AUTOR: Virginia Woolf
TÍTULO: La Señora Dalloway
EDITORIAL: C.E. El Tiempo (Primera edición)
AÑO: 2002
PÁGINAS: 192
TRADUCCIÓN: Andrés Bosch
RANK: 9/10



Por Alexander Peña Sáenz
La narrativa del siglo XX se consolidó gracias a su originalidad y belleza, adoptando un enfoque que rompía con los cánones de la novela tradicional, entendida como aquella construida a partir de un orden establecido a nivel cronológico y estructural, y cuya estética estaba basada puramente en hechos reales y acciones externas. Este cambio trajo consigo para la literatura su liberación de las ataduras formales, el desarrollo de un orden autónomo, y la asimilación de un tiempo abierto e indefinido, en el que priman la introspección, los retrocesos (analepsis, flashbacks), las imágenes fantasiosas, la nostalgia y las miradas al futuro (prolepsis, flashforward).

Todas estas herramientas narrativas alcanzaron una calidad estética y poética enriqueciéndose con el uso de la metáfora, con la cual se articularon y recrearon nuevas realidades. De esta forma, la novela logró transmitir todos los ideales y experiencias del hombre, siendo éste su único protagonista, el artífice de la interacción con el mundo objetivo, y el punto de partida para el análisis socio-cultural, pero, además, un ser que personifica continuos movimientos hacia su propia conciencia, de los que se desprende el conocimiento de sí mismo, el flujo de su existencia y pensamiento. 

Una de las corrientes literarias que desde inicios del siglo XX explora y explica la condición del ser humano es el monólogo interior, que centra su análisis en el universo de la subjetividad y la consciencia individual, apartándose, además, de una estructura lineal o trama propiamente dicha. En esta narrativa, sustancialmente psicológica, el individuo se examina como tal, habla consigo mismo, se cuestiona y reflexiona sobre situaciones cotidianas y espirituales, mirándose siempre como producto del pasado y proyectándose hacia al futuro. Con base en este examen, exhaustivo e inmediato, el hombre puede hacer frente al mundo externo, y su voz inconsciente siempre habla dentro de él, aflorando en sus deseos, anhelos y fantasías. 

A través del monólogo interior se han elaborado obras trascendentales de la literatura como el Ulises (1922) de James Joyce, En Busca del Tiempo Perdido de Marcel Proust, y la obra que nos ocupa en esta reseña, La Señora Dalloway (1925) de la escritora británica Virginia Woolf, pionera del feminismo, en el sentido de dar un giro a la visión del individuo, proponiéndolo en términos de género: la mujer como sujeto. 

Es justo que en la literatura se abriera un espacio para la expresión de la voz femenina, sobre todo si, como sucede con Virginia Woolf, con esa voz se rescata la sensibilidad propia de las mujeres, esto es, su propia naturaleza, aquello que las hace diferentes de los hombres. Con la obra de esta autora queda demostrado que la mujer personifica sentimientos únicos, y una mayor proporción en cuestiones de pasión, sueños y pureza afectiva. Las mujeres poseen anhelos vitales que buscan materializar en compañía de los hombres, pero se desencantan de ellos cuando estos no contribuye al goce de su vida, a la felicidad; entonces pueden verse sumergidas en las sombras y la sumisión que les impide ser felices. 

La novelística psicológica y el flujo de conciencia femenino están presentes en La Señora Dalloway en todo su esplendor: Clarissa se encuentra al lado de su esposo, Richard Dalloway, un hombre serio del parlamento inglés quien, pese a haber dado a su familia todos los lujos de una vida burguesa, no ha podido satisfacerla en su deseo más puro, el amor, su querer ser

A continuación, nos proponemos analizar la obra a partir de los siguientes aspectos: la exploración de la protagonista de su mundo interior; la visión femenina establecida por Woolf como sensibilidad; algunos aspectos psicológicos como el trastorno bipolar, experimentado por el personaje Septimus Warren; la reflexión sobre la muerte presente en la novela; la contextualización de la obra en la Inglaterra de principios de siglo; la comparación de la técnica del monólogo interior con el existencialismo y; finalmente, el influjo artístico de La Señora Dalloway en autores y obras posteriores.

