AUTOR: Alfredo Molano
TÍTULO: Desterrados: Crónicas del Desarraigo
EDITORIAL: Grupo Santillana, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2005
PÁGINAS: 192
RANK: 8/10





Por Alexander Peña Sáenz
La crónica, por su doble naturaleza –temporal y descriptiva-, parece ser el vehículo narrativo más veraz para plasmar esa realidad cruda generada por la violencia del conflicto armado en Colombia: la larga lucha entre el Estado, la guerrilla, los paramilitares y diversos sectores políticos por la explotación de recursos y apropiación de tierras. Dicha problemática se mantiene en la mesa de debate desde hace mucho tiempo y ha suscitado una reflexión constante de la que es ejemplo este libro de Alfredo Molano, Desterrados: Crónicas del Desarraigo (2005), el cual aporta, a través de una mezcla de historia y reflexión periodística, una orientación en el camino hacia la paz de nuestro país.

La obra tiene como origen el exilio al que fue sometido el propio Molano después de ser amenazado por grupos criminales, a raíz de las críticas que el autor hiciera en sus columnas periodísticas de El Espectador. Molano salvaguardó su vida huyendo hacia España, lugar desde donde confesó que su drama “…es un pálido reflejo de la auténtica tragedia que viven a diario millones de colombianos desterrados, exiliados en su propio país”. Así pues, su libro presenta una serie de crónicas que comparten una naturaleza común: la crudeza del conflicto vivido por sus protagonistas, y el sobrepaso de los límites de lo tolerable por un ser humano.

En el exilio, y tras enterarse de la muerte del periodista Jaime Garzón en agosto de 1999, el autor decidió escribir Desterrados: Crónicas del Desarraigo, un texto que goza de amplia documentación periodística, fruto de los diversos viajes de Molano por Colombia, entrevistando víctimas y actores del conflicto. Son en total siete crónicas detalladas, elaboradas con un lenguaje ameno y coloquial, característica que facilita al lector acercarse completamente a las experiencias y situaciones narradas, identificarse con el drama de los exiliados, y comprender la huella profunda que ha dejado la violencia y la muerte en muchos compatriotas.

Las Crónicas del Desarraigo

La parte inicial del libro la utiliza Molano para relatar la manera como su exilio fue el producto del ejercicio periodístico que realizaba en Colombia, siempre crítico y divergente del oficial. Durante años, su discurso denunció la violencia y la problemática social generada por grupos paramilitares y paraestatales, lo cual trajo para él amenazas constantes y persecución. Con todo, y aun admitiendo lo difícil que es escribir sobre la realidad colombiana lejos de ella, Molano compiló y editó el material que hace parte del libro con el espíritu de un compatriota, identificado y preocupado por la situación del país.

La mayoría de textos de Crónicas del Desarraigo comparten un punto de encuentro: la experiencia dolorosa del conflicto armado. Todos los que las protagonizan vivieron en el campo o pequeños municipios, sosteniéndose en sus negocios, cultivando sus tierras o criando ganado; por tal razón, son personas de origen humilde, de trasegar campesino y rural, que un día, sin previo aviso, vieron la llegada de la violencia a sus tierras, el derramamiento de sangre, la muerte, el miedo, la injusticia, el desamparo estatal y, finalmente, el destierro. 

Sin embargo, a pesar de que hay un factor social compartido en todos los relatos, la documentación de Molano permite diversificar las voces y geografías presentes en la narración. Cada crónica se desarrolla en un lugar diferente de Colombia: pueblos como Nechí, Dabeiba y Apartadó en Antioquia; poblaciones del Atrato y Chocó; la Costa Atlántica; Chaparral en el Tolima y Las Hermosas en la cordillera central; el Valle del Cauca; los Llanos de San Juan y Villavicencio en el oriente; y Caquetá en el sur. Lugares muy diversos desde los cuales se inician los desplazamientos que desembocan en las grandes ciudades como Bogotá, Cali, Cartagena, Ibagué o Medellín; allí donde el destino no es menos trágico, puesto que la violencia únicamente se transforma en indiferencia y desamparo. 

