AUTOR: Fiódor M. Dostoievski
TÍTULO: Cuentos Completos
EDITORIAL: F. C. E. & Siruela, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2010
PÁGINAS: 519
TRADUCCIÓN: Bela Martinova
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez
Fiódor M. Dostoievski escribió dos de las novelas más importantes en la historia de la literatura –Crimen y Castigo (1866) y Los Hermanos Karamázov (1879)-, pero sería equivocado pensar que su valor como escritor se reduce a estos libros: lo que quepa atribuírsele debe partir de la consideración de su obra en conjunto, esto es, sus novelas, cuentos, ensayos y artículos, pues en cada una de estas direcciones el autor ruso se mostró siempre original e hizo aportes tan significativos que, incluso, a la fecha, todavía no han terminado de precisarse. Ya lo decía Bela Martinova cuando explicaba que el principal logro de Dostoievski se encuentra en el hecho de haber conseguido vivir por encima del tiempo (del suyo y el nuestro), trascendiéndolo.

Es más, estaríamos aún lejos de entender cabalmente el valor de Dostoievski si nos remitiésemos de modo exclusivo al mundo literario. Hay un sentido más profundo al respecto que tiene que ver con esa comunicación –distinta a la artística- que sus obras establecen con los individuos en torno a la moral, el sufrimiento, el destino o la pobreza. Especialmente para aquellos en quienes pulula el vacío del arrojamiento, las palabras de Dostoievski superan la mímesis o la catarsis, y se instalan en un espacio existencial, de descubrimiento, que les permite conocer y traducir para sí mismos el complejo universo exterior e interior que viven. De la siguiente forma describe esto Isabel Vicente:


“Al lado de los grandes novelistas contemporáneos suyos, que pintan el proceso de derrumbamiento de la vieja Rusia patriarcal latifundista (Turguéniev, Nekrásov), Dostoievski se ha definido claramente como escritor ‘urbano’. Denuncia las miserias de la gran ciudad, los cuchitriles donde se albergan los pobres, las callejas tétricas, las tabernas sucias, las calzadas polvorientas en verano y enfangadas en otoño, los horribles arrabales, la vida real cotidiana de ese trasfondo, con sus maleantes, borrachos, prostitutas… Pero, sobre todo, transmite sus inquietudes y describe como tragedia social los sufrimientos de tantos seres vapuleados por la vida” [1]

Podría argüirse que, en últimas, todo escritor busca precisamente eso: hacer más claro el espacio en el que transcurre nuestra vida; sin embargo, el caso de Dostoievski resulta especial en la medida en que su reflexión abarca muchísimos niveles: el emocional, el psicológico, el moral, el material, el contingente y hasta el místico. Así, la lectura de cualquiera de sus obras no es una experiencia lineal, sino compleja, a veces, confusa, pero siempre cercana a la realidad totalizada de la propia vida. Y esto es algo evidente tanto en el plano semántico de su escritura como en el estilo mismo con que escribe, ya que en él converge un sinnúmero de voces que profundiza los focos desde los que se aborda un tema determinado:

“Según Batjín, es típico de la novela justamente un carácter ‘polifónico’, ‘dialógico’, ‘plurilingüístico’, que manifiesta Dostoievski en su renuncia a encerrar los mundos interiores de sus personajes en el cauce de una Weltanschauung –o visión del mundo- única. En cualquier caso, la palabra de unos y otros, la perspectiva del narrador y del autor y, aún más allá, del escritor, siempre conviven, se contraponen y se reflejan mutuamente en la página” [2]

El punto es el siguiente: las obras “mayores” y “menores” de Dostoievski comparten la misma hondura de pensamiento y escritura; por tal razón, si bien algunas de ellas han tenido más fortuna que otras –a los ojos de la crítica-, cualquiera podría tomarse a guisa de ejemplo de la lucidez dostoievskiana. El valor de este escritor –retomando la idea del inicio- es el haber propuesto una obra con esta cualidad: ser un conjunto del que es posible extraer una pequeña parte sin que con ello se venga al piso la totalidad o quedemos en las manos con una fracción desnaturalizada. 

He aquí la justificación para acercarse a estos Cuentos Completos de Fiódor M. Dostoievski: la conciencia de que en ellos se encontrará la grandeza del autor de Crimen y Castigo, o lo que es equivalente, la persuasión de que no hay en ellos una literatura de segundo orden. Por demás, la lectura de este libro reviste una gratificación puntual: el hacer una especie de acopio de las temáticas que siempre interesaron al autor y, por supuesto, el reconocer la evolución de su escritura, iniciando en esa época romántica de “El Corazón Débil” o “Noches Blancas”, atravesando la agudeza crítica de “Un Episodio Vergonzoso” o “El Cocodrilo”, y desembocando en el sentido moral de sus últimos años, de los que son correlato textos como “El Campesino Maréi” o “El Sueño de un Hombre Ridículo”.

