AUTOR: Miguel de Unamuno 
TÍTULO: La Agonía del Cristianismo
EDITORIAL: Espasa-Calpe, S.A. (Cuarta Edición)
AÑO: 1966
PÁGINAS: 144
RANK: 8/10




Por Alexander Peña Sáenz
La Agonía del Cristianismo fue una obra escrita por Miguel de Unamuno en 1924, fecha en la que la dictadura política de su país, sumada a diferentes conflictos existenciales, instaron al filósofo y literato español a reflexionar sobre el estatus del cristianismo y su papel dentro del contexto social de la época. El libro, que no llegó a publicarse sino hasta 1930, constituye una parte fundamental del pensamiento unamuniano, y está muy a la altura de su obra Del Sentimiento Trágico de la Vida (1913), pues como sucede con aquella, también en ésta su filosofía destaca por la combinación de escepticismo, autoreferencia y rigurosidad.

En términos generales, el texto posee un carácter religioso, no sólo a raíz de la recuperación de ciertos principios católicos, sino además, por la crítica que se hace evidente en él a la descristianización del mundo. En este sentido, la obra no aborda el concepto de agonía en su modo tradicional de interpretación, es decir, como una proximidad inevitable a la muerte; todo lo contrario, Unamuno se basa en la primera acepción del término, relacionada con la lucha vital: la agonía como expresión de la vida misma, de la lucha del hombre por mantenerse vivo. 

La agonía puede precisarse atendiendo a una relación entre lo agonizante –no confundir con moribundo- y lo agonista, a tal punto de que se desprendan de ello nociones como protagonista y antagonista, personajes en tensiones opuestas frente a la lucha vital. Miguel de Unamuno es enfático al declarar que no tiene la pretensión de escribir un monólogo, su orientación es el auto-diálogo o, como bien expresa el título de su libro, la agonía interior, la experiencia de la lucha individual en planos filosóficos, religiosos y civiles.

A continuación, analizaremos varios aspectos tratados en La Agonía del Cristianismo, entre ellos, las causas que llevaron a Unamuno a concebir el libro, la aplicación del concepto de agonía al cristianismo, y las luchas de esta misma doctrina en términos de su propagación a través de la palabra, la fe y lo social.

Origen de la agonía del cristianismo

No podría afirmarse que el objetivo de este libro o de Unamuno sea la defensa del cristianismo en sí mismo –como religión, doctrina, credo o postura teológica-; sería más sensato indicar que lo que buscan filósofo y obra es ofrecer una perspectiva de estudio del cristianismo como realidad histórica que se ha mantenido en agonía desde sus orígenes hasta la actualidad. Un antecedente para esta exploración se encuentra en Mr. P.L. Couchoud, autor de El Problema de Jesús y los Orígenes del Cristianismo, quien teoriza la vida de Jesús no como producción mítica, sino histórica; él mismo es quien sugiere a Miguel de Unamuno la utilización de la frase “la agonía del cristianismo” como título para su obra, estableciendo con ello que el cristianismo en su devenir ha mantenido serias luchas a nivel político, religioso y socio-cultural.

Antes se explicó que el término agonía nos remite al concepto de lucha; por otra parte, la palabra duda viene del latín duo, duellum, cuya traducción también es lucha. De esta manera, se comprende que la duda constituye una agonía y que, para Unamuno, agoniza todo aquel que vive dudando, luchando contra la vida y la muerte; no ha existido otro propósito histórico para el cristianismo –dirá el filósofo español- que la lucha por mantener su vigencia, su solidez y la fe de sus creyentes. 

Mientras se encontraba exiliado en Francia, Unamuno asistió a un oficio religioso de la iglesia ortodoxa griega de San Esteban. Allí leyó una frase que le causó inquietud: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. A partir de ella, reflexiona lo siguiente:

“Si el camino y la vida son la misma cosa que la verdad, si no habrá contradicción entre la verdad y la vida, si la verdad no es que mata y la vida nos mantiene en el engaño” (Pág. 17)

Una de las primeras agonías que sufre el cristianismo tiene que ver con la tensión que existe entre lo personal y lo colectivo. Para Unamuno, lo verdadero es algo colectivo, social (“verdadero es aquello en que convenimos y con que nos entendemos”), mas, el cristianismo se manifiesta mayormente como una experiencia individual, incomunicable. El cristiano busca como fin de su vida alcanzar un alma inmortal, su propia obra; sin embargo, en este propósito surge otra agonía que tiene que ver con las posturas materialistas: “la vida es el conjunto de funciones que resisten a la muerte”. Esto invita a preguntarse ¿cuál sería el propósito real de nuestra vida?

