AUTOR: Umberto Eco
TÍTULO: El Nombre de la Rosa
EDITORIAL: Lumen, S.A. (Décima-tercera edición)
AÑO: 1988
PÁGINAS: 607
TRADUCCIÓN: Ricardo Pochtar
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez
Definir qué es novela tomando como ejemplo esta obra de Umberto Eco resultaría, por lo menos, difícil. Una labor como esta implicaría reflexionar en torno a la manera como el discurso narrativo se enriquece y complejiza cuando se relaciona con otros lenguajes provenientes no ya de la literatura, sino de la historia o la filosofía. Hay épocas en las que este encuentro de visiones es especialmente fértil y, del mismo modo, hay autores que lo buscan de forma conciente, persuadidos de que, sólo a través de un tratamiento semejante, la realidad que intentan dibujar alcanza todos los matices que son propios de su naturaleza.

El Nombre de la Rosa (1980) es así una obra polifónica, concebida desde la certeza de que la palabra puede fabular, describir y disertar a un mismo tiempo; la maestría de Eco radica justamente en mostrarse ecléctico, tanto en el plano conceptual como formal de su novela. Pavel ha hecho notar que el autor italiano continúa la tradición ejemplificada por Thomas Mann, imaginando “universos alternativos donde las certezas mejor fundadas del sentido común se desvanecen para dejar paso a los infinitos laberintos de la imaginación” [1]. No diríamos nosotros que se desvanece una en favor de la otra, sino que ambas expresiones –la de la razón y la de la imaginación- entran en contacto, diluyéndose sus límites.

Si Jorge Luis Borges hubiese conocido esta obra de Eco, lo más posible es que la celebrara entusiasmado puesto que conjuga algunos de los elementos que él siempre admiró: la erudición, el misterio de los laberintos, los espejos y la mente que se indaga sobre la verdad. Celoso como fue de las lecturas que nos hacen inteligentes mientras pulen con artificios mágicos nuestra imaginación, la ceguera de sus últimos años se hubiese de pronto iluminado, porque no hacen falta los ojos para ver, como tampoco tener la rosa enfrente para conocer su nombre: stat pristina rosa nomine, nomina nuda tenemus.

El vínculo entre erudición (filosófica, histórica) e imaginería (literaria) se explica en el caso de Umberto Eco por su amplia carrera como profesor e investigador del lenguaje. Antes de 1980 el autor ya había publicado sus obras teóricas más importantes –Obra Abierta (1962), Apocalípticos e Integrados (1964) y Tratado de Semiótica General (1975)-, y no pudiendo desprenderse de todo ese bagaje a la hora de iniciar su obra narrativa, esta ha tenido desde entonces, y sobre todo aquí en El Nombre de la Rosa, un carácter asociativo. Tal es así que entre los calificativos que usualmente se atribuyen a la novela se cuentan la crónica medieval, la alegoría, el relato policíaco, la narración gótica, el ensayo, etcétera.

Sin duda, la novela es todo eso y mucho más; posee la lucidez y consistencia de las grandes obras, porque como ellas es imponente, abrasiva y atrapa desde la primera hoja. Su historia nos remonta al siglo XIV, a una región del norte de Italia en donde se halla asentada una vieja abadía, epicentro de un conjunto de sucesos extraños (asesinatos, sucesiones, enfrentamientos, secretos); hasta allí llegará Guillermo de Baskerville y su amanuense Adso de Melk –el narrador de la historia- para presidir el encuentro de dos órdenes religiosas divididas por su posición frente al papado, pero, además, para esclarecer esa situación oscura que amenaza la estabilidad de la abadía.

El libro está dividido en 6 partes principales, una dedicada a cada día de estadía de los hombres en el sitio; hay también un capítulo que narra ciertos acontecimientos que ocurren durante la madrugada del séptimo día, y un “Último Folio” en el que Adso de Melk realiza ciertas disertaciones sobre esos sucesos que vivió en su juventud, y cómo transcurrió su vida después –hasta llegar a la vejez-. Es una novela larga a pesar de que el tiempo de la historia se reduce a una semana, pero es así porque esta se acompaña con amplios razonamientos sobre la vida monasterial y los conflictos de la época, amén de las descripciones detalladas de espacios y personajes, trabajo efectuado con un tono muy realista.

