AUTOR: Alekséi Leóntiev
TÍTULO: El Lenguaje y la Razón Humana
EDITORIAL: Ediciones Pueblos Unidos, S.A. (Primera Edición)
AÑO: 1966
PÁGINAS: 151
TRADUCCIÓN: Augusto Vidal Roget
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez
En la introducción a su opus magnum de 1921, El Lenguaje, el antropólogo estadounidense Edward Sapir escribió lo siguiente: “el habla es un hecho tan familiar de la vida de todos los días, que raras veces nos preocupamos por definirla. El hombre la juzga tan natural como la facultad de caminar, y casi tan natural como la respiración. Pero sólo hace falta un instante de reflexión para convencernos de que esta ‘naturalidad’ del habla es una impresión ilusoria. El proceso de adquisición del habla es, en realidad, algo totalmente distinto del proceso de aprender a caminar, (porque) en este último caso, la cultura –o, en otras palabras, el conjunto tradicional de hábitos sociales- no entra propiamente en juego” [1].

Sapir expresaba de esta forma la doble naturaleza del lenguaje: de un lado, asumido cotidianamente por el hombre y, del otro, poseedor de una complejidad que aún hoy en día no alcanza a precisarse. Tal vez sólo los especialistas han franqueado los límites que existen entre una y otra concepción, pero lo cierto es que este hecho no debería conducirnos a una simple complacencia comunicativa, es decir, a interpretar el lenguaje de modo utilitarista, pues este trasciende dicha función al vincularse profundamente con los procesos mentales del ser humano, con su posibilidad de autoreconocerse y, por supuesto, con las expresiones más profundas de su vida socio-cultural.

En este sentido, cualquier aproximación a las discusiones que sobre el tema se han generado resulta, más que válida, provechosa. Habría que leer con generosidad los libros de Schaff y Wittgenstein sobre filosofía del lenguaje; los de Vygotski y Luria en torno a las relaciones entre pensamiento y lenguaje; los de Sapir y Whorf acerca de etnolingüística; y, en fin, al menos todos aquellos títulos que en cada dirección de estudio se muestran especialmente relevantes. Ahora bien, antes de ello, es prudente consultar alguna obra que podamos utilizar a guisa de introducción, una que aborde los temas de forma general, precisando marcos, terminología, teorías, etcétera.

La orientación que tiene este libro de Alekséi Leóntiev, El Lenguaje y la Razón Humana, es justamente esa: las 150 páginas que lo componen son usadas por el psicólogo ruso para establecer una panorámica de las discusiones suscitadas alrededor del lenguaje, y la manera como estas permiten comprender más hondamente la realidad humana. Es verdad que entre la actualidad y la época en la que fue escrito el libro –mediados del siglo XX- existe ya una gran brecha y, en consecuencia, dentro de la obra hay consideraciones que no ofrecen total vigencia; sin embargo, son muchos los aportes que todavía pueden encontrarse aquí sobre, por ejemplo, el papel del lenguaje en la configuración de la vida, las funciones del mismo en el plano de la comunicación e, incluso, en el desarrollo de las esferas culturales.

Por demás, la perspectiva que maneja Leóntiev le confiere un matiz particular al libro; se trata de una mezcla de psicología del desarrollo y materialismo histórico. Así, de un lado, se reconoce en el autor la influencia científica de Vygotski y Luria –con quienes trabajó durante varios años- y, de otro, el peso contextual de la Unión Soviética –que instaba a sus intelectuales a relacionar su trabajo con los puntos centrales del marxismo-. No podría afirmarse que se trata de una obra ideologizada, pero es inevitable percibir cuando se lee ciertas cargas políticas, por demás prácticamente presentes en todos los autores rusos que abordaron el lenguaje en aquel entonces: Spirkin, Gorski, Panfílov, Ajmánov o Boguslavski, por citar algunos.

