AUTOR: Miguel Delibes
TÍTULO: Cinco Horas con Mario
EDITORIAL: Destino, S.A. (Tercera edición)
AÑO: 1983
PÁGINAS: 296
RANK: 9/10




Por Alejandro Jiménez
Tras el fallecimiento de Miguel Delibes en el año 2010, Emilio Lledó redactó un artículo para el diario El País en el que afirmaba que la personalidad de este autor era tan sugestiva y luminosa como su obra; y, seguramente, fue así, porque dentro del panorama de las letras españolas, Delibes encarna una figura lúcida, tranquila, entregada al oficio literario y defensora de un credo humanista que permitió a muchos hacer frente a los embates del franquismo y, después, impulsar la reconstrucción de España a pesar de la confusión, la desesperanza y las escisiones que perduraban en el seno de la población.

Es claro que Delibes tuvo siempre un perfil más bien pesimista y, además, estaba lejos de considerarse un escritor politizado, pues a su juicio la militancia limitaba la actividad crítica [1]. Sin embargo, toda su obra está cargada de un afán de denuncia y de una cercanía a la sencillez de los humildes que resulta inevitable no asociarla con una fuerza generosa, capaz de llegar a los hombres sin importar su estado para enterarlos del cariz franco y amable que puede tener la vida cuando dejamos de competir entre nosotros y buscamos una comprensión de tono universal.

Ramón Buckley ha resaltado esta particularidad, señalando, también, que se trata de la clave interpretativa para entender toda la narrativa del autor:

“La obra de Delibes no es realista sino idealista. Bajo la falsa apariencia de un lenguaje basado en el argot popular, de unos tipos y unas situaciones, de unos usos y costumbres que parecen calcados de la realidad misma, se esconde la secreta intención del autor, la visión paradisíaca de una Castilla idealizada (…) Las obras de Delibes son, en realidad, grandes parábolas sobre la salvación del individuo, sobre la salvación de toda la raza humana” [2]

Como se ve, puede hablarse perfectamente de humanista al referirse a la literatura de Miguel Delibes, idea que encaja perfectamente con la apreciación de Lledó sobre la sugestión y luminosidad que, en su opinión, caracterizan al autor. Sus obras, desde La Sombra del Ciprés es Alargada (1948) hasta las más recientes como El Hereje (1998), a pesar de sus diferencias en el plano temático y narrativo, representan una invitación a la reflexión sobre el ser español y también sobre el ser hombres, teniendo en cuenta la manera como entendemos el mundo y nos dirigimos en él cuando problemas como la guerra, la pobreza y la incomprensión parecen erigirse a modo de principios irrevocables.

Cinco Horas con Mario (1966) constituye, en particular, una de las obras más importantes de Miguel Delibes, en primer lugar, porque presenta una técnica narrativa que exige el dominio pleno de la escritura y, además, porque ejemplifica cabalmente lo señalado sobre su preocupación por las cuestiones sociales.

Es verdad que todas las novelas de Delibes se encuentran hábilmente narradas, pero Cinco Horas con Mario, por ser una de las obras pertenecientes a lo que la crítica ha denominado su etapa experimental, resalta más vigorosamente en su escritura. Se trata de un largo monólogo interior –el de Carmen, la protagonista de la novela-, enfocado en una segunda persona –Mario, su esposo muerto- y caracterizado por el flujo de una conciencia que va y viene sobre asuntos sociales, familiares y personales de manera casi arbitraria.

El estilo recuerda un poco al usado por Cela en Mrs. Caldwell Habla con Su Hijo (1947-1952), pues en ella también se establece un monólogo –en su caso, el de una madre- frente a la figura de un fallecido –su hijo-. Con todo, Delibes acentúa en su novela mucho más la situación, limitando el tiempo en el que discurre la conciencia –cinco horas- y precisando el espacio en el que esto ocurre, es decir, la biblioteca de Mario que, a la sazón, se utiliza como lugar de velación. 

