AUTOR: Françoise Sagan
TÍTULO: Buenos Días, Tristeza
EDITORIAL: Tusquets, S.A. (Segunda edición)
AÑO: 2004
PÁGINAS: 179
TRADUCCIÓN: Javier Albiñana
RANK: 6/10




Por Alejandro Jiménez
Si pensamos en las escritoras francesas del siglo XX de perfil más controversial, es posible que vengan a nuestra mente nombres como Simone de Beauvoir, Sidonie-Gabrielle Colette, Albertine Sarrazine o Françoise Sagan, cada una de las cuales concibió su obra como una forma de resistencia frente a los paradigmas morales, sociales o políticos de la época y, trabajó, con el arresto particular que caracteriza las luchas históricas de Francia, controvirtiendo, refutando, rebatiendo y desmintiendo, según el caso, los discursos tradicionales y ortodoxos.

De Beauvoir utilizó los principios del existencialismo para examinar la problemática de la mujer, alcanzando una interpretación bien personal del feminismo; Colette, plasmó en sus libros los descubrimientos de la liberación sexual que ella misma encarnó tras el fracaso de su matrimonio; Sarrazine, trazó una versión inédita de la prostitución, la criminalidad y la prisión, dotada con esa tensión trágica que tan prematuramente la condujo a la muerte; y Sagan, tanto en el cine como en la literatura, capturó mucho de ese ánimo irreverente de vivir fuera de la ley, atrincherándose en el placer.


El destino de estas autoras coincide, así, un poco en su éxito y línea de trabajo, pero difiere bastante en su vida personal, cargada de situaciones específicas. Sarrazine, por ejemplo, fue hija de una criada española, mientras que Sagan nació en el seno de una familia acaudalada; la primera, no superó los 30 años, mientras que la segunda vivió casi 70; y, por último, de la misma cárcel a la que tantas veces fue enviada Sarrazine, escapó siempre Sagan pagando sus multas e indultos.   

De alguna manera, Sagan es, dentro del grupo que hemos descrito, la autora de aire más burgués, no sólo por el origen de su familia, sino porque, en general, su obra constituye una especie de apología de la ociosidad, la despreocupación y el derroche, valores exclusivos de la clase acomodada. Reportera de Elle siendo apenas una adolescente, casada en varias ocasiones, viajera constante y seguidora de todo género de vicios para los que no tuvo medida ni recato, Sagan fue, en su momento, un ícono de la rebeldía francesa y un referente de los altibajos propios de la burguesía, ensalzada y reprochada con la misma energía por el resto de la sociedad.

La fama de Françoise Sagan fue precoz, pues tenía apenas 19 años cuando su primera novela, Bonjour, Tristesse (1954) –Buenos Días, Tristeza-, fue celebrada por la crítica, premiada y llevada al cine. Lo que vino para ella, sin embargo, no correspondió por entero con los presagios de entonces: algunas producciones para el cine, otras novelas de relativa importancia y una vida marcada por los excesos, las crisis económicas y la enfermedad, convirtieron a Sagan en una figura, por decirlo así, de doble cariz: por un lado, la de la figura controversial e irreverente, portavoz de las liberaciones buscadas por la juventud burguesa y, por otro, la de una estampa decadente y extraviada en los abismos de su propio ser.

Como sea, el valor de Buenos Días, Tristeza sigue siendo hoy especial, en el sentido de que representa una de las primeras voces que tuvo la juventud femenina en la literatura francesa, y porque, además, se trata de una obra que domina, tanto una técnica narrativa que explora bien el pensamiento de los protagonistas, como una tensión entre ciertas figuras tradicionales (el matrimonio, la familia, la sexualidad) y la expresión individual que desea elegir y dirigirse libremente en medio de ese universo. Justamente, sobre este aspecto de la novela haremos un pequeño análisis, luego de dar una idea de la trama que sigue la obra.

La historia de Buenos Días, Tristeza

Buenos Días, Tristeza es una novela corta, dividida en 2 partes, y narrada en primera persona por Cécile, una chica que retrospectivamente vuelve a la época en la que tenía 17 años y pasaba una temporada de descanso junto a su padre en el Mediterráneo. La historia, por lo tanto, se extiende durante las semanas que los personajes se encuentran allí y se basa sustancialmente en los descubrimientos que hace Cécile de distintas emociones generadas por sus relaciones con Raymond –su padre-, Elsa –la compañera de aquel-, Cyril –un muchacho que conoce en el lugar- y Anne –amiga de su fallecida madre-.

