AUTOR: Denis Diderot
TÍTULO: Pensamientos Filosóficos
EDITORIAL: Sarpe, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1984
PÁGINAS: 90 (153)
TRADUCCIÓN: Francisco Calvo S.
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez
Al escuchar hablar de Diderot, resulta inevitable pensar en la Ilustración y, más concretamente, en ese proyecto ambicioso llamado Encyclopédie. Como pocos hombres, trabajó él en nombre de la libertad y el desarrollo del espíritu crítico en una época en la que, a pesar de sus evidentes transformaciones, todavía se castigaba con severidad cualquier vislumbre revolucionario. Diderot fue una especie de faro que iluminó todo su siglo, sirviéndole de guía para orientar la lucha levantada contra el clero y la nobleza, y estimulando el crecimiento conjunto de todos los medios del conocimiento humano: la ciencia, la filosofía y el arte, de allí que si existe una característica que describa con más propiedad su obra tiene que ver con la amplitud de sus horizontes.

Este año, 2013, se cumple el tricentenario del nacimiento de Denis Diderot (1713-1784), y es de suponerse que, al menos en su país, los homenajes a su figura serán numerosos. Sin embargo, no solamente los franceses deberían sentir ese compromiso que, por supuesto, no se reduce a la cortesía, sino a una muestra franca de gratitud y respeto; también a los hombres de otras latitudes nos corresponde explorar su obra, e indagar cuánto adeuda nuestra cultura y nuestro propio pensamiento a las ideas de Diderot. En este sentido, con el comentario de su primer libro, Pensamientos Filosóficos (1746), iniciamos en el blog el recorrido por los títulos más representativos de este gran iluminista, seguros de que esta tarea constituye, a un mismo tiempo, un homenaje y una invitación a su lectura.

Diderot nació en el seno de una familia modesta, pero, gracias a los esfuerzos de su padre, pudo estudiar en el colegio de los jesuitas de su ciudad natal (Langres) y, luego, en el Louis-le-Grand y el D’Harcourt de París. A los 19 años ya era doctor en Artes y, desde esa edad, trabajó como profesor y traductor, entablando relaciones con Rousseau y con quien sería su futura esposa, Antoniette Champion. Mas, es sólo hasta 1746 cuando Diderot empieza a ser reconocido más ampliamente, primero, por la publicación de sus Pensamientos Filosóficos (obra que fue condenada a la hoguera por el Parlamento de París semanas después de editarse) y; segundo, porque ese mismo año recibió el encargo de traducir la Encyclopaedia de Chambers, lo que a la larga, significó para él y D’Alembert la dirección de L’Encyclopédie francesa.

Ambos hechos comparten un carácter crítico y vibrante: sus Pensamientos “muestran una gran audacia, una voluntad de emancipación que apunta directamente a la autonomía moral del sujeto, a la razón, en definitiva, como guía de conducta” y, esto, en otras palabras, significa el desprecio de la religión positiva. Por su parte, L’Encyclopédie nunca fue concebida por Diderot como un simple compendio de información, para él este proyecto debía contribuir a enardecer las mentes de los hombres, a dotarlos de una voluntad férrea y congruente con los tiempos revolucionarios de su país [1]. Así puede deducirse de estas palabras suyas escritas en 1771:

“Cada siglo tiene su propio espíritu característico. El espíritu del nuestro parece ser la libertad. El primer ataque contra la superstición fue violento, desenfrenado. Una vez el pueblo se ha atrevido de alguna manera a atacar la barrera de la religión, esta misma barrera que es tan impresionante y a la vez la más respetada, ya es imposible detenerlo. Desde el momento en que lanzaron miradas amenazadoras contra la celestial majestad, no dudaron en dirigirlas a continuación contra el poder terrenal. La cuerda que sujeta y reprime a la humanidad está formada por dos ramales: uno de ellos no puede ceder sin que el otro se rompa” [2]

Denis Diderot fue un ilustrado, alguien que a través de sus obras –literarias y filosóficas- y de su magna empresa –L’Encyclopédie- buscó que los hombres se apropiaran de ese principio kantiano del ¡sapere aude!: tener el valor de servirnos de nuestro propio entendimiento. Rechazar, así, las especulaciones de la religión, la fe ciega, y atacar las instituciones que mantienen maniatado al hombre, fue uno de los objetivos que persiguió en su vida Diderot y que, obviamente, lo enfrentó siempre al peligro de la cárcel, la censura y el exilio.

