre el personaje, quien, antes bien, en varios capítulos del libro IV manifiesta su rechazo a la espiritualidad, y, en otros, abiertamente reflexiona sobre la ridiculez de las costumbres sepulcrales como augurios de una vida en el más allá –L2, II-. Esto quiere decir, que Aurispa prescinde, en su consideración de la muerte, de los discursos religiosos, restringiéndose a un materialismo para el que son más importantes la vanidad funeraria –L2, IX-, o los razonamientos del tipo: “la misma muerte no es tan misteriosa como el residuo de vida que queda en esa ruina humana” –L4, VII-.

Tampoco, como sí pasa a los predicadores, la vida le parece refutada a Aurispa por la simple evidencia de la muerte: si bien es cierto que hay una serie de experiencias frente a ella que lo impresionan –la novela inicia con un suicidio que él atestigua junto a Ippolita y a lo largo de la novela por lo menos estará tres veces más frente a cadáveres-, en realidad esas impresiones nunca llegan a configurarse como verdaderas negaciones de lo vital. El impacto en todos los casos siempre es más sensorial que negativo, y su carga filosófica puede traducirse a un axioma como “lo que vive, muere”, no a una impugnación del orden “tonto es el que continúa viviendo” [3].

Por otra parte, no resulta cierto para Aurispa que él se comporte como los predicadores de la muerte en el sentido de estar destinado a ver un solo lado de la vida, el del sufrimiento. No puede objetarse que a lo largo de la novela conocemos a un personaje angustiado, pesimista y apesadumbrado por la imposibilidad de vivir otra vez de facto la plenitud de los instantes en los que fue feliz junto a Ippolita; sin embargo, esa misma sensación de pérdida es la que le permite la exaltación del pasado y, desde ella, reconocer la propia felicidad que tuvo y que por momentos vuelve a manifestarse en su imaginación. “Todo cuanto ha dormido en la memoria –dice Aurispa- se convierte en ternura al actualizarse” –L2, VII-, y esto significa que, aun en su estado de desasosiego hay abierto un espacio para emociones que siguen un camino distinto al de la desolación y que proveen a Aurispa de esos ojos necesarios para ver los otros “rostros” de lo que existe.

Por último, al contrario de los predicadores para quienes la muerte constituye la posibilidad de olvidarse a sí mismos, para Aurispa su muerte representa una permanente exhortación a pensarse. En otras palabras, lo que va descubriéndose del personaje a medida que leemos sus numerosas disquisiciones sobre la muerte, no es que él pretenda escapar de un tormento a través de ella, sino que debe alcanzar la voluntad necesaria para consumar una vida que ya ha llegado a su punto. Nietzsche afirma que los predicadores “quieren librarse de la vida”, y esto porque para ellos la existencia es una carga salvaje [4]; pero ese no es el caso de Aurispa, porque la necesidad de la muerte en él no tiene carácter de huida, sino de vencimiento de aquella voluntad que lo mantiene vivo, aun cuando su vida ya ha llegado al punto de la consumación –L2, VIII-.

Aurispa sigue la doctrina del morir a tiempo. Demostrar, como lo he hecho hasta aquí, que Giorgio Aurispa no es un predicador de la muerte, no implica que él encarne, sin más, al superhombre anunciado en el Zaratustra. Para ello haría falta corroborar que cumple con la doctrina propia del superhombre respecto de la muerte. Dicha doctrina se anuncia en el acápite De la Muerte Libre, en la que Nietzsche escribe lo siguiente:

“Muchos mueren demasiado tarde, y algunos mueren demasiado pronto. Todavía suena extraña esta doctrina: ‘¡Muere a tiempo!’ Morir a tiempo, eso es lo que Zaratustra enseña. En verdad, quien no vive nunca a tiempo, ¿cómo va a morir a tiempo? ¡Ojalá no hubiera nacido jamás!” [5]

La doctrina del morir a tiempo es la que enseña Zaratustra y, por extensión, la que resulta propia del superhombre. De esta manera, si la alusión de D’Annunzio en el prólogo de su novela busca indicarnos un parentesco entre Aurispa y el superhombre en el sentido de su posición frente a la muerte, las particularidades de aquella doctrina deberían cumplirse para el personaje, y esto, ciertamente, es lo que sucede.