El Lenguaje y la Razón Humana está dividido en tres partes más o menos equivalentes en extensión. La primera es la de mayor contenido psicológico, en ella Leóntiev ubica el lenguaje dentro del conjunto de condicionamientos mentales y sociales que tiene el hombre y, a partir de esto, señala las funciones que cumple con relación al pensamiento, la percepción y la comunicación. Posteriormente, en “Sustitutos del Lenguaje”, aborda cuestiones más lingüísticas vinculadas con la semiótica, la generación del conocimiento y las transformaciones culturales. Por último, en “El Hombre y la Máquina”, la disertación desemboca en una línea más filosófica con la que el autor pretende hacer una correspondencia entre lenguaje y trabajo, explorar el futuro del hombre a este respecto y subrayar el valor social del pensamiento.

La intención del presente escrito es explorar sintéticamente el contenido del libro, estableciendo frente a él algunos acercamientos teóricos que han hecho otros autores; para tal fin, seguiremos el orden de la obra, aunque concretando su horizonte de la siguiente forma: 1. Relaciones entre lenguaje y pensamiento; 2. Funciones sociales y culturales del lenguaje y; 3. Aportes marxistas a la discusión sobre el lenguaje.

Relaciones entre lenguaje y pensamiento

La psicolingüística ha venido enriqueciéndose como disciplina a través del estudio de dos cuestiones centrales. Primero, se ha preguntado cómo cada individuo desarrolla el lenguaje a partir de la actualización de los recursos evolutivos que tiene para ello, esto es, cómo la ontogénesis humana reproduce la filogénesis de su especie. Por otra parte, se ha interesado en examinar los modos en que el lenguaje incide sobre las conductas personales y los procesos de autoconciencia. Hasta tal punto han sido importantes estas investigaciones que, hoy por hoy, existe una documentación exhaustiva, dotada, además, con aportes provenientes de la biología, neurología, etología, etcétera.

Alekséi Leóntiev no es ajeno a este interés científico y, por tal razón, de entrada encuadra su libro sobre una base psicolingüística. En primer lugar, afirma que, el hombre comparte con el resto de animales dos clases de reflejos, los condicionados y los no condicionados, entendiendo por reflejo “la reacción del organismo a acciones externas que en fisiología se denominan excitantes, estímulos”. En otras palabras, asegura que en la relación que los seres vivos establecen con la naturaleza existen dos clases de reacciones, unas condicionadas, es decir, producto de la propia evolución genética de la especie (por ejemplo, la indiferencia de las vacas frente a la carne) y, otras no condicionadas, o sea, no innatas, sino formadas individualmente (como temer a las alturas después de haber caído de una de ellas en la niñez).

Esta primera tesis le permite a Leóntiev situar que en el campo de la vida es posible observar un tipo de conducta que se llama refleja, ligada estrechamente con la inconciencia, pues tanto los reflejos condicionados como los que no lo son comparten un carácter automático, inevitable. Ahora bien, además de la refleja, existe también una conducta intelectual, especialmente desarrollada en el hombre; este tipo de conducta “presupone siempre una elección entre varias posibilidades”, lo que equivale a decir que, si bien no podemos escoger temerle a las alturas por algún episodio que nos marcó en el pasado, en cambio sí podemos hacerlo fácilmente cuando se trata de hallar una ruta más efectiva para conducirse en la ciudad o comprar alguna prenda deportiva.

Frecuentemente –señala Leóntiev- el hombre actúa intelectualmente, orientándose, ejecutando y confrontando sus acciones frente a los fines y elecciones que él mismo elabora. En su momento Luria calculó que “los actos intelectuales componían por lo menos las siete octavas partes de la conducta humana”, una cifra que de inmediato nos persuade de la importancia que estos representan para nuestra existencia. Con todo, hay que distinguir aquí nuevamente que la conducta intelectual también tiene dos niveles: uno mental y otro práctico, y que lo que realmente distingue al hombre de las otras especies es precisamente el hecho de que él pueda operar mentalmente sus elecciones antes de materializarlas. El autor lo coloca en estos términos:

“El hombre planea sus actos en la mente; su intelecto, aunque ligado a la actividad práctica, no está ‘entretejido’ directamente con ella, no coincide con ella. El intelecto del chimpancé, en cambio, es un intelecto práctico, únicamente se manifiesta en la actividad inmediata” (Pág. 18)

Para argumentar esta idea, Leóntiev apela a diferentes experimentos realizados por psicólogos y etólogos, todos ellos indicadores de que la conducta de los animales, en su plano intelectual, se rige ante todo por el sistema de ensayo-error. Alcanzar una banana, por citar un caso, puede constituir un largo itinerario para un chimpancé, pues al no proyectar cuál es la solución más adecuada para su fin, tendrá que probar todas sus actuaciones hasta encontrar la correcta, y aun así, de ello no se desprenderá un conocimiento racional, a lo sumo la interiorización de una acción efectiva. 