El argumento de la obra, al tratarse de un monólogo, es difícil de establecer, pero reúne buena parte del pasado de los protagonistas. Carmen, desea pasar una última noche con Mario para cuidar su cuerpo, y, mientras lo hace, repasa algunos versículos de la Biblia que fueron subrayados por su esposo y que, precisamente, son los que desencadenan el largo discurrir de sus palabras:

Cinco Horas con Mario recoge el ‘diálogo’ de Carmen Sotillo con el cadáver de su marido. Al rememorar los recuerdos de su vida en común, pasa revista a sus desavenencias conyugales y a los reproches que siempre hizo a Mario por su distinta concepción del mundo. No es difícil ver un alter ego del autor en este catedrático de instituto, prototipo del intelectual idealista, con una honda preocupación social. En cambio, Carmen, aunque es la única que tiene la oportunidad de argumentar en favor de sus posturas, se va perfilando como prototipo de la burguesa puritana y reaccionaria, que no ve más allá de sus propios intereses” [3]

Hay, como puede observarse, una ironía en el fondo de la novela, y es que, aunque Carmen es la única que posee una voz narrativa dentro de la historia, su visión conservadora del mundo, amén de su arribismo y orgullo de clase, contrastan negativamente frente al perfil de Mario, que se muestra siempre altruista, sensible y cercano al sufrimiento de los otros. Justamente, la interpretación de la novela que mayormente ha sostenido la crítica (Sobejano, Morán, etcétera) se basa en esta disparidad de caracteres de los protagonistas que pueden llegar a simbolizar, expandiendo su espectro, dos tipos de España: Carmen, la anclada en las costumbres, principios y prejuicios ortodoxos, incapaz de comprender cualquier evolución y; Mario, la más liberal y solidaria, portavoz del ánimo de cambio que apela a la dignidad y valores de los más humildes.

Se entiende que este contraste puesto en el escenario de la posguerra y todavía en medio del franquismo pretende, no sólo señalar las divisiones ideológicas de los españoles, sino, también situar la forma en la que esas diferencias no permiten hallar un norte más provechoso para todos. Aquí se advierte nuevamente el humanismo que se ha destacado en Delibes y su inquietud por los problemas de la época, sin duda, vigentes todavía de algún modo.

Carmen o la voz oficialista de España

Es curioso pensar que la circunstancia que presenta la novela, es decir, la muerte del profesor Mario Díez Collado, no genera tanto un sentimiento de tristeza en su esposa como uno de reproche y señalamiento. Carmen se lamenta de que su esposo siempre hubiese sido un “simplón”, de que hubiese tenido pocos modales y nada de cortesía para ella, procedente de una buena familia; de esta forma, volviendo a su pasado, cada vez parece más arrepentida de su suerte y más atrincherada en sus creencias y opiniones sobre la sociedad:

“Carmen ha sido educada bajo los principios tradicionalistas del catolicismo que imperaron durante el gobierno franquista, enmarcado en el seno de una familia burguesa de provincia. Por ello, el lenguaje oficial y convencional es imitado por la esposa como una herencia irrenunciable. Sin embargo, es sintomático el hecho de presentársele al lector de forma obsesiva y caótica, contradiciendo su aparente orden preestablecido. Ella acepta y repite las creencias del pasado que asume ciegamente y enuncia sin cuestionamiento alguno. Su lenguaje ha sido prestado por las instituciones oficiales como la iglesia, la familia y la sociedad, dejándola sin ideas propias que caracterizan sobre todo una pereza mental; el pensamiento es anulado porque con lo que desde afuera le es dado es más que suficiente” [4]

El pensamiento oficialista de Carmen es evidente en todos los asuntos en los que incursiona a través de su monólogo. Cuando habla de la familia, por ejemplo, lo hace remitiéndose a una concepción conservadora y tradicional: a los hijos se los educa con mano fuerte, “con ellos hay que ser inflexibles”, y si se trata de las niñas, evitar a toda costa que vayan a la escuela, pues “¿qué se saca en limpio con ello?”, únicamente que se vuelvan unas “marimachas” o, en el peor de los casos, se conviertan en intelectuales, y “a una muchacha bien, le sobra con saber pisar, saber mirar y saber sonreír, y estas cosas no las enseña el mejor catedrático”.

