AUTOR: Aleksandr Pushkin
TÍTULO: Relatos del Difunto Iván Petróvich Belkin
EDITORIAL: Inter-Americana, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1945
PÁGINAS: 224
TRADUCCIÓN: Pedro de Olazábal, et al
RANK: 8.5/10




Por Alejandro Jiménez
Los Relatos del Difunto Iván Petróvich Belkin (1830) conforman una de las primeras colecciones de cuentos hechas en lengua rusa [1], y, a pesar de que la crítica ha centrado su atención en las novelas mayores de Pushkin –Eugenio Oneguin (1825-1832) y La Hija del Capitán (1836)- o en la obra poética del autor, a la fecha su importancia no ha sido menoscabada. Ni quisiera los duros señalamientos que, en su momento, hiciese Bielinski, desengañado por su supuesta trivialidad, llegaron a tomar fuerza verdadera, y ya una década después de publicados los Relatos, el propio Dostoievski, considerando la opinión de Bielinski como un “error fatal”, ratificaba su valor artístico incluyendo un panegírico de ellos en su primera novela, Pobres Gentes (1846) [2].

Increíblemente, las primeras traducciones al español de los Relatos tardaron medio siglo en aparecer y, así, sólo hasta 1877 en la Revista Europea de Madrid se presentaron las historias “Un Tiro”, “El Constructor de Ataúdes” y “La Nevada”, esto es, tres de los cinco cuentos que conforman el libro de Pushkin. Es verdad que antes de esa fecha, en 1863, se había publicado en el Museo Nacional un relato titulado “El Torbellino de Nieve” que corresponde a Pushkin, pero este se firmó anónimamente y; asimismo, la versión aparecida en El Fénix bajo el título “El Turbión de Nieve”, fue producto de una traducción hecha del francés, no del ruso, de manera tal que únicamente fue posible hasta aquel entonces –1877- tener una idea general de los Relatos a partir de sus fuentes originales [3].

En todo caso, desde mediados del siglo XX se pusieron en marcha varias iniciativas editoriales y, en la actualidad, la obra cuenta con numerosas versiones en nuestro idioma: la Editorial Aguilar incluyó dos de los Relatos en las Obras Escogidas de Pushkin, editadas en 1967; Edaf publicó ese mismo año un volumen titulado La Ventisca y Otros Cuentos, que contiene las cinco historias de Belkin más “La Dama de Espadas”; en 1971, Salvat presentó la obra con el título Los Relatos de Belkin, agregando, además, el cuento “Dubrovski”; y, una década más tarde, en el volumen lanzado por Progreso de la Prosa Escogida de Pushkin, se incluyeron nuevamente todos los Relatos. Más recientemente, el interés por la obra ha llevado al lanzamiento de otras tres ediciones: la primera la realizó Áltera en 1999; la segunda, formalmente titulada Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin, fue editada por Alianza en 2005 y; finalmente, Nevsky Prospects en sus Historias de Belkin (2009) ha ofrecido la versión más moderna que se tiene en español de los Relatos [4].

La edición que se presenta aquí, con todo, no corresponde a ninguna de las señaladas. Se trata, por el contrario, de una antigua publicación, fechada a principios de 1945 e impresa en Buenos Aires por la desconocida Editora Interamericana. Esto significa que, no sólo es anterior a las demás, sino que, constituye, dentro del conjunto, la única versión de los Relatos publicada en Latinoamérica. La traducción estuvo a cargo de Pedro de Olazábal, Alejandra de Urwantzoff y Mura Bikov y, además de las cinco historias que conforman propiamente los Relatos del Difunto Iván Petróvich Belkin, el libro incluye la “Historia de la Aldea de Goriújino” –obra inconclusa de Pushkin, escrita paralelamente a los Relatos y de sesgo autobiográfico-, y algunos otros cuentos como “La Dama de Pique”, “Kirdyali” y “Roslávlef”.