A continuación nos proponemos hacer un pequeño análisis de El Nombre de la Rosa a la luz de dos criterios: primero, el contexto histórico del siglo XIV y, segundo, los problemas que enfrentaba por entonces la religión y la iglesia

El manuscrito de Adso

Adso de Melk es un monje benedictino que, al final de su vida, decide escribir el relato de una experiencia que vivió durante su época de amanuense, por allá cuando corría el año 1327 y, en compañía de su maestro Guillermo de Baskerville, visitaba cierta abadía en la región de Pomposa y Conques. Resulta que, después de haber permanecido algunos años en su natal Alemania, el joven había sido instado por su padre a acompañar a Guillermo en un recorrido por numerosos monasterios italianos en búsqueda de crecimiento intelectual y de conciliar a los religiosos con las disposiciones que promulgaba el emperador Ludovico.

Al llegar a aquella abadía –ubicada en la cumbre de una montaña- fueron informados por su regente sobre la muerte de Adelmo, un joven monje cuyo cadáver se descubrió entre las rocas que daban a la muralla oriental. Guillermo, quien había prestado servicio a la inquisición y era un hombre perspicaz, prometió ayudar al abad a esclarecer el hecho y, así, junto a Adso, empezó a indagar a los monjes, a observar su comportamiento, y a enterarse de muchos de los secretos que había en el lugar.

Con todo, mientras las investigaciones de Baskerville iban desarrollándose, los crímenes se sucedían uno tras otro: en el segundo día de su estancia, se halló el cuerpo de Venancio entre un recipiente con sangre y, al siguiente, el de Berengario, en los baños de la abadía. Las pesquisas indicaban la existencia de algún tipo de relación entre los muertos, mas, las conjeturas todavía no resultaban lo suficientemente claras: se empezó a saber algo sobre un libro guardado celosamente en la biblioteca, de algunas conductas sodomitas que involucraban a los monjes fallecidos, del pasado inescrupuloso del cillerero, de comercios ocultos que se transaban en la noche, pero más allá de todo esto no podía saberse nada a ciencia cierta.

El acceso a la biblioteca, por ejemplo, era dificultoso: como todo laberinto, fácilmente podía extraviarse el visitante en sus habitaciones; además, las corrientes de aire, los aromas de hierbas y los espejos, producían visiones fantasmales. Muchos monjes, por otra parte, se mostraban reacios a hablar con Guillermo, lo que acrecentaba el misterio de la situación. Sin embargo, ambos, Guillermo y Adso, a veces juntos y otras por separado, iban descubriendo los hilos que conectaban todos los hechos ocurridos.

Ese ánimo audaz de Guillermo lo llevó a hacerse amigo de Severino, el herbolario de la abadía, a irrumpir clandestinamente en la biblioteca (después de deducir matemáticamente su disposición) y a pasar largas jornadas espiando el trabajo de los monjes en el scriptorium. Al llegar el cuarto día, las hipótesis sobre las muertes se vieron enriquecidas por el descubrimiento de un rasgo común: la presencia de una mancha negra en los dedos y lengua de los dos últimos monjes asesinados. Ahora bien, todas estas averiguaciones se interrumpieron con la llegada de las delegaciones de franciscanos y representantes del papa, citados allí para la conciliación de sus diferencias.

Los primeros, defensores de la doctrina de la pobreza y, los otros, aferrados al poder de la iglesia, se enfrascaban en discusiones prolijas sobre las Escrituras, los crímenes cometidos por ambos bandos, y las relaciones que debían mantenerse con el papa y el emperador Ludovico. Esta ardua discusión sólo vino a parar cuando, durante la noche, un monje fue descubierto por los arqueros que patrullaban la abadía tratando de involucrar a una muchacha en un acto de brujería. El descubrimiento, hecho por Bernardo Gui (un inquisidor venido con el grupo del papa) probaba la doble moral del monasterio y alertaba sobre el pecado que lo arrastraba.

Sin embargo, y a pesar del duro juicio que siguió a estos acontecimientos, el día quinto fue asesinado Severino, y con ello se probó que las cosas iban más allá de lo sospechado. Acusado el cillerero –por error- de todo lo que sucedía, fue llevado junto al monje y la muchacha de la noche anterior para ser juzgados frente al papa en Aviñón. Pero, Guillermo y Adso sabían que alguien más estaba detrás de todo aquello, y así se probó al día siguiente cuando el cuerpo sin vida de Malaquías –el bibliotecario- también fuera encontrado. Entonces, y a pesar de que el abad pidió en persona a Guillermo que renunciara a su investigación, él continuó de modo aún más obsesivo sus indagaciones.