Bela Martinova, experta en literatura rusa, ha recopilado y traducido nuevamente 18 relatos escritos por Dostoievski para presentarlos en esta depurada edición, que se suma a la ya extensa bibliografía del autor en nuestra lengua. El título del libro, Cuentos Completos, está lejos de corresponderse con la realidad, pues se encuentran excluidos de él relatos como “Una Historia Enojosa”, “Niétochka Nezvanova” o “La Patrona” –por citar algunos- que, al menos por lo que se refiere a su extensión, hubiesen podido engrosar este volumen; pero, más allá de esto, la obra es impecable y muestra a Dostoievski en la búsqueda de ese objetivo que se trazó en los tiempos en que Belinski reconoció la superioridad de su primer novela, Pobres Gentes (1846):

“¿Será posible que yo sea tan grande? –me decía a mí mismo con una exaltación tímida-. ¡Oh!, no se rían ustedes: después nunca he vuelto a considerarme un gran hombre; pero entonces, ¿hubiese sido posible resistir la tentación? ¡Oh! Me haré digno de esas alabanzas. Pero ¡qué hombres, qué hombres…! Mereceré su estima, trataré de llegar a ser tan excelso como ellos, seré fiel… Venceremos, ¡Oh! ¡Ir con ellos, estar junto a ellos…!” [3]

Una sensación acompaña la lectura de este libro, y es la de hundirse en tres orientaciones principales: la romántica, la realista-psicológica y la mística. Dichas inclinaciones tienen una relación más o menos directa con la época por la que atraviesa la vida de Dostoievski; así, por ejemplo, los primeros cuentos, aquellos escritos entre 1845 y 1849, expresan, ante todo, una cosmovisión idealizada, en ellos aflora de manera constante lo sentimental, el choque de lo deseado con lo prohibido. 

Dicho matiz desaparece sustancialmente a raíz de las experiencias que tiene Dostoievski los años posteriores: en 1849 es arrestado por pertenecer a un movimiento subversivo, permanece varios meses en prisión por esta causa y, luego, es condenado a cuatro años de trabajos forzados en Siberia, terminado lo cual es obligado aún a servir al ejército ruso hasta 1859. Toda la década de los cincuentas, así, estará acallada para Dostoievski a nivel de publicaciones, pero a partir de 1862 retoma su impulso literario, abandonando el enfoque romántico de sus primeros escritos y lanzándose de lleno a la crítica social y el análisis psicológico (algo que, debe reconocerse, ya había expuesto en algunos relatos viejos como “El Señor Projarchin” o “Polzunkov”, de 1846 y 1847, respectivamente).

Por último, se advierte un fuerte enfoque moral, materializado en una suerte de pensamiento místico-cristiano, en la última parte de la producción de Dostoievski, esto es, la que inicia en la década de los setentas. En todos los cuentos de esta época, la cuestión del pecado, el odio al prójimo y la falta de virtud en la realización de nuestros actos, se convierten en su principal preocupación. Con esta clave pueden interpretarse relatos como “Bobok”, “La Sumisa” o “Vlas”, todos ellos permeados por la convicción de la necesidad de un principio moral que rija a los hombres.

Vamos, a continuación, a examinar más detenidamente algunos aspectos de estas tres orientaciones, situando los temas recurrentes en cada una y acompañándolas de fragmentos ilustrativos.

El Dostoievski romántico

Afirmar que hay relatos de Dostoievski plenamente románticos puede resultar exagerado, toda vez que su literatura tiene una dimensión realista y psicológica muy profunda desde sus inicios. Sin embargo, es indiscutible que en ellos –sobre todo en los escritos durante su juventud- se encuentran muchos elementos propios del Romanticismo, no sólo en lo que compete a temáticas, sino, también al estilo de la escritura. En la colectánea presentada por Bela Martinova cumplen esta condición los cuentos “El Corazón Débil”, “La Mujer Ajena y el Marido Debajo de la Cama”, “Noches Blancas” y “El Pequeño Héroe”.

“El Corazón Débil” (1848) despliega una historia trágica: Vasia, un escribiente pobre –que, además, tiene un notable defecto físico- se enamora perdidamente de una joven que, por fortuna, le corresponde. La felicidad inunda su vida, pero se apodera de él hasta el punto de arrebatarle la cordura: desea transmitir su placidez a todos, en especial a su amigo Arcadi; descuida notablemente un encargo de su trabajo, lo cual le genera un creciente sentido de culpa; visita y espía a la muchacha a cada momento; y se enloquece de creer que en realidad le será posible vivir aquello que siempre soñó. 

Dostoievski recupera, así, esa cuestión romántica que tiene que ver con la dificultad de controlar nuestras pasiones y el modo como estas chocan contra las exigencias sociales. Lo novedoso es que aquí los sentimientos no son trágicos en el sentido de una imposibilidad exterior, como sucede en Goethe; la desgracia del protagonista es producto de su propia incapacidad para manejar una felicidad que desea, pero a pesar de las evidencias, considera imposible. Es verdad que hay una presión social, en este caso representada por el trabajo de Vasia, base económica para su futuro, pero la verdadera lucha de los sentimientos se genera al interior del personaje, en ese espacio en el que la lucidez va perdiendo territorio frente a la locura:

“…¡Mi corazón está rebosante! ¡Arcasha! ¡No merezco una felicidad así! Lo sé, lo presiento. ¿Por qué se me concede tanta felicidad? –decía con una voz ahogada en sollozos-, ¿qué es lo que he hecho para merecérmela? ¡Dime! ¡Mira cuánta gente hay en el mundo, cuántas lágrimas, cuánto dolor y cuánta vida monótona, sin alegría alguna! ¡Mientras que a mí… me quiere la muchacha más maravillosa… a mí…! Bueno, tú mismo lo verás ahora, y tú mismo valorarás la grandeza de su corazón. Yo procedo de gente humilde; ahora poseo un grado de funcionario, tengo unos ingresos seguros, un sueldo. Nací con un defecto físico, soy contrahecho. ¡Y mira tú por dónde que ella se enamoró de mí, aceptándome como soy! (Pág. 105)

