AUTOR: Manuel Reyes Mate
TÍTULO: Polimitismo, Filosofía y Religión (en Praxis Filosófica No. 6)
EDITORIAL: Universidad del Valle
AÑO: 1997
PÁGINAS: 129-139 (145)
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez
El título del ensayo que pretendemos analizar en esta oportunidad sitúa muy bien sus focos conceptuales. En efecto, Reyes-Mate (profesor del Consejo de Investigaciones Científicas de Madrid) prescinde de esas largas enunciaciones con las que usualmente se titulan los estudios filosóficos y se limita a enlistar un encabezado de tres palabras: polimitismo, filosofía y religión. De dichos conceptos parte su trabajo tendiente a resolver algunas cuestiones centrales como: ¿cuál es el papel de la filosofía en la actualidad? ¿En qué ha venido a concluir la relación histórica entre mito y razón? ¿Qué perspectiva asume hoy el logos científico? Y, ¿cómo se ha transformado el discurso religioso para inscribirse en la contemporaneidad ajeno a sus raíces míticas?

El orden del texto es perfectamente claro y, en la medida de nuestras posibilidades, lo reproduciremos aquí con el ánimo de ofrecer una perspectiva global del mismo. Ahora bien, el propósito de nuestro escrito no se reduce a resumir las tesis presentadas por Reyes-Mate; al contrario, deseamos, frente a ellas, sugerir tres consideraciones críticas: la primera tiene que ver con una posible contradicción devenida de las ideas que el autor presenta sobre el mito, la segunda, se enfoca en una precisión conceptual sobre el sentido de la filosofía, y, la tercera, se remite a una distinción entre ciencia teórica y práctica, ausente en el documento.

La relación mito-razón

En las primeras páginas de su ensayo, Reyes-Mate retoma la discusión sobre las relaciones que existen entre mito y razón, mostrando que entre estas dos realidades hay una imbricación y no una distancia como tradicionalmente se ha hecho ver. Así, toda razón –piensa el autor- se convierte en mito cuando se concibe como la única base para comprender el mundo, un ejemplo de lo cual podría hallarse en la Aufklärung. Por otra parte, todo mito es susceptible de racionalizarse, esto es, de ubicarse dentro de un espacio en el que se aparta de su naturaleza universal, totalizadora, y convive de manera enriquecedora con otras formas de entender el mundo, noción que es precisamente la base del polimitismo.

Reyes-Mate apela a varias fuentes para argumentar esta posición: habla de la debilidad de la razón que Hegel veía simbolizada en el oráculo griego, de la vuelta de los dioses que Weber anunciaba para el futuro y de esa figura mítica del Leviatán en la que se funda el estado moderno. Con todo, la principal base de su demostración la halla el autor, como dijimos, en la Aufklärung (Ilustración): es en ese momento de la historia cuando la razón como proyecto desmitificador, como “profanación del mito”, fracasa, irónicamente, al asumir la propia condición que desea eliminar, es decir, la de que exista un saber único. Al contraponer el razonamiento al destino y el individuo a lo colectivo, la Ilustración se obligó a sí misma a obedecerse de un modo prácticamente metafísico.

Ya Horkheimer y Adorno habían anunciado este desajuste en su Dialéctica de la Ilustración. Con tono patético pusieron “de manifiesto que el dominio de la razón agosta la vida en vez de potenciarla”, y que la razón puede engañar y trampear al mito cuantas veces quiera, pero jamás vencerle, pues su victoria implica siempre su propia mitificación. 

Monomitismo y polimitismo

Pues, bien, en lo que muchos pensadores verían el gran fracaso de la modernidad, es decir, la imposibilidad de construir una sociedad autónoma –en el sentido kantiano del término-, alejada de los presupuestos místicos, de la fe y la metafísica, otros más observan un punto de partida o, por decirlo así, la oportunidad de edificar a partir del mito una noción distinta de la realidad. 

