AUTOR: Roberto Arlt
TÍTULO: El Juguete Rabioso
EDITORIAL: Bruguera / Alfaguara, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1979
PÁGINAS: 221
PRÓLOGO: Juan Carlos Onetti
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

No sé exactamente a qué edad empezó Roberto Arlt a leer a Dostoievski, cuándo se acercó, por ejemplo, a su novela Humillados y Ofendidos; pero, no cabe duda de que esta fue una literatura que siempre lo entusiasmó, tal vez porque, para la época, y a pesar de las diferencias entre el contexto ruso y el argentino, constituía uno de los pocos acercamientos al mundo miserable de las ciudades, a la vida recia y desdichada de sus habitantes. Arlt, como Dostoievski, consagró su obra para explorar la figura de aquellos hombres que, sometidos por su pobreza y la continua pérdida de fe, se sobreviven oscuramente en las calles, lamentándose para sí mismos de su suerte.

Con esta novela, El Juguete Rabioso, publicada en el año 1926, Roberto Arlt inaugura un espacio dentro de la literatura latinoamericana que resulta original debido a la síntesis que hay en sus páginas de marginación social y existencialismo. Prácticamente, ninguna obra antes de ésta, abordó en nuestros países de una manera tan directa, expresiva y sobrecogedora la angustia que implica vivir cuando el destino y la sociedad nos condenan a la miseria. Esa primera reflexión sobre la inutilidad, sobre la necesidad del crimen, sobre las alegrías pequeñas y postergadas, se debe casi enteramente a Arlt, al drama de sus personajes:

“La literatura de Arlt nace del contacto directo con la vida, en especial con los sectores marginales, de los que extrae una inquietante galería de personajes; asimismo conoce bien a la clase media y al proletariado urbano. Refleja el sentimiento generalizado de frustración que advierte en la sociedad argentina. Desde una visión apocalíptica, nos muestra un mundo caótico, corrupto, y una humanidad degradada. Sus obras están pobladas de gentes de mal vivir y de situaciones escabrosas. Viene a mostrarnos cómo la gran urbe, opuesta al orden natural, destruye al individuo. Sigue la línea del realismo social, influido por autores como Dostoievski y Gorki, pero experimenta y aporta innovaciones en técnicas y formas expresivas. Se aleja de lo vulgar, por el camino de la imaginación y la extravagancia. Recoge la lengua viva de la ciudad, a menudo con tonalidades broncas” [1]

Ha dicho Juan Carlos Onetti a propósito de Arlt que él “había nacido para escribir sus desdichas infantiles, juveniles y adultas”, y que “lo hizo con rabia y con genio, cosas que le sobraban”, y yo pienso que, para el lector de El Juguete Rabioso, estas palabras no pasan desapercibidas. La novela posee un sabor amargo, doloroso, pero también es palpable en ella la violencia de sus personajes, el furor irritable con el que estos asumen su suerte. Y no se trata ya de una invención literaria, de ficción, sino de la experiencia propia de Roberto Arlt vertida aquí como expresión de un grupo social al que perteneció, y al cual amó y despreció con todas su fuerzas.

No en vano hizo notar el mismo Onetti que el éxito de Arlt con sus Aguafuertes –aquellos pequeños artículos sobre temas de ciudad, de los que vivió el autor durante mucho tiempo-, se debe principalmente a que el hombre común, “el enorme porcentaje de amargos y descreídos podían leer (allí) sus propios pensamientos, tristezas, sus ilusiones pálidas, adivinadas y dichas en su lenguaje de todos los días”. Aunque, a veces en tono burlesco e infame Arlt se refiriera a los demás hombres –a lo cual contribuyó su orgullo de artista-, fue conciente también del lazo humillante que lo unía con ellos. En las pensiones, en los prostíbulos, en las calles peligrosas, en las esquinas más oscuras y degradantes, siempre estuvo esperando a Arlt su siguiente historia; y porque vivió de cerca la mayoría de ellas, no pudo sustraerse nunca de la subjetividad.

