AUTOR: Ernest Hemingway
TÍTULO: El Viejo y el Mar
EDITORIAL: Seix Barral, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1984
PÁGINAS: 146
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez
Las opiniones de los críticos sobre este libro –aparecido por primera vez en 1952- varían ampliamente: algunos, lo consideran plano, lineal, sin mayores alcances literarios; otros, por el contrario, celebran su sentido metafórico y la fluidez de su lenguaje. Lo que llama la atención al respecto es que ambas lecturas son posibles, y encuentran argumentos para posicionarse a su modo; la novela es sencilla si se la examina a nivel de forma y trama, pero también resulta compleja cuando el lector va más allá, y la interpreta como el símbolo de condiciones existenciales y sociales concretas.

Con todo, es claro que no estamos frente al título que revela con mayor notoriedad la capacidad creadora de Ernest Hemingway (1899-1961). Frente a libros como ¿Por Quién Doblan las Campanas? o Adiós a las Armas, este carece casi por completo de la violencia característica de las grandes obras; le hace falta ese punto tirante que, además de comunicarnos una historia, logre movernos de nuestro lugar, mientras nos renueva interiormente. En el fondo, a pesar de la situación triste que da forma a su argumento, la novela se mantiene tranquila desde el principio hasta el fin.

Una de las razones por las cuales se explica la sobriedad de El Viejo y el Mar radica en el hecho de que esta es una cualidad común en las obras de muchos narradores estadounidenses del siglo XX. El centrarse como autores en describir diversos acontecimientos fue para ellos una pretensión literaria, y sus obras inevitablemente están cargadas de realismo. En palabras de Pavel:


“La pura observación, opuesta al comentario autorial, y la evocación lírica e inmediata, opuesta a la elaboración conceptual, aparecen con una dimensión semejante en la novela americana del siglo XX, cuya grandeza consiste en haber desarrollado en toda su riqueza el potencial de esta opción. Junto a la vena lírica conseguida por las novelas de Faulkner, el arte del sólo mostrar se desarrolló de forma decisiva en las obras de Ernest Hemingway, John Steinbeck, Raymond Chandler y tantos otros maestros de la concisión y del prosaísmo bien temperados” [1]

Ahora bien, afirmar que el método que sigue Hemingway está enfocado en la observación y la descripción no significa que su obra carezca de una dimensión crítica; incluso, han sido las obras realistas –con su tono en apariencia neutral y retratista- las que con más intensidad han señalado los problemas sociales, y han levantado el ánimo de los individuos. Sólo basta echar un vistazo al malestar que llegaron a causar los libros de Balzac, en el caso francés, entre quienes veían en el cuadro perfectamente dibujado de sus novelas, la revelación de sus vicios, pecados y perversiones.

No hace falta tensar el campo hermenéutico de El Viejo y el Mar para descubrir que en ella también hay crítica, en su caso, a aspectos como el olvido de los ancianos, la pobreza del Caribe, o la influencia cultural estadounidense. Por este motivo se planteó antes que la novela puede leerse como la historia de un anciano pescador que atraviesa una mala temporada, y leyéndola así la obra no ofrece mucho; pero también, podría explorarse como una representación de la condición en la que viven miles de personas del Caribe, específicamente de Cuba, sitio en el que Hemingway vivió durante mucho tiempo.

A este propósito cabe apelar a una idea de Estuardo Núñez, quien afirma que “después de Herman Melville y de sus novelas sobre los mares del Sur y sobre las costas e islas de la América del Sur, parece incrementarse en otros narradores norteamericanos  hasta Hemingway y Wilder la decisión de ambientar sus obras en el escenario latinoamericano” [2]. Es decir, es evidente en muchos autores de Estados Unidos la intención de hallar escenarios distintos a los de su país para ambientar sus textos y manifestarse frente a las situaciones sociales que observan, en el caso puntual de Hemingway, espacios como los de España y el Caribe.

De alguna manera, el verdadero mérito de El Viejo y el Mar es, justamente, el pertenecer a una especie de literatura de contacto, esto es, ser una obra que vincula a un narrador extranjero con la sociedad latinoamericana. Y esto no es poco, porque este tipo de libros constituyen un saludo a la interculturalidad y, sobre todo, al enriquecimiento de la comprensión mutua. Anninski lo planteó en la década de los ochentas señalando que: “las cosas más interesantes transcurren en los puntos de contacto, cuando se encuentran y se cotejan organismos espirituales diferentes. En las roturas se pone al desnudo la verdad, en los puntos de contacto ocurren las revelaciones del espíritu” [3].