En este punto Reyes-Mate se remite a los trabajos del profesor Odo Marquard, quien explica que los mitos no tienen per se una naturaleza de sometimiento. ¿Por qué es malo que triunfe el mito? ¿Por qué esa angustia de la modernidad? El problema –dice Marquard- no es el mito en general, sino la distinción que debe operarse entre ellos para apartar los buenos de los malos, y esa es una tarea que debe remitirse (fíjense en la ironía) a la nueva Ilustración. En otras palabras, el problema no es que existan mitos, sino que a uno solo de ellos se le otorgue la labor de explicar la totalidad del universo; ese es el monomitismo que lleva a la reducción, a la guerra, a la intolerancia, y sirven de ejemplo el cristianismo, el racionalismo, etcétera. 

Por el contrario, cuando puede establecerse una división de los poderes que poseen los mitos, la vida se oxigena, se preserva la libertad y se deja al hombre un espacio para que transite sin ataduras por el mundo. El polimitismo es, justamente, una teoría de la desagregación, de la no imposición de los dogmas míticos y, por tal motivo, se torna a su modo ilustrada, porque busca el equilibrio y el conocimiento: para neutralizar la tiranía del monomito “no hay más remedio que llamar en ayuda a los mitos que si originariamente son poderes y fuerzas, tienden a serlo ilimitadamente, salvo que se limiten unas a otras”.

El logos científico y la filosofía

El punto más interesante de la disertación que hace Reyes-Mate se desprende de esto último. El polimitismo desea reorganizar el mundo y para ello confiere objetivos particulares a la ciencia, la filosofía y la religión:

“Como se ve, esta vuelta a los mitos quiere ser ilustrada. No sólo el polimitismo se siente garante de la individualidad, principal herencia ilustrada, sino que además convive con la necesidad y la existencia de un conocimiento científico de la realidad. En este tipo de planteamiento se parte de un logos realizado en las Naturwissenschaften –es decir, se parte de la ciencia- y se pregunta por el lugar de la filosofía, en general, y de las Geisteswissenschaften, en particular” (Pág. 133)

La ciencia, o más bien, el logos científico es el único que construye conocimiento, sólo él puede demostrar como universalmente válido un determinado principio. Las otras formas del discurso, así posean una base racional, no brindan garantías universales, esto es, a su modo son mitos; Reyes-Mate lo hace ver, incluso, radicalmente: “a la filosofía y a la literatura les está vedada toda forma de conocimiento, por eso no pueden dar satisfacción a las necesidades o insuficiencias de la ciencia”. En otras palabras, “el conocimiento de la realidad es un asunto demasiado serio como para dejárselo a las humanidades, eso es cosa del logos científico”.

Por supuesto, no es que la filosofía vaya a desaparecer, el polimitismo le ha asignado una tarea bien particular. Sucede que en su desarrollo, la ciencia “produce desajustes y consecuencias no queridas para el hombre y la sociedad”; su mismo método desatiende aspectos importantísimos: como sujeto, el científico se desprende de su leben, busca lo universal y, por ende, su cultura, su lengua y religión empiezan a perderse; y, de su objeto, el científico hace una especie de extracción cosificada, es decir, lo decolora y desvivifica. Es por ello, que se requiere de un saber, que es la filosofía, capaz de recuperar esa leben –vida- que desatiende la ciencia en su labor. 

“Es entonces cuando se reclaman los servicios de la filosofía, convertida en mitología, lo que tiene que hacer es contar historias que compensen las pérdidas vitales del conocimiento científico. No se trata de una función menor, pues la tarea que se le asigna es, en realidad, la de suplir serias creencias de la racionalidad científica que afectan al sentido, al sentimiento y a la identificación colectiva. Por eso se pide a la filosofía que cuente historias: historias sentimentales que rellenen el vacío pasional de una razón calculadora; historias de identificación patriótica que cubran las lagunas que causa el progreso disgregador; e historias de sentido que suplan la desorientación que conlleva el desarrollo científico, ayuno de valores” (Pág. 134)