Raymond y Cécile no sólo están unidos por una relación filial, sino, además, por la complicidad y el estilo de su vida, caracterizada por la ociosidad, la inconstancia y la libertad. Y es que, después de permanecer en un internado por varios años, Cécile ha conocido gracias a su padre la vida bohemia y despreocupada, ha consumido licor, ha fumado, ha aprendido a no apegarse a una sola pareja y a no preocuparse demasiado por el estudio; en fin, es feliz junto a él porque para ambos no existe ningún interés trascendental, y todo se reduce a satisfacer los placeres inmediatos.

Sus días transcurren, pues, entre el ocio y la fruición y, acompañados de Elsa, la actual amante de Raymond, se dedican a pasear, comer, hablar y satisfacer sus frivolidades. Sin embargo, la llegada de Anne (convidada a la playa por Raymond como un gesto de aprecio frente a una amiga de su difunta esposa), cambia el panorama de su estadía, ya que se trata de una mujer muy distante del prototipo de personas que ellos frecuentan: es ordenada, conservadora, exigente y de una educación que no admite dilaciones.

La presencia de Anne genera en Cécile inestabilidad porque siente que su comodidad ha terminado y, aunque advierte la necesidad de la disciplina, todavía no quiere entregarse a ella. Para Raymond, el asunto es similar, pero él pronto se persuade de que lo mejor con 40 años a bordo es sentar cabeza y olvidarse de la vida que ha llevado; de manera que poco a poco se convence de las palabras de Anne, se enamora de ella y renuncia a la relación que sostiene con Elsa, quien, comparativamente, no tiene ni el estilo ni la belleza de la otra.

Instalada como dama de la casa, Anne inicia cambios relacionadas con los horarios, las comidas, los hábitos de estudio, las costumbres y buenos modales; todo lo cual, aunque justificado y pertinente a los ojos de Cécile, no deja de tener para ella el sentido de una privación, de la cual sólo logra escapar perdiéndose en confusas cavilaciones y siguiendo los arrebatos de ánimo propios de su edad.

Viendo que el antiguo carácter de su padre se encuentra en riesgo y que su propia libertad inevitablemente se perderá con un matrimonio entre él y Anne, Cécile proyecta un plan que tiene tanto de juego como de frialdad para hacer que Elsa regrese con su padre, y en él involucra no sólo a aquella chica –despechada por el abandono-, sino también a Cyril, un joven con el que Cécile pasa parte de su tiempo y con quien, en medio de su propósito, hace muchos descubrimientos sobre su propia sexualidad, identidad y deseos.

Lastimosamente, como el plan de Cécile es el resultado del egoísmo y la irresponsabilidad de los adolescentes, más pronto que tarde, este se sale de sus manos trayendo para todos consecuencias inesperadas y la certidumbre dolorosa de lo que significa la tristeza, el tedio y el arrepentimiento.

Cécile y el universo emocional

Buenos Días, Tristeza fue escrita cuando Françoise Sagan era prácticamente una adolescente, y el hecho de que su protagonista –Cécile- también lo sea, hace más intenso el sentido juvenil de lo narrado. Sobre esto podría afirmarse que la personalidad de Cécile refleja el justo estado de su edad, es decir, inocente y franca para ciertas apreciaciones, irresponsable para otras, pero ubicada siempre en ese punto en el que las experiencias de la vida son asumidas, por primera vez, ya no como simples hechos, sino como realidades vivas en las que se está definiendo un yo en medio del dinamismo del mundo.

Bajo esta óptica Buenos Días, Tristeza es un relato que examina esa transición que va del estado fácil e inconsciente de la adolescencia al de la reflexión y hallazgos propios de la juventud. El inicio idílico descrito en las primeras páginas de la novela equivaldría a la complacencia que se halla en la inmadurez y la despreocupación, y Anne representaría el elemento de ruptura y la figura que permite a aquellos dos personajes –pues Raymond en un primer momento es tan frívolo como cualquier adolescente- tomar conciencia de sí mismos y de la necesidad de asumir su vida de un modo más trascendental.

Sartre probó en La Trascendencia del Ego que el yo es el producto de la capacidad consciente de los individuos para advertirse a sí mismos como existentes dentro de un espacio y tiempo, pero además, precisó que ese yo nunca aparece más que con ocasión de un acto reflexivo [1]. Esto significa que Cécile se encuentra en medio de una tensión crucial de su existencia, pues, por un lado, está tomando conciencia de todo lo que sucede a su alrededor –de los discursos que ha legitimado, de las normas que intentan imponérsele, del placer con el que juzga el mundo, de su pasado y presente-, pero también de sí misma como realidad existente.

