AUTOR: Manuel Rojas
TÍTULO: Hijo de Ladrón
EDITORIAL: Círculo de Lectores, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1973
PÁGINAS: 267
NOTAS: Horacio González Trejo
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

En un artículo publicado hace un par de años en la Revista de Libros de El Mercurio, Poli Délano recordó esta anécdota que tuvo lugar por allá en el año 1957: José Donoso –uno de los autores más representativos del boom latinoamericano- pidió a su colega, Manuel Rojas, el favor de revisar un ejemplar de su novela Coronación para criticarlo severamente; tiempo después, en efecto, le fue devuelto el libro con innumerables anotaciones en sus páginas, tantas, que, herido en su vanidad, José Donoso mantuvo desde entonces una relación distante con Rojas, escritor que ese mismo año recibía en Chile el Premio Nacional de Literatura.

Dicha historia resulta curiosa por dos razones. En primer lugar, porque deja ver el valor literario que tuvo Rojas para los escritores de mediados de siglo (Délano no duda en calificarlo como precursor del boom) y, por otro lado, porque nos habla del carácter observador y crítico de este autor que, sin exageraciones, encabeza el movimiento del realismo social chileno. Su novela Hijo de Ladrón (1951), prueba especialmente ese valor y ese carácter del que hablamos, pues constituye un espacio de exploración que transforma los estilos narrativos tradicionales, al tiempo que refleja en su plano temático la denuncia de problemas sociales como la mendicidad, la migración y el crimen.

Manuel Rojas, aunque nació en Buenos Aires, se instaló en Chile desde joven, acogiendo la nacionalidad de sus padres. Autodidacta y pobre, debió por obligación ejercer los más variados oficios: anotador de teatro, pintor, vendedor, profesor; labores que alternó con un ferviente interés por la literatura –la poesía, el ensayo, la novela-. También desde joven mostró su predilección por la vida errabunda, la misma que lo llevó a recorrer varios países de América, Europa y Asia; una experiencia que signaría el tono de sus libros, sus temas y la línea crítica que los caracteriza. José Miguel Varas escribió a propósito de Hijo de Ladrón lo siguiente:

“Los que en aquel tiempo éramos jóvenes y como tales, irreverentes, devoramos el libro y proclamamos que con él comenzaba la literatura chilena en prosa. La verdadera, la auténtica. Afirmamos que era la primera novela moderna, de nivel internacional, que incorporaba con legitimidad no sólo la fuerza de los grandes rusos sino, además, buena parte de las innovaciones formales del siglo XX, desde Proust hasta Faulkner, sin perder nada del contenido nacional. Todo lo anterior podía ser olvidado, dijimos, o echado a la basura. El criollismo había muerto" [1]

Estas palabras de Varas translucen el entusiasmo con que cierto sector de la sociedad chilena asumió la obra de Manuel Rojas, en una época en la que era evidente la transición de una narrativa rural a otra en la que la ciudad se convertía en el centro de discusión. Hablar sobre ella, sobre la ciudad, sobre sus inconvenientes, sobre todos los sinsabores que se gestan cotidianamente en sus calles, al interior de sus habitantes, fue la consigna de ese nuevo realismo del que participó Rojas, dotándolo con la fuerza de una escritura diferente, una narrativa que sincretiza influencias bien variadas, que van desde la asombrosa tarea descriptiva de Faulkner, hasta la introspección de autores pertenecientes a la corriente de la conciencia interior.

En Hijo de Ladrón, concretamente, Rojas pone sobre la mesa muchos de sus recuerdos sobre el tiempo en el que vagó por los Andes ganándose la vida en trabajos miserables; debido a esto, en la novela transitamos por Mendoza, Valparaíso o Buenos Aires, mientras nos enteramos del modo como se vive en sus cárceles, en los conventillos de paso, en las playas atestadas de vagabundos, en las casas de ladrones y proscritos. Y hacemos este viaje a través de Aniceto Hevia, su personaje principal, pero también merced a las muchas historias que se van tejiendo a su alrededor, historias en su mayoría tristes y problemáticas. Algo que Ángel Flores ha dado en llamar, los relatos inexpresados:

“Aquí está el punto de arranque de nuestra literatura: la urbe latinoamericana –ya no la aldea, la pampa, la selva, la provincia– caótica, turbulenta, contradictoria, plagada de pícaros, de masas emigrantes de los predios rurales traídos por la nueva industrialización. Todo esto con unas ganas enormes de vivir, amar, aventurar, contribuir a cambiar la sociedad, provocar la utopía” [2]

A continuación intentaremos aproximarnos a Hijo de Ladrón para rastrear en ella, primero, la realidad social que expresa y, segundo, el modo como se transmite o no la condición de los criminales a nivel familiar. Como siempre, haremos antes una síntesis del argumento para ilustrar mejor nuestro análisis.