La cuestión religiosa

Puede estarse o no de acuerdo con esta perspectiva; por nuestra parte, mostraremos más adelante los aspectos que nos parecen problemáticos de ella, pero, como aún hace falta referirnos a un último aspecto que discute Reyes-Mate, vamos a remitirnos primero a él. Ese punto con el que cierra su texto es el de la religión, la cual nos la presenta, no como una forma mítica de comprender el mundo, sino como una práctica que busca la libertad del individuo. Si hay un discurso que nos proporciona la verdad –que es la ciencia-, otro que contextualiza y da soporte a ese conocimiento –que es la filosofía-, debe, finalmente, existir también otro saber que pueda orientarnos en nuestra vida personal –y este es la religión-.

Según el autor, hay una gran diferencia entre mito y religión: el mito se basa generalmente en un fatum de culpa que niega al hombre la posibilidad de ser él mismo, ubica la felicidad por fuera de su vida y constituye, incluso, una culpa genealógica. Podría pensarse que hay religiones que funcionan bajo esta mirada, pero en opinión de Reyes-Mate, una religión no mitificada en realidad lo que ofrece al hombre es libertad, y un reconocimiento de que el pecado que se reproduce en el continuum del tiempo se corta individualmente con todo aquello que representa lo novum de nuestras acciones.

Con las explicaciones de Ezequiel y Jeremías parece claro que el hombre no tiene una culpa sobre sí y que, en consecuencia, su fatum depende exclusivamente de aquello que él mismo haga con su vida. Si tuviésemos una culpa genealógica no podría escaparse del mito, tendríamos a priori una esencia pecadora; pero la idea que de la religión tiene el polimitismo es que esta nos ofrece la oportunidad de lo nuevo, de la acción actual y libre. Por tanto, ni siquiera en cuestiones religiosas debería existir una noción distinta a aquella que dependa de la razón y voluntad de los sujetos.

Primera consideración crítica: la ciencia como mito

Vamos a recuperar aquí la tesis de Reyes-Mate por la cual el logos científico es el único garante del conocimiento. En lo personal, estamos lejos de pensar una cosa semejante, y hasta intuimos en esta proposición una visión que contradice al polimitismo. Sería necesario, en primer lugar, precisar que dentro de la concepción del conocimiento pueden hacerse varias interpretaciones; la más aceptada, claro está, corresponde a la de la ciencia, es decir, aquella por la cual el conocimiento es el resultado de un proceso de comprobación universalmente válido.

Ahora bien, la ciencia se rige exclusivamente por métodos racionales, y si nos limitamos a creer que la verdad sólo puede desprenderse de ella, estaríamos mitificando nuevamente la razón, tal y como sucedió durante la Aufklärung.  Los modernos que van en la línea de Descartes y Kant confiaron plenamente en este principio: la razón debe permitir al hombre alcanzar la verdad, y la garantía de esa verdad nos la da la ausencia de dudas o, lo que es lo mismo, la demostración lógica de su funcionamiento. Pero, ¿cuántas cosas hay que escapan a la forma científica de ver el mundo? Si todo lo existente pudiese analizarse desde esta óptica, no hubiesen existido jamás ni el Romanticismo, ni el Simbolismo, ni el Surrealismo y tampoco las actuales teorías de la posmodernidad.

El conocimiento no se desprende únicamente de las vías racionales o, si queremos ser más exactos, hay saberes que la ciencia no puede producir, pero que son necesarios en la vida del hombre. Necesitamos una ciencia que nos explique el mundo racionalmente, eso nadie lo pone en duda: el arjé de los filósofos griegos permanece más de veinte siglos después, todavía sin respuesta. Pero, también requerimos de que en ese largo ínterin, es decir, durante ese tiempo que tomará a la ciencia el elaborar sus tesis definitivas, se construyan otras formas de aproximación a lo real que, aunque no estén orientadas hacia la búsqueda de la verdad, profundicen nuestra experiencia vital en esos planos que jamás podrán teorizarse, sólo narrarse, simbolizarse, etcétera.