Asimismo, constantemente Carmen establece reproches a Mario por su condición de esposo: ella espera recibir toda la atención que debe dispensársele a una mujer, le recrimina no contar con alguien que colabore en las labores de la casa, y tampoco tener un automóvil para transportarse. Cuán deseada fue en su juventud, y cómo parece darse golpes de pecho ahora, ante el cadáver de Mario, por lo que fue su destino al lado de un intelectual preocupado más por los libros, las leyes y la suerte de los pobres que por su propio hogar:

“…y por eso mismo me será muy difícil perdonarte, cariño, por mil años que viva, el que me quitaste el capricho de un coche. Comprendo que a poco de casarnos eso era un lujo, pero hoy un Seiscientos lo tiene todo el mundo, Mario, hasta las porteras si me apuras, que a la vista está. Nunca lo entenderás, pero a una mujer, no sé cómo decirte, le humilla que todas sus amigas vayan en coche y ella a patita, que, te digo la verdad, pero cada vez que Esther o Valentina o el mismo Crescente, el ultramarinero, me hablaban de su excursión del domingo me enfermaba, palabra. Aunque me esté mal el decirlo, tú has tenido la suerte de dar con una mujer de su casa, una mujer que de dos saca cuatro y te has dejado querer, Mario, que así qué cómodo, que te crees que con un broche de dos reales o un detallito por mi santo ya estás cumplido…” (Pág. 47)

El oficialismo se hace más radical cuando el monólogo de Carmen se acerca a cuestiones de orden social. La mujer reprocha a su marido la idea de educar a los pobres pues, según ella, “sacados de su centro estos no sirven ni para finos ni para bastos”, queriendo rápidamente convertirse en señores. Lo mejor es que cada quien se las arregle como pueda dentro de su clase; así, Carmen salva su conciencia con la simple caridad, y poco le importa que Mario opine que este acto no llena el abismo de la injusticia.

La posibilidad de que los pobres tengan un lugar más importante en el mundo se le antoja a la mujer una alteración peligrosa: extraviados de las vocaciones que ofrece la sociedad para cada uno, ricos y pobres estarían mezclados perjudicialmente, sin distingo de rangos ni familias y, en consecuencia, sin una voz que imponga orden sobre el resto. Lo justo es no calentar la cabeza de los necesitados e, incluso, como lo comunica a su marido, hacer acopio de todas las armas que se tengan a mano para detener su marcha y exigencias:

“¿Puedes decirme si cogeríamos un solo grano de trigo si previamente no eliminásemos la cizaña? Anda, contesta, que es muy fácil hablar, querido, pero vamos a lo práctico, que a la cizaña, convéncete, hay que cortarla de raíz, hasta el exterminio, pues aviados estaríamos si no. Amor, amor, dale con el amor, qué sabrá de amor un hombre que la noche de bodas se da media vuelta y si te he visto no me acuerdo, que una humillación así no la olvidaré por mil años que viva, cariño, y perdona mi franqueza, que ahora lo que vais a pretender es que por amor a la cizaña dejemos perder el trigo, cuando lo que hay que amar es al trigo, botarate, y por amor a él arrancar la cizaña y quemarla luego, aunque nos duela. Una poquita de Inquisición nos está haciendo buena falta, créeme, yo lo pienso muchísimas veces, que si la bomba atómica esa la perfeccionasen de tal modo que pudiera distinguir, que ya sé que es una bobada, pero bueno, y matase sólo a los que no tienen principios, el mundo quedaría como una balsa de aceite, ni más ni menos, ni menos ni más…” (Págs. 152-153)

Es importante volver a señalar que las opiniones que Carmen sostiene sobre estos asuntos no son producto de su propio pensamiento. Es reiterativa en su monólogo, primero, la presencia de sus padres, de todo aquello que a su bien le enseñaron; además, habla por su boca la burguesía de derecha que durante el franquismo gozó de no pocos privilegios y; por último, también se escucha en ella la doctrina más radical del catolicismo. En síntesis, Carmen Sotillo reproduce los discursos de la familia, el gobierno y la religión, sin ningún tipo de atisbo crítico, y convencida fervientemente de sus fundamentos.

