AUTOR: José Ortega y Gasset
TÍTULO: La Rebelión de las Masas
EDITORIAL: Círculo de Lectores, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1969
PÁGINAS: 256 
RANK: 10/10




Por Alexander Peña Sáenz
Vivimos en una sociedad en la que todas las esferas de la vida se han masificado: la jurisprudencia, la industria, el transporte, las comunicaciones, el mercado; disponemos de un mundo apenas soñado por los hombres de épocas anteriores, pero, aunque muchísimas cosas resultan más fáciles hoy en día, pagamos el precio de esta comodidad observando cómo paulatinamente todo se torna más superficial. Como seres humanos nacidos en los dos últimos siglos, podemos sentir la satisfacción de pertenecer a una vanguardia para la cual, ni las enfermedades, ni los desastres, ni las distancias, representan problemas definitivos; somos, por ponerlo ya en términos de Ortega y Gasset, unos verdaderos “niños mimados”.

Ser esto implica, para el filósofo español, el pertenecer a una sociedad que no posee una conciencia clara frente al progreso histórico que la ha puesto en este sitio, que se muestra hermética e ignorante de su pasado, y que es un producto natural de lo que el autor denomina “la pavorosa homogeneidad de Occidente”. Se trata de una uniformidad que se remonta hasta el apogeo de lo moderno, periodo en el que se sientan las bases para la evolución del hombre-masa, el mismo que ha dejado ya desde hace tiempo de constituir un producto exclusivo de Europa, para convertirse en un fenómeno evidente en todos los rincones del globo.

La Rebelión de las Masas (1930) es una obra fundamental para entender la existencia del hombre contemporáneo, su condición de masa y su relación con las instituciones y hombres que detentan el poder. José Ortega y Gasset acierta al deliberar sobre estos asuntos considerando sus dimensiones sociales, filosóficas y políticas, no sólo en el marco de su tiempo, sino pensando de una manera proyectiva hacia el futuro. Es por ello que la obra mantiene una vigencia extraordinaria, a tal punto que parece haber sido redactada recién iniciado el siglo XXI; las cuestiones que aborda no son nuevas, pero mantienen su llamado a los individuos para que se conviertan en los artífices de su destino y no sean arrastrados por fuerzas superiores, esas sobre las que nos advertía Stuart Mill en el siglo XIX:

“Aparte las doctrinas particulares de pensadores individuales, existe en el mundo una fuerte y creciente inclinación a extender en forma extrema el poder de la sociedad sobre el individuo, tanto por medio de la fuerza de la opinión como la legislativa” (Pág. 24)

Ortega y Gasset comenta que el siglo XX es una época en la que los hombres –y sus conciencias- son consumidos por las masas, y que este fenómeno tiende históricamente a hacerse más agudo, sumiendo cualquier atisbo de lo individual en la mediocridad del pensamiento colectivo. En la génesis del problema puede situarse esa ausencia de variedad de situaciones –idea acuñada por von Humboldt en el siglo XIX- que impide al ser humano enriquecer su espíritu y crecer intelectual y vitalmente. Todo lo contrario, en la actualidad, la cultura de Occidente se caracteriza por una tendencia hacia la homogenización en todas las direcciones culturales: las lenguas, las artes, la política, la religión, el entretenimiento, etcétera; hecho que provoca la anulación de lo diverso y la aceptación tácita del prototipo hombre-masa.

En este contexto es justamente en el que se generará la rebelión de las masas, esto es, el proceso que llevará a los hombres, guiados por su conciencia colectiva –no individual-, a controlar la sociedad: si no es posible un proyecto de vida personal, todo terminará haciéndose en nombre de lo colectivo. El libro de Ortega y Gasset se encuentra dividido en dos partes: la primera analiza el fenómeno de la rebelión situándola concretamente en el hombre-masa; la segunda, explica qué instituciones controlan el mundo a mediados del siglo XX. A continuación se realizará una aproximación a estas dos partes, recapitulando las ideas más importantes del autor.

