AUTOR: Rómulo Gallegos
TÍTULO: Doña Bárbara
EDITORIAL: F.C.E. (Segunda edición)
AÑO: 1993
PÁGINAS: 343
ILUSTRACIONES: Alberto Beltrán
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez
Antonio Yáñez llamó a Rómulo Gallegos en un artículo de 1937 “descubridor y educador del alma venezolana”. Dicha apreciación, emitida pocos años después de que la novela Doña Bárbara (1929) fuese publicada por primera vez, da luces sobre la importancia que tiene este escritor, pensador infatigable y liberal de convicciones que exploró, no sólo desde su obra literaria, sino también desde la acción política (fue Presidente de la República en 1945) la condición e identidad de los venezolanos de principios de siglo, acometidos por problemas tan diversos como las dictaduras, la pobreza, el deterioro social, el neo-colonialismo, etcétera.

Frente a todas estas dificultades, Gallegos mantuvo siempre una conciencia crítica, al punto de tener que vivir varios años de su vida en el exilio. No fue un hombre militante –en el sentido más radical del término-, pero cultivó el interés por los asuntos de su país y personificó la transición del romántico del siglo XIX al hombre práctico y progresista que buscó modernizar Venezuela apropiándose de los discursos y prácticas exitosas en Europa. Teniendo presente el subdesarrollo que abunda en Latinoamérica, Gallegos propuso en su obra una visión en la que la barbarie de nuestros pueblos es superada por el impulso civilizador de líderes concretos:


“Gallegos consideró la civilización burguesa, que en aquel entonces ya había entrado en crisis, como meta final del proceso histórico (…) De ahí que Gallegos pueda dirigir su palabra novelística a la nación para anunciarle un gran porvenir y hacerse portavoz de ideales humanos algo abstractos, pero que no pueda pedirle al pueblo o a todos los hombres que sean lo que actualmente se llama ‘lectores cómplices’ y que actúen estética y prácticamente por su propia cuenta” [1]

Las obras de Rómulo Gallegos reflejan desde diferentes ópticas ese propósito burgués del que habla Desseau en la cita anterior; una empresa que posibilitaría, en su opinión, un futuro de progreso, pero que es incompatible con muchas costumbres y tradiciones propias de la región. Justamente, la mayor parte de las críticas que se han hecho a Gallegos están centradas en la idealización que hace el autor de los perfiles sociales, los cuales no encuentran puntos de empalme, sino que parecen tener naturalezas impenetrables. Así, en sus novelas es muy difícil, por ejemplo, que lo moderno llegue a instalarse en un terreno rural sin que antes ocurra la destrucción de lo bárbaro o salvaje que es característico de ese contexto.

La prueba de esto la encontramos precisamente en Doña Bárbara, una obra en la que es evidente la lucha entre lo civilizado y lo salvaje, en la que los simples nombres de los protagonistas (Santos y Bárbara) ya dejan ver una realidad incompatible, y en la que el resultado final es una proyección del ánimo civilizador. De esta manera lo expresa Ulrich Leo:

“…en Doña Bárbara el desarrollo de los dos caracteres centrales –la ‘cacica’ y el ‘civilizador’- se efectúan orgánicamente, según la índole prefigurada de cada uno. Vuelve Santos Luzardo, a pesar de la cultura académica aprendida, a la ‘barbarie’ de llanero nacido que es; y en tal base, llegará por fin a una síntesis por encima de la cultura y de la barbarie que, según lo espera el autor, le va ayudar a hacerse cacique progresista, o sea, legítimo civilizador de los llanos” [2]

Mas, aunque es verdad que la obra de Gallegos moviliza un pensamiento liberal, la convicción burguesa del progreso y la incompatibilidad de éste con la barbarie, hay en ella también un trabajo responsable de descripción de rasgos y costumbres con los que es posible acercarse a la identidad del venezolano. El llanero, el campesino, el hombre de ciudad son explorados en todas sus novelas y cuentos, atendiendo siempre tanto los detalles exteriores como los psicológicos. Uslar-Pietri ha subrayado la vitalidad con la que emergen los personajes de Gallegos y, Picón-Salas, por su parte, ha sostenido que estos son símbolos de la tierra y la estirpe.

