AUTOR: James Patrick Donleavy
TÍTULO: Cuento de Hadas en Nueva York
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1977
PÁGINAS: 379
TRADUCCIÓN: Enrique Pezzoni
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez
Aunque la reputación de James Patrick Donleavy ha sido considerable en Estados Unidos e Irlanda, países en los que este autor ha vivido la mayor parte de su vida, fuera de ellos su nombre no es particularmente conocido y, en consecuencia, permanece en una especie de anonimato del que sólo lo han rescatado algunos círculos literarios. Es posible que el gran número de excelentes escritores norteamericanos (Hemingway, Faulkner, Scott Fitzgerald, Capote, Dos Passos) haya eclipsado la propuesta de Donleavy en el exterior, restringiéndola y apartándola de un reconocimiento más general.

En todo caso, no debe entenderse esto como una reivindicación, por un lado, porque esos nombres famosos de la literatura tienen su gloria más que ganada y, por otro, porque hace falta estudiar todavía mucho la obra de Donleavy para determinar si está o no realmente al nivel de la de sus contemporáneos y si superará o no la prueba de la historia. Por supuesto, no seremos nosotros quienes asumirán esa tarea, y sólo deseamos presentar aquí una reflexión sobre el libro A Fairy Tale of New York (1973) –Cuento de Hadas en Nueva York- que, tal vez, junto a su primera novela, The Ginger Man (1958), representa la parte más ilustre de la obra de Donleavy.

De entrada, debe recordarse que en 1961, el autor lanzó una pieza teatral titulada Fairy Tales of New York, y que ésta fue la base para la novela que 12 años después se editó casi bajo el mismo nombre. En su momento, ambas obras fueron un éxito, y dieron a Donleavy la relativa popularidad a la que nos hemos referido, contribuyendo, además, a sostener las buenas críticas que había recibido años atrás por el estilo particular de su narrativa, caracterizada por la “aliteración y un tratamiento original de la voz: la acción ocurre en tercera persona mientras que los pensamientos son transmitidos en primera, permitiendo a los personajes hablar tanto como observadores como observados” [1].

Destaca, además, en Cuento de Hadas en Nueva York, el factor autobiográfico, pues son muchos los elementos sociales y culturales que tienen una relación directa con la vida de Donleavy. Es difícil precisar hasta qué punto Cornelius Christian –el protagonista de la novela- puede llegar a considerarse un alter ego del autor, pero lo cierto es que, como sucede en la historia, también Donleavy nació en Brooklyn, tiene vínculos de inmigración con Europa y conoce bastante bien los pormenores de la rutina neoyorquina, especialmente de aquella personificada en los sectores más excluidos y pobres.

Síntesis de la novela

Cuento de Hadas en Nueva York se centra en el regreso de Cornelius Christian a Nueva York, después de permanecer largo tiempo en Europa. La mala fortuna lo ha acompañado durante el viaje, pues su joven esposa ha muerto y, él, sin los recursos para sufragar los gastos de su entierro, debe empezar a trabajar para la funeraria de Clarance Vine, encargada de brindar los servicios fúnebres a su esposa.

El empleo de Christian consiste en acompañar a los deudos y acondicionar los cadáveres para que tengan la mejor presentación ante aquellos. No se trata de labores que despierten el ánimo del personaje, pero la pasión de Vine por su negocio, la exhortación constante y el encanto que encuentra en la asistente Elaine Musk, poco a poco, proveen a Christian de algo de disposición. 

Durante uno de sus servicios, precisamente, conoce a la millonaria –y ahora viuda- señora Sourpuss, con quien sostendrá una relación basada en una fuerte atracción sexual y el deseo de superar sus propias soledades. Con el tiempo, cada uno de ellos dibujará ante el otro su personalidad: él, la de un hombre pesimista, infiel, encerrado en una sociedad que no comprende, pero se muestra voraz bajo cualquier ángulo; y ella, la de una mujer con un fuerte pasado, variable en su temperamento, pero bondadosa en todo lo referente a Christian.