Es notorio el pincelazo psicológico de Dostoievski en esta historia: el hombre pobre está tan lejos de la felicidad, la considera una posibilidad tan remota que, cuando de repente llega, no genera satisfacción, sino culpa, perturbación, locura. No cabe duda de que este es uno de los mejores relatos del libro, y en él, como bien lo advirtió Cansinos Assens, se insinúa también el carácter neurótico de Dostoievski –lector de tratados de patología nerviosa-, y su gusto por esos casos humanos que terminan siendo clínicos: “Dostoievski se autoanaliza –dice el crítico español- en esta obra y siente en sí mismo la posibilidad de esas tragedias. ¡También él tiene el corazón débil y los nervios prontos a saltar!” [4]

En una onda menos patológica, si bien inquietante, está escrito “La Mujer Ajena y el Marido Debajo de la Cama” (1848), un relato que mezcla magistralmente la comedia teatral y la narrativa pícara. Se trata de la historia de un hombre que, arrastrado por los celos, acecha a su esposa en diferentes lugares (calles, teatros) con el ánimo de hallarla junto a su amante. Con todo, a pesar de que la infidelidad es innegable, no logra descubrirla y, por el contrario, él se ve inmerso en una serie de situaciones jocosas y absurdas. Los galanteos, las sospechas, los enredos convierten pronto al protagonista en un hombre ridículo, víctima de sus emociones e incapaz de tomar el control sobre su vida. “La pasión es algo excepcional –dice Dostoievski-, y los celos aún más”, son una especie de condena sentimental, propia de aquellos que aman con desesperación, exaltándose continuamente.

Ahora bien, quizá los cuentos de línea más romántica sean “Noches Blancas” (1848) y “El Pequeño Héroe” (1849). El primero de ellos es bastante conocido y, de lejos, es el de mayor sensibilidad y belleza. Dostoievski nos presenta aquí a un individuo soñador e introvertido que conoce en una de sus caminatas por San Petersburgo a Nástenka, una jovencita que espera el regreso de su primer amor. Durante varias noches, los dos se reúnen para compartir la historia de su pasado –las fantasías taciturnas de uno, la debilidad y nobleza de la otra-, llegando a ser confidentes mutuos y a sentir –aunque hubiesen prometido evitarlo- la transmutación de esa complicidad en amor. Su idilio, sin embargo, se verá roto tras la vuelta a la ciudad del hombre al que esperaba Nástenka, y toda su felicidad será revertida –especialmente para el protagonista- en nuevos días grises y solitarios.

“Noches Blancas” es, como se ve, una historia triste; tiene, al modo de las novelas románticas, un amor doloroso, imposible. La maestría de Dostoievski al escribirla se halla en la profundidad impresa al final, pues la tragedia no concluye con el suicidio de su protagonista –como sucede en Wether o Marianela-, sino con la proyección de un futuro para él lúgubre y desolador. Al recibir la última carta de Nástenka, le es inevitable quedarse mirando, como si esto sucediera muchos años después, las paredes derruidas de su cuarto, la vieja cara de Matriona –su empleada-, y la soledad de los techos que alcanza a vislumbrar desde su ventana; algo que significa que ya no habrá fin para su vacío y su tristeza, que serán sentimientos que lo acompañarán para siempre.

Pero el relato no es romántico sólo por las connotaciones que se desprenden de un amor irrealizable; la misma constitución existencial de su protagonista tiene ya un sesgo de esta naturaleza: es fantasioso, vive en plena soledad, le es imposible traducir sus sentimientos al lenguaje corriente, ama con ilusión, con fuerza incontrolable. En una de las noches en las que dialoga con Nástenka, construye este enrevesado discurso para tratar de explicarse:

“…¿Sabe a lo que he llegado, Nástenka? ¿Sabe que hasta me siento obligado a celebrar el aniversario de mis sensaciones, el aniversario de aquello que antes me resultaba tan querido?; algo que en realidad nunca existió (porque ese aniversario se celebra conforme a aquellos sueños absurdos e incorpóreos), y esos sueños absurdos ni siquiera existen y no hay por qué sobrevivirlos: porque también los sueños se sobreviven. ¿Sabe que ahora, en una fecha determinada, me gusta recordar y visitar aquellos lugares donde algún día fui feliz a mi manera? ¿Sabe que me gusta construir lo presente conforme a lo que se fue sin retorno, y a menudo deambulo por las calles como una sombra triste y afligida, sin finalidad ni necesidad alguna? Y ¡qué recuerdos! Me viene a la memoria, por ejemplo, que justo en ese lugar, hace un año, a la misma hora, caminé por esa acera igual de solitario que ahora. Recuerdo que también entonces las ideas eran tristes y, aunque no estuviera mejor, parece que de alguna manera resultaba más fácil vivir, y que no te atormentaba esa idea oscura que ahora no te abandona; que no tenías esos remordimientos de conciencia; remordimientos oscuros, lúgubres, que ahora no te dejan en paz ni de día ni de noche. Y te preguntas: ¿dónde están tus sueños? Y sacudes la cabeza diciendo: ¡cómo pasan los años! Y de nuevo te preguntas: ¿qué has hecho con tus años?, ¿dónde has enterrado tus mejores años? ¿Has vivido o no? ¡Mira!, te dices a ti mismo. ¡Qué frío se llega a sentir en esta vida! Pasarán los años y vendrá la lúgubre soledad, y después, junto al bastón, la trémula vejez y, detrás de ella, la tristeza y la melancolía. Palidecerá tu mundo fantástico, se petrificarán y ahogarán tus sueños, y caerán cual hojas amarillentas de los árboles… ¡Oh, Nástenka, será triste quedarse solo, por completo solo sin tener nada que lamentar! Nada, absolutamente nada… ¡porque todo cuanto has perdido, todo eso no ha sido nada, porque el absurdo y aberrante cero no ha sido más que un sueño! (Pág. 235)