De todo este planteamiento se pueden deducir algunas cuestiones: por un lado, que “en el niño, el acto intelectual es muy semejante por su estructura al acto intelectual del chimpancé”, pues en él se hallan fundidas las fases mental y práctica; en rigor, el chimpancé que organiza sus cajas para alcanzar una banana comparte el mismo sistema intelectual bajo el que trabaja el niño que busca ubicar una serie de figuras en un juego. Sin embargo, ya a la edad de tres o cuatro años el niño “sabe y hace muchísimas más cosas que el más inteligente de los monos, de suerte que ni siquiera es posible compararlos”.

No debe interpretarse de esto que el ser humano opere sólo en un plano mental; por el contrario, el intelecto práctico es fundamental en nuestra vida, se encuentra en todos los hábitos que hemos interiorizado (comer, conducir, caminar) e, incluso, en la raíz de aquellas decisiones que requieren ponernos manos a la obra antes de pensar (probar el color de una pintura, evitar un accidente). Mas, Leóntiev está persuadido de que el tipo de pensamiento que más potencia la actividad del hombre es el mental, porque le permite actuar no sólo sobre lo establecido, sino también sobre un campo de posibilidades de difícil referencia práctica:

“La fuerza del pensamiento estriba, precisamente, en que nos permite descubrir en las cosas particularidades que no podemos observar y ni siquiera representarnos. Lenin dijo acerca de este respecto: ‘la representación no puede captar el movimiento en su conjunto, no capta, por ejemplo, el movimiento que tiene una velocidad de 300.000 km por segundo; mas, el pensamiento lo capta y debe captarlo’” (Pág. 28)

Aquí es donde Leóntiev empieza a orientar su disertación sobre el plano más concreto del lenguaje. El autor opina que lo que brinda la particularidad básica a la conducta intelectual del hombre es el lenguaje, siendo este el que configura su pensamiento, mientras se integra a la conciencia del individuo y le permite actuar de manera más efectiva en su vida práctica. En concreto, el lenguaje interior desempeña una tarea primordial en la medida en que, más allá de los fines comunicativos, está al servicio del pensamiento, la razón, la operación intelectual; es, en su sentido más profundo, el material básico para el funcionamiento de nuestra mente.

Existen dos componentes fundamentales del lenguaje mental: las imágenes-representación, o sea, las formas visuales que tenemos en el cerebro sobre las diferentes cosas (un árbol, un rostro), y las imágenes-pensamiento, que tienen que ver propiamente con los conceptos y, podríamos decir, los predicados de las cosas. Leóntiev sostiene que “la imagen-representación agota el contenido y las posibilidades del pensamiento ‘evidente’, (mientras) la imagen-pensamiento sirve de apoyo al pensar”. Aquí, sin embargo, como sucede con los tipos de intelecto, no cabe asegurar que las representaciones sean menos importantes que los pensamientos; en el ajedrez, en la poesía, en la pintura, el tipo esencial de lenguaje que se maneja es representativo, pues más que transmitir una idea, se busca en ellos construir una imagen.

Además, no hay un discurrir de ideas puro, las mismas imágenes-pensamiento requieren para su trabajo de las representaciones, son su base para la construcción de marcos conceptuales. De modo semejante, las imágenes-representación en sí mismas son insuficientes para el pensamiento, pues sólo su conceptualización puede accionar los procesos mentales más profundos; de poco le serviría al hombre contar con la representación de un árbol en su cabeza, sino puede establecer frente a ella predicados, verbalizaciones y conceptos. Concluye, pues, Leóntiev que “el lenguaje constituye el material básico de que dispone el hombre para proyectar su actividad, y en ello se manifiesta la capacidad o función del lenguaje como instrumento del pensar”. 