Los días del personaje en la funeraria Vine terminan cuando es denunciado por una viuda de ridiculizar el cuerpo de su esposo; tras ello, Cornelius Christian empieza una temporada de vagabundeo que se extiende hasta el momento en que, a través de Charlotte –una amiga de la infancia-, encuentra un trabajo como redactor de lemas publicitarios. El empleo es absurdo y contrasta con su sombría personalidad y el poco vigor que le acompaña siempre, pero debe dedicarse a él, puesto que personas importantes de la compañía lo están observando.

El nudo de la historia se halla justamente aquí, porque Christian se nos presenta como un hombre extraviado en Nueva York. Nació allí y conoce cada rincón de la ciudad, pero su forma de vida y esa manía punzante de progreso son elementos que escapan a su comprensión; es así que, esos dos empleos que, de lejos, resultan inusuales, pero que constituyen una oportunidad de salir adelante, son vistos por él como una maquinación con la cual se explota socialmente su capacidad, sin ofrecerle gratificaciones distintas a las estipuladas por esa misma sociedad. 

En este sentido, la moral de Christian decrece cada vez más desde la mitad de la novela, para concluir en una sobrevivencia torpe que sólo parece tener rasgos de verdadera vida cuando su voluntad instintiva es la conductora de las acciones: una pelea en un bar, por ejemplo –Cornelius Christian fue boxeador durante su juventud-, o las relaciones sexuales con Fanny Sourpuss, la señorita Musk, la propia Charlotte o cualquier otra mujer que se cruce en su camino, traen de vuelta, a su modo, la energía del personaje.

Al final, Christian tendrá que escoger alguna de las rutas que se le ofrecen: vivir junto a Fanny Sourpuss, que le brinda un futuro grato económicamente, pero ya no soporta sus infidelidades; continuar con su trabajo publicitario en la Compañía Mott, sabiendo de antemano que sus días se hundirán en la rutina de la clase media neoyorquina; buscar algún refugio en la vuelta al Bronx de su juventud y al amor de su primera ilusión –Charlotte Graves-; o, finalmente, regresar a Europa y olvidarse de una ciudad que no puede verse nunca sin cierta suspicacia.

La sociedad retratada en la novela

El peso que tiene la sociedad sobre las acciones y decisiones que encarna Cornelius Christian es tan grande que podría pensarse –¿hasta qué punto equivocadamente?- que el personaje carece de fuerza propia y, en consecuencia, no posee ese ímpetu que caracteriza a las creaciones más importantes de la literatura. Christian es más un personaje arrastrado por la ciudad y su voluntad parece menos decisiva en las situaciones que el poder ejercido por los otros seres o el contexto en el que se desenvuelve.

Personalmente, pensamos que Donleavy quiso proponer un personaje con estas cualidades precisamente para hacer más notoria su idea de presión social. En este sentido, el hecho de que Cornelius Christian vaya y venga por toda Nueva York –por sus empleos, calles y puntos de encuentro- a veces sin parecer, incluso, que responde a su impulso, obedece a la intención de Donleavy de mostrar la manera en la que, en una ciudad como ésta, la vida de un individuo no depende, en buena medida, de él mismo, sino de las prácticas y rutinas establecidas.

No hay, por así decirlo, un tránsito libre por Nueva York, al menos no de un modo completo, de modo que Christian se dibuja constantemente como un observador de su ciudad, alguien que va conociéndola y reafirmando sus ideas sobre ella, sin la menor oportunidad de cambiar las condiciones bajo las cuales opera, aunque estas sean negativas, como sucede cuando se materializa la indolencia, la violencia, el rechazo o la enemistad.

