AUTOR: Honoré de Balzac
TÍTULO: Las Ilusiones Perdidas
EDITORIAL: De Bols!llo, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2007
PÁGINAS: 733
TRADUCCIÓN: José Ramón Monreal 
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez
La entrada correspondiente a Balzac de la Enciclopedia Hispánica comienza con la siguiente declaración: “si la Comedia de Dante pretendía ser ‘divina’, la de Balzac era, sin lugar a dudas, ‘humana’, y, por serlo, participaba de lo humano con todas sus consecuencias” [1]. Nada más cierto, siendo La Comedia Humana, no sólo el proyecto narrativo más ambicioso del siglo XIX, sino también uno de los acercamientos más complejos a la realidad que ha elaborado la literatura, hecho, justamente, a través de la captura en esa realidad de la multiplicidad de manifestaciones y discursos del ser humano.

Poco importa que Balzac no haya alcanzado a escribir las 137 novelas que se propuso incluir dentro de La Comedia Humana, pues, en conjunto, las obras terminadas suman junto a las inconclusas un número mayor a aquel y, éste, anexado al de sus ensayos, artículos y escritos firmados con pseudónimo, termina siendo, incluso, abrumador. Lo cierto es que son casi tres mil los personajes creados –con nombre- por Balzac, y esta es una cifra que impresiona, no por su amplitud en sí misma, sino por la delicadeza del autor para trazar una cadena de relaciones que incluya tantos perfiles sin caer en la confusión.


Se requiere la mente de un genio para emprender una tarea de esta envergadura pero, además, una disciplina esforzada para sobrellevarla. En el caso de Balzac, las jornadas de trabajo se extendían entre 14 y 16 horas por día, teniendo como único auxilio frente al cansancio y el sueño, el café que consumía en cantidades exorbitantes (y que, a la larga, contribuyó a la mengua de su salud). Ni siquiera el frecuentar, en su momento, los más importantes salones de París –el mismísimo Faubourg Saint-Germain, al que le abrió las puertas Madame de Castries (“su segunda musa”)-, pudo apartar a Balzac de esa escritura obstinada, sin la cual habría sido imposible retratar la Francia en la que le correspondió vivir:

“These novels are unsurpassed for their narrative drive, their large casts of vital, diverse and interesting characters, and their obsessive interest in the examination of virtually all spheres of life: the contrast between provincial and metropolitan manners and customs; the commercial spheres of banking, publishing and industrial enterprise; the worlds of art, literature, and high culture; of politics and partisan intrigue; of romantic love in all its aspects; and the intricate social relations and scandals among the aristocracy and the haute bourgeoisie” [2]

Ningún aspecto de su siglo, como se ve, pretendía ser excluido por Balzac de La Comedia Humana, básicamente porque la ausencia de cualquiera de ellos implicaría la pérdida del engranaje total. Todo tendría que estar presente en sus novelas: el espíritu industrial, el creciente poder comercial de la burguesía, la aristocracia aferrada a sus prerrogativas, la rutina campesina, los sueños de los provincianos llegados a París –uno de sus temas predilectos-, las frustraciones de la vida conyugal, el arte y la literatura; cada cosa, sin excepción tiene su sitio en las obras de este autor y, por esta razón, puede decirse, sin ostentaciones vanas, que Balzac escribió sobre todo aquello de lo que podría hablarse en su siglo.

Las bases teóricas para la elaboración de La Comedia Humana las obtuvo Balzac, por un lado, de Lamarck y su tesis sobre la transmisión de las cualidades adquiridas y, por otro, de Saint-Hilaire en lo que corresponde a la posibilidad de unión de los relatos. Balzac pensaba que, así como sucede en el mundo biológico, las sociedades también crean “especies” que deben adaptarse a las condiciones de su medio y que las características de dicha adaptación son transmitidas socialmente mientras la realidad objetiva se mantenga; en este sentido, fue importante para Balzac rastrear la manera como la Revolución del siglo anterior había transformado las formas de ser de los franceses y, por supuesto, de qué manera la misma reconstrucción de Francia abanderada por Napoleón traía al país cambios en grupos como la burguesía, la aristocracia, los industriales, clérigos, artistas, etcétera.

Asimismo, Balzac siempre tuvo claro que ese examen de las condiciones sociales no podía abordarse de manera independiente, pues ninguna clase social existe efectivamente sin las otras; es decir, del modo como en la naturaleza todo se expresa con relación al conjunto de lo que existe, las obras particulares deben crearse como partes de un compuesto que las justifica y les otorga su pleno sentido. Esta idea explica la reaparición de personajes o eventos en sus novelas y la expansión inevitable de ese mundo que, como descripción concienzuda del real, no podía minimizarse o expresarse de forma meramente simbólica.

