AUTOR: Vladimir Nabokov
TÍTULO: La Invención de Vals
EDITORIAL: Plaza & Janés, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 153
TRADUCCIÓN: José María Martínez M.
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

Vladimir Nabokov es un escritor de altísima capacidad narrativa; novelas como Lolita, Pinn y Ada o el Ardor, así lo demuestran. Sin embargo, muy poco es lo que el público conoce acerca de su teatro, compuesto prácticamente sólo por esta obra La Invención de Vals (aparecida en septiembre de 1938), una pieza que, como bien se indica en la portada de esta edición –una de las pocas en nuestra lengua-, es “una genial farsa entroncada con el teatro del absurdo, cuyo desenlace es aleccionador”. Debería decirse, además, que la obra, teniendo en cuenta su fecha de publicación y la temática que desarrolla, tuvo un carácter profético, sobre el modo como la ciencia se pondría al servicio de la destrucción durante la Segunda Guerra Mundial.

En términos generales, La Invención de Vals se centra en el extraño caso de Salvador Vals, un inventor que presenta al ministro de la guerra –de un país imaginario- la oportunidad de poseer el “arma total” que él mismo ha desarrollado con la ayuda de su primo. Si bien, en un primer momento, el ministro y su secretario-coronel consideran que el hombre no está bien de la cabeza y lo despachan, muy pronto Vals hará muestras del poder de su invento, y terminará asumiendo el control del país, “dando rienda suelta a sus arbitrariedades”, que sólo concluirán en el momento en el que la mente del protagonista vuelva a la realidad, y deje de extraviarse por los derroteros de la imaginación.

La obra está dividida en tres actos, el primero y tercero desarrollados en la oficina del ministro, y el segundo en la sala de reuniones del Ministerio. Así pues, no estamos frente a una pieza en la que revista importancia el uso del espacio; por el contrario, el argumento se vitaliza merced a los diálogos (enrevesados y absurdos en muchas ocasiones), y la diversidad de papeles que asumen los personajes, quienes pueden pasar de ser agentes a generales y terminar como choferes. Hay un gran movimiento durante toda la pieza, pero este no se desprende –como en otras obras de la época- del entrecruzamiento de escenarios, sino de la acción misma de los protagonistas.

Por otra parte, al acercarse a La Invención de Vals es imprescindible no perder de vista que se trata de una farsa y que, en consecuencia, el tono crítico es el que predomina en todos los diálogos. Lo interesante de lo que hace Nabokov al respecto es que la sátira no va sólo en la dirección de los científicos o gobiernos sin escrúpulos, sino también en la de la vida personal de los protagonistas, de los hechos que los convierten en seres brillantes pero malévolos. El mismo autor expresa en el prólogo: “¿Por qué representa él –Vals- una figura tan trágica? ¿Qué le impresiona de forma tan atroz cuando ve un juguete encima de la mesa? ¿Lo hará esto retroceder a su propia infancia? ¿Quizá no de su infancia, sino de la del hijo que ha perdido? Además de su trivial pobreza, ¿qué otras desventuras habrá padecido?”.

A continuación, después de realizar una síntesis más completa del argumento, se presentarán algunas ideas sobre, primero, los elementos que permiten encuadrar mejor el sentido absurdo de la obra y, segundo, el modo como se relaciona en ella la ciencia y la política.

Síntesis de la historia

La pieza inicia con una escena extraña: el coronel ayuda al ministro a limpiar uno de sus ojos. Acabada la tarea, ambos hombres discuten acerca de la situación por la que atraviesa el país, cercano a iniciar una guerra con la nación vecina; justamente, Salvador Vals llegará al Ministerio para hablarle sobre un arma ha construido junto a su primo y que tiene la capacidad de destruir todo un continente en cuestión de minutos. Sin embargo, para disgusto del científico, el ministro no cree una sola de sus palabras y, exasperado, lo saca de su oficina.

Media hora después de esto, una explosión destruye la gigantesca montaña que se veía desde la ventana del despacho, probándose con ello que Vals, a pesar de su apariencia, no está loco, antes bien puede ser útil al gobierno. Inmediatamente, el ministro hace desalojar a los periodistas que irrumpieron en la oficina por motivo de la explosión, manda a llamar a Vals y, a pesar de que todavía se encuentra consternado, gracias a la mediación de Trance (una reportera que había eludido la orden de salida), acepta organizar más pruebas del arma, para efecto de lo cual se reune con sus expertos.