La historia de Aniceto Hevia

Esta novela de Manuel Rojas inicia cuando Aniceto sale de la cárcel, después de permanecer en ella un tiempo, acusado de aprovechar los disturbios generados durante unas protestas para robar una joyería. Así pues, al modo como arranca Berlín Alexanderplatz de Döblin, en la que Biberkopf sale de prisión, preguntándose cuál será su futuro, aquí, la primera imagen que nos llega de Aniceto Hevia es saliendo de la cárcel, enfermo –ha contraído una pulmonía-, con la ropa sucia y descolorida, repitiéndose en su fuero interno: “no es mucho lo que puedo hacer… quizá sólo morir, pero morir no es fácil”.

Como tal, la fábula de Hijo de Ladrón comprende esta salida de prisión del protagonista, en Valparaíso, su vagancia por las calles buscando algo para hacer y, finalmente, el encuentro con el Filósofo y Cristián, personajes a quienes se unirá, no sólo en la extraña labor de buscar metales arrojados en la playa, sino también en su modo impasible de vida. Junto a ellos, vivirá unos días en un conventillo sórdido, mientras paulatinamente se recupera de su enfermedad. Una vez el Filósofo consiga para los tres un contrato de trabajo como pintores, marcharán a las afueras de Valparaíso.

Visto así, el argumento de la novela es bastante sencillo. Sin embargo, lo que viene a enriquecerlo es el increíble número de historias que a modo de retrospecciones se intercalan a lo largo de las cuatro partes del libro. Dichas anacronías se remontan a la niñez misma de Aniceto y llegan hasta recuerdos próximos de sus días en la cárcel; pero no se reducen únicamente a su experiencia, sino que también involucran a otros personajes, es decir, a medida que ladrones, compañeros de presidio, o conocidos de la familia van apareciendo en la obra, estos también se encargan de narrar, unos más prolijamente que otros, sus propias vidas.

En consecuencia, hay muchos planos narrativos: el del presente de Aniceto, el de su pasado (que se va reconstruyendo desordenadamente), el del presente de Cristián y el Filósofo y, por último, el del pasado de todos los demás personajes. El método que sigue Manuel Rojas para realizar este collage resulta exigente para el lector, pues el autor suele dejar muchas historias en suspenso para recuperarlas luego, como también, a veces, las recapitula lentamente, sin buscar ubicar de entrada su punto inicial.

Reproducir aquí ese conjunto de historias supera nuestro interés, de modo que sólo nos gustaría escribir algunas palabras sobre la vida del protagonista. Aniceto Hevia nació en el seno de una familia numerosa, caracterizada por sus continuos desplazamientos de una ciudad a otra; su padre, de oficio ladrón, era un hombre serio y amigable, siempre preocupado por dar a sus hijos lo mejor, convencido de que por ninguna razón deberían seguir sus pasos. Aniceto y sus tres hermanos vivieron siempre en casas de mediana riqueza, tranquilos, y esto a pesar de las continuas ausencias de su padre, y las visitas de ladrones o asesinos que, sin acabar de descubrirse como tales, inquietaban a los muchachos.

Su primera estadía en la cárcel se remonta justamente a la niñez: la policía, creyendo que Rosalía –la madre de Aniceto- y su hijo escondían al ladrón y, por lo tanto eran cómplices suyos, fueron conducidos a la comisaría, y de allí a las celdas. Así, con apenas doce años, Aniceto Hevia pudo enterarse de las primeras historias sobre delincuentes y conocer el ambiente oscuro de prisión. En su casa, ya fuese en Chile o Argentina, también hubo algo de ese mundo, aun cuando su padre intentó mantener lejos de él a su familia. Aniceto recuerda, por ejemplo, a Pedro el Mulato, famoso encubridor brasilero; o a Alfredo, un ladrón que caído en enfermedad pasó una temporada junto a la familia mientras se recuperaba.

