AUTOR: Armando Palacio Valdés
TÍTULO: La Hermana San Sulpicio
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1967
PÁGINAS: 445
PRÓLOGO: Ángel Carmona Ristol 
RANK: 6/10



Por Alejandro Jiménez
Buena parte de los críticos que en vida juzgaron a Armando Palacio Valdés (1853-1938) se negó a incluir su nombre en la lista de los grandes narradores de la época: unos, porque desconfiaban de esa presunta facilidad con la que el autor decía escribir todas sus novelas; otros, porque no le perdonaban su falta de compromiso ideológico; y algunos más, porque veían en su obra una suerte de narrativa industrial, asociada a las formas fútiles del entretenimiento y corta en sus horizontes a la hora de reflexionar seriamente sobre la sociedad española que retrataba.

Con todo, para varios de sus colegas contemporáneos, Palacio Valdés sí cumplía con todos los requisitos literarios: Azorín, por ejemplo, resaltaba su prosa “clara y limpia”, amén de su nutrida sensibilidad; Blasco Ibáñez se refería a él como un verdadero artista, indiferente a la fama y los elogios; y Miguel de Unamuno le vaticinaba una gloria postrera, allá cuando el lenguaje “exagerado” probara su vacío, quedando apenas lo sencillo y natural [1]. Mas, entre todos, el de mayor efusividad siempre fue Leopoldo Alas Clarín, quien llegó a defender al autor desde sus famosos paliques:


“Armando Palacio, gran enemigo de buscar buenos éxitos por los mismos procedimientos por que se busca en España un destino, tampoco tiene nada que agradecer, en general, a la prensa más traída y llevada, pues no le basta con tener excelente carácter, un trato afable, una modestia simpática, ni con haber dejado el látigo de la crítica para conjurar los desdenes fingidos ni las pretensiones efectivas de revisteros presumidillos y censores de ocasión. Palacio, que ya no se mete con nadie, tiene, sin embargo, enemigos; ahora no se le aborrece por ser crítico satírico, pero se le odia por lo que vale” [2]

El blanco fundamental de las críticas hechas a Palacio Valdés parece corresponder a su técnica, apegada al lenguaje directo y la fluidez narrativa; sin embargo, es posible que este señalamiento sólo cobre valor si su obra se pone en contraste con la de otros autores de estilo más ostentoso como Pérez Galdós, Valera, Pardo Bazán o el mismo Azorín. Esto significa que aquello que fue motivo, en su momento, de invectivas y reprobaciones, puede considerarse, contrariamente, como un rompimiento con la forma paradigmática de la narración que se tenía en España a finales del siglo XIX. Así lo observa Clarín:

“Mucho tiempo hace que Palacio vive, como artista, para este dogma: lo bueno sencillo es la poesía; y sin detenerse ante sacrificios, que juzga necesarios, mutila el propio ingenio, consintiendo en privarse de ciertas facultades de que estaba pródigamente dotado por la naturaleza, pero que él no cree compatibles con la austeridad de su profesión artística. Aspira a lo sencillo, no como puro dilettante, no como esteticista, sino como literato que es además hombre y cree que la moral entra también en la poesía, y que hay modos de ser poeta morales e inmorales. Lo moral en el arte es ser sincero principalmente, y no hay más modo de ser sincero (siendo como Palacio) que ser sencillo” [3] 

El modelo en el que mejor se observa esa sencillez de la que habla Clarín acaso sea la famosa obra de Palacio Valdés, La Hermana San Sulpicio (1889); en ella, se destaca un ritmo tan natural y, asimismo, un lenguaje hasta tal punto desprovisto de artificios que rápidamente el lector atraviesa sus quinientas páginas. Se comprende que sencillez significa aquí llaneza, fluidez, pero nunca privación o incapacidad y, en este sentido, debe apuntarse que, a pesar de las declaraciones de la crítica, en esta obra Palacio Valdés desarrolla un importante trabajo de fijación del habla del que podrían servirse –aun hoy- muchos filólogos andaluces.

