AUTOR: Denis Diderot
TÍTULO: La Religiosa
EDITORIAL: Círculo de Lectores, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1979
PÁGINAS: 198
TRADUCCIÓN: Alberto Hanf
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez
Al inicio de sus Pensamientos Filosóficos (1746), Denis Diderot incluyó una pequeña nota aclaratoria que afirmaba lo siguiente: “escribo sobre dios; cuento con pocos lectores y sólo aspiro a ciertas adhesiones. Si estos pensamientos no complacen a nadie, no podrán ser sino malos; pero los consideraría detestables si complacen a todo el mundo” [1]. Con ella, como se ve, el autor francés situaba dos asuntos primordiales: en primer lugar, su pretensión de abordar el problema de dios, algo que es recurrente en prácticamente todos sus libros y; por otra parte, el deseo de que aquello que escribiese se mantuviera en un punto crítico, de resistencia, esto es, no asumido por completo dentro de los discursos oficiales.

En efecto, después de la publicación de sus Pensamientos –condenados a la hoguera por el Parlamento de París-, y pese a las denuncias que recibió de ateísmo, Diderot no detuvo la redacción de textos similares: en 1747, terminó El Paseo de un Escéptico; en 1749, publicó Carta sobre los Ciegos para Uso de los que Ven –panfleto por el cual fue encarcelado en Vincennes durante tres meses-; en 1757, vino El Hijo Natural o las Pruebas de la Virtud; en 1760, su Adición a los Pensamientos Filosóficos; en 1778, Jacques el Fatalista, cargada con su propio inventario de críticas y; en fin, cada oportunidad fue aprovechada por el enciclopedista para analizar la cuestión divina, hundiendo siempre, como se dice, el dedo en la llaga.

La novela que ahora presentamos, La Religiosa, también hace parte de las obras que Diderot destinó para reflexionar sobre dios; sin embargo, más que una disertación filosófica, el lector encuentra en ella un examen psicológico de los religiosos (sus culpas, delirios, vicios, tormentos) y una denuncia de la forma en la que los claustros, concretamente los conventos, se convierten en verdaderas prisiones para el ser humano. La novela apareció originalmente en 1760, inspirada por la historia real de una religiosa que en aquel entonces era procesada en París por rechazar sus votos; la situación fue tan popular que el marqués de Croixmare se ofreció a ayudar a la muchacha, quien aludía no haber elegido libremente la vida monástica. Diderot aprovechó la ocasión para verter esta doble condición –la enajenación de la religiosa y el ofrecimiento del marqués- en su obra y escribir la historia de su Susana Simonin.

Alrededor de 1781, Diderot se dio a la tarea de revisar las páginas de La Religiosa, y corregir en ellas algunos detalles. De dicho trabajo resultó la versión que ha llegado hasta nuestros días, la cual constituye, sin duda, un documento fascinante, no sólo por la procedencia de sus ideas, sino también porque hay en él una fuerza crítica única, fruto de un escritor sagaz, erudito y complejo. Por demás, también habrá quedado algo en la novela de la experiencia propia de Diderot, cuya hermana Catalina enloqueció al interior de un convento a causa de la violencia simbólica y física con que se la hostigaba. Con qué otra clave podrían leerse sus palabras:

“¡Qué voces! ¡Qué gritos! ¡Qué gruñidos! ¿Quién ha encerrado en estas mazmorras todos estos miserables cadáveres? ¿Qué crímenes han cometido estas pobres criaturas? Algunas se golpean los pechos con piedras, otras desgarran sus cuerpos con garfios de hierro; y todas tienen en sus ojos reproches, dolor y muerte. ¿Quién las ha condenado a estos tormentos? –Dios, al que han ofendido-. ¿Quién es ese Dios? –El Dios de la bondad y el amor-” [2] 

Es nuestra intención ahondar, justamente, en el sentido desde el que Diderot escribe comentarios como el anterior; así, luego de realizar una pequeña síntesis de La Religiosa, dirigiremos nuestra mirada hacia esos dos componentes de la obra que antes señalamos: la psicología de los religiosos y la relación claustro-prisión.

