AUTOR: Rafael Ortiz Arango
TÍTULO: Estampas de Medellín Antiguo
EDITORIAL: Licores de Antioquia (Primera edición)
AÑO: 1983
PÁGINAS: 186
ILUSTRACIONES: Rafael Sáenz
RANK: 6/10




Por Alejandro Jiménez
He vuelto a pasar algunos días en Medellín y lo primero que hice al llegar esta vez fue dirigirme hacia el Parque Berrío y caminar luego las dos o tres cuadras que separan a este lugar de las tiendas de libros. En la última ocasión, una colección de cuentos me sirvió de guía, y estaba decidido nuevamente a basar mi visita en páginas escritas. Al final, un par de vueltas por los pasillos de La Bastilla fueron suficientes para encontrar obras bien interesantes, entre ellas, este libro de Ortiz Arango que hallé extrañamente atado al techo de una librería.

Como la publicación ya tiene sus años y, sobre todo, a raíz de su enfoque costumbrista, mis recorridos terminaron siendo retrospectivos y no pude evitar admirar el número increíble de transformaciones que han convertido ese tranquilo villorrio de La Candelaria en una urbe ágil y cosmopolita. Curiosamente, los problemas que vienen siempre junto a lo moderno no han medrado el ánimo tradicional de los antioqueños, y estos han logrado llevar a Medellín a ser hasta tal punto un ejemplo que, hoy por hoy, constituye la ciudad más novedosa de Colombia.

El libro –leído cabalmente durante las noches- me dio la medida justa de la estadía y extraje de él, a pesar de su afincado conservatismo, las claves necesarias para acercarme a Medellín entendiéndola como un escenario de búsqueda permanente: una ciudad que no renuncia a sus valores, aunque surjan en ella nuevas identidades, que cultiva aún la fascinación por lo sencillo, que se regenera al interior de su memoria y que cabalga sobre el tiempo domeñando las crisis que intentan someterla.

Quizá sea verdad que la gran diferencia entre Medellín y las otras ciudades del país radica en la actitud con que su propia gente la concibe y trabaja por ella: en sus habitantes es fácil descubrir un empuje peculiar y la afincada creencia en que todo puede ser mejor. Ya a mediados del siglo XX Luis López de Mesa advertía este descubrimiento:

“Para nosotros los provincianos todo aquello era casi deslumbrador. ¡Cómo lo sería para los propios capitalinos enamorados de su pequeña urbe! Y en esto existe curiosa diferencia de sentimientos: Bogotá, Santa fe de Antioquia, Popayán, Cartagena o Tunja, por ejemplo, son ciudades maternas que inspiran adhesión francamente filial; Medellín, en cambio, fue siempre algo así como la ciudad novia de los antioqueños hasta el punto de que muchos de sus hombres le consagran la vida a honrarla y mejorarla… y a quererla, naturalmente” [1]

Sea como fuere, lo cierto es que Medellín descolla por una fuerza especial, devenida, a veces, de su paisaje y, otras, de la entereza con que sus habitantes enfrentan los retos. En este sentido, repasar la historia de la ciudad, permite adentrarse en su carácter, enriqueciéndolo con la reconstrucción de aquellas figuras que tomaron parte durante su evolución. Estampas de Medellín Antiguo (1983), vista así, es una obra significativa, pues recupera el color de una época en la que el Valle de Aburrá iniciaba la marcha hacia la modernización y muchas de las costumbres, lugares y ocupaciones que antes resultaban imprescindibles desaparecían o se vinculaban de manera distinta a la nueva vida social.