La Señora Dalloway: introspección y flujo de conciencia

En una novela psicológica como La Señora Dalloway es poco lo que un lector puede extraer con relación a su trama; mas, en últimas, esto aporta poco para entender su trascendencia. Basta con clarificar que la historia se desarrolla en un día de junio de 1923 y que, aunque hay una delimitación temporal del evento central (una fiesta organizada por la familia Dalloway), el espacio narrativo se abre hacia el pasado de los protagonistas por medio de introspecciones y analepsis. Esta técnica narrativa, sin lugar a dudas, es un correlato femenino de lo hecho por Joyce en el Ulises, obra en la que se habían sentado las bases de este estilo.

El sentido de la novela, como decimos, se construye en las introspecciones y el flujo de conciencia de las múltiples voces presentes, en especial, las que aportan personajes centrales como Clarissa Dalloway, Richard Dalloway, Peter Walsh y Septimus Warren. Todos ellos, a pesar de sobrellevar vidas tranquilas, sienten un vacío, una carencia emocional, un sueño no cumplido, o algo por hacer.

Observemos el caso de Clarissa: ella es una mujer de la alta sociedad, casada y con una familia que ha alcanzado el éxito; todo en su vida, al parecer, fluye bien, vive cómodamente como lo haría cualquier burgués de Londres. Mas, pese a esto, siente que su existencia está inmersa en momentos de tedio que la obligan a asumirse a sí misma como un deber ser, esto es, como una especie de esnobismo que la mantiene insatisfecha: 

“Clarissa sabía qué era lo que le faltaba. No era belleza, no era inteligencia. Era algo central y penetrante; algo cálido que alteraba superficies y estremecía el frío contacto de hombre y mujer, o de mujeres juntas. Porque esto era algo que ella podía percibir oscuramente” (Pág. 33)

En busca de dar sentido a su existencia, Clarissa Dalloway recuerda con nostalgia los momentos más felices del pasado. Lo que fue y aquello que no ha podido ser siempre ronda en su mente como un sino del que es imposible escapar: “¡Oh, si pudiera comenzar a vivir de nuevo! –se dice-, ¡hasta tendría un aspecto diferente”.

La señora Dalloway hace notar que la vida es una construcción hecha de instantes fugaces pero valiosos, y que estos son los que le otorgan su esencia. Por ejemplo, siente un súbito placer al recordar a Sally Seton, su amiga de juventud y primera experiencia amorosa. En ella, Clarissa encuentra y valora un amor desinteresado, una pasión pura, al punto de considerar su matrimonio como una experiencia horrible. 

En sus recuerdos transita también Peter Walsh, un hombre que la visita el día de la fiesta y le recuerda que, en algún momento de sus vidas, se amaron. Una pregunta ronda por la cabeza de aquel individuo (¿por qué inducirle a volver a pensar en el pasado?), sospechando que Clarissa tiene ya una vida establecida, pero él mismo se lamenta de haberse alejado de la mujer y verse abocado a un destino de fracasos. Clarissa, por su parte, piensa en una posibilidad que nunca llego a ser: “¡Si me hubiera casado con él gozaría de esta alegría todos los días!”. De este modo, Peter Walsh representa una posibilidad, pero también un sueño; y esta es una inquietud que tortura a Clarissa. 

La protagonista recuerda cómo conoció a su esposo, Richard Dalloway, aquel hombre joven y potentado que suplió en su corazón lo que antes sintiera por Peter Walsh; también viene a su mente la forma en la que su matrimonio la arrastró hasta convertirla en una simple dama de la sociedad, y con ello, a supeditar su identidad a la sumisión que significa tener un apellido de casada. Con cualquier gentleman, sus pasiones se convierten en simples aficiones mundanas, de ahí que en su presente, se lamente por no haber hecho otra vida junto a Peter. 