En “El Pequeño Héroe” –traducido en otras versiones como “El Heroecito”, no existen complicadas introspecciones como la anterior. El protagonista de dicho relato es un niño enviado a una casa de campo en la que se desarrollan celebraciones constantemente; toda la trama se basa en los descubrimientos que él va haciendo sobre los caprichos, la valentía y el amor. El muchacho, por un lado, es testigo de la infidelidad de una de las mujeres que concurren al lugar y, por otro, personifica una historia “sentimental” con una dama de la que inicialmente recibe burlas, pero que luego profesará por él –al probar su temeridad subiéndose a un caballo indómito- el más sincero fervor.

Dostoievski examina en este cuento la confusión que genera en el ser humano el descubrimiento de la vida sentimental, concretamente, la impresión que causa en el hombre la emocionalidad femenina. Esto, sumado al importante papel que tiene la naturaleza –los paisajes, los colores- en lo narrado, conceden al relato un tono bastante romántico, tanto así, que el mismo Dostoievski declara en cierto fragmento del mismo que aquellos que atacan sin piedad los sentimientos, se olvidan de que, al contrario de lo que piensan, es en ellos justamente donde con mayor frecuencia se encuentra lo bello y elevado.

El Dostoievski del realismo-psicológico

Es claro que Fiódor M. Dostoievski reviste una importancia particular a razón de ser uno de los iniciadores de la narrativa existencialista y, por ende, de la vertiente más psicológica de la literatura. Desde esta óptica, es precursor de autores como Kafka, Sartre o Camus, e instaura una de las primeras reflexiones sobre la manera en que la sociedad actúa sobre el individuo en términos de enajenación, alienación y determinación. Sus Memorias del Subsuelo (1865) son un ejemplo contundente al respecto, pero también en sus relatos cortos se descubren historias permeadas de esa insatisfacción del hombre que se ve sometido por las fuerzas sociales –la burocracia, el trabajo, el progreso, etcétera-, todo aquello que podríamos condensar bajo la idea de cosificación:

“Es pertinente subrayar aquí que el pathos principal de toda la obra de Dostoievski, tanto en la forma como en el contenido, es la lucha con la cosificación del hombre, de las relaciones humanas y de todos los valores humanos en las condiciones del capitalismo. Dostoievski no entendía verdaderamente y con plena claridad las raíces económicas de la cosificación y, hasta donde sabemos, jamás uso el término, pero éste expresa mejor que ningún otro el sentido de su lucha por el hombre. Dostoievski, con una gran capacidad de penetración, supo ver la inserción de esta desvalorización cosificante del hombre en todos los poros de la vida contemporánea y en los mismos fundamentos del pensamiento humano” [5]

En número, los relatos que sería factible agrupar dentro de esta línea de realismo psicológico son la mayoría dentro del libro, y datan de diferentes fechas, aunque su principal foco se halla en los escritos que vinieron después de la experiencia del autor en Siberia. En “Novela en Nueve Cartas”, texto de 1845, Dostoievski –con apenas 24 años- satiriza ya la burocracia que inunda todas las relaciones sociales de San Petersburgo y la imposibilidad de alcanzar allí una comunicación directa e inmediata. La historia no es más que el cruce epistolar de dos timadores que se acusan mutuamente de engañarse, de eludir ese encuentro real a través del cual podrán aclarar cierto asunto pendiente; las cartas, permitirán, irónicamente, descubrir que ambos sujetos son burlados por el mismo hombre al que intentan estafar, pues éste mantiene relaciones secretas con sus esposas.

Papel viene, papel va, y todo resulta enteramente despersonalizado, cualquiera puede urdir con su pluma los más grandes engaños, “hipnotizar y fascinar la razón de los que, por algún motivo, han tratado con él”. La Tabla de Rangos establecida desde los tiempos de Pedro el Grande (1722), no sólo distinguía las posiciones de los individuos dentro de la sociedad rusa, sino que implementaba una rígida burocracia comunicativa entre los sectores sociales; Dostoievski analiza esto en “Novela en Nueve Cartas”, señalando la manera como, de esa despersonalización de la palabra, se desprenden las conductas más desproporcionadas y absurdas.