Algo semejante podría decirse con relación a la trama de la novela: el romance entre un hombre de mediana fortuna –Ceferino Sanjurjo- y una monja sevillana –la hermana San Sulpicio-. Como tal, la historia ofrece un retrato picaresco de su relación, cargada de enredos, búsquedas y maquinaciones; pero, paralelamente, se va construyendo una semblanza de Sevilla –tanto de sus costumbres como de sus habitantes- y, además, se dan pistas sobre muchas transformaciones que a nivel cultural tienen lugar en esa época con relación al rol de la mujer, la religión, la política y hasta la industria.

Así, pues, se admite que el lenguaje y la historia de La Hermana San Sulpicio como productos de la narrativa de Armando Palacio Valdés no tienen los alcances de las obras de aquellos otros autores que concientemente buscaron análisis más profundos de la realidad del XIX, pero, no por ello debe pensarse que se trata de una obra baladí, pues, leída bajo ciertas perspectivas ofrece un importante referente lingüístico y socio-cultural. 

Más allá de esta discusión, lo cierto es que La Hermana San Sulpicio constituyó un éxito editorial, pues si bien el tiraje inicial –de 2000 ejemplares- tardó casi siete años en venderse, unas cuatro décadas después de publicada, el número de volúmenes vendidos alcanzaba el millón [4]. Y, no sólo dentro de España la novela alcanzó esta resonancia, sino que también fue leída fuera del país ávidamente, hecho que explica el buen terreno sobre el que pudo cultivar luego Palacio Valdés sus siguientes obras, traducidas con abundancia a otras lenguas.

Por último, huelga resaltar que la novela contiene una importante carga de humor, no satírico como el de sus primeros escritos, de los que se apartó una vez el gusto por esas “ingeniosidades agresivas” se convirtió en grima, sino, más bien, piadoso, es decir, el de aquel “que sonríe melancólicamente al contemplar las deficiencias y contradicciones de la naturaleza humana” [5]. En esta dirección, sería factible estudiar la figura de Ceferino Sanjurjo como héroe picaresco e, incluso, argumentar la idea de La Hermana San Sulpicio como un rezago de la novela española de este estilo generada en siglos anteriores. 

A continuación, se abordan dos elementos sociales –el retrato de Sevilla y los cambios culturales de la época- para establecer sobre ellos un análisis que abra el panorama de la novela.

Una mirada preliminar

José Castellón escribía hace más de setenta años en el Semanario de Tajo las siguientes líneas sobre las fuentes que sirvieron a Palacio Valdés para la creación de La Hermana San Sulpicio:

“En 1884 fue don Armando a Marmolejo, el pueblecito de balneario que sirve de marco a la iniciación de los amores de los protagonistas. Por entonces ya gozaba de prestigio literario. Había publicado varias novelas, entre ellas Marta y María, una de sus más celebradas. Un día, cuando estaba durmiendo la siesta en la habitación de la fonda, le pasaron recado de que el canónigo don Eloy García Valero, presidente del Ateneo de Sevilla, quería saludarle. Don Armando acudió al gabinete de visitas y el canónigo se le presentó diciéndole que era un admirador de la novela Marta y María y le felicitaba por tan hermosa obra. Ambos se hicieron muy amigos, paseaban, departían acerca de temas de arte y jugaban al billar. El canónigo invitó al novelista a visitar Sevilla, prometiéndole enseñarle toda la típica ciudad, donde podría hallar pródiga cantera para sus futuros libros. Palacio Valdés aceptó la invitación y pasó una temporada en Sevilla, olisqueando su ambiente y tradiciones. El canónigo le presentó a una familia a cuyo patio acudía un vivero de personajes, que luego desfilaron por los capítulos de la novela. Esa familia figura en La Hermana San Sulpicio con el apellido supuesto de las de Anguita. De Sevilla y de aquella amistad con don Eloy salió la famosa novela, que Palacio Valdés escribió durante el verano en su casa aldeana de Entralgo, el pueblecito asturiano de grato recogimiento, dormido en el corazón de la montaña. La escribió en grandes pliegos de papel comercial, con papel de calcar debajo de cada hoja, para hacerse con dos manuscritos por si se le extraviaba alguno” [6]

La gestación de la novela, como se ve, partió de una aproximación real de Palacio Valdés a los lugares y personas que luego volcaría en su historia. Su núcleo, sin embargo, fue ficcional: Ceferino Sanjurjo, un joven gallego que acude a Marmolejo, conoce a una monja que pasa unos días allí junto a otras beatas. Prendado de su belleza, se entera de que ella, la hermana San Sulpicio, debe confirmar sus votos dentro de unas semanas, de manera que, después de galantearla con precaución la persigue hasta Sevilla –a donde la monja regresa- para continuar con sus flirteos y convencerla de que renuncie a su vida devota.