La vida de Aniceto cambia con la repentina muerte de su madre en Buenos Aires: ella era el soporte de la familia, la figura que podía estar con los jóvenes durante las separaciones de su padre. Una vez muerta, la familia se desintegra: el padre es finalmente capturado por la policía; Joao, uno de los hermanos, marcha hacia Brasil; y los otros, después de vender poco a poco las cosas de la casa, prueban suerte cada uno por su cuenta. Aniceto, por fuerza, habrá de hacer lo mismo, dirigiéndose primero a los suburbios, en donde viven Isaías y Bartola, amigos de sus padres. Mas, la estadía allí es un desastre, pues es convertido en esclavo de la pareja, situación que lo lleva a embarcarse en un tren hacia el campo, lugar en el que trabajará la temporada de cosechas.

A partir de ese momento, la vida de Aniceto se convertirá en un continuo vagabundeo: del campo irá a Mendoza, y de allí se lanzará a Chile. En uno y otro lado desempeñará diversos oficios, destacándose sobre todo en la pintura. Y como el vagar lleva a conocer tantas cosas, bien pronto se multiplicarán las experiencias del protagonista: con todo lo que aprende de los oportunistas, los ladrones, la gente pobre y en busca de oportunidades. Pero entre este largo inventario de personas o, más bien, por encima de todas ellas, recordará siempre la presencia de un gran Amigo suyo que conoció un día en las costas chilenas.

Se trata de un hombre con el que Aniceto tiene muchos puntos en común, alguien que lo atrapa con las narraciones sobre su pasado, y sobre la gente que conoció (policías arrepentidos, ladrones memorables, mendigos que recorren Suramérica, extranjeros que atestan los campos y ciudades). Cierto día, aquel Amigo simplemente se despide de Aniceto, y marcha en el puerto a bordo de una embarcación; pareciera, incluso, que con él se marcha también la suerte de Aniceto, porque desde entonces vendrán para él muy malas experiencias: se verá inmerso en las protestas que organizan los obreros contra el servicio del tranvía, se salvará por poco de morir embestido, tendrá que correr y esconderse como si él mismo fuese un delincuente y, finalmente, en medio de una calle atestada de borrachos, llevada su natural pasividad a romperse por los excesos de la persecución, le lanzará una piedra a un policía, y tendrá por ello que ir a la cárcel.

Vendrá el periodo de reclusión, pero no acusado de aquella piedra en la cabeza de la autoridad, sino de hurto y desorden público. Unos días viviendo en los túneles miserables de la comisaría, llenos de defecación e insectos; días en los que Aniceto conoce la burocracia de los procesos judiciales; días y meses en los que dormirá en el piso, comerá poco, toserá sangre, escuchará historias fulleras y peligrosas, y se extirparán para siempre todas sus ilusiones.

Una vez la pesadilla de la cárcel termine, veremos a Aniceto caminando junto al Filósofo y Cristián en Valparaíso, trabajando a medias, viviendo con ellos en un conventillo, y hablando de mujeres, comida, borrachos y criminales. Al final de la novela, los tres marchan a cumplir un contrato como pintores, pero hay poca esperanza dibujada en ellos: en el Filósofo, porque es estoico casi a su pesar; en Cristián, porque es un hombre que se volvió duro e inconmovible cuando estuvo en la cárcel; y en Aniceto, porque, aunque no es criminal, no es un ladrón como su padre, tampoco asesino o algo que se le parezca, hay una señal en su figura que no lo dejará prosperar jamás, una indicación que puede considerarse el estigma de los oprimidos.

La realidad social en Hijo de Ladrón

Es necesario subrayar de nuevo que una de las particularidades que posee la realidad social descrita en Hijo de Ladrón es que no es producto de una ficción literaria, sino del conocimiento directo que de ella tuvo Manuel Rojas durante sus años de errancia por los Andes, especialmente, por Chile y Argentina. En este sentido, la novela tiene un tono de experiencia, y una sensibilidad superior. Al no recorrer el autor estos territorios en calidad de turista, sino llevado por la necesidad, conoció en ellos niveles que usualmente no están a la vista de todos, por ejemplo, el de la pobreza, el de la mendicidad, o el de la vida penitenciaria. Esta certidumbre se equipara con la opinión de Elías Canetti:

