AUTOR: Erskine Caldwell
TÍTULO: La Casa de la Colina
EDITORIAL: Luis de Caralt, Ed. (Primera Edición)
AÑO: 1960
PÁGINAS: 196
TRADUCCIÓN: Héctor Alberto Álvarez
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez
Una de las primeras obras literarias en abordar el tema del racismo en Estados Unidos fue la novela de Harriet Beecher Stowe, Uncle Tom’s CabinLa Cabaña del Tío Tom-, aparecida por entregas en el periódico National Era entre el 5 de junio de 1851 y el 1 de abril de 1852. Esta obra que, seguidamente, fue publicada en dos volúmenes de los que se vendieron más de trescientos mil ejemplares, constituyó un suceso en Norteamérica porque, por primera vez, un esclavo negro protagonizaba un libro en el que, a través de su experiencia, narraba esa situación de violencia, explotación y humillaciones que, por aquel entonces, buena parte de la población blanca ejercía contra los hombres como él.

La novela obviamente, fue criticada por todos los sectores del anti-abolicionismo, algunos de los cuales, incluso, la calificaron como una “prostitución culpable de las elevadas funciones de la imaginación”; sin embargo, el retrato captado allí, sumado al de la otra gran obra de la escritora, Dred: A Tale of the Great Dismal SwampDred: Historia del Gran Pantano Lúgubre- (1856), en la que Beecher Stowe examina los efectos de la esclavitud sobre los propios amos, contribuyó, en gran medida, a abrir el campo hacia la emancipación total de los esclavos que, lastimosamente, no llegaría sino hasta muchísimas décadas después [1].

Mark Twain también hizo su aporte a esta especie de tradición iniciada a mediados del siglo XIX y en 1885, con la publicación de su libro Adventures of Huckleberry FinnLas Aventuras de Huckleberry Finn-, propuso una crítica a las condiciones de vida que soportaban los negros al sur de los Estados Unidos, representando en la figura de Jim –ese esclavo que huye del sometimiento- un llamado a la no aceptación de ese destino humillante que, unido a todos los otros géneros de explotación que analizó Twain (la guerra, el imperialismo, la injusticia y hasta le religión)-, mantenían –y mantienen hoy todavía- el dominio sobre los sectores más vulnerables de la sociedad.

Ya entrados en el siglo XX no dejaron de existir otras novelas que se apropiaron de la esclavitud como un asunto literario, alcanzando desarrollos inteligentes. Una de ellas fue A House in the UplandsLa Casa de la Colina-, escrita por Erskine Caldwell y editada en 1946, es decir, algunos años después de que se hubiesen publicado los dos títulos más representativos de su narrativa: Tobacco RoadEl Camino del Tabaco- (1932) y God’s Little AcreLa Parcela de Dios- (1933).

Como sucedió con Beecher Stowe, los continuos viajes del padre de Caldwell en calidad de pastor religioso, le permitieron al autor conocer en su juventud muchas particularidades de los pueblos estadounidenses que después utilizaría para la concepción de sus propios personajes e historias. Así, si en El Camino del Tabaco, Caldwell abordó la problemática de los cultivos de algodón de su natal Georgia, en La Casa de la Colina, trajo a colación algunos vestigios del racismo que pervivía en el sureste norteamericano a principios del siglo XX, defendidos por los últimos herederos de los terratenientes que durante el XIX administraron dichos territorios.

En este sentido, la novela de Caldwell describe el modo como la aristocracia esclavista agoniza aferrada a sus antiguas prerrogativas, negándose todavía a la apertura social que en otras partes de Estados Unidos ya se encontraba vigente. Retrata, por un lado, a las familias negras que todavía tienen en su frente el estigma de sus antepasados y, por otro, la decadencia financiera y moral de los terratenientes, tema que previamente había trabajado Caldwell en La Parcela de Dios.

La Casa de la Colina es una novela corta, de lenguaje sencillo y con una estructura que combina diálogos y narraciones acertadamente. El perfil de los protagonistas, en especial, el de Grady Dunbar –el propietario- está muy bien dibujado; sin embargo, el final del relato puede parecer extraño, precisamente, a raíz de las firmes personalidades de las que Caldwell ha hablado a largo de la historia. A continuación, se presenta el argumento de la novela y, después de ello, se analizarán algunos de los elementos sociales que maneja la misma.

