AUTOR: Ramón García Domínguez
TÍTULO: ¡Por Todos los Dioses…!
EDITORIAL: Norma, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2013
PÁGINAS: 100
ILUSTRACIONES: Juan Carlos Nicholls
RANK: 6/10



Por Alejandro Jiménez
  En la Oda III de Baquílides se lee: “sólo un camino es dado a los mortales por donde el bien consigan”; asimismo, uno de los fragmentos célebres de Mimnermo reza: “males sin cuento nos afligen… a todos duras penas Zeus destina”; y hasta Safo misma en su invocación a Afrodita ruega: “no me acongojes con pesar y tedio” [1]. Pues bien, estos versos pertenecientes a la poesía griega nos remiten a una compleja relación que existió en la Antigüedad entre los dioses y los hombres, unas veces cercana a la felicidad y la gloria, pero, otras, destinada al sufrimiento, la imposición y el orgullo.

  Recorrer, así, las páginas de la literatura, la historia o la mitología que nos remiten a los vínculos entre lo divino y lo humano constituye una experiencia impactante, no sólo debido a la fertilidad y bifurcaciones que en Grecia alcanzaron estos lazos, sino, además, porque permite cuestionar los atributos que tradicionalmente asociamos con los dioses, esto es, su perfección, eternidad, benevolencia, rectitud, etcétera. En la medida en que los relatos permiten reconocer a los dioses y héroes de quienes se habla, se descubre en ellos una naturaleza, al mismo tiempo, unívoca y polivalente.


  Es posible que para quienes han crecido dentro de la concepción judeo-cristiana, ciertos personajes y acontecimientos de la mitología griega les resulten incomprensibles. Su creencia en dios se fundamenta en principios indiscutibles: su perfección y bien son absolutos –como bien lo explica la teodicea-. En cambio, los engaños, argucias y revanchas de los dioses griegos, amén de su sexualidad y fluctuaciones morales, los convierten en figuras polivalentes que, sin renunciar a propiedades sustancialmente divinas, en no pocas ocasiones personifican también cualidades de sesgo humano.

  Ahora bien, hacer una lectura de la mitología griega que involucre la reflexión sobre la naturaleza de los dioses y los lazos que unen a estos con la humanidad exige, sin duda, una proyección crítica por parte del lector, pero, de igual forma, la base de un texto que permita esa tarea. Desde hace algún tiempo, lamentablemente, el cine, la televisión y buena parte de la literatura han extraviado esta posibilidad reduciendo la mitología a un espectáculo: los conflictos morales han sido socavados por la imagen, la profundidad trágica por el entretenimiento, la naturaleza divina por el cliché de cualidades.

  Son pocos los documentos producidos en la actualidad que no banalizan el entorno griego, máxime si los buscamos al interior de las producciones de literatura juvenil. La necesidad de replantear el contenido de los mitos en un lenguaje digerible para los jóvenes ha traído como consecuencia la pérdida de elementos esenciales para su verdadera comprensión y; además, la multiplicidad de enfoques narrativos bajo los cuales se han redactado, ha desvirtuado casi por completo su primaria oralidad.

  ¡Por Todos los Dioses…! (1985), en este sentido, es una obra que destaca: su planteamiento recupera el estilo de la narración oral y mantiene, en buena medida, la precisión de los contenidos. Como no se trata de un libro extenso, es plausible el hecho de que su autor, Ramón García Domínguez, haya prescindido de la idea de una ordenación amplia de los mitos; por el contrario, lo que se presenta en el texto es una selección de hechos importantes –como la Guerra de Troya-, desde los cuales es posible referirse a esa relación antes señalada entre dioses y hombres.

  La redacción, planteada como un diálogo que convoca a Homero y a un joven deseoso de conocer los pormenores de la mitología griega, recupera la oralidad de los aedos y rapsodas –que cantaban originalmente los mitos y proezas de los héroes-, y las intervenciones del muchacho enriquecen reflexivamente el asunto del que se está tratando. De tal suerte, como texto introductorio, ¡Por Todos los Dioses…!, satisface las exigencias e, incluso, llega a ser sugestivo, ofreciendo rutas de lectura a seguir. 

