AUTOR: Luz Marina Gómez Serna, et al
TÍTULO: Maltrato y Buen Trato Infantil
EDITORIAL: Fondo de Inversión Social (Primera edición)
AÑO: 1999
PÁGINAS: 28
RANK: 7/10




Por Alexander Peña Sáenz
Tratar bien a un ser humano significa manejar con sutileza las relaciones de poder, reconocer y aceptar nuestras diferencias, generar empatía y cordialidad, fortalecer la comunicación asertiva, fomentar el derecho a la libertad y, sobre todo, buscar que a través del afecto se consoliden nuestros lazos y crezcan las acciones positivas. Lastimosamente, la otra cara de esta pretensión –el maltrato- es la que prevalece en la mayoría de los escenarios sociales, espacios en los que la imposición se convierte en la norma, en donde se experimentan reiteradamente conflictos, y en donde la comunicación se transmuta siempre en violencia. 

Con el ánimo de advertir sobre la importancia de este fenómeno en nuestra sociedad –la latinoamericana- los gobiernos y diferentes entidades públicas y privadas lideran cada tanto campañas de reflexión y concientización ciudadana. Esta pequeña revista, Maltrato y Buen Trato Infantil, pertenece justamente a una de estas iniciativas, en concreto a la liderada por la Secretaría de Salud Pública Municipal de Santiago de Cali, la cual, en 1999, se dio a la tarea divulgar algunos conceptos básicos sobre el tema, examinar su desarrollo en Colombia, y proponer algunas alternativas de solución.


¿Qué se entiende por maltrato infantil?

La noción básica de maltrato infantil se expresa dentro del manual como “toda forma de relación con un menor en la cual se causan daños físicos y psicológicos que lesionan su integridad y afectan negativamente su desarrollo normal”. Es evidente que un maltratador no puede justificarse bajo ningún pretexto, pues posee una intención de naturaleza negativa hacía la persona que lastima, algo que se agrava cuando los afectados directos son menores de edad, ya que estos son seres dependientes de los adultos para su subsistencia. 

Los niños, por su constitución psicológica, son particularmente receptivos al trato afectivo, de modo que, no sólo merecen, sino que debe garantizárseles toda la comprensión y el respeto necesarios para su vida. Sin embargo, el maltrato es un vicio ancestral que ha convertido a los niños en las víctimas predilectas de los mayores, sin percatarse de que ellos mismos –los jóvenes- la reproducirán en su adultez: es una cadena, una herencia vergonzosa muy difícil de romper.

Las modalidades e indicadores del maltrato infantil

El maltrato infantil se materializa en actos que afectan el desarrollo mental y corporal de los niños de diferentes maneras; entre las formas más preocupantes de este maltrato se encuentran el abuso físico, el sexual y el emocional, además del abandono físico y emocional. Es pertinente examinar cada una, sus causas y posteriores consecuencias:

El maltrato físico: es una de las formas más violentas de maltrato, por el hecho de efectuarse directamente sobre el cuerpo. Los castigos van desde golpes con las manos o fuertes puntapiés hasta azotes con correas, golpes con palos, quemaduras y, en fin, todo aquello que pueda lastimar tanto la piel como los músculos del menor, provocando heridas, dolorosos traumas y lesiones en el cuerpo. Se trata de una acción que en el pasado fue muy común para “corregir” casos de desobediencia, omisión o errores y, obviamente, trasciende al plano psicológico de los afectados. Afortunadamente, en la actualidad, los casos que se descubren de maltrato físico se condenan con duras penas en la mayoría de los países.

El abandono emocional: este es un caso de maltrato generado por omisión; el niño se deja a la deriva, sin orientaciones para enfrentar la vida. En nuestra época, caracterizada por la desaparición de las familias nucleares, abundan los casos de esta naturaleza; en medio de las mismas disputas entre padres por la custodia de sus hijos, a veces la atención está en toda parte menos en ellos. Asimismo, el ritmo de vida actual que exige de los padres entregarse a extenuantes jornadas de trabajo, reduce significativamente el tiempo compartido en familia y la vida afectiva del hogar. Es obvio que hay casos en los que el abandono emocional no es voluntario, pero no puede olvidarse tampoco que muchos adultos delegan la formación de los menores a los colegios y que, mientras ellos no permanecen en casa, las calles ofrecen distracciones poco favorables como la drogadicción, el alcoholismo, el pandillismo o la delincuencia.