Tal es el nivel de persuasión que tiene Carmen sobre estas instituciones que sin miramientos confiesa –al inicio del capítulo VII- que ella la pasó “divinamente” durante la guerra y que, sin duda, esa fue una de las mejores épocas de su vida. Asimismo, ante las marcas de libre pensamiento que observa en Mario, destaca que la Monarquía es la mejor forma de gobierno y que la prueba de esto se encuentra en que cuando advino la República lo único que se observó en las calles fue borrachos, desarrapados y ladrones.

Una y otra vez arremete Carmen contra su esposo empujada por el deseo de hacerle ver la necesidad de autoridad en el mundo. No porque alguien haya pasado por la escuela, dice, puede permitírsele pensar que tiene derecho a todo; en la vida hay que callar y obedecer, “siempre, toda la vida, a ojos cerrados” y la disciplina ante la familia y el gobierno son valores fundamentales. Apelando a la religión, incluso, afirma que “Cristo no hubiese tenido nunca un hermano rojo, ni un padre prestamista”, pues de haberlos tenido ni él mismo habría escapado a sus juegos demagógicos.

Por demás, el carácter oficialista de Carmen se confunde constantemente con el fascismo en muchas de sus apreciaciones: no acepta que los judíos y los protestantes sean buenas personas, ataca severamente la conducta de quienes –como las prostitutas- permanecen fuera del sacramento del matrimonio y, ante la presencia de un negro que cierto día lleva Mario a casa, excusa su animadversión diciendo que nada la separa de él distinto a la “repugnancia natural” y que, aunque todos sean iguales a los ojos de dios, siempre resultará mejor “los negros con los negros” y los “blancos con los blancos”.

Mario o la voz de la resistencia humanista

A pesar de que Mario no posee una voz activa en la narración de la novela, su retrato se va dibujando bastante bien por medio del relato de su esposa, al tiempo que se hacen inconciliables las diferencias entre ambos: si Carmen es la representación de la oficialidad, Mario lo es del humanismo, de la búsqueda, más allá de las diferencias, de los rasgos que puedan unificar a España. Profesor, intelectual y escritor de libros –duramente apaleados por Carmen-, Mario es un hombre comprometido con las causas sociales de su tiempo:

“Mario es dueño de los principios que respalda con responsabilidad, persigue la verdad de unos ideales que los llevarán a un futuro humanizado. Dentro del estrecho camino en el que se mueve, lucha por la libertad de expresión y religiosa, para que todos vivan con igualdad de oportunidades, empleando la ciencia y el arte para el beneficio colectivo; por ello, Mario no se queda en el pensamiento puro y abstracto, sino que abre los caminos que permiten que los demás sean auténticos, él no sólo piensa, sino que ayuda a pensar (…) Es, pues, un ser que desde sus limitaciones humanas construye su propia verdad, aplicando unos principios verdaderamente cristianos, defendiendo la igualdad y la libertad, siempre al lado de los vencidos, los humildes, las prostitutas, los obreros, queriendo que la vida interior y colectiva logre desde la humanidad y la justicia organizar su verdadero sentido de existencia” [5]

Los dos hermanos de Mario fueron asesinados por mantener ideas similares a las suyas, equivocadamente interpretadas por Carmen como “rojas”, comunistas. Pueda ser que, tras la forma de ver el mundo de Mario, existan principios semejantes a los que rigen el pensamiento de izquierda, pero sería riesgoso politizarlo sin más; él mismo ha dicho a su esposa que “República y Monarquía no son más que palabras, que tanto da la una como la otra y que lo importante es lo que se halla debajo”, es decir, un sentido humanista.

