AUTOR: César A. Herrera, Ana P. Guerra, et al
TÍTULO: Érase una Vez: “Un Cuento para tu Ciudad en 100 Palabras”
EDITORIAL: Metro de Medellín, Ltda (Primera edición)
AÑO: 2009
PÁGINAS: 113
RANK: 7/10



Por Alejandro Jiménez
Hace un par de meses tuve la oportunidad de viajar por primera vez a Medellín y, aunque infortunadamente no estuve allí por mucho tiempo (apenas algo más de una semana), debo reconocer que me sentí tan bien durante mi estadía que, llegado el momento de regresar, me fue inevitable experimentar algo de tristeza. Sucede que para alguien –como yo- que ha permanecido toda su vida dentro de la fría, enorme y caótica Bogotá, conocer otra ciudad, máxime si se trata de una con las cualidades que tiene la capital antioqueña, representa la oportunidad de descubrir una forma diferente de entender lo urbano, lo cultural y lo idiosincrásico.

Justamente, en marzo de este año Medellín recibió por parte del Urban Land Institute, la distinción como la ciudad más innovadora del mundo, reconocimiento con el que se resaltó la sostenibilidad de sus planes de desarrollo, pero, sobre todo –y así lo hizo ver el Gobernador Sergio Fajardo-, el trabajo que todos sus habitantes han realizado para transformar la imagen que tuvo la ciudad en los ochentas (permeada por el narcotráfico) hacia una totalmente distinta, centrada en la educación, la tecnología y la erradicación de las desigualdades sociales que causan la violencia [1].

Sería oneroso enumerar aquí las estrategias de progreso que se han adelantado en Medellín durante las últimas décadas, pero para efectos de contextualización es preciso, al menos, resaltar que su Gobierno ha trabajado en tres direcciones principales: en primer lugar, la movilidad, para lo cual ha consolidado un plan integral de transporte (metro, metro-cable, buses articulados); en segundo término, la educación, cuyo soporte fundamental son los programas institucionales y la creación de completísimas bibliotecas públicas y; por último, la inclusión social, esto es, la oportunidad de que todos aquellos sectores marginados históricamente sean parte productiva de la sociedad y gestores activos de su cambio.

Lo interesante –a mi ver- de la evolución que ha tenido Medellín es su carácter humano: no se ha intentado introducir en la ciudad ningún sistema tecnológico o plan educativo sin explicitar cuál es justificación en términos de la calidad de vida. Todo está concebido para que sus habitantes se sientan más a gusto, puedan aprovechar mejor el tiempo, disfruten de propuestas culturales diversas, refuercen sus actitudes cívicas, y encuentren atención oportuna a sus inquietudes o conflictos. Metafóricamente hablando, podría decirse que se ha buscado que toda la vida social de Medellín sea el correlato de su inolvidable y cálido clima.

Pues bien, un ejemplo preciso de esta vinculación entre el progreso y lo humano puede encontrarse en la iniciativa que año tras año dirige la Empresa de Transporte Masivo del Valle de Aburrá, es decir, el Metro de Medellín, para hacer, a través de un concurso de cuentos, la radiografía de los imaginarios y formas de vida de los paisas. Ya han sido varios los certámenes en los que muchas personas escriben y, sin importar las diferencias de calidad o enfoque que haya en sus relatos, aportan para la narración conjunta de lo que es su ciudad.

Este libro, Érase una Vez: “Un Cuento para Tu Ciudad en 100 Palabras”, es la publicación resultante de una de esas convocatorias, exactamente la del año 2009, en la cual participaron 1050 ciudadanos. La obra reúne los 3 relatos premiados en cada categoría (infantil, juvenil, adultos) y una selección de más de 100 textos que, si bien no ganaron, son representativos del talento que hay en la región y, obviamente, del ánimo que este tipo de actividades genera en sus habitantes. 

El aspecto que da forma a la variedad de voces presentadas en el libro es la extensión de los cuentos que, por regla del concurso, no fue superior a 100 palabras. Por su parte, en cuanto a sus temas, podríamos hablar de tres niveles especiales: el social (en el que todavía se traslucen los rastros de la violencia y la inequidad), el humano (en el que se exploran experiencias más individuales de vida: el amor, la infidelidad o el olvido), y el fantástico (en el que se intenta combinar la realidad con expresiones más oníricas).

