AUTOR: Fiódor M. Dostoievski
TÍTULO: El Jugador
EDITORIAL: C.E. El Tiempo, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2002
PÁGINAS: 190
TRADUCCIÓN: Victoriano Imbert
RANK: 9/10



Por Alexander Peña Sáenz
Todo hombre sin fortuna en algún momento de su vida ha soñado con ganar a través de un golpe de suerte un jugoso premio y así burlar su destino, entregándose al placer y la libertad absoluta. Asimismo, es verdad que en toda gran ciudad se ofrecen los medios para que estos ambiciosos soñadores cumplan sus objetivos: por todo lado se emplazan los casinos, las casas de apuestas, los bingos, las loterías, y todos esos espacios en los que el azar ofrece sencillas experiencias de diversión a algunos, mientras arrastra a otros hasta los confines más incomprensibles de la adicción.

Fiódor M. Dostoievski soñó también, en cierta época, con evadir el destino de las masas y asegurar su vida sin esfuerzos. Mas, se entregó con tal obstinación a la ruleta que ésta pronto lo condujo a la miseria más profunda. Por suerte, su genio literario pudo sobreponerse a las circunstancias e, incluso, ponerlas a su servicio para la concepción de El Jugador (1866), una novela en la que retrata su condición de aficionado a los juego de azar, y examina las conductas obsesivas en las que puede incurrir cualquier ludópata.

El Jugador es una obra por la que desfilan varios personajes de una fina hondura psicológica, inmersos en pasajes tensos y situaciones de suspenso; pese a ello, la mayoría de críticos han atribuido su carácter legendario, más por ser una especie de autobiografía, que por su calidad narrativa, muy por debajo de la de novelas como Memorias del Subsuelo (1864), Crimen y Castigo (1867), El Idiota (1868) o Los hermanos Karamázov (1880). Dostoievski no tardó más que 26 días en redactarla con la ayuda de la taquígrafa Anna Grigórievna Snítkina (quien posteriormente sería su esposa), para cumplir un acuerdo firmado con el editor Stellovski, a quien adeudaba una suma considerable de dinero.

Ahora bien, aunque es cierto que El Jugador no representa la obra cumbre de Dostoievski, sería inadecuado pensar que deja de comportar interés artístico. Se trata de una novela intrépida, fluida, amena y compleja, algo que se desprende de una trama coherente y unos personajes que desarrollan caracteres distintos y de numerosas implicaciones psicológicas. Así, para acercarnos más conscientemente a ella, pretendemos examinarla, después de dar cuenta de su argumento, desde los siguientes puntos: 1. El papel de los juegos de azar como forma de enfrentar la vida y, 2) la visión que construye Dostoievski del hombre Occidental y ruso de su época.

El jugador

Alexéi Ivánovich es un joven ruso, de unos 25 años, de carácter impasible, analítico, orgulloso y cínico. Su vida pronto se traslada de Moscú a la ciudad-balneario de Ruletenburgo –en Alemania-, en donde continúa su labor como preceptor de los hijos de un aristócrata ruso, el General Zagorianski.

Hombre de pocos recursos, Alexéi se ha apasionado por una mujer de la familia, por quien está dispuesto a jugarse –literalmente- su vida: ella es Polina Alexándrovna, hijastra del General. Polina representa para él una figura lejana, inaccesible, pero esto no le impide expresar su amor y, mucho menos, entregarse a los juegos de azar, buscando en ellos multiplicar su riqueza y dar así a la mujer, una prueba de su eterno servilismo. Y es que, Alexéi, a pesar de ser subestimado y, en cierto modo, despreciado, se declara esclavo de Polina, y está dispuesto a sacrificarlo todo por ella.

Alexéi, por boca de su amigo, el inglés Mr. Astley, conoce el estado financiero de sus patrones: el General está a la espera de la muerte de una tía suya en Rusia, de la cual heredará varias propiedades y el dinero para saldar las deudas contraídas con el prestamista francés Des Grieux, quien, en breve, hará efectivos unos documentos que llevarán a la familia a la ruina. En gran medida, por esta misma crisis, Polina le ha exigido a Alexéi apostar a la ruleta y ganar el dinero que les permita mantener por un tiempo más sus privilegios económicos.

