AUTOR: Fiódor M. Dostoievski
TÍTULO: Pobres Gentes
EDITORIAL: Aguilar, S.A. (Séptima edición)
AÑO: 1961
PÁGINAS: 1556 (101-204)
TRADUCCIÓN: Rafael Cansinos Assens
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez
Dentro de seis años se conmemorará el segundo centenario del nacimiento de Fiódor M. Dostoievski (1821-1881), y me he propuesto leer toda su obra antes de esa fecha, puesto que, aunque han sido los rusos –y los franceses- del XIX quienes más han aportado a mi formación literaria, su narrativa es abismal, y exige un acercamiento riguroso para poder establecer sobre ella juicios inequívocos. Lo que menos desearía es que, llegado ese momento, me comportara como aquellos que alzan su voz para hablar sobre lo que no conocen, y terminase resaltando la figura de Dostoievski apelando al fútil pretexto de lo clásico o, peor aún, a algún prejuicio personal.

Antes, tuve la oportunidad de escribir algunos apuntes sobre las Memorias del Subsuelo (1864), y también sobre los Cuentos Completos de Dostoievski, traducidos y agrupados recientemente por Bela Martinova. Ahora, he empezado a recorrer las páginas de los tres volúmenes que conforman sus Obras Completas, publicados por Editorial Aguilar en 1961 [1]. Es verdad que actualmente es posible leer a Dostoievski en una cantidad casi inabarcable de ediciones; sin embargo, lo especial de estos volúmenes, no sólo radica en que constituyen la primera traducción íntegra de su obra hecha del ruso, sino que, además, mantienen vivo el lenguaje decimonónico que se ha perdido en las versiones posteriores.

Los títulos se organizan en esta edición cronológicamente, de manera que el Tomo I inicia –después de la juiciosa introducción de Cansinos Assens que ocupa unas 100 páginas- con la primera novela publicada por Dostoievski, Pobres Gentes –Бедные люди- (1846) y se prolonga hasta la época de El Cocodrilo (1865); así pues, sintetiza los primeros veinte años de producción del escritor, caracterizados por los relatos de mediana extensión, y la coexistencia de los recursos románticos con la psicología penetrante que dará sentido a sus obras mayores, condensadas en su mayoría en el Tomo II. 

A propósito de Pobres Gentes

Pobres Gentes es una obra fundamental dentro de la narrativa de Dostoievski, porque fue la que le granjeó el reconocimiento inmediato como escritor, y el aprecio de figuras tan importantes como Dmitri Grigórovich (el afamado costumbrista), Nikolái Nekrásov (director de El Contemporáneo, diario en el que se publicaría la obra), Iván Turguéniev (el escritor a quien apeló Dostoievski en muchas de sus crisis económicas) y, por supuesto, Visarión Bielinski (el crítico encargado de presentar a Dostoievski en los salones de San Petersburgo como el iniciador de la novela social rusa).

Sin duda, muchos factores coincidieron para que con esta primera novela, el genio de Dostoievski resultase evidente. Por un lado, el haber leído con generosidad a los románticos (Hoffmann, Schiller, Víctor Hugo, Goethe) le permitió aguzar su comprensión de las desdichas humanas, especialmente de aquellas originadas por las pasiones y los sentimientos. Y, por otra parte, su descubrimiento en las obras de Balzac, Gógol y Pushkin de un lenguaje capaz de reflejar la dura realidad social, descubrió para él una forma particular de acercarse al mundo, ya no a través de la ficción, sino de la captura casi pictórica de los acontecimientos. 

Todo el material necesario para su escritura ya lo había obtenido Dostoievski de su continuo vagar por las calles petersburguesas. Con apenas 25 años y un cargo en el Departamento de Ingenieros, se enfrenta todos los días después del trabajo con la ciudad que será el epicentro de la mayoría de sus obras: 