Pues bien, dentro de ese vasto universo que es La Comedia Humana, hay algunos títulos que han brillado con luz propia, alcanzando mayor renombre que los otros. Allí están, por ejemplo, Le Père Goriot (1834), Eugénie Grandet (1834) y, por supuesto, Les Illusions Perdues (1837-43), obras que destacan por su penetración psicológica, crítica y calidad de escritura. 

El caso particular de Las Ilusiones Perdidas sorprende, en primer lugar, por ser la novela más extensa de Balzac, compuesta por tres partes publicadas originalmente de forma independiente –Los Dos Poetas, Un Gran Hombre de Provincias en París y Los Sufrimientos del Inventor-, y continuada en Esplendores y Miserias de las Cortesanas (1843). Es decir, estamos ante una obra que alcanza casi, por sí sola, las mil páginas; que, además, construye vínculos constantes con otras novelas –Le Cousin Pons, Cesar Birotteau o el mismo Le Père Goriot, por citar algunas- y que, por si fuera poco, constituye una de las muestras más espléndidas de ese logro que Batjín atribuye a Stendhal y Balzac: “convertir a personas cualesquiera de la vida diaria, en su condicionalidad por las circunstancias históricas de su tiempo, en objetos de representación seria, problemática y hasta trágica” [3].

En Las Ilusiones Perdidas, Honoré de Balzac se enfrenta de modo prolijo a los asuntos transversales de su literatura, precisamente desde esa convicción del tratamiento serio, problemático y trágico. Serio, porque la documentación y la experiencia que hay detrás de la escritura no dan espacio a las especulaciones de ningún orden; problemático, porque cada uno de los personajes presentes en la historia lleva consigo el peso de un conflicto social o personal que se erige en su propio drama y; trágico, porque, como bien lo explica su título, la novela es el retrato de la decadencia, de las ilusiones que no germinan en el suelo de la ambición, la hipocresía y la indolencia.

Como ocurre con la mayoría de sus obras, Las Ilusiones Perdidas fue escrita por Balzac bajo una condición extrema: las deudas que fueron una constante en su vida, redoblaban su rigor en esa época, su estado de salud no era óptimo, y veía subsumirse el valor per se de su creación dentro del mezquino negocio editorial. “La vida es muy dura –suspiraba Balzac entonces-, y no vivo con placer”, pero como sucede con los espíritus mejor constituidos: 

“La primera parte de Las Ilusiones Perdidas fue llevada a cabo en veinte días; añadamos que Balzac nunca había escrito nada tan bello. La desgracia agudizaba su talento y jamás asunto alguno había estado tan cerca de él. Allí podía verter toda su amarga tristeza. Tema inicial: comparación entre las costumbres provincianas y las costumbres parisienses. Quería denunciar las ilusiones que uno se forma en provincias; mostrar a un joven que se considera un gran poeta y a una mujer que le mantiene en esta creencia y que le lanza, pobre y sin protección, en pleno París” [4]

Como menciona Maurois, en efecto, la cercanía de Honoré de Balzac a los asuntos descritos en Las Ilusiones Perdidas era, en buena medida, personal. Muchas de las deudas a las que se vio sometido desde su juventud provenían del fracaso de sus incursiones en el terreno de la impresión y la edición, temas importantes en la novela; Balzac conoció, además, el mundo del periodismo, por lo cual pudo dar cuenta de primera mano de sus maquinaciones e; incluso, la misma iniciativa de ese poeta de provincia que se lanza a París, Lucien Chardon, reproduce en alguna medida, al Balzac, que tras renunciar a su carrera de leyes, decidió dedicarse a la literatura.

Balzac escribió Las Ilusiones Perdidas en su pequeña habitación de Saché, en donde, según él, habían transcurrido las horas más solemnes de su vida intelectual. El ritmo de trabajo, aunque bastante dilatado al inicio (de 1829 a 1836 no hubo avances significativos), se tornó tan vertiginoso que su salud sintió los embates de ese esfuerzo, llevando al autor a considerar varias veces la posibilidad de trasladarse a un sitio de reposo [5]. El 10 de julio de 1836, sin embargo, estuvo lista la primera parte de la novela y Balzac viajó a París para entregarla a impresión, con la consabida dedicatoria de la misma a Víctor Hugo, quien –decía el autor-, en su calidad de poeta y periodista, podría comprenderla plenamente.

El tema de Las Ilusiones Perdidas

Intentar un resumen de Las Ilusiones Perdidas es una tarea difícil y, sobre todo, contraria al espíritu propio de Balzac que es el de la amplitud y el desarrollo. Sin embargo, es perentorio trazar unas líneas generales sobre la novela, para que quienes no la hayan leído puedan acercarse a los análisis que más adelante se presentan.