La rigidez de la Tabla de Rangos reaparece como tema narrativo en “Un Episodio Vergonzoso” (1862); en dicho relato se exponen los problemas que enfrenta el consejero estatal Pralinski al acercarse a la vida de sus subalternos. Inspirado por una razón que a él le parece humanitaria, se presenta –algo entrado en copas- a la fiesta de bodas de uno de sus empleados; pero aquello que está planeado para ser visto como un acto de bondad, termina convirtiéndose en una escena incómoda, humillante y absurda para todos: ni él ni los otros saben cómo comportarse, cómo sobrellevar la situación, pues siempre han permanecido incomunicados.

Dostoievski ahonda aquí en los procesos mentales que llevan al protagonista a disfrazar su demagogia y soberbia dentro de un falso humanitarismo; el discurso que Pralinski desarrolla y que tiene ciertos matices socialistas, se muestra, más pronto que tarde, como una argucia con la que sólo busca conseguir trabajadores más eficientes. Lo que pasa es que le resulta imposible dar con las palabras adecuadas, con el modo preciso de dirigirse hacia esa multitud expectante: hasta tal punto los rangos determinan un lenguaje y una cosmovisión diferente en los individuos, que les impide por completo establecer una comunicación integrada.

A su manera, “El Cocodrilo” (1865) retoma la crítica social, pero enfocándose en la influencia del capitalismo en la vida personal. La situación que sirve de argumento es del todo absurda: un hombre asiste en compañía de su esposa y un amigo al zoológico de la ciudad. Todo transcurre con normalidad hasta que aquel sujeto –Matvéievich-, tras instigar a un cocodrilo, es tragado por éste. La cuestión es que el propietario del reptil –un alemán que depende de él para sobrevivir- se niega rotundamente a dejarlo abrir para rescatar al hombre y, el mismo Matvéievich, luego de algún tiempo, descubre que el lugar no es del todo malo, que podrá acostumbrarse a estar allí fácilmente.

Será necesario dirigirse a varias instancias jurídicas para intentar negociar con el alemán la venta del cocodrilo, pero como nada de esto se materializa, el dueño lo seguirá exponiendo como una atracción del todo inusual. Matvéievich, increíblemente, entiende que lo que debe primar en esas circunstancias es el beneficio económico, y ya que con su presencia al interior del reptil se está generando mucho dinero para el alemán –símbolo de la inversión extranjera-, persuade a su esposa y amigo, de que lo mejor será dejar todo como va, y dedicar su vida a diseñar los más productivos sistemas económicos, amparado por la tranquilidad que sólo puede hallarse en un lugar tan sereno como aquel:

“¿Que qué será de Iván Matvéievich? Pues a eso voy. Nosotros mismos hablamos de la atracción de capitales para nuestro país. Júzguelo usted mismo: si, cuando el capital del atraído propietario del cocodrilo se duplica gracias a Iván Matvéievich, nosotros, en lugar de proteger al propietario extranjero, contrariamente a ello, intentamos abrirle las tripas al capital… ¿Tiene esto sentido? Me parece que Iván Matvéievich, como verdadero hijo de la patria, debería sentirse orgulloso de que gracias a él se haya duplicado el valor del cocodrilo foráneo, y quizá hasta triplicado. Esto es preciso para atraerlos: si uno tiene éxito, no tardará en venir otro dueño con su cocodrilo; y el tercero traerá, a su vez, dos o tres más y a su alrededor se agruparán los capitales. ¡Y he aquí la burguesía! ¡Hay que dar estímulos! (Pág. 376)

Como se ve, por medio de una ficción absurda, Dostoievski satiriza los discursos burgueses del capitalismo, y esa noción de progreso a toda costa que tanta fuerza tuvo en su país durante aquella época. Pero su crítica involucra, además, a los medios de comunicación, puesto que, al final del relato, cuando se conoce la manera como abordan los periódicos la cuestión de Matvéievich, todo es desacierto, inexactitud: unos afirman que el hombre es un gastrónomo, otros lo tildan de bárbaro, y así, no queda más que sentir vergüenza por la estupidez humana.

Menos mordaces, pero no por ello menos efectivas, son las críticas que hay en cuentos como “El Señor Projarchin” (1846), “Polzunkov” (1847) y “El Árbol de Navidad y una Boda” (1848). En el primero de estos relatos, Dostoievski nos recrea a un anciano solitario que vive en una pensión y pasa sus días lamentándose de su pobreza. Ciertas sospechas sobre su avaricia pronto desequilibran al viejo, quien tendrá que esgrimir toda clase de argumentos para probar que es pobre, algo que, en realidad, no es cierto y todos descubren una vez ha muerto e inspeccionan su colchón, repleto con todo género de monedas.

Hay en este relato algunos matices de esa locura que se respira en “El Corazón Débil”, pues el desenlace del protagonista aquí también es producto de su incapacidad para controlar la existencia. El terror de Projarchin, sin embargo, parte de una escisión de su carácter, pues el viejo tiene un rostro social –miserable, compungido- y otro íntimo –avaro, déspota-; en este sentido, cuando siente que los otros observan en él, no sólo su primera faceta, sino ambas, la armonía de su juego se derrumba, pierde el control sobre su vida, y esto lo conduce a su doloroso final.