“Dostoievski toma así posesión de la ciudad. En las horas libres de servicio, el oficial de ingenieros es un vagabundo. Se mezcla a la muchedumbre, observa, graba en su retina cuanto ve, absorbe y clasifica su olfato todos esos olores de Petersburgo –a sopa de coles, a pescado podrido- que luego trascenderán en sus novelas (…) A veces se sienta en los bancos de los bodegones más ínfimos para fraternizar, para comulgar con la plebe, para impresionarse de la esencia y la forma del alma rusa. El novelista de los vagabundos empieza por serlo él mismo, y trota sobre el asfalto cubierto de nieve y deja que el cierzo le corte las mejillas como a los mendigos y las cortesanas (…), sigue a los transeúntes, pidiéndoles su secreto, la clave del misterio de sus vidas, la palabra de su dolor o de su esperanza, para hacer con ello su obra. Casi todos esos peatones que se dejan observar son gente humilde, pobre gente –los otros van en coche, eluden la mirada profunda-, y así, no es de admirar que los personajes de las primeras novelas de Dostoievski sean seres modestos, insignificantes. Ese pintor literario ha tenido modelos pobres. Empleados de poco sueldo, esos funcionarios de la burocracia rusa, prototipos del burócrata universal, cargados de toda la importancia grotesca de su título de chinóvniki con sus mujeres bondadosas y cursis, cubiertas con manteletas deslustradas (…)” [2]

En efecto, los personajes de Pobres Gentes poseen esta serie de cualidades: el uno, Makar Dievuschkin, es un viejo funcionario del estado que no ha podido escalar en la Tabla de Rangos [3], y, la otra, Varvara Dobroselov, es una joven huérfana y enferma que vive de la caridad de Makar y el poco trabajo que su salud le permite realizar. Ninguno de ellos es producto de la imaginación de Dostoievski; por el contrario, se le han mostrado ya en la realidad petersburguesa, y él se ha encargado de organizar su historia precisando, no sólo lo que se ofrece en ellos exteriormente, sino, además, todos sus rasgos psicológicos. 

Precisamente, la diferencia entre el Realismo de Dostoievski y el de los autores rusos precedentes consiste en que éste renuncia casi por completo a la omnisciencia de la tercera persona, y centra su relato en el modo como los propios personajes ven, experimentan y califican sus vivencias. Así, sólo se conoce su vida a través de ellos mismos, sin que haya otra realidad superpuesta, capaz de determinar y conocer por fuera de ellos todo lo que les acontece. Esta idea ha sido descrita por Engelgardt con las siguientes palabras:

“En Dostoievski es imposible encontrar una descripción objetiva del mundo exterior; hablando estrictamente, en su novela no hay vida cotidiana, ni vida urbana o campestre, ni naturaleza, pero sí aparecen bien el medio ambiente, el suelo natal, el terruño, según el ángulo bajo el cual se observa todo esto por los personajes. Debido a ello surge aquella multiplicidad de planos en la representación de la realidad que lleva a los epígonos de Dostoievski a una especie de desintegración del ser, de modo que la acción de la novela transcurre simultánea o sucesivamente en esferas ontológicas absolutamente diferentes” [4]

En términos concretos esto significa que Dostoievski consigue que sus propios personajes, desde sus miradas particulares, sean quienes dibujen la realidad en la que viven. Ya no se trata de una labor hecha por alguien distinto de ellos, como podría serlo un narrador tácito (índice del Realismo durante mucho tiempo en la literatura), sino que es su propio lenguaje el que configura los acontecimientos. Así, en Pobres Gentes, es el cruce de cartas entre Makar y Várinka, esto es, sus confidencias, sus puntos de vista, sus lamentos, sus vacilaciones, etcétera, lo que establece progresivamente la realidad total en la que se desenvuelven sus vidas: en una carta Makar confiesa a la joven las burlas de que es objeto en su trabajo, en otra, el mal estado de sus botas y capa; y, en contraparte, Várinka comparte con él las impresiones de su infancia, los pormenores de su salud; y es esto, en conjunto, lo que al final, sumándose logra dibujar tanto la materialidad de lo real, como el marco psicológico desde el que se asume.