Como debe saberse, los Relatos de Belkin fueron redactados por Aleksandr Pushkin a finales de 1830 en Bóldino, durante uno de los otoños más fértiles de su vida:

“Engaged to marry Natalya Goncharova, Pushkin travelled to Nizhny Novgorod on the Volga, to arrange finances in connection with his father’s gift to him of half the estate of Boldino, south of Nizhny. Arriving at Boldino at the beginning of September, he was caught in a cholera epidemic and could not cross the quarantine zones to return to Moscow. In three months at Boldino, Pushkin wrote Chapter 8 (the last published chapter) of Onegin, the five prose Tales of Belkin, the Little Tragedies (four short dramas on moral themes), the verse tale The Little House in Kolomna, the fairy tale in verse The Tale of the Priest and of His Workman Balda, and several of his most brilliant short poems” [5]

Gracias a las propias indicaciones del autor se ha podido señalar con exactitud la fecha en la que se concluyó la escritura de cada historia: “El Fabricante de Ataúdes”, septiembre 9; “El Maestro de Postas”, septiembre 14; “La Hidalga Campesina”, septiembre 20; “El Disparo”, octubre 14; y “La Nevasca”, octubre 20 [6].

Por otra parte, la particularidad de los Relatos se ha subrayado a partir de distintas perspectivas: en primer lugar, se ha hecho notar su calidad escritural en relación con el breve tiempo en el que fueron concebidos; asimismo, se ha destacado su valor en términos de los insumos que proporciona para la reconstrucción de una historia rural de Rusia –la vida de los terratenientes a principios del siglo XIX, el trato con los campesinos, etcétera-; también se ha mostrado el empuje satírico de los Relatos frente a historias precedentes, por ejemplo, de Nikolái Karamzín o de la Biblia y; finalmente, para efectos de una reflexión sobre la estructura narrativa, se ha celebrado la idea de Pushkin de subsumir su figura dentro de la ficción de un creador llamado Belkin.

En efecto, Aleksandr Pushkin se presenta en la pequeña “Nota del Redactor” que abre la obra como el encargado de gestionar la publicación de los relatos de un tal Iván Petróvich Belkin, recientemente fallecido. No se aclaran con suficiencia las relaciones que existen entre Pushkin y el supuesto escritor, pero sí se procede a incluir después una semblanza biográfica escrita por un amigo de Belkin que solicita a Pushkin permanecer en el anonimato. Además, a pie de página, se aclara que en los manuscritos de Belkin se hace mención de las personas que refirieron a éste las historias que él transformaría en cuentos: “‘El Maestro de Postas’ le fue relatado por el consejero A. G. N., ‘El Disparo’ por el teniente coronel I. P. L., ‘El Fabricante de Ataúdes’ por el dependiente B. V., y ‘La Nevasca’ y ‘La Hidalga Campesina’ por la señorita K. I. T.” 

Por supuesto, se trata de una maquinación de Pushkin, pero la dinámica que esto crea posee pocos precedentes –si los hay- en Rusia, de suerte que el libro ofrezca una de esas complejas relaciones entre autor, narrador y personajes, propias de la literatura moderna. A continuación se presenta un pequeño análisis de cada relato, siguiendo, no el orden en que esta edición organiza los cuentos, sino la disposición canónica de los mismos, a saber: “El Disparo”, “La Nevasca”, “El Fabricante de Ataúdes”, “El Maestro de Postas” y “La Hidalga Campesina”.

El Disparo

“El primero (de los Relatos) narra la historia de un viejo rencor. Silvio, el protagonista, es un gran tirador de pistola, autoritario y orgulloso, al que la guarnición de la ciudad venera como el ideal del valor. Un día, empero, se niega a batirse, y su prestigio queda, por este motivo, muy menguado. En realidad, Silvio oculta un secreto: se niega a batirse porque desea conservar su vida, que considera consagrada a una vieja venganza. En su juventud había tenido un duelo con un rival en petulancia, el cual había llegado al campo del honor haciendo ostentación de una burlona calma: falló después su tiro, y llegada la vez de Silvio, éste se había sentido humillado y ofendido por la serenidad e indiferencia de su rival ante el peligro. Bajando entonces la pistola, difirió malignamente su tiro para una ocasión mejor. Pero ahora le han llegado noticias de que su antiguo rival va a casarse y quiere reivindicar su derecho. La segunda parte de la aventura la cuenta el mismo adversario de Silvio, el conde B. Llegado de improviso a sorprender al conde en la casa de campo donde pasa su luna de miel, Silvio, con la pistola en la mano, retarda el momento fatal mientras que el conde, pálido y extraviado porque teme la inminente llegada de su esposa, le suplica que termine pronto. La mujer llega, en efecto, y Silvio, en su presencia, empieza a apuntar al conde, bromeando tan cruelmente que ella, llorando, se desmaya a sus pies. Llegado a este punto, Silvio baja el arma. Satisfecho por la turbación y el temor advertidos por fin en el rostro de su antiguo rival, se considera suficientemente vengado y parte para siempre” [7]