Si parafraseáramos a Maquard, diríamos: ¿Por qué es mala la literatura? ¿Por qué esa angustia, por ejemplo, frente al arte? ¿Por qué afirmar –como lo hace Reyes-Mate- que a estas áreas les está vedado el conocimiento? A la misma ciencia la trasciende el saber; lo decía Aristóteles en su Metafísica: “es imposible la posesión completa de la verdad”, y también lo afirmó Hume al final de su Treatise: “a pesar de todo, estamos condenados a la incerteza”. En el fondo, delegar de modo exclusivo a la ciencia la tarea del conocimiento es aceptar su propio mito, es pensar que la única razón por la que existe el ser humano en el mundo es el descubrimiento de la verdad y que todo lo demás –la perfección del arte, la catarsis, la mímesis, la ficción literaria, la metáfora- no tienen sentido.

Segunda consideración crítica: el servilismo de la filosofía

Así como la ciencia, en nuestra opinión, es un mito cuando se asume como única forma de conocimiento, pensamos que la filosofía no se comprende cabalmente en la teoría del polimitismo o, al menos, en lo que explica de ella el profesor Reyes-Mate. Se dice que su tarea consiste en reparar las faltas de la ciencia, en darle un contexto y una ética, pero que, como ocurre con la literatura, a ella no le está permitido el conocimiento.

Esto resulta, de principio, absurdo si nos remontamos a la interpretación original de la filosofía: el amor al saber. ¿Cómo una disciplina que busca desde sus orígenes el saber puede tener cerradas las puertas al conocimiento? Esta es una contradicción stricto sensu, además de una inversión equivocada del verdadero orden. ¿En el seno de qué nacieron las ciencias? ¿Cuál es el origen de la física, la química o las matemáticas, sino es la filosofía misma? ¿No fueron las preguntas de Tales de Mileto, Anaximandro o Pitágoras sobre el orden del cosmos, su origen –arjé- y destino –telos-, cuestiones eminentemente filosóficas? 

La filosofía no tiene que ser una servidora de la ciencia, porque la filosofía es, inversamente, la actitud que dio origen al logos científico: la pregunta por el mundo que sugirieron los primeros filósofos fue la que abonó el camino para que las ciencias paulatinamente se consolidaran como saberes particulares. Lo que sucede es que Reyes-Mate desliga la filosofía de la ciencia, las hace ver como disciplinas escindidas, cada una con funciones diferentes, algo que resulta inexacto, porque mientras un científico busque  la verdad del universo, tal y como se planteó ya desde la época de la filosofía de la physis, estará actuando como filósofo, será un filósofo-científico, y no necesitará de nadie más que esté detrás corrigiendo servilmente sus desajustes.

Ciencia y filosofía en este sentido (el de la búsqueda de la verdad) son lo mismo, y la filosofía antecede las ciencias particulares por ser la primera –tal y como la denominó Aristóteles-; no es una servidora, todo lo contrario, es la patrona del conocimiento, porque sus dominios los constituye el universo entero, y su búsqueda la lleva a las causas iniciales y últimas, ayudándose de disciplinas como la física o la química, que nunca podrán erigirse por encima de ella, en el sentido de que son las depositarias de su objetivo.

Por demás, la visión de Reyes-Mate es tan sesgada que se olvida por completo de todas las otras tareas que cumple la filosofía lejos de la ciencia. Se olvida, por ejemplo, de la filosofía práctica, aquella que inicia con Sócrates, se legitima en Aristóteles, se nutre de los estoicos y concluye su más grande época con Séneca y Cicerón. ¿Dónde está la areté en la explicación del polimitismo? ¿En qué lugar se halla la cuestión de la eudaimonía? Toda la labor ética de la filosofía se resume en el polimitismo a darle una base moral a la ciencia, y los asuntos de nuestra vida cotidiana se rigen únicamente desde la propuesta religiosa. Se olvida así, completamente, la virtud filosófica, la búsqueda del bien y la felicidad, la forma de organizar mis acciones, y toda esa faceta vital que se ha trabajado tanto a lo largo de la historia de la filosofía.