Predecesor, pues, en muchos sentidos de la nueva literatura realista, así como de la reflexión existencial que se desprende de la marginación, Roberto Arlt es un autor indispensable todavía en nuestros tiempos. A partir de El Juguete Rabioso quisiera escribir algunos comentarios sobre esos dos asuntos que se unen magistralmente en la novela: el panorama social bonaerense, que es el escenario concreto de la historia, y la postura existencial de Silvio Astier, su protagonista.

El argumento de la novela

El Juguete Rabioso está dividida en cuatro capítulos, en cada uno de los cuales el mismo Silvio Astier nos cuenta una parte de su vida. Así, en el primero –Los Ladrones-, narra su encuentro con los folletines de bandoleros, y su iniciación en el robo junto a sus amigos Enrique y Lucio; en el segundo –Los Trabajos y los Días-, rememora la experiencia de trabajar en la librería del viejo Gaetano, con todas las privaciones que esto implicó; en el tercero –El Juguete Rabioso-, Silvio se remonta al tiempo en el que fue recibido en una escuela de aviación militar, de la que fue retirado cuando se comprobó su superioridad intelectual; y, finalmente, en el cuarto capítulo –Judas Iscariote-, el protagonista describe sus días como vendedor de papel y la traición que hizo a su amigo Rengo, hecho con que concluye la novela.

Silvio Astier tuvo una niñez caracterizada por las privaciones, a pesar de lo cual supo alimentar vivamente su imaginación. Es decir, si bien su padre había muerto, y su madre ganaba lo justo para mantener a sus dos hijos –él y su hermana Lila-, el joven halló en la lectura de libros de bandoleros y la invención de diferentes proyectos (un cañón, un captador automático de estrellas) un mundo alternativo a su realidad. Se trata de una cualidad que distingue a Silvio de muchos de los personajes que hay a lo largo de la novela, pues mientras aquellos permanecen en una pobreza, además de económica, mental, él es inteligente, agudo en sus opiniones y bastante culto.

Por tal razón, no extraña que Silvio pasara las tardes de su niñez con el zapatero andaluz al que alquilaba las novedades literarias, y tampoco que devorara los manuales de química necesarios para sus creaciones. Es la época en que conoce a Enrique Irzubeta, otro joven perteneciente a la clase pobre de Buenos Aires, con quien se unirá para robar casas deshabitadas. Astier se toma su tiempo para describir la vida insolente que llevan en la casa de Enrique: todos acostumbrados a no trabajar, a vivir fiando, a discutir acaloradamente y a leer novelones clásicos.

Después de un tiempo, se unirá a la pareja otro muchacho, Lucio, conformando así “El Club de la Media Noche”, un grupo que celebrará reuniones semanales y diseñará toda clase de hurtos. Con todo, esta época delictiva termina aquella noche en la que, después de robar libros y bombillas en un colegio cercano, Enrique sea descubierto por un policía, perseguido y, luego, retratado en un periódico local; la posibilidad de un arresto hace que los tres jóvenes decidan disolver la pandilla y dejar de frecuentarse, cosa que cumplen Silvio y Lucio, mas no Enrique, del cual se sabrá luego que irá a la cárcel por falsificación y robo.

De este modo, obligado a no robar por un tiempo, y ante la miserable situación de su casa, Silvio Astier empieza a trabajar en la librería de don Gaetano, en donde además vivirá por un tiempo. Es una época infeliz: su vida se consume en humillaciones de todo género, en un hambre que crece atrozmente, en las discusiones entre el viejo y su esposa, de las que siempre sale a relucir la usura y explotación de ambos. En vano Silvio se ilusiona con la idea de trabajar junto al señor Souza, un hombre que le promete trabajo, pero luego le trata ásperamente. Acaso el único recuerdo grato de estos días provenga del beso con el que una compradora francesa lo enamora.