Susana Simonin, religiosa

Los infortunios de Susana Simonin trascienden su propia vida: a pesar de haber crecido en el seno de una familia, su concepción se fraguó dentro del pecado, no es hija del hombre al que llama “padre”, sino de otro, de quien su madre fue amante. Es, de alguna manera, heredera de esta imperfección, y aunque todos desconocen el peso que cae sobre ella, no la ven con buenos ojos. Sus dos hermanas, por ejemplo, sienten que es un obstáculo para su dote; su “padre” advierte en ella algo sospechoso; y, por último, su madre le traslada sus remordimientos a través del desprecio, la indolencia y el recelo.

La mejor forma de evitar tanta tensión es convencer a Susana de iniciarse en la religión, y para ello la conducen al convento de Santa María. Allí, pronto descubre los infortunios de las novicias, las condenas que sobre ellas se ciernen, el aniquilamiento de su libertad, la frustrada lucha de su juventud, la sistemática implementación del discurso cristiano. Ni la indulgencia ni los buenos consejos de su superiora Mori –de quien tendrá después tantos recuerdos- la convencen de que, en su condición, lo mejor que puede hacer es avenirse a su destino; Susana se siente arrastrada por una ola que la somete violentamente, y así, después de un tiempo, en plena ceremonia para confirmar sus votos, se rehúsa a hacerlo y entra en estado de delirio.

El escándalo que genera este hecho hace que la expulsen del claustro y regrese a su casa. Mas, en ese lugar es víctima nuevamente de la repulsión de su familia, quien la recluye en su cuarto por varios meses. Después de esto, la madre de Susana se le acerca y, a través de un sutil envolvimiento psicológico, vuelve a persuadirla de que, habiéndose concebido dentro del pecado, la única fórmula para evitar su condena es entregarse a la religión. La chica, no se muestra convencida, pero no tiene los medios para negarse a ser recluida por segunda vez, ahora en Longchamp.

Es entonces cuando las desventuras de Susana se hacen más dramáticas: la madre superiora de este convento y prácticamente todo el séquito de monjas, convierten su vida en un tormento. No pasa un solo día en el que la muchacha no reciba algún fuerte comentario o sea el blanco de la persecución. Todas aquellas mujeres que deberían ser portavoces del amor, la humildad y la rectitud, son, por el contrario, seres malsanos, perversos, cuya única distracción es arruinar la juventud de las novicias, como sin con esto restituyeran, la suya propia.

La situación se torna más grave aún cuando Susana empieza a cruzar correspondencia con el señor Manouri, un hombre que, interesado por su suerte, desea ayudarla a liberarse de su yugo a través de un proceso judicial. Enteradas de lo que sucede, las monjas multiplican sus formas de martirizar a Susana: la hacen caminar descalza, la excluyen de los oficios, la flagelan con castigos, le quitan su ropa, la acusan obstinadamente, le reducen la comida, etcétera. Cada mañana es el reinicio de un suplicio, y muchas veces pasa por su mente, ante la imposibilidad de escapar, la idea del suicidio.

Sin embargo, sobrevive. Es más, gracias al señor Manouri, que lastimosamente no ha podido probar la falta de vocación de Susana ante los jueces, es trasladada al convento de Arpajon, en donde al menos espera que sus días sean más tranquilos. Y, así parece al principio, pues la atención de la superiora se concentra en la muchacha: celebra su talento para el canto, se enorgullece de contar con una belleza como la suya en el convento, se complace con su delicadeza, en fin, declara estar feliz con su presencia. 

Mas, la verdad es que hay algo oculto en aquella superiora, un deseo que se descubre bien lejano al místico. La monja encierra a Susana durante horas con cualquier excusa, y aprovecha la oportunidad para acariciar su talle, besar sus mejillas y labios, abrazarla y sentir su aliento cerca. En consecuencia, pronto los favores que recibe Susana se tornan peligrosos, y no sabe cómo reaccionar a ellos, cediendo a veces a las caricias de la superiora y, otras, replegándose asustada. Sus compañeras, testigos de las transacciones que ocurren dentro del claustro, tampoco pueden proveerle una ayuda significativa.

