AUTOR: José María Arguedas
TÍTULO: Todas las Sangres
EDITORIAL: Círculo de Lectores, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1973
PÁGINAS: 536
RANK: 9/10




Por Alejandro Jiménez
José María Arguedas (1911-1969) es una figura trágica de la literatura peruana, y lo es no sólo a raíz de su suicidio, una idea que lo persiguió durante toda su vida, sino también debido a ese duro sincretismo que personificó entre el mundo indígena y el occidental, entre el compromiso político y la creación, entre su vida personal y la sociedad. Arguedas fue un hombre tensado desde muchos puntos, destinado a vivir con profundidad el mundo complejo e indefinido de los Andes que, para el caso del Perú, siempre ha tenido el aspecto de un espacio ajeno, incluso, incompatible con los presupuestos de la modernidad.

Ante una presencia como la suya, la de Arguedas, es inevitable sentir que el pensamiento latinoamericano ha madurado a golpes de dolor, inmerso en la lucha contra el colonialismo, y que ha debido soportar los embates del propio miedo, la dependencia, la indolencia y el olvido. Su obra llega para proveernos de las bases con las cuales es posible construir un nuevo territorio, menos marcado por las diferencias, más próximo al sentido convergente y amplio que nos caracteriza; por ello, en sus palabras, lo telúrico, lo indígena, lo globalizado, todo tiene su lugar, y se levanta, justamente, como una conjunción única, la latinoamericana:


“La literatura latinoamericana nace mezclada e impura, e impura y mezclada alcanza sus más altas expresiones. No hay en su historia nada que se parezca a la ordenada sucesión de las escuelas, las tendencias y las épocas que caracteriza, por ejemplo, a la literatura francesa. En ella nada termina y nada está separado. Todo tiende a superponerse y a fundirse. Lo clásico, con lo romántico; lo antiguo, con lo moderno; lo popular, con lo refinado; lo racional, con lo mágico; lo tradicional, con lo exótico. Su curso es como el de un río, que acumula y arrastra aguas, troncos, cuerpos y hojas de infinitas procedencias. Es aluvial” [1]

En esencia, ese término, aluvial, define perfectamente a Arguedas, y lo hace en una doble connotación: en primer lugar, como alguien que recoge en su obra materiales que pertenecen a distintos ámbitos (al indio, al serrano, al citadino, al extranjero) para reunirlos en un solo conjunto, aquel que debe dar cuenta de la identidad peruana; y, por otra parte, aluvial como una corriente semejante a la del agua, capaz de descorrer ese paisaje que oculta la verdadera realidad: la injusticia y pesadumbre en que viven millones de hombres y mujeres.

Esta labor de síntesis y denuncia exigió siempre de Arguedas, más allá de la fuerza necesaria para su trabajo, una voluntad inquebrantable y la fidelidad hacia ese raza india que lo acogió desde su niñez (en los tiempos en que su madrastra lo destinó a vivir entre la servidumbre). Como ha dicho el mismo Arguedas, ese pueblo indio fue quien le enseñó, además del quechua, la dualidad entre el fuego y el amor: el amor que se refleja en el respeto a la naturaleza y los hombres, y el fuego que envilece a aquellos que, escudándose en razones incomprensibles, buscan someter la libertad del otro.

Hablando sobre su primera esposa, Celia Bustamante y, en concreto, sobre esa época en la que Arguedas dejó los campos y pueblos de la serranía para viajar a Lima y conocer ese otro mundo que, a la larga, nunca llegó a aceptarlo enteramente, el autor dice lo siguiente:

“Ella (Celia), su hermana Alicia y los amigos comunes, me abrieron las puertas de la ciudad de Lima, me hicieron más fácil mi no tan profundo ingreso a ella y, con mi padre y los libros, el mejor entendimiento del castellano, la mitad del mundo. Y también con Celia y Alicia empezamos a quebrantar la muralla que cerraba Lima y la costa –la mente de los criollos todopoderosos, colonos de una mezcla bastante indefinible de España, Francia y los Estados Unidos y de los colonos de estos colonos-…” [2]

Estas palabras dejan ver ya las cualidades que citamos de José María Arguedas: un deseo sincero de ampliar el sentido del Perú incluyendo en él, de modo particular, el aporte indígena, la denuncia de esa clase “todopoderosa” que, creyéndose heredera de los españoles, asume el papel de victimaria contra sus propios compatriotas y, por último, la consideración de todos aquellos elementos que estuviesen en el medio de estos dos polos. En el conjunto de la narrativa peruana, la posición de Arguedas constituye una transformación singular:

“El caso de Arguedas es particularmente importante porque ilustra sobre el destino de la corriente indigenista en estos últimos años. Arguedas y Alegría comenzaron sus respectivas obras hacia 1935, pero la obra futura del primero iba a evolucionar de un modo más personal después de 1941, año en que termina prácticamente la de Alegría, y a representar un nuevo grado de evolución del género en el Perú: el momento en que la militancia ideológica da paso a una auténtica emoción literaria, en que los personajes y sus pequeñas peripecias interiores reemplazan a las maniqueas criaturas cortadas con patrones fijos de conducta. Arguedas –él mismo un trasplantado que tiene que aprender el español en la capital- prueba que el país no está dividido entre indios y blancos, sino en infinitos estratos, en sociedades plurales, separadas por irreconciliables pero sutiles intereses que los echan a unos contra otros” [3]

Al recorrer los títulos que componen la obra de Arguedas se comprueba que este es un interés connatural a ella; no hay ninguna novela o cuento de este escritor que escape a su postura vital, la de alguien que comparte la cultura y lengua de los indígenas peruanos, pero que además siente en carne propia sus problemas y exclusión. Así, Yawar Fiesta, Los Ríos Profundos o, esta novela, Todas las Sangres, coinciden en el planteamiento de una situación social, haciéndolo desde diferentes ópticas, pero renunciando simplemente a describir, deseando actuar desde adentro para criticar y proponer nuevas vías identitarias.

En el caso de Todas las Sangres (1964) la visión de Arguedas alcanza niveles incomparables: es toda la vida peruana metida en una sola historia, en la cual pueden conocerse los indios más pobres de Lahuaymarca, pero también los dueños de los consorcios internacionales; la belleza de un monte como el Apark’ora y las miserables barricadas de Lima; gozar la altisonancia de un huayno, o sufrir los mandatos inflexibles de los jueces. Todo cabe aquí, y todo existe en tanto se relaciona con lo otro, sin lo cual resulta imposible explicarlo. En opinión de Pedraza y Rodríguez, la novela es una:

“…representación totalizadora de la realidad peruana y supone un cierto cambio de actitud. En el marco de la ciudad de San Pedro confluyen en conflicto los distintos estratos sociales, ampliamente representados. En contraste con las crisis contemporáneas, se alza una vez más el arcádico universo indígena. Se apunta, sin embargo, la idea de una transformación positiva que, superados toda clase de prejuicios, lleva a un futuro mejor. La visión patriarcal e idílica, a la que tan aferrado está el autor, ha de ceder terreno ante la necesidad de evolucionar” [4]

Vamos a plantear a continuación, una reflexión en torno a dos puntos decisivos de la novela: primero, sobre el tipo de sociedad que hay en la historia y sus relaciones con otras presentes en la literatura latinoamericana; y, segundo, sobre la posición de Arguedas frente a lo indígena o, mejor, y si pudiésemos hablar con esos términos, sobre su utopía. Dejaremos antes el resumen de la novela para facilitar la comprensión de lo que siga.

Síntesis de la historia

La historia inicia retratando el suicidio de uno de los grandes señores de San Pedro, don Andrés Aragón de Peralta, quien había hecho fortuna comprando y expropiando territorios pero que, a la sazón, estaba debilitado por la vejez y la conducta de sus hijos: Fermín (hombre sin escrúpulos, materialista y ambicioso) y Bruno (condenado por la lujuria y el deseo). El viejo les advierte sobre la maldición que caerá sobre ellos si no corrigen sus acciones, permite que los indios entren a su casa y se lleven lo que quieran en compensación por el modo como los trató en el pasado y, luego, encerrado en su cuarto, decide matarse.

Tras esto, los hermanos iniciarán sus planes particulares: Fermín, la explotación de las minas, en especial la del Apark’ora; y Bruno, una vida de reposo en su finca “La Providencia”. Ahora bien, como el trabajo en la mina requiere mucha mano de obra, Fermín pedirá a su hermano 500 de los indios que tiene bajo su poder, petición a la que este accederá, después de ciertas reticencias, y a pesar de considerar que no vendrá nada bueno de aquello para el pueblo.

Entre los siervos enviados a la mina está Rendón Willka, un indio que inquieta por su forma de actuar y desenvolverse. Especialmente para Fermín, su esposa Matilde y el ingeniero Cabrejos, el hombre resulta sospechoso; lo relacionan con aquellos indios que, después de viajar a Lima y aprender español, terminan actuando como comunistas. Y, en efecto, Willka, que conoció en su niñez las humillaciones de las que son víctimas los indios por parte de mestizos y señores, ha viajado a la capital y viene a luchar por la dignificación de su raza.

Por ello, como se irá descubriendo, el verdadero enemigo de Fermín no es Willka, sino Cabrejos, pues este ingeniero trabaja en secreto para la Wisther and Bozart, una compañía que desea explotar la mina en caso de encontrarse algo valioso en ella. Este hecho lleva a Cabrejos a manipular constantemente a personas para obtener información, incluso, paga al mestizo Gregorio para que entre clandestinamente a la mina y asuste a los indios simulando el grito de Amaru, una acción con la que desea entorpecer el trabajo de aquellos hombres, pero que, a la larga, será el inicio de su fin, pues una explosión provocará la muerte de Gregorio y, los indios, que han sido advertidos por Willka de lo que sucede, entenderán cuáles son las intenciones de Cabrejos.

Entretanto, las reuniones entre los otros propietarios del pueblo empiezan a ser más constantes; buena parte de ellos (engañada por el ingeniero) desea unirse para hacer frente a la avanzada de Fermín, quien se está apoderando poco a poco de todo; sólo Asunta y Adelaida se muestran en contra de los planes de abrir a un consorcio extranjero las puertas de San Pedro. Tal es el malestar general de los vecinos que, cuando muere la madre de Bruno y Fermín, ninguno de ellos acompaña la procesión, sino que permanecen lejos de ella, viendo en los hermanos el estigma de la ambición y el pecado.

Pero esto es mentira: si bien Fermín administra casi todo el pueblo y la mina, y trata a los indios con severidad, le apuesta al progreso del Perú y; por su parte, Bruno se ha apartado de la lujuria desde que conoció a Vicenta, una mestiza que lo enamoró y lo hizo olvidar definitivamente de las otras mujeres y de los hijos desperdigados por todo lado. Es más, ante la mirada de asombro de muchos propietarios, acostumbrados a la tradicional forma de manejar a los indios (castigándolos, gritándoles), Bruno ha empezado a concederles favores, permitiéndoles comerciar entre ellos y cultivar ciertas partes de su propiedad.

A su manera, Bruno está convirtiéndose en un patriarca tolstoiano; visita las tierras de Paraybamba, sometidas por el hambre y la muerte, reorganiza el poder indígena y brinda facilidades para la siembra, todo ello impelido por un deseo de igualdad de carácter religioso. Mas, es obvio que en un pueblo como San Pedro todo esto resulte mal recibido; la ley antigua dice: “ser severo con el indio para no dejar que crezca en él el germen de la ambición”; por ello, Bruno tendrá que enfrentar las acusaciones de revolucionario (en especial las del cholo Cisneros) a veces de palabra, y otras con violencia.

Justamente, en esa defensa de su posición estará Bruno cuando se descubra el rosicler en la mina de su hermano. Lo triste es que ni él ni Fermín podrán hacer algo para evitar que el poder de la Wisther and Bozart caiga de inmediato sobre el Apark’ora. Pronto se descubrirá que el consorcio controla todo: el gobierno, los jueces, los abogados; no hay otra opción que vender los derechos sobre la mina al mejor precio, aunque eso signifique apenas un 20% de las utilidades. Es una situación compleja porque la irrupción de la compañía en San Pedro no sólo implica que las ganancias de la explotación saldrán directamente hacia el extranjero, sino también que los indios y cholos traídos de otros pueblos serán esclavizados sin control alguno.

Así, millonario es verdad, pero sin la oportunidad de gozar plenamente el descubrimiento que hizo en el Apark’ora, Fermín se marchará hacia Lima, en donde trabajará con su cuñado en el envasado de atún. Por su cuenta, Bruno ganará fama de loco: está convencido de la pureza del indígena, de su impulso para el trabajo y su espíritu cooperativo; por tal razón, nombra como albacea de su hijo (reconocido) a Rendón Willka, regala más tierras, defiende en diferentes estancias los derechos de los indios y emprende una cruzada contra aquellos que los atacan.

Lastimosamente, la llegada de la Wisther and Bozart, de sus camiones y excavadoras causará una perturbación sin precedentes: los vecinos comprobarán que no tienen lugar en los planes de la compañía, y marcharán hacia Lima (a unirse a todos los demás indios y serranos que viven en la mendicidad de las barricadas); quemarán la iglesia como acto simbólico y se lamentarán de su suerte como nunca antes. No hay posibilidad de resistirse, el consorcio se escuda en la fuerza pública, los sargentos y militares se imponen por la fuerza ante quienes protestan contra la mina, y no tienen miramientos a la hora de ajusticiar.

Esta es la época en la que, llevada por el espíritu de venganza, Asunta mata a Cabrejos, el ingeniero que vendió el pueblo a ese consorcio explotador; pero es un hecho que no soluciona nada: las atrocidades continúan; más y más obreros llegan de pueblos aledaños para trabajar en la mina, y los territorios antes cultivados empiezan a expropiarse para edificar en ellos plantas, caminos y acueductos. Es el fin de San Pedro: sobre su horizonte tranquilo ahora llegan por montones prostitutas, borrachos, indios sometidos; los ingenieros hacen y deshacen a su antojo ante la aprobación de los militares; y la lucha por la tierra entre los pocos propietarios que quedan y la compañía se vuelve encarnizada.

Al final, el panorama no puede ser más desalentador: los indios de San Pedro de Lahuaymarca serán asesinados impunemente, perderán las tierras donadas por Bruno, quien a esa altura estará en la cárcel, acusado de comunista y de contribuir al desorden público. Fermín regresará al pueblo para dedicarse al cultivo y a la cría, pero tendrá una lucha trazada con el consorcio y, por ende, el peligro inminente de morir. Asimismo, el proceso de unión indígena liderado por Rendón Willka será aniquilado casi de raíz con el fusilamiento de éste; y la Wisther and Bozart pasará por encima de cualquier respeto hacia la naturaleza o los habitantes del lugar.

El panorama social de San Pedro

Como se dijo antes, uno de los puntos que otorga mayor complejidad a esta novela es la presencia en ella de la totalidad de la sociedad peruana. Revisando su historia el lector encuentra una estructura gigantesca en la que caben por igual los sectores poderosos (las transnacionales, el gobierno), los intermedios (propietarios, terratenientes) y los pobres (indios, serranos); asimismo, también se transita en ella, no sólo por el espacio rural (conformado por las extensas propiedades de San Pedro o las minas), sino además por el urbano (especialmente el de las barricadas asentadas en Lima para dar cabida a quienes llegan desplazados o en busca de un futuro mejor).

Por este motivo, examinar aquí el panorama social resulta una tarea, por lo menos, exhaustiva. La intención nuestra es únicamente analizar algunos de los componentes que tienen más importancia a este respecto y contrastarlos con los que aparecen en otras novelas de la literatura latinoamericana. Concretamente nos vamos a referir a los siguientes: la vida terrateniente de San Pedro, las luchas políticas que se generan allí, y el impacto de la economía transnacional.

Sobre los terratenientes. Es inevitable cuando se lee Todas las Sangres sentir que estamos frente a una sociedad feudal. La simple organización de los territorios que bañan a San Pedro tiene esta configuración: son grandes propiedades que pertenecen a un hacendado (don Lucas, don Andrés), y que son trabajadas por indios que no reciben por su trabajo ninguna clase de salario, sólo comida y la posibilidad de dormir en las instalaciones construidas para tal fin.

Es más, el trato de los señores hacia los indios deja ver que estos los conciben no como trabajadores, sino como siervos que también les pertenecen y, por ende, pueden tratar a su antojo. Son usuales en las páginas de la novela las descripciones de castigos a indios a razón de una mala postura, un exceso de confianza o, incluso, el mal ánimo del hacendado.

Estos dos aspectos, sumados al valor que tiene la tierra como riqueza para los habitantes, la fuerte presencia de lo religioso y, finalmente, la inexistencia de un control estatal, son los rasgos sociales más definitorios de San Pedro de Lahuaymarca. Se trata, pues, de una zona regida por los terratenientes; en ella, la voz de los propietarios es la única que suele escucharse, ninguna más se alza para hacer una exigencia o denuncia y, porque esto así, ya puede imaginarse el grado de sometimiento a que está destinada la gran mayoría de la sociedad.

Todos estos terratenientes, empezando por el mismo padre de Bruno y Fermín, han hecho fortuna merced a dos estrategias: primera, la compra de tierras durante los periodos de crisis y, segunda, la expropiación de territorios a comunidades indígenas. En el primer aspecto, es decir, el hecho de comprar tierras pagando por ellas cualquier precio, Todas las Sangres se asocia con la novela de José Donoso, El Lugar Sin Límites; allí nos encontramos también con un espacio (el de Estación El Olivo) que, a pesar de haber tenido fama de opulento, se ha venido a menos, y ahora sólo pueden contemplarse en él los anchos viñedos de don Alejandro, ese hacendado que formó su imperio comprando a todos sus terrenos.

Es verdad que la obra de Donoso se enfoca más en la vida de pueblo, pero en ella también es una realidad la existencia de los terratenientes, y lo es en un sentido negativo, ya que la ambición y la acaparación de estos hombres impide cualquier otro horizonte que no sea el de trabajar para ellos. Eso mismo sucede en la novela de Arguedas con una profundidad superior, toda vez que ni indios, ni mestizos, ni siquiera los propietarios menores, logran constituir una contraparte al poder que tienen hombres como don Fermín o el cholo Cisneros, acostumbrados a pasar por encima de cualquier cosa con tal de seguir ampliando sus territorios. Con estas palabras se lee el proceso:

“Cuando las minas de San Pedro se agotaron, los señores que usaban vajilla y hasta bacines de plata, se vieron en la necesidad de dedicarse exclusivamente a la agricultura y la ganadería. Pero no pudieron extender sus tierras. Aprovecharon cada vez mejor las que tenían y sembraron alfalfa en lugar de maíz o trigo en muchos campos. Desde entonces empezó una lucha enconada por el reparto de las aguas de regadío que no eran abundantes. Las rivalidades entre vecinos se hicieron cada vez más enconadas y los señores se dividieron en bandos. Los menos aptos o los que tenían muchos hijos vendieron primero toda la platería de sus casas y después la tierra. El gran señor Aragón de Peralta, que no sólo fue minero sino terrateniente, compró esas tierras y la platería. Se hizo más poderoso mientras que los otros caballeros empobrecidos se hundían; sus casas señoriales perdían sus arcos con las lluvias de verano; las puertas ya sin pintura o barniz empezaban a cubrirse de polvo, a tomar el aire ruinoso de los muros, de los techos, de los grandes patios y corredores sucios. Todo el pueblo fue adquiriendo un aspecto de vejez irremediable. Los Aragón de Peralta engrandecieron tanto que permanecieron por encima de los desesperados bandos rivales, inalcanzables” (Pág. 71)

El fragmento señala una práctica usual en Latinoamérica: hombres que, dotados de una mentalidad práctica, saben aprovechar las situaciones para su beneficio, granjeándose amplias fortunas, y sin importarles que estas contrasten con la pobreza de alrededor. Más riqueza suya significa siempre más miseria para los demás y, en general, para el pueblo (Estación el Olivo, Ortiz, Comala, San Pedro, o como se llame).

Este panorama estará latente en Todas las Sangres, mostrando sus matices, hasta el momento en el que su modelo primitivo se transfigure gracias al advenimiento de un nuevo elemento: la economía transnacional. Frente al poder de los consorcios extranjeros, los terratenientes cederán terreno hasta terminar prácticamente con las manos vacías, o bien se aliarán a ellos, sabiendo desde el inicio que tendrán que ponerse aun más en contra de sus semejantes y olvidarse de cualquier pudor o vergüenza.

Las luchas políticas. Es obvio que un ambiente como el descrito anteriormente genera malestar e inconformismo entre los menos favorecidos. En el caso particular de esta novela, es notoria la división política en el seno de la sociedad, y esta incisión no pocas veces acarrea luchas violentas para quienes las personifican. Ahora, es justo distinguir que muchas de esas luchas no tienen como base una consciencia política real, sino la simple movilización de acciones que se consideran en un momento necesarias.

Por ejemplo, hay ciertos actos de resistencia por parte de los indígenas que obedecen más a un espíritu de comunidad o de protección mutua que a una consciencia, digamos, de clase. A los ojos de la Wisther and Bozart e, incluso, de los propios hacendados, toda unión que se gesta para no cumplir una orden o realizar una protesta es comunista; pero esto no es del todo verdad, pues muchas veces corresponde a algo más cercano a una fraternidad de tipo ancestral.

Se entiende que esta naturaleza de la lucha indígena no le resta su incidencia en el plano de lo político, al contrario, la hace más fuerte en el sentido de que muchas de sus formas escapan a la comprensión del hombre occidental. El mismo Rendón Willka juega con este aspecto una y otra vez durante la historia: cuando le preguntan si es comunista o aprista, dice no entender a qué se refieren esos términos, pero aun así actúa como tal: visita los cabildos indígenas, organiza el trabajo comunitario, los intercambios de productos, imprime el orgullo de la raza ante la avanzada colonizadora, etcétera.

Donde sí existe claridad sobre las posturas políticas y, por supuesto, sobre las implicaciones de la terminología es, por un lado, en los hacendados de S an Pedro (buena parte de ellos conservadores hasta los niveles del fascismo, otros, liberales con sentido patriótico –tipo Fermín-), y en los comunistas que viven en las barricadas. Lima es un escenario en el que pululan las ideas políticas, y quienes han conocido la dureza de la explotación en el campo, el trabajo como obreros en la capital y, además, están en contra de la esclavitud de los indios, pronto hacen acopio de las teorías comunistas y se convierten en emisores de la experiencia soviética. Son los que se manifiestan contra las posturas de hacendados como Lucas o Cisneros:

“…estos miserables indios aumentan mucho ahora; no sé por qué. Creo es la medicina que ha hecho desaparecer los sarampiones y pestes que principalmente se llevaban a los chicos. Y las tierras que antes les alcanzaban ahora no les alcanzan. Y tienen ahora su poco de hambre. Pero yo no estoy dispuesto a aumentarles sus parcelas. Sería el inicio de la ambición; y si ese gusano se les mete al tuétano a los indios no nos servirán ni la barra, ni el flagelamiento, ni la muerte (…) Para el colono sólo el patrón existe y ha existido siempre, como persona de quien pueda comprar y a quien deba vender. Si esta regla se quebranta, la hacienda ya no será hacienda” (Pág. 216)

Como suele suceder en Latinoamérica, quien se levanta para denunciar un pensamiento de este tipo, puede considerarse condenado. Y así sucede en Todas las Sangres, en donde don Bruno será tildado de loco por actuar con bondad frente a los indios, Rendón Willka terminará fusilado por contribuir a los levantamientos contra la mina, y todos los comunistas (indios, colonos, mestizos y serranos) se incluirán en la lista de perseguidos políticos.

La economía trasnacional. Miguel Otero Silva se encargó de escribir algunas de las páginas más tristes de la literatura latinoamericana, aquellas que corresponden al final de su novela Casas Muertas. En ellas describe el autor venezolano el modo como los últimos habitantes de Ortiz, ese pueblo que sucumbió ante el olvido, se marchan para probar suerte en las petroleras extranjeras que se están asentando lejos de allí. Nunca más Ortiz volverá a iluminarse, será una presencia apagada para quienes lo vean desde la carretera.

Hay algo que necesariamente muere cuando la economía transnacional empieza a controlar los destinos de un país; por un lado, perpetuará la pobreza y la dependencia; por otro, arrasará de modo inevitable con las costumbres, las identidades y el orden de los pueblos. Así como sucede con el Ortiz de Casas Muertas, el San Pedro de Arguedas sufre el golpe de un consorcio internacional, el de la Wisther and Bozart, que produce una ruptura social sin precedentes: el pueblo pasará sin mediaciones del feudalismo a una modernización implantada desde afuera.

Hay algo, sin embargo, que distingue al libro de José María Argudes del de Otero Silva, y es que muestra más elementos que hacen parte de la dinámica transnacional. Por ejemplo, aquí se observa ese sector de la sociedad peruana que abandera el desarrollo del país; Fermín es un hombre ambicioso, sí, y nadie podría negar que sus acciones obedecen sobre todo a un impulso de beneficio propio, pero también es verdad que no desea un Perú volcado sobre la miseria, sino, al contrario, un país que progrese, explotando sus recursos, industrializándose, etcétera.

Él es un nacionalista a su modo, quiere hacer de los Andes una nueva Inglaterra, pero pronto descubre que es imposible porque este objetivo de desarrollo y el capital privado peruano, poco efecto tienen frente a la gran maquinaria de las transnacionales: él, Fermín, puede manejar San Pedro, pero la Wisther and Bozart dispone del gobierno peruano y, en consecuencia, cualquier lucha es inútil. Esa es la gran insatisfacción del personaje de Arguedas:

“–Yo no pretendo la insensatez de destruirla (a la Wisther and Bozart), sino incorporarme a ella para variar un poco la dirección que lleva. No debe digerir únicamente para los extranjeros, sino también para los capitalistas peruanos. Este país merece ser grande, puede serlo. Únicamente el capitalismo lo conseguirá; necesitamos la satisfacción de nuestras ambiciones y no ser nada más que gusanos que engordan al monstruo extranjero. Ese monstruo debe respetar nuestras ambiciones a cambio de que nosotros respetemos las de él. Ahora no toma ni quiere tomarnos en cuenta como a socios sino como a sirvientes, como a pongos. El Perú da vergüenza: indios idólatras; analfabetos de ternura salvaje y despreciable, gente que habla una lengua que no sirve para expresar el raciocinio sino únicamente el llanto, el amor inferior. Hay que hacer de ellos lúcidos obreros de las fábricas y, muy regularmente, abrir una puerta medida para que asciendan a técnicos. El mundo futuro no es ni será de amor, de la ‘fraternidad’, sino del poder de unos, de los más serenos y limpios de pasiones, sobre los inferiores que deben trabajar” (Págs. 273-274)

Si este es el pensamiento del capitalista peruano que disputa el poder al extranjero, y en él hay un pensamiento despectivo ya frente al indígena, pues ya puede deducirse cuál es el papel que le corresponde a él en el juego de la economía transnacional, el último, el más bajo, el de aquel que simplemente trabaja para el beneficio del otro, porque ese es su destino y su suerte.

La utopía de Arguedas

Todo lo que escribió Arguedas es producto de un contexto concreto y muy próximo a él: la vida de los indígenas peruanos. Sin embargo, dado el origen común de nuestros pueblos, aquello que dijo también puede comprenderse a la luz de la realidad que viven países como Bolivia, Ecuador, México o Colombia, donde la población indígena tiene un alto porcentaje.

En todas estas naciones la pregunta por la identidad es un asunto debatido constantemente, aunque no lo suficiente como para haber ganado la claridad necesaria después de cinco siglos de mestizaje. La opinión más difundida y, tal vez, la más permeada de colonialismo, es aquella que sostiene que las comunidades indígenas son reconocidas bajo los principios constitucionales, a pesar de lo cual, se las encierra con trampas jurídicas, expropiaciones y mutilaciones culturales.

La voz de Arguedas se levanta frente a la situación ignominiosa en la que han vivido los indios desde 1492: primero, sometidos por el poder del europeo, luego, por el del mestizo. Esta tierra vio en tiempos remotos cómo se levantaba la estirpe indígena, sus vastos imperios y los más profundos y complejos conocimientos sobre el mundo y la naturaleza. Esa magnificencia ha sido atacada desde el siglo XVI al punto que hoy constituiría un esfuerzo vano el querer de nuevo un territorio enteramente indio, ya no existe, ya no es posible. Pero esto no implica que lo indígena esté destinado a la extinción, al olvido; todo lo contrario, debe rescatarse, levantarse de nuevo para que, ahora, en un nuevo contexto de sincretismo, de interculturalidad, aporte todo su brillo a una nueva clase de hombre: el latinoamericano. En este orden se entienden las palabras de Moreno-Durán:

“Habría que esperar a la obra del peruano Arguedas –edificada sobre la misma realidad evocada por Vallejo- para escuchar un reclamo válido ante la oprobiosa situación del indio, aunque esta vez con el privilegio de observar una visión en la que por primera vez dicha problemática alcanza méritos insospechados. Arguedas ve en el indio andino la misma soterrada potencia que ya había observado críticamente Martí: sólo cuando el indio se decida a andar, andará la historia de su país y, en esta marcha, el continente entero; su cultura tendrá un valor más general, real, y su situación se integrará en la gran verdad mestiza de América Latina. La realidad del Perú, como toda aquella en la que el indio constituye mayoría determinante, no tendrá perspectiva de desarrollo hasta que no integre al indio y su complejo proceso, hasta que no lo reconozca como evidencia de su dinamismo social” [5]

La utopía de Arguedas está condensada en este fragmento y, ciertamente, coincide con la posición de Martí: la historia de nuestros países sólo andará cuando el conjunto de la misma integre sin reticencias todo el espíritu de lo indígena. El futuro, el horizonte de nuestros pueblos está, así, delineado por la conjunción cultural, es el equilibrio, la armonía de todos las bases culturales que hemos tenido históricamente.

Frente a un fiero indigenismo que promueve la idea de expulsar fuera de la sociedad todo aquello que no corresponda a la primera esencia, a aquella que –consideran ellos- tiene el privilegio sobre las otras, es decir, lo inca, lo azteca o lo muisca, Arguedas propone una integración cultural, la unificación de los numerosos matices que integran nuestra realidad socio-cultural, sin imposiciones de una u otra parte, aprovechando de la mejor manera cada aporte, y desechando los vicios que han sido advertidos.

Lo indígena no puede negarse, está ahí: en el quechua, en las costumbres, en la concepción de la naturaleza, en todos esos restos del pasado que siguen germinando de la tierra para recordar su existencia. Por ello, porque es una evidencia, no puede permitirse la exclusión, la injusticia, la ferocidad contra ese otro que también es mi compatriota, y con el cual estoy unido connaturalmente; su felicidad debo sentirla como mía, pero su dolor y sus problemas, también tienen que instarme a la lucha conjunta.

En Todas las Sangres, Arguedas sostiene que lo indígena constituye la mejor alternativa para curar los vicios y pecados que América Latina ha heredado de Occidente. La ambición, el irrespeto, la indolencia, todas estas actitudes no corresponden al cuadro social de los indígenas; su vida es ejemplo –en el sentido más puro de esta palabra- de trabajo conjunto, de amor a la naturaleza y la norma, de apoyo y profundidad espiritual. En cambio, hay algo en el hombre “blanco” que ha sido corrompido, una especie de cajón en donde se han acumulado los males del mundo: la mentira, primero, y el individualismo.

Bruno Aragón de Peralta personifica esa especie de purificación que viene del contacto con los indios: ver cómo trabajan activos y alegres, cómo la igualdad y el respeto son para ellos principios irrevocables, lo hace percatarse de todas sus falencias. Si este personaje tiene el poder que le da la propiedad, por qué no dejar que ese sentimiento indígena se expanda por la tierra. Su vida, después de años de lujuria y maltrato a los indios, se convierte en un acto de limpieza; sin darse cuenta, de repente, ha aprendido a pensar en quechua, y a hacer de una comunidad que antes no lo inquietaba demasiado, el norte de su vida.

Por esto, el verdadero inconveniente de la utopía de José María Arguedas es averiguar cómo lograr la integración. Para algunos (como Bruno) es un camino viable, para otros es francamente imposible; la exclusión y, más exactamente, los prejuicios, han cerrado para ellos las puertas de la comprensión. Y, del mismo modo, muchas comunidades indígenas permanecen aisladas, a veces por el temor al contacto cultural y, otras, obligadas por el olvido en el que viven para el resto del país:

“Las comunidades todavía aisladas de indios, no conocen del Perú sino la bandera. No saben siquiera pronunciar el nombre de la patria; el universo concluye para ellos en los límites del distrito; no conocían ni conocen, casi todas ellas, el nombre de la provincia, mucho menos del departamento. ‘¡Bandera piruana!’, sí, saben decir. E intentan protegerse con ella de las incursiones de los hacendados, de las autoridades políticas, de los policías. Y la agitan cuando se sienten felices. Porque hasta hace poco, todos, miserables y todopoderosos, respetaban esa misteriosa insignia. Bosques de banderas peruanas tiemblan sobre las chozas que las familias sin casa construyen ‘clandestinamente’ en los arenales sin dueño que invaden en los alrededores de Lima. Cada vez las ponen a mayor altura, sobre carrizos excepcionalmente grandes o empalmando dos o tres cañas. Pero ya las balas no respetan la ‘bandera piruana’ en los últimos años; al pie de ella caen muertas criaturas y hombres hambrientos. No la cambiarán, sin embargo, los indios, no sabemos hasta qué tiempos, y según lo que hagan ellos mismos y quienes los consideran únicamente como caballos de tiro” (Pág. 308)

Fue inevitable que, más allá de su confianza en la sabiduría india, José María Arguedas se sintiera pesimista frente a la posibilidad de una integración social verdadera. Estas últimas palabras dejan ver que son muchos los factores que inciden en una conjunción de este tipo; por un lado, el prejuicio y, a veces, la franca repulsión de los peruanos hacia los indios y; por otro, el tipo de asimilación que, en contraparte, las comunidades indígenas pudiesen tener del mundo occidental: en la novela se habla mucho de cómo, por ejemplo, algunos indios terminaban hablando y vistiéndose a la moda limeña, desdeñando su origen y creyendo haber ingresado con ello a un mundo “mejor”.

Con todo, y sin importar cuánto tiempo pudiese pasar antes de que su utopía pudiese llegar a cumplirse (ya han pasado más de cuarenta años, y la situación está peor que en su momento), Arguedas escribió todos sus libros con el objetivo claro de un Perú unificado por el espíritu indígena, sin desconocer los otros enclaves culturales, y caminado firme hacia el progreso. Hasta tal punto fue así, que muchas veces sacrificó el acto creativo al deber ser, o sea, al tener que escribir sobre ciertos asuntos de urgencia que, irremediablemente, se escribieron con un estilo y palabras particulares. Vargas Llosa, autor de La Utopía Arcaica, libro sobre José María Arguedas, dice lo siguiente:

“En los años 50 y 60, la política y la literatura en Latinoamérica se encontraban, se confundían, provocaban toda clase de malentendidos y problemas. La obra de Arguedas, así como su personalidad, vivieron este encuentro de una manera mucho más dramática que en el caso de otros escritores. Yo tengo la impresión de que la pureza moral de Arguedas lo llevó a escribir unos libros y a asumir unas posiciones que perjudicaron profundamente su obra de creación, que hubo en él un sacrificio moral de su vocación o de sus inclinaciones de escritor, para responder a unas presiones que se ejercitaron enormemente sobre él y que eran fundamentalmente políticas, no literarias” [6]

Quizá ya se haya dicho esto, pero el más claro ejemplo de que la utopía de Arguedas es posible se halla en su propia vida. Él fue un hombre “blanco” que, sin dejar de serlo nunca, aprendió también de los indios, no sólo el quechua, sino toda su gran mirada del universo. Arguedas contuvo en sí mismo todas las sangres que confluyen en el hombre peruano: la española, la mestiza, la india; esas sangres que se han derramado estérilmente entre hermanos, y de las cuales no todos conocemos su brillo, puesto que todavía seguimos evitando vaciar nuestras venas para hallar, por fin, el color que las unifica.
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Dejo sólo para cerrar las palabras que escribió el propio José María Arguedas un poco antes de morir: "ahora que celebran mi obra, quisiera estar con ustedes: cantar, bailar, conversar, discutir, mirar el horizonte marino, encontrarme con mis hermanos del Ande y decirles que les amo. A mis hermanos blancos y de todas las sangres, les pido depongan el racismo. Les dejo la utopía de un mundo unido, solidario, justo, equitativo".

NOTAS:

[1] USLAR-PIETRI, Arturo (1974) Breve Historia de la Novela Hispanoamericana. Caracas: Editorial Edime. p. 161-162.
[2] BUSTAMANTE, Cecilia (1982) Una Evocación de José María Arguedas; en Revista Eco No. 248. Bogotá: Editorial Buchholz. p. 210.
[3] OVIEDO, José Miguel (1986) Una Discusión Permanente; en América Latina en su Literatura. México: Editorial Siglo XXI. p. 431-432.
[4] PEDRAZA, Felipe & RODRÍGUEZ, Milagros (2000) Historia Esencial de la Literatura Española e Hispanoamericana. Madrid: Editorial Edaf. p. 688-689.
[5] MORENO-DURÁN, R. H. (1996) De la Barbarie a la Imaginación. Bogotá: Editorial Ariel. p. 344.
[6] VARGAS LLOSA, Mario, et al (2000) Conversaciones con Mario Vargas Llosa; en Revista Mester XXIX. Los Ángeles: Universidad de California. p. 142.

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