En el conjunto de los Relatos de Belkin, “El Disparo” se destaca por su anclaje psicológico. A comparación de las otras historias, ciertamente presenta menos acontecimientos en su línea narrativa, pero penetra agudamente en los que menciona para explorar cuáles son los motivos que abstienen al protagonista de batirse con quien lo ha ofendido, y después, el modo como siente consumada su venganza al advertir el temor y la turbación de su antiguo contrincante. Dicha hondura, por supuesto, no es producto del azar y, como se sabe, el propio Pushkin inició su Diario Secreto relatando aquel desafío que personificó con D’Anthès, convencido de que existen ocasiones en las que no es posible evitar este tipo de amenazas, pero que, en todo caso, siempre “el deshonor es peor que la muerte” [8].

“El Disparo” se asienta, pues, más que en el plano material de las acciones, en su flujo psicológico. Las descripciones iniciales que se hacen de Silvio lo presentan como un hombre “habitualmente taciturno”, obstinado con la práctica diaria de la pistola. El narrador de la historia, así como los otros militares, ven en su figura un halo de misterio, pero ninguno de ellos osa acercársele, pues conocen su carácter fuerte y temen, sin duda, verse envueltos en algún tipo de enemistad con él.

Por estas razones, todos se extrañan cuando Silvio se niega a responder la ofensa que un oficial le ha hecho en su propia casa. Su valor queda en entredicho para ellos, que desconocen los verdaderos motivos que refrenan al protagonista: si pudiese castigar a aquel sujeto sin arriesgarse, lo haría sin miramientos, pero en un duelo siempre hay algo de azaroso, y no puede arriesgar su vida, comprometida ya, de antemano, en un duelo que ha postergado con un antiguo rival.

Contrariamente a la cobardía, las explicaciones de Silvio sobre su pasado, revelan un carácter férreo y pendenciero, orientado siempre hacia la superioridad. El origen de su rencilla con el Conde B. radica, justamente, en el celo de su vanidad. Ahora bien, toda personalidad de este género requiere otra de igual talante frente a la cual medirse, y esto es, en rigor, lo que no pudo hallar Silvio en aquel primer duelo con el noble, a quien muy poco le importaban las cuestiones del orgullo e, incluso, su propia vida:

“Era mi vez. Por fin su vida estaba en mis manos; lo miraba ávidamente, tratando de percibir en él la más leve muestra de preocupación. Pero él estaba en pie frente al cañón de la pistola, escogiendo de su gorra las cerezas más maduras, escupiendo los huesos que caían a mi lado. Su indiferencia me enfureció. ¿Qué satisfacción hay en quitarle la vida, pensé, cuando él en nada la estima?” (Pág. 120)

En la pregunta que se formula el protagonista se condensa uno de los núcleos del relato, y a partir de ella Silvio descubre, de manera macabra, que su deseo de estar por encima del Conde sólo puede materializarse en la medida en la que éste posea algo que lo aferre a la vida y le haga estimarla. Así, decide postergar su disparo para otra ocasión, y espera pacientemente, aunque sin olvidarse de su cometido, el momento en el que esas condiciones se den. Una vez el Conde B. piensa casarse y parece gozar de una vida feliz, el protagonista comprende que ha llegado el tiempo de retomar el duelo, pues ahora ya no posible que aquel noble se comporte con la misma indiferencia ante la muerte.

La sutileza psicológica de Pushkin no se agota aquí, antes bien es superior, puesto que el final del relato evita una salida previsible, es decir, la muerte del Conde, prefiriendo explorar esa extraña tranquilidad que alcanza Silvio ya no en el asesinato, sino en la humillación vertida sobre su rival y su esposa: viéndolos a los dos atenazados por la ansiedad y el miedo, ha cargado sobre sus conciencias un peso abrumador, y tanto es así que, cuando más adelante el Conde B. refiere la historia de ese último encuentro con Silvio, ni él ni su esposa pueden evitar temblar y palidecer como si estuviesen viendo de nuevo la muerte –con su sonrisa burlona- ante sus ojos.