“Para mí es este aumento de la realidad el que mayor ponderación merece porque más trabajo cuesta su asimilación que la de lo trivialmente novedoso que es evidente para cualquiera, y quizá también por ser tal descubrimiento tan saludable y tan apropiado para bajarles los humos a quienes no caben en sí de admiración ante no importa qué presunta nueva cumbre del genio inventivo” [3]

Esas dimensiones de la realidad social que trabaja Rojas en su novela son de algún modo engañosas a la luz del comentario que hace Canetti. Es verdad que la pobreza o el crimen no son aspectos “novedosos” de la realidad, prácticamente han estado allí desde el origen de la vida social; sin embargo, precisamente su permanencia a lo largo del tiempo ha entorpecido su asimilación y, por consiguiente, la búsqueda de alternativas que permitan superarlos; son problemas que se interpretan como inevitables, y frente a los cuales nadie quiere tomarse un tiempo para pensar.

De este modo, Hijo de Ladrón pretende abrir los ojos a una realidad que permanecía sustancialmente descuidada hasta el siglo XX. Hasta ese momento la literatura latinoamericana se encasilló, bien en el romanticismo de corte europeo, o bien en un criollismo exaltado, pero en ambos casos, se mantuvo ajena al carácter de denuncia y crítica social. Ese cambio de perspectiva empieza a generarse en Argentina con Roberto Arlt, en Uruguay gracias a la increíble obra de Juan Carlos Onetti, y en Chile, en buena medida, merced al trabajo narrativo de Manuel Rojas; todos ellos autores anteriores al boom, que se convertiría en el movimiento que popularizó en el mundo la realidad social de nuestros países.

Una cosa más: la realidad social por la que se preocupa Manuel Rojas es, ante todo, urbana. A inicios del siglo XX la vida en América Latina se había trasladado del campo a la ciudad, debido a la importancia adquirida por el comercio, los procesos de industrialización, la centralización del poder, etcétera. Por ello, la ruralidad en Hijo de Ladrón es un espacio evocado, mas no latente; en cambio, las calles, los recovecos en que habitan los mendigos, las cárceles, todos los escenarios propios de la vida citadina, adquieren para la novela gran importancia. Esta idea permite entender mejor las palabras que escribió Moreno-Durán:

Memorias Póstumas de Brás Cubas o De Sobremesa, Los Siete Locos o La Bahía del Silencio, Adán Buenosayres o El Acoso, El Pozo o Hijo de Ladrón, lograron asumir una cosmovisión como tema, ahondando en sus causas, nexos y realidades. Aparece la ciudad y con ella toda una secuencia de elementos que nos brindan la posibilidad de cuestionar críticamente la sociedad en que vivimos. El origen de las grandes fortunas y de los mitos latinoamericanos, la sacralización de nombres y familias, la consolidación de estratos sociales, gremios financieros, élites industriales, células bancarias, aparecen de improviso sorprendidos en medio de sus manipulaciones cotidianas, al lado del desarraigo y la angustia, de la marginalidad y la aventura política” [4]

Al interior de Hijo de Ladrón hay varios elementos que permiten establecer la imagen de la realidad que tiene Manuel Rojas. En esa imagen cobran especial relevancia la pobreza, el inconformismo popular, la burocracia y la dureza de la vida en prisión. Hay muchísimos más puntos que podrían estudiarse, puesto que la obra es pletórica en recursos de este tipo, pero, bajo nuestra mirada, estos son los que más insistentemente aborda el autor. Así, con relación a ellos escribiremos lo que sigue:

La pobreza. En la novela de Rojas no son numerosos los contrastes entre ricos y pobres, más bien, se profundiza en la pobreza como un modo de vida. Lo que entiende el escritor es que, en el plano de las necesidades, hay personas que tienen mayores recursos para satisfacerlas que otros, resultando que aquellos a quienes se les dificulta suplirlas, deben ser considerados pobres. Aniceto Hevia es conciente de esta situación, de la manera como él la personifica, pero además de que su realidad no es individual, sino colectiva: “veía que a toda la gente le sucedía lo mismo –se dice-, por lo menos a aquella gente con quien me rozaba: comer, beber, reír, vestirse, trabajar para ello y nada más. No era muy entretenido, pero no había nada más; por lo menos, no se veía si había algo más”.