Finalmente, otra cuestión que llevó a Unamuno a plantearse los problemas que dan forma a La Agonía del Cristianismo tiene que ver con la imagen de un Cristo poco conocido, aquel que, de una u otra manera, busca crear confusión:

“No penséis que vine a meter paz en la tierra; no vine a meter paz sino espada. Vine a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la novia de su suegra, y enemigos del hombre los de su casa” (Mateo X: 34-37)

Sobre el cristianismo y sus agonías

Es claro que Unamuno define el cristianismo en un sentido agónico, en función de lucha; ahora bien, el filósofo español propone que el sufijo ismo le sea suprimido a la palabra cristianismo, para consolidar con ello la utilización de los vocablos cristiandad o cristidad, pues estos, en su opinión, representan más fielmente la cualidad de ser cristiano (cristiandad) y la de ser como Cristo (cristidad).

Así, más que cristianismo, la cristiandad se debe entender como culto al Dios-Hombre y, en consecuencia, como una transmisión de la agonía de Cristo a sus creyentes. Con todo, esta cristiandad no constituyó una doctrina en los tiempos en que Jesús la predicaba; fue ya en ese entonces una lucha, aquella que trascendió a los tiempos de San Pablo. La cristiandad se convertiría en doctrina hasta ser redactados los evangelios en los que están contenidos en gran parte los principios monoteístas del judaísmo.

El judaísmo siempre ha tenido como base la resurrección del cuerpo y la carne, pero con San Pablo –un judío helenizado- se incorporara al pensamiento cristiano la inmortalidad del alma propuesta por Platón, idea que puede ser considerada pagana dentro del judaísmo. Estas dos contradicciones, según Unamuno manifiestan una agonía pues, por un lado, la cristiandad asume la carne, así sea desde un punto de vista fisiológico (postura heredada del judaísmo) y, por otro, incorpora el alma desde una mirada espiritual (de sesgo platónico).

En el judaísmo la preocupación por lo carnal posee un carácter de necesidad, esto es, el deseo de mantenerse en el mundo a través de la descendencia, de los hijos que poblarán la Tierra; una tesis que lleva a considerar a Unamuno que “la deidad judaica no es Jehová sino es el mismo pueblo judío”. No extraña, de esta manera, que, por ejemplo, un judío como Carlos Marx “haya pretendido hacer la filosofía del proletariado” [1]. En contraposición, lo que San Pablo expresa cuando habla de la resurrección de Cristo es un hecho histórico, no fisiológico, lo cual significa que el apóstol buscó la resurrección “en la inmortalidad del alma cristiana, de la historia”; de allí la duda, el duellum y la agonía contradictoria del cristianismo.

La agonía del verbo y la letra

Entre las muchas contradicciones que enfrenta el cristianismo descolla la que enfrenta al verbo –lo pronunciado por Cristo- y la letra escrita –los evangelios-. La Biblia en Juan 1:14 establece que “el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”; así existió Cristo en la tierra: un hombre hecho verbo, una expresión viva de pensamiento que llegaba a sus oyentes. Unamuno tiene la convicción de que esta situación es la que explica el impacto de Cristo en sus seguidores: “porque el espíritu que es palabra, que es verbo, que es tradición oral, vivifica, pero la letra, que es libro, mata”. 

Esta es una cuestión agónica porque nos remite a la figura del Cristo histórico. Para entenderla a cabalidad debe partirse de dos supuestos: una realidad y una personalidad del sujeto histórico; realidad deriva de res (cosa) y personalidad deriva de persona. Para aclarar la realidad o las cosas, el ensayista se vale de un postulado marxista:

“Carlos Marx creía que son las cosas las que hacen y llevan a los hombres, y de aquí que se haya llevado a cabo la concepción materialista de la historia” (Pág. 44)

Desde esta perspectiva, Cristo, que fue carne y predicó la palabra de dios, se puede considerar histórico, es decir, se ubicó materialmente en este mundo, en un lugar –Israel- y una época específica –2000 años atrás, en la antesala de la dominación romana-.

Asimismo, Unamuno se refiere a persona como el actor de las tragedias o comedias –según la significación original de la etimología latina-; la personalidad es la obra que en la historia se cumple. El hombre histórico, el que vive en los demás es opuesto al hombre carnal, opuesto a la cosa humana. La cuestión radica en que el verbo hecho carne quiere vivir en la carne; y este es el mismo verbo que se creyó que había resucitado. En términos prácticos, Cristo resucitó, no de forma física, sino de forma espiritual a través del verbo. 

He aquí la otra agonía del cristianismo, la misma que alcanzará un desarrollo monumental con San Pablo quien, como se dijo, conjugó el judaísmo y el helenismo, pero además dictó las epístolas y, con ello, la letra, la transmutación de lo evangélico en lo bíblico. Es con la letra como nacen los dogmas, o sea, los decretos y las doctrinas. 