La Nevasca

“La segunda narración cuenta la aventura de una rica joven, María Gabrilovna, enamorada, contra la voluntad de sus padres, de un pobre alférez de infantería. El contrariado amor induce a los dos jóvenes a tomar la decisión de casarse en secreto y huir. Durante la noche escogida para la boda y la fuga, se desencadena una tormenta de nieve; el enamorado yerra el camino y no llega a la pequeña iglesia donde debía celebrarse la boda hasta muy entrada la mañana, no encontrando ya a nadie. Desesperado se enrola en el ejército y muere durante la campaña francesa en Rusia. Unos años después, María, hecha ya mujer, acepta el amor del coronel Burmin, el cual, empero, le confiesa que tiene un lazo que lo ata: en una noche de tormenta fue a parar a una pequeña iglesia dispuesta para la celebración de una boda y él, con imperdonable ligereza, se casó con una desconocida muchacha, sustituyendo al novio que no llegaba. María palidece: ella era la desconocida muchacha, y Burmin se arroja a sus pies” [9]

“La Nevasca” es un relato de urdimbre romántica. De entrada, pueden enumerarse una serie de rasgos que demostrarían esta idea: la diferencia social que existe entre los protagonistas con las respectivas dificultades para el amor que esto acarrea; la “incontenible fuerza de su pasión” que lleva a María y Vladimir a escapar y buscar un matrimonio en secreto; la enfermedad y desesperación a la que lleva la no satisfacción de los deseos y; en fin, hasta la importancia de esa incontenible Naturaleza, simbolizada en la ventisca, que termina imponiéndose a cualquier plan trazado anticipadamente.

También Tolstoi escribió en 1856 un pequeño relato titulado La Tormenta de Nieve –a veces traducido como La Borrasca- en el que la inclemencia del invierno se impone sobre el arresto humano. Sin embargo, mientras la nevasca de Tolstoi suscita en el protagonista profundos trances oníricos y reflexiones que se tejen filosóficamente, la de Pushkin constituye, ante todo, una fuerza vital, la manifestación de un destino que no puede preverse; así, se comprende que Vladimir no encarne, mientras atraviesa la tormenta, ninguna cavilación difícil, sino sólo la preocupación frente al contratiempo que la ventisca produce.

Esta especie de imposición exterior es importante, porque no sólo se manifiesta en el fenómeno de la nevasca, sino también en el hecho mismo de que la sociedad a la que pertenecen los protagonistas no accede a aceptar una relación como la suya. Se trata de la lucha romántica por antonomasia entre el impulso de las pasiones y aquellas estructuras que impiden –consciente o inconscientemente- su realización. Hasta tal punto llega a acomodarse esto en la vida mental de los personajes, que, por ejemplo, los sueños de María Gabrilovna, desnudan su agobio:

“Durmióse, pero terribles pesadillas interrumpían su sueño. Le parecía que en el instante mismo de subir al trineo para ir a casarse, su padre la detenía, y que, a una velocidad que la hacía sufrir, la arrastraba por la nieve y la arrojaba finalmente a un profundo y oscuro pozo. Y ella caía como un rayo y el corazón se le encogía con indescriptible congoja. Luego veía a Vladimir caído sobre el césped, con el rostro pálido y cubierto de sangre. Agonizante, él la suplicaba con voz desfalleciente que se apresurase a casarse con él… Y otras visiones más, sobrecogedoras y sin sentido, desfilaban ante ella” (Pág. 133-134)

El final del relato, con todo, no se manifiesta trágico –a la usanza del Romanticismo alemán-, sino que se basa en una feliz coincidencia, irónicamente también producto del destino. Por eso, saber hasta qué punto este hecho resulta acomodaticio depende de la sensibilidad de cada lector; no obstante, sí vale la pena destacar que este podría encerrar una intención satírica de Pushkin con la que quisiese indicar que, después de todo, el azar coincide en no pocas ocasiones con lo que los hombres desean, aunque parezca lo contrario.