A nivel estructural, el libro consta de 8 partes, organizadas de la siguiente manera: 1. Desde el exilio, 2. La derrota, 3. Ángela, 4. Los silencios, 5. El barco turco, 6. El jardín, 7. Osiris y 8. Nubia, la catira. A continuación vamos a revisar las historias de algunas de estas crónicas y cerraremos con una reflexión sobre la problemática del desplazamiento, para abrir así el panorama del libro a lectores que quieran acercarse a él.

El barco turco

En esta crónica hay dos narraciones, dos voces, una es la de Toñito, el muchacho protagonista, y la otra es la de un adulto que quiere adoptarlo; este último introduce el relato, contando que en la región del Atrato chocoano, Toñito, tuvo que presenciar cómo un día unos hombres incendiaban sus casas sin razón aparente.

Toñito, después, en su voz propia, cuenta su infancia, sus juegos con trompos y su época de mandados en el pueblo. Todo era tranquilo hasta que su tío, Anselmo, quien había trabajado en el aserradero del río, denunció las diferencias de sueldo en empresas de este tipo, algo que no cayó en gracia para los que lo mataron. 

En las cercanías al río Curvaradó, la gente vivía de la madera, pero un día el negocio terminó. La tranquilidad del lugar fue perturbada por los narcotraficantes que ofrecieron a los pobladores cultivar coca. En un principio el negocio pintó bien, pero pronto los sujetos armados redujeron la remuneración de los trabajadores. Quien estuviese en contra de ello, sencillamente era tildado de guerrillero, asesinado y arrojado al río. Sus familiares debían esperar varios días hasta que sus cadáveres hinchados flotaran sobre las aguas para poderles dar sepultura. En la crónica, las palabras tienen el poder de descripción suficiente para visualizar la vileza de tales actos:

“…Y alguien dijo que los muertos los habían tirado al río para que nadie los reconociera; que a unos los habían rajado para que nunca boyaran; que a otros los habían botado enteros y que éstos, al tercer día, salían a flor de agua en la Moya de los Chulos, que por eso así se llamaba. Decían que los chulos navegaban sobre los muertos inflados como vejigas, hasta que a picotazo limpio los reventaban y el difunto se profundizaba entre las aguas” (Págs. 81-82)

Los familiares esperaron a sus conocidos en la rivera hasta que esta “pesca de muertos” también fue prohibida por los alzados en armas. Todo en el pueblo quedó hecho trizas: la alcaldía, los bancos, la policía. Esto obligó a Toñito a marcharse rumbo a Turbo y de allí a Cartagena, un lugar en el que divisando el mar logró bañar un poco sus penas.

Toñito pertenecía a una familia de cuatro hermanos –tres del Chocó y uno de los Montes de María-; todos ellos, ya exiliados, vivieron en la calle, rebuscándose la vida vendiendo aceite de coco. Sin embargo, la indiferencia de las calles los llevó a iniciar el consumo de sacol como alternativa contra el frío y el hambre [1]. Toñito, recordando sus años en Mandela (barrio de Cartagena), explica lo siguiente:

“En el Mandela hay miles de familias. Todos han llegado de huída. Dejando el camino de los muertos. Pero quieren seguir viviendo y les toca aceptar la vida como viene. Uno no puede ponerse a regatear con el destino cuando le ha visto la cara a la muerte” (Págs. 86-87)

Toñito buscó a sus padres, posiblemente refugiados en Mandela, pero no tuvo suerte. En aquellos tapados hechos con plástico y cartón que servían para dormir sólo encontró a un familiar que no quiso refugiarlo, explicándole que debía rebuscarse la vida solo. Consiguió vivir, después de algún tiempo, junto a una señora y su hija, pero al fallecer la primera, tuvo que partir de aquel barrio, algo que a la postre fue positivo pues los grupos criminales llegaron a matar a siete jóvenes allí. 