Ahora bien, Susana halla en el padre Lemoine unas palabras de consejo para resistir aquello que él llama “la tentación de Satanás”: la lascivia que resplandece en los ojos de la superiora. Como puede, empieza a resistir los embates psicológicos de esa mujer que busca arrastrarla a la lujuria, pero esto traerá para ella más problemas que soluciones. Persecución, martirios, impureza, esto es lo que puede verse al interior de los claustros, algo bien distinto a lo que se pinta sobre ellos desde afuera. ¿Pero, teniendo una familia tan indolente como la suya, estando encerrada en unos muros de los que resulta difícil escapar, y sin contar con los recursos para hacer una vida independiente, puede Susana Simonin esperar algo diferente del futuro?

La psicología de los religiosos

En los Pensamientos Filosóficos, Diderot asevera que “la religión más santa y tolerante, el propio cristianismo, no se ha afirmado sino a costa de algunos dramas” [3]; es decir, su consolidación como discurso y práctica, ha dejado tras de sí un amplio rastro de dolor, de sufrimiento. Podrían entenderse estas palabras dentro de una dimensión histórica, apelando, para argumentarlas, a los numerosos crímenes que la iglesia ha perpetrado a lo largo de los siglos: la inquisición, la muerte del espíritu científico, los autos de fe, los flagelos impuestos para purgar las culpas, los señalamientos simbólicos de la conducta humana, entre otros. Sin embargo, interesa más aquí reconocer el sentido de lo que dice Diderot a la luz de los dramas personales.

Justamente, La Religiosa se concibe dentro de una proyección psicológica, no histórica: el drama de Susana Simonin es personal –aunque representativo de una realidad más amplia-, y lo que intenta Diderot es establecer, a partir de él, las particularidades que tiene la cosmovisión de un religioso. Parte para ello de una experiencia real –como se dijo antes-: la de una mujer obligada a asumir la vida religiosa para intentar con ello redimir el pecado de su concepción. Esto significa que los comentarios de Diderot tienen valor, ante todo, para los religiosos que de manera no voluntaria ingresan en la vida monástica, muchos en comparación con quienes lo hacen llamados por la vocación.

En el origen de la inmersión religiosa que sufre Susana Simonin hay una fatalidad, esto es, una especie de destino irrevocable. Se trata de un juego impuesto, una persuasión que primero acomete contra ella su madre y, luego, cada una de las religiosas que conoce: todas pretenden, a su modo, convencerla de que no existe algo mejor que aceptar su destino, pues éste se halla en consonancia con una vida que no puede ofrecerle nada distinto; sus hermanas han agotado su posible dote, su madre la asume como producto del pecado, y las religiosas observan en ella virtudes increíbles. Es como si los condicionamientos materiales redujeran las vías de su libertad, y la encausaran en una sola dirección. En esto se asemeja la historia de La Religiosa y la de Jacques el Fatalista pues:

“…both novels capture the fluidity of a disconcerting universe where nothing is ever quite clear-cut or totally under control. Jacques and Simonin represent it suitably by believing in fatalism yet acting with decisiveness when they wish, just as if they possessed free will” [4]

Lo anterior significa que, ciertamente, existe una fatalidad asumida por Simonin; de otra forma, no se explicaría cómo puede soportar sus continuos tormentos. Sin embargo, la fuerza de dicha fatalidad no termina de determinarla totalmente, hay un pequeño espacio en el que todavía es libre, y desde él intenta encontrar la manera de escapar de su situación: escribiéndole al señor Manouri, confesándose con el padre Lemoine, planeando fugas, resistiendo siempre la fuerza de la dominación. La interpretación, pues, que hace Diderot sobre la mente de los religiosos es que ésta personifica una escisión entre la fatalidad y la esperanza; en ella se establece una lucha de prevalencia: si la primera gana espacio, el religioso es absorbido por las conductas esclavistas del claustro y, si la segunda predomina, el orden monástico se desestabiliza.