Sevilla es, precisamente, el escenario más importante de la novela, puesto que Ceferino sortea en él toda clase de situaciones para conseguir que la monja salga del convento y luego lo reciba como Gloria Bermúdez en la reja de su hogar. El protagonista tendrá que chantajear a religiosos, hacerse pasar por militar, ganarse los favores de un conde, ayudarse de una alcahueta y hasta enfrentar los galanteos que otro hombre, Daniel Suárez, hace a la mujer. 

Todas estas acciones conducen a Ceferino hacia los más variopintos paisajes de Sevilla –las tertulias en casa de las Anguita, las corralejas a las afuera de la ciudad, las calles e interiores-, pero también a descorrer las telas de una sociedad en las que contrasta la alegría del baile y el canto con las truculencias políticas, la ambición, el pecado de los religiosos, las imposiciones dogmáticas, etcétera. 

De este modo, la gran prueba para Gloria y Ceferino será mantener la fidelidad a su amor en medio de una Sevilla que enamora, pero, al mismo tiempo, sorprende por sus maquinaciones. El tiempo dibujará, en este sentido, tanto momentos amenos e inolvidables, como turbios y difíciles, y en la amplia nómina de personajes que circulan por la historia, los protagonistas habrán de encontrar aquellos de sentimientos leales y prescindir de quienes sólo persiguen sus propios fines o a toda costa desean acabar con su relación.

La hermosa sultana del Mediodía

La semblanza que hace Armando Palacio Valdés de Sevilla contiene dos aristas: una positiva y otra negativa. La primera corresponde principalmente al paisaje de la ciudad, la alegría de sus costumbres y su idiosincrasia; la segunda, se centra en el comportamiento de algunos de sus habitantes que la convierten en epicentro de engaños, truculencias y demagogia.

En el ámbito positivo, Palacio Valdés destaca la existencia en Sevilla de una mixtura única entre el pasado árabe y el mundo español, materializada por vías tan distintas como la comida, las tertulias, la música, el comportamiento, etcétera. Para alguien que visita la ciudad por primera vez y, además, ha pasado su vida entera en el norte de España y en la capital, el encuentro con el paisaje de Sevilla genera emoción y encanto, y esto es justamente lo que sucede con Ceferino Sanjurjo. Con estas palabras describe su experiencia:

“Aquellos fuertes toques de luz que salían de los patios, aquel soplo rumoroso que pasaba a través de la enrejada puerta animaban la calle y esparcían por la ciudad ambiente de cordialidad y de alegría. Era la ciudad meridional, franca, bulliciosa, expansiva, que no teme la mirada curiosa del paseante, antes la solicita y se huelga en ella donde aún late vivo, después de tantos siglos, el sentimiento de la hostilidad, la religión de los árabes. Sevilla ofrecía a tal hora un aspecto mágico, un encanto que turbaba el ánimo y convidaba a soñar. Creíase estar dentro de una ciudad calada, transparente, de un inmenso cosmorama de aquellos que cuando niños inquietan nuestra fantasía y despiertan en el corazón ansias invencibles de lanzarse a otras regiones misteriosas y poéticas” (Págs. 259-260)

Recuérdese que Palacio Valdés conoció personalmente ese paisaje que recorre Ceferino Sanjurjo y que su color lo impactó tanto como al propio personaje. En Sevilla parece respirarse un aroma embriagador, instalado por encima de los tiempos y dispuesto con una naturalidad fascinante. Las largas caminatas descritas por el protagonista en la novela así lo atestiguan, y cada una de ellas no es un simple recorrido de las calles, sino un encuentro continuo con los rostros, la festividad, la música, las comidas, los gestos culturales y, por supuesto, la belleza de la mujer sevillana: 