El maltrato psicológico: aquí, la violencia es generada a través del uso malintencionado del lenguaje. La palabra tiene el poder de hacer felices a las personas, pero también de convertirlas en desdichadas. Si el adulto está constantemente recalcándole al menor que es un inútil o un bueno para nada, conseguirá de modo paulatino que él asuma estas palabras como verdaderas. En los casos de maltrato psicológico, el lenguaje se degenera, se torna soez y vulgar, ofensivo y doloroso, algo que posiblemente reproducirá la víctima con sus congéneres. Podemos incluir en esta clase de violencia también la estatal, pues la negligencia del gobierno para evitar situaciones como las descritas, las legitima socialmente.

El abuso sexual: esta es una de las formas de maltrato infantil más preocupantes si tomamos en cuenta las consecuencias traumáticas que genera en los menores que las viven. Los niños carecen de la madurez necesaria para comprender cómo funcionan las relaciones sexuales y todo lo que estas implican. La tradición cultural nos enseña que la sexualidad debe comenzar precisamente cuando sea evidente la madurez corporal y mental que convierta esta acción en una proyección libre y responsable. Cuando se quiebra este principio, el niño se ve sumamente afectado, se producen baches en sus conductas psicológicas y puede, incluso, experimentar una vida sexual frustrada. El caso llega a ser más preocupante todavía cuando las víctimas son las niñas, pues pueden verse inmersas en embarazos no deseados, maternidades precoces, confusiones psicológicas y traumas corporales.

El maltrato institucional y social: esta clase de maltrato se produce cuando no existen las condiciones o los ambientes propicios para el desarrollo de la personalidad. Un niño que no cuente con los elementos básicos de formación y sostenimiento está al borde del resentimiento y la frustración. En alguna medida, es posible culpar al Estado de este tipo de maltrato, pues este es el responsable de garantizar la igualdad y la calidad de vida de los ciudadanos. En esta misma clasificación pueden encontrarse conductas como el castigo a través del hambre, el descuido en la salud de los menores, la falta de educación, o toda negligencia que redunde en la vulneración de los derechos del ser humano.

Hacia un buen trato infantil

Está claro que hay muchas maneras de combatir el maltrato infantil, pero que la más importante es la educación en lo que concierne al buen trato que debe mediar nuestras relaciones con los niños, aquejados durante años por este flagelo. Se debe orientar una promoción de valores como el respeto, la igualdad, el amor por la vida y la fraternidad.

En las instituciones educativas y estatales se debería proveer a los líderes, docentes y psicólogos para que orienten a toda la comunidad en lo que atañe a los derechos humanos y de los menores, abordando el problema de los maltratadores, y brindándoles herramientas a los niños para que sepan que no están solos ni desprotegidos. Sólo así podrá abrirse un camino hacia la construcción de una sociedad confiable como la que deseamos. Es urgente promocionar el buen trato desde sus diferentes dimensiones: la física (delicadeza, respeto), la psicológica (dignidad, cariño), la sexual (protección frente al abuso e irrespeto), la social (inclusión y suplencia de las necesidades) y la institucional (atención a los menores sin ningún tipo de discriminación). 

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Los valores necesarios para generar una sociedad del buen trato, reiteramos, son la comunicación asertiva, el reconocimiento de las diferencias y la resolución de conflictos de manera solidaria. Lo más importante que se resalta en este pequeño manual es, por ello, mantener fijo nuestro pensamiento al respecto. Las redes de apoyo social municipales deben erigirse como líderes preventivos y protectores del sector infantil, promoviendo las buenas conductas, atendiendo las necesidades, rehabilitando, vigilando, investigando y sancionando a todos los ciudadanos que atenten contra el sano desarrollo de los niños.

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