Un universo femenino

En un país que apenas se recupera de la Primera Guerra Mundial, los valores imperantes son mayoritariamente masculinos. El hombre es quien toma las decisiones y asume la tarea de trabajar para dar sustento y dignidad a sus familias. Las mujeres dentro de este modelo deben permanecer en sus casas, haciendo labores domésticas y ocupándose de cuestiones diversas. Virginia Woolf, pese a su educación, enfocada en una vía más liberal, no pudo deshacerse de esa sumisión que significa el matrimonio, y esto a pesar de que se abrió paso hasta convertirse en una figura importante de la intelectualidad inglesa de su época. Por tal razón, es evidente en la literatura de Woolf una tensión al hablar de la mujer, y también la convicción de que serlo, significa asumir un don:

“Clarissa era muy aguda, juzgaba mejor que Sally el modo de ser de la gente, por ejemplo, y además era puramente femenina; estaba dotada de este extraordinario don, don de mujer, consistente en crear un mundo suyo doquiera estuviera” (Pág. 75)

Clarissa Dalloway (al igual que su creadora, Virginia Woolf) descubre en su propio apellido de casada la señal del sometimiento y, en consecuencia, la afirmación de su tragedia. Es como si la protagonista debiese adoptar una nueva identidad, algo que enajena su yo y, por ende, la obliga a ver las cosas desde la óptica del señor Dalloway, es decir, desde una visión aristócrata y burgués, de refinamiento, elegancia y esnobismo. Clarissa debe esconder sus sensibilidades, vivir en la nostalgia, ocultar sus antiguos anhelos y reemplazar sus sueños juveniles por las nuevas realidades latentes.

Los Dalloway tienen una dignidad reconocida socialmente, y para agradecer esto preparan una fiesta y convidan a ella a todas sus amistades. Esta es la excusa y el detonante para que muchos de los implicados en la historia se reencuentren y  reflexionen sobre lo vivido hasta el momento presente.

El señor Dalloway, que ha dado una vida poco emocionante a su mujer, no desconoce que dentro del cuerpo de su amada, hay una sensibilidad que debe cuidar. Así, en el transcurso del día, Richard compra flores para la su señora, pues realmente le ama y, aunque sabe que no le ha dado todo lo que ella desea, trata de redimirse de esta manera por las carencias y la falta de entendimiento que él tiene hacia ese universo femenino de Clarissa:

“Y ahí estaba él. Caminando por las calles de Londres, para decir a Clarissa en las palabras justas que la amaba. Lo cual uno nunca dice, pensó. En parte, uno es perezoso; en parte, uno es tímido… Porque es una lástima muy grande no decir nunca lo que uno siente (…)” (Pág. 115)

En el matrimonio Dalloway hay posiciones encontradas: aunque Clarissa no está del todo insatisfecha con Richard, se lamenta de aquellas posibilidades que no llegaron a concretarse; por su lado, Richard considera su matrimonio como el milagro que dio el más bello fruto: su hija Elizabeth. La tensión, con todo, lleva irremediablemente a Clarissa a reconocer que su matrimonio jamás le dará una realización plena:

“Y en las personas hay una cierta dignidad; una soledad; incluso entre marido y mujer media un abismo; y esto debe respetarse… Se trataba de algo de lo que una no podía desprenderse, ni quitarlo al marido contra su voluntad, sin perder la propia independencia, el respeto hacia una misma, algo, en resumen, inapreciable” (Pág. 117)

El trastorno bipolar: las tendencias suicidas

Virginia Woolf fue diagnosticada psiquiátricamente de trastorno bipolar, mal que, en su madurez, la llevó al suicidio. Esta condición está inmersa en su obra, pues los mundos opuestos son evidentes en los personajes de La Señora Dalloway, a modo de elaboraciones propias, llenas de intereses, fantasías y cosmovisiones diversas. Muchos de ellos han de experimentar situaciones como la siguiente:

“Esta sensibilidad a las impresiones había sido su desgracia, sin la menor duda. A su edad todavía tenía, como un muchacho e incluso como una chica, estos cambios de humor; días buenos, días malos, sin razón que lo justificara, júbilo al ver una cara bonita, terrible infelicidad al ver una vieja monstruosa” (Pág. 70)

En la lógica de la bipolaridad hay transiciones de lo claro a lo oscuro, y eso es observable en un personaje que llama en particular la atención: Septimus Warren Smith, excombatiente del ejército inglés. La mente de este hombre no está sana, desvaría y mezcla la realidad con la locura, hasta el punto de vivir en una continua alucinación. En él radican las ideas suicidas de la escritora, quien, siempre interrogándose por el sentido de la vida, propone un personaje que se desplaza desde la más profunda felicidad hasta la más densa depresión. Si Clarissa Dalloway simboliza el lado dulce, agradable y cuerdo de la vida, Septimus es la encarnación del otro lado de la moneda.