El Fabricante de Ataúdes


“En la tercera narración el protagonista es un fabricante de ataúdes, Adriano, un hombre sombrío y pensativo que una noche, en casa de un vecino que celebra sus bodas de plata, es invitado a beber a la salud de sus muertos. Considerándose ofendido, Adriano, de regreso a su domicilio, lanza una despechada invitación a los muertos convidándoles a su casa. Le despierta un entierro que lo tiene ocupado durante todo el día, y cuando a altas horas de la noche vuelve a su casa, la encuentra llena de sombras: los muertos que había convocado y que se arremolinan a su alrededor con sus espantosos semblantes. A la mañana siguiente se despierta en su cama: la criada está preparando tranquilamente el té; Adriano sólo ha soñado la fúnebre aventura” [10]

Las interpretaciones de “El Fabricante de Ataúdes” varían según la faceta que se asuma del relato. Puede constituir un lance de Pushkin en la literatura del terror, un esbozo de los efectos psicológicos que genera la presión social, o simplemente una exhortación –no exenta de comicidad- que nos llama a la mesura. 

La primera ruta se ha trabajado con mayor frecuencia y, en consecuencia, no es raro encontrar este relato en las antologías de terror que incluyen autores clásicos. Sin embargo, de algún modo, restringir el horizonte del cuento a esta perspectiva lleva a desconocer los motivos que tiene el protagonista al hacer su invocación de los muertos, y a estudiar el encuentro de éste con ellos de forma privilegiada, aun cuando ese diálogo ocupa sólo una pequeña parte del relato. Hay, sin duda, algunas imágenes en las que se dibuja muy bien el aspecto maltrecho de los cadáveres o el temor ante el acoso de estos, pero, no es menos cierto, que los eventos que conducen a esa última parte de la historia por sí mismos también comportan su relevancia.

En este sentido, es necesario destacar que “El Fabricante de Ataúdes” establece el boceto de un elemento que irá tomando fuerza progresivamente desde la literatura de Gógol y Dostoievski hasta la de Gorki: la burla como configuradora de respuestas psicológicas en la mayoría de casos frustrantes y alienadoras. Sucede que el núcleo del relato se halla, justamente, en aquella fiesta organizada por los vecinos de Adriano en la que congregados plácidamente mientras beben vino y celebran en nombre de sus amigos, él se siente ofendido cuando uno de los invitados propone beber una copa en salud de sus muertos y todos estallan en risas. Broma sana o no, lo cierto es que la velada la concluye Adriano borracho y malhumorado, repitiéndose:

“–¿Y qué? ¿Por qué mi oficio no ha de ser tan honorable como el de los demás? ¿Acaso un fabricante de ataúdes es colega del verdugo? ¿Por qué se reían aquellos herejes? ¿Acaso un fabricante de ataúdes es un payaso de feria? Quería invitarlos a la inauguración de mi casa, ofrecerles un festín de Baltasar; ¡pues bien, no lo haré! Pero invitaré a aquellos por los cuales trabajo: los muertos ortodoxos” (Pág. 53)

Esta respuesta de Adriano a las palabras de Iurko deja ver que para él no existe una distinción claro entre el hombre y su trabajo o, al menos, él no puede distinguirla en sí mismo. Por tal razón, la broma, que en todo caso no constituye una ofensa ad hominem, es interpretada por él como un señalamiento directo. La cuestión, por tanto, es que la conciencia de Adriano está alienada totalmente por su oficio; ha incorporado hasta tal punto su determinación como fabricante de ataúdes, que no le es posible descubrir otros rasgos, distintos a los de ese oficio, en su identidad.

Más compleja es la situación al advertirse que la réplica de Adriano se produce en su propia intimidad, es decir, que todas sus dudas frente a los motivos por los cuales los otros se burlan de él pasan a formar parte de su vida psicológica a modo de inhibiciones, pues él no cuenta con el valor suficiente para exigir a aquellos una explicación o la moderación de sus actitudes. Se alejará de ellos, como puede entenderse en el fragmento, pero el recuerdo de ese capítulo habrá de surgir inevitablemente en alguna ocasión, así como le sucede al Makar Dievuschkin de Dostoievski, que, incluso, en no pocas de sus cartas llega a justificar el comportamiento de sus victimarios.