Resumiendo, la conducta humana se rige por dos motores principales, los reflejos –que hacen parte de nuestra vida inconciente, ya sean heredados por vía genética o resultado de experiencias individuales-, y el intelecto –dividido, a su vez, en una dimensión mental  y otra práctica-. El lenguaje, dentro de este conjunto desempeña un papel central puesto que es la herramienta que permite al hombre desarrollar sus procesos mentales y darle a sus prácticas un sentido más desarrollado y conciente, una condición que lo distancia de forma radical del resto de animales. En consecuencia, la tesis de Leóntiev coincide sustancialmente con la de Adam Schaff:

“Muchas propiedades del lenguaje humano hablado poseen –en forma embrionaria- analogías que se presentan en la comunicación de los animales: la emisión de sonidos, los gestos y la mímica que los acompañan, la influencia ejercida de esta forma sobre los comportamientos del interlocutor, etcétera. Esto da un testimonio incontrovertible de la relación genética de la humana capacidad del lenguaje y sus elementos embrionarios que aparecen en el mundo animal; da testimonio evolutivo del lenguaje. Pero, al mismo tiempo, a la luz del análisis del lenguaje y del discurso humanos, resulta que no se trata en modo alguno de elementos idénticos; que estos elementos –fuera del lenguaje humano- no aparecen juntos dentro de una estructura; que, por añadidura, el lenguaje humano presenta propiedades nuevas, que le son propias y que no aparecen en ningún aspecto del mundo animal. Se trata, por consiguiente, de un fenómeno cualitativamente nuevo. Por esta razón merece también un nombre específico, en el que se manifieste esta peculiaridad” [2]

Funciones sociales y culturales del lenguaje

Una vez precisados el origen y las particularidades del lenguaje humano, Alekséi Leóntiev dirige su exposición a señalar algunas de las funciones que este cumple dentro de la vida social y cultural. Inicialmente, muestra cómo el lenguaje es un instrumento para regular los actos propios, esto es, cómo desempeña una función de autoconciencia. Y es que, a pesar de que el lenguaje comunicativo surge antes del autoconciente –el niño es capaz de pronunciar palabras antes de ser conciente de su existencia-, no deja por ello de tener una importancia radical para el reconocimiento y la introspección. Aunque todos pensamos con base en un idioma compartido, el lenguaje que ponemos en marcha es totalmente diferente, pues cada uno tiene un proceso de pensamiento particular, producto de sus experiencias, desarrollos y demás.

Por otra parte, el lenguaje cumple una función perceptiva, o lo que es equivalente, nos permite captar y organizar el mundo en el que vivimos. Si el lenguaje no nos dejase mantener en nuestra mente las representaciones externas y operar con ellas de distintas maneras, inevitablemente viviríamos en un mundo caótico e inaprehensible. Es cierto que todos los animales perciben la realidad de cierta forma, mas, sólo el hombre está en la capacidad a través del lenguaje de organizar los objetos del mundo en determinadas categorías. Así lo plantea Leóntiev, citando a Engels:

“(…) A la actividad de los órganos de los sentidos se une la actividad del pensamiento. Cuando miramos a nuestro alrededor, no vemos superficies, líneas y cuerpos separados, ni colores, manchas y franjas, sino objetos. Pues bien, cada vez que fijamos nuestra atención en un objeto, cualquiera que sea, realizamos un acto intelectual (Pág. 49)

Las formas en las que nuestra mente percibe el mundo son harto complicadas y, por supuesto, no se abordan de manera rigurosa en El Lenguaje y la Razón Humana. Sin embargo, el autor precisa que el pensamiento actúa con base en nexos subjetivos –dependientes de la experiencia personal del individuo-, nexos del lenguaje –basados en las particularidades de un idioma-, y nexos conceptuales –propios de los ahondamientos teóricos que se pueden tener sobre algo-. Debe precisarse que, en opinión de Leóntiev, el principal rasgo unificador de lo que vemos en el mundo es la práctica del hombre, su experiencia histórico-social, lo cual significa que la percepción establece sus diferenciaciones de clase o categoría partiendo principalmente de cómo son usadas por el hombre en sus acciones diarias. Asimismo, los conceptos que, a la postre, resultan decisivos para la humanidad sólo son aquellos que se han mostrado particularmente valiosos para su desarrollo. Manteniendo este mismo sentido, escribió Luria:

“El habla, basada en la palabra, la unidad básica del lenguaje, y en la frase (o sintagma, o sea combinación de palabras) como la unidad básica de la expresión narrativa, utiliza automáticamente estas posibilidades históricamente formadas, en primer lugar, como un método de análisis y generalización de la información que se recibe y, en segundo lugar, como un método de formular decisiones y extraer conclusiones. Por esto el habla, un medio de comunicación, se ha convertido al mismo tiempo en un mecanismo de actividad intelectual –un método para usar en operaciones de abstracción y generalización y una base del pensamiento categórico-” [3]

En una línea más fenomenológica el propio Jean-Paul Sartre señaló esta función organizadora de la mente, sólo posible por medio del lenguaje. Al respecto decía “la imagen de mi amigo Pedro no es una vaga fosforescencia, una huella dejada en mi conciencia por la percepción de Pedro: es una forma de conciencia organizada que se refiere, a su manera, a mi amigo Pedro, es una de las maneras posibles de apuntar al ser real de Pedro” [4]. Con este ejemplo, se ilustra la función perceptiva de la mente a la que sirve el lenguaje que, como se ve, no se reduce a la captación del mundo, sino también a su organización dentro del espacio mental del individuo y a su trascendencia una vez esa percepción ha sido conceptualizada adecuadamente.

Otro trabajo importante que cumple el lenguaje tiene que ver con su función cognitiva, o, como lo plantea Leóntiev, su posibilidad de obtener nuevos conocimientos a través de razonamientos lógicos –y también cabría aclarar aquí, aunque él no lo diga, planteamientos ilógicos-. La particularidad que ofrece el lenguaje con relación a este punto es que, si bien podemos orientarnos por vías exclusivamente ideales, sólo la práctica comprueba que nuestro pensamiento se corresponde con la realidad, algo que resulta necesario si lo que se pretende es discurrir objetivamente. De modo ilustrativo Leóntiev utiliza el grabado de Goya El Sueño de la Razón Produce Monstruos para mostrar que está en las manos de cada individuo pensar por sí mismo y evitar seguir con “religiosa unción las verdades ajenas”, es decir, no construir un conocimiento propio.

Como señalamos, para el autor –y, en general, para los marxistas- “el lenguaje ofrece al pensamiento los medios necesarios para comprobar los viejos conocimientos y obtener los nuevos por medio del razonamiento lógico y de sus inferencias”; esto es verdad en el sentido de que por medio de él puede verificarse el contenido de los discursos históricos que se han gestado y explicar su vigencia, falencias o contradicciones. Algo semejante fue sin duda lo que hizo Marx y Engels al revisar las teorías económicas y religiosas que habían explicado hasta entonces la vida humana. 

Mas, la función cognitiva del lenguaje no se restringe a esa especie de revisionismo histórico, sino que también tiene una faceta mucho más práctica. “Para Humberto Maturana, el conocimiento radica en la capacidad del ser vivo para dar una respuesta o conducta adecuada en un contexto determinado, de actuar en un medio preciso; de manera general, el conocimiento, para este autor, implica la vida” [5]. Así, puede explicarse que el lenguaje provea al individuo de las herramientas de pensamiento que le permiten actuar acertadamente en el mundo, desenvolviéndose lo mejor posible en él según sus exigencias y aprendiendo siempre de las situaciones para evitar todo aquello que pueda restarle complacencia o estabilidad.