Estamos de este modo ante una especie de nueva heroicidad: la que deviene de la conciencia superior del personaje que se sabe en su realidad. Por esta razón, aunque es verdad que Dostoievski fue un gran admirador de Gógol y Pushkin, frente a la narrativa de ellos toma distancia, en el sentido de que su Realismo no es exterior, sino que se proyecta inversamente, es decir, de forma inductiva:

“Ya durante el primer periodo de su creación, el de la escuela de Gógol, Dostoievski no presenta a un ‘burócrata pobre’, sino más bien su autoconciencia (Dievuschkin, Goliadkin e incluso Projarchin). Aquello que se presentaba en el horizonte de Gógol como un conjunto de rasgos objetivos que formaban la imagen social y caracterológica del héroe, Dostoievski lo introduce en el horizonte del héroe mismo y es allí donde estos rasgos se vuelven objeto de su tormentosa autoconciencia; incluso, la misma apariencia externa del ‘burócrata pobre’ que solía presentar Gógol, en Dostoievski la observa el héroe en el espejo (…) No estamos viendo quién es el héroe, sino cómo se reconoce, y nuestra visión artística ya no se enfrenta a su realidad, sino a la pura función de reconocimiento de esa realidad por él” [5]

A partir de esta tesis podría adelantarse un riquísimo análisis de Pobres Gentes, de manera que con el ánimo de contribuir en este sentido, se presenta a continuación un pequeño examen sobre la configuración de la conciencia del pobre en la novela. Antes, sin embargo, dejaremos el extracto con que Lo Gatto condensa la historia de la novela:

“La trama, muy sencilla, tiene lugar a través de un intercambio de cartas entre un modesto empleado de cancillería, Makar Dievuschkin, y una jovencita, Várinka Dobroselov, que vive enfrente de la habitación donde él pasa largas horas poniendo en limpio documentos que trae de la oficina. A través de las cartas de los dos protagonistas el lector llega a conocer su vida pasada y presente y especialmente esta última con sus pequeñeces que escapan en el curso de la existencia, pero que revelan su importancia cuando las cuenta con sencillez y espontaneidad quien las vive. La correspondencia también pone de manifiesto la diferencia que hay entre los dos: la mayor inteligencia y educación de la mujer, el mayor altruismo del hombre. Lo que los acerca es la sensación común de sentirse derrotados por la suerte, aunque en su sentimiento, ora paternal, ora fraterno, Dievuschkin no piensa nunca en que algún día su pequeña felicidad diaria de la correspondencia pueda cesar, mientras la mujer, en cambio, aunque sin saberlo, sueña siempre con una mañana distinta, ya que la amistad de Dievuschkin es un apoyo en su vida, pero no un fin” [6]

La autoconciencia de la pobreza

Cierta parte de la crítica ha considerado que la figura de Makar Dievuschkin fue tomada por Dostoievski de la de Akaki Akakievich, el protagonista del relato El Capote de Nikolái Gógol. En efecto, pueden encontrarse una serie de coincidencias entre ambos personajes, como, por ejemplo, el ser funcionarios pobres y viejos, ser motivo de burlas y encarnar un complejo de inferioridad; además, es indudable la admiración que sentía Dostoievski por Gógol y por este cuento en particular, el cual consideraba el inicio de la literatura rusa moderna. 

Sin embargo, como se dijo antes, la distinción entre ambos personajes radica en el grado de conciencia que alcanza Dievuschkin ante su propia situación. En su carta del 8 de julio, el protagonista de Pobres Gentes se apresura a comunicar a Várinka su opinión acerca de un libro que previamente ella le ha prestado y que no es otro que El Capote; se esperaría que su respuesta fuese positiva, y se haya identificado con todo lo descrito en el relato, pero esto no es así, y pronto se advierte su insatisfacción ante la actitud de Akakievich, quien, a su modo de ver, elude con su anhelo de una capa nueva, el sitio que le corresponde dentro de la estructura social, es decir, el ser un funcionario pobre. 

Con su carta, Dievuschkin intenta demostrarle a Várinka que las aptitudes son dadas por dios y, en ese sentido, unos han nacido para seguir la carrera literaria, otros la jurídica, y algunos más para no rechistar y obedecer. Dievuschkin siente que se han basado en él para redactar el relato, pero, al mismo tiempo, que lo han desdibujado en él, en la medida en que durante sus treinta años de servicio jamás ha personificado algún acto de insubordinación, ni ha deseado algo que esté por fuera de su rango; ha cumplido, como él mismo lo dice, su deber a conciencia y celosamente, comprendiendo, incluso, que la severidad y la violencia con la que a veces actúan quienes detentan el poder son necesarias para mantener la disciplina de los subalternos y la producción que de otra manera se vendría al suelo.

