AUTOR: Stefan Zweig
TÍTULO: Veinticuatro Horas de la Vida de una Mujer
EDITORIAL: Círculo de Lectores, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1970
PÁGINAS: 150
TRADUCCIÓN: María Daniela Landa
RANK: 6/10



Por Alejandro Jiménez
En ocasiones, el lector tiene que afrontar el derrumbe de sus expectativas, el sinsabor que le dejan algunas obras, y esta es una experiencia que resulta especialmente triste cuando lo que hay en frente de él pertenece a un escritor de fama universal. Yo no diré que esto fue, con todo su rigor, lo que me sucedió al leer este libro de Stefan Zweig, pero sería engañoso afirmar que su lectura me ha sorprendido; por el contrario, al final, he quedado con la sensación de no haber sido convocado en esta oportunidad a uno de esos espacios perturbadores y sublimes que caracterizan a las grandes obras.

Es mi primer acercamiento a Zweig, y tal vez no he dado con su libro más notable, pero, de cualquier modo, tenía muchas expectativas debido al renombre que tienen sus biografías (Paul Verlaine, María Estuardo, Romain Rolland) y, sobre todo, por la penosa situación de exilio que vivió durante años, la misma que lo llevó a tomar la decisión de suicidarse junto a su esposa –Lotte- en 1942 [1]. Lo uno y lo otro están presentes en esta obra, es decir, una escritura equilibrada y una preocupación seria por los asuntos morales, pero aún así, el resultado no llega a inquietar como debiera.


Me parece encontrar la raíz de esto en dos puntos particulares: en primer lugar, Veinticuatro Horas de la Vida de una Mujer es una obra eminentemente burguesa y, en consecuencia, generada desde una proyección ideal. Esto significa que la acción pesa menos en ella que el debate sobre las ideas (sobre el pecado, el adulterio, la inmoralidad), todo asume allí una carga metafísica muy fuerte. El espacio, la realidad fáctica están por debajo, unas veces de la inconsciencia y, otras, de la racionalidad pura.

En segundo término, la novela es excesivamente esquemática, no hay transgresiones formales y mucho menos de lenguaje. Los inicios de los capítulos intermedios son idénticos, el recato de la narración se transforma con frecuencia en un pudor incómodo, y, por último, el nudo de la historia –la aventura de Mrs. C. con un hombre menor-, se ve forzado demasiado para que alcance a ofrecer toda la reflexión que el autor desea.

Para otro tipo de lector, el idealismo y la forma narrativa de Zweig –en este texto- no representarían un inconveniente; en cambio, para quienes hemos sido educados en la tradición de Sartre, esto es, en la convicción de que la novela debe funcionar de modo inductivo, proponiendo las situaciones y fenómenos para desprender de ellos las cuestiones abstractas, la obra tiene un carácter indeterminado. Es una sublimación del idealismo burgués, como bien lo hace notar René Lourau:

“El tribunal que juzga Les Fleurs du Mal y Madame Bovary reprocha a los dos autores el representar o sugerir elementos de la realidad que valdría más mantener en la institución burguesa de la ‘vida privada’ en lugar de llevarlos a la institución literaria. Pero hacia el final de siglo el tema del hastío, de las neurosis invade la poesía y la novela. La literatura tomando por objeto la desviación, la enfermedad, la locura, permite, a una capa social, sublimar las perturbadoras contradicciones del sistema capitalista” [2]

Stefan Zweig nació en el seno de una familia acomodada y, como tal, su obra no pudo desprenderse jamás del pensamiento burgués. La prueba más fehaciente de ello se encuentra en el carácter cultural de sus libros y la estimación que tuvo de lo universal por encima de lo concreto; se ha dicho que Zweig “no pudo sustraerse de la terrible prueba que para él fue el hundimiento de la civilización… era demasiado para su naturaleza tan estrechamente ligada al destino de los hombres y a los sagrados valores de la cultura… no pudo creer ya en la comprensión humana”.

En términos prácticos, esto significa que Zweig vivió el mundo a partir de una interpretación a priori de lo humano, de lo que deberían ser sus valores y comportamientos. Su drama, en este sentido, es que la realidad refleja una dinámica totalmente diferente, y él no posee las herramientas para cambiarla o comprenderla desde otra óptica: ni su gigantesca biblioteca, ni su amistad con personajes de la talla de Freud o Einstein, pudieron proveerlo de una forma efectiva para salir de su idealismo; incluso, en el caso del psicoanálisis, pareció tener un desenlace contrario, o sea, hundirlo más en el campo del pensamiento.

Con todo, Veinticuatro Horas de la Vida de una Mujer brinda dos reflexiones bastante interesantes, la primera, centrada en la moral y, la segunda, en el papel que asume el inconsciente en nuestra vida. Pretendo indagar aquí un poco al respecto, después de hacer una pequeña síntesis de la novela.

La historia de Mrs. C.

En la lujosa pensión de La Riviera se da cita un grupo de amigos que, como en otras ocasiones, desea pasar el tiempo en medio de tertulias y contemplaciones. Esta vez, sin embargo, la tranquilidad se verá rota por la presencia de un joven francés que se ha unido a ellos, agradándolos con su desenvoltura y buen temple pero, luego, desconcertándoles, al huir en compañía de Mme. Henriette, una joven casada y con dos hijos, a quien no le ha importado abandonar a su familia y escapar con ese hombre que apenas conocía.

La situación hace que cada quien forme su propia opinión: uno, juzga a la muchacha duramente, tachándola de inmoral y ramplona; otro, ve en el asunto una prueba más del pecado humano; aquel, se lamenta por la suerte de los niños. Sólo, Mrs. C. y nuestro narrador –que siempre permanece anónimo- evitan señalar a la muchacha, explicándose las posibles razones que existan para su comportamiento. Reunidos, pues, hacen un discernimiento juntos, y antes de que la señora marche de la pensión le pide al narrador escuchar una historia que no ha compartido con nadie más.

Lo que quiere referirle Mrs. C. es algo que sucedió un día, cuando tenía 42 años, y que está muy relacionado con lo que ha hecho Mme. Henriette. Ella, Mrs. C., había nacido en una familia aristocrática, y creció sin ningún tipo de privaciones; se casó como lo hacen todas las mujeres de su tipo, y tuvo dos hijos. Pero, puesto que su marido murió y sus hijos la abandonaron, se dedicó a viajar por toda Europa. En uno de esos viajes visitó Montecarlo, lugar en el que una experiencia haría que su vida se transformara radicalmente.

Sucede que Mrs. C. encontró en un casino de la ciudad a un hombre que la atrajo; el movimiento de sus manos (suaves y audaces, repentinamente desesperadas) se apoderó de su atención. Espiándolo, pasó un rato hasta que aquel perdió todo y marchó fuera. Mrs. C. se atrevió a seguirlo sospechando que el hombre sería capaz de cometer una locura y, efectivamente, sentado en una silla del parque su semblante bajo la lluvia tenía el cariz de un suicida. Después de mucho increparse sobre el modo de actuar, la mujer se atrevió a hablarle, lo convenció de irse con ella y, al llegar al hotel, por alguna razón, no pudo apartarse del sujeto.

Mrs. C. omite los pormenores de aquella velada, pero lo que es cierto es que, a la mañana siguiente, ella despertó desnuda junto al hombre, por lo cual, avergonzada se alistó rápidamente para irse. Sólo que, al mirar por última vez al individuo, descubrió en su rostro un cambio increíble: ya no tenía el aspecto apesadumbrado de la noche anterior, sino una luz y un ánimo entrañables. Así, habló al muchacho, le indicó que permaneciera allí un poco más, y lo citó en la tarde para almorzar juntos.

Lo que descubrió Mrs. C. al salir a la calle es que no se sentía mal después de lo acontecido; estaba feliz por haber salvado la vida de un hombre, por haber sido parte en la construcción de esa felicidad. Por ello, cuando volvió a encontrarse con él, le propuso darle el dinero necesario para saldar sus deudas, y pagarle un tiquete a Génova, en donde podría arreglar las relaciones con su familia, a la sazón, maltrechas por el juego. A todo esto asintió el hombre, proyectando en su rostro una gratitud infinita.

Pero he aquí que después de recorrer juntos las calles de Montecarlo, de visitar la iglesia y pasar una tarde inolvidable, se separaron con la promesa de verse de nuevo en la noche. Mientras se preparaba en su hotel, Mrs. C. determinó que marcharía con el hombre, permitiendo que esa especie de locura de las últimas horas cambiara su vida definitivamente. Mas, el choque con una prima suya le hizo llegar tarde a la estación y, por tanto, perder la ilusión de escapar con aquel hombre. Triste, caminó por las calles que hace apenas unas horas recorriera con él, y regresó al casino en donde lo vio por vez primera.

Allí, para su sorpresa, estaba de nuevo el hombre, gastando cada uno de los billetes que ella le dio. Mrs. C. comprobó que aquel sujeto era un ludópata y que jamás podría redimirse, que toda la felicidad que sintió creyendo haberlo cambiado no era más que una mentira, una ilusión. El hombre no se inquietaba ante la presencia de Mrs. C., y apenas la mujer exigió que diera valor a su palabra, aquel le lanzó los billetes prestados por la cara y le pidió que lo dejara tranquilo, cosa que hizo ella, no volviendo a verse nunca más con él, pero condenada a tenerlo en la mente por el resto de su vida.

El juego de la moral en Zweig

Como puede observarse, en el argumento de Veinticuatro Horas de la Vida de una Mujer hay, al menos, dos núcleos de debate moral. El primero y más importante es el que tiene que ver con los comportamientos de Mrs. C.; el segundo, se desprende de las actitudes de Mme. Henriette. Aunque son dos historias diferentes, comparten ciertos rasgos como lo son el deseo amoroso y el quebrantamiento de las reglas sociales. Así pues, los tomaré a modo de unidad en lo sucesivo.

Al hablar de asuntos axiológicos, generalmente se estiman 3 puntos de referencia: el yo, el otro y –para los creyentes- dios. En efecto, toda acción que llevamos a cabo es susceptible de analizarse desde estas tres ópticas; si yo, por ejemplo, cometo adulterio, a nivel moral esa acción me lleva a mí, en primer término, a una reflexión de tipo consciente (¿por qué lo he hecho?, ¿qué buscaba con ello?); del mismo modo, implica asumir posibles juicios éticos de otros (de mi esposa, de mis hijos, de quienes me conocen); y finalmente, dios, como instancia suprema de la moral, estaría en la facultad de juzgar mi comportamiento.

En esta obra de Zweig, la moral es un debate particularmente amplio con relación al yo, en menor grado con relación al otro, y es inexistente la reflexión religiosa. En este sentido, voy a centrarme en los dos primeros:

La moral del yo. Si se habla de moral del yo, y antes se ha aclarado que son Mme. Henriette y Mrs. C. las protagonistas activas de la historia, pues a ellas es a quienes debemos remitirnos para un análisis de este tipo. Ahora bien, Mme. Henriette no aplica ningún juicio a sus actos, simplemente escapa con aquel joven francés que la corteja, de suerte que nos es imposible saber qué justificaciones asume ella para defender lo que hace. En cambio Mrs. C. sí desarrolla a través de su relato una lista de argumentos morales para tratar de encontrar un sentido a sus comportamientos.

En definitiva, ¿qué es lo que hace Mrs. C.? Ella se ve involucrada en una relación con un hombre menor, al parecer sostiene relaciones sexuales con él, aun cuando acaba de conocerlo; deja que sus pasiones crezcan obstinadamente, usurpando su lugar a la razón; y, mientras trata de ayudar al hombre en su condición de ludópata, va en contra de un conjunto de normas sociales que, hasta ese momento, no hubiese puesto en tela de juicio. A este comportamiento es al que ella debe dar respuesta.

Lo primero que llama a su favor la protagonista de Veinticuatro Horas de la Vida de una Mujer es la soledad. Mrs. C. nos cuenta cómo, después de la muerte de su esposo, a quien ha amado como exige su papel, se ve arrojada a una existencia solitaria; sus hijos emprenden sus propios destinos, y no hay nada ya que pueda llenar su campo emocional. ¿Una mujer que está sola, no puede permitirse acaso una aventura como la de ella? Mme. Henriette tenía sus hijos cerca y un esposo que la amaba, pero Mrs. C. no tiene a su lado a nadie más.

La mujer justifica también sus acciones apelando a lo minúsculo, lo pequeño que resultan estas en el gran conjunto de su vida. Ya, en el capítulo segundo del libro, declara: “con frecuencia me he dicho a mí misma, hasta volverme loca, cuán poca importancia tiene, dentro de una larga existencia, el haber obrado mal en una sola ocasión”. Esto no significa, por supuesto, que la protagonista supere el conflicto moral reduciéndolo en tamaño; más bien, es una especie de paliativo al que ella acude para no desesperarse, pues como bien lo postuló Séneca “innumerables son las cualidades de las culpas; y uno solo es el defecto del vicio, que es el descontentarse de sí mismo” [3].

Un tercer argumento a favor lo encuentra Mrs. C. en su concepción de sí misma como santa. Ella descubre que el acto de cambiar la vida de aquel hombre, poseído por los problemas del juego, es lo que la arrastra a las complicaciones (a pasar una noche con él, a indisponerse frente a las normas, a apasionarse desmedidamente), pero, en tanto que el fin es redimirlo, todos estos problemas constituyen para ella medios, incluso, necesarios de liberación. De alguna manera, esa redención es suya también, y por eso su felicidad es el saber que el hombre –en apariencia- ha cambiado el vicio por la compostura.

Finalmente, Mrs. C. piensa que no puede culpársele de sus acciones en tanto que estas son producto de una pasión: ¿quién puede controlar ese impulso inconsciente que acomete a nuestras vidas? A inicios del capítulo cuarto, la mujer parece tener esto claro: “mi conciencia, terriblemente lúcida, nada comprende”, es un juego de la emoción lo que ha impulsado su comportamiento. Todo para ello repercute en un cuadro de complicación moral, al modo como lo entiende Adam Schaff:

“Decimos que una situación es moralmente contradictoria cuando una acción humana que, según el sistema de valores aceptado, debe producir resultados positivos, conduce al mismo tiempo a resultados que son negativos según el mismo sistema de valores. En este caso, el hombre experimenta al mismo tiempo impulsos morales que le obligan a la acción, y otros que le apartan de ella. De esta forma nace un conflicto moral” [4]

El dilema de Mrs. justamente radica en el hecho de sentir que sus acciones han sido impulsadas, en buena medida, por la pasión y el inconsciente, pero aun así, querer encontrar alguna razón positiva que pueda explicar su comportamiento. Asimismo, la protagonista reconoce que lo que vive escapa al deber ser, pero no puede sustraerse de ello, incluso, se inclina hacia un abierto deseo de continuar, y esto también genera en ella una contradicción moral.

El juicio del otro. Hasta aquí hemos visto el mundo moral de Mrs. C. desde su propia óptica. Si no insistiéramos en la presencia del otro en todo asunto moral, tendríamos una visión subjetiva del mundo; así, pues, es necesario rastrear la visión del testigo para identificar aspectos comunes y diferentes entre ambas miradas.

Una primera observación del otro sobre la moral se halla en el capítulo inicial de la novela. Allí, a propósito de Mme. Henriette, la esposa de un alemán asegura que existen dos clase de mujeres: “las honestas y las de temperamento de cocotte”, es decir, las cuerdas, y aquellas que se dejan arrastrar por sus instintos. Esta es una aseveración universal, puesto que abarca la totalidad de las mujeres, y tanto Mme. Henriette como Mrs. C., entran en esa segunda clase, puesto que su vicio las aleja, necesariamente, de la razón.

Este punto de vista coincide con otro más para el cual si una pasión puede hacer comprensible un crimen “todo juicio moral carecería en absoluto de sentido y toda transgresión a las buenas costumbres estaría justificada”. Ambas posiciones parten de la certeza por la cual la virtud debe ser siempre el único eje orientador de nuestra conducta; el hombre o la mujer que no actúa conforme a ella, no puede justificar su falta, pues ha sido su consciencia misma la que lo ha engañado a la hora de decidir.

Bajo esta luz, Mme. Henriette y Mrs. C. están condenadas; la sociedad no debe permitirse analizar las razones de su “locura”. Sólo el narrador de la historia parece brindar a las dos mujeres una voz amable. “No veo por qué he de adoptar el papel de juez –dice-; prefiero actuar de defensor. Personalmente, me causa mayor satisfacción comprender a los hombres que condenarlos”. Él alzará su voz para defender a Mme. Henriette de los juicios que el grupo establece apenas se enteran de su huida y, luego, durante el relato de Mrs. C. no moverá un dedo condenatorio, ni siquiera en aquellos momentos en los que la narración de la mujer alcanza su mayor irreverencia:

“…Si aquel hombre me hubiera abrazado y me hubiese pedido que le siguiera hasta el fin del mundo, no habría vacilado en deshonrar mi nombre y el de mis hijos; hubiera partido con él, indiferente a todas mis amistades y a todas las conveniencias sociales…, hubiera partido con él, como acaba de hacerlo Mme. Henriette con el joven francés a quien, el día antes, no conocía aún…, y no hubiera preguntado hacia dónde ni por cuánto tiempo, ni hubiera dirigido una sola mirada hacia mi pasada existencia…; y mi fortuna, mi honor, mi reputación, todo lo hubiera sacrificado por aquel hombre…, incluso me hubiese prestado a pedir limosna y probablemente no existe bajeza en el mundo que no hubiera cometido por él. Todo lo que llamamos pudor o respetabilidad entre los hombres, lo hubiera arrojado lejos de mí si él, sólo con una palabra, con un gesto, hubiese intentado llevárseme… ¡Tan seducida me sentía por él en aquellos instantes! (Págs. 130-131)

Zweig hace un juego con su narrador: este se mantiene equilibrado para no influir en el juicio que el propio lector hace sobre semejante comportamiento de la protagonista; busca, como antes le ha hecho decir al hombre, que comprendamos antes de condenar, que escuchemos antes de dictaminar, y también que veamos un poco en nosotros mismos para determinar qué tanto de la Mrs. C. hay en cada uno de nosotros.

Sobre el inconsciente

Stefan Zweig trabó amistad con Sigmund Freud durante años, inclusive llegó a escribir documentos acerca de su vida y trabajo. En Veinticuatro Horas de la Vida de una Mujer es evidente el entusiasmo de nuestro autor por las ideas del padre del psicoanálisis, y es así que las alusiones a los procesos inconscientes del hombre son usuales en la novela.

Obviamente, se trata de una cuestión que opera en el plano interior de los personajes, en concreto de Mrs. C., y que se identifica con facilidad en el lenguaje y la forma como ella describe su experiencia. Casi que todo ese largo relato de Mrs. C. tiene la naturaleza de una regresión psicoanalítica; ella vuelve a una época lejana, reconstruye lo vivido, y lo pone sobre la mesa para que el lector –el psicólogo- pueda encontrar las relaciones, los enclaves de toda su existencia.

En ese relato, y más allá de esos motivos más o menos racionales que cita Mrs. C. para su aventura (la soledad, lo minúsculo, la santidad), lo que se pone de relieve es la superioridad de su vida inconsciente, es decir, de todas aquellas formas de vivir el mundo que no están dominadas por la razón: la emoción, la pasión, el placer. Un vistazo a las palabras con las que describe a aquel hombre del que se enamora, dejan ver esto:

“Nunca (lo repito aún de nuevo), nunca había visto un rostro en el cual se reflejara tan abiertamente, tan impúdicamente, la pasión, el instinto; yo permanecía inmóvil, atraída por la locura de su expresión, tan intensamente como él lo estaba por los movimientos y los saltos de la bolita. A partir de ese momento no vi ya otra cosa en el salón; todo se me antojó vago, sordo, borroso, oscuro en comparación con el fuego que emanaba de aquel rostro; habiéndome olvidado de la gente que me rodeaba observé quizá durante una hora únicamente a aquel hombre y cada uno de sus menores gestos” (Págs. 65-66)

Si en el anterior fragmento subrayamos palabras como pasión, instinto, locura, borroso, etcétera, pronto podrá el lector hacerse una idea del tipo de personaje al que se enfrenta y, ante todo, a la manera como ese personaje vive y expresa sus experiencias. Las alusiones a esta vida inconsciente están muy por encima en número y calidad a aquellos espacios en los que Mrs. C. intenta explicarse racionalmente. En el cuarto capítulo dirá en tono más claro aún “si caí fue de manera inconsciente, sin intervención alguna de mi voluntad”, y en el quinto, “el día anterior todo fue un azar, una embriaguez, un arrebato de locura de dos seres que desvarían”.

La forma en la que Mrs. C. se desenvuelve y entiende las cosas, incluyendo allí aquellas que tienen que ver con su relación con aquel hombre, tiene una orientación emotiva, no consciente. Así puede entenderse si atendemos las palabras de Sartre:

“…El origen de la emoción es una degradación espontánea y vivida de la consciencia frente al mundo. Lo que esta no puede soportar de un determinado modo, trata de aprehenderlo de otro, adormeciéndose, acercándose a las consciencias del sueño, del ensueño y de la histeria. Y el trastorno del cuerpo no es sino la creencia vivida de la consciencia en tanto que vista desde el exterior” [5]

En el caso de Mrs. C., la vida consciente –racional- no es la que domina sus actos; si fuese así, lo más posible es que, de entrada, hubiese rechazado verse involucrada en una relación que es señalada por las normas sociales (ella es mayor, no conoce al hombre totalmente) y morales (el respeto de sí misma, su condición como madre). Es otra forma de vivir, o como dice Sartre otra manera de aprehender, lo que le permite experimentar aquella aventura con el hombre, gozarla y sufrirla en sus determinados momentos.

Zweig insiste en este punto. Cuando Mrs. C. apenas conoce al hombre, ya vimos cuál es la clase de atracción que siente: es una que entorpece sus sentidos, una fijación aislante. Después, cuando lo salva del suicidio que seguramente cometería sin su intervención, lo hace apelando a una fuerza instintiva, casi mística. A su vez, cuando intenta sacar en claro por qué razones ha pasado la noche con el hombre, sólo haya respuestas como el azar, la locura o el apasionamiento.

En el momento en que Mrs. C. se siente enamorada afloran todavía con mayor fuerza los puntos inconscientes de su vida; afirma que sería capaz de ser la esclava de aquel hombre, de sucumbir en cualquier bajeza, de renunciar a los honores y la sociedad; y todas estas son afirmaciones que sólo pueden emanar de una persona en la que la fuerza de lo emotivo ha ganado la batalla frente a la sensatez y el sentido común.

Y lo mismo sucede cuando la protagonista siente que ha sido defraudada en esta aventura, cuando observa que para aquel hombre, en el fondo, no es una santa ni alguien que le interesa. Entonces vendrá un sufrimiento, casi una histeria, y un debilitamiento absoluto de su voluntad. En Mrs. C. no hay un fracaso racional, medido como resultado de sus acciones, sino la caída de ese mundo de sueños y desviaciones que había construido merced al privilegio de la inconsciencia en su vida.
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Veinticuatro Horas de la Vida de una Mujer es una novela ciertamente idealista; sin embargo, Stefan Zweig hizo en ella una buena proyección moral y de debate que puede asumirse según el criterio del lector.


NOTAS:

[1] Todavía es materia de discusión si la muerte de Zweig se debió a una decisión propia o a un asesinato perpetrado por agentes nazis. Me atengo aquí a la versión más corrientemente aprobada del suicidio, pero los invito a leer alguno de los muchos artículos que sobre este asunto pueden encontrare en la red, como el de stefanzweig.eu.
[2] LOURAU, René, et al (1971) La Institución del Análisis. Barcelona: Editorial Anagrama. p. 67.
[3] SÉNECA, Lucio Anneo (1943) Tratados Filosóficos. Buenos Aires: Editorial Emecé. p. 129.
[4] SCHAFF, Adam (1965) Filosofía del Hombre: ¿Marx o Sartre? México: Editorial Grijalbo. p. 140-141.
[5] SARTRE, Jean-Paul (1983) Bosquejo de una Teoría de las Emociones. Madrid: Alianza Editorial. p. 108.

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