En “Polzunkov” el blanco del señalamiento es también la avaricia, pero en su aspecto más calculador. El protagonista del relato –el mismo Polzunkov- estafa a cierta familia valiéndose de unos documentos que tiene en su poder; empero, la carga moral que el acto genera en el hombre, lo lleva a casarse con una de las muchachas de esa misma familia, a la sazón, sin dote. Lo que no sabe Polzunkov es que ese matrimonio es una artimaña que tejen los padres de la joven para recuperar el dinero perdido en el soborno, y apoderarse a su vez del patrimonio del protagonista. Así, según desde donde se vea, el relato puede concebirse a modo de justicia restitutiva, pues el engaño hecho se paga con otro recibido, o como una exaltación del materialismo calculador, ya que se muestra que, aun en la adversidad, las mentes proclives a lo inmoral maquinan los planes más perversos.

“El Árbol de Navidad y una Boda” se orienta en esta misma dirección: un hombre que asiste a una reunión en casa de un amigo, descubre la belleza de su hija, y escucha cuidadosamente los planes de dote que su padre tiene para ella. Rápidamente organiza en su cabeza una serie de cálculos, y tras esperar algunos años, logra casarse con la chica, confirmando todas sus proyecciones previas. No se explaya en este cuento Dostoievski, simplemente remarca esa manera fría –casi hasta los límites del crimen- con la que los hombres de su –y nuestra- época parecen muchas veces resolver los problemas vitales, sin inquietarse un solo instante por la moral, la virtud o la conciencia.

Podemos ubicar, para concluir este apartado, tres cuentos más de la colección que poseen un sello marcadamente psicológico. Nos referimos, en primer lugar, a “El Ladrón Honrado” (1848), relato que sigue las difíciles relaciones entre Astáfi e Iemelián Illich, el uno, hombre dadivoso y cordial, el otro, borracho e imperturbable. Iemelián robará unos paños propiedad de Astáfi, a pesar de la constante ayuda que recibe de éste, y lo negará abiertamente; pero al final, arrepentido, y con el deseo de hacer justicia a los favores recibidos, el ladrón querrá remediar su error, sólo que surgirá con ello una situación trágica. 

Dostoievski nos acerca aquí a un hecho impactante: la falta de sentido que tiene la vida de muchas personas, quienes –como Iemelián- pueden permanecer sentados en un alféizar durante horas, o hundirse irremediablemente en la bebida. Pero, además, comprueba la dificultad que existe para acercarse a ellas, aun cuando se tenga el franco deseo de ayudarlas; hay una especie de señalamiento, una marca o sombra que las acompaña, hasta convertir sus vidas en una realidad vergonzosa.

La imposibilidad de encontrar un lenguaje común vuelve a hallarse en dos relatos de la última época de Dostoievski: “La Sumisa” y “Dos Suicidios”, ambos de 1876. El primero es una historia frustrada de amor: el dueño de una prendería se casa con una muchacha que usualmente frecuenta su negocio, pero su relación se torna casi al instante insostenible: ambos se atrincheran en el silencio de sus miedos, anhelos y frustraciones; el hombre confunde el amor con la dominación, la joven, se sumerge en una suerte de delirio místico, y así, ya no hay manera de sacar nada en común. El desenlace de la historia es trágico, y eso se advierte en las palabras con las que concluye la narración:

“¡Oh, la rutina! ¡Oh, la naturaleza! ¡La gente está sola en la tierra, ésa es la desgracia! ‘¿Hay alguien vivo en el campo?’, grita el Hércules ruso. También lo grito yo, que no soy Hércules, y nadie me responde. Dicen que el sol vivifica el universo. Miren el sol cuando sale, ¿acaso no es un cadáver? Todo está muerto y por todas partes hay cadáveres. Sólo hay gente y, alrededor de ellos, silencio, ¡eso es la tierra! ‘¡Amaos los unos a los otros!’ ¿Quién dijo eso? ¿De quién es el legado? El péndulo del reloj golpea sin sentimientos, desagradablemente…” (Pág. 477)

“Dos Suicidios”, finalmente, es una mímesis a partir de la cual Dostoievski construye una reflexión. No hay en este texto un estilo narrativo, sino ensayístico; el autor destaca dos noticias aparecidas en los periódicos de la época, ambas relacionadas con suicidios: el primero de una muchacha que “empapó su bata de cloroformo, después se envolvió con ella la cabeza y se tumbó sobre la cama”, hasta fallecer. El segundo corresponde a una chica que, no encontrando un trabajo con el cual sobrevivir, se lanzó desde una ventana cargando entre sus manos una imagen religiosa. Dos formas distintas de morir, la primera, más elaborada y sutil, un drama causado por alguna insatisfacción existencial; la segunda, simple y directa, consecuencia de las privaciones materiales. La pregunta es una sola, sin embargo: “¿cuál de estas almas sufrió más en la tierra?”.