Al final pudo reconstruirse una cadena de crímenes que se remontaban hasta varias décadas atrás y que involucraban, incluso, al mismo Abad. Facciones de monjes italianos habían asesinado a religiosos procedentes de otras regiones para mantener el poder de la abadía; varios libros –en especial uno de Aristóteles- eran defendidos con violencia criminal de los curiosos, evitando que estos entrasen en contacto con un conocimiento herético; y, finalmente, un mundo inconcebible de maldad era contenido entre los muros de la iglesia, el claustro y el edificio de la abadía, evitándose a toda costa que saliera de él. ¿Pero puede contenerse algo así realmente? O si no, ¿cuál podría ser el desenlace?

El contexto histórico del siglo XIV

Vista como la acabamos de resumir, El Nombre de la Rosa pierde todo su anclaje histórico. Sucede que todos aquellos asesinatos acaecidos en la abadía están conectados con un contexto mucho más profundo; ellos son, por decirlo de alguna manera, la representación de una serie de fenómenos propios del siglo XIV, es decir, de ese periodo en el que la Edad Media empieza a transformarse en lo que más tarde será el Renacimiento.

Groso modo, la Edad Media es una época histórica que se caracteriza por el predominio del poder religioso, concretamente, el de la iglesia católica, y el desarrollo de una economía feudal, también dirigida, en buena medida, por la curia. En su libro Los Bienes Terrenales del Hombre, Leo Huberman explica que la sociedad medieval se dividió en tres clases sociales principales (clérigos, guerreros y trabajadores), mas, entre ellos, los primeros eran quienes ostentaban mayor poder, al punto de llegar a poseer la mitad de la tierra de toda Europa Occidental, esto es, mucho más que cualquier corona de la época [2].

Esto no significa –y es algo que queda bastante claro después de leer la obra de Umberto Eco- que la iglesia y la religión católica constituyeran una verdadera unidad. Ya desde la antigua etapa de la iglesia apostólica eran evidentes las divisiones en su seno, y a medida que fueron transcurriendo los siglos, estas se hicieron cada vez más grandes, razón por la cual cuando llegó el siglo XIV ni la iglesia ni la religión eran realidades unívocas. A medida que fueron apareciendo figuras importantes (San Agustín, San Francisco, San Benito) se multiplicaron las ramificaciones del cristianismo, llegándose a establecer entre ellas, no sólo discusiones de tipo doctrinal, sino verdaderas persecuciones criminales.

Las diferencias que compete analizar con el ánimo de comprender mejor la historia de El Nombre de la Rosa son las que enfrentaron al sector más ortodoxo de la iglesia con las congregaciones de los franciscanos. Pero además de esto, conviene no perder de vista las otras luchas que pugnaba la iglesia contra el poder de los emperadores (Clemente V, Ludovico de Baviera), enemigos de la influencia católica en las decisiones políticas de su gobierno. En las primeras páginas del libro, Eco lo expone de la siguiente forma:

“Ya en los primeros años de aquel siglo, el papa Clemente V había trasladado la sede apostólica a Aviñón, dejando a Roma a merced de las ambiciones de los señores locales, y poco a poco la ciudad santísima de la critiandad se había ido transformando en un circo, o en un lupanar. Desgarrada por la lucha de los poderosos, presa de las bandas armadas, y expuesta a la violencia y al saqueo, de república sólo tenía el nombre. Clérigos inmunes al brazo secular mandaban grupos de facinerosos que, espada en mano, cometían todo tipo de rapiñas, y, además, prevaricaban y organizaban tráficos deshonestos” (Pág. 18)

Por fuerza impositiva del emperador, pero también por el refinado gusto de los papas que ya no encontraban en Roma la belleza y riqueza de otros tiempos, la sede del papado fue trasladada a Aviñón en 1309, iniciándose así el llamado cautiverio babilónico de la iglesia (1305-1376), algo que –nos ha dicho Ernst Görlich- contribuyó al rápido hundimiento de su prestigio [3]. Para comprender más los matices de la situación es necesario arriesgar una enumeración de factores decisivos:

Las divisiones del clero. Las ideas de San Francisco de Asís, quien a pesar de pertenecer a una familia rica, predicaba la pobreza de Jesús y la necesidad de apartarse de lo material para alcanzar la santidad, fueron fundamentales para que desde el siglo XIII muchos religiosos, cansados de los excesos y ostentosidad de la iglesia, se unieran a manera de grupos, predicaran también la pobreza y se dedicaran a una vida mendicante y de oración. Sin embargo, pronto hubo entre los franciscanos muchísimas subdivisiones: algunos se organizaron como comunidad y vivieron en monasterios recibiendo limosnas y trabajando la tierra; otros se dedicaron a errar por los caminos de Italia, entregados al ascetismo; y, unos más, atacaron con violencia las órdenes no apartadas de sus bienes, matando a sus monjes en un acto que consideraban necesario.

Guillermo de Baskerville es un monje franciscano, no radical como estos últimos, más bien objetivo y conciliador; pero a lo largo de la novela conocemos a personajes como Dulcino o Ubertino que sí movilizan un pensamiento revolucionario, alejado totalmente de la iglesia: el primero morirá víctima de la inquisición y el segundo –que vive escondido en aquella abadía benedictina- tendrá que huir ante la persecución de los clérigos cercanos al papa. 

Las diferencias entre los franciscanos y la iglesia ortodoxa se clarifican en las discusiones del día quinto de la historia. En ellas, los franciscanos sostienen que ni Jesús ni sus discípulos tuvieron alguna vez bienes en posesión, que siempre predicaron el desprecio del mundo terrenal y que, por ende, la pobreza debe ser una de las vías hacia la santidad. Por el contrario, la iglesia plantea que no existe manera de rendir tributo a dios ni a su perfecta creación si no es a través de los ornamentos más bellos, las construcciones más elegantes y las joyas más vistosas, pues sólo así somos dignos de él.

El abad Abbone, regente del monasterio que visita Guillermo, es un caso singular en medio de esta discusión, pues si bien no comparte la idea del papa de que la iglesia debe actuar en la vida política, sí coincide con él en que la ostentación no es pecado ni herejía; hay que ver con qué deleite muestra a sus dos visitantes todos los objetos que guarda en una de las bodega de la abadía (cruces de oro con incrustaciones, relicarios de los más finos metales, pinturas y esculturas delicadísimas), y también el orgullo que lo invade al recorrer con ellos los rincones del lugar, al hablar sobre su rica biblioteca (la más grande y completa del mundo), al referirse a su infinita servidumbre, etcétera.

A la larga, el debilitamiento de una iglesia unificada, y el señalamiento por parte de algunos de sus propios integrantes del derroche y los excesos que protagonizaba, vendrán a ser tierra de cultivo para la posterior reforma del siglo XVI. Asimismo, y como lo ha resaltado Jacob Burckhardt, esa misma escisión de la iglesia profundizó la lucha por el poder que el papa mantenía con el emperador, quien todavía no podía arrancarle toda su influencia a la iglesia, y esto aun cuando ella era incapaz de darse unidad a sí misma para hacerle frente [4].

La inquisición. Otro fenómeno histórico que es recurrente en El Nombre de la Rosa tiene que ver con la inquisición, y no sólo debido a que Guillermo de Baskerville haya sido un inquisidor, o a que Bernardo Gui funja como tal en la aprehensión de monjes culpables de algunos delitos, sino también porque son muchas las alusiones a la manera como esa división de la iglesia a la que nos venimos refiriendo encontró en la inquisición una vía de imposición doctrinal. Las acusaciones entre las distintas órdenes religiosas fueron desde principios del siglo XII un argumento persistente para el sometimiento de herejes; muchos franciscanos (especialmente de grupos como los espirituales o los fraticelli) se vieron acusados de promover la pobreza y, con ello, de predicar ideas falsas. Así se narra la muerte de Dulcino y su compañera Margherita (dos espirituales) a manos de inquisidores:

“El papa no tuvo piedad con los prisioneros, y ordenó al obispo que los condenara a muerte. De modo que en julio de aquel mismo año, el día uno del mes, los herejes fueron entregados al brazo secular. Mientras las campanas de la ciudad tocaban a rebato, los pusieron en un carro rodeados por sus verdugos; detrás iban los soldados, y así recorrieron toda la ciudad, deteniéndose a cada esquina para lacerar la carne de los reos con tenazas candentes. Primero quemaron a Margherita, ante la vista de Dulcino, a quien no se le movió un músculo de la cara, como tampoco había emitido lamento alguno cuando las tenazas se hincaron en su carne. Después el carro siguió su marcha, mientras los verdugos metían sus instrumentos en unos recipientes donde ardía abundante fuego. Otras torturas padeció Dulcino, pero siguió mudo, salvo cuando le cortaron la nariz, porque entonces encogió levemente los hombros, y cuando le arrancaron el miembro viril, pues en ese momento lanzó un quejido resignado. Sus últimas palabras sonaron a impotencia, y avisó que al tercer día resucitaría. Después lo quemaron y sus cenizas se dispersaron al viento (Págs. 284-285)

Como ésta, se narran algunas otras historias de monjes que fueron asesinados por inquisidores a causa de tener una posición diferente sobre dios a la proclamada por la iglesia. A muchos les cortaron las yemas de los dedos, a otros los mantuvieron con cepos durante años, y tal era el miedo a las torturas de la inquisición que el mismo Guillermo de Baskerville dice que muchos preferían confesar lo que no habían hecho con tal de no sufrir aquellos tormentos. La doctrina de la iglesia durante sus primeros siglos de vida había sido la de perdonar la herejía si su arrepentimiento era sincero, pero durante mucho tiempo los mismos papas obligaron incluso a los emperadores a arremeter contra los herejes [5].

El espíritu renacentista. Aunque suele hablarse de él a partir del siglo XV, como toda transición histórica, el Renacimiento debe rastrearse muchos años atrás a modo de un proceso que fue germinando a paso lento hasta consolidarse de modo definitivo. En El Nombre de la Rosa es posible situar al menos tres aspectos que dan cuenta de las transformaciones sociales que por aquel entonces se vivían en Europa.

En primer lugar, ya es evidente el carácter científico que prevalecerá en la nueva época. Guillermo de Baskerville es un entusiasta de los inventos, habla con fervor de los lentes que le permiten ver lo que de otra forma no podría (y no atribuye ello a una ilusión demoníaca como los otros); le plantea a Adso la idea de penetrar en la biblioteca ayudándose de un aparato que los oriente sobre los puntos cardinales; habla también a su amanuense sobre un artificio prodigioso que usa explosiones para desviar el curso de los ríos y deshacer las rocas; y pasa horas indagando con Severino la ciencia de las plantas y sus posibles usos. Por demás, el maestro que más venera Baskerville es Roger Bacon con quien está de acuerdo en que una de las metas de la ciencia es prolongar la vida humana.

El segundo punto en el que se refleja una condición renacentista es la aparición de las universidades, o más bien, la aparición en ellas de estudios no religiosos. Si los monasterios, aislados todavía, permanecen consagrados al estudio de las obras sagradas, siendo su única producción intelectual las exégesis destinadas a ellos mismos, las universidades –y esta es la pesadilla del abad Abbone- generan, por su cuenta, conocimientos nuevos, cercanos a la ciudad y capaces de llegar a muchísimas más personas.

Asimismo, y como se mencionara antes, estamos en una época que antecede a la Reforma, una de las manifestaciones políticas del Renacimiento; si hasta entonces –como ha escrito Richard Stauffer- las reformas medievales se ejercían “en el orden de la vida de la iglesia, pero no en el de su estructura: dogmas, sacramentos, constitución jerárquica, ello solía limitar la reforma a algunos casos abusivos… Se reformaban las costumbres, pero no la doctrina” [6]. En lo sucesivo, en cambio, las transformaciones empezarían a ser más radicales, llegando prácticamente a extinguirse el poder de la iglesia en algunas regiones europeas.

Problemas puntuales de la religión en el siglo XIV

No podría afirmarse que El Nombre de la Rosa tiene una crítica directa a la religión; más bien, Umberto Eco propone una mirada en la que se ubican tanto los aspectos que son loables en ella como aquellos que le son negativos. Lastimosamente, los primeros (la laboriosidad intelectual, el rigor de su fe) son más escasos y, de este modo, en la novela predominan los aspectos cuestionables de la religión. Muchos de ellos se mantienen hoy, otros, por el contrario, han venido perdiendo fuerza o han desaparecido por completo. Vamos a citar a continuación los más importantes.