Este personaje sufre de una psicosis maniaco-depresiva, producto de un estrés pos-traumático, producto de los horrores de la guerra; esto significa que experimenta momentos de lucidez, ama la vida, el sol y la naturaleza, pero también se sume en lo más profundo de la oscuridad del alma. Warren Smith fue un hombre feliz que vivía junto a Lucrezia, su esposa, a quien conoció en Milán durante los años de la guerra. Sin embargo, el conflicto dejó una fuerte herida en su alma en el momento en el su amigo Evans cayó sobre el campo de batalla. Este evento doloroso afecto, no sólo su sensibilidad, sino además su  capacidad de razonamiento. 

De vuelta en Inglaterra, su esposa deseaba que todo es sus vidas tornase a la normalidad, que la locura despareciese. Tantos son los anhelos de ella, que incluso, desea tener un hijo con Septimus, pero éste ha encontrado otras cosas en qué pensar como, por ejemplo, los libros, en especial los escritos por William Shakespeare, aquellos que intoxican su mente con la belleza de las palabras y el lenguaje que satiriza a la humanidad. En la cabeza de Septimus no hay paz, se elaboran allí ideas misántropas y pesimistas:

“Uno no puede traer hijos a un mundo como éste. Uno no puede perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de esos lujuriosos animales, que no tienen emociones duraderas, sino tan sólo caprichos y vanidades que ahora les llevan hacia un lado, y luego hacia otro (…) Porque la verdad es que los seres humanos carecen de bondad, de fe, de caridad, salvo en lo que sirve para aumentar el placer del momento. Cazan en jauría. Las jaurías recorren el desierto, y chillando desaparecen en la selva. Abandonan a los caídos. Llevan una máscara de muecas” (Pág. 88)

El pecado de Septimus es llevar la condena de no sentir y, por lo tanto, de no poder complacer los deseos de su amada Rezia, quien pese a esta falta de cordura, le ama. En busca de soluciones, la mujer contacta a William Bradshaw, un psiquiatra; aquel sujeto intenta aplicar una teoría de proporción/conversión en su paciente: la proporción es un método en el que todo el entorno debe estar en orden y equilibrado para que la gente pueda comportarse correctamente; por su parte, la conversión busca que con el poder y el entorno ordenado se cambie a las personas hasta convertirlos en ciudadanos obedientes. 

Es un caso difícil, y Septimus ve insoportable e intolerable este método, de suerte que se suicida para evitar que Bradshaw lo lleve a una casa psiquiátrica. Este personaje es así una representación de los horrores que causan las guerras y un reflejo anticipado de las impresiones que los dos grandes conflictos del siglo XX generarían en Virginia Woolf: seres humanos enfermos, heridos en cuerpo y alma que jamás lograrán la redención y buscarán la muerte.

La reflexión sobre la muerte

Las tendencias suicidas hacen pensar en la muerte como un escape al dolor de vivir en este mundo hostil. Clarissa, aunque al parecer es feliz, se siente tentada constantemente por la muerte. En algún momento llega a pensar que “si ahora muriera, sería extremadamente feliz”. El ser humano durante el transcurso de su vida se enfrenta al vacío y a la certeza de una muerte inminente; por ello debe adquirir conciencia de la finitud humana. Mientras camina por la calle, cavila de esta forma:

“(…) se preguntó si acaso importaba que forzosamente tuviera que dejar de existir por entero; todo esto tendría que proseguir sin ella; se sintió molesta. ¿O quizá se transformaba en un consuelo el pensar que la muerte no terminaba nada, sino que, en cierta manera, en las calles de Londres, en el ir y venir de las cosas, ella sobrevivía, Peter sobrevivía, vivían el uno en el otro, y ella era parte, tenía la certeza, de los árboles de su casa, de la casa misma, a pesar de ser fea y destartalada; parte de la gente a la que no conocía, que formaba como una niebla entre la gente que mejor conocía, que la alzaban hasta dejarla posada en sus ramas, cual había visto que los árboles alzan la niebla, y que su vida y ella misma se extendían hasta muy lejos?” (Pág. 11)

Con la muerte de Septimus Warren (personaje que Clarissa nunca llegó a conocer en persona), la señora Dalloway, en medio de su fiesta, está convencida de que la muerte necesariamente deja una huella. La vida y la muerte son asuntos bipolares que siempre mantendrán una tensión ineludible:

“La muerte era desafío. La muerte era un intento de comunicar, y la gente sentía la imposibilidad de alcanzar el centro que místicamente se les hurtaba; la intimidad separaba; el entusiasmo se desvanecía; una estaba sola. Era como un abrazo, la muerte” (Pág. 180)

La Inglaterra de la posguerra

La Primera Guerra Mundial y sus secuelas inevitablemente generan un cambio en los valores y costumbres de la gente inglesa, rígida en la época eduardiana, pero más abierta después a las ideas socialistas e incluyentes que trajeron los nuevos pensadores, en especial en lo que concierne al trato de pobres y mujeres:

“La gente tenía aspecto diferente. Y los periódicos también eran diferentes. Ahora por ejemplo, había un hombre que escribía sin el menor rebozo en unos de los más respetables semanarios acerca de retretes. Hacías diez años, no se podía hacer esto. El escribir sin el menor rebozo acerca de retretes en un respetable semanario. Y, luego, aquel sacar el lápiz de labios o la polvera y maquillarse en público” (Pág. 71)

En este contexto, Virginia Woolf abre un gran camino para mostrar en su novelística, más allá del perfil psicológico que la caracteriza, una profunda crítica social. La Primera Gran Guerra ha devastado a Europa, y la escritora inglesa no es ciega al respecto:

“Esta avanzada época de la experiencia del mundo había formado en todos, todos los hombres y todas las mujeres, un pozo de lágrimas. Lágrimas y penas, valor y aguante, una postura perfectamente erguida y estoica” (Pág. 11)

Es obvio que en la Inglaterra de estas décadas persisten las desigualdades, y es así que, en La Señora Dalloway, se retratan estas zanjas sociales a la par de los modos de vida londinenses. Muchos de los personajes se jactan de ser nobles y aristócratas, mientras que otros sobreviven con lo mínimo. Ejemplo de esto es el abismo que existe entre Clarissa Dalloway, como mujer de la alta sociedad y otros personajes como la profesora de Elizabeth Dalloway, la señorita Kilman, y Ellie Henderson, la prima de la protagonista. La primera de ellas es una mujer sin muchos méritos que no puede sino sentir rencor y envidia por la vida aristocrática; la última, en cambio, es menospreciada y se resigna sin más a su estatus social, aun siendo familiar de un burgués.

El monólogo interior de Woolf frente al existencialismo

La otra gran corriente literaria que supuso una ruptura con la novela clásica e inauguró la novela contemporánea fue el existencialismo, representada por figuras como Kafka, Hesse, Céline, Sartre, Camus y los autores del teatro de lo absurdo. La novela existencialista tiene su énfasis en la existencia del hombre: el concebirlo como producto de un arrojamiento, del abandono en un mundo sin dios que le exige asumir su libertad sin más puntos de referencia que él mismo. Woolf concuerda con este presupuesto como puede advertirse en ciertas partes de su novela:

“…creía que los Dioses no existían, que nadie cabía culpar; y, por ello, formuló la atea doctrina de hacer el bien por el bien” (Pág. 77)
“¡Amor y religión!... ¡Cuán detestables, cuán detestables eran!... Las realidades más crueles del mundo, pensó, al verlas torpes, ardientes, dominantes, hipócritas, subrepticiamente vigilantes, celosas, infinitamente crueles y carentes de escrúpulos, allí con impermeable, en el vestíbulo: amor y religión. ¿Acaso había intentado ella, alguna vez, convertir a alguien? ¿Acaso no deseaba que cada persona fuera, simplemente, ella misma?” (Pág. 123)