En otras palabras, mientras Akakievich es víctima de su incomprensión de la sociedad en la que vive, y se obstina en creer que una nueva capa puede constituir su felicidad, Dievuschkin sí es consciente de su sitio en esa estructura. Ahora bien, por esta misma razón, él representa un caso radical de alienación: sabe que es pobre, pero está convencido –hasta el límite de defender esta condición- de que no existen alternativas para dejar de serlo.

Más allá de esto, lo interesante del personaje de Dostoievski es que su alienación, en todo caso, no le impide mantener una vida que ofrezca algunas satisfacciones, como, por ejemplo, el amor al prójimo, en concreto a su protegida, Varvara Dobroselov. Y, en defensa de estas pequeñas complacencias, estará dispuesto a sacrificar todo lo que tiene:

“Indudablemente, Pobres Gentes está inspirada en El Capote, de Gógol. Este grotesco consejero honorario, educado en la veneración de sus jefes y el amor por las ‘copias’, este ciudadano gris de San Petersburgo del que se burlan sus colegas, embrutecido por las privaciones y que lo acepta todo, que se resigna a todo con dulzura evangélica, es el hermano menor del pobre Akaki Akakievich, cuya figura inmortalizó Gógol. Pero el héroe de Gógol era quejica y grotesco. Destacaba por ser una completa nulidad. El Makar Dievuschkin de Dostoievski es admirable en algunos aspectos. Su caridad, su abnegación y la discreción que mantiene en la desgracia son de una rara entereza moral. Lo ridículo no lo destruye, sino que exalta sus cualidades. Su mediocridad se detiene en las fronteras del corazón. Sufre, y esto le salva de la caricatura” [7]

Ciertamente, alrededor de Dievuschkin circula una serie de personajes que posee todos los tintes de la ridiculez: el falso literato Ratasayev, cuyos novelones románticos constituyen una extravagancia; el viejo Pokrovski, tosco y embaucador; y hasta el mismo Gorschkov, un funcionario que permanece en la inacción a pesar de morirse de hambre. Frente a ellos, Dievuschkin manifiesta una mayor fuerza vital, y aunque es verdad que el amor que profesa por Várinka en ocasiones es confuso, son las propias exigencias de este sentimiento las que permanentemente le hacen evaluar sus condiciones y tener conciencia de ellas.

Por supuesto, la conciencia de la pobreza no es privativa de Dievuschkin, sino que también se presenta, aunque en menor grado, en Varvara Dobroselov. Ambos coinciden en la idea de que su condición parte de una cierta especie de fatalidad; a veces se refieren a ella como destino, otras como suerte, pero en todo caso, con una y otra palabra hacen referencia a una fuerza exterior que los arrastra hacia las adversidades. Frente a dicha fuerza, ni Makar ni Várinka hacen algo distinto a resignarse: ¿qué otra cosa hacer si no es posible adivinar la dirección que tomará el destino la mañana siguiente, y son precisamente las manos de este las que van tejiendo el porvenir?

Está claro que este secreto despliegue del destino es una de las bases de la pobreza de la que son conscientes los protagonistas de la novela; es decir, saben que su falta de dinero, las malas condiciones de vida, la necesidad de los réditos, la imposibilidad de ascender socialmente, etcétera, son producto de un destino cuyo fundamento es imposible conocer. “Yo misma no sé por qué tengo siempre que llorar” –se lamenta Várinka-, “de nuevo me persigue mi cruel destino” –afirma más adelante-, y aún más contundentemente lo declara Dievuschkin: “probablemente todo esto estaría escrito desde el día que nací; ése sería mi sino…, y al sino, como usted sabe, no hay quien pueda darle esquinazo”.

Así, pues, Makar y Várinka comprenden su pobreza como el producto de un sino que les es desconocido. Hay hombres que nacieron para lucir los entorchados de General, y otros para mendigar copeicas en la calle Nevski o la Gorojovaya, y lo mejor es que cada quien entienda que las diferencias entre una y otra posición no pueden rebasarse. Las apreciaciones de Dievuschkin sobre El Capote muestran justamente esta convicción que se halla acentuada en otras partes del libro, v. gr., cuando de manera literal el protagonista se refiere a los pobres:

“Los pobres somos tercos… Lo ha dispuesto así la naturaleza. Yo lo había observado y sentido así antes de ahora. El pobre es susceptible; ve el mundo de otro modo, mira al transeúnte de soslayo, con recelo, y coge al vuelo la menor palabra. ¿Si estarán hablando de él? ¿Si será que están comentando en voz baja su desastrado aspecto? ¿Si no se estarán preguntando qué es lo que hace ahora? ¿Quién sabe si inquirirán también cómo se las bandea, cómo sale del paso? Todos sabemos, Várinka, que un hombre pobre es peor que un pingajo y que, dígase lo que se quiera, no puede merecerle a nadie la menor estimación. Porque por más que escriban esos literatuelos, un pobre siempre será un pobre con todas sus consecuencias. ¿Y por qué ha de ser siempre un pobre? Pues porque en un hombre pobre, todo, por decirlo así, debe estar con el lado izquierdo hacia afuera, no puede tener nada guardado en lo más íntimo, ningún orgullo, por ejemplo, ni otro sentimiento análogo, pues no se lo tolera” (Pág. 160)

La conciencia del pobre que alcanza Dievuschkin aquí posee dos rasgos fundamentales: en primer lugar, el reconocer su imposibilidad de ofrecer alguna estimación y, en segundo término, el verse obligado fatalmente a no reservarse para sí ningún sentimiento. Frente a la primera cualidad, Dievuschkin es consecuente, y al narrar cómo sus compañeros de oficina se burlan de él y lo culpan por todo aquello que no funciona correctamente, se muestra benévolo, negándose a guardar por ello rencor u odio. Sin embargo, no deja de señalar que teniendo él un “corazón enteramente igual al de los demás”, la diferencia entre los pobres que guardan para sí las ofensas y los que las profieren, sólo puede explicarse por la existencia paralela de personas buenas y malas en el mundo. Por demás, y aunque sea verdad que su trabajo no revista una importancia extraordinaria, al menos una por la cual pudiese recibir el aprecio social, se sabe a sí mismo como el hacedor de tareas útiles que lo salvan de los comportamientos deshonrosos, y también de esa falsa estimación que deviene de lo material, la de aquellos que son ensalzados sólo por efecto de los bienes o la fama que tuvieron por suerte recibir:

“La raíz de todo está en que yo no me cuido de mí, ni de mi duelo. A mí, personalmente, me da igual, y con la mayor tranquilidad del mundo iría por esas calles sin capa y sin botas; a mí me resultaría indiferente, de nada me cuidaría, pues soy un hombre sencillo y modesto. ¿Pero qué diría la gente?... ¿Qué dirían mis enemigos y todas esas malas lenguas si me ven sin capa? Se lleva capa sólo por la gente, y sólo por ella se llevan también botas. Las botas son, en este caso, hija mía, únicamente necesarias para la conservación del honor y la buena reputación de uno. Quien lleva las botas rotas pierde el uno y la otra” (Pág. 169)

En Dievuschkin, como se ve, existe la consciencia de la pobreza como algo censurable, una condición carente de estimación; sin embargo, esa misma conciencia también logra mostrar que toda censura existe únicamente dentro de los límites materiales de la sociedad, es decir, que la sociedad ha creado un conjunto de imaginarios desde los cuales se juzga luego a los ciudadanos, y así, por ejemplo, los bienes materiales se transforman en un indicador de la dignidad de las personas. Las botas sin suela, las camisas raídas, la capa desastrada son señales indiscutibles de la pobreza de Makar y, en consecuencia, de una condición que socialmente se señala como indeseable.

A esto se refiere Dievuschkin cuando señala que el pobre no puede reservar para sí ningún sentimiento: su apariencia, de facto, lo delata, y su orgullo y dignidad –como sucede en tantas páginas de la novela- se vienen al suelo cuando ceden ante el hambre, la mendicidad, la búsqueda de réditos, los adelantos de sueldo, las humillaciones, las burlas, etcétera.

En vano se pregunta Makar “¿por qué están arregladas las cosas de este mundo en forma que un hombre de bien haya de vivir pobre y miserable, en tanto a otros la felicidad se les entra ella sola por las puertas?”, “¿por qué unos están destinados a ser felices ya desde el vientre mismo de su madre para toda la vida, mientras que otros pasan de la Inclusa al mundo de dios?”. Esa fatalidad, como se dijo, es incomprensible, y sólo resta para aquellos que tuvieron la peor suerte bregar por la supervivencia y recibir cada desprecio, cada nueva adversidad con resignación, aun cuando sea inevitable en ocasiones sentir vergüenza de vivir.