La historia, como se dijo, está dividida en tres partes; la primera de ellas se titula Los Dos Poetas y nos presenta a David Séchard y Lucien Chardon, jóvenes oriundos de Angulema, unidos por una amistad casi familiar. David ha regresado de París después de ilustrarse como impresor y, tras un intrincado negocio con su padre –un usurero sin escrúpulos- ha tomado las riendas de la Imprenta Séchard, venida a menos desde hace un tiempo. Por su parte, Lucien es un joven refinado, aunque hijo de un farmaceuta, y compone versos con los que sueña alcanzar la gloria de la poesía.

Toda la primera parte de la novela gira en torno a estos dos personajes: David Séchard se casa con la hermana de Lucien,  Ève, y junto a ella y su madre se mudan a la imprenta para trabajar allí. Por su parte, Lucien gana poco a poco un cierto reconocimiento y el favor de Madame de Bargeton, la mujer que le abre las puertas a la aristocracia de Angulema, reunida noche tras noche en su salón; con ella, a pesar del rechazo que suscita en la mayoría de conocidos de la mujer, Lucien sostendrá una relación y se escapará hacia París, tras hacer contraer a David y Ève –deseosos de contribuir a la felicidad del poeta- varias deudas.

La segunda parte de la obra, que es a la que Balzac dedica más páginas es Un Gran Hombre de Provincias en París y, como debe suponerse, se centra en el retrato de los dos años que permanece Lucien Chardon en esa ciudad. Rechazado por Madame de Bargeton casi recién instalados en la ciudad, a raíz de la falta de refinamiento y recursos del joven para ser aceptado en la alta sociedad, Lucien debe renunciar, por un lado, a la protección que había prometido aquella mujer y, por otro, a su rápido ascenso social. Con todo, su orgullo rápidamente es repuesto e inicia una carrera desde abajo para demostrar que su talento como poeta está por encima de cualquier mente aristocrática.

Se instala Lucien en uno de los sectores más pobres de París y vive inicialmente del dinero enviado desde Angulema por su cuñado y hermana. Allí conoce a Daniel d’Arthez –el importante filósofo de La Comedia Humana-, quien trata de mostrarle el camino recto y virtuoso hacia la gloria; pero también a Étienne Cousteau, un periodista sin escrúpulos que se convertirá en su puerta de ingreso al mundo de la prensa, cargado de favores, venganzas, fraudes y falsos éxitos. Sorprendido por el triunfo que le ofrece un primer artículo escrito para un periódico, Lucien se olvidará, paulatinamente, de d’Arthez, y se hundirá en las tramas del periodismo, sin importar qué deba escribir e, incluso, el tener que ir en contra de sus propios principios.

Lucien conocerá, además, a Coralie, una hermosa actriz de teatro con la que sostendrá una relación caracterizada por el derroche y la fatuidad; irá comprando su reconocimiento, vendiendo favores políticos y artísticos, atacando por turno a quien corresponda, y olvidándose de trabajar ya en el sentido de su vocación poética. Pronto, inclusive, llegará a atacar a la mujer que lo traicionó, Madame de Bargeton y a su nuevo amante, Monsieur du Châtelet. 

En la cúspide de su carrera, tendrá a la aristocracia entera entre sus manos, pues un artículo suyo convierte a la opinión pública en su defensora o enemiga. Sin embargo, la vanidad de Lucien, su deseo de ingresar a ese mundo que una vez le cerró las puertas, de lucir no el burgués apellido de su padre, sino uno nobiliario como Lucien de Rubempré, le hará caer en una trampa preparada por su gremio y la alta sociedad para reducir el poder de ese hombre crecido ante sus ojos. Desde entonces, la caída, la pérdida de todo aquello que alcanzó se hará irremediable, y la lista de sus males empezará a crecer como antes la de sus triunfos: la ludopatía, la muerte de Coralie, el rechazo de sus antiguos “amigos”, el poco éxito de sus publicaciones, la pobreza y la burla.

Finalmente, en la tercera parte de la novela, Los Sufrimientos del Inventor, Balzac vuelve a la provincia de Angulema, para describir la dura vida que ha tenido que enfrentar David Séchard y su esposa, en buena medida, por apoyar económicamente a Lucien. David, durante la estadía de su amigo en la capital ha permanecido embebido en el descubrimiento de un papel que reduzca los precios de producción, descuidando, por ello, las labores de la imprenta, que sólo ha podido mantenerse a flote gracias a la habilidad de Ève para hacer frente, primero, a los hermanos Cointet que monopolizan el trabajo impresor y, segundo, al propio abandono de su esposo, atrapado en los laberintos de la invención.

