AUTOR: Vladimir Nabokov
TÍTULO: Lolita
EDITORIAL: Anagrama, S.A.
AÑO: 2016
PÁGINAS: 389
TRADUCCIÓN: Francesc Roca
RANK: 10/10




Por Alejandro Jiménez
La controversia que desató esta novela desde su aparición en 1955 dio forma a dos procesos paralelos: el ensombrecimiento de las otras obras de Nabokov –que estarían desde entonces eclipsadas bajo la luz de Lolita- y la incorporación al imaginario cultural de la condición de nínfula –nymphet- que encarna la protagonista del libro, Dolores Haze. Frente a ambas situaciones, el propio Nabokov manifestó su parecer, solo que, a diferencia de lo primero, que no significaba para él ni una fatalidad ni un motivo de molestia, lo segundo se le presentó como una degradación cómica e intolerable.

Ciertamente, a la publicación de Lolita siguió un acelerado movimiento de tergiversación que echó al traste todo el rigor con que Nabokov había elaborado la noción de nínfula, convirtiendo esta palabra, dentro de los medios culturales, en epíteto para niñas precoces, modelos, delincuentes y hasta servidoras sexuales. Fueron variados los mecanismos bajo los cuales se operó esta desfiguración –el oportunismo de las industrias, el amarillismo del público o el franco desconocimiento del libro-, pero en la base de todo ello siempre hubo una equivocación pars pro toto que condujo a la separación de la figura de nínfula de su soporte fundamental: la mirada de Humbert.

Como toda confusión, difícilmente esta pudo revertirse y, en consecuencia, para el grueso de la sociedad, la nínfula permanece asociada a elementos concretos como, por ejemplo, una edad o cierto tipo de despertar sexual; características que evidentemente hacen parte de la concepción de Nabokov, pero no la agotan. El gran equívoco al que se conduce por este camino consiste en desatender la relación de implicación que existe entre la nínfula y –lo que podríamos llamar- su descubridor, sin el cual aquella simplemente no podría emerger. De este modo lo apuntó en su momento Nabokov buscando él mismo dar luces al asunto:

“Fuera de la mirada maníaca de Humbert no hay nínfula, Lolita existe a través de la obsesión que destruye a Humbert”

Como se ve, entre ambos personajes hay una mutua dependencia, pues no existe algo así como una nínfula per se, es decir, en ausencia de esa mirada particular de Humbert que la hace surgir; e, inversamente, dicha mirada por sí misma resulta insuficiente para atribuir la condición de nínfula a cualquiera que no se ajuste a los rasgos que son propiciatorios para su descubridor. Sin duda, se trata de una implicación activa, aunque no del todo consciente, y más fácil de entender en la dirección nínfula-descubridor, pues las condiciones que cumple Lolita –y, por extensión, toda nínfula- pueden rápidamente enlistarse: poseer una naturaleza demoníaca, permanecer en un límite temporal –de los 9 a los 14 años-, no reducirse a la belleza o vulgaridad, ser la excepción entre sus coetáneas, lucir rasgos inefables y tener una gracia etérea, evasiva y cambiante.

Mas, en contraparte, ¿qué es aquello que tiene de particular la mirada de quien descubre esos rasgos en una nínfula? ¿Qué es aquello que permite al sátiro Humbert convertir en “criatura mágica” a esa Lolita que a los ojos de otros no es más que una jovencita trivial? Esa mirada, al parecer, cumple con tres condiciones irrevocables: 1. deviene de un deseo frustrado, 2. se debate entre lo abyecto y lo noble y, 3. está en tensión con la legalidad y los tabúes.

La mirada reprimida. La condición de nínfula no se funda imponiéndose desde el exterior, sino que resulta de una movilización que toma forma en el interior de quien la descubre. El indicio de esto se encuentra en el hecho de que la existencia de Lolita –en tanto nínfula- se encuentra supeditada al amor frustrado de Humbert por otra niña iniciática. En otras palabras, no se trata de que las cualidades de Lolita se ciernan sobre él, sino de que Humbert las traslada de una primera figura en quien las advirtió a la propia Lolita.

Dicha traspolación posee un sesgo “fatal y mágico”, según advierte Humbert, pero en términos menos poéticos, constituye una obsesión condicionada por un deseo reprimido: Humbert conoció a Annabel en su adolescencia, pero la muerte de ella en medio de aquel idilio en el que ambos descubrieron el eros y el hímero –el amor y la atracción sexual- produjo una conmoción tan fuerte en él que la no satisfacción de estos impulsos se convirtió, por un lado, en una fijación inconsciente por las niñas que reprodujeran las cualidades de Annabel y, por otro, en la imposibilidad de que su obsesión se viera apaciguada por otro tipo de romances.