El Dostoievski místico

Todas las experiencias de Fiódor M. Dostoievski durante sus años de prisión y trabajos forzados, aunadas a las no menos profundas vivencias que tuvo como jugador compulsivo, a su propia enfermedad –epilepsia-, a su carácter neurótico, a sus complejas relaciones amorosas, al conocimiento de innumerables caracteres tan distintos, y a todo lo que sólo él mismo supo que vivió, necesariamente dotaron la cosmovisión de los últimos años de Dostoievski de un sesgo intensamente moral, a veces místico y, sin duda, cristiano. No fue, al modo como le sucedió a Tolstoi, una necesidad de purificación personal frente a los pecados cometidos durante su vida; más bien, la certidumbre final de que no podría hablarse de humanidad sin que con ello se remitiese a una condición moral establecida:

“Dostoievski (…) parte de una cuestión muy simple: cuando el hombre se declara su propio dueño, ¿cómo sabe si actúa bien o mal? Pues si los seres humanos están autorizados a promulgar su propia ley moral, nada impedirá a algunos promulgar una ley que, por ejemplo, les autorice a matar. Imaginémonos a un hombre profundamente convencido de su superioridad sobre sus semejantes (…), puesto que él es el único arbitro de su propia conducta, este individuo se arroga el derecho de matar a un vecino que practica el vergonzoso oficio de usurero y que, por consiguiente, no merece vivir, por lo menos, según la opinión tranquilamente madurada de nuestro personaje. ¿Quién tendrá el derecho de juzgar las pretensiones de nuestro héroe…? ¿Y quién le dirá al héroe que no pertenece al grupo de las almas bondadosas?” [6]

Estas palabras, escritas por Pavel a propósito de Raskólnikov –protagonista de Crimen y Castigo-, ayudan a comprender la naturaleza compleja del asunto. Dostoievski no parte de una creencia a priori de la moral, esto es, no plantea de entrada que dios deba determinar los valores de sus acciones; más bien, señala que el hombre debe colegir que, sin una determinación universal, la relatividad moral convertirá al mundo en un escenario de injusticias y excesos. En otras palabras, confía en que la conciencia y el examen que cada hombre hace de sus actos pronto los colocará en la ruta de una moral correcta. 

En “Bobok” (1873) empieza a explicitarse esta idea, cristalizándose a modo de crítica frente a la inmoralidad que el hombre personifica mientras vive. La trama de la historia es la siguiente: un hombre acompaña un cortejo fúnebre hasta el cementerio, pero hastiado un poco de la procesión, decide recorrer solo los diferentes caminos; de un momento a otro, se percata de unas voces bastante finas que dialogan entre sí; le cuesta reconocer que se trata de un diálogo entre las almas de personas recientemente muertas, las cuales tratan de ajustarse a su nueva condición y realizan el examen de su pasado. Es una recreación más o menos aproximada del purgatorio:

“(…) Aquí, el cuerpo parece revivir de nuevo, los restos de la vida se concentran, pero sólo en el nivel de la conciencia. Es decir (no sé cómo explicárselo) que la vida continúa como por inercia. Todo está concentrado… en algún lugar de la conciencia, y continúa así dos o tres meses más… a veces incluso hasta seis. Aquí, por ejemplo, hay uno que ya está casi descompuesto, pero una vez cada seis semanas, de pronto, balbuce una palabreja, claro que sin sentido alguno, algo así como bobok: ‘¡Bobok, bobok!’; lo que quiere decir que en su cuerpo todavía arde vida en forma de invisible chispa…” (Pág. 415)

Esa insistencia de Dostoievski en el fragmento anterior de situar una vida concentrada en la conciencia tiene un sentido moral claro: el ser humano tiene la necesidad de encuadrar en ella la justificación de sus acciones y, luego, de reconciliarse con la vida en caso de que haya ido en contravía de la virtud. En últimas, lo que pretende Dostoievski es llamarnos la atención acerca de lo apresurado que vivimos en muchas ocasiones, al punto de saltarnos el examen moral de nuestros actos, algo que implica la ignorancia, la ceguera frente a todo lo que hacemos.

La misma convicción está en la base de “El Sueño de un Hombre Ridículo” (1877), relato en el que un hombre experimenta la gracia divina durante uno de sus sueños. El sujeto se mostraba siempre huraño e indolente, pero he aquí que, cierta noche, contempla mientras duerme el paraíso: una tierra cuya hierba arde “desprendiendo luz de aromáticas flores”, donde los ojos de la gente brillan felices, y todos se preocupan por borrar de su rostro las huellas del sufrimiento. Es el encuentro con el más bello ejemplo de armonía y belleza, pero él lo pervierte; se trata de un sueño que duró milenios –explica-, tiempo en el que sobre aquella perfección vertió la mentira, la lujuria, la propiedad privada y la ciencia.

De alguna manera, en este relato se encuentra implícita la idea del pecado original, esa carga que siempre penetra en todos los lugares para degenerarlos, y que simboliza la condena del hombre a errar y autodestruirse. Asimismo, como Dostoievski asocia tan usualmente en el texto el progreso con el mal, la ciencia con esa verdad artificial que menoscaba la unidad de la naturaleza, es posible deducir también que el autor propone un reencuentro con la sustancia de las cosas; ese es su misticismo: la observación de un lenguaje que está fluyendo siempre por el cosmos y que indica, a quien sabe interpretarlo, el modo de ganarse su propia eternidad.

Ahora bien, el hecho de que Dostoievski recurra en ocasiones a este lenguaje místico, religioso, no implica que su dictamen se ubique en un plano enteramente metafísico. Todo lo contrario, de forma reiterativa, en los textos de sus últimos años está remarcando y denunciando al pueblo ruso: así ocurre, por ejemplo, en “El Niño con la Manita” (1876), relato en el que su juicio cae sobre la indolencia de todos aquellos que esquivan la mirada cuando saben que tropezarán en la calle con el hambre, con el rostro de la necesidad. El título del cuento hace referencia a uno de esos niños que levanta su mano al transeúnte que pasa esperando obtener de él alguna moneda para llevar a casa.