  Con todo, más allá de las cualidades descritas, tal vez lo más significativo del texto sea su capacidad para establecer en tan pocas páginas una consideración sobre algunos asuntos cruciales como la noción de mito en tanto discurso, las incidencias de los comportamientos de los dioses y el papel de los ardides como herramientas de lucha. En otras palabras, García Domínguez consigue, por una parte, recuperar la magia de los mitos –que a fin de cuentas es intrínseca a ellos- y, por otra, abrir algunos espacios de meditación sobre sus temas.

  A continuación, precisamente, se abordarán esas vías analíticas para tratar de penetrar en el libro transversalmente, y no siguiendo el orden de su presentación que reproduce las historias de Zeus, la Guerra de Troya, la vida de Apolo, las historias de musas y ninfas, los naufragios de Ulises y las aventuras de otros héroes clásicos.

Precisando la noción de mito

  El hecho de que Homero aparezca como narrador central en ¡Por Todos los Dioses…! no debe considerarse fortuito. Se sabe que en la Grecia antigua los encargados de transmitir las historias de dioses y héroes fueron los aedos y rapsodas –como él-, quienes pasaban su vida viajando por las ciudades y cantando en las plazas y lugares públicos las hazañas de quienes habían erigido su cultura. Los griegos fueron fervientes defensores de la oralidad, entre otras razones, porque, en su opinión, esta permitía captar la vitalidad de lo narrado, obligando a su memorización y reflexión constante.

  Piénsese, por otra parte, que los griegos carecieron de escritos sagrados –como el Corán o la Biblia- y, en consecuencia, los relatos de sus dioses tuvieron un carácter más abierto, proclive a las modificaciones y variantes hechas por los poetas o historiadores. Esto no significa, por supuesto, que la noción de mito jamás se definiera; antes bien, como lo ha hecho notar Robert Graves, muy prontamente en Grecia se distinguió lo mítico de otros discursos como las alegorías filosóficas, las explicaciones etiológicas, las sátiras y parodias, las fábulas sentimentales, la historia, el romance juglaresco, la propaganda política, la leyenda moral, la anécdota humorística, el melodrama teatral, la saga heroica y hasta la ficción realista [2]. 

  La profundidad del mito como relato es puesta en claro ya en las primeras páginas del libro de García Domínguez, cuando Homero habla de la siguiente forma:

  “–El significado de los mitos… ¡menudo lío muchacho! ¡Claro que me gustaría que pudieses calar en el significado de las historias de los dioses y héroes, sin quedarte tan solo en lo anecdótico, en el simple y más o menos divertido relato de sus hazañas, venturas y desventuras! Porque todas ellas, amigo mío, todas, encierran una enseñanza, un símbolo, una alegoría, un oculto significado de cualquier misterioso fenómeno de la naturaleza, de un comportamiento humano, una respuesta a cuestiones profundas sobre el origen del hombre y de la vida, sobre el principio y el fin, sobre el destino, sobre la libertad humana. No nacieron los mitos porque sí, ni yo canté hazañas de los dioses tan solo para divertir al auditorio que me escuchaba. Los mitos nacieron, tanto los griegos como los romanos, como cualquier otra mitología antigua o moderna –pues también en tu tiempo hay mitos y héroes mitológicos, no vayas a pensar que no-, todos los mitos nacieron, digo, para dar respuesta a las más íntimas y misteriosas preguntas del corazón del hombre. Además, difícilmente podrá entenderse la historia, la literatura, el arte y la cultura antigua si se desconoce la mitología. Incluso, gran parte de la llamada cultura occidental a la que tú y yo pertenecemos, tanto la antigua como la moderna, está inspirada en los mitos clásicos. En el arte es donde más claramente se demuestra: cuadros, bajorrelieves, esculturas de todas las épocas, copian no sólo las formas bellas de las obras maestras clásicas, sino que toman no pocas veces de la mitología los temas que representan. Los grandes mitos han inspirado siempre a los más encumbrados escritores y artistas” (Págs. 18-19) 

  La perspectiva descrita en el anterior fragmento incluye varios elementos importantes: en primer lugar, precisa que los mitos no son relatos que deban reducirse al terreno de lo anecdótico, pues, aunque en ellos se manifieste la magia de lo sobrenatural, su sentido más profundo se reconoce precisamente calando dentro del espectáculo que esa magia produce. Por otra parte, la cita plantea que los mitos no son una expresión de la literatura, sino una respuesta a los interrogantes sempiternos de la humanidad frente a su origen, destino y naturaleza. Finalmente, se hace notar que el mito pervive dentro de la cultura occidental a razón de haber fundado buena parte de ella y de inspirar a lo largo de los siglos las más variadas expresiones artísticas.