Así pues, hay cierto idealismo en el mensaje como tal de sus novelas, pero mucho realismo en la confección de los personajes que aparecen en ellas. Y no podría ser de otra manera ya que Gallegos fue un aguzado observador y tomó de la realidad buena parte del material con que nutrió su creación. Hablando de los personajes de Doña Bárbara afirmó el propio autor: “a mí se me acercaron en un lugar de la margen derecha del Apure, una tarde de abril”; y en el prólogo de la edición definitiva de la obra, editada en 1954, cuenta Gallegos como conoció a Juan Primito en los Valles del Tuy, al Pajarote más allá del Arauca, y a la propia Bárbara en pleno llano venezolano.

Con el ánimo de dar cabida a esas dos dimensiones de Gallegos: la del interés civilizador y la de la descripción del hombre venezolano, a continuación se presenta un análisis que busca: primero, mostrar cómo civilización y barbarie son, en Doña Bárbara, componentes que van en direcciones contrarias y se excluyen definitivamente; y, segundo, reflexionar en torno a las prácticas de superstición que hacen parte de la vida del llanero, las costumbres y creencias a través de las cuales se encarna esta y su relación con la vida religiosa. Para mayor entendimiento, dejamos antes el resumen de la obra.

La historia de Doña Bárbara

Doña Bárbara está dividida en tres partes principales, cada una de las cuales contiene más de doce capítulos titulados individualmente con nombres simbólicos: “La Lanza en el Muro”, “La Bella Durmiente” o “El Inescrutable Designio”. El citado Uslar-Pietri resalta en su Breve Historia de la Novela Hispanoamericana el gusto de Gallegos por la descripción de la Naturaleza y la penetración psicológica a la que somete sus personajes. Es claro que ambos rasgos son características también de esta obra, y que conceden a ella un ritmo lento en el que los acontecimientos se van tejiendo tranquilamente mientras se profundiza en las particularidades del paisaje, las costumbres de sus habitantes y, por supuesto, las indagaciones del mundo mental de ellos.

La historia se inicia con el regreso de Santos Luzardo a la hacienda “Altamira”, propiedad heredada de sus padres y espacio en el que transcurrió su niñez, antes de marchar a Caracas con el propósito de estudiar. A la sazón, Santos tiene 26 años y se prepara para vender la hacienda y marchar a Europa con el dinero recibido; poco quiere saber sobre ese territorio cuya ferocidad dividió a su familia (Luzardos y Barqueros) e hizo morir a su padre y hermano. Él es el último Luzardo vivo, pero no tiene la intención de resucitar la estirpe que inició su abuelo Evaristo (el cunavichero), quien imponiéndose en un lado y engañando en otro, logró tener los más vastos territorios que se hayan conocido.

Al llegar al lugar se da cuenta de que la “Altamira” que dominaba imponente el horizonte ha sido reducida considerablemente; la mala administración de los mayordomos que nombraron su madre y él desde la ciudad es la causa de esto, y también la llegada de doña Bárbara –la devoradora de hombres-, una mujer cruel y sin escrúpulos que ha venido robando territorios, reses y dictaminando su propia ley. Ella (cuyo carácter se remonta a dos sucesos tristes de la niñez: su primer amor asesinado –Asdrúbal-, y la violación sufrida a manos de varios marineros) sella cada una de sus acciones con el rencor y odio que le producen los hombres, y siempre está dispuesta a demostrar la manera como todo se somete a su voluntad.

A pesar de que ya son 13 años fuera de aquel paisaje férreo, de que ahora es un hombre de ciudad, Santos termina por desechar la idea de vender la hacienda, y junto a Antonio, Carmelito, el Pajarote y María Nieves –los pocos hombres de confianza que quedan por allí- decide modernizar “Altamira” y convertirla en ejemplo para la región. Los rodeos, las domas, los tratos con los vecinos y demás, demuestran pronto que el llanero que tiene Santos en su interior no ha desaparecido y que, bajo su liderazgo, es posible en realidad terminar con el despotismo de Bárbara y su gran hacienda “El Miedo”.

Al mismo tiempo, Santos comienza otro proyecto civilizador: la educación de Marisela, aquella chica sucia y rústica, hija de doña Bárbara y su primo Lorenzo, abandonada por la primera y hundida en la pobreza por el segundo, un alcohólico empedernido. Él la llevará junto a su padre a “Altamira” y allí dedicará mucho tiempo para enseñarle modales y hacer aflorar su feminidad. 