El Maestro de Postas

“En la cuarta narración conocemos a un viejo jefe de estación, padre de una hija única bellísima, Dunia. Él es un hombre jovial y feliz, pero un día Dunia huye con un húsar y, cuando la encuentra, es rechazado y ofendido por el raptor de su hija. Desde entonces vive atormentado por el continuo temor de que su adorada Dunia pueda ser abandonada y arrastrada a una vida vergonzosa; por fin muere. El que esto cuenta añade que se ha visto llegar a una hermosa señora, en un rico carruaje, que ha llorado largamente sobre su tumba” [11]

“El Maestro de Postas” es el súmmum literario de los Relatos de Belkin. Su impresionante calidad fue advertida ya por Dostoievski, quien –como se indicó- incluyó sobre él una exaltación interesantísima en Pobres Gentes. Allí, en la carta del 1 de julio, Makar Dievuschkin, tras terminar su lectura, escribe lo siguiente a la joven Várinka:

“(…) Pero esta que le digo (la historia de “El Maestro de Postas”) la lee uno y le parece como si la hubiera uno escrito, ni más ni menos que si le hubiese brotado a uno de dentro… del corazón. Sí, y puede que así sea; como si se cogiera el corazón sencillamente y se le volviera al revés, delante de todo el mundo, con lo de dentro para afuera, y luego se pusiese uno a describirlo con todos sus pormenores…; ¡así mismito, hija mía! Y, además, ¡es una cosa tan sencilla, Dios…! ¡Y tanto como lo es! Yo mismo no tendría ninguna dificultad en escribir así, de veras. ¿Por qué? Porque yo siento exactamente las mismas cosas que ese librito dice. También me he encontrado en la misma situación que, por ejemplo, ese Samson Vyrin, ¡el pobre! Y ¡cuántos Samsones Vyrines no hay entre nosotros iguales de pobres y de buenos! Y ¡con qué verdad está todo descrito en estas páginas! A mi casi se me saltaban las lágrimas, hija mía, al leerlas (…) ¡Sí; eso es pintar al natural! Vuelva usted a leerlo, y lo verá como es así; tan verdadero es como la vida misma. ¡Eso vive! Yo mismo lo he sentido… Todo eso vive y por todas partes nos rodea” [12]

Dostoievski precisa a través de su personaje varios de los elementos fundamentales del relato. En efecto, con la figura del corazón captura la emotividad que posee la historia, exenta de todo patetismo romántico; por otra parte, da cuenta de su sencillez en el estilo y argumento y; por último, al referirse a la pobreza que rodea al personaje y la naturalidad con que se expresa la vida en él, se destaca la forma en la que Pushkin vertió sobre sus páginas la fuerza misma de la realidad.

Obviamente, existen ciertas equivalencias entre el personaje de Pushkin y el de Dostoievski que explican el ánimo con el que Dievuschkin se refiere a “El Maestro de Postas”: desde lo que concierne a la elemental coincidencia de ser viejos y borrachos, o la burla de la que son objeto, hasta las cuestiones más intrincadas que tienen que ver con su conciencia de alienación y el altruismo de sus acciones. Incluso, muchas de las expresiones de Vyrin sobre su hija –“¿Si habré querido a mi Duña? ¿Acaso no he mimado a mi niña? ¿Acaso su vida no era feliz conmigo?”- resultan perfectamente extrapolables a las cartas de Dievuschkin, en las que se encuentra también ese tono lastimero, pero a la vez amoroso de un padre.

No obstante, más allá de esto, lo que constituye el mérito principal de “El Maestro de Postas” es el sentar las bases para la literatura sobre el chinóvniki –el funcionario-, es decir, sobre la figura que sirvió para montar el aparataje realista de Nikolái Gógol, y la indagación psicológica de Dostoievski y –en menor grado- de Tolstoi. Ya en el primer párrafo del relato, Pushkin presenta a Vyrin como “un verdadero mártir de decimocuarta clase”, i. e., como alguien cuya baja categoría “apenas lo exime de recibir golpes”, aunque no siempre sea así; y, acto seguido, hará un recuento de todas las adversidades que dese soportar:


“¿Cuáles son las funciones de este dictador, como en broma lo llama el príncipe Viazemsky? ¿No es acaso un verdadero presidiario? No tiene descanso, ni de día ni de noche. Con el maestro de postas se desquita el viajero de todo el despecho acumulado durante un viaje fastidioso. Esté el tiempo insoportable, el camino malo, el postillón rebelde, y si los caballos no tiran, la culpa la tiene el maestro de postas. Al entrar en su pobre morada, el viajero lo considera como a un enemigo. ¡Dichoso de él si logra librarse pronto del inoportuno huésped! Pero si no tiene caballos, ¡Dios mío, qué improperios, qué amenazas no habrán de lloverle sobre la cabeza! Se ve obligado a correr por las casas vecinas, bajo la lluvia, por el barro; sale del dormitorio al patio, en plena tormenta y con frío glacial nada más que para eludir los gritos y empellones de su enfurecido huésped. ¿Llega un general? Trémulo, el maestro de postas le da las dos troiki que le quedan, de las cuales una es la del correo. El general se va sin darle las gracias. A los cinco minutos, suena la campanilla y el correo arroja su hoja de viaje sobre la mesa” (Pág. 62)

