AUTOR: Manuel Antonio de Almeida
TÍTULO: Memorias de un Sargento de Milicias
EDITORIAL: Norma, S.A. (Segunda edición)
AÑO: 1990
PÁGINAS: 311
TRADUCCIÓN: Elkin Obregón
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez
La prematura muerte de Manuel Antonio de Almeida durante el naufragio del vapor Hermes en 1861, privó a la literatura brasilera y, en general, a las letras de Latinoamérica de una figura que, indudablemente, hubiese podido elaborar un gran corpus narrativo. Si esta novela, Memorias de un Sargento de Milicias, es el resultado de un trabajo que el autor realizó cuando apenas contaba con 22 años, y en ella se reflejan ya las características de estilo y profundidad de un excelente narrador, pues es de suponerse que, de haber sido otro su destino, De Almeida gozaría hoy de más honores de los que se le prodigan.

Ahora bien, tal vez por la misma brevedad de su vida (1831-1861) y toda la agitación que hubo en esta (su deseo de convertirse en dibujante, sus estudios médicos, la incursión en el periodismo, la pobreza, etcétera), es posible afirmar que la intensidad es la condición que mejor describe a De Almeida; y si bien no ha quedado para la posteridad más que una novela suya y algunos otros escritos menores, es mucho todavía lo que hace falta por decirse sobre él, sin quien la reconstrucción de la historia brasilera –de sus costumbres y realidad- carecería de una fuente primordial. 
  
Justamente, la trascendencia de Manuel Antonio de Almeida se reconoce en el hecho de haber situado en Memorias de un Sargento de Milicias ese gran contexto en el que vivieron los habitantes de Río de Janeiro a inicios del siglo XIX, detallando, casi a modo de crónica, sus tradiciones, comportamientos, modos de vida, profesiones y demás. Con verdad se ha dicho que esta novela se aparta del sentimiento romántico de la época, sintetizando, por el contrario, y muy acertadamente, el realismo, la óptica costumbrista y lo picaresco. En palabras de Mario de Andrade:

Memorias de un Sargento de Milicias es uno de esos libros que a veces irrumpen, por así decirlo, al margen de las literaturas. Lo que mueve a sus autores es en esencia una reacción temperamental, que los lleva a enfrentarse a la retórica de su tiempo y a una visión ‘realista’ de la vida, enriquecida por ellos con la acentuación deliberada de hechos y personas, valiéndose del humorismo, el sarcasmo, del perfil grotesco o caricaturesco, o de la burla” (Pág. 29)

Con la anterior apreciación coincide Antonio Candido, quien ha subrayado que esta novela se adscribe a “una actitud más amplia de tolerancia corrosiva, muy brasileña, que presupone una realidad válida a ambos lados de la norma y de la ley”; es decir, De Almeida está, para ambos críticos, en un lugar de vanguardia literaria, pues, por un lado, se enfrenta al lenguaje de su tiempo, cambiando su tono romántico, haciéndolo más sarcástico y grotesco; y, por otro, porque muestra la manera como, al otro lado de la ley, de la norma, también existe una realidad digna de contarse.

Debe recordarse que Memorias de un Sargento de Milicias fue publicada por entregas en el Correo Mercantil, y que, al parecer, buena parte de su argumento corresponde a las historias que le fueron referidas a De Almeida por el militar retirado Antonio César Ramos, compañero de redacción suyo en el mencionado diario. Con todo, nunca, a razón de su circulación en folletines, o de no haber sido testigo directo de ciertas situaciones, la novela deja de revelar esas condiciones vanguardistas, a tal punto que el mismo Candido ha aseverado que esta es la primera obra en el Brasil que no expresa la visión de la clase dominante.

Realismo social, costumbrismo y un carácter picaresco son los tres pilares que confluyen en De Almeida, y a continuación quisiéramos demostrar cómo se organizan en la novela. Antes de hacerlo, sin embargo, reconstruiremos la historia de la misma para ilustrar a quienes la desconocen.

