AUTOR: Marie Darrieussecq
TÍTULO: Marranadas
EDITORIAL: Anagrama, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1997
PÁGINAS: 152
TRADUCCIÓN: Javier Albiñana
RANK: 8/10



Por Alexander Peña Sáenz
Aunque todavía vivimos en un mundo caracterizado por el pudor y la doble moral, con el tiempo hemos venido liberándonos de numerosos tabúes que ocultan, de una u otra manera, la inclinación natural de los humanos hacia la voluptuosidad y la perversión. La literatura ha participado en esta especie de secularización, tomando un rumbo incluso militante, y a través de sus temáticas, estilos e influencias, ha transgredido los límites de lo moralmente permitido, creando así una zona de libertad basada en experiencias como la mímesis, la catarsis y la exaltación.

Sade, Rabelais o Nabokov, por mencionar apenas algunos ejemplos, han erigido sus obras partiendo de esta certeza de que es necesario romper con los lazos que nos atan a ciertas formas castrantes de pensamiento. Del mismo modo, y en un trabajo que toma como referencia a los escritores antes mencionados, la autora de Marranadas (1996), Marie Darrieussecq, desea que los lectores de su libro experimenten un placer literario derivado, a la manera kafkiana, de la exploración de lo bizarro, lo grotesco y lo erótico, aspectos fundamentales de la condición existencial del mundo contemporáneo.

Se trata de un relato que dibuja la vileza del ser humano quien, sometido por la miseria de una vida corriente, busca en el vicio encontrar algo de satisfacción personal. Marranadas presenta imágenes impactantes, metáforas del libertinaje sexual propio de finales del siglo XX, y sus protagonistas son jóvenes que buscan a toda costa nuevas sensaciones. Con todo, es un libro atrayente, hasta tal punto que el éxito alcanzado con él por Darrieussecq sólo puede compararse con el de Françoise Sagan cuando editó Buenos Días, Tristeza. La habilidad de la autora para mantener el ritmo narrativo, aun mientras desarrolla temas escabrosos, es impresionante, y sus descripciones poseen gran factura literaria.

El argumento de Marranadas

La historia comienza mostrándonos a una joven francesa de modales comunes, inmersa en la cotidianeidad y un trabajo que no puede dejar si desea sobrevivir con su pareja Honoré. Ahora bien, la chica, que labora como dependienta y masajista de una perfumería en París, explora con sus clientes las más increíbles experiencias sexuales, las mismas que pasan de la simple metáfora a una realidad insoportable, pues la convierten en un ser bizarro y ruin, más parecido a un cerdo que a cualquier otra cosa. Así, nuestra protagonista (que en lo sucesivo vamos a denominar mujer-porcina) pasa de una vida común y corriente a una fábula de pesadilla, protagonizando cambios súbitos como aumento de peso, ensanchamiento del cuerpo e instintos animalescos.

A la perfumería asisten los más variopintos personajes: mujeres de la alta sociedad y hombres ávidos de saciar sus carnales apetitos. En medio de semejante panorama, el cambio que vive la dependienta la hará apetitosa a los ojos libertinos de los clientes y  despertará en ellos los deseos más viles:

“Pero a partir del momento en que me puse demasiado gorda, antes incluso de que lo notaran los clientes, empecé a sentir asco de mí misma. Me veía en el espejo y tenía, entonces sí, pliegues en la cintura, ¡auténticos michelines! Ahora sonrío al recordarlo… Estaba convencida de que se había producido como un fenómeno de retención de sangre en todo mi cuerpo; me puse coloradota y, poco a poco, mis clientes empezaron a comportarse conmigo como auténticos granjeros. No se percataban de nada, porque estaban demasiados absortos en sí mismos y en su propio placer, pero la cama de masaje se convirtió, con sus nuevos apetitos, en una especie de pajar en un campo; algunos empezaron a rebuznar; otros a gruñir como puercos y poco a poco cavaron todos, más o menos, a cuatro patas” (Pág. 25)

La mujer-porcina es arrastrada por su instinto natural, dedicándose al cultivo de las sensaciones más disolutas, no sólo con sus clientes, sino también con sus jefes, y abandonándose definitivamente al placer. La mujer se sentirá segura, próspera ante una nueva imagen de la vida caracterizada por el regreso a las pasiones primitivas y el alejamiento de lo sofisticado del mundo de ciudad:

“En la plazoleta encontraba siempre ranúnculos, era de nuevo primavera, y los mascaba lentamente a escondidas, les encontraba sabor a mantequilla y a prado fértil. Contemplaba los pájaros, había gorriones, palomas, estorninos a veces, y sus patéticos gorjeos me hacían llorar” (Pág. 48)

Pronto, la tienda de perfumes pierde la condición que la caracterizaba; nuevos clientes, ahora piojosos de baja educación instados por la aparente prostitución de las dependientas, la visitan frecuentemente. La joven, por su parte, un híbrido cada vez más bizarro de humano y cerdo, se halla en el punto más bajo de la dignidad; su propio novio, Honoré, aunque ha vivido un romance de maravilla con ella, no logra evitar el asco que le genera verla transformada en una grotesca figura porcina, la considera una “golfa repugnante”.

