AUTOR: Michel de Montaigne
TÍTULO: De Cómo Filosofar Es Aprender a Morir (Ensayos Completos Vol. I)
EDITORIAL: Orbis, S.A.
AÑO: 1984
PÁGINAS: 48-61 (266)
TRADUCCIÓN: Juan G. de Luaces
RANK: 9/10


Por Alejandro Jiménez
El conjunto de ensayos escritos por Michel de Montaigne refleja, no sólo la apropiación de un estilo único a nivel de redacción, sino también una apertura hacia los espacios más diversos y complejos de la realidad. Tal es así que muchos pensadores contemporáneos, entre quienes cabe destacar al maestro Francisco Jarauta, han alzado su voz para instar al reingreso a la historia moderna de la mano de Montaigne, de sus Essais y del mundo crítico y fértil que estos proyectan. Acostumbrados a caminar junto a Ockham y Descartes –a su nominalismo y razón-, con Montaigne podríamos acercarnos a la dimensión más analítica y atrayente de toda la Modernidad, gestada, curiosamente, no en sus últimos siglos, sino casi en su propio nacimiento.

No se trata de una banalidad pues Montaigne trasciende la categoría de ensayista, y esto a pesar de que Occidente no ha encontrado en esta tarea a un representante más genuino. El punto es que los Ensayos no fueron escritos con un ánimo per se, es decir, por el simple placer de hacerlos; seguramente hay en ellos algo de hedonismo y también de disciplina, como en todos los demás géneros de la escritura, pero su carácter fundamental, su núcleo, por así decirlo, se halla en su aporte crítico, en esa posibilidad que abren de enfrentarse a la realidad a través del juicio y de posicionarse para establecer puntos de análisis que señalen vacíos, contradicciones y valores que deben superarse por corresponder a doctrinas contrarias a las del libre pensamiento.

¿Qué puede haber más moderno que este propósito? Montaigne convierte el lenguaje en un instrumento de reflexión y extiende su mirada –como lo hacen los filósofos- a la totalidad del universo. Por tal motivo, no sorprende que sus Ensayos analicen los temas más diversos: el ocio, la amistad, la moderación, la presunción, la cólera, el arrepentimiento, etcétera, y que, incluso, se distiendan hasta alcanzar áreas menos filosóficas como las del vestuario, la vida caníbal o los olores. Todo, de forma semejante a como se vive en la realidad, es asumido por Montaigne y llevado a sopesar en su correspondiente meditación. 

Una variación sobre un tema de Cicerón

Uno de los ensayos más interesantes de Montaigne se titula De Cómo Filosofar Es Aprender a Morir; en él, fiel a su pasión por los autores clásicos, Montaigne retoma una vieja reflexión de Cicerón, según la cual “filosofar no es más que aprestarse a la muerte”. A lo largo de unas 13 páginas, cargadas con abundantes citas en latín, el autor desarrolla su propia consideración sobre este asunto, sosteniendo la tesis de que sólo aquellos que reconocen la certeza de su muerte y constantemente se acercan a ella pueden ser libres en un sentido profundo y lograr una existencia tranquila y sabia.

En la primera parte de su escrito, Montaigne afirma que, más allá de sus diferencias, los filósofos están de acuerdo en la idea de que el fin de la vida es una forma determinada de placer. Así, quienes buscan dicho placer a través de la virtud, sólo difieren de quienes lo hallan en la voluptuosidad, por el medio de su realización. Por demás, las filosofías también coinciden en sostener que el placer buscado no debe verse afectado por la muerte y que, en consecuencia, sólo la tranquilidad frente a ella provee al hombre de la condición adecuada para cultivar el bien.

Lastimosamente –piensa Montaigne-, para la mayoría de personas la muerte “constituye un motivo de tormento”; la presencia de esa nada les impide regocijarse y no hallan otra alternativa que echarla fuera de sus mentes. Los mismos romanos se referían a ella por perífrasis (“ha cesado de vivir” o “ha vivido” –decían-, pero jamás declaraban la muerte por encima de la vida). El problema de esta evasión es que se parece demasiado a la locura, es sustraerse de lo real, de lo verdadero; nada hay más cercano y cierto que la misma muerte, y sólo hace falta abrir los ojos para comprobarlo: por igual mueren todos, sin distingos de edad o sexo, al punto que siempre pareciese que la muerte “nos tiene tomados por el cuello”. 

