AUTOR: Álvaro Salom Becerra
TÍTULO: Un Tal Bernabé Bernal
EDITORIAL: Tercer Mundo Editores (Vigésima tercera edición)
AÑO: 1994
PÁGINAS: 182
RANK: 8 /10




Por Alexander Peña Sáenz
No cabe duda de que una de las mejores novelas bogotanas es Un Tal Bernabé Bernal, y lo es porque fue escrita por uno de nuestros autores más fértiles en materia de reflexión social, cultural e histórica, por un amplio conocedor de las costumbres capitalinas. Hablamos, por supuesto, de don Álvaro Salom Becerra, un escritor jocoso y, a la vez, muy incisivo frente a las situaciones de desigualdad, pobreza, corrupción, politiquería, delfinazgo, burocracia y bipartidismo que ha vivido nuestro país: esa dura condición humana que como ciudadanos colombianos experimentamos cada día a modo de una combinación de dramatismo y comedia.

Como toda la novelística de Salom Becerra, esta obra tiene un sabor local; en ella, el autor, con un tono irónico, magistral, memorístico y de altura, relata la vida de un pintoresco personaje llamado Bernabé Bernal, quien desde joven fue atrapado por las garras de la burocracia al no poder trascender más allá de su vicioso círculo laboral; y es que el mediocre y movido mundo en el que le tuvo que vivir no le ofreció jamás algo distinto que esclavitud y ataduras a los ambientes más sórdidos.

Bernabé podría caracterizarse con el adjetivo pendejo, sinónimo de pusilánime, ya que toda su vida transcurrió tras las sombras de otros más afortunados. Él nació para sufrir, pero no como en los dramas existencialistas, sino de la manera en que sufren todos los pendejos y pusilánimes del mundo. ¿Cómo? Pues desde su infancia dominado por la tiranía de su padre y hermanos mayores; luego, en su juventud, siendo el 'berraco' para las cuestiones académicas, por los más malos estudiantes que lo matoneaban y le obligaban a hacerles sus tareas y evaluaciones; y en su adultez, por la total esclavitud de la burocracia colombiana. 

Bernabé fue un hombre honesto, pero su falta de visión lo obligó a ser sumiso antes sus padres, jefes, esposa e hijos; algo curioso si se tienen en cuenta que él se consideraba próximo al ideal marxista, y anhelaba la transformación social; su cobardía, con todo, le hizo temer siempre los cambios violentos.

Por otra parte, esta novela es una excelente oportunidad para analizar con ojo crítico la política colombiana. Salom Becerra aborda la farsa parlamentaria, la comedia de la democracia representativa en donde elegantes sujetos de corbata asisten con exclusividad a cobrar sus sueldos y firmar las respectivas nóminas, pero cuando deben reunirse a discutir, la inasistencia es asombrosa, y las temáticas de las que hablan giran en torno a propuestas pocas productivas. Examinemos pues un poco la vida de Bernabé Bernal, su entorno burocrático y algunos aspectos históricos de Colombia en el siglo XX.

La vida de Bernabé Bernal

La novela inicia con el protagonista contando su autobiografía desde la senectud. En esta época de su vida, los días cinco de cada mes, Bernabé tiene que sufrir el calvario de recorrer largas filas entre la gerontocracia ávida del pago de sus pensiones mensuales que han logrado después de una extensa carrera laboral. Al cobrar su paga, junto a unos de amigos, Bernabé se dirige a compartir unas cuantas copas, celebrando el reencuentro. Al final de la amena jornada, Bernabé se siente fatal, al saber que en casa lo espera su esposa, una mujer irascible que controla su pensión, y que va a regañarle por gastar dinero bebiendo con sus amigos. Todo esto es el marco contextual en el que Bernabé inicia su relato.

Ahora bien, la niñez y juventud de Bernabé transcurrieron en el seno de una familia conservadora, ya entonces era tímido, miedoso y apasionado por la literatura. En el colegio fue explotado por sus compañeros, quienes lo obligaban a hacer sus trabajos. Fermín Salgar, su amigo y protector en la escuela, es el único recuerdo positivo de esta época; incluso, fue él quien quitó los ojos de inocencia a Bernabé, pues con él aprendió algunos vicios mundanos. Por otra parte, en su vida afectiva juvenil intentó a través de la poesía conquistar a una linda chica por la que fue vilmente rechazado. 