Analizaré a continuación parte de los 2 primeros niveles, pues en el libro son más numerosos los relatos basados en esas temáticas y, claro está, a la luz del entendimiento cultural, son las que más importancia revisten.

El cuento como excusa para analizar la sociedad

Durante décadas Medellín fue asociada con narcotráfico, terrorismo, sicariato, extorsión y muchas otras formas de violencia; incluso, se le llegó a catalogar como una de las ciudades más peligrosas del planeta. En esta interpretación hubo siempre algo de verdad: no es posible negar que allí se asentó buena parte de la criminalidad que enfrentó nuestro país a finales de siglo; mas, debe subrayarse que todo lo ocurrido por aquel entonces fue evidente también en los otros centros urbanos de Colombia (Bogotá y Cali, principalmente) y que, en últimas, esa violencia que tanto se le atribuía, era apenas otra dimensión de nuestro conflicto, a la que se sumaban las guerras por el control rural, los cultivos ilícitos y el desplazamiento forzado.

La precisión resulta necesaria para no polarizar la cuestión, y terminar pensando que solamente en Medellín fue y/o es palpable la violencia colombiana. Ahora bien, no cabe duda de que todo lo ocurrido allí (los carros bomba, las desapariciones, los enfrentamientos entre o al interior de comunas, etcétera) marcó en la mente de los paisas una historia dolorosa, un referente que todavía no logran superar del todo, y que, por ende, les es forzoso verter en las palabras, unas veces para retratarlo y otras más para exorcizarlo. 

Lo anterior explica que, aun cuando es cierto que Medellín viene transformándose en una vía altamente positiva, todavía existen rezagos de otras épocas, recuerdos de la zozobra que se respiraba en la ciudad y, tal vez, miedo a que la violencia que se va superando resurja en cualquier momento. Muchos de los cuentos que aparecen en el libro trasuntan estos sentimientos y nos convocan en torno a problemáticas como el rebusque, la indigencia, el desplazamiento o el crimen, con la intención, precisamente, de mantener presente en la conciencia aquello que debe orientar la búsqueda del mejor camino. De esta manera se expresa el asunto en “Merceditas Paciencia”, relato ganador en la Categoría Mayores:

“Pelusiando, ahorrando estos seis años de ausencia, le mandé a hacer una camisa a Yan Carlos. Todavía trastabilleo para montarme a ese demonio de cabina; pero voy donde Tere, la costurera, y bajo al Centro. Hágale cuello suelto y un ojal para las flores del miércoles, hágale un bolsillo para las voces de La Candelaria. Tenía catorce años y calzaba 41. El comandante dijo que iba a ser un hombre peligroso, que dejáramos el alboroto. Que los ojales sean rasgados como sus ojazos grises de ese color tan raro. Con un hilo infinito cósale una voz al viento” (Pág. 13)

La memoria de quienes vivieron en carne propia algún tipo de conflicto se mantiene despierta, evadiendo el olvido e, incluso, denunciando de manera abierta a los culpables. En la misma línea de este texto se encuentran “El Enmascarado del Pañuelo Rojo” (centrado en el problema de las balas perdidas), “La Esquina Roja” (reflejo de las luchas territoriales entre bandas), “Escapera Picarona” (sobre el robo a hurtadillas), “El Mismo Deseo” (que personifica el dolor de los parientes de secuestrados) y “Las Calles Callan”, cuyo final habla por sí mismo:

“El joven se encontró en unas calles que todo lo ven, todo lo viven, pero no entienden a nadie. Calles que contemplan los crímenes en silencio. La ciudad, fingiendo una sonrisa, le proyecta una vida digna y llevadera, parecida a la de los suburbios europeos. El joven se da cuenta de que su gran capacidad intelectual no le importa a nadie. Y allá en Llanaditas, más allá de las letras de Coltejer, en el lugar a donde las miradas nunca apuntan, se levanta una mañana, donde el único que saluda, es el frío cañón de su treinta y ocho” (Pág. 79)

Con todo, la inclinación social no se limita a abordar asuntos puntuales de la violencia. En los relatos también se intenta establecer una especie de reflexión sobre los cambios más palpables que ha vivido Medellín. Así, por ejemplo, en “Los Aburraes de Ciudad” se recrea un contraste entre los medios de transporte que ha tenido la región; en “Recordando” se escucha la voz de un anciano que evoca el paisaje que conoció en su niñez; o, en “Exilio”, se pasa una rápida mirada por las viejas fábricas que han dejado ya de funcionar.