Así, lo que se observa a lo largo de La Religiosa es una especie de acercamiento a la destrucción de la voluntad de Susana que intentan diferentes personajes a través de muy distintos medios: su madre, desde la persuasión psicológica; los curas de Santa María, desde la sujeción; las monjas de Longchamp, desde la violencia física; y las de Arpajon, desde la persecución sexual. Como sea, el objetivo está claro: la adoctrinación de la muchacha, el quebrantamiento de su libertad, la estabilidad conventual, a pesar de sus vicios y fracturas.

En Susana no existe el deseo de hacerse religiosa –la vocación de la que presumen los cristianos-, eso que aquí se confunde tanto con la ceguera más enfermiza; de modo que es necesario atacar sistemáticamente las barreras que su voluntad interpone para asumir su “destino”. A este respecto resulta ilustrativa la escena en la que, en Santa María, es llevada casi a rastras por sus compañeras para afirmar los votos; o aquella otra en la que un cura la intenta convencer de que, siendo sus hermanas las únicas hijas legítimas, debería alejarse de sus padres y no esperar de ellos nada en absoluto. Con todo, los alcances más destructivos de la libertad los vive Susana en Longchamp:

“El cuarto día hubo una extravagancia que puso de relieve el carácter extraño de la superiora. Al final del oficio me hicieron tumbar dentro de un ataúd en medio del coro; colocaron candelabros a mis lados con un acetre, cubriéronme con un sudario y recitaron el oficio de difuntos, después de lo cual cada religiosa al salir arrojóme agua bendita diciendo: Requiescat in pace. Es preciso entender el lenguaje de los conventos para conocer la clase de amenaza contenida en estas últimas palabras (in pace designaba la celda de castigo). Dos religiosas levantaron el sudario, apagaron los cirios y me dejaron allí, mojada hasta la piel del agua con que me habían maliciosamente rociado. Mis hábitos secaron sobre mi cuerpo; no tenía con qué cambiarme. Esta mortificación fue seguida de otra. Reunióse la comunidad; miráronme como a una réproba, mi intento (de renunciar a los votos) fue tratado de apostasía y se prohibió a todas las religiosas, bajo pena de desobediencia, el hablarme, socorrerme, aproximarse a mí e incluso el tocar las cosas que hubiesen sido de mi uso. Tales órdenes fueron ejecutadas rigurosamente” (Págs. 71-72)

La mente de Susana Simonin es un espacio en el que este tipo de arbitrariedades no encuentra la justificación mística y moral que alegan sus ejecutoras. Todo se le antoja una extralimitación, un delirio místico por medio del cual quieren enajenarla. Por eso recuerda tanto las palabras de su superiora Mori –la del convento Santa María- que muchas veces le explicó que dentro de los conventos no existía ninguna mujer que no pudiese convertirse por efecto de las otras en una bestia feroz. Ella misma llegará a declararse para su fuero interno que “el encarnecimiento en hacer el mal, en atormentar, se cansa en el mundo, pero nunca en los claustros”.

La persecución es una herramienta, por naturaleza, violenta, y, en consecuencia, encierra a la víctima en una sombra desde la cual es muy difícil distinguir alternativas. En el caso de Susana, ese acecho transforma su ser en un territorio de miedo, desconfianza y deterioro. Los suplicios que vive a diario reducen su energía, la maniatan, le hacen ver más lejana su libertad, y la sitúan de frente a la realidad de la muerte. En el tumulto de sus ideas la posibilidad del suicidio permanece activa siempre para ella: dejarse llevar hasta morir por la desidia de los otros, o emprender con sus manos ese acto de elevación sobre los horrores.