Pero, ¿por qué no evitar la desesperación, el duelo y la ira que nos produce la muerte previéndola a mejor hora? En un tono cercano al de los escritos de Séneca, Montaigne vendrá a proponer un acercamiento a la muerte que permita asumirla hasta tal punto en nuestra noción de vida, que ya jamás podrá sorprendernos. “No hay mal alguno en la vida para quien entiende que la privación de la vida no es un mal” –afirma- e, incluso, confiesa que para él jamás ha existido una ocupación más entretenida que meditar sobre la muerte:

“Recibamos y combatamos la muerte a pie firme, y por comenzar quitándole su mayor ventaja contra nosotros tomemos camino opuesto al común; privemos a la muerte de su rareza, practiquémosla, no tengamos en la mente cosa de más momento que ella, representémonosla en todos los instantes y con todas las cataduras, sea el resbalón de un caballo, una teja desprendida o una picadura de alfiler, y digamos: ‘No importa que ello sea la muerte misma’. Fortalezcámonos, pues, y esforcémonos. Entre las fiestas y alegrías, recordemos esa nuestra condición y no nos dejemos llevar tanto por el placer que cesemos de pensar que, en muchas suertes, esa nuestra alegría desemboca en la muerte que de cerca la amenaza. Los egipcios, obrando así, en medio de sus festines y en sus mejores banquetes, hacían sacar la calavera de un hombre, como advertencia a los convidados” (Pág. 51)

Retomando una frase de César (“las cosas nos parecen mayores de lejos que de cerca”), Montaigne trata de mostrar que, en efecto, la muerte sólo nos parece un mal enorme porque la vemos lejana y enemiga de nosotros. Al contrario, si lográramos no temerla, por asumirla de un modo natural y necesario, perderían su asiento “la inquietud, el tormento y el miedo”; llegaríamos a ser libres reconociendo los límites a los que estamos abocados y la imbricación inevitable entre vida y muerte, fenómenos que participan con la misma fuerza en nuestro ser, porque como bien escribiera Séneca: “la hora que nos da la vida, también nos la acorta”.

Por demás –señala Montaigne- después de vivir muchos días, todo degenera en la repetición, todos los días, a su manera, son iguales; de suerte que anhelar la eternidad o una mayor existencia sobre la tierra sólo denota de nuestra parte necedad. La eterno de la muerte no se acortará por este vano deseo que, en el fondo, apenas prueba que le seguimos temiendo a la nada. Pero la muerte no afecta ni a los vivos ni a los muertos: a los vivos, porque viven, y a los muertos, porque no existen. La certeza, pues, inicial siempre ha de ser: “aunque tu edad no haya concluido, tu vida sí”. 

Al final del ensayo se plantea que, casi por regla, las personas humildes están más habituadas a aceptar la muerte y que entre ellas ésta tiene una apariencia menos amedrentadora. Asimismo, Montaigne afirma que el hombre se hallaría, en caso de tener una vida eterna, igual de inconforme que al ser mortal, pues los frutos de una vida no se miden por su duración, sino por la voluntad puesta en ella: los unos se quejarían –como sucede en Los Dones de Zeus- por no gozar del preciado don de la posteridad, y los otros por haber recibido el tedio de lo eterno, “lo que perdura sin renovarse jamás” [1].

Aportes complementarios

El lugar que ocupa la muerte en el conjunto de la filosofía es, por lo menos, central: implícitamente se la incluyó en la búsqueda del telos de los filósofos cosmológicos; a su manera, también, la abordó Platón en sus consideraciones sobre la trascendencia del alma; se hizo reflexión práctica de ella en la filosofía romana, de la que pasó a tener un carácter nuevamente metafísico, pero ahora religioso, en la Edad Media; y, en fin, ha motivado en la Modernidad trabajos bastante profundos como los de Kierkegaard, Heidegger o Jankélévitch.

Contemporáneamente, la muerte sufre un proceso de banalización: al parecer, fenómenos como la guerra, la violencia y la destrucción, amén de la misma cultura masificada que nos caracteriza, ha convertido la experiencia de la muerte en algo que no reviste importancia. Se habla sin afectación de los índices de homicidios o víctimas fatales, y los mismos ciudadanos de las metrópolis se hallan tan ensimismados en sus vidas cotidianas que la pregunta sobre su muerte permanece en segundo plano. Patrick Süskind la denomina “el antitema” de nuestra época y escribe que:

“(…) Antes, en los buenos tiempos antiguos y antiquísimos, era distinto, la muerte era aún comunicativa y afable, pertenecía a la sociedad y la familia, no se evitaba las citas con ella y, aunque no fuera una buena amiga, se le hablaba al menos de tú a tú. Eso ha cambiado fundamentalmente en el curso de los últimos doscientos años. La muerte se ha vuelto silenciosa y reclama silencio, y le damos de buena gana el gusto de callar, la matamos con nuestro silencio. Y no porque no sepamos nada de ella –sabido es que ése no es un motivo para callar-, no, es sencillamente porque, como es siempre negativa, una aguafiestas, una auténtica perturbadora, con esa clase de gente no queremos tratarnos” [2]

