AUTOR: Mariano Azuela
TÍTULO: Los de Abajo
EDITORIAL: F.C.E. (Decimocuarta edición)
AÑO: 1977
PÁGINAS: 140
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez
     Mariano Azuela (1873-1952) se desempeñó como médico durante la Revolución y esta experiencia junto a los guerrilleros villistas constituyó una fuente importante para su futura producción literaria. De ella se desprendieron varias de sus obras, en especial, Los de Abajo (1916) que, a pesar de su mínima extensión y la sencillez narrativa, es una de las novelas más importantes que se ha escrito en México con relación a ese capítulo de su historia en el que los campesinos se levantaron en armas buscando su reivindicación frente a la opresión de la que eran blanco por parte de los cacicazgos y terratenientes.

     Es verdad que desde la misma época de la Revolución vienen multiplicándose las publicaciones basadas en este conflicto, y que se las encuentra en todas las líneas –revisionista, ficcional, documental, etcétera-, pero lo cierto es que la obra de Azuela, a razón de su cercanía con los hechos narrados y, asimismo, al carácter crítico frente a los propios revolucionarios, resulta invaluable. Es un retrato ecuánime de la Revolución tendiente a precisar la nobleza del espíritu guerrillero, al tiempo que se sacan a la luz sus vicios y vacíos, en cada uno de los cuales es posible rastrear la huella de quien los vivió en carne propia:


     “Don Mariano Azuela nos describe en estos cuadros y escenas de la Revolución Mexicana cosas que ha palpado en la realidad, episodios que han pasado a su vera, dejándole un estremecimiento duradero de emoción que su pluma sabe transmitir con la intensidad del momento vivido. Ha sabido captar y fijar luego en páginas de una energía y belleza extraordinarias el paisaje y el hombre de su tierra” [1]

     La constancia más clara de las referencias autobiográficas en Los de Abajo se halla en las correspondencias que existen entre el personaje Luis Cervantes y Mariano Azuela, pues ambos nacen en el seno de familias acomodadas, son médicos, participan en el conflicto a modo de intelectuales y se retiran de la contienda después de algún tiempo para emigrar hacia Estados Unidos: uno, con la intención de disfrutar e invertir los “avances” y el dinero extraído de los saqueos a los terratenientes y; el otro, para escribir las páginas del libro que le traería, después de su regreso a México, el éxito en las letras y, con él, la renuncia a la medicina.
     
     Pero, la escritura de Los de Abajo no obedece exclusivamente a un interés autobiográfico, sino que, además, se apropia de un objetivo más general orientado hacia la recuperación de la memoria frente a hechos socialmente significativos. Algunos expertos como Adalbert Dessau han resaltado, incluso, que obras como ésta –y otras más de Vasconcelos, Romero o Guzmán- “más bien son memorias que verdadera novelística” [2]. Lo cierto es que la novela justamente por su ánimo retratista, así este vaya en desmedro de la calidad de su estilo –por lo demás, rápido y de amplia captura lexical-, es, antes que un desventaja, un logro, dada la importancia que tuvo la Revolución en la conciencia latinoamericana:

     “La Revolución Mexicana es el primer acontecimiento histórico del continente en el que el pueblo se identifica con un ideario y lo conduce a su realización mediante una praxis, y comprueba ya la captación de una realidad, su valoración y la impostergable exigencia de renovación social desde sus bases mismas. Y son, no obstante, las ya configuradas clases medias las que, desplazadas por los reductos oligárquicos y teniendo como meta el liberalismo y el progreso, atrayendo y uniendo una vez más a las masas, ponen en marcha la suerte de la Revolución. Las clases medias encaminadas a buscar una situación más favorable y reutilizando técnicas que pongan las propias riquezas al servicio de su desarrollo, encuentran en su camino un doble obstáculo constituido, de una parte, por las fuerzas feudales, latifundistas, y, de otra, por las fuerzas externas, crecientemente imperialistas. Para vencer este doble obstáculo las clases medias movilizan toda la dormida potencia de las masas mexicanas, apoyándose en la proclamación de un más profundo sentimiento nacionalista que revierte en una política práctica que va a enfrentar a México en el conflicto social más grande de su historia” [3]

     Moreno-Durán ha enumerado tres momentos en la historia de la narrativa que busca acercarse a la Revolución como tema literario: el documental y testimonial, el de retrospección recreativa y el de mitificación y reconstrucción fantástica. Los de Abajo, por la doble razón de ser escrita por alguien que vivió la Revolución y que publicó su historia cuando todavía el espíritu de los hechos reales se mantenía vigente, pertenece a la primera fase de esa narrativa, esto es, la de énfasis testimonial.   