Como se ve, aunque la historia puede explorarse, como lo ha hecho rigurosamente la crítica a modo de sátira o como un retrato de la juventud que se obstina por la riqueza –no hay que olvidar que Duña marcha a pesar del dolor que causa a su padre para vivir en medio del lujo petersburgués- [13], otra mirada, más realista y perfilada sobre el decurso de la literatura rusa, permite entender “El Maestro de Postas” como uno de los primeros relatos que exploran las incidencias de la Tabla de Rangos –impuesta por Pedro I en Rusia- sobre la conciencia de los funcionarios que ella misma establece. Y es que, además de esta descripción de Vyrin como producto de una estructura social cuyos grados superiores tienen el derecho de ultrajar a los más bajos según se les antoje, para el mismo narrador del cuento es importante resaltar –más adelante- su graduación y advertir que prefiere viajar con funcionarios de sexta clase para evitar las impertinencias de los superiores.

La incapacidad que personifica Samson Vyrin una vez ha encontrado a su hija en San Petersburgo, pero no consigue que regrese con él, es también producto de su clasificación social. Como funcionario de la más ínfima categoría, no tendrá suerte en cualquier proceso judicial frente a un húsar de grado superior; y, asimismo, lo que lograría apelando a los sentimientos de su hija, es regresarla a una condición de pobreza, de la que ella parece estar decidida a salir, aprovechando su juventud y belleza.

La Hidalga Campesina

“La quinta narración cuenta el amoroso engaño de una noble señorita de provincias. Hija de un gran señor, Lisa se enamora, haciéndose pasar por Aquilina, la hija del herrero, del hijo de su vecino, Aleksei. Sus respectivos padres no se tratan por diferencias de ideas, pero, reanudando sus relaciones a causa de un afortunado incidente, estrechan vínculos de buena vecindad y, deseando emparentar las dos familias, piensan casar a los dos jóvenes. Aleksei, que a su vez está enamorado de Lisa, creyendo que es Aquilina, se niega, prefiriendo vivir en la miseria antes que renunciar a su amor. Al dirigirse de improviso a casa de su vecino para tener una franca explicación con él, se encuentra en presencia de Lisa-Aquilina. La solución es fácil de adivinar” [14]

Este último relato es una reelaboración paródica de La Pobre Liza de Nikolái Karamzín [15] y, por ello, dentro de los Relatos de Belkin, es el que rebosa mayor comicidad. De cualquier modo, su historia también puede interpretarse desde los presupuestos del Romanticismo, debido a los enredos a los que son conducidos los personajes por sus pasiones, la permanente presencia de la naturaleza en los acontecimientos, la imposibilidad social del amor entre los protagonistas, pues –como en Romeo y Julieta- sus familias son enemigas e, incluso, por efecto de la misma figura de Aleksei, que en las primeras páginas del relato se plantea como un soñador derrotado.

Por otra parte, aquí como en “La Nevasca” –el otro relato plenamente bucólico de la colección-, son numerosas las referencias a las costumbres y hábitos campesinos, de manera que, a partir de ellos, bien puede formularse el lector una idea de la idiosincrasia rusa de aquel entonces. Aquí hay un ejemplo de esto:

“¡Aquellos de mis lectores que nunca han vivido en el campo, no saben lo encantadoras que son esas jóvenes provincianas! Educadas al aire libre, a la sombra de los manzanos de sus huertas, sacan de los libros sus conocimientos sobre la vida y la sociedad. La soledad, la libertad y la lectura, desarrollan muy precozmente sus sentimientos y su temperamento, desconocidos a nuestras bellezas de ciudad. Para una señorita provinciana, el repiqueteo de un cascabel de la posta es una aventura; un viaje a la ciudad más cercana, constituye una época de su vida; y la llegada de un forastero deja un profundo y, a veces, eterno recuerdo” (Pág. 84)

No debe perderse de vista que estamos ante una especie de comedia romántica, pero, en todo caso, muchas de las páginas que hacen referencia a este tipo de comportamientos, o la forma de vestirse de los campesinos, sus modismos al hablar, etcétera, resultan interesantes a la luz de una indagación cultural. Incluso, hay un aspecto no abordado con suficiente detalle que tiene que ver con el motivo de enemistad entre los padres de los protagonistas que logra abrir otras pistas hermenéuticas del relato. 