Convencido de que su vida no puede seguir de esta forma, cierto día decide simplemente no volver; aunque ha intentado incendiar la librería, hasta en este punto ha fallado. Vuelto a casa, Silvio se entera por Rebeca, amiga de su madre, que en la escuela de aviación requieren auxiliares. De inmediato el joven marcha hacia allí y, si bien, al momento de llegar, ya han terminado las selecciones, se las ingenia para mostrar su conocimiento sobre máquinas, propiedades de la materia, y demás. Hasta tal altura llega su discurso, que los oficiales deciden contratarlo, entusiasmados con lo que él pueda aportarles.

Sin embargo, precisamente su inteligencia hace que sea expulsado pasados apenas unos días: se trata de un trabajo que sólo necesita fuerza física, no personas inventivas. Sin entender esta inconsistencia, ni la actitud del capitán Márquez, quien primero se muestra entusiasmado con sus ideas y luego lo lanza de nuevo a la vagancia, Silvio caminará por las calles decidido a no regresar a su casa. Alquilará un cuarto en una pensión con el dinero que le queda, y allí, mientras descansa, conocerá a un sujeto travestido que inútilmente trata de convencerlo de acostarse con él. Horrorizado con la historia de aquel hombre, aburrido de su propia suerte, decide suicidarse. Compra un revólver con unos pesos que roba al travesti, y después de un último intento fallido por zarpar en uno de los barcos de la bahía, se dispara.

Sin saber cómo, despertará en su casa, ante el rostro lloroso de su madre, enfrentado de nuevo a la vida. Esta vez irá de frente a ella, tomándola como venga; trabajará vendiendo papel en los suburbios, soportando las miradas de hastío y grosería que despierta en la gente; ganando de forma denigrante unos pesos por día. Y así, sin ningún motivo real para vivir, tal vez con el deseo de sentir, por fin, algo fijo en el pecho, un sentimiento que lo traiga de lo lejos en que permanece, decide traicionar a su amigo Rengo, un cuidador de carros que le ha propuesto robar a un ingeniero. Lo delatará, verá cómo su amigo y mujer son atrapados por la policía, mientras él, perverso, tiene la sensación de que ha venido por primera vez a la tierra y de que todo es nuevo, flamante, hermoso.

El panorama social bonaerense

Al principio de este documento traje a colación el comentario de Pedraza y Rodríguez con relación a que la literatura de Roberto Arlt “nace del contacto directo con la vida, en especial con los sectores marginales”. Esto es comprobable prácticamente con cualquiera de sus libros, pues en todos ellos el panorama social se caracteriza por la pobreza, la mendicidad y el duro trance de la vida cotidiana. En El Juguete Rabioso esta condición es la única evidente, esto es, no existe un punto de contraste entre el modus vivendi de los ricos y el de los desafortunados; en todo caso, si aparece es de modo nominal, como sucede en la última parte de la novela con el ingeniero Vitri, o de modo ideal, en el caso de los sueños que usualmente tiene Silvio de vivir mejor.

El hecho de que en esta obra no se realice un contraste narrativo entre dos formas de vida tan distintas, sino que todo el argumento se centre en la pobreza, contribuye a que la experiencia de este fenómeno se intensifique. Desde el principio hasta el final, lo que se revela a los ojos del lector a nivel social es marginación, falta de oportunidades, frustración, pesimismo, rabia contenida. Lo interesante de Arlt, al respecto, es justamente el convertir un espacio concreto de la realidad en algo universal. Moreno-Durán ha hecho notar que esta conversión –o ampliación, si se prefiere- es un elemento propio de la narrativa latinoamericana:

“Hay una especie de embaucamiento en la forma en la que el novelista presenta el conjunto de la realidad: la ciudad, por el mero hecho de su nominación o su utilización como escenario, aparece como relación total de la anécdota, aunque, en verdad, lo que el novelista hace es ampliar la visión de uno de los elementos particulares de las distintas situaciones de la sociedad y de sus personajes presentándolo como válido y universal y, por lo tanto, excluyente de cualquier otra perspectiva de la obra” [2]