Rafael Ortiz Arango escribe –en un lenguaje costumbrista y bajo un estilo que mezcla la objetividad con la nostalgia personal- una colección de más de setenta semblanzas que retratan la cultura propia de Medellín hacia finales del siglo XIX y principios del XX, es decir, cuando los procesos de urbanización, el afincamiento de las zonas públicas y la industrialización trastocaban el antiguo panorama rural. En esta época se advierte una pujanza especial al respecto y, por ello, escribe Botero Herrera:

“Durante el periodo entre 1890 y 1950 se hizo, a nuestro modo de ver, el mayor esfuerzo realizado para hacer de Medellín una ciudad moderna y transformar su aspecto pueblerino. También coincide dicho periodo con el proceso de industrialización, que comenzó a afectar la conformación del casco urbano y a plantear la necesidad de adecuar, y en la generalidad de los casos crear y municipalizar, las principales empresas de servicios públicos, la mayoría de los cuales estaban en manos privadas (…) Este periodo fue de un gran dinamismo industrial, y en él se inició la emergencia exitosa de empresas tanto textiles, que constituyeron el núcleo principal, como de alimentos, tabaco, cerveza, loza y cerámica, vidrio, cemento y algunas otras. Coincide también con la expansión del cultivo del café, la trilla urbana y la exportación del grano, así como la reactivación de la minería de oro, gracias a la introducción de tecnologías más adecuadas para la explotación de la minería de veta” [2]

Como se ve, las condiciones de este momento histórico –similar a cualquier otro en el que se adelante un proceso de transformación social- establece un contexto alternativo de pérdida y surgimiento: se van dejando atrás prácticas y tradiciones ligadas a la ruralidad o a los primeros asentamientos y, asimismo, se van asumiendo unas nuevas que corresponden a los ambientes emergentes: las plazas, las calles, las estaciones de tren, etcétera. En Estampas de Medellín Antiguo, Ortiz Arango captura ese preciso momento y lo examina para extraer de él un balance del cambio que, por supuesto, en la actualidad es todavía más pronunciado. 

Las semblanzas –que rara vez llegan a tener el tono de una crónica-, se basan en elementos puntuales (los limosneros, las retretas o los globos) y no superan, en general, las tres páginas. Con todo, describen muy bien las figuras que hicieron especial la cultura del Medellín de aquel entonces y, por eso, deseando evitar que se pierda alguna parte de su contenido, he dividido la reseña presentada aquí en tres partes –los oficios, las costumbres y los lugares-, cada una de las cuales engloba varias estampas.

Los oficios

Cada ciudad genera hombres de distinta naturaleza y su ocupación en funciones concretas. En el caso de Medellín, esos oficios resultan entrañables a consecuencia del significado vital e, incluso, sagrado que tenían para la comunidad. Ortiz Arango retrata, por ejemplo, al arriero –todavía hoy emblema del campo antioqueño-, hombre dedicado a las faenas del transporte por allá cuando los fardos aún se cargaban a lomo de mula; destaca de él su alegría y rectitud, esta última cualidad tal vez sólo equiparable a la del patriarca, antigua cabeza del hogar bajo cuyo dictamen se definían todos los asuntos importantes (matrimonios, vocaciones, ideologías) y que desapareció a medida que las familias empezaron a ser más pequeñas e independientes.

Lavapisos: "...personaje discreto, humilde y anodino..."

Estos dos perfiles nos remiten a una sociedad rural o, como prefiere llamarla el autor, aldeana; los otros oficios, en cambio, responden a necesidades ligadas ya a una urbe en crecimiento. Están aquí los vendedores, encargados de abastecer aquellos elementos no producidos aún dentro de la ciudad o no transportados masivamente desde otros lugares. Es el caso del leñatero y el carbonero, proveedores de los insumos necesarios para el funcionamiento de las antiguas cocinas, y que fueron los primeros en aprovechar la cercanía del campo, los árboles colosales y la abundancia del carbón de piedra y vegetal antes de que se fundara la explotación industrializada de estos recursos, todavía hoy activa en espacios como Guarne, Santa Elena o San Pedro.

También vinculado con el campo, pero ya exento de la dinámica del “ir y venir”, encontramos al pajarero, mediador entre el exotismo de la fauna y el gusto por él de los medellinenses que, ya fuese en Maturín, La América o Envigado, hallaban comercios de este tipo, entre ellos el perteneciente al afamado Coriolano Amador. Asimismo, puede hablarse del vivandero, surtidor de las más variadas clases de quesos, legumbres o gallinas en los primeros barrios de la ciudad; y del yerbatero, curiosa síntesis de saberes indígenas, al que acudían tanto los que buscaban remedio para sus males, como los que, sin escrúpulos, deseaban utilizar a estos bajeros y sacerdotes para sus venganzas personales.

