AUTOR: Marqués de Sade
TÍTULO: La Filosofía en el Tocador
EDITORIAL: Tusquets, S.A. (Quinta edición)
AÑO: 1999
PÁGINAS: 202
TRADUCCIÓN: Ricardo Pochtar
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez
No soy un libertino, pero a veces también mis deseos están dominados por la pasión y el crimen: ¿qué puede hacer el hombre ante la embriaguez del cuerpo? El placer, la voluptuosidad han construido un imperio sobre nosotros, y en vano apelamos a la virtud para gobernar estas fuerzas. Uno a uno vamos cayendo en las simas más oscuras, sorprendidos de cuánto cambia nuestra naturaleza mientras más se extravía en la sensualidad; hay en ello una inmolación feliz, un comercio encantador, aunque engañoso, pues ya sabemos lo egoísta que suele resultar el goce.

Este libro, La Filosofía en el Tocador (1795), es un ofrecimiento a los libertinos, y a todos aquellos que, sin serlo, hemos comprendido cuánta enfermedad hay en una moral de dogmas, cuánto se rechaza allí las conductas naturales. “Que quienes creen en esa moral –dice Sade- vegeten en la bajeza que los envilece”, para ellos no están escritas estás páginas; sólo los hombres de alma vigorosa, las mujeres de imaginación podrán comprender su sentido, aprender sus lecciones y estimular fértilmente el terreno de esa libertad por medio de la cual alcanzan su complacencia.


Ya los cirenaicos de la Antigua Grecia habían entendido su vida como el cultivo del placer: definieron el hedoné como su bien supremo y buscaron las vías para alcanzarlo, especialmente a través de las sensaciones. También los epicúreos hablaron con entusiasmo sobre el tema, y, como ellos, los materialistas franceses, los utilitaristas ingleses y muchas otras escuelas filosóficas [1]. Pero, sin lugar a dudas, es sólo hasta finales del siglo XVIII, con el Marqués de Sade, que el hedonismo se narra por primera vez tan visceralmente como una dimensión de la naturaleza humana y, en consecuencia, asume la profundidad de una verdadera concepción del mundo.

Una visión que, unas veces, nos sorprende por su vitalidad, por su ataque a tantos principios y costumbres hipócritas, pero que, otras más, nos consterna por sus consecuencias, por su egoísmo, por su violenta claridad. Francia ha sido la cuna de los écrivains maudits: Villon, Baudelaire, Verlaine; pero dentro de ese conjunto de figuras, Sade ocupa el lugar más transgresor: él es revolucionario en una época de cambios; no fue entendido ni siquiera por aquellos sujetos que abanderaron la Revolución Francesa, y eso es una prueba del punto al que él llevó la libertad de los hombres, la noción de republicano, la denuncia de nuestras cadenas:

“More disturbing is the Marquis de Sade, whose search for maximum intensity of physical sensation, particularly in deriving pleasure through the infliction of pain, gave rise to the word sadism. According with Sade, because nature is engaged in destruction as in procreation, murder is natural and morally acceptable. The true libertine must replace soft sentiment by an energy aspiring to total freedom. Sade’s insistence upon experimental rationalism owes much to the Enlightenment, of which his antisocial egoism is, however, only a perverted expression. But in (his) works he made the reader aware as never before that the search for fulfillment via the enjoyment of cruelty forms part of the human psyche” [2]

Las obras de otros autores, por ejemplo, Fanny Hill (1750) de John Cleland, a pesar de haber estado censuradas durante mucho tiempo, no llegan al mismo nivel de infracción que las de Sade; hay en ellas todavía algún recato en el plano del lenguaje, o en los efectos de sus ideas. Y esto es así porque lo que Sade propone, no es únicamente el relato de aquellas conductas que siempre censuramos (el adulterio, el incesto, la homosexualidad, el asesinato, la prostitución), sino también un ataque a la moral y las leyes que mantienen esa censura en la sociedad:

“Sade comprueba abstractamente que la Moral, la Justicia, el Orden, que le dan sentido a la sociedad, son ficciones; pero también que en la práctica ésta existe y tiene un aparato de represión, el Estado, el cual castiga a quien comete un crimen, aparta de los demás hombres al que es diferente. La sociedad resulta abusiva, deforme; condena el asesinato ejecutado por el libertino para satisfacer sus pasiones, mientras considera héroes o santos a los monarcas, los generales, los sacerdotes que han convertido la historia en la ininterrumpida matanza que llamamos Guerra o Cruzada” [3]

Por esta razón, al leer La Filosofía en el Tocador o cualquier otro libro del Marqués de Sade, son posibles tanto la vía de asimilación del libertinaje como la de incomodidad frente a él; pero ningún lector podrá afirmar que lo que hay en esas páginas carece de fundamentación, y se ha hecho con el único pretexto de escandalizar. “El libertino es el filósofo del erotismo” –decía Gaitán Durán- y, en consecuencia, piensa, diserta sobre aquello que está en la base de su comportamiento, y hace frente así a lo que el grueso de la sociedad le recrimina tan severamente.

A continuación, intentaremos analizar el modo como cada acción concreta del libertinaje, de esa búsqueda del placer, tiene un fundamento filosófico. Hablar aquí con base en La Filosofía en el Tocador es trabajar de manera inductiva, pues los elementos que propondremos son evidentes también en obras como Justine o los Infortunios de la Virtud (1791) y Juliette o las Prosperidades del Vicio (1801); todas estas obras tienen en común su escritura en forma de diálogos, y la mezcla de acción-reflexión antes mencionada.

La Filosofía en el Tocador

Mme. De Saint-Ange se dispone a instruir a la joven Eugenia en el cultivo del placer y el vicio; durante un fin de semana la recibirá en su hogar y, junto a su hermano y Dolmancé –uno de los libertinos más reputados de Francia-, buscará excitar sus sentidos, extirparle el germen de la virtud y convertirla en la más disoluta de las mujeres. La muchacha, hija de uno de los amantes de Mme. De Saint-Ange, ha sufrido hasta entonces toda clase de privaciones debido al carácter conservador de su madre, una mujer religiosa que se lamenta de que su esposo haya accedido a dejar que Eugenia pase unos días fuera de casa.

Una vez la chica llega donde su instructora se hace evidente que ambas comparten una sensibilidad especial para el goce, y “cuando se ha nacido para el libertinaje, es inútil pensar en imponerse frenos”. Así pues, acomodadas en el cuarto de Mme. De Saint-Ange, y contando ya con la presencia de Dolmancé, se inicia la ardua tarea de su educación. Lo primero será desnudarse y reconocer las particularidades de los miembros, sus formas de exaltación y los innumerables juegos que pueden establecerse con ellos; una cosa llevará a la otra y, pronto, todos estarán ya inmersos en masturbaciones y besos mutuos.

Cada descubrimiento del placer genera en Eugenia cuestionamientos sobre la prudencia, la corrección, el pecado, etcétera, a todo lo cual responde Dolmancé con la desenvoltura propia de alguien que ha pasado los más de sus años en medio del libertinaje. De este modo, en los lapsos que hay entre un goce y otro, aquel hombre se lanza en largas disertaciones sobre la inexistencia de dios, las farsas de la virtud, la necesidad de la crueldad, y el aborrecimiento del matrimonio y los hijos –formas representativas de la esclavitud-.

Paulatinamente van haciéndose más fuertes las lecciones; se instruirá a Eugenia en el sexo anal, en el oral, en el homosexualismo, y en todo destacará por su imaginación y desprendimiento de los prejuicios; se le explicarán los misterios de la eyaculación; y se le pondrá en contacto con un miembro gigantesco –para efecto de lo cual se llamará al jardinero Agustín-. Tiempo después, la joven perderá su virginidad con el caballero hermano de Mme. De Saint-Ange y, en fin, unos con otros, sin importar su género, se verán envueltos en extensas orgías que sólo se verán interrumpidas por los discursos de Dolmancé quien, incluso, se toma un tiempo para leer un artículo recientemente distribuido en la ciudad sobre la importancia de rechazar en la nueva República la influencia religiosa y las costumbres que no se acomoden a la fuerza de la Naturaleza.