La segunda parte de la novela muestra la puesta en marcha de los ideales civilizadores de Santos y todos los inconvenientes que estos acarrean: si se trata de temas territoriales (un cercado, la quema de verano, un puente), provocarán la incomodidad del llanero que no entiende a cabalidad ese otro ideal de progreso; si se trata de acudir a la ley, es decir, a las instancias de ño Pernalete, se descubrirá la manipulación de doña Bárbara, la falta de justicia; y, en fin, si se trata de la instrucción de Marisela, ella la confundirá con el amor, un sentimiento al que no puede corresponder por entonces Santos. 

Con todo, aquel hombre demuestra ser, no sólo hábil para los trabajos del llano, sino también inteligente a la hora de manejar las relaciones con doña Bárbara. Para ella, en cambio, es más difícil: desde el primer momento en que lo ve en la Jefatura Civil empieza a experimentar sentimientos muy diferentes a los que le producen los otros hombres. Paulatinamente se enamorará de él, pero decidirá conquistarlo por medio de las “artes de la mujer”, no a través del engaño, la fuerza o la brujería, sus habituales estrategias. Sin embargo, Santos desprecia a aquella mujer por muchas razones (haber abandonado a su hija, manipular a la gente, llevar a la ruina a su primo), de modo que siempre se muestra ajeno a los acercamientos que ella intenta con palabras o acciones.

Ni siquiera en los proyectos que realizan juntos, por ejemplo, los rodeos, Santos renuncia a esa distancia. Por tal razón, Bárbara se siente consternada, segura de que la única forma de conquistarlo es renunciando a su historia, a su reputación de mujer áspera y malvada. Pero, ni la restitución de tierras que le promete, ni el ofrecimiento de muchos peones para que trabajen bajo sus órdenes, ni la sensualidad de la que intenta hacer gala frente a él, logran mover una fibra de Santos. De tal suerte, su vida se convierte en una tensión entre el deseo de ser buena y la necesidad de usar otros medios para conquistar a aquel hombre. Allí está la propia Marisela que descubre que doña Bárbara planea hacerle brujería a Santos para obligarlo a estar con ella.

Tres sucesos vienen a interrumpir el bienestar por el que transita “Altamira”: la muerte del nieto del quesero entre las fauces de un tigre; el asesinato de Carmelito mientras lleva unas plumas para vender en San Fernando; y la vuelta de Marisela y su padre a las ruinas de “La Barquereña”, ella, desengañada por el amor y, él, convencido de que su futuro está junto a las botellas de alcohol que le provee Míster Danger. Todo esto hace despertar en Santos un ánimo salvaje que lo lleva a verse involucrado en situaciones contrarias a su deseo civilizador: quema la casa de los Mondragones –asesinos a sueldo de doña Bárbara- y dispara al Brujeador –hombre de confianza de aquella mujer-.

Al final, se descubrirá que detrás de las cosas malas que suceden desde la llegada de Santos no está realmente la mano de Bárbara –deseosa de mostrarle su lado amable y positivo-, sino las acciones del amante de ella, Balbino, antiguo mayordomo de “Altamira” y hombre de armas tomar. Por ello, como prueba máxima de su cambio, Bárbara manda asesinar a Balbino, culpable de la muerte de Carmelito, y organiza todo para iniciar el cercado de las haciendas (deseo civilizador de Santos). Pero, al encontrar que este ha resuelto, después de todo, casarse con su hija, decide regalarle a ella la hacienda “El Miedo” y marchar lejos de aquel lugar, en el que ya su voluntad no se cumple, y es domeñada por el impulso progresista de un hombre.

Civilización y barbarie en Doña Bárbara

Con frecuencia se ha relacionado Doña Bárbara con la novela La Vorágine de José Eustasio Rivera. En efecto, entre ambas obras existen relaciones de diferente orden; por un lado, sus historias abordan el choque del hombre civilizado contra la fuerza salvaje de la Naturaleza; por otro, fueron publicadas en fechas cercanas, 1929 y 1924, respectivamente; y, por último, también las dos hacen acopio de un conjunto de dialectos, costumbres e imaginarios propios del contexto en que se desarrollan sus tramas: las llanuras colindantes con el Arauca, el Orinoco y el Apure para el caso de la obra venezolana, y los llanos del Casanare y la selva amazónica para la colombiana.