Cuando Lucien regresa a Angulema, sin dinero ni brillo literario, encuentra a su cuñado escondiéndose de la justicia que busca enviarlo a la cárcel por sus deudas, y a los hermanos Cointet a punto de quedarse con lo poco que resta de la imprenta. Así, pues, será el momento en el que Lucien Chardon tendrá que decidirse a tomar parte en el desajuste que ha creado y alejarse, de ser posible, de su temperamento y vanidad para darles algo a aquellos seres que antes dieron todo lo que tenían por él.

Entre la provincia y la ciudad

Las Ilusiones Perdidas, si bien hace parte de los estudios de costumbres que Balzac organizó como Escenas de la Vida Provinciana, en realidad, establece un examen mucho más amplio de la sociedad francesa, pues involucra también las formas de vida de París como ciudad. En este sentido, es preciso abordar los dos contextos para observar sus particularidades y los aspectos que con mayor ahínco critica Honoré de Balzac.

La provincia (Angulema). Contrario a lo que podría pensarse, la vida de provincia no se limita al estudio de lo rural. Balzac demuestra en la novela que los discursos más importantes de su época trascienden el espacio de la ciudad hasta permear otros significativamente. De esta manera, en Angulema es posible encontrar una creciente industria y comercio –dos de las prácticas fundamentales de la burguesía-, materializadas ya en los padres de David Séchard, que es impresor, y de Lucien Chardon, farmaceuta. En otras palabras, ellos son resultado del espíritu de la burguesía provinciana y, a su manera, reproducen la búsqueda de ella en su sentido comercial e inventivo.

Pero, así como el discurso burgués está presente en la provincia, también lo está el aristocrático. Ya la designación de la provincia como Angulema conlleva a una falsa interpretación, porque Angulema es apenas el sitio en el que se emplazan las casas de las familias ilustres, con cargos políticos y títulos nobiliarios. En el Houmeau –el sector bajo del pueblo- se hallan las propiedades de los burgueses; es decir, hay una especie de simbolismo en la forma en la que está dispuesto el lugar y que señala una diferencia inquebrantable entre ambos sectores, incluso, amparada por esas murallas que describe Balzac como vestigios de las guerras santas. Así está puesto en el libro:

“El barrio del Houmeau se convirtió por tanto en una ciudad rica e industriosa, en una segunda Angulema, que despertó celos en la ciudad alta donde quedaron la Prefectura, el Obispado, el Palacio de Justicia y la aristocracia. Así, el Houmeau, a pesar de su activa y creciente pujanza, no fue sino un apéndice de Angulema. En las alturas, la Nobleza y el Poder; abajo, el Comercio y el Dinero; dos esferas sociales que en cualquier parte son perpetuamente enemigas; por ello, es difícil adivinar cuál de las dos ciudades odiaba más a su rival” (Pág. 42)

Los sectores sociales siempre están perfectamente delimitados en la literatura de Balzac y la dinámica de sus novelas se genera, precisamente, cuando esos límites son franqueados por la ambición, los favores o la decadencia de una familia. Lo sustancial en Las Ilusiones Perdidas es, ante todo, esa lucha establecida entre la burguesía y la aristocracia, sea en el campo de la provincia o la ciudad. En el primer caso, todas esas descripciones que hace Balzac del modo en el que David Séchard desarrolla sus investigaciones sobre el papel, o cómo los hermanos Cointet monopolizan el trabajo de los impresores, da luces sobre la connotación burguesa de la vida en Angulema; pero, asimismo, ese cerrado sector de la nobleza al que un día, de repente, accede sorprendido Lucien, también está retratado en sus intrigas, en esa manía enferma de reproducirse a modo de espiral sin osarse a abrir sus puertas definitivamente.

Lo curioso de estos dos sectores es que, irónicamente, ambos están destinados a protagonizar los males de su época. Tanto la burguesía como la aristocracia tropiezan con la ambición, el oportunismo, la indolencia: el viejo Jérôme-Nicolas Séchard representa la usura de los propietarios, pero, Monsieur du Châtelet, la especulación de los cortesanos; los hermanos Cointet la avaricia y la estrategia criminal, pero, Madame de Bargeton, la desidia, la inconstancia; de suerte que, puestos en una balanza, no se sabe a ciencia cierta cuál de todos estos personajes resulta más malicioso. La única diferencia –se dirá al final de la novela- es que los grandes nombres cometen las mismas bajezas de los miserables en la sombra, mientras hacen gala de sus virtudes públicamente, para pasar por buenos.