     Esta idea la ratifica el crítico José Miguel Oviedo quien sitúa en las dos primeras décadas del siglo XX el nacimiento de movimientos como el indigenismo, el criollismo y el regionalismo, todos ellos enmarcados por una tendencia común: la documental, “que trata de ofrecer un inventario de la realidad de cada país, sea orográfica o social, agrícola o política, con una actitud siempre demostrativa y retratista”. A dichas características se añade su intención de denuncia, más o menos abierta, de la violencia y la injusticia que rigen la vida de los pueblos latinoamericanos y que la política oficial intenta ocultar a toda costa [4].

     Es claro, pues, que esta novela de Azuela –y su obra en general- se inscribe dentro de una búsqueda documental; mas, no sería justo deducir de esto que carece de un interés de orden literario. Antes se ha mencionado la profusión de vocabulario campesino y revolucionario que se pone en marcha dentro de sus páginas y, además, la construcción de los personajes, si bien prescinde de las indagaciones psicológicas, ciñéndose, ante todo, a la presencia de diálogos y acciones, son elementos bastante logrados que brindan agilidad a la prosa y permiten una sucesión rápida de los acontecimientos.

     La novela se acerca a la Revolución tomando como referencia la vida de un personaje principal, que es Demetrio Macías, devenido caudillo y líder de un cada vez más ingente grupo de revolucionarios, entre los que se destacan sus camaradas –Luis Cervantes, el güero Margarito, Anastasio, Venancio, entre otros-, la mayoría de ellos campesinos involucrados en el levantamiento por la opresión social:

     “Al comenzar la novela, Demetrio no es más que un modesto ranchero que se declara en rebeldía a causa de los abusos de que es objeto por parte del cacique del lugar. Reúne en torno a sí a un conjunto de descontentos, evadidos en la sierra, con los que forma una guerrilla para luchar contra los federales, que incendiaron su casa (él hará lo mismo con la del cacique, pero se negará a saquearla). Se suman luego a las fuerzas del general Natera, de modo que, desde su condición de proscritos que luchan aisladamente, pasan a formar la oficialidad del ejército revolucionario. El desarrollo de la trama nos lleva desde el triunfo de esa improvisada tropa, a la derrota, tras ser vencido Pancho Villa en Celaya. Los personajes tipo que se mueven en torno al protagonista constituyen una significativa muestra de los móviles y aspiraciones que guían a buena parte de los que intervienen en la Revolución. Son, al mismo tiempo, víctimas de la opresión y generadores de nuevos crímenes. Envanecidos por la victoria, se entregan a toda clase de excesos, siempre dispuestos al saqueo y la violencia. El ideal queda muy lejos y llega un momento en que ya no saben por qué luchan, y lo único que les atrae es esa vida montaraz, libres del yugo del trabajo y del orden. En las tropas revolucionarias reina el caos, la gente ya no los recibe con afecto, todo anuncia la inevitable derrota. Macías regresa a su casa, de la que tuvo que huir dos años antes (así empieza la novela), y cae en una emboscada muy parecida a la que él tendió en aquel entonces a los federales. El círculo se ha cerrado” [5]

     La ecuanimidad del relato de Azuela se basa precisamente en el hecho de que el autor se acerca paralelamente al sentido más puro y natural de la Revolución, a su justificación como respuesta a los sometimientos y explotaciones, y a la violencia y desproporciones que, después de sus triunfos, protagonizan los revolucionarios, poco a poco destinados a extraviar el sentido original de su levantamiento. Desde esta perspectiva es pertinente rastrear cuáles son los elementos que dan fundamento a cada uno de estos momentos, y ese es el trabajo que se desarrollará a continuación.