Días más tarde, dichas pruebas se efectúan en un desierto, un pantano y una isla, teniendo como resultado la confirmación del poder destructivo que tiene el arma. Los estallidos causan problemas en el ambiente, y la gente empieza a protestar en las calles, pero nada de esto parece importar a Vals o al gobierno. Es más, este último está decidido a comprarle el arma al científico, sólo que él no desea venderla, sino utilizarla para hacerse con el poder e imponer un nuevo “régimen de silencio y paz”; así pues, hasta el mismo presidente (invisible en la obra) tendrá que someterse a las disposiciones de Vals, pues no sabiendo dónde tiene aquel el arma, no hay otra alternativa.

En el acto III de la obra asistimos a muchos cambios: Vals ya está en el poder, pero su carácter se ha transfigurado, ahora es un hombre desesperado y voluntarioso; carece de la serenidad que mostró cuando estuvo por primera vez frente al ministro. Acaba de ser víctima de un atentado contra su vida y, suponiendo que se trata de una acción del país vecino, ha ejecutado una explosión monumental allí, asesinando a miles de personas inocentes. Vals está cegado por el poder: piensa matar al coronel –quien a la sazón se ha vuelto su secretario-, ha dispuesto gobernar desde una isla solitaria, rehúye el estudio social de la nación, y se convierte en un enemigo a ultranza de la burocracia.

Por su oficina se ve desfilar un grupo informe de personajes: arquitectos, choferes, cocineros, prostitutas, todos ellos falsos en extremo, y que sólo parecen estar allí para acrecentar la locura en la que ha sucumbido el científico. Todo empieza en este punto a reflejar su verdadero carácter: no se trata más que de una farsa inventada en la cabeza de Vals mientras todavía aguarda –en realidad- la entrevista con el ministro; su imaginación se ha adelantado a la audiencia misma y ha creado un delirio increíble en el que Vals controla el mundo, dispone de los hombres y no responde frente a nadie por lo que hace. Así pues, estando todavía en la sala de espera, lo único que hace falta ver es que sucederá cuando realmente Vals hablé con el ministro sobre su arma.

El sentido absurdo de la obra

La Invención de Vals posee un carácter absurdo a nivel textual y también a nivel de contenido. La intención de Nabokov es satirizar, por un lado, las presunciones de los científicos que piensan que, gracias al poder de sus descubrimientos, pueden convertirse en los dueños del mundo y, por otra parte, la negligencia de los gobiernos que, cegados por su propia belicosidad, permiten las más viles arbitrariedades. Ambos elementos fueron evidentes ya durante la Segunda Guerra Mundial, y se combinaron entonces de modo siniestro, trayendo las consecuencias que todos conocemos: Auschwitz, Birkenau, las bombas atómicas, el fascismo, etcétera.

Debe destacarse un aspecto importante y es que la obra es absurda en el sentido de que todo en ella es una farsa: la historia es producto del delirio de Salvador Vals, quien, sentado aún en la sala de espera del Ministerio, da rienda suelta a su imaginación. Asimismo, el nombre del protagonista no deja de ser una mentira, pues como lo confiesa él mismo, “se trata de un pseudónimo casual, un bastardo de la fantasía”. Finalmente, aunque la mayoría de los personajes son concientes de la locura de Vals, ninguno de ellos se atreve a confesárselo, antes bien, hacen todo lo posible para mantenerlo en su estado.

El absurdo textual. Los diálogos entre los personajes constituyen uno de los elementos que mejor reflejan el absurdo de la obra; las frases cómicas, los enredos, las contradicciones, las palabras con doble sentido y las respuestas ilógicas son algunos ejemplos al respecto. Así sucede en el acto I, cuando después de la explosión de la montaña, el ministro quiere volver a hablar con Salvador:

“MINISTRO: Quiero que traiga aquí a ese Silvio en este instinto… insecto… instante.
CORONEL: ¿Qué Silvio?
MINISTRO: ¡Nada de preguntas! No tense los músculos de la mandíbula. Quiero que venga ese invendedor… inventariador…
CORONEL: Ah, ¿desea usted ver de nuevo a ese miserable inventor? A sus órdenes (se va).
MINISTRO: Debo poner en orden mis ideas… poner en orden mis ideas… Aclarar mi pobre cerebro. Ha sucedido un acontecimiento fantástico, y de él debo sacar una fantástica conclusión. Dame fuerza y sabiduría, oh Señor, dame fuerzas y consejo, no me niegues tu favor… ¡Maldita sea! ¿De quién es esa pierna?” (Pág. 44)

A lo largo de la obra son frecuentes este tipo de confusiones y juegos de lenguaje. En el acto II, por citar otro caso, se refunde el informe preparado para discutir el lugar en que deben llevarse a cabo las pruebas del arma, y Nabokov utiliza 3 páginas para desarrollar la alocada discusión de los oficiales en torno a esto. Por último, en el acto III se halla otra conversación absurda, ahora centrada en la búsqueda que está realizando Vals de un conductor adecuado para él:

“VALS: Bien, Trance, dime qué hace cada cual. ¿Quién es este viejo amigo, por ejemplo?
TRANCE: Este es Bump, el chofer.
VALS: Ah, el chofer. Un poco decrépito, ¿no?
BUMP: En compensación mi experiencia es colosal. Nota de pie biográfica: cuando yo era un chiquillo, mi tío Herman, un gran bromista, acopló un motor diesel a mi triciclo, después de lo cual pasé dos meses en el hospital. En mis años adultos, yo era un piloto de carreras automovilísticas, y la única razón de que no ganara premios fue mi extremada miopía. Después trabajé para particulares, e iba al volante de un lujoso automóvil cuando nuestro último rey –que Dios lo juzgue- fue muerto en su interior, a consecuencia de un tiro que cruzó la ventanilla.
TRANCE: Es el mejor chofer de la ciudad.” (Págs. 130-131)

El absurdo temático. Con todo, Nabokov no reduce el absurdo a crear diálogos carentes de sentido, sino que también lo proyecta en el contenido mismo de la historia. En primer lugar, el manejo de los asuntos del país entraña una profunda irracionalidad: los oficiales del gobierno no dejan de carrasquear, extravían los documentos importantes, asumen papeles de distinta naturaleza (reporteros, choferes) y se muestran débiles, indecisos y contradictorios. Incluso, el mismo presidente del país, cuando aparece en el acto II es una presencia invisible y un ser al que es necesario ayudar a sentarse.

Por otro lado, como se dijo antes, el argumento de la obra refleja un sinsentido en el hecho de que, si bien los personajes son concientes de la locura de Vals, no hacen nada para detener los excesos que personifica; se burlan de él (como cuando Trance lleva prostitutas para cumplir el deseo de Vals de conseguir una mujer), pero tal vez sólo el coronel trata de hacerlo entrar en razón. Esto demuestra que con tal de reírse un poco, cualquiera de ellos está dispuesto a asumir su frenesí como una posibilidad de existencia, aun cuando las consecuencias que esto pueda acarrear sean desastrosas.

Queda, además, la ironía que está implícita en el cambio de personalidad que se produce en Vals, una vez este alcanza el poder: si antes buscaba instaurar un régimen de paz que se basara en la amenaza de su arma total, sus acciones del acto III sólo reflejan un hombre sombrío, cegado por el poder, que ve en las demás personas, seres que deben agachar la cabeza ante su presencia y trabajar para satisfacer la increíble lista de caprichos que tiene a cada momento.

Política y ciencia bélica

Política y ciencia bélica son dos ámbitos que se han unido estratégicamente a través de la historia para desarrollar las armas a utilizar en una determinada guerra. Sin duda se trata de un desajuste de la sensatez, pues en un mundo lleno de enfermedades, pobreza, hambre y analfabetismo, es obvio que la ciencia debería dedicarse 100% a buscar alternativas a estos problemas, y no a encontrar formas cada vez más letales de destruirnos mutuamente. En este sentido pueden entenderse mejor las palabras del maestro Amílcar O. Herrera, quien escribió al respecto:

“Una gran parte de la investigación científica y tecnológica ha estado dirigida siempre hacia la protección de la vida humana y de su bienestar, y esto implica también investigación detallada acerca de cómo el mundo humano puede ser dañado. Todo este conocimiento acumulado lo utilizan ahora cerca de un millón de mujeres y hombres científicamente competentes, para inventar nuevos medios para destruir al hombre y al producto de su inteligencia creativa. Es un trabajo extremadamente eficiente, no sólo debido a la calidad intelectual del aparato científico comprometido, sino también al hecho de que es más fácil destruir la vida humana que protegerla” [1]

A ese grupo de hombres “científicamente competentes” que están desarrollando nuevos medios de destrucción pertenece Salvador Vals, protagonista de la obra de Nabokov. Él ha construido el arma total, “la telemuerte, o, para darle un carácter más griego, la teletanasia”, una especie de radio de alcance ilimitado que haciendo coincidir en un determinado punto dos rayos u ondas es capaz de producir una explosión de más de kilómetro y medio. Un arma que puede darle el control inmediato del mundo al gobierno que la posea, pues lo único que toma tiempo (una media hora aproximadamente) es el cálculo de las coordenadas.