Sin abandonar la poesía, Humbert acentúa esta idea señalando que la imagen fascinante de Annabel lo mantiene hechizado durante más de dos décadas hasta que logra romper su hechizo encarnándola en Lolita:

“(…) y entonces, sin previo aviso, una oleada azul se hinchó bajo mi corazón y vi sobre una esterilla, en un estanque de sol, semidesnuda, de rodillas, a mi amor de la Riviera, que se volvió para espiarme por encima de las gafas de sol. Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo de topos anudado en torno a su pecho ocultaba a la mirada de mis viejos ojos lascivos, pero no a la de los recuerdos de mi adolescencia, aquellos senos juveniles que acaricié un día inmortal (…)” (Pág. 51)

Entre Annabel y Lolita no hay solución de continuidad: son una sola, sobre todo porque, aunque Lolita sea el producto de una prolongación del deseo, eclipsa todo lo que la antecede, sublimándolo. En este sentido, todos los otros encuentros que tuvo Humbert con jovencitas –las niñas espiadas en el parque, sus aventuras con Monique, etcétera- fueron desatinos, rudimentos que, aun sosteniendo cierto vínculo con lo que significa ser nínfula, no llegaron a la exaltación de las dos experiencias capitales, a colmar “ese abismo –que explica el gusto de Humbert por las nínfulas- entre lo poco concedido y lo mucho prometido”.

Esta primera observación permite entender que no hay nínfula por fuera de una mirada que proyecte la búsqueda de un deseo reprimido; pero también aclara que la frustración surge de la ruptura con un ámbito idílico que intenta inconscientemente recuperarse. Es así que, a la relación de Humbert y Lolita, en la que de facto se reconoce una conducta pederasta, subyace un modo inevitable de retrotraer aquello que se perdió verdaderamente en la niñez, y el pasaje en el que Humbert narra su llegada al mar junto a Lolita, es decir, esa vuelta simbólica a la Riviera iniciática, es una representación innegable de su regreso al escenario del deseo, que ya para entonces, incluso, tiene ciertos visos de racionalidad.

La mirada fluctuante. La mirada que recae sobre Lolita parece clara en lo que respecta a su origen, pero no a su proyección, pues Humbert la hace fluctuar tanto por efecto del tiempo como por tensión. De lo primero nos persuaden las descripciones sobre Lolita que van mudando sutilmente a lo largo del libro: del tono evocador con el que inician, al de la intensidad del deseo y, de allí, en alguna medida, al del cansancio y la sumisión. Lo segundo, por su parte, se dibuja de forma más compleja, porque lo que entra en tensión dentro de la mirada de Humbert son justamente sus conflictos interiores.

Lo que riñe allí es la abyección y la nobleza: Humbert descubre en la nínfula una naturaleza ambigua que mezcla “una tierna y soñadora puerilidad con una especie de desconcertante vulgaridad”, y esto hace que se conduzca alternativamente frente a Lolita, ora dejándose arrastrar por el impuso sexual, ora defendiendo con firmeza su pureza. El conflicto de fuerzas redunda en la imposibilidad de discernir lo uno de lo otro, y, en tanto, en su caso, “lo bestial y lo hermoso” no pueden vivirse como experiencias independientes, la condena es hundirse en la indistinción. La tensión se ilustra perfectamente en este discurrir de Humbert que antecede a su primera relación con Lolita:

“Si me recreo algún tiempo en los temores y vacilaciones de esa noche distante, es porque insisto en demostrar que no soy, ni fui nunca, ni pude haberlo sido, un canalla brutal. Las regiones apacibles y vagas en que reptaba eran el patrimonio de los poetas, no el acechante terreno del delito. Si hubiera llegado a mi meta, mi éxtasis habría sido toda suavidad, un caso de combustión interna cuyo calor apenas habría sentido Lolita, aun completamente despierta” (Pág. 161)

No puede negarse que hay un grado de conciencia por parte de Humbert respecto de las implicaciones que tienen sus deseos, pues, de no ser así, no se proferiría contra él palabras de condena o culpa; sin embargo, también es indudable que su relato esboza una defensa de su comportamiento, apelando a una diferencia entre él y los criminales comunes. Ya en el anterior párrafo Humbert califica su goce de poético, tratando de que su voluptuosidad no se confunda con la de cualquier disoluto, y esta clase de comentarios son usuales en la narración, fungiendo, como se ve, a modo de paliativos para su mente.

La dinámica de la mirada en este plano es singular: a Humbert no le es posible evitar la punzada del deseo, Lolita le es propicia y con ella lo satisface, pero la innobleza del acto requiere una apología que él encuentra en el hecho de atribuirse una condición que lo aparte de la criminalidad. Es claro que algunos podrían ver aquí una coartada, la truculencia del depravado, pero todo este juego se opera de manera tan angustiosa para Humbert, generando en él tantos conflictos y dolores, que termina apropiándose de ese sentido griego de lo trágico que surge del enfrentarse a una disyuntiva imposible de resolver.