“Esta es viva y ardiente, pero no vanidosa, lo cual suprime uno de los grandes incentivos, acaso el más capital que la mujer tiene para caer. El fuego de su alma, al casarse, se convierte en ternura y abnegación. Exige que se la ame, no que se la adorne. El lujo en Sevilla no fascina, como en otras partes, al sexo femenino, y es porque la pobreza no se considera ridícula; la mantilla es una prenda que las iguala a todas. Aquí no se siente la diferencia de clases. La joven más encopetada por su nacimiento y fortuna alterna de igual a igual con otras muchachas que viven del modesto sueldo de su padre. Luego, por la tradición árabe quizá, la mujer casada vive casi siempre retirada. No concibe que frecuente con toda libertad, como en las grandes capitales, los saraos, los teatros y paseos. El orgullo de la esposa es ser amada por su marido. Si éste es una miajita calavera, se me figura que le quiere más. Dicen que hay en ella algo de odalisca todavía; pero con una mujer que no exige más que se la acaricie tiernamente al llegar a casa, la vida es más fácil y dulce” (Pág. 408)

Las exaltaciones de este tipo son abundantes y, como Sanjurjo es de oficio poeta, tienen un tono colorido. En todo caso, no escasean tampoco, como se mencionó, los retratos de una Sevilla menos idílica. Con Paca, por ejemplo –la mujer que le sirve de Celestina-, Sanjurjo conoce la parte pobre de la ciudad, aquella en la que se emplazan las casas de los obreros, se vive de alquiler y se soportan las privaciones del espacio y los recursos.

Más crítico aún se muestra el autor cuando hace aparecer, tras la belleza sevillana, un amplio inventario de comportamientos cuestionables. Verdad es que Ceferino Sanjurjo está lejos de ser un modelo ético, pero el ámbito social de Sevilla ofrece también un suelo fértil para el cultivo de los vicios. La valentía, por citar un caso, es entendida como un ejercicio de temeridad: el conde de Padul se mide con un inglés atravesando sus manos con un puñal, se practica todavía el ejercicio de los duelos, y abundan en las escenas de borrachos la grosería, el bullicio y el orgullo de la virilidad.

Por otra parte, las figuras públicas se pierden en acciones vergonzosas: el cura Alejandro, uno de los habituales en casa de las de Anguita, corteja con descaro a una de sus estudiantes y aun mira con celos a los muchachos que se acercan a ella; el párroco del convento en el que se halla encerrada Gloria no tiene problemas en ayudar a Sanjurjo en sus galanteos con tal de hacerse acreedor a algún nombramiento a través de su favor; y hasta el mismo Jenaro, conde de Padul y, en consecuencia, hombre de “línea noble”, es un borracho, ludópata, criminal y asiduo de la bohemia.  

Pero, no sólo en los sevillanos más conocidos se observan conductas deshonrosas, también cabe encontrarlas en personajes de menos influencia como don Óscar, el administrador de la madre de Gloria, un viejo avaro que negocia la dote de la mujer como si se tratara de la suya propia; o aquellos personajes que viven en la pensión en la que se hospeda Sanjurjo y que, si bien no son originarios de la ciudad, se encargan de poner en marcha allí sus fechorías políticas, enredos amorosos y búsquedas de todo tipo.

El mismo Ceferino Sanjurjo es ya un ejemplo de cómo Sevilla es también un espacio de recepción de los malintencionados. Hasta el cansancio se repite el protagonista que está enamorado de Gloria, pero no se tarda en descubrir que detrás de esa atracción también hay una pretensión económica; tanto así que, al enterarse de la gran herencia que tendrá en su momento la monja, Sanjurjo se dice para sí: “las gracias de la hermana, ya muy grandes, crecieron desmesuradamente con aquella repentina aureola de que la vi circundada”. 