Rómulo Gallegos declaró en una entrevista en la que buscaba librarse de las acusaciones de plagio que afrontó a partir de 1929 que había leído La Vorágine tiempo después de escribir Doña Bárbara, pero que, incluso, después de leerla, no hallaba los fundamentos para señalamientos de ese tipo [3]. En nuestra opinión, las obras comparten aspectos como los mencionados más arriba, pero transitan caminos diferentes en su concepción y mensaje. A lo sumo, la asociación de ambas novelas nos permite percatarnos de que la dualidad barbarie-civilización ha sido y, principalmente, lo fue en aquella época, un tema de interés para los escritores. Sobre el caso concreto de Gallegos, Uslar-Pietri afirma lo siguiente:

“Las novelas son, a la vez que los retratos regionales de Venezuela, los fragmentos de una especie de epopeya moral, en que los héroes del bien y de la civilización luchan contras las fuerzas del mal y la barbarie. De ahí que muchos de sus personajes estén cargados de intención simbólica. Gallegos es por excelencia un novelista de la vida rural y de la lucha del hombre contra la tradición maléfica y contra la naturaleza salvaje” [4]

Esta es una síntesis perfecta del trabajo que hace Gallegos en Doña Bárbara: mostrar cómo barbarie y civilización son realidades que se excluyen mutuamente, que no pueden sobrevivir sin la destrucción total de la otra. Contrario al espíritu conciliador, sincrético de escritores como José María Arguedas, Gallegos está convencido –como liberal que es- de que nuestros pueblos deben atravesar un proceso de progreso cultural, industrial, tecnológico, educativo, que sea capaz de eliminar de nuestra conciencia y costumbres los rastros que nos vinculan con ese paisaje bárbaro y salvaje que caracteriza a la selva, el llano o la montaña.

En otras palabras, lo que encuentra el lector de esta novela es una lucha simbólica entre el ánimo civilizador de Santos Luzardo y el poder indómito de la Naturaleza, personificado por doña Bárbara, quien al final de la historia sucumbirá definitivamente, dando paso a un futuro de progreso y desarrollo. “La barbarie es redimida, culturizada por el aliento renovador que procede de la ciudad”. Es una posición que genera incomodidad o entusiasmo según equivalga o no a nuestras propias convicciones. Moreno-Durán, por ejemplo, hace ver lo siguiente:

“Rómulo Gallegos, fiel a este malentendido de nuestra cultura que cree que el problema se soluciona combatiendo la ‘barbarie’ y apoyando la ‘civilización’, da idea cabal del intelectual latinoamericano más empeñado en elegir que en hallar las razones que fundamentan una eventual conciliación de la síntesis. Sabemos ya que ambos son elementos de nuestra constitución sociocultural y que en ningún caso pueden ser separables, uno en detrimento del otro; pero este prurito por la separación, si se quiere por la reducción, es, precisamente, lo que ha predominado hasta el momento” [5]

Pero, ¿en qué consiste a ciencia cierta la lucha entre civilización y barbarie en Doña Bárbara? Ante todo, se debe tener claro que la novela funciona de modo simbólico y que, en consecuencia, sus protagonistas representan las cualidades propias de una y otra realidad. Bárbara representa el retraso, la violencia, las supersticiones, el ímpetu salvaje, el crimen, el soborno, las acciones irracionales; en cambio, Santos es portavoz de la cultura, de la ley, el orden, la voluntad de progreso, los modales, la racionalidad, la nobleza del hombre de ciudad.

El argumento de la obra se reduce al proceso por el cual doña Bárbara y todos los atributos que ella encarna pierden vigencia frente al poder civilizador de Santos, quien al final conseguirá que ella se marche definitivamente del llano y, casado con Marisela, símbolo de la rudeza redimida –no de la integración o el mestizaje- inicie el camino hacia el progreso. En este sentido, Santos Luzardo es una especie de héroe-blanco que muestra cómo el estado de barbarie en el que se vivía –y todavía se vive- en muchas regiones de nuestros pueblos debe erradicarse y dar paso así a un horizonte similar al europeo o norteamericano.