Leóntiev sitúa otro papel para el lenguaje en su función histórico-social, muy cercana, como se ha visto, a la de la revisión de los planteamientos que sobre el mundo se van construyendo con el paso de los tiempos. Sin embargo, esta función también tiene una dimensión más antropológica vinculada con el mantenimiento de ciertos saberes e imaginarios que cada comunidad lingüística posee y que hallan su principal marco de vigencia en el lenguaje. Leóntiev hace una aproximación a la teoría de Whorf acerca de los vínculos entre lenguaje y conducta histórica, encontrando que para cualquier ser humano es inevitable descomponer la naturaleza “en el sentido que nos sugiere nuestra lengua vernácula”:

“Suponía (Whorf) que esa ‘descomposición’ de la realidad por medio del lenguaje determina las vías y procedimientos del conocimiento de esta última. Es más, afirmaba que la ‘descomposición’ indicada influye también sobre las particularidades de la actividad del hombre que habla en la lengua dada. Y formuló su pensamiento diciendo: ‘En tal o cual situación, los hombres se conducen en consonancia con su manera de hablar” (Págs. 70-71)

Leóntiev no se muestra muy cercano a esta forma de explicación de las conductas, pero está claro que una determinada palabra, dentro de un contexto socio-cultural resulta realmente significativa a la hora de entender toda su vida. ¿Acaso el vocablo Yáawi –jaguar- no tiene para los indígenas curripaco un significado que trasciende el determinismo biológico o estético que tiene este animal para Occidente? Lo que sucede es que Leóntiev se centra en la visión conceptual del lenguaje y, en su opinión, las distintas formas de referirse a una misma idea o cosa, son simples aproximaciones a una sola realidad que puede o no ser compartida. 

Una buena parte de la mitad del libro la dedica Alekséi Leóntiev para acercarse a formas de lenguaje distintas a la oralidad. El tema se le presenta interesante pues piensa que cada uno de los “sustitutos del lenguaje” verbal –como él los llama- desarrolla formas de pensamiento particulares. De tal suerte, el autor analiza distintos sistemas semióticos, la escritura, los diseños y los números como otras formas que la mente humana utiliza para dirigirse en el mundo y expresar sus propias vivencias.

Con relación a la semiótica, en rigor, “cualquier sistema de signos utilizado en la sociedad humana”, Leóntiev asevera que cumple una función de regulación de conductas, hecho que la acerca a los modos de comunicación verbales, los cuales también determinan comportamientos, acciones, saberes, etcétera. Empero, existen otros sistemas de signos –como el Morse o las banderas- que son unilaterales, esto es, sirven exclusivamente para transmitir mensajes, pero no permiten al hombre pensar a través de ellos. Esto supone una desventaja con relación, por ejemplo, al alfabeto de los sordomudos, ya que se ha comprobado que este tipo de personas sí piensan en realidad usando los gestos, en esencia, porque al perder los sentidos del habla y el oído, el cerebro encuentra en lo visual el principal alimento para sus procesos, de suerte que empieza a generarse en él un funcionamiento divergente del “normal”.

Con relación a la escritura, los procesos mentales son muy complejos. Sobre ellos, Leóntiev aborda algunas cuestiones relacionadas con la memoria, los jeroglíficos y las diferencias de trazados alfabéticos. Más interesante, sin embargo, son sus exposiciones sobre los mapas y diseños, a los que les confiere una aplicabilidad enteramente práctica, pero no por ello menos efectiva. Aunque afirma de ellos que son intermediarios entre la mente y la actividad, les atribuye un valor fundamental en términos de la memoria que, de otra manera, no podría mantener el hombre. A propósito de esto se traen a colación ejemplos de los mapas dibujados por los exploradores a lo largo de la historia, o los diseños utilizados para la construcción de importantes obras arquitectónicas como las Pirámides de Egipto, el Partenón o el Coliseo.

El lenguaje gráfico supone, frente al verbal ciertas ventajas. Por ejemplo, los diseños de maquinaría se tornarían bastante dispendiosos si en vez de contar con un diagrama que nos explicara grosores, diámetros, medidas, ubicaciones, tuviésemos una larga lista de puntos por hacer (¿no son los manuales de electrodomésticos útiles más por sus imágenes de instalación que por los lineamientos que disponen?). Al igual que los otros mecanismos del lenguaje, los diseños y esquemas son instrumentos del pensamiento y suscitan en nuestra mente profundos procesos intelectuales, incluso, casi tan elaborados como los que proyectamos a través de los números; y hay cientos de cosas que resultan mejor elaboradas a través de estas formas de pensamiento: para sumar de la manera más cómoda basta con apropiarse del lenguaje de los números, pues resultaría imposible remitirnos siempre a la adición práctica con palos o manzanas.