La mujer siempre actúa de manera tirana frente a Alexéi: cierto día, por ejemplo, le exige comportarse altaneramente con dos barones alemanes, de los que quiere burlarse; el hombre accede y de forma irónica se dirige a la pareja, molestándolos e indignándolos con actitudes bochornosas. El General, quien debe cuidar su reputación aristócrata y busca cultivar la simpatía de madame Blanche de Cominges, despide a Alexéi de su labor, y éste, aunque no está de acuerdo con la decisión, no tiene otra opción que aceptarla.

Después de este hecho, Ivánovich se siente desamparado, pero también con un extraño sentimiento de libertad. Su suerte viene a cambiar cuando la tía misma de los Zagorianski irrumpe en Ruletenburgo. Ella, Antonida Vasílievna Tarásevicheva, de más de setenta años, ha llegado molesta e indignada, pues el General pasa buena parte de su tiempo enviando telegramas a Moscú en los que pregunta si la vieja todavía sigue viva. Va, pues, dispuesta a corroborarles a todos que es así y que no piensa dejarles nada de sus propiedades.

Antonida pide a Alexéi que le sirva de asesor y guía en la ciudad, en donde pronto caen en la tentación de la ruleta. El jugador y la anciana toman rumbo hacia el casino, y allí apuestan al zéro, número con pocas probabilidades para acertar (1/36), pero con jugosas ganancias en caso de hacerlo, y justamente esto es lo que pasa: Antonida apuesta sin miramientos una y otra vez al mismo número, y misteriosamente gana hasta acumular una suma considerable.

Satisfecha, decide volver a la casa de apuestas, pero Alexéi no la acompaña, pues no quiere ser testigo de su posible ruina. Y, en efecto, la terquedad de Antonida pronto la lleva a perder cantidades exorbitantes de dinero, frente a la mirada impotente de la familia de Zagorianski, que ve cómo su herencia se desintegra sobre una mesa de juego. Al perderlo todo, Antonida regresa a Moscú, deshecha y cansada, a esperar su muerte; a su vez, el General se trastorna por el abatimiento: su futuro esfumado y el rechazo de Madame Blanche.

Des Grieux, también marcha –tras ver las pérdidas de Antonida- a reclamar para sí las propiedades que el General le había hipotecado. Polina, entretanto, desolada y llena de zozobra, se presenta en la habitación de Alexéi Ivánovich, explicándole el por qué ella no puede amarle: su falta de dinero. Emocionado, el hombre se dirige al casino a jugarse el todo por el todo, y la suerte se muestra de su lado; sale con sus bolsillos rebosantes, son más de doscientos mil rublos los que lleva consigo al regresar a esa habitación en donde Polina –enferma- lo espera. Alexéi le ofrece una cuarta parte de lo ganado a la mujer y, en medio de reproches, ella accede a pasar la noche con él en el sofá.

Al día siguiente, sin embargo, Polina le tira su dinero por la cara al hombre; no quiere ser comprada por él tal y como lo hizo Des Grieux anteriormente. En medio del delirio, se marcha hacia el hotel en donde se encuentra Mr. Astley, individuo cercano a los afectos amorosos de Polina. Alexéi queda atónito, pero se resigna a que las cosas sean así. Por su parte, Madame Blanche de Cominges se entera de la fortuna que ha hecho el protagonista y lo conduce con ella a París, en donde viven a lo largo de un mes rodeados de lujos y frivolidades. Ivánovich no quiere pensar en su futuro, es la inmediatez lo que le preocupa, de modo que pronto dilapida la fortuna que ha ganado en el juego.

Una vez sin dinero, el protagonista marcha hacia Hamburgo, y allí se encuentra con quien antes fuese su amigo, Mr. Astley. A través de él se entera de lo que ha sido de Polina, de cómo ella se ha unido a la familia Astley. El noble inglés, antes de marcharse, le obsequia algo de dinero que, intuye, Alexéi apostará: su vida ha tomado un rumbo desordenado, incontrolable, su destino mismo se juega a cada instante en la ruleta, y lo acepta para bien o para mal de manera rotunda, sin perturbarse en lo más mínimo.