A continuación probaremos a recorrer el contenido de la novela analizando algunos aspectos sociales que se reflejan en ella y, luego, trazando una discusión sobre la realidad de la vejez a partir del protagonista. Como siempre, haremos antes una síntesis de la historia para la mejor comprensión de las ideas.

El argumento de la obra

Santiago es un viejo pescador que atraviesa una temporada de mala suerte. Es verdad que ya antes vivió situaciones semejantes, pero ésta amenaza con ser definitiva: son muchas las semanas en las que ha salido a la costa inútilmente, sus fuerzas han mermado, no cuenta ahora con la asistencia de Manolín –aquel muchacho a quien enseñó a pescar- y, en fin, los recuerdos de la juventud y la pobreza actual lo acosan constantemente.

La soledad es una experiencia cotidiana para el viejo; sus camaradas pescadores se alejan porque está “salao”, lo miran impasibles o llenos de una bondad infértil; y como su mujer murió hace tanto tiempo, la única compañía que le queda es el joven Manolín, quien, cuando puede, le lleva algo de comida, le ayuda a preparar las carnadas, los arpones, y habla con él de béisbol o de los años en los que Santiago trabajó a bordo de embarcaciones y vio leones en las costas africanas.

El día 85 constituirá una fecha especial dentro de este periodo aciago: el viejo zarpará solitario en su bote y se arriesgará a navegar un poco más allá de lo usual; está seguro que rompiendo ese límite hallará peces increíbles. A bordo lleva una botella de agua, sardinas frescas que servirán de carnadas, sus arpones, hilos y demás, todo perfectamente acomodado con la ayuda de Manolín.

La presencia de peces en esa parte del mar es evidente, varios pájaros revolotean en el aire, caen en picada y salen luego con presas aún brillantes en sus picos. Santiago, animado, lanza su sedal y pronto captura un pez de mediano tamaño; no está mal para ser el primero, pero lo que busca el viejo es uno más grande e imponente, del que no se tengan comparaciones. De repente, otro sedal tirado más profundamente empieza a agitarse, el anciano lo palpa y descubre la fuerza superior de quien lo hala; por tal razón, se decide a esperar a que el anzuelo destruya más el interior del pez.

Pero, he aquí que esto tomará su tiempo; todo ese día y el siguiente, el viejo dejará arrastrar su bote en la dirección del pez, pues cualquier intento de subirlo con el sedal hará que este se rompa y se quede con las manos vacías. Aquellas largas horas las pasará Santiago dialogando misteriosamente con el pez, evocando recuerdos, o perdiéndose en divagaciones de todo tipo. El cansancio se acumulará en el viejo y tendrá que comerse crudo el pez antes capturara, aguantar el dolor que causa el hilo en sus manos, y dormir incómodamente echado en la madera.

Todo terminará sólo cuando el pez, herido, suba a la superficie del mar; no está dispuesto a entregarse fácilmente, de modo que el viejo debe luchar hasta la fatiga para domeñarlo. En realidad es el pez más grande que haya visto, no habrá forma de subirlo al bote, pues lo hundiría de inmediato; así, después de una lucha de horas con el animal y todavía con sus manos destrozadas, el viejo amarrará el pez a uno de los costados, y empezará a remar hacia donde las luces en el cielo reflejan el resplandor de La Habana.

El viejo está feliz porque ya imagina los comentarios que recibirá de los otros pescadores, y el dinero que significa toda aquella carne. Lastimosamente para él, la sangre que desprenden las heridas del pez atrae a los tiburones, y apenas después de remar algunas horas, Santiago ya ve los primeros acechando a su alrededor. Entonces se iniciará la verdadera lucha: no fue fácil capturar el gigantesco pez, pero resultará más difícil aún defenderlo de la voracidad de aquellos hambrientos marinos.