Los sectores más ortodoxos de la sociedad francesa vieron en Diderot un peligro para el mantenimiento de sus instituciones y dogmas; y es que, si bien para los tiempos en que escribió los Pensamientos Filosóficos él se asociaba con el deísmo (es decir, la convicción de que las personas deben llegar a dios por medio de la razón, no apelando a revelaciones o a las enseñanzas de la iglesia), pronto se descubrió que la línea de sus disertaciones estaba más cercana al ateísmo que a cualquier cosa. En su madurez intelectual se alejó así del entusiasmo que antes mostrara por Shaftesbury –a quien tradujo al francés-, identificándose más con el ateísmo materialista de D’Holbach [3].

En sus Pensamientos Filosóficos, Diderot intentó mostrar que una creencia sólo puede fundamentarse en la razón y que, puesto que el campo de acción de ella –la razón- se encuentra en las ciencias de la naturaleza, era posible explicar a dios siguiendo el método de estas, o sea, el entendimiento. Por tal motivo, en aquella época Diderot se alejaba tanto de la religión tradicional (apegada a la fe como única vía de lo divino) como del ateísmo (atrincherado en una negación digna de consuelo); creía todavía en la posibilidad de un dios racional. 

El fracaso al que estaba destinada esta búsqueda emprendida en 1746 se ve reflejado en otro texto suyo de 1770, Adición a los Pensamientos Filosóficos o Diversas Objeciones Contra los Escritos de Diferentes Teólogos; en él hay pocos rastros ya de un Diderot escéptico, de un deísta; por el contrario, los 72 nuevos pensamientos que suma a los escritos antes constituyen duras diatribas contra la religión y contra dios, escritos que desean mostrar las incongruencias, absurdos y manipulaciones a las que somete esta creencia a los hombres. Todos los años dedicados a la Encyclopédie, al trabajo racional, al debate con sus colegas (D’Alembert, D’Holbach, Rousseau) hizo que el deísmo de Diderot se transformara en un escepticismo ateo.

Con todo, esa época de Diderot que se refleja en su primera obra es interesante desde muchos ángulos y sólo su plena asimilación permite comprender los cambios futuros. A continuación vamos a recuperar las principales líneas de disertación de aquel texto, contrastándolas con algunas reflexiones escritas en la Adición a los Pensamientos y con las opiniones de otros autores de ese entonces.

Les Pensées Philosophiques

Los Pensamientos Filosóficos son una colección de 62 aforismos de diferente extensión en los que Denis Diderot habla sobre dios, el escepticismo y la necesidad de una creencia racional que supere las prácticas tradicionales de la religión. En su momento, como dijimos, el libro causó disgusto en los sectores más conservadores de Francia, de modo que fue condenado a la hoguera, como tantas otras obras de la época. Mucho se ha hablado sobre la manera como la muerte de su hermana Catalina, producto de una locura acometida al interior de un convento, influyó en las opiniones de Diderot sobre la religión y, sin duda, este es un aspecto que debe tenerse en cuenta, como también lo es su lectura del Ensayo sobre el Mérito y la Virtud de Shaftesbury, su relación con Rousseau y su contacto alternativo con la vida bohemia e intelectual francesas.

El libro abre con un epígrafe en latín, quis legat haec? (¿quién leerá esto?), una proposición que permite a Diderot precisar su duda sobre la suerte que seguirían sus Pensamientos, de acuerdo a la persona que los leyese. Acto seguido, el autor se expresa así: “Escribo sobre dios; cuento con pocos lectores y sólo aspiro a ciertas adhesiones. Si estos pensamientos no complacen a nadie, no podrán ser sino malos; pero los consideraría detestables si complacen a todo el mundo”. Como se ve, de antemano Diderot sabe que contará con pocos entusiastas, pero que, de ser de otra manera, sus ideas no dejarían de ser una panacea desagradable.