El juego como burla del destino

Alexéi Ivánovich, ruso, pasional y orgulloso, en su afán por amar a una dama, alienado por ella, sucumbe a la tentación de ganarse la vida fácil a través del juego. Su suerte está echada, es un jugador, lo espera todo del azar y arriesga todo en ella. Incluso llega a considerar legítimo el juego como una forma de ganarse la vida:

“Debo confesar que sentía latir fuertemente el corazón y que me faltaba aplomo. Probablemente, yo ya sabía y había decidido hacía tiempo que no saldría más de Rulentenburgo; que algo radical y definitivo iba a ocurrir en mi vida. Así tiene que ser y así será. Y por muy ridículo que parezca que yo espere para mí tanto de la ruleta, más ridícula es todavía la opinión rutinaria, admitida por todos, de que es absurdo y estúpido esperar algo del juego. Y ¿por qué el juego iba a ser un medio de ganar dinero peor, digamos que el comercio?” (Págs. 17-18)

A Alexéi no le importa ser mezquino, su vida ha transcurrido entre el servilismo y la obediencia a los poderosos. Además, no tiene confianza en lo que pueda lograr a través de duros esfuerzos, de modo que sólo espera ese golpe de suerte que llegue a componer toda su situación financiera de súbito. Desea el dinero para no ser nunca más “esclavo” de otros, de Polina misma. Sin embargo, jamás olvida que aquello que lo lleva a iniciarse en el juego es el amor, el delirio que le produce esa mujer, y así se trasluce en sus palabras:

“Cuando estoy con usted siento deseos de decirlo todo, todo, todo. Pierdo toda noción de las formas. Confieso que no poseo ni formas ni méritos. Se lo comunico. No me preocupan los méritos. Todo se ha detenido en mí. Y usted conoce la causa. No hay en mi  mente una sola idea humana. Hace tiempo que ignoro lo que ocurre en el mundo, en Rusia o aquí… Usted sabe muy bien que es lo que absorbe mi mente. Puesto que no guardo la más mínima esperanza y a sus ojos soy una nulidad, le diré con franqueza: solamente a usted la veo. Y lo demás me tiene sin cuidado. Yo mismo no sé por qué la amo así” (Págs. 42-43)

Alexéi está entregado, anulado, incluso, llega a decir a la mujer que le pida lo que quiera, desde el suicidio hasta a matar a otra persona. Una ambición inunda el alma de Ivánovich y, por ello, apuesta todo lo que tiene, con tal de conseguir los recursos que le permitan estar tranquilo junto a Polina. De esta manera, el juego se configura como un elemento inherente al alma de Alexéi, comienza a maquinar probabilidades, estadísticas. En su análisis del juego, Ivánovich llega a afirmar que existen dos tipos de jugadores: uno, el rico caballero, que juega por diversión y placer; y, otro, el plebeyo, ávido de ganancias, que tiembla en las mesas de juego con codicia mezquina. A este último pertenece el protagonista de El Jugador, pues está muy lejos de satisfacerse con su labor de ouchitel, sometido a los designios de sus jefes, y quiere emanciparse, ganarse la vida rápido de una vez por todas.

En el juego hay ansiedad, temor, y estas son sensaciones que acompañan constantemente a Alexéi: él sabe que su vida está en riesgo en cada jugada. La angustia llena su corazón, incluso, en los momentos en los que no es él quien está implicado directamente en la apuesta, y por ello se entiende que prefiera no acompañar a Antonida cuando su obstinación la lleve a perder sus riquezas: verla a ella es como reflejar su propia figura en un espejo.

Es cierto que el juego puede cumplir los sueños; Alexéi mismo tiene la ocasión para apostar y ganar hasta acumular una gran fortuna. Mas, tras ofrecer la riqueza a su amada, quien lo rechaza por estar enamorada de otro hombre, la desesperanza se apodera de él. El dinero carece de importancia en ese instante, pues al buscarlo, Alexéi intentaba satisfacer un anhelo sentimental, más que económico. El viejo adagio reza “lo que por agua viene, por agua se va”, y algo así sucede en este caso, ya que sin Polina para compartirlo, el despilfarro es inevitable; las pasiones y los instintos lo perderán en una vida fácil. Y, ya sin dinero, nada más claro que el sentir de Alexéi:

“Vivo en un estado de continua angustia, arriesgo muy poco, espero algo, calculo, me paso días enteros junto a las mesas y observo el juego, y hasta sueño con él, sin embargo experimento la extraña sensación de haberme acartonado, de estar hundido en el fango” (Pág. 182)

La confluencia cultural de Europa

El Jugador es una excelente oportunidad para conocer la visión que Dostoievski tenía sobre los europeos. Sucede que en la novela hay una permanente interrelación cultural, en ella confluyen personajes de diferentes nacionalidades: rusos (Alexéi, Polina, Antonida y el General Zagorianski), ingleses (Mr. Astley),  franceses (el marqués Des Grieux, Madame Blanche de Cominges y su madre), alemanes (el barón y la baronesa Wurmmerhelm), polacos viajeros e, incluso, hasta judíos.

Si empezáramos analizando el carácter ruso, pronto saltaría a la vista que se trata de un marginado, un soñador aficionado al azar, e implacable en la búsqueda de dinero. El ruso depende de la suerte, del destino; en alguna medida se reconoce impotente frente a ésta y, en consecuencia, se torna impulsivo, incontrolable, instintivo; prueba de ello se encuentra en los perfiles de Alexéi y Antonida, quienes apuestan desaforadamente sin pensar en las consecuencias, pero también en la figura del propia General que espera del destino la pronta muerte de la anciana.

Alexéi opina que el ruso tiene una forma libertina de vivir, totalmente diferente al método de acumulación de riquezas alemán que, en su opinión, es más honrado, toda vez que es el resultado del trabajo de un padre de familia que lo lega a otras generaciones. Los alemanes se han visto sometidos a la esclavitud, a la obediencia y al trabajo como bueyes, por lo cual Dostoievski los reconoce como personas de temperamento fuerte y prudente.

Por su parte, de los franceses Dostoievski afirma que en ellos hay un alto grado de dignidad europea:

“El francés soporta sin pestañear una ofensa, hecha con toda el alma, pero no aguanta un pellizco en la nariz, porque ello supone una falta  las normas de conducta permitidas y perpetuadas” (Pág. 42)

El francés está inclinado hacia lo estético, al refinamiento, los buenos modales y la elegancia. Para él, no hay modestia, lo exterior cuenta como un estilo de vida; es un arte que debe ser mostrado, así el interior pruebe lo contrario. Ivánovich, acusa a los galos de cierta banalidad – aspecto evidente en Madame Blanche-; sin embargo, llega a admirar las lecturas de Racine (el dramaturgo francés del siglo XVII), señalando que él ha construido una imagen sofisticada de Francia, bien distinta a la consolidada por los rusos de aquel entonces.

De los ingleses es poco lo que Dostoievski afirma en la novela, pero en la figura de Mr. Astley pueden rastrearse rasgos de nobleza, dignidad y tosquedad. El inglés, si se lo propone, ama y disputa a ultranza ese amor, como lo muestra Astley por Polina frente a Alexéi. Otras dos culturas, presentes en la novela son la polaca y la judía. De la primera, se infieren ciertos rasgos oportunistas, simbolizados en el robo que algunos polacos hacen de las ganancias de Antonida; y, de la segunda, se preserva el imaginario histórico que la señala como usurera y práctica.

Para aquella época, pasada la segunda mitad del siglo XIX, ya se preveía el futuro del mundo, especialmente el de la tierra natal de Dostoievski, a raíz del choque existente entre las diferentes identidades europeas. Hay en la novela una especie de proyección de la Rusia revolucionaria frente a la Europa capitalista:

“…históricamente la facultad de adquirir riquezas ha entrado a formar parte del catecismo del hombre occidental civilizado, y hasta ha llegado a convertirse, si me apura, en su artículo fundamental. Mientras que el ruso, además de ser incapaz de adquirir capitales, los dilapida de forma absurda e inútil” (Pág. 33)
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El Jugador es una obra valiosa que aporta pistas para entender, no sólo una parte de la vida de Dostoievski, sino también la manera como se manifiesta la impulsividad humana y la dependencia psicológica que generan los juego de azar, de cuya adicción no se encuentra exenta ninguna persona.

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