“Tierra abierta y tendida –escribe Gallegos-, buena para el esfuerzo y para la hazaña, toda horizontes, como la esperanza, toda caminos, como la voluntad”. Su héroe, Santos, irrumpe en ella para materializar una senda real hacia el progreso. Lo curioso que hay en el origen de este propósito es que el mismo Santos pertenece a una familia que ganó respeto merced al cacicazgo, esto es, a la imposición, la violencia, el hurto. Su familia, conciente de la barbarie que caracteriza la vida del llano desea salvarlo “educándolo en otro medio, a centenares de leguas de aquellos trágicos sitios”. Y, así, una vez se ha hecho “doctor” en la ciudad, regresa y se convence de la necesidad de salvar el llano, de proveerle la libertad de la civilización.

Visto más de cerca, esto significa que Gallegos confía en que son hombres elegidos dentro de la propia Venezuela, los encargados de asumir el liderazgo progresista. No son los extranjeros, sino los propietarios nacionales los que abrirán las puertas hacia un futuro mejor. Y esta conciencia que, obviamente, también es una actitud es la que organiza los objetivos de Santos Luzardo: 1) modificar las circunstancias que producen los males del llano y, 2) contribuir a la destrucción de las fuerzas retardatarias de su prosperidad.

Si, por ejemplo, las cercas para establecer los límites de las haciendas pueden reducir la violencia con la que los llaneros se enfrentan, a veces, por la propiedad de reses o caballos, pues está será una medida a cumplir con urgencia. “La cerca –se dice Santos- sería el derecho contra la acción todopoderosa de la fuerza, la necesaria limitación del hombre ante los principios”. Del mismo modo, si una mujer en casa exige el “quitarse el áspero olor de caballo y de toro” adherido a la piel, para generar en el hogar comodidad y dar ejemplo de modales, pues no hay motivo para descuidar esta práctica que, por demás, aparta al llanero de lo salvaje, y lo humaniza en torno a la higiene.

Acciones como estas son las que adelanta Santos Luzardo para reducir los males del llano y destruir las costumbres que los mantienen; también buscará implementar la rotación de los rebaños y la renovación natural de los pastos, antes que acceder a la quema ancestral a la que apelan los llaneros; y, por último, hará notar la importancia de aferrarse a las leyes jurídicas, de cumplirlas, para alejarse con ello de la “bravura armada”, del asesinato impune y la violencia con la que los nativos suelen solucionar sus conflictos.

El verdadero logro civilizador de Santos, sin embargo, no se encuentra en estas acciones, digamos, sociales, sino en su triunfo sobre doña Bárbara. Ella es una mujer acostumbrada a dominar a los otros a través del miedo; su personalidad impenetrable y misteriosa se asemeja a la de la propia Naturaleza, indomeñable; es la “devoradora de hombres” como la vorágine, como “la acción embrutecedora del desierto”. Enamorada de la claridad con la que actúa Santos, de la contundencia de sus acciones y, convencida, además, de lo improcedentes que resultan sus antiguos métodos contra él, doña Bárbara reconoce que nada puede hacer la bravura y la barbarie ante un buen líder civilizador. De esta manera se lo dice a sí misma cuando, después de una acusación de Santos, es precisada por el Jefe Civil a cumplir cierto asunto concerniente a su hacienda: “¡Que este papel, este pedazo de papel que yo puedo arrugar y volver trizas, tenga fuerza para obligarme a hacer lo que no me da la gana”.

El triunfo de Santos Luzardo es, incluso, evidente en su propia vida. Él, que, por su origen, pertenece a la barbarie, debe eliminar también de su interior las conductas que lo enlazan todavía con lo salvaje. A lo largo de la novela, no son pocas las dudas que el personaje siente con relación a su proyecto; a mediados de la obra aún se dice: “después de todo la barbarie tiene sus encantos, es algo hermoso que vale la pena vivirlo, es la plenitud del hombre rebelde a toda limitación”. En ocasiones, la dureza característica del llano lo lanza a actuar también con bravura: a tomar su revólver y dispararlo, a domeñar una bestia sin más arma que su arresto, a envalentonarse por algún altercado. Mas, nunca llega a perecer por completo en “la tierra brava”, en el “tremedal de la barbarie”:

“Y vio que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer, voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. En sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pie y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y las virtudes en las almas nuevas” (Pág. 228)

Prácticas de superstición en Doña Bárbara

El hombre latinoamericano reúne en su constitución cultural un conjunto increíble de tradiciones supersticiosas. Los indígenas nos heredaron su politeísmo, su panteísmo, y la creencia en el poder superior de las plantas, los animales o los astros; por su parte, los ancestros africanos vertieron sobre nosotros todos sus rituales paganos, la brujería y la confianza en los designios espirituales; finalmente, los españoles trajeron a América la especulación religiosa de los santos, la devoción, las posesiones, los estigmas y demás.