Con la punta de los arpones, y luchando casi cuerpo a cuerpo, el viejo logrará matar a los primeros, si bien el pez empezará a desfigurarse ante los inevitables mordiscos de aquellos animales. Después vendrán nuevos grupos de tiburones, y Santiago acudirá, sin más alternativa, a su cuchillo personal y a los mismos remos para defender a toda costa su presa; mas, primero por un lado y luego por el otro, no habrá manera de evitar que los tiburones se lleven toda la carne del pez, ante la impotencia y debilidad del anciano.

Cuando por fin el bote llegué al pueblo, únicamente se verá en él un esqueleto gigantesco, el mismo que despertará el interés de los pescadores a la mañana siguiente. Derrotado por la fuerza de la naturaleza, con una oportunidad singular desvanecida entre sus manos, el viejo llegará directamente a su rancho y allí dormirá hasta que lo despierte, preocupado, Manolín. Habrá algunas palabras de aliento, el deseo de salir juntos (como antes) al mar y, tal vez, a pesar de todo, el viejo se anime a hacerlo; pero eso es algo que sólo puede saberlo él.

La sociedad que dibuja la novela

Las relaciones entre Hemingway y Cuba (sitio en el que se desarrollan los acontecimientos de esta novela) fueron intensas. La isla no fue solamente el lugar en el que el autor vivió por más de veinte años, sino un escenario que representaba, al menos, dos de los fundamentos de su vida; el primero, tiene que ver con su posición política, es decir, el haber sido un abanderado del pensamiento de izquierda: Hemingway fue amigo de Fidel Castro y un entusiasta de la revolución cubana; y, el segundo, la búsqueda de un ambiente tranquilo para vivir en familia, y así fueron sus años en la Finca Vigía.

Esto es algo que debe precisarse para evitar pensar que Hemingway escribió sobre Cuba sin conocerla; todo lo contrario, él fue un hombre que exploró el país sintiéndolo como propio, reconociendo aquellos problemas frente a los cuales se sentía implicado de alguna manera, y compartiendo su cultura, tradiciones e imaginarios sociales. Pensando en ello, justamente, hablamos antes de la literatura de contacto, y de esa idea de Anniski que subraya la importancia de los enclaves para el entero reconocimiento del otro.

Pues bien, cuando se lee El Viejo y el Mar el lector dibuja en su mente una especie de cuadro social que habla tanto de aspectos positivos como negativos; es el esbozo que hace el autor de uno de los muchos pueblos o caseríos de pescadores instalados de frente al Caribe, una zona que vibra de alegría, a pesar de su franca pobreza, de la dureza con que los habitantes educan su carácter para no sucumbir en la desesperanza. Es el retrato de uno de esos pueblos en los que se habla del béisbol norteamericano, se vende el pescado a grandes empresas, y se bebe entre compañeros una cerveza bajo la luz del arrebol.

Los principales referentes sociales se encuentran al inicio de la novela, cuando la historia nos invita a visitar la casa en donde vive Santiago y escuchamos hablar sobre los Yankees y Di Maggio; cuando sabemos que Manolín es quien consigue la comida del viejo, proveniente prácticamente de la caridad y; en fin, al reconocer la confianza que depositan anciano y niño en un número de lotería o en una buena pesca, a pesar del pesimismo y la burla con que los vecinos ven todo aquello. Con estas palabras se describe el hogar de Santiago:

“Marcharon juntos camino arriba hasta la cabaña del viejo y entraron; la puerta estaba abierta. El viejo inclinó el mástil con su vela arrollada contra la pared y el muchacho puso la caja y el resto del aparejo junto a él. El mástil era casi tan largo como el cuarto único de la choza. Esta estaba hecha de recias pencas de la palma real que llaman guano, y había una cama, una mesa, una silla y un lugar en el piso de tierra para cocinar con carbón. En las paredes, de pardas, aplastadas y superpuestas hojas de guano de resistente fibra había una imagen en colores del Sagrado Corazón de Jesús y otra de la Virgen del Cobre. Estas eran reliquias de su esposa. En otro tiempo había habido una desvaída foto de su esposa en la pared, pero la había quitado porque le hacía sentirse demasiado solo el verla, y ahora estaba en el estante del rincón, bajo su camisa limpia” (Pág. 14)

La descripción del lugar en donde vive el viejo se suma a la de su propia apariencia (descalzo, con camisa sucia y pantalones rotos), a la de la casi mendicidad de su comida y, finalmente, a la de su mala fortuna, sobre la cual los otros pescadores no desean intervenir, estableciendo así el cuadro de pobreza social de la novela.