La doble moral. Si se quiere aspirar a la vida santa o, por lo menos, a una existencia virtuosa, el religioso debe actuar siempre movido por una moral recta, ligada a los principios de su creencia que, por ser tomada de dios, tiene una condición divina. Empero, al interior de la abadía en que ocurren los hechos de la novela, hay muchísimas situaciones que van en contravía de esto. Al inicio de la novela, por ejemplo, el abad Abbone le pide a Guillermo mantener en secreto las investigaciones que haga, arguyendo que, de estar involucrado algún monje, nadie debería saberlo. “¡Ay si las ovejas empezaran a desconfiar de los pastores! –se lamenta-.

Pero además de la hipocresía y el ocultamiento, la doble moral religiosa se observa en las conductas de Adelmo, Venancio y Berengario, las tres primeras víctimas de la abadía, quienes mantienen entre sí, por una u otra razón, relaciones homosexuales. Las Escrituras castigan severamente la sodomía, pero ellos se las arreglan para practicarla en el amparo de la noche. Y, otro tanto, podría decirse de Remigio –el cillerero- quien a escondidas se hace entrar muchachas de la aldea al monasterio para cambiar sus favores por algo de comida.

La censura del conocimiento. Los días en la abadía transcurren para muchos monjes en el scriptorium, dedicados a la traducción de libros santos, a copiar manuscritos, o a hacer estudios bíblicos. Esta es una tarea sin duda admirable, de una paciencia a prueba de todo; mas, el objetivo de los monjes, en concreto del abad, no es poner este conocimiento al servicio de las personas: los simples –como son llamados los hombres pobres de la época- no deben tener acceso a semejantes verdades, pues han nacido para ser rebaño y, en consecuencia, para ser dirigidos por quienes poseen la lengua culta y los arcanos de la revelación.

Con todo, la censura también aplica para los propios religiosos a quienes se les tiene prohibido acceder a ciertas lecturas: la segunda parte de la Poética de Aristóteles, o el Coena Cypriani son obras que degeneran e invierten la verdad divina, y eso hace que su contenido sea detestable. Esta posición explica el por qué la biblioteca permanece cerrada a los monjes, o por qué, aun cuando viven en una comunidad de estudio, no se les permite compartir ideas entre ellos. Los monjes están para custodiar la verdad que ha sido escrita desde el principio, no para descubrirla o entenderla por sus propios medios. Así habla Jorge de Burgos –misterioso cuidador de la biblioteca-, cuando Guillermo le pregunta las razones por las que se impide leer a Aristóteles:

“–Cada libro escrito por ese hombre ha destruido una parte del saber que la cristiandad había acumulado a lo largo de los siglos. Los padres habían dicho lo que había que saber sobre el poder del Verbo y bastó con que Boecio comentase al Filósofo para que el misterio divino del Verbo se transformara en la parodia humana de las categorías y del silogismo. El libro del Génesis dice lo que hay que saber sobre la composición del cosmos, y bastó con que se descubrieran los libros físicos del Filósofo para que el universo se reinterpretara en términos de materia sorda y viscosa, y para que el árabe Averroes estuviese a punto de convencer a todos de la eternidad del mundo (…) Antes mirábamos el cielo, otorgando sólo una mirada de disgusto al barro de la materia; ahora miramos la tierra y sólo creemos en el cielo por el testimonio de la tierra. Cada palabra del Filósofo, por la que ya juran hasta los santos y los pontífices, ha trastocado la imagen del mundo. Pero aún no había llegado a trastocar la imagen de Dios. Si este libro llegara… si hubiese llegado a ser objeto de pública interpretación, habríamos dado ese último paso” (Págs. 572-573)

Los excesos materiales. Cuando el lector de El Nombre de la Rosa ingresa a la iglesia de la abadía la luz del oro y las piedras llega a trastocarlo: topacio, rubí, carbunclo, crisólito, ónix, todo esplende al interior con un fulgor inaudito, con un color que desconcierta y confunde más que ilumina. Otro tanto de esta teofanía material atestigua Adso y Guillermo cuando visitan la bodega de la abadía donde se guardan sus riquezas, todas ellas consagradas a la adoración y la gracia de dios.