Todo esto, unido en un corpus muchas veces caótico, ha sido una de las bases con las que hemos interpretado el mundo. En Doña Bárbara la superstición desempeña un papel importante, toda vez que configura, por un lado, la identidad de ciertos personajes y, por otro, permite explicar las acciones que ellos desarrollan en un determinado momento. Cabe destacar que, aunque desde la Conquista ha primado en los países latinoamericanos el catolicismo, en las áreas rurales las creencias supersticiosas están al mismo nivel de la religión e, incluso, llegan a estar por encima de ella. Así nos lo aclara a propósito de esta novela Dillwyn Ratcliff:

“Al lado de estas venerables supersticiones, se continúa practicando la religión de iglesias y santuarios. De todos modos, los espíritus y encantamientos amenazan por doquiera, mientras la religión es fundamentalmente inocua o de un beneficio pasajero; el infierno del sacerdote es un largo camino que, después de todo, puede ser evitado” [6]

Para estudiar más adecuadamente este aspecto de Doña Bárbara vamos a situar dos puntos de reflexión: 1) la vida de la protagonista y, 2) las costumbres propias del llanero. En efecto, doña Bárbara tiene fama de bruja en la región; ya el mismo patrón de la barca en la que llega Santos al lugar le advierte sobre ello: “esa es una mujer que ha fustaneado a muchos hombres –le dice-, y al que no trambuca con sus carantoñas lo compone con un bebedizo o se lo amarra a las pretinas y hace con él lo que se le antoje, porque también es faculta en brujerías”. Esta afirmación se irá complementando a lo largo de la novela con numerosas alusiones sobre las conductas que sigue Bárbara, por ejemplo, la de sus diálogos nocturnos con “el Socio”, que para el grueso de los personajes es el mismo diablo, aunque ella asegure que se trata del “Milagroso Nazareno de Achaguas”.

“El Socio” es para doña Bárbara una potencia sobrenatural que le aconseja en los momentos difíciles y le revela los acontecimientos que ella desea conocer, sin importar su distancia en el tiempo. De tal suerte, todas las noches se encierra en su cuarto para entrar en contacto con él y determinar el norte de sus acciones:

“Mas, dios o demonio tutelar, era lo mismo para ella, ya que en su espíritu, hechicería y creencias religiosas, conjuros y oraciones, todo estaba revuelto y confundido en una sola masa de superstición, así como sobre su pecho estaban en perfecta armonía amuletos de los brujos indios y escapularios, y sobre la repisa del cuarto de los misteriosos conciliábulos con “el Socio”, estampas piadosas, cruces de palma bendita, colmillos de caimán, piedras de curvinata y de centella, y fetiches que se trajo de las rancherías indígenas, consumían el aceite de una común lamparilla votiva” (Pág. 47)

La protagonista de la historia fue iniciada en toda esta “tenebrosa sabiduría” durante su juventud, época en la que anduvo entre indios y brujos de distintos puntos, aprendiendo de ellos toda clase de embrujos, curaciones, ensalmos y secretos, a cada cual más extravagante. Con todo, pronto se descubre que, más allá de la opinión de los pobladores, convencidos por completo de que ella es bruja, doña Bárbara es una mujer astuta, es decir, que todos sus logros se deben más a la falta de escrúpulos y al crimen que a una alianza con fuerzas espirituales. Es más, esta puede ser una de las razones por las cuales siempre rechaza la idea de entregar a algún ritual su amor por Santos; quizá está convencida mentalmente de lo inútil que resulta todo eso.

Pero no sólo la protagonista de Doña Bárbara tiene comportamientos propios de una personalidad supersticiosa. En muchas de las costumbres de los llaneros que describe Gallegos también puede rastrearse esa personalidad, cuyos alcances a veces son insospechados. Ya en el primer capítulo del libro, hay una escena diciente al respecto: después de hacer una pequeña parada en la rivera del Arauca, Santos y los bongueros reanudan su viaje a bordo de la canoa; pero pronto el patrón los alerta y los hace retroceder arguyendo que “el Viejito no va en el bongo”, una referencia al espíritu protector de los marineros durante sus travesías por el río.