Tercera consideración crítica: la noción de ciencia

Finalmente, quisiéramos establecer una precisión conceptual que no tiene en cuenta Manuel Reyes-Mate. En el artículo, como hemos mencionado, se considera a la ciencia como la razón que garantiza el conocimiento de la realidad; siempre que se habla de ella se utiliza un tono general con el cual obviamente sólo se hace referencia a los saberes exactos (biología, química, física, matemáticas). 

El inconveniente que observamos en este punto es el siguiente: no hay en las ideas que sobre el polimitismo expone el autor una distinción entre ciencias teóricas y ciencias prácticas y, apoyándonos en la Metafísica de Aristóteles, consideramos que sólo las primeras pueden, en realidad, construir un conocimiento verdadero. Puesto en otros términos, sólo las ciencias teóricas se preguntan por las causas iniciales y últimas, sólo ellas se conducen hacia la verdad a través de la razón, transitando por ese camino que va desde la pregunta planteada a las causas intermedias y de ellas a la causa que da origen o final al problema. Una ciencia práctica, por el contrario, limita su trabajo a las causas intermedias para desprender de ellas aplicaciones o extraer utilidades que se pongan al servicio de la humanidad.

En el libro II de la Metafísica, Aristóteles pone el problema de esta manera: lo que llevó a Tales de Mileto –fundador de la ciencia occidental- a plantearse sus preguntas sobre el origen y conformación del universo no fue una utilidad práctica; en efecto, no buscaba sacar de allí ningún provecho, sólo deseaba alcanzar ese conocimiento por el propio deseo de saber. Algo semejante podría decirse de los trabajos de Pitágoras y los filósofos cosmológicos. Así, pues, el trabajo de la ciencia inicialmente fue teórico, sin utilidad distinta a la del conocimiento, y sólo tendiente a la posesión de la verdad. En la actualidad, los astrofísicos y químicos que continúan buscando el origen del cosmos son un ejemplo de esta perspectiva, toda vez que no hay en ellos interés distinto al de saber.

No ocurre lo mismo con la ciencia práctica, a la que Aristóteles califica de secundaria porque está volcada en el valor de la utilidad y en resolver asuntos relativos a las necesidades inmediatas. Si un arquitecto de la antigüedad usaba los desarrollos teóricos de un matemático para la construcción de una obra, no podría decirse del primero que fuese más hábil que el segundo, porque sólo gracias a la búsqueda de la verdad del matemático, el otro había podido calcular, por ejemplo, las proporciones de su obra. El uno buscaba la verdad, el otro extraía de ello una aplicación, pero sólo el matemático se acercaba realmente a la causa primera de lo que significa la realidad.

Nos parece pertinente esta distinción porque un alto porcentaje de la ciencia contemporánea, esto es, aquella de la que habla la teoría del polimitismo, se enfoca en los saberes prácticos (la cura de una enfermedad, una aplicación tecnológica), necesarios y útiles en nuestra vida social y personal, pero lejanos del sentido teórico, o sea, del único que podría desprenderse el conocimiento verdadero. Hoy por hoy, sería tonto pensar que la ciencia descubrirá la verdad del hombre utilizando la química para curar un cáncer, o la matemática para diseñar un computador más rápido. Quizás contribuyan estos logros a mantenernos con vida, o a hacer más precisas las búsquedas científicas, pero la verdad es un asunto más complejo que el que se pone en marcha en una praxis por compleja que esta sea.
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Polimitismo, Filosofía y Religión es un texto que abre un panorama de discusión especialmente interesante en nuestros días. Falta considerar aquí temas implicados como los saberes culturales o la dominación ideológica para hacer del debate una cuestión mucho más compleja.

FUENTES:

ARISTÓTELES (2006) Metafísica. Madrid: Editorial Espasa-Calpe.

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