Fueron meses los que Toñito vivió las inclemencias de la calle, incluso, llegó a vivir dentro de una alcantarilla junto a otras personas, las mismas que más tarde fueron asesinadas en un incendio provocado por un comerciante molesto con los habitantes de la calle. Cansado de esta situación, el muchacho decidió irse como polizón a Nueva York en un barco turco, con tan mala fortuna que fue descubierto y lanzado al mar. Se salvó de morir de hipotermia al ser rescatado por los pescadores de Barú. 

La crónica termina con la voz del adulto que quiere asumir la custodia de Toñito, con la amargura de no poder hacerlo, ya que los padres del muchacho no aparecen legalmente muertos, por lo que no se puede hacer más que esperar.

El Jardín

La crónica El Jardín abre con una frase que refleja nostalgia y amargura: “cuando tierno uno cree que la vida son puras rosas, pero cuando uno va creciendo y viviendo, entiende que sólo son puras espinas”. Lo anterior simboliza un dramático evento de su infancia: el día de su primera comunión, la blancura de su vestido fue empañada de rojo sangre, todo porque varios hombres dispararon a su vecino como venganza por algún suceso del pasado. Esto causó un trauma en la mujer, quien con sus continuas correrías por el país, testificó que el destierro es la única salida para seguir viviendo en un país en el que los grupos irregulares hacen de las suyas en todo villorrio, montaña, vereda o finca.

La familia de la protagonista originalmente residía en Chaparral, Tolima; empero, la mujer relata que vivió en Armenia hasta los 18 años, en medio de los rezos de su tía camandulera y las enseñanzas de las monjas (permeadas de costumbres insanas). Cuando regresó a su casa, una finca en San José de las Hermosas, conoció a Álvaro, un hombre que ayudaba a su familia en las faenas. Con el tiempo se unieron afectivamente y marcharon para hacer una vida independiente en Ibagué. Con él, la mujer tuvo sus hijos, pero pronto estuvo de vuelta en el Chaparral.

Al poco tiempo de esto, el padre de la mujer fue asesinado por un conocido de la familia, acusándolo de haber preparado unos informes para la guerrilla en los que lo implicaban a él como colaborador de otros grupos. Este hecho obligó a la mujer y a Álvaro, su esposo, a marchar hacia Las Marinas, un lugar en Las Hermosas, ubicado en la cordillera central, cerca de Tuluá. El lugar se describe con una belleza exuberante, pudiéndose divisar desde allí el río Magdalena, el Nevado del Tolima y el nevado del Huila. Desafortunadamente, el sitio estaba inundado de rachas de sangre y épocas de matanza: la violencia era tan cotidiana que no daba tregua a nadie, cualquier podía convertirse en víctima de las masacres. En Las Hermosas, el cultivo de amapola atrajo a la pareja, pero al poco tiempo, esa decisión les trajo nefastas consecuencias:

“No sabíamos los problemas y dolores que venían detrás de ella (la amapola). Estábamos vendiéndole el alma al diablo, pero entre tanta muerte como habíamos visto y tanta inseguridad y pobreza, tocaba pegarse el arriesgón; o salir adelante o quedarse como siempre, porque más abajo no íbamos a caer, así fuera lo que fuera” (Pág. 107)

Durante algún tiempo el negocio trajo buenos resultados para Álvaro, quien vendía su cosecha a los guerrilleros; lastimosamente, el hombre fue extorsionado por los paramilitares, y los guerrilleros, al enterarse, lo acusaron de ser colaborador de los “paras”: lo asesinaron. La mujer, atribulada por el dolor y la tristeza, tuvo que desplazarse hacia Ibagué y allí ganarse la vida vendiendo arepas. Las palabras de ella, al ser víctima de ambos grupos ilegales, encierran un mensaje resignado pero también de desprecio ante la violencia:

“No perdono a la guerrilla. No le perdonaré nunca no haber investigado ni averiguado nuestra equivocación. Nosotros actuamos de buena fe. Los paracos nos engañaron y lo peor, los engañaron también a ellos y los llevaron a cometer un crimen. Porque asesinaron a un inocente por el puro miedo, por estar acostumbrados a creer que siempre tienen la razón y que su palabra nadie la discute. Eso será con sus soldados, pero no les puede funcionar con gente de civil que no está con ellos, que no se ha uniformado” (Pág. 114)

Nubia, la catira

Los Llanos de San Juan, en el oriente colombiano, constituyen el espacio en donde vivió Nubia, la catira [2], una mujer hija de familia próspera, que poco a poco fue viendo cómo los bandidos se apoderaban de esa región. La guerrilla, que en su momento apareció para limpiar las tierras de dichos bandidos, se ganó la simpatía de la mujer, pues en su opinión contribuían a mantener el orden en el lugar. Con todo, una cadena de muertes se inició en su familia, primero con el asesinato de su madre al buscar que le pagasen una deuda; luego, otro conocido que cayó víctima de los soldados que lo asesinaron a punta de machetazos. Estos eventos obligaron a la separación de la familia: Nubia y su padre marcharon a San José de Fragua, en Caquetá, y los otros hermanos a distintos sitios lejos de San Juan.

En San José de Fragua, el cultivo de la coca les permitió sobrevivir, al tiempo que Nubia se enamoraba de Elver, un maestro de escuela. Allí la guerrilla también ejercía influencia; con estas palabras se narra una situación de las comunidades coqueras:

“La coca ayuda a que los pelaos trabajen y ganen buena plata, y eso trae el vicio y el desjuicio. Había mucho pelao que se descarriaba y los mismos padres se los daban a la comandancia para que los ajuiciara. Y los ajuiciaba. Los volvían serios, rectos, pero después no querían dejar la carrera de las armas” (Pág. 171)

Nubia cuenta también que las mujeres en la guerrilla no podían tener hijos, así que debían usar anticonceptivos; es así que una guerrillera que por azares de la vida tuvo un hijo y quiso escapar con él, al ser encontrada y acusada de desertora, fue asesinada, argumentándosele que no podía aceptarse su salida del frente pues poseía mucha información clave por su cargo (operaria de radio).

La guerrilla en San José de Fragua tenía pleno dominio del lugar. Los cultivadores de coca y negociantes se colaboraban mutuamente y habían elaborado su propio sistema de negocios y cobros. Mas, pronto, los paramilitares irrumpieron en la región, algo que puso nerviosa a la gente, buena parte de la cual empezó a huir por miedo a los enfrentamientos. Sólo permanecieron aquellos que no tenían con qué salir. La crónica describe un episodio en el que un grupo de hombres, liderados por un encapuchado, asesinó a varios habitantes de San José de Fragua: 

“No valieron ruegos ni gritos; los tiros inauguraron un silencio que se debió de oír a kilómetros. Uno ni lloraba de ver tanta maldad, y sobre todo, de sentirla en cuerpo y alma. La vida de todos dependía de lo que el encapuchado con su dedo dijera” (Pág. 175)

Los paramilitares llenaban camiones enteros de gente, supuestos colaboradores de guerrilleros, para llevarlos a los sitios en los que los torturaban con motosierras, dejando luego sus cadáveres sembrados en el camino. Semejante situación obligó a Nubia a salir del lugar junto a Elver. Viajaron a Tuluá, en donde buscaron apoyo en la Red de Solidaridad, pero los trámites de la burocracia le impidieron encontrar tal ayuda. Nubia denuncia la corrupción que se genera en algunos programas de reubicación de desplazados que, inclusive, son gestionados por los mismos empresarios que patrocinan las masacres y desplazamientos.

De allí partieron de nuevo hacia los Llanos Orientales: a Puerto Rico, Meta, sitio en donde Nubia tuvo su primer hijo. El inconveniente en esta región estaba centrado en los continuos enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército, muchos de los cuales alcanzaban la sociedad civil. Tal era la brutalidad de esos enfrentamientos que Nubia decidió continuar su éxodo hacia Villavicencio; una mala decisión, ya que su pareja Elver fue asesinada allí por los paramilitares en la propia escuela donde trabajaba. Sin otro remedio, Nubia se trasladó a Bogotá, empezando a vivir en las periferias, y sosteniéndose gracias a un preso en la cárcel de la Picota, a quien visitaba habitualmente.