El camino de Makar Dievuschkin hacia la redención de su pobreza, de esa humillación que en ocasiones hace que el hombre se estime por debajo de su verdadero valor, lo halla recorriendo dos caminos. En primer lugar –y este es uno de los núcleos de Pobres Gentes- a través de la generosidad; pero ser generoso en el sentido en el que lo es Dievuschkin no consiste en dar de lo que sobra –pues siendo pobre, en realidad, todo le hace falta-, sino en compartir el peso de las cargas ajenas. Así, la frágil salud de Várinka, sus preocupaciones, su falta de dinero e inquietudes, empiezan a ser asumidas por Makar a plenitud. Su forma de amar a la joven implica que ella descanse sobre él todas sus fatigas, y su abnegación lo llevará sin dudar un segundo a adelantar sueldos, privarse de comidas, soportar humillaciones y vestirse inadecuadamente. La falta de estimación del pobre ya no existirá en este punto para Dievuschkin, puesto que en medio de esta labor altruista que lo arrastra indefectiblemente a la indigencia, se sentirá siempre él pletórico, útil y amoroso.

La otra vía redentora la encuentra Dievuschkin apartándose del temor a la deshonra, a ser vituperado. Siempre espantado por la idea de que Su Excelencia pudiese encontrarlo en la oficina con las botas destrozadas y los botones caídos, descubrirá en uno de los pasajes más emotivos de sus cartas que, aunque la Tabla de Rangos sea rigurosa, hay excepciones a la fiereza e indolencia que parecen mostrar siempre los superiores. Y, así, alguien que está muy por encima suyo en la escala social será el encargado de resucitarlo del reino de los muertos y restituirlo en su verdadero ser, que no significa otra cosa que sentirse hombre en el sentido exacto en el que la Naturaleza y la sensibilidad nos igualan a todos.

No es posible para Dievuschkin ni para Várinka vivir de su pasado, aun cuando este fuese para ambos, de algún modo, un poco más llevadero; el presente mide su temple exigiéndoles soportar el peso de su pobreza. Várinka, mucho más joven, responderá a esta demanda con aquella decisión que definirá su relación con Dievuschkin al final de la novela; por su cuenta, el viejo Makar se enfrentará con todo rigor a su condición, como ya se ha dicho, sin escapar nunca materialmente de ella, logrando vivir en el justo límite entre el amor y la obediencia.
___________________________

Para Fiódor M. Dostoievski parecen escritas aquellas palabras que Pushkin incluyó en su Historia de la Aldea de Goriújino: “ser juez, observador y profeta de los siglos y de los pueblos es el punto más alto al que puede llegar un escritor”.


NOTAS:

[1] La primera edición de las Obras Completas de Dostoievski en español fue labor de Rafael Cansinos Assens, y la publicó Editorial Aguilar en dos volúmenes en 1935. La cuarta edición de estas Obras (1949) fue corregida y aumentada a tres volúmenes, formato que se mantuvo en las sucesivas reediciones que hubo después. La edición referida de 1961 es la séptima y en conjunto suma unas 4200 páginas, en las que se incluye algún material inédito para entonces.
[2] CANSINOS ASSENS, R. (1961) Fiódor M. Dostoievski: su Vida y su Obra; en Obras Completas (Vol. I). Madrid: Editorial Aguilar. p. 18-19.
[3] Una excelente precisión sobre la política de la Tabla de Rangos implantada por Pedro I en Rusia se encuentra en la introducción hecha por Martinova a las Memorias del Subsuelo (Madrid: Ed. Crítica, 2009). Consultar páginas 16 y ss.
[4] ENGELGARDT, B. M. (S/F) La Novela Ideológica de Dostoievski; en F. M. Dostoievski: Stat’i i Materiay (Vol. II). p. 90.
[5] BAJTÍN, Mijaíl M. (1993) Problemas de la Poética de Dostoievski. Bogotá: F.C.E. p. 72-73.
[6] LO GATTO, E. (2006) Pobre Gente; en Diccionario Literario Bompiani (Vol. VI). Barcelona: Editorial Hora. p. 6984.
[7] TROYAT, Henri (2006) Dostoievski. Bogotá: Editorial Vergara. p. 64.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.