No se ha escrito lo suficiente todavía acerca del modo como los hombres del Caribe y, más en general, los latinoamericanos, hemos templado nuestro carácter a fuerza de situaciones difíciles, llegando a convertirnos en seres a prueba de casi todo. El hambre, la guerra, la exclusión, la explotación son realidades que hemos afrontando históricamente al punto de llegar a considerarlas como naturales y a asumir una posición acomodaticia frente a ellas.

Y esto es lo que sucede con el protagonista de El Viejo y el Mar, quien a pesar de las circunstancias por las que atraviesa, las cuales amenazan, incluso, con tener un desenlace trágico, siempre se mantiene tranquilo, como predestinado a atravesar toda clase de pruebas. Lo que para otra persona constituiría un destino triste, tribulado, para él es simplemente la vida: no hay problema en usar una única camisa, en salir todo un día bajo el sol con apenas una botella de agua, en leer los periódicos viejos, en no tener radio, etcétera. En este sentido es pertinente recuperar las ideas de Séneca sobre la pobreza:

“Epicuro dijo que la honesta pobreza era una cosa alegre; y debiera decir que siendo alegre no es pobreza; porque el que con ella se aviene bien, ése sólo es rico, y no es pobre el que tiene poco, sino el que desea más; pues aprovecha poco al rico lo que tiene encerrado en el arca y en los graneros, los rebaños de ganado y la cantidad de censos, si tras eso anhela por lo ajeno, y si tiene el pensamiento, no sólo en lo adquirido, sino en lo que codicia adquirir” [4]

Nuestra tesis es que la pobreza en la que vive Santiago es asumida por él sin mayores remordimientos por la conjunción de dos aspectos especiales: el primero está relacionado con la personalidad del hombre latinoamericano, víctima de un conjunto de procesos históricos que lo han llevado a concebirse a sí mismo como parte de un grupo social inevitablemente destinado a la pobreza. Mirar a su alrededor significa para el viejo persuadirse de que todos transitan un camino semejante al suyo; aunque unos se revelen más favorecidos, todos comparten un mismo ámbito social: el trabajo diario y fatigoso, las cabañas pobres, la cerveza, el béisbol, los diálogos lenitivos, entre otros.

El segundo aspecto que le permite al protagonista asumir su pobreza es esa sabiduría en la que sintetiza la inteligencia y experiencia que posee. Séneca se expresa muy claramente al respecto, y su opinión es compartida por el viejo, como puede deducirse de sus acciones y palabras. Santiago se “aviene” bien a la pobreza, no se mortifica, no se siente culpable por ella; es sabio en el sentido de que aprovecha al máximo lo poco que tiene y no desea en abundancia. Su situación no le niega sentir alegría porque su mente goza las cosas sencillas: hablar de Di Maggio, recordar su juventud o dialogar con los pájaros.

En conclusión, Santiago es una especie de portavoz o, más bien, el prototipo de una gran parte de la sociedad caribeña y latinoamericana; habla y actúa como lo hacen todos aquellos hombres (no ya sólo pescadores, sino también mineros, campesinos y obreros) habituados a las extensas jornadas de trabajo, a la estrechez de sus hogares, al derruido color  de sus trajes, pero quienes, a pesar de todo, tienen la bondad y la alegría de las personas humildes, sinceras y apabullantemente vitales.

La discusión sobre la vejez

El Viejo y el Mar explora una dimensión social como hemos tratado de demostrar hasta aquí; pero, además de ello, el hecho de que su protagonista sea un anciano, permite preguntarse si hay en la novela otro planteamiento a nivel existencial. Y, en efecto, Hemingway habla en su historia de motivos, pensamientos y formas de ser propias de un hombre viejo. Lo complejo al rastrear todos estos elementos es que, al ser producto de la vida de Santiago, pueden o no coincidir con los que hayan desarrollado otras personas de su edad. Por tal razón, para organizar mejor la reflexión, y deseando mantener un enfoque clásico, vamos a tomar como base lo dicho por Cicerón respecto de la vejez:

“Así pues, cuando lo considero, me encuentro con cuatro causas, a las que puede atribuirse el porqué puede parecer miserable la vejez: una, porque aparta del manejo de los negocios; otra, porque hace el cuerpo más enfermizo; la tercera, porque priva de casi todos los placeres; la cuarta, porque no está muy lejos de la muerte” [5]

El manejo de los negocios. El término negocio funciona en este punto de una manera amplia; se incluye en él no sólo aquello que tiene que ver con la administración, sino, en general, el trabajo y las responsabilidades políticas y sociales que un hombre puede tener según su posición.