La Casa de la Colina: argumento

Grady Dunbar vive junto a su madre, Elsie, y esposa, Lucyanne, en su propiedad de Maguffin, cerca de Savannah. La hacienda fue, en su momento, una de las más extensas de la región, pero desde hace un tiempo se encuentra en decadencia, debido a la adicción de Grady al juego y la poca atención que presta a la modernización y administración de los terrenos. Junto a la familia Dunbar, pero en sus cabañas, viven los descendientes de los esclavos que pertenecieron al abuelo y padre de Grady, quienes no lo hacen en mejores condiciones que sus antepasados, pues todavía cumplen largas jornadas de trabajo, no reciben honorarios en dinero y, ante cualquier querella judicial, poseen siempre desventajas frente a los blancos.

La historia involucra tres núcleos fundamentales: el primero es la ludopatía de Grady, la forma en la que el juego le hace contraer deudas constantes con Skeeter Wilhite –el propietario de una casa de apuestas-, las hipotecas y préstamos por medio de los cuales intenta subsanar sus compromisos mientras pierde sus propiedades, el miedo a morir que se genera en él cuando ya no encuentra los recursos para pagar, y la forma en general como esa manía hace que se separe de su esposa, desahogue su mala suerte en los esclavos, busque la compañía de otras mujeres y permanezca la mayor parte del tiempo borracho e iracundo.

El segundo horizonte de la novela tiene que ver más estrictamente con la vida de los esclavos negros, sometidos, tanto por la presión social que siguen ejerciendo sobre ellos los aristócratas y terratenientes, como por el miedo histórico que los hace asumir como vigente un estado de esclavitud que ya se ha rechazado “legalmente”. Caldwell traza las líneas de esta condición siguiendo la vida de algunos personajes como Martha –una de las criadas de la hacienda-, el tío Jeff Davis –un viejo que lucha por pasar sus últimos años fuera de los campos de cultivo-, Sallie John –una mestiza que gana los favores de Grady vendiéndose sexualmente-, y Beckum y Briscoe, dos niños subyugados todavía por la fuerza del látigo y los gritos.

Finalmente, una tercera vía narrativa se aproxima al problema de la insatisfacción conyugal, pues el despotismo con el que Grady Dunbar dirige a sus esclavos, se replica también en su trato con Lucyanne. Es por esto que ella, a pesar de amar a su marido, paulatinamente se cansará de su tiranía, descubrirá su verdadero perfil y se persuadirá de que no es posible mantener una relación con un hombre incapaz de desligarse del orgullo y la violencia de sus antepasados. Obligada, pues, por un lado, a mantenerse fiel a Grady, pero, por otro, deseosa de escapar de la bravura con la que él la domina, empezará a observar con nuevos ojos a dos hombres que irán ganando protagonismo en el final de la historia.

Es obvio que, estos tres núcleos de la novela (ludopatía, racismo y vida matrimonial) se complementan con otros asuntos importantes, por ejemplo, la lucha de algunos hombres blancos por defender los derechos de la población negra, como es el caso de Ben Dunbar –el primo de Grady-; la intimidación de muchos pobladores que legitiman el racismo a través de su silencio; la dureza y machismo de las costumbres aristocráticas, de las que da buena cuenta la madre de Grady y; en fin, ciertos otros elementos concernientes al contexto socio-cultural de Estados Unidos.

Los Dunbar: una aristocracia en decadencia

La cuestión del racismo en Estados Unidos estuvo desde sus orígenes relacionada con la figura de los terratenientes. En efecto, dueños ellos de amplias extensiones de tierra, la existencia de los esclavos se “justificó” como herramienta fundamental para la explotación agrícola de los terrenos. De esta manera lo describe Ernst J. Görlich:

“En su Unión (la de Norte América) se encontraban desde muy antiguo Estados en los que no era el campesino, sino el gran terrateniente quien fijaba el carácter social del país. En estos Estados del Sur, en los que perduraban aún muchos recuerdos del antiguo dominio francés y español, había una especie de aristocracia de rasgos feudales e imperaba en ellos también la esclavitud de los negros, que no había sido suprimida al hacerse la Declaración de la Independencia” [2]

Esta precisión es importante para entender en La Casa de la Colina esa serie de descripciones que se hacen en torno a la vida de los Dunbar como familia terrateniente y aristocrática. No se trata, por supuesto, de defender su racismo ni tampoco de justificarlo, sino, simplemente, de hallarle un sentido dentro del contexto histórico al que pertenece, porque, si bien la novela no se instala en la época de la que habla en concreto Görlich, los Dunbar son un apellido de terratenientes que ha venido manteniéndose a lo largo de los tiempos.