Síntesis de la obra

Memorias de un Sargento de Milicias narra la agitada vida de Leonardo, desde su nacimiento hasta su adultez. La historia inicia con el romance de su padre, Leonardo Pataca, y su madre, María (vendedor y verdulera, respectivamente), quienes se conocen mientras viajan de Lisboa a Río con el objetivo de mejorar su suerte. La pareja, unida en matrimonio, se separa con rapidez, al comprobarse que la mujer engaña a su marido. Y, como ninguno de ellos quiere hacerse cargo del hijo después de la separación, Leonardo pasa al cuidado de su padrino, un barbero de limpios sentimientos.

El niño crece haciendo lo que le viene en gana, ya que el compadre no desea que siga su oficio, y espera el tiempo de convertirlo en cura. Durante años, Leonardo realiza toda clase de travesuras ante la mirada atónita de los vecinos que sospechan el mal futuro del muchacho; pero ningún comentario inquieta al padrino, seguro de que él actúa con inocencia. En cambio, su padre, Pataca, sí empeora día a día su reputación: sostiene romances con gitanas, frecuenta ritos esotéricos, se pelea con curas por el favor de las mujeres e, incluso, termina preso en la cárcel.

Llegado el momento, Leonardo será inscrito en la escuela; su padrino, aunque barbero, ha alcanzado una pequeña fortuna engañando al capitán de un barco, de modo que tiene con qué pagar su educación. Pero, tampoco esta nueva etapa hace mejor al muchacho; por el contrario, continuamente se escapa del lugar y pasa las horas igual que un haragán. Retirado de allí, sucede lo mismo en la iglesia de la Sé, a donde es llevado por el compadre para que sirva como monaguillo; siempre acaba en problemas, saboteando las misas, jugándole bromas al cura, o gastándose los recursos del relicario.

Así crece Leonardo, al lado de un padrino condescendiente, y sin hacer caso a los regaños de la comadre, una partera que ocasionalmente lo visita para enterarse de su vida. Sólo la llegada de la juventud y el amor parece calmar un poco su temeridad. Visitando con su padrino a Doña María –una viuda de la ciudad-, el joven conoce a Luisiña, la sobrina de aquella señora, quien lo atrae misteriosamente. Después de un tiempo de paseos por el campo, tímidos encuentros de miradas y las dudas ante el asedio de otro galante –José Manuel-, Leonardo declara su amor a la muchacha, de quien obtiene una reacción ambigua.

La segunda parte de la novela comienza con el nacimiento de la hija de Pataca; a la sazón, aquel hombre está viviendo con Chiquiña, una joven familiar de la comadre, y este es el resultado de su relación. Dicha época coincide con la muerte del padrino, y la necesidad de que Leonardo vuelva a casa de su padre; pero nada bueno viene de esto; al poco tiempo las discusiones entre Leonardo (hijo) y Chiquiña se hacen insoportables, y como su padre defiende siempre a la muchacha, la batalla está perdida. Una tarde en la que el joven es golpeado por su padre –como lo hizo alguna vez en su niñez-, decide marcharse.

Coincidencialmente, a las afueras de la ciudad se encontrará con Tomás, un amigo suyo que conoció en los tiempos de monaguillo: junto a él y su gente, Leonardo vivirá un tiempo. La situación no le incomoda, puesto que pasa los días sin trabajar, recibe la aprobación de las dueñas de casa, y empieza una relación amorosa con Vidiña, una joven que lo hace olvidar de su primer amor, Luisiña (casada entonces ya con José Manuel). Lastimosamente para él, los primos de la chica –que también la pretenden- le preparan una trampa y Leonardo es fichado por Vidigal, el jefe de la policía.

La comadre busca a toda costa enmendar al muchacho y, por ello, le consigue un puesto en la despensa real. Todo funciona bien por un tiempo, hasta que Leonardo se enreda con la esposa del lacayo, y el escándalo se hace público: Vidiña se pondrá histérica, Vidigal atrapará al protagonista, y el lacayo asediará buscando venganza. Por un buen tiempo no se sabrá nada del joven, de modo que todos creerán que ha desaparecido voluntariamente; pero no es así, Leonardo se ha vuelto granadero, y ahora trabaja con Vidigal en la policía.

En este punto se cuentan anécdotas sobre su “labor” como oficial, no muy cercana a lo que Vidigal espera. El joven desperdicia la confianza que le ha dado el policía, hombre que quiere convertir a un holgazán en alguien productivo para la milicia. Como la respuesta de Leonardo no es grata para el policía, nuevamente es enviado a la cárcel, y de allí sólo podrá salir gracias a la intervención de la comadre, Doña María y María Tranquila, mujeres que aprovecharán un asunto del pasado para persuadir a Vidigal de liberar al muchacho.