En primer lugar, podemos convencernos de que su muerte se da a tiempo en la medida en la que adviene en la época de la bienaventuranza. No se da cuando Aurispa recién descubre la felicidad junto a Ippolita, pues entonces hubiese muerto aún muy joven y sin entender la vida; pero tampoco se da en la posible vejez del personaje, cuando ya la excesiva distancia de aquel punto en el que estuvo la mayor de sus “fiestas”, lo hubiese hecho prolongarse a sí mismo como una tierra infértil. Aurispa muere en su bienaventuranza, es decir, cuando alcanza la comprensión del principio mismo de la vida: "lo que vive, muere", y así, incluso, la felicidad ha de morir para vivir realmente, para decir de ella que existió y que tuvo que morir porque una felicidad eterna, no es una felicidad que viva.

No es justo pensar que la muerte avasalla a Giorgio Aurispa, o que su fuerza lo arrastra aprovechándose de su impotencia. La muerte no llega a él, como dice Nietzsche, furtivamente, como si fuese un ladrón que ocultándose busca el señorío [6]. En realidad, la muerte llega a él como una afirmación de su voluntad que entiende que la incomunicabilidad de los sentimientos, los viejos recuerdos de su niñez, la pasión que trueca en ternura las añoranzas, e, incluso, el cansancio que llega a producirle la propia Ippolita, constituyen los indicios de que su vida ha tocado su punto culminante y, en consecuencia, debe consumarse para que no se malogre.

Se reconoce el tiempo de morir, asimismo, cuando lo poseído y el ser-poseído dejan de guardar su reciprocidad. En efecto, muy temprano en la novela –L1, I- se advierte que la seguridad de la mayor posesión de Aurispa, i. e., Ippolita, se desvanece, y aun cuando el personaje se esfuerza por retenerla, esa pérdida no está esperando su nostalgia o resignación, sino la voluntad con la que acepte su muerte y se ajuste a la dinámica de los tiempos: el tiempo de nacer y de crecer, el tiempo de la plenitud y el tiempo de la muerte. 

Aurispa muere a tiempo como el superhombre porque se impone sobre los escombros de aquello que debe dejar, sin hundirse en la nostalgia del pasado o en la obstinación de revivir lo que ya está consumiéndose. La doctrina de morir a tiempo enseña a estar por encima de aquello que es irrecuperable, y por ello Aurispa no se doblega ante el peso de su sufrimiento, de todo lo que muere para él, y que busca socavarlo en la inacción, en la “vida” de un moribundo quejumbroso”; inversamente, es su voluntad la que se alza sobre todo para reducir a escombros hasta los sepulcros de lo vivido, puesto que la voluntad de vida que dice “sí” al nacimiento de las cosas, es la misma voluntad que dice “no”, en un segundo momento, y hace que muera lo que debe morir para no mantenerse como imitación de vida o agonía.  

La persuasión de esta voluntad se explicita parcialmente en El Triunfo de la Muerte, cuando Aurispa, observando la imponencia de la belleza natural, explica:

“El sentimiento religioso de la alegría de vivir; el culto profundo a la naturaleza, madre eternamente creadora y eternamente pródiga; la veneración y el entusiasmo hacia las energías fecundadoras, generadoras y destructoras; la afirmación tenaz y violenta del instinto de lucha, de predominio y de potencia, ¿no eran las bases sobre las que descansaba el antiguo mundo helénico en su periodo más esplendoroso? En la esencia de lo helénico residía el primitivo sentido homérico de la vida. El enérgico heleno daba siempre el ‘alegre saludo’ al bien y al mal, con el afán de satisfacer su deseo de dominio. En el error, en el sufrimiento y en el castigo, él reconocía siempre el triunfo de la vida. El sufrimiento era para él un estímulo. De lo más hondo de su sentimiento trágico, no nacía la aspiración a liberarse del terror, pero sí el deseo de existir en sí mismo, de vivir en mutaciones constantes” (L5, III)

En esta observación, Aurispa hace evidente que la vida guarda en sí, tanto un poder generativo como otro destructivo, y que existe una cierta voluntad trágica que busca aceptar dicha condición para imponerse sobre ella en el dominio pleno de lo que significa vivir. Tener la voluntad de morir no equivale a querer descansar de la vida, ni tampoco a renunciar a esta; más bien, tiene que ver con hacer una elección profundamente vital, porque el que escoge morir, está eligiendo la vida, alzándose sobre el terreno de su libertad para alcanzar la victoria desde sí mismo. No en vano, Aurispa se convencerá de ser un “dominador fuerte y tiránico, libre de yugos de falsa moralidad, seguro de su poder, seguro de prevalecer sobre el bien y sobre el mal” (L5, III).