  Estas tres afirmaciones difícilmente admiten la objeción; sin embargo, podrían problematizarse arguyendo que ya en la antigüedad los griegos tuvieron una interpretación por lo menos compleja del mito. García Bacca ha resaltado, por ejemplo, que las respuestas ofrecidas por los mitos a las preguntas existenciales se ubican en un plano pre-filosófico, pues estos relatos no surgieron como “sistemas de ideas puras”, sino como encarnaciones concretas de situaciones inasibles en su abstracción “por la mente primitiva y originaria de los pueblos” [3]

  Desde esta posición no podría hablarse con rigor del mito como relato filosófico; es más, el mismo García Bacca asevera que para la época en la que Homero ordenó La Ilíada y La Odisea –siglo VIII a.de.C.-, la proximidad con los últimos eventos en que se relacionaban dioses y héroes era mínima –siglo XII a.de.C.-, de manera que los griegos atravesaban un periodo de redifinición de su naturaleza: habían dejado ya de ser hijos de los dioses y de tener vínculos próximos con ellos, pero, al mismo tiempo, todavía no se concebían enteramente como hombres mortales, algo que sólo se alcanzará con el advenimiento de los filósofos de la naturaleza y, aún más, de la filosofía socrática:

  “El griego de tiempos de Homero no podía aún tomar frente a la tradición divina de su estirpe ni la actitud de sabio, ni la de sofista, que ambos tienden a explicar por razones necesarias o probables, y en plan racional, lo tradicional; ni tenía aún problemas como los del conocimiento propio, que acuciaban a Sócrates, ni del conocimiento y dominio de la naturaleza como los que intranquilizarán a los filósofos jonios –Tales, Anaximandro, Anaxímenes-, ni los teológico-racionales de Anaxágoras y Heráclito” [4]

  Esto no quiere decir, de ninguna manera, que la relevancia de los mitos griegos fuese ostensible sólo hasta la llegada del pensamiento filosófico; si hubiese sido así, el propio Aristóteles no hubiese considerado en su Poética el asunto, tampoco lo hubiese hecho Platón, entre otros textos, en el Ión, y el mismo Pisístrato no habría adoptado los dos grandes poemas de Homero como obras nacionales en el siglo VI, ordenando su reconstrucción íntegra para las fiestas panatenaicas. Es más, como bien se hace notar en ¡Por Todos los Dioses…!, la convivencia de lo mítico y lo filosófico se mantuvo en Grecia hasta la llegada de los romanos, quienes asumieron el corpus mítico griego, adaptándolo a su lenguaje y cultura. Así lo expresa Homero:

  “–Vamos a dejar una cosa bien sentada desde el comienzo: los nombres auténticos de los dioses son los nuestros, los de la mitología griega. La mitología romana es una copia servil de la nuestra, y en lo único que se molestaron los césares, sacerdotes y senadores romanos fue en cambiar los nombres de los dioses para que el plagio no resultara tan palpable. ¡En esto estriba toda su originalidad, ya ves tú! Pero ocurrió luego una cosa: como ellos fueron unos guerreros empedernidos y conquistaron medio mundo, impusieron su religión y sus dioses –que, en realidad, eran los nuestros- a los vencidos, y de ahí que los nombres de las divinidades romanas resulten más conocidos y familiares en la historia que los nombres auténticos de las divinidades helénicas” (Págs. 26-27)

  El ánimo conquistador de los romanos explica la expansión de la mitología griega y su presencia en distintos ámbitos de la cultura occidental, si bien, como hace decir García Domínguez a Homero, no permite la comprensión para el incauto de que la originalidad de estos mitos es obra de los griegos y no de la cultura latina.