El sentido inicial de la revolución

     En rigor, el origen de todo proceso revolucionario se encuentra en una situación de desventaja o explotación que se busca transformar; las herramientas para materializar el cambio varían de acuerdo a las circunstancias, medios e individuos que pongan en marcha el proceso, si bien, casi siempre involucran tanto una dimensión discursiva como una práctica que puede fácilmente estar relacionada con las armas.

      En Los de Abajo el estado que pretende transformarse corresponde a un sistema de explotación dispuesto sobre el campesinado para apropiarse de su fuerza de trabajo –en el pleno sentido marxista-. Quienes abanderan este usufructo son los latifundistas, caciques, terratenientes y demás propietarios de los campos mexicanos, anclados en acciones medievales, e indolentes ante cualquier tipo de reclamo o petición hecha por los campesinos. Demetrio Macías es, como un buen número de sus compañeros, víctima de este régimen, “legitimado” por el silencio del Estado y amparado por la fuerza pública, dispuesta a defender con sangre la propiedad privada. Así refiere su historia el protagonista:

     “–Yo soy de Limón, allí, muy cerca de Moyahua, del puro cañón de Juchipila. Tenía mi casa, mis vacas y un pedazo de tierra para sembrar; es decir, que nada me faltaba. Pues, señor, nosotros los rancheros tenemos la costumbre de bajar al lugar cada ocho días. Oye uno su misa, oye el sermón, luego va a la plaza, compra sus cebollas, sus jitomates y todas las encomiendas. Después entra uno con los amigos a la tienda de Primitivo López a hacer las once. Se toma la copita; a veces es uno condescendiente y se deja cargar la mano, y se le sube el trago, y le da mucho gusto, y ríe uno, grita y canta si le da mucha gana. Todo es bueno, porque no se ofende a nadie. Pero que comienzan a meterse con usté; que el policía pasa y pasa, arrima la oreja a la puerta; que al comisario o a los auxiliares se les ocurre quitarle a usté el gusto… ¡Claro, hombre, usté no tiene la sangre de horchata, usté lleva el alma en el cuerpo, a usté le da coraje, y se levanta y les dice su justo precio! Si entendieron, santo y bueno; a uno lo dejan en paz, y en eso paró todo. Pero hay veces que quieren hablar ronco y golpeado… y uno es lebroncito de por sí… y no le cuadra que nadie le pele los ojos… Y, sí, señor; sale la daga, sale la pistola… ¡Y luego vamos a correr la sierra hasta que se les olvida el difuntito! Bueno. ¿Qué pasó con don Mónico? ¡Faceto! Muchísimo menos que con los otros. ¡Ni siquiera vio correr el gallo!... Una escupida en las barbas por entrometido, y pare usté de contar… Pues con eso ha habido para que me eche encima a la Federación. Usté ha de saber del chisme ese de México, donde mataron al señor Madero y a otro, a un tal Félix o Felipe Díaz, ¡qué sé yo!... Bueno: pues el dicho don Mónico fue en persona a Zacatecas a traer escolta para que me agarraran. Que dizque yo era maderista y que me iba a levantar. Pero como no faltan amigos, hubo quien me lo avisara a tiempo, y cuando los federales vinieron a Limón, yo ya me había pelado. Después vino mi compadre Anastasio, que hizo una muerte, y luego Pancracio, la Codorniz y muchos amigos y conocidos. Después se nos han ido juntando más, y ya ve: hacemos la lucha como podemos” (Pág. 42-43)

       La situación que lleva a Macías a levantarse es prototípica, si bien frente a la de otros puede cambiar en sus rasgos superficiales. Así, si en su caso el origen se encuentra en una disputa con un cacique al que ofende y por quien es acusado de revolucionario, en otros será cualquier forma de cansancio y revelación frente al dominio. En Luis Cervantes son los gendarmes que en medio de una leva lo sacaron de su propia casa, le dieron un fusil y la orden de matar al propio pueblo; en Codorniz, la pobreza que lo llevó a robar las joyas de una casa; en Venancio, la falta de oportunidades; y, en fin, en todos los demás cualquier forma de expropiación, injustica o violencia por parte de los patrones o de la fuerza pública. La pelea, como se dice en algún momento, es “en defensa de los sagrados derechos del pueblo, pisoteados por el vil cacique”.