Empero, alguna fuerza misteriosa la restituye en esos momentos en los que con más severidad es atacada e, incluso, también en aquellos otros en los que la violencia doctrinaria cambia su cariz por el de la seducción. En Arpajon, concretamente, el claustro como escenario de lucha, refleja su matiz más enfermo: el doblegamiento psicológico que impone el placer. La superiora de este convento inicia con Susana un juego sutil de revelaciones: las caricias, los besos, las sensaciones desconocidas para una joven que no supera los veinte años y que puede perderse rápidamente en esta sobreexaltación de los sentidos:

“…Había levantado su toca y puesto una de mis manos en su garganta; callaba, yo callaba también; ella parecía disfrutar el mayor placer. Invitábame a que le besara la frente, las mejillas, los ojos y la boca; yo la obedecía: no creo que hubiese mal en aquello; entretanto crecía su placer, y como yo no deseaba nada más que aumentar su felicidad de una manera inocente, besábale una vez más la frente, las mejillas, los ojos y la boca. La mano que había puesto sobre mi rodilla paseábase por encima de mis vestidos, desde la extremidad de los pies hasta mi cintura, apretándome ora en un sitio, ora en otro; exhortábame, balbuceando y con voz alterada, a redoblar mis caricias; yo las redoblaba; al fin llegó un momento, no sé si de placer o sufrimiento, en que tornóse pálida como la muerte; sus ojos se cerraron, todo su cuerpo estiróse con violencia, apretáronse sus labios, humedecidos de una ligera espuma; luego, su boca se entreabrió, y me pareció que moría lanzando un profundo suspiro” (Págs. 134-135)

La intimidación corporal, el engaño psicológico, y hasta esa sujeción sexual, viciada, que parece sugerida por el propio Belial [5]: Susana Simonin debe soportar toda clase de embestidas, y su tormento existencial es precisamente el producto de esta batalla entre la adoctrinación y el deseo de libertad. Para alguien, como ella, a quien se intenta obligar a permanecer en un claustro que detesta, no existirá jamás el menor destello de tranquilidad, y su vida estará reducida, inevitablemente, a una insatisfacción prolongada y siniestra. 

La relación claustro-prisión

El claustro religioso como todo escenario social posee tres elementos constitutivos: un espacio material, unos actores que se relacionan, y ciertos imaginarios y discursos que configuran su realidad. Si examinamos más de cerca el claustro, sin embargo, pronto se descubre que estos elementos se asemejan mucho con los que caracteriza a las prisiones; no en vano, la misma etimología de la palabra –claudere, cerrar- designa ya un aislamiento, una distancia de eso que podríamos llamar la vida pública.

Claustro y prisión, pues, comparten de entrada una condición material que es el encierro; pero, además, pueden advertirse en los hombres que permanecen dentro de ellos, ciertas similitudes de conducta: por su propia voluntad, después de ingresar, no pueden retirarse, al menos no fácilmente; tienen un conjunto de reglas de comportamiento que se basan en principios incuestionables; y, por último, sufren castigos en caso de quebrantar el orden establecido. Además, existe otra cualidad que las asemeja, en palabras de Foucault:

“La evidencia de la prisión se funda también sobre su papel, supuesto o exigido, de aparato para transformar los individuos. ¿Cómo no sería la prisión inmediatamente aceptada, ya que al encerrar, al corregir, al volver dócil, no hace más que reproducir, aunque tenga que acentuarlos un poco, todos los mecanismos que se encuentran en el cuerpo social? La prisión: un cuartel un tanto estricto, una escuela sin indulgencia, un taller sombrío (y aquí deberíamos agregar, un claustro religioso impositivo); en última instancia, nada cualitativamente distinto” [6] 

Hay, según Foucault, un punto de encuentro entre todos los espacios carcelarios, que no es otro que la función que desarrollan socialmente: la corrección y el adoctrinamiento de los hombres. No importa cuál sea su enfoque particular (el militar en el caso de los cuarteles, el educativo en el de las escuelas, el laboral en el de los talleres, o el religioso en el de los claustros), la esencia de cualquier espacio que pueda considerarse como prisión es la corrección y el adoctrinamiento; y para cumplir con este cometido, se fijan al interior de ellos, primero, dos roles principales –el de los que mandan y el de los que obedecen- y, segundo, la ejecución prácticas de enajenación.