La mente de Humbert es una vorágine, en ella se cruzan la sensibilidad del artista y el impulso lascivo, la melancolía de la culpa y el veneno de los vicios. En su interior, como si fuese un personaje baudeleriano, se agitan los demonios sin tregua, y, por ello, no son datos a descontar, ni el calificativo de loco que se adjudica Humbert, ni sus experiencias en el sanatorio, ni sus ponderaciones de asesinatos, ni, en el colmo de la desfachatez, su exhibicionismo o sus sueños con una Lolita hija de Lolita. Algo se cuece permanentemente en su interior, sin llegar nunca a resolverse; y ese es un indicador de que quien descubre a una nínfula no lo hace desde claridad de la razón y tampoco desde la ceguera del deseo, sino, desde el conflicto que genera el no poder evitar destruir aquello que se ama.

La mirada temerosa. Algo se esconde en el nombre de Humbert Humbert. ¿No indica ya esta insistencia, o bien, una acentuación de su perfil, o bien, una escisión de sí mismo a modo de doppelgänger? Alguna pista sobre esto se halla en la exploración sobre las relaciones que mantiene el personaje con la legalidad y los tabúes, pues habiendo asumido que sobre él pesa una obsesión reprimida, puede aceptarse también que las formas propias de la cultura –el super yo- actualizan esa frustración impidiendo la realización del deseo y, sobre todo, haciendo que el conflicto de fuerzas que vivencia Humbert se pronuncie todavía más.

Como puede deducirse de lo dicho más arriba, Humbert no se comporta como el tipo de hombre que, habiendo perdido todos los escrúpulos, declara abiertamente su abyección. No podría, además, porque su doble relación con Lolita –padre y amante- lo obliga a cumplir con ciertas prácticas que se desarrollan en el terreno social. Lo que es claro, más bien, es que Humbert procura mantenerse lo más lejos posible de la gente: ese largo viaje, cuyo itinerario se sigue en la segunda parte de la novela, habla precisamente de la necesidad de huir, de estar escapando en todo momento de aquello que pueda desenmascarar su condición.

Lo que indica esto es que la mirada con la que Humbert observa a Lolita no es aceptable ni legal ni moralmente y, en consecuencia, su preservación –que coincide con la realización del deseo- obliga a establecer distintos movimientos: el evitar, el confundir, el disfrazarse. Esta manía persecutoria de Humbert tiene momentos verdaderamente dramáticos como, por ejemplo, las conversaciones de Lolita con extraños, las discusiones en Beardsley o los autos percibidos por el retrovisor, y todos crecen fértilmente en Humbert porque en él encuentran el terreno abonado por la confusión.

Si el nombre Humbert Humbert obedeciera a una figura de desdoblamiento, según la cual, existe un Humbert moral, padre y seguidor de normas, y otro, oscuro, amante y culpable a cada momento, se advertiría el conflicto que subyace también en esta dimensión del personaje: obligado a cumplir con el rol de padre, no puede liberarse sin más de los escrúpulos que le permitirían convertirse en un libertino; de algún modo, Humbert se encuentra instado a actuar moralmente, por lo menos en lo que respecta a uno de los planos de su relación con Lolita, y, ciertamente esto es lo que parece translucirse un poco en la constante consulta que hace el protagonista de los códigos legales y, más aún, en aquella frase con la que sentencia su relación con Lolita ante su secreto enemigo: “Era mi hija, Quilty”.

Tal vez sea este mismo conflicto el que no permite equiparar a Humbert y Clare Quilty: solo en el protagonista de la historia se percibe realmente un conflicto y la doble relación con la nínfula que lo complejiza. Se suele concebir a Quilty como alter ego de Humbert, pero esa equiparación en este punto es improcedente: Quilty ha dejado atrás toda moral y su inclinación hacia Lolita es eminentemente sexual –e incluso, explotadora-. En otras palabras, Humbert ve en Lolita a la nínfula, sin perder ningún rasgo de ella e implicándose como su descubridor, mientras que Quilty solo se fija en su aspecto sexual y no aporta nada en su conformación, pues su deseo fluye libre de todo conflicto.

***

La condición de nínfula está viciada en la mayoría de los contenidos que la cultura occidental ha trabajado desde mediados del siglo XX. La degradación parece haber seguido uno de estos dos caminos: el tomar una parte de la noción trabajada por Nabokov como si fuese suficiente para dar cuenta de la naturaleza general de la nínfula; o el asumir todas las características de esta, desatendiendo el soporte externo que les da su existencia: la mirada de un descubridor. Lo que se ha querido mostrar en este texto es que no hay posibilidad de que exista lo que en rigor se denomina nínfula, sin la consideración de esa mirada, cuyas particularidades vienen dadas por su origen, la tensión entre lo abyecto y lo noble y el conflicto no menos pronunciado con la legalidad y los tabúes. Fuera de esta mirada solo habrá tergiversaciones del término cuyos intereses parecen ajenos a los del serio estudio hermenéutico.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.