     Los excesos acometidos por quienes ostentan el poder son reconstruidos a lo largo de la novela: desde el primerísimo abuso que constituye la quema de la casa de Demetrio después de que este ha huido junto a su esposa e hijo; pasando por el robo de enceres y alimentos; el rapto de muchachas para satisfacer el placer de los federales; hasta llegar a esos cadáveres expuestos en las plazas para amedrentar el ánimo revolucionario de los campesinos. Azuela hace un inventario tan pormenorizado de la inmisericordia de los propietarios y federales que cada pueblo o villa que visita Demetrio es un remanente de su paso descarnado y vicioso.

     Es dentro de este horizonte en el que se ubica el nacimiento de la Revolución: el estado de injusticia hace inevitable la manifestación de un pensamiento que se exprese en contra de las arbitrariedades y busque su superación a toda costa. Bien podría discutirse si la respuesta armada de los revolucionarios no reproduce la forma hostil en la que se dirige la represión oficial, pero, en todo caso, dibujada la situación como lo hace Azuela, pronto se reconoce a la inversa que, con un conjunto social tan violento como el de los federales y caciques, sería prácticamente imposible conciliar un solo punto a través del diálogo.

     La Revolución Mexicana proyectó así una doble mirada: una de negación concerniente a los atropellos, injusticias y desafueros protagonizados por la clase dirigente rural y sus defensores ciegos, los federales; y, de forma complementaria, otra de afirmación, relacionada con el campesinado como grupo social, demandante de derechos y prerrogativas de los que se los había mantenido excluidos históricamente, y concientes de su rol como forjadores de un sistema económico y político renovado.

     La cuestión es sumamente interesante en este punto porque es aquí en donde el sentido de la Revolución parece difuminarse: están claras las razones del levantamiento, se sabe qué se niega, quiénes son los enemigos del campesinado y cuáles son las estrategias de sometimiento; sin embargo, cuando se trata de afirmar, esto es, de mostrar el camino a seguir, de construir un nuevo marco oficial, las diferencias se tornan abismales y la unión manifiesta en un primer momento se diluye hasta perderse en los intereses personales, la carencia de un lenguaje en común, las fisuras ideológicas, etcétera.

El problema de la concertación de un sentido revolucionario

     ¿Qué hacer? Era la pregunta que se formulaba Lenin a principios del siglo XX, observando frente a sí el problema de la organización y la estrategia que habría de seguir el movimiento revolucionario e, irónicamente, aunque su propósito al responder este interrogante –que también es el título del texto en el que lo hace- era precisamente el de unificar el trabajo del Partido, terminó, a la postre, generando profundas escisiones en su seno que llegaron a materializarse en la ruptura entre bolcheviques y mencheviques. Pues bien, lo propio sucede en el marco de la Revolución Mexicana y Los de Abajo captura con prolijidad este hecho al punto de poder establecer desde él por lo menos una proyección general. 

     Para comprender mejor el asunto es necesario resaltar que, si bien los motivos que instaron a los revolucionarios a movilizarse compartían ciertos rasgos, sus expectativas frente al mismo proceso estuvieron lejos de unificarse. Al respecto, podría arriesgarse una clasificación de perfiles apelando al comportamiento y búsquedas de estos individuos: primero, estaría el revolucionario ajustado a un modelo de moral –ejemplo del cual es Demetrio Macías-; en segundo término, tendríamos un revolucionario intelectual, involucrado en acciones de lucha, pero, ante todo, gestor de la conciencia ideológica de la que carecen quienes se movilizan “espontáneamente” o no se ubican dentro de un contexto amplio –allí estaría Luis Cervantes-; luego, podría hablarse de un revolucionario práctico, ajeno a dilemas éticos y orientado por una búsqueda de restitución material y efectiva –como es el caso de los camaradas de Macías, es decir, Pancracio, el Codorniz, el güero Margarito, etcétera-; finalmente, cabría situar el revolucionario que deviene caudillo y, en consecuencia, modelo de acción por su valor e intrepidez –aquí se ubicarían los grandes nombres como Villa, Natera y Carranza-.