Hasta qué punto tanto brillo mundano es propio de la divinidad ha sido materia de discusión por muchos siglos; lo que resulta sospechoso es que todo ese exceso bajo el cual se ha concebido la construcción de las iglesias y de los templos, la costura de los mantos sagrados, las estatuas representativas, etcétera, no es suficiente para demostrar la riqueza de la iglesia; ella, como una bestia cuyas mandíbulas desean engullirlo todo, se lanza a la caza de todo aquello de lo que pueda extraer algún beneficio. Si se visita al papa en Aviñón, dicen los franciscanos, nos encontraremos con banqueros y cambistas, veremos las mesas cediendo antes el peso del oro depositado encima, y no podremos creer los lujos en los que vive, pues ni siquiera los llegó a tener nunca el emperador de Bizancio:

“–Sabed también que el infame ha establecido una constitución sobre las taxae sacrae paenitentiariae, donde especula con los pecados de los religiosos para extraer aún más dinero. Si un eclesiástico comete pecado carnal, con una monja, con una pariente, o incluso con una mujer cualquiera (¡porque también esto sucede!), podrá obtener la absolución con sólo pagar sesenta y siete liras de oro y doce sueldos. Y si comete actos bestiales, serán más de doscientas liras, pero si sólo los comete con niños o animales, y no con hembras, la multa se reducirá a cien liras. Y una monja que se haya entregado a muchos hombres, ya sea al mismo tiempo o en distintas ocasiones, fuera o dentro del convento, y que después quiera convertirse en abadesa, deberá pagar ciento treinta y una liras de oro y quince sueldos…” (Pág. 361)

La criminalidad. La iglesia no solamente es ostentosa, hipócrita y censuradora, también es perversa hasta el grado de la criminalidad. ¿Qué es lo que se encuentra Guillermo de Baskerville al llegar a la abadía? Un asesinato, un crimen cometido al interior de un lugar que se repetirá 5 veces más durante sus días de estancia allí. La gran pregunta salta a la vista: ¿cómo puede alguien que ha comprendido el valor de la vida, y que se llama a sí mismo heredero de la verdad y el amor divinos, cometer actos de este tipo? Pues bien, la respuesta también es obvia, los religiosos como todos los hombres son proclives a las pasiones, incluso, más proclives que cualquiera por su celo y por su fe.

Los cátaros matan a los religiosos de otras órdenes de manera inmisericorde; facciones radicales arrancan brazos de niños y beben su sangre para designar un nuevo líder; otros monjes se lanzan sobre mujeres para sumergirse en extensas orgías sin importar los lazos de su sangre; se hacen tantas conjuras y maquinaciones que el propio papa no puede pasar bocado sin pensar antes en que puede ser envenenado; y fuera de la iglesia también se ataca a los hombres escudándose en luchas contra fuerzas demoníacas  esas mismas que luego les sirven a los religiosos para no ser juzgados frente a la ley estatal.

Lo que se descubre al final de la novela es que debe temerse a los profetas que están dispuestos a morir por la verdad, porque estos suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes de la suya, esto es, llevan en su naturaleza el germen del crimen, y así como se sientan a orar con piedad en laudes o durante la vigilia, atacan con lujuria a los hombres a quienes confunden con las bestias y anticristos que pueblan sus Escrituras. Las únicas verdades que sirven, dice Eco al final del libro, son instrumentos que luego hay que tirar.
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Prolija, erudita, configurada desde la madurez intelectual y creativa, El Nombre de la Rosa es una novela que deber ser leída desde muchos ángulos para no desperdiciar nada de lo mucho que nos ofrece.


NOTAS:

[1] PAVEL, Thomas (2005) Representar la Existencia: El Pensamiento de la Novela. Barcelona: Editorial Crítica. p. 372. 
[2] HUBERMAN, Leo (2001) Los Bienes Terrenales del Hombre. Bogotá: Editorial Panamericana. p. 22 y ss.
[3] GÖRLICH, Ernst J. (1970) Historia Universal (Vol. I). Barcelona: Editorial Círculo de Lectores. p. 344.
[4] BURCKHARDT, Jacob (1959) La Cultura del Renacimiento en Italia. Barcelona: Editorial Iberia. p. 4.
[5] CALABRIA, Andrés (2002) La Inquisición. Barcelona: Fapa Ediciones. p. 5.
[6] STAUFFER, Richard (1974). La Reforma. Barcelona: Editorial Oikos-Tau. p. 6.

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