Toda la primera parte de la novela es la asistencia a un estado idílico de placer y libertad; el valor de los acontecimientos allí descritos es absoluto; de ellos no se forma ningún personaje algún grado de conciencia, pues se asumen como productos naturales. Cada cosa es el resultado de “un exceso de vitalidad” –como dice Cécile-, o de “una necesidad furtiva”, pero nunca de una conciencia de dirección propia; por esta razón, la misma chica se confiesa que su padre y ella necesitan de la agitación exterior para vivir y que, por eso, no comprenden valores como la fidelidad o el compromiso. En palabras de la protagonista:

“Sí, eso era lo que le echaba en cara a Anne, que me impedía quererme a mí misma. Yo, hecha para la felicidad, la amabilidad, la despreocupación, penetraba por su culpa en un mundo de reproches, de mala conciencia en el que, demasiado inexperta para la introspección, me perdía yo misma. ¿Y qué me aportaba Anne? Sopesé su fuerza: había querido a mi padre, lo tenía, nos convertiría poco a poco en el marido y la hijastra de Anne Larsen. O sea, en dos personas civilizadas, bien educadas y felices. Porque nos haría ser felices” (Pág. 74)

Este fragmento es significativo porque explícitamente contiene la declaración de Cécile sobre su incapacidad para la introspección, esto es, para la toma de conciencia, pero además, porque de manera complementaria hace comprender que ella y su padre se hallan bastante lejos de la civilización que personifica Anne, o sea, de la reflexión sobre lo que representan sus vidas. No en vano, al final de la novela, la joven asocia su condición con la “hermosa y pura raza de los nómadas”, destinada a la inconstancia, a la frivolidad sin remedio y a evadir cualquier clase de responsabilidad. Tan profundo es el sentido de esto que, tras perder su virginidad con Cyril y la posibilidad de tener un hijo, la chica se confiesa: “tal vez por eso me había entregado tan fácilmente a él, porque no me dejaría ser responsable”.

El estado idílico al que nos referimos tiene estas connotaciones y redunda en la libertad peligrosa de Cécile y Raymond. Al ser burgueses, el dinero les permite el acceso a todos los placeres; al ser inconscientes, actúan con cinismo en los asuntos del amor y las costumbres; y al ser dos, se sienten guarnecidos por la confianza de un credo seguro, si bien jamás sometido a prueba.

El punto es que la novela muestra cómo este idilio se desmorona ante la presencia de Anne o, en otras palabras, cómo se trata, no de una libertad verdadera, sino de una actitud refleja del destino burgués que han tenido. Una vez, Cécile y Raymond reflexionan, ante la instancia de Anne, sobre sus vidas, surge esa certeza del yo como existente de la que habla Sartre y convierte el pasado flujo de sus vidas en un problema de urgente consideración. Por eso Cécile declara:

“Era absolutamente necesario reaccionar, recobrar a mi padre y nuestra vida de antaño. Con qué encantos se me aparecían de repente los dos felices e incoherentes años que acababan de pasar, esos dos años de los que tan pronto había renegado el otro día… La libertad de pensar, y de mal pensar y de pensar poco, la libertad de elegir yo misma mi vida, de elegirme a mí misma. No puedo decir ‘de ser yo misma’ puesto que no era más que un barro moldeable, pero sí la libertad de rechazar los moldes” (Pág. 75)

Irónicamente las palabras de Cécile surgen de una imprecisión, pues no puede existir la libertad cuando las decisiones son tomadas por una voluntad irreflexiva. Así, el que Anne exija justificaciones, la argumentación de tal o cual comportamiento, constituye la ruptura del idilio natural de Cécile y Raymond, y el punto ante el cual surgen, por primera vez, sus yo como realidad latente, como existencia auténtica, pues “una persona es auténtica cuando es lo que es o llega a ser lo que se ha propuesto alcanzar o conseguir en forma verdaderamente consciente, es decir, cuando aplicando todas las variables posibles se demuestra sin lugar a equivocarse que él es lo que es, y esto conlleva a la trascendencia” [2].

Ahora bien, el asunto realmente problemático de la novela se halla en el hecho de que el descubrimiento del yo para Cécile no termina de convencerla de sus “ventajas”. El inicio de la segunda parte de Buenos Días, Tristeza contiene precisamente un lamento al respecto, pues la protagonista dice: “por primera vez en mi vida ese Yo parecía dividirse y el descubrimiento de semejante dualidad me sorprendía enormemente”. Esto significa que Cécile, no está dispuesta a renunciar a las prerrogativas de su pasado tan fácilmente y que, en consecuencia, en su interior se experimenta una confusión de emociones difícil de sobrellevar.