Leídas estas palabras a la luz de Montaigne descubrimos que nuestra época, en contraste con la de él, personifica una crisis más profunda en términos de su carácter reflexivo. Esa conciencia que, al menos, existía en el siglo XVI con relación a la muerte y que impelía a los hombres a eludir su realidad, ya no está en la actualidad, en donde parece que todo se hubiese vertido en el abismo: antes hablábamos de evasión, ahora nos referimos a la muerte como una condición ignorada. De alguna manera, nos hemos restringido a aquella afirmación de Jankélévitch por la cual “la muerte no se aprende, no hay nada que aprender en ella; en principio es una cosa que se hace una vez en la vida, y esta primera vez es la última” [3].

Lo cierto, sin embargo, es que, a pesar de esa ignorancia en la que la cultura contemporánea ha sumido a la muerte, ésta continúa más presente que nunca y, en consecuencia, una de las tareas centrales de la filosofía, hoy por hoy, es replantear el papel de la muerte en la constitución del sentido individual y general de nuestra existencia. Con más fuerza habrían de interpelarnos las palabras de Montaigne para poder salir del letargo masificado en el que vivimos, y a partir de una nueva conciencia de la muerte establecer un mapa más honroso del que cabe esperar si continuásemos con la necedad del silencio.

Hay dos vías en las que resultaría especialmente útil para nuestra sociedad que la filosofía recuperara las ideas de Montaigne. La primera tiene que ver con la necesidad de dar un valor a la muerte como producto ontológico; esto quiere decir que si la muerte ha pasado a convertirse en nuestra época en una cuestión de datos, o en un asunto que no es digno de pensar o evaluarse, es justamente porque hemos asumido que, tras ella, cualquier reflexión viene de sobra. Requerimos con urgencia vivir la muerte, como pedía Montaigne, pero también, hacer de ella una comprensión ontológica posterior al modo como señalara Heidegger:

“El ‘ya no ser en el mundo’ del ‘cuerpo muerto’ sigue siendo, sin embargo, y tomado en último extremo, un ser en el sentido del ‘ser no más que ante los ojos’ de una cosa corpórea que hace frente. En el morir de los otros puede experimentarse el notable fenómeno del ser que cabe definir como el vuelco en que un ente pasa de la forma del ser del ‘ser ahí’ (o de la vida) al ‘ya no ser ahí’. El fin del ente qua ‘ser ahí’ es el principio de este ente qua ‘ante los ojos’” [4]

Si tras las numerosas muertes de seres humanos que traen las guerras, la intolerancia, la violencia doméstica y hasta la misma desazón consumista del capitalismo, hubiesen más filósofos, más hombres pensando el sentido de estos fallecimientos, las angustias o razones que los causan y, por supuesto, el valor –grande o pequeño- que les atribuye la sociedad en la que se presentan, podríamos alcanzar una comprensión mucho más exacta del fenómeno muerte y, quizás, evitar que las vidas se consuman en medio del sinsentido y la ignorancia. Si bien es cierto, como lo destaca Montaigne, que la muerte puede sobrevenir cuando menos la esperamos, también es cierto que mientras no sea así, “todo lo que pueda prolongar la vida del hombre debe ser intentando” [5].

Es interesante a este respecto recordar con Jankélévitch que “todo lo que se representa con relación a la muerte, son variantes de la vida, es aún la vida” [6]. Por tal razón, si la la muerte se nos revela como una experiencia impenetrable, es, en realidad, porque toda cuestión filosófica frente a ella debe ser abordada desde la vida misma: es necesario que los hombres retomen la familiaridad con la muerte explorando sus propias vidas, pues, de ellas vendrá, seguramente, el respeto que requiere nuestra existencia, y no un silencio cobarde frente a la muerte. Mi vida y muerte, cavilándose también a partir de la vida y muerte de los otros, podrían construir un cierto sentido uniforme para nuestro mundo. Si Montaigne solicitaba en el siglo XVI un poco más de cercanía con la muerte para obtener tranquilidad y sabiduría, en la actualidad debería exigirse esta misma conciencia, pero, ante todo, para dignificar una raza de hombres que han convertido el silencio en un culto perverso a la muerte.