Al final, dos circunstancias más se unirán para dar un final feliz a la historia: la muerte por apoplejía de José Manuel, con lo cual el compromiso de Luisiña queda terminado; y el nombramiento de Leonardo como oficial en reserva, que significa para él un trabajo fijo y la posibilidad de reiniciar sus amores con aquella chica –su verdadero amor- y, más tarde, el matrimonio con ella bajo el visto bueno de quienes los conocen.

El realismo social de la novela

Varios literatos han coincidido en la idea de que Memorias de un Sargento de Milicias, no sólo es antirromántica, sino que, además, es precursora de la novela realista. Esa es una interpretación que no carece de pruebas, pero resulta exagerada, sobre todo cuando se tiene presente que esta no es la única dirección de la novela –como sí sucede en las obras de los franceses (Balzac, Zolá, Flaubert)-, pues el realismo se combina aquí con otras líneas de exploración, principalmente, con el relato costumbrista y el picaresco.

Por consiguiente, es más prudente afirmar que De Almeida es un autor sincrético, quizá de modo inconsciente, y que hace parte de ese conjunto de escritores latinoamericanos que a lo largo del siglo XIX abanderaron el movimiento realista, en el caso de nuestros países, necesariamente permeado por el costumbrismo y otras escuelas literarias. Tenemos el caso argentino de José Mármol, el mexicano de Fernández de Lizardi, y muchos otros, cuya literatura, aunque rompe ya en buena medida con el lazo romántico, no es realista en su totalidad.

Hecha esta salvedad, ¿qué características del realismo se reflejan en Memorias de un Sargento de Milicias? Pues bien, al respecto pueden rastrearse aspectos tanto formales como temáticos. Los primeros se perciben fácilmente desde las primeras páginas de la novela: un narrador en tercera persona, descripciones prolijas de los paisajes y la ciudad, una división por capítulos objetiva e, incluso, las reflexiones del autor en torno a situaciones concretas que recuerdan aquellas disquisiciones tácitas de Honoré de Balzac.

Los aspectos temáticos, por su parte, son más numerosos, y están desperdigados por toda la obra. Si se intentaran organizar podría apelarse a tres categorías diferentes: los personajes, los espacios y las acciones:

Los personajes. El profesor Carlos Guevara ha escrito que para el personaje realista “el mundo es su lugar de predilección y lo prefiere al cielo y al infierno” [1]; en efecto, si se observan las características que más sobresalen en los personajes de De Almeida, será claro que todos se instalan en el mundo de forma práctica. Leonardo Pataca, por ejemplo, va y viene explotando al máximo su escenario vital: es cruel con su hijo, sufre el amor no correspondido, asume el vértigo de la lucha, en fin, es, a su modo, parecido a esos personajes sin escrúpulos que rondan las novelas francesas del XIX.

Con todo, el perfil realista de los personajes se revela más notoriamente cuando De Almeida hace descripciones de ellos en tanto grupo, pues así se dibuja mejor la estructura amplia de la sociedad. La novela posee ricas exposiciones sobre la existencia de los gitanos, sus continuas fiestas y personalidad; sobre los matones, aquellos sujetos encargados de ajusticiar por su cuenta a cambio de algunas monedas; o sobre los alguaciles de entonces, y sus reuniones cuando la edad ya no los hacía aptos para su cargo. Con las siguientes palabras se describe a los primeros:

“Con los emigrados de Portugal llegó también al Brasil la plaga de los gitanos. Gente ociosa y de pocos escrúpulos, se ganaron aquí una bien merecida reputación de pillos redomados: nadie que tuviese un poco de juicio se metía en negocios con ellos, porque tenía la certeza de salir burlado. El encanto poético de sus costumbres y creencias, del que tanto se habla, debió quedarse sin duda al otro lado del mar; aquí sólo trajeron malos hábitos, astucias y dobleces (…) Se mantenían casi en total ociosidad, y no dejaban pasar noche sin fiesta. Vivían por lo general apartados de las calles más concurridas, en completa libertad. Las mujeres vestían con cierto lujo, dentro de sus posibilidades: usaban en profusión cintas y encajes, gustaban especialmente de los tonos encarnados, y ninguna dejaba de portar al menos un collar de oro. Los hombres en cambio no revelaban otra diferencia que la propia de los rasgos de su raza” (Pág. 42)

Como se ve, De Almeida hace retratos muy completos, en el sentido de que no incluyen sólo aspectos físicos, sino también algunos propios de la personalidad, y además, otros que tienen que ver con la forma en la que se desenvolvían las personas a nivel social en aquella época. 