En poco tiempo Eugenia se habrá convertido en incestuosa, adúltera y sodomita, habrá descorrido todas las cortinas del vicio y tendrá frente a sí un futuro en el que crimen y placer se mezclarán continuamente. Se convencerá de todo por doble vía, la del goce sensible que experimenta con sus instructores, y la de la reflexión filosófica con la que Dolmancé justifica cada acto. De tal suerte, al final de la historia ya no existirá nada que pueda revertir la influencia corrompida que ha recibido; la muchacha se declarará abiertamente viciosa y alentará a sus amigos a la hora de “ajusticiar” a su madre –quien a la sazón ha llegado a la casa para llevársela-. No moverá un dedo mientras esta es golpeada, violada y penetrada por un hombre con sífilis como castigo por su mojigatería. El vicio la hará romper todos los vínculos con aquello que no esté del lado de su propia satisfacción.

Manifestaciones concretas del libertinaje

Realizar aquí una lista completa de las manifestaciones del libertinaje que son expuestas en La Filosofía en el Tocador resultaría una tarea onerosa; por tal razón, voy a limitarme a hablar sobre aquellas que son abordadas con mayor insistencia en el texto. De entrada debe quedar claro que cada una de estas prácticas refleja un vicio o una simple acción dependiendo del punto desde donde se observe; así, por ejemplo, para la mayoría de las personas continúan siendo motivo de repulsión la homosexualidad o el incesto, sin embargo, en términos de las justificaciones que brinda Sade por boca de Dolmancé, ninguna de estas dos conductas está permeada por el vicio, antes bien, van en una dirección consecuente con la Naturaleza.

Las argumentaciones que hacen parte de esa filosofía natural propuesta por el Marqués de Sade serán expuestas más adelante, por ahora basta con enumerar las conductas libertinas en las que con más amplitud se instruye a Eugenia:

La homosexualidad. El aleccionamiento sobre esta práctica es inevitable dentro del texto ya que Dolmancé es homosexual, y el caballero y los otros hombres que a lo largo de la historia aparecen manifiestan también inclinaciones de este tipo. Al respecto, lo que se enseña a Eugenia tiene que ver con el placer que produce el sexo con alguien del mismo género, indudablemente mejor preparado que cualquier otro para saber qué hacer y cómo. El goce del sexo anal, en el caso de los hombres, y la infinidad de juegos que pueden crearse entre las mujeres son otras de las lecciones que recibe Eugenia sobre el particular.

La prostitución. “Putas –dice Mme. De Saint-Ange-, llaman a las víctimas públicas del libertinaje de los hombres”; pero no hay en las palabras de esta mujer una denuncia del egoísmo masculino, sino un llamado a Eugenia para que despierte sus encantos y, libre de los lazos que la unen a un solo hombre, vaya por el mundo alentando el vicio de las multitudes. Una mujer debe sentirse orgullosa cuando se refieren a ella como prostituta, incluso, debe buscar deliberadamente que así sea, porque con esto prueba que no hay norma en su vida distinta a la de gozar sin recelos la variedad que entraña el estar con muchos hombres.

El incesto. Es una “monstruosidad ofensiva” el tener que aferrarse moralmente a la familia, el mantenerse unido a ella por los dictámenes de la religión y los valores. Dolmancé muestra a Eugenia que no existen motivos para creer en tales deudas, sino que, por el contrario, sus ojos pueden hallar en su padre o hermanos más núcleos de placer y crimen. Al final de sus lecciones, Eugenia tendrá muy claro que el incesto no es pecado, tampoco una acción que deba evitarse, sino tal vez la única experiencia que une a la familia en el sentido más profundo de libertad.

El asesinato. Aunque en el libro no llega a cometerse ningún acto de esta clase, la protagonista del mismo aprenderá que si se quiere ser consecuente con el orden de la Naturaleza, se debe aceptar el asesinato como una forma de llevar a cabo nuestra voluntad. Las leyes jurídicas y, más aún, el terror de una conciencia manchada por el crimen son, bajo esta óptica, limitaciones que han de superarse para no reducir el espacio de nuestra libertad; como cualquier otra especie de la Naturaleza, el hombre debe hacer suyo el principio de la supervivencia, sobre todo, cuando este puede proveerle algún goce.