Cuando Bernabé cumplió 22 años murió su padre, alguien con quien no mantenía vínculos afectivos. A esa misma edad asistió a la Facultad de Derecho junto a Fermín, sin embargo, su falta de recursos lo llevó a retirarse. Ya era adulto y tenía que responder en su casa por los gastos, pero como sólo sabía de literatura, se sentía un inútil más en el país. Bernabé se encontraba desolado, hacía sacrificios supremos para poder sobrevivir, como vender su mayor tesoro: los libros. En este apartado, el amor por la literatura refleja, tanto en el protagonista como en el autor, una evidente relación de amor, placer y refugio espiritual del hombre con las letras:

“Yo tenía un tesoro de valor inapreciable. Eran mis libros. Mis únicos hermanos y amigos. Los únicos que no me habían golpeado ni escarnecido. Los únicos que me habían sonreído y acariciado. Los únicos juguetes que habían alegrado mi infancia y los únicos aromas que habían perfumado mi juventud. Los que me habían llevado de la mano para enseñarme un mundo insospechablemente hermoso. Los que me habían servido de aguijón psicológico y de freno moral. De antídoto para el tedio y de bálsamo para las heridas que me había infligido la vida…” (Págs. 53 - 54)

El dilema en que se enfrascó este amante de los libros es definitivo para su vida: anteponer el alimento físico al espiritual es una dolorosa decisión. Quien lo ayudaría luego a encontrar otra forma de llevar su vida es Dámaso Bernal, el tío paterno del protagonista, el cual lo introduce al mundo de la burocracia. La sentencia de enquistamiento en este mundo es proferida por Dámaso, sin piedad alguna, al decir: “En este país una persona como usted, que no sepa hacer absolutamente nada, tiene que ser empleado público”.

En 1930, año en el que Enrique Olaya Herrera asumió el poder, nuestro hombre ingresó al mundo laboral de la burocracia, instado, ante todo, por la responsabilidad de cuidar a su madre, toda vez que sus hermanos mayores ya habían organizado sus vidas en matrimonios. Su primer jefe inmediato fue Jeremías Mondragón, un prominente político del liberalismo, quien con promesas politiqueras andaba por el mundo haciéndose a riquezas y propiedades. 

A Bernabé lo tuvo en la lista de espera para acceder a su trabajo por un largo tiempo, exactamente hasta el día en que el joven redactó un discurso sobre Atanasio Girardot para Mondragón, quien preparaba una campaña especial por la región. Fue una genialidad oratoria, aunque no tuvo reconocimiento por ella; sin embargo, la contundencia e impecabilidad de su escrito hizo que fuese designado en un cargo fijo como ayudante de investigaciones en la Prefectura: tenía que lidiar con el mundo oscuro del hampa. Se le entregó un revólver “Colt” calibre 38, y lleno de miedo, fue asignado a misiones de arresto de las que no salió bien librado, tanto así que pronto sus fracasos lo llevaron a batir el récord mundial de la estupidez.

Luego del fracaso como agente de seguridad, Mondragón le permitió a Bernabé hacer parte de los funcionarios del parlamento. Su trabajo pasó a ser el de lugarteniente político y agente electoral. Su función era básicamente promocionar las campañas políticas de su jefe, viajando como delegado a diversas poblaciones. En estos trasegares fue testigo de la desvergüenza y el impudor de los funcionarios públicos, artífices de clientelismo, despilfarro y corrupción. Él mismo no pudo dejar de calificarse como “testaferro de un politicastro”. En esta época se consolidó la “sociedad Mondragón-Bernal” que consistía en que Bernabé diseñara y concretara todos los logros de su jefe a costa de sudor y lágrimas, mientras que el otro los disfrutaba. La vida del personaje se encontraba a esta altura en medio de una pusilanimidad endémica.