El primer planteamiento que se encuentra en el libro es acerca de las pasiones, un tema que se venía discutiendo desde los tiempos de Descartes. Diderot plantea que la sociedad imputa las pasiones con demasiada frecuencia, olvidándose de que “son también la fuente de todos los placeres” y las únicas que “pueden elevar el alma a las grandes cosas”. Las pasiones sobrias –dice- son propias de los hombres corrientes y, por tanto, siempre es preferible estar dotado de pasiones fuertes; estas no deben atemperarse ni eliminarse, porque mientras que entre ellas exista una armonía adecuada, podrá disfrutárselas sin miedo a caer en el libertinaje o la temeridad.

Medio siglo después, el Marqués de Sade recuperará este tema con la exaltación que le es característica, colocándolo como el centro de su filosofía: la vida del hombre como exploración de las pasiones (el sacrilegio, la voluptuosidad, el crimen). En Diderot, sin embargo, no ocurre una ruptura entre la pasión y la virtud, como sí sucede en Sade; para el iluminista deben evitarse a toda costa los desórdenes o el libertinaje, lo cual implica un gobierno riguroso de uno mismo.

La intención de Diderot al iniciar sus Pensamientos con este asunto es observar lo dañina que resulta la religión a la hora de censurar y condenar las pasiones que son naturales en los hombres. Los religiosos que se “golpean sus pechos con piedras”, o que viven aquejados por los remordimientos y la culpa, no son dignos de admiración, son apenas restos de lo humano. Aquellos que “se despojan, por religión, de los sentimientos de la naturaleza, dejan de ser hombres y se convierten en estatuas para ser verdaderos cristianos”. Una vida que no es digna de vivirse, pues quien sólo existe para santificarse guarda su libertad en un baúl. 

Diderot piensa que la imposibilidad del religioso para sentir y vivir como un hombre libre tiene su origen en el temor a dios. “Habría bastante tranquilidad en este mundo –escribe- si tuviéramos la completa seguridad de que nada hay que temer en el otro”, en dios. Sin embargo, la iglesia y la fe común sostienen obstinadamente que el camino hacia la “salvación” implica alejarse de los afectos de nuestro mundo. Y este es el punto en el que empieza a percibirse el deísmo de Diderot, pues entonces afirma que “no hay que imaginar a dios ni demasiado bueno ni demasiado malo”, y que toda esa superstición sobre las pasiones es más ofensiva para dios que el propio ateísmo.

Allí está el caso de Pascal que, según Diderot, pudo haberse dedicado con toda su fuerza a la búsqueda de la verdad en vez de prestarle atención a los teólogos de su tiempo, los mismos que le hicieron declarar: “si vuestra religión es falsa, no arriesgáis nada en creerla verdadera; si es verdadera, lo arriesgáis todo al creerla falsa”. Una postura que toma por broma Diderot en su Adición a los Pensamientos, puesto que este tipo de opiniones es el que mantiene el sentimiento especulativo que tanto daño hace al hombre.

De tal suerte, lo que viene a continuación en los Pensamientos Filosóficos es la búsqueda de una ruta que permita, sin renunciar por completo a dios, conciliar las pasiones y la creencia. La religión tradicional no permite este encuentro, pero, desde otra óptica, sí es posible cuando el hombre renuncia a la metafísica y se inclina por una indagación más natural de lo divino, basada como todo conocimiento racional, en la Naturaleza. A partir del pensamiento XVIII asistimos a esta disertación de la que bien pronto puede colegirse que “al conocimiento de la naturaleza es al que le está reservado hacer grandes deístas”.