Precisamente, habría una segunda consideración respecto de la filosofía como meditación sobre la muerte que podría ser útil en nuestros días. Se trata de organizar una reflexión de gran envergadura relacionada con el sentido general de la vida. En el texto de Montaigne, como puede advertirse, la invitación a acercarse a la muerte se maneja en un plano individual. Al respecto podría ser ilustrativa la historia de Iván Illich de León Tolstoi, un hombre que:

“…enfrentado con la realidad de que le quedaba muy poco tiempo (vivo), adquirió de pronto lúcida conciencia de cómo había disipado su vida. Pero precisamente esta idea le hizo crecer tanto en su interior que fue capaz de llenar de un sobreabundante sentido retrospectivo una vida al parecer tan insensata” [7]

Como invitación individual, la tesis de Montaigne sigue muy activa, y todo hombre que logre, como Iván Illich, reconocer el límite que le impone la muerte y, a partir de ello, enriquecer su vida y hacerla profunda, habrá comprendido bastante bien el mensaje. Con todo, en ninguna época como en la actual, la muerte ha dejado de ser sólo una experiencia individual para convertirse en un fenómeno totalizador. Bastaría, por ejemplo, que se materializara una tercera guerra mundial para que la raza humana pudiera extinguirse de la faz de la tierra. Esto significa que, a la par de una reflexión personal sobre la muerte, es necesario que, en conjunto, los hombres comprendamos que la posibilidad de la muerte total es bastante grande, y que ese nuevo punto al que nos ha llevado la ciencia y el progreso debe tener a un encuadre ético que evite, a toda costa, ser nosotros mismos los protagonistas de nuestro fin.

Este fue un tema que llegó a inquietar al propio Voltaire, quien escribió un ensayo sobre las distintas narraciones creadas a lo largo de la historia sobre el fin del mundo; por sus páginas pasan, por igual, Virgilio, Lucano, Ovidio, Cicerón y hasta San Lucas [8]. Pero aquello que para Voltaire era  una cuestión extraída de textos literarios o bíblicos y, por ende, de carácter ficcional –a lo sumo profético-, en la actualidad se ha convertido en una realidad factible. Así, ya no resulta suficiente el llamado personal de Montaigne, es perentorio que otras palabras se levanten hasta llegar a nuestra conciencia social –en especial la de quienes controlan materialmente la posibilidad de la extinción- y pueda convencernos de lo absurdo que sería auto-aniquilarnos.

Si hay algo que resulta interesante de las opiniones de Montaigne sobre la muerte es que de todas ellas se desprende la contingencia fundamental de este fenómeno: puede ser ahora, o dentro de 15 años. Ahora, esa contingencia ha dejado de ser una prerrogativa de la naturaleza para pasar a ser parte de nuestros “logros” artificiales, esto es, la controlamos en su modo más general. Lo que atestiguamos los hombres de hoy, de cierta forma, es un manejo nunca antes imaginado de la propia muerte y de sus límites: si antes creíamos que el hombre domeñaba la muerte por determinar cuestiones del tipo eutanasia, suicidio y penas de muerte, contemporáneamente, somos capaces de determinar, incluso, el destino total del planeta. Como diría Lucrecio: “pronto no existirá el tiempo presente, ni podremos recordarlo”.

Algunas frases relativas a la muerte

“Todos estamos forzados a llegar al mismo término. Agítase en la urna la suerte de todos y, saliendo antes o después, llévanos en la barca fatal al eterno destierro” (Horacio)

“Nunca el hombre puede prever el peligro que le amenaza a cada hora” (Horacio)

“Piensa que todos los días pueden ser el supremo, y recibirás con agrado la hora que no esperabas” (Horacio)

“Ningún hombre es más frágil que los otros; ninguno más cierto del mañana que los demás” (Séneca)

“Mutuamente se prestan los mortales la vida por un momento… Como corredores, de mano en mano, se pasan la lámpara de la vida” (Lucrecio)

“Nacer es empezar a morir; el último instante de la vida se origina en el primero” (Manilio)

“Vivid los siglos que quisiereis; no por ello la muerte será, tras esa larga vida, menos eterna” (Lucrecio)

“No hay días, no hay noches a las que la aurora sigue, en que no se hayan mezclado los vagidos del recién nacido y los llantos vertidos sobre un ataúd” (Lucrecio)
_________________________

NOTAS:

[1] CHARRIA TOVAR, Ricardo (1938) Domus Aurea. Bogotá: Editorial Minerva. p. 15.
[2] SÜSKIND, Patrick (2005) Sobre el Amor y la Muerte. Barcelona: Editorial Seix Barral. p. 32-33.
[3] JANKÉLÉVITH, Vladimir (2004) Pensar la Muerte. Buenos Aires: F.C.E. p. 31.
[4] HEIDEGGER, Martin (2008) El Ser y el Tiempo. México: F.C.E. p. 260.
[5] JANKÉLÉVITH, V. Op. Cit., p. 114. 
[6] Ibíd., p. 46.
[7] FRANKL, Viktor E. (1980) Ante el Vacío Existencial. Barcelona: Editorial Herder. p. 136.
[8] VOLTAIRE (1983) Cartas Filosóficas y Otros Escritos. Madrid: Editorial Sarpe. p. 189 y ss.

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