La ciudad (París). La cualidad más notoria de París frente al paisaje provinciano de Angulema es que allí la maledicencia tiene la magnitud de su territorio. Cada depravación, cada crimen se multiplica hasta alcanzar dimensiones vergonzosas, hasta hacer casi imposible permanecer en sus calles sin contaminarse por el vicio. De manera que, para alguien como Lucien, que llega con las expectativas de la París literaria, el primer descubrimiento no es artístico, sino social: su propia degradación de la compañía de Bargeton, que lo expulsa una vez se persuade de que junto a él será señalada por toda la ciudad.

“Durante su primer paseo en el que vagó por los bulevares y la rue de la Paix, Lucien, como todos los recién llegados, se preocupó mucho más por las cosas que por las personas. En París son las masas lo primero que llama la atención: el lujo de las tiendas, la altura de las casas, la afluencia de coches, el contraste entre un lujo exagerado y una exagerada miseria es lo que impresiona antes que nada. Sorprendido por aquella muchedumbre en la que era un extraño, este hombre de imaginación sintió como una especie de desmedro de sí mismo. Las personas que disfrutan en provincias de algún tipo de consideración y que encuentran a cada paso una prueba de su importancia, no se acostumbran a esta súbita y total pérdida de su valor. Ser algo en la propia región y no ser nada en París son dos estados que exigen cierta transición; y quienes pasan demasiado bruscamente del uno al otro caen en una especie de anulación” (Pág. 174)

Así, la primera característica de París como sociedad es la exigencia de un nombre que pueda ser lo suficientemente conocido como para no perderse dentro del conjunto de seres anónimos que pululan en las calles. Y ese requerimiento, a su manera, lleva a la gente a perseguir cualquier camino de reconocimiento, sin importar que esté o no en el terreno de la virtud. “El oro –se dice Lucien- es el único poder ante el cual esta gente se arrodilla” y, en consecuencia, tras él se dirigen aquí y allá todos los ciudadanos: el uno engañando a sus amigos, el otro utilizando a la prensa, uno más apelando al origen de su familia y el último chantajeando sin reparos. 

Ya, al final de su estadía allí, confesará Lucien a Ève: “París reúne toda la gloria y toda la infamia de Francia”. Quien entiende el mecanismo de sus juegos, podrá mantenerse a flote y obtendrá muchos beneficios; pero para quien es moral y tiene todavía un poco de conciencia, París se convertirá en una bestia que le enseñará sus dientes mientras lo hunde para siempre en sus tierras. 

Uno de los principales males de París es el periodismo, porque sobre él se encuentra fundado todo un mundo de mentiras e hipocresía. De Cousteau aprende Lucien que “la polémica es el pedestal de las celebridades” y que, por este motivo, se halla en las manos de los periodistas determinar a quién convertir en un artista o político exitoso, y a quién, por el contrario, castigarlo con la ignominia, con la burla. El periodismo es una maquinación –conocida bien de cerca por Balzac- que, aunque para entonces aún se hallaba en sus albores, constituía ya en Francia una fuerza a la que no podía enfrentarse prácticamente nada. Así como un artículo de prensa llevó a Coralie a la cumbre de su carrera, otro la hundió tiempo después en el fracaso; y, del mismo modo, como Lucien dirigía inicialmente sus críticas desde los flancos de la prensa, más tarde se convirtió en su víctima predilecta:

“El periodismo, en vez de ser una especie de sacerdocio, se ha convertido en un medio en manos de los partidos; de medio ha pasado a ser un negocio; y, como todos los negocios, no tiene ni credo ni ley. Todo periódico es, como dice Blondet, una tienda en la que se venden al público palabras del color que éste quiere. Si existiera un periódico para jorobados, probarían mañana y tarde la belleza, la bondad y la necesidad de los jorobados. Un periódico no está hecho ya para ilustrar, sino para halagar las opiniones. Por ello, dentro de un tiempo, todos los periódicos serán viles, hipócritas, infames, mentirosos, asesinos; matarán las ideas, las filosofías y a los hombres, y florecerán por eso mismo. Disfrutarán del privilegio de todo organismo colectivo: se hará el mal sin que nadie sea responsable de ello (…) El periódico puede permitirse la más abyecta conducta y nadie se cree personalmente manchado por ella” (Pág. 333)

Pero, el periodismo no es el único mal de París, es apenas una de las manifestaciones de su vileza. También está el continuo ánimo de lucro: el negocio editorial favorece el comercio en vez del arte; los políticos ofrecen sus favores al postor de turno; las actrices se prostituyen con quienes mejor las retribuyan; y nadie está del lado del desafortunado, del humanista o del justo. Si uno no se sabe sujetar con fuerza a las cuerdas de este materialismo, tarde o temprano caerá sobre el suelo, o reservará –como d’Arthez- su gloria a una futura comprensión. 