La problemática del desplazamiento en Colombia

Larga ha sido la violencia en Colombia, quizá desde sus orígenes, cuando se consolidó como nación independiente. La violencia actual es, así, heredera de eventos sangrientos como la disputa entre centralistas y federalistas (1812-1814), la Guerra de los Supremos (1839-1841), las seis guerras civiles entre 1851 y 1895, la Guerra de los Mil Días (1899-1902), el Bogotazo (1948), la lucha partidista (1948-1958), la creación de guerrillas marxistas en la década de 1960, y la aparición de narcotraficantes y paramilitares en los ochentas. Toda esta galería de disputas –en su mayoría con fines ideológicos bipartidistas y económicos- no ha dejado más que sangre, familias diluidas, explotación de recursos, saqueo de riquezas, deseos de venganza, empobrecimiento de la tierra, y el problema que trabaja Desterrados: Crónicas del Desarraigo: el desplazamiento forzado y el exilio.

Aunque suena triste, no se puede considerar a Colombia de otra forma, un país en guerra y conflicto permanente, un estado que a la fecha ha encontrado pocos momentos de paz. La violencia sigue despojando a miles de compatriotas de sus pertenencias, de sus tierras, de su dignidad, aislándolos de sus lugares de origen, obligándolos a migrar a las grandes ciudades en donde no tienen otra opción que ubicarse en las periferias, tugurios y asentamientos suburbanos. Lo grupos criminales y otros actores con oscuros intereses no hacen más que perpetuar el conflicto como su negocio para hacerse al control de las drogas, el contrabando de armas y apropiación ilegal de tierras.

Visto de esta manera, es muy preocupante que las consecuencias del desarraigo sean aún más graves, al verse transformadas en miseria, mendicidad, desnutrición, prostitución, delincuencia, explotación laboral infantil, entre otros males sociales. Esta situación debería obligar a las entidades estatales a ser más competentes en el cumplimiento de los principios de Verdad, Justicia y Reparación [3], que permitan a las víctimas, su rehabilitación, indemnización integral y regreso a sus tierras de origen.
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Desterrados: Crónicas del Desarraigo es una serie de documentos acertados a nivel de historia y conflicto; en el libro se rescata la óptica de las víctimas, algo que los medios de comunicación colombianos han venido evitando, prefiriendo mostrar siempre la visión de los victimarios con producciones televisadas como Escobar, el Patrón del Mal y Los Tres Caínes, presentando en ellas lo que puede catalogarse como “explotación comercial de la violencia”. Las Crónicas del Desarraigo, por el contrario, son una perspectiva más profunda y dolorosa que permite al colombiano identificarse con el sinsabor de miles de compatriotas que han sufrido en el último medio siglo la violencia indiscriminada. Por último, nos queda decir que el libro aporta una mayor reflexión sobre el rumbo que debe tomar Colombia en los próximos años: la paz y la verdadera democracia, para que estas historias no se repitan y los colombianos que viven en sus campos no vuelvan a sufrir del desarraigo que causa el conflicto armado.

NOTAS:

[1] Sacol: bóxer o pegamento, de apariencia amarilla, es usado por habitantes de las calles de las grandes ciudades colombianas, quienes suplen sensaciones como el hambre y el frío por el estímulo de falsa tranquilidad que les produce. Es altamente adictivo y es el causante de enfermedades respiratorias y digestivas en estas personas.

[2] Apelativo de mujer rubia, mestiza entre blancos y mulatos, usado en Colombia y Venezuela.

[3] Red El Abedul (2010) Alternatividad Penal: Proyecto de ley de Justicia y Paz del Gobierno de Colombia. Tomado de la red: http://www.elabedul.net/Articulos/Reserva/verdad_justicia_y_reparaci.php

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