La crueldad. Sade acuñó el término sadismo, esto es, el placer que se produce al infligir dolor o humillaciones en sí mismo u otras personas. Es así que una parte considerable de las lecciones de Eugenia están centradas en cómo los golpes, las aberraciones, las “malas” palabras y demás son, para el libertino, elementos que amplían las sensaciones hasta alcanzar clímax no vislumbrados por la gente del común. Al respecto es especialmente importante otra obra del Marqués de Sade, Las 120 Jornadas de Sodoma (1785), uno de los textos que ha explorado con menor recelo el tema de la crueldad.

Fundamentos de una filosofía natural

Los actos antes citados (homosexualidad, prostitución, incesto, asesinato y crueldad) son los epicentros del aleccionamiento de Eugenia en el libertinaje. De la viabilidad y fundamento de cada uno de ellos se verá muy convencida al final de la historia, lo cual permite deducir la capacidad de razonamiento que tiene Sade (Dolmancé) para encontrar en aquello que tradicionalmente se rechaza el argumento contrario, el que revierte la idea y nos lleva a aceptar esa faceta insospechada del asunto.

Todo el pensamiento del Marqués de Sade puede englobarse bajo la noción de una filosofía natural, que se denomina así no porque dé, sin más, rienda suelta a la vida instintiva de los hombres, sino porque colige de la Naturaleza los principios que rigen la existencia. Con estas palabras lo explica Dolmancé al final del libro:

“…De la naturaleza proceden los principios que hacen actuar a los libertinos. Ya te he dicho mil veces que la naturaleza, que para el perfecto mantenimiento de las leyes de su equilibrio necesita unas veces de los vicios y otras de las virtudes, nos inspira en cada momento el impulso que le es necesario; por consiguiente no cometemos ningún tipo de mal al entregarnos a esos impulsos, como quiera que los imaginemos” (Pág. 196)

Sade observa que el mejor ejemplo para la vida está en la Naturaleza que es violenta y amable, sublime y perversa según el desarrollo alternativo de sus necesidades. Sólo a ella debe acercarse el hombre, el libertino, para razonar el fundamento de sus acciones: si observa que un animal cualquiera se aleja de su familia apenas tiene la edad para hacerlo y no regresa a ella jamás, ¿por qué el hombre debe hacer algo diferente? Si observa que en culturas de otros tiempos u otras latitudes la homosexualidad es una conducta usual y venerable, ¿cuál es el motivo para despreciarla? Así pues, la fundamentación de todas las manifestaciones del libertinaje las halla Sade en la historia, la cultura y la vida animal. La Filosofía en el Tocador es una obra rica en referencias de esta clase y todo se trae a colación de una manera vigorosa y crítica. 

Veamos más de cerca, por ejemplo, el caso de la homosexualidad, condición duramente cuestionada desde muchos frentes (el religioso, el moral e, incluso, el de la Naturaleza): Dolmancé hace notar a Eugenia que el enclave de este asunto no puede rastrearse en la “fábula de las Sagradas Escrituras”, en ellas se habla de la homosexualidad como castigo, ¿pero quién puede creer en “una novela compilada por un judío ignorante”? El lenguaje religioso se enreda en su propia metafísica y lenguaje simbólico.