Diderot considera que el hombre, al pertenecer al conjunto de seres de la naturaleza, comparte con ellos un conjunto de condiciones. “Puedo admitir –dice- que el mecanismo del insecto más insignificante no es menos maravilloso que el del hombre, y no me preocupa que se deduzca que, de haber producido a uno, es verosímil que también haya producido el otro”. Con esto, el autor se aparta del mito bíblico de la creación; y lo propio hace cuando, después de considerar las continuas transformaciones de la materia, llega a la siguiente conclusión:

“La posibilidad de engendrar fortuitamente el universo es muy pequeña, pero la cantidad de combinaciones es infinita; es decir, que la dificultad del hecho está más que suficientemente compensada por la multitud de combinaciones posibles. Por consiguiente, si alguna cosa debe repugnar a la razón es la suposición de que, habiendo cambiado la materia desde toda la eternidad, y habiendo quizá en la suma infinita de las combinaciones posibles un número infinito de ordenamientos admirables, no se haya encontrado ninguno de estos ordenamientos admirables en la multitud infinita de aquellos que ha considerado sucesivamente. Por consiguiente, el espíritu debe estar más asombrado de la duración hipotética del caos que del nacimiento real del universo” (Págs. 40-41)

Esta es la base del pensamiento deísta: el derrumbe de las doctrinas metafísicas que explican la creación del mundo, y la postulación de un origen diferente a través del estudio de la Naturaleza. Si el hombre es capaz de explicar a dios siguiendo una ruta de esta clase, esto es, eludiendo la fe y la superstición a través de las cuales se accede comúnmente a él, podremos aceptar su verdad, como producto de la razón.

El deísta, piensa Diderot, pertenece a un género particular de los ateos, pero debe escapar de este para alcanzar la verdad. En el pensamiento XXII, distingue tres tipos de ateo: los verdaderos ateos, cuya negación de dios es absoluta; los ateos escépticos, que permanecen indecisos ante la cuestión; y los ateos fanfarrones de partido, que sólo simulan estar convencidos de lo que dicen. Como de los tres, el único que vive en un dilema trágico es el escéptico, él es el único que puede asumir el trabajo de razonar sobre dios. Del mismo modo, mientras el religioso es un creyente que no aceptará nunca otro camino que el de la fe, y el ateo negará siempre cualquier proposición, sólo la duda del escéptico puede convertirlo en deísta: aquel que cree en dios, porque conoce las razones para hacerlo.

Las causas de la abundancia de religiosos y de ateos las halla Diderot en dos puntos claves: el primero, es la supremacía de dios, la cual espanta y atrae con la misma fuerza; “me hacen odiar las cosas verosímiles –decía Montaigne- cuando me las plantean como infalibles”. La otra causa, no menos importante, es la prematura educación que recibimos sobre estas cuestiones, a veces sin tener siquiera la posibilidad de su asimilación: un niño que es obligado a asumir un dogma está condenado a aborrecerlo o a convertirse en un fanático. En cambio, nada subyuga la tarea del deísta, de ese hombre que ha dudado de lo cree, pero que por haberlo hecho posee las razones que le faltan tanto a los ateos como a los creyentes para legitimarse:

“Lo que jamás ha sido puesto en duda no puede ser de ningún modo probado. Lo que no ha sido examinado sin prevención no ha sido jamás bien examinado. El escepticismo es, por consiguiente, el primer paso hacia la verdad. Debe ser general, porque es su piedra de toque. Si para asegurar la existencia de dios el filósofo comienza por dudar de ella, ¿existe alguna proposición que pueda sustraerse a esta prueba?” (Págs. 45-46)

Una duda universal propagada por la superficie de la tierra, pueblos que tienen por bien dudar de sus propias religiones, eso es lo que busca Denis Diderot para que el hombre que asume a dios como realidad lo haga por libre elección y, sobre todo, por convencimiento racional. “El verdadero mártir –comenta- es aquel que muere por un culto verdadero cuya verdad le ha sido demostrada”; ya ha pasado la época de los prodigios y los milagros, aquellos tiempos en los que la verdad era asumida como revelación; hay mucho peligro cuando el hombre se abandona “a las seducciones de un impostor o a los sueños de un visionario”: la conformidad de una doctrina debe medirse con relación a su pueblo y partiendo de las razones con las que esta haya sido probada.

Para la época de su Adición a los Pensamientos este planteamiento de Diderot no ha sufrido cambios significativos. En los primeros aforismos de esa obra ya se subraya que las dudas son el reconocimiento de nuestra ignorancia, pero también el primer paso para encontrar, si la hay, la conformidad entre la razón humana y la divina. Más aún, Diderot expresa que en el escepticismo no puede haber “pecado” o inconveniente, porque “si dios, por el que tenemos razón, exige su sacrificio, es un ilusionista que escamotea lo que ha dado”.