Pasado un tiempo, ocurrió la muerte de su madre y, junto a ello, llegaría otra desgracia: el conocer a la enfermera Bonifacia Recamán. Ella asistía a su madre antes de morir y, también, de algún modo, enamoraba al joven. Cuando finalmente la mujer murió, el vacío corazón de Bernabé halló alivio en Bonifacia, una situación que lo llevaría a cometer el más grande error de su vida porque, después de un tiempo el amor que ella le profesó en su noviazgo se sustituyó por ira e imponencia. Con esta mujer él tuvo tres hijos: León, Genoveva y Juan Jacobo, nombres puestos en honor a grades figuras intelectuales.

Entretanto, el jefe Mondragón, por compromisos políticos, abandonó el país, dejando al joven Bernabé desempleado, mas, por recomendación de Mondragón, el señor Lázaro María Velandia lo reclutó. La vida burocrática continuaba con empleos como revisor de autos interlocutorios y sentencias dictadas por Jueces Superiores, de las cuales debía analizar su legalidad. Este trabajo le tomaba hasta catorce horas diarias y evidenciaba lo peor de la miseria humana como, por ejemplo, hijos que mataban a sus padres, asesinatos de hermanos, estafas, cobro de seguros, etcétera. El repugnante trabajo enquistó a Bernabé en una sórdida oficina, donde revisaba tan infames casos. 

La desvergüenza mayor venía cuando, de su sueldo, debía destinar una parte para homenajear a su jefe con viandas y licores. Corrupción e inmoralidad por doquier. Bernabé debía desistir a ofrecimientos corruptos y sobornos para ocultar verdades y favorecer a victimarios. La honestidad del hombre ante el juego de poderes y dinero que estaban por encima de la nobleza y la justicia, sólo le sirvió para ganarse su destitución por allá en la época en que fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, iniciándose una época violenta en Colombia.

Para poder seguir trabajando, debía estar afiliado a un partido político. Como antes era simpatizante del liberalismo y comenzaba una época de violencia política, debió ocultar tal postura. Leovigildo Meneses, un conservador, hizo renunciar a Bernabé de sus ideas liberales para contratarlo en un puesto de la Contraloría. De su sueldo, una tercera parte debía destinarse al partido. En el empleo, servía de copartidario del Conservatismo, para el cual debía infundir –de forma violenta- la doctrina a todo paisano liberal que conociera. Al ver este escenario, Bernabé desertó, quedando desempleado y de nuevo en una situación desesperada.

En la década de los cincuentas llegó el gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla, por lo tanto, Bernabé debió simpatizar con los militares para sobrevivir. El Coronel Cerbeleón Villate “Billete” le dio un trabajo en el que seguirían desfilando la corrupción y la falta de justicia. También en este empleo lo intentaron sobornar, aunque evitó caer en trampas de ese tipo. Lastimosamente, cuando acabó el gobierno militar, para dar paso al frente Nacional, Bernabé fue apresado por corrupción, pese a que en su vida se había mantenido intachable. Fue llevado a la cárcel y, si bien en un principio le pareció un infierno, luego se decía a sí mismo que aquel lugar era “un espectáculo ética y estéticamente superior” al que había conocido en su vida burocrática anterior. 

En prisión sirvió de apóstol, ayudó a presos necesitados e infundió ánimo entre los reclusos y guardias. Es curioso, pero su época de encarcelamiento le pareció la parte en que se sintió más libre, sobre todo, de la desfachatez política y burocrática del exterior y, también, de su esposa y familia, quienes no querían saber de él; sólo su hijo Juan Jacobo lo visitaba ocasionalmente para llevarle libros y cigarros.

En la época que inició el Frente Nacional, Bernabé volvería a la libertad y con ello a la necesidad de sostener a su familia a través de un empleo público. A los 44 años, Bernabé tuvo que sobornar a un funcionario público para limpiar su pasado judicial y unirse de nuevo al liberalismo para conseguir trabajo. Sería Plutarco Bolaños, otro político de la región, quien le ayudaría en este asunto bajo la condición de destinarle por ello el 20% de su sueldo mensual. 

Don Juan Carlos de Cordovez, un aristócrata bogotano, le daría su siguiente plaza burocrática: supervigilar a las alcaldías e inspecciones de policía y tramitar otras gestiones. Cumpliendo este empleo evidenció cómo la embriaguez de la politiquería encaramelaba a la gente, mientras las promesas después no se cumplían. En esta época un nuevo soborno le fue ofrecido al honesto Bernabé, quien al rechazarla, debió afrontar las calumnias y la persecución. De otra parte, intentó ganar algo de dinero en un concurso literario, escribiendo una novela bajo el seudónimo de “Fidel Narrador”, pero fue menospreciado y excluido por parecer comunista.