La existencia es todo lo tangible, pero lo esencial es invisible a nuestros ojos. Es la individualidad esencial lo que lo aleja al individuo de la sociedad y es la intrascendencia de las cosas lo que nos convierte en extranjeros en el mundo. De este modo, lo que hace diferentes a estas dos corrientes literarias es que el existencialismo hace su análisis en términos ontológicos –sea hombre o mujer-, mientras que el monólogo interior de Woolf y posteriormente de autores como Michael Cunningham piensa el individuo sobre todo a partir de la sensibilidad femenina. El existencialismo ubica al individuo en el presente, en el cual debe vivir resignadamente, no enfatiza tanto en las experiencias del pasado o el futuro; por el contrario, el monólogo interior asume la vida como una realización que debe rastrearse desde el pasado y tiene una estrecha relación con los anhelos.

La interacción con la sociedad desde la perspectiva existencial no construye al sujeto, incluso, no le permite que se encuentre a sí mismo; el hombre no necesita de otros para formar su individualidad; en cambio, el monólogo interior asume las relaciones personales y afectivas como un espacio inevitable en el que el individuo se encuentra sumergido, y en el que son posibles sus sentimientos y añoranzas. Woolf al respecto, en la voz de Peter Walsh, opina:

“Porque ésta es la verdad acerca de nuestra alma, pensó, de nuestro yo, que cual un pez habita en profundos mares, y nada entre oscuridades, trazando su camino entre matas de gigantescos hierbajos, por espacios moteados por el sol, y sigue adelante y adelante, penetrando en las tinieblas, en la frialdad, en lo profundo, en lo inescrutable, y de repente sale veloz a la superficie, y se exhibe y nada en las olas rizadas por el viento, y tiene una positiva necesidad de trato, de roce, de calor, con charlas ligeras” (Pág. 157)

Lo que es evidente para las dos corrientes es que el hombre debe asumir su existencia, debe vivir esta vida, pues es la única que tiene. No hay eternidad y todo puede resultar desesperanzador, pero sólo viviendo el hombre puede reflexionar y entenderse como sujeto, ya sea a través de exámenes de conciencia, o del encuentro con la esencia que le permite aceptar su arrojamiento en el mundo.

Influencias posteriores: Las Horas de Michael Cunningham

Michael Cunningham, en la misma línea del flujo psicológico y feminista de Virginia Woolf, escribe Las Horas (1999), novela audaz que a través de tres generaciones afectadas por la novela La Señora Dalloway, muestra a la mujer como sujeto sensible y pensante. En la obra, la mujer está envuelta en diferentes circunstancias que matizan su personalidad y sentimientos, contando con la posibilidad de hacer elecciones personales, renunciar a lo convencional y vivir a profundidad su vida. La sensibilidad femenina sufre dramáticamente la existencia y ve cómo la fugacidad de la alegría exige la aceptación de la realidad tal y como es. 

La pasión añorada, los designios suicidas, el conflicto entre mujer y varón, la personalidad andrógina y la diversidad sexual son aspectos que definen al sujeto desde la perspectiva de Cunningham. Mas, lo que hace a esta novela hermanarse con la obra de Woolf, es la participación de ella misma como personaje y de otras dos protagonistas, Laura Brown y Clarissa Vaughn, claramente inspiradas en la personalidad de Clarissa Dalloway.
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La Señora Dalloway es una obra de arte, por donde se le mire. Woolf a través de un lenguaje bello y complejo nos invita a hallar un sentido más profundo a nuestra existencia, apelando a rigurosos exámenes internos, que exigen de nosotros amplitud mental y sinceridad. Necesitamos observarnos en este espejo, señalando nuestros defectos y cualidades, para enfrentarnos al mundo con todos aquellos elementos que puedan aligerar la angustia que produce saber que estamos en el mundo sin una razón aparente.

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