La pobreza acompaña al protagonista de la novela desde el momento en que pierde la protección de su familia: su madre muere, el padre es encarcelado, los hermanos huyen. El tener que ganarse un sustento prueba a Aniceto lo mal formado que se encuentra para ello, todo lo difícil que es sobrevivir; incluso más si se vive en el ambiente que a él le corresponde, el de los mendigos y vagabundos, porque existe una lucha tácita entre ellos, justamente por la insuficiencia de recursos. Son muchos los pobres con los que se choca a diario Aniceto: “podemos despreciarlos –confiesa-, podemos vivir separados de ellos, pero no los podemos ignorar; se les podría matar, pero otros vendrían a reemplazarlos; nacen miles todos los días, y el mal no está, en algunas ocasiones, en ellos mismos: unos nacen así, otros llegan a ser así”.

Casi al final del libro, el Filósofo dará luces al protagonista sobre este asunto, arguyendo que la pobreza de la sociedad mantiene el carácter sumiso al que fueron arrastrados los indígenas en la conquista, los antepasados que perdieron la libertad, y que han venido transformándose en una raza silenciosa, huraña y conformista. Por tal razón, porque es una realidad de siglos, la pobreza se encuentra en todos los espacios (en las calles, en los conventillos, en los malecones), pero también en los rostros, en las acciones y el destino de las personas. Con este lenguaje se describe el panorama en la novela:

“Y podrás ver en las ciudades, alrededor de las ciudades, muy rara vez en su centro, excepto cuando hay convulsiones populares, a seres semejantes, parecidos a briznas de hierbas batidas por un poderoso viento, arrastrándose apenas, armados algunos de un baldecillo con fogón, desempeñando el oficio de gasistas callejeros, durmiendo en sitios eriazos, en los rincones de las aceras o la orilla del río, o mendigando, con los ojos rojos y legañosos, la barba grisácea o cobriza, las uñas largas y negras, vestidos con andrajos color orín o musgo que dejan ver, por sus roturas, trozos de una inexplicable piel blanco-azulada, o vagando, simplemente, sin hacer nada ni pedir nada, apedreados por los niños, abofeteados por los borrachos, pero vivos, absurdamente erectos sobre dos piernas absurdamente vigorosas” (Pág. 83)

El inconformismo popular. Frente a esta realidad dura en la que se desenvuelve buena parte de los hombres, se empieza a generar inconformismo, principalmente entre quienes tienen ánimo político y saben movilizar su pensamiento. En la segunda parte de Hijo de Ladrón, Aniceto se ve en medio de una manifestación que rechaza el modo como se efectúa el servicio de los tranvías; observa cómo los manifestantes vuelcan los vehículos, cómo se enfrentan a la fuerza pública y, en fin, sin ser él un sujeto político, termina apoyando, al menos con su presencia, la protesta.

Lo que resulta irónico respecto de este inconformismo, es la forma con la que el protagonista suele asumirlo. Cuando está viendo los enfrentamientos, por citar un caso, y escucha a los obreros lanzar gritos groseros a los policías, se dice para sí mismo: “es cierto que momentos antes había tenido que correr, sin motivo alguno y como una liebre, ante la caballada, pero, no sé por qué, la inconsciencia de los policías y de los caballos se me antoja forzosa, impuesta, disculpable por ello, en tanto que los gritos eran libre y voluntarios”. Se revela una condición crítica de parte de Aniceto, la cual contrasta con la directa y, a veces, violenta manera en que se manifiesta el inconformismo entre los pobres. Él siempre juzgará los comportamientos criminales, se mantendrá al margen de los robos o asesinatos, sabiendo que ningún motivo tiene la fuerza suficiente como para arrastrarlo a hacer algo contrario al sentido común, a la moral.

La burocracia. Si hay un elemento que los pobres lamenten más de su condición es la falta de justicia en lo que tiene que ver con procesos estatales. Este sentimiento de rabia, que a veces llega a convertirse en angustia, también se muestra en la realidad que presenta la novela de Manuel Rojas. Primero, por ejemplo, con relación a los documentos: cuántos hombres dispersos por doquier para evitar el libre tránsito de quienes no poseen sus certificados, hombres sin inteligencia que sólo confían en lo escrito sobre un papel –que podría ser falso-, en tanto que niegan la realidad corporal –la única que no puede mentirse-.