La homosexualidad no es un castigo mítico, como tampoco es una acción contra-natura: primero, ¿puede condenarse al hombre por disponer libremente de su cuerpo?, si es así, entonces ¿por qué la propia Naturaleza lo ha hecho sensible a este placer? Segundo, ¿puede juzgársele por no procrear, si bien a la Naturaleza la tiene sin cuidado la existencia de nuestra especie? Bien podríamos desaparecer todos y ella continuaría su marcha indefectible. Lejos de ultrajar a la Naturaleza, Sade descubre que la homosexualidad atiende a sus propósitos y está en consonancia con ella:

“En las repúblicas, el hábito de vivir juntos que tienen los hombres ha de hacer siempre más frecuente este vicio, que por cierto no es peligroso. Si hubiesen creído que era tal cosa, ¿acaso los legisladores de Grecia lo hubiesen introducido en su república? Lejos de ello, creían por el contrario que era necesario para un pueblo guerrero. Plutarco nos habla con entusiasmo del batallón de los amantes y de los amados; ellos por sí solos defendieron durante mucho tiempo la libertad de Grecia. Ese vicio reinó en la asociación de los hermanos de las armas, la cimentó; los más grandes hombres sintieron inclinación por él. Cuando se descubrió América se vio que estaba poblada por gente que tenía ese gusto. En la Louisiana, entre los illinois, los indios, vestidos de mujeres, se prostituían como cortesanas. Los negros de Banguelé tienen queridos sin ninguna clase de disimulos; en la actualidad casi todos los serrallos de Argelia están poblados sólo por muchachitos. En Tebas no se contentaban con tolerar el amor a los muchachos, sino que era algo obligatorio; el filósofo de Queronea, lo había prescrito para suavizar las costumbres de los jóvenes” (Pág. 161)

Este es el modo como el Marqués de Sade da una base sólida a las conductas que desarrollan sus personajes. De modo semejante aborda la prostitución, de la que enumera muchos ejemplos históricos; el incesto, tema que cuestiona en el plano de la inconsistencia religiosa, pues ¿”de qué otra manera pudieron perpetuarse las familias de Adán y Noé”, si no fue a través de esta práctica? y; el asesinato, esa acción que está en consonancia con la destrucción inherente de la Naturaleza, y que es considerada crimen únicamente porque el hombre cree tener un horizonte diferente al de las otras especies que luchan infatigablemente por su supervivencia.

Lo positivo para cualquier hombre, ya no sólo para el libertino, debe ser aquello que acrecienta su libertad, lo que le permite disfrutar sin privaciones los placeres para los que la Naturaleza lo ha dispuesto. Lo negativo, por su lado, son todas aquellas leyes que lo mantienen reprimido, particularmente las que son producto de la religión y las costumbres. De tal suerte, Sade propone lo siguiente: “hacer pocas leyes, pero que sean buenas… no se trata de multiplicar los frenos, sino de aplicar uno que sea indestructible”.

Si el hombre es feliz gozando esos tres grandes actos del libertinaje de los que habla Dolmancé (la sodomía, las fantasías sacrílegas y los gustos crueles), bueno, pues entonces que nada se interponga arbitrariamente para impedírselo, por el contrario, que todo se disponga para complacerlo, por más extraños que resulten sus gustos: el sadismo, las vejaciones, las orgías, las filias, etcétera. Y, por supuesto, que nada lo amarre a los otros, el placer es egoísta y, en consecuencia, ni los hijos, ni los cónyuges podrán jamás generar los mismos niveles de goce que las fantasías más libertinas.

Todos los presupuestos expuestos por Sade no corresponden a los delirios de una pasión. Él estuvo durante mucho tiempo marchando a la vanguardia de la Revolución y aportó ideas decisivas para la fundación de la República Francesa a finales del siglo XVIII. En el Quinto Diálogo de La Filosofía en el Tocador se reproduce un folleto titulado “Franceses, un esfuerzo más, si queréis ser republicanos”; ese texto, de tono evidentemente político, le permite a Sade hacer un llamado de atención a sus compatriotas sobre dos asuntos que él considera de urgencia para el periodo histórico que atraviesa su país: la religión y las (malas) costumbres.

Respecto de la religión, Sade afirma que su único papel es el de “embotar la altivez del alma republicana”; el naciente Estado debe erradicar la presencia de toda su superstición y tiranía: “un republicano –dice- no debe arrodillarse ante un ser imaginario ni ante un vil impostor”, porque esto sería prueba de su condición prejuiciosa y esclavista. La consigna de Sade es imitar los modelos antiguos, aquellos que existieron antes de que el fantasma del cristianismo irrumpiera sobre el mundo; su visión del hombre está atravesada por la concepción de las acciones y los héroes: es héroe el individuo que sublima su libertad.