Las advertencias sobre este punto son patentes ya en el inicio de la novela, cuando mamá Elsie le hace ver a Lucyanne que si su hijo nunca ha ejercido la carrera de derecho que estudió se debe a que “ningún Dunbar jamás tuvo necesidad de dedicarse a los negocios o al ejercicio de una profesión para vivir, y que esa educación, es tan sólo cuestión de cultura y orgullo”. Es decir, hay una conciencia en el seno de la familia de pertenecer a una clase privilegiada, tanto por ser la poseedora de los territorios en que muchos hombres trabajan, como por no tener, ella misma, que hacer algo distinto que dirigir a esos individuos como lo haría cualquier aristócrata. 

Ahora bien, debe reiterarse que los Dunbar son una familia en decadencia, y, aunque esto no les impida continuar razonando bajo los mismos principios con que lo hicieron en otras épocas, es un punto que matiza mucho su perfil, pues la familia se mantiene anclada a un pasado en el que reinó soberanamente y no reconoce las transformaciones que han venido operándose a su alrededor, o trata de eludirlas apelando a sus viejas costumbres:

“La mayoría de estas viejas familias aún se aferraban obstinadamente a su misma decadencia y dilapidaban haciendas y sostenían hábitos de vida fastuosos a expensas de los negros y de los blancos de baja condición que se veían obligados a trabajar por un albergue miserable y escasa comida, mediante tretas e intimidaciones. Con el tiempo, esas familias morían como los árboles viejos, pero mientras tanto, como si la naturaleza se impacientara por la dilación, surgía la violencia y aniquilaba a los miembros restantes de alguna de esas familias” (Pág. 125)

Una visión más clara de la caída a la que se ve sometida la familia Dunbar se obtiene al revisar las páginas de La Casa de la Colina que se refieren a su pérdida de propiedades, en gran medida, como se mencionó, provocada por adicción de Grady al juego:

“Sólo restaba ahora una porción muy reducida de tierra. Originariamente la plantación de los Dunbar había comprendido más de cinco mil acres de la tierra más rica y productiva de aquella parte de la comarca. Por espacio de dos generaciones, la posesión había proporcionado ganancias que oscilaban alrededor de los cien mil dólares anuales, gracias a las ricas plantaciones de algodón y a la madera producida por los vastos bosques vírgenes. El abuelo y el padre de Grady nunca se habían privado de cuando desearan, costara lo que costase; pero la buena suerte de aquellos había hecho la desgracia de éste, pues los hábitos de prodigalidad heredados lo llevaban a malgastar y agotar su fortuna. Hacia los veinte años de edad, la plantación ya daba pérdidas en lugar de ganancias, y, a causa de ello, año tras año, tuvo que ir hipotecándola progresivamente a fin de tener dinero para su derroche. A la sazón, después de numerosos juicios hipotecarios, de la plantación primitiva ya no quedaban más que doscientos acres” (Pág. 25)

Hay, pues, un contraste por lo menos interesante entre esa decadencia fáctica de los Dunbar y su mentalidad como familia superior; y a este respecto es oportuno señalar que Grady, en algún momento, se califica a él mismo como “el último de una aristocracia que, sea como sea, tiene que desaparecer”; esto es, hay una anticipación de su final, pero, alternativamente, un deseo de que ese desenlace se manifieste con la vanidad y el poder característicos de su familia. 

Así, mientras adviene la muerte de los Dunbar y, con ella, la de una parte de la aristocracia que mantiene el terror del pasado, sus discursos siguen teniendo un tono prepotente: la gente de baja condición de la comarca –dicen- trata de mezclarse con ellos y colocarse a su altura, por lo cual se justifica el odio y la marcación violenta que hacen de sus diferencias. Todo intento de sublevación debe castigarse y los favores cobrarse hasta sacar de ellos el mayor provecho, pues de esta  manera permanecerá fresca en la mente de los esclavos y vecinos la jerarquía a la que se encuentran sometidos.

El pensamiento aristocrático, asimismo, organiza las conductas de vida al interior de la familia y, en este caso, Lucyanne es un personaje decisivo. Atacada constantemente por la madre de Grady, quien la califica de prostituta y de embaucar a su hijo para ascender socialmente, esta mujer debe aceptar el machismo que impera en los Dunbar, obedecer como cualquier sirviente las órdenes de su marido y evitar a toda costa cualquier actitud que pueda molestarlo. La casa Dunbar no es un lugar de críticas, sino, más bien, un espacio para obedecer las reglas tiránicas que han venido transmitiéndose generacionalmente.