Otra práctica supersticiosa se halla en el capítulo “El Familiar”; en él se cuenta una costumbre generalizada de los llaneros, quienes después de fundar un hato solían enterrar un animal vivo bajo los palos del primer corral, “a fin de que su espíritu, prisionero de la tierra que abarcaba la finca, velase por ésta y por sus dueños”. En el caso de “Altamira”, el animal enterrado fue “el Cotizudo” un toro gigantesco de grandes pezuñas. Los dueños de la hacienda y sus peones tenían la convicción de que cada aparición de aquel espíritu constituía un augurio de buenos tiempos, cambios y progreso.

Hay aún otro episodio que recupera una creencia supersticiosa de los llaneros: el ánima de Ajirelito. La historia se remonta a los tiempos en los que fue encontrado el cadáver de un hombre al pie de un árbol de Ajirelito; los caminantes que desde entonces se aventuraban por la llanura empezaron a rezarle con el deseo de que los sacara sin mal de aquel lugar, especialmente cuando era de noche o se estaba perdido. Tiempo después, sobre el tronco de un Ajirelito se instaló una totuma sobre la cual los visitantes empezaron a depositar monedas para pagar los favores recibidos, y muy mala suerte podría esperarse para quien fuese tan osado como para robar el dinero que allí depositaban los creyentes.

En fin, como estas hay muchas historias más que hablan sobre la superstición con la que el hombre llanero observa su contexto. Es obvio que frente a todas ellas la voz de Santos siempre se muestra incrédula, pero no es menos verdad que lo inextricable de las mismas, a veces sorprenda con fuerza su alma civilizada. El llano es un paisaje en el que realidad y hechicería, realidad y agüeros se mezclan constantemente. No es de sorprender que allí un hombre deje de beber a los rebullones según el género de una actividad que se prepara: “sangre, si se fragua un asesinato; aceite y vinagre, si se prepara un litigio; miel de aricas y bilis de ganado, si se tiende las redes de hechizos a una futura víctima”. Todo puede encontrarse en los llanos:

“Las almas en pena que recogen sus malos pasos por los sitios donde los dieron; la Llorona, fantasma de las orillas de los ríos, caños o remansos y cuyos lamentos se oyen a leguas de distancia; las ánimas que rezan a coro, con un rumor de enjambres, en la callada soledad de las matas, en los claros de luna de los calveros, y el Ánima Sola que silba al caminante para arrancarle un Padre Nuestro, porque es el alma más necesitada del purgatorio; la Sayona, hermosa enlutada, escarmiento de los mujeriegos trasnochadores, que les sale al paso, les dice: ‘Sígueme’ y de pronto se vuelve y les muestra la horrible dentadura fosforescente, y las piaras de cerdos negros que Mandinga arrea por delante del viajero y las otras mil formas bajo las cuales se presenta…” (Págs. 70-71)
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Jorge Amado dijo que Doña Bárbara es un “drama lanzado con un poder creador admirable”, pero curiosamente “de esos libros jamás preferidos por los lectores”. Las ideas que expone en esta novela Rómulo Gallegos pueden ser discutibles a los ojos de la interculturalidad que caracteriza a nuestros pueblos, pero hay mucho material valioso en sus páginas con relación a las costumbres y los imaginarios del hombre llanero.


NOTAS:

[1] BERMÚDEZ, Manuel et al (1991) Doña Bárbara Ante la Crítica. Caracas: Monte Ávila Editores. p. 141-142.
[2] ULRICH, Leo (1984) Rómulo Gallegos y el Arte de Narrar. Caracas: Monte Ávila Editores. p. 84.
[3] BERMÚDEZ, M. Op. Cit., p. 26.
[4] USLAR-PIETRI, Arturo (1974) Breve Historia de la Novela Hispanoamericana. Caracas: Editorial Edime. p. 119.
[5] MORENO-DURÁN, R. H. (1996) De la Barbarie a la Imaginación. Bogotá: Editorial Ariel. p. 334.
[6] BERMÚDEZ, M. Op. Cit., p. 53.

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