Abocada a la soledad conyugal, la muchacha no tiene otra opción que entregarse a toda clase de perversiones con Edgar, un prominente político, hombre de negocios adicto a las orgías y bacanales, de las que es ejemplo la celebración de fin de año que organiza con sus consortes en Aqualand.

Después de todo tipo de vejaciones, la mujer-porcina es abandonada a su suerte, y sólo halla el amparo de un hombre de limpieza que, a cambio de sus favores sexuales, le permite quedarse en un hotel. Entretanto, Edgar sube al poder y deporta a los extranjeros, entre quienes se cuenta el sujeto que ayuda a la chica, quedando ésta nuevamente arrojada a su suerte, y en una situación aún más dramática, pues se encuentra embarazada. Huyendo de los gendarmes durante un tiempo, terminará dado a luz a sus crías:

“A mi lado, en el suelo, había seis cosillas sanguinolentas que rebullían. Por el aspecto que tenían, vi que no durarían mucho (…) Me incorporé con dificultad, me dolía mucho la barriga. Me metí las seis cositas en la boca, hundí una tapa de alcantarilla y me metí bajo tierra. Lamí las cositas lo más cuidadosamente posible. Cuando se quedaron frías, fue como si ya no me pertenecieran. Me hice un ovillo y ya no pensé en nada” (Pág. 89)

Ese es el punto más cruel de su metamorfosis: la llegada de los gendarmes a las cloacas miserables en las que se esconden los vagabundos, entre ellos la mujer-porcina, y su inútil lucha por encontrar un espacio en el mundo que la acepte totalmente a pesar de su condición..

Fábula del siglo XXI: Kafka, Esopo, Nabokov y Sade

En Marranadas hay una mezcla interesante de metamorfosis, erotismo, sexualidad, sangre, licantropía, show mediático y política. Todo esto permite situar fuertes influencias literarias en Darrieussecq de autores como Esopo en lo que respecta al carácter fabulesco de su historia y, por supuesto, de Franz Kafka por lo que concierne a esa transformación de pesadilla que sufre su protagonista. 

En La Metamorfosis, su personaje principal, Gregorio Samsa, amanece convertido en un horrible insecto; la repugnancia que causa Gregorio a sus congéneres es impactante, hasta tal punto que se le condena al ostracismo. Algo similar ocurre a la mujer-porcina en Marranadas, pues a raíz de su transfiguración animalesca es, por una parte, rechazada y, por otra, abusada de modo grotesco para saciar el instinto carnal de los hombres. De cierta forma, aquellos individuos también se convierten en cerdos con sus acciones, y son un símbolo de la degeneración contemporánea de los valores.

La influencia de Kafka es evidente en la novela, sin embargo, Darrieussecq imprime su cuota de originalidad escribiendo el relato en primera persona, estrategia que agudiza la fuerza narrativa; además, al contrario de lo que le sucede a Gregorio Samsa (a quien desde la primera página se le presenta como un insecto), el cambio de la mujer-porcina es paulatino; son sus desequilibrios libertinos los que gradualmente trocan su condición humana por la de un animal.

Otras influencias que pueden encontrarse en Marranadas son las Nabokov, Sade y Rabelais, quienes inspiran, a su manera, las escenas presentes en la obra de sexualidad, perversiones y fantasías. Darrieussecq es una autora que desea ser lo más explícita posible, desligándose de los tapujos moralistas. Si miramos, por ejemplo, el siguiente fragmento en el que la mujer-porcina tiene un encuentro con el director de la perfumería, esto resulta más que claro:

“El director debía de estar realmente orgulloso de mí para mostrarse tan bondadoso conmigo. Luego tuvo la paciencia suficiente como para dedicarme su tiempo y pulir mi formación. Me enjugó las lágrimas. Me tumbó sobre sus rodillas y me introdujo algo por detrás. Aquello me dolió más que con los clientes, pero él me dijo que era por mi bien, que luego todo entraría de maravilla, que no volvería a tener problemas. Sangré un montón, pero a aquello no se le podía llamar regla” (Pág. 35)

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Marranadas es una novela sencilla, cargada de imágenes repudiables, que nos recuerda que la vida está siempre permeada por lo grotesco. En la página de La Playa de Madrid, puede hallarse información acerca de una reciente adaptación teatral de esta obra.

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