Sobre la rebelión de las masas

Hace casi noventa años, cuando Ortega y Gasset concibió la idea de este libro, el mundo ya llevaba un buen tiempo experimentando cambios drásticos en las formas de relación entre individuos al interior de las ciudades. El mismo hombre que por siglos había trabajado y vivido en los campos pasaba entonces a asociarse con otros en el contexto de ciudades caracterizadas por las aglomeraciones, el ruido, los comercios, el anonimato y todos los demás elementos de la famosa sociedad civilizada. El individuo, visto así, es insertado en la muchedumbre como un sujeto sin nombre e identidad particulares, como alguien totalmente prescindible, como un hombre-masa:

“Masa es “el hombre medio”. De este modo se convierte lo que era meramente cantidad –la muchedumbre- en una determinación cualitativa: es la cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que se repite en sí un tipo genérico” (Pág. 45)

Es más, el hombre que de repente pertenece a la muchedumbre, no sólo posee una apariencia exterior similar a la de cualquiera, sino que sus propios comportamientos masificados se empiezan a fijar en su psique:   

“En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicológico, sin necesidad de esperar a que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no: masa es todo aquel que no se valora a sí mismo ―en bien o en mal― por razones especiales, sino que se siente "como todo el mundo" y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás” (Pág. 46) 

Esta condición, opina Ortega y Gasset, es la que explica ese estado psicológico por el cual el individuo se siente amo y señor de sí mismo, aunque tenga una evidente falta de libertad y elección. Dicha seguridad, por otra parte, es la que no le permite rastrear su historia, el cómo otros hombres tuvieron que luchar en el pasado para adelantar las revoluciones que hicieron de él lo que es. El hombre-masa vive en un ambiente de hiper-democracia, entendida esta como una forma política en la que dominan las masas: es inminente el riesgo de que la individualidad sea aniquilada y en su lugar advenga el espíritu colectivo. “La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto –dice el autor-; quien no sea como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado”. En un mundo así, por ende, es necesario sentirse extraño, sorprenderse, e iniciar la tarea intelectual de reflexionar con cabeza clara.

El crecimiento de la vida. Lo que antes parecía lejano, ahora ha llegado; de alguna manera, la vida del siglo XX hace pensar que se atraviesa una época de plenitud, de superación de las decadencias y cada vez más abierta al progreso. Sin embargo, este auge de la Modernidad atravesó su etapa decisiva un siglo antes, en el XIX, a raíz de tres procesos: a nivel político, se pusieron en marcha las ideas de la democracia liberal y, con ella, formas superiores de vida pública [1]; a nivel industrial, el desarrollo de la revolución y las técnicas de trabajo multiplicaron las posibilidades de producción [2]; finalmente, a nivel científico, el conocimiento tuvo avances sin precedentes en todos sus campos. 

Estos tres elementos engendraron el hombre-masa, incluso, en el sentido cuantitativo de la expresión: para inicios del siglo XIX habían en Europa 180 millones de personas y, desde ese entonces hasta 1914, la cifra aumentó a 460 millones. Ahora bien, son los burgueses los encargados de constituir el espíritu de esta época, es decir, son ellos los propietarios, científicos, técnicos, ingenieros e intelectuales que más contribuyen a la masificación humana.

Con todo, el ser humano común y corriente, no reconoce su fundamento histórico, el sacrificio de su libertad individual en nombre de la masa; es más, mira el pasado con cierta prepotencia, sintiéndose superior a los hombres del pasado, cuyas ideas ya han sido superadas y ampliadas por los líderes de su tiempo. Con los avances de la industria, la medicina, la tecnología y las comunicaciones, no existen muchos problemas que él pueda considerar irresolutos, y todas las ciencias y profesiones parecen dispuestas a disipar sus dudas e inseguridades. Sin embargo, persiste aún en su interior, así trata de evadirla, la gran pregunta sobre su sentido:

“Nuestro tiempo tendría ideales claros y firmes, aunque fuese incapaz de realizarlos. Pero la verdad es estrictamente lo contrario: vivimos en un tiempo que se siente fabulosamente capaz para realizar, pero que no sabe qué realizar. Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia” (Pág. 73)

Es por ello que el panorama actual ofrece un contraste entre las posibilidades superiores que posee el hombre en cuanto a técnica y la insuficiencia de sentido que se deriva de no contar con un proyecto de vida. Es inevitable sentirse a la deriva, personificar esa insatisfacción de tener todo y nada a un mismo tiempo.