La arepera, por su parte, desempeñó un papel vital para la ciudad en el sentido de que –según Ortiz Arango- el 50% de sus alimentos sólidos se basaban en la arepa y, así, esta mujer enfrentó el reto de convertir su hogar, primero, en una productora artesanal y, luego, en una pequeña industria –como las de Belén o Guayabal-, capaz de responder a las necesidades de los emplazamientos urbanos. Finalmente, se reconstruye la imagen de la verdulera, estampa en la que el autor no sólo describe su oficio, sino también el brío de su carácter:

“Eso sí, que nadie fuera a intentar robarla, o siquiera ofenderla, en ese caso se armaba la ‘Sierra Morena’, y salía a relucir ese bien llamado lenguaje de verdulera. Toda clase de vocablos y epítetos, de esos que solamente se oyen en las competencias de los patanes, cuando tratan de competir a ‘quién sabe más’ del diccionario no escrito pero real del lenguaje peyorativo y vituperante del vulgo. Palabras coronadas por el más agresivo de los ademanes, o adornadas con gestos y muecas, que el pueblo bien sabe interpretar y apreciar. Ver y oír a una verdulera en el colmo de su furia es un espectáculo de los más impactantes, así no sea uno la persona beneficiada con sus improperios. Pero si el contrincante es de los de armas tomar, la verdulera tampoco se corre. De entre un costal, que no falta en alguno de los cajones, y al parecer vacío, sale un cuchillo ‘tres rayas’ o un pedazo de peinilla que ‘corta cabellos por la mitad’ y, entonces, generalmente se termina la contienda, porque todo el mundo sabe del valor y arrojo de esas mujeres, pues ha habido casos de quedar malamente mutilados los agresores, si no muertos, y las verduleras también” (Pág. 37)

Oficios propiamente urbanos también son abordados en Estampas de Medellín Antiguo: está, por ejemplo, el del tapiero, la mano derecha de los arquitectos en las labores de construcción; el de la lavandera, llegada con los españoles, y luego organizada de modo independiente para trabajar al servicio de las familias adineradas, aprovechando el agua de las quebradas y ríos; el del fotógrafo de pajarito que recuerda el autor siempre presente en las ferias de Guayaquil; el del lavapisos y deshierbador, noble y necesario como cualquier otro para mantener las casonas en perfecto estado; y, por supuesto, el de la costurera, mujer ligada tan estrechamente a los hogares para los que trabajaba que llegaba a constituir una especie de alter ego de las amas de casa.

Otros perfiles resultan un poco más oscuros y reflejan el advenimiento de los vicios modernos. El autor nos habla del manzanillo, aquel hombre inescrupuloso, cercano generalmente a la política, que aprovechaba los negocios públicos para su propio beneficio; el adivino –mezcla peculiar de misticismo español, saber gitano, magia indígena y cultura negra-, emplazado con los suyos en la Calle del Sapo, residencia de los brujos de Medellín durante años y acceso directo al muladar de la ciudad; el maestro, afincado en el despotismo de su férula o palmatoria, según el autor, de una dureza necesaria para el mantenimiento de la ética y; el famoso culebrero, descendiente del buhonero español, trashumante, y asiduo visitante de las plazas en las que la muchedumbre se congregaba para escuchar el extraño lenguaje con el que vendía sus remedios para todo:

“Su entrada en escena fue precisamente lo que le dio su nombre. Abría una cesta donde dormitaba una inofensiva serpiente desdentada, sin peligro de muerte alguno y, arrimándose a una mulata, mientras más joven y hermosa mejor, le sobaba el ofidio por la espalda a los brazos para que diera el primer pregón: un alarido penetrante y temeroso que a todo el mundo ponía en alerta; entonces él comenzaba sus frases de cajón, sobre su arte, para hacer encantamientos con los cuales desde las serpientes hasta los maridos más malos se volvían mansas ovejas. Salían a relucir las oraciones del libro secreto de Satán y la oración para lograr la buena suerte, entremezclándose con anuncios de remedios para el dolor de cabeza o la tendencia a los abortos, tanto en las mujeres como en los animales y, a continuación, ofrecía el remedio infalible para disfrutar la vida sin temor a los embarazos o embarazosos” (Pág. 168)

Para finalizar, debe resaltarse un acercamiento importante que hace Rafael Ortiz Arango a dos figuras que, más tarde, se convertirían en señales de la desigualdad social. En primer lugar, se encuentra el vendedor ambulante, nacido de forma connatural a Medellín, inicialmente para abastecer las calles y plazas de café, después, de helados y dulces y, desde hace algunas décadas, de cualquier cosa que pueda imaginarse. Y, en segundo término, el limosnero –como lo llama el autor-, llegado a la ciudad por los caminos de carga, y socorrido mientras su número fue controlable, pero luego convertido en “problema” por su masificación que admite, incluso, ya en los estudios recientes clasificaciones: el pregamín (que es quien inicia sus escapes de casa para adentrarse en la ciudad), el gamín de camada (instalado ya en la calle con la dura prueba de la subsistencia), el bacán (declarado ladrón que, además, requiere mantener su rango), el chatarrero (dedicado al reciclaje) y el desecho del vicio (caído en la desgracia después de tener una buena familia y empleo) [3].

Las costumbres

De los oficios antes descritos pueden colegirse una serie de costumbres características del Medellín de antaño; sin embargo, Ortiz Arango se refiere en algunas semblanzas a ciertas prácticas que complementan el panorama cultural de la ciudad. Una buena parte de ellas se enfoca en la navidad y la importancia de ésta para la vida social: es la época, por ejemplo, de los globos, aquella diversión que, todavía hoy, vincula a jóvenes y adultos, deseosos de mantener la tradición artesanal y hundirse en la magia que la luz y los virajes de estas construcciones produce en quien las mira una vez se encuentran en el aire.

Antiguamente, la navidad de la ciudad se enriquecía también con muchos juegos que han desaparecido o cambiado: entonces estaban los faroles hechos con cáscaras de naranja, los pesebres naturales bajo el amparo de los cuales se iniciaron tantos noviazgos, la novena del Niño con su respectiva “matada de marrano”, los aguinaldos y albricias de los más variados géneros, la quema de pólvora, la misa de gallo, los “traídos del Niño”, las iluminaciones de la avenida La Playa (actualmente concentradas en el Río Medellín), entre otras cosas más.

Como buenos amantes de la cocina –y aunque esto pudiese hacerse en otras épocas del año-, la temporada de descanso que coincide con la navidad, era usada por los medellinenses para los famosos paseos de olla: principalmente para aquellas personas crecidas en el campo, el encierro del trabajo y el hogar producía un comprensible deseo de vuelta a la naturaleza y, así, la estación de Bello o Cisneros era el punto de salida de quienes se desplazaban hacia las quebradas o más bellas riberas del Magdalena o el Río Medellín. Y es que, con o sin una hacienda a la cual llegar, todos se lanzaban –hasta los pillos, recuerda el autor- en esta travesía que, dada la amplitud de las antiguas familias antioqueñas, constituía una verdadera procesión con olla en mano.

Paseo de olla: "...la ciudad se quedaba prácticamente sola..."

La vida religiosa en Medellín gozaba también en el pasado de numerosas prácticas y costumbres interesantes: las misas que precedían las pescas o cazas, por citar un caso, tenían todo el colorido de una concurrencia ya dispuesta con los trajes de la faena a la que se dirigían, y la premura de quienes no desea quedarse atrás. Como antes del fútbol aquellas prácticas constituían los deportes de la ciudad, eran muchos sus partidarios y sólo hasta que la fauna empezó a mermar en los alrededores, los cazadores fueron retrayéndose y concentrándose en otros “pasatiempos”. 