Mark Augé escribió hace algunos años que después de la Segunda Guerra Mundial “vivimos en el mundo de la redundancia, en el mundo de lo demasiado lleno, en el mundo de la evidencia, –y que- los espacios de tránsito, son aquellos en los que se exhiben con mayor insistencia los signos del presente (la publicidad, la política, las ideologías, etcétera)” [2]. Y exactamente este es el paisaje que se encuentra cada día Cornelius Christian frente a sí: un espacio demasiado lleno cuya congestión de objetos, prácticas y hombres –Augé también se refiere en su ensayo a los seres humanos- genera en él ensimismamiento, ruptura y hastío.

El punto de esta cuestión es que Donleavy retrata una ciudad que descuella por sus problemas, es decir, que posee más rasgos negativos que positivos. Surge en ella, a cada instante, el rechazo al extranjero, las discordias familiares, el engaño, la violencia física y simbólica, el falso optimismo y el flirteo de la muerte que acecha en sus más variadas formas. Es un panorama que sólo podría ocultarse por medio de la desfachatez, el cinismo o la más absoluta ceguera, porque con el más pequeño movimiento por Nueva York se actualiza cualquiera de los problemas mencionados. 

Ya en las primeras páginas de la novela, un taxista se encarga de recordarle a Cornelius Christian el sitio al que ha llegado, refiriéndose explícitamente a él como “una ciudad de mierda llena de extranjeros (…) en la que todos corren tras la plata pasando por encima del otro”. Es como una especie de golpe que ubica al personaje, recién alejado de un paisaje más o menos ideal, como es el europeo, y que retrotrae esa impresión que pervive desde su niñez en la mente del personaje:

“Busco de dónde asirme porque siento que voy a estrellarme. Sin ninguna noche en la cual dormir. Defendiéndome con puños minúsculos contra una ciudad inmensa, gris, enemiga. Nadie se detiene siquiera un instante para escuchar una palabra. Las carreteras se devanan infinitas. Espérenme. Y nadie me oye. Corro por Broadway entre los transeúntes, mendigando un saludo. Una sonrisa de cualquier rostro. Despacio ahora. Porque el caballo puede desbocarse para siempre. Una vez que lo lanzamos al galope. Allí donde mi tío nos envió a mi hermano y a mí, un verano. Muertos de miedo, con el corazón saltándosenos por la boca en el camino a Mount Kisco. En el enorme tren que atronaba” (Pág. 131)

La ciudad se propone a Christian como una constante enemiga y, por esta razón, sus pensamientos organizan una posición de rechazo también asiduo. Sin embargo, a pesar de esto –de comprobar cómo Nueva York impide a los pobres ganarse la vida, cómo las riñas se reproducen sin cesar y cómo en cualquier escenario pulula el odio y la mentira-, hay algo de nostalgia en las apreciaciones de Christian, especialmente cuando estas se refieren al Bronx, pues allí fue donde transcurrió su niñez, de suerte que el mal cariz tiene, como contraparte, algún dejo de melancolía. 

Por supuesto, no se trata de una visión idílica de la niñez: Cornelius Christian desprecia abiertamente a su padre, de quien sólo conserva recuerdos mancillados por su alcoholismo, pero ciertas imágenes de su madre, de sus paseos con Charlotte, o de los buenos días con su tío, capturan una sensación un poco distinta de la ciudad. Es obvio que esta impresión no alcanza a estar por encima de la evidencia directa y permanente de la viciada Nueva York en la que ahora se encuentra, y una pequeña síntesis de esta última borra cualquier duda:

“Cornelius Christian pasó la ola de calor en el fresco departamento de Fanny. Los asesinos de la ciudad batieron todos los récords. Las puñaladas eran el método más corriente. Unas cuantas violaciones en los techos de las casas. Cuando nos trajo la comida que habíamos pedido, Kelly, el portero, dijo que esas cosas hacían que uno se preguntara adónde iría a parar este siglo” (Pág. 255)

Porque esta es la realidad latente de Nueva York no sorprende que al personaje de Donleavy le interese tan poco mostrarse optimista. Su lenguaje y actos están bien lejos de esa dirección y no puede menos que sentirse extraño ante las reflexiones de alguien como Howard How –uno de sus jefes en la compañía Mott-, quien intenta mostrarle cómo el mejor camino en esta ciudad implica sacarle el partido a las oportunidades y seguir el modelo de vida que propone: una casa amplia en los suburbios, una esposa e hijos y un buen automóvil en la entrada.