     Estas diferencias no funcionan únicamente como formas de caracterización exteriores, sino que apelan a una condición de plano existencial. Conciliarlas constituirá la gran dificultad de la Revolución porque la fidelidad a las líneas que fundamentan cada uno de los perfiles parece ser irrevocable. El citado Moreno-Durán ya ha advertido este hecho:

     “La novela, muy sencilla en su tratamiento narrativo, recrea la historia de Demetrio Macías, un campesino que, levantándose con la Revolución, se forma en ella, asumiendo su carácter más hondo, su fuerza, su violencia desaforada hasta convertirse en caudillo, en dirigente de los muchos bandos de las huestes combatientes. La antítesis del indio Macías es, sin embargo, el joven Cervantes, un astuto e inteligente estudiante de Medicina que, dada su situación de privilegio en los diferentes planos y situaciones novelados y merced a argucias de todo tipo, utiliza la Revolución para sus fines mezquinos, mostrándose más implacable y cruel que la ‘barbarie’ que Azuela acentúa en forma proclive sobre las masas desatadas” [6]
     
     Subráyese que Moreno-Durán se refiere a Luis Cervantes como antítesis de Macías, lo cual resulta, por lo menos irónico, tratándose ambos de figuras revolucionarias; sin embargo, no puede ser de otra forma, pues la Revolución reúne figuras en realidad dispares: Macías se forma en el levantamiento, esto es, no ha pensado en lo que constituye la Revolución antes de verse inmerso en ella; mientras que Cervantes ha tenido el tiempo de cavilar desde afuera y a priori en los intereses de los revolucionarios, el juego de estos en el contexto de las luchas universales, etcétera. En alguna medida esta forma de ingreso al movimiento determina el propio carácter de los personajes: Macías representa la fidelidad connatural al campesino, de allí que su rigor ético –más allá de la violencia a la que se ve impelido- sea tan fuerte, mientras que la fidelidad de Cervantes es ideal, abstracta y, por ello, fácilmente declinable, como sucede al final de la novela, cuando este hombre, llegado de la ciudad, marche de nuevo a ella para invertir el dinero del que se ha apoderado luchando junto a Macías.

     La dificultad para concertar un sentido unívoco de la Revolución no se resuelve inclinándose por uno de los perfiles representados o haciendo de ellos una mixtura apresurada. Está claro que se implican mutuamente y, así, no se puede prescindir de los largos discursos de Cervantes en los que se percibe al intelectual que trata de explicar al campesino la esencia que subyace en todas sus luchas; tampoco de la moral de Macías que señala los excesos de los revolucionarios –ladrones y abusadores en muchas partes de la novela-; e incluso, parecen necesarias, también, las manifestaciones radicales de un Pancracio o un güero Margarito que son las que realmente desestabilizan el sistema y ponen en crisis la oficialidad.

     El objetivo es la conciliación de estas visiones, pero para esto es menester indagar cuidadosamente que hay detrás de cada una. Quienes saquean y roban en las antiguas casas de los caciques y hasta en las de los campesinos, argumentan sus actos afirmando no estar seguros del éxito de la Revolución, motivo que los lleva a intentar asegurar algo de recursos para que el futuro no se les ofrezca sombrío. Pueden en sus discursos manifestar admiración por Villa o el mismo Macías, pero no se persuaden de la ayuda efectiva de estos, pronunciándose así:

     “–En primer lugar, mi general, esto lo sabemos sólo usted y yo… Y, por otra parte, ya sabe que al buen sol hay que abrirle la ventana… Hoy nos está dando la cara; pero, ¿mañana?... Hay que ver siempre adelante. Una bala, el reparo de un caballo, hasta un ridículo resfrío… ¡Y una viuda y unos huérfanos en la miseria!... ¿El gobierno? ¡Ja, ja, ja!... Vaya usted con Carranza, con Villa o con cualquier otro de los jefes principales y hábleles de su familia… Si le responden con un puntapié… Donde usted ya sabe, diga que le fue de perlas… Y hacen bien, mi general; nosotros no nos hemos levantado en armas para que un tal Carranza o un tal Villa lleguen a presidentes de la República; nosotros peleamos en defensa de los sagrados derechos del pueblo, pisoteados por un vil cacique… Y así como ni Villa ni Carranza, ni ningún otro han de venir a pedir nuestro consentimiento para pagarse por los servicios que le están prestando a la patria, tampoco nosotros tenemos necesidad de pedirle licencia a nadie” (Pág. 95)