Sucede que uno de ellos, Grigory Muromsky –padre de Lisa- es un apasionado de los métodos ingleses; así, toda su propiedad, en lo que respecta al cultivo, los jardines, la distribución y hasta el vestuario de la servidumbre obedece a su “anglomanía”. El viejo Bérestof –padre de Aleksei- es, por el contrario, un hombre tradicionalista que se abstiene de dar crédito al tipo de transformaciones que adelanta su vecino. De esta manera, el relato de Pushkin capta ese momento particular de la historia rusa en el que se perfilaban las distintas líneas de su industrialización, muchas de las cuales pesaron severamente sobre el modo de vivir de los rusos –vale la pena leer, si no se cree, El Cocodrilo de Dostoievski-.

En suma, una línea paródica-romántica, con algunos dejos de descripción rural y esta alusión implícita sobre la técnica foránea son los insumos bajo los cuales Pushkin concibió “La Hidalga Campesina”. Tal vez, como sucede con el final de “La Nevasca”, el cierre de la historia pueda ofrecerse en exceso acomodado, pero sin duda, no es un relato que por ello pierda enteramente su fuerza.
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En los Relatos del Difunto Iván Petróvich Belkin se encuentran varias de las fuentes de las que bebieron durante décadas los escritores rusos. Después de casi doscientos años, leerlos resulta todavía una experiencia más que placentera.


NOTAS:

[1] SANG HYUN, Kim (S/F) A New Interpretation of Pushkin’s “The Stationmaster”. The University of Kansas. p. 105. En la red: http://www.dbpia.co.kr/Journal/ArticleList/VOIS00062791
[2] BETHEA, D. & DAVYDOV, S. (1981) Pushkin’s Saturnine Cupid: The Poetics of Parody in the Tales of Belkin; en PMLA Vol. 96 / # 1. USA: MLA. p. 8. 
[3] SCHANZER, George (1968) Las Primeras Traducciones de Literatura Rusa en España y América; en AIH, Actas III. Centro Virtual Cervantes. p. 815-816.
[4] Los traductores de los Relatos han sido, en su orden: Victoriano Imbert, Julia Pericacho e Irene Tchernovaque (Aguilar); Odile Gommes (Edaf); José Laín Entralgo (Salvat); ¿María Lazukova? (Progreso); Ricardo San Vicente Urondo (Áltera y Alianza); y Marian Womack (Nevsky Prospects).
[5] DOUGLAS, Rachel B. (2013) The Living Memory of Alexander Sergeyevich Pushkin. Schiller Institute. En la red: http://www.schillerinstitute.org/fid_97-01/993_Pushkin.pdf
[6] DEBRECZENY, Paul (1983) The Other Pushkin: A Study of Alexander Pushkin’s Prose Fiction. California: Stanford University Press. p. 80.
[7] ALLINEY, G. (2006) Las Historias de Belkin; en Diccionario Literario Bompiani (Vol. IV). Barcelona: Editorial Hora. p. 4535.
[8] PUSHKIN, Aleksandr (2011) Diario Secreto (1836-1837). Madrid: Editorial Funambulista. p. 27.
[9] ALLINEY, G. Op. Cit., p. 4535.
[10] Ibíd., p. 4535.
[11] Ibíd., p. 4535.
[12] DOSTOIEVSKI, Fiódor M. (1967) Pobres Gentes; en Obras Completas (Vol. I.). Madrid: Editorial Aguilar. p. 151-152.
[13] Sang Hyun ha probado recientemente que las historias incluidas en los Relatos de Belkin están organizadas como ciclo, es decir, poseen una unidad orgánica y; concretamente, en relación con “El Maestro de Postas” ha escrito un interesante artículo en el que analiza dos posibles interpretaciones del relato a partir del contraste de éste con la historia bíblica del hijo pródigo. Ver en SANG, HYUN, K. Op. Cit., p. 5 y ss.
[14] ALLINEY, G. Op. Cit., p. 4535-4536.
[15] SEGEL, Harold (1967) The Literature of Eighteenth-Century Russia. New York. E. P. Dutton & Co, Inc. p. 78.

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