Moreno-Durán considera esta totalización narrativa a partir de un solo núcleo una “desgracia” para la novela, tal vez pensando que entre más puntos de referencia tenga un escritor, mejor representará su obra la realidad, en el sentido de que será más cercana a todos los matices que ella ofrece. En mi opinión, exigir semejante amplitud no es pertinente en todos los casos, pues una novela de contrastes que lograse mostrar cientos de maneras de pensar, de vivir y de entenderse, incluso, por extensión, es una labor desbordante; y en últimas, nunca la literatura captará la totalidad de lo que existe.

Al contrario, la literatura –y en esta óptica se inscribe Roberto Arlt-, al utilizar un método más inductivo, redunda en el análisis de lo que hay en la realidad, porque partiendo de una situación determinada totaliza lo existente haciéndolo universal. De este modo, El Juguete Rabioso, aunque aborda exclusivamente la vida de los hombres pobres de Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XX, proyecta una interpretación de conjunto que resulta, no ya de la consideración de los otros –los ricos-, sino de la profundización en los motivos, los problemas, la rutina y los sueños de la gente desheredada.

Un primer nivel para entender el panorama social que ofrece Arlt en esta novela tiene que ver con la temporalidad. El tiempo en la vida de los personajes es un factor que determina su discurrir social: desde muy pequeño el propio Silvio se entera del mundo que le ha correspondido vivir; “entonces yo soñaba con ser bandido –dice- y estrangular corregidores libidinosos, enderezaría entuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas”. Leyendo historias de bandoleros después de clases, pero también percibiendo el hambre y necesidades de su hogar, la niñez de Astier es el encuentro con una sociedad en la que la violencia está presente, en la que el crimen abre sus puertas constantemente, y en la que la justicia no ofrece ninguna garantía.

Mas, la niñez de Astier sufre un quiebre en el momento en el que decide que la criminalidad no es una cuestión literaria, ni de observación, sino que es una realidad en la que indefectiblemente se verá implicado. Sin dejar de ser niño, madura su conciencia de acción y el robo empieza a movilizar su vida. Será la época en que se junte a Enrique para delinquir, y de sus palabras puede interpretarse su visión: “de esta unión con Enrique, de las prolongadas conversaciones acerca de bandidos y latrocinios, nos nació una singular predisposición para ejecutar barrabasadas, y un deseo infinito de inmortalizarnos con el nombre de delincuentes”.

El tiempo dirá también a Astier que es necesario prescindir de los robos a casas de alquiler, o a los pequeños almacenes, que la organización procura mejores resultados, y así, junto a Lucio, vendrá la época de los robos planeados, de las reuniones secretas, del “regocijo que se siente cuando se quebranta la ley y se entra sonriendo en el pecado”. Y también el tiempo, sus continuos ciclos, informarán a Silvio que es útil para evitar complicaciones, alejarse del delito e intentar una forma diferente de vida; entonces vendrá ese largo periplo del protagonista por una serie de trabajos infortunados que aclararán aún más el tipo de sociedad en el que vive: una ciudad que castiga fuertemente el crimen, pero que cierra por completo las oportunidades honestas de vivir.

El otro gran nivel de lectura social que puede hacerse de El Juguete Rabioso tiene que ver con el espacio en el que transcurren los sucesos. La narración de Silvio nos lleva a conocer diferentes escenarios de Buenos Aires que, como se dijo antes, coinciden en pertenecer a lo más sórdido de la ciudad. La propia casa del protagonista es un prototipo de todas las de su clase, estrecha, pálida, que revela muy pronto su miseria; similar a la de Enrique, atestada de vejestorios inservibles, una casa en la que se lucha incansablemente contra agentes y cobradores, mientras el pasado agoniza en los rincones. O el mismo hogar de Gaetano que, como su librería, hace gala de la austeridad del usurero, en donde todo se sacrifica por el gusto de la acumulación.