El ateísmo es el sistema de la gente que sabe razonar y, por ende, el arma principal en las manos del libertino. La religión, siendo incoherente con el sistema de la libertad, debe ser eliminada, destruida de raíz, no ya por efecto de su prohibición, algo que en su momento la fortaleció, sino por medio de la burla y el desprecio general. Esta es una opinión en la que Sade coincide con muchos otros pensadores de la época, por ejemplo, con Diderot que, desde una posición algo distinta (deísta), también juzgaba el miedo y la ignorancia como las bases reales de lo religioso.

Con relación a las costumbres, lo que plantea el Marqués de Sade es que la República debe anular de su conciencia y de sus leyes un conjunto amplio de delitos que, desde su mirada, no van en contravía de la Naturaleza. La base de las relaciones sociales debe ser una interpretación del otro como semejante: siendo yo un individuo enteramente egoísta en mi placer me vinculo con el otro en tanto comparto con él esa condición hedonista. Somos iguales en tanto especie, pero las prácticas de nuestra libertad necesariamente nos separan, y esto es algo que no puede solucionar ningún discurso proveniente de la moral o la política.

El Estado debe formarse pensando en la garantía de la libertad, reconociendo que hay muchas virtudes que los hombres no somos capaces de practicar y que, por tanto, imponerlas como norma va en desmedro de nuestra voluntad. “No calumniar”, “no robar”, gritan desde el púlpito sacerdotes y reyes, si bien la calumnia puede hacer más fuerte al que es su víctima, o el robo igualar las riquezas cuando existe iniquidad. 

Con todo, Sade va mucho más allá que sus contemporáneos pues postula abiertamente que la República no debe ver con pudor, sino, al contrario, fomentar la prostitución, el adulterio, el incesto, la violación. Si estas son prácticas que se mantienen vigentes en la intimidad de las personas, y ha sido probada por la vía de la filosofía natural su necesidad, ningún dictamen del gobierno puede perturbar su realización: todos tienen el derecho legítimo para disfrutar su sexualidad y sus placeres como lo consideren mejor. Los buenos republicanos no se forman aislándose en sus familias, sino integrándose activamente en la vida del Estado, es decir, en el cultivo de todos los placeres.

Se observa que Sade tiene una confianza absoluta en que, arrojados a la libertad sin límites, la propia Naturaleza se encargará de establecer el orden, la armonía. Ni las opiniones que desde los tiempos de Platón se han gestado sobre la importancia de disfrutar los placeres a partir de la virtud, el ser soberanos sobre nosotros mismos; ni la cosificación que, por momentos, tiene la mujer –y deberíamos decir también el hombre- en el contexto de su filosofía; ni, en fin, los alcances positivos del universo moral; ninguna de estas cosas parece consternar a Dolmancé, al Sade que afirma: “una vez que creemos que nada puede ser malo, ¿de qué podríamos arrepentirnos?”.
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La Filosofía en el Tocador es un libro controversial en la más pura acepción de este término; pueda ser que sus páginas generen en nosotros un rechazo inmediato o que, por el contrario, nos cautiven con su sensualidad extraña, pero más allá de todo hay algo que, después de su lectura, nos queda claro: “sólo cuando lo sacrifica todo a la voluptuosidad, el desdichado individuo que llaman hombre, y a quien han arrojado a este triste universo a pesar suyo, puede llegar a sembrar algunas rosas sobre las espinas de la vida”.


NOTAS:

FERRATER-MORA, José (2004) Diccionario de Filosofía (Tomo II). Bogotá: Editorial Ariel. p. 1576.
MASON, Haydn T. (1995) French Literature, en The New Encyclopædia Britannica (Vol. 19). U.S.A.: Encyclopædia Britannica. p. 551.
GAITÁN DURÁN, Jorge (1997) Sade: Textos Escogidos Precedidos por el Ensayo ‘El Libertino y la Revolución’. Bogotá: Editorial Seix Barral. p. 17.

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