Opiniones descabelladas sobre la guerra, mujeres que se casan por interés y hasta muertes relacionadas con política se van tejiendo día a día sobre las calles de Sevilla, convirtiéndose en una especie de contrapeso para su belleza natural. Pero, además, un último elemento tiene lugar allí, y es el relacionado con ese desprecio hacia lo gallego que una y otra vez se tiende en la novela: Sevilla se coloca como un modelo exento de errores y todo lo demás parece desaparecer ante su imponencia: un gallego no puede ser poeta, es sinónimo de pobreza mental y material, equivale a poca inteligencia y siempre resulta mejor –como lo hace Sanjurjo- negar ese origen en caso de tener la mala fortuna de poseerlo.

Los cambios culturales

Históricamente, España ha sido uno de los países más conservadores de Europa y, en consecuencia, los cambios sociales han demorado siempre un poco más allí. A este respecto, La Hermana San Sulpicio genera un interés especial pues, a través de ella, pueden explorarse algunas transformaciones que a finales del siglo XIX estaban tomando fuerza en el seno de la sociedad española.

La principal, sin duda, está orientada hacia la secularización social. De entrada, el hecho de proponer un romance entre un hombre todo menos piadoso y una monja investida todavía con sus hábitos puede resultar incómodo para los creyentes. Más aun, la novela desarrolla esta relación sin que sus protagonistas se propongan seriamente en ningún momento la consideración sobre lo sacrílego que resulta su comportamiento a los ojos de quienes creen; la naturalidad acompaña cada una de sus acciones y, en el fondo, hasta en los momentos en los que la hermana San Sulpicio se muestra recelosa no deja de aceptar con gracia los galanteos de Sanjurjo.

Este hecho demuestra que todos los miramientos con los que anteriormente se observaba esta clase de conductas empiezan a perderse y, con ello, una libertad adviene a la hora de elegir lo que en el pasado tenía un carácter sagrado. Con algo de “cinismo” lo expresa Sanjurjo:

“La idea despertó en mí una sensación extraña en que el placer se mezclaba con el susto. Fue una sensación viva, un estremecimiento voluptuoso junto con la sorpresa, el temor, el remordimiento, que me puso inmediatamente inquieto; pero con una inquietud suave, deliciosa. Yo tengo un temperamento esencialmente lírico, como he tenido el honor de manifestar, y todos adivinarán fácilmente los estragos que una idea semejante puede hacer en tales temperamentos. No hay joven poeta que no haya soñado alguna vez con enamorar una monja y escalar las tapias de su convento en una noche de luna, tenerla entre sus brazos desmayada, bajarla por una escalera de seda, montar con ella en brioso corcel y partir raudos, como un relámpago, al través de los campos, a gozar de su amor en lugar seguro” (Pág. 71)

Como puede observarse, sobre un atisbo inicial de prudencia, la interpretación de su situación se transforma para Sanjurjo en una cuestión poética, ajena a consideraciones religiosas. Así, pues, desacraliza, rompe con la creencia de la monja como cuerpo sagrado, y lo ubica en el mismo orden de deseo que podría proyectar el cuerpo de cualquier otra mujer. En su momento, incluso, el protagonista llegará a afirmar que en su comportamiento no hay rastro de pecado y que, al contrario, ese amor hacia la hermana San Sulpicio es lo que lo acerca más a dios, y le asegura su propia salvación.

Además de este aspecto central, la secularización toma fuerza en su exposición sin tapujos de las conductas viciosas de los religiosos. Antes nos hemos referido al caso del cura Alejandro, quien corteja a su estudiante de música, tiene con ella acercamientos voluptuosos y con pleno desenfado manifiesta sus celos cuando la chica prefiere la compañía de otros jóvenes. Esta situación, aunada a la descripción de aquellos sacerdotes que no tienen inconveniente a la hora de vender sus favores, descorre las cortinas de una iglesia en descomposición, sin ningún arreglo a la moral, y condenada a las mismas corrupciones contra las que predica desde el púlpito.

Se trata de un cambio social porque este tipo de manifestaciones en la literatura no se hubiesen permitido años atrás, máxime en la cuna misma de la inquisición y, en este sentido, sin promoverla, la novela de Palacio Valdés anuncia una desestabilización de lo religioso como dogma, refleja sus depravaciones y desmitifica el carácter de esos hombres y mujeres usualmente concebidos como paradigmas. La religión, en la novela, es más un medio que un valor, esto es, se torna materialista y poco toman en serio los protagonistas sus disposiciones: hasta la misma madre con la que se encuentra en Marmolejo la hermana San Sulpicio condesciende a que ésta baile y cante frente a varios hombres como si se tratara de una mujer sin hábitos.