Por demás, son constantes en Las Ilusiones Perdidas todas las otras formas de la maldad humana: la hipocresía en la vida del periodismo, la indolencia hasta de aquellos que en su momento parecieron amigos, las adicciones al juego causadas por el afán de poder, el aniquilamiento de la seguridad, la inteligencia puesta al servicio de la picardía, la visión del otro como medio, los ardides con que los amantes escapan de sus culpas, el desprecio inhumano hacia lo que no es fino, costoso o exclusivo, el abotagamiento de la conciencia colectiva inmersa en una opinión que no es pública sino privada y, en fin, el florecimiento de todas las formas de la inmoralidad.

Lucien Chardon, poeta

Para comprender cabalmente el perfil de Lucien Chardon como poeta es necesario no perder de vista los rasgos sociales descritos más arriba, pues, siguiendo la idea de las “cualidades adquiridas” de Balzac, los comportamientos de sus personajes se explican, ante todo, por la tensión ejercida entre ellos y la sociedad. Por otra parte, dada la predilección del autor por esos personajes que son capaces de conducir su ambición personal por el territorio de una sociedad que intenta a toda costa cerrarles el paso, de entrada es justo atribuir a Chardon una personalidad heroica, de cuño moderno, que asume dos propiedades básicas: el talento y la decadencia. Al respecto, Pavel escribe lo siguiente:

La Comedia Humana rebosa de personajes animados por una energía tan inagotable como de la que disponían los héroes de las novelas antiguas y barrocas. Sin embargo, Balzac, hombre de su tiempo, dota a esos personajes fuera de lo común con dos dimensiones modernas e inéditas. Una es la especialización profesional: la grandeza de esos hombres y de esas mujeres no se resume en el valor marcial y en la castidad, sino que se manifiesta en una multitud de vocaciones concretas (…) La otra dimensión moderna es la posibilidad de la decadencia. Mientras que los héroes de las viejas novelas desafían sin riesgo a la adversidad, seguros de que en todo momento pueden contar con la ayuda de la Providencia, los personajes de Balzac, por el contrario, al recibir de ésta el doble don inicial de su talento y de la energía necesaria parta manifestar su potencial, sólo cuentan con ellos mismos (…) Nacidos en una sociedad que desconfía de la fuerza y de la originalidad, esos personajes se encuentran ante una elección cuyas consecuencias no siempre sospechan: son libres de dedicar toda esa energía a cualquier gran empresa sin que las tentaciones del mundo circundante los aparten de su camino, pero también son libres de extraviar esa energía poniéndola al servicio de los deseos generados por tales tentaciones y de malgastar así la superioridad innata de su talento” [6]

En términos prácticos esto significa que Lucien Chardon, como todo personaje protagónico de Balzac, tiene una vocación concreta, que en su caso es la poesía, y que ese talento, por otra parte, lo dirige libremente, a veces de modo positivo –en la redacción disciplinada y conciente, en la observación del mundo que describe-, pero también, en otras ocasiones, de forma negativa –como cuando prescinde de él en favor de la fatuidad parisiense, el periodismo o su manía de convertirse en dandy-. 

Ahora bien, si es verdad que Chardon tiene un indudable talento como poeta –y para probarlo basta leer alguno de los poemas que reproduce el libro-, no es menos cierto que la mayoría de veces conduce su energía negativamente. Lucien Chardon confunde con demasiada frecuencia la sensibilidad y orgullo de los poetas, con el refinamiento fútil y la vanidad; a lo largo de toda la historia, dedica más tiempo a presumir su condición creadora que a escribir verdaderamente, y no concibe la posibilidad de ser un poeta ajeno a la gloria, algo que en el fondo escapa al sentido real de la poesía.

Durante su juventud la poesía es, en realidad, su lenguaje; entonces su genio no pasa desapercibido, ni por su familia ni por Angulema en general. Pero, el encuentro con la suntuosidad y la distinción de los salones en los que le recibe Madame de Bargeton cambian tan radicalmente su visión del mundo, que Chardon cree que, para él, el hijo de un simple farmaceuta, la única manera de alcanzar algún día ese mundo es su propio talento. Desde ese preciso momento, la poesía deja de ser un fin para Lucien Chardon, y se convierte en su medio para ascender socialmente. No será ya el reconocimiento como poeta lo que busque, sino la desenvoltura de los nobles, esa prontitud con la que disponen todo bajo sus órdenes, ese poder con que rigen cualquier cosa existente.