Con todo, en donde más fríamente se refleja la burocracia y la tenacidad del Estado es en los juicios. Sorprende mucho a Aniceto cómo los policías y jueces resuelven casos sin darse por enterados de lo que piensan los acusados. Frente a los criminales, inclusive, hay continuamente una negación de ellos como hombres; “el sobrenombre parecía ser la única y mejor preocupación del empleado –dice Aniceto antes de ingresar a la cárcel con otros personajes-, y era, según veíamos, lo que anotaba con más gusto”. De tal suerte, hay una contradicción en el mundo burocrático de nuestros países, ya que, por un lado, sostiene que toda existencia debe reconocerse a través de los certificados oficiales, pero, por otro, niega esa existencia a la hora de ser un criminal, porque éste, más que un humano, es un sobrenombre, un alias con su reputación a cuestas.

La vida en prisión. Acaso los capítulos más tristes de la novela correspondan a la estadía de Aniceto en prisión. El hacinamiento, las condiciones infrahumanas, el rigor de los castigos, el aniquilamiento lento de la dignidad, muestran una cara infame, pero verdadera, de lo real. El debate sobre si un criminal merece o no, como castigo por sus actos, permanecer en un túnel entre sus propios excrementos, ser obligado a comer alimentos nauseabundos, no ver el sol en meses, etcétera, no interesa para los efectos de este documento. En todo caso, lo preocupante es que Aniceto Hevia y, como él, miles de personas inocentes, tengan que vivir bajo estas condiciones; es algo indignante para ellos, cierto, pero mucho más para el resto de la sociedad que lo permite.

La vida en las cárceles desencadena cientos de diferentes consecuencias según, tal vez, el carácter del prisionero. En Hijo de Ladrón, se observan personas que esperan pasivamente el cumplimiento de su condena; otros que, impelidos por el ambiente, se vuelven más hostiles y criminales; y unos más que se repliegan en la angustia o la religiosidad. De cualquier forma, para estos o aquellos, el paso por la cárcel es una experiencia que los marcará definitivamente; por ello, resulta tan interesante Cristián, aquel hombre con el que Aniceto vive después de su propia salida de prisión, y que deja ver una figura fuerte, impenetrable:

“–Ya le he dicho que Cristián habla poco, no le gusta hablar; no sabe hacerlo tampoco y no tiene mucho que decir. Pero podrá contarle –lo hará si llega a ser amigo suyo- cuentos mucho más interesantes que el suyo sobre la cárcel, las comisarías, las secciones de detenidos, la de investigaciones y los calabozos: ha pasado años preso, años, no días ni meses, años enteros; ha crecido y se ha achicado en los calabozos, ha enflaquecido y engordado en ellos, ha quedado desnudo y se ha vestido, descalzo y se ha calzado, lleno de piojos, de sarna, de purgación, de bubones en las ingles y de almorranas; lo han metido dentro a puntapiés y lo han sacado a patadas, le han hundido las costillas, roto los labios, partido las orejas, hinchado los testículos, de todo, en meses y meses y años y años de comisarías y de cárcel” (Pág. 216)

¿Se transmite la condición de los criminales?

El título de la novela, Hijo de Ladrón, genera por sí solo una inquietud, y lo más posible es que nos cuestione acerca de nuestros prejuicios. Debemos reconocer que el método que seguimos usualmente para pensar es limitado y deja muchos espacios ciegos. Así, quien creyera que el hijo de un ladrón, necesariamente será también un criminal, lo haría basado en el prejuicio de una condición inevitable; mas, quien dijese lo contrario, podría estar olvidándose de que la familia constituye un espacio importante de formación y que, en consecuencia, si se vive en un ambiente de criminalidad, se es más propenso a asumir conductas erradas como naturales.

Esta idea de lo que podríamos llamar la transmutación de la condición criminal no es muy recurrente en esta obra de Rojas, pero hay ciertos fragmentos que nos permiten encontrar pistas sobre la opinión que tenía el autor al respecto. Ante todo, se deben situar dos premisas: la primera es que Aniceto padre nunca quiso que sus hijos se convirtieran en “ganapanes”, mucho menos en ladrones y, por eso, se hizo pasar por comerciante durante años, hasta cuando fue descubierta la verdad, luego de lo cual mantuvo su oficio lejos de casa, sin enorgullecerse o avergonzarse de él. La segunda premisa es que, efectivamente, en el caso concreto de Aniceto Hevia, no hay una transmisión de la criminalidad de su padre, nunca llegó a robar o asesinar, a pesar de lo cual, como su progenitor, conoció la rigurosidad de la ley.