Hay, asimismo, otros dos elementos que nos hablan de transformaciones sociales: el primero corresponde a la liberación conyugal. Con pistola en mano Ceferino Sanjurjo defiende, en cierta escena, la libertad de Gloria para elegirlo como esposo y no ser enviada de nuevo al convento como desean su madre y don Óscar. El valor de la elección aquí se convierte en el símbolo de una época en la que, por fin, tras siglos de imposición familiar, las mujeres podrán decidir el hombre al que desean unirse en matrimonio.

Y el de Gloria no es el único ejemplo. También Raquel, una de los huéspedes de la pensión en la que vive Sanjurjo manifiesta algo similar, sólo que en su caso, lo que trata de defender es la igualdad de la mujer dentro del matrimonio. Ella, casada con un anciano del que espera obtener una millonaria herencia, lo ataca constantemente con vejámenes y golpes, lo hostiga, le declara sin temor que se ha casado por interés y se niega a aceptar un papel paciente y servil de esposa:

“Mostraba poseer gran presunción y un carácter despótico. No tenía reparo en dirigir a su marido, delante de todos nosotros frases irrespetuosas cargadas de desprecio (…) Recuerdo que una noche se trataba de sobremesa, entre bromas y veras, el problema del matrimonio, qué circunstancias debía reunir la mujer para ser una buena esposa, etcétera (…) Observé cierta contracción nerviosa en el rostro de Raquel, que no anunciaba cosa buena. Y, en efecto, con una sonrisa forzada, que dejaba traslucir su irritación, principió a combatir las aserciones de su marido, sosteniendo que la humildad es una cualidad de las esclavas, no de las mujeres; que lo que les hace falta a éstas en la mayor parte de los casos es dignidad, y que si la tuvieran no se verían tantos desastres en los matrimonios” (Pág. 175)

El cambio que se proyecta aquí es el de la mujer que, tradicionalmente permaneció en silencio, pero ahora es capaz de expresarse y lo hace con el ímpetu propio de quien defiende su posición frente a los mismos opresores.

Finalmente, aunque no tan evidente como los aspectos antes mencionados, La Hermana San Sulpicio hace algunas pequeñas alusiones a la manera como la industrialización empieza a modificar la conciencia colectiva en el sentido de transitar de lo rural a lo urbano, más precisamente, del campesinado a la clase obrera. La visita que Ceferino Sanjurjo hace a la fábrica en la que trabaja Paca y, como ella, miles de mujeres más, todas frente a máquinas forjadas durante la revolución industrial, demuestra simbólicamente el advenimiento de una sociedad en la que la producción artesanal deja su lugar a la fabricación en serie y, con ello, a la explotación laboral, la masificación y la sociedad capitalista.
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La Hermana San Sulpicio es una novela de lenguaje sencillo, pero de alcance un poco más que modesto si se traza sobre ella una lectura de aspectos sociales como los examinados. 


NOTAS:

[1] CARMONA RISTOL, Ángel (1967) Estudio Preliminar a La Hermana San Sulpicio. Barcelona: Editorial Bruguera. p. 11-12.
[2] ALAS ‘CLARÍN’, Leopoldo (1987) Mezclilla. Barcelona: Editorial Lumen. p. 186.
[3] Ibíd., p. 187.
[4] TUÑÓN DE LARA, Manuel (1982) Medio Siglo de Cultura Española: 1885-1936. Barcelona: Editorial Bruguera. p. 448.
[5] PALACIO VALDÉS, Armando (1967) La Novela de un Novelista. Buenos Aires: Editorial Losada. p. 230.
[6] CASTELLÓN, José (2006) La Hermana San Sulpicio de Palacio Valdés. Proyecto Filosofía en Español. Tomado de la red: http://www.filosofia.org/hem/194/1941k12.htm.

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