Los espacios. Complementariamente, en la novela también se trabaja con relación a la descripción de los espacios, hasta tal punto que el lector está enterado siempre de los pormenores del contexto. Las calles empedradas de Río de Janeiro; los campos a las afueras a donde iban los jóvenes a pasear y divertirse; el interior de las casas, amobladas con enseres traídos de Europa o, en su defecto, con los construidos artesanalmente en la misma ciudad; la ubicación en que se disponían los objetos y personas durante un acto de brujería –tan usuales entonces-; todo, queda semejante a una fotografía instalada en la memoria de los lectores.

Las acciones. Por último, y como estaríamos ante un paisaje muerto, si eludiésemos el movimiento de los personajes, De Almeida ocupa buena parte de su novela para narrar en qué asuntos ocupaban su tiempo los ciudadanos de Río a principios del siglo XIX. El chisme y las intrigas protagonizadas por la comadre, Doña María y la vecina del padrino, reflejan un primer plano de acción que será decisivo en varios momentos de la obra (cuando se quiera perjudicar a José Manuel, o cuando las señoras se unan para convencer a Vidigal).

“Espiar las vidas ajenas, enterarse a través de los esclavos de lo que pasaba en el interior de las casas, era en aquel tiempo una cosa común”, dice De Almeida, y “la mantilla representaba para las mujeres lo que las celosías para las casas: el observatorio ideal para espiar la existencia ajena”. La hechicería, por su parte, constituye otro de los grandes focos de acción: Pataca es sorprendido en un rito esotérico, las mujeres invocan constantemente fuerzas oscuras y, por todos lados, ricos y pobres, compran su felicidad “por el módico precio de la inmoralidad y la superstición”.

Aún hay más acciones comunes en aquel tiempo de las que habla la novela: el comercio de esclavos, y los cargueros que abastecían el negocio en la ciudad; los escándalos de los clérigos, sorprendidos practicando los mismos vicios que juzgaban fuertemente en el púlpito; la vida de los agregados, esto es, aquellos “parásitos” que se unían a cualquier familia para no tener que trabajar; o la dureza del matrimonio, en el caso concreto de la historia, vivida por Luisiña, a quien su marido –José Manuel- le quitó de forma tiránica toda su libertad. 

La dimensión costumbrista

Si antes se dijo que De Almeida no es un escritor enteramente realista, es porque su obra comporta también interés desde la óptica costumbrista. En cierta medida, realismo y costumbrismo son conceptos equiparables, pues toda costumbre refleja siempre una realidad; por eso debe aclararse que el realismo es, ante todo, una visión que tiene un fin crítico, es decir, despertar la conciencia frente a algo que está sucediendo, mientras que el costumbrismo busca, de modo particular, rescatar o mantener viva la memoria de elementos tradicionales de una cultura.

En Memorias de un Sargento de Milicias hay numerosas referencias costumbristas que, en conjunto, otorgan a la obra cierto matiz antropológico. Citar aquí cada una de ellas resultaría agotador, por ende, tomaremos a modo de muestra tres de ellas: las procesiones religiosas, las fiestas y los partos.

Las procesiones religiosas. Puede leerse en la novela el gozo que sentía Leonardo sumergiéndose en las largas procesiones de aquel tiempo mientras, junto a sus amigos, generaba chanzas y desorden. Pero esto, que es picaresco en el relato, puede pasar a un segundo lugar, si se pretende examinar a nivel de cultura el propósito que tenían esas procesiones y la interpretación que hacía de ellas la gente de Río. En la novela se lee lo siguiente:

“Hasta hace poco tiempo existían aún en ciertas calles de esta ciudad cruces negras adosadas de trecho en trecho a las paredes. Los miércoles, y algunos otros días, salía del Buen Jesús y de otras iglesias una especie de procesión compuesta por algunos clérigos, que cargaban cruces, por miembros de diversas hermandades, portadores de farolas, y por un gran número de personas. Los curas rezaban, y el pueblo acompañaba las oraciones. En cada cruz de la calle el grupo se detenía, las gentes se arrodillaban, y rezaban por largo rato. Este desfile, muy caro a la devoción de los beatos, daba ocasión a cuanta pillería e inmoralidad podían concebir los muchachos de entonces –que son los mismos viejos que hoy claman contra el irrespeto de los jóvenes de ahora-” (Págs. 31-32)

Alusiones a conductas religiosas como la anterior son normales en la novela, y De Almeida las elabora cuidadosamente, combinando en ellas la descripción formal y la reflexión histórica. Para el estudioso de la vida brasilera, concretamente de su cultura, toda esta información resulta valiosa, sobre todo porque es producto de alguien que las conoció muy de cerca, no de algún revisionista.

Las fiestas y bailes. El mencionado Mario de Andrade ha dicho que Memorias de un Sargento de Milicias es una obra “llena de referencias musicales de gran interés documental”. Por supuesto, su comentario no llama a engaño, y está basado en ese amplio prontuario de bailes y cantos que recupera De Almeida, particularmente aquellos de origen africano que repercutieron unas décadas después en el nacimiento del Carnaval de Río.

En la novela, los apuntes sobre los bailes son muchos; en ellos se describe, unas veces su procedencia, otras sus coreografías, y unas más, su sentido. Se percibe el folclor brasilero cada vez que el autor trata las figuras, posiciones y tiempos de un baile de fado, el holgorio de las fiestas, los instrumentos con que se acompaña el canto, los vestidos y maquillajes de las festividades, etcétera. Así habla De Almeida sobre las folias (festejos):

“Durante los nueve días que precedían al Espíritu Santo, o tal vez desde antes, salía por las calles de la ciudad una comparsa de chiquillos, cuyas edades variaban entre los nueve y los doce años, ataviados a la pastora: zapatos y calzones rosados, medias blancas, faja en la cintura, camisa blanca con lazo en el cuello, y sombrero de paja de anchas alas, forrado algunas veces en seda; todas estas prendas lucían adornos de guirnaldas y flores, y un gran número de cintas de color encarnado. Cada uno de los niños llevaba un instrumento pastoril: pandereta, tamborín o vihuela. Desfilaban formando un cuadrado, en mitad del cual marchaba el llamado Emperador del Divino, acompañados por la música de una banda de barberos. Los rodeaba una turba de cofrades, armados de banderas y estandartes, que pedían limosna mientras cantaban y tocaban” (Pág. 109)

No es raro, además, que los personajes del libro sumen a la música de las fiestas sus tonadas particulares. Esa trova popular también la recupera De Almeida con el personaje de Vidiña, quien constantemente canta al gusto de sus oyentes, al tiempo que estos la avivan con gritos y aplausos: “si mis suspiros pudiesen / a tus oídos llegar / verías que una pasión / son capaces de asesinar / no son de anhelos / las quejas mías / ni es mal de celos / este dolor / son las saudades / que así atormentan  / la dura ausencia / de un gran amor”.

Los partos. Dejando de lado lo anterior, existe otro elemento que resalta el carácter costumbrista de la novela; se trata de los partos, y de ese complejo mundo de imaginarios que se teje a su alrededor. Como se mencionó en el resumen de la obra, la comadre (madrina de Leonardo) se gana la vida como partera y, he aquí que, con ocasión del nacimiento de la hija de Chiquiña, salen a la luz aspectos muy interesantes sobre la manera como se manejaban en aquel tiempo este tipo de procedimientos, vinculados íntimamente a supersticiones:

“Lo primero que Leonardo hizo fue ordenar los nueve toques en la campana mayor de la iglesia de la Sé. En realidad, esta práctica sólo era utilizada cuando la parturienta parecía hallarse en peligro; pero él quiso adelantarse a cualquier contingencia. Mandó pedir después a una vecina –pues por un descuido imperdonable no lo había en casa- un ramo de palma bendita. La comadre trajo un par de escapularios de la Virgen del Carmen, considerados muy milagrosos, y los colocó en el cuello de Chiquiña; puso luego el ramo al borde del lecho. En la sala se improvisó un oratorio con un mantel, un vaso con ruda y una imagen de Nuestra Señora de la Concepción, adornada con cintas de oro. Chiquiña, para no omitir ninguna de las normas establecidas, se anudó en la cabeza un pañuelo blanco; y luego, bien arropada, púsose a rezar al santo de su devoción. La comadre se sentó a su lado en un banquillo, provista de un gran rosario, sin perder detalle de la parturienta, e interrumpiendo a cada paso para dar alguna orden a Leonardo Pataca, o responder cualquier pregunta que desde afuera le dirigían” (Pág. 130)