La naturaleza de los dioses y su incidencia en los hombres

  Hesíodo –recuerda García Domínguez-, refiriéndose al gran número de dioses griegos, dijo: “no hay hombre en el mundo que sea capaz de recordarlos todos”. Y no se trata de una característica secundaria, sino, al contrario, de una cualidad fundamental, pues permite situar la fertilidad de los griegos frente a otras mitologías, especialmente las de sesgo monoteísta. Como son muchos los dioses, y cada uno de ellos posee unos atributos especiales, además de ubicarse en un punto concreto de la jerarquía, la tarea de definir su naturaleza reviste demasiada complejidad.

  Pero, además de la cantidad, hay otro obstáculo: los dioses griegos no encuentran ningún problema en encarnarse como hombres, animales o cosas, y en seguir comportamientos que pueden equipararse a los de los seres humanos, esto es, signados por la ambición, el orgullo, la vanidad, la pasión, etcétera. De esta manera, a veces, ni en la apariencia ni en las acciones que realizan, puede establecerse una plena diferenciación entre dioses y hombres. Tal es así, que algunos pensadores como Zuleta han señalado que justamente este ambiente de ambigüedades es lo que hace particular el contexto cultural griego:

  “…La religión griega es muy poco represora, tanto con relación al conocimiento, como con relación a la sexualidad. Por ejemplo, los dioses griegos están muy lejos de dar buen ejemplo en cuanto a ese respecto: el señor Zeus anda disfrazado de cisne, de toro o hasta de lluvia de oro, en todas sus correrías al escondido de su esposa Hera; siendo el más alto del Olimpo, los otros siguen, desde luego, su ejemplo; y mientras unos pelean por eso y se enfurecen, suena la risa de los dioses en la colina del Olimpo, porque los otros se ríen entretanto. Dioses que ríen, dioses que gozan, es un fenómeno que para la mentalidad judaico-cristiana no deja de ser extraño. Pero, sobre todo, dioses que no reprimen, al contrario, en lugar de ser culpabilizadores, los dioses griegos sirven para disculparse” [5]
  
  Esta certidumbre la pone de manifiesto también el narrador de ¡Por Todos los Dioses…!, pues en las primeras páginas del libro señala que “las historias de los dioses y de los héroes se prestan al relato más encumbrado y sublime y a la par al más ameno y divertido, porque su comportamiento es a la vez excelso y vulgar, divino y humano, virtuoso unas veces y cicatero o depravado otras”. Así, pues, quizá la mejor ruta hermenéutica para comprenderlos sea la de asumirlos como polivalentes, esto es, como seres que no pueden reducirse a una única consideración, sino que, antes bien, articulan los más variados discursos y acciones de acuerdo a los intereses que tengan en un momento determinado.  

  Ramón García Domínguez precisa cómo, por ejemplo, Zeus y los olímpicos se muestran siempre celosos con relación a permitir que otros seres disfruten los privilegios que existen en su morada. Para probarlo, recuerda el mito de Tántalo, aquel dios que, persuadido por los humanos de robar el néctar y la ambrosía del Olimpo, fue descubierto y condenado por el propio Zeus –como cantaba Borges en su Poema de los Dones- a morir de hambre y sed frente a los bosques y las fuentes. Asimismo, habla del temerario Ícaro, quien osó aproximarse demasiado al cielo usando las alas que construyera su padre Dédalo –para escapar del laberinto del minotauro-, sin saber que el sol, “poderoso y vengativo”, derretiría la cera con la que estaban construidas aquellas alas, haciéndolo caer en las profundidades de las aguas.

  Ni siquiera entre los mismos dioses parece haber estabilidad: escuetamente el libro reproduce el mito de la castración de Urano, y la guerra que Cronos, a su vez, vivió contra Zeus, quien lo encerró en el subsuelo, antes de repartirse el mundo con sus hermanos Poseidón y Hades. Hay una permanente tensión entre los dioses y, aunque después de la entronización de Zeus en el poder, el mundo parece adquirir cierta estabilidad, lo cierto es que en todos los espacios en donde se movilizan estos seres –el Olimpo, la tierra, los cielos, el mar- se siguen generando disputas, desavenencias, conflictos y venganzas. Al respecto es curioso encontrar las siguientes declaraciones de Homero:

  “Es que como tales –como mortales- se comportan los dioses no pocas veces, muchacho, creo habértelo dicho ya antes. Y la razón es muy sencilla: a pesar de ser dioses, a pesar de dirigir e intervenir en la fortuna o infortunio de los hombres, nada pueden hacer contra su propio e irrevocable destino. El mismo Zeus Olímpico, padre y señor de todas las divinidades, se halla sometido a los hados caprichosos que pueden zarandearlo a su antojo. Hados que fueron, sin duda, quienes empujaron a Cronos, como acabamos de ver, a rebelarse contra su padre, Urano, a matar luego a sus propios hijos y a ser, finalmente, derrotado por uno de ellos: Zeus” (Pág. 31)

  Este enfoque de los dioses, su humanización, es muy propia de la mitología griega, y tal vez constituya su cualidad esencial. Pero, además, dibuja una especie de misterio detrás de aquello que, en realidad, los mueve en sus acciones. En el fragmento se habla de los hados, del destino, como si, incluso, a quienes tienen las cualidades de la eternidad y un dominio superior sobre el mundo, esta fuerza pudiera domeñarlos. Un poema de Charria Tovar titulado Los Dones de Zeus, en el que dos diosas se quejan por los atributos que de él han recibido, finaliza con la declaración trágica del dominador olímpico: “a veces yo mismo siento el hastío de ser un dios”.

  Sea como fuere, los comportamientos de los dioses traen implicaciones constantes para los hombres, y la Guerra de Troya permite argumentar esta idea, toda vez que cuando se rastrean sus raíces se descubre que dicho conflicto no se inicia con el rapto de Helena por parte de Paris, sino con una disputa anterior. Se cuenta que la diosa Éride, al no ser invitada al banquete que en honor del matrimonio de Peleo y Tetis organizaran los dioses, decidió vengarse entregando como obsequio a la más bella de la reunión una manzana de oro. Tres diosas pugnaron por este regalo –Atenea, Hera y Afrodita-, cada una de las cuales prometió al encargado de la decisión, el rey Paris, las recompensas más brillantes –el poder de la inteligencia, el dominio político, o el amor de la mujer más bella-. Cuando Paris decide otorgarle el premio a Afrodita, la diosa se ve obligada a cumplir su ofrecimiento, facilitando el rapto de Helena, a pesar de que la mujer estuviese casada ya con Menelao.

  Como se ve, en este caso, la vanidad de Afrodita y, aún más atrás, los recelos entre los propios dioses, generan uno de los episodios más sangrientos de la historia griega: el enfrentamiento entre aqueos y troyanos, con todas las implicaciones de muerte, separación, odio y todos los otros sentimientos que puedan manifestarse durante un conflicto de este tipo. Y no bastará con que los dioses hayan provocado la batalla, en su propio desarrollo seguirán interviniendo: Hera y Atenea del lado de los aqueos, junto a Tetis –madre de Aquiles-; y, Afrodita y Apolo –este último constructor de las murallas de la ciudad-, de parte de los troyanos. Zeus mismo, incluso, llegará a hacerse partícipe de la contienda, como bien se narra en el Canto I de La Ilíada.

  Es justo aclarar que también existen algunos episodios de incidencias positivas de lo divino sobre lo humano. García Domínguez incluye en su libro, por citar un caso, el mito de Cástor y Pólux –hermanos de Helena-, símbolos del amor fraternal, y de la unión más allá de la muerte. Su relato nos habla de cómo, al morir Cástor por efecto de la espada de Idas, su hermano Pólux se queja ante Zeus –su padre- por aquella pérdida irremediable y consigue de él una solución, por lo menos, extraña: durante la mitad del año Cástor subirá al Olimpo para acompañar a Pólux y, a lo largo de la otra, Pólux descenderá al Hades, para vivir allí junto a su hermano la muerte.

El ardid como arma de dioses y héroes

  Jean-Pierre Vernant escribe en El Universo, los Dioses, los Hombres que la primera esposa de Zeus, Metis, a quien el dios traga deseando no tenerla a su lado, sino personificarla por sí mismo, representa una forma superior de inteligencia. Metis significa “la astucia, la capacidad de anticipar lo que sucederá, de no dejarse sorprender ni vencer por nada, de jamás dejar un blanco vulnerable a un ataque inesperado” [6]. La hija natural de Metis y Zeus será Atenea, pero aunque ésta salga del propio Zeus, en él se conservará el ardid y todas las astucias que se encuentran figuradas en su esposa, y de ellas se valdrá para su imposición en todos los ámbitos del mundo.