En este sentido, Diderot dibuja en La Religiosa un claustro particularmente déspota: todos los seres humanos que ahí en ellos –excepción hecha de Mori en Santa María y cierta monja de Longchamp- representan un papel fustigador, subyugante. En los conventos, por ejemplo, afirma Susana “no está permitido escribir ni recibir cartas sin permiso de la superiora”, es decir, se ha establecido una práctica de control que, incluso, vulnera la intimidad de las personas. Asimismo, existen estrategias de castigo severas para quienes transgreden la norma, la misma protagonista se ve arrojada a las más sucias mazmorras para purgar entre su humedad algún exceso de “libertad” que haya tenido.

Y los flagelos cotidianos, esos que en una cárcel recuerdan al preso su condición (las esposas, los trabajos forzados), también tienen plena vigencia en la rutina conventual: se ataca a las monjas despojándolas de los recursos para suplir sus necesidades (alimentación, salud), se las obliga a hacer tareas degradantes, se las martiriza con burlas y ruindades, se les minimiza las posibilidades para ejercer su poder. De esto se convence Susana hasta en sus visitas al confesor, de quien se supone debería obtener algunas palabras de apoyo:

“…Creí que habían acordado y resuelto deshacerse de mí. Había oído decir que esto se practicaba a veces en los conventos de ciertos religiosos; que ellos juzgaban, condenaban y ajusticiaban. No creía que hubiese sido ejercida aquella inhumana jurisdicción en ningún convento de mujeres; pero existían tantas cosas que yo no había adivinado y que de hecho sucedían… Ante la idea de la muerte próxima, quise gritar, pero mi boca estaba abierta y no salía de ella sonido alguno; avancé hacia la superiora con brazos suplicantes, y mi cuerpo desfalleciente derribóse hacia atrás” (Pág. 81)

Como se ve, Susana Simonin personifica dentro del claustro, una figura trágica en el sentido de que su vida depende casi totalmente de los designios de otros. Esto es algo, por supuesto, incongruente con la visión idílica del cristianismo que propone que sólo ciertas personas, escogidas por la rigurosidad de sus principios y su arraigado sentimiento moral, logran convertir su vida en un ejemplo para otros. Las monjas, frailes y sacerdotes –afirma la iglesia- son llamados por su convicción a apartarse de los males del mundo y a entregar su vida a la meditación, el estudio y la humildad. Pero, este es un imaginario desfasado: al interior de los claustros, no sólo hay miles de hombres y mujeres sometidos, sino también los mismos vicios de la sociedad mundana.

Bien se lo dice la superiora Mori a Susana al afirmar que a los conventos deberían ir únicamente aquellas mujeres que tienen una culpa que purgar, pues para todas las demás la vida al interior de un convento es una pesadilla. La misma Susana, en algún momento, comenta que no reconoce como verdaderas religiosas sino a las que permanecen retiradas por gusto, y que no se marcharían aunque los muros del claustro se cayeran. 

Pero, la crítica de Diderot sobre este asunto llega más lejos todavía. En la novela, el señor Manouri es, digámoslo así, el intermediario entre la realidad conventual de la protagonista, con toda su miseria y privaciones, y la posibilidad de una justicia civil que reduzca el impacto de la norma religiosa sobre su vida. Estamos, valga la aclaración, a mediados del XVIII, es decir, en una época en la que se están definiendo, como nunca antes en la historia, los alcances de uno y otro discurso –el civil y el religioso-; algo que, más tarde, dará pie a la Revolución Francesa, la fundación de los Estados modernos, y la declaración de los derechos del hombre.

Diderot, un mente tan ilustrada asevera, por boca de Susana, que “hacer voto de obediencia es renunciar a la prerrogativa inalienable del hombre: la libertad. Si uno observa estos votos es un criminal; si no los observa es un perjuro. La vida claustral es propia de un fanático o de un hipócrita”. Se trata, pues, de un intento de ubicar en un primerísimo plano la libertad civil, y reducir así la fuerza de lo religioso: esa que tantas veces atacó a Diderot, esa que llevó a la locura a su hermana, esa que hizo quemar sus obras, esa que lo mantuvo en el exilio tantas veces. El fanatismo pronto convierte a los religiosos en los peores gendarmes de la sociedad, capaces de actuar con la tiranía más ciega y funesta.