Y luego están los espacios abiertos: las plazas por las que transita Silvio con el librero peleando los precios de los alimentos, las calles en las que vende el papel, mientras recibe como pago la indisposición de las personas, su sospecha. Espacios por los que transita la delincuencia, el travestismo, los gañanes, los tramposos, todos los inmigrantes miserables de Polonia, Italia o Alemania, los desdichados que estrellan sus miradas como golpes violentos e inmisericordes. Un escenario triste y opaco que contrasta con el sol que ve Astier a lo lejos, con las montañas verdes. El protagonista se representa estos espacios como una necesidad:

“Para vender hay que empaparse de una sutilidad ‘mercurial’, escoger las palabras y cuidar los conceptos, adular con circunspección, conversando de lo que no se piensa ni se cree, entusiasmarse con una bagatela, acertar con un gesto compungido, interesarse vivamente por lo que maldito si nos interesa, ser múltiple, flexible y gracioso, agradecer con donaire una insignificancia, no desconcertarse ni darse por aludido al escuchar una grosería, y sufrir, sufrir pacientemente el tiempo, los semblantes agrios o malhumorados, las respuestas rudas e irritantes, sufrir para poder ganar algunos centavos, porque ‘así es la vida’” (Págs. 180-181)

Hay que resaltar, para cerrar este apartado, que ese panorama social de Buenos Aires, pobre, criminal, descreído, tiene para el caso particular de El Juguete Rabioso un elemento que resalta y es la intelectualidad de Silvio Astier. A pesar de su pobreza, el protagonista, como Arlt, posee una inagotable curiosidad científica; inventa tanques, máquinas, y explica sus mecanismos con la prolijidad de un especialista. Unas veces cree tener la fuerza de Rocambole –el héroe de los folletines-, otras, la intuición poética de Baudelaire, pero las más, se le ve como un Edison entregado a los trabajos científicos que produce su imaginación.

Por este solo hecho, Silvio Astier se aleja del ladrón común: es un pobre de nutrida inteligencia, capaz de sorprender a cualquier persona, pero sin la fortuna de ser aceptado, valorado por el resto de la sociedad. Buenos Aires es una ciudad de pesimistas, y todos parecen nacer allí con un signo en la frente, imborrable, que determina su futuro y posibilidades. La calle Rivadavia, la Sud América, la Bolivia, la Bogotá están plagadas de hombres cuya única provisión para vivir es el crimen, hombres en los que se cultiva lentamente el rencor de ser juguetes del destino.

El perfil existencial de Silvio Astier

Roberto Arlt es considerado usualmente precursor de la literatura existencialista, y dicha opinión resulta válida si se tiene en cuenta, por ejemplo, que esta novela es anterior a las obras de Camus y Sartre. Por otra parte, quizá no se haya advertido con la misma frecuencia que Arlt ya trabajaba a principios de siglo muchos de los temas que luego hicieron populares los escritores del realismo sucio (Fante, Bukowski), es decir, el alcohol, la vida pendenciera, la marginación, etcétera.

Ahora bien, me gustaría señalar que el perfil existencial de un personaje como Silvio Astier difiere radicalmente del de un Roquentin o un Mersault por una razón significativa, y es que estos dos últimos son existenciales, sobre todo, en términos ontológicos, mientras que Astier lo es en un plano práctico. En otras palabras, en El Juguete Rabioso las cuestiones sobre la existencia no se plantean desde una postura filosófica, sino a partir de una aproximación a las acciones reales que tiene el protagonista dentro de su mundo; así, la contingencia, la inutilidad, las definiciones de Astier no provienen de disertaciones, sino de su experiencia concreta.