Los distintos comportamientos de Mario traslucen su preocupación por los hombres en todas sus facetas: desde el interior de su familia hasta el sector más amplio de la sociedad. No son pocos las recriminaciones que recibe de Carmen por insistir en la educación completa de sus hijos, por apoyar su libre determinación, por prescindir de los modales que incomodan la transparencia comunicativa, por preferir la bicicleta que el coche que ella tanto desea, por pasar el tiempo en su estudio leyendo, escribiendo, o debatiendo cada tema con sus viejos amigos, en fin, por no limitarse al perfil acomodado de la burguesía, sino preferir voluntariamente la preocupación y hasta el miedo por la suerte de los otros:

“Y no es que yo vaya a decir que no haya injusticias, ni corrupción, ni cosas de esas que tú dices, pero siempre las ha habido, ¿no?, como siempre hubo pobres y ricos, Mario, que es la ley de la vida, desengáñate. Yo no troncho contigo, cariño, ‘nuestra obligación es denunciarlas’, así, lo dijo Blas, punto redondo, pero, ¿quién te ha encomendado a ti esa obligación, si puede saberse? Tu obligación es enseñar, Mario, que para eso te hiciste catedrático, que para denunciar injusticias ya están los jueces y para remediar las penas, la beneficencia, que os ponéis insoportables con tantas ínfulas, dichoso don Nicolás, que yo no sé cómo la gente lee ‘El Correo’, si se cae de las manos, hijo, no trae más que miserias y calamidades, que si miles de niños sin escuelas, que si hace frío en las cárceles, que si los peones se mueren de hambre, que si los paletos viven en condiciones infrahumanas, pero, ¿puede saberse qué es lo que pretendéis? ¡Si hablarais claro de una vez! Porque si a los paletos les ponen ascensor y calefacción, dejarían de ser paletos, ¿no?, vamos me parece a mí, que yo de eso no entiendo, pero es como lo de los pobres, pues siempre tendrá que haberlos, digo yo, porque así es la vida, y si la vida es así no hay porque poner cara de palo…” (Págs. 176-177)

La incomprensión de la conducta humanista de Mario se comprende en el caso de su esposa a raíz de su interiorización acrítica del discurso de lo establecido. Por el contrario, como él es un libre pensador, está persuadido de la posibilidad del cambio, y no le satisfacen las respuestas tradicionales con las que se justifica el origen y permanencia de problemas como la pobreza, la desigualdad, el abandono o la injusticia. Puede entenderse así el hecho de que los libros escritos por Mario resulten tan confusos para Carmen, quien los describe como “rollos” incomprensibles o historias de “muertos de hambre que no saben ni la A”.

Todas las iniciativas de Mario son duramente señaladas y en cada apunte del monólogo se permean de diatribas personales: las ideas de su marido las asocia Carmen con su origen humilde, con las “graciosas” costumbres de su madre, con el apego a los hábitos comunes y simples de los pobres. No destaca de él ni siquiera su rigor para el estudio: leer para ella es una ocupación viciosa; y la misma personalidad de Mario –retraída, pensativa, observadora- disiente de la que ella quisiera que tuviera, esto es, una más activa, vehemente en los asuntos económicos y refinada en sus modales. Así se evidencia en este pasaje:

"Después de todo, razón le sobra a Valen, que a los intelectuales deberían prohibirles ir a la playa, que así, tan flacos y tan cruditos, resultan antiestéticos, más inmorales que los mismos bikinis. Pero lo que más me encrespa, te lo confieso, es que en la playa si no mirabas a las niñas, por supuesto, fueras tan intelectual y, luego, en casa, agarraras el escobón y te pusieras a barrer, porque una de dos, lo eres o no lo eres, pero si lo eres, con todas las consecuencias, hijo, que a mí las medias tintas me horrorizan. Sí, ya lo sé, que tú no eres un intelectual, me lo sé de requetesobra, de carretilla, fíjate, que los intelectuales piensan y ayudan a pensar, pero si tú no puedes pensar porque tu cabeza es un caos, mal puedes hacer pensar a los demás. Excusas, frases como yo digo, porque si no lo eres, ¿por qué andas entre libros y papeles todo el día de Dios? ¿Por qué regla de tres estabas tan blanco en la playa, di, que no te agarraba el sol ni por cuanto hay? Y luego, para mayor inri, haciéndote el deportista, que también es humor, que no puedes con los zapatos y corriendo cincuenta kilómetros en bicicleta cada domingo, no me digas, todo por aparentar más joven, que no sé a santo de qué, que todavía en una mujer... Tú desconciertas a cualquiera, Mario, convéncete, que muchísimas veces pienso que tus gustos proletarios vienen de la estrechez en que te criaste, que a mí, ya ves tú, a poco de hacernos novios, cuando me dijiste que con un duro a la semana tendríamos que arreglarnos, me dejaste fría, palabra" (Págs. 223-224)