La disección del  hombre-masa. Durante el pasado, no fueron pocas las figuras que previeron, como profetas de la historia, lo que sería el mundo del futuro; Hegel, Comte y Nietzsche, por ejemplo, advirtieron, cada cual a su manera, el advenimiento de las masas y, con ello, su incertidumbre y la posible catástrofe bajo la que podría sucumbir.

El hombre de clase media ya está a la altura de la historia, posee un horizonte económico más o menos claro, tiene a su alcance toda clase de lujos y encuentra las maneras de alcanzar lo que desea. Tanto es el confort que posee que, incluso, en ámbitos como el de la legalidad y las leyes, se sabe igual que los demás; hay un idealismo vigente en su vida, cree que no tiene límites y que gobierna puntualmente cada cuestión que lo involucra. Empero, no descubre que en todo esto lo único que hace es inscribirse dentro de alguna corriente, dejarse llevar por el grupo con el que comparte cierta perspectiva. Ortega y Gasset opina que, por este compartimiento, el hombre-masa representa un snob y no posee nobleza, porque esta cualidad es sinónimo de una vida de esfuerzos, de movimiento, de trascendencia, contraria a la propia de las masas, que tienden a lo inerte y conforme.

Rasgos psicológicos del hombre-masa. La psicología del hombre-masa se parece mucho a la de un niño mimado, protegido. En La Rebelión de las Masas, se expone un cuadro psicológico de este hombre, advirtiendo que él encuentra su plenitud en dos sentidos: primero, la libre expansión de sus deseos vitales y, segundo, su radical ingratitud hacia lo que ha hecho fácil su existencia. Asumiendo esto, Ortega y Gasset plantea lo siguiente:

“Mi tesis es, pues, esta: la perfección misma con que el siglo XIX ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida, es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza. Así se explica y define el absurdo estado de ánimo que esas masas revelan: no les preocupa más que su bienestar, y, al mismo tiempo, son insolidarias de las causas de ese bienestar. Como no ven en las ventajas de la civilización un invento y construcción prodigiosos, que sólo con grandes esfuerzos y cautelas se pueden sostener, creen que su papel se reduce a exigirlas perentoriamente, cual si fuesen derechos nativos” (Pág. 87)

De esta manera, todo lo que el mundo ofrece es visto como si fuese dado naturalmente. De hecho, esta visión, lleva a las masas a intervenir “activamente” en todos los ámbitos de la vida, y, cuando lo hacen, suelen hacerlo violentamente. Dos grandes ejemplos de esto son el sindicalismo y el fascismo, corrientes cuyo auge se encuentra en el siglo XX. Ambas perspectivas del pensamiento político conducen sus ideas a través de mecanismos que favorecen la aparición de la violencia, pregonando una razón de la sinrazón y un hermetismo intelectual. Es, pues, la acción directa, la forma de actuar de las masas, que exige con muchas pretensiones aquello para lo cual cree que tiene derecho, mientras rechaza lo diferente, pues odia que no se le asuma de manera igualitaria.

En tal sentido, los hombres-masa tienen otra característica particular: el dejarse dirigir por otros individuos como ellos, es decir, hombres sin “conciencia histórica”. El conocer la historia reduce el riesgo de cometer los mismos errores del pasado, pero esto es precisamente lo contrario de lo que sucede a los hombres corrientes, que no se enteran jamás de que su propia negligencia es la razón por la cual se mantiene el statu quo.