Lo que hizo Sartre en La Náusea fue reconstruir desde una visión ontológica el proceso que atraviesa el hombre desde el reconocimiento de su gratuidad a la consolidación de un sentido para su vida. En cambio, la novela de Roberto Arlt enfatiza en la negación constante de ese sentido como producto de las circunstancias por las que atraviesa Astier: sus fracasos laborales, su incompetencia en el amor o su falta de dinero. Mientras Sartre quiso subrayar el ser que existe, Arlt reflejó el ser que (no) hace. Esta idea puede explicarse más fácilmente si atendemos lo siguiente:

“En primer lugar, y esta es su característica fundamental, el hombre se define por su posibilidad, por su ser posible, porque tiene delante de sí posibilidades –mejor dicho, porque es sus posibilidades y ya no es cuando no las tiene, cuando adviene la muerte- en el cumplimiento de las cuales se va constituyendo, se va haciendo. Existir es ser un ser posible. El hombre no es en ningún momento de su vida algo completado y definitivo: siempre tiene un resto potencial de ser que se encarna en sus posibilidades concretas” [3]

Considerando lo anterior, a Roberto Arlt no le preocupa hacer que su personaje experimente el nacimiento de su conciencia de ser, como si sucede en el caso de Sartre, sino resaltar que su nivel de acción, lo que Torchia Estrada llama posibilidades concretas, van sumiéndose en la irrealización: existe un conjunto de hombres y circunstancias que le impiden ser-hacer. Por ejemplo, Silvio Astier desea convertirse en inventor, sabe que por sus conocimientos esa es una de sus posibilidades, pero la falta de recursos o el nulo apoyo en la escuela de aviación, reprimen este sueño; asimismo, estaría feliz de viajar a Europa porque allí trabajaría menos miserablemente, pero no logra enrolarse en un barco como ayudante, y el proyecto de pagar su tiquete se viene al piso con la delación final.

No hay alguna manera de que las posibilidades de Astier se realicen; uno a uno todos sus planes van cayendo, y por eso dos sentimientos ganan espacio en su vida: la inutilidad y la rabia. A medida que pasan las páginas de la novela se hacen más fuertes los comentarios de Silvio sobre esa condición humillante en la que ya no puede decidir qué hacer, porque al inclinarse por algo, inmediatamente el destino se encarga de bloquearlo, así con sus inventos, con sus trabajos e, incluso, con su vida delictiva. Su objeto es ser feliz, ganar dinero, alejarse del prototipo de “hombres que llevan cuellos sucios, camisas zurcidas, traje color vinoso y botines enormes”; pero ninguna de esas tres formas a través de las cuales le sería posible conseguirlo surte efecto.

En la mitad de la novela, cuando la madre de Astier lo insta a trabajar, el protagonista responde: “¿trabajar de qué?”, y luego se confiesa: “hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas (las de la madre), odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena innominable: la certeza de la propia inutilidad”. Sentimiento que lo acompañará desde entonces, incrementándose al ritmo de las situaciones que le demuestran lo fútil de su vida, y a ello se sumará la rabia y la envidia, ya que Astier sentirá que “nunca sería como ellos (los afortunados)…, nunca viviría en una casa hermosa y tendría una novia de la aristocracia”.

Necesariamente el futuro que se perfila para el protagonista de El Juguete Rabioso lo llena de pesimismo. “Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma”, se dice durante una de las humillantes tardes con Gaetano. Consecuencia de esto, se hace notoria la transformación, al interior de Astier, de sus posibilidades de acción en una desazón humillante. Ese choque continuo, las barreras que le hablan sobre su inutilidad, son ineludibles; él mismo se dice: “era necesario que mi vida, la vida que durante nueve meses había nutrido con pena un vientre de mujer, sufriera todos los ultrajes, todas las humillaciones, todas las angustias”.