Después de esperar algún tiempo, su último trabajo sería en el mundo de la estadística, adaptando los datos a las necesidades y conveniencias de los usuarios y el gobierno. Bajo el mando del doctor Gerardino Estupiñan [1], el protagonista vio cómo de forma acomodaticia se presentaba a la gente una versión desfigurada de la realidad respecto a temas como la salud, la educación, la criminalidad o el trabajo. Por ejemplo, Bernabé descubrió que el índice de criminalidad y la inacción de los jueces había aumentado en un 80% de un año a otro; pero como ese tipo de cosas no debían ser publicadas, la investigación fue archivada y Bernabé destituido por traicionar a sus jefes. En 28 años de servicio tuvo que reconocer que las dos grandes claves del éxito burocrático son callar y omitir.

En 1966 cuando Carlos Lleras Restrepo subió al poder, por fin nuestro “héroe” llegaría a pensionarse; un hombre que no conoció gloria, ni dinero ni amor, todo por ser pusilánime. En síntesis Bernabé podría resumir su vida con lo siguiente:

“Yo como buen idiota, era un buen trabajador. Pertenecía a esa legión infinita de imbéciles que creen sinceramente que el trabajo dignifica. Y me enfrasqué en el mío con pasión y el ardor que habrían motivado a un hombre codicioso a enriquecerse” (Pág. 114)

Burocracia, clientelismo, vagabundería parlamentaria: una mirada a nuestra sociedad

Al igual que en sus otras novelas, Salom Becerra no quiere separarse en Un Tal Bernabé Bernal de la historia de su país y asume un compromiso crítico frente a sus dirigentes que, como hemos señalado, han estado involucrados en los círculos viciosos de la burocracia, el clientelismo, la corrupción y la politiquería. Repasemos un poco la visión y el juicio crítico que Salom Becerra se formó de aquellos que asumieron el mando de nuestra patria desde el gobierno de Enrique Olaya Herrera, pasando por el militarismo de Gustavo Rojas Pinilla, hasta el Frente Nacional.

La inclemencia de la burocracia y su, a veces, preocupante ineficiencia es un punto álgido en la obra. La burocracia enfrasca esos conjuntos de normas, papeles y trámites administrativos y su relación con los funcionarios que los manejan; en Colombia tiende en muchas partes a degenerar en tramito-manía: un montón de papeles y documentos que deben legitimar una gestión, pero que, en el fondo, sólo llenan de rodeos y largas la ejecución de acciones. Por ejemplo, en las empresas promotoras de salud frente a las personas: el autor ejemplifica el caso de un anciano de ochenta años que para reclamar sus medicamentos debía hacer largas filas, e ir de un lugar a otro para que, al final, le dieran lo más barato e inefectivo para su salud.

Otra gran crítica social presente en la obra es el clientelismo que en ocasiones raya en lo absurdo. En las épocas de hegemonías políticas y violencia, si los liberales, por una parte, y los conservadores, por otra, ganaban el gobierno, para aspirar a cargos públicos era necesario estar afiliado y comulgar en ese partido. Bernabé supo esto cuando tuvo que servirle al doctor Mondragón, un liberal radical. En su vida dentro del parlamento como funcionario público y asistente de aquel “doctor”, el protagonista descubre el otro fondo de esta situación:

“Ciento treinta individuos componían la Cámara y cobraban las dietas con anglosajona puntualidad. Pero apenas cuarenta o cincuenta concurrían a las sesiones y sólo diez o quince intervenían en los debates. La asistencia era total únicamente cuando en el orden del día figuraba un proyecto de aumento de sus asignaciones o la elección del Contralor General de la República, en la que todos tenían interés personal, ya que el funcionario elegido debía pagar cada uno de los votos depositados en su favor con veinte empleos para otros tantos parientes y amigos de los electores. Todos los Representantes, sin embargo, se calificaban recíprocamente de ‘honorables’” (Pág. 89)

Muchas veces en la política colombiana de hoy se escuchan noticias de sillas vacías y, sin embargo, el presupuesto del Estado debe destinarse a discusiones bizantinas y otras nimiedades que poco aportan al progreso social. Salom Becerra en la voz de algún personaje, expresa lo siguiente: “La vagabundería de los parlamentarios da para comprar aviones ‘mirage’ y automóviles ‘Mercedez Benz’… y a nosotros que nos trague la tierra”. Nosotros mismos vemos esto cuando los políticos tachan de “perfumar bollos” a algunos departamentos marginados que necesitan dinero, o cuando se quejan de que sus sueldos no les alcanzan para la gasolina de sus autos.