Una visión del racismo

Teniendo en cuenta una aristocracia como la descrita anteriormente puede deducirse que los terratenientes fueron anti-abolicionistas, entre otras razones, porque les gustaba y necesitaban el dominio. Görlich afirma, además, que los latifundistas sentían miedo de que, al suprimirse la esclavitud, dejaran de ser competitivos frente a los otros propietarios [3]. Lo cierto es que, aun decadentes y con menos territorios por explotar, las familias terratenientes de principios del siglo XX –como los Dunbar- habían heredado también esa conciencia, y constatando que muchas transformaciones socio-culturales les “arrebataban” el privilegio de la dominación, lanzaban entonces sus últimos rezongos esclavistas.

En La Casa de la Colina el retrato de la esclavitud no deja de tener cierta rigidez y de hallarse, por momentos, estereotipado; sin embargo, no por ello debe descuidarse, pues muchas escenas de la novela despiertan una sensibilidad especial frente al tema y, por supuesto, la indignación propia de esta injusticia. Para ubicar una imagen del modo como vivían los esclavos en la hacienda Dunbar, basta leer el siguiente pasaje:

“Eran ocho pequeñas chozas de una sola habitación, idénticas por su tamaño y aspecto. Construidas con troncos cortados toscamente y recubiertos con masilla, las había hecho levantar el abuelo de Grady para alojar a sus esclavos. A la sazón eran ocupadas por la servidumbre negra que trabajaba en la casa y en las tierras. Las cabañas estaban tan deterioradas y necesitadas de arreglos como la gran casa de treinta y dos habitaciones. Las chozas nunca habían tenido ventanas, porque en la época de su construcción existía la costumbre de encerrar en ellas a los esclavos desde la puesta del sol hasta el amanecer; pero había en los troncos pequeños orificios destinados a la ventilación y que entonces se hallaban cubiertos con arpilleras. La empalizada de troncos de pino que originariamente rodeara a las barracas había desaparecido, pero, exceptuando este detalle, el aspecto del conjunto había variado muy poco de cien años a esta parte” (Págs. 31-32)

De estas líneas se desprende un aspecto importante: aunque Caldwell habla aquí de “servidumbre”, hay una suerte de traslación  de la esclavitud por el hecho de que esos trabajadores vivan en las mismas chozas construidas por el abuelo de Grady para sus esclavos; se trata, de una transmisión de las condiciones objetivas de su existencia, pues el mismo lugar pobre y acuartelado que sirvió para los esclavos del pasado, sirve ahora para los sirvientes. Por demás, el hecho de que aquellas chozas no tengan ventanas, restringe el contacto con el espacio exterior y reduce la experiencia de los negros a su labor en las algodoneras y su miseria dentro de esas cuatro paredes.

Contribuye a aumentar la pobreza de los sirvientes negros el hecho de que ninguno de ellos reciba dinero a cambio de su trabajo, sino que, así como sucedía en el siglo XIX, las retribuciones de los Dunbar se reduzcan a bolsas de garbanzos, la posada en las cabañas descritas, y trajes y trastos viejos. De esta manera, primero, se impide a cualquiera de ellos ahorrar el dinero suficiente para escapar y , segundo, aumentar la absurda deuda que cada sirviente adquiere con su sola permanencia en la hacienda. Así, cuando el viejo Jeff Davis solicita a Grady pasar sus últimos años sin tener que trabajar, el argumento con que el terrateniente enfrenta la petición es la existencia de una supuesta deuda por alimentación, alojamiento y medicamentos.

Analfabetas y con cualquier anotación hecha por el terrateniente en sus libros como prueba de endeudamiento, los sirvientes –así como en su época los esclavos- no tienen frente a la justicia ningún tipo de argumento para “liberarse” del poder de su patrón, y, en cambio, al escaparse bajo su propio riesgo, incurren inmediatamente en delitos como robo o evasión, amén de la posibilidad de ser castigados brutalmente si son alcanzados en su huida. A esta condición no escapan ni hombres ni mujeres, pero es especialmente dramática cuando sus protagonistas son los niños, en este caso Beckum y Briscoe:

“Nunca les había pagado por cuidar de que la zona del cercado próxima a la casa estuviera limpia y por otras tareas que desempeñaban diariamente en las cercanías. Recogían las colillas de cigarrillos y las fumaban en el establo. Cuando habían visitas jugaban bajo la galería, y se dedicaban a buscar las monedas que a veces caían por las hendiduras del piso de madera. Mataban y desplumaban las gallinas para los cocineros. Estaban atentos para coger las botellas que Grady arrojaba por su ventana, y afanosamente sorbían de ellos las últimas gotas de whisky. A la hora de la cena tocaban la gran campana, y miraban a través de la ventana mientras se servía la comida. Mes tras mes llevaban a cabo numerosas tareas domésticas, con dedicación y sin quejarse, atravesando periodos alternos de energía y pereza. Estaban siempre alrededor de la casa desde el amanecer hasta mucho después de la puesta del sol, listo para hacer lo que les indicasen, porque así lo había ordenado Grady” (Pág. 108)

Duramente apaleados por su patrón cuando dejan de cumplir alguna de sus responsabilidades, estos dos chicos son la representación de la opresión desde la juventud y, sobre todo, de la transmisión de la herencia esclavista. Lo macabro es que, en las escenas que los involucran, se percibe una complacencia en la crueldad de Grady, es decir, disfruta atormentando a los niños y destinándolos a las labores más miserables, que no pueden ocultarse ni siquiera detrás de esa especie de juego inocente con que ellos disfrazan su rutina.

Por supuesto, el sometimiento del terrateniente no se materializa únicamente en el plano de la violencia física (el castigo, la vejación), sino además, a través de un dominio de la sexualidad. En la parte media de la novela Lucyanne descubre que su marido se acuesta con Sallie John, una mestiza que vive con los negros, y que así como lo hace con ella, antes lo ha hecho con muchas otras. Pero, esta conducta, en vez de generar vergüenza a Grady cuando es inquirido, resulta ser otra de sus herencias aristocráticas: su padre fue el primero en llevarlo a las cabañas para que se acostara con las esclavas negras y su abuelo, incluso, tenía la osadía de llevar a varias de ellas a la casa para perderse en orgías durante toda la noche.

La hacienda Dunbar, de este modo, es un espacio que ejerce toda clase de restricciones para los negros y, asimismo, oculta y mantiene las prácticas de abuso sobre ellos en el sentido laboral, sexual, expresivo, etcétera. Pocas voces encuentran alguna defensa estas personas, y el imaginario social cae en la trampa de creer que la liberación de los negros equivaldría a desatar sobre el mundo el crimen y la maledicencia. Ben Grady es, bajo esta óptica, un héroe de la población negra, pues encara hasta a su propio primo para defender la igualdad de los trabajadores; pero poco eco hacen sus palabras en su familia y en los otros habitantes blancos, acobardados por su propia pobreza o politizados a favor de quien les provea algún beneficio económico.

El contraste con esta imagen fatídica lo brindan esas tradiciones negras que conforman, por así decirlo, un escape de su dura existencia. Los cantos de los negros alzándose por los campos, la silueta de sus cuerpos alrededor del fuego, las guitarras tejidas a media noche para acompañar los versos, toda esta maquinaría de su arte desprende una imagen casi mística de ellos:

“En los encuentros religiosos, los sermones, las oraciones y las canciones, cuando el Espíritu comenzaba a impulsar a la congregación a gritar, a dar palmas y bailar, los esclavos disfrutaban de una comunión y de una camaradería que transformaba sus pesares individuales” [4]

De las formas de evasión que construyen los negros ante la dura esclavitud a la que los somete la ignorancia aristocrática y, en igual medida, el silencio legitimador de la sociedad, el retorno a sus bailes ancestrales, la fidelidad a su comunión como “raza” y el canto que acompaña su duro trasegar, resultan sublimes. Y pueda ser que ante la justicia de los tribunales siempre hubiesen sido culpables, y también ultrajados por familias como las de Grady Dunbar, pero la defensa de su propia conciencia siempre estuvo impoluta ante el destino, y perpetuamente denunciará la ignorancia del mundo occidental.
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La Casa de la Colina es una novela fluida, histórica en el sentido de la denuncia que establece y que, hoy por hoy, debe asumirse como un llamado para examinar qué rastros de racismo perviven aún en nuestra sociedad.


NOTAS:

[1] PUJALS, Esteban (1962) Harriet Beecher Stowe; en Forjadores del Mundo Contemporáneo (Vol. II). Barcelona: Editorial Planeta. p. 215 y ss.
[2] GÖRLICH, Ernst J. (1970) Historia Universal (Vol. II). Barcelona: Editorial Círculo de Lectores. p. 213.
[3] Ibíd., p. 214.
[4] BLOOM, Harold (2009) La Religión Americana. Bogotá: Editorial Taurus. p. 255.

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