Tendrán que pasar cientos de años –desde los orígenes del cristianismo hasta finales de la de Edad Media (cuando predominó el verbo, promulgado por sacerdotes, monjes y hombres cultos, siendo ellos los únicos que sabían interpretar la Biblia y transmitir su mensaje)- para que se llegue a la época de las reformas protestantes que promulgaron la libertad de acceso e interpretación de los textos sagrados. El cristianismo halla entonces otra agonía: la lucha entre la iglesia católica (que ratificaba la idea de la palabra a través de la eucaristía) y el protestantismo (que liberaba de la iglesia aprobando la exégesis personal):

“La Reforma Protestante (Lutero, Huss y Wiclef)… fue la explosión de la Letra, trató de resucitar en ella la palabra; trató de sacar del Libro el Verbo, de la Historia el Evangelio y resucitó la vieja contradicción latente. ¡Y entonces así se hizo la agonía del cristianismo!” (Pág. 49)

Sobre la fe cristiana

Miguel de Unamuno propone tres tipos de creencias: la primera, creer en lo que no vemos, que es la fe; la segunda, creer en lo que vemos, que es la razón y; la tercera, creer en lo que veremos, que es la esperanza. El cristianismo es una creencia basada en aquello que no se ve y, por lo tanto, está sustancialmente basado en la fe. Para que esta se mantenga, debe asegurarse en sus creyentes la voluntad de creer y su convicción.

La fe del cristianismo es la del Cristo agonizante, aquel que muriendo en la cruz declara: “todo ha sido consumado”, siente que dios le abandona y necesita persuadirse de lo contrario. Es evidente que la realidad cristiana no es objetiva, carece de una verdad racional, y que su planteamiento se basa en una creencia sobrenatural sobre el mundo físico, una de las características fundamentales del pensamiento mítico.

Unamuno explica el sentido de la fe desde una historia bíblica del Antiguo Testamento: Abisag, una mujer sunamita, tiene la tarea de calentar el lecho del rey David. El rey está cerca de la muerte, agoniza y desconoce lo que ocurre a su alrededor. Abisag sabe que él quizás no sienta su presencia ni vea su rostro, pero aun así, le ama y cumple su labor con toda el alma. De la misma manera, el creyente cristiano, sabe que la idea de dios puede resultar imposible examinada desde una perspectiva fáctica, pero la fe trasciende este inconveniente, estableciendo una convicción amparada en la voluntad de creer.

El supuesto cristianismo social

“Mi reino no es de este mundo” dijo Cristo, según Juan XVIII, 36; de esto puede deducirse cierto anti-patriotismo de su parte, pues con sus palabras separa el terreno de lo religioso y lo civil, declarándolos ámbitos radicalmente diferentes. Será Constantino, el emperador, quien conjugue estos dos elementos, iniciando el encuentro entre lo romano y la cristiandad a través de la declaración del evangelio como ley pertenecientes al derecho canónico. Con todo, Unamuno cree que los derechos y deberes son sentimientos jurídicos y no religiosos o cristianos, de allí que se advierta la siguiente paradoja:

“Pero como el cristiano es hombre en sociedad, es hombre civil, es ciudadano, ¿puede desinteresarse de la vida social y civil? ¡Ah!, es que la cristiandad pide una soledad perfecta; es que el ideal de cristiandad es un cartujo que deja padre y madre y hermanos por Cristo, y renuncia a formar familia, a ser marido y a ser padre. Lo cual, si ha de persistir el linaje humano, si ha de persistir la cristiandad en el sentido de la comunidad social y civil de cristianos, si ha de persistir la Iglesia, es imposible. Y esto es lo más terrible de la agonía del cristianismo” (Pág. 83)

Por lo anterior resulta una contradicción hablar de un supuesto cristianismo social; una idea que, por demás, ha traído nefastas consecuencias a la cultura de Occidente. Es evidente que en sus orígenes el cristianismo fue apolítico, pero con el tiempo, al romanizarse, tomó esta dimensión, al precio de paganizarse: tan grande es la agonía del cristianismo, en esta dirección, que hasta existe un Estado pontificio.

Para Unamuno sólo existe el cristianismo agónico; en la novela San Manuel Bueno, Mártir expresa que la religión no está para resolver los problemas de los hombres, y en este ensayo ratifica su idea escribiendo: “no es misión cristiana la de resolver el problema económico-social, el de la pobreza y la riqueza, el de reparto de los bienes de la tierra”. Esto conforma una contradicción profunda si se coloca a la luz de las palabras de Cristo: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21), con las cuales se marca la diferencia entre lo material –los problemas de los hombres en este mundo- y lo espiritual. Valga la pena resaltar que esta es una consideración que resiste amplios debates y que en Latinoamérica en la década de los setentas, por citar un ejemplo, se hizo un esfuerzo de acercamiento a través de la teología de la liberación.
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La Agonía del Cristianismo es un gran aporte de Unamuno para el entendimiento de ese fenómeno histórico llamado cristianismo. Sin lugar a  dudas, a muchos lectores puede dificultárseles su lectura, ya sea por las referencias bibliográficas, por el énfasis en las raíces griegas y latinas, o por el desconocimiento de pasajes bíblicos; mas, a pesar de ello, vale mucho la pena aventurarse en su lectura para poder rescatar de ella los aportes que en la actualidad puedan ser debatidos.

NOTAS:

[1] El postulado filósofico de Marx estaba en pleno auge en la época de Unamuno por motivos de la revolución rusa de 1917.

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