Como se dijo, para poder ingresar a un empleo, se debía ser partidario por conveniencia, y en algunos casos sobornar para eliminar pasados judiciales, dar parte de los salarios por los favores recibidos, ser ubicado de acuerdo al grado de amistad con el político en poder, cambiar datos estadísticos y acomodar la información en beneficio de las élites gobernantes.

Y, ¿qué ha dejado todo esto en nuestro imaginario social de colombianos? Citando certeros, y parece que inamovibles titulares de periódico de 1975 –año no muy lejano-, Salom Becerra es crítico y repudia cómo se repiten las mismas perogrulladas politiqueras, de delincuencia y corrupción, eterno sino de los colombianos:

"Los principales titulares eran los siguientes: 'Alzas en todos los artículos de primera necesidad', 'El costo de vida ha sido frenado, declara el Ministro de fomento', 'Treinta millones de peculados en diferentes entidades oficiales', ‘Le hemos puesto una valla infranqueable a la inmoralidad administrativa, dice el Procurador General’, ‘Descubierta cocaína por valor de diez millones en poder de distinguida dama’, ‘Padre desesperado por la pobreza da muerte a su mujer y cuatro hijos y se suicida’, ‘Ocho militares muertos en emboscada’, ‘La subversión ha sido aplastada definitivamente, afirma el Ministro de Defensa’, ‘Rico industrial secuestrado en Medellín’, ‘Este será el año de la seguridad, sostiene el jefe de Das’ (…)" (Pág. 27)

Es como si el odio y la malicia imperaran en Colombia: titulares de hace más de treinta años se mantienen tan vigentes que preocupa que la situación del país no cambie nunca. Estamos llenos de corrupción, burocracia inefectiva, pobreza, politiquería, falsas promesas e información poco veraz que resulta frustrante ver lo mismo todos los días. Son pocas las noticias en materia de investigación científica, desarrollo educativo, cultural, como para tomar un rumbo diferente.

Una novela muy bogotana

Pese a que la vida de Bernabé nunca fue fácil, sí se siente orgulloso de su tierra natal y con una completa elaboración del lenguaje la describe:

“Nací en Bogotá. Y este fue un acierto, no mío naturalmente, sino de la Divina Providencia y de mis padres, pues considero que en ningún otro lugar del planeta hubiera podido vivir más a gusto, dentro de mis circunstancias, que en la ciudad calificada por don Marco Fidel Suárez como la nodriza amorosa de todos los colombianos. La urbe generosa y gallarda que a nadie niega techo ni un pan. La que sonríe de las propias penas, convierte los dramas en sainetes y disuelve todos los problemas con el ácido corrosivo de su humor. La que antepone la cortesía a la verdad en su afán de ser amable. La del cerebro poderoso, el corazón magnánimo y la mano siempre tendida” (Pág. 29)

Si quisiéramos conocer esa Bogotá de antaño, aquella que era una aldea con ínfulas de ciudad, Salom Becerra logra las mejores descripciones:

"Bogotá era una aldea conventual y pacata, cuyo silencio era apenas turbado por el clamor de treinta campanarios. Una villa anclada en la Edad Media. Dominada por la superstición y el miedo al demonio. Las gentes, circunspectas y solmenes, invariablemente vestidas de negro…" (Pág. 41)

También podemos ver el modo en el que Bogotá, pasada la mitad del siglo XX, ya había cambiado sus maneras en el idioma:

“El idioma de la Madre Patria ha sido reemplazado por el del padrastro gringo. Manifiestan su conformidad con un “okey” y se despiden con un “good bye” o un “chao”. El léxico bogotano se ha enriquecido con innumerables neologismos: “mafioso”, “esmeraldero”, “raponero”, “chévere”, “churro”, “sardina”, “zanahoria”. Las discotecas y los grilles han sustituido a las tertulias literarias” (Pág. 177)

Con nostalgia, Bernabé Bernal se despide sus lectores advirtiendo que el progreso y con él, la polución, la criminalidad, el individualismo, sustituyen la cortesía y el buen gusto de en antaño, la Atenas de Suramérica de principios de siglo. Un Tal Bernabé Bernal es la novela bogotana por excelencia, la que nos permite conocer un pedazo de historia local de forma amena.