Bien pronto se ve en La Invención de Vals el poder del arma, los enormes cráteres que deja en los lugares donde antes se asentaban montañas, ciudades o selvas; también los miles de muertos que puede producir en cuestión de segundos y; por supuesto, el modo como su uso se va volviendo más necesario para dar solución a los inconvenientes que, de otra manera, exigirían grandes movilizaciones de hombres y armamentos. En todo esto se descubre algo “maravilloso”, incluso, “artístico”, pues por primera vez está en la mano de los hombres la posibilidad de aniquilar completamente aquello que les disgusta.

Lo curioso de la obra es que la relación política-ciencia bélica no se gesta en el sentido en el que tradicionalmente se hace: aquí no es el gobierno el que facilita las condiciones materiales para que los científicos desarrollen armamento según unas exigencias puntuales, sino que son los inventores (Salvador Vals y su colega) los que acuden al gobierno para ponerlo al tanto de un arma que han desarrollado de forma independiente. Y porque esto es así, se comprende que Vals no proyecta vender su invento, sino utilizarlo para alcanzar él mismo el poder, pues el arma le confiere un control total, superior al de la política misma.

Por ende, aunque en apariencia Vals está por debajo del ministro al llegar a su oficina, en realidad se encuentra muy por encima, pues al desconocer el gobierno el lugar en el que el científico guarda su arma, son blancos potenciales de su uso. Como lo dice Trance en tono simbólico: “el señor Vals ha puesto la zancadilla a la Madre Naturaleza y la ha hecho caer de bruces”, ¿quién podría ahora detenerlo?, ¿quién podría hacerlo entrar en razón, persuadirlo de deshacer su arma o utilizar su potencia en una nueva dirección?

Salvador Vals es un científico que no sabe mucho de política, y pruebas de ello se encuentran por doquier: desea vivir alejado de la sociedad, aunque sabiendo que en ella se cumplen sus disposiciones; le aburren sobremanera todos los procesos administrativos del gobierno, no quiere revisar ningún papel y mucho menos firmarlo; las protestas que se generan en las calles por sus abusos y, mucho más, las necesidades de la población, lo tienen sin cuidado; y, para rematar, no sabe mantener las relaciones con los otros países, a quienes sólo quiere imponer su régimen de silencio. El mismo coronel se lo hace saber cuando han pasado unos días desde la llegada de Vals a la presidencia:

“CORONEL: ¿Tonterías? El parlamento está hecho un manicomio y en las calles hay batallas. ¿Son eso tonterías? Millones de desempleados: el resultado de su famoso decreto: ‘Cada rico deberá compartir su fortuna con nueve mendigos’. ¿Por qué nueve, por amor de Dios, y dónde está su gente rica? ¿En sus cuevas, en América? Unidades completas del Reino vecino cruzan tranquilamente nuestra frontera por diversos puntos para comprobar personalmente lo que está sucediendo. Buena cosa, al menos, que todavía no saben bien cómo reaccionar, y sólo están husmeando, evidentemente desconcertados por el hecho de que un país fuerte y feliz esté destruyendo de repente su poderío militar. ¡Oh, claro, tiene usted razón! ¡Todo esto son tonterías!” (Pág. 110)

De alguna forma, Vladimir Nabokov señala en esta obra varias cosas: la primera es que una vez los científicos irrumpen en los asuntos políticos, la sociedad se vuelve vulnerable a sus propósitos, pues entonces no hay ningún frente social que pueda hacerles resistencia. La segunda tiene que ver con que los políticos encontrarán siempre todo tipo de excusas para desarrollar su ciencia bélica: espías, conspiraciones de otro país, una guerra inevitable, la expansión, etcétera. La tercera, para concluir, es que, más allá de todo, siempre son las personas del común las víctimas de los juegos que se cuecen entre científicos y políticos; piénsese que nadie toma en serio las protestas, ni los muertos que resultan de las explosiones (más de seiscientos mil, por ejemplo, en la represalia que toma Vals contra la nación vecina, después de su atentado).
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La Invención de Vals es una pieza teatral corta pero sugerente; con un lenguaje irónico y de apariencia irracional, nos alerta sobre las consecuencias que puede traer para la humanidad el desarrollo de una ciencia bélica en manos de líderes inescrupulosos y proclives al autoritarismo. Una advertencia que no debería desatenderse por nada en esta época, en la que las existencias de bombas nucleares únicamente de Estados Unidos y Rusia serían suficientes para destruir cada ciudad del mundo no menos de siete veces [2].

NOTAS:

[1] HERRERA, Amílcar O. (1981)
La Larga Jornada: La Crisis Nuclear y el Destino Biológico del Hombre. México: Siglo XXI Ed. p. 22.
[2] Ibid., p. 20.

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