Como los diplomáticos, Lucien Chardon se convence de que el fin justifica los medios, y lo hace, incluso, antes de salir de Angulema, porque es en su pueblo en donde abjura de su propia condición frente a Bargeton, como prueba de su fidelidad a ella y como agradecimiento por su promesa de presentarlo ante la alta sociedad parisina. Chardon considera que el genio es siempre noble, que no puede manifestarse en la pobreza o la necesidad, que su verdadero lugar se encuentra en el lujo, en una riqueza que no opaque su esplendor, sino, antes bien, lo celebre solemnemente. En un diálogo que sostiene con el obispo de Angulema, afirma lo siguiente:

"El vulgo no tiene ni su inteligencia ni su caridad (la del obispo). Nuestras pesadumbres son ignoradas; nadie sabe de nuestros esfuerzos. El minero tiene menos dificultad en extraer el oro de la mina que lo que a nosotros nos cuesta arrancar nuestras imágenes de las entrañas de la lengua más ingrata que exista. Si el fin que persigue la poesía es poner las ideas en el punto concreto en el que todo el mundo pueda verlas y sentirlas, el poeta debe recorrer sin cesar la escala de las inteligencias humanas a fin de satisfacerlas a todas; debe disimular bajo las más vivas tonalidades la lógica y el sentimiento, dos potencias enemigas; tiene que reunir todo un mundo de pensamientos en una palabra, resumir sistemas filosóficos enteros por medio de una descripción; y, por último, sus versos son semillas cuyas flores han de germinar en los corazones procurando encontrar en ellos los surcos abiertos por los sentimientos personales. ¿No hay que haberlo experimentado todo para poder expresarlo todo? Y sentir vivamente, ¿no es sufrir? Por consiguiente, la poesía no se crea sino tras penosos viajes que se emprenden a las vastas regiones del pensamiento y la sociedad" (Pág. 107)

En estas palabras se percibe la gran estima que Lucien Chardon profesa por la poesía, ese esfuerzo sobrehumano por traducir en palabras el flujo de la vida. Sin embargo, justamente, por tratarse de una labor a la que el destino convoca a muy pocos –el mismo Lucien se siente como un ángel en medio de las risas burlonas del infierno-, el personaje comprende que el poeta debe gozar de todos los privilegios, que ante él debe inclinarse sin excepción cada rostro, que debe ser admirado en cualquier sitio e indultado de cualquier compromiso porque no es otra cosa que el depositario de las verdades divinas y superiores. 

Ese es el conflicto de Lucien Chardon: la excesiva vanidad en la que vierte la poesía. Y por eso sueña inocentemente con el brillo que traerá para él Las Margaritas –su libro de poemas- en París, esa ciudad que se imagina, antes de llegar, como un paraíso literario, sin las indiferencias e incomprensiones de la mal educada Angulema. El choque con la realidad será hasta tal punto fuerte, precisamente debido al orgullo del personaje; pero, en últimas, el rechazo que encuentra en las editoriales, en la nobleza y en muchos de sus amigos periodistas, pronto le demuestran que, si su deseo es el poder y el honor nobiliario, hay, además de la poesía, otros caminos más rápidos para alcanzarlos.

Los últimos rastros de su genio poético mueren con su rechazo a las ideas de Daniel d’Arthez, porque las palabras de ese bravo amigo, sincero y filosófo, le recuerdan la virtud que él desea olvidar. D’Arthez es la personificación del escritor puro, entregado a su oficio con esa férrea convicción que le protege de las trampas sociales; inseguro de obtener la gloria en vida, pero decidido a entregarse mientras vive a lo que su vocación lo llama: a escribir honesta y pacientemente, porque la paciencia es aquello que “más se parece a lo que la Naturaleza emplea en sus creaciones”. Esos mismos abatimientos del poeta, que responde Lucien Chardon huyendo hacia la presunción de los salones, la combate d’Arthez con el conjuro de su pluma, la meditación y el refuerzo de esta doctrina concluyente: el artista, antes de pertenecerse a sí mismo, se debe a la humanidad.

Después, cuando se persuada de que la poesía no es celebrada más que por algunas mentes privilegiadas, Lucien se olvidará casi por completo de ella, pero antes, tendrá la osadía de chantajear a un editor para obtener de él la publicación de su libro. Sin escrúpulos, se apropiará de un principio que ha aprendido de su Coralie: “los hombres deben ser medios en manos de las personas fuertes”, y probará que “cuanto más crece el talento, más se seca el corazón”. 