 Frances Sabin declara que Zeus, no sólo será desde la reclusión de Cronos en el subsuelo, el protector del estado, sino el soporte de las leyes que permiten que la existencia sea posible; desde entonces todos, tanto hombres como dioses, verán en él su única guía, temiendo despertar su furia y no se olvidarán de reverenciarlo, sin permitirse las conductas que puedan desfavorecerlos a sus ojos [7]. Esta superioridad está asegurada por el poder físico, pues Zeus es el más fuerte entre los dioses: en su formación ha recibido el fuego que aniquila y una visión penetrante. Pero, además, es superior en términos de su argucia, de los ardides que tiene para alcanzar sus propósitos y evitar que cualquiera se le adelante.

  Sabiendo del gusto de Leda por estos animales, Zeus se convierte en un blanco cisne que la mujer no puede resistir; para conquistar a Europa, hija del rey Agenor, se transfigura en un gallardo toro; y para alcanzar a Dánae, a quien su padre había recluido en una celda de su palacio, se transforma en lluvia de oro. Estos son los ardides del gobernador olímpico, es decir, los artificios que emplea para satisfacer sus deseos o aspiraciones, y ningún otro dios o héroe logra vencerlo en estos terrenos: ni siquiera el gran Prometeo con su robo del fuego –un mito cuya ausencia se siente en el libro-.

  Esto significa que los ardides no son una prerrogativa de Zeus, aunque él sea quien los domine mejor. Ya en el relato de la manzana de la discordia, las más hermosas diosas del Olimpo dejan ver sus argucias y añagazas: con tal de ser declaradas por Paris como superiores en belleza a las otras dejan caer sobre el hombre las palabras más aduladoras y persuasivas: Hera le habla de Asia y de cómo podría reinar sobre ella; Atenea le promete el carisma y nunca ser derrotado por sus enemigos; Afrodita, por su parte, le otorga la belleza más notable de las que existen entre los mortales. Es una lucha de palabras, de persuasión, de urdir en la mente del otro para trabajar sobre su pasión y ambiciones.

  Los ardides también se expresan por boca de los hombres, y muchos de ellos son recuperados por García Domínguez en el libro. Uno en especial, el de Ulises y el caballo de Troya, despierta la admiración del joven que escucha a Homero y, al final del relato, no puede hacer una cosa distinta que declarar: “¡Qué artimaña más bien tramada, este Ulises era un astuto!”. El ardid, precisamente, es lo que tiene esa condición de artimaña, de artilugio bien diseñado que no es visto por el otro –es decir, a quien se engaña- como tal. Así se habla de lo hecho por Odiseo:

  “–Los griegos, impulsados por el astuto Ulises, construyen un caballo de madera tan alto como las propias murallas y capaz de albergar en su vientre un batallón armado. Hacen luego correr el rumor entre los troyanos de que levantan el sitio de la ciudad dando por terminada la guerra, y que precisamente el caballo es una ofrende a la diosa Atenea para que los proteja durante el retorno a su tierra. Los troyanos dudan en principio. Los jóvenes, gozosos porque la contienda ha terminado y con ganas de divertirse, quieren meter el enorme ‘juguete’ en la ciudad, pero el sacerdote Laocoonte recela y pide que sea arrojado al mar o quemado en la playa. ¿Le harán caso? Ahí está de nuevo Ulises para que tal no ocurra. Vuelve a aguzar su ingenio y desde las naves griegas, que han simulado marcharse pero que, en realidad, están escondidas tras un islote cercano, envía a la ciudad al soldado Sinón, disfrazado de peregrino, que asegura a los troyanos haber visto alejarse por alta mar la escuadra griega. ‘¿Y sabéis por qué han construido ese caballo tan gigantesco?’, revela luego al rey Príamo en plan confidencial. ‘Para que no podáis introducirlo en la ciudad. Porque si conseguís meterlo, los griegos ya no volverán a atacar más Troya y, por el contrario, vosotros podréis conquistar sus ciudades” (Págs. 50-51)

  El ardid está vinculado a un tipo de inteligencia particular, predictiva y envolvente, también al ingenio y a la habilidad para aparentar aquello que es opuesto a lo que en realidad se busca; por tal razón, se necesita para llevarlo adelante astucia, retórica y, en el caso, de los hombres, un poco de ayuda de los dioses. Así, en el ardid del caballo de Troya, se encuentra Atenea dando lucidez a Ulises, y también Apolo haciendo que los troyanos desconfíen del supuesto regalo de los aqueos.