En la historia, su protagonista muere de frío en algún rincón olvidado de San Petersburgo, al tiempo que su madre hace lo propio en el no menos frío rincón donde pasa su enfermedad. Hay en este relato ese sabor amargo de Dickens y Twain, también ese remordimiento frustrante de “Los Ojos de los Pobres” de Baudelaire, sólo que Dostoievski intercala en su narración ciertos pasajes religiosos que le confieren un tipo de reflexión más espiritual: en cada uno de nosotros recae la culpa de la miseria, pues con nuestros propios actos la hemos propiciado, o en todo caso, nuestro silencio la ha venido legitimando a lo largo de los siglos.

En “Vlas” (1877) es palpable otra denuncia al pueblo ruso, esta vez hecha con un lenguaje mucho más directo, visceral. Un par de amigos apuestan queriendo saber quién es capaz de cumplir la mayor osadía, y uno de ellos –impelido por el otro- entrará a una iglesia y comulgará, pero no tragará la ostia, pues la tiene destinada para dispararle un tiro con su escopeta. De esta blasfemia, si se nos permite el término, Dostoievski desprende la enfermedad de su sociedad, condenada por la inmoralidad, el pillaje, y una propensión casi patológica hacia el crimen:

“Un hombre de corazón excepcional puede de pronto convertirse en un ser repugnante, un bribón o un criminal, con sólo caer en ese torbellino, fatal vorágine nuestra, de la convulsiva autonegación y la autodestrucción momentáneas, tan propias de las características del pueblo ruso, cruciales en ciertos momentos de nuestra vida. Sin embargo, con la misma fuerza, la misma obcecación y el mismo instinto de conservación y penitencia, el hombre ruso, igual que todo el mundo, cuando llega al límite y ya no hay adónde ir, va y, de la forma más natural, se salva a sí mismo (…) Jamás, aun en los momentos más triunfales de su historia, lleva él un semblante orgulloso y triunfal, sino, por el contrario, un aspecto enternecido hasta el sufrimiento: respira a pleno pulmón entregando su gloria a la gracia del Señor” (Págs. 510-511)

Encuentra, tal vez Dostoievski, en el espíritu de las personas sencillas una alternativa para escapar del padecimiento generalizado en Rusia. ¿Qué es “El Campesino Maréi” (1876), sino el símbolo de la nobleza y el amor humano? La figura de aquel muzhik emerge en medio de los recuerdos del autor –pues este relato transluce intimismo- para mantener viva en su memoria aquella escena en la que el hombre se le acercó para limpiar con sus manos ennegrecidas por la tierra las lágrimas que le habían producido un susto infantil. Esa serenidad, esa capacidad de entrega y de ayuda sencilla, están en la base del pensamiento de Dostoievski, no sólo como una fórmula para reconciliarse con los siervos –explotados brutalmente todavía-, sino como una inspiración social, de amoroso desprendimiento.
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Escribió alguna vez Hermann Hesse sobre Dostoievski: “debemos leer a Dostoievski cuando nos encontremos en un mal momento, cuando hayamos apurado hasta las heces nuestra capacidad de sufrimiento y sintamos que la vida es una herida infinita, abierta y abrasadora, cuando respiremos el aire de la desesperación y hayamos muerto mil muertes de desesperanza. Entonces, cuando solos y desamparados miremos la vida desde el dolor y ya no la comprendamos en toda su salvaje y hermosa crueldad, cuando ya no esperemos nada, entonces estaremos por fin preparados para oír la música de este poeta terrible y maravilloso. Sí, entonces ya no seremos meros espectadores, ni degustadores, ni críticos: seremos pobres hermanos entre los pobres diablos de sus ficciones, padeceremos sus mismos sufrimientos y miraremos, fascinados y sin aliento, la vorágine de la vida y el eterno molino de la muerte con los mismos ojos fijos que ellos. Entonces y sólo entonces prestaremos atención a la música de Dostoievski, al consuelo y al amor que de ella emanan, y experimentaremos el maravilloso sentido de su mundo aterrador y a menudo cruel” [7]


NOTAS:

[1] VICENTE, Isabel (2009) Introducción. En Crimen y Castigo de Fiódor M. Dostoievski. Barcelona: Editorial Cátedra. p. 28.
[2] BRIOSCHI, Franco & GIROLANO, Costanzo Di (2000) Introducción al Estudio de la Literatura. Barcelona: Editorial Ariel. p. 220.
[3] TROYAT, Henri (2006) Dostoievski. Colombia: Vergara Editores. p. 71.
[4] CANSINOS ASENS, Rafael (1961) Fiódor Dostoyevski: Su Vida y Su Obra. En Obras Completas Vol. I. Madrid: Editorial Aguilar. p. 25-26.
[5] BAJTÍN, Mijaíl M. (1993) Problemas de la Poética de Dostoievski. Bogotá: Fondo de Cultura Económica. p. 93.
[6] PAVEL, Thomas (2005) Representar la Existencia: El Pensamiento de la Novela. Barcelona: Editorial Crítica. p. 312.
[7] TROYAT, H. Op. Cit., p. 389.

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