La novela como relato picaresco

El crítico español Valbuena Prat concibe al pícaro como “una mezcla de estoico y de cínico; del primero posee el don de la insensibilidad ante la desgracia y la tendencia a sacar un aprovechamiento moral de sus contratiempos; del segundo, el ser un despreciador de toda ley, una especie de anarquista” [2]. Ateniéndonos a esta definición, se descubre pronto que Leonardo, protagonista de Memorias de un Sargento de Milicias, es pícaro en ese doble sentido: es estoico, y prueba de ello se obtiene en el hecho de que durante toda su vida pocas veces algo lo conmueve; y es cínico, porque pasa por encima de toda norma, ya sea religiosa, moral o policiaca.

En la primera parte de la novela, o sea, toda la que se refiere a su niñez, Leonardo vive el mundo de modo semejante a como lo hace el protagonista de El Lazarillo de Tormes; es cierto que hay una gran diferencia entre los dos, y es que el personaje ideado por De Almeida no debe trabajar para sobrevivir, pero hay muchas cosas que los unen: la separación de su familia, la picardía de sus acciones, o la burla constante de la ley. 

Con todo, lo picaresco de la novela no se agota en la niñez de Leonardo, sus engaños, algazaras y travesuras; ni siquiera se reduce a su vida en conjunto, caracterizada por el ocio, el desarraigo y los amoríos; por el contrario, se trata de todo un fundamento de la trama: también es picaresca la manera como el compadre amasó su fortuna, estafando al capitán de un barco mientras servía en él como enfermero; la labor de Vidigal, que se ve siempre en medio de personajes y situaciones inusuales; las reacciones de Vidiña y sus primos, violentos y apasionados hasta la risa, entre otras.

Para analizar mejor esta dimensión de la novela podría apelarse a los rasgos que definen lo picaresco según Pedraza y Rodríguez: la forma autobiográfica, los orígenes deshonrosos, la sátira social, la intención moralizante, la estructura abierta y la personalidad del pícaro [3]:

La forma autobiográfica. Aunque la historia de Leonardo no está narrada en primera persona, sí se extiende durante gran parte de su vida, involucrando muchísimas facetas de la misma: la emocional, la laboral, la ideológica, la familiar, etcétera. En consecuencia, no estamos frente a un relato sesgado, sino ante toda una biografía, al modo de, por ejemplo, El Periquillo Sarniento. Toda la primera parte de la obra, la dedica De Almeida, justamente, a reconstruir con detalle cómo se va desenvolviendo el protagonista en el mundo, todo ese “movimiento perpetuo” que configuró su vida de pillastre.

Los orígenes deshonrosos. Aunque ser hijo de un vendedor o verdulera no es vergonzoso bajo ninguna mirada, el origen de Leonardo resulta deshonroso por la condición en la que fue concebido. Sus padres se conocieron en un barco mientras viajaban de Lisboa a Río, y su relación estuvo signada desde la primera mirada por la lujuria; el “pecado” de los dos no se limpió siquiera con la bendición del matrimonio y, pronto, la madre del chico estaba enredada con otros hombres. Así, se cumple está condición del pícaro, a la cual debe sumarse la pobreza, los azotes que recibía de su padre e, incluso, los favores que recibió de su padrino que, como quedó dicho, hizo fortuna a través de un engaño.

La sátira social.  No hay novela picaresca sin sátira, y es obvio que en Memorias de un Sargento de Milicias, este recurso es utilizado generosamente. En primer lugar, se satiriza los vicios de los curas, quienes en sus sermones proclaman la reserva y el escrúpulo, pero luego se permiten a sí mismos gozar de las libertades de una vida no religiosa; el padre de Leonardo se enfrentará a un cura por el amor de una gitana. En segundo término, se satiriza las conductas embusteras e hipócritas por medio de las cuales muchas personas hacen realidad sus pretensiones; ahí está el caso de la comadre que inventa un montón de cosas sobre José Manuel, o el modo como María Tranquila manipula con su gracia las decisiones de Vidigal. 