Y es que la poesía es un negocio en París, culpar a Chardon de su abjurar de la misma poesía, es señalar con ello al propio centro de la sociedad que desprecia este noble oficio: los editores se quejan de que la poesía acaba con sus negocios, así que ofrecen a los poetas tratos prostituidos por su trabajo; como mezquinos, dudan de la posibilidad de que existan dos éxitos bajo el mismo sol; y de todo esperan, con usura, sacar el máximo provecho:

“El precio que hemos de pagar por vivir, el tema por el cual durante noches de estudio, nos hemos devanado los sesos, todas esas incursiones en los campos del pensamiento, el monumento que nos construimos con nuestra sangre, se convierte para los editores en un buen o mal negocio. Vender o no su obra, en esto consiste para los editores todo el problema. Un libro representa para ellos un capital que han de arriesgar. Cuanto mejor es el libro, menos probabilidades tiene de venderse. Todo hombre superior se eleva por encima de las masas; su éxito, está en relación directa con el tiempo necesario para que su obra sea apreciada. Ningún editor quiere esperar. El libro de hoy ha de venderse mañana. Con esta filosofía, los editores rechazan los libros sustanciales, que requieren tiempo y juicios competentes para ser apreciados” (Págs. 294-295)

Estas y otras sutilezas, consideradas por Lucien Chardon como insuperables, son las que lo inclinan hacia el trabajo periodístico. De alguna manera, es como si su fortaleza de poeta, fuese vencida por la embestida de las otras fuerzas y, prefiriendo el camino más sencillo, dejara atrás los dilemas y cuestionamientos serios. Por tal razón, puede afirmarse que la resistencia de su talento es poca frente a la influencia externa, tanto por la falta de confianza en su vocación, como por el encantamiento que produce en Lucien la vida de dandy, el juego y las manipulaciones periodísticas. De allí la profundidad de las palabras con que d’Arthez describe a Lucien ante los ojos de su hermana:

“La sociedad, cosa bien extraña, es mucho más indulgente con los jóvenes como él; los quiere, se deja seducir por el atractivo de sus prendas exteriores; no les exige nada, disculpa todos sus errores, da por descontada su perfección permaneciendo ciega a sus defectos, y los convierte así, finalmente, en sus niños mimados. Por el contrario, es de una severidad sin límites con las naturalezas fuertes e íntegras. Pero es precisamente así como la sociedad, aunque en apariencia puede parecer injusta, es tal vez sublime. Se divierte con los bufones, sin pedirles nada más que diversión, pero los olvida muy pronto, mientras que para doblar la rodilla ante la grandeza le exige a ésta unas dotes divinas. A cada cosa su ley: el diamante eterno no debe tener ninguna impureza, mientras que la creación efímera de la Moda tiene derecho a ser ligera, extravagante y sin consistencia” (Pág. 536)

Como el mismo d’Arthez afirma, más que poeta, Lucien posee un temperamento poético y este hecho ciega su pensamiento y lo arrastra hacia todos aquellos ámbitos que puedan alagar su inteligencia. “Dentro de cada poeta se esconde una bella mujer de la peor especie” –confiesa a su madre, la hermana de Lucien-, y tal vez sea, aún más cierto, como se dice al final de la novela, que más que poeta, Lucien es “una novela continua”. Lo cierto es que ese espíritu poético que alguna vez, en sus años de Angulema, brotó puro y majestuoso en su pecho, sufrió un primer golpe cuando el poeta puso sus pies en los salones de la nobleza y, más tarde, en París, una tras otra recibió las estocadas mortales con las que vino a dar al suelo de la vergüenza.

Platón propuso tres formas de vida en La República: la apoláustica, la política y la filosófica. La primera, busca alcanzar el placer a través de los bienes materiales, algo que persiguió Lucien Chardon exhaustivamente; la segunda, demanda los honores y el reconocimiento social, y con el empeño con que debió sentarse a escribir este poeta, quiso también cambiar su nombre por uno nobiliario; la última, implica una práctica de reflexión sobre la vida y, por supuesto, sobre los bienes y honores que, sin virtud, se convierten en vicios tiránicos sobre los hombres: de esta clase de vida huyó siempre Lucien Chardon [7].
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Las Ilusiones Perdidas es una obra monumental, exigente, de hondura psicológica y crítica. Sin lugar a dudas, una de las mejores novelas del siglo XIX.


NOTAS:

[1] ANÓNIMO (1996) Balzac, Honoré de; en Enciclopedia Hispánica (Macropedia Vol. 2). Estados Unidos: Encyclopædia Britannica Publishers, Inc. p. 313.
[2] ANÓNIMO (1997) Balzac, Honoré de; en Encyclopædia Britannica (Micropedia Vol. 1). U.S.A.: Encyclopædia Britannica, Inc. p. 851.
[3] BRIOSCHI, F. & DI GIROLAMO, C. (2000) Introducción al Estudio de la Literatura. Barcelona: Editorial Ariel. p. 106.
[4] MAUROIS, André (1985) Balzac. Barcelona: Editorial Salvat. p. 236.
[5] Ibíd., p. 237 y ss.
[6] PAVEL, Thomas (2005) Representar la Existencia: El Pensamiento de la Novela. Barcelona: Editorial Crítica. p. 232-233.
[7] PLATÓN (1984) La República. Madrid: Editorial Edaf. p. 362 y ss.

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