Finalmente, dentro de los cuentos puede identificarse otra orientación social: la del famoso rebusque. En realidad, si se tiene en cuenta el número total de relatos, sería viable inferir que se trata de una preocupación, por lo menos, constante en el pensamiento de los ciudadanos. El desplazamiento, la falta de oportunidades y la rápida apertura de Medellín han llevado a miles de personas a buscar vías alternativas de trabajo, generalmente en las calles; a muchos les ha ido bien, a otros mal, pero en el fondo de ello subsiste una pregunta sobre la dignidad y la estabilidad que ofrece lo informal. Uno de los cuentos más bellos de la colección, “Malabarismo”, dice lo siguiente:

“La luz roja anuncia el espectáculo. El público bien acomodado en sus asientos espera impaciente el desarrollo de la función. Un primer artista salta al escenario haciendo malabares con un juego de machetes en llamas. El niño espectador observa maravillado el encanto frente a sus ojos. Un segundo artista entra en escena montando un monociclo. El niño sonríe y aplaude. Los artistas se lanzan los machetes entre sí; todo vuela en círculos mágicos. El niño extasiado se pone de pie. No comprende porqué mamá cierra la ventana y arranca con indiferencia inmediatamente ve la luz verde” (Pág. 15)

El tema del rebusque reaparece en “Arriba/Abajo” (breve disertación sobre la vida de un reciclador), “Medellín de Rebusque” (cuyo nombre deja bien en claro el argumento), “Artimañas” (otro relato sobre un artista de semáforo), “Jesús, el Viejo” (en el que un anciano intenta alcanzar un proyecto empresarial), “El Azul Que Nunca Nos Partió” (retrato de un improvisado agente de tránsito), o “Visiones en el Semáforo” (triste panorámica de una familia indígena que vive de la mendicidad).

Bien podrían seguirse otras rutas de lo social en Érase una Vez: “Un Cuento para Tu Ciudad en 100 Palabras”; no en vano se encuentran en él textos sobre la indigencia, el desplazamiento o hasta la pólvora. Empero, pienso que con lo consignado más arriba se hace un muestreo de lo más valioso que hay en el libro al respecto. Cerremos reiterando que esta parte social corresponde, ante todo, a una memoria colectiva que no se ha superado completamente, o a la descripción de ciertas problemáticas que subsisten todavía, pero Medellín, con todo, es ya un paradigma de desarrollo en lo que corresponde a la reducción de la violencia y la inclusión social.

Medellín: escenario de expresión humana

Estoy persuadido de que una ciudad no está constituida únicamente por su carga histórica o cultural, sino también –y, a veces, principalmente- por todo el lenguaje personal que cada individuo cierne sobre ella a través de sus experiencias, modos de vida, encuentros y sensaciones. Esto lo corrobora el hecho de que dentro del libro existan muchos relatos alejados del marco social, y abocados en un sentido más introspectivo, al menos, más cercano a la vivencia individual. 

Verbigracia, el amor, expresado aquí de las más variadas formas: en relatos de infidelidad como “Teníamos Cita a las Seis”, cuya protagonista prefiere comer pepinos que congraciarse con un viejo amor; en los de deseo, tipo “El Anhelo”, en el que un hombre se consterna frente a su vecina del metro; o en los de constancia, al modo de “El Viaje”, que muestra una pareja unida por la desgracia del cáncer. Inclusive, hay un cuento –“¿Cuál de los Dos?”- que transluce el amor casual a raíz del mismo concurso de cuentos, convirtiéndose en una especie de meta-relato:

“Era diciembre y en la estación Estadio ella estaba sentada a mi lado frotándose las manos hasta hacerse daño. Yo estaba en las mismas.  Me preguntó si estaba participando en el concurso de cuentos del Metro. Lo negué.
   – Los hombres no saben mentir… Noté que se quiso morir hace unos minutos al escuchar la decisión adversa del jurado-, me dijo.
   Su historia de ángeles y querubines y la mía de brujos y hechiceras, perdieron. Dos desconocidos fuimos a ahogar nuestra derrota al bar cercano. El lucerito mañanero acompañaba. Luego desapareció con ella. Diciembre la traerá de nuevo. Seguro.” (Pág. 24)  