La tensión es especialmente pronunciada porque Cécile admira la determinación de Anne, su disciplina, su audacia para resolver las situaciones. Desde muy temprano en el relato, la chica confiesa que en la mayoría de discusiones, Anne tiene la razón, y que, aunque es la única persona capaz de ponerla en entredicho, agradece el que la obligue a juzgarse a sí misma. De este modo, Cécile recibe de Anne, tanto una exigencia de reflexión como un ejemplo a seguir; su padre, pronto asiente ante la forma particular que tiene la mujer de ver el mundo, pero para la adolescente, las cosas no se resuelven tan fácil.

El escenario de esta lucha entre el pasado y el futuro será su propio interior, el terreno fértil de las emociones. Con verdad dice Sartre que toda aprehensión emocional que cause temor, ira o tristeza “no puede realizarse sino sobre el fondo de una total alteración del mundo (…), como presencia mágica e inmediata ante la conciencia” [3]. En el caso de Cécile el mundo que se altera en realidad es todo el que conoce de su pasado, y lo que aparece ante su conciencia es ese derrumbamiento sobre el que ahora aparece un yo pensando, sintiendo y tratando de encontrar un sentido a todo lo que antes fluía naturalmente.

Lastimosamente para la protagonista, su descubrimiento emocional, y la exploración del yo que dirige su vida tiene connotaciones de sublevación; es decir, tras examinar los cambios de su temperamento y sopesar las virtudes de Anne –que no son pocas- el camino que se determina a seguir no es, como su padre, el de la renuncia a un modo de vida frívolo y hedonista, sino el de tratar a toda costa de justificarlo para volver a él. De nada sirve que Anne tenga para ella siempre la palabra más adecuada y bondadosa, que sola la mueva el sentimiento del deber en su papel como tutora, que sea una mujer bella y refinada, porque estas cualidades atraen a Cécile sólo para apartarse luego de ellas con más fuerza.

La muchacha descubre su recelo cuando piensa que tendrá que vivir en una familia abanderada por Anne y a veces percibe de su parte complicaciones innecesarias. Por esta razón, el plan que urde para que su padre vuelva con Elsa, tiene una doble connotación: la de recuperar el pasado perdido y la de hacerle aceptar a Anne la visión que Raymond y ella tienen de la vida. 

Es interesante observar que el descubrimiento del yo de Cécile como reflexión a la que le obliga su situación, se convierte precisamente en eso: en un plan, esto es, en la conciencia de poder dirigir las acciones del mundo. Otra reflexión que no se hará en este documento podría explorar el modo como Cécile representa un empoderamiento egoísta y, en cierta medida, perverso: “Yo era el alma, el director de aquella comedia”, grita cuando observa los primeros resultados positivos de su iniciativa y, un poco después, refiriéndose a Raymond, confiesa “¡Qué fácil me resultaba dirigir sus pensamientos!”. 

“Si las sociedades premodernas establecen una primacía de la tradición, que da lugar protagónico al adulto y una valoración al pasado, la Modernidad señala la primacía del cambio y, en consecuencia, hace del joven el protagonista social por excelencia, mientras acentúa el valor de lo inmediato y lo por venir” [4]. Aquí está, bajo estas palabras, la figura de Cécile, convencida de poder encaminar el destino de las personas, olvidándose de la confusión propia de sus emociones; la Cécile decidida por el juego del egoísmo a volcar toda la energía que debería usar para alejarse de su estampa de burguesa ociosa en una especie de venganza contra Anne que, en últimas, representa una buena parte de la sociedad.
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Buenos Días, Tristeza, es una novela de juventud que puede interpretarse como una defensa de la libertad y el hedonismo, pero también como la huida oscura de la burguesía a su reflexión sobre la condición y responsabilidad del ser humano.

NOTAS:

[1] SARTRE, Jean-Paul (2003) La Trascendencia del Ego. Madrid: Editorial Síntesis. p. 43 y ss.
[2] CABEZAS PRADO, Félix (1997) La Autoestima; en Revista Latinoamericana de Sexología (Separata No. 2). Bogotá: Universidad Distrital Francisco José de Caldas. p. 155-156.
[3] SARTRE, Jean-Paul (1983) Bosquejo de una Teoría de las Emociones. Madrid: Alianza Editorial. p. 120.
[4] GONZÁLEZ, Carlos M. (1999) Un Funesto Invento Moderno: Su Majestad el Joven; en ¿Adolescencia o Adolescencias? Representaciones y Contextos. Medellín: Instituto Jorge Robledo. p. 20.

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