La parte más crítica de los Pensamientos Filosóficos comienza alrededor del texto XLIII, en él y en los sucesivos, Diderot establecerá al menos cuatro críticas diferentes a la religión. Primero, se muestra en desacuerdo con las intenciones facciosas de los religiosos; para ello utiliza el ejemplo del emperador Juliano quien durante su mandato se lamentaba de las sediciones, las intrigas y la violencia en la que desembocaban distintos cultos religiosos, incapaces de actuar con razón para convencer a sus feligreses. En segundo término, se niega a aceptar el celo bárbaro de los religiosos, aquel mismo que los “anima contra las letras y las artes”, contra todas las pasiones del hombre, a las cuales censura y condena severamente.

El tercer blanco de sus críticas es la sacralización de la Biblia; al respecto, Diderot considera que no hay en los escritos de este libro la suficiente autoridad como para obedecer sus prescripciones. “Los profetas escribían mal y como entendían” –asegura el autor-, y los pocos historiadores que pudieron escribir en esa época fueron duramente censurados por la iglesia. En la Adición a los Pensamientos, Diderot añade un argumento más a esta cuestión: la exégesis ha sido la excusa continua de los religiosos para hacer lo que les place; han dispuesto de todas las Escrituras a su voluntad: “San Lucas dice que dios padre es más grande que dios hijo, pater major me est. Sin embargo, despreciando un pasaje tan formal, la iglesia pronuncia anatema contra el fiel escrupuloso que se ciña literalmente a las palabras del testamento de su padre”.

Es verdad (como hizo notar hace unas décadas García-Pelayo) que ni siquiera los libros santos escapan con el tiempo a cierto proceso de profanación. En la época de Diderot esto es cierto, básicamente, a razón de la actitud crítica de aquel entonces; si antes la divinidad de la Biblia no se puso en tela de juicio, en el siglo XVIII esta tuvo que afrontar una crisis de grandes proporciones. Sin embargo, en el seno del cristianismo o de cualquier religión es evidente la necesidad de sacralizar sus obras y de no aplicar en ellas una lectura analítica, entiéndase cuestionadora, puesto que eso equivaldría a ir en contra de la fe que mantiene viva su creencia [4].

El otro punto critico de Diderot se centra en los falsos prodigios en los que se basa la religión para sostener sus ideas: milagros, héroes, hazañas, toda clase de superchería ha sido utilizada a lo largo de la historia para afectar la imaginación de los hombres y someterlos con la fuerza de lo incomprensible. Todos deberíamos osar negar esas fábulas de las que se nutren los religiosos, porque ninguna de ellas prueba nada en realidad. “Abandona esos privilegios –insta Diderot- y razonemos, estoy más seguro de mi juicio que de mis ojos”. ¿Acaso es tan difícil para un dios todopoderoso explicarse no por vía supersticiosa, sino a través del entendimiento?

“El ejemplo, los prodigios y la autoridad pueden hacer ingenuos e hipócritas: únicamente la razón hace creyentes”, y nadie –piensa Diderot- podría convertirse a la religión merced al ejemplo de San Agustín o los apóstoles, sino gracias al empuje de la razón. Esa era la experiencia de Diderot en aquel entonces (1746), incompleta, es obvio, porque rechazadas la fe y las creencias tradicionales, se le dificultaba hallar pruebas convincentes de dios y, así, apenas afirmaba que se mantenía en su religión porque la consideraba buena en tanto accesible a cualquiera.

De a momentos parece que germinaran en Diderot ciertos matices de idealismo: non est veritatis judicium in sensibus (el juicio de la verdad no está en los sentidos), atrincherándose en la convicción de que dios debe ser probado por su inteligencia; otras veces asistimos a un Diderot materialista, hablando del orden de la Naturaleza y entusiasmándose con las tesis del caos y el origen espontáneo. Pero, al final de los Pensamientos, la tarea que se había planteado como propia empieza a complejizarse hasta el punto de renunciar, podríamos decir, a ella: “no puedo reconocer la infalibilidad de la iglesia hasta que la divinidad de las escrituras no me haya sido demostrada. Heme aquí en un necesario escepticismo”; y en el aforismo LIX declara: “conozco suficientemente las pruebas de mi religión y afirmo que son considerables, pero, aunque lo fuesen cien veces más, el cristianismo aún no me ha sido demostrado”.