  Muchos ejercicios de ardid serán castigados: Asclepio, por ejemplo, hijo de Apolo y educado por este dios en la medicina, pudo desarrollar hasta tal punto su oficio y los ingenios incluidos en él que, según el mito, llegó no sólo a curar toda clase de enfermedades, sino también a resucitar a los muertos. Hades, quejándose de perder el control sobre su reino, consiguió de Zeus la muerte de Asclepio por su rayo y, más tarde, debido a la venganza que vino de Apolo al ver muerto a su hijo, el propio castigo de éste haciéndolo partícipe de los trabajos de los mortales. 

  En ¡Por Todos los Dioses…! hay otro gran caso de argucia: el de Teseo, joven destinado a los sacrificios que anualmente se tributaban en Creta al minotauro del laberinto, una bestia que se alimentaba de carne humana. Teseo, enamorado de Ariadna –la hija del propio rey Minos-, planea junto a ella encontrar la salida del laberinto y escapar de la muerte usando un ovillo de hilo; así, después de dar muerte a la criatura, no se extravía como era recurrente en las paredes construidas por el propio Dédalo, sino que siguiendo la línea del hilo, puede volver fácilmente a la entrada.

  Más ardides aún podrían hallarse leyendo desde esa perspectiva las historias de Hércules que aparecen en el libro, así como los engaños con los que acorralan hombres y dioses a las ninfas, o también siguiendo los relatos de Orfeo y Jasón y los argonautas, cada uno de los cuales, expresa un modo particular de razonamiento que rompe los límites entre el engaño y la verdad.
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  Resáltese, finalmente, que existen al menos dos errores de consideración en el libro de García Domínguez: en el capítulo Zeus y Su Gran Enrevesada Familia se asegura que Cronos es el hijo primogénito de Urano, lo cual es falso, pues justamente Cronos es conocido como el más joven, el último en nacer de los titanes, siendo el primero Océano. Al respecto puede hallarse una consideración rigurosa en el libro de Vernant antes citado. Por otra parte, en el capítulo El Talón de Aquiles y la Guerra de Troya se afirma que “Agamenón, en un capricho de mandamás, le había quitado –a Aquiles- a su esclava Criseida”, razón por la cual el héroe se negaba a luchar con los aqueos. Esto también resulta inexacto si se lee el Canto I de La Ilíada en el que se aclara que Agamenón había tomado como botín de guerra a Criseida en Tebas, pero, al tener que regresarla para aplacar la cólera de Apolo, quien, después de esto, había enviado peste y muerte a los aqueos, orgullosamente había decidido entonces apropiarse de la mujer que dieron también en Tebas al propio Aquiles, llamada Briseida; de manera que hay una confusión con relación a los dos personajes.


NOTAS:

[1] SAPIÑA, Juan (1962) Pequeña Antología de Poetas Griegos; en Mi Amigo. México: Editorial Renacimiento. p. 139 y ss.
[2] GRAVES, Robert (2013) Los Mitos Griegos (Vol. I). Madrid: Alianza Editorial. p. 17-18.
[3] GARCÍA BACCA, David (1973) Estudio Preliminar; en La Ilíada. Estados Unidos: W.M. Jackson, Inc. p. XI.
[4] Ibíd. p. XV-XVI.
[5] ZULETA, Estanislao (2004) Arte y Filosofía. Medellín: Hombre Nuevo Editores. p. 14.
[6] VERNANT, Jean-Pierre (2010) Érase una Vez… El Universo, los Dioses, los Hombres. Argentina: Fondo de Cultura Económica. p. 38.
[7] SABIN, Frances (1940) Classical Myths that Live Today. United States: Silver Burdett Company. p. 83 (la traducción es nuestra).

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