No encuentra todavía mucho eco esta apreciación de Diderot en la política de su tiempo, de suerte que, después de denunciar el despotismo de los conventos, procede también a hacer lo propio con la justicia civil, la cual no mueve un dedo para contribuir a la aniquilación del vasallaje religioso: el hombre ha nacido para la sociedad –señala Diderot- y, apenas se separa de ella, se crean en él extravagantes pensamientos, la metafísica más salvaje y peligrosa. De esta forma lo descubre Susana cuando siente la frustración de no obtener su salida de Longchamp:

“…Es difícil presentar con claridad el caso, sobre todo, ante unos tribunales en los que la costumbre y el fastidio frente a los asuntos apenas permite que los más importantes sean examinados con algún escrúpulo; en los que los debates del carácter del mío son siempre mirados de manera desfavorable por el político, el cual teme que, basándose en el éxito de una religiosa que se retracta de sus votos, infinidad de otras se decidan a dar el mismo paso. Presienten secretamente que si se tolerara que las puertas de estas cárceles fuesen derribadas a favor de una desgraciada, intervendría la muchedumbre e intentaría forzarlas. Se ocupan en desanimarnos y hacer que nos resignemos todas a nuestra suerte, desesperadas de poder cambiarla. Me parece, no obstante, que en un estado bien gobernado debería suceder lo contrario: entrar difícilmente en religión y poder salir fácilmente” (Pág. 94)

Ante la imposibilidad de una justicia que restituya la libertad perdida por una prestidigitación psicológica ejercida sobre ella, Susana inevitablemente es arrastrada hasta una disyuntiva: acomodarse al fin a la esclavitud religiosa, encontrando en esa privación algún motivo de vida, y enfrentando la enfermedad y vicios que acechan allí; o, por el contrario, arriesgarse por una vía de hecho, un escape, por ejemplo, asumiendo con esto la carga que podrá caer sobre ella en caso de descubrirse, y no sólo por parte de las instituciones religiosas, sino también de las civiles, que no aceptarán una conducta como ésta.

Susana Simonin es una víctima de la implantación religiosa: se ha maquinado sobre ella una culpabilidad que no existe, para engrosar a través de su redención la falsa lista de los religiosos convencidos. Es un ejemplo más del virus cristiano que contamina la libertad, la voluntad humana; y todos aquellos personajes que conoce a lo largo de su estancia en Santa María, Longchamp y Arpajon, son solamente ficciones macabras, tejidas a partir del más profundo mal que se ha cernido sobre los hombres: la falsa idea de dios.
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La Religiosa es una obra crítica, escéptica, de gran anclaje psicológico. A varios siglos de distancia, constituye todavía una bofetada a la sucia cara de la religión.


NOTAS:

[1] DIDEROT, Denis (1984) Pensamientos Filosóficos. Madrid: Editorial Sarpe. p. 25.
[2] BLOOM, Philipp (2007) Encyclopédie: El Triunfo de la Razón en Tiempos Irracionales. Barcelona: Editorial Anagrama. p. 61.
[3] DIDEROT, D. Op. Cit., p. 51.
[4] Mc. CARTHY, P. & CARON BUSS, R. (1995) French Literature, en The New Encyclopædia Britannica (Vol. 19). U.S.A.:  Encyclopædia Britannica. p. 549. (Cita con modificaciones).
[5] Milton explica en El Paraíso Perdido que el ángel Belial encuentra su mayor complacencia en “penetrar en lo más interno del templo santo, y, en el escogido gremio de sus ministros, introducir la licencia del vicio, y fomentar el olvido y el desprecio del Eterno”. Ver en: MILTON, John (1960) El Paraíso Perdido. Barcelona: Editorial Maucci, S.L. p. 51.
[6] FOUCAULT, Michel (2009) Vigilar y Castigar: Nacimiento de la Prisión. México: Siglo XXI Editores. p. 267.

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