Como se ve, el asunto es complejo, y no puede despejarse con una primera mirada. Para tratar de descifrarlo mejor, resultaría conveniente recurrir a una disertación que hace el propio Aniceto sobre el tema:

“La idea de que los hijos de ladrones deben ser forzosamente ladrones es tan ilógica como la de que los hijos de médicos deben ser forzosamente médicos. No es raro que el hijo de mueblista resulte mueblista ni que el hijo de zapatero resulte zapatero, pero existe diferencia entre un oficio o profesión que se ejerce fuera del hogar, en un taller colectivo o en una oficina o lugar adecuado o inadecuado, y el que se ejerce en la casa misma: el hijo de zapatero o de encuadernador, si el padre trabaja en su propio hogar, estará desde pequeño en medio de los elementos e implementos, herramientas y útiles del oficio paterno y quiéralo o no, concluirá por aprender, aunque sea a medias, el oficio, es decir, sabrá cómo se prepara esto y cómo se hace aquello, qué grado de calor debe tener la cola, por ejemplo, o cómo debe batirse la suela delgada; pero cuando el padre desarrolla sus actividades económicas fuera de su casa, como el médico, el ingeniero o el ladrón, pongamos por caso, el asunto es diferente, sin contar con que estas profesiones o actividades económicas, liberales todas, aunque desemejantes entre sí, exigen cierta virtuosidad, cierta especial predisposición, cosa que no ocurre con la encuadernación y la zapatería, que son, esencialmente y en general, trabajos manuales. Por lo demás, cualquiera no puede ser ladrón con sólo quererlo, así como cualquiera no puede ser ingeniero porque así se le antoje, ni músico, ni pintor, y así como hay gente que fracasa en sus estudios de ingeniería y debe conformarse con ser otra cosa, agrónomo, por ejemplo, o dentista, la hay que fracasa como ladrón y debe conformarse con ser otra cosa más modesta…” (Págs. 188-189)

Teniendo en cuenta la proyección que hace Aniceto en el anterior fragmento y las premisas que antes hemos enumerado, podría esbozarse una opinión sobre este asunto siendo fieles al contenido de la obra, así: la transmisión de una condición criminal sólo es factible cuando para ello coinciden factores familiares y de predisposición individual, los cuales, en el caso de Hijo de Ladrón, no llegan a cumplirse. Pensemos: si es verdad que es más fácil transmitir un oficio cuando el padre lo practica en casa y es visto por su hijo, pues esta condición no aparece en la novela, debido al deseo del ladrón de no mezclar a su familia con su trabajo; asimismo, si es verdad que la transmisión se facilita al existir una predisposición en la persona, una “virtuosidad” para el oficio, tampoco se llega a ver esto en la obra, ya que Aniceto Hevia es un hombre inclinado por naturaleza a la honradez.

Discurrir de este modo soluciona parte del asunto, pero abre las puertas hacia una cuestión mucho más profunda que tiene que ver con la pregunta: ¿si Aniceto Hevia no es un criminal entonces por qué los otros lo conciben así continuamente? La respuesta es compleja, Aniceto es víctima de un juego caracterizado por el prejuicio y, sobre todo, por algo que podría llamarse las marcas sociales. Los policías que se llevan al muchacho por primera vez a la cárcel, junto a su madre, culpados de no cooperar con la justicia, no se toman el tiempo para indagar si hay en la familia del ladrón la transmutación de sus crímenes, o si son inocentes de ellos; simplemente se asume prejuiciosamente que son tan culpables como el padre al que buscan.

Aquí hay que tener en cuenta un hecho y es que la pobreza es un ambiente compartido: los criminales viven en él tanto como la gente honrada, pero a los ojos del otro, del que no pertenece a este nivel de la sociedad, ambos, “buenos” y “malos” se confunden irremediablemente. Si se tratara de esto, lo único de lo que podría juzgarse a un hombre como Aniceto es de entender las acciones de los criminales, de saberlas, en ocasiones, justificadas. “No pueden pensar en otra cosa que en subsistir –se declara cierto día- y el que no piensa más que en subsistir termina por encanallarse; lo primero es comer, y para comer se recurre a todo; algunos se salvan, pero en una ciudad existen cientos y miles de estos grupos familiares, y de ellos salen cientos y miles de niños; de esos miles de niños salen aquellos hombres, algunos cientos no más, pero salen, inevitablemente”.