Veinticuatro años después, en la época de la Adición a los Pensamientos, el escepticismo en el que termina su primera obra se ha convertido para Diderot, prácticamente, en ese ateísmo absoluto del que antes nos hablara. Sigue convencido de la incompatibilidad de la fe y la razón, pero ya no habla de “su” religión, ni siquiera de su posibilidad: “Una religión verdadera –asegura-, que interesa a todos los hombres en todas las épocas y en todos los lugares, debió ser eterna, universal y evidente; ninguna posee esos tres caracteres. Todas por consiguiente, han sido demostradas como falsas por partida triple”. Y la cuestión presenta las mismas dificultades al referirse a dios; línea tras línea, la Adición a los Pensamientos sólo deja ver diatribas, sátiras, contradicciones, absurdos de esta creencia. Con estas palabras concluye aquel texto:

“Un hombre había sido traicionado por sus hijos, por su mujer y por sus amigos; socios infieles habían distraído su fortuna y le habían arrojado a la miseria. Transido de odio y un profundo desprecio por la especie humana, abandona la sociedad y se refugia solo en una caverna. Allí, los puños apoyados sobre los ojos, y meditando una venganza proporcional a su resentimiento, decía: ‘¡Perversos! ¿Qué haría para castigarles por sus injusticias y hacerles lo desgraciados que merecen? ¡Ah! ¡Si fuera posible imaginar… obsesionarles con una gran quimera a la que concedieran más importancia que a su vida y a partir de la cual no pudieran jamás entenderse!...’ Al instante surge de la caverna gritando: ‘¡Dios! ¡Dios!’ Este nombre terrible es transportado de un lado a otro y escuchado por doquier con admiración. En un principio los hombres se postran, a continuación se levantan, se interrogan, disputan, se irritan, se anatematizan, se odian, se degüellan entre sí, y el fatal deseo del misántropo se cumplió. Porque tal ha sido en el pasado y tal ha de ser en el futuro, la historia de un ser siempre igualmente importante e incomprensible” (Págs. 89-90)
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Los Pensamientos Filosóficos son una muestra formidable del pensamiento ilustrado. Curiosamente, en el mismo año de la muerte de Diderot, 1784, Kant publicaba en Alemania su Respuesta a la Pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, en cuyo apartado VII se encuentran unas líneas que podrían describir el contraste entre el ánimo racional de Diderot y sus dificultades de realización: “Falta mucho todavía para que la totalidad de los hombres, en su actual condición, sean capaces… de servirse bien y seguramente del entendimiento propio sin la dirección de un extraño en cuestiones religiosas. Sólo que ahora se les abre el campo para trabajar libremente hacia ese fin, y los obstáculos para una ilustración general o para la salida de su culpable minoría de edad son cada vez menores, cosa de la cual tenemos claros indicios” [5]. Desde entonces han pasado dos siglos y medio, pero todavía hoy continuamos viendo a la religión inyectando su virus de ceguera y podredumbre por doquier.


NOTAS:

[1] COLLISON, R. & PREECE, W. (1997) Enciclopaedias and Dictionaries; en The New Encyclopædia Britannica (Vol. 18). U.S.A.: Encyclopædia Britannica. p. 274.
[2] MCPHEE, Peter (2003) La Revolución Francesa, 1789-1799. Barcelona: Editorial Crítica. p. 38.
[3] MANUEL, Frank et al (1997) Systems of Religious and Spiritual Belief; en The New Encyclopædia Britannica (Vol. 26). U.S.A.: Encyclopædia Britannica. p. 567-568.
[4] GARCÍA-PELAYO, Manuel (1981) Los Mitos Políticos. Madrid: Alianza Editorial. p. 376.
[5] KANT, Immanuel (1986) Respuesta a la Pregunta: ¿Qué es la Ilustración?; en Revista Argumentos No. 14-15/16-17. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. p. 39-41.

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