En conclusión, como ocurre en el terreno propio de la política en el que usualmente se rotulan las exigencias del humanismo como ideas de pobres, Carmen, adoctrinada por el oficialismo desprecia cada palabra o acción que su marido personifica en favor de los humildes. Simbólicamente, se trata de representar la manera como la España conservadora es incapaz de comprender el lenguaje que expresa las exigencias de la clase sometida, burlándose de ellas apegada a una superioridad que, en el fondo, se reduce a la reproducción de valores históricamente nacidos como imposición, no como prueba de un mejor orden social. 

Otra ruta interpretativa de la novela

Para finalizar, es importante resaltar que algunos críticos, entre ellos, Alfonso Rey han propuesto una ruta distinta de lectura para Cinco Horas con Mario. Dicho camino consistiría en hacer énfasis en las frustraciones conyugales de Carmen Cotillo, de la siguiente forma:

“Carmen intenta hacer valer su yo maltratado sin defender ninguna ideología, sino simplemente su individualidad; el autor (Delibes), mostrando una asombrosa fidelidad artística hacia un personaje con el que no simpatiza, permite que esta mujer afirme su personalidad a pesar de la banalidad de su pensamiento; aunque Mario sea merecedor de todas las simpatías, no lo puede ser su constante actitud de arrogancia ante sus esposa, por la que este honesto intelectual nunca hizo nada ni en el plano intelectual ni en el amoroso. Por eso Carmen puede ser considerada como una mujer –con toda la estrechez de ideas que se quiera- que nunca tuvo la posibilidad de realizarse en una sociedad hecha a la medida del hombre” [6]

Habría mucho por examinar en la novela si se atendiera su contenido bajo esta otra forma. En efecto, son numerosos los reproches que podrían justificarse por parte de Carmen sobre las conductas de Mario como esposo. Baste citar, por ejemplo, que la mujer tuvo que encargarse sola de todas tareas que implica mantener un hogar de siete personas; que durante más de veinte años de matrimonio, Mario no ha tenido con ella, según sus palabras, “un acto de comprensión”; que se ha sentido humillada cuando, por alguna razón, es negada por su marido; que el hombre no toma en serio ninguno de sus comentarios y; en fin, que, incluso, Mario se encargó de estropear su luna de miel, relegándola a una presencia secundaria.  

El trabajo de interpretar la obra así tendría que distinguir las exigencias que son justificables dentro de un matrimonio, de aquellas otras –que también abundan- más cercanas al orgullo burgués de Carmen; en todo caso, esta manera de concebir la novela refleja, por un lado, nuevos atributos para las personalidades de los protagonistas y, por otro, lugares tal vez insospechados para Delibes sobre su propia escritura.
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Cinco Horas con Mario es una novela de excelente escritura, rica en matices, de ritmo único y dotada con la penetración psicológica y social de las grandes obras.


NOTAS:

[1] BENEYTO, Antonio (1977) Censura y Política en los Escritores Españoles. Barcelona: Editorial Plaza & Janés. p. 262.
[2] BUCKLEY, Ramón (1982) Raíces Tradicionales de la Novela Contemporánea en España. Barcelona: Ediciones Península. p. 188-189.
[3] PEDRAZA, Felipe B. & RODRÍGUEZ, Milagros (2000) Historia Esencial de la Literatura Española e Hispanoamericana. Madrid: Editorial Edaf. p. 731.
[4] PONGUTÁ PUERTO, César (2001) Las Dos Españas en Cinco Horas con Mario de Miguel Delibes; en Cuadernos de Literatura Vol. 7. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana. p. 219.
[5] Ibíd., p. 220-221.
[6] BASANTA, Ángel (1979) Cuarenta Años de Novela Española (Vol. II). Madrid: Editorial Cincel. p. 27.

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