El especialismo y la estatificación de la vida. En medio de este panorama es inevitable que se desate la barbarie del “especialismo”. La democracia liberal y la técnica han producido, como se dijo antes, un modo distinto de existir: el ser un hombre “enciclopédico” o especialista, es decir, aquel que conoce a la perfección su “mínimo rincón del universo”, pero ignora el resto. De este modo, se ejerce una mecanización de las profesiones, recluyendo al hombre en un campo intelectual muy estrecho, que no le permite ver la totalidad de las cosas –una especie de analfabeta letrado-. Asimismo, en las disquisiciones de La Rebelión de las Masas se hace evidente la entrega total de la conciencia colectiva al poder del Estado:

“Este es el mayor peligro que hoy amenaza a la civilización: la estatificación de la vida, el intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado; es decir, la anulación de la espontaneidad histórica, que en definitiva sostiene, nutre y empuja los destinos humanos" (Pág. 144)

Una de las grandes consecuencias de la masificación de la vida es la burocratización, la cual amenaza con desaparecer la concepción del hombre como ser individual. En sus prácticas concretas, se institucionaliza la homogenización, el rechazo a lo disidente y la anulación de la conciencia personal.

¿Quién manda en el mundo?

Para el tiempo en el que se redactó este libro (1930), una pregunta ganaba espacio sobre la mesa de debate político: ¿quién manda en el mundo? Era evidente, desde el nacimiento de la Edad Moderna, que una respuesta posible sería la hegemonía europea, pues ella abanderó procesos significativos como la Ilustración, la Revolución Francesa, la democracia liberal, la revolución industrial y la experimentación científica, todas ellas cuestiones que reemplazaron el antiguo régimen fundamentado en lo sacro y religioso. 

Ahora bien, aunque Europa tuvo bajo su mando el mundo entero por varios siglos, las contradicciones morales que evidenciaba en su sociedad, las guerras mundiales que protagonizó y la misma democratización del saber, hicieron cada vez menos evidente la respuesta a la cuestión sobre el control del mundo. Los pueblos-masa, hoy por hoy, están en la disposición de rebelarse, de rechazar el sistema de normas que se les ha impuesto desde los tiempos en que primaba la civilización europea; pero lo problemático de esta situación es la incapacidad que tienen estos pueblos para crear sus propios sistemas de normas o, como diría Ortega y Gasset, su impotencia al momento de proponer “programas de vida” originales y coherentes. De este modo, cuando la masa desarrolla una rebelión, pronto se persuade de su incompetencia para regirse a sí misma. 

Lo que parece claro es que cada vez hay un mayor desplazamiento del poder de los países a las organizaciones; después de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, por ejemplo, puede decirse que ostentan mayor poder que muchos estados organizaciones como la ONU, la Unión Europea o la OTAN, entre otras. Esto significa que, si bien hay países como Estados Unidos que mantiene su influencia sobre el mundo y otros –como Francia, Inglaterra o Alemania- que buscan no quedarse atrás en este cometido- su vigencia imperativa va perdiéndose para dar paso a las alianzas regionales o corporativas, con las cuales se abre aúnmás el abismo entre quienes detentan el poder y los individuos corrientes. Al respecto, Ortega y Gasset apunta:

“Vivir es ir disparado hacia algo, es caminar hacia una meta. La meta no es mi caminar, no es mi vida; es algo a lo que pongo ésta y que por lo mismo está fuera de ella, más allá. Si me resuelvo a andar sólo por dentro de mi vida, egoístamente, no avanzo, no voy a ninguna parte; doy vueltas y revueltas en un mismo lugar. Esto es el laberinto, un camino que no lleva a nada, que se pierde en sí mismo, de puro no ser más que caminar por dentro de sí” (Pág.167)

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La Rebelión de las Masas es una lectura indispensable en estos tiempos en los que la muchedumbre se implanta sobre la conciencia individual. Es necesario examinar con mente clara la situación contemporánea para encontrar la mejor forma de vida, tanto en el plano personal como colectivo, algo que equivale a reflexionar, encontrar vías de cambio y soluciones prácticas, porque como dijo alguna vez Ortega y Gasset: "es indudable que desde siempre ha tenido que ser para muchos hombres uno de los tormentos más angustiosos de su vida, el choque con la tontería de los prójimos".


NOTAS:

[1] Ver: Bobbio, Norberto (1993) Liberalismo y Democracia. Bogotá: F.C.E.
[2] Para ampliar el concepto de técnica, consultar: Ortega y Gasset, José (1965) Meditación de la Técnica. Madrid: Editorial Espasa-Calpe.

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