Las influencias literarias en la obra de Salom Becerra

En la novela, Don Simeón Torrente Ha Dejado de… Deber, Salom Becerra no oculta sus influencias al decir que el protagonista es del tipo “lombrosiano, freudiano, dovstoievskiano o kafkiano”. Estas influencias están plasmadas en la obra general del autor.

La influencia de Freud es evidente, en el sentido de que en las obras de Salom Becerra los personajes tienen profundidad psicológica y reflexionan sobre sí mismos, a veces de forma monológica. Son seres reprimidos, frustrados, que ven como vías de escape el humor, la literatura, la naturaleza. Por otra parte, son seres que mantienen tensiones con su primitiva naturaleza y la moralidad circundante.

Kafka es otra influencia constante en la obra de Salom Becerra. Pareciera que la vida de Bernabé Bernal emula en algunos apartes a la de Josef K., protagonista de El Proceso. Es un hombre modesto, honesto, que no ha cometido crimen alguno, pero que las instituciones de la burocracia y de las altas esferas estatales absorben y juzgan como les place. Hay poderes superiores a ellos que los manejan como títeres y deciden por ellos sin que puedan escapar. Bernabé Bernal y Josef K. son víctimas de un mundo hostil, de una sociedad hipócrita que los considera seres mediocres, personas execrables.

Dostoievski juega su papel influyente porque los personajes suelen ser de poca importancia social. Sin embargo, son personas que sienten, que viven un anonimato obligado, forzado por las condiciones socio-económicas y culturales de un mundo cada vez menos humano. La condición de Bernabé Bernal y de los otros personajes de Salom Becerra se ha visto supeditada a estas condiciones, a la política y la burocracia. La contradicción de los planos internos y sociales es una constante que Bernabé Bernal, Simeón Torrente y otros personajes sienten como un elemento que va en contravía de sus intereses. La falta de experiencias vitales, de aventuras, de emoción es otra cuestión dovstoieskiana. Bernabé Bernal, enquistado en el mundo burocrático y sus obligaciones familiares al llegar a la senectud, se lamenta de haber dejado su vocación literaria para relegarse como funcionario al servicio del Estado.

Por último, en la parte Lombrosiana es fundamental examinar el grado y evolución de la ciudadanía bogotana, la densidad de población, y costumbres como la alimentación, la religión, el tiempo libre, el alcoholismo, la educación, la posición económica, el delito y la corrupción, elementos siempre presentes en la novelística del autor. 

Es quizá por esta razón que la obra de Salom Becerra no puede ser menospreciada a nivel de literatura colombiana, pues su originalidad es el resultado de combinar paisajes costumbristas, tragicomedias bogotanas y las innegables influencias literarias de Kafka, Dostoievski, Freud y Lombroso.
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Frente a un mundo de exacerbado capitalismo, donde los ricos pueden manipular al mundo y su gente; donde prevalece la corrupción, la inmoralidad y la falta de determinación de los pueblos para el progreso, uno no puede hacer más que sentirse identificado con estas palabras de Bernabé Bernal:

“Eso era yo y eso sigo siendo: ¡un tal Bernabé Bernal! Uno de los millones y millones de hombres en el mundo que, aherrojados por la timidez, alquilan su cabeza y su conciencia por unas míseras monedas y ponen lo mejor que hay en ellos al servicio de los demás. Peldaños usados por los audaces para ascender al éxito. Trampolines utilizados por los logreros para saltar a la gloria y al poder (…)” (Pág. 119)


NOTAS:

[1] El apelativo doctor –tan popular en nuestro país, en el sentido que cualquiera puede tenerlo- es de uso prioritario para nuestros representantes políticos.

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