Así, pues, Cornelius Christian tiene con Nueva York, por un lado, una relación de rechazo y, por otro, una de cercanía, lo cual genera en él una especie de conflicto irremediable que es, a su vez, justamente, el motivo por el cual se presenta en la historia más obediente a la corriente de la ciudad que a su ánimo propio. Un último fragmento que aparece casi al final de la novela expone bien esta situación –además de dar algunas pistas autobiográficas sobre la insatisfacción inmigrante de Donleavy (hijo de padres irlandeses)-:

“Toda esta ciudad se alza dentro de nosotros mismos. Pequeñas torres de resentimiento. Se desmoronan en escombros de dignidad perdida. Hay que acarrearlos bajo el peso del dolor. Me gusta ver cómo la gente se para y nos mira cuando pasamos. Desde este mísero vecindario en que viven. Adiós, Woodside. Hola, Forest Hills. Si al menos fuera yo uno de los hijos. Así como hay hijas. De la revolución norteamericana. En vez de haber sido arrojado a estas playas. Por un par de simples inmigrantes. Que nunca supieron por qué diablos se les ocurrió venir” (Pág. 300)

El estilo narrativo de Cuento de Hadas en Nueva York

Antes señalamos que dos de las características que más destacan en la narrativa de Donleavy, presentes ya en su primera novela –The Ginger Man-, son la aliteración (o sea, la repetición de figuras sintácticas o semánticas para recalcar contenidos) y la alteración de los focos narrativos. Puestas en marcha, estas técnicas del discurso pueden resultar o no del agrado de los lectores, pero lo cierto es que para el escritor representan un reto importante a la hora de redactar, puesto que el control del sentido debe mantenerse teniendo en cuenta muchísimas variantes que no existen en una escritura tradicional.

El resultado general de Donleavy –y habría que acotar, también de la traducción de Enrique Pezzoni- es positivo, y no hay fragmentos confusos, ni siquiera cuando el autor decide, además de aliteraciones y cambios de narrador, arriesgarse por zonas de escritura casi automática, al modo de los surrealistas. 

Con la garantía de una redacción de esta índole, el lector sabe, de entrada, que las casi cuatrocientas páginas de la novela estarán constantemente instándole, primero, a dar orden de manera alternativa a varias situaciones, segundo, a identificar a qué narrador corresponde un determinado discurso, tercero, a reconocer los tiempos narrativos –cuidándose bien de sus rupturas-, cuarto, a experimentar los juegos y repeticiones del lenguaje y, por supuesto, finalmente, a disfrutar de la lectura. Un ejemplo de esta bella narrativa recién inicia la obra es el siguiente:

“El autobús para en las esquinas. Del otro lado de la calle un techo bajo, como un nido entre los árboles. Es un restaurante que se llama La Choza del Bosque. El clic clic de la máquina de los billetes. Las monedas bajan. Como el chorrear de una lechera. Los ojos miran un instante y luego se apartan. Se me acaba de caer un botón del abrigo. Nunca lo encontraré entre tantas piernas. Carajo. Siento que me estoy deshaciendo. Tengo que ocultar con el codo el hilo suelto. Vine me dirá: ‘Tengo mucho gusto de verlo’. Y Dios santo, qué bueno es que lo vean a uno. Reunir valores espirituales. Apretar el puño mientas se van por entre los dedos. Escapar de los miedos. ¿Qué fue lo primero que hice cuando volví al mundo después del entierro? Me hice lustrar los zapatos” (Pág. 29)