     ¿Qué expresión intelectual puede contrarrestar un impulso tan natural como el planteado por esta clase de revolucionarios? Frente a ellos el discurso de la moral y la ideología carecen de peso, y todos los excesos que protagonizan –asesinatos, raptos, robos, cuentas sin saldar, quema de propiedades, torturas, implementación del terror, etcétera- son asumidas por ellos como productos intrínsecos de la Revolución: de ellos deben obtener aquello que nadie en ningún otro momento podrá proveerles; es una manifestación, por decirlo así, de su instinto vital.

     El anterior discurso contrasta con uno proferido por Luis Cervantes, cargado de alusiones abstractas y valores aprendidos cuando, en el interior de sus propias cavilaciones, comprendió el dolor y las miserias de los desheredados y se sintió implicado en las luchas que estos establecían buscando su reivindicación:

     “–Como decía, se acaba la revolución, y se acabó todo. ¡Lástima de tanta vida segada, de tantas viudas y huérfanos, de tanta sangre vertida! Todo, ¿para qué? Para que unos cuantos bribones se enriquezcan y todo quede igual o peor que antes. Usted es desprendido, y dice: ‘Yo no ambiciono más que volver a mi tierra’. Pero, ¿es de justicia privar a su mujer y a sus hijos de la fortuna que la Divina Providencia le pone ahora en sus manos? ¿Será justo abandonar a la patria en estos momentos solemnes en que va a necesitar de toda la abnegación de sus hijos, los humildes, para que la salven, para que no la dejen caer de nuevo en manos de sus eternos detentadores y verdugos, los caciques?... ¡No hay que olvidarse de lo más sagrado que existe en el mundo para el hombre: la familia y la patria!” (Pág. 44)

     Esta falta de definición del objetivo revolucionario, a veces, afincado en lo material, otras, en la consecución de valores esenciales, es lo que mantiene la división de sus protagonistas: se escucha en ellos desde la pregunta “¿yo qué gano con la revolución?” hasta la idea de derrocar a los “asesinos implacables”, o escaparse fuera para hacer “brillar el dinero”.

     Las consecuencias naturales de esta desunión son evidentes en la desilusión con que los revolucionarios paulatinamente empiezan a verse: se hallan a sí mismos iguales que los bandidos que eliminan, destinados a otra tiranía, esta vez erigida por su falta de ideales; y el paso de los años, el cansancio y hasta la nostalgia de su tierra pesa en ellos de forma inconmensurable hasta echar al traste sus ánimos. Asimismo, frente a los otros, es decir, el resto de la sociedad, su papel se confunde entre lo misional y lo perverso: de las fiestas con que los reciben en las primeras páginas, llegarán al silencio del miedo, al final, y ninguno de aquellos campesinos, mujeres o niños que los ven, sabrán tampoco a ciencia cierta a qué se dedican esos hombres, alzados en armas y, tal vez, todavía con la Revolución más importante y radical por realizarse: la de sus propios interiores.
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     Los de Abajo es, sin duda, la novela de la Revolución Mexicana y la fuente perfecta para retomar el debate –ya extraviado- de las causas, fundamentos y objetivos de la resistencia.


NOTAS:

[1] ESTRELLA GUTIÉRREZ, Fermín & SUÁREZ CALIMANO, Emilio (1940) Literatura Americana y Argentina. Buenos Aires: Editorial Kapelusz. p. 529.
[2] FERNÁNDEZ RETAMAR, Roberto (1995) Para una Teoría de la Literatura Hispanoamericana. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo. p. 110.
[3] MORENO-DURÁN, R. H. (1996) De la Barbarie a la Imaginación. Bogotá: Editorial Ariel. p. 238-239.
[4] FERNÁNDEZ MORENO, César (1972) América Latina en su Literatura. México: Siglo XXI Editores. p. 424.
[5] PEDRAZA, Felipe B. & RODRÍGUEZ, Milagros (2000) Historia Esencial de la Literatura Española e Hispanoamericana. Madrid: Editorial Edaf. p. 533.
[6] MORENO DURÁN, R.H. Op. Cit., p. 241.

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