Pueden citarse aún más casos de sátiras: el que se hace sobre las relaciones por conveniencia, como la de Pataca y Chiquiña, José Manuel y Luisiña o el lacayo y su mujer; o también la crítica al tráfico de influencias, pues todo puede solucionarse siempre en la novela, si se conoce a la persona adecuada.

La intención moralizante. Esta cualidad de las obras picarescas también la cumple De Almeida con su historia. La verdad es que no hay un tono aleccionador que sea permanente en la obra, pero el final de la misma vendría a representar la idea de que, por más holgazán e incrédulo que se sea, siempre llegará el momento de sentar cabeza y entrar en el molde la sociedad. Si a lo largo del libro Leonardo se muestra vago, bullicioso y desprendido de los compromisos, en las últimas páginas del mismo lo encontraremos rehecho, trabajando como oficial –un orden que siempre combatió-, y felizmente casado con Luisiña, el amor de su juventud.

Puestas bajo esta mirada todas las acciones de su vida toman el color de experiencias necesarias, pero insostenibles: las francachelas de días enteros, los viajes a campo traviesa, los romances y cortejos de doncellas, las bromas a compañeros, la evasión del trabajo, el escape de la autoridad; todo esto, se reduce, al final, a una unión en matrimonio y, por ende, a la aceptación de un cambio de vida incompatible con su forma anterior.

La estructura abierta. Con “estructura abierta”, Pedraza y Rodríguez se refieren a que en las novelas picarescas suelen ocurrir diferentes eventos aislados que sólo obtienen su coherencia por la presencia del protagonista. Y, precisamente, esto es lo que sucede en Memorias de un Sargento de Milicias: hay muchas historias gestándose a un mismo tiempo (las intrigas de la comadre, los acechos de Pataca a las mujeres, las fiestas del pueblo, las cacerías de Vidigal, los trucos de Teotonio, los galanteos de José Manuel), pero sólo la relación de Leonardo con cada una de ellas logra otorgarles su sentido completo, real.

La personalidad del pícaro. Finalmente, se habla de la personalidad del pícaro como una conjunción particular de cualidades. Antes se ha hablado de la estoicidad y el cinismo de Leonardo; a esto tendría que sumársele aquí su indeterminación, pues De Almeida cuenta que él “no eligió nunca cosa alguna”, excepción hecha del final de la historia; y también su comicidad, puesto que no pueden sustraerse de la gracia los comportamientos que tiene en su vida: las bromas de la niñez, su etapa de monaguillo, la torpeza de la primera declaración sentimental, o el escape de las manos de Vidigal. Una descripción hecha al inicio del libro define perfectamente esta personalidad:

“El niño era de por sí travieso y pillastre, y esto, añadido a las condescendencias del padrino, daba como resultado la más malcriada criatura que sea dable imaginar. Hallaba un extraño placer en desobedecer cuanto se le ordenaba; si se le pedía seriedad, se desataba a reír como un poseso, si le exigían quietud, se dijera que una palanca invisible lo impulsaba, hasta convertirlo en una versión bastante aproximada del movimiento perpetuo” (Pág. 74)
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Manuel Antonio de Almeida es un narrador intenso que supo armonizar en Memorias de un Sargento de Milicias tres lenguajes diferentes, el del realismo, el del costumbrismo y el del relato picaresco; por tal razón, su obra ofrece un variado interés y constituye un ejemplar único de la narrativa brasilera.


NOTAS:

[1] GUEVARRA AMÓRTEGUI, Carlos (2005) Los Personajes. En Notas al Margen No. 3. Bogotá: Universidad Distrital. p. 67.
[2] VALBUENA PRAT, Ángel (1946) Historia de la Literatura Española (Vol. I) Barcelona: Editorial Gustavo Gili, S.A. p. 485.
[3] PEDRAZA, Felipe & RODRÍGUEZ, Milagros (2000) Historia Esencial de la Literatura Española e Hispanoamericana. Madrid: Editorial EDAF. p. 146-147.

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