El anterior fragmento no tiene mayor exigencia a nivel de narrador, puesto que la primera persona de Cornelius Christian se mantiene constante. Sin embargo, estas pocas líneas están abordando de manera paralela bastantes asuntos: en primer lugar, se hace una descripción del contexto –la esquina, la calle, el restaurante- e, incluso, del mecanismo de una máquina de los billetes; asimismo, se sitúa un estado emocional de Christian, quien se encuentra preocupado por la pérdida de un botón justamente en el momento previo a una charla con su jefe; además de ello, hay una prolepsis sobre lo que dirá Vine cuando lo vea, y ese cambio de tiempo genera una reflexión sobre los miedos y la compañía y; por último, como si fuese poco, el personaje plantea una pregunta que, a modo de analepsis, le recuerda una acción irónica de su pasado.

Como se ve, en la narración los discursos particulares van alternándose de forma rápida, hecho que obliga a atenderlos mentalmente en ese mismo orden y a jerarquizar de acuerdo a su constancia qué resulta de ellos significativo en términos del sentido general de la novela. La descripción de aquella máquina de billetes, por ejemplo, podría no representar mucho a lo largo del relato, en cambio, tal vez sí esa pequeña cavilación lanzada como al azar por Christian sobre lo positivo de “ser observado”. Esta otra escena transcurre en el sauna del Club Deportivo que frecuenta el personaje:

“Christian hace una almohada con una toalla para acostarse en la caliente bruma. Mira el techo blanco desde el banco. Calor y quietud. Los músculos se distienden. Gotas de dulce sudor. El vapor entra en los pulmones. Llegué a esta ciudad colmado de una explosiva esperanza. Para encontrar que todo se volvía en contra de mí. Hasta que se alzaron los duros muros grises de la lucha. Y todos mis pesares retrocedieron. Apilados como rascacielos en el corazón. Pero puede llegar cualquiera. Para derribarlos. Sus restos esparcidos por toda el alma. Y los que empujan tienen los dientes postizos, las narices y las orejas con operaciones de cirugía plástica. Para adquirir mejor aspecto. De esa manera pueden meterse en nuestra vida sonriendo a nuestro portero al entrar. He visto un cartel que decía: ‘No pierda la oportunidad de trabajar en la zona céntrica’. Otra calumnia contra  Brooklyn y mi querido Bronx. Cuyos ciudadanos salen del metro para vender a los personajes su interminable provisión diaria de camisas, zapatos y jabones. A los personajes que usan los gruesos anillos de sus universidades y tienen aire de regresar a los suburbios elegantes donde viven tragando cocktails en los bares de los trenes que se mecen sobre las vías (…)” (Pág. 118)

En este caso, el foco narrativo sí cambia, pasa de una tercera persona al inicio del fragmento a la primera apenas un par de renglones después. La alternancia se da para saltar de un estado externo-objetivo –Cornelius Christian está preparando una almohada y se acomoda en el sauna- a otro interno-subjetivo –en el que el personaje empieza una larga introspección sobre lo que ha sido su vida en Nueva York. Por otra parte, así como sucede en el otro extracto, aquí Christian, cuando asume la narración, aborda varios temas al mismo tiempo: las esperanzas que traía de Europa, la lucha que se ha establecido entre él y la ciudad, y la forma en la que se materializa la diferencia social entre los habitantes pobres y los ricos.

Valga, por último, decir que, la puntuación libre de Donleavy contribuye a un flujo más complejo de la narración –más denso o tranquilo, según el caso-, y que cuando se hace aún más voluntariosa se torna de un automatismo increíble, como si se tratara de listas de ideas. 
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Un poco olvidada en medio del conjunto exorbitante de la literatura estadounidense, Cuento de Hadas en Nueva York es una novela irónica, crítica y sutil.


NOTAS:

[1] ANÓNIMO (1995) J.P. Donleavy, en The New  Encyclopædia Britannica (Vol. 4). U.S.A.: Encyclopædia Britannica, Inc. p. 177. (La traducción es nuestra).
[2] AUGÉ, Mark (2003) El Tiempo en Ruinas. Barcelona: Editorial Gedisa. p. 103.

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