“Muchos ojos me desnudaron lentamente. Vi rostros de mujeres que ya no olvidaré jamás. Vi sonrisas que aún me gritan su befa en los ojos… ¡Ah! Cierto es que estaba cansado… ¿más no está escrito: ‘ganarás el pan con el sudor de tu frente’? Y fregué el piso, pidiendo permiso a deliciosas doncellas para poder pasar el trapo en el lugar que ellas ocupaban con sus piececillos, y fui a la compra con una cesta enorme; hice recados… Posiblemente, si me hubieran escupido a la cara, me limpiaría tranquilo con el revés de la mano. Cayó sobre mí una oscuridad cuyo tejido se espesaba lentamente. Perdí en la memoria los contornos de los rostros que yo había amado con recogimiento lloroso; tuve la noción de que mis días estaban distanciados entre sí por largos espacios de tiempo… y mis ojos se secaron para el llanto. Entonces repetí las palabras que antes habían tenido un sentido pálido en mi experiencia: –Sufrirás –me decía-, sufrirás… sufrirás… sufrirás (…) y la palabra se me caía de los labios” (Págs. 112-113)

Ni siquiera dios procura algo de orden a este conflicto en el que sucumbe la vida de Astier: “no tenemos un Dios ante quien postrarnos y toda nuestra pobre vida llora”, “que pequeñitos somos y la madre tierra no nos quiso en sus brazos y henos aquí, acerbos, desmantelados de impotencia”. Su destino es, además de vergonzoso, ineluctable, y nada pueden las fuerzas humanas, como tampoco las divinas, en contra suyo.

En síntesis, el perfil existencial de Silvio Astier podría describirse así: un paulatino aumento del sentimiento de humillación e impotencia que se experimenta al ver la manera como nuestras posibilidades van cerrándose por la acción de agentes externos. Cómo, si no, podría interpretarse esa gran ironía que hay al final de la novela: Astier puede participar con Rengo en un robo del que obtendrán los recursos para escapar a Europa; sin embargo, sin ningún motivo aparente, el propio Astier se acerca a la casa del ingeniero Vitri, la víctima del plan, y lo pone al tanto de lo que sucede, con lo cual enviará a la cárcel a su amigo y esposa.

A esas alturas de la historia, el protagonista ya no busca beneficios económicos, ha abandonado totalmente el terreno de las posibilidades, y cuando intenta explicarse a sí mismo las razones de lo que ha hecho, piensa: “yo ya no me pertenecía a mí mismo para nunca jamás”, “hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé… de destrozar para siempre la vida de un hombre… y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos”.

Como se ve, Silvio Astier, juguete hasta entonces del destino y la sociedad, obligado por las circunstancias a desprenderse de aquello a lo que se ha inclinado, a vivir la sordidez y miseria de la vida, ha vaciado su ser completamente para el final de la novela, y de víctima pasa a ser el victimario de alguien que, como él, sólo conoce el lado oscuro, mezquino de la ciudad. El cierre de El Juguete Rabioso parece, bajo esta mirada, una exaltación del no ser, del no desgastarse inútilmente en tareas destinadas a perecer en el olvido. El hombre renovado del final, aquel que tiene la “sensación de haber venido al mundo hace una hora”, es muy parecido al vacío característico de la insatisfacción.
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Como le sucedía a Juan Carlos Onetti, sé que las líneas que he escrito sobre El Juguete Rabioso no son dignas de Arlt, y no reflejan la experiencia de su lectura. Con todo, “nos ha sido imposible abrir un libro suyo y dar a leer el capítulo o la página o la frase capaces de convencer al contradictor”, a aquel que no asiente al talento de Arlt; “hemos preferido creer que la suerte nos ha provisto, por lo menos, de la facultad de la intuición literaria. Y este don no puede ser transmitido”. Roberto Arlt es un escritor inexplicable.


NOTAS:

[1] PEDRAZA, Felipe B. & RODRÍGUEZ, Milagros (2000)
Historia Esencial de la Literatura Española e Hispanoamericana. Madrid: Ed. Edaf. p. 573.
[2] MORENO-DURÁN, R. H. (1996)
De la Barbarie a la Imaginación. Bogotá: Ed. Ariel. p. 255.
[3] TORCHIA ESTRADA, Juan (1955) La Filosofía del Siglo Veinte. Buenos Aires: Ed. Atlántida. p. 205.

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