Aportes marxistas a la discusión del lenguaje

Como se dijo más arriba, El Lenguaje y la Razón Humana es un libro escrito desde una doble perspectiva, psicológica y marxista. Dicha inclinación es especialmente palpable en la parte final del libro, “El Hombre y la Máquina”, en la que Alekséi Leóntiev realiza una reflexión sobre la manera en la que los instrumentos construidos históricamente pueden llegar a ser contraproducentes para la propia especie humana. 

Hay dos tesis centrales aquí: la primera es que, más allá de todas las herramientas que el hombre pueda idear en nombre del progreso (calculadoras, computadores, televisores), jamás una máquina podrá llegar a superarlo en su propia función de pensamiento. La segunda tesis es que, el lenguaje es otro producto del trabajo y, como tal, un desarrollo instrumental del hombre. En este último postulado se vislumbra el espíritu del materialismo histórico, capaz de vincular en su doctrina, incluso aquellos desarrollos que parecen paralelos al trabajo, mas, no connaturales a él. Panfílov lo señalo así:

“En primer lugar, la actividad propia del trabajo hizo que se dieran las condiciones necesarias a la formación del aparato anatómico-fisiológico del lenguaje oral, pues únicamente al diferenciarse las funciones de pies y manos, los antecesores primitivos del hombre adoptaron la marcha erecta, y gracias a ello se transformaron los órganos del lenguaje como convenía para la emisión de sonidos articulados. En segundo lugar, el trabajo, al condicionar la génesis del lenguaje como medio de dar realidad al pensamiento, lo condicionó, a la vez, como medio de comunicación. El trabajo, sobre todo en sus formas colectivas, no pudo no provocar la necesidad de comunicación a fin de coordinar las acciones conjuntas de los individuos” [6]

Esta explicación proyecta una mirada bastante diferente sobre el lenguaje y, de lejos, puede reconocerse que hay muchos argumentos para sostenerla. En consecuencia, Leóntiev, al contrario de muchos pensadores apocalípticos, sostiene que el lenguaje, aun en la actualidad, no deja de cumplir una función práctica y de orientación de trabajo: así como sirvió para organizar las asociaciones primitivas, también ahora se utiliza para dar forma a los instrumentos más sofisticados. El problema que encuentra es que los hombres cada vez se rodean más de objetos, hasta hacer de esto una especie de fetichismo; lo hacen hasta el punto de creer que inevitablemente serán absorbidos por ellos, olvidando que cualquier tipo de máquina únicamente modela las facultades propias del ser humano y, por ende, está bajo su control.

Por demás, el hombre entrega a la tecnología y las máquinas “aquellas facultades psíquicas que no tiene tiempo de aplicar personalmente”, y esto es algo positivo en la medida en la que libera al hombre de las operaciones mecánicas bajo las cuales ha vivido enajenado; lo entrega, por así decirlo, a la libertad del pensamiento, que es uno de los objetivos de la humanidad.

Sin embargo, los inconvenientes que encuentra Leóntiev a propósito de este asunto son varios: primero, que, aunque ningún computador por más potente que sea, supere la capacidad de pensamiento del hombre, el volumen y la velocidad con que se producen las herramientas tecnológicas es cada vez más apabullante y no da tiempo para asimilar de forma adecuada sus funciones, lo cual puede tener un sentido inverso al de la liberación. Asimismo, todavía no se estudia a cabalidad cuáles son las consecuencias de la tecnología en términos de las funciones que cumple el lenguaje: cómo las máquinas están regulando las conductas humanas, cómo estamos delegando en ellas los trabajos de pensamiento que pueden enriquecer nuestra vida, y cómo estamos fijando actualmente los resultados del conocimiento. De este modo lo plantea el autor:

“El hombre puede no recargar su cerebro con cálculos detallados, pero no puede ‘olvidar’, no puede ‘entregar’ a la máquina los principios fundamentales del pensamiento, los resultados básicos del conocimiento, como no puede ‘olvidar’ las reglas del pensar lógico. De otro modo, sencillamente, no sería hombre. Desde luego, no cabe afirmar que quien ignora la aritmética no es hombre, pero la sociedad en que se olvidaron las reglas de la aritmética no sería una sociedad humana” (Pág. 127)

Casi acto seguido Leóntiev afirma: “el hombre no puede hacer avanzar la ciencia si ha de recurrir al manual para encontrar cada dato. Tampoco puede impulsarla adelante si tiene que llevar consigo, en la mente, todos los conocimientos: en este caso, es posible que lo sepa todo, pero será muy poco lo que sabe hacer”. Así pues, lo que debe buscarse es un equilibrio entre el uso de la máquina y el del pensamiento propio, una armonía que permita transitar hacia el estado de liberación, sin perder la naturaleza que nos hace hombres, esto es, la del pensamiento, el trabajo y el lenguaje.

Ya desde los tiempos de Darwin y Wallace esta idea parecía clara, se hablaba entonces de “un ser que en algún aspecto era superior a la naturaleza misma, por cuánto sabía cómo controlar y regular sus operaciones, y podía mantenerse en armonía con ella, no a través de cambios corporales, sino mediante un avance de la mente” [7]. El papel que desempeña el lenguaje en este proceso de armonización es elemental: es quien le permitirá al pensamiento discernir las mejores rutas del progreso y, sobre todo, mantener la propia conciencia de lo que constituimos como especie. Es importante destacar esta última parte, porque lo que somos, aunque se actualiza en cada uno de nosotros, es el resultado de una generalidad amplia, lo que constituimos como humanidad: ese estado de superación que personifica el niño que pasa de su excesiva individualidad y egoísmo al reconocimiento del otro, de la sociedad, hace falta encuadrarlo mucho más todavía como especie.

Leóntiev habla así del Hombre, con mayúscula, comprometido y responsable de los demás. A propósito expresa que “en contraposición a todo animal, el hombre nunca enfrenta a la naturaleza como individuo solitario, su relación con la naturaleza es mediada por su relación con la sociedad”; es decir, los vínculos del hombre con el mundo parten de unos saberes compartidos, unos imaginarios y una cultura que le permiten, justamente, abordar su universo sin caer en el desasosiego o el absurdo. La conciencia del hombre y el lenguaje que se manifiesta en ella son las herramientas que le permiten transformar la propia naturaleza a la vez que él mismo cambia, mas, todo ello, con una responsabilidad y utilidad sociales.

El intelecto es, como el mismo trabajo, un patrimonio humano, una fuente inagotable de descubrimientos y saber, de suerte que para no terminar siendo sus esclavos, toda acción humana debe partir de un criterio armonizador e histórico. La ciencia no puede existir sin el hombre de la calle –dice Leóntiev-: él será quien lleve el nuevo traje hecho con fibras artificiales, o el que se beneficiará de la bombilla eléctrica; por ello, no cabe la posibilidad de pensar un lenguaje y un desarrollo sin la debida contemplación del otro.
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El Lenguaje y la Razón Humana es una síntesis de fácil entendimiento que puede resultar útil para quienes desean acercarse a las cuestiones relativas al lenguaje.

NOTAS:

[1] SAPIR, Edward (1977) El Lenguaje: Introducción al Estudio del Habla. Bogotá: F.C.E. p. 9.
[2] SCHAFF, Adam (1973) Ensayos sobre Filosofía del Lenguaje. Barcelona: Editorial Ariel. p. 66-67.
[3] LURIA, Aleksandr (1979) El Cerebro en Acción. Barcelona: Editorial Fontanella. p. 304.
[4] SARTRE, Jean-Paul (1984) La Imaginación. Madrid: Editorial Sarpe. p. 186.
[5] GONZÁLEZ M. Sergio (1997) Pensamiento Complejo. Bogotá: Editorial Magisterio. p. 50.
[6] GORSKI, D. et al (1961) Pensamiento y Lenguaje. México: Editorial Grijalbo. p. 136.
[7] PINILLOS, José L. (1970) La Mente Humana. Navarra: Editorial Salvat. p. 26.

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