En la raíz de esta doble relación, esto es, entender las acciones de los criminales aunque no compartirlas y, alternativamente, ser tomado como parte de ellos por el resto sociedad, en la raíz de esto, decimos, se ubica la soledad de Aniceto Hevia. No está completamente ni de un lado ni del otro: es pobre, sí, pero no criminal, y por esto su vida es todavía más pesarosa, difícil de sobrellevar. Una situación que lo obliga a trasegar una geografía sórdida, desesperada, viviendo como trabajador decente, pero sintiendo las miradas y la repulsa de una sociedad que no puede hallar un lugar para gente como él, para alguien que no puede probar, por ejemplo, con una mejor apariencia, que no es verdaderamente peligroso. Así se describe Aniceto el indicio de su propia condición:

“Empecé a buscar trabajo, un trabajo cualquiera, en donde fuese y para lo que fuere, oficina, tienda, fábrica, almacén, camino o construcción a pleno sol; pero era difícil hallar algo: decenas y aun centenas de seres de todas las nacionalidades, edades y procedencias, vagabundos sin domicilio, como yo, y otros con domicilio, y todos sin tener qué comer, mendigaban empleos de veinte o treinta pesos mensuales. Eso era en la ciudad llena de emigrantes, algunos de ellos llorando por las calles, italianos o españoles, palestinos o polacos, que venían a hacerse ricos y que en esos momentos habrían dado cualquier cosa por haber nacido en la ‘porca América’ o por no estar en ella. En los campos era peor: vagaban por miles, de un punto a otro, hablando diferentes lenguas y ofreciéndose para todo, aunque sólo fuese por comida; se les veía en los techos de los vagones de carga, como pájaros enormes, macilentos, muertos de hambre, esperando la cosecha, pidiendo comida y a veces robándola” (Pág. 57)

Manuel Rojas busca mostrar en la novela cómo el crimen, más que un legado familiar, es el producto de unas condiciones sociales que perduran en los tiempos. Nadie puede elegir la familia en la que nace, de ser así, seguramente pocos escogerían hacerlo en una en donde hubiesen ladrones o asesinos. Con todo, hay algo que sí debe cuestionarse, y es la estructura de la sociedad cuando no brinda las oportunidades para labrarse un camino diferente al de la pobreza; en ningún principio puede fundamentarse una lucha –como la que dibuja Aniceto- entre pobres, ni su vagancia, ni la tristeza desprendida de su desesperanza. Bajo esta óptica, el robo y la protesta siempre harán parte de la realidad: sólo el que ha sentido el hambre en su vientre sabe bien lo que es capaz de hacer con sus manos.
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Si un individuo como Aniceto Hevia, lejos del crimen y la maledicencia, fue tomado por criminal, si alguien como él tuvo que soportar dos estadías injustas en la cárcel, acusado de cargos que no llegó a comprender, tenemos suficiente para sentirnos avergonzados. La gente a nuestro alrededor siempre está esperando algo, incluso, aquello que no vendrá; y muy pocos de nosotros tienen la libertad para construir el mundo según lo quieran. Por ello, esta novela, Hijo de Ladrón, viene a enterarnos de lo único que es cierto, de lo que nos unifica: todos vivimos de lo que el tiempo trae.


NOTAS:

[1] COSTAMAGNA, Alejandra (2002)
Manuel Rojas: Escritor Urgente, en Revista Letras Libres (marzo). México: Ed. Letras Libres. O, http://www.letras.s5.com/mr310305.htm
[2] FLORES, Ángel (1983)
Narrativa Hispanoamericana 1816-1981 (Vol. 7). México: Editorial Siglo XXI. p. 16.
[3] CANNETI, Elías (1967)
Realismo y Realidad en Nuestra Época, en Revista ECO, Tomo XV/3. Bogotá: Ed. Buchholz. p. 253.
[4] MORENO-DURÁN, R. H. (1995) De la Barbarie a la Imaginación. Bogotá: Ed. Ariel. p. 209-210.

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