Pueden hallarse aún más relatos basados en esos encuentros fugaces de ciudad: a veces es la atracción que genera la belleza femenina (¡y vaya si son radiantes las mujeres de Medellín!); otras, el cruce fortuito de una sonrisa entre paseantes; muchas más, sólo la visión del rostro de un niño, o un lugar, una forma, un zapato en la carrilera que atrapa la atención y absorbe completamente al protagonista. La ciudad es pletórica en motivos –parafraseando el verso de Sologub- y es por ello que en los relatos que conforman esta colectánea se percibe con cada página una aventura abierta, una visita a un espacio que ofrece más de lo que logra captarse.

Esto no significa que los cuentos que se acercan a una experiencia más humana estén signados irrevocablemente por un carácter positivo. Todo lo contrario, lo humano también lo expresan los autores de estos textos en situaciones menos amables como el olvido, el suicidio o la enfermedad. En “Amigos del Bronce”, por citar un caso, conocemos a don Orlando, un anciano que arriba solitario cada semana a Plaza Botero para fotografiarse junto a alguna de sus estatuas. Y ese mismo sentimiento de abandono, de omisión, se respira en “Tragedia en el Asilo”, cuento en el que un grupo de ancianos decide suicidarse ingiriendo cianuro.

Otra forma de desventura toma forma en “Al Otro Lado del Túnel”, en cuyas líneas una muchacha embarazada se debate entre lanzarse o no a uno de los trenes. Desde una óptica distinta, pero también dramática, “Los Pies en la Tierra” revela la historia de un parapléjico que recuerda el fatal momento en el que un exceso suyo lo llevó a accidentarse. Lo más soterrado, empero, de estas tribulaciones se obtiene en aquellos cuentos en los que el lenguaje alcanza más realismo y crítica moral; ese es el caso de “La Curandera”:

“–Hacía sólo unos meses jugaba a las muñecas. Ahora llega llorando y con una pregunta en su barriguita-, pensaba la abuela, famosa en Manrique por ser experta en las artes de la vida. La anciana tomó a la princesa de su mano, se encerró con ella toda la noche en un cuarto en obra negra y el ritual tuvo lugar. Afuera se rezaron más de diez rosarios. Al día siguiente la vida regresaba con el sol. La orgía mortal era sólo un mal recuerdo, posado sobre una cesta de basura. La niña pronto regresaría al colegio de señoritas” (Pág. 52)

Para finalizar, habría que hacer notar que en gran parte de los relatos escritos por niños, es decir, los que se encuentran al final del libro, la fantasía personal de ellos, como correlato de su propia experiencia humana, se revela con toda la intensidad posible. La mayoría de estos relatos se abstienen de discurrir sobre temas sociales, más bien, se orientan en una búsqueda de diversión e imaginación propias, claro está, manteniendo como base espacios y personajes concretos de Medellín.

El cuento ganador en la Categoría Infantil, llamado “El Hombre Invisible”, obtiene al respecto una mixtura interesante, pues propone, amparándose en la inocencia de un niño, la posibilidad de un disfraz de limosnero, capaz de hacer pasar desapercibido al que lo porte en cualquier lugar por el que transite. Los otros relatos son, sobre todo, impresiones que dejan la ciudad en la mente de los más jóvenes: se inventa en ellos orígenes insólitos para el metro, se hacen semblanzas de las primeras travesía a bordo, o cosas por el estilo.
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Cada quien, desde el más pequeño hasta el más grande, tiene algo que decir sobre su ciudad, y lo hace captándolo por medio de un lenguaje y un objetivo diferente, pero siempre enriquecedores a la hora de tejer la gran narración que es Medellín. Hay talentos y éxitos dispares en esta colección, pero sin duda para alguien que quiere acercarse a la imponencia de esta ciudad, es una lectura que no debe dejarse escapar.


NOTAS:

[1] Caracol Noticias. Medellín, la Ciudad más Innovadora del Mundo. Tomado de la Red: Caracol Noticias.

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