La doctrina del morir a tiempo que enseña Zaratustra invita a no vivir rezagado o prolongándose. Por eso D’Annunzio presenta a un personaje que siempre está examinándose en búsqueda del instante justo para morir: no quiere estar muy maduro para ello, pero tampoco hacerlo prematuramente. Por esto, no se trata de un personaje que se mantenga vivo por cobardía, tampoco de alguien que esconda un secreto gusto por tribulación y la lenta agonía, y mucho menos de un individuo arrastrado y sometido por sus circunstancias. Giorgio Aurispa es el superhombre que afirma la vida mientras vive, y viviendo va auscultándose para no malograr el momento en el que la fiesta de la vida debe transformarse en la fiesta de la muerte que, a la larga, son la misma y una sola cosa. ¿No es eso lo que translucen estas palabras?

“¿Qué me falta? ¿Cuál es la imperfección de mi organismo moral? ¿Qué causas limitan mi voluntad? Mi impulso por vivir es irrefrenable. Quiero ordenar mi voluntad, mis fuerzas. Mas no lo consigo y muero en secreto todos los días. Huye diariamente mi vida por senderos invisibles. Mis fuerzas solo sirven para arrastrar, fatigosamente, algunos gramos de polvo a los que la imaginación da el peso de una gigantesca roca. Una disconformidad incesante resta fluidez a mis pensamientos. ¿Qué me falta? ¿Quién es dueño de esa parte de mi ser cuyo dominio no tengo y cuyo conocimiento necesito para seguir viviendo? ¿O será posible que esa parte de mi ser ya esté muerta y que yo no pueda incorporarme a ella sino muriendo? La muerte, evidentemente, me atrae” (L2, II)

Cuando Giorgio Aurispa comprenda que esas fuerzas que “limitan su voluntad” son las que no le permiten conectar la vida y la muerte; cuando ese impulso de vivir sea también el deseo de la muerte; cuando su imaginación ceda a la certidumbre de que puede el hombre imponerse aun sobre la desolación más profunda; cuando la fatiga se transforme en alegre carga y en fiesta; cuando sea el dueño definitivo de sí mismo y viva a plenitud su vida; entonces, habrá llegado para él el momento justo de morir. Y con el triunfo de la muerte no se probará que algo cayó sobre él, sino que el propio Aurispa bajó el telón de una vida que necesitaba reconocerse justamente como vida girándose un poco para alcanzar a ver su otro rostro, el de la muerte.

***

El superhombre nietzscheano es un gran afirmador: afirma sus valores, su libertad y la voluntad que rige su vida. Por ello, una novela como El Triunfo de la Muerte, en la que un personaje se aboca al suicidio tras “desprenderse” de todos los lazos que lo mantienen vivo, podría resultar, de entrada, un contraejemplo de aquel. Lo que he querido mostrar con este escrito, sin embargo, es que Giorgio Aurispa no es un predicador de la muerte, sino un personaje que encarna la doctrina del morir a tiempo expuesta en el Zaratustra; una doctrina que enseña la muerte libre basada en la voluntad que decide el querer morir cuando la vida está en el punto exacto para su consumación.
_______________________


NOTAS:

[1] “Acerquemos el oído a la voz del magnánimo Zaratustra. Y preparemos, amado Cenobiarca, con segura fe en el arte, la venida del Übermensch, el Superhombre” (p. 871)
[2] El epígrafe es un fragmento del aforismo XXX de Más Allá del Bien y del Mal: “Hay libros que tienen un valor inverso para el alma y para la salud, según que de ellos se sirvan el alma inferior, la fuerza vital inferior, o el alma superior y más poderosa: en el primer caso son libros peligrosos, corrosivos, disolventes; en el segundo, llamadas de heraldo que invitan a los más valientes a mostrar su valentía”.
[3] NIETZSCHE, F. (2000) Así Habló Zaratustra. Madrid: Editorial Alianza. p. 81. (Ver en general para las ideas que sigo aquí los acápites: Los Predicadores de la Muerte, El Canto de los Sepulcros, y De la Muerte Libre).
[4] Ibíd. p. 83.
[5] Ibíd. p. 118.
[6] Ibíd. p. 119.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.