Las procesiones, asimismo, convocaban incontables feligreses; en especial, la procesión de la Virgen de la Candelaria –patrona de la villa- generaba el encuentro de todos los sectores sociales, si bien obedientes a una jerarquía preestablecida. En ella siempre iniciaba el desfile la patrona, después de la cual se ubicaban los párrocos y monaguillos, las monjas de las congregaciones, los dirigentes, las autoridades públicas, los artesanos, la banda municipal y, al final, el pueblo, al que se refiere Ortiz Arango de este modo:

“Tras el cuadro los seres más débiles de la sociedad: la policía, el ejército y el pueblo. Los que obedecen y no tienen más derecho. Los que muchas veces no tienen ni segunda muda y son la base del capital, de la defensa de la propiedad privada, de la patria y sus intereses, de la Constitución y de lo que ella representa y, en general, los que son la Patria en su más íntimo sentido, y no son nada por la debilidad de su insularidad personal, de su ignorancia, de su falta de penetración hacia la cúspide de la pirámide. Los que hacen por cinco centavos el trabajo que da las pingües utilidades, las prostitutas que hacen el contrapunto social para que haya mujeres honradas, es decir, la hez para que exista la alta sociedad. Y, luego, el desorden, el caos de los muchachos y los truhanes que juegan y atruenan, que insultan y hacen de la procesión una fiesta, que si lo pudieran lo harían con las instituciones sociales y nacionales, y de hecho lo hacen cuando logran llegar a ellas” (Pág. 150)

Por fuera del ámbito religioso, Medellín personificaba tradiciones más libres como las serenatas, oficiadas a veces por verdaderos músicos y otras por grupos de amigos borrachos; los juegos, de los que podía encontrarse una variedad casi infinita: las canicas, los trompos, la pirinola, el boliche, el diábolo, la catapila, las cometas, el tejo, la guerra, la chucha, el botellón, el dominó, los encostalados, la vara de premio y, en fin, hasta los que son producto del azar; y las corralejas que, aunque se asumen generalmente como afición de las ciudades costeras, también en Medellín se practicaron por allá en el cruce de la Oriental con Palacé, antes de que ganaran fuerza las apuestas de hipódromo, realizadas en el terreno que actualmente corresponde al Jardín Botánico.

Prácticas de corte más cultural se vinculaban con la música: es el caso de las retretas, presentadas por la Banda de Medellín desde 1892 en distintos lugares de la ciudad –El Parque Berrío, la Plazuela de La Veracruz, la Plaza Principal, etcétera- y, hoy por hoy, mantenidas en el Parque Bolívar –el primero en el que se cultivaron eucaliptos en el país- tres domingos del mes con el mismo propósito con el que surgieron: elevar la vida espiritual de los medellinenses a través de la música de orquesta. 

Los bailes, por su parte, también han sido definitivos en la formación cultural de la ciudad, y los descritos por Ortiz Arango tienen un tono picaresco sumamente interesante, pues se trata de los primeros organizados por particulares en las comunas –entonces llamadas fracciones- de Medellín, de manera más o menos improvisada, en carpas o locales. Muchos sectores llegaron a ser conocidos en el ámbito local con los nombres de sus fiestas: es lo que sucedió con el barrio El Cuchillón del Contento, cuyo nombre derivó de la costumbre que tenían sus pobladores de sacar del baile a “filo de peinilla” a todo aquel que no fuese nativo del lugar. Algo similar sucedió con el baile del Garrote, original del Camellón de Guanteros, lugar en el que a cierta hora de la noche se apagaban las luces, iniciándose con ello una lluvia de azotes de la que no se salvaba ninguno. Y también aquel otro realizado en Belén y frecuentado sobre todo por carniceros de oficio:

“Estos bailes se fueron complicando cada día más por la presencia de personas que no solamente iban a divertirse, sino que prevenidos por la fama de sus cuchilleros llevaban armas de fuero, y así fue como los bailes acababan en velorios donde los deudos de las víctimas se encargaban de liquidar las cuentas con los victimarios que iban a pavonearse como lo que eran, matones, cosa que hacían a bala, a mansalva y sobre seguro, pues a un matarife de los de Tenche no se le podía sacar un cuchillo porque eran habilísimos. Todo esto repercutió en la mente del resto de la ciudad para crearle la atmósfera que merecía el mencionado barrio, y sólo los matones de otros barrios comenzaban a frecuentarlo para probar su hombría, su habilidad con las armas y, naturalmente, caer o hacer caer a sus rivales” (Pág. 166) 

Reste, para finalizar este punto, resaltar que la otra gran costumbre de Medellín tiene que ver con su comida, y a este respecto el autor dedica varias páginas, describiendo sus sudados, sancochos, empanadas, melcochas, tapetusas y licores, ajíes, bocadillos y demás. 

Los lugares

Medellín ha consolidado ciertos lugares dentro de su ambiente, mientras ha acelerado la desaparición de otros. Esta situación se entiende pensando en lo que ha sucedido, por ejemplo, con los ríos y quebradas, fundamentales, no sólo en lo que tiene que ver con el transporte de mercancías, sino también como forma cultural bajo la cual se fundaron oficios –como el de las lavanderas-, costumbres –como el de los paseos de olla-, y negocios –como el de los baños-.

El Río Medellín se encuentra hoy en vía de recuperación justamente a raíz del proceso de contaminación que durante la modernización acometió contra él; muchas quebradas ya están secas o, al igual que los ríos, movilizan agua contaminada; la misma quebrada madre de Medellín, la Iguaná, puente de comunicación entre Robledo y el resto de la ciudad, ha dejado de tener interés tras la extinción de sus recursos, en especial, la arena. Así, sólo recientemente se ha empezado a pensar de un modo más sostenible evitando a toda costa que se agudice el proceso de contaminación fluvial.

Esas vacaciones o salidas que se mencionan en el libro a los baños naturales son, desde hace mucho, un asunto del pasado medellinense; en la actualidad, quienes desean reproducir esta práctica únicamente pueden apelar a los balnearios de agua artificial o dirigirse un poco más lejos de la ciudad, a Guarne o Guatapé, para encontrar zonas naturales saludables.

En los focos urbanos, la situación ha sido menos radical: algunas de las antiguas calles empedradas continúan existiendo, o han sido sustituidas por otras de concreto, pero buscando siempre un notorio equilibrio entre lo natural y lo citadino. Sobre ellas, sin embargo, ya no se ubican los mismos lugares de antaño; los primeros cafés han dejado de existir hace mucho: ni el Madrid, ni el Chantecler ni el Cádiz perviven; el Vesubio ha sido convertido en un casino denigrante; y el Bastilla se ha concentrado en su marca comercial. 

Con todo, esos cafés –y en esto la historia de Medellín es semejante a la de Bogotá-, fundados a principios de siglo, constituyeron importantes plataformas de tertulia e incentivos para el arte. Allí se reunieron personajes de la talla de Tomás Carrasquilla, Porfirio Barba-Jacob, Gilberto Alzate Avendaño o el citado Luis López de Mesa. Como todo negocio, obviamente, los hubo de todas las clases, desde los más exclusivos y lujosos, hasta los más humildes, frecuentados por los obreros y, en ocasiones, emparentados con prácticas cuestionables.

La parte comercial del Medellín antiguo se complementaba con la existencia de las típicas tiendas de abarrotes –los primeros grandes almacenes-, con espacio suficiente en sus vitrinas o bodegas para poder hallar desde un confite hasta el más grande perol o lámpara. De modo similar, los talleres artesanales, ubicados en las calles de mayor concurrencia, permitían el acceso a los habitantes a servicios como la zapatería, la carpintería, la talabartería o la sastrería; todos estos negocios, por regla, eran atendidos por sus propietarios, quienes contaban para su auxilio con ayudantes jóvenes que aprendían el oficio y que estuvieron con sus patrones hasta la época en la que la industrialización les arrebató buena parte de su trabajo y tuvieron que dedicarse a oficios diferentes.

Limosneros: "...explotadores inmisericordes de la bondad..."

Las plazas también significaron para Medellín un espacio frecuentemente visitado. Ortiz Arango recrea una en especial, la Plaza Mayor –hoy Parque Berrío- y nos recuerda que esta fue un escenario que se acondicionó para toda clase de acciones: en ella se fusiló durante algún tiempo a los criminales, se realizaron fiestas patronales, se hacía el capeo de toros –hasta el horroroso nivel de quemarlos vivos- y se adelantaron las tribunas libres, que el autor describe con estas palabras:

“En un principio la Plaza Mayor ni lo notó. El público tampoco, pero de año en año se fueron volviendo diferentes las fiestas debido a las guerras civiles, la pobreza que éstas dejaban, y entonces surgió una idea genial para el desfogue del pueblo, de manera gratuita: la tribuna libre. Durante todo el día de la fiesta nacional se colocaba en el atrio de la Candelaria una tribuna libre donde se le permitía hablar a quien quisiera hacerlo; naturalmente que de allí muchos bajaban coronados de basura por no saber hablar o hacerlo en medio de monumentales borracheras. Era el espectáculo gracioso por excelencia y una catarsis perfecta para el pueblo. Lamentablemente todo esto desapareció junto con las fiestas veintejulieras y hoy nadie recuerda siquiera la fecha de su desaparición” (Pág. 76)

Otro lugar fundamental en la historia de Medellín es el barrio Guayaquil, más concretamente su plaza de mercado, mandada a construir por el millonario Coriolano Amador para relacionarla con la estación del Tren y asemejarse a las dispuestas en las ciudades europeas. Guayaquil, sin embargo, pronto entró en una dinámica totalmente distinta y, apunta Ortiz Arango, se convirtió, más bien, en el epicentro de los maleantes que jugaban su vida entre el triunfo, la cárcel o el cementerio:

“Barrio de hombres muy hombres, y de mujeres que sentían en sus cuerpos la fuerza telúrica de las energías allí congregadas, fue acrecentando sus terrenos reos, quitándoselos a la dignidad ciudadana de la única manera que se estila entre las gentes de Guayaquil: por seducción o por compra; lo demás, es decir, lo que se hace con violencia no da frutos pues todo se entierra (…) La malicia de los seres guayaquileros apenas tiene cabida en el planeta tierra. No hay antioqueño que haya dejado el terruño sin antes haber hecho el curso de malicia en la Universidad de Guayaco, y hay que ver dónde se los encuentra; no hay lugar en la tierra a donde no hayan ido” (Pág. 176)

Hay, por último, algunas reminiscencias de las antiguas casonas de los medellinenses, recalcando en ellas sus grandes patios, las materitas, sus estructuras de madera y tapia, y todo el menaje de las mismas: taburetes, esteras, petates, sillas, etcétera. Hoy, obviamente, es difícil encontrar rastros de esta arquitectura al interior de la ciudad, si bien, una pequeña escapada a las afueras nos dará la imagen exacta de su color.
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En Estampas de Medellín Antiguo se condensan las fortalezas de esta ciudad pujante, con su clima encantador y el bagaje de una historia sobre la cual se vuelve para encontrar las claves de su condición actual.


NOTAS:

[1] LÓPEZ DE MESA, Luis (1975) Elogio a Medellín; en Medellín: Ciudad Tricentenaria (1675-1975). Medellín: Sociedad de Mejoras Públicas. p. 162.
[2] BOTERO HERRERA, Fernando (1996) Medellín, 1890-1950: Historia Urbana y Juego de Intereses. Medellín: Universidad de Antioquia. p. 169.
[3] ARICAPA, Ricardo (1998) Medellín Es Así: Crónicas y Reportajes. Medellín: Universidad de Antioquia. p. 206 y ss.

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