En la novela de Hemingway se observa que Santiago es un hombre que, sin importar su edad, sigue muy al tanto de todo lo que concierne a su oficio de pescador. Tan hábil se encuentra a sí mismo para su desarrollo que llega a dedicar parte de su tiempo para enseñar a Manolín todo aquello que su larga experiencia le ha enseñado. Puede ser que la vejez haya reducido su fuerza, pero la inteligencia, la habilidad para cada una de las tareas propias de la pesca se mantienen nítidas en su cabeza, y no podría hallarse alguien en aquel lugar que sepa más sobre el oficio.

“Las cosas de envergadura –ha dicho el mismo Cicerón-, las realmente importantes, las que exigen un sentido de responsabilidad, no se realizan con fuerza, velocidad o aceleración de los movimientos del cuerpo, sino con reflexión, autoridad y juicio” [6], y estas son cualidades que sobran al protagonista de la novela, pues él es un hombre caviloso, que conoce sobre lo que habla, y orienta su trabajo adecuadamente. De cualquier manera, Santiago también se mostrará temerario, sobre todo cuando esté a bordo de su bote y, sin importar lo grande que sea el pez capturado o la voracidad de los tiburones desee demostrar lo que “puede hacer un hombre y es capaz de aguantar”.

La enfermedad del cuerpo. Dicen que con la edad vienen los achaques y si, en la vejez, el cuerpo del hombre está enfermo, esta será una época desdichada. Con todo, esto no es una verdad entera para el personaje de Hemingway, quien, aunque ya siente la decaída de su fuerza, el dolor de sus músculos o las heridas por el roce con los sedales, no se entrega a la pasividad ni a las lamentaciones, sino que, por el contrario, trata de probarse a sí mismo, obstinadamente –en una especie de lucha personal-, que todavía es capaz de hacer cualquiera de las actividades que hacía años atrás.

En este punto hay un choque interesante entre lo que es una realidad fáctica (la edad de Santiago y la inevitable merma de su fuerza) y la terquedad de su espíritu. Jamás se rendirá en el bote a pesar de ver sus manos ensangrentadas, será capaz de domeñar el más grande de los peces y pelear intensamente contra quienes lo acechan, aun cuando su único alimento sea un pescado crudo y una botella de agua.

La privación de los placeres. Si pensamos en aquello que hace parte de los placeres de Santiago, tendremos que aceptar, como sucede en el caso de su salud, que la respuesta a si la vejez lo priva de ellos es relativa. En algunos casos así es: no son pocas las veces que el viejo rememora sus tiempos a bordo de embarcaciones trasatlánticas (“el olor a brea y estopa de la cubierta”), los paisajes lejanos del África, los pulsos que ganó a hombres gigantes, las aclamaciones que recibió por esos triunfos, etcétera; y para todo esto se siente ya, francamente, inhabilitado.

Otras cosas, en cambio, siguen procurándole el mismo placer que antaño, por ejemplo, el diálogo con las personas, en su caso particular, con Manolín; la contemplación de la naturaleza (los pájaros, los peces); el béisbol, una pasión que no decrece, que se multiplica día a día, y sobre la cual recuerda con nostalgia, pero también con gozo, esos días memorables en que los beisbolistas visitaron su pueblo; y, en fin, el mismo placer del mar, al que interpreta de una forma casi mística:

“Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o de un lugar, o aun un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba favores, y si hacia cosas perversas o terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer” (Pág. 31)

La cercanía de la muerte. Finalmente, se piensa que el cuarto hecho que hace lamentable la vejez es la presencia cercana de la muerte. En realidad, en un mundo contingente como el nuestro, la muerte constituye una incertidumbre desde el momento mismo en el que la consciencia aflora; pero, por una tradición que poco está exenta de miedo, consideramos que la vejez es la edad propicia para morir, y que si esto llegase a ocurrir en otra época (la juventud, por ejemplo) resultaría lamentable, además de injusto.

Ahora bien, lo realmente excepcional es llegar a la vejez, sobre todo, si se vive en un mundo agitado y problemático; estar en ese punto debería constituir por sí mismo toda una audacia. Por otra parte, quien se lamenta en su vejez de su condición por la cercanía de la muerte actúa, no como alguien a quien la experiencia lo ha proveído de sabiduría, sino como un terco que se ensaña tontamente contra la propia naturaleza.  Montaigne, uno de los hombres más inteligentes que han existido, lo planteó del siguiente modo:

“Morir de vejez constituye muerte excepcional, singular y extraordinaria y mucho menos natural que las otras. Extrema y última clase de muerte es ésta, y la más alejada de nosotros, por lo que debemos considerarla la menos posible. Es, en efecto, el límite que no pasaremos, pues que como tal lo ha prescrito la ley de la Naturaleza, pero es raro privilegio suyo el permitirnos llegar hasta ahí. Lograrlo significa exención que por raro favor se da a una sola persona en el curso de dos o tres siglos. Por eso mi opinión se ciñe a que la edad a que he llegado es edad a la que pocos llegan. Pues que ordinariamente los hombres no la alcanzan, señal es de que voy muy adelantado, y al haber pasado los usuales límites no debo esperar ir mucho más allá” [7]

Semejante a lo que piensa Montaigne, el personaje de Hemingway no dedica tiempo para lamentarse de lo cercana que se encuentra su muerte, y esto aun cuando la soledad es una experiencia cotidiana para él, ya han mermado sus fuerzas y, como vimos, algunos placeres han quedado apenas en el recuerdo. Él es un anciano altivo, que espera la muerte de la misma manera como espera levantarse la mañana siguiente.

Sólo hay una pequeña acotación que hace Santiago en la parte final de la novela cuando los tiburones han devorado completamente su pez: “cómanse eso galanos –dice-. Y sueñen con que han matado a un hombre”. Estas palabras, teniendo en cuenta que son dichas desde una situación extrema, tienen una connotación simbólica: la muerte de las ilusiones del viejo. Si pensamos que en ese pez estaban representadas las esperanzas de conseguir algo de dinero y romper con la racha de mala suerte, pues es obvio que nos encontramos frente a una fatalidad, un vacío que se apoderará del hombre.

Con todo, el carácter del pescador es paciente: “es idiota no abrigar esperanzas”, se dirá en otra parte de la historia y, en este sentido, todas las adversidades, incluida la misma muerte, sólo hacen parte de su destino, y del destino de todos los que como él viven esa experiencia compleja de luchar sin saber, a ciencia cierta, que vendrá de todo aquello.
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El Viejo y el Mar es una historia que ofrece, superando su aparente sencillez, dos vías hermenéuticas: la primera, basada en la realidad social de los latinoamericanos y, la segunda, enfocada en la experiencia de la vejez. La discusión está abierta para quienes deseen abordarla.


NOTAS:

[1] PAVEL, Thomas (2005) Representar la Existencia: el Pensamiento de la Novela. Barcelona: Editorial Crítica. p. 357.
[2] NÚÑEZ, Estuardo (1986) Lo Latinoamericano en Otras Literaturas; en América Latina en su Literatura. México: Editorial Siglo XXI. p. 112-113.
[3] ANNINSKI, Lev, et al (1986) Comunidad, Diferencias e Interacción de los Procesos Literarios; en Revista América Latina No. 8/86. Moscú: Editorial Progreso. P. 69.
[4] SÉNECA, Lucio Anneo (1943) Tratados Filosóficos. Buenos Aires: Editorial Emecé. p. 319.
[5] CICERÓN, Marco Tulio (1969) De la Vejez / De la Amistad. Barcelona: Editorial Ramón Sopena. p. 21.
[6] Ibíd., p. 23.
[7] MOTAIGNE, Michel de (1984